6- LA BATALLA
DE CUNAXA
La
larga columna de soldados comenzó a desplegarse tal y como Ciro
había ordenado. Los griegos deplegaron a la derecha de la formación.
Dando pues al Eúfrates Clearco y sus mercenarios,
seguido a continuación de los hombres de Próxeno, luego
los demás griegos y por último, y cerrando la línea,
Memnón.
Junto a Clearco situó Ciro 1.000
jinetes paflagonios y la totalidad de los peltastas griegos. A la derecha,
y siguiendo a Memnón, las fuerzas propias de Ciro,
comandadas por Arieo. Ciro y su guardia, 600 jinetes
de caballería pesada, en el centro. Mientras el ejército
de Ciro reposaba en la llanura en silencio, a lo lejos
comenzó a vislumbrarse el avance de las fuerzas del enemigo. Una
gran nube blanquecina formada por el polvo que levantaban las tropas al
caminar comenzó a cubrir el horizonte. Poco a poco y a medida que
se acercaban se iba ésta haciendo más y más densa
hasta casi ennegrecer. Para cuando ya estuvieron lo suficientemente cerca
pudieron apreciarse claramente las diferentes unidades de las que estaban
compuestas las fuerzas del Rey.
Era tal el número del ejército contrario, que el de Ciro,
tal y como estaba desplegado, sólo alcanzaba a cubrir la mitad
del frente total formado por su enemigo.
Ciro únicamente tenía una idea para la
batalla, dirigirse frontalmente hacia donde estaba el Rey -siempre en
el centro de la formación enemiga- combatirle y matarle. Ya que
a ello quería supeditar toda su estrategia, ordenó a Clearco,
a la sazón estratego del ejército mercenario griego, dirigirse
con sus tropas hacia esa posición.
A medida que los dos ejércitos confluían, Clearco
se daba cuenta de que, debido a su gran número, el centro persa
-en donde se encontraba el monarca- quedaba confrontado al flanco izquierdo
del ejército de Ciro. Para el griego era obvio
que dirigirse con sus fuerzas, recordemos que situadas en el flanco derecho,
hasta ese lugar no haría sino permitir al enemigo envolverles sin
dificultad por ese lado, el único, de hecho, realmente protegido
gracias a la presencia del río Eufrates.
Así pues, el griego respondió a las órdenes de Ciro
con una negativa. "Ya nos ocuparemos nosotros, dijo, de que las cosas
vayan como tienen que ir": Los griegos plantearían así
un desarrollo clásico, un avance en línea protegidos a un
lado por el Eufrates y al otro por la masa del ejército de Ciro.
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Clearco
el Lacedemonio
Como buen espartiata, Clearco era un consumado guerrero. Autoexiliado
de su patria tras ser acusado injustamente por los éforos
de un yerro que no había cometido, pasó a convertirse
de oficial espartano a soldado de fortuna.
Auténtico prototipo de líder mercenario, era huraño
y severo, y no despertaba ninguna simpatía entre sus hombres;
pero era a él a quien todos recurrían cuando, durante
la acción, había que confiar el mando de las operaciones
al oficial más competente.
La capacidad y astucia de este personaje fueron proverbiales,
conservándose además un buen número de anécdotas
centradas en sus acciones bélicas:
Clearco saqueaba Tracia, y mató a muchos tracios. Éstos
le enviaron embajadores para pedirle que pusiese fin a la guerra.
Peo él, considerando perjudicial la paz, ordenó
a los cocineros que colgaran entre los cadáveres tracios
dos o tres cuerpos cortados en trozos, y que si los tracios al
verlos preguntaban la causa, les dijeran: -Se le prepara la cena
a Clearco-. Al ver esto, los embajadores tracios se retiraron
con los pelos de punta, sin atreverse ya a decir nada sobre el
cese de la guerra.
Frontino, III 5,1 y Polieno: Estratagemas, II 2, 9.
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EL ATAQUE GRIEGO
Cuando al avanzar los dos ejércitos se encontraron a una distancia,
el uno del otro, de unos 4 estadios (500/600 metros), los griegos aceleraron
su marcha, a paso ligero, directos hacia el enemigo.
En una línea tan extensa como la que cubrían las formaciones
mercenarias, la coordinación fue del todo imposible, de esta forma
algunas unidades quedaron un poco rezagadas ante el rápido avance
de sus compañeros, por lo que, a la carrera, trataron de recuperar
sus posiciones. Sin saber el por qué, al ver venir corriendo a
sus compañeros desde atrás, las unidades más adelantadas,
enardecidas, entonaron por fin el pean (el canto de guerra), y todos a
la vez aceleraron también el paso. Al momento los 10.000 hoplitas
se encontraban lanzando una infernal carga a través de la llanura
contra las densas líneas del persa, en una carrera en la que los
oficiales y los soldados trataban de mantener a duras penas las formaciones
cohesionadas.
Frente a ellos, Artajerjes había dispuesto -contra
los griegos- tupidas formaciones de arqueros. El plan era ablandarlos
mediante unas descargas masivas de proyectiles para luego dar paso al
ataque de los carros, armatostes provistos por doquier de hoces y cuchillas
con los que esperaba romper las líneas del enemigo. Luego, la infantería
pesada haría el resto, propiciando que la caballería ligera
persa pudiese realizar un movimiento envolvente por el flanco de los,
se supone, ya derrotados griegos. Cerraba la línea en ese sector
la caballería pesada, al frente de la cual de encontraba Tisafernes,
el gran enemigo de Ciro.

