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VI.
LOS
REDUCTOS DE LOKIANTUN.
(Con el Ejército de Nodzú.)
Se
preparan las trincheras.—A seiscientos metros del enemigo.—Cómo
se cortan los alambres.—El soldado Uyeki no regresa.—En los
fosos del lobo.—Ataque desesperado.—¡Dos mil muertos!—El
contraataque.—El enemigo cede.
En tanto que la brigada Imabashi, (izquierda de la 10a. división),
atacaba con tanto heroísmo la colina Putiloff, la brigada Otami,
(derecha, de la, 10a. división), se batía con no menos valor
y con no menos desgracia, contra las fortificaciones que se hallaban en
el flanco Este del cerro.
El punto más fuerte, sobre el cual dirigen los japoneses sus mayores
esfuerzos, es un sistema de reductos, cerca de Lokiantun, (al Este de
Hulaotun). De los dos regimientos que compcnían la brigada de Otami,
uno mandado por el Coronel Tanaka, queda de reserva, y el otro mandado
por el Coronel Nishimura, es destinado al ataque; a retaguardia de la
brigada quedan unas baterias de diez y medio y doce centímetros,
que bombardean las posiciones enemigas. Los rusos tienen también
grandes piezas de artillería en Tunshan, (al Norte de Lokiantun),
que casi dominan el fuego japonés. Bajo la parabólica trayectoria
de centenares de granadas, la infantería se. prepara, para el asalto.
En la noche del 26 de Febrero, cuatrocientos zapadores mandados por el
Capitán Miyake, construyen trincheras al Noreste de Fanshan, en
una ligera depresión de terreno, á menos de medio kilómetro
del enemigo. Al amanecer, el trabajo cesa para continuarlo en la noche.
El día 28 se han cavado ochocientos metros de trinchera, y se preparan
sacos de arena, que deberán servir á los soldados para proteger
su avance.
Durante la noche del 28, los rusos oyen algún ruido insólito
y abren un fuego terrible sobre el lugar donde creen que parte; pero esto
no impide á los japoneses continuar sus preparativos, pues no tienen
tiempo que perder, la orden de ataque se ha fijado para el día
1° de Marzo.
A las nueve de la mañana de este día, dos compañías,
con algunas ametralladoras, ocupan fácilmente las trincheras preparadas
en las noches anteriores. Puka-kual, al Poniente de Funshan, fue ocupada
prontamente por una compañía al mando del Capitán
Kobayashi. El día 2 se refuerza gradualmente la línea de
ataque que al fin queda formada por tres batallones: uno al mando del
Mayor Wada, en el centro; uno á la derecha, por el Mayor Modeki;
el de la izquierda, por el Mayor Okudá. Todos los soldados llevan
á la espalda su saco de tierra; los Sharapnels estallan alrededor,
sin causar grandes daños. La tormenta de nieve impide á
los rusos dirigir acertadamente sus proyectiles.
Cuando la nevada
cesa y el horizonte se aclara, los japoneses han llegado á unos
seiscientos metros de las posiciones principales de los rusos.
De Tashan, de Lokiantun, de Hotautun y de Putiloff, se envía á
los asaltantes una terrible granizada de balas de todas clases de armas
de fuego; los soldados japoneses se tiran pecho á tierra, poniendo
sus sacos delante, defendiéndose con ellos y respondiendo inmediatamente,
con cerradas descargas de fusilería. También procuran hacer
pequeñas trincheras amontonando sacos para proteger las ametralladoras,
cuyo trabajo es indispensable. Las pérdidas son grandes y se espera
una oportunidad para lanzarse á la carga, y que la artillería
abra algún paso, demoliendo las defensas en algunos puntos. Desgraciadamente
el bombardeo japonés no es aún eficaz. Llega la noche y
las tropas quedan en formación de batalla.
A la media noche, el Capitán Ota, de Ingenieros, recibe orden de
intentar la destrucción de una barrera de alambre, que impide el
paso para el asalto. El Capitán recomienda esta honrosa comisión
al Teniente Mune, quien escoge veintiún soldados, á quienes
da órdenes; los preparativos comienzan en seguida.
Se creería que esta veintena de soldados se prepara para una mascarada;
encima del uniforme se ponen ropa blanca y la cabeza se la cubren con
pañuelos blancos, la pelliza del. cuello con pelo blanco y las
manos las guarnecen con los guantes de gala y se colocan en los pies cinco
ó seis pares de calcetines blancos; se dirigen hacia el enemigo
murmurando tranquilamente: Sayonara.— Buenas noches. Muchos de ellos
no volverán quizá.
