LA BATALLA DE MUKDEN

 

Indice

 

V.
CONTRA LA COLINA PUTILOFF
(Con el ejército de Nozdu.)


El plan de la batalla.—Cae nieve.—El ataque.—La muerte de un héroe.—Poesía y guerra.—El hambre y la sed.—Un ataque nocturno.—En el combate.—¡La colina Putiloff ha sido vencida!


Es después del revés sufrido por la brigada Yamada en la batalla del Sha-ho, por lo que la colina Mampao-shan, perdida por los japoneses, cambió su nombre y se le llamó Putiloff; los rusos hicieron de ella una fortaleza intomable. Pusieron seis líneas de defensas auxiliares entrelazadas de alambre, árboles tirados, fosos de lobo, pozos, minas, "ehevaux de frise" alternados ó mezclados, se escarbaron trincheras, se hicieron casamatas, se colocaron ametralladoras y cañones de campaña en gran número. Un ala de los reductos llegaba hasta la aldea de Hulaontun, cerca de un kilómetro al Sureste del pie de la colina. Todos estos reductos, á su vez, eran precedidos por trincheras avanzadas, protegidas por otras barreras, alambrados, fosos de lobo, etc., etc.
Era contra este sistema formidable de fortificaciones, contra el cual iba á lanzarse Nodzú el día 10. de Marzo.

 

colina de Putiloff


En las primeras horas de la mañana, el Estado Mayor había terminado el plan de ataque y dio las órdenes. Para comprenderlo, es preciso recordar la composición de este ejército: estaba formado por la 6a. División al mando del Teniente General Okubo (izquierda), por una brigada mandada por el Mayor General Okubo (hay dos Generales Okubo), y por otra brigada á las órdenes del General Tomoyasu (estas dos últimas en el centro), y por la 10a. División mandada por el General Ando, á la derecha. Así:

ala izquierda
centro
ala derecha
VI División
Brigada
Brigada
X División
Okubo
Okubo
Tomoyasu
Ando


