Todos son enemigos, o lo que es lo mismo, pueden llegar a serlo.
(Séneca, De la Felicidad);

Porque yo creo que haber formado un imperio es una gran empresa, pero es aún mucho mayor la de conservarlo una vez que se tiene.
(Jenofonte, Ciropedia);

Muchas e increíbles son las vueltas de la Fortuna.
(Menandro, La trasquilada)

 

I - CAMINO AL DESASTRE

 

1. AVISO DEL FUTURO: PRIMER ENFRENTAMIENTO.

Corría Febrero del año 364. El 17 de este mismo mes moría Joviano Augusto, siendo cónsules él mismo y su hijo Varroniano, apenas siete meses de accedido al imperio del mundo, en Dadastana, en la frontera de las provincias de Bitinia y Galatia, por causas no del todo esclarecidas (1) . El ejército Romano entonces se reunió en Nicea con el objeto de designar a un nuevo emperador. La elección recayó sobre un tribuno de los escolares llamado Valentiniano, originario de la ciudad de Cibalas, en Panonia.

Valentiniano I

Una vez llegado a Nicea y asumida la púrpura, tomó la dirección del ejército y marchó a Constantinopla, donde un mes después de electo compartió el imperio con su hermano Valente. La mayoría de los historiadores aducen como justificación de esta decisión los problemas en occidente que obligaban a la presencia personal del emperador, así como el no dejar sin vigilancia la frontera del Éufrates, donde los Persas eran más que proclives a dar problemas. Así, Valentiniano partió para occidente, donde los Alamannes habían penetrado en las Galias, y Valente quedó en Constantinopla rigiendo la parte oriental. La novedad de todo ello es que se repartieron todo: hubo dos ejércitos, dos erarios, dos administraciones, dos cortes, dos capitales.
Valentiniano se dirigió a frenar a Alamanes, Cuados y Sármatas, y Valente, por su parte, a Godos y Persas.


Las batallas en Occidente se sucedieron, pero con notable éxito fueron todos los invasores repelidos y las defensas fronterizas restituidas y reafirmadas. Califica Ferrill a Valentiniano como hombre de notables cualidades (2) . Cuando murió había cumplido con creces el cometido para el que había sido elegido en Nicea.

Valente era otra cosa. Un hombre mediocre en una época que exigía algo más que mediocridad (3) . Lejos quedaban los tiempos en que el imperio era lo suficientemente fuerte como para soportar la presencia de Augustos mediocres o incluso malos en el gobierno. Valente no soportaba el esfuerzo, era rudo, sin formación civil ni militar y proclive a la crueldad (4) , no habiendo atendido al consejo de que quienes gobiernan la tierra han de elegir la justicia (5) . No obstante, también cita Amiano algunas cualidades buenas suyas: era trabajador, combatía con energía la corrupción y estaba preocupado por el bienestar de sus ciudadanos (por lo que en principio rebajó los impuestos y construyó obras públicas muy útiles, como el acueducto que lleva su nombre en Constantinopla). Las buenas cualidades, empero, no servían para compensar las malas. Además, en vez de hacer como su hermano y no entrometerse en religión se dedicó, desde su arrianismo, a perseguir a los seguidores de otras creencias, lo que le hizo rápidamente un emperador muy impopular.
Tuvo al poco de ser nombrado problemas en dos frentes: en Persia cuyo Gran Rey apetecía la Armenia y seguía una política agresiva; y en el limes Danubiano con los Godos. La razón fue simple: un pariente de Juliano, Procopio se sublevó en Tracia, tomó la púrpura, acopió tropas, recibió 3.000 soldados Godos y marchó contra Valente. No obstante, fue traicionado por los suyos, entregado y decapitado inmediatamente (6) . Extinta la rebelión, Valente dirigió su mirada a los Godos, a quienes culpó de apoyar a un usurpador. Los bárbaros se justificaron mostrando una carta en la que les era solicitada ayuda, en cumplimiento del tratado firmado con Constantino, al que nos hemos referido antes. Sin embargo, Valente no se conformó. Intentada sin éxito esta excusa por mediación del general Víctor, el Augusto Romano preparó la campaña contra ellos. Zósimo, por su parte, aduce como motivo de la reanudación de las hostilidades que Valente había confinado a los mercenarios Godos en diversas ciudades de Tracia y que, solicitada su liberación por los caudillos Godos, se había negado (7) . Sea como fuere, los Godos al poco supieron que Valente, reunidas sus tropas, marchaba contra ellos.

SolSolidus de Valente


Mientras el ejército Romano cruzaba por un puente de barcas el Danubio, en la primavera del año 367 d. C., los Godos retrocedían y se retiraban a los montes de Serres, a las que Amiano califica de inaccesibles (8) . Este historiador cita tres años seguidos de campañas contra los Godos, cruzando cada año el Danubio, si bien con poca suerte, ya que los Godos no osaban plantear batalla a los Romanos. Sin embargo, Temistio, en su Discurso a Valente por la paz, señala que el Augusto expulsó a los Godos de su territorio dos veces consecutivas, si bien luego, más adelante, escribe que el emperador llevó a los bárbaros al borde de la extenuación al cabo de tres años (9). Por tanto, la campaña duró del 367 al 370 d. C. En cualquier caso, los bárbaros pidieron la paz por miedo a la hambruna, por la prolongación de la guerra y por la carencia de bastimentos, puesto que el ejército Romano, aunque no había contendido en ninguna batalla abierta, se dedicó a talar los campos y villas bárbaras. La dramática situación de los Godos se comprende mejor si se tiene en cuenta que desde Constantino esta tribu recibía de los Romanos, como hemos ya indicado, subvenciones en metálico y en especie, básicamente alimentos. Asolados sus campos y cortados sus suministros, los Godos estaban al borde de una crisis humanitaria. Por tanto, se vieron forzados a entablar conversaciones. Se negoció el tratado a través de los generales Romanos Víctor y Arinteo con los bárbaros. Se invitó a los caudillos Godos a cruzar el Danubio y firmarlo en suelo romano, mas no quisieron alegando ciertos juramentos y escrúpulos religiosos. Estaba claro que el emperador de Roma, dado su prestigio universal, no sería el que acudiera a tierras bárbaras cruzando el río, por lo que se llegó a una solución de compromiso y se firmó en medio del Danubio, embarcados Valente y Atanarico, el principal jefe bárbaro, en barcos, en cuya cubierta se rubricó la paz. Los términos de ésta fueron positivos para Roma, pues se otorgó la paz en vez de comprarla y no se vieron compensaciones en oro a los bárbaros y se restringieron los derechos de comercio así como el número de ciudades en que tenían facultad de ejercitarlos (10) . Zósimo, por su parte, escribe que se firmó la paz sin desdoro para el prestigio de Roma, pues los Romanos conservaban sus posesiones y los bárbaros se comprometían a no pisar suelo Romano (11) . Sin duda mejoraba los términos respecto de aquel firmado por Constantino, quitando privilegios y facilidades a los Godos.
Tras de lo cual Valente reforzó las fronteras danubianas, ordenando levas, erigiendo nuevas fortalezas, reconstruyendo las arruinadas y dotándolas de municiones suficientes. Hecho todo esto, marchó a Antioquía, para hacer frente a los Persas que habían invadido Armenia.



