II

ir a la primera parte: La Anábasis

 

 

2- CIRO DA COMIENZO A LAS HOSTILIDADES

Había llegado el momento para Ciro de jugar las cartas que mantenía ocultas.


En la lejana Tesalia, apoyando conflictos de carácter local, mantenía a sueldo bajo Aristipo a cerca de 4.000 mercenarios. Ciro había ordenado a Aristipo que no pusiese fin a los enfrentamientos que mantenía hasta que él lo ordenase. En realidad se trataba de mantener cohesionados a ese gran número de hombres hasta el momento en que él requiriese la presencia de estas fuerzas en Asia.


Otro tanto ocurría en el Quersoneso. Allí, un exiliado laconio, Clearco, había movilizado también con el apoyo económico de Ciro, a un nutrido grupo de mercenarios con la intención de combatir a los merodeadores tracios que amenazaban continuamente a las ciudades griegas de la región de los estrechos.
Por último recurrió a sus aliados en Grecia. Era el momento, pensaba, en que los espartanos debían devolverle alguno de los importantes beneficios que habían recibido de él durante la pasada guerra. Ciro solicitó de los peloponesios el concurso de su flota. Una escuadra que, unida a la propia y que por aquellos días participaba en el asedio de Mileto, debía conducir una fuerza extra de mercenarios hasta Cilicia. Protegiendo así no sólo su flanco externo, sino amenazando las costas cilicias y sirias, cosa que como veremos resultará a la postre de gran importancia para el eficaz desarrollo de las operaciones.


Una vez que Ciro hubo invertido grandes sumas de dinero en la contrata de aquellos soldados en Grecia, se iniciaba la cuenta atrás para la rebelión. El persa había utilizado toda su fortuna en la operación, estaba literalmente arruinado, por lo que la guerra era ya inevitable.
Cuando Ciro llamó por fin a todos los grupos de mercenarios que mantenía en armas en Grecia y Jonia, confluyó en Lidia no sólo un numeroso grupo de soldados perfectamente pertrechados para la campaña sino también hombres con sobrada experiencia en la guerra, una sólida formación que como veremos será absolutamente vital para las difíciles jornadas que les tocará vivir.


LA TRAICIÓN DE CONSUMA


La excusa defendida por Ciro para convocar a tan nutrido grupo de soldados en Sardes -pues no sólo se encontraban allí aquellos miles de mercenarios, sino un buen número de sus propios soldados nativos; decenas de miles de soldados de recluta local como misios, frigios o carios- era la de emprender una campaña contra los rebeldes pisidios. Sólo un puñado de hombres estaban al tanto de las verdaderas intenciones del persa, y aunque si bien de cara a la tropa no había dificultad alguna en ocultarles la verdad, para el siempre vigilante Tisafernes la verdad no podía pasar desapercibida. Tal acumulación de recursos bélicos llamó la atención del sátrapa persa, quien rápidamente se dispuso a advertir al Gran Rey de que tamaño ejército solo podía tener un claro objetivo, la rebelión.
Ciro deseaba coger desprevenido a su hermano -como efectivamente ocurrió- proporcionandole el menor tiempo posible para que este pudiese preparar a sus ejércitos para la guerra, pues no hay que olvidar que Artajerjes necesitaba de muchas semanas para reclutar y traer desde las satrapías más cercanas a un número suficiente de tropas para la batalla. Desafortunadamente para el rebelde, sus planes no iban todo lo bien que debieran. Algunos de los diferentes grupos de mercenarios que esperaba se retrasaban, por lo que, pese a dar comienzo a la campaña, tuvo que detenerse durante algunas semanas por el camino con intención de recoger a los rezagados, entre ellos a su mejor estratego, el espartano Clearco, quien acudía por fin junto a su jefe y, queremos suponer, amigo.
Este largo retraso no sólo había devuelto a Artajerjes un tiempo del que estaba muy necesitado, sino que había agravado los problemas de liquidez de Ciro. Si antes de comenzar la campaña debía ya un mes de soldada a los mercenarios, el retraso acumulado había hecho insostenible su situación. Durante la marcha eran muchos los soldados que reclamaban la paga a voces, colocando al persa en una incomodísima situación. En esta ocasión, como seguidamente veremos, la fortuna vino a llamar a las puertas de Ciro.

