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Turbaronse los grandes, los robustos
Rindieronse temblando y desmayaron.
(Fernando de Herrera, Canción en alabanza por la victoria de Don
Juan de Austria);
Basta un día, a veces una
hora, para que ocurran grandes catástrofes si no está todo
previsto.
(Cicerón, Filípica II);
Más puede quien más
fuerza tiene.
(Plauto, Cascarrabias);
Eterno lamentar, lloroso verso,
Lágrimas de dolor, oscuro luto
Hagan al mundo fe de común daño.
(Gutierre de Cetina, Sonetos);
II
- ENCUENTRO CON EL DESTINO: ADRIANÓPOLIS.
1. PROLEGÓMENOS A LA DEBACLE.
Llegados a este punto debemos plantear la cuestión de las unidades
y sus números. No es fácil dar un número exacto de
los soldados que constituían los ejércitos de ambos contendientes.
En cuanto a las fuerzas Romanas, disponemos de la inestimable ayuda de
la Notitia Dignitatum que hace una relación completa de los diferentes
cargos civiles y militares del imperio, pero se ha considerado por los
historiadores que los datos de la parte occidental y de la parte oriental
son de fines del siglo IV o principios del V d. C. Eso significa que refleja
un estado de cosas posterior a la batalla de Adrianópolis. Así,
el ejército presencial de oriente, acuartelado en Constantinopla,
estaba dividido en dos: ambos formados por 12 unidades de caballería
y 24 de infantería; el ejército de Tracia estaba compuesto
de 7 unidades de caballería y 21 de infantería. No hay certeza
sobre el grado de similitud que estas cifras tienen con la organización
del ejército de oriente en el año 378. Muchas unidades citadas
en la Notitia fueron reclutadas después de Adrianópolis
y muchas otras eran limitáneas que pasaron a ser pseudocomitatenses.
Faltaban tropas y Teodosio las obtuvo de todas partes,
de donde pudo. Pocas unidades de las que intervinieron en la batalla desgraciadamente
son citadas por las fuentes, de modo que no podemos saber cuánta
diferencia había entre el ejército de Valente
y el de la Notitia (0).
No obstante, hay pistas en las fuentes que podemos seguir para poder al
menos conformar una cierta idea sobre el ejército que luchó
en Adrianópolis. Amiano dice que el Augusto Valente
iba al mando de tropas diversas y que había muchos veteranos
(1). Lo cual supone
que llevaba consigo todas las tropas que pudo retirar del frente persa,
muy probadas en la lucha contra Sapor, dejando el resto vigilando los
movimientos del Persa, y además veteranos reenganchados para la
campaña. Eso significa, según MacDowall, que la división
del ejército acuartelado en Constantinopla en dos, como refiere
la Notitia, bien pudo haber ocurrido en este momento preciso: un ejército
de campaña y otro de reserva. Si fuera así, y teniendo en
cuenta los datos de la Notitia, en teoría el número de soldados
de Valente sería de unos 21.000. Pero como las unidades no habrían
estado en su número completo (casi nunca lo estaban), podemos hablar
de unos 15.000 a 20.000 soldados bajo el mando del Augusto. Las restantes
unidades que ya estaban operando en Tracia es posible que estuvieran tan
gastadas después de casi tres años de duros combates que
no tomaran parte, salvo algunas de calidad, en la batalla.
Una posible composición del ejército Romano en Adrianópolis
pudiera ser: 1.500 escolares, 1.000 jinetes palatinos, 1.500 jinetes comitatenses,
5.000 legionarios palatinos y 6.000 auxiliares palatinos. A las cuales
agregar, quizás, las tropas que habían estado pugnando de
antes en Tracia. Siguiendo a MacDowall, las unidades que pudieron estar
fueron:
 |
1.
En caballería:
A) Escolares: Scutarii Prima (caballería pesada),
Scutarii Secunda (caballería pesada) y Scutarii
Sagitarii (arqueros montados);
B) Vexilationes palatinas: Equites Promoti Seniores (caballería
pesada) y Comites Sagitarii Iuniores (arqueros ligeros
montados);
C) Vexilationes Comitatenses: Equites Primi Scutarii (caballería
pesada) y Equites Promoti Iuniores (caballería pesada);
2.