2. TORMENTA EN LAS ESTEPAS ESCITAS.

Unos cazadores de este pueblo, cuando estaban, como de costumbre, al acecho de sus presas en la ribera del otro lado de la Meótida (12) , observan que se les presenta de repente una cierva, se mete en la laguna y, avanzando unas veces y parándose otras, parece que les va mostrando un camino. Los cazadores la siguieron y así atravesaron a pie la laguna Meótida, que hasta ese momento consideraban tan infranqueable como el mar…Los cazadores, se quedan admirados con la tierra de los escitas y… vuelven a los suyos y les cuentan su hazaña. Alaban la tierra de Escitia y convencen a su pueblo para que se encamine con rapidez hacia allí por el camino que habían aprendido de la cierva que les sirvió de guía.
Tal es la explicación que Jordanes da en su Gética sobre la llegada de los Hunos a Escitia (13) . No es posible dada la extensión que queremos dar a este trabajo entrar por lo prolijo en la cuestión del origen y movimientos del pueblo Huno desde sus tierras originales. Los estudios más recientes consideran que eran una gran confederación de pueblos esteparios, oriundos del Asia central, no homogéneos étnicamente, sino producto de una unión de clanes Uralo-Altaicos. Se fueron desplazando por las estepas del Asia central hasta entrar en contacto con la Escitia a mediados del siglo IV d. C. Se podría decir de ellos que eran de ánimo más fiero que las sierpes mauras (14) , de modo que fueron avanzando de victoria en victoria.


Nada más llegar a estos lugares entraron en combate con los Alanos, llamados Tanaitas por habitar en torno al río Tanais (15), fiero pueblo nómada de origen sármata, al que vencieron completamente e instaron a que se unieran a ellos. Aliados estos pueblos continuaron su avance, hasta llegar a la tierra de los Godos Greutungos. Era rey de este pueblo Hermanarico, quien había en años precedentes desarrollado compañas contra Hérulos, Vénetos y Estos, a los que había vencido, extendiendo su poder hasta la zona del Báltico. Pero ya era un hombre viejo (Jordanes le atribuye 110 años), o tal vez, simplemente, un hombre sobrepasado por la virulencia del ataque Huno, al que no pudo hacer frente. En cualquier caso no pudo contener la marea de nómadas que le venía encima a su pueblo, de modo que, abrumado por el fracaso, se suicidó. Fue sucedido por el rey Vitimiris, quien, aliándose con algunos grupos de Alanos y Hunos, se opuso al rey Huno Balamber, pero fue vencido en repetidas ocasiones y murió. Ascendió al trono su hijo Viderico, que quedó a cargo de los caudillos Alateo y Safrax, pues era aún menor. Estos, perdida la esperanza de frenar la avalancha de Hunos y Alanos, empiezan con una parte de los Godos Greutungos a retirarse hacia el río Dniester. En este momento al parecer el resto de los Greutungos se sometió a los Hunos.


Alarmado ante las noticias el rey Atanarico de los Tervingos decide montar guardia en el antedicho río (Dniester) para evitar su cruce, ya por los Greutungos (con quienes no estaban en las mejores relaciones, según Jordanes) ya por los Hunos. Pero fue completamente vencido por éstos, mediante una astuta maniobra ejecutada aprovechándose de la oscuridad de la noche, y comenzó su retirada hacia el Danubio, en el curso de la cual sufrió nuevos reveses. Por lo cual buena parte de los Tervingos abandonó a Atanarico. Práctica era habitual entre los bárbaros seguir a un caudillo victorioso que les garantizara el éxito que era necesario para obtener dinero, bienes, prisioneros y otros botines. Si ese régulo fracasaba, era inmediatamente abandonado por otro más idóneo. Esa era la ley entre aquellos pueblos.
Todos aquellos que no hicieron defección de Atanarico, los menos, bajo el mando de éste, se retiraron a un lugar llamado Caucalanda, desconocido por lo demás, en los bosques de Transilvania. Se puede decir con propiedad que se había producido un efecto dominó que dio lugar a que la irrupción de los Hunos desde la Escitia aterrorizara con sus implacables victorias a las demás tribus bárbaras presentes en la zona de las actuales Ucrania y Rumanía, obligándolas a cruzar el Don, el Dniéster y el Dniéper. Al final una masa enorme de gentes de diferente origen se vieron presionadas contra el limes danubiano.


Llegados a este punto debemos indicar algunos datos más sobre los Godos. La opinión tradicional es que los Greutungos son los Ostrogodos, en tanto que los Tervingos son los Visigodos. No obstante, algunos historiadores dicen que los bárbaros que se dirigían al Danubio se formaban de Tervingos, Greutungos y otros pueblos, que dieron luego lugar al reino Visigodo, mientras que los Ostrogodos estarían formados por otro clan que se fue agrupando en el siglo V d. C.


Pues bien, hacia el otoño del año 376 d. C., siendo cónsules Valente Augusto por V vez y Valentiniano II, el cuerpo principal de los Tervingos, tal vez unas doscientas mil almas, según Ferrill (16) , conducidos por Fritigerno y Alavivo, los nuevos caudillos que habían asumido el mando en vez de Atanarico, se decidieron a marchar a los territorios del imperio. Para lo cual pidieron permiso de entrada a los Romanos. Más allá del gran río habían siempre observado un país rico, poderoso y próspero, al que envidiaban desde lo lejos y ahora, apremiados por los Hunos, querían entrar a formar parte de él. Según Eunapio de Sardes, en sus Historias, los caudillos Godos gritaron desde su orilla a los Romanos que querían entrar pacíficamente y obtener tierras que cultivar ellos y los suyos en Tracia.
Los oficiales que recibieron esta petición la enviaron sin tardanza a Antioquía para que el emperador Valente diera su parecer. En el Sacro Consistorio al principio se mostraron reticentes y se discutió mucho cómo responder a tal solicitud. Se sopesaron todas las posibilidades y, a la postre, primaron las consideraciones de orden económico y militar: era deseada más mano de obra, barata, para cultivar como colonos extensas zonas que estaban despobladas e incultas por las invasiones, pestes y demás desastres que habían atacado sin piedad la demografía; asimismo se requerían más soldados que reclutar para las legiones. Las levas eran mal vistas en las ciudades y villas, pues, si al campo, ya falto de manos, se le quitaban más para empuñar las armas, la tragedia para los campesinos era palpable: habría menos personas para trabajar y para pagar los agobiantes tributos. Sustituir a esas personas por bárbaros, ya entrenados y más dispuestos a derramar sangre, se contempló como la mejor solución posible para todos.


