LA BATALLA DE MUKDEN

Ver a página completa

Presentamos en esta sección la obra de Luigi Barzini, periodista del "II Corriere le la Sera" , que acompañó al ejército japonés como corresponsal de guerra durante la guerra ruso-japonesa de 1904/5. La presente edición es la traducción al español realizada en México por Carlos Barajas en el año 1912.

 

LA BATALLA DE MUKDEN

PREFACCIO

La guerra es desastrosa; pero forma á los héroes y engrandece á los pueblos.

Fué una lucha de vital importancia la que emprendió el Japón el año de 1904, lucha cuyas causas son perfectamente conocidas para insistir en ellas. Sólo apuntaremos la frase de un diplomático: "fue necesario que los cañones del Mikado resonaran para que ese pueblo tan lleno de virtudes y de ejemplos nobles fuera admitido en el concierto de las naciones civilizadas."
Mucho se había escrito, mucho se había hablado de la omnipotencia del ejército del Zar; se aseguraba que los rusos contaban sus regimientos en más de un millar y que los famosos cosacos, más hábiles que nunca, eran irresistibles en el combate; el tesoro, á su vez, era abundantísimo, y si por alguna circunstancia llegaba á agotarse, su aliada Francia abriría sus repletas arcas para reponerlo. En cambio, del Japón se sabía poco, y escritores especialistas afirmaban al día siguiente de la ruptura de las hostilidades que sólo podía poner en pie de guerra 150,000 hombres. En cuanto al tesoro, no existía; el armamento era deficiente y aunque la oficialidad era buena no había llegado á completar los cuadros. Todos aseguraban que era una loca aventura la que emprendía el Imperio del Crisantemo y que las fáciles victorias obtenidas sobre los soldados del decrépito Imperio Chino, no podían ser una enseñanza para luchar con el ejército de los Zares, el más numeroso y uno de los más disciplinados del mundo.
Suspensos y confundidos quedaron, en consecuencia, los que tanto habían escrito y hablado de moscovitas y nipones, la mañana del 9 de Febrero, al saber que en la noche del día anterior los torpederos del Imperio del Sol Naciente, penetrando con no igualada audacia á la bahía de Puerto Arturo, habían lanzado sus terribles máquinas contra los acorazados rusos surtos en el puerto, cuyas oficialidades celebraban victorias futuras en cabarets y tabernas. Aquel golpe inesperado estuvo á punto de inutilizar la llamada "invencible escuadra del Extremo Oriente."
Suspensos y confusos quedaron los que tanto habían escrito y discutido; y entonces afirmaron que los japoneses no habían obrado con lealtad, y que la guerra no se había declarado diplomáticamente, pero que Rusia infligiría terrible castigo á los felones amarillos que empezaban la guerra á cañonazos y no con notas.
Y, sin embargo, las noticias no eran halagadoras para los rusófilos: Kuroki desembarcaba en Corea y el 1° de Mayo obtenía importante victoria en las márgenes del Yalú, con lo cual tenía abierta la Mandchuria; el general Okú, el 25 del propio mes, después de Nanchán, dejaba aislado á Puerto Arturo. Sin embargo, se afirmaba que los eslavos vencerían al fin y que las derrotas rusas no eran sino insignificantes descalabros; pero á pesar de tales afirmaciones, el japonés sigue avanzando irresistiblemente sobre Liao-Yang. Las escuadras de Puerto Arturo quedan inmovilizadas después de la catástrofe del Petropavlosk, y la de Vladivostock destruida casi por completo el 14 de Agosto, gracias al sabio é irresistible ataque de Kamimura. El 24 del propio mes se inicia la batalla de Liao-Yang, que dura 11 días, después de los cuales los rusos se retiran realizando una de esas marchas que maravillan á profanos y técnicos, pero dejando más de 20,000 muertos y numerosos prisioneros. Vuelven á presentar batalla en Cha-ho, pero tienen que retirarse; Puerto Arturo cae.
A pesar de la serie de victorias obtenidas por el ejército japonés, aun hay apasionados que sostienen que no hubo tales triunfos, puesto que los rusos siempre pudieron retirarse.
Juzgando con tal criterio, tampoco deberían considerarse, no obstante que lo fueron, como muy justos triunfos del genial corso, el gran número de batallas napoleónicas.
Después de Eyiau, los rusos se retiran; en Wagram el príncipe Carlos ejecuta fácilmente ese movimiento; otro tanto se puede decir de las batallas franco-alemanas, pues solamente en Sedán, los franceses quedaron aniquilados y prisioneros. En Liao-Yang, en Cha-ho, en Yalú, en Mukden, los japoneses obtuvieron victorias indiscutibles, sus triunfos fueron legítimos, pues además de rechazar al enemigo, siempre le hicieron numerosos prisioneros y capturaron cañones y abundante botín de guerra, imposibilitando á los rusos para emprender nueva ofensiva.