Infantería:
A) Legiones palatinas: Lanciarii Seniores (infantería
pesada) y Martiarii Iuniores (infantería pesada);
B) Auxilia palatina: Batavi Seniores (infantería
pesada), Sagittarii Seniores Gallicani, Sagittarii
Iuniores Gallicani y Tertii Sagittarii Valentis (las
tres arqueros a pie). Los Cornutos (infantería pesada), vencidos
en Dibalto, posiblemente también estuvieron en la batalla
(2) . |
Por
su parte, John Fuller cifra en 60.000 los soldados Romanos que intervienen
en Adrianópolis al mando de Valente (3)
. La misma cantidad de soldados nos transmite Matthew
Bunson en su Enciclopedia del imperio Romano.
En
cuanto al ejército Godo, pocos datos concretos hay sobre sus fuerzas.
Se han ofrecido números bastante dispares. Así, Matthew
Bunson en su citada obra habla de 100.000 bárbaros. Otros autores
hablaban de 150.000 en total, o incluso 200.000 (4)
, pero se considera poco probable, pues los exploradores Romanos
lo habrían sabido y Valente no hubiera entablado batalla contra
tamañas fuerzas. La cifra de 10.000 que se dio a Valente la considera
Amiano errónea, de modo que tuvieron que ser bastantes más.
Hay que considerar que Fritigerno mandaba tropas procedentes de diversas
tribus: había Tervingos, Greutungos, Alanos, Hunos y otros grupos
bárbaros. A los cuales hay que unir los mineros tracios, los desertores
(los Godos de Suerido y Colias), los campesinos arruinados, los esclavos
Godos y otras gentes de diferente origen descontentas con el Estado Romano
(5) . Es muy atrevido
dar cifras o un número exacto de guerreros Godos, pero podríamos
(con todas las reservas) decir que serían entre 12.000 y 20.000
hombres. Tal vez el límite máximo sería de 17.000
a 18.000 hombres, pues si hubieran sido tantos como los Romanos, quizás
Valente no hubiera osado batalla.
Siguiendo, una vez más, a MacDowall, la composición (meramente
especulativa, ya que las fuentes Romanas no dan números) sería
como sigue:
 |
1.
Tervingos:
A) Comitiva de Fritigerno: unos 1.000 hombres (caballería
pesada);
B) Unidad de Suerido: 300-400 hombres (infantería pesada);
C) Unidad de Colias: 300-400 hombres (infantería pesada);
D) Lanceros: 6.000-8.000 hombres (infantería pesada);
E) Arqueros a pie: 1.000-1.200 hombres.
2. Greutugos:
A) Comitiva de Alateo: unos 500 hombres (caballería pesada);
B) Comitiva de Safrax: unos 500 hombres (caballería pesada);
C) Guerreros Greutungos: 2.000-3.000 hombres (caballería
pesada);
D) Guerreros Alanos: 1.000-2.000 hombres (arqueros montados);
E) Guerreros Hunos: unos 500 hombres (arqueros montados);
F) Arqueros Greutungos: 500-1.000 hombres (6)
.
|
2.
ADRIANÓPOLIS.
Al amanecer del día 9 de Agosto del 378 d. C., habiendo dejado
el Augusto Valente el tesoro y a los consejeros en la
ciudad así como los bagajes e impedimenta junto a las murallas
con la debida protección, los Romanos partieron de su campamento
en busca de los Godos que se hallaban situados al norte de su posición.
El campamento de carros Godo estaría situado según estudios
recientes en Muratçali (a 16 Km. de Adrianópolis), una elevación
cuyos barrancos ofrecían buena protección por tres partes,
fácil vista de los alrededores y suministro de agua y forraje (a
5 Km. del río Tundzha).
Las tropas Romanas marcharon en columna, a cuyo frente estaba la caballería
que había de formar el ala derecha al mando del magíster
de caballería Víctor, a continuación
la infantería a cuyo frente estaba Trajano magíster
de infantes y también Saturnino y después,
cerrando la marcha, en retaguardia la caballería que había
de ocupar el flanco izquierdo. Una orden de marcha bastante convencional.