La 6a. División debe atacar Shahopu al Este del ferrocarril. La brigada Okubo atacará Shonlantsu (entre Shalopu y la Putiloff); la brigada Tomayasu atacará á Haonsantaochiantsu, al Suroeste de la Putiloff., y la 10a. División la Putiloff misma. Este era el plan.
Era pues la 10a. División la que chocaría contra la tremenda fortificación; estaba compuesta por dos brigadas, la de la derecha mandada por el General Otami y la de la izquierda por el General Imabashi.
Esta división era ya famosa. Especialmente la brigada Imabashi había conquistado gran reputación de valor, en la batalla del Sha-ho. Los dos regimientos de que estaba compuesta mandados por los Coroneles Maeda y Maruyama son populares en todo el ejército ; ahora tienen el puesto de honor, es decir, donde hay más peligro, y guiarán el ataque de la Putiloff. Esta noticia es recibida con aclamaciones por las tropas.
A las 8 de la mañana la brigada Imabashi, deja sus trincheras y avanza. Los rusos las cañonean desde la Putiloff, pero la fusilería calla. La distancia es muy grande para el combate de las infanterías; en todo el día los japoneses recorren solamente un millar de metros; es preciso mucha cautela. Las líneas de soldados se extienden en los campos helados haciendo largas paradas escondidos en las zanjas y en los surcos en la noche llegan al Norte de Wanchaputsu y de Shishant-su, donde vivaquean.
Al día siguiente, 2 de Marzo, nieva tan abundantemente, que todo queda velado por el silencioso caer de los copos, que forman torbellinos al soplo de un impetuoso viento del Sur. Los soldados declaran que el tiempo es tenuu —(ayuda del cielo)— porque favorece el ataque; tanto más, cuanto que arroja la nieve á la cara del enemigo. La brigada Imabaschi deja Wancha-putsu, y protegida por la tormenta, avanza á paso de carga dos kilómetros y medio, hasta la aldea de Sha-otsuko. Las posiciones más próximas del enemigo son los reductos de Hulaotun, distantes todavía unos dos mil metros.
A las dos de la tarde la nevada cesa, el horizonte se aclara, la blancura que cubre la tierra hace que las cosas, aun lejanas, sean perfectamente visibles; entonces los rusos se dan cuenta del avance enemigo y modifican el fuego de la artillería, que había sido hasta entonces muy activo pero ineficaz. Apenas salen los japoneses de la aldea de Shaotsuko para atacar los reductos de Hulaotun, cuando un terrible fuego de artillería grande y pequeña, de ametralladoras y de fusiles, se concentra en sus filas.
Empieza la matanza: los shrapnels caen pulverizando la nieve y enviándola á los lados con violencia: en ciertos momentos hay en el blanco campo una agitación, como si fuera azotado por una tempestad. El regimiento Maruyama que forma la izquierda de la brigada Imabashi es el que más sufre por el fuego; en veinte minutos la primera compañía pierde 124 hombres y 4 oficiales, pero el avance no se detiene. La línea de ataque llega á 1.400 metros del enemigo. Aunque el terreno presenta algunos montículos quedan enteramente dominados por la Putiloff.
El bombardeo es tremendo. Los grandes proyectiles japoneses caen en las defensas rusas, echando á tierra los palos que sostienen los alambres y des-truyendo casi los parapetos. Pero los rusos han organizado un maravilloso servicio para reparar rápidamente los perjuicios hechos; apenas se disipa el humo de una explosión, se puede ver que algunos soldados corren, trabajan para rehacer sus defensas y una vez terminada su labor, desaparecen detrás de las trincheras.
¡Susume! ¡Susume! ¡Adelante! ¡Adelante! es el grito que corre en las filas japonesas. Las ametralladoras disparan incesantemente; grupos formados por medias compañías de tiradores escogidos, defienden las trincheras avanzadas. Los japoneses llevan también ametralladoras, que dirigen sobre los rusos verdaderos chorros de plomo. Los cañones rusos toman como blanco estas máquinas y destruyen dos, con bombas de quince centímetros. El ataque continúa. ¡ Susume!. . . .
Son las cinco, las tropas avanzan pequeños espacios impetuosamente, y en cada avance dejan numerosos cadáveres. En este momento, el comandante de la brigada, Mayor General Imabashi cae; un fragmento de granada lo ha herido en el pecho. El Capitán Yasuhara y el Teniente Hayashi, de su Estado Mayor, se precipitan hacia él. Con las dos manos se comprime la herida murmurando: dejadme, no es nada grave, puedo aún ir por mi pie. Y. . . se levanta trabajosamente, vacila y cae en brazos de sus oficiales, que lo llevan de allí.
Este grupo conmovedor no hace más de cien pasos. cuando un schrapnel estalla cerca, y los dos oficiales quedan también heridos. Una bala hiere al Capitán Yasuhara en el hombro izquierdo; y otra atraviesa de arriba á abajo el pecho y el abdomen del Teniente Hayashi, que cae sonriendo dolorosamente y exclama: Muero....
Entretanto la batalla sigue á lo lejos. Alrededor de ellos no hay un solo soldado, no hay un socorro, el lugar está solitario; el General y el Capitán, impotentes por sus heridas, miran al moribundo, que con voz débil, les dice: Kuni no tame.... Por la Patria.
La frase "Kuni no tame" forma un verso; el moribundo ha compuesto una poesía; pero expliquemos este episodio característico, tan singular para nosotros. Este hecho es común, el japonés en los momentos más solemnes de su vida, cuando está más conmovido compone una poesía. La poesía japonesa es fácil, y las más veces no va más allá de mi dístico: ante un soneto todo
el heroísmo japonés retrocedería.

