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LAS GUERRAS MEDICAS La Batalla de las Termópilas |
El Paso de las
Termópilas era un largo y estrecho corredor. Delimitado a un lado
por las montañas y a otro por el mar, se calcula que llegaba a
medir, en su parte mas angosta, unos 15 metros de anchura. Hasta ese momento
ninguno de los contendientes conocía una ruta alternativa ni cercana
ni lejana por la que eludir aquel lugar de paso, así que sin duda
era aquel el punto en el que los griegos detendrían a los persas.
Una posición en la que de nada serviría la aplastante superioridad
numérica del adversario.
Aunque los invasores
no hubiesen podido expugnar el desfiladero defendido por los griegos,
tarde o temprano la flota aliada tendría que haberse retirado ante
las perdidas que día a día sufría en los combates
navales.
LA BATALLA Decididos los
griegos a detener el avance de Jerjes por tierra y mar,
se fortificaron en el lugar previsto: el Paso de las Termópilas.
Allí, un total de 10.000 griegos (1)
se dispusieron a hacer frente al adversario. Las ventajas del lugar ya
las hemos expuesto: su estrechez y su, teóricamente, imposibilidad
de flanqueo. La escuadra, al mismo tiempo, y posicionada al norte de Eubea,
haría otro tanto contra la numerosa flota enemiga.
En aquel momento los espartanos se lavaban y peinaban junto a la orilla, cosa que anotó sorprendido el persa, también pudo hacerse una imagen cabal de las dimensiones de las fuerzas griegas, datos todos ellos con los que corrió de vuelta al campamento que los invasores habían establecido más allá de la salida del Paso de las Termópilas. Para el orgullo
del Rey, la descripción del tan poco heterodoxo comportamiento
de los famosos espartanos y del exiguo número de las fuerzas totales
reunidas por los griegos causo en el mismo una desmesurada confianza.
Y así,
lo que a ojos de todos parecía un simple trámite, se convirtió
en una autentica pesadilla para los asaltantes: la carga masiva de la
infantería atacante se estrelló contra las primeras líneas
de hoplitas que se defendían tras el muro focidio (los restos reforzados
de la antigua construcción defensiva antes mencionada). Durante
toda la jornada, una y otra vez, en masa o en
grupos de apenas un puñado de hombres, los valientes medos atacaban
hasta caer masacrados por los tenaces defensores. El armamento de los
asiáticos -lanzas cortas y escudos de mimbre, además de
un arco y un puñal- era del todo ineficaz en la lucha cuerpo a
cuerpo contra las largas lanzas y los escudos de bronce que portaban los
griegos.
Ya en la lucha,
los inmortales (3), que vieron con impotencia
como sus lanzas eran más cortas que las de sus adversarios, sufrieron
de nuevo fuertes pérdidas en el combate contra los hoplitas.
Al día siguiente, en cuanto las primeras luces lo permitieron, Jerjes ordenó un nuevo asalto en masa de la posición enemiga reuniendo para ello a los mejores hombres de cada nacionalidad. Tenía la esperanza de que los agotados griegos no soportarían un ataque como el precedente, pero se equivocó. Allí estaban de nuevo las cerradas filas de hoplitas esperando la acometida persa. Durante un nuevo día oleadas de feroces atacantes se estrellaron dramáticamente contra la cerrada formación de los griegos. Jerjes había amenazado a sus guerreros que de fracasar no tendrían lugar al que retirarse. Cuando los derrotados atacantes volvieron sobre sus pasos recibieron una lluvia de proyectiles de parte de las formaciones persas que se desplegaban fuera del desfiladero. Detenidos así en seco, los asiáticos no tuvieron más remedio que regresar e intentar batir de nuevo a los griegos, cosa que, evidentemente, no lograron. Fue tal el ímpetu de unos y otros que los espartanos que combatían en primera fila no dejaron que sus compañeros o aliados les relevasen del puesto como era habitual en este tipo de largos enfrentamientos cuerpo a cuerpo. Después de dos días de lucha continuada el inmenso ejército de Jerjes no había avanzado ni un solo metro. La situación no podía ser más desconcertante para el orgulloso monarca cuando el destino vino a entregarle en bandeja la victoria. La tarde del segundo día del ataque, un lugareño indicó al mismo Jerjes que existía un paso entre las montañas (la llamada senda Anopea) que podía ser utilizado para llegar al otro lado de las posiciones que los griegos ocupaban en el desfiladero. Sin pérdida de tiempo el rey ordenó al persa Hidarnes, a la sazón al frente de los Inmortales, tomar aquella ruta con sus hombres para, al amanecer, confluir desde todos los lados a la vez sobre los defensores griegos. Cuando los focenses que defendían el paso se vieron aquella noche desbordados por una auténtica marea de persas, se replegaron confundidos hasta lo alto de una colina cercana aunque no sin enviar a la retaguardia en las Termópilas un emisario con la terrible noticia. En principio trataban los focenses de ganar tiempo atrincherándose en una posición fuerte, pero en realidad lo que hicieron fue dejar involuntariamente el camino libre a los persas que, sin dudarlo un momento, les dejaron inteligentemente de lado y prosiguieron con su avance en dirección al desfiladero.
