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Gritaban acaloradamente que el poder
de los Romanos era eterno.
(Tito Livio, ab urbe condita, II);
Nada puedes ver más grande
que Roma en el mundo.
(Horacio, Carmen Secular);
Cuando algún hecho grande
y glorioso
O victoria de ejército alcanzaban,
Arcos, colosos, mármoles alzaban
Los Romanos al que era victorioso.
(Gutierre de Cetina, Sonetos).
Recuérdate, Romano, que tu
deber es gobernar a los pueblos con el imperio.
(Virgilio, Eneida, 6);
Las antiguas costumbres y el valor
de sus hombres mantienen firme al estado Romano.
(Ennio)
Al
principio experimentó una ligera indisposición, que fue
pronto seguida de una auténtica enfermedad. A causa de lo cual
visitó las termas de su propia ciudad; y desde allí avanzó
a aquella que llevaba el nombre de su madre…Estando finalmente convencido
de que su vida se precipitaba a su fin, sintió que era llegado
el momento en que debía buscar la purificación de sus pasados
pecados…Luego viajó a los suburbios de Nicomedia…recibió
el bautismo…Y a la conclusión de la ceremonia se vistió
con relucientes ropas imperiales, brillantes como la luz, se reclinó
en un diván del más impoluto blanco, rechazando vestirse
más con la púrpura…Todos estos sucesos ocurrieron
durante el festival de Pentecostés…Tal fue el final de la
vida mortal de Constantino. (1)
Dejaba de respirar el hombre que había transformado desde sus fundamentos
el imperio de los Romanos. Unos dirán que para bien, otros, sin
embargo, que para mal. En cualquier caso profunda era su huella en todos
los aspectos de la vida del imperio. Ya que hemos de tratar de una batalla
decisiva, acaecida en Adrianópolis, entraremos a narrar los pormenores
militares de la reforma y dejaremos los restantes aspectos para otra ocasión.
El siglo III había sido rico en desgracias, derrotas, pestes, invasiones,
hambrunas y demás sucesos nefastos que habían llevado al
imperio al borde del abismo. Desde la muerte de Severo Alejandro
había nacido una época de hierro que comprometió
la existencia misma de Roma. Hubo emperadores muertos en batalla, emperadores
capturados, emperadores asesinados en conjuras, usurpaciones continuas,
ciudades arruinadas, ejércitos amotinados, el comercio interrumpido,
la moneda dramáticamente devaluada. Una pérdida generalizada
de confianza se extendió por todos los estratos de la sociedad.
Muchos se replantearon la eternidad de Roma. Sólo la energía
de los emperadores Ilirios había conseguido reunir los trozos lacerados
del imperio Romano y ensamblarlos forjando con ellos una nueva unidad.
Asimismo en las guerras exteriores habían conseguido expulsar a
los bárbaros que rotas las fronteras estaban saqueando y arruinando
los territorios imperiales. Claudio II derrotó
a los Godos comenzando con ello la recuperación de limes Danubiano.
Aureliano, el restitutor orbis, reconquistó el
imperio de Palmira y el imperio de las Galias. El último de estos
grandes emperadores, el mayor de ellos, Diocleciano,
se dispuso a hacer una reforma a fondo del imperio, consciente de que
estaba en tal situación de apuro y penuria que, de seguir así,
necesariamente caería en breve. Con sistemática aplicación
se dispuso a reformar todas las áreas del imperio de los Romanos.
Su genio radicó en diagnosticar todos los problemas y afrontarlos
con las medidas y reformas que a su juicio eran las más pertinentes,
dadas las circunstancias en aquellos tiempos concurrentes. Así,
el profesor Gonzalo Bravo dice: “Hasta el gobierno de Diocleciano
no existió una visión global de los problemas del Imperio…En
realidad el significado histórico de la revolución Diocleciana
fue precisamente que las diversas reformas administrativas emprendidas
constituyeron un revulsivo para la supervivencia del Estado”
(2) . En el aspecto
militar la característica fundamental de la gran estrategia de
Diocleciano es el retorno a fronteras estables y una
prepotente seguridad. Se aumentó el número de soldados sensiblemente,
pero no hay evidencia de un cuerpo móvil de tropas (3)
.
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El
1 de Mayo del 305 ambos Augustos, Diocleciano en
Nicomedia y Maximiano en Milán, deponen
la púrpura y se retiran a la vida privada. Le suceden Constancio
Cloro en Occidente y Galerio en Oriente,
como Augustos. Son Césares designados Severo para
Occidente y Maximino Daya para Oriente. La Tetrarquía,
sin embargo, no se sostuvo sin la autoridad de Diocleciano
y tras de una larga serie de guerras civiles en el curso
de las cuales llegaron a haber ocho emperadores, triunfó
completamente Constantino de sus enemigos. Este
emperador, que revolvió unos fundamentos sabiamente establecidos
(4) , reformó
el ejército totalmente. Esta reforma empezó temprano,
pues, según Ross Cowan, la batalla celebrada también
en Adrianópolis, en 313 d. C, entre Licinio
y Maximino Daia fue una de las últimas batallas
en que los ejércitos Romanos pelearon organizados en cohortes
y centurias (5)
. Así, el gran cambio en la estrategia romana llegó
con Constantino (6) .
Dividió el ejército en dos: uno de campaña,
los comitatenses, que se acuartelaban en el interior, generalmente
al abrigo de las ciudades amuralladas y acudían allá
donde eran necesarias. Normalmente cada emperador tenía bajo
su mando personal un cuerpo principal de ejército, para lo
cual estaban asistidos por un magíster equitum (comandante
de caballería) y un magíster peditum (comandante
de infantería). |
Este
cuerpo principal de ejército era conocido como ejército
presencial o ejército en presencia del emperador. Las unidades
que formaban el ejército presencial eran designadas como palatinas
y disfrutaban de un estatus mayor que los comitatenses de los ejércitos
regionales de campaña. El grueso estaba constituido por los auxilia
palatina, con una fuerza de 500 soldados, que solían pelear
en parejas. Luego había ejércitos comitatenses en los
diferentes territorios donde era requerida su presencia, como Tracia,
Galia u Oriente. Éstos ejércitos eran comandados por un
conde (comes) pero en algunos casos el mando era conferido
a un magíster equitum o a un magíster peditum
(quienes a pesar de sus nombres podían dirigir ambos ejércitos).
Todos ellos eran infantería pesada que llevaba un gran escudo
oval o redondo y estaba normalmente armada con espada (spatha),
lanza (lancea), jabalinas (verutae) y dardos (mattiobarbuli
o plumbatae). El pilum desapareció.
El ejército limitáneo estaba constituido por tropas fronterizas,
que hacían frente en el primer momento a los bárbaros.
Si su defensa era rota, permanecían en la zona, esperando la
llegada de los comitatenses para acabar con la penetración bárbara.
Si bien se arguye que su calidad era por lo general peor, Ferrill indica
que su entrenamiento, disciplina y mando se mantuvieron en un nivel
aceptable hasta por lo menos fines del siglo IV, aunque se considera
que, al crearse el cuerpo comitatense, el gobierno imperial les dedicó
menos atención, por lo que de forma lenta pero inexorable fueron
perdiendo calidad hasta convertirse en una especie de milicia que no
tenía ninguna posibilidad de enfrentarse con efectividad a los
invasores bárbaros.
La caballería, por su parte, en los ejércitos de campaña
estaba organizada en unidades conocidas como vexillationes.
Al parecer, según los estudiosos, contarían con una fuerza
de 200-400 soldados, si bien en el papel su número sería
de 500 y en la práctica normal de unos 300. En los ejércitos
de limitáneos algunas unidades de caballería se llamarían
también vexillationes, pero otras conservaron los antiguos
nombres de alae o cunei. La mayoría de las
tropas de caballería se semejarían mucho a las viejas
tropas del alto Imperio, si bien fueron creadas nuevas como los catafractas
y los clibanarios, que eran caballería pesada.
Constantino
fue responsable de otras reformas importantes del ejército.
Redujo el tamaño de la legión de casi cinco mil
a mil soldados. Disolvió la guardia pretoriana, protagonista
en el pasado de tantos excesos, y la sustituyó por los
escolares palatinos. Críticas diversas han obtenido tales
reformas. Para algunos la medida fue nefasta pues desalojó
a las tropas de donde eran necesarias, para ingresarlas en las
ciudades, que no requerían de tanta protección;
mientras que otros juzgan positivas las modificaciones introducidas
en el sistema romano de defensa. Mommsen defiende la decisión
de Constantino, en tanto que Zósimo, Gibbon
y Ferrill la rechazan de plano.
