MARCO ANTONIO Y LA INVASIÓN PÁRTICA (41-38 A.C.)

A finales del año 42 a.C. la República romana recibía una herida mortal en Filipos. Sin embargo a nadie se le escapaba que la estabilidad que parecían traer los vencedores no podía durar. Estos dos hombres, que se despreciaban mutuamente, debían acometer en ese momento la enorme tarea de reorganizar el mundo romano tras años de guerras civiles. Aún estaba por ver cual de ellos se haría con el poder al final y el papel que desempeñarían en esa lucha los últimos republicanos. No obstante, un peligro aún mayor amenazaba a Roma en ese momento. Más allá del Eúfrates, un poderoso enemigo acechaba desde la sombra esperando el momento oportuno para atacar...


III LA SITUACIÓN EN ROMA

 

I. OCTAVIANO, FULVIA Y LUCIO ANTONIO


A finales del año 42 a.C regresaba Octaviano a Italia. Tras recuperarse de una enfermedad en Brindisi partió hacia Roma ya a comienzos del año siguiente y mostró los documentos firmados por Marco Antonio a los partidarios de éste con el fin de que se hiciese cumplir lo estipulado. Habiendo comprobado por otra parte que Lépido no había intentado nada extraño, le otorgó el mando de África (1) en compensación por la pérdida de la Narbonense y de las Hispanias. Éste no tenía resolución suficiente como para intentar nada contra los otros dos triunviros a pesar de que seguramente hubiera contado con apoyos de haberlo intentado. Además, como veremos, aunque fuera legalmente el hombre de mayor rango que había en Roma por su condición de triunviro, era Fulvia, esposa de Marco Antonio y suegra de Octaviano, la que ostentaba el poder de hecho.

Foto: Octaviano

Octaviano. Museo Arqueológico de Estambul (foto Satrapa1).

Con la llegada del año 41 a.C se habían nombrado los nuevos cónsules que se habían pactado: Publio Cornelio Vatia Isáurico y Lucio Antonio. Las relaciones entre éste último y Octaviano no eran buenas. Tal vez por querer defender los intereses de su hermano mayor o tal vez por ser un republicano convencido (como defendía Apiano) y temer la perpetuidad del Triunvirato, el nuevo cónsul se oponía radicalmente a Octaviano. En realidad mantuvo una postura independiente pues, aunque manifestaba reiteradamente su adhesión a Marco Antonio e incluso llegó a adoptar el cognomen Pietas por su devoción a la causa de su hermano, en realidad actuaba por su cuenta y no siguiendo instrucciones de aquél. Además, la idea de que fuera republicano no tiene demasiada solidez porque no existen pruebas de que intentara llegar a un acuerdo con Sexto Pompeyo ni con Ahenobarbo, lo que le hubiera facilitado muchas cosas como ya veremos. En mi opinión sólo se hizo pasar por republicano para atraer adeptos a su causa.

Si Octaviano hubiera contado con la colaboración de Fulvia sus diferencias con Lucio Antonio no hubieran tenido la menor importancia dado que ella tenía en la práctica más poder que su cuñado. Sin embargo el triunviro no podía aguantar el difícil carácter de su suegra y Fulvia, acostumbrada a mangonear a hombres mucho mayores que su yerno, tampoco estaba dispuesta a consentir que éste le saliera respondón.

Ella era una mujer tremendamente dominante. Única heredera de los Fulvios y los Sempronios estaba emparentada además con los Cornelios y los Emilios. Gracias su parentesco con estas familias de la nobleza romana que le proporcionaban notables influencias políticas había conseguido que el Senado la eximiera de la aplicación de la Lex Voconia (2) y al morir sus padres se convirtió en una de las personas más ricas de Roma. De haber nacido hombre y no haber existido un César que cruzara el Rubicón y cambiara la situación política para siempre tal vez hubiera sido tan importante como un Craso o un Pompeyo. Su condición de mujer no le había permitido hacer el cursus honorum ni dirigir ejércitos, pero quién se casara con ella tendría aseguradas altísimas aspiraciones; las que ella anhelaba desde la sombra.

Sus riquezas y el ser hija única conllevaba además que en su día no necesitara emparentarse con un rico senador que le procurara una vida acomodada y una alianza política interesante para su familia. De todos modos, si analizamos el perfil de sus maridos podemos llegar a la conclusión de que ella no anhelaba unir su vida a ese tipo de hombre sino a la de un revolucionario que, como hicieran sus abuelos casi un siglo antes, fuera capaz de remover los cimientos de Roma para gobernarla junto a ella. Sin embargo la vida de un demagogo solía ser tan intensa como corta, razón por la que había enviudado ya en dos ocasiones antes de casarse con Marco Antonio cuando sólo tenía unos cuarenta años. Su forma de ser, sus riquezas, sus vínculos familiares, el ser esposa de uno de los triunviros y el miedo que habían desatado las proscripciones hacían de esta mujer una enemiga muy poco recomendable. Tras partir Octaviano y su esposo hacia Macedonia para enfrentarse a Casio y Bruto, nada se hacía en Roma sin su consentimiento y menos aún contra éste. Ni siquiera su cuñado Lucio Antonio se había librado de tener que contar con su aprobación para celebrar un triunfo al principio de su consulado (3).

Sin embargo Octaviano no era un hombre pusilánime. Él no se dejaría dominar en modo alguno ni permitiría a su suegra que lo convirtiera en un títere para gobernar a través de él. A pesar de no ser un hombre de un carácter tan fuerte como el de Marco Antonio, tenía una enorme determinación no menor que su inteligencia. Si a eso le unimos su orgullo tan propio de cualquier romano joven, dándose además la circunstancia de que era hijo adoptivo de César con todo lo que eso significaba para él, podemos llegar a la conclusión de que Fulvia había encontrado en su yerno a la horma de su zapato. Tan nefastas llegaron a ser las relaciones entre ambos que como era de esperar terminaron por romperse y Octaviano repudió a su esposa Claudia. Además, cuando la envió de vuelta con su madre le hizo saber a ésta que el matrimonio no había sido consumado. Poco le importaba lo que dijeran de él y de su virilidad (4) y para que a nadie quedara duda de lo que pensaba de su ex suegra y de su determinación de romper cualquier vínculo familiar que hubiera existido con ella, ratificó bajo juramento que Claudia seguía siendo tan virgen como el día que se casaron; un insulto que Fulvia jamás le perdonaría.

