MARCO ANTONIO Y LA INVASIÓN PÁRTICA (41-38 A.C.)

A finales del año 42 a.C. la República romana recibía una herida mortal en Filipos. Sin embargo a nadie se le escapaba que la estabilidad que parecían traer los vencedores no podía durar. Estos dos hombres, que se despreciaban mutuamente, debían acometer en ese momento la enorme tarea de reorganizar el mundo romano tras años de guerras civiles. Aún estaba por ver cual de ellos se haría con el poder al final y el papel que desempeñarían en esa lucha los últimos republicanos. No obstante, un peligro aún mayor amenazaba a Roma en ese momento. Más allá del Eúfrates, un poderoso enemigo acechaba desde la sombra esperando el momento oportuno para atacar...


II CAPÍTULO: LOS PARTOS ATACAN

 

I. EL IMPERIO ARSÁCIDA


El principal rasgo del Imperio Parto o Arsácida era que no se trataba de una entidad política única y centralizada, sino que por el contrario, estaba integrado por varias que tenían diferentes status. Entre estas entidades políticas habían reinos mayores y menores, cuyos soberanos eran vasallos del Rey de reyes (1) y que por lo general debían estar organizados con una estructura feudal parecida a la del Imperio.

A continuación estaban las satrapías que eran grandes provincias gobernadas por los varones principales de las familias más poderosas de los Partos (sátrapas y/o marzbanes). Éstos pertenecían a la clase social de los probulos, una alta aristocracia que sólo estaba subordinada al monarca arsácida y de la que salían los generales en tiempo de guerras y los gobernantes en tiempo de paz. Con el tiempo se hizo costumbre nombrar a los sátrapas siempre dentro de las mismas familias de esta alta aristocracia por lo que muchas satrapías se convirtieron de hecho en reinos hereditarios.

Por último estaban los territorios con estatutos especiales. Hubo varios a lo largo de la historia del Imperio y con diferente organización. Un ejemplo de estos territorios, que se daban en la época que tratamos, eran las ciudades griegas que habían pertenecido al reino Seleúcida y que conservaban sus propias instituciones y estructura interna. Algunas de estas dominaban parte de los territorios circundantes y estaban en última instancia subordinadas al monarca arsácida de quién eran vasallos sus filarcas.

La actividad económica principal en el Imperio Parto (y la más conocida a día de hoy) era el comercio. Su situación geográfica en el continente asiático traía como consecuencia que la mayor parte de los puntos de paso de la rutas comerciales entre Oriente y Occidente se encontraran allí. Aunque también existían otras rutas marítimas entre ambos extremos del mundo y posiblemente alguna terrestre por el norte del Caspio; calculo que más del 80 % de las mercancías que atravesaban Eurasia pasaban por sus territorios. El comercio era la sangre que daba vida a esta gigantesca entidad política y los beneficios que dejaba allí eran tan importantes que Tácito, años más tarde, llegaría a equipararlos indirectamente a los del propio Imperio Romano.

Conscientes de la importancia de esa actividad económica, los gobernantes de las diversas zonas del Imperio protegían a las caravanas con tropas y establecían controles aduaneros, como atestiguan los documentos mercantiles de Doura. Se sabe incluso de la existencia de cultos a divinidades protectoras del comercio. Los derechos de aduana producían todos los años enormes beneficios, pero éstos no iban a parar en su totalidad a manos del monarca arsácida sino a los gobernantes de los diferentes territorios por los que pasaban las rutas comerciales. El hecho de que los diversos focos de poder tuvieran su parte en el reparto en los beneficios generados por las actividades económicas (no sólo el comercio), les permitía fortalecer su posición frente al poder central y debilitaba aún más su dependencia de éste.

Como no podía ser de otra forma, toda esta estructura socioeconómica de carácter feudal se reflejaba también en los ejércitos. Estos no estaban compuestos por hombres libres sino por siervos que dependían del monarca arsácida, de un rey vasallo o de un sátrapa. No se trataba de esclavos como nos han hecho llegar las fuentes clásicas sino de una clase social inferior subordinada a la nobleza y a los hombres libres, y que constituía por otra parte la base de la sociedad pártica. Sus miembros no podían ascender de su posición social porque no existía ningún tipo de manumisión o estaban prohibidas. Por ello los hijos de estos siervos heredaban el status que sus padres y el ser un pueblo que practicaba la poligamia daba lugar a que sus ejércitos fueran cada vez más numerosos a medida que se sucedían las generaciones.

Sin embargo conviene aclarar que no estamos hablando de un ejército único y permanente al servicio del Imperio Parto. Del mismo modo que el habitante de una satrapía o reino vasallo no debía obediencia directa al monarca arsácida sino a su propio rey o sátrapa, con los ejércitos pasaba exactamente lo mismo. El poderío de aquellos gobernantes se medía por sus riquezas y por el número de hombres con el que podía contar en caso de guerra. En cuanto a los hombres libres su presencia en los ejércitos era habitual pero por lo general minoritaria. Aunque tenían una especial consideración en éstos y posiblemente formaban algo parecido a una oficialidad, estaban también subordinados a sus generales pero por relaciones de vasallaje y no de servidumbre (2).

Desde un punto de vista teórico el poder del monarca arsácida tampoco era autárquico. Tenía que gobernar con el consenso de dos asambleas: una formada por los nobles y otra por sabios y magos (la casta sacerdotal). Estrabón nos hizo llegar que entre ambas asambleas nombraban a los reyes, pero esa información no es exacta. Aunque tal vez pudo ser así en algunas ocasiones, ya en el siglo I a.C. parece establecerse tímidamente una sucesión monárquica hereditaria. Por lo general se respetaba el principio de primogenitura, aunque el monarca en última instancia se reservaba la potestad de designar a su heredero fuera de lo que marcara la tradición. En cualquier caso parece que nadie podía llegar a ser Rey de reyes si las dos asambleas no ratificaban el nombramiento, lo que nos da otra idea de lo limitado que era el poder central en aquellos tiempos. En general podríamos decir que toda esa carencia de reglas estrictas y procedimientos legales que regulasen la sucesión monárquica no eran más que un reflejo de la citada debilidad del poder central.

