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IV.
EL BOMBARDEO
(Con el ejército de Nozdu.)
Empieza
el espantoso coloquio.-Pregunta y respuesta.-Los artilleros en su labor.-La
psicología del soldado en el combate.-Los ojos de la batería.-La
voz de la batalla.-La Putilloff.-El fuego reverbera.- la noche trágica.
Un estrépito siniestro y ensordecedor despertó con el 28
de febrero, este ruido infernal era más intenso que el conocido
tronar de los cañones; y en un crescendo regular é implacable
vino á agregarse á los muchos ruidos que llegaban de las
posiciones rusas hasta la lejana Liao-Yang. Partía de las altas
capas de la atmósfera, como un eco de tempestad.
Las enormes máquinas de artillería de sitio, rusas y japonesas,
empezaban su diálogo de cíclopes. Doscientos gigantes de
acero entraban en acción.
Así fue como el 4º. ejército, General Nodzú,
entró
en combate, cuando ya habían pasado ocho días desde que
Kawamura se batía en el lejano Este, y Kuroki cuatro, en las montañas
ya cubiertas de cadáveres de eslavos y nipones.
Los días 26 y 27, el cañoneo fue flojo é intermitente.
Los japoneses se conformaban con responder con cañones de mediano
calibre al fuego, que era cada vez más intenso en los grandes cañones
rusos. Estos buscaban con su cañoneo conocer las fuerzas de sus
enemigos; pero los japoneses las ocultaban con el mayor cuidado. La infantería
japonesa quedaba en las trincheras conformándose con vigilar y
rechazar los reconocimientos de los rusos. Quizá de estos reconocimientos
los rusos no sacaron ningún provecho; se comprendía que
anhelaban á toda costa saber si el formidable ataque que sufrían
en su izquierda lo hacían todas las fuerzas japonesas.
¿Se engañaron los rusos de esta debilidad aparente? ¿Creyeron
que todas las fuerzas japonesas se concentraban en el Oriente para buscar
un envolvimiento, como lo habían intentado ya por el lado Poniente
en la batalla de Pei-Kao-Tai? ¿Creyeron, quizá, que no era
una parte sino el total del ejército de Puerto Arturo el que se
batía contra las intomables gargantas de Man-kuntan y de Tita?
Se cuenta que, los soldados de la lª. División, cuando asaltaban
el nuevo Hachimaki-yama, gritaban á los rusos en el idioma de éstos:
"¡Rendíos, aquí están los triunfadores
de Puerto Ar-turop? y quizá este grito y el maravilloso heroísmo
desplegado, hicieron creer en la presencia de Nogi. Sea de ello lo que
fuere, es un hecho que al Estado Mayor de Oyama, llegó el 25 la
noticia de que grandes masas rusas, se movían al Oriente, y que
la derecha del enemigo se debilitaba para reforzar su izquierda. Información
de incalculable importancia.
En efecto, el avance de Kawamura era detenido el 27, las noticias recibidas
el 25 eran ciertas. En el Oriente, los rusos se encontraban en gran superioridad
numérica, allí se habían acumulado batallones en
detrimento de otros lugares; el plan japonés resultaba brillante
y efectivo.
Entretanto, en el lejano Oeste, donde Kuropatkin pensaba que sólo
había un insignificante contingente del ejército de Okú,
Nogi avanzaba velozmente con tres Divisiones y tres Brigadas independientes,
noventa mil hombres. Este movimiento se verificó gracias al enérgico
ataque en las montañas. Kuroki y Kawamura recibían órdenes
de continuar el ataque para llevar allá la mayor parte de los enemigos.
Nodzú también recibe órdenes: iniciar el bombardeo
y atacar á fondo, procurando rechazar al enemigo. En tanto que
á la izquier-da, Nogi y Okú, rebasaban fácilmente
la primera línea de defensa de los rusos.
El desastre se iniciaba.
Así, pues, en la madrugada del 28, los titanes de acero despertaban
con su espantoso rugir.