II. CRISIS

Al margen de sus problemas familiares, Octaviano se tenía que enfrentar a la complicada tarea de repartir las tierras de las ciudades entre los soldados como se había pactado un año antes. El Pueblo de Roma no estaba acostumbrado a la tiranía y por tanto no aceptaba con sumisión las decisiones de sus gobernantes que consideraba injustas. Como era de esperar, las ciudades seleccionadas no estaban nada contentas con la situación y pedían que, o bien se repartiera la carga entre toda Italia, o bien que las propias ciudades seleccionadas eligieran las tierras que se darían a los soldados y los antiguos propietarios fueran indemnizados.

Esta segunda opción hubiera sido la más sensata pero no había dinero suficiente para llevarla a cabo y pagar al ejército tenía carácter prioritario pues era la base real del poder del Triunvirato. Viendo los propietarios que tenían todas las de perder decidieron viajar a Roma en masa y comenzaron a frecuentar día tras día los foros y los templos quejándose de su situación y de la injusticia que se iba a cometer con ellos. La población de Roma se apiadó de ellos y se irritó contra Octaviano, quién por más que éste intentaba explicar que no le quedaba otro remedio no satisfacía a nadie con sus excusas.


Finalmente los soldados se percataron de que sus intereses estaban en peligro y decidieron acudir a las ciudades, escoger las tierras que preferían y expulsar a sus propietarios por la fuerza. La oposición de Octaviano no sirvió de nada. Los soldados sabían que los triunviros debían el poder a sus ejércitos y que los necesitarían para mantenerse en él una vez finalizaran los cinco años de su mandato. Por otro lado el ejército necesitaba también a los triunviros porque sabían que mientras estuvieran en el poder nadie les arrebataría lo que habían obtenido por la fuerza y sus privilegios en general serían mantenidos.

Consciente de que estaba condenado a entenderse con el ejército, Octaviano tuvo que hacerse el ciego ante los atropeyos que se cometían contra la población civil. Además, tomó a préstamo las riquezas de los templos más importantes de Italia y las ofreció a los soldados como generosas dádivas para ganarse su gratitud y hacerles ver que a él le debían sus privilegios. No sólo necesitaba tener al ejército de su lado, es que además temía que la situación se le fuese de las manos porque las actitudes de insubordinación de los soldados eran cada vez más frecuentes y escandalosas.

Lucio Antonio, Fulvia y Manio (5), habían tratado de retrasar el asentamiento de los veteranos en las colonias hasta que Marco Antonio llegara de las provincias orientales, para que el ejército no pensara que era a Octaviano al único que debían gratitud. No obstante, al percatarse de la impaciencia de los soldados por recibir lo que se les debía y temiendo que se pusieran en contra de ellos, optaron por exigir en su lugar que los líderes de las colonias que se iban a formar con los veteranos de Marco Antonio fueran elegidos entre los amigos y partidarios de éste.

Octaviano, agobiado por sus problemas terminó cediendo a las presiones y les concedió lo que pedían. Ocurrió entonces que los líderes de dichas colonias permitieron a sus soldados que cometieran fechorías aún mayores que las que ya se habían cometido contra la población civil. Las ciudades perjudicadas en particular y toda Roma en general sintieron entonces un mayor resentimiento por lo que ocurría culpando a Octaviano por consentirlo, mientras que los veteranos de Marco Antonio pensaban que debían sus privilegios a los líderes de sus colonias, que a su vez se debían a aquél. La popularidad de Octaviano iba en picado mientras sus enemigos se frotaban las manos.


Por otro lado, el hambre comenzaba a hacerse notar entre la población. La mayor parte de Italia no había sido cultivada desde hacía años debido a las guerras civiles y lo poco que se producía estaba destinado a los ejércitos. En cualquier caso su producción agrícola no era suficiente para alimentar a toda su población y dependía de las provincias de Sicilia y África. Con la cosecha de Sicilia se podía abastecer a Italia en un año bueno. Desde hacía casi dos siglos la isla se había convertido en el granero de Roma gracias a sus enormes latifundios explotados por esclavos. Cuando había un año de malas cosechas en Sicilia había que recurrir a la producción de la provincia de África para completar el abastecimiento. Sin embargo Octaviano no podía contar en ese momento con ninguna de las dos provincias. Sicilia estaba en posesión de Sexto Pompeyo (6) quién además controlaba también el mar con su flota y evitaba el abastecimiento de alimentos que pudiera llegar a Italia desde el sur y el oeste mientras que Ahenobarbo hacía lo mismo desde el este. Además en África había tenido lugar otra guerra (7) el año anterior, por lo que es posible que la cosecha tampoco fuera suficiente aunque hubieran tenido libre el acceso por mar.

Como no podía ser de otra forma, la carencia de alimentos generalizada fue aumentando cada vez más el descontento y la desesperación de la población. Robos y altercados violentos se hicieron habituales en toda Italia y el comercio se estancó debido a la inseguridad reinante, pues la generalización del bandidaje impedía la fluidez del intercambio de mercancías. Además, la carestía de alimentos hacía que sus precios se dispararan arrastrando a todos los demás, lo que disminuía la capacidad adquisitiva del pueblo así como la demanda de los otros bienes. La mayor parte de los actos delictivos no podían ser castigados porque eran demasiados y ya nadie respetaba a los magistrados ni había autoridad con poder en las ciudades que frenara la anarquía. Italia se sumía cada vez más en una situación caótica ante la que Octaviano poco o nada podía hacer obstaculizado continuamente por Lucio Antonio.

Cuando los propietarios de las tierras que habían sido expulsados por los soldados acudían a los hombres más importantes de Roma, Lucio Antonio era el único que los recibía con amabilidad prometiéndoles además su ayuda con la finalidad de ganárselos para su causa. Por esa razón no sólo Octaviano sino también los propios partidarios de Marco Antonio le reprochaban su actitud. Incluso Fulvia le echó en cara que actuaba contra los intereses de su hermano acusándole de pretender provocar una guerra. No obstante Manio, que estaba de acuerdo con Lucio Antonio, hizo ver a Fulvia que mientras Italia estuviera en paz su marido no volvería de Alejandría siendo la guerra el único medio de separarlo de Cleopatra...