LEÓNIDAS Y LOS TRESCIENTOS ESPARTANOS Las nuevas del
avance del persa por las montañas llegaron pronto a Leónidas.
Reunidos los líderes griegos a la luz de las antorchas, resolvieron
que toda resistencia era inútil y que la posición debía
ser evacuada en ese mismo instante, aprovechando la oscuridad. Y eso fue
lo que hizo la mayoría: todos menos los espartanos. Leónidas
consideró que su deber y el prestigio de su patria le obligaban
a mantenerse defendiendo la posición hasta el final. Su decisión
fue imitada por los tespieos y los voluntarios tebanos (5),
en total, y como mucho, unos 2.000 soldados.
Entre tanto,
no lejos de allí, en Artemisio, las noticias de que las Termópilas
habían sido expugnadas, condujo inevitablemente a una rápida
retirada de la agotada flota griega que cerraba en aquel lugar el paso
a la escuadra persa (7). En su repliegue
la flota griega llegó al fondeadero de Salamina, frente a la misma
Atenas. De todo el contingente espartano solo dos hombres sobrevivieron a la derrota. Los dos, enviados a Esparta poco antes por el rey para informar de sus últimas resoluciones, fueron acogidos en su patria como cobardes. Si bien en realidad no tenían culpa alguna, sufrieron injustamente el rencor de sus compatriotas, y hasta tal punto fue así que uno de ellos decidió poner fin a su vida suicidándose. El segundo, deseando resarcirse ante sus conciudadanos, lucho en la batalla de Platea, en donde murió. Era habitual
entre los griegos elegir, tras la batalla, al combatiente mas arrojado
en la lucha. En Platea, a decir de los testigos, fue este joven el más
valiente de entre todos los espartanos, aunque también dijeron
que busco abiertamente la muerte en el combate, lo que invalidaba su merito.
Satrapa1
Notas. (1) Las
cifras son siempre relativas. Los griegos casi nunca contabilizaban a
los auxiliares. Solo los hoplitas merecían ser tenidos en cuenta,
y de este número aproximado de 10.000 hombres unos 3.100 serían
hoplitas. Soldados armados de escudo de bronce y lanza pesada. Las tropas
ligeras (honderos, jabalineros y demás) en realidad no eran oponentes
para los persas, todo lo contrario que los hoplitas. Volver (2)
Los contingentes medos y cissios. Eran estos, los medas, los principales
protagonistas de la derrota en Maratón, siendo el mismo Datis,
comandante en jefe de aquella desafortunada expedición, de origen
medo. Jerjes les proporcionaba, de esta forma, la posibilidad de vengar
tan humillante afrenta. (3) Se llamaban Inmortales porque cualquier baja entre sus filas era inmediatamente cubierta por un nuevo recluta. Eran todos persas y en número de 10.000. Volver (4) Los griegos no se habían parapetado tras el Paso más angosto del desfiladero. Tal estrechez era perjudicial tanto para griegos como para persas, ya que en ese caso ninguno de los dos bandos podría hacer rotar a sus combatientes, cosa que era absolutamente indispensable en un tipo de lucha, cuerpo a cuerpo, como lo era aquel. Al desplegarse en una zona más amplia, la del muro focense, los griegos podían presentar un frente más extendido, lo suficiente como para permitir evolucionar tácticamente a sus filas. Las tácticas espartanas como vemos requerían de una cierta capacidad de movimiento, con una retaguardia abierta y espaciosa en donde retroceder y revolverse. Volver
(6) Adoptamos aquí la versión de Diodoro como más lógica. De haber atacado con las primeras luces del día, habrían sido vistos a tiempo por los persas y, al menos, les habría sido más fácil calibrar las dimensiones de la amenaza. La confusión inicial en el campamento persa es sin duda a causa de la oscuridad reinante. Otros ejemplos nos da la historia, como por ejemplo el ataque nocturno de Escipión contra Asdrúbal Giscón y que ahora se me viene a la mente. Volver (7) La flota griega había sufrido un serio desgaste en las operaciones navales. Estaba condenada a una retirada más pronto que tarde, por lo que aunque los griegos hubiesen resistido firmemente en las Termópilas, deberían haber abandonado la posición tras el repliegue de su flota. Volver
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