El Imperio Parto era en síntesis una amalgama de pueblos diferentes cuyo grado de subordinación a su Rey de reyes dependía del poder que tuviera aquél en cada momento histórico. Este poder no sólo se basaba en sus riquezas y sus ejércitos sino también en los apoyos que tuviera entre la nobleza de la que dependía por dos razones. La primera es que si los probulos se unían contra él, sus ejércitos superarían ampliamente a los del monarca y los días de éste estarían contados. La segunda es que al tener que hacer frente no sólo a las ambiciones expansionistas romanas sino también a los ataques de los escitas desde el norte y el nordeste, necesitaba de su colaboración para defender las fronteras. El abarcar este Imperio territorios tan dispares en sus características y pueblos tan diferentes llevaba a que sólo unieran sus fuerzas cuando existía un interés común, como podía ser la defensa ante una invasión extranjera. Por lo general era poco menos que impensable que un monarca arsácida pudiera involucrarse en una política militar expansionista a gran escala.... hasta entonces.

Imperio parto 41 a.C.



II. ORODES II, REY DE LOS PARTOS

 

En el año 41 a.C. el Imperio Parto estaba gobernado por Orodes II, quién había llegado al trono unos catorce años antes cuando la nobleza pártica encabezada por Surena (3) había derrocado a su hermano mayor Mitrídates III y lo habían coronado a él en su lugar. Al año siguiente de su coronación, Marco Licinio Craso había lanzado un ataque sorpresa contra sus dominios y tras fáciles victorias se había hecho con el control de algunas ciudades de Mesopotamia. Sin embargo el romano había cometido
el error de retirarse a Siria a pasar el invierno con la mayor parte de su ejército proporcionando así a Orodes un tiempo precioso para preparar un contraataque y reconquistar parte del territorio perdido. El año siguiente Craso reanudó el ataque y fue derrotado contundentemente por Surena en la batalla de Carrhae.

Poco después de celebrar la victoria, Orodes hizo ejecutar a Surena. Consciente de que vivía en un mundo en el que si quería sobrevivir tenía que ser más astuto que su enemigo y estar dos pasos por delante, no ignoraba que el más mínimo error podía costarle muy caro. Los Partos eran un pueblo en el que la obediencia se aprendía por miedo y no por respeto. Sus principios éticos y morales no eran por tanto como los nuestros. Traición, deslealtad y engaño no debieron ser otra cosa para ellos que una manera de progresar en su sociedad. En el caso de Orodes era además una forma de sobrevivir. El Rey de los partos no debía ser respetado ni querido, debía ser temido. Eso sólo era posible si era el más fuerte y cualquiera que le pudiera hacer la más mínima competencia debía ser eliminado. Surena era en aquel momento el segundo hombre más poderoso entre los Partos y del mismo modo que había derrocado a su hermano suponía una amenaza potencial para él.

Desaparecida la amenaza de las legiones en su territorio se dedicó Orodes a fortalecer su poder pactando alianzas con armenios, árabes y los demás pueblos vecinos. El hecho de que hiciera ejecutar a Surena sabiendo que su familia era de las más poderosas de la nobleza y el que pudiera reclutar posteriormente un enorme ejército que enviaría a Siria para acabar con los romanos, nos da una idea de su poder y de su grado de liderazgo cuando hacía sólo dos años que había subido al trono. Orodes era consciente de la importancia de tener un enemigo común que diera cohesión a todos los focos de poder que había en el Imperio. Los Partos eran un pueblo belicoso por naturaleza. Tal es así que consideraban la violencia inherente al varón del mismo modo que la mansedumbre lo era a la mujer. Si había que luchar contra alguien se lucharía, pero que no fuera entre ellos sino contra enemigos externos. El Imperio Parto necesitaba a un hombre que canalizara su potencial; que los uniera y acabara con sus guerras internas.

Posiblemente el motivo de César para llevar a cabo su ambiciosa guerra contra ellos no fuera sólo vengar a Craso y recuperar las águilas de sus legiones. Tal vez hubiera algo más que eso y las riquezas y la gloria que obtendría de sus conquistas. La mente de César era la de un militar y pensaba como tal, por lo que es muy posible que se diera cuenta de que el día que un caudillo consiguiera unir a sus vecinos del este del Eúfrates, Roma se iba a encontrar con un enemigo como nunca había tenido antes. La forma de ver la guerra de un romano era siempre desde un punto de vista defensivo. Muchas las llevaron a cabo, no porque otros pueblos les hubieran amenazado, sino porque temían que se convirtieran en una amenaza en el futuro.

Orodes era consciente también de lo que podría ser su Imperio si se conseguía esa unidad. Hasta las temibles legiones romanas habían mordido el polvo cuando habían unido sus fuerzas contra ellas. Sería un disparate pensar que tuviera en mente borrar de un plumazo toda la estructura socioeconómica sobre la que se asentaba el Imperio Parto para centralizar todo el poder en el Rey de reyes. Sin embargo sí podía ocurrir que, aún conservándose esa estructura, aquél fuera tan poderoso que su autoridad se volviera incontestable para todos sus vasallos. Esa política de desviar los problemas hacia afuera buscando un enemigo común que diera cohesión a sus vasallos como la habían tenido durante la invasión romana, le permitiría convertirse en un monarca mucho más fuerte de lo que habían sido sus predecesores. Un nuevo Arsaces (4) y no sólo de nombre que supusiera el inicio de una nueva y gloriosa era para su pueblo. Movido por esas ideas, Orodes puso a su joven hijo Pacoro al frente del poderoso ejército que había reclutado y junto con el veterano general Osaces les ordenó que atacaran Siria para expulsar de allí a los romanos.