El blanco manto de nieve que cubría el suelo, nos explica el por
qué del disfraz de aquellos audaces. buscaban confundirse con la
blancura del suelo. Sus pies, sin calzado, no despertaban el menor ruido;
y estos hombres, casi invisibles, se deslizaban en la superficie helada
y resbalosa, arrastrando cajas llenas de bombas de Shimosita, (explosivo
japonés), avanzan lentamente pegándose á las paredes
en las barrancas haciendo largos giros para evitar que su perfil aparezca
sobre la cresta de las pequeñas colinas y se destaque en el cielo
estrellado. Son casi las tres de la mañana cuando llegan á
un grupo de árboles, de esos pequeños pinos chinos, que
presentan grandes ramajes, con expresiones raras, como si tuvieran sentimiento
y sensación de la vida humana; desde sus troncos se extiende la
barrera de alambre, que tiene una anchura de cincuenta metros.
A una orden que murmura el Teniente Mune, los soldados se tiran pecho
á tierra y se arrastran; algunas palabras como un murmullo; después
se dividen en tres grupos de siete hombres cada uno, de los cuales uno
queda de reserva, los otros dos se adelantan arrastrándose, deslizándose
cautelosamente sobre las manos y las rodillas, como felinos que se dirigen
hacia su presa.
De tiempo en tiempo truena el cañón y sobre sus cabezas
pasan granadas que van á estallar á lo lejos; allá
en el horizonte la tempestad y el estallido de las grandes piezas no cesa;
aquí todo está tranquilo. Los japoneses escudriñan
hacia adelante, y á medida que avanzan, empiezan á distinguir
en la oscuridad el perfil de un reducto, y más cerca aún,
la línea confusa de una trinchera; en determinado momento, la silueta
de un centinela se hace perfectamente distinta. Después se percibe
otro y otro más, hasta cinco que se hallan entre la trinchera y
la barrera de alambre. Se pasean de un lado á otro con el fusil
al hombro, ya aproximándose, ya separándose; algunas veces
pegan con sus claveteados zapatos en el suelo, con el fin de desentumecer
los pies; otros dirigen miradas indiferentes hacia donde se halla el enemigo
y continúan su marcha, lenta y regular, sin imaginarse que á
veinte pasos de ellos, el enemigo que creen tan distante, los espía;
derepente los centinelas se detienen y escuchan, creen haber oído
algo en la oscuridad. En efecto, han percibido un ligero rechinar, casi
inperceptible, pero muy cercano, es el rumor de las cajas de explosivos
que los japoneses arrastran en la nieve. Cuando los japoneses partieron
de sus posiciones, no dieron importancia á este insignificante
rumor; pero á medida que se han acercado, les ha parecido que crecía,
que se agigantaba, que resonaba aún más fuerte que los lejanos
cañonazos, que por aquel murmullo, al principio insignificante,
iba á entrar en alarma todo el campamento ruso; han llegado al
fin de la barrera de alambre, no falta más que un paso, y tienen
la seguridad de que han sido descubiertos. Quedan pecho á tierra,
inmóviles, procurando contener la respiración.
Por una y otra parte se explora en la obscuridad con la mayor ansia, con
la más grande angustia; detrás de aquellos hombres que podrían
oírse con toda claridad, había un gran número de
vidas que estaban encargadas á su vigilancia y á su habilidad.
Pasan algunos minutos, al fin los centinelas se mueven, bajan los cañones
de sus fusiles, prontos á hacer fuego. Los japoneses comprenden
que no tienen salvación, que no pueden estar ocultos, se ponen
de pie, y se lanzan al ataque. Entonces sucede algo que sería ridículo,
si no pasara en las tremendas condiciones en que tiene lugar: los centinelas
no esperan, lanzan un grito de terror, tiran las armas y huyen. No se
sabe por qué hicieron esto, pero hay que suponer que estos hombres
blancos, que parecían haber brotado del suelo, parecieron á
los centinelas una cosa sobrenatural, un ataque de fantasmas, un ataque
vengador de los muertos que habían quedado sin sepultar. Los rusos
son supersticiosos y están llenos de leyendas, la tensión
de nervios en que se hallaban, la soledad del terreno, la desolación,
el recuerdo de caras crispadas vistas en este campo de muerte, predisponían
la fantasía á las más pavorosas visiones. No sabemos
qué fue; pero el hecho es que los centinelas huyeron.