Acostumbrada durante toda su vida a no consentir la más mínima oposición y menos aún entre las de su género, Fulvia debía ser sin duda extremadamente celosa. Más aún si tenemos en cuenta que Cleopatra era unos diez años más joven que ella. Herida en su condición de mujer y esposa ante los argumentos de Manio, Fulvia se convirtió desde entonces en la más firme partidaria de su cuñado Lucio, a quién incitaba permanentemente a la discordia con Octaviano. Así pues, tras hacerse fuertes en la ciudad de Preneste (Praeneste) que se convertiría en el centro neurálgico de su facción, ella y Lucio se dedicaron a difundir que las posesiones confiscadas a los proscritos eran suficientes para premiar a los soldados para que el descontento de las ciudades de Italia fuese en aumento. Por otro lado, tanto Lucio como los hijos de Marco Antonio no dejaban de acompañar a Octaviano cuando éste salía de Roma para asentar a los veteranos en las colonias y que de esa forma no se llevara todo el mérito de cara a los soldados. Octaviano no iba a tener un sólo segundo de paz mientras ellos pudieran evitarlo.

Foto: Praeneste

Vista de Praeneste, situada sobre las laderas de una alta colina, magnifica posición defensiva.

III. AUMENTAN LAS TENSIONES


En cierta ocasión en la que Octaviano envió a un cuerpo de caballería a la costa de Brutium para combatir a las tropas de Sexto Pompeyo que estaban atacando dicha región, Lucio Antonio creyó o fingió creer que la caballería había sido enviada contra él y corrió a pedir ayuda a las colonias de los veteranos de su hermano. Allí denunció la supuesta traición de Octaviano y se hizo con una guardia personal. Estas acusaciones fueron negadas por el triunviro, quién acusó a su vez a Lucio Antonio de querer provocar una guerra por su interés personal al margen de los intereses de su hermano. Viendo los oficiales del ejército que la discordia era grave y que podía llevar a consecuencias nefastas, decidieron llevar a cabo un arbitraje convocándolos a parlamentar en Teanum (8).

El cónsul y el triunviro acordaron allí una serie de puntos que debían cumplirse para llegar a un entendimiento. Parecía que el problema estaba solucionado pero como lo acordado tardaba en llevarse a cabo Lucio Antonio se reunió en Preneste con Fulvia y varios senadores y les confesó que desconfiaba de las intenciones de Octaviano y que temía por su propia seguridad, pues él había renunciado a su guardia personal como se acordó en Teanum mientras que Octaviano seguía contando con los pretorianos. Tanto Lucio Antonio como Fulvia estaban dispuestos a hacer regresar a Marco Antonio al precio que fuera y ambos le escribieron a Alejandría contándole sus versiones de los hechos.

Los oficiales del ejército y posteriormente los veteranos de César asentados en Ancona intentaron de nuevo que cónsul y triunviro llegaran a un acuerdo pero las posturas entre ambos eran cada vez más distantes. Lucio Antonio y sus partidarios estaban decididos a que hubiese guerra pues querían explotar el descontento generalizado para acabar con Octaviano y que Marco Antonio se hiciera con el poder. A Octaviano por su parte no le interesaba una guerra en ese momento pero se daba cuenta de las verdaderas intenciones de Lucio Antonio y Fulvia, por lo que no podía permanecer inactivo. A todos los intereses políticos había que unir además el odio personal que había entre Octaviano y Fulvia y los celos de ésta última hacia Cleopatra. La reconciliación era poco menos que imposible y cuando Lucio Antonio y los suyos no tenían excusas se las inventaban.

El hermano menor de Marco Antonio tenía bajo su mando directo a seis legiones que había reclutado al principio de su consulado (lo cual aclara bastante sobre sus intenciones desde un principio). Además contaba teóricamente con los ejércitos de las Galias cuyos generales eran hombres de Marco Antonio y habían reclutado más tropas de las que tenían asignadas tras la marcha de los dos triunviros a Macedonia para enfrentarse a Bruto y Casio. Octaviano tenía por su parte cuatro legiones veteranas en Capua, los hombres de su guardia pretoriana (cuatro mil) y otras seis legiones que había enviado a Hispania a las órdenes de Quinto Salvidieno Rufo, a quién ordenó regresar a Italia antes de que llegara a su destino.

En cuanto a la posibilidad de financiar una guerra a largo plazo la situación económica era dispar. Mientras Lucio Antonio contaba con los ingresos de las provincias asignadas a su hermano que estaban en paz, las de Octaviano estaban todas en guerra y no tenían comunicación directa con Italia, dado que el mar estaba dominado por las fuerzas republicanas y para llegar por tierra desde Hispania había que pasar por las Galias. Por ello tuvo que tomar "a préstamo" el dinero de los templos de Roma, Antio, Lanuvio, Nemos y Tíbur; pues en esa época ya casi nada se consideraba un sacrilegio.

Por otra parte, la población de Italia estaba dividida. Al margen de los que decidieron huir hasta Sicilia con Sexto Pompeyo, la mayor parte de las ciudades estaban del lado de Lucio Antonio. Él había sido el único que había socorrido a aquellos cuyas tierras fueron arrebatadas por el ejército y temían correr la misma suerte que las dieciocho seleccionadas en su día por los triunviros. Octaviano seguía contando con la fidelidad de sus veteranos pero estaba en una situación de clara inferioridad frente al cónsul. El resto de la población se decantaba por una facción u otra según sus propias conveniencias dado que eran conscientes de que no se trataba de una guerra contra una nación extranjera sino de un enfrentamiento personal entre sus gobernantes.


En cuanto al Senado, gran parte de éste estaba con Lucio Antonio gracias a la influencia de Fulvia y al resentimiento que había generado Octaviano, pues entre los senadores tampoco se habían librado de ser expropiados. Lucio Antonio era su única esperanza y la situación tan crítica por la que pasaba Roma les obligaba a autoengañarse y a creerse su supuesto republicanismo. Por otro lado, aún los que desconfiaban de sus intenciones siempre preferirían a Marco Antonio que una vez conseguido el poder se limitaría a entregarse a la buena vida y sería mucho más manejable que el heredero de César. Muchos de los que debían su puesto de senador a César seguían leales a Octaviano pues éste había heredado su clientela. No obstante, entre éstos habían también partidarios de Marco Antonio. Al igual que Italia, el Senado estaba dividido y era un mar de confusión.