Se aumentó el número de tropas ligeras y arqueros
junto con las tropas Romanas de corte tradicional. También
en Occidente se situaron este tipo de tropas para la defensa de
Rin y del Danubio. Se calcula que el ejército contaría
con unos efectivos que rondarían entre los 500.000 a 600.000
soldados.
Sus inmediatos sucesores, de la dinastía Flavia, sin apartarse
mucho de las líneas maestras trazadas por su predecesor
Constantino, continuarían las reformas
para ajustar el ejército Romano a las realidades militares,
de continuo cambiantes, que nacían de la cada vez apremiante
y agobiante presión de las tribus bárbaras sobre
las fronteras. |
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Por
su parte, los Godos eran un pueblo en movimiento más que un ejército
organizado. Largo era el camino que habían recorrido desde sus
lugares natales. En efecto, se cuenta que en otro tiempo los Godos salieron
con su rey, llamado Berig, de la isla de Escandia,
a la que se puede considerar una fábrica de razas o un vivero
de pueblos (7) .
Esta Escandia es la actual Suecia, la región meridional de la
misma, que en aquellos tiempos se creía una isla. Estos Godos
desde sus lugares originarios de asiento en el sur de Suecia cruzaron
el mar Báltico y desembarcaron en la región septentrional
de Polonia, entre el Óder y el Vístula.
Con el tiempo fueron trasladándose en busca de nuevas tierras
y posibilidades. En el siglo I d. C. se situaban en el bajo Vístula,
pues Tácito ahí los sitúa (8),
así como Plinio el Viejo (9).
Poco a poco fueron viajando por la Escitia hasta alcanzar finalmente
la tierra en que tomaron asiento por mucho tiempo: la Dacia. Desde ahí,
en el siglo III d. C., comenzaron a hacer incursiones, cruzando el Danubio,
que fueron muy virulentas contra el imperio de los Romanos, por tierra
e incluso por mar, ya que, haciéndose a la mar, saquearon primero
las colonias en el Ponto Euxino y después, cruzando el Bósforo,
saquearon las ricas y milenarias ciudades de ambas orillas del Egeo.
Los Romanos, por su parte, veían a estos Godos como bárbaros
Escitas. Y con razón. Eran de raza Germánica, perteneciente
al grupo étnico indoeuropeo en su rama germánica. Pero,
como se habían habituado a las costumbres escitas en el bajo
Danubio, los Romanos no los entendían como Germanos (a los que
situaban en el Rin), sino como nómadas Escitas. Una tribu más
entre tantas otras que habitaban aquellas inmensas planicies que eran
regadas por el Dniéper, el Dniéster y el Don, y que se
extendían más allá, hacia las tierras más
profundas e ignotas en el Septentrión.
Finalmente, en el siglo IV d. C, por la acción contundente de
los emperadores ilirios pudieron restaurarse las fronteras y contener
a los bárbaros en sus lugares de origen. Constantino los venció
en el año 332 d. C. firmando con ellos un foedus en cuya virtud
se comprometían a aportar 40.000 soldados a Roma y ésta
a cambio pagaba a los Godos una suerte de subsidio, que, según
las fuentes, constaba de dinero y vituallas.
Así, con buen entendimiento garantizado por pacto, transcurrieron
las cosas durante los decenios siguientes, esto es, bajo los sucesores
de Constantino. Hasta que una serie de acontecimientos
sucedidos con mortal rapidez desencadenó una avalancha de pueblos
que reventó el limes para siempre. Comenzaba el principio del
fin.
Notas.
1 Eusebio de Cesárea, Vida de Constantino,
IV, 61-64. Volver
2 La caída del Imperio Romano y la génesis
de Europa. Volver
3 Arther Ferrill, la caída del Imperio Romano.
Las causas militares. Volver
4 Zósimo, Historia nueva, II, 33.
Volver
5 Tácticas Romanas de combate, Osprey nº
155. Volver
6 Arther Ferrill, la caída del Imperio Romano.
Las causas militares. Volver
7 Jordanes, Origen y gestas de los Godos, cap. IV.
Volver
8 Tácito, Germania, 44. Volver
9 Plinio el Viejo, Historia Natural, IV, 99. Volver
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