Tras
la Guerra del Peloponeso (concluye en el año 404 a.C.) Atenas,
abatida por tan largo y sangriento conflicto, no supone ya ninguna amenaza
para sus antiguos enemigos. Por su parte, Esparta, la gran vencedora,
es consciente de la deuda que ha contraído con el más importante
sátrapa de Asia Menor, el aqueménida Ciro.
En efecto, pese a todo el poder reunido por la Liga del Peloponeso y sus
aliados, sin la importante ayuda económica proporcionada de este
persa el triunfo, sin duda, habría sido para Atenas.
Una
de las consecuencias más inesperadas de la Guerra del
Peloponeso, fue la fuerte profusión y expansión
del mercenariado de origen griego.
Después de la Retirada de los Diez Mil, la fama, ya
de por si excelente, de estos combatientes alcanzo el más
alto nivel. Al menos a ojos de los persas, quienes a partir
de entonces contaran con su concurso para cualquier guerra
que llevaran en adelante en occidente. Es posiblemente esta
facilidad de recluta, pues había un gran numero de
hombres disponibles y los persas no carecían de dinero,
lo que trajo como consecuencia el que los mismos persas no
se esforzasen lo suficiente en crear un ejercito de a pie,
correctamente entrenado e igualmente armado como para poder
hacer frente de igual a igual a los ejércitos griegos.
Lo pagarían caro contra Alejandro, ante el que, salvo
estos propios mercenarios, no podrían oponer ningún
tipo de unidad de infantería de calidad siquiera aproximada. |
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Este
Ciro, que no era otro que el propio hermano del
Gran Rey, Artajerjes II, era el hombre más
poderoso del occidente persa. Personaje que en los años precedentes
había colaborado estrechamente con los enemigos de Atenas,
aunque buscando no sólo la derrota de la Liga Délica,
sino el desgaste, a la postre, de todos y cada uno de los diferentes
contendientes en la guerra, que en definitiva no eran sino rivales
de la propia Persia.
Gracias a estas relaciones privilegiadas con Grecia, y principalmente
con Esparta, el sátrapa persa pudo obtener con relativa facilidad
el concurso de buena parte de las huestes mercenarias helenas más
importantes del momento; un gran número de soldados mercenarios
que desempleados tras la guerra vagaban ahora de un lado a otro
tratando de ofrecer sus servicios al mejor postor.
Ciro
había decidido por entonces levantarse en armas en contra
de su hermano el Rey con la intención última de derrocarle
y hacerse con el trono.
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El
príncipe aqueménida hará de estas fuerzas los mejores
de entre todos estos soldados de fortuna, el arma decisiva que le permitirá
enfrentarse con garantías de victoria a las innumerables huestes
que sin duda el Gran Rey movilizará contra él.
¿El
por qué de esta ambición de Ciro?: la historia
nos revela que el persa, victima de una conjura palaciega, fue encarcelado
tiempo atrás acusado de traición por su hermano, el rey
Artajerjes. Acababa de morir por aquel entonces (año
404 a.C.) el padre de ambos, Darío II, y la inestabilidad
propia de una sucesión un tanto discutida condujeron a la acusación
primero, y condena final, del joven aqueménida. Sólo la
intervención de la madre de ambos, Parisátide,
logro devolver al príncipe su libertad y su rango, y con ello,
el poder perdidos. Desde ese momento Ciro tramará
en silencio su respuesta, la venganza a la humillación sufrida,
y que le llevará ahora a desatar una guerra civil en la que, como
veremos, estuvo muy cerca del triunfo.