Por si Octaviano no tenía aún suficientes problemas, el republicano Ahenobarbo al mando de una flota de setenta barcos y contando con dos legiones y auxiliares de infantería ligera, se dedicó a atacar las ciudades de la costa adriática de Italia. Con mucha más iniciativa que Sexto Pompeyo (no hay pruebas de que se aliara con Lucio Antonio) quiso sacar partido de la situación en Italia y de haber contado con un ejército mayor o haberse entendido con el amo de Sicilia las cosas hubieran sido muy diferentes de como fueron. Al llegar a Brindisi, Ahenobarbo se apoderó de varias trirremes, incendió otras y obligó a los habitantes de la ciudad a refugiarse tras sus murallas mientras sus tropas saqueaban la zona. Octaviano sólo pudo enviar una legión para auxiliar a Brindisi y ordenó que se comenzaran a reclutar tropas por toda Italia. Lucio Antonio también había enviado delegados para aumentar sus efectivos militares y fueron frecuentes las emboscadas y escaramuzas entre éstos y los enviados por el triunviro.

Como último intento de evitar la guerra, Octaviano convocó a senadores y caballeros y les hizo saber que aquella sería inevitable y traería gravísimas consecuencias para Roma. Por ello les sugirió que se dirigieran a Preneste e hicieran llegar a Lucio Antonio sus quejas a título personal para evitar el desastre. Así lo hicieron algunos pero todo fue en vano porque sólo recibieron excusas de Manio y Lucio Antonio quienes culpaban de todo a Octaviano. Llegaron incluso a alegar que la legión que Octaviano había enviado a Brindisi estaba allí para evitar el desembarco de Marco Antonio, pues estaban dispuestos a agarrarse a un clavo ardiendo antes de acceder a las peticiones de paz. La decisión estaba tomada desde mucho antes y la inevitable guerra iba a comenzar de un momento a otro.

IV. ESTALLA LA GUERRA


Las primeras espadas no chocaron en Italia. Sextio (legado de Marco Antonio) tras haber derrotado a Cornificio en África había entregado estas provincias a Fuficio Fango (legado de Octaviano) por orden de Lucio Antonio. Sin embargo cuando las tensiones aumentaron Lucio volvió a ordenar a Sextio se hiciera de nuevo con la provincia y al negarse Fango a ceder el mando estalló una guerra en la que éste último sería derrotado un año después y se suicidaría. Por otro lado Lucio Antonio había convencido al rey Bocco de Mauritania para que declarara la guerra a Carrinas, legado de Octaviano en Hispania, para que éste no pudiera amenazar las provincias de las Galias ni enviar refuerzos a Octaviano.

En Italia no habían comenzado aún los combates cuando en la ciudad de Alba Fucens dos legiones del ejército de Lucio Antonio se rebelaron contra sus oficiales y los expulsaron de la ciudad. Al enterarse de ello, Octaviano dejó Roma al mando de Lépido con dos legiones y se dirigió hacia allí con sus cohortes pretorianas para intentar atraer a su causa a los amotinados y hacerse con el control de la ciudad sublevada. No obstante Lucio Antonio se le anticipó y antes de que desertaran al enemigo consiguió retener a las dos legiones gracias a sus promesas y a una gran suma de dinero.
Mapa: Despliegue inicial de fuerzas (Octaviano contra Lucio Antonio)
Al no poder atraerse a las legiones de Alba Fulcens, Octaviano se dirigió hacia la ciudad de Nursia e intentó tomarla sin éxito. Consiguió derrotar a los Sabinos que estaban a favor de Lucio y tomar la fortaleza que estaba próxima a la ciudad pero no pudo hacerse con ésta porque fue rechazado por Tisieno Galo. La razón de que Octaviano intentara hacerse con ciudades en esa zona era para controlar los puntos de paso por los que pudieran llegar refuerzos a Lucio Antonio, dado que la mayor parte de las regiones de Italia, dominadas por sus terratenientes locales, estaban del lado de su enemigo.


No se trataba sólo de un enfrentamiento entre Octaviano y Lucio Antonio o entre los partidarios del primero contra los del hermano de éste. También estaban en juego los intereses de los grandes y medianos propietarios de toda Italia contra un proletariado voraz (el ejército) al que temían porque el poder de las armas y el respaldo de Octaviano les permitían vengar agravios del pasado. Por otro lado volvía a reaparecer el viejo fantasma de la Guerra Social. Una vez más las ciudades de distintas regiones de Italia iban a ver perjudicadas por decisiones arbitrarias del gobierno de Roma y por ello no dudaron en unirse a Lucio Antonio para defender sus propios intereses.

Poco después de fracasar en su intento de tomar Nursia, Octaviano recibió noticias de que Cayo Furnio, al mando de un ejército recién reclutado en las colonias del Piceno y Umbría (donde se había asentado a parte de las legiones de Marco Antonio), se dirigía al encuentro de Lucio Antonio en Preneste para unirse a él. El triunviro, que estaba situado al norte del territorio sabino le atacó por la retaguardia y lo puso en fuga hacia el norte. Cuando ya estaba cerca de la ciudad de Sentinum, Furnio se refugió en una colina y por la noche se adentró en la citada ciudad con parte de su ejército. Octaviano, que no se atrevió a continuar la persecución al caer la noche por temor a una emboscada, prosiguió la misma al día siguiente y sitió tanto el campamento del ejército enemigo como la ciudad de Sentinum.

Mientras todo esto ocurría, Lucio Antonio, aprovechando la ausencia de Octaviano, marchó sobre Roma con su ejército desde Preneste. Antes de llegar, envió una avanzadilla de tres cohortes que se introdujeron en la ciudad durante la noche. Una vez se presentó allí con el resto de su ejército al día siguiente y Nonio, encargado de la vigilancia de las puertas de la ciudad, no tuvo más remedio que entregarle el mando de las guarniciones destinadas a defender la misma sin oponer resistencia, pues previamente las tres cohortes enviadas por Lucio se habían hecho con el control de la ciudad y Lépido se había visto obligado a huir.