Entretanto, los bárbaros habían tenido que esperar en lamentables condiciones la respuesta de los Romanos. Les faltaba de todo, pues la suya había sido una huída completa y sin paliativos, y los Romanos, a la expectativa, no les suministraban nada. Es de imaginar que por allí se dejaron caer comerciantes Romanos, que, amplia la bolsa y estrechos los escrúpulos, hicieron buenos negocios a costa de la difícil situación de aquellos Godos hambrientos y desanimados por las derrotas y las penurias.
Tomada aquella decisión por el Augusto Valente, por fin los oficiales Romanos les comunicaron la solución: les era dada licencia para entrar en territorio romano, haciéndose cargo el ejército de dar escolta y vituallas a los Godos y la flota de trasladarlos con sus barcos al otro lado del Danubio. Una vez desembarcados, serían traslados al interior para darles asiento en Tracia, repartiéndolos entre las diversas fincas, latifundios y tierras de labor, que necesitaran de trabajadores y campesinos. Pero se les imponía una condición ineludible: la entrega de todas sus armas y además enviar primero a sus hijos como rehenes de su ulterior buena conducta. Para los caudillos Godos fue en uno oír las condiciones y acatarlas, pues la pobreza obliga a soportarlo todo (17) .

 

3. EL PELIGRO EN CASA: LOS GODOS EN TRACIA.

Se encomendó la labor de traslado y escolta a Lupicino conde de Tracia y a Máximo dux del bajo Danubio, los cuales eran unos corruptos, aptos para las intrigas sólo. Amiano imputa todos los males a la ambición criminal de estos dos hombres, que comenzaron a lucrarse a costa de la desgracia ajena, no cayendo en la cuenta que las ganancias vergonzosas responden con castigo a la mayoría de los hombres (18) . El cruce del río se llevó a cabo en los meses finales del año 376 d. C. Fue requisado para la operación todo lo que diera atisbos de flotar. Se incluyeron en los embarcos a miles de personas, hombres, mujeres, niños, ancianos, incluso enfermos. Pero todo iba mal. Para empezar en el trasbordo murieron miles en el frío de las aguas del Danubio, que fluía crecido por las lluvias y gélido a la sazón, dada la época del año. Además, una vez en la orilla Romana, el descontrol y la desorganización eran la regla general. Se intentó elaborar un registro de los recién llegados, pero ante tal masa humana nada pudo hacerse. Por otra parte, una vez alojados en los campamentos levantados precipitadamente en las cercanías, los alimentos que les daban los Romanos eran insuficientes. Además, con afán de lucro, dejaron de suministrarles alimentos, lo cual era su obligación en cumplimiento de las órdenes del emperador Valente. En su lugar les vendían perros y otras alimañas como comida a precios desorbitados. Finalmente los bárbaros se vieron en la tesitura de vender como esclavos a sus hijos para poder comer. Uno de los capítulos más lastimosos en la larga historia de la explotación imperial (19) . Injusticia provocada, pues, por la codicia. Y no sólo de estos dos hombres, Lupicino y Máximo, sino de muchos otros, pues si bien algunos, como dice Ferrill, trataron de aliviar las penurias de los bárbaros lo mejor que pudieron, sin embargo, la mayoría no atendió sino a elegir mujeres hermosas, a capturar muchachos lozanos con propósitos inmundos y a procurarse siervos y aparceros. El problema fue que absortos en ello descuidaron cualquier otra medida encaminada al provecho público, de donde naturalmente resultó que la mayoría pasó inadvertidamente con sus armas (20). Es más, dada la corrupción tan extendida, hubo funcionarios que hicieron la vista gorda a las armas de los bárbaros por el correspondiente precio, es decir, soborno. Tal grado de avaricia desbocada no es sorprendente, pues Valente tenía ansia excesiva de alcanzar grandes riquezas (21) , y nos dice Jenofonte que en general, tal como son los que mandan, así son sus subordinados (22) .


Finalmente, viendo que la situación era por todo ello cada día más grave, Lupicino decidió por fin cumplir las órdenes y empezar a trasladarlos al interior con las escoltas pertinentes. Tantos eran los bárbaros (sus carromatos cargados de familias y enseres podrían ser dos o tres mil e incluso más) que para cubrir las filas de las escoltas hubo que echar mano de todos los soldados disponibles, incluso de la flota que vigilaba el Danubio.


Al poco, los Greutungos, a las órdenes de Alateo y Sáfrax, atraídos por el permiso que los Romanos habían dado a los Tervingos y esperando también ellos hallar el mismo trato, solicitaron de los Romanos venia para cruzar el Danubio, lo cual les fue denegado. Los Romanos estaban ya demasiado alarmados por el número y problemas que generaban los ya admitidos como para permitir la entrada de más. No obstante, a raíz de las dificultades que los oficiales Romanos tenían para mantener el orden entre los Tervingos y aprovechando un descuido (o la falta de personal y por ende de vigilancia) de la flota Romana que patrullaba el Danubio, cruzaron este río sin permiso y asentaron su campamento en su orilla tracia. La situación empezaba a ser en extremo alarmante por el número creciente de bárbaros dentro del imperio.


Lupicino al verse cada vez más desbordado por las circunstancias, decidió que para evitar un mal había de ejecutar otro peor al llegar los Godos a las afueras de Marcianópolis, primera gran ciudad que encontraron en su camino. En esta, por cierto, mala acogida recibieron de la temerosa población, la cual no estaba preparada ni quería acoger a aquellos refugiados. Entretanto Lupicino cursó una invitación a Fritigerno y a Alavivo para que en esta ciudad concelebraran con él y otros oficiales Romanos un banquete. Sólo era la excusa. La verdadera intención era tomarlos desprevenidos y matarlos, con la esperanza de que, muertos sus caudillos, el pueblo bárbaro no ofreciera más problemas.