Recorrieron esa distancia por un terreno difícil y abrupto, lo
que ralentizaba la marcha, haciéndola más penosa. Además
era un día muy caluroso, lo que hizo que los hombres estuvieran
cansados incluso antes de llegar al campo de batalla. Llegaron hacia las
dos de la tarde ante los Godos, tras unas siete horas agotadoras de marcha.
Los bárbaros, más descansados, habían agrupado sus
carros (unos 2.000-5.000 carromatos). Pudieron hacer esto o bien en un
enorme círculo (Amiano habla de un círculo (7)
), ya en varios más pequeños, según apunta MacDowall,
pues, arguye, dada el número enorme de carros, la línea
única de los mismos habría tenido varios kilómetros
de largo (unos 30), lo que considera poco probable a efectos de defensa.
Considera más probable y tácticamente más acertado
que hubiera dispuesto varios grupos de carretas, uno principal en el centro
y luego varios grupos en los flancos para cubrir la formación Goda
y, si hubiera peligro de ser envueltos por la caballería Romana,
constituir un obstáculo a su avance, dando tiempo para enviar refuerzos
que contraatacaran. Delante de los carromatos colocó a su infantería,
apoyada en dicho muro de carros (8) ,
que le serviría de referencia en medio de la polvorienta planicie.
Contra lo que se opina no se colocaron detrás sino delante de los
carros. La forma de combate consistía en dejar a las mujeres, hijos
y ancianos en la redondez del carrago y los guerreros formar una línea
delante de los carromatos. Sólo si las cosas se ponían mal
se retirarían y utilizarían los carromatos como muro. Llamaron
a la caballería Greutunga y Alana que estaba forrajeando. Es de
suponer la angustia de Fritigerno viendo a los Romanos
desplegarse delante de él y su caballería entretanto sin
llegar. Demostró ser un buen general y como tal no se imaginaría
la victoria contra los Romanos sin el apoyo de la caballería.
 |
Los Romanos, por su parte, comenzaron el despliegue. La caballería
del ala derecha, que abría la columna de marcha, se situó
frente a los Godos para proteger la evolución de la infantería,
que venía inmediatamente después y que se constituiría
en la clásica formación de dos líneas. La caballería
del ala izquierda, que habría protegido la retaguardia en la marcha,
cerrándola por tanto, como antes hemos indicado, estaba lógicamente
más retrasada y trató de acelerar el paso para ocupar su
puesto en el frente de combate. La infantería iba tomando posiciones
poco a poco. Todo esto no se hizo con la mejor de las planificaciones,
pues da la impresión de que el ejército no estaba siendo
bien dirigido. De hecho, Zósimo escribe que el emperador lo conducía
sin orden alguno (9)
. Mientras esto ocurría, Fritigerno, queriendo
ganar tiempo para que llegara su caballería, mandó legados
al campo Romano que trataran de la paz. Mientras se desarrollaban las
negociaciones, Fritigerno, lleno de astucia, ordenó
quemar los campos circundantes, para que los Romanos padecieran mayor
calor aún. Era verano, se calcula en 38º la temperatura (10)
en esas planicies tracias, estaban agobiados por el peso
de las armas y, además, a la par que los animales, padecían
de hambre y sed. Todo ello evidenciaba una falta de previsión y
de intendencia notables.
Fritigerno, temeroso de lo que pudiera ocurrir, solicitó
rehenes como garantía de las negociaciones. El tribuno Equicio,
amigo del emperador Valente, a quien se propuso primero,
se negó de plano, porque habiendo antes sido prisionero de los
bárbaros se había escapado y no quería volver a estar
entre bárbaros nunca más. Se ofreció como voluntariamente
Richomeres conde de los Domésticos a ir como rehén,
lo que fue aceptado por todos, que se veían así libres del
peligro de que la elección recayera en otro.
Ha sido planteada la razón por la que a esas alturas de la campaña
el Augusto Valente aceptó las negociaciones, sobre
todo porque al partir de Adrianópolis parecía muy decidido
a entablar batalla. Se han argüido varias causas: que la posición
sobre el terreno de los Godos fuera más fuerte; que el número
de bárbaros fuera mayor de lo que esperara; que pretendía
un arreglo pacífico para que todos esos Godos pasaran a ser soldados
en el ejército y mano de obra en los campos, lo cual era muy necesitado
por el imperio; que demoraba el tiempo esperando la tan anunciada venida
del Augusto Graciano. Sea como fuere, suya no fue la
decisión final, ya que, mientras que Richomeres se disponía
a encaminarse al campamento godo, ciertos oficiales de caballería
decidieron comenzar el combate por su cuenta. La batalla iba a empezar.