Al oír los gritos y los pasos de los que huían, los rusos
que se encontraban en la trinchera, creyeron en un asalto é hicieron
fuego sobre los desgraciados centinelas. Los japoneses aprovecharon esta
confusión, y en menos que lo decimos, los explosivos fueron colocados
en varios puntos de la barrera; pero era preciso reunirlos con una misma
mecha para que la explosión fuera simultánea; un soldado
llamado Uyeki, se ofrece voluntariamente para este trabajo y queda allí,
en tanto que sus compañeros se retiran.
Los rusos disparaban,
entretanto, al acaso, haciendo fuego hacia el Sudeste. Los hombres blancos
se dirigen . hacia la derecha, y en pocos momentos quedaron fuera de la
zona de tiro. Un momento después, un gran resplandor ilumina por
un instante el campo; enseguida se oye una terrible detonación;
Uyeki ha cumplido su deber.
A las cuatro de la mañana, la pequeña expedición
vuelve á sus posiciones, pero no son más que veinte,
Uyeki no regresa.
Mientras se desarrollan estos acontecimientos, un sargento zapador, llamado
Tanaka, recibe el encargo de cortar los alambres en otro punto de la barrera;
pero este héroe va solo, acompañado únicamente por
la alta idea que todo soldado debe tener: de cumplir su deber.
Se acerca cautelosamente á las posiciones rusas, llega al alambrado,
se coloca debajo de aquella gigantesca tela de araña de acero;
el terreno está sembrado de fosas de lobo. Este sistema de doble
defensa, es muy usado por los rusos.
La fosa de lobo, (expresiva denominación que da una idea del noble
y antiguo espíritu que ha tenido este elegante género de
defensa), es un agujero redondo, de dos metros de profundidad y de un
metro de diámetro en el fondo siempre se pone una punta aguzada,
ya sea un palo puntiagudo, una bayoneta amarrada á un palo ó
cualquiera otra cosa de este género. Estas fosas están destinadas
para que el que caiga adentro, quede imposibilitado para moverse. Las
fosas de lobo se colocan muy cerca unas de otras, de modo que el caminar
en sus bordes sea muy difícil; pues es necesario guardar difíciles
actitudes de equilibrio, llenas de dificultades para un hombre que está
tranquilo y reflexivo é imposibles para el que se encuentra bajo
la granizada de balas que envían las ametralladoras; pero ya había
sucedido una vez en Liao Yang, que los japoneses atravesaran las fosas
de lobo y que los primeros asaltantes, en ellas caídos, aunque
gravemente heridos, ayudaran á sus compañeros á pasar
estas terribles defensas; ahora los rusos se han encontrado en la necesidad
de evitar que los japoneses vean estas trampas para fiera; así,
pues, las han cubierto con paja y con tierra. En Liao Yang, la primera
línea de ataque pasó el alambrado y cayó después
en las fosas, pero la defensa fue atravesada. Así, pues, el método
más seguro, era tender sobre las bocas de las trampas, una red
de alambre, de este modo parecía imposible atravesar la barrera;
pero los japoneses son de una obstinación indomable, cortan los
alambres y se sirven de los palos, á los cuales se sujetaban los
alambres, para pasar cómodamente las fosas, como si estos palos
hubieran sido colocados para servirles de pasamano.
El sargento Tanaka no corta más que los alambres que están
encima de las fosas de lobo, se desliza á una evitando la punta
del instrumento vulnerable que allí se encuentra, en seguida saca
los brazos fuera y con las pinzas, tac. .. tac. . . tac... tac.. corta
los alambres.
Este ruido es oído por los centinelas, una voz da el grito de alarma
y pronto resuena una descarga, las ametralladoras entran en combate en
seguida y pasa sobre él una ráfaga de proyectiles. La tempestad
de balas pasa rozando el suelo, pero nuestro sargento se sienta en el
fondo de su fosa, donde está seguro y no arriesga más que
las manos, que siguen incansables en su labor. Corta, todos los alambres
que se encuentran á su alcance y pasa á la fosa próxima.