Ya en Roma, Lucio se ganó al pueblo haciendo demagógicas promesas sobre la restauración de la República y echando la culpa a Octaviano y Lépido de la mala situación que se vivía en ese momento. Les vendió además el cuento de que Marco Antonio dimitiría como triunviro a cambio del consulado para de esa manera acabar con el Triunvirato que era (según él) la causa de todos los males de Roma. Como era de esperar la población, acuciada por el hambre, se creyó lo que se les decía pues cuanto más desesperada es una situación mejor abonado está el terreno para los demagogos.

Una vez ganada Roma para su causa, Lucio partió por la Vía Casia hacia la Etruria meridional donde habían sido asentados parte de las legiones de Marco Antonio. Allí reclutó tropas y ordenó que fortificaran las ciudades de la zona dada su importancia estratégica. Sin embargo no todo le iba tan bien como esperaba. Barbatio, un ex cuestor de Marco Antonio que éste había enviado de vuelta a casa por su mala relación con él, estaba resentido contra su general y por ende contra Lucio que se suponía que defendía los intereses de su hermano. Tras marcharse el cónsul a Etruria, Barbatio se dedicó a difundir por toda Roma el bulo de que Marco Antonio no apoyaba lo que estaba haciendo su hermano y que estaba enfurecido con él y con los que luchaban contra Octaviano. Muchos que creyeron esas mentiras desertaron de la facción de Lucio Antonio y Roma volvió a encontrarse dividida.

En esos momentos Quinto Salvidieno Rufo llegaba de la Galia con sus seis legiones y avanzaba hacia la Italia central perseguido por Publio Ventidio y Cayo Asinio Polión, generales de Marco Antonio. A Lucio Antonio no le interesaba que Salvidieno uniera a su ejército con el de Octaviano por lo que decidió ir a su encuentro e interceptarle antes de que llegara a Sentinum para que de ese modo quedara atrapado entre sus tropas y las de Ventidio y Asinio. Marco Vipsanio Agripa, que llegaba a Roma desde Capua con cuatro legiones veteranas de Octaviano, se percató de las intenciones de Lucio. Las seis legiones de Salvidieno eran de vital importancia para la guerra por lo que para evitar que fueran rodeadas tomó por un rápido asalto la ciudad de Sutrium con la finalidad de atraer a Lucio hacia su posición. Esta ciudad, situada en el sur de Etruria y un poco más al norte de Roma, era de gran importancia estratégica. Desde allí Agripa y su ejército amenazaban al resto de las ciudades de Etruria, a la propia Roma y a todo ejército que acudiera a ésta para unirse al cónsul.

Foto: Sentinum

Sentinum

 

La idea de Agripa funcionó a la perfección y Lucio Antonio se vio obligado a dirigirse hacia Sutrium para sitiarle y a abandonar la idea de cortar el paso a Salvidieno. Éste consiguió llegar finalmente hasta Sentinum y unió sus tropas a las de Octaviano. Al llegarle la noticia de que Lucio Antonio se había apoderado de Roma, Octaviano dejó a Salvidieno sitiando Sentinum y se dirigió a Roma por la Vía Flaminia con sus cohortes pretorianas, pues como hijo adoptivo de César esperaba ganarse a la población de Roma sin luchar ya que el fallecido dictador tenía el apoyo mayoritario de todas las clases sociales romanas menos de la primera. Cayo Furnio salió entonces de la ciudad en persecución de Octaviano pero no logró darle alcance y entablar combate. Mientras tanto Salvidieno aprovechó la marcha de Furnio y de sus tropas para tomar Sentinum que fue saqueada e incendiada. Nursia, al conocer el destino de Sentinum se rindió a Salvidieno sin luchar y éste, tras dejar una guarnición allí se dirigió hacia Sutrium para auxiliar a Agripa.

Mientras Octaviano se volvía a hacer con el control de Roma sin necesidad de presentar batalla, Lucio Antonio, al tener noticia de que Salvidieno avanzaba hacia su posición decidió huir hacia el norte con su ejército, pues temía quedar acorralado entre aquél y Agripa estando además en inferioridad numérica (cinco legiones contra diez). Había perdido su ventaja y no le quedaba otro remedio que ir al encuentro de Ventidio y Asinio para unirse a ellos con lo que pudiera salvar de su ejército. Agripa y Salvidieno lo persiguieron con sus respectivos ejércitos e intentaron acorralarlo sin éxito. Cuando Lucio Antonio estaba cerca de la ciudad de Perusia (Etruria oriental cerca de Umbria), ya fuera por cometer el error de no seguir avanzando hacia el norte o porque se vio obligado por las circunstancias, decidió acampar allí a la espera de que llegaran Ventidio y Asinio desde la Galia.

Mapa: Guerra de Perusia, primeras operaciones.

Ello dio tiempo a Agripa y Salvidieno para cercarlo en su posición. Tras ésto, Octaviano se unió a ellos con su guardia pretoriana e hizo llamar a todos los efectivos de los que disponía para que se sumaran al cerco. Habían conseguido acorralar al comandante en jefe del ejército enemigo y hacer de la ciudad de Perusia el centro neurálgico de una guerra que podía haber salido mucho más cara a Italia de lo que al final resultó. Lucio Antonio, viendo que estaba rodeado por todas partes y en inferioridad numérica, decidió no presentar batalla ni proseguir su avance. Ordenó a Manio que se dirigiera a la posición de Ventidio y Asinio para que los apremiara a llegar en su ayuda y puso a Tisieno Galo al frente de cuatro mil jinetes para que intentara saquear las provisiones del ejercito de Octaviano y obligarle así a levantar el sitio. Él por su parte entró en Perusia, que estaba ubicada sobre una colina y fuertemente fortificada, y se quedó allí para esperar la llegada desde el norte de los generales de Marco Antonio.

Octaviano y sus generales, ante la dificultad de asediar la ciudad prefirieron rendirla por hambre. Tras mandar a un contingente de tropas hacia el norte para que entretuvieran a los generales de Marco Antonio cuando llegaran, Octaviano ordenó construir una empalizada y un foso alrededor de Perusia formando una circunvalación con un perímetro de cincuenta y seis estadios (poco más de diez kilómetros) y ordenó extender ramales por el Tíber para que no se pudiera introducir nada en la ciudad. Lucio Antonio, que esperaba optimista la llegada de los generales de su hermano, ordenó construir otra empalizada y otro foso en la base de la colina sobre la que estaba situada la ciudad. Ignoraba que Ventidio y Asinio no sabían qué hacer porque ambos eran contrarios a esa guerra, no conocían la opinión de Marco Antonio sobre la misma y ninguno de los dos quería ceder el mando al otro.