No se encuentra en la historia de la guerra, un ejemplo que indique que
en alguna parte se haya usado la artillería de sitio en una proporción
tan grande. Nadie hubiera podido creer que los obuses de 28 cm. fueran
llevados al campo de batalla á trabajar entre las piezas de campaña.
No cabe duda que aun cuando los japoneses solamente sean imitadores, tienen
muy singulares iniciativas en la guerra. Los cañones de Nodzú
eran oídos desde las más lejanas posiciones; aunque el cañoneo
fuera muy vivo, el ronco bramido de las piezas de sitio dominaba el estrépito
de la artillería de menor calibre. Ese ruido era el acompañamiento
de contrabajos en la orquesta de la artillería. En un radio de
varios kilómetros se sentía la tierra temblar, los caballos
se encabritaban, no queriendo seguir adelante, como si presintieran algún
grave peligro.
En la estación de Sha-Ho se habían establecido baterías
de 12 y de 15. Todas las construcciones de la estación se habían
derrumbado; sobre ellas caía una granizada constante de balas rusas.
Los cañones japoneses estaban protegidos por altas trincneras y
los artilleros se parapetaban tras de ellas.
Las bombas que caían, levantaban remolinos de tierra, de astillas,
de piedras y de humo; por instantes, todo se nublaba y quedaba sumergido
en un caos; pero el cañoneo seguía siempre sin cesar.
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A unos 1,000 metros de la estación, al Oeste del Ferrocarril, en
la aldea de Julintsu, estaba colocada una batería de enormes obuses
de 28; estas mismas máquinas, eran las que ya habían triunfado
de las fortificaciones de Puerto Arturo. Pero ahora no se hallaban á
cubierto, detrás de alguna colina, estaban en la llanura sin esconderse
y se batían frente á frente con los grandes cañones
del enemigo. ¡Era un espectáculo sublime!
Un alto baluarte de sacos de arena protege á cada una de las piezas.
El pesado mortero se levanta y se baja dócil á la manivela;
dos soldados lo mueven y con él la plataforma de rueda dentada
y toda la maquinaria de sostén. Parece que el monstruo está
sentado en su cureña como en trono de acero; diez hombres lo sirven
atentos, rápidos, con el mayor cuidado; el escobillón entra
en la enorme boca aún humeante; los grandes proyectiles de acero
son levantados con una palanca y deslizan en la culata, al empuje de cuatro
hombres; de una trinchera subterránea que conduce á la Santa
Bárbara, que ha sido construida bajo tierra, sale corriendo un
soldado que lleva á la espalda el saco de la pólvora, dentro
de una caja de hierro; no aparece con la peligrosa carga sino al final,
cuando una voz lo llama. En un momento la pólvora va á reunirse
al proyectil, la culata se cierra sin ruido y á una orden el monstruo
levanta lentamente la boca por encima de los sacos de tierra. Con el gesto
delicado, de un cirujano que opera, un soldado introduce lentamente el
fulminante en el depósito de disparo, una delgada cuerda se tiende;
todos los sirvientes de la pieza retroceden, algunos se | tapan las orejas
con las manos, después una orden, después un estampido,
un sacudimiento que aturde, que hace mirar todo rojo, una bocanada ardiente
que levanta la arena y los faldones de los capotes, un ahullido lascerante
del aire. La bala ha partido. Se ve algo negro que atraviesa la densa
nube de humo, que la explosión produjo, y que se pierde en el espacio,
es el proyectil que lleva una inexorable sentencia de muerte. El cañón
es lanzado hacia atrás, deslizando en su cureña, pero el
freno lo reconduce suavemente á su lugar; después se le
hace descender, baja la boca, de la que sale un aliento ardiente, y se
abandona en las manos de los artilleros, con una docilidad, que semeja
cansancio.
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Después de cada tiro, llega
una lluvia de granadas rusas; los gruesos morteros japoneses, disparan
con pólvora negra, que desprende enormes nubes de humo blanco,
que se disipan lentamente; á causa de esto el enemigo pudo determinar
con axactitud la colocación de las baterías, y hacer sobre
ellas un fuego bastante exacto, á pesar de la distancia. Por todas
partes se oyen los rumores y los ruidos que producen los proyectiles,
son voces singulares: en ciertos momentos son ahullidos humanos que bajan
del aire, gritos de seres furiosos é invisibles; se siente que
hay algo maligno que vive y que piensa, una misteriosa voluntad feroz
que vuela en la atmósfera. Algunos de los proyectiles estallan
en el aire, otros en el suelo; los silbidos, los estallidos, se entrecruzan
en el aire, cada fragmento despierta un eco. Los pedazos de las granados
saltan seis ó siete veces en el suelo, como los guijarros que lanzan
los niños en el agua, que brincan y saltan caprichosamente encima
de ella; cada salto produce una nubecilla de arena. Los shrapnels vacíos
después de haber explotado, suenan sonoramente, lanzando sonidos
musicales, bailando en el suelo como trompos desprendiendo destellos refulgentes.
Cuando las bombas estallan en el suelo, hay un ligero temblor, seguido
de una erupción gigantesca, negra, que nubla el cielo, velándolo
todo por algunos momentos, con nubes de polvo y de humo que se balancean
encima de la batería.
En cuanto oyen un rumor los artilleros, se ponen inmóviles ó
se pegan contra el parapeto, los mismos oficiales, hacen otro tanto; el
movimiento es instintivo; después la maniobra de los cañones
sigue tan ordenada, tan silenciosa, como si sólo se tratara de
un trabajo común
y corriente. Los empleados de una oficina, no trabajan con mayor calma
y con mayor tranquilidad, que estos hombres alrededor de sus piezas. Piensan
en el peligro tanto como puede pensar el maquinista de un ferrocarril
en un descarrilamiento ó el capitán de un buque en un naufragio.
Pero esta no es una virtud especial de los japoneses, los rusos hacen
otro tanto. La psicología del soldado en la batalla es más
sencilla de lo que puede creerse, un ejército esta formado por
aldeanos, obreros, estudiantes, por hombres de todo género de oficios
y cuya vida normal no es la de un héroe; el ejército japones
está formado como cualquiera otro, por los mismos elementos. No
hay quizá un soldado que durante su vida de ciudadano, no temblara
de miedo, al encontrarse delante de fusiles que hacen fuego; y sin embargo,
todos juntos son héroes. Quizá sea porque la guerra llega
á ser un trabajo que todos hacen, porque lo ven hacer á
todos. La adaptabilidad humana es sorprendente, la población de
una ciudad bombardeada, se habitúa al bombardeo y vive sin ningún
temor. En Puerto Arturo, cuando las balas no caían, los malecones
y las calles se llenaban de todo género de vehículos y los
paseantes se decían, se ha suspendido el bombardeo, vamos á
andar, como si hubieran dicho, ha dejado de llover, salgamos.
Hay, además, otro sentimiento en los soldados, un sentimiento de
optimismo común á todos los hombres, sin el cual la vida
sería insoportable, y es la vaga persuasión de que las desgracias
alcanzan á todos, menos á uno.
Una gran cantidad de gente es azotada continuamente por las enfermedades
ó por desgracias que no tienen
fin; en algún punto del mundo hay una matanza de la que nadie escapa,
y sin embargo, los que sufren y los que van á morir por una epidemia
ó por cualquiera otra calamidad, se sienten confortados, por un
pensamiento que se traduce en este, muy vulgar solilogio: ¿pardiez,
también á mí me ha de tocar? Quién, en el
fondo de su dolor no ha sorprendido, una sensación de estupor,
una dificultad para creer en el propio mal, y al rendirse á la
evidencia no ha murmurado estas palabras de profundo egoísmo: ¿También
á mí me toca?
El soldado lleva al campo de batalla la confianza en su suerte, los muertos
y los heridos pasan y el que queda, se persuade de haber tenido razón.
