IV

 

 

6- LA BATALLA DE CUNAXA

La larga columna de soldados comenzó a desplegarse tal y como Ciro había ordenado. Los griegos deplegaron a la derecha de la formación. Dando pues al Eúfrates Clearco y sus mercenarios, seguido a continuación de los hombres de Próxeno, luego los demás griegos y por último, y cerrando la línea, Memnón.
Junto a Clearco situó Ciro 1.000 jinetes paflagonios y la totalidad de los peltastas griegos. A la derecha, y siguiendo a Memnón, las fuerzas propias de Ciro, comandadas por Arieo. Ciro y su guardia, 600 jinetes de caballería pesada, en el centro. Mientras el ejército de Ciro reposaba en la llanura en silencio, a lo lejos comenzó a vislumbrarse el avance de las fuerzas del enemigo. Una gran nube blanquecina formada por el polvo que levantaban las tropas al caminar comenzó a cubrir el horizonte. Poco a poco y a medida que se acercaban se iba ésta haciendo más y más densa hasta casi ennegrecer. Para cuando ya estuvieron lo suficientemente cerca pudieron apreciarse claramente las diferentes unidades de las que estaban compuestas las fuerzas del Rey.
Era tal el número del ejército contrario, que el de Ciro, tal y como estaba desplegado, sólo alcanzaba a cubrir la mitad del frente total formado por su enemigo.
Ciro únicamente tenía una idea para la batalla, dirigirse frontalmente hacia donde estaba el Rey -siempre en el centro de la formación enemiga- combatirle y matarle. Ya que a ello quería supeditar toda su estrategia, ordenó a Clearco, a la sazón estratego del ejército mercenario griego, dirigirse con sus tropas hacia esa posición.
A medida que los dos ejércitos confluían, Clearco se daba cuenta de que, debido a su gran número, el centro persa -en donde se encontraba el monarca- quedaba confrontado al flanco izquierdo del ejército de Ciro. Para el griego era obvio que dirigirse con sus fuerzas, recordemos que situadas en el flanco derecho, hasta ese lugar no haría sino permitir al enemigo envolverles sin dificultad por ese lado, el único, de hecho, realmente protegido gracias a la presencia del río Eufrates.
Así pues, el griego respondió a las órdenes de Ciro con una negativa. "Ya nos ocuparemos nosotros, dijo, de que las cosas vayan como tienen que ir": Los griegos plantearían así un desarrollo clásico, un avance en línea protegidos a un lado por el Eufrates y al otro por la masa del ejército de Ciro.

Clearco el Lacedemonio


Como buen espartiata, Clearco era un consumado guerrero. Autoexiliado de su patria tras ser acusado injustamente por los éforos de un yerro que no había cometido, pasó a convertirse de oficial espartano a soldado de fortuna.
Auténtico prototipo de líder mercenario, era huraño y severo, y no despertaba ninguna simpatía entre sus hombres; pero era a él a quien todos recurrían cuando, durante la acción, había que confiar el mando de las operaciones al oficial más competente.
La capacidad y astucia de este personaje fueron proverbiales, conservándose además un buen número de anécdotas centradas en sus acciones bélicas:
Clearco saqueaba Tracia, y mató a muchos tracios. Éstos le enviaron embajadores para pedirle que pusiese fin a la guerra. Peo él, considerando perjudicial la paz, ordenó a los cocineros que colgaran entre los cadáveres tracios dos o tres cuerpos cortados en trozos, y que si los tracios al verlos preguntaban la causa, les dijeran: -Se le prepara la cena a Clearco-. Al ver esto, los embajadores tracios se retiraron con los pelos de punta, sin atreverse ya a decir nada sobre el cese de la guerra.
Frontino, III 5,1 y Polieno: Estratagemas, II 2, 9.

 


EL ATAQUE GRIEGO


Cuando al avanzar los dos ejércitos se encontraron a una distancia, el uno del otro, de unos 4 estadios (500/600 metros), los griegos aceleraron su marcha, a paso ligero, directos hacia el enemigo.
En una línea tan extensa como la que cubrían las formaciones mercenarias, la coordinación fue del todo imposible, de esta forma algunas unidades quedaron un poco rezagadas ante el rápido avance de sus compañeros, por lo que, a la carrera, trataron de recuperar sus posiciones. Sin saber el por qué, al ver venir corriendo a sus compañeros desde atrás, las unidades más adelantadas, enardecidas, entonaron por fin el pean (el canto de guerra), y todos a la vez aceleraron también el paso. Al momento los 10.000 hoplitas se encontraban lanzando una infernal carga a través de la llanura contra las densas líneas del persa, en una carrera en la que los oficiales y los soldados trataban de mantener a duras penas las formaciones cohesionadas.
Frente a ellos, Artajerjes había dispuesto -contra los griegos- tupidas formaciones de arqueros. El plan era ablandarlos mediante unas descargas masivas de proyectiles para luego dar paso al ataque de los carros, armatostes provistos por doquier de hoces y cuchillas con los que esperaba romper las líneas del enemigo. Luego, la infantería pesada haría el resto, propiciando que la caballería ligera persa pudiese realizar un movimiento envolvente por el flanco de los, se supone, ya derrotados griegos. Cerraba la línea en ese sector la caballería pesada, al frente de la cual de encontraba Tisafernes, el gran enemigo de Ciro.

La Batalla de Cunaxa. Por Satrapa1


Pues bien, la visión de aquellos temibles guerreros griegos avanzando a la carrera por la llanura rompió los nervios de unos arqueros persas que seguramente pensaban encontrar a su enemigo clavado sobre el terreno, parapetados de las flechas tras sus grandes escudos de bronce. El repentino avance de los mercenarios aterrorizó a estos auxiliares, los cuales, sin tratar siquiera de hacer una mínima resistencia y cuando ya estaban a tiro de flecha, dieron media vuelta y huyeron a toda la velocidad hacia la retaguardia.
La precipitada retirada de los arqueros confundió y atemorizó a las unidades de infantería que esperaban más atrás. Los primeros en contagiarse del pánico fueron los carros de guerra, que tratando de avanzar sin mucho éxito, para detener el asalto griego, fueron totalmente desarticulados: a los pocos carros que llegaban a contactar con las líneas griegas se les recibía sin miedo, abriendo las formaciones para luego batirlos desde todos los lados. Aunque los más, sencillamente, fueron arrastrados hacia atrás en el caos de la retirada.

 


LOS PERSAS PUESTOS EN FUGA


En cuanto a la infantería pesada persa, arrojó sus escudos y se dio inmediatamente a la fuga. Así pues y, siguiendo a Jenofonte, al coste de un solo herido, los
Pudo atravesar las formaciones de la infantería ligera de sus enemigos, pero no pudo evitar que sus dardos hiciesen mella en sus hombres, en lo que vino a ser una especie de tiro al blanco hasta que pudo poner tierra por medio. Cuando finalmente pudo dejarlos a todos atrás se dirigió a donde seguramente la polvareda le indicaba, como veremos, que ocurría algo: hacia el propio campamento del enemigo.

 

CARGA DE CIRO CONTRA LA POSICIÓN DE ARTAJERJES


Lo rápido del avance y la victoria sorprendió a propios y extraños. Al propio Ciro, que se mantenía prudentemente en sus posiciones, sus amigos le aclamaban ya como rey de Persia, pero todavía había mucho por hacer. Se había vencido claramente en un amplio sector del frente, pero las ventajas proporcionadas por la superioridad numérica del contrario fueron pronto utilizadas por Artajerjes: quiso jugar así su mejor baza. Detuvo entonces el avance de su ejército y lanzó su flanco derecho al ataque. Su intención era obvia, rebasar las posiciones de su enemigo para rodearlo y atacar así por la espalda a la totalidad de las fuerzas de su hermano Ciro. Este, que se apercibió inmediatamente del hecho, preparó a su guardia montada para un contraataque demoledor: ya que resultaba imposible detener tan vasto movimiento de flanqueo, la única contramedida que se le ocurrió fue la de lanzarse al frente de sus hombres contra las posiciones del propio Rey. En una osada carga, sus jinetes se abalanzaron sobre los de Artajerjes, que les superaban en número de 10 a 1. La furia de los atacantes era tal que poco después destruyeron la resistencia del enemigo y seguidamente lo pusieron en fuga. En el fragor de la persecución también ahora los hombres de Ciro habían perdido su cohesión. ¿Y Artajerjes?: acompañado de una reducida guardia montada se movía a través del campo de batalla, tratando seguramente de no exponer su persona. Divisado finalmente por Ciro y su ya reducida escolta, cargó en persona contra él.


La acometida fue terrible, y Ciro alcanzó a su hermano con la lanza, golpe que no obstante y pese a atravesar la armadura de Artajerjes, no hizo sino un daño menor. Utilizada así la ventaja y la oportunidad obtenida por el hecho de cargar, Ciro se vio superado, en el combate cuerpo a cuerpo, por el mayor número de los hombres que acompañaban al Rey. Alcanzado por uno de estos fue derribado herido de muerte, y junto a él 8 soldados y amigos de su sequito, que pelearon codo con codo en la refriega.


EL CAMPAMENTO DE CIRO ATACADO


Mientras en un sector del campo ocurrían estos hechos, la batalla continuaba descontrolada por doquier. Habiendo triunfado frente a Ciro, Artajerjes condujo a sus fuerzas en persecución de los que huían. Arieo, que comandaba ahora las fuerzas rebeldes que permanecían todavía desplegadas en la llanura, se retiró prudentemente en dirección a la retaguardia llegando a atravesar en su huida el campamento. La caballería de Artajerjes, que seguía de cerca a los fugados, se precipitó sobre el inmenso campamento en donde horas antes la totalidad del ejército de Ciro había dejado sus pertenencias. El saqueo fue general y salvaje, todo el que pudo escapó hacia la zona del campamento que pertenecía al ejercito griego, en donde los hoplitas que usualmente se dejaban para seguridad del bagaje mantuvieron a raya a los persas.
En esta tesitura, Artajerjes se encontró con Tisafernes -que acudía al lugar con su caballería- siendo entonces informado de lo sucedido con su flanco izquierdo: de la victoria total de los griegos y de la persecución que llevaban adelante.


ÚLTIMO COMBATE Y VICTORIA FINAL DE LOS MERCENARIOS


En contra de lo que todos suponían, Artajerjes no procedió a realizar un rápido ataque sobre la espalda de las formaciones griegas. Todo lo contrario: retrocedió por donde había venido y perdió un tiempo precioso en tratar de reorganizar las unidades que se encontraban dispersas por la llanura. Cuando por fin consideró que se encontraba lo suficientemente fuerte, comenzó a avanzar contra el ala izquierda de los griegos. Clearco respondió a este movimiento haciendo rotar a sus líneas -unidades que habían dado ya la vuelta y marchaban en dirección al campamento- dejando de ese modo tras de sí el Eúfrates y encarando la línea de avance de su adversario. Una vez que los dos ejércitos se encontraron en la llanura, los griegos dieron comienzo al ataque. Al igual que en la ocasión anterior, tras entonar el pean, se lanzaron a la carrera sobre la infantería pesada de su enemigo. Clavados en sus posiciones por el miedo, y a más de cien metros de ellos, los persas tiraron en masa sus armas y se echaron a correr. El rey, frustrado, huyó con la caballería. La persecución fue larga y sólo terminó con la llegada de la noche. Todavía sin saber lo que había sido de Ciro, los griegos regresaron, alegres y ufanos por su victoria, hasta el campamento que, aunque parcialmente saqueado, se encontraba todavía en pie gracias a la defensa realizada por la guarnición que los griegos habían dejado junto a sus bagajes.
La batalla había terminado.
De lo sucedido después, de cómo se enteraron de la muerte de Ciro y de su repliegue a través del Imperio de Artajerjes hasta su llegada al Mar Negro, ya nos ocuparemos en otra ocasión, pues baste aquí con lo dicho.

Por Satrapa1

 

 

 

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