V. EL SITIO DE PERUSIA

Estando así las cosas, tuvo que ser la enérgica Fulvia la que diera un poco de cohesión a la facción de Lucio Antonio. Junto con Manio, logró convencer finalmente a Asinio y a Ventidio para que acudieran a Perusia a socorrer a su cuñado, pero Caleno que con sus once legiones veteranas hubiera sido decisivo continuó inactivo. Por otro lado ella misma reunió otro ejército más entre los veteranos de Marco Antonio y ordenó a Lucio Munacio Planco que acudiera igualmente a Perusia para hacérselo llegar a su cuñado.

Mientras Ventidio y Asinio se dirigían desde el norte hacia Perusia, Planco interceptó a una legión de Octaviano que acudía a sitiar la ciudad y acabó con ella. Una vez se empezaron a acercar a Perusia los ejércitos que venían a auxiliar a Lucio Antonio, les salió al paso el de Octaviano y Agripa. Los generales de Marco Antonio no avanzaban con decisión ni estaban compenetrados unos con otros como consecuencia de que carecían de un líder. Contaban con un total de trece legiones y seis mil auxiliares de caballería, pero era un ejército acéfalo dirigido por tres generales que seguían sin ponerse de acuerdo en quién debía asumir el mando. Ni siquiera eran capaces de coordinar un ataque por no confiar unos en otros y tampoco estaban seguros
Foto: Perusia, puerta antigua (con arco etrusco)
de estar haciendo lo correcto. En la otra facción el liderazgo de Octaviano era indiscutible. Agripa y Salvidieno eran hombres de oscuros orígenes que le debían su prosperidad, hecho que lo convertía en su líder natural pese a no ser un gran militar.
Perusia
Perusia, plano del siglo XVIII, no mucho mas extensa que la ciudad Clásica.

 

Como consecuencia de sus indecisiones, Ventidio, Planco y Asinio no presentaron batalla y se retiraron a distintas ciudades porque ni para eso se ponían de acuerdo. Asinio se dirigió a Rávena, Ventidio a Ariminium y Planco a Spoletium (al norte de Umbría). Octaviano puso un ejército frente a cada ciudad ciudad y volvió a Perusia con el resto de sus tropas para proseguir el sitio. Tras volver al cerco de Perusia y aprovechando la inactividad del enemigo, ordenó que reforzaran las construcciones, aumentaran la anchura y profundidad del foso, elevaran la altura de los muros y que colocaran a lo largo de ella un total de mil quinientas torretas de madera. Además hizo construir almenas y otros dispositivos hacia dentro y hacia fuera de la ciudad, de modo que

sirvieran tanto para repeler un ataque de los sitiados como de los refuerzos que pudieran llegar a éstos desde el exterior. Al mismo tiempo que se hacían estas construcciones se realizaban escaramuzas y combates entre ambos ejércitos sin que en ningún momento pudieran los soldados de Lucio Antonio romper el bloqueo ni impedir que se terminaran los trabajos.

En poco tiempo se fueron acabando las provisiones que había en Perusia y el hambre hizo acto de presencia. Lucio intentó en varias ocasiones salir con su ejército y plantar cara a los sitiadores pero al final siempre eran rechazados porque Octaviano había ordenado reforzar la vigilancia por todas partes aprovechando la superioridad numérica de su ejército. No obstante el tiempo no corría totalmente en favor del triunviro porque el hambre también estaba presente en el resto de Italia y no había tropas suficientes para mantener el orden. En Roma, la plebe estaba harta de la situación y viendo que el poco trigo que había estaba fuertemente custodiado por los soldados, a quienes iba destinado, se dedicaron a maldecir en público a la guerra y saquearon las casas de la ciudad en busca de alimentos. Si Lucio se hubiera asegurado una alianza con Sexto Pompeyo o éste se hubiera decidido a atacar por cuenta propia en esos momentos, la situación hubiera sido tremendamente complicada para Octaviano.

Ventidio, Asinio y Planco se avergonzaron de que Lucio estuviera en esa situación por su falta de actividad y coordinación. Por ello decidieron salir de las ciudades y dirigirse hacia Perusia para intentar romper su aislamiento. Las tropas que estaban destinadas a retenerles les atacaron sin conseguir impedir su avance pero cuando Agripa y Salvidieno se dirigieron contra ellos con la mayor parte del ejército de Octaviano, temieron verse rodeados y se retiraron hacia la fortaleza de Fulginium, situada a unos ciento cincuenta estadios (unos veintiocho kilómetros) de Perusia y fueron sitiados allí por Agripa. Los tres generales seguían sin saber que hacer. Mientras Ventidio y Asinio eran partidarios de luchar, Planco opinaba que era mejor aguardar acontecimientos porque si salían de la fortaleza se arriesgaban a ser rodeados por los ejércitos enemigos. Al final permanecieron inactivos, posiblemente por no llegar a un acuerdo entre ellos más que por prevalecer la opinión de Planco. La carencia de un líder en su facción estaba siendo decisiva para la guerra.

Lucio Antonio intentó forzar el cerco en varias ocasiones más sin éxito. Finalmente, viendo las penosas condiciones en que estaba su ejército y la ciudad debido al hambre y a las continuas derrotas que habían sufrido, empezó a considerar la posibilidad de una rendición. Las cosas estaban tan mal que tuvieron que dejar de alimentar a los esclavos y cuando muchos de estos morían de hambre tras estar días y días deambulando en busca de algo que llevarse a la boca, los enterraban en fosas comunes. El tiempo pasaba lentamente y ni habían podido romper el cerco ni llegaban los auxilios desde el exterior. Al empezar a hacerse frecuentes las deserciones en su ejército, dado que Octaviano había ordenado tratar con benevolencia a los que huían, terminó por decidirse. El cónsul temía que de prolongarse la situación sus soldados terminaran amotinándose y entregándole a Octaviano. Al percatarse de que la resistencia era inútil decidió establecer negociaciones y finalmente llegó la rendición (9).

Los principales enemigos de Octaviano que se habían unido a Lucio Antonio y los miembros del Consejo de la ciudad de Perusia fueron ejecutados (10) mientras que Lucio Antonio, de momento, fue perdonado porque vivo era más útil para el triunviro. Perusia fue pasto de las llamas en su totalidad salvo el Templo de Vulcano y una estatua de Juno (11) que sería llevada a Roma por orden de Octaviano. Fue el final de la larga historia de esta ciudad que había sido una de las doce principales de los etruscos. No mucho después sería reconstruída con el nombre de Colonia Vibia Augusta cuyo dios titular fue Vulcano. A día de hoy es conocida como Perugia.

VI. SITUACIÓN TRAS LA GUERRA


Después de la rendición de Perusia; Ventidio, Asinio y Planco no le vieron sentido a continuar la guerra que Lucio Antonio había empezado y en la que nunca quisieron implicarse. Planco abandonó a sus tropas que eligieron a Ventidio como general y huyó de Italia por su cuenta. Asinio se dirigió con sus siete legiones hacia el nordeste de Italia y retuvo la región del Véneto en favor de la facción de Marco Antonio. De los movimientos de Ventidio no existen datos. Posiblemente ayudara a Asinio a controlar algunas de las ciudades de la costa nororiental de Italia. Sólo con un ejército tan poderoso como el que resultaba de la suma de las tropas de Asinio y Ventidio se entiende que las ciudades de esa zona siguieran leales a Marco Antonio sin que Agripa pudiera hacer nada por evitarlo.

Asinio consiguió además atraer a Ahenobarbo (que posiblemente controlaba algunas ciudades costeras de la zona) hacia la facción de Marco Antonio junto con su flota de más de setenta barcos de guerra y las tropas con las que contaba. Ambos escribieron a Alejandría para dar noticia a su general de todo lo que había sucedido y de que estaban preparando varios lugares para que pudiera desembarcar en Italia donde también esperaban Ventidio y Caleno.

El resto de los republicanos y partidarios de Marco Antonio que habían apoyado a su hermano Lucio se retiraron en direcciones diferentes hacia las ciudades costeras. Unos se dirigieron al este (Rávena) y otros hacia el suroeste (Brindisi y Tarento) para escapar hacia Grecia. Otros en cambio decidieron huir hacia Sicilia para unirse a Sexto Pompeyo. Octaviano, queriendo sacar partido de su desunión, los hizo seguir por sus hombres quienes les proponían la paz mientras les acosaban sin presentarles batalla. Sin embargo sólo Agripa consiguió que dos legiones de la otra facción desertaran a él. El resto permanecieron leales a sus generales, pues pese a la derrota de su hermano y la adversidad de las circunstancias, el nombre de Marco Antonio seguía teniendo un grandísimo prestigio entre los soldados.

Fulvia y sus hijos huyeron desde Preneste hacia Puteoli desde donde fueron escoltados por Planco y tres mil jinetes hasta Brindisi. Allí subieron a uno de los cinco navíos de guerra que había enviado Censorino desde Macedonia y zarparon en rumbo a Grecia. También consiguieron salvarse algunos de los principales aliados de Lucio Antonio como fueron los casos de Cayo Furnio, Tisieno Galo o Tiberio Claudio Nerón (12) junto a su esposa Livia Drusila y su hijo de dos años (13).

Octaviano por su lado tampoco se quedó de brazos cruzados. La mayor parte de las ciudades que se oponían a él no opusieron resistencia tras la rendición de Perusia pero aún no se sabía si Marco Antonio declararía la guerra o si preferiría llegar a un acuerdo, razón por la que no atacó a los generales de Marco Antonio ni a las ciudades que controlaban. En cualquier caso, Caleno, que estaba al mando de once legiones cerca de los Alpes y era junto con Ventidio el hombre más leal a Marco Antonio, suponía un serio peligro que no pensaba dejar a sus espaldas. Por ello Octaviano se dirigió a encontrarse con él y atraerse a ese numeroso ejército. Lo cierto es que quiso el azar (o tal vez por circunstancias que no conocemos), que Caleno muriera antes de que Octaviano se presentara allí. El hijo de Caleno, que llevaba su mismo nombre, no se atrevió a luchar contra Octaviano tras morir su padre y le cedió el mando de sus once legiones de veteranos.

Foto: Octaviano

Octaviano. Museo Arqueológico de Estambul (foto Satrapa1).

Octaviano, sin demasiadas complicaciones se hizo entonces con el control de las provincias de Marco Antonio en occidente y después de nombrar a sus propios gobernadores y repartir a sus legiones regresó a Roma (14). Salvidieno quedó al mando de la Galia y Lucio Antonio de Hispania. Éste último era más un prisionero que un gobernador, pues sus lugartenientes que eran los anteriores gobernadores de las dos provincias hispanas y hombres leales a Octaviano tenían orden de vigilarlo. Tras su nombramiento como gobernador de Hispania del hermano menor de Marco Antonio no se sabe nada más. Las circunstancias de su muerte también nos son desconocidas....

En menos de un año la difícil situación de Octaviano en Italia había dado un giro importante. La habilidad de Marco Vipsanio Agripa y la falta de entendimiento entre los generales de Marco Antonio; habían traído como consecuencia un cambio en el equilibrio de poder en el mundo occidental romano. Sin embargo Octaviano sabía que aún no estaba todo ganado y que había que sacar partido a la victoria. Marco Antonio no se iba a quedar de brazos cruzados cuando se enterara de lo ocurrido y aún estaba pendiente de resolverse la caótica situación en la que se encontraba Italia. No le convenía una guerra con Marco Antonio en ese momento del mismo modo que tampoco la hubiera querido un año antes. Además, seguramente le habrían llegado noticias de la invasión pártica y sabía que lo mejor para Roma era formar un frente común con aquél para que se encargara de los problemas en oriente mientras él hacía lo propio con los de occidente. No obstante, si al final tenía que luchar lo haría hasta el final con la misma determinación que lo había hecho hasta el momento.



Fin del tercer capítulo

IV El regreso de Marco Antonio



Notas..