Pacoro no pudo cumplir su misión. Pese a que había ocupado la mayor parte de Siria sin demasiadas complicaciones se tropezó con los muros de las ciudades fortificadas. Los ejércitos partos, tan feroces en el campo de batalla, no dominaban el asedio y se veían impotentes ante aquellas. Tras caer con su ejército en una emboscada preparada por Casio (52 a.C.), Pacoro perdió a gran parte de sus tropas y también a Osaces. Sin embargo la derrota no fue decisiva porque un año después (51 a.C.) volvía a invadir Siria. El nuevo gobernador romano, Marco Calpurnio Bíbulo, que resultó ser tan mal militar como estadista, se limitó a quedarse tras los muros de Antioquía. No obstante estableció contactos con el sátrapa Ornodapates, que estaba enemistado con Orodes y lo convenció para que se volviera contra éste y pusiera a Pacoro en el trono (5). Es de suponer que dado el creciente poder del Rey de reyes, la mayor parte de la nobleza pártica se sintiera amenazada, por lo que es casi seguro que Ornodapates no era el único dispuesto a rebelarse. De esa manera los Partos se vieron envueltos en una nueva guerra interna y dejaron de dar problemas por el momento a Roma volviéndose al este del Eúfrates.

Durante cinco años no volvieron a aparecer por Siria, hasta que en el 46 a.C. Cecilio Baso (6) les pidió ayuda y aquellos encabezados por Pacoro accedieron a prestársela. Esta nueva intromisión de un ejército parto en Siria fue por otro lado el casus belli que necesitaba César para declararles la guerra. Tal vez debido a su antigua amistad con Pompeyo el Grande, al prestigio que éste conservaba aún en Oriente o al de Cayo Casio Longino, los Partos parecían dirigir sus simpatías hacia el bando republicano. Ello se puso de manifiesto en los refuerzos que enviaron a Casio cuando éste se hizo con el control de Siria y por el hecho de que aquél y Bruto esperaran una mayor implicación de Orodes en la guerra civil antes de Filipos.

A finales del año 41 a.C. las relaciones entre los Partos y Roma estaban en un estado de indefinición. No había ninguna guerra declarada pero tampoco habían devuelto las siete águilas de las legiones de Craso y era de esperar que los romanos volvieran a buscarlas en cuanto les fuera posible. La guerra civil que había ayudado a provocar Bíbulo había sido sólo un paréntesis en el enfrentamiento entre las dos potencias y Orodes había salido fortalecido de ella. Por otro lado los Partos habían colaborado con Baso y Casio, enemigos de los vencedores en la guerra civil romana. Ahora dominaban el mundo romano los vengadores de César estando los republicanos en clara situación de inferioridad. De estos sólo Sexto Pompeyo y Ahenobarbo parecían estar en posición de resistir a los triunviros. Pero había alguien más.... Quinto Labieno.

III. EL RENEGADO


El hijo de Tito Labieno, era como su padre partidario de los republicanos y enemigo de César y sus vengadores. Antes de las batallas de Filipos había sido enviado por Casio y Bruto como embajador a Orodes II para conseguir de él más refuerzos y a ser posible una mayor implicación en la guerra. No obstante, dado el carácter violento y conflictivo del joven, tal vez se tratara más bien de un modo sutil de quitárselo de encima. Lo cierto es que el astuto Orodes no tenía claro que los republicanos fueran a ganar por lo que antes de implicarse demasiado en la contienda decidió retener a Labieno y esperar acontecimientos.

Tras conocerse la derrota de Casio y Bruto en Filipos, Labieno decidió quedarse a vivir entre los Partos sabiendo que arriesgaba su vida si volvía a territorio romano. Sin embargo al conocer que Marco Antonio había cometido el error de marcharse a Alejandría con todo el malestar que había generado su política en Siria y que Octaviano tenía que afrontar una difícil situación en Italia, vió la posibilidad de volver a territorio romano por la puerta grande y se dedicó a insistir una y otra vez a Orodes para que se decidiera a declarar la guerra.

La actuación de Marco Antonio en Siria podía interpretarse como un desafío al monarca arsácida y si éste no se mostraba fuerte y contundente en ese momento podía pagarlo caro en el futuro. Los tiranos de las ciudades sirias a los que el triunviro había expulsado habían acudido a pedirle ayuda y el ataque a la ciudad de Palmira, que pese a ser independiente era de vital importancia para la economía del Imperio Parto, eran hechos que hablaban por si solos. Una vez más Orodes tenía que adelantarse a los pasos de su enemigo. Quién se había visto obligado a aprender a pensar así para sobrevivir no podía reaccionar de otro modo. Además se le presentaba una nueva ocasión para buscar un enemigo más allá de sus dominios y la oportunidad excepcional de contar con un general romano al frente de sus tropas.

El hecho de que Orodes pudiera reunir ejércitos tan numerosos como el de las dos invasiones de Pacoro diez años antes, nos da una idea de la efectividad de su política y de lo poderoso que era comparado con sus predecesores. Su autoridad debía estar muy por encima de la nobleza pártica y su Imperio tenía la posibilidad de alcanzar en ese momento histórico una época de apogeo y expansionismo sin precedentes. No obstante, no era tan ingenuo como para dejar todo el mando del ejército en manos del joven Labieno y decidió que fuera compartido entre éste y su hijo Pacoro, con quién se había reconciliado. En el fondo Pacoro era sólo un muchacho cuando le había traicionado y siendo hijo suyo no era de extrañar que quisiera heredar antes de tiempo. Posiblemente viera Orodes en él a algo más que un hijo. Era un heredero digno de continuar su labor y de llevar a los Partos aún más lejos de lo que él había conseguido y estaba por conseguir. Que hubiera tenido más de treinta vástagos con distintas mujeres y se decantara de nuevo por él parece corroborar esa idea.

Por otra parte si Pacoro estaba tan lejos disminuía la posibilidad de que tuviera éxito en el caso de que volvieran sus peligrosas tentaciones de querer heredar. Era una idea que difícilmente podía eludir la mente de alguien como Orodes, que muchos años antes había colaborado con su hermano Mitrídates para envenenar a su propio padre y poco después había ordenado matar a su hermano ante él. También es posible que Pacoro se diera cuenta con los años de que enfrentarse a su padre era contraproducente porque todo lo que se consiguiera durante su reinado lo heredaría tarde o temprano. Fuera como fuese, el tiempo demostraría a Orodes que no se había equivocado al perdonar a su hijo.