Lo que es más de admirar en la educación del japonés es el dominio que tiene de sus sentimientos, el predominio sobre sus pasiones, el saber ocultar sus dolores y sus alegrías, esconder goces y sufrimientos detrás de la famosa sonrisa que ha hecho acreedor á este pueblo de la injusta fama del hipócrita. Componer un dístico en ciertos instantes, es como encadenar los propios sentimientos y mostrarlos siempre como prisioneros de la voluntad. El japonés sabe vencer á los demás, quizá porque ha empezado á vencer al mayor enemigo que tenemos, el YO.
Excúsenos el lector que lo distraigamos por algunos instantes del combate, que se hace más intenso, para llevarlo cerca de un simple Teniente, moribundo y abandonado en la nieve; pero la fisonomía moral de los japoneses, queda mejor delineada por algunos detalles, que por los grandes hechos de su historia. Debemos medir la fuerza de este país, que ahora se revela al mundo tan imponentemente; pues sería un error achacar todo á sus éxitos guerreros, cuando tiene tantas cosas por la qué ser admirado.
Componer versos en una batalla, es una vieja costumbre; las poesías de los héroes son tan populares, como sus hechos; en la batalla de Korumo, por citar uno de los ejemplos más conocidos, el joven vencedor Hachiman Taro Yoshye, famoso guerrero, tendiendo el arco contra la visera del viejo y ya vencido Abe No Sadato, antes de disparar, le dice un dístico:
KUROMO NO TATE WA
HOKOROVI-NI-KERY.
Tate, significa defensa y también costura. Kuromo, es el nombre del río, cerca del cual se verificó la batalla, y quiere decir también vestido, el dístico, rápidamente compuesto en el furor de la lucha, se traduce en este calambur de una ironía enteramente japonesa : Vuestra costura-defensa del vestido-Kuromo está rota.
El anciano se levanta orgullosamente la visera y responde inmediatamente con este otro calambur en verso:
TOSHI O HESHI ITO NO
MIDAEE NO KÜETJSHISA NI!
O sea,
lo visto.
Debido á los muchos años que lo defiendo-lo visto.

El joven baja el arco, suelta la cuerda y vencido á su vez, le responde: Noble anciano, toma tu caballo v vete, eres libre. Tales recuerdos son muy numerosos en el pasado de los japoneses y de ellos se nutre la mente de la juventud.
Durante esta guerra, ese uso no se ha olvidado, la víspera de cualquier batalla, iba del campamento á la madre patria, una oleada de poesías; no hay quizá un oficial, que no haya mandado á su familia el dístico supremo. En el Japón es trivial expresar los altos sentimientos en la forma común; el instinto de la belleza llega hasta allí. La poesía es otra lengua y se dice con entonación de canto. Un pensamiento elevado, es como una melodía del alma, que no debe decirse sino con la armonía del sonido.
Todo esto explica que el Teniente Hayashi, moribundo, murmure su último verso: Kuni no tame.... una contracción dolorosa cambia sus facciones; después de algunos instantes, agrega: —Sasageshi— Lo ofrecí.....
Y reclina la cabeza desmayado. No vuelve más en sí, es transportado á la ambulancia, y muere; el General Himabashi es conducido también á la ambulancia, en muy grave estado; el mando de la brigada recae en el Coronel Maeda. El ataque continúa.
Los japoneses llegan á la última colina, frente á la posición más avanzada del enemigo; son batidos por una gran cantidad de proyectiles, como lluvia de granizo; los asaltantes, á pesar de ello, se precipitan con ímpetu irresistible la pendiente es muy rocallosa, después que atraviesan el valle, atacan la primera línea de trincheras. Los defensores se retiran á los reductos de Hulaotun, que están cien metros atrás de aquéllas. De las fortificaciones de Putiloff, se concentra un fuego infernal sobre las trincheras conquistadas.
Los japoneses no tienen tiempo para hacer alguna defensa útil, se contentan con excavar pequeñas trincheras ó amontonar tierra, que apenas alcanza para proteger á un hombre pecho á tierra. Es difícil mantener las posiciones, avanzar sería una locura; ¡hay de aquel que muestre la cabeza! los rusos tiran sobre él.
En la noche se intenta el asalto, pero como los rusos vigilan, el ataque queda suspendido.
En esta terrible situación, á cien metros del enemigo, los asaltantes permanecen tres días y tres noches; no se puede tener una idea de lo que significa estar ochenta horas, sufriendo el intenso invierno Mandchú y bajo una continua tempestad de balas.
Se presenta una primera dificultad: llevar á esta línea alimentos y municiones, que se han agotando casi. Cualquier tentativa de comunicación durante el primer día, es inútil. Muchos soldados se ofrecen voluntaria-mente para ese servicio audaz, y caen uno tras otro al descender la última colina ó al desembocar en el valle, después de haber dado una gran vuelta; desde las trincheras los soldados hacen señales desesperadas con banderitas, ya sufren el hambre.
Al fin la necesidad sugiere un medio ingenioso. Se empacan víveres y municiones en fardos esféricos, que en la noche se llevan hasta la cresta de la última colina, allí se les empuja, y las provisiones, abandonadas á su propio peso, ruedan como una avalancha, saltando, y llegan hasta el valle á las mismas trincheras; en la noche son recogidos, y el contenido se distribuye en las filas.
El alimento que llega, es escaso, y se compone, especialmente, de galletas. Después de algunas horas, calma da el hambre, empieza un sufrimiento más horrible, la sed.
Los soldados raspan la nieve y la comen á puñados, mezclada con tierra, pronto sienten la boca ardiente, como quemada; la lengua se hincha y los labios y las encías sangran.
Pasan las horas, el segundo día declina y en todos las caras se ve la desesperación; los soldados se miran unos á otros, mudos y con expresión de terror.
Por la noche, cuando el fuego ruso se calma, bien sea por la obscuridad ó por temor á la mala puntería, los soldados nipones se ponen á trabajar, infatigables, para mejorar sus trincheras, rehaciendo y reparando los parapetos. Quien no trabaja, vigila; el frío es intenso y es preciso moverse para no quedar helado. Al amanecer, cuando la puntería de los rusos es rectificada, los japoneses duermen en sus trincheras; el fuego del enemigo se vuelve intenso y más preciso, pero ellos duermen, solamente unos cuantos centinelas vigilan.... Muchos de los durmientes, alcanzados por alguna bala, pasan, quizá, insensiblemente á un sueño más tranquilo, pero sin fin.
El 4 de Marzo, á media noche, los soldados del regimiento Maruyama (izquierda de la brigada Imabashi), observan que los fuegos del vivaque ruso se apagan poco á poco. No se dan una explicación satisfactoria; después oyen rumor de pasos, es una multitud que camina en la tierra helada. Por la obscuridad, no saben á qué se debe ese ruido, pero se figuran que es un batallón mandado por el vizconde Takakura.
Se oye el grito del centinela:—Tare da.—¿Quién vive?
Una voz en japonés contesta :~Waga gun.— Nuestro ejército.
Otra voz agrega :—Mikata—Vuestros camaradas.

