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LA BATALLA DE MUKDEN
PREFACCIO
La guerra es desastrosa; pero
forma á los héroes y engrandece á los pueblos.
Fué una lucha de vital
importancia la que emprendió el Japón el año de 1904,
lucha cuyas causas son perfectamente conocidas para insistir en ellas.
Sólo apuntaremos la frase de un diplomático: "fue necesario
que los cañones del Mikado resonaran para que ese pueblo tan lleno
de virtudes y de ejemplos nobles fuera admitido en el concierto de las
naciones civilizadas."
Mucho se había escrito, mucho se había hablado de la omnipotencia
del ejército del Zar; se aseguraba que los rusos contaban sus regimientos
en más de un millar y que los famosos cosacos, más hábiles
que nunca, eran irresistibles en el combate; el tesoro, á su vez,
era abundantísimo, y si por alguna circunstancia llegaba á
agotarse, su aliada Francia abriría sus repletas arcas para reponerlo.
En cambio, del Japón se sabía poco, y escritores especialistas
afirmaban al día siguiente de la ruptura de las hostilidades que
sólo podía poner en pie de guerra 150,000 hombres. En cuanto
al tesoro, no existía; el armamento era deficiente y aunque la
oficialidad era buena no había llegado á completar los cuadros.
Todos aseguraban que era una loca aventura la que emprendía el
Imperio del Crisantemo y que las fáciles victorias obtenidas sobre
los soldados del decrépito Imperio Chino, no podían ser
una enseñanza para luchar con el ejército de los Zares,
el más numeroso y uno de los más disciplinados del mundo.
Suspensos y confundidos quedaron, en consecuencia, los que tanto habían
escrito y hablado de moscovitas y nipones, la mañana del 9 de Febrero,
al saber que en la noche del día anterior los torpederos del Imperio
del Sol Naciente, penetrando con no igualada audacia á la bahía
de Puerto Arturo, habían lanzado sus terribles máquinas
contra los acorazados rusos surtos en el puerto, cuyas oficialidades celebraban
victorias futuras en cabarets y tabernas. Aquel golpe inesperado estuvo
á punto de inutilizar la llamada "invencible escuadra del
Extremo Oriente."
Suspensos y confusos quedaron los que tanto habían escrito y discutido;
y entonces afirmaron que los japoneses no habían obrado con lealtad,
y que la guerra no se había declarado diplomáticamente,
pero que Rusia infligiría terrible castigo á los felones
amarillos que empezaban la guerra á cañonazos y no con notas.
Y, sin embargo, las noticias no eran halagadoras para los rusófilos:
Kuroki desembarcaba en Corea y el 1° de Mayo obtenía importante
victoria en las márgenes del Yalú, con lo cual tenía
abierta la Mandchuria; el general Okú, el 25 del propio mes, después
de Nanchán, dejaba aislado á Puerto Arturo. Sin embargo,
se afirmaba que los eslavos vencerían al fin y que las derrotas
rusas no eran sino insignificantes descalabros; pero á pesar de
tales afirmaciones, el japonés sigue avanzando irresistiblemente
sobre Liao-Yang. Las escuadras de Puerto Arturo quedan inmovilizadas después
de la catástrofe del Petropavlosk, y la de Vladivostock destruida
casi por completo el 14 de Agosto, gracias al sabio é irresistible
ataque de Kamimura. El 24 del propio mes se inicia la batalla de Liao-Yang,
que dura 11 días, después de los cuales los rusos se retiran
realizando una de esas marchas que maravillan á profanos y técnicos,
pero dejando más de 20,000 muertos y numerosos prisioneros. Vuelven
á presentar batalla en Cha-ho, pero tienen que retirarse; Puerto
Arturo cae.
A pesar de la serie de victorias obtenidas por el ejército japonés,
aun hay apasionados que sostienen que no hubo tales triunfos, puesto que
los rusos siempre pudieron retirarse.
Juzgando con tal criterio, tampoco deberían considerarse, no obstante
que lo fueron, como muy justos triunfos del genial corso, el gran número
de batallas napoleónicas.
