MARCO ANTONIO Y LA INVASIÓN PÁRTICA (41-38 A.C.)

A finales del año 42 a.C. la República romana recibía una herida mortal en Filipos. Sin embargo a nadie se le escapaba que la estabilidad que parecían traer los vencedores no podía durar. Estos dos hombres, que se despreciaban mutuamente, debían acometer en ese momento la enorme tarea de reorganizar el mundo romano tras años de guerras civiles. Aún estaba por ver cual de ellos se haría con el poder al final y el papel que desempeñarían en esa lucha los últimos republicanos. No obstante, un peligro aún mayor amenazaba a Roma en ese momento. Más allá del Eúfrates, un poderoso enemigo acechaba desde la sombra esperando el momento oportuno para atacar...


PARTE IV: EL REGRESO DE MARCO ANTONIO

 

I. MARCO ANTONIO EN ALEJANDRÍA


Mientras Labieno y Pacoro atacaban las provincias romanas orientales y en Italia se libraba una guerra civil, Marco Antonio vivía en una nube. Le habían llegado las cartas de su mujer y de su hermano contándole como estaba la situación en Italia antes de que estallara la guerra (1) pero no habían conseguido causarle la suficiente impresión como para hacerle abandonar su jaula dorada. En dicha correspondencia le llegaban noticias de la creciente enemistad de Fulvia y Lucio Antonio con Octaviano y de que éstos temían por su propia seguridad. Posiblemente pensó Marco Antonio que se trataba de exageraciones pues ni sus generales ni sus veteranos consentirían que les pasara nada. Además Fulvia le había hecho llegar que tenía miedo de Lépido quién no era lo suficientemente importante como para atreverse a intentar algo contra él. Por lo pronto había decidido pasar el invierno en Alejandría y no tenía pensado regresar a Roma hasta la primavera. Hasta entonces que se apañaran los mortales con sus problemas y dejaran en paz al dios Baco.

Marco Antonio era hedonista por naturaleza. Incapaz de ser previsor y pensar en el futuro a largo plazo se limitaba a vivir en el presente y a disfrutar de él lo más que podía. Le gustaba verse a si mismo como un dios; la encarnación de Baco y al mismo tiempo descendiente de Hércules, si bien lo más probable es que fuera consciente de que no lo era. Por lo general muchas personas recurren a fantasías para escapar de sus problemas, pero en su caso había algo más y es que las vivía. Siempre que podía procuraba que su forma de vestir y su apariencia externa en general se correspondiera con los mitos que pretendía encarnar sin importarle lo que pensaran de él, ya que o no tenía sentido mucho del ridículo o carecía de este por completo.

Todo esto podría llevarnos a la conclusión de que se trataba de un loco o un estúpido. En mi opinión no era ninguna de las dos cosas. Siempre es arriesgado hacer este tipo de afirmaciones y más aún cuando se trata de personas que vivieron hace más de dos mil años. Aún así me atrevo a decir que toda esa línea de conducta fue consecuencia de una infancia que le marcó tras la muerte de su padre. Sabemos que éste, Marco Antonio Crético, había sido un don nadie en la vida pública pero también era conocido por bondad y rectitud. De su madre Julia se decía que competía en bondad y honestidad con las más renombradas matronas de su época. Sin embargo su elección de marido tras quedarse viuda no debió ser la más acertada. La falta de una figura paterna más recomendable que la de Publio Cornelio Léntulo, que sería ejecutado por su implicación en la Conjura de Catilina, llevaría a Marco Antonio a hacer amistades como la de Cayo Escribonio Curión, con quién conocería un estilo de vida de diversión y derroche que le hacían olvidarse de sus problemas en vez de afrontarlos y que a la larga lo endeudó hasta las cejas.
Marco Antonio