Los japoneses no disparan, pero apuntan sus fusiles sin hacer fuego; entretanto, las sombras se hacen más visibles sobre la blancura del suelo.
Repentinamente se oye un grito en la obscuridad; un hurra intenso y feroz.
Eran los rusos que se habían hecho pasar por japoneses y que se precipitaban ya á la bayoneta. El combate es terrible; nadie hace fuego temiendo herir á los suyos; no se oyen sino gritos, lamentos, bayonetazos que rompen la piel, culatazos que abren el cráneo, gemidos, estertores.....
Los japoneses son rechazados y retrocenden, pero después vuelven á sus posiciones perdidas, luchando con desesperación. El vizconde Takakura, que ha llegado con su batallón se bate también con la espada en la mano, lanzando gritos para animar á sus soldados.
Una compañía de este batallón, reducida á setenta y cinco hombres por los combates anteriores, estaba comiendo cuendo el ataque empezó. Sorprendida, se ve obligada á retirarse, dejando sus heridos y muertos en los surcos. Los rusos, que quedaron vencedores y dueños del terreno, recogen los objetos abandonados y arrojan sobre ellos petróleo, (el petróleo ha entrado como factor muy importante en esta guerra), les prenden fuego. Entonces los japoneses vieron, ó creyeron ver, (la cosa es espantosa para admitirla), que los rusos recogían á los muertos y á los heridos japoneses y los arrojaban á las llamas. Cada cuerpo que cae, aumenta las llamas, que se levantan más altas y más humeantes. Los setenta y cinco hombres, reducidos á cincuenta por la nueva lucha, presas de terrible furor se lanzan de nuevo á la lucha; el fuego alumbra con luz dantesca esta escena feroz de la batalla, después de algunos minutos, no quedaban más que diez y siete hombres, á su cabeza se bate el Capitán Okubo; hay un momento en que éste combate personalmente con un soldado ruso, un culatazo que le da otro ruso lo hace caer boca arriba. El primero le apunta con su fusil y dispara; la bala entra en el hombro izquierdo del capitán japonés, pero muy pronto vuelve de su desmayo, se levanta y se lanza al combate, es herido tres veces más, pero siempre se re-husa á ser llevado á las ambulancias.
Son las dos de la madrugada, el combate continúa; los japoneses no pueden resistir por mucho tiempo; su situación es comprometida y las pérdidas enormes. Del batallón Takakura, no quedan más que cuatro oficiales; otro batallón del mismo regimiento, no cuento más que con tres, el Coronel Maruyama está herido. Se envían varios ordenanzas, uno tras otro, para pedir refuerzos.
A las cuatro de la mañana, los refuerzos llegan al mando del Mayor Okada. Estas tropas frescas, armadas con granadas de mano, se precipitan sobre los rusos arrojándoles los explosivos, cuyo estallar repercute fuertemente en el valle. Los rusos también estaban agotados, y abandonando la lucha, vuelven á toda prisa á sus reductos, perseguidos por la fusilería japonesa.
El alba ilumina montones de cadáveres y de heridos confundidos rusos y japoneses, abrazados con un gesto de espasmo infernal, mezclando su sangre.
El frío hace lentos los latidos del corazón de los heridos, hasta paralizarlos, los lamentos cesan.
Los japoneses se esconden de nuevo detrás de sus trincheras en aquella fúnebre compañía.