En efecto, algunas unidades del ala derecha Romana, los escutarios y los
arqueros (11) al
mando de Bacurio, oriundo de Hiberia (12)
, y de Casio, no se limitaron a vigilar protegiendo a
su infantería para luego desplazarse al flanco derecho, sino que
cargaron, por su iniciativa, contra el flanco derecho de los Godos. Lo
que ocurrió no está claro. No se sabe con seguridad qué
pensaron o qué pretendían cuando se extralimitaron en su
misión. Es, por otra parte, difícil que atacaran a los carros.
Más bien parece que estaban tentando puntos débiles en la
formación goda y, en vez de conformarse con ello, detectaron algún
punto débil y tentados por ello terminaron trabando combate en
toda regla. Ferrill habla de “clásico error”. Y añade:
el papel de las avanzadillas es mantener al enemigo a distancia con las
armas de medio y largo alcance en el comienzo de la batalla. Pero las
avanzadillas deben tener cuidado de no llegar a enfrentarse con el enemigo.
No están entrenadas para luchar en formación o mantener
una línea de batalla. Cuando dos fuerzas principales toman contacto,
las avanzadillas deben volver a los lados de la retaguardia de su propio
ejército. En líneas generales, no pueden defender su terreno
y no se espera que lo hagan (13)
. Tal vez la soberbia de los Escutarios, que como escolares eran tropa
de élite, dio lugar a tal indisciplina, olvidándose con
ello que la más importante de las ciencias es la de ser mandados
y mandar (14) .
En cualquier caso, este movimiento lo hicieron al margen del resto de
las unidades del ala derecha, que se pusieron en su lugar en el frente
de batalla (flanco derecho) bajo el mando del magíster de caballería
Víctor, y cuando la infantería aún
se estaba desplegando y la caballería del ala izquierda estaba
alcanzando todavía su posición.
 |
Bacurio y Casio, tras breve lucha, fueron
rechazados y trataron de reagrupar a sus tropas ecuestres, pero no pudieron
hacerlo, pues en ese preciso instante regresaron Alateo
y Safrax con la caballería bárbara, los
cuales se arrojaron sobre ellos como un rayo que se precipita entre las
montañas (15)
.
 |
Es
de destacar que los Romanos no se percataron de la llegada de la caballería
bárbara. Una explicación probable es que iniciaran el regreso
en cuanto vieran el polvo que levantaba el ejército Romano al avanzar
y que volvieran por el curso del río Tundhza, un afluente del río
Hebro (actual Maritsa). Como era verano, su caudal sería escaso,
quizás un palmo de profundidad, que permitió correr por
su cauce sin levantar polvo que pusiera sobreaviso a los Romanos. A la
vez que aparecían los jinetes bárbaros, Fritigerno,
apercibido de su venida, lanzó a su infantería contra la
Romana. Se arrojaron dardos y lanzas ambas partes primero, chocando después
sus escudos y celebrándose entre ellas un combate con avances alternativos,
como los vaivenes de las olas del mar (16)
. En este instante de derrota completa para la caballería de Bacurio
y Casio, llegó por fin la caballería del
ala izquierda, cuyo comportamiento, según se deduce de las fuentes,
fue doble. Efectivamente, según parece, una parte de sus unidades
cargó contra el flanco derecho de los Godos, ya que Amiano dice
que en una ocasión, el flanco izquierdo había llegado incluso
hasta las carretas de los bárbaros, y hubiera avanzado aún
más si hubiera contado con ayuda. Pero, al ser abandonados por
el resto de la caballería, se vieron acosados por una multitud
de enemigos, rodeados y aniquilados (17)
.
 |
De
este texto se colige que una parte se lanzó al ataque, venciendo
a los Godos que perseguían desordenados a los jinetes del ala derecha
de Bacurio, llegando en su victoria hasta los carros
de los bárbaros, mientras que otra parte del ala izquierda, influida
sin duda por la huida de Bacurio y Casio,
huyeron sin luchar. La parte que luchó no tuvo apoyo del resto,
que huyó, ni de la infantería, que ya trababa combate con
los guerreros de Fritigerno.