Mientras la cena se desarrollaba en un ambiente agradable, los Godos a la afueras de Marcianópolis solicitaron, apremiados por el hambre y la estrechez, que les dejaran entrar en la ciudad para comprar los artículos necesarios para vivir. Los magistrados, incitados por el pueblo que no deseaba ver bárbaros en sus calles, se negaron. Desesperados por lo que consideraban una traición (los Godos esperaban ser bien acogidos, ya que se les había dejado entrar, y, sin embargo, se les trataba como a apestados), los bárbaros se lanzaron contra las tropas que había alrededor y en breves mas sangrientas escaramuzas mataron a muchos soldados Romanos. Fracasaba pues el objetivo de mantener al grueso de los bárbaros en orden.


El otro gran objetivo, la aniquilación de los caudillos, también fracasó. En efecto, los soldados Romanos intentaron llevar a cabo su cometido, pero no lo lograron. Se infiere del relato de Amiano que Fritigerno sobrevivió, pero de Alavivo no se vuelve a decir nada, de lo que puede colegirse que murió con parte de los Godos que habían entrado en Marcianópolis como miembros de la comitiva de ambos caudillos. En cualquier caso fue un error fatal. Fue verdaderamente aquel día el que puso fin al hambre de los Godos y a la tranquilidad de los Romanos (23) . Todo ello ocurrió a principios del año 377 d. C., siendo cónsules el Augusto Graciano por IV vez y Flavio Merobaudes.


Fritigerno consiguió salir de la ciudad, según Jordanes abriéndose paso con la espada (24) , conforme a Amiano convenciendo a Lupicino de liberarlo para calmar los ánimos de los Godos que, acampados frente a la ciudad, se mostraban inquietos por la suerte de sus líderes y, por ende, muy peligrosos (25) . Sea como fuere, se reunió con los suyos y clamó venganza contra la perfidia de los Romanos. Este ardid de Lupicino se ejecutó contra la natural y tradicional tendencia romana a rendir culto a la fidelidad y a la honradez (fides). En efecto, escribe Servio: entre nuestros mayores grande era el cuidado de la Fidelidad, de modo que, trabadas treguas, los generales del pueblo Romano habían solido hablar con los caudillos de los enemigos, y con suma severidad eran juzgados, si se quejaban éstos de haber sufrido injurias (26) . Lupicino, empero, traicionando el ejemplo de los antepasados, había faltado a su palabra dada.


Los Godos entonces se lanzaron en rabioso pillaje, saqueando villas, incendiándolas, y llevando confusión y ruina en todas partes por las que pasaban, llenándose de bárbaros las regiones de Tracia. En este punto, Lupicino reunió sus tropas, que pudieron ser no más de 5.000-8.000 soldados (27) (de ellos unos 1.000 jinetes), ya que, según Amiano, condujo sus tropas precipitadamente, más por azar que por la razón, de lo que se deduce que no tuvo mucho tiempo de reunir otras tropas que las acantonadas cerca (28) . Marchó contra los Tervingos, quienes tendrían, según MacDowall, un número parecido de guerreros, y a nueve millas de Marcianópolis entabló batalla. Fue un desastre. Perecieron los tribunos y la mayor parte de los soldados y fueron tomados los estandartes, el mayor oprobio para un soldado Romano. Lupicino salvó la vida entregándose a la fuga. Los Godos, además, cogieron las armas abandonadas de los Romanos, con lo que su capacidad combativa mejoró.


La situación, ya de por sí mala, se tornó en dramática para las armas romanas por culpa de la criminal incompetencia de Lupicino. No había ya en Tracia tropas suficientes para enfrentarse a los Godos, los cuales, dueños de la campiña, se dedicaron a recorrerla con sus rapiñas y saqueos.
Si se pensaba, dadas las circunstancias concurrentes, que ya no podía estropearse más la situación, craso era el error. En la cercana y ya amenazada ciudad de Adrianópolis una unidad romana compuesta de Godos estaba acantonada. Estaban al mando de Suerido y Colias. Había sido reclutada por el emperador Valente para su proyectada campaña contra los Persas por la cuestión de Armenia, país siempre en litigio. Al saberse los logros de los bárbaros en Tracia, las autoridades Romanas no querían tener a aquellos Godos dentro de una gran ciudad como Adrianópolis, por lo que recibieron órdenes de empacar sus cosas y marchar a Oriente. Los Godos no tuvieron inconveniente en ello y solicitaron dos días para cumplirlo. Pero no se les dio tanto tiempo. Para su estupor y enojo, se les impuso partir de inmediato. Además, caldeados los ánimos en las calles fueron objeto del asalto de las turbas incitadas por el gobernador de la ciudad, airado por la destrucción de sus posesiones rústicas. Los soldados Godos, a instancias de los citados Suerido y Colias, trataron al principio de no responder, pero, habida cuenta de la escalada de agresiones de la enfurecida plebe contra ellos, se revolvieron y atacaron a los ciudadanos asaltantes, que iban provistos precipitadamente de armas de los arsenales urbanos (en la ciudad había una fábrica de armas). Mataron a muchos y repelieron al resto, apropiándose de sus armas. Después de lo cual abandonaron la ciudad, uniéndose como aliados a Fritigerno. Éste, llegado a las afueras de la ciudad, los recibió con suma alegría e inició el asedio de la ciudad para expugnarla, pero ejecutados varios asaltos infructuosos que le valieron la pérdida de muchos buenos guerreros, aconsejó a los suyos dejar las murallas y dirigirse a las feraces y desprotegidas campiñas de los alrededores. Así pues, levantó el sitio y dividió su hueste en bandas que se extendieron por aquellas fértiles regiones. A la par, se les unían personas de diversos orígenes: esclavos Godos, mineros, campesinos arruinados, deudores insolventes y gentes similares. Todos compartían la desesperación por su miseria y el odio al estado Romano por su implacable explotación. Estos infelices guiaban a los bárbaros, enseñándoles lugares, almacenes y escondites. Es fácil imaginar el profundo regocijo con el que los esclavos huidos mostraban a los bárbaros las ricas y prósperas villas de sus antiguos amos. La hueste vencedora crecía cada día en número, aumentando con ello los excesos y desolaciones, para mayor alarma de las autoridades Romanas, que comprendían que el problema godo estaba fuera de control.


Cerniéndose sobre el imperio grandísimo peligro en estos lugares, noticias de lo que está ocurriendo son llevadas a toda prisa a la residencia del emperador. Trata éste de llegar a un arreglo con el gran rey Sapor a través del general Víctor y envía por delante, desde Antioquía, a los generales Profuturo y Trajano con algunas legiones de Armenia. Al mismo tiempo se conoce la noticia de que Frigerido, enviado por Graciano Augusto, quien había atendido una petición del emperador Valente, marcha con tropas panonias y transalpinas (limitáneas, probablemente) desde las Galias hacia Tracia para ayudar en el combate contra los Godos. Detrás de él, Richomeres, conde de los Domésticos de Occidente, marcha con algunas cohortes con el mismo fin.