Pues bien, la visión de aquellos temibles guerreros griegos avanzando
a la carrera por la llanura rompió los nervios de unos arqueros
persas que seguramente pensaban encontrar a su enemigo clavado sobre el
terreno, parapetados de las flechas tras sus grandes escudos de bronce.
El repentino avance de los mercenarios aterrorizó a estos auxiliares,
los cuales, sin tratar siquiera de hacer una mínima resistencia
y cuando ya estaban a tiro de flecha, dieron media vuelta y huyeron a
toda la velocidad hacia la retaguardia.
La precipitada retirada de los arqueros confundió y atemorizó
a las unidades de infantería que esperaban más atrás.
Los primeros en contagiarse del pánico fueron los carros de guerra,
que tratando de avanzar sin mucho éxito, para detener el asalto
griego, fueron totalmente desarticulados: a los pocos carros que llegaban
a contactar con las líneas griegas se les recibía sin miedo,
abriendo las formaciones para luego batirlos desde todos los lados. Aunque
los más, sencillamente, fueron arrastrados hacia atrás en
el caos de la retirada.
LOS PERSAS PUESTOS EN FUGA
En cuanto a la infantería pesada persa, arrojó sus escudos
y se dio inmediatamente a la fuga. Así pues y, siguiendo a Jenofonte,
al coste de un solo herido, los
Pudo atravesar las formaciones de la infantería ligera de sus enemigos,
pero no pudo evitar que sus dardos hiciesen mella en sus hombres, en lo
que vino a ser una especie de tiro al blanco hasta que pudo poner tierra
por medio. Cuando finalmente pudo dejarlos a todos atrás se dirigió
a donde seguramente la polvareda le indicaba, como veremos, que ocurría
algo: hacia el propio campamento del enemigo.

CARGA
DE CIRO CONTRA LA POSICIÓN DE ARTAJERJES
Lo rápido del avance y la victoria sorprendió a propios
y extraños. Al propio Ciro, que se mantenía
prudentemente en sus posiciones, sus amigos le aclamaban ya como rey de
Persia, pero todavía había mucho por hacer. Se había
vencido claramente en un amplio sector del frente, pero las ventajas proporcionadas
por la superioridad numérica del contrario fueron pronto utilizadas
por Artajerjes: quiso jugar así su mejor baza.
Detuvo entonces el avance de su ejército y lanzó su flanco
derecho al ataque. Su intención era obvia, rebasar las posiciones
de su enemigo para rodearlo y atacar así por la espalda a la totalidad
de las fuerzas de su hermano Ciro. Este, que se apercibió
inmediatamente del hecho, preparó a su guardia montada para un
contraataque demoledor: ya que resultaba imposible detener tan vasto movimiento
de flanqueo, la única contramedida que se le ocurrió fue
la de lanzarse al frente de sus hombres contra las posiciones del propio
Rey. En una osada carga, sus jinetes se abalanzaron sobre los de Artajerjes,
que les superaban en número de 10 a 1. La furia de los atacantes
era tal que poco después destruyeron la resistencia del enemigo
y seguidamente lo pusieron en fuga. En el fragor de la persecución
también ahora los hombres de Ciro habían
perdido su cohesión. ¿Y Artajerjes?: acompañado
de una reducida guardia montada se movía a través del campo
de batalla, tratando seguramente de no exponer su persona. Divisado finalmente
por Ciro y su ya reducida escolta, cargó en persona contra él.