En la guerra viene el hábito rápidamente, porque mucho se
piensa en la vida. Imaginad por un momento, queridos lectores, que el
giro de la existencia se hiciera más rápido para todos y
que lo que os pasa en un año, os pasara en un día, que los
triunfos y las catástrofes se sucedieran, más rápidas,
que se viviera más pronto y naturalmente que murieran más
gentes, no otra cosa es la guerra. Para quien está en ella pierde
poco á poco el aspecto espan-table que tiene.
Se calcula que para hacer caer á un hombre en el combate, son necesarios
300 disparos; y bien, si en una pacífica ciudad sonaran 300 balazos
por cada persona que se enferma ó por cada persona que muere, y
si además, todos los peligros que nos rodean, que nos acechan,
que se arrastran alrededor de nosotros en toda nuestra vida (y que seguramente
alguno de los cuales nos hará morir), se manifestaran materialmente
con rumores, tuvieran ruidos de estrépito, silbaran ó aullaran
alrededor de las gentes, ¿podríais imaginaros batalla más
cruel y más horrible
que la vida que vivimos todos los días....? La guerra es sincera,
el peligro se manifiesta y se anuncia, el soldado lo comprende y por eso
pierde el miedo. No piensa en los peligros que puede haber y ejecuta su
trabajo tranquilamente, se hace héroe sin darse cuenta de ello,
sólo por instinto. "Qualsiasi homo" puede llegar á
ese heroísmo pasivo, sin el cual no pueden existir hechos sobrehumanos,
como es el in-creíble valor que lanza á las tropas al asalto.
En otras palabras: el soldado se aclimata á la guerra, es un fenómeno
natural de adaptación inconsciente del alma, semejante al que se
verifica con el cuerpo, cuando hace frío ó calor. El alma
del hombre llega á soportar las más altas temperaturas del
peligro. La analogía entre el calor y el peligro es tan cierta,
que cuando se llega á una zona batida por los proyectiles se piensa
en el acto en una atmósfera ardiente; los ingleses dicen: "It
is hot there". Un francés que siente golpear los proyectiles
á su alrededor, exclama: "Ca chauffe." Quien no conoce
lo que es la guerra, cree hallar un corazón de león en lugar
de un corazón de hombre. El que se encuentra en una batalla se
somete al medio, sin tener conciencia de ello y sin tener mérito,
su razón está perturbada, no se da cuenta de que es como
un hombre al cual se le aplicaran anteojos rojos, y que acabando por adaptarse
á la nueva luz, lo encontrara todo natural; solamente al final
de la batalla cuando se quita los anteojos, es cuando se siente todo lo
que se ha visto y parece que sólo fue un sueño.
La psicología del soldado debe ser estudiada con el mismo cuidado
con que los especialistas tratan de resolver los problemas de estrategia,
de táctica y el funcionamiento
de los servicios; en ella se debe fundar la guerra; pues la aclimatación
al peligro puede ser lenta ó rápida. ¿No estará
acaso en la resolución de este problema encontrar el secreto de
la victoria?
Poco distante de la batería de Julintsu hay un armazón de
madera, es el observatorio del Estado Mayor; de ese armazón salen
por manojos hilos telefónicos, que llevan órdenes á
las baterías; allí están los ojos de la artillería.
Encerrados en una especie de jaula de hierro hecha con rieles, los oficiales
miran las posiciones enemigas á través de las rejas. Los
rusos tratan de destruir la torre, y muy frecuentemente los proyectiles
estallan en su alrededor, envolviéndola en nubes de humo; algunas
veces los fragmentos de las granadas penetran en los intersticios de la
jaula, y no es raro ver que un oficial ensangrentado, salga del observatorio,
descienda lentamente la escalera de bambú y se dirija con paso
lento é inseguro hacia el puesto de curaciones.
Entretanto el teléfono sigue dando á los artilleros la cifra
para apuntar.