Las legiones armenias, después de su llegada, habían entrado ya en combate y habían entretanto logrado enclaustrar a una parte de los bárbaros en las montañas balcánicas, en la confianza de rendirlos por hambre. Pero había más bárbaros en la zona de la desembocadura del Danubio. No se sabe exactamente si eran nuevos contingentes escitas o si eran bárbaros que se habían escapado de la persecución hecha por las legiones armenias. En todo caso, parece que el grueso de los bárbaros salió del monte Hemo y fueron a unirse a aquellas partidas. Allá también se dirigieron las tropas Romanas al mando de Profuturo y Trajano. Frigerido en su marcha desde occidente cayó enfermo en Panonia y no pudo continuar (29) . Richomeres unió las tropas de aquel a las suyas y continuó su avance hasta llegar a Tracia, donde se unió a Profuturo y a Trajano en un lugar cercano a Salices, donde esas bandas de invasores se situaban. Richomeres asumió el mando total de las tropas Romanas allí destacadas. Ante esto, los bárbaros erigieron un campamento de carromatos, llamado carrago por Amiano, y se parapetaron en él. Se produjo a continuación una guerra psicológica donde ambos ejércitos se amenazaban y gritaban para confirmar sus ánimos y ofender los del enemigo. Era una situación angustiosa en que nadie dormía y, además, los soldados Romanos miraban con recelo a sus propios generales (30) .


Finalmente, ambos ejércitos se ordenaron frente a frente y, tronando las trompetas, se arrojaron al combate. La batalla fue igualada sin que ninguna de las partes se impusiera claramente. Terminada la batalla al concluir el día sin un claro vencedor, los contendientes se retiraron a sus campamentos tras de sufrir fuertes bajas. Los Romanos, dadas las fuertes pérdidas, se retiraron a Marcianópolis. Los bárbaros no se movieron del lugar por diecisiete días.


Conocido el resultado de la batalla de Salices, el Augusto Valente, descontento sin duda, envió desde Antioquía a Saturnino magíster de la caballería para ayudar a Profuturo y a Trajano en Tracia. Richomeres regresó a la Galia por refuerzos.


Los Godos en este momento podrían haber cruzado de regreso el Danubio con su rico botín. Su incursión había sido muy fructífera. Pero animados porque los Romanos no podían con ellos decidieron avanzar de nuevo hacia el sur. Las tierras de Tracia al norte del Hemo eran más pobres y no podían mantener por mucho tiempo a tamaña masa humana. Por tanto, a los diecisiete días, como hemos ya escrito, pusieron sus cosas en sus carromatos y marcharon. La dilación de los bárbaros en ponerse en marcha después de celebrada la batalla dio oportunidad a los Romanos de bloquear los pasos hacia el sur. Al mismo tiempo, consiguieron encerrar a bandas de bárbaros en las estribaciones del monte Hemo. Trataban de rendirlos por hambre. Todos estos hechos que indican las fuentes demuestran que eran diferentes huestes o partidas y hubo que perseguirlas y combatirlas por separado. Además el bloqueo no era tarea fácil, pues se trataba de una línea de cien kilómetros que requería de muchas tropas. Como observa MacDowall, probablemente fueron empleados para esta misión los contingentes limitáneos de las provincias de Escitia, Moesia II y Dacia Ripensis, ya que, roto el limes, se habrían retirado de la orilla del Danubio, que pasó, con toda probabilidad, a control godo. Lo cual a su vez facilitaba la entrada impune de nuevos contingentes bárbaros.
Saturnino, una vez llegado, se puso rápidamente a trabajar. Ordenó mantener los bloqueos y situó tropas en los pasos oportunos para cortar los accesos hacia la Tracia meridional, ayudado para esta tarea por Frigerido con sus tropas occidentales, que se fortificaron en Beroea, en la parte oeste del Hemo.


No se quedaron entretanto quietos los Godos, pues, dado que las zonas septentrionales de Tracia, agotadas ya de alimentos, no podían avituallarlos y que, percatados de la resistencia de las tropas Romanas en los desfiladeros, su situación era muy apurada, decidieron llamar a grupos de Hunos y Alanos que ambulaban allende del Danubio. Además Fritigerno astutamente entró en contacto con Alateo y Safrax con el objetivo de que los Greutungos se unieran a los Tervingos en la lucha contra los Romanos. Y efectivamente logró la incorporación de aquellos contingentes. La primera consecuencia de ello fue hacerse con un poderoso cuerpo de caballería, de lo que hasta entonces los Tervingos habían carecido, pues estos eran básicamente infantes. Una vez reunidas estas tribus, sintiéndose más fuertes y apretados por el hambre y la escasez, trataron de ingresar en la Tracia meridional en busca de los bastimentos necesarios.
Al conocer Saturnino el tamaño de las huestes bárbaras recién reforzadas, abandonó el plan, primeramente trazado, de bloquear en los montes balcánicos a los invasores, de modo que alzó el bloqueo y congregó sus tropas. Se explica esta decisión por el hecho de que Saturnino tuviera dudas de que sus tropas, dispersas y situadas en diferentes lugares, fueran capaces de resistir los ataques de los bárbaros, los cuales ahora contaban con la movilidad proporcionada por una fuerte caballería. Los jinetes con su velocidad y movilidad, pensó Saturnino, podrían fácilmente eludir el bloqueo por algún paso montañoso y cogerles por la espalda. Llevada a cabo la retirada, libres los pasos montañosos, se arrojaron los bárbaros sobre aquellas regiones. Desde el Danubio hasta el Ródope y desde el Helesponto hasta el Hemo la tierra se cubrió de atrocidades, pillajes, asesinatos, violaciones, matanzas y demás desastres que toda guerra siempre conlleva. En Dibalto, a orillas del Ponto Euxino, se produjo una fiera escaramuza entre los invasores y tropas Romanas al mando del tribuno Barzimeres, famoso por su valor. Los Romanos, auxiliares palatinos Cornutos y caballería de los Escuderos, fueron vencidos, perdiendo el tribuno su vida en el combate. Esta escaramuza demuestra que la mayoría de las tropas Romanas se habían acantonado en las ciudades, al abrigo de sus altas murallas, pero que había tropas, las de más calidad combativa, que trataban de enfrentarse a los invasores en campo abierto. Después de esta batalla, empero, con toda probabilidad ya no habría tropas Romanas que se atrevieran a desempeñar tareas a campo abierto. Hacía falta un ejército completo. Todos empezaban a dirigir su mirada hacia el ejército presencial de Valente, allá en la lejana Antioquía.