La acometida fue terrible, y Ciro alcanzó a su
hermano con la lanza, golpe que no obstante y pese a atravesar la armadura
de Artajerjes, no hizo sino un daño menor. Utilizada
así la ventaja y la oportunidad obtenida por el hecho de cargar,
Ciro se vio superado, en el combate cuerpo a cuerpo,
por el mayor número de los hombres que acompañaban al Rey.
Alcanzado por uno de estos fue derribado herido de muerte, y junto a él
8 soldados y amigos de su sequito, que pelearon codo con codo en la refriega.

EL CAMPAMENTO DE CIRO ATACADO
Mientras en un sector del campo ocurrían estos hechos, la batalla
continuaba descontrolada por doquier. Habiendo triunfado frente a Ciro,
Artajerjes condujo a sus fuerzas en persecución
de los que huían. Arieo, que comandaba ahora las fuerzas rebeldes
que permanecían todavía desplegadas en la llanura, se retiró
prudentemente en dirección a la retaguardia llegando a atravesar
en su huida el campamento. La caballería de Artajerjes,
que seguía de cerca a los fugados, se precipitó sobre el
inmenso campamento en donde horas antes la totalidad del ejército
de Ciro había dejado sus pertenencias. El saqueo
fue general y salvaje, todo el que pudo escapó hacia la zona del
campamento que pertenecía al ejercito griego, en donde los hoplitas
que usualmente se dejaban para seguridad del bagaje mantuvieron a raya
a los persas.
En esta tesitura, Artajerjes se encontró con Tisafernes
-que acudía al lugar con su caballería- siendo entonces
informado de lo sucedido con su flanco izquierdo: de la victoria total
de los griegos y de la persecución que llevaban adelante.

ÚLTIMO COMBATE Y VICTORIA FINAL DE LOS MERCENARIOS
En contra de lo que todos suponían, Artajerjes
no procedió a realizar un rápido ataque sobre la espalda
de las formaciones griegas. Todo lo contrario: retrocedió por donde
había venido y perdió un tiempo precioso en tratar de reorganizar
las unidades que se encontraban dispersas por la llanura. Cuando por fin
consideró que se encontraba lo suficientemente fuerte, comenzó
a avanzar contra el ala izquierda de los griegos. Clearco
respondió a este movimiento haciendo rotar a sus líneas
-unidades que habían dado ya la vuelta y marchaban en dirección
al campamento- dejando de ese modo tras de sí el Eúfrates
y encarando la línea de avance de su adversario. Una vez que los
dos ejércitos se encontraron en la llanura, los griegos dieron
comienzo al ataque. Al igual que en la ocasión anterior, tras entonar
el pean, se lanzaron a la carrera sobre la infantería pesada de
su enemigo. Clavados en sus posiciones por el miedo, y a más de
cien metros de ellos, los persas tiraron en masa sus armas y se echaron
a correr. El rey, frustrado, huyó con la caballería. La
persecución fue larga y sólo terminó con la llegada
de la noche. Todavía sin saber lo que había sido de Ciro,
los griegos regresaron, alegres y ufanos por su victoria, hasta el campamento
que, aunque parcialmente saqueado, se encontraba todavía en pie
gracias a la defensa realizada por la guarnición que los griegos
habían dejado junto a sus bagajes.
La batalla había terminado.
De lo sucedido después, de cómo se enteraron de la muerte
de Ciro y de su repliegue a través del Imperio
de Artajerjes hasta su llegada al Mar Negro, ya nos ocuparemos
en otra ocasión, pues baste aquí con lo dicho.
Por
Satrapa1
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