Vencida la caballería en el ala izquierda Romana, Alateo
y Safrax atacaron el flanco abierto y desprotegido de
la infantería Romana, que mantenía lucha mortal con los
guerreros Tervingos. La caballería Romana del ala derecha, al mando
de Víctor, al parecer, aguantó más
tiempo, pero finalmente se vio sobrepasada, fue rota y huyó. Eso
dio lugar a un nuevo Cannas: la infantería Romana abandonada totalmente
por su caballería se encontraba rodeada y presionada por todos
los flancos. La disciplina de los infantes, empero, era fuerte, de modo
que mantuvieron al principio su posición. Con sus largas lanzas
(que habían sustituido al viejo pilum) los legionarios
Romanos pudieron contener las primeras cargas de la caballería
bárbara a pie firme. Pero su situación ya era muy apurada.
Los hombres estaban tan apiñados que no podían blandir sus
espadas o mover los brazos. Estaban siendo abrumados por una mortal nube
de dardos por parte de los arqueros bárbaros (18)
. Estaban, en suma, siendo apretados por la mortal pinza de los Godos.
 |
Así
lucharon, no obstante, por cierto tiempo. Tuvo que ser para los Romanos
enloquecedor el polvo, los gritos, la sed, el hambre, el calor, la sangre
que hacía el suelo resbaladizo, la agonía de los camaradas
que caían al lado y eran pisoteados, y la terrible incertidumbre,
que les oprimiría el pecho, sobre el resultado de la batalla, la
cual se les estaba escapando de entre las manos. En medio de un tumulto
y de una confusión tan grandes, los infantes, exhaustos por el
esfuerzo y los peligros, como ya no disponían ni de fuerzas ni
de lucidez mental, dice Amiano, rotas las lanzas, desenvainaron sus espadas
y atacaron a los Godos en un último y desesperado asalto. Con ello
se demostraba la enorme profesionalidad de unos soldados, que, además
de bien entrenados y equipados, eran veteranos. Los bárbaros peleaban
con fiereza y se mantenían firmes, de modo que los Romanos se enfrentaban
con tanta fuerza a los que se les echaban encima que algunos llegaron
incluso a morir por las armas de sus propios camaradas (19)
. Estaban ya tan asediados por todas partes, que los Romanos apiñados
morían ensartados accidentalmente en las armas de sus conmilitones.
 |
Esto ya no iba a durar mucho más. Estando el sol en su declive,
pues ya atardecía, los infantes Romanos, agotados por el hambre,
la sed, el peso de sus armas y el entumecimiento de su cuerpo por el grandísimo
esfuerzo realizado, cedieron. Las líneas se vinieron abajo y cada
uno buscó su salvación en la huida. Los Godos, llenos del
furor propio de su raza, empezaron una persecución sin piedad de
los fugitivos, a los que fueron matando o rematando según el estado
de salud que cada cual tenía. Había soldados que todavía
estaban incólumes, otros heridos de diversa consideración
y otros, yacientes en el suelo con terribles heridas, rogaban lastimeramente
el último golpe que pusiera fin al tormento de seguir viviendo.
Miles de hombres y de animales quedaron en el sitio, saturando de sangre
la tierra.

La batalla de Adrianópolis, por
Angus Mc. Bride, Osprey Editorial. |
El Augusto Valente buscó refugio entre las legiones
palatinas de Lanciarios y Matiarios, las cuales, a pesar de la debacle
que las rodeaba, se mantenían aún firmes en su lugar. Esto
supone que su guardia personal también había huido. Viendo
el desastre que ya se cernía en toda su crudeza, el general Trajano
pidió al general Víctor que llamara a cuantas
reservas quedaran, pues de lo contrario el emperador se vería sólo
defendido por extranjeros, es decir, que todo estaría perdido.
Víctor desde la derrotada ala derecha, trató
de hacer un último esfuerzo y buscó raudo a los Bátavos,
auxiliares palatinos, que estaban en retaguardia como reserva, para lanzar
un contraataque. Pero se encontró con que habían también
huido sin haber siquiera entrado en combate. Estos hombres, que se deshonraron
para siempre ante la historia con su conducta, no comprendieron que es
preferible morir luchando que salvarse huyendo (20)
, puesto que para un soldado es difícil encontrar
un pretexto para salvarse pero fácil encontrar otro para morir
(21) . Dadas las
circunstancias, Víctor huyó. También
lo hicieron el conde de los Domésticos Richomeres
y el general Saturnino. Por su parte, en la batalla cayeron
Trajano magíster de la infantería, el general
Sebastiano, Valeriano tribuno de los
establos y Equicio encargado del palacio (quien se negó
como vimos a ir como rehén), junto con otros 35 tribunos y dos
tercios del ejército Romano. El emperador quedó así
entregado a su destino, para la última escena de la tragedia.
No se sabe de cierto cómo murió Valente.
Dos son las historias que refiere Amiano sobre ello. Según una,
murió al anochecer en los momentos finales de la batalla, en plena
carnicería, atravesado por una flecha. Otra versión, sin
embargo, dice que consiguió huir, herido por un dardo, en compañía
de algunos soldados y se refugió en una granja o pequeña
torre rural. Los Godos en su persecución de los fugitivos llegaron
a ella y, sin saber quiénes había dentro, trataron de entrar,
lo que les fue impedido a viva fuerza, recibiendo flechas. Airados por
ello los bárbaros apilaron leña en torno a la edificación
y prendieron fuego, con lo que todos los que estaban dentro murieron abrasados,
el emperador de Roma incluido. Sea como fuere, su cuerpo nunca fue encontrado.
Su cadáver, sin duda, quedó, anónimo, entre los cuerpos
inermes de los miles de soldados del ejército Romano que en aquella
ominosa planicie quedaron para siempre.
La batalla de Adrianópolis había concluido.
Notas.
0
Para la Notitia
Dignitatum: Volver
1 Amiano Marcelino, Historia Romana,
XXXI, 12. Volver
2 Simón
MacDowall, Adrianópolis, Osprey nº 84. Alejandro Barbero escribe
que había alineadas veinte unidades de infantería. D. Hoffmann
en su estudio sobre el ejército tardoromano y la Notitia Dignitatum
dice que 14 unidades de infantería y 2 de caballería habrían
sido destruidas en Adrianópolis y jamás reconstruidas.
Volver
3 J.
F. C. Fuller, Batallas decisivas, I, 9. Volver
4 Eunapio
de Sardes, Historia a fine Dexippi, fr. 42. Volver
5 Rosa
Sanz, La caída del imperio Romano, pág. 85.
Volver
6 S.
MacDowall, Adrianópolis, Osprey nº 84. Volver
7 Amiano
Marcelino, Historia Romana, XXXI, 12. Volver
8 Muchas
veces se ha pensado que estaban los infantes Godos detrás de los
carros, usándolos como muralla, pero se considera tal poco probable
pues habría supuesto dejar la iniciativa del ataque a los Romanos
y, como se verá, fue la infantería Tervinga la que cargó
contra la Romana. Volver
9 Zósimo,
Historia Nueva, IV, 24. Volver
10 Arther
Ferrill, La caída del imperio Romano, pág. 97. Volver
11 Aunque
Amiano guarda silencio, parece claro que estos arqueros eran montados.
Historia Romana, XXXI, 12. Volver
12 Este
Bacurio era uno de los muchos extranjeros que habían ingresado
en las filas Romanas y habían hecho una provechosa carrera militar.
Volver
13 Arther
Ferrill, La caída del imperio Romano, pág. 99-100. Volver
14 Plutarco,
Vidas Paralelas, Agesilao, 20. Volver
15 Amiano
Marcelino, Historia Romana, XXXI, 12. Volver
16 Amiano
Marcelino, Historia Romana, XXXI, 13. Volver
17 Ibid.
Volver
18 Orosio,
Historia contra los Paganos, VII, 33. Volver
19 Amiano
Marcelino, Historia Romana, XXXI, 13. Volver
20 Jenofonte,
Ciropedia, III, 3.
Volver
21 Menandro,
El Escudo. Volver
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