1.Sin embargo no tomó posesión de la misma hasta más de un año después debido a los sucesos que iban a ocurrir.Volver

2. La Lex Voconia era un plebiscito del año 169 a.C que impedía a las mujeres ser instituídas como herederas por ciudadanos de la primera clase salvo que se tratara de vestales. Con el paso del tiempo su aplicación fue cayendo en desuso, pero formalmente no fue abolida hasta la época de Justiniano. Este tipo de excepciones al cumplimiento de la citada norma no eran frecuentes aún en aquella época, pero se conocen otros casos como el de la madre de Fulvia (Sempronia), el de su bisabuela (Cornelia) o el de la esposa de Cicerón (Terencia)Volver

3. Lucio Antonio, que llegó a ser cónsul gracias a su hermano, había querido comenzar su mandato celebrando un triunfo por todo lo alto por haber derrotado a un pequeño pueblo de los Alpes. Lo cierto es que en circunstancias normales ni siquiera hubiera merecido uno normal. Mientras Fulvia se negó a concedérselo no tuvo nada que hacer, pero en cuanto su cuñada cambió de idea el Senado lo consintió y pudo celebrarlo con la misma ostentación que si hubiera derrotado a los Cimbrios y a los Teutones sesenta años antes.Volver

4. Octaviano era en su juventud un hombre de aspecto aniñado y bien parecido. Por lo general en la Roma de la época a quienes eran así sus enemigos los acusaban de homosexuales por tener una apariencia considerada poco viril. Sabemos por Suetonio que Sexto Pompeyo lo tenía por afeminado, Marco Antonio lo acusaba de haber comprado la adopción de César a cambio de "determinados favores" y Lucio Antonio de haber hecho lo mismo con Hircio a cambio de trescientos mil sextercios. Octaviano nunca pareció preocuparse por tales acusaciones y pese a toda la legislación que promulgaría años después para restablecer la institución del matrimonio y la moralidad de la sociedad, ni sus mejores amigos negaban que fue uno de los mayores adúlteros de su época. Volver

5. Era el administrador de los negocios de Marco Antonio y posiblemente amigo de Fulvia. Volver

6. Sexto Pompeyo era el hijo menor de Pompeyo el Grande. Tras derrotar César a su hermano Cneo y a Tito Labieno en la batalla de Munda, huyó de Hispania y al frente de los barcos de la escuadra republicana se dedicó a la piratería. Con el tiempo los antiguos soldados de su padre y otros enemigos de César se unieron él y consiguió hacerse con una fuerza naval importante. César envió contra él a Carrinas y posteriormente a Asinio pero no consiguieron derrotarle. Tras la muerte del dictador, el Senado concedió a Sexto, a instancia de Marco Antonio, el mando de la flota romana además de una indemnización por la pérdida de las propiedades de su padre. Durante el segundo Triunvirato se hizo con Sicilia y se convirtió en la cabeza de la resistencia republicana. Gran parte de los republicanos, proscritos y demás descontentos con el Triunvirato se exiliaron en Sicilia y se unieron a él. Tras Filipos, las fuerzas navales de Casio y Bruto, que estaban dirigidas por Murco y Ahenobarbo no llegaron a ser derrotadas y mientras el primero se dirigió a Sicilia para unirse a Sexto, el segundo prefirió hacer por su cuenta la guerra al Triunvirato.Volver

7.Tras el reparto de las provincias, cuando se constituyó el Triunvirato, Sextio que gobernaba el África Nova reclamó en nombre de Octaviano la provincia del África Vetus. Cornificio, que era republicano y estaba al mando de ésta última se negó a cederla y estalló una guerra en la que finalmente Sextio vencería. Volver

8. Según Apiano fue por iniciativa de los propios oficiales y según Dion Casio a instancias del propio Octaviano, quién temía que estallara una guerra porque Ventidio y Caleno (generales de Marco Antonio) habían bloqueado en el paso en los Alpes a las seis legiones de Salvidieno que Octaviano había enviado a Hispania para hacerse con el control efectivo de las provincias que le correspondían. Es muy posible que Octaviano viéndose entre la espada y la pared quisiera, si no llegar a un entendimiento al menos aliviar las tensiones con sus enemigos hasta donde fuera posible. El encuentro debió tener lugar en el verano del 41 a.C. Volver

9. A finales de Febrero o principios de Marzo del año 40 a.C. Volver

10. Existen discrepancias en las fuentes sobre el trato que dio Octaviano a los vencidos. Según Apiano y Livio (Periocas) entre otros, Octaviano se mostró benevolente con los soldados que lucharon contra él y con los habitantes de Perusia pero fue implacable con sus enemigos personales y con los gobernantes de la ciudad a los que ordenó ejecutar. Según otros como Dion Casio o Suetonio, Octaviano no perdonó a nadie e hizo aniquilar al ejército enemigo y a los habitantes de Perusia, mientras que Veleyo se muestra ambiguo al respecto. Personalmente me inclino por la versión apianea que es, entre otras cosas, la mejor documentada. Octaviano era un hombre al que no le temblaba la mano para firmar una sentencia de muerte pero no ganaba nada haciendo matar a tantos soldados que podían servirle vivos. Ya fuera por su propia iniciativa o por las presiones de su ejército me inclino a pensar que sólo acabó con la vida de los miembros del Consejo de la ciudad y de sus enemigos personales más poderosos. Según Dion Casio, Suetonio y Séneca se llevó a cabo una hecatombe con trescientos senadores y caballeros que fueron inmolados en un altar erigido en honor a César durante los Idus de Marzo. En mi opinión son exageraciones.Volver

11. De nuevo se dividen las versiones. Según unas (Apiano, Livio y Veleyo), antes de que Octaviano entregara la ciudad a los soldados para que la saquearan, Cestio Macedónico, uno de los hombres principales de la ciudad, prendió fuego a su casa y se arrojó en él. El incendio se extendió a toda la ciudad que quedó destruida. Según las segundas el propio Octaviano ordenó que la quemaran tras el saqueo y la matanza de sus habitantes y del ejército enemigo.Volver

12. Que había encabezado un levantamiento en Campania contra Octaviano.Volver

13. El futuro emperador Tiberio, sucesor de Augusto.Volver

14. Estos sucesos ocurrieron en verano del año 40 a.C.Volver

 


© 2004 Carlos Javier Pacheco López
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