La maniobra es peligrosa, pero da resultado y él sigue cortando
asiduamente, una bala lo hiere en el puño izquierdo, se venda y
continúa su trabajo; después de terminar, pasando de agujero
en agujero, consigue abrir una ancha brecha en el alambrado; entonces
coloca las pinzas en su mochila y se hace un ovillo en el fondo de una
fosa, esperando tranquilamente.
Poco después, el fuego disminuye, después cesa. Los rusos
no escuchan ya nada. Piensan, con razón, que no habría enemigo
que hubiera resistido una serie de descargas tan asiduas y compactas.
El silencio de la noche vuelve á hacerse profundo, entonces el
sargento sale lentamente de su sepultura y arrastrándose sobre
la nieve, vuelve á su campamento; á las cinco de la mañana,
rinde su parte al Capitán Ota.
A la madrugada, dos compañías de la reserva, refuerzan el
ala izquierda y se decide el ataque; pero es imposible avanzar, el primer
avance cuesta numerosos hombres; y después de él la situación
queda lo mismo que antes. A las dos de la tarde, el Coronel Nishimura
cae, una bala le atraviesa el vientre. Los oficiales heridos son numerosos.
Así pasa el día, la única ventaja oue se ha obtenido,
es impedir á los rusos reparar los daños hechos en sus trincheras.
El día 4 la situación no cambia, no obstante que en esa
noche, logra el enemigo cerrar el paso hecho, por los japoneses á
través del alambrado. Pero tanto heroísmo queda inútil.
La noche siguiente va otra expedición de zapadores á abrir
el pasaje; pero los rusos no se dejan sorprender y toda la expedición
es sacrificada. A las cinco de la mañana, los japoneses renuevan
el ataque. La toma de Lokiantun se juzga necesaria para el ataque de Putiloff,
que, como dijimos,, ha sido encomendada á la brigada Imabashi.
Estas órdenes vienen directamente del General Nodzú y no
se discuten.
Se emprende el ataque. Las dificultades son enormes, cada paso cuesta
centenares de vidas. El General Otami, Comandante de la brigada, telegrafía
al Estado Mayor del Ejército que las fuerzas rusas, Contra las
cuales avanza, son cuando menos doble número que las suyas. El
Estado Mayor da la orden de replegarse y volver á las primitivas
posiciones antes del alba; pero cuando llega el mensaje, ya es tarde,
ya a amanecido.
La batalla se encarniza, las líneas japonesas caen con violencia
y con deseperación, sobre las defensas rusas auxiliares; dos ó
tres compañías logran atravesarlas. Al amanecer, se ve que
los japoneses han llegado á las trincheras. En ellas se planta
la bandera japonesa que es abatida é izada de nuevo. Pero poco
después los rusos se dan cuenta de la inferioridad numérica
de los asaltantes y asumen la ofensiva. Los japoneses son rechazados y
de asaltantes, se transforman en asaltados; retrocediendo y cambiando
de lugar, se defienden detrás de los sacos de arena, manteniéndose
con gran tesón en el terreno conquistado. La retirada en pleno
día, hubiera determinado una matanza en general.
A las diez de la mañana, la mitad de las tropas ata-cantes ha caído;
durante todo el día continúa la desesperada resistencia
de los japoneses; pero en la noche, protegidos por la obscuridad, pueden
al fin retirarse, llevando consigo á los oficiales heridos y dejando
á los soldados en
el campo de batalla. En esta espantosa jornada, el regimiento Nishimura
perdió cerca de dos mil hombres. El 6 de Marzo, las infanterías
están agotadas, rusos y japoneses duermen, no se oye un tiro de
fusil; pero en cambio el bombardeo sigue implacable y terrible.
La artillería rusa abandona su método tradicional de tiro
en horqueta, que consiste en buscar la exactitud, rectificando gradualmente
la puntería hasta llegar á un tiro casi preciso.
La exactitud, á pesar de esto, no llega á ser sino aparente,
pues en tanto que la artillería bate con toda perseverancia una
línea determinada, para defenderse de los tiros, el enemigo, no
tiene más que adelantar ó retroceder, para estar en seguridad
y asistir, no sin agrado, á ese ruidoso ejercicio. Ahora la artillería
rusa ha adoptado el sistema de tiro rápido, tiro de ráfaga,
que consiste en enviar con la mayor rapidez posible descargas de batería
á toda una superficie, avanzando de cien en cien metros, hasta
llegar al máximum de al-cance de los cañones, para disminuir
en seguida, de cien en cien metros, hasta la distancia mínima racional.