Todas esas fantasías que seguía viviendo como si fuera un niño cuando ya pasaba de los cuarenta años eran posiblemente la vía de escape de sus problemas a los que nunca encontró solución porque no le enseñaron a afrontarlos. Su conocida afición a la bebida es tal vez un indicio de ello, pues por lo general, cuando alguien bebe más de la cuenta, su problema no suele ser tanto el alcohol como lo que le impulsa a cometer ese exceso. En cualquier caso y aunque pueda parecer extraño, ese estilo de vida tenía también su lado positivo. El hecho de tener que pagar tantas deudas le obligaban a desarrollar su inteligencia para salir de las situaciones tan complicadas en las que se veía inmerso. Cuando se trataba de sus intereses personales Marco Antonio no era ningún tonto. Posiblemente fuera tan inteligente como Octaviano o incluso más, dado que era veinte años mayor que éste. Sin embargo su impulsividad, su hedonismo y su falta de previsión a largo plazo le impedían centrar su vida de la forma que hubiera debido. Por otro lado era consciente de que para mantener ese estilo de vida que anhelaba requería de unos ingresos y para ello era necesario progresar en la vida pública hasta donde fuera necesario.

Durante su estancia en Alejandría, Cleopatra lo tenía como a un dios en el paraíso y no dudaba en entretenerlo con todo tipo de juegos y diversiones. Era la reina del país más rico del mundo conocido y podía permitirse todo el despilfarro que quisiera porque año tras año seguiría teniendo altísimos ingresos y su poder como faraona era por tradición incontestable para sus súbditos egipcios (aunque no como reina para los alejandrinos). Cayo Casio cuando dominaba Siria y Craso muchos años antes habían pretendido la anexión de Egipto a Roma ambicionando sus riquezas, pero diversas circunstancias lo habían impedido. La reina era consciente de que tanto su supervivencia como la de su dinastía dependía de sus buenas relaciones con Roma y tan excelentes eran en ese momento que Marco Antonio la dejó embarazada de gemelos.

El hijo que había tenido con César había permitido a la reina mantener la independencia de su país hasta cierto punto en un momento histórico en el que Roma necesitaba de sus riquezas para rehacerse tras la guerra civil. César no tocó las riquezas de Egipto porque aunque su hijo no era legítimo desde el punto de vista romano tampoco lo quería despojar del legado que por nacimiento le correspondía. Por otro lado, según la tradición, los Ptolomeos de Alejandría debían desposarse con sus hermanas y a ser posible que éstas llevaran su misma sangre tanto por parte de padre como de madre (2). Los hijos que tuviera con Marco Antonio eran una garantía de futuro para ella y para su dinastía tanto porque suponían la vinculación de aquél a los intereses del país como por la continuidad de las tradiciones.

Una mujer como Cleopatra era posiblemente lo que más deseaba Marco Antonio pues sus riquezas le permitían llevar el estilo de vida que le hacía feliz y realizar todas sus fantasías por costosas que fueran. Además era toda una reina dedicada a él y su consideración de diosa por el hecho de ser faraona era algo que encajaba perfectamente en sus fantasías y que halagaba su ego. Sin embargo ella también estaba destinada a ser su perdición. Una vez conseguido lo que quería, Marco Antonio se estancaría y se limitaría a disfrutar de lo que ya tenía mientras sus enemigos se hacían cada vez más poderosos. Teniendo a su disposición las riquezas que financiaran el extravagante y derrochador estilo de vida no necesitaría preocuparse de lo que pasara en el mundo ni se vería obligado a hacer trabajar a su inteligencia. Sin saberlo, Marco Antonio llevaba en si mismo la semilla de su autodestrucción y Cleopatra la hacía crecer y desarrollarse.

 

II. MARCO ANTONIO ENTRA EN ACCIÓN

 

Moneda: Tito Labieno

Tito Labieno - Parthicus Imperator

Estaba un día el dios Baco leyendo su correspondencia mientras descansaba un poco de tanta diversión, cuando llegaron a sus manos noticias que debieron disgustarlo considerablemente y hacerlo bajar de su nube. Las cartas le informaban de que el hijo de Tito Labieno y el Príncipe de los Partos habían invadido las provincias romanas orientales derrotando a Saxa y haciéndose con parte de su ejército. Ahora controlaban todo el territorio romano desde el Eúfrates y Siria hasta Lidia y Jonia con la excepción de algunas ciudades. Sus ojos no debieron dar crédito a lo que leía y tras recuperarse de la impresión, organizó su partida hacia la ciudad de Tiro, que aún resistía a los invasores.