Ahora que se habían avituallado de nuevo con sus saqueos, los Godos buscaron una acción contundente que obligara a los Romanos a negociar. Se dirigieron pues a occidente, a Beroea, contra Frigerido. Éste, apercibido de su venida, levantó el campamento y regresó al Ilírico. Allí se topó con el caudillo bárbaro Farnobio que conducía una horda de merodeadores Godos y Taifalos, saqueando aquellos sitios. Este Farnobio y sus guerreros eran otro de los grupos que, aprovechando el derrumbe del limes danubiano, había penetrado en territorio Romano. Entablado el combate, lo venció y mató. A los pocos supervivientes los envió como colonos al norte de Italia. Después bloqueó y fortificó el paso de Succo para evitar infiltraciones de bárbaros hacia Occidente.
Tocaba a su fin el año 377 d. C. Vista la apurada situación en que se encontraban las cosas de la guerra goda, los emperadores Valente y Graciano convinieron en un esfuerzo conjunto para derrotar y repeler a las tribus invasoras. Valente reuniría todas las tropas posibles del frente persa y Graciano conduciría desde las Galias su ejército. Pero una cosa era lo proyectado en la mente y otra lo que en verdad terminó por suceder, pues muchas cosas ocurren a los hombres contra su esperado propósito (31) .
En efecto, cierto soldado Romano de origen Alamán volvió a su tierra allende del Rin y, suelto de lengua, suministró información a sus compatriotas sobre los planes militares de Graciano. Los Alamannes quisieron aprovechar la oportunidad para enriquecerse a costa de la Galia. Hicieron una primera tentativa, pero fueron rechazados por los auxiliares palatinos Celtas y Petulantes. Encolerizados entonces por tal revés, reunieron un gran ejército de entre 40.000 a 70.000 hombres y cruzaron el río. Graciano se vio obligado a reclamar de vuelta a las tropas que ya marchaban a Oriente, reunir las restantes, llamar a los Francos de Malobaudes y en un lugar llamado Argentaria (Colmar) los venció completamente. Sin embargo, en vez de rendirse inmediatamente aturdidos por tamaña derrota, se retiraron a sus impenetrables selvas germánicas y allí se propusieron oponer resistencia. El ejército Romano tuvo que cruzar el Rin, transitar a través de las verdes brumas de los viejos bosques y en estos agrestes lugares vencer nuevamente a los Alamannes. Ahora sí, finalmente, los supervivientes solicitaron la paz. La campaña fue muy exitosa, pero retrasó los planes originarios varios meses y, sin duda, hizo que Graciano, desconfiado, no mandara ya tantas tropas a Oriente como en principio quisiera. En cualquier caso, comenzó de nuevo su marcha hacia Tracia con tropas de armamento ligero para auxiliar a su tío. Está claro que no eran demasiadas, pues dice Amiano que embarcó e hizo la travesía por el Danubio (32) .


A primeros del 378 d. C., posiblemente a los comienzos de primavera (Marzo), siendo cónsules el Augusto Valente por VI vez y el Augusto Valentiniano el Joven por II vez, el emperador Flavio Valente partió de Antioquía con cuantas tropas pudo llevarse sin desarmar peligrosamente la frontera del Éufrates, ya que la amenaza Persa siempre estaba presente y latente, y llegó a Constantinopla. Salió de la ciudad Siria, si atendemos al testimonio de Amiano Marcelino (33) , con el ambiente sobrecargado de augurios funestos: los perros saltaban al oír a los lobos aullar, las aves nocturnas lanzaban chillidos lastimeros y quejumbrosos, cualquier persona que se sintiera maltratada no tenía otra forma mejor de desahogarse que gritar: ¡que quemen a Valente!, y además oían en las calles las proclamas de los que recogían madera para las hogueras que mantenían caldeados los baños de Valente. Después de un mes de camino por Capadocia, llegó hacia el 30 de Mayo a Constantinopla (34) donde se encontró con una opinión popular muy adversa a él. Nada nuevo. Ya hemos dicho que Valente por su intromisión desde el arrianismo en los asuntos religiosos era odiado por la población trinitaria, que era mayoría en Constantinopla. Así, tuvo que hacer frente a una ligera revuelta popular, que, además de los motivos religiosos, ahora tenían el motivo barbárico, pues sabían a los Godos a un par de jornadas de su ciudad y, ante el fracaso del ejército en expulsar a los bárbaros, la población estaba francamente muy susceptible. En unos juegos circenses ofrecidos en el hipódromo, adonde había acudido el emperador, fue silbado y objeto de pullas, burlas e insultos. Le afeaban su incompetencia por no haber resuelto el problema godo. El pueblo gritaba: “Dadnos armas y nosotros mismos lucharemos”. Entendió Valente que su paciencia ya había aguantado bastante y que su púrpura había trocado en colorada por lo sangrante de las injurias y ofensas. Decidió marcharse y sentar su cuartel general en Melatias, suburbio de Constantinopla, que contaba con un agradable y amplio palacio. Al abandonar Constantinopla, Zósimo (35) por su parte nos transmite que a las afueras, ya en camino, el ejército se encontró de frente con un aterrador prodigio: hallaron tendido en el camino el cuerpo de un hombre completamente lacerado de la cabeza a los pies, al principio pensaron los soldados que aquel hombre torturado y destrozado estaba muerto, pero se dieron cuenta de que estaba vivo pues los miraba con sus ojos. Espantados se lo dijeron a sus oficiales, quienes a su vez le preguntaron quién le había hecho tal cosa, pero aquella aparición nada les contestó. Sin saber qué pensar se lo dijeron al emperador Valente, que acudió y al ver espectáculo tan espantoso le preguntó también quién le había hecho eso. El hombre lo miró, pero no respondió y al punto desapareció. El ánimo supersticioso de los soldados se conturbó sobremanera ante tan claro prodigio. Incluso el emperador no sabía a qué atenerse. Los adivinos le informaron que significaba que el imperio sería torturado y herido por la iniquidad y negligencia de sus gobernantes y súbditos para al final perecer. Tal vez se trate de la imaginación de los ciudadanos que después de la derrota crearon tales señales, pues los grandes sucesos, ya fuere el nacimiento o la muerte de famosos personajes, ya fueren trascendentes victorias o derrotas, en la cultura antigua se entendía que venían precedidos por señales y prodigios enviados como advertencia por los eternos Dioses. Fuere lo que fuere, lo cierto es que evidencian sin duda una situación de tensión que se acrecentaban por el imperio a cada momento que pasaba. En efecto, aunque oficialmente nada se decía, sin embargo, por rumores se sabía por la ciudadanía que los Godos estaban golpeando duro en Tracia y que el ejército Romano había sido superado en varias ocasiones. El tradicional miedo al feroz bárbaro se ponía a flor de piel, dadas las circunstancias, y todos estaban pendientes en los mercados y mentideros de las últimas noticias desde Tracia, que no solían ser buenas. A nadie se le escapaba que si el ejército fracasaba en las fronteras, tendrían a los bárbaros en breve ante sus casas.
Para tensar más la situación, un monje Sirio de gran piedad, Isaac de nombre, que estaba en las cercanías de Constantinopla como eremita, salió de su soledad e ingresó en el campamento y habló a Valente en estos términos: “Devuelve, oh Augusto emperador, a los ortodoxos y a aquellos que sostienen la doctrina Nicena las iglesias que les has quitado y la victoria será tuya”. Ofendido por el atrevimiento del monje, Valente ordenó a sus escolares que detuvieran al osado y lo mantuvieran bajo arresto hasta que a su regreso de la batalla decidiera su castigo. A lo cual el monje Isaac le respondió: “Si no vuelves las iglesias, no volverás”. Es sin duda la versión cristiana de los prodigios que anunciaron la debacle (36) . En cualquier caso, tuvo que comprender que había un clima de división religiosa que fragmentaba la sociedad, peligrosa situación que era muy inapropiada en un momento en que se luchaba contra un enemigo poderoso que había osado incluso amenazar la capital de oriente. De ahí que el emperador Valente, presumiblemente en aras de una política de concordia, mandó llamar a los exilados trinitarios (37) .


A Melatias por fin llegó el 11 de Junio. Pero antes de salir de la ciudad Constantinopolitana, tomó dos decisiones: mandó por delante a la caballería Sarracena y encomendó las operaciones al general occidental Sebastiano como magíster de la infantería. Este Sebastiano había tenido diferencias con algunos miembros de la corte de Graciano, de modo que lo habían enviado a Oriente para deshacerse de él. Los Sarracenos, según Zósimo, se mostraron muy eficaces y consiguieron expulsar a los Godos que ya merodeaban por las proximidades de Constantinopla causándoles fuertes bajas. Sebastiano, por su parte, eligió a trescientos hombres de cada legión, según Amiano, a 2.000 soldados de los mejores, según Zósimo, a los que entrenó escrupulosamente para llevar a cabo una guerra de guerrillas contra los Godos. Mediante celadas, emboscadas e insidias debidamente planeadas, durante la primavera y primeros de verano del 378, Sebastiano logró destruir a muchas bandas de bárbaros que regresaban hacia el norte cargados de botín. Todos estos éxitos permitieron al grueso del ejército, dirigido por Valente mismo, avanzar desde Melantias (a 20 Kilómetros de Constantinopla) hacia Adrianópolis.


Fritigerno, alarmado por estos reveses de los suyos y por la venida del emperador con su ejército, advirtió que era peligroso que sus huestes siguieran ambulando en pequeños grupos, pues se exponían a letales emboscadas. Así pues, llamó a todos sus hombres y los congregó en la ciudad tracia de Cabyle. Otro campamento estaba situado en Beroea. La oportunidad de la ubicación de ambas ciudades es óptima, pues permiten controlar el paso de los montes balcánicos desde el sur al norte y viceversa.


El Augusto Valente, en sabiendo que los bárbaros se concentraban en torno a Cabyle y Beroea, habría proyectado, según MacDowall, tomar por ruta las orillas del río Hebro (actual Maritsa) y luego girar al norte para alcanzar aquellas ciudades, donde esperaba encontrarse con los Godos. El Augusto Graciano, por su parte, después de llegar a Sirmio, habría atravesado el paso de Succo, ingresado en Filipópolis y desde ahí, siguiendo el curso del Maritsa, contactar con su tío Valente. Pero nada de esto sucedió, pues Graciano, aquejado de fiebre, se demoró cuatro días en Sirmio cayendo luego en una celada de los Alanos, donde perdió varios soldados y Fritigerno por su parte no esperó acontecimientos, sino que tomó la iniciativa y marchó hacia el sur sobre una localidad llamada Nice, en el camino entre Constantinopla y Adrianópolis, con ánimo de cortar las vías de avituallamiento del ejército del Augusto Valente. Está claro por estas indicaciones que Valente estaba por lo menos en Adrianópolis y según MacDowall incluso había proseguido su avance hacia el oeste por el río Maritsa, según el plan indicado antes. Las informaciones de los historiadores en este punto son poco claras. Luego, según las fuentes, por exploradores supo el Augusto Valente de esta venida de Fritigerno hacia el sur a través de las montañas y que los Godos (apreciación errónea) eran unos diez mil. Envió entonces una turma de caballería junto con infantes y arqueros para que vigilaran sus pasos. Él por su parte regresó a Adrianópolis (o se quedó allí, si no había seguido su avance), en cuyas cercanías estableció su campamento. Allí recibió a Richomeres, enviado por Graciano, portando una carta en la que el Augusto de Occidente le pedía que le esperara para afrontar ambos en común el combate contra los Godos. Se celebró a continuación un consejo militar en el que los generales se dividieron en dos: un grupo, encabezado por Sebastiano, quería entrar ya en el combate decisivo (39) , mientras que el otro, a cuya cabeza el general Víctor (40) , pedía demorar el encuentro en espera de la llegada del Augusto Graciano con sus tropas. Según Amiano, Valente sentía envidia de la victoria de Graciano sobre los Alamanes y no quería compartir la victoria sobre los Godos, para así igualarse en mérito militar con su sobrino. Por otro lado, se ha insinuado que las diferencias y malentendidos vinieren de mucho atrás, ya que, presuntamente, Valente se habría sentido ofendido en su día porque su hermano Valentiniano hubiere nombrado Augusto a su hijo Graciano sin consultárselo primero.


Finalmente, la deliberación terminó con la decisión del Augusto Flavio Valente de dar batalla a los Godos. Son varias las explicaciones aducidas como cimiento de la decisión del emperador: primero, que los bárbaros sólo eran diez mil y por tanto un contingente asequible para ser interceptado y destruido (luego entraremos en el siguiente capítulo sobre los números); segundo, que, si alcanzaban los Godos Nice, interrumpirían las comunicaciones con Constantinopla, donde el prestigio del emperador, ya muy bajo, se habría desplomado, pensando la población que Valente los había abandonado a su suerte ante la horda bárbara.


