2) DESARROLLO SOCIAL
En la Grecia del siglo VIII a.C. se asiste a un importante cambio en el
modo de combatir, aparece la formación en falange, que mantendrá
su hegemonía durante siglos. Era esta una formación que
se basaba en la disciplina de los soldados que la componían, el
hoplita (hombre acorazado).
Precedentes
Anteriormente, en las batallas, destacaban las luchas individuales, siendo
la aristocracia de las aldeas las que tenía el peso principal.
Era la guerra una cuestión de honor y grandeza, además de
poder conquistar un puñado de tierras para aumentar las propias.
Eran batallas con un “código de honor”, antes de la
misma se establecían las reglas por la que se iba a regir, además
del lugar y la hora. Además el vencedor no se ensañaba con
el vencido, nada más lejos de la realidad, este era tratado con
hospitalidad griega. Este modo de lucha puede verse en la Iliada de Homero.
Surgimiento
Poco a poco este tipo de lucha fue cambiando, en parte por los conflictos
que se sucedieron con pueblos del exterior, y por otra parte por los cambios
sociales que estaban teniendo lugar. Aparece el campesino-guerrero, que
cada vez tiene más conciencia de su importancia. En el campo de
batalla tenían el mismo valor que el aristócrata, en la
ciudad demandarán derechos, que la alta clase deberá ceder.
Nacen así sistemas políticos más o menos democráticos.
Este hecho propiciará que el primitivo hoplita adquiriera una mayor
conciencia sobre la defensa de su polis.
En Esparta, sin embargo, el hoplita no es un campesino-guerrero, sino
un soldado a tiempo completo. Los espartiatas, ciudadanos de pleno derecho,
estaban completamente liberados de las actividades productivas, ocupación
exclusiva de los esclavos (ilotas), pero eran ellos los grandes propietarios.
Siglo V a.C. en adelante
Durante el siglo V a.C. se produce en Grecia un acelerado cambio del modo
de ver la guerra. Las guerras que antes solo duraban una o dos estaciones
(primavera-verano), ahora se convierten en duraderos conflictos que abarcan
décadas. Este hecho hace que el hoplita tenga que ausentarse de
su hogar durante muchos años, tiempo en el que no puede hacerse
cargo de sus tierras. El Estado se ve en la obligación de pagar
a los ciudadanos que iban a la guerra. Además, aunque su uso era
anterior, aumenta el número de mercenarios, hombres dedicados únicamente
a la guerra a cambio de una paga o la futura concesión de tierras;
ya no sólo bárbaros, ahora también griegos.
3) SERVICIO MILITAR
En lo referente al servicio militar podemos distinguir dos modelos. El
primero, ejemplificado por Atenas, es en el que todos los ciudadanos varones
con edades comprendidas entre los 17 y los 59 años tenían
que cumplir el servicio militar. Los menores de 19 años y los veteranos
hacían servicios de guarnición, los demás salían
de campaña. En el siglo V a.C. Atenas podría reunir unos
30.000 hoplitas.
El segundo modelo es el espartano, cuyos ciudadanos estaban exentos de
tareas productivas (las tierras eran trabajadas por los esclavos, “ilotas”),
dedicados plenamente al arte de la guerra. A los varones de 7 años
se les separaba de de sus madres, eran agrupados por clases, e instruidos
por soldados expertos. El entrenamiento era extremadamente duro, iban
desnudos, para hacerlos más fuertes; su comida era sencilla, para
instarlos a hurtar y hacerlos despiertos. A los 12 años, el entrenamiento
se hacía mucho más duro, obligados a realizar severos trabajos
y ejercicios. Alcanzaban la mayoría de edad a los 20 años,
eran agrupados por edades, y aún casados, vivían en los
barracones hasta los 30, pero aún después seguían
comiendo en comuna. El servicio militar duraba hasta los 60 años.
Para los espartanos la valentía era la mayor virtud y la cobardía
la mayor ofensa. Eran los soldados más temidos de toda Grecia,
y se tenía constancia de que, en el campo de batalla, cada espartano
valía como varios hoplitas de cualquier otra polis. Esparta podía
reunir, en el siglo V a.C., unos 8.000 soldados sin contar a los ilotas
(que en los primeros tiempos solo eran porteadores), aunque este número
fue descendiendo rápidamente.