Transcurre un día y una noche.
El día 6 se perciben densas nubes de humo, en la retaguardia del enemigo, y surge la idea de que esté quemando los almacenes; esto sería la señal de la retirada; se decide, pues, el asalto á los reductos de Hu-laotun para la noche. Es preciso que los rusos no puedan disponer de las fuerzas que defienden la colina Putiloff, en otros puntos del campo de batalla; y si acaso se retiran, hay que seguirlos, hasta donde sea posible.
Durante la noche, la primera línea japonesa es reforzada; el fuego de los rusos es menos intenso, el movimiento se lleva á cabo sin dificultades y sin grandes pérdidas. A media noche se avanza. Un destacamento de zapadores, logra abrir una brecha entre las redes de alambre, perdiendo las dos terceras partes de sus hombres.
Se nota que la defensa ha disminuido considerablemente; pues la primera noche, el día 2, que se intentó este ataque, solamente un soldado, de los encargados de esta labor, pudo salvarse.
Abierta la brecha entre las redes, la infantería se lanza á la carga. La lucha es violenta y muy breve; á las tres de la mañana los reductos están conquistados.
No hay ya duda, el enemigo ha desguarnecida estas posiciones; pero es preciso seguir adelante. "Susume"
Sin embargo, la colina Putiloff está tan terriblemente fortificada, que sería locura atacarla de día; aún se defiende perfectamente y sus flancos fulminan.
Durante la noche se envían otros destacamentos para abrir brecha; las ametralladoras hacen estragos espantosos, la mitad de los asaltantes caen, pero el ataque siguiente encuentra poca resistencia.
Toda la brigada se lanza contra la montaña; las rocallosas laderas y los abruptos perfiles de las rocas se cubren de soldados que trepan y que salvan los fosos abandonados, lanzando gritos frenéticos. El fuego de fusilería que los recibió al principio, disminuye, hasta que cesa por completo. A las cuatro de la mañana, la cumbre del famoso cerro está conquistada. Desde allí se contemplan por doquier, muertos, piezas de artillería desmontadas, ame-tralladoras inútiles, rocas que han estallado al choque de los proyectiles, armas abandonadas.
Alumbra el día, en la cúspide de la montaña es izada una bandera japonesa y en el campo repercute un largo y estrepitoso ¡Banzai!
La colina Putiloff ha sido al fin tomada.

Capítulo VI