¿A qué se deben las victorias japonesas y los fracasos rusos?
Muchos y muy complicados son los factores que determinan el fenómeno histórico; invocar unas cuantas causas para explicar la psicología de la guerra ruso-japonesa es conocer muy imperfectamente el asunto.
Ludovic Naudeau, cree resolver el problema, haciendo hincapié en la bravura de los nipones; afirma que tienen gran desprecio á la vida, porque desde que nacen no temen la muerte; en el Japón las catástrofes son diarias los temblores de tierra acaban con una región, los incendios destruyen toda una ciudad, las inundaciones aniquilan una comarca; allí no se muere aisladamente son centenares ó millares de hombres los que desaparecen en un día. El japonés, desde que nace, está familiarizado con la idea de que puede morir en cualquier momento y para ello está siempre preparado.
El distinguido periodista francés indica también que los subditos del Mikado, menos escrupulosos que los occidentales, y no temiendo el derramamiento de sangre, se han aprovechado sin vacilación de los descubrimientos europeos, buscando los efectos y la no exhibición, como parece que la buscan los que se llaman civilizados!
Muchas son las causas que se han invocado: la religión, la disciplina, la cercanía del campo de operaciones, las deficiencias de los medios de transporte rusos, la falta de iniciativa en éstos, etc., etc. Muchas son las causas, pero quizá la más importante es el amor á la patria y el afán de engrandecerla. Para el japonés no hay amor más grande ni más meritorio que el patriotismo; desde que nace y quizá por herencia, lo siente, y además, se le enseña que la Patria es la gran madre á quien todo lo debe y por quien debe sacrificarlo todo; esto llega á ser una convicción tan profunda, que muchos que estaban imposibilitados para ir á los campos de batalla se suicidaron.
El libro que nos hemos atrevido á traducir fue escrito bajo la impresión todavía de las hecatombes presenciadas, con el olor de la pólvora y con el corazón estremecido por tanta crueldad y por tanto heroísmo. El autor, Luigi Barzini, uno de los periodistas más eminentes del mundo, acompañó al ejército japonés como corresponsal de "II Corriere le 1a Sera" de Milán, y este libro ha causado sensación en todos los lugares donde se ha leído. Pedimos al público perdón por las faltas inherentes á este trabajo, puesto que ha perdido del original la energía de los conceptos y la elegancia de la dicción.
Hemos dedicado esta traducción á los heroicos hijos de las escuelas militares de México, como un homenaje para aquellos que como Ezcutia, de la Barrera, Montes de Oca, Márquez, Melgar, Suárez, murieron por su patria, y otros que como Auza, Smith, Eosado, Platón Sánchez, realizaron una de las páginas más gloriosas de nuestra historia, defendiendo los ya derruidos parapetos de Puebla de Zaragoza, así como para todos aquellos que salen dispuestos á morir por engrandecer y mejorar el leal ejército nacional, que alguna vez, grande e invencible, servirá, no para hacer conquistas, para sojuzgar pueblos, sino para conservar íntegra esta Patria que tanto amamos.

CARLOS BARAJAS.

Junio de 1912.

Campaña de Corea y Manchuria, Guerra ruso-japonesa.

Invasión de Manchuria y Corea por los japoneses hasta la batalla de Mukden.

A medida que sea posible se irán introduciendo los diferentes capítulos.

Capítulos de la obra:

VIII. La toma de Chantan

 

IX. Retirada trágica

 

X. La persecución

 

XI. Jornada sangrienta

 

XII. Jornada lúgubre

 

XIII. Morid !

 

XIV. El "terraplén viejo"

 

XV. La sombra de la derrota

 

XVI. Momento supremo

 

XVII. Likampu

 

XVIII. Ultima fase

 

XIX. La agonía de la Mukden rusa