 

IV. LA INVASIÓN


A finales del año 41 a.C un enorme ejército parto (posiblemente más de cuarenta mil hombres) dirigido por Labieno y Pacoro atravesó el Eúfrates y penetró en la provincia romana de Siria. Una vez llegaron a Fenicia se dirigieron a Apamea que no pudieron tomar por asalto debido a sus murallas. No obstante Labieno no tuvo dificultades para ganarse a las guarniciones romanas situadas en las ciudades de la zona sin tener que luchar. Estas estaban compuestas en su mayor parte por soldados que habían servido junto a él en los ejércitos de Bruto y Casio y que Marco Antonio había dejado allí acuartelados porque conocían el país. Con suma habilidad Labieno los atrajo a su causa, pues era parto entre los partos y republicano entre los republicanos. Únicamente el cuestor Saxa, hermano del legado que Marco Antonio había dejado al mando de Siria, se negó a cambiar de bando. El soldado romano de la época era consciente de que no servía a Roma sino a su general de cuyo éxito dependía su prosperidad. Marco Antonio sabía hacerse querer y respetar por sus soldados pues no carecía de carisma y astucia para ello. Sin embargo no estaba allí....

Al enterarse de lo sucedido, Lucio Decidio Saxa (el general) reunió a las tropas que aún le eran leales y se dirigió desde Antioquía a combatir a Pacoro y Labieno que estaban por los alrededores de Apamea. Éstos últimos, al frente de su ejército combinado de romanos y partos le derrotaron en una batalla en la caballería de los últimos marcaron las diferencias tanto por su superioridad numérica como por su habilidad (7). Sin embargo la batalla no había sido decisiva y aún había quedado Saxa con tropas suficientes como para seguir resistiendo.


Labieno, consciente de la facilidad con la que había atraído a su causa a los soldados romanos de las guarniciones de Siria, quiso hacer lo mismo con los de Lucio Saxa. Para ello ordenó a los arqueros partos que hicieran llegar pamfletos al campamento enemigo donde se les pedía que abandonaran a su general y se unieran a él. Saxa, temiendo ser abandonado, no tuvo más remedio que huir con su ejército hacia Antioquía por la noche. Labieno los persiguió en su retirada y aniquiló a la mayor parte, pues al igual que su padre era tan astuto como cruel y no sentía la más mínima piedad por el vencido.

Legiones romanas de la época
Saxa consiguió escapar a la matanza con unos pocos hombres y llegar a Antioquía desde donde partió hacia Cilicia para reunirse con las demás tropas romanas para hacer frente a los invasores.

 

Labieno y Pacoro por su parte, se dirigieron de nuevo hacia Apamea, cuyos habitantes les entregaron la ciudad sin oponer resistencia porque pensaban que Saxa había muerto. Tras sus victorias, los dos generales, cuyas relaciones personales no debían ser muy buenas, decidieron separarse. Mientras el primero lanzaba un ataque a Cilicia para interceptar a los ejércitos romanos que pudieran llegar desde allí, el segundo se dirigiría hacia el sur para hacerse el control del resto de Siria. Dejando pues que el hijo de Orodes se autotitulara Señor de Siria y se dirigiera a terminar las conquistas que él le había puesto en bandeja de plata, Labieno al mando de su ejército combinado se dirigió hacia el norte. Al llegar a Antioquía los habitantes de la ciudad le abrieron las puertas sin que se entablara combate pues Saxa y sus hombres ya se habían marchado de allí. Tras hacerse con el control de la ciudad, Labieno salió en persecución de Saxa al que finalmente dio alcance en Cilicia y lo mató personalmente (8).

Apamea (de Siria)

Apamea (de Siria)

Antes de que el resto de las tropas romanas pudieran ser reunidas y le presentaran batalla, Labieno se ganó a los pueblos de la zona otrora sometidos a los romanos y pactó alianzas con ellos. Planco Bursa (o quién quiera que fuese el general que estuviera al frente de las tropas romanas) ni siquiera se atrevió a oponer resistencia armada y huyó con sus tropas hacia las islas griegas abandonando a su suerte a las ciudades leales a Roma. De éstas, la mayoría decidieron unirse a Labieno. A pesar de que Marco Antonio había sido benevolente durante su paso por allí, las provincias romanas de Asia Menor no debían estar muy satisfechas con sus dominadores. Cuando no eran los gobernadores corruptos que amasaban fortunas a costa de ellos confiscando sus propiedades, vendiendo ciudadanías y exenciones tributarias y aceptando sobornos de publicanos para que les dejaran manga ancha a la hora de recaudar; eran los prestamistas usureros como Bruto que no dejaban salir a la población de la pobreza con sus abusivos intereses. Los romanos eran sus amos por la fuerza, pero tras la retirada de sus ejércitos habían dejado de ser los más fuertes.

Alabanda

Alabanda (Caria)
Labieno no se detuvo tras conquistar Cilicia y prosiguió avanzando sin apenas oposición por toda la Anatolia. Sin embargo, en la región de Caria se encontró con dificultades, pues ciudades como Stratonicea, Mylasa , Alabanda y Laodicea se opusieron a él. En algunas de éstas ciudades sus habitantes aparentaron unirse a Labieno en un principio y aceptaron las guarniciones que éste dispuso que se quedaran allí. Sin embargo durante la celebración de unas fiestas se rebelaron y mataron a los soldados, lo que obligó a Labieno a tomarlas por la fuerza. Al frente de sus ejércitos sitió la ciudad de Alabanda y tras capturarla no tuvo piedad de sus habitantes. Poco después, Mylasa, que había sido abandonada, era arrasada hasta los cimientos (9). En cuanto a Stratonicea la sitió durante mucho tiempo pero no pudo tomarla.
El ataque parto, Labieno y Pacoro. Mapa



En pocos meses Labieno había conseguido derrotar a los ejércitos de Marco Antonio y hacerse con el control de la mayor parte del territorio romano continental al este del mar Egeo. Únicamente en la zona occidental de la Anatolia estaba encontrando oposición, pero no lo suficientemente importante como para enfrentarse a él de igual a igual. Tras sus victorias, quién había llegado como un liberador del yugo romano demostró ser aún más duro e intransigente de lo que habían sido sus anteriores dominadores. Impuso tributos aquí y allá y saqueó los templos de las ciudades arrebatándoles todas sus riquezas. Al igual que su padre, Quinto Labieno no sabía hacerse respetar y sólo se podía hacer obedecer por la fuerza, a través del miedo. Sin duda se debió sentir como pez en el agua el tiempo que vivió entre los Partos.