1- ASIA MENOR,
LAS SATRAPIAS DE CIRO
Una
vez liberado de su encierro, Ciro recuperó el
control de los territorios que tiempo atrás había recibido
de su difunto padre, el Gran Rey, Darío II. Estos comprendían
las ricas satrapías de Lidia, Capadocia y Frigia. Su mayor enemigo
-y delator en la corte- el sátrapa Tisafernes,
que hasta la llegada de Ciro había sido con mucho
el persa más poderoso e influyente de la región, había
sido relegado a una discreta segunda fila manteniendo únicamente
el control sobre las rentas de las ciudades griegas de Jonia; sólo
una sombra de lo que antaño había llegado a ser su poder
como sátrapa de Lidia. No le debió sentar nada bien el ser
relevado por el joven aqueménida, al que obviamente debió
culpar de su caída en desgracia y contra el que siempre, a partir
de ese momento, conspiró. De hecho, fue Tisafernes
quien denunció a Ciro ante el mismo Rey y, por
tanto, el responsable del encarcelamiento del príncipe persa.
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Ciro
no se lo pensó mucho antes de devolver el golpe a su rival, así
que, una vez que recuperó su poder en Lidia, invadió inmediatamente
Jonia apoyándose en las mismas ciudades que iba a arrebatar a Tisafernes,
las cuales, hartas del despotismo de que hacia gala el antiguo sátrapa,
preferían pasarse abiertamente a Ciro.
Sólo
en una de estas, Mileto, consiguieron los partidarios de Tisafernes
hacerse fuertes, cosa que fue aprovechada por éste para enviarles
con rapidez los refuerzos necesarios para sostener un largo asedio. La
esperanza de Tisafernes estaba en que, denunciando la
injustificada agresión de Ciro, Artajerjes
II intervendría para ordenar a su hermano la devolución
de todas las posesiones que ilegalmente le había arrebatado. Lo
que no podía sospechar Tisafernes es que Artajerjes,
satisfecho por seguir recibiendo los tributos correspondientes a las ciudades
jonias y que en esta ocasión hacia ya efectivos Ciro,
no tenía la menor intención de involucrarse en unas querellas
locales que, en lo que a él representaba, no suponían ninguna
molestia o amenaza.
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Al no inmiscuirse en
los asuntos de Jonia, Artajerjes no hacía sino continuar con
la tradición real de eludir cualquier implicación en
los conflictos entre las diferentes satrapías. En realidad,
en tanto en cuanto los impuestos fuesen entregados a su hora, el Gran
Rey probablemente no movería un dedo por ninguno. Ni este Artajerjes
ni cualquier otro de sus antecesores. Nadie mejor que Ciro lo sabía,
por ello se cuidó muy mucho que sus desavenencias con Tisafernes
no interfiriesen en el obligado flujo de bienes y riquezas de la región
que debían circular en dirección al corazón del
Imperio. |
LA
CONSPIRACIÓN
Por desgracia para Artajerjes, no podía saber
lo que en esos momentos tramaba su hermano Ciro. En realidad, la guerra
que había desatado en Jonia no era tan sólo para devolver
el golpe a su enemigo Tisafernes, era, en el fondo, el
primer paso de su proyectada rebelión.
Así es, con la excusa de la guerra con Tisafernes comenzó
a hacerse ahora con un buen número de contingentes de mercenarios
griegos.
Ciro, oculto tras la cortina de la guerra, enroló
por un lado a miles de mercenarios para guarnecer las ciudades jonias
recientemente ocupadas -tropas que puso bajo el mando del estratego griego
Jenias de Arcadia-. Por otro, un nuevo e importante grupo fue reclutado
para participar en el asedio de Mileto -a las órdenes de Sócrates
de Acaya y Pasion de Megara-. Paralelamente, y al mismo tiempo,
Ciro anunciaba su intención de marchar en breve contra los siempre
ingobernables pisidios. Otra guerra que utilizaría de nuevo como
una excusa -en este caso creíble- para reunir en Sardes a más
y más grupos de soldados de fortuna. Todo para tratar así
de escapar de los recelos de los muchos espías de Tisafernes
que merodeaban por su corte y que sabía que, de sospechar algo,
no tardarían en informar al mismísimo Gran Rey en Persépolis.
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