Después de Eyiau, los rusos se retiran; en Wagram el príncipe
Carlos ejecuta fácilmente ese movimiento; otro tanto se puede decir
de las batallas franco-alemanas, pues solamente en Sedán, los franceses
quedaron aniquilados y prisioneros. En Liao-Yang, en Cha-ho, en Yalú,
en Mukden, los japoneses obtuvieron victorias indiscutibles, sus triunfos
fueron legítimos, pues además de rechazar al enemigo, siempre
le hicieron numerosos prisioneros y capturaron cañones y abundante
botín de guerra, imposibilitando á los rusos para emprender
nueva ofensiva.
¿A qué se deben
las victorias japonesas y los fracasos rusos?
Muchos y muy complicados son los factores que determinan el fenómeno
histórico; invocar unas cuantas causas para explicar la psicología
de la guerra ruso-japonesa es conocer muy imperfectamente el asunto.
Ludovic Naudeau, cree resolver el problema, haciendo hincapié en
la bravura de los nipones; afirma que tienen gran desprecio á la
vida, porque desde que nacen no temen la muerte; en el Japón las
catástrofes son diarias los temblores de tierra acaban con una
región, los incendios destruyen toda una ciudad, las inundaciones
aniquilan una comarca; allí no se muere aisladamente son centenares
ó millares de hombres los que desaparecen en un día. El
japonés, desde que nace, está familiarizado con la idea
de que puede morir en cualquier momento y para ello está siempre
preparado.
El distinguido periodista francés indica también que los
subditos del Mikado, menos escrupulosos que los occidentales, y no temiendo
el derramamiento de sangre, se han aprovechado sin vacilación de
los descubrimientos europeos, buscando los efectos y la no exhibición,
como parece que la buscan los que se llaman civilizados!
Muchas son las causas que se han invocado: la religión, la disciplina,
la cercanía del campo de operaciones, las deficiencias de los medios
de transporte rusos, la falta de iniciativa en éstos, etc., etc.
Muchas son las causas, pero quizá la más importante es el
amor á la patria y el afán de engrandecerla. Para el japonés
no hay amor más grande ni más meritorio que el patriotismo;
desde que nace y quizá por herencia, lo siente, y además,
se le enseña que la Patria es la gran madre á quien todo
lo debe y por quien debe sacrificarlo todo; esto llega á ser una
convicción tan profunda, que muchos que estaban imposibilitados
para ir á los campos de batalla se suicidaron.
El libro que nos hemos atrevido á traducir fue escrito bajo la
impresión todavía de las hecatombes presenciadas, con el
olor de la pólvora y con el corazón estremecido por tanta
crueldad y por tanto heroísmo. El autor, Luigi Barzini, uno de
los periodistas más eminentes del mundo, acompañó
al ejército japonés como corresponsal de "II Corriere
le 1a Sera" de Milán, y este libro ha causado sensación
en todos los lugares donde se ha leído. Pedimos al público
perdón por las faltas inherentes á este trabajo, puesto
que ha perdido del original la energía de los conceptos y la elegancia
de la dicción.
Hemos dedicado esta traducción á los heroicos hijos de las
escuelas militares de México, como un homenaje para aquellos que
como Ezcutia, de la Barrera, Montes de Oca, Márquez, Melgar, Suárez,
murieron por su patria, y otros que como Auza, Smith, Eosado, Platón
Sánchez, realizaron una de las páginas más gloriosas
de nuestra historia, defendiendo los ya derruidos parapetos de Puebla
de Zaragoza, así como para todos aquellos que salen dispuestos
á morir por engrandecer y mejorar el leal ejército nacional,
que alguna vez, grande e invencible, servirá, no para hacer conquistas,
para sojuzgar pueblos, sino para conservar íntegra esta Patria
que tanto amamos.
CARLOS BARAJAS.
Junio de 1912.
Invasión de Manchuria
y Corea por los japoneses hasta la batalla de Mukden.
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