Tarde comprendieron la mayor parte de las ciudades que se unieron al "libertador pártico" el error que habían cometido al abandonar a los romanos y en el pecado tuvieron la penitencia. Habiéndose autoproclamado Parthicus Imperator tras separarse de Pacoro y conquistar Cilicia, Labieno se dedicó a acuñar monedas propias con sus nuevos títulos. Había vuelto al mundo romano como un conquistador y no como un proscrito. Poco debían importarle los miles de cadáveres de sus compatriotas sobre los que había tenido que pasar y el haber traicionado a su patria arrebatándole parte de sus posesiones para someterlas a los bárbaros.
Moneda: Labienus Parthicus Imperator


V. LA REBELIÓN DE ANTÍGONO

pacoro

Pacoro
  Tras separarse de Labieno, Pacoro se autoproclamó Señor de Siria y procedió a sojuzgar al resto de las ciudades de la zona. Al enterarse Antígono y sus partidarios de la derrota de los romanos y de que éstos habían perdido el control de Siria, no dudaron en aliarse con los partos y les prometieron mil talentos y quinientas mujeres si les ayudaban a hacerse con el poder en Judea. Inducido por estas promesas, Pacoro avanzó hacia el sur por la costa delegando en su lugarteniente, el sátrapa Barzafranes, la misión de someter a las ciudades del interior y e imponerles de nuevo a sus antiguos tiranos.

Las ciudades costeras no opusieron resistencia. Sidón y Ptolemaida acogieron sin problemas a Pacoro pero Tiro lo rechazó. En esta ciudad se habían refugiado los romanos que habían sobrevivido a la persecución de Labieno y los que se encontraban en la provincia en aquél momento. Pacoro intentó persuadir a sus habitantes para que se pusieran de su lado éstos no abandonaron a los romanos. Previendo entonces dificultades para hacerse con dicha ciudad, el Príncipe de los Partos puso a uno de sus coperos reales que llevaba su mismo nombre al frente de parte de su ejército y le ordenó penetrar en Judea para informarse de lo que sucedía allí y colaborar con Antígono y sus partidarios.

Al tener noticias los judíos de que Antígono iba a encabezar una nueva rebelión contra los hermanos idumeos y su títere Hircano, no dudaron en ponerse de su lado y unirse a sus ejércitos. Todos los que anhelaban volver a tener un rey judío porque odiaban a los romanos y a sus colaboradores, tenían un nuevo líder. Los abusos de Casio a la hora de exigir impuestos y la posterior actuación de Marco Antonio, habían llevado a gran parte de la población rural a la ruina. Ahora no tenían nada que perder y se unían en masa a Antígono y a su facción, siendo especialmente numerosos en la zona del monte Carmelo, al norte de Judea.

Avanzando con su ejército desde Calcidicia hasta Jerusalén, Antígono ordenó a las tropas judías que se adelantaran al resto por su mejor conocimiento del terreno y que ocuparan un lugar llamado Drimos (El Bosque). Allí se encontraron con los mercenarios que habían enviado Herodes y Fasael a los que derrotaron y persiguieron hasta Jerusalén. Entre los habitantes de la ciudad se corrió entonces el rumor de lo que acontecía y como allí tenía también Antígono numerosos partidarios estalló un motín. Los hermanos idumeos reunieron entonces a sus mejores y más leales hombres y fueron al encuentro de sus enemigos cuando estos avanzaban hacia el palacio real. Tras un sangriento enfrentamiento en el ágora, las tropas de los hermanos idumeos consiguieron hacer retroceder a sus adversarios y los encerraron en el Templo.

Para que los prisioneros no pudieran salir de allí establecieron unos sesenta guardias con el fin de custodiarlos. Sin embargo, los dos hermanos no tardaron en darse cuenta de que tenían al enemigo en casa. La población de Jerusalén, que estaba mayoritariamente a favor de Antígono, atacó a esas guarniciones y las quemaron. Al llegar la noticia a Herodes, montó en cólera y se enfrentó al pueblo acabando con la vida de mucha gente. Un día sí y otro también se producían sangrientos enfrentamientos entre ambos bandos por toda la ciudad que se saldaban con numerosas muertes. Mientras Fasael se encargaba de la defensa externa de la ciudad controlando las murallas, Herodes custodiaba el palacio real donde estaba Hircano y ordenaba atacar a los que se le oponían dirigiendo personalmente esos ataques en algunas ocasiones.

Llegaba el día seis del més de Siván (entre Mayo y Junio) y con él la fiesta de Pentecostés (10). A consecuencia de ello, toda la población rural de los territorios cercanos a Jerusalén se dirigieron a la ciudad armados y se unieron a los partidarios de Antígono. Fasael y Herodes, lejos de amilanarse, recrudecieron su resistencia y las matanzas continuaron. Finalmente Antígono, al percatarse de la dificultad de hacerse con Jerusalén aún contando con la mayor parte del pueblo a su favor, pidió una tregua a los hermanos idumeos y les rogó que dejaran entrar a Pacoro (el copero) en la ciudad como mediador. Fasael accedió a la petición y dejó entrar al supuestamente neutral Pacoro con una escolta de quinientos jinetes partos.

 

Los hermanos ignoraban que los partos ya habían tomado partido por Antígono y aprovechando esta circunstancia, pidió Pacoro el copero a Fasael que enviara embajadores a Barzafranes que estaba en el interior de Siria para que viniera con sus tropas y pusiera fin a la revuelta. Herodes, que no se fiaba de los partos, aconsejaba a su hermano que desoyera sus consejos y los matara. Sin embargo Fasael se dejó engañar y por ser el hermano mayor y por tanto quién tenía la última palabra salió de Jerusalén junto con Hircano escoltado por Pacoro el copero y sus tropas para ir a entrevistarse con Barzafranes en Galilea. Herodes por su parte se quedó en la ciudad donde permanecieron junto a él doscientos jinetes partos de los llamados Libres (11).

Mientras acudían a entrevistarse con Barzafranes, la desconfianza de Fasael hacia los partos iba en aumento. Le habían llegado rumores del soborno de Antígono y la constante vigilancia de los centinelas día y noche sin el menor de los disimulos era cada vez más inquietante. Ofelio, uno de sus hombres más leales, se enteró de toda la trama y lo alertó instándole en varias ocasiones para que huyera. Sin embargo, Fasael se negó a abandonar al indefenso Hircano por una cuestión de honor pese a ser consciente de que si no escapaba estaba cavando su propia tumba.

Mientras tanto en Galilea, los que se oponían a Hircano y a la dominación romana aprovecharon las circunstancias del momento para levantarse en armas. Estando aquél y Fasael en Ecdipa, los rebeldes galileos enviaron embajadores a Barzafranes que había llegado állí para entrevistarse con el Etnarca judío y su protector. El sátrapa recibió a los galileos, los trató con amabilidad, atendió a sus razones y los colmó de regalos. No obstante, cuando los embajadores regresaban de la entrevista, los hombres de Barzafranes les tendieron una emboscada en el camino y acabaron con ellos, pues los partos más que solucionar los problemas preferían eliminarlos.

Cuando Fasael e Hircano se entrevistaron con Barzafranes, el primero le echó en cara todo el engaño que tramaban contra ellos y le ofreció más cantidad de dinero que la que le hubiera garantizado Antígono. Como era de esperar el sátrapa lo negó con excusas y solemnes juramentos y fingiéndose indignado se retiró para volver junto a su señor Pacoro. Inmediatamente los guardias apresaron a Hircano y Fasael que estallaron en cólera y maldijeron a los partos por sus perjurios. Éstos solo estaban esperando a que Herodes cayera para hacerles presos pero en vista de que habían descubierto el engaño ya no tenía sentido guardar apariencias. Engañosos y traicioneros por naturaleza, para conocer las intenciones de aquellos había que averiguarlas a partir de sus actos, pues sólo respetaban su palabra cuando les convenía y pese a ser un pueblo que mostraba un enorme respeto a sus dioses, sus juramentos más solemnes eran papel mojado.


VI. LA HUÍDA DE HERODES


Herodes, por el momento, seguía a salvo tras las murallas de Jerusalén. Pacoro el copero pretendía convencerlo con engaños para que saliera de la ciudad y atraparlo, pero el idumeo no se fiaba. Los partos se habían encargado de que las cartas que le informaban de la captura de su hermano no le llegaran, pero fue inútil pues como buen gobernante no le faltaban espías. Mientras sus enemigos ideaban la forma de capturarlo, Herodes tomó la delantera y escapó de Jerusalén en una oscura noche junto con sus familiares y hombres más leales para dirigirse a Idumea donde esperaba encontrar aliados.

Durante la huida, al percatarse de que los partos y los partidarios de Antígono les pisaban los talones y temiendo por el destino de las mujeres de su familia que irían a parar a manos de los primeros si eran capturadas, Herodes ordenó a un pequeño grupo de sus soldados que se adelantaran con aquellas mientras él y el resto de sus hombres entretenían a los enemigos. Éstos se dedicaron a acosar a los hombres de Herodes durante todo el camino pero no se decidían a presentar batalla. Los partos finalmente se cansaron y los dejaron en paz, pero los judíos no iban a perdonar tan fácilmente todo lo que habían sufrido. Finalmente se decidieron a presentarle batalla a unos sesenta estadios (entre once y doce kilómetros) al sur de Jerusalén, donde Herodes los derrotó con contundencia (12).

masada

Tras la victoria prosiguió su camino hacia Idumea mientras más y más gente se le unía hasta formar el grupo un total de nueve mil hombres, circunstancia que disuadió a la tropas de Antígono de volver a atacarlo. Una vez llegaron a Resa en Idumea, José, hermano menor de Herodes, se unió a él y le aconsejó que se librara de la mayor parte de sus seguidores porque en Masada donde pensaban resistir, no había capacidad para tanta gente. Herodes hizo caso a su hermano y dispersó a los que consideraba prescindibles proporcionándoles víveres para el viaje de regreso. Seguido de sus hombres más leales llegó finalmente a Masada donde le esperaban las mujeres de su familia. Dejó la fortaleza con una guarnición de ochocientos hombres al mando de José y, tras abastecerla de víveres, partió hacia el Reino de los Nabateos.

Foto: Masada

Mientras tanto los partos, lejos de respetar la ciudad de Jerusalén por consideración hacia Antígono, se dedicaron al pillaje. Todas las casas de los que habían huído y el palacio real fueron saqueados pero encontraron menos de lo que esperaban pues Herodes y los suyos habían sacado de allí la mayor parte de sus pertenencias antes de la huida. Frustrados por el escaso botín que habían conseguido no se contentaron con saquear Jerusalén y se dedicaron a devastar otras partes del país causando graves daños en ciudades como Marisa. En su mentalidad mandaba el más fuerte y como ellos lo eran en ese momento se creían con derecho a hacer los que les viniese en gana y más aún sabiendo que Antígono dependía de ellos para ser rey.

Fiel a lo prometido, más por su conveniencia que por respeto a la palabra dada, el Príncipe de los Partos hizo nombrar a Antígono Sumo Sacerdote y nuevo Rey de los judíos. Al contrario que Roma, los Partos no tenían interés por dominar directamente todos los territorios que abarcaba su Imperio. Les bastaba con que el rey de esos territorios sometidos estuviera subordinado a ellos y si les desobedecía ya se encargarían sus ejércitos de poner las cosas en su sitio y hacer que el rebelde perdiera la cabeza. Antígono cumplió también su parte del trato y entregó a Pacoro los mil talentos prometidos, pero para frustración de éste se quedó sin las quinientas mujeres, ya que prefirieron huir con Herodes antes de ser entregadas a sujetos como él y Barzafranes.

El nuevo monarca judío había cumplido su sueño de volver a restaurar la monarquía de los Asmoneos. Pacoro como prueba de amistad, le entregó además a Hircano y a Fasael encadenados con la condición de devolvérselos vivos. Ahora tenía en sus manos a los que para él eran culpables de todos los males de su familia y su pueblo. Mucho odio había acumulado Antígono durante tantos y tantos años. Hircano, su tío, sangre de su sangre, había traicionado a su pueblo poniéndolo en manos de idumeos y de romanos. Por su culpa tantas guerras entre hermanos y tanta sangre derramada. Por su culpa su padre y su hermano muertos y él y su familia soportando un exilio durante años. Ese cobarde que los había utilizado como rehenes a él y a sus hermanos cuando sólo eran niños para salvar su propio pellejo. Ese miserable siervo de codiciosos perros extranjeros que comían carne de cerdo. Ahora le haría pagar por todo lo que había hecho...

Presa de ese odio que se apoderaba de él y le transformaba en un mónstruo, Antígono se dirigió a la celda donde estaba Hircano y le arrancó las orejas a dentelladas mientras éste le suplicaba piedad de rodillas para que no lo matase argumentando que al estar mutilado no podría volver a ser Sumo Sacerdote (13). Fasael en cambio jamás se rebajaría como Hircano arrastrándose y suplicando por su vida, ni se sometería a la humillación de ser torturado de esa forma. Encadenado como estaba no podía defenderse, por lo que haciendo uso de todas sus fuerzas estrelló su cabeza contra los muros de la celda y cayó al suelo inconsciente. Antígono, al ver lo sucedido, le envió a un médico para que se asegurara de que estaba muerto, pero éste por orden de su señor lo remató aplicándole venenos en la herida. Poco antes de morir, una mujer que le atendía en sus últimos momentos le informó de que su hermano Herodes había conseguido escapar con vida de Jerusalén junto a las mujeres de su familia. Tras escuchar esta noticia dijo Fasael sus últimas palabras: "Ahora me voy contento, puesto que dejo vivo al que se va a vengar de mis enemigos".

Ignorando estos acontecimientos, Herodes pensaba que su hermano aún vivía y quería reunir el dinero suficiente para comprar a los partos del mismo modo que había hecho Antígono. De momento no podía contar con los romanos. Su padre Antípatro había estado siempre en buenas relaciones los árabes nabateos y les había prestado enormes sumas. Además tenía vínculos de sangre con ellos porque su propia madre era sobrina del fallecido rey Aretas. Por ello se dirigió a la ciudad de Petra para pedir ayuda al Rey Malco I de los Nabateos. Se había hecho acompañar de su sobrino de siete años, hijo de Fasael que llevaba su mismo nombre, para que en el caso de que el rey no quisiera aportarle el dinero se lo diera a título de préstamo quedando el niño como garantía de la deuda. Malco, que no estaba dispuesto a prestarle el dinero pero tampoco quería quedar como un ingrato y caer en la deshonra de no auxiliar al hijo de Antípatro, envió emisarios a Herodes para que le transmitieran la orden de que abandonara su país con la falsa excusa de que los partos habían enviado emisarios exigiéndole que lo expulsara si llegaba hasta allí.

Al ver que los árabes le habían dado la espalda decidió salir de su país y dirigirse a Egipto. Al llegar a la ciudad de Rinocolura se enteró de la muerte de su hermano. Lleno de dolor se dio cuenta de que ya no necesitaba el dinero, pero tampoco iba a permitir que aquello quedara así. Poco o nada le importaba la suerte que corriera Hircano, pero aunque fuera lo último que hiciera vengaría la muerte de Fasael como había vengado la de su padre. Antígono iba a pagar lo que había hecho y con él sus aliados los partos. Mientras tanto Malco, presa de los remordimientos, había terminado por arrepentirse de su ingratitud con él y había enviado a mensajeros para hacerle volver porque estaba dispuesto a ayudarle. Sin embargo cuando éstos intentaron dar con Herodes ya era tarde, pues éste había llegado a Pelusio en Egipto buscando al único hombre que lo podía ayudar a vengarse.... Marco Antonio.


Fin del segundo capítulo

III La situación en Roma



Notas..

1. Este título lo usaban los antiguos persas. En el caso de los monarcas arsácidas el primero en usarlo fue Mitrídates II y lo continuaron llevando sus sucesores. Por otro lado conviene aclarar que cuando hablo de vasallaje no se trata de una institución consuetudinaria paralela a la que se dio en la Europa medieval , sino de un vínculo de subordinación de estos reyes al monarca arsácida mediante alianzas o pactos cuyo cumplimiento dependía de las circunstancias del momento. Era más una cuestión de hecho que de derecho. Entiéndase también que cuando utilizo el término "feudal" es por su parecido con algunas estructuras e instituciones que se dieron durante el feudalismo europeo, pero en ningún modo trato de establecer una analogía con aquellas. En general quienes han trabajado sobre el Imperio Parto suelen usar este tipo de términos "prestados" de esa época posterior, pero creo necesario aclarárselo al aficionado para que no le induzca a errores. Volver

2. Es muy complejo reconstruir la organización social del Imperio Parto debido a la escasez de fuentes y a las ambigüedades en las palabras y etimologías de las inscripciones encontradas. Además es posible que las distintas partes del Imperio tuvieran una organización diferente y en última instancia sólo sus gobernantes estuvieran subordinados al monarca arsácida. En cuanto a los sátrapas, Frye propuso que tal vez fueran propietarios de enormes latifundios de los que vivían sus siervos a título de arrendatarios. Al menos la zona de Mesopotamia, donde estaban asentadas importantes familias de la nobleza pártica, parece un territorio propicio para ello. Por otro lado los llamados Libres debieron ser, en mi opinión, miembros de una baja nobleza pártica que estaban vinculados a los sátrapas por relaciones de vasallaje. Según Frye es posible que se tratara de funcionarios del monarca arsácida que ocupaban puestos especiales tanto en la corte y en el ejército. No obstante ello contrastaría con la demostrada debilidad del poder central en el Imperio Parto. Volver

3. Eran Spahbodh Rustaham Suren-Pahlav, más conocido en las fuentes clásicas como Surena o Surenas. Era el varón principal de los Suren, una de las familias más poderosas de la nobleza pártica. Volver

4. Del mismo modo que el nombre César terminó haciendose propio de los emperadores romanos y posteriormente sinónimo de su cargo, muchísimo antes los partos habían hecho lo mismo con el del fundador de su nación (Arsak o Arsaces). No sólo la dinastía que fundó llevaría su nombre sino también sus descendientes que llegaron a reinar. Volver

5. La versión que he seguido es la de Dion Casio. Según Justino, Orodes II desconfiaba de Pacoro y lo hizo llamar antes de la victoria de Casio sobre su ejército y la muerte de Osaces. Esa derrota sería definitiva y acabaría con la invasión de Siria. Sin embargo sabemos por otras fuentes que siendo Bíbulo gobernador en esa provincia aún continuaba la guerra contra los Partos. En mi opinión esa guerra al este del Eúfrates explicaría que los partos se retiraran de Siria y no volvieran a aparecer por allí hasta años más tarde. Dion Casio señalaba cuando hablaba de la invasión pártica del 41 a.C que Pacoro, hijo del Rey de los partos, y Quinto Labieno dirigieron la misma añadiendo que éste último había convencido al Rey Orodes de llevar a cabo la citada invasión. No obstante hay quienes defienden que Pacoro y Orodes cogobernaron durante un tiempo el Imperio con el mismo rango, basándose en las incripciones de antiguas monedas en las que aparece Pacoro con la diadema real y con el título de Rey de reyes. En mi opinión Orodes asoció a su hijo al poder para que éste pudiera sucederle sin problemas debilitando así el poder de la aristocracia. Volver

6. Cecilio Baso estaba al mando del ejército que César había dejado en Siria. Enemistado con el gobernador Sexto Julio César posiblemente estuvo implicado en el asesinato de éste que cometieron los soldados del propio Baso. Temiendo los soldados la venganza de César, se conjuraron con Baso estableciendo que si no eran perdonados lucharían hasta el final. La reacción del dictador no se hizo esperar y ordenó a Antistio Veto que los atacara. Sitiados por éste en Apamea, Baso y sus hombres pidieron ayuda a los Partos. Pacoro cruzó el Eúfrates al frente de su ejército puso en fuga a Antistio que tuvo que levantar el sitio. Al llegar el invierno Pacoro se retiró de Siria y regresó al este del Eúfrates. Entonces César envió contra Baso a Murco que fue derrotado. Murco pidió ayuda a Marcio Crispo, gobernador de Bitinia, quién al frente de sus tropas se dirigió a Siria y de nuevo acorraló al ejército de Baso en Apamea. Cuando Casio llegó a Siria, después de ser declarado Dolabella enemigo público, asumió el mando de todas estas legiones legitimado por el Senado y de cuatro más que Aulo Alieno había traído de Egipto por orden de Dolabella y que se rindieron a él. Volver

7. Esta batalla, de la que no tenemos ninguna descripción en las fuentes, tuvo lugar en algún punto situado entre las ciudades de Apamea y Antioquía. Volver

8. Según Floro consiguió escapar pero es la única fuente que lo afirma. Volver

9. En Mylasa vivía un célebre orador llamado Hibreas que pese a sus orígenes humildes se había convertido en el hombre más importante de la ciudad y encabezaba la oposición a Labieno. En cierta ocasión, contestando una carta de Labieno, Hibreas le hizo llegar a éste que como se había autoproclamado Emperador de los Partos, él se autoproclamada también Emperador Cario. Labieno que por su juventud e insensatez era fácilmente irritable, se dirigió hacia Mylasa tras tomar Alabanda y presa de la ira que le provocó la burla del orador arrasó la ciudad. Hibreas se salvó porque al igual que el resto de la población se había marchado de allí antes de la llegada de su "Emperador". Volver

10. También conocida como Fiesta de la cosecha o de los primeros frutos. Se celebraba cuarenta y nueve días después de la Pascua Judía. Con el tiempo se añadió en el cómputo el día de la Pascua y de ahí derivó el nombre griego de Pentecostés (por los cincuenta días). Era una celebración de origen agrario que terminaba con una peregrinación a Jerusalén para ofrecer las primeras cosechas al Templo en agradecimiento a Yavhé. Ello suponía que la población campesina de los alrededores viajaría hasta la ciudad ese día. Debido a sus peores condiciones de vida la población rural sufrió más las consecuencias de las cargas impositivas de los romanos que la población urbana, quedando miles de judíos en la más absoluta miseria. De ahí que fueran tan numerosos los seguidores de Antígono durante la rebelión del 40 a.C. Volver

11. Como ya habíamos visto, los ejércitos partos estaban compuestos en su mayor parte por hombres que no eran libres. Los llamados Libres eran una minoría que gozaban de especial consideración dentro del ejército (posiblemente oficiales). El dejar Pacoro el copero a doscientos Libres en Jerusalén con Herodes fue para guardar las apariencias y que Fasael no se diera cuenta de que se metía en la boca del lobo. La versión que he seguido es la que da Flavio Josefo en La guerra de los Judíos. Este mismo autor dice en Antigüedades Judías que eran doscientos jinetes y diez Libres. Me he decantado por la primera versión porque entiendo que era la mejor forma de convencer a Fasael y Herodes de que no se trataba de una trampa. En cualquier caso cito las dos y que cada cual se quede con la que le parezca más convincente. Volver

12. Años más tarde fundaría en la colina donde se libró la batalla una ciudad llamada Herodio como recuerdo de aquella victoria. Volver

13. Ningún ser humano mutilado podía desempeñar el cargo de sumo sacerdote de los judíos. Era una de las prohibiciones para desempeñar este cargo que podemos encontrar en la Biblia (Lev 21, 17-24). En aquella época para ser Rey de los judíos había que ser al mismo tiempo Sumo Sacerdote. Posiblemente Aristóbulo y Antígono también lo fueron cuando reinaron, aunque Josefo no lo diga expresamente. Volver

 


© 2004 Carlos Javier Pacheco López
Todos los derechos reservados.
Aviso Legal

Ocehcap076@hotmail.com