Nada más llegar la primavera del año 40 a.C., en cuanto las condiciones del mar lo permitieron, Marco Antonio embarcó hacia Tiro. Sin embargo poco podía allí pues no contaba con ningún ejército para hacer frente a los partos. Por ello partió de la ciudad no sin antes prometer a sus habitantes que en cuanto le fuera posible les enviaría ayuda. Desde Tiro se desplazó hasta Chipre, hizo escala en Rodas y finalmente llegó hasta Grecia. Allí le informaron de todo lo ocurrido en Italia y de como su hermano, su esposa y Manio habían provocado aquella precipitada guerra que tan cara le había salido. En menos de un año, él, la encarnación de Baco y descendiente de Hércules, había dejado de ser uno de los hombres más poderosos del mundo conocido para verse superado por un traidor descendiente de bárbaros y por el nieto de un tendero africano (3).

Tanto Ahenobarbo como Asinio le instaban en sus cartas a reunirse con ellos cuanto antes indicándole que estaban acondicionando varios puntos en las costas de Italia para que pudiera desembarcar. Aún no se había dicho la última palabra ni muchísimo menos. La caótica situación por la que pasaba Italia había minado considerablemente la popularidad de Octaviano, quién pese a derrotar a su hermano Lucio, sólo contaba allí con el respaldo del ejército. Si Marco Antonio conseguía llegar hasta Italia es posible que muchas de las ciudades que se habían sublevado contra Octaviano le ofrecieran su apoyo, pues evidentemente toda la labor de Lucio Antonio y Fulvia no había sido en vano. Por otro lado aún tenía a sus veteranos asentados en diversas colonias e incluso en varias legiones con las que teóricamente contaba Octaviano. ¿Hasta que punto seguiría el ejército a su enemigo si se tenía que enfrentar a él?. Labieno y los partos tendrían que esperar....

Al llegar a Atenas, Marco Antonio se reencontró con Fulvia, que ya había llegado allí con sus hijos, y tuvo un duro enfrentamiento con ella en el que ambos se reprocharon sus mutuos errores. También estaba allí su anciana madre Julia que había escapado junto a Sexto Pompeyo tras la guerra. Éste la había hecho llevar hasta Atenas escoltada por varios barcos de guerra y acompañada por sus principales hombres, quienes tenían orden de intentar una reconciliación con él. Marco Antonio le comunicó a los emisarios de Sexto que agradecía el trato que había dado a su madre y que en caso de guerra se aliaría con él y en el de paz trataría de reconciliarle con Octaviano.

Cuando Octaviano se enteró del encuentro entre Marco Antonio y los emisarios de Sexto Pompeyo, tras regresar de la Galia, temió que se aliaran contra él e intentó predisponer a los soldados contra ambos. Su argumento era que dado que muchos de los hombres a los que habían arrebatado sus tierras se habían unido a Sicilia con Sexto Pompeyo, si éste y Marco Antonio ganaban la guerra los soldados perderían la justa recompensa que habían recibido. La idea de Octaviano era buena, pero su argumento no era superior al prestigio de Marco Antonio entre los soldados. Aquellos sabían perfectamente que era a aquél y no a Octaviano a quién debían las victorias de Filipos. Octaviano, moneda del año 41 a.C.

Pese contar con más de cuarenta legiones en ese momento, Octaviano sabía que no todas le seguirían en la guerra que se avecinaba. Además, si Marco Antonio se aliaba finalmente con los republicanos contaría con una flota de más de quinientas naves. Estaban en posición de bloquear Italia por el mar y rendirla por hambre. A la ventajosa situación que tenía Sexto Pompeyo ahora se unía el liderazgo, la iniciativa y la experiencia militar de Marco Antonio. La producción de grano de las provincias de la Europa occidental no era suficiente para mantener a Roma e Italia y si se prolongaba el conflicto demasiado tiempo era posible muchas de las ciudades italianas terminarían rebelándose y tomando partido por sus enemigos. Dichas ciudades sólo se habían rendido a él porque contaba con el apoyo del ejército, ¿pero hasta cuando seguiría contando con éste de prolongarse la situación y de tener que enfrentarse a Marco Antonio?.

Ciertamente la alianza de Marco Antonio con los republicanos había sido un golpe certero y Octaviano debía hacer algo para contrarrestarla. Con esa idea en mente, pidió en matrimonio a Escribonia que era hermana de Lucio Escribonio Libón, suegro de Sexto Pompeyo. Si no le servía para quebrantar aquella alianza al menos le acercaría a un entendimiento con esa facción o la dividiría. Como era de esperar, Libón no pudo resistir la tentación de verse emparentado con uno de los hombres más poderosos de Roma y al tener noticia de la petición de matrimonio escribió a sus familiares para que aceptaran el enlace de inmediato.

Tras esta maniobra diplomática Octaviano se deshizo de los hombres de cuya lealtad sospechaba por su amistad con Marco Antonio enviándolos a diferentes lugares lejos de Roma y separados unos de otros. También hizo lo mismo con las legiones de las que no se fiaba por haber combatido a las órdenes del otro triunviro. Por último envió a Lépido a la provincia de África para que tomara posesión de ésta como se había pactado y le cedió el mando de seis legiones de las que menos se fiaba, para quitárselas de encima. Evidentemente Octaviano no dudaba menos de la lealtad de Lépido que de la de aquellas legiones. La situación que se avecinaba iba a ser difícil y tenía que cubrirse las espaldas.

III. REANUDACIÓN DEL CONFLICTO

 

Marco Antonio se había hecho (posiblemente en Tiro y luego en Grecia) con una flota de doscientas naves de guerra. Sin embargo contaba con pocos soldados. No podía utilizar las tropas de Censorino dejando desguarnecida Macedonia y la Hélade del mismo modo que tampoco lo podía hacer con las ciudades del Véneto que seguían leales a él. Tras dejar a Fulvia en Sicyon navegó desde Corcira hacia

Moneda: Ahenobarbo-Marco Antonio

Moneda conmemorativa de la alianza, Ahenobarbo en Corcira.

el Adriático. Al enterarse de que Ahenobarbo iba a su encuentro con su propia flota y con un ejército que superaba al suyo, sus hombres desconfiaron de las intenciones de éste dado que se trataba de un antiguo enemigo que había sido declarado culpable en el juicio contra los asesinos de César (4). No obstante, Marco Antonio sabía que para esa guerra era necesario tenerlo como aliado tanto a él como a Sexto Pompeyo. Por ello avanzó hacia la posición de Ahenobarbo al frente de cinco de sus navíos más veloces tras ordenar al resto de la flota que los siguieran a una distancia prudente por lo que pudiera pasar.

Lucio Munacio Planco, que estaba junto al triunviro, no se fiaba lo más mínimo de las intenciones del republicano y pidió a su general que ordenara a los barcos detenerse enviando sólo a uno o dos a modo de prueba y esperar acontecimientos. Marco Antonio le contestó que prefería morir siendo traicionado a salvarse y ser tomado por un cobarde, demostrando así cual era la diferencia entre un líder natural que tomaba decisiones con seguridad y quién nunca pasaría de ser un mandado. Cuando los dos grupos de barcos se encontraron a una distancia en la que se distinguían las enseñas de las naves en las que viajaban los comandantes en jefe, uno de los lictores de Marco Antonio ordenó a la nave de Ahenobarbo que arriara su enseña. Así lo hicieron y cuando dicha nave llegó junto a la de Marco Antonio, se situó en su costado y tanto Ahenobarbo como su ejército saludaron al triunviro como general. Con ellos iba Asinio Polión, que previamente se había asegurado la lealtad del republicano y de que su general no corría peligro.

Reunidas las dos flotas se dirigieron a Pale (5) donde embarcaron a las tropas de Ahenobarbo y desde allí navegaron hasta Brindisi. Ésta ciudad, que estaba protegida por cinco cohortes de Octaviano, les cerró las puertas en cuanto llegaron porque Ahenobarbo les había atacado con su flota un año antes y había devastado sus territorios. Marco Antonio enfurecido interpretó entonces que le negaban el paso por orden de Octaviano y lo consideró un acto hostil por su parte y excusa suficiente reanudar la guerra.

Mapa: El regreso de Marco Antonio

Sexto Pompeyo

Sexto Pompeyo

A continuación, el triunviro sitió Brindisi por tierra y por mar (6), envió tropas por las zonas costeras para que se hicieran con el control de Sipontum, por su importancia estratégica (7) y encargó a Sexto Pompeyo que atacara con su flota alguna zona de Italia lejos de allí para que Octaviano tuviera que hacerse cargo de varios frentes a la vez y no pudiera concentrar todas sus fuerzas a la vez en el ataque a su posición. Sexto envió a su liberto Menodoro (también conocido como Menas) con cuatro legiones a Sardinia, donde las dos de Octaviano se rindieron sin luchar y pasaron a sumarse a las del enemigo. Desde allí Menodoro amenazaba la isla de Córsica (Córcega) y las ciudades de la costa occidental Italia, obligando a Octaviano a no dejarlas desguarnecidas. Mientras tanto Sexto sitiaba Turios y Cosentia (en Brutium) al tiempo que su caballería devastaba el territorio de ambas ciudades.

Octaviano reaccionó enviando a Agripa a Apulia para que auxiliara a las ciudades que estaban siendo atacadas por las tropas de Marco Antonio mientras él en persona se dirigiría a Brindisi con otro ejército. Agripa intentó incorporar a sus tropas a los colonos de las zonas por las que pasaba. Muchos de éstos le siguieron a distancia creyendo que la guerra era contra Sexto Pompeyo, pero al enterarse de que el enemigo era Marco Antonio la mayor parte desertó y le abandonaron. El heredero de César se enfrentaba a un enemigo más poderoso que Marco Antonio: su prestigio entre los soldados. Tenía a su disposición a más de cuarenta legiones pero no sabía hasta que punto eran de fiar. Por ello sólo reclutó a colonos que él en persona había asentado y premiado con cuantiosas dádivas. Éstos tampoco estaban por la labor de combatir contra Marco Antonio pero por una cuestión de honor se negaron a abandonar a su benefactor y le siguieron hasta Brindisi con la secreta intención de reconciliar a ambos triunviros.

Tras pasar unos días en Canusium por estar enfermo, llegó Octaviano a Brindisi. Su ejército era muy superior numéricamente al de Marco Antonio pero no sabía hasta que punto le seguirían los soldados si se decidía a combatir. Al llegar a la ciudad se encontró que los sitiadores estaban protegidos a su vez por otra fortificación. Ante las dudas, Octaviano decidió acampar allí y esperar acontecimientos. Marco Antonio, pese a estar en clara inferioridad numérica, podía defenderse perfectamente gracias a la fortificación y en caso de emergencia tenía la opción de huir por mar. No obstante, escribió a Censorino ordenándole que enviara refuerzos. Mientras tanto, enviaba por la noche en barcos de guerra a ciudadanos privados y los hacía regresar durante el día en los mismos barcos pero armados como soldados para que Octaviano pensara que eran refuerzos y desistiera de atacarle. Efectivamente Octaviano no se atrevía a atacar la fortificación y los hombres de Marco Antonio aprovechaban el tiempo preparando la maquinaria de asalto para el asedio de la ciudad, mientras ambos triunviros enviaban cartas a todas las ciudades de Italia para que se unieran a su causa.

Cuando Marco Antonio se disponía a iniciar el ataque a Brindisi llegaron noticias de que Agripa había recuperado Sipontium y de que Sexto Pompeyo había sido rechazado en Turios aunque seguía sitiando Cosentia, lo que provocó el lógico enfado del triunviro. Al llegar poco después la noticia de que un cuerpo de caballería de mil quinientos jinetes dirigido por Publio Servilio Rullo iba a unirse a las tropas de Octaviano, Marco Antonio montó en cólera y encabezando personalmente un grupo de poco más de cuatrocientos jinetes salió al galope en dirección a Hiria (entre Tarentum y Brindisi) durante la noche sin que los hombres de Octaviano pudieran detenerlos. Al llegar a la ciudad cayó como un rayo sobre los mil quinientos hombres de Servilio cuando aún dormían. Éstos, aterrorizados por el ataque sorpresa y por tener que enfrentarse a Marco Antonio se entregaron sin luchar y ese mismo día regresaron todos al sitio de Brindisi.

Tras la brillante hazaña de su general, los pretorianos de Marco Antonio, con la moral bien alta, se aproximaron al campamento de Octaviano por grupos y reprocharon a sus soldados que quisieran combatir contra aquél que les había dado la victoria en Filipos. Los hombres de Octaviano se defendieron y comenzaron una disputa verbal en la que se culpaban unos a otros de la situación a la que se había llegado. Finalmente los soldados de Octaviano confesaron que acompañaban a éste por una cuestión de honor y estaban dispuestos a servirle hasta la muerte, pero que en el fondo esperaban la reconciliación entre los triunviros. Las posturas empezaban a acercarse.

Mientras esto sucedía llegó a Marco Antonio la noticia de la muerte de Fulvia. El impulsivo triunviro la había tratado con dureza en su encuentro en Atenas y sus reproches habían calado muy hondo en la apasionada mujer. Ella no sólo había tenido que sufrir como la engañaba con Cleopatra sino que

además, tras más de un año de anhelar volver a encontrarse con su marido, la había tratado de esa manera y se había mostrado indiferente ante su dolor. Aunque seguramente no se había quedado corta a la hora de contestar a su marido durante la disputa y, conociendo el carácter de ambos, la bronca que armaron debió ser monumental por ambas partes, ella había estado acostumbrada durante casi toda su vida a salirse con la suya y la situación sin duda la debió superar. Marco Antonio se había separado de ella en Sicyon sin que se hubiesen reconciliado y siendo tal su enfado que con brutal indiferencia ni siquiera se molestó en despedirse aún sabiendo que estaba enferma.

 

Fulvia

Fulvia

Las noticias que le llegaron no aclaraban de que había muerto. Unos decían que de una enfermedad y otros decían que, descorazonada por el trato que le había dado su marido, se había dejado consumir por ella. La esposa del triunviro había perdido su interés por seguir viviendo y su cuerpo se había ido debilitando poco a poco hasta que su mano tomó la de Caronte que la esperaba para ayudarla a cruzar la Estigia. La moral y la euforia que Marco Antonio había ganado tras su heróica hazaña se diluía ante el sentimiento de culpabilidad que le producía la muerte de su esposa. Aquella apasionada mujer, madre de dos de sus hijos, lo había dado todo por él. Incluso había provocado una guerra sólo por recuperarle y llevarle a lo más alto. Ahora no volvería a verla nunca y ni siquiera los dioses podían evitar tener sentimientos

IV. RECONCILIACIÓN

Tal vez por tener Fulvia gran parte de culpa del enfriamiento de las relaciones entre los dos triunviros o tal vez por haberse aprovechado las circunstancias del momento, lo cierto es que su muerte benefició a los partidarios de la reconciliación. La mediación de Lucio Cocceyo Nerva entre ambos fue decisiva. Éste era un amigo personal de Octaviano que había sido enviado a Fenicia junto a Marco Antonio en el verano del año anterior (41 a.C) y había permanecido junto a aquél desde entonces. Aprovechando sus buenas relaciones con los dos consiguió que fueran acercando posturas. Tras hacerle llegar a Marco Antonio que los soldados de Octaviano no deseaban esa guerra lo convenció para que ordenara a Sexto Pompeyo que volviera a Sicilia y que enviara a Ahenobarbo lejos de Brindisi. Octaviano había sido muy hábil al no hacer ejecutar a Lucio Antonio tras la rendición de Perusia, pues ese fue posiblemente uno de los argumentos de más peso que evitó una ruptura total de las relaciones entre ambos triunviros.

Finalmente y con la mediación de Asinio Polión y Mecenas que estaban respaldados por los soldados, se pidió a los triunviros que declararan una amnistía por los actos pasados. Marco Antonio y Octaviano accedieron finalmente a dejar a un lado sus diferencias por el bien de Roma y se firmó la Paz de Brindisi abrazándose ambos delante de toda la tropa como señal de reconciliación mientras eran vitoreados. La no intención de luchar por parte de los soldados fue decisiva para que sus líderes llegaran a un acuerdo y posiblemente evitaron con ello que Roma terminara autodestruyéndose. Cuando se festejaba con banquetes el acuerdo de los triunviros, algunos hombres de Octaviano le preguntaron a Marco Antonio por el dinero de la recaudación que había llevado a cabo en Oriente (8). Al contestarles que no disponía del mismo muchos se quedaron con las ganas de echarle las manos al cuello, pero Octaviano que estaba al tanto de ello, los disuadió con nuevas promesas. Empezaba una nueva etapa y había que respetar lo acordado por el bien de Roma.

Amigos de nuevo, Marco Antonio y Octaviano se volvieron a repartir el mundo por tercera vez (9) (año 40). Así pues, quedó establecido que las provincias e islas situadas al oeste de la ciudad iliria de Escodra fueran para Octaviano y las del este hasta el Eúfrates para Marco Antonio. Lépido se quedaría con África en cumplimiento de lo pactado con él y mientras Octaviano hacía la guerra a Sexto Pompeyo, Marco Antonio se encargaría de reconquistar los territorios que Labieno y los Partos habían arrebatado a Roma. Con respecto a Ahenobarbo, a quién Marco Antonio nombraría después gobernador de Bitinia, se acordó que Octaviano respetaría los pactos que hubieran hecho entre ambos (10). La Galia Cisalpina pasaría a formar parte de Italia como se había pactado en el 42 a.C y ésta última quedaría libre de atribución personal teniendo derecho ambos triunviros a reclutar igual número de tropas en su territorio. Por último, como mandaba la tradición, había que establecer un nuevo lazo familiar que sellara el pacto, por lo que Marco Antonio se comprometió a tomar por esposa a Octavia la Menor, hermana de Octaviano que había enviudado a principios de año de Cayo Claudio Marcelo.

Mapa: III triunvirato, Octaviano, Antonio y Lepido

Acordada la nueva situación, Marco Antonio envió a Asinio Polión a Macedonia para remplazar a Censorino que iba a ser cónsul el año siguiente y designó a Publio Ventidio para frenar los avances de Labieno en Asia Menor. Él debía permanecer en Italia aún donde sus obligaciones que lo retenían. Entre otras cosas, tenía pendiente ajustar las cuentas a Manio. Marco Antonio no le perdonaba que hubiera implicado a Fulvia en las intrigas de Lucio Antonio y para mitigar su dolor y su sensación de culpabilidad por la muerte de su esposa ordenó que lo ejecutaran.

Tras casarse con Octavia, como se había convenido, confesó a Octaviano que Salvidieno le había escrito desde la Galia proponiéndole unirse a él cuando estaba asediando Brindisi. Ya fuera por instigación de sus tropas o porque pensaba que lo mejor para Roma era que la guerra acabara cuanto antes y la única forma de conseguirlo era apoyar a Marco Antonio, éste había decidido traicionar a su benefactor y ponerse del lado de aquél. Octaviano que conociendo la experiencia de su padre adoptivo sabía que trato debía dar a un traidor, hizo llamar a Salvidieno para que acudiera a Roma. Una vez allí ordenