Esta batalla fue el principio de la ruina para el imperio Romano (Rufino de Aquilea, Historia Eclesiástica);

El mayor desastre desde Cannas (Amiano Marcelino, Historia Romana);

El principio del fin (Ernst Stein, Historia del Bajo Imperio Romano);

Estamos viviendo el ocaso del mundo (Ambrosio de Milán, Comentarios al evangelio de Lucas);

Las consecuencias de la catástrofe fueron inconmensurables (Ostrogorsky, El Estado Bizantino);

El mundo se hunde (Jerónimo de Estridón, epístola LX, a Heliodoro).

EPÍLOGO

 

La matanza duró hasta el anochecer. Sólo la caída del Sol puso fin a la caída del ejército Romano. La salida de la Luna permitió a los supervivientes abandonar el lugar del desastre en busca de un lugar seguro. Aquellos hombres en su aturdimiento no comprendían, aún, quizás, la magnitud de lo ocurrido. La existencia del imperio Romano de Oriente se hallaba gravemente comprometida. Mientras la muerte del emperador, por una parte, planteaba la cuestión sobre la sucesión al dominio del mundo, la victoria de los bárbaros, por otra, dejaba a merced de estos invasores todas las provincias europeas, obligando a las míseras poblaciones a buscar refugio en las ciudades amuralladas. Además también quedaba muy expuesta la frontera oriental, pues Valente había empeñado en la batalla a muchas tropas orientales traídas desde Antioquía, como hemos escrito en el capítulo correspondiente. Eso dio lugar a una alarmante situación militar en los frentes más importantes. La debacle había dejado muy débil militarmente al imperio y sus fronteras, con el consiguiente daño a su prestigio.


El cuerpo del emperador nunca fue encontrado. Sin duda los Godos se dedicaron toda la noche a saquear los cadáveres sin mirar por su identidad. Se dedicaron a la concienzuda tarea de quitar a los caídos sus bienes, pues al fin y al cabo allá donde estaban ya no los necesitaban. Tiempo después cuando los campesinos pudieron acudir al lugar, alejado el miedo a los Godos, sólo vieron huesos. De hecho, Amiano Marcelino escribe que años después aún se podían ver osamentas humanas por el lugar esparcidas.


Instigados por su gran victoria, los Godos, al día siguiente, marcharon sobre Adrianópolis, con el ánimo de expugnarla. Habían sabido por desertores y traidores, que el tesoro imperial, el bagaje, las insignias, la impedimenta y otras cosas de gran valor estaban guardados allí desde la partida del Augusto Valente. Los supervivientes de la batalla no sabían que el emperador había muerto y todos esperaban que apareciera vivo el emperador. Las noticias eran confusas, se sabía que en una gran batalla había sido vencido el ejército Romano pero poco más era de conocimiento seguro.
Desencadenaron por su parte los Godos varios asaltos contra los muros de Adrianópolis, pero su furia fue contenida por la firmeza de los defensores, decididos a no permitir la conquista de su ciudad. Sabían cuál era el destino a manos de los bárbaros y no se hacían ilusiones al respecto. Ante el ardor de los defensores, Fritigerno empleó la astucia. Convocó a unos desertores que le ofrecieron la ciudad mediante un ardid: entrarían en la ciudad simulando ser supervivientes de la batalla y luego prenderían fuego a la ciudad, momento que sería aprovechado por los bárbaros para asaltarla. Tal era el plan y falló, pues estos hombres fueron descubiertos, arrestados y ejecutados. Continuaron entonces los ataques, que sólo reportaron pérdidas importantes y desánimo a los Godos, de modo que, consciente de sus limitaciones en la guerra de sitio, Fritigerno levantó el asedio y se dirigió con sus huestes a Constantinopla. No se sabe qué pretendían exactamente, pues era famosa la muralla de Constantinopla y no es inverosímil que los bárbaros conocieran su enormidad. Si habían fracasado ante Adrianópolis a nadie se le escapaba que tendrían más difícil expugnar los altos muros de Constantinopla. Acamparon ante la ciudad e intentaron tomarla, pero fueron rechazados por la caballería Sarracena con fuertes pérdidas y sin grandes dificultades. Los Sarracenos se dedicaron a cortar cabezas godas y beber su sangre. Espantados los Godos al ver que podía haber personas más salvajes que ellos, levantaron el asedio.
Evitaron desde entonces las grandes ciudades a pesar de sus tentadoras recompensas y se extendieron por todos los Balcanes desde el Helesponto hasta los Alpes Julianos, dedicándose a saquear y perpetrar excesos.


Por fin se supo que el emperador Valente había muerto sin posibilidad de recuperar siquiera su cuerpo como en su día pasó también con el emperador Decio, quien cayó también junto con su hijo el César Herenio Etrusco en lucha contra los Godos en la batalla de Abricio (251 d. C.).
Hay que imaginar una mezcla de sentimientos en la población. Por una parte, todos quedaron sorprendidos por la estrepitosa derrota y el trágico fin de Valente. Pero, por otra parte, los trinitarios albergaron un sentimiento de oculta satisfacción por la caída del emperador hereje y perseguidor (1) ; los arrianos al perder a su último gran valedor en la púrpura sintieron una enorme tristeza. Los helenistas recordaron el abandono del culto de los Dioses, cuya ira por este motivo había propiciado el desastre (2) .
Ante esta situación tan crítica y apurada el Augusto Graciano nombró emperador de Oriente a Teodosio para que se hiciera cargo de la situación. Estaba claro que Graciano buscaba a un general del agrado del ejército, que tendría que ser reconstruido. Incluso algunas teorías recientes aventuran la posibilidad de que fuera un candidato impuesto por el propio ejército. Teodosio tenía a sus espaldas una reputación de buen soldado y recibió el nombramiento. El nuevo Augusto puso manos a la obra inmediatamente. Tres eran los problemas que tenía como emperador de oriente: el problema godo, que era suyo, pues se situaba en Tracia; el de la iglesia dividida por la política de Valente; y la reconstitución del ejército, duramente castigado por el desastre de Adrianópolis (3) .
El problema godo lo trataremos junto con el asunto militar.

El problema de las conciencias fue resuelto a golpe de edicto. Fue promulgado el edicto de Tesalónica, por el que se impuso el credo trinitario a todos los habitantes del imperio. La solución pues era clara: la conversión forzosa, por las buenas o por las malas. Paganos y Arrianos se encontraron con la nueva ley, quedándose con la boca abierta. La solución no era la adoptada por Valentiniano I, con tan buen resultado, esto es, tolerancia, disponiendo que cada cual adorara a su dios, sino que se rompe con esto y se impone un dios y un credo. Por el momento les habría podido resultar positivo, pero en verdad generó enconadas oposiciones y profundos recelos que enquistaron en varias provincias, que a la larga alentaron verdaderos movimientos nacionalistas (como los monofisitas en Egipto). La ruina del mañana se sembraba en el presente. No hay duda.
Otro problema era el psicológico. Este era difícil de corregir y de hecho no se pudo arreglar. Por vez primera la gente dudó de forma cierta sobre la eternidad de Roma. En voz baja, en rumores, se preguntaban los ciudadanos si Roma sería eterna tal y como hasta entonces habían pensado. Tácito en su día reflexionó sobre la eternidad del imperio viendo en su obra Germania a los pueblos germánicos más jóvenes y sanos, no encadenados por la servidumbre que en la Roma de los Césares ya se estaba experimentando. Al final Tácito apostaba por Roma porque esta era la civilización y no había alternativa posible. O Roma o el diluvio. Pero Amiano ya duda con fundamento sobre Roma. Escribe que vencerá mientras tenga hombres, pero eso es precisamente lo que le falta: soldados. De ahí el reclutamiento de bárbaros. Amiano Marcelino cree en Roma, pero en el horizonte se ven negros nubarrones y todos se dan cuenta de que se avecina algo nada bueno. La Roma de Tácito tenía capacidad de reacción. La de Amiano ya es una anciana que espera gozar de un descanso respetado por sus inquietos vecinos después de tantos siglos de andanzas. La cuestión radicaba en que los bárbaros respetaran sus años. Y había muchos que, dadas las circunstancias, empezaban a no hacerse ilusiones al respecto.