Cuando el bombardeo ruso es bastante exacto y las balas llegan á
las mismas piezas, se suspende el fuego en éstas, para hacer creer
que han sido reducidas al silencio, y entonces los moscovitas dirigen
su tiro hacia otra región. Son momentos de reposo y de quietud;
la batalla se aleja, los soldados se tiran en el suelo y conversan.
Entonces se ven los disparos de otras baterías. De levante llega
el estrépito de los grandes obuses escondidos
en la garganta de Shishantsu, que son como los de ésta, de 28;
por el Poniente resuenan los morteros de 15, colocados á la izquierda
del Sha-ho en Hoaliampu, hay otros á la derecha del río
en Kisianton. Más violentos y próximos son los disparos
de la artillería de la estación ferrocarrilera del Sha-ho,
de los cuales se ve el fulgor, como si saliera de las entrañas
de la tierra.
Por doquiera hay un estrépito continuo, parece que el aire tiembla.
La fusilería resuena también con rumor de granizo, algunas
veces intensa y rabiosa, otras lenta y crepitante; se diría que
se acerca y que se aleja, que oscila y que se mece. En ciertos momentos
parece que está á unos cuantos pasos, amenazadora, terrible:
es una ilusión producida por el viento.
La infantería está aún escondida en sus trincheras,
conserva las líneas fortificadas de Lamuton, Lius-hupu, Sajatsu
y Kiaoliapu.
Todas estas posiciones quedan cubiertas por centenares de nubecillas blancas,
que producen las granadas que estallan. Algunas veces estas nubes se forman
en grupos, saltando aquí y allá, nublándolo todo,
después se disipan; llegan otras, y su explotar incesante mezcla
sus ruidos al inmenso estrépito de la batalla. En el horizonte
se extiende un velo gris; el humo no se disuelve y forma una neblina obscura
y siniestra. Más lejos, hacia la derecha, se distingue la colina
Putiloff, incierta y obscura, parece más grande, casi no se la
puede reconocer, como si una lúgubre atmósfera de muerte
se hubiera elevado de improviso para defenderla. Las gruesas granadas
japonesas, estallan en sus flancos y en su cresta, y al estallar producen
enormes globos de humo
negro y denso, que parecen formar cuerpo con la colina, cambiándole
su perfil, cubriéndolo todo, hasta que se muestra más incierta
y más lejana. ¡ Y allí hay hombres también!
En las posiciones rusas del Sha-ho se levantan nubes por decenas; las
fortificaciones son alcanzadas por las balas y destruidas. Se ven saltar
en el aire cosas informes, quizás pedazos de piedra ó armas,
tal vez fragmentos de hombres.
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A las dos de la tarde las nubes
de humo, espesas y pesadas, llegan hasta un punto cercano al ferrocarril,
es Hajapu que arde. En este lugar, á cuatro kilómetros de
la estación del Sha-ho, tienen los rusos almacenes y cuarteles.
Poco después se oye una detonación espantosa y una nube
informe, como erupción de un volcán, se levanta hacia el
cielo: un depósito de municiones rusas ha explotado.
Atardece
cuando Sha-ho-pu arde, después Paoka-watsu, después
Koliton, después Sholantsu, todo el horizonte es presa de las
llamas.
Llega la trágica noche, es la última de Febrero, hace
frío; un soplo intenso y helado pasa en el campo de batalla.
El reflejo de los disparos surca la atmósfera, el bombardeo
continúa; pero la fusilería rusa languidece y deja algunas
veces sin respuesta las descargas de la infantería japonesa.
Se cree que las posiciones rusas son ya insostenibles y se decide
el ataque. A las dos de la mañana llega á las tropas
la orden de prepararse para avanzar en la madrugada. En una cabaña
china, rodeada de centinelas, quedan iluminadas las ventanas toda
la noche; se verifica un consejo de guerra presidido por el General
Nozdú, para discutir el plan de ataque.
Pero la situacion de los
rusos no habia sido bien juzgada, resisten y resistirán aún
mucho tiempo: todos los ataques serán rechazados.
¡¡ La colina
Putilloff quiere mas victimas!!
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Capítulo
V
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