Mapa de la ruta -1- -
La Anabasis, por Satrapa1

 

3- ENTRADA EN CILICIA

En Cilicia, reino dependiente de Persia y lugar de paso obligado para Ciro en su camino hacia Mesopotamia, se encontró con que el rey local no estaba dispuesto a franquearle el camino. Bajo ningún concepto el rey cilicio, inducido por Artajerjes, debía facilitar a Ciro su acceso a la satrapía de Siria. Sin embargo ¿y si el rebelde, al final, se alzaba con la victoria y expulsaba a Artajerjes del trono?. Atenazado por la duda, el rey optó por jugar a dos bandas, enviando a su esposa con ayuda para Ciro, mientras él, cumpliendo con su deber, bloqueaba los pasos de montaña cerrando el paso al usurpador.
De esta forma, y precisamente cuando más necesitado de recursos estaba, llegó hasta él Epiaxa, esposa del rey cilicio, quien hizo entrega de inmediato a Ciro de una cantidad de dinero suficiente como para pagar a sus hombres todo lo que se les debía y un mes más por adelantado. Un apoyo vital sin el que, es posible, toda la expedición se hubiese ido al traste, incapacitado como estaba Ciro de cumplir sus obligaciones pecuniarias con los millares de ávidos mercenarios que militaban bajo sus banderas.


Avanzando ahora contra las Puertas Cilicias -el paso montañoso que daba entrada a Cilicia y que por aquel entonces se encontraba fuertemente guarnecido- tuvo la suerte de presenciar como, ante él, el enemigo abandonaba sus posiciones y se retiraba, dejando libre el acceso. Los cilicios se habían enterado de que la flota de Ciro (las naves de Ciro y las enviadas por los espartanos en su ayuda) estaban muy cerca de sus costas, por lo que no era descabellado esperar un desembarco en su ahora desprotegida retaguardia.
El ejército de Ciro podía así hacer entrada en la rica Cilicia, en donde se proveerían de todo lo que podían necesitar para continuar su camino. Entretanto, el rey cilicio se escabullía y se refugiaba en su más inaccesible fortaleza. Desde la que, poco después, optó por entregarse a su adversario, siendo entonces perdonado y restituido en el poder por el persa, quien sin duda trataba así de devolver a la reina el favor que le había prestado cuando tan necesitado estaba de dinero.
Para entonces, ya se había extendido el rumor de que Ciro, en vez de contra los pisidios -que por otra parte ya se habían dejado atrás- marchaba contra el propio Artajerjes II. Nadie en su sano juicio hubiese estado dispuesto a seguir al persa en tan arriesgada aventura, por lo se mantuvo en secreto todo el tiempo que se pudo el verdadero objeto de la expedición. Ahora, y en un clima de insubordinación general debido a estos rumores, Ciro tuvo que detenerse en el lugar donde se encontraba, el interior de Cilicia, durante casi otras tres valiosas semanas. Sin la participación de los griegos la intentona no tenía ninguna posibilidad, por lo que Ciro trato de influir en la tropa a través de algunos de los estrategos más afines, como el espartano Clearco. Este, que siempre había estado al tanto de los planes del persa, consiguió finalmente persuadir a los hoplitas mercenarios de seguir a Ciro, al menos hasta derrotar a las fuerzas del rey establecidas en Siria. La recompensa, no obstante, tuvo que elevarse, prometiendo a la tropa un sobresueldo: una prima del 50 % sobre la soldada -ya elevada de por sí- que percibían hasta entonces.

 

ir a la tercera parte: De Cilicia a Cunaxa