El problema militar era el más acuciante. Se reunieron tropas de Egipto y Siria y se reclutaron multitud de bárbaros para tratar de aplacar la tormenta goda. Teodosio contemporizó, se menudearon las escaramuzas con resultado no concluyente, si bien en general a favor de los Romanos, pero, ni él pudo expulsarlos, ni los bárbaros dar otro golpe semejante, de modo que, pasados cuatro años de lucha, firmaron la paz, por la que se asentaban en la Moesia II, a orillas del Danubio, con autonomía, a cambio de suministrar soldados. Esto produjo como efecto primero que parte de la frontera danubiana ya no estaba bajo control romano, lo cual era un indicio claro de desastres futuros; otro efecto fue la total y definitiva barbarización del ejército, que al final fue en desdoro del imperio mismo y de su supervivencia. En efecto, Teodosio prefirió reclutar bárbaros que reponer las filas con ciudadanos romanos. Ofrecía la ventaja inmediata de disponer de guerreros ya entrenados y de fuerte espíritu dispuestos a marchar a cualquier lugar en que su presencia fuera necesaria. Pero a cambio de ello se hipotecaba dramáticamente el futuro. Se quiso integrar a una masa ingente de bárbaros y lo que se consiguió fue que el imperio cambiara a peor. Los bárbaros se romanizaron menos que Roma se barbarizó. Llegó un momento en que los bárbaros eran imprescindibles para la defensa del imperio, de modo que, aunque se les hubiera podido expulsar, no habría sido inteligente, pues eran los que aportaban más reclutas. Cada vez era más común ver generales Godos, que competían en honores con generales Francos y Alamanes. Estaban cerca del emperador, llegaban a ser cónsules y las políticas de defensa contra los bárbaros pasaban por sus manos. Bárbaros a ambos lados de la frontera. Un paso más fue no sólo contratar bárbaros sino grupos o bandas enteras de ellos, con sus propios caudillos. Tenían esas bandas la suficiente fuerza como para exigir por las malas su pago. Soldadesca era que sólo albergaba lealtad al dinero de su soldada. Nada bueno auguraba eso. No pasó mucho tiempo antes de que los magnates (sobre todo en Occidente) siguieran el ejemplo del emperador y contrataran a sus propias tropas (bucelarios), verdaderos ejércitos privados comprados a golpe de oro y sólo leales a quien les llenaba el bolsillo. Las perniciosas consecuencias sobre la autoridad del gobierno central son evidentes a simple vista. Algunos, perspicaces, se dieron cuenta del peligro en que estaba el imperio y de la que se venía encima y alzaron la voz de alarma. Sinesio de Cirene, en su tratado Del Reino, dedicado al emperador de oriente Arcadio, no se mordía la lengua y echaba la culpa de la situación directamente a su padre, Teodosio (4) . Le reprocha permitir la permanencia de los Godos dentro del imperio cuando su obligación era expulsarlo. Esa era la idea, el objetivo que dominaba entre los emperadores Romanos en otros tiempos, muy lejanos.
Recuperando el hilo principal del relato, se quedaron los Godos por tanto dentro del imperio, como un cuerpo extraño, que a la postre supondría su ruina. Tenían sus costumbres, sus leyes, sus reyes, sus armas y su modo de vida. Eran tan ajenos a Roma como cualquier otra tribu bárbara. Cuando, más tarde, hubo problemas con otros pueblos bárbaros, el hecho de tener dentro a estos Godos incontrolados quitó mucha potencia a los esfuerzos del imperio para defenderse. Había que mirar al exterior y a la vez tener un ojo puesto en el interior para ver qué hacían los revoltosos Godos. Se dividió la atención y el esfuerzo en dos, con lo que la contundencia de la respuesta militar romana a otras tribus se redujo a la mitad. No hay que olvidar que Estilicón retiró las tropas Romanas de Britania para defender Italia frente a Alarico y que también tuvo que debilitar las tropas del Rin por ello, con lo que el 31 de Diciembre del 406 Vándalos, Alanos y Suevos entraron en la Galia sin hallar resistencia. La frontera establecida por Julio César cuatrocientos años antes era rota y por primera vez sin haber una reacción militar contundente. Se anunciaba el fin. Treinta y dos años después de Adrianópolis los Godos, al mando de Alarico, saquearían Roma, y otros pueblos bárbaros, aprovechando la coyuntura favorable, se extendían por todo el occidente. Tal fue el efecto curioso del desastre de Adrianópolis: lo sufrió el ejército oriental, pero, al final, quien pagó las consecuencias fue la parte occidental, la más débil, la cual impotente se vio invadida, abrumada, descosida y repartida por los bárbaros.
Es cierto que en ocasiones los Godos pelearon por el emperador, pero sólo si su provecho también estaba en juego (lógicamente por lo demás). Era sólo cuestión de tiempo que estos bárbaros se percataran de su fuerza, fueran conscientes de que la invencibilidad del imperio era agua pasada y de que sin Roma bien se podía vivir y quisieran por ende independizarse, formando su propio reino sin tutelas de ningún tipo, únicos dueños de su propio destino. Y no hubo que esperar mucho para verlo, puesto que como regla general, a los que tienen éxito el curso favorable de los hechos les provoca el deseo de más (5) . En unos treinta años los reinos gemánicos en occidente estaban asentados en sus líneas generales. Genserico proclamó la independencia de sus Vándalos en África, ejemplo seguido al poco por las demás tribus.
El limes desde Adrianópolis estaba roto. Todo ya era posible. Había comenzado la agonía de un imperio, cuyo certificado de defunción lo firmó un simple soldado de fortuna, el hérulo Odoacro, al deponer a Rómulo Augústulo, el último César de Roma.

Por Iván Parra Ruiz


Notas.

 

1 Ambrosio de Milán en su tratado a Graciano sobre la fe (II, 16) promete a este emperador la victoria sobre los Godos, porque, según él, estos bárbaros son el bíblico príncipe de Mesek y Túbal, Gog, cuya derrota preanunció el profeta Ezequiel (38, 1-4) a manos de Israel, que Ambrosio identifica con Graciano, y porque éste es fuerte en la fe (católica, naturalmente). La derrota de Valente se debió, según Ambrosio, al pecado de incredulidad de la parte oriental (arrianismo). Jerónimo de Estridón escribe: “son nuestros pecados los que hacen a los bárbaros fuertes, son nuestros vicios los que derrotan a los soldados Romanos” (epíst. LX a Heliodoro). Volver
2 La causa es la cólera de los Dioses contra nosotros, dice Libanio en su discurso XXIV, en que hace referencia a la derrota. Volver
3 Nicanor Gómez-Villegas, Respuestas a la crisis de Adrianópolis: la subida al poder de Teodosio I. Volver
4 De Regno, 14-15. Volver
5 Diodoro de Sicilia, Biblioteca Histórica, II. Volver