Cuando Fritigerno supo del nuevo movimiento del Augusto Valente directamente contra él, se encontró ante una difícil disyuntiva: o decidía volver al norte, o buscaba un lugar idóneo para oponer resistencia, o negociaba un acuerdo. La primera opción era difícil, ya que, según Amiano, había tardado tres días, marchando lentamente, en llegar adonde estaba en ese preciso instante, lo que sólo puede explicarse por el hecho de que no sólo iban los guerreros sino todas sus familias y bienes. Al tener a cargo tan gran cantidad de civiles, Fritigerno tuvo que advertir que no podría deshacer el camino recorrido y volver a la Tracia septentrional, pues eso le habría expuesto a los ataques de los Romanos. La otra opción era buscar en los alrededores un lugar adecuado para dar batalla y llamar a Alateo y a Safrax, quienes dirigían una poderosa caballería y no estaban junto a él en ese momento. Con seguridad consideró esta posibilidad como el último recurso, ya que decidió mandar una embajada al campamento del Augusto Valente para tratar de un arreglo pacífico.
Así, llegó al campamento un presbítero cristiano como legado de Fritigerno ofreciendo al Augusto la paz a cambio de poder morar con tranquilidad en la Tracia como colonos, la cual petición constituía la pretensión inicial y más ansiada de los Godos cuando cruzaron el Danubio. Curioso es que fuera enviado un sacerdote como embajador. En esa época muchos Godos serían cristianos (arrianos al acoger la predicación del monje arriano Ulfilas), pero había también muchos paganos, quizás la mayoría. Eunapio de Sardes se enfada por la credulidad de las autoridades Romanas, las cuales, reputando ciertas las muestras de cristianismo que daban los bárbaros, aceptaban sentarse en una mesa con ellos a negociar. Los Godos podrían jurar y perjurar sobre el evangelio que cumplirían lo pactado y luego reírse homéricamente de la púrpura del emperador, del imperio de los Romanos, de la santidad de los pactos y de la letra del evangelio para hacer a continuación lo que mejor les conviniere. Tal vez Eunapio exagera en su apreciación, pero no deja de ser destacable que para negociar enviara Fritigerno a un sacerdote, que sería por tanto arriano como los Godos cristianizados y como el propio Valente. El emperador lo recibió. Se le comunicó la aspiración de tierras en Tracia que albergaban los Godos en lo hondo de su ánimo, pero también le dio en privado un mensaje secreto, en el que le comunicaba que él, Fritigerno, deseaba la paz, pero que los demás caudillos, ensoberbecidos por el éxito, no querían negociar. Le aconsejaba al emperador marchar hacia ellos con su ejército para que los Godos, amedrentados por la presencia del ejército Romano, se avinieran a terminar la contienda pacíficamente. Sea o no cierto este hecho, la verdad fue que la negociación no desembocó en nada y prosiguieron los preparativos para marchar al día siguiente a la batalla contra los Godos. Órdenes fueron impartidas por los tribunos a los soldados para que tuvieran todo listo para el día siguiente. El emperador había decidido conjurar el peligro por las armas y habría batalla.
Comenzaba la cuenta atrás.

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Notas..


1 Amiano Marcelino, Historia Romana, XXV, 10. Volver
2 Arther Ferrill, La caída del imperio Romano: las causas militares, pág. 88. Volver
3 Arther Ferrill, La caída del imperio Romano: las causas militares, pág. 89. Volver
4 Amiano Marcelino, Historia Romana, XXXI, 14. Volver
5 Beda el Venerable, Libro de Proverbios. Volver
6 Amiano Marcelino, Historia Romana, XXVI, 6-9. Volver
7 Zósimo, Historia Nueva, IV, 10. Volver
8 Amiano Marcelino, Historia Romana, XXVII, 5. Volver
9 Temistio, Discurso a Valente por la paz, 14. Volver
10 Temistio, Discurso a Valente por la paz, 10. Volver
11 Zósimo, Historia Nueva, IV, 11. Volver
12 Mar de Azov, al sur de Ucrania. Volver
13 Cap. XXIV. Volver
14 Horacio, Odas, III, 10. Volver
15 Río Don. Volver
16 Arther Ferrill, La caída del imperio Romano, pág. 94. Volver
17 Plauto, Asinaria. Volver
18 Eurípides, Cíclope. Volver
19 Arther Ferrill, La caída del imperio Romano, pág. 95. Volver
20 Zósimo, Historia Nueva, IV, 20. Volver
21 Amiano Marcelino, Historia Romana, XXXI, 14. Volver
22 Ciropedia, VIII, 8. Volver
23 Jordanes, Origen y gesta de los Godos, cap. XXVI. Volver
24 Ibid. Volver
25 Amiano Marcelino, Historia Romana, XXXI, 5. Después de las escaramuzas libradas con los soldados Romanos por la frustración de verse sin alimentos, los Godos, que por rumores se habían enterado de la presunta suerte de sus jefes, se congregaron ante las murallas en número mayor aún profiriendo amenazas y exigiendo ver a sus líderes. Volver
26 Servio Honorato, comentarios a Virgilio, XI, 134. Por su parte Cicerón considera conveniente divinizar la Bona Fides en el libro II de sus Leyes. Volver
27 Simón MacDowall, Campaña de Adrianópolis, Osprey nº 84. Volver
28 Amiano Marcelino, Historia Romana, XXXI, 5. Volver
29 Algunas fuentes insinúan que sentía simpatía por los Godos y se hizo el enfermo para no seguir camino a Tracia. Volver
30 Amiano Marcelino, Historia Romana, XXXI, 7. Volver
31 Píndaro, Olímpicas, XII. Volver
32 Amiano Marcelino, Historia Romana, XXXI, 11. Volver
33 Historia Romana, XXXI, 1. Volver
34 Sócrates Escolástico, Historia Eclesiástica, IV, 38. Volver
35 Historia Nueva, IV, 21. Volver
36 Sozómenos, Historia Eclesiástica, VI, 40. Otro testimonio de las palabras del monje Isaac en Teodoreto de Cirro, Historia Eclesiástica, IV, 31. Volver
37 Jerónimo de Estridón, Crónica. Escribe: “nostros de exiliis revocat”. Por otra parte, un ejemplo claro de esa peligrosa división religiosa sería la anécdota, a todas luces espuria, relatada por Teodoreto de Cirro (IV, 30), según la cual el general Trajano después de ser vencido por los Godos, probablemente en el encuentro de Salices, fue recriminado de débil y cobarde por parte del emperador Valente. A Trajano no se le ocurrió otra cosa que imputar la derrota al arrianismo del emperador, lo que provocó la cólera de Valente. Los generales Arinteo y Víctor, presentes en ese tenso momento, apoyaron a Trajano, pidiendo al Augusto que no se enfadara porque Trajano estaba diciendo la verdad. Es posible que la religión contribuyera a envenenar la situación. Volver
38 Zósimo, Historia Nueva, IV, 22. Volver
39 Quizás, por sus malas relaciones con la Corte de Occidente, no quería pelear junto a Graciano. Volver
40 Sármata, pero cauto, según Amiano Marcelino. Volver