Con este procedimento, toda la región queda cubierta y alcanza
tanto á los combatientes, como á las reservas, al Estado
Mayor, al parque y á los transportes. Este método de tiro
fue adoptado por toda la artillería rusa.
Las pérdidas que sufren los japoneses el día 6, son bastante
graves, cada veinte minutos, una lluvia de Shrapneis, llega hasta Pukaokua,
á unos dos mil metros al Sur de Lokiantun, donde se encuentra el
General Otami, detrás
de los muros que rodean la ciudad. Algunos de los oficiales caen heridos.
Un poco atrás, flota una bandera de la Cruz Eoja, es la avanzada
de las estaciones de auxilio, donde se imparten los primeros socorros,
los mismos médicos y los practicantes son lesionados por los proyectiles,
pero á pesar de ello continúan su labor, tranquilos y metódicos
; apenas se termina una curación y el herido es enviado á
los hospitales que se encuentran bastante le-jos del alcance de las balas.
En la muralla de la aldea, se desarrolla una escena que caracteriza á
los japoneses: cualquier herido que llega del combate, en cuanto ve al
General, se cuadra v saluda, esperando ser interrogado. Si el herido es
un oficial, se acerca y refiere los detalles de la situación, en
tanto que su sangre corre abundante de las heridas, algunos se desmayan
durante la narración.
—No os detengáis aquí, les dice paternalmente el General
Otami, id presto á que os curen.—Gracias. Pero los heridos
nunca dejan de decir aquello que les parece interesante para el Estado
Mayor, y continúan hablando.
Uno de ellos, un teniente que tiene el pecho atravesado por una bala,
llega con gran dificultad, sostenido por dos soldados, enfrente del Comandante
de la brigada, se endereza y da cuenta de la situación, después
se inclina y es conducido á la ambulancia; pero apenas había
dado unos cuantos pasos, cuando se da cuenta de que había olvidado
algo interesante y se hace conducir de nuevo á la presencia del
Coronel, le hace su relación y cae desmayado en brazos de los soldados,
que al fin lo llevan al puesto de socorros.
La noche del 6, los rusos contraatacan y parece que intentan obrar sobre
las posiciones del Este. La batalla continúa obstinada y sangrienta.
Todas las reservas pertenecientes al regimiento de Tanaka entran á
la lucha. Por fin, á las siete de la mañana del día
7, los rusos son rechazados.
Pero estos contraataques rusos, son como los que se verificaron en Hulaotun;
no tienen por objeto más que disimular ó defender la retirada.
Esta maniobra se anuncia también por un tiro más intenso,
aunque menos exacto; cuando los fusiles y los cañones disparan
á ciegas, significa que los que lo hacen son pocos y quieren aparecer
muchos. La mañana del 7 se dispara también de los reductos
de Lokiantun. A medio día, el fuego disminuye sensiblemente, la
arti-llería casi queda silenciosa; pero los japoneses no se deciden
á atacar inmediatamente, pues temen un ardid de guerra, y esperan
la noche. Entretanto, Hulao-tun, como ya habíamos dicho, es atacado
por la brigada Imabashi, á la una de la mañana se oye un
vivo tiroteo de fusil hacia Lokiantun; es la última resistencia
de la retaguardia rusa. Poco después llega la or-den del Estado
Mayor de Nodzú para pasar Sha-ho y marchar directamente sobre Funshan,
aldea grande, situada á cinco kilómetros al Norte de Lokiantun
y donde se sabe que está el cuartel general ruso.
El enemigo se hallaba en plena retirada; cuando amanece, se ve que el
campo de batalla está desierto, hacia el Norte, todas las aldeas
arden; á las ocho de la ma-ñana se oyen á lo lejos
descargas de fusilería; á las diez repercuten más
lejanas, la infantería persigue al enemigo,
pronto Fushan es atravesado; la batalla avanza hacia Mukden.
Putiloff y los terribles reductos de Hulaotun y de Lokiantun, alrededor
de los cuales se ha combatido durante siete días y siete noches,
donde tantos han muerto, donde tantos han sufrido penas infernales, quedan
á la espalda, solitarios, sumergidos en trágico silencio.
Pronto serán olvidados por la excitación y el estrépito
de la nueva lucha.
Capítulo
VII
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