4) ARMAMENTO
No se puede tener la idea equivocada de pensar que todos los habitantes
de una polis servían en el ejército como hoplitas. Sólo
los ciudadanos más acaudalados podían costearse el caro
equipo necesario. En total, el precio de yelmo, coraza y grebas de bronce,
más el escudo (hoplon), la lanza y la espada corta, ascendía
a unos 100 dracmas. Esto sería lo que ganaría un obrero
cualificado en un trimestre. En algunas polis, el ciudadano cuyo padre
moría en batalla, el Estado le costeaba el equipo. En los primeros
momentos de los hoplitas, siglos VIII y VII, iban armados con dos lanzas
arrojadizas, pero más tarde fueron sustituidas por una lanza de
carga y una espada corta. Toda la impedimenta en su conjunto podía
a llegar a pesar unos 35 Kg., lo que hacía necesario que cada hoplita
tuviera que ir acompañado de un sirviente para ayudarlo a transportarlo.
El escudo
Anteriormente era el escudo en forma de 8 el predominante en Grecia. Cuando
los dorios llegaron al sur de de Grecia a mediados del siglo XI a.C.,
trajeron consigo un escudo redondo con asa central. Fue con el desarrollo
cada vez más acelerado de la formación cerrada, cuando se
fue modificando aquel escudo redondo. El asa central fue desplazada a
un lado, y en el centro se colocó un brazalete de bronce para sujetar
el escudo al antebrazo (sistema de agarre único en el Mediterráneo
antiguo). Así nació el aspis, el escudo hoplita. Aunque
este escudo no fue el que hizo desarrollar la falange, si que la potenció.
Estaba formado por un cuenco circular, con un borde reforzado casi plano,
en total con un diámetro de unos 90-110 cm. Su construcción
se hacía en láminas de madera (de unos 0,9 cm. de grosor
en el centro y 1,8 cm. en los bordes), curvadas y encoladas entre sí.
El interior estaba forrado en cuero, mientras que el exterior podía
ir reforzado con una fina plancha de bronce (0,5 cm. de grosor como mucho).
A veces se le colocaba una cortina de cuero hacia abajo con el fin de
proteger las piernas de dardos y flechas. El peso total oscilaba entre
los 6,5 y los 8 Kg., siendo en Esparta algo más pesado.
Debido a su gran tamaño y a la forma de asirlo, la mitad sobresalía
por el lado izquierdo del guerrero. En formación cerrada, el guerrero
de la izquierda protegía su lado derecho con la parte restante
del compañero de su derecha. Esto contribuía aún
más a reforzar la unión (no solo física sino también
psicológica) entre todos los componentes de la falange hoplítica,
que formaban un muro casi impenetrable.
Por su forma cóncava, el aspis era perfecto para aprovechar toda
la fuerza del cuerpo para empujar hacia delante y desequilibrar al enemigo,
o ayudar al compañero de alante a hacerlo.
El sistema de agarre antes descrito era más descansado, ya que
el peso se distribuía entre el hombro y el antebrazo y muy poco
en la muñeca; más seguro, ya que un golpe severo podría
hacer caer de la mano otro escudo, pero este, al estar aferrado al antebrazo
nunca se caería; y repartía mejor la fuerza de los golpes
del enemigo, que ya no caían sobre la muñeca, sino sobre
el antebrazo.
Pero ante tanta ventaja, también tiene ciertos inconvenientes.
La movilidad del guerrero se veía seriamente limitada en el combate
individual. Era extremadamente difícil de soltar, por la misma
razón antes expuesta, y debía ser apoyado primero en el
suelo; por lo que huir se hacía dificultoso (se tardaba mucho tiempo
en soltar el escudo, mientras que solo entorpece correr con él).
Además, al ser tan pesado, el brazo se cansaba con facilidad, aunque
gracias a su forma, el guerrero lo podía apoyar en su hombro para
sujetarlo cuando el brazo se cansaba. La rigidez en el embrazamiento del
aspis provocaba que el flanco derecho de la falange quedara más
desguarnecido.
Con posterioridad, ya en el siglo IV a.C., se dotó al hoplita de
un escudo más ligero, la pelta, hecho de mimbre trenzado cubierto
de piel de cabra u oveja, para el caso de los hoplitas, iba embrazado,
y tenía una correa de cuero para sujetarlo a la espalda durante
las marchas. Estas reformas fueron llevadas a cabo por el general ateniense
Ifícrates, haciendo al hoplita mucho más ligero y móvil.
Por último hablar de los motivos decorativos que los propietarios
dibujaban en la superficie exterior. En ocasiones eran meramente decorativos,
otras eran emblemas heráldicos, símbolos protectores, religiosos
o animales mitológicos. Esparta fue la primera polis en suplantar
estos símbolos individuales por otro colectivo para todo el ejército,
la letra ? (lambda), inicial de Lacedemonia, que su sola visión
aterrorizaba a sus enemigos. Con el tiempo, otras polis la imitaron, como
la S (sigma) en Sisción; o la maza de Hércules en Tebas.
La coraza
Las protecciones corporales fueron mejorando con el tiempo, hasta llegar
al siglo VIII a.C., cuando aparece la coraza de campana, nombre dado por
su forma. Esta coraza, toda de bronce, se convirtió en la más
habitual entre los hoplitas, hechas para ellos a medida. A costa de ser
pesada (entre 15 y 20 Kg.) e incómoda (sobre todo en verano, al
propiciar una gran acumulación de calor), proporcionaba una buena
protección, pero solo accesible para las clases más pudientes
debido a su alto coste. Constaba de un peto y un espaldar, unidos entre
sí por dos proyecciones tabulares que se introducían por
ranuras en el lado derecho y dos anillas en el lado izquierdo. En los
hombros del peto había dos puntas que se introducían por
agujeros en el espaldar. En la zona de la cadera, el borde de la coraza
giraba hacia fuera, dándole un aspecto acampanado. A pesar de todo,
la coraza no cubría el cuello ni el bajo abdomen; para reparar
esta última deficiencia, se podía colgar del cinturón
una plancha de bronce. En el interior de la coraza iba colocado un peto
de lino, cuero o fieltro para evitar rozaduras con el metal, aunque esto
aumentaría las dificultades de transpiración.
A partir del siglo VI a.C. se empezó a abandonar la coraza de campana,
sustituyéndola por las de lino, “linothorax”, que ya
eran habituales en el siglo V a.C. Este hecho se dio por la creciente
incorporación de las clases menos pudientes y la mayor importancia
de la movilidad. El linothorax consistía en varias capas de lino,
entre 12 y 20 (algunos autores sugieren que estaban pegadas con cola animal
o con algún tipo de resina flexible y endurecidas), hasta tener
una dureza adecuada. La parte inferior iba cortada a tiras para facilitar
su transporte enrollándola; por dentro, una segunda capa, también
a tiras, cubría los resquicios que dejaba la primera. El linothorax
se enrollaba alrededor del cuerpo, fijándose por el lado izquierdo
y por los hombros, abatiendo hacia adelante la pieza en forma de U que
había fijada a la espalda. A veces, estos linothorax iban reforzados
con placas de bronce cosidas. Aunque no ofrecía tanta protección
como la coraza de bronce, tenía las ventajas de precio, peso, flexibilidad
y frescura.
Durante el siglo IV a.C., en la Guerra del Peloponeso, se tuvo que llamar
a filas cada vez más a propietarios menos pudientes o a propietarios
empobrecidos debido a la misma. Con esto, el linothorax se hizo demasiado
caro para la mayoría. Se hizo imposible para muchos costearse una
coraza, o en todo caso utilizaban una muy ligera llamada spolas. No está
muy claro en que consistía, si era un camisote acolchado o una
piel de animal. Anteriormente había sido utilizada para ponerla
debajo de la coraza de bronce y evitar así los roces.
A pesar del progresivo abandono de la coraza de campana, el bronce no
dejó de utilizarse para este tipo de protección, aunque
ahora de forma mucho más elegante y cómoda. Esta es la coraza
anatómica, que alcanzó su máxima popularidad en el
mundo hoplita en el siglo IV a.C. Había de dos tipos: una corta,
que cubría hasta la cintura; y otra larga, que también protegía
el abdomen. Constaba de dos piezas, peto y espaldar, que se unía,
normalmente, por los lados y los hombros, por medio de charnelas y pasadores,
además de correas de cuero. Esta coraza daba una gran protección
a su portador; y al estar sujeta también al torso, y no solo a
los hombros, el peso se repartía mucho mejor, haciéndola
más cómoda. Evidentemente, esta coraza tenía un precio
muy elevado, y solo los oficiales o mercenarios veteranos podían
costeársela.
Protecciones para brazos y piernas
En el siglo VII a.C. se introdujo de forma general la greba de bronce
(anteriormente habían sido de piel, y seguían siéndolo
en otros pueblos), que protegía la parte inferior de la pierna,
desde el tobillo hasta la rodilla. Eran de tipo semirrígidas, es
decir, con forma anatómica, se ajustaban a la pierna no con correajes,
sino como una pinza, envolviéndola gracias a la flexibilidad del
bronce. Los orificios que presentan algunas de ellas no servían
para sujetarlas mediante cintas de cuero a las piernas, sino para atar
algún fieltro o piel protector de la pierna, para evitar rozaduras.
Protegían las piernas de los ataques de proyectiles mayoritariamente;
ya que el escudo por su forma y tamaño dejaba esta zona desguarnecida.
Estaban construidas en láminas de bronce batido, de un grosor que
oscilaba entre 1 y 2 mm. Tenían el inconveniente del peso, que
hacía más lentos a los hoplitas; además, los golpes
podían deformarlas. Por esto las grebas semirrígidas fueron
sustituidas por otras de sujeciones de cuero, que aunque con menor protección,
eran menos pesadas y permitían desprenderse de ellas más
fácilmente en caso de deformación.
Las guardas de tobillo, muslo y pie fueron desapareciendo rápidamente,
sobre todo las de los muslos y pies. Estas últimas podían
ser articuladas o de una sola pieza. Estaban construidas en bronce, con
una pieza de fieltro o piel por dentro para evitar roces. Para el siglo
V a.C. ya habían desaparecido todas por completo.
Las guardas para brazos y antebrazos también existieron, realizadas
en bronce, siendo más abundantes las últimas. Aunque, al
igual que las de tobillo, muslo y pie, desaparecieron para el siglo V
a.C.
El casco
Existieron gran cantidad de cascos en Grecia en los siglos que estuvo
en uso el sistema hoplítico. Todos parecen proceder de dos tipos
específicos: el corintio primitivo y el kegel.
El kegel, que tuvo poco éxito y desapareció a principios
del siglo VII a.C., derivó en el casco ilirio primitivo, que a
su vez fue evolucionando hasta el siglo V a.C.; y el insular, el cual
también desapareció con prontitud.
El casco corintio fue el tipo más usado en Grecia desde el siglo
VIII a.C. hasta el V a.C. Tenía forma de capacete, con perforaciones
horizontales para los ojos y una horizontal para la boca y la nariz. No
era demasiado pesado, unos 2 Kg., pero si muy molesto, ya que tapaba toda
la cara, teniendo que soportar el soldado una gran temperatura, sobre
todo en verano. Sobre él se produjo una constante evolución,
se agrandaron las perforaciones para los ojos y la boca, y como resultado
se añadió un protector nasal. El casco corintio se solía
moldear sobre la base de una única lámina de bronce, lo
que requería una gran pericia en el forjado. El grosor no era uniforme,
oscilando entre los 0,75 y los 1,25 mm., alcanzando los 5 mm. en la protección
nasal. El interior solía estar forrado de fieltro, con el objeto
tanto de amortiguar los golpes como de evitar rozaduras en el cuero cabelludo.
Este acolchado se cosía al casco, como atestiguan los pequeños
agujeros en todo el borde; y más tarde se optó por pegarlo.
También se utilizaron gorros de fieltro.
Al igual que ocurría con el aspis, el casco corintio era excepcional
para el combate en falange, ya que proporcionaba una buena protección;
pero era pésimo para el combate individual, ya que no permitía
mucha visión ni audición. Por esta razón las órdenes
se daban con trompetas, ya que era difícil distinguir la voz en
el campo de batalla.
Para paliar las deficiencias del casco de tipo corintio, surgió
el ático, con aberturas para las orejas. Y también se ideó
el calcídico, que además hacía mayor el hueco para
la boca. Estos cascos eran más ligeros que el corintio, contribuyendo
al constante aligeramiento de la panoplia hoplita. Ya en el siglo IV a.C.
los espartanos optaron por utilizar un tipo de casco cónico muy
sencillo, el tipo pilos, o incluso gorros de fieltro. En la Magna Grecia,
se desarrolló un nuevo casco, el italo-corintio, muy parecido al
corintio, pero se llevaba echado hacia la coronilla, y pronto las aberturas
para los ojos y boca se fueron haciendo tan pequeñas, que terminaron
siendo simples adornos. Otra opción fue adoptar el casco de tipo
tracio, que ya existía desde el siglo V a.C. Tenía un pico
en la frente y carrilleras largas y puntiagudas recortadas a la altura
de la boca y los ojos.
Los cascos griegos solían ir adornados con crines de caballo, que
se fijaban al él mediante pasadores. Esto se mantuvo entre los
siglos VIII-V a.C. Los penachos tenían además una función
psicológica sobre el adversario, ya que hacían parecer más
alto y peligroso a su portador. Al menos en Esparta, a partir del siglo
V a.C., tuvieron las crines la función de distinguir los distintos
escalafones de mando.
La lanza
La lanza era el arma principal del hoplita. Consistía en un astil
de madera, normalmente de fresno o cornejo, con punta de hierro y una
contera o regatón de bronce en la parte posterior. Medía
entre los 2,2 y los 3 metros de longitud y unos 2,5 cm. de grosor, pesando
entre 1 y 1,5 Kg. El agarre podía mejorarse con una cuerda fina,
o un alambre de bronce, enrollada al astil, ya que el arma podía
resbalar con el sudor y la sangre. El regatón tenía varias
funciones: era un contrapeso de la pesada punta de hierro, para así
poder sostener la lanza desde más atrás, aprovechando mejor
su longitud; podía actuar como punta de emergencia si se rompía
la principal, algo muy frecuente en los tremendos choques al comenzar
la batalla; podía utilizarse para rematar a los enemigos heridos
sin necesidad de girar el arma; y por último podía clavarse
en el suelo en los momentos de descanso o en los campamentos.
En una formación de falange hoplítica, las dos primeras
filas empuñaban sus lanzas por encima del hombro para golpear al
enemigo en diagonal hacia abajo. Aunque también se podía
blandir en horizontal a la altura de la cadera, ya que el bajo abdomen
y las ingles estaban poco protegidas. Los de las filas posteriores estaban
a la espera con la lanza apuntando en diagonal hacia arriba.
A principios del siglo IV a.C., el general Ifícrates, con sus reformas,
dotó a sus hoplitas con unas lanzas más largas, de unos
3,5 m. de longitud. Esto se hizo posible a costa de reducir el peso del
resto de la panoplia.
La espada
La espada (xiphos) se utilizaba una vez que la lanza se rompía,
algo, como hemos dicho, muy frecuente. Era de doble filo y hoja recta,
algo abultada hacia la punta. Su longitud, contando la empuñadura,
no sobrepasaba los 65 cm., aunque los espartanos utilizaban una espada
algo más corta. Solía llevarse colgada de un talabarte,
que se sujetaba en el hombro, cruzando el pecho.
También se utilizó otro tipo de espada llamadas kopis o
machaira, más popular a partir del siglo V a.C. De un solo filo
y con hoja gruesa curvada hacia adentro.
5) ORGANIZACIÓN E INSTRUCCIÓN
Organización
Aunque sólo conocemos con cierta exactitud la organización
en Esparta, si bien es cierto las demás polis tendieron a imitarla
en todo lo posible para temas de guerra, así pues, en toda Grecia
sería muy parecida.
Los hoplitas espartanos se organizaban en compañías, cada
una, llamada enomotia, estaba formada por 36 hombres y era mandada por
un enomotarca. Dos enomotias formaban un pentekostyes (72 hombres), mandado
por un pentekonter, que era el enomotarca de la enomotia de más
a la derecha. A su vez, dos pentekostyes formaban un lochos (144 hombres),
la unidad táctica más pequeña del ejército,
mandada por un lochargos, el primer enomotarca de la enomotia de más
a la derecha. Cuatro lochoi formaban una mora (576 hombres), mandada por
un polemarca, que, igualmente, era el enomotarca de la enomotia de más
a la derecha. El ejército espartano constaba de 6 moras (3.456
hombres) y a su cabeza se encontraba el rey, jefe de la enomotia situada
más a la derecha, el lugar de mayor honor.
El reclutamiento se hacía por grupos de edad, empezando por los
más jóvenes, siendo los veteranos llamados a las armas solo
en caso de extrema necesidad, y solo se ocupaban de guardar el bagaje.
Entrenamiento
Ya que los hoplitas combatían en formación cerrada, codo
con codo con los compañeros, la disciplina y el entrenamiento eran
aspectos fundamentales para alcanzar la victoria. Se les entrenaba en
una serie de movimientos: “posición de descanso”, con
el escudo apoyado en el muslo y la lanza en el suelo; “atención”,
el hoplita levantaba el escudo, protegiéndose el torso, y levantaba
la lanza apoyándola en el hombro; “en guardia”, con
la lanza horizontal a la altura de la cintura y el brazo extendido hacía
alante, usada para avanzar; “ataque”, con la lanza por encima
de la cabeza, para cargar y atacar al enemigo; también podía
adoptar la posición defensiva, agachándose detrás
del gran escudo.
Evidentemente, había mucha diferencia entre los hoplitas corrientes,
que solo eran guerreros en caso de necesidad, y los espartanos, nacidos
con el propósito de luchar. Debido al menor entrenamiento, estos
movimientos eran raros fuera de Esparta; en las demás polis se
realizaban otros más sencillos.
Instrucción
A los hoplitas jóvenes primero se les enseñaba a marchar
en fila de uno. Una vez dominado esto, se les enseñaba a marchar
en varias columnas. Una enomotia de 36 hombres, que marchaba en fila de
uno, se dividía en 3, siendo los jefes de fila el primero, el decimotercero
y el vigésimo quinto de esos 36. La segunda y tercera columna se
movían hacia la izquierda de la primera, dejando una separación
de un metro entre hombre y hombre. Para formar filas de 6 hombres, todos
a partir del séptimo hombre de cada una de las 3 nuevas columnas
se ponían a la altura de las anteriores. Así, se formaba
un bloque compacto de 6 hombres de frente por 6 de fondo.
Para deshacer la formación se procedía al mismo movimiento
pero a la inversa.
6) EL COMBATE
Formación
Para que un lochos formara una falange, la primera enomotia se detenía,
las tres que iban detrás se desplazaban a la izquierda sucesivamente.
Lo habitual era que el lochos avanzara en columna de tres, por lo tanto,
al formar, quedaba un cuadrado de doce hombres de frente por doce de fondo,
ocupando cada uno dos metros. Esto era la formación abierta. Una
vez se iba a entrar en combate, la mitad posterior de cada fila se desplazaba
hacia adelante por la izquierda, como se explicó anteriormente.
Los demás lochoi se formaban de idéntica forma a la izquierda
del primero.
Táctica
La táctica de la falange hoplítica era bien simple, avanzar
hasta hacer huir al enemigo. Una vez que el general daba la orden de atacar,
el mismo se unía al enfrentamiento, lo que le inhabilitaba para
dar órdenes, lo cual de todos modos era algo que los soldados no
podrían obedecer, ya que sus cascos de tipo corintio les impedían
escuchar orden alguna.
Ya que la falange era una organización muy rígida, realizar
cualquier tipo de movimiento envolvente en plena batalla era algo imposible.
Implicaba deshacer la formación, girar y volver a formar, lo cual
era bastante arriesgado.
Ataque
Los hoplitas, a la orden de ataque dada por las trompetas, adoptaban la
posición de “en guardia” e iban avanzando de forma
ordenada al ritmo que marcaban las flautas y cantando el “paean”.
Una vez se daba la orden de carga, se adoptaba la posición “ataque”,
los hoplitas aceleraban el paso hasta correr, y chocaban contra el enemigo
en un gran estruendo. Para contener o repeler a la fila del adversario,
los hoplitas tenían que luchar cuerpo a cuerpo con su enemigo inmediato
con la lanza y luego con la espada. La longitud de la lanza permitía
luchar de forma activa a las dos primeras filas, el resto contribuía
a la lucha empujando a su compañero de alante para romper la formación
enemiga.
Desenlace
Lo normal era que la batalla se resolviera en una de las dos alas. Puesto
que las mejores tropas de cada ejército formaban en el extremo
derecho del mismo, estas terminaban imponiéndose. La del ejército
que antes lo hiciera conseguía la victoria completa para el ejército,
ya que el hecho de romper la formación enemiga, provocaba que el
ejército entero se descompusiera. El hecho de que no hubiera tropas
de reserva, hacía que no se pudiera organizar un contraataque.
El vencedor, entonces, emprendía una breve persecución del
enemigo que huía.
Las bajas se calcula que eran de un 5% de los vencedores y entre un 10
y un 15% entre los vencidos, la mayoría producidas durante la huida.
Los vencedores erigían un pequeño trofeo en el campo de
batalla, un armazón de madera engalanado de las armas del enemigo.
Se permitía la retirada de los muertos al enemigo, y de vuelta
a casa se realizaba un sacrificio y un banquete en honor al dios que los
había ayudado a alcanzar la victoria.
Desarrollos tácticos del Siglo IV a.C.
La Guerra del Peloponeso había cambiado la concepción de
la guerra. Los conceptos de honor y caballerosidad se pierden, apareciendo
la “Guerra Total”: cruel y despiadada. Las Ciudades-Estado
en conflicto buscan aliados, los conflictos se extienden por toda Grecia,
y se debe hacer un cada vez mayor uso de contingente mercenarios y más
ayuda exterior, militar o económica. Ya no basta con derrotar al
enemigo en batalla campal, ahora es necesario tomar las ciudades para
acabar con los enfrentamientos. Se da por tanto una mayor importancia
en este último asunto, por tanto se desarrolla mucho la poliorcética,
arte de la toma y defensa de ciudades; y las tropas ligeras, con mayor
movilidad, capaces de dar un golpe de mano en un conflicto. A pesar del
gran desarrollo de las tropas ligeras, peltastas mayoritariamente, los
hoplitas siguen siendo el cuerpo principal de todos los ejércitos,
aunque más ligeros que los de épocas anteriores (reformas
de Ifícrates).
El avance táctico más destacado de la época, con
grandes repercusiones en el futuro, es la formación oblicua, desarrollada
por el general tebano Epaminondas. Este se basó en dos hechos ya
conocidos desde antes: el primero consistía en que la falange hoplítica
en su avance tendía a desviarse a la derecha, ya que, instintivamente,
el hoplita intentaba cubrir su flanco más descubierto con el escudo
de su compañero de la derecha. El segundo hecho es que una formación
más profunda, obviamente, tenía ventaja a la hora de arrollar
a una más delgada; aunque está tendría menos frente.
La formación en oblicuo consistía en colocar el ejército
en ángulo oblicuo respecto al enemigo, de derecha a izquierda,
y concentrar en el ala más adelantada a sus mejores tropas en una
formación muy profunda. Mientras que su lado más fuerte
destrozaba al enemigo, sus peores tropas no entraban en la lucha hasta
que el enemigo ya estaba envuelto por su derecha.
7) EL FIN DE LOS HOPLITAS
El fin del sistema hoplítico se da en la segunda mitad del siglo
IV a.C. con el desarrollo de la falange macedónica. Esta nueva
formación era mucho más potente en un choque frontal, además
su armamento era menos costoso. Esto, junto al continuo desarrollo de
tropas con mayor movilidad, capacitados tanto para escaramuzas como para
formar en batalla, terminaría dejando obsoleto al hoplita. Aún
así, los hoplitas pervivieron algún tiempo más como
tropa de prestigio, y las clases altas se resistían a formar en
el ejército de otra forma que no fuera la misma que la de sus antepasados.
8) CONCLUSIÓN
El hoplita fue un campesino-guerrero, atado siempre a la evolución
de la polis, consciente de que dependía de esta, y esta a su vez
de él para su defensa. Cuanto más se democratizó
la ciudad-Estado y más necesidad hubo de reclutamiento, clases
más bajas accedieron al honor y la obligación de participar
en la defensa de su “patria”. Y cuanta más población
con pocos recursos accedió, más ligero se hacía el
equipo del hoplita, sin olvidar la principal razón, los nuevos
tipos de soldados necesarios para la guerra. El hoplita fue adaptándose
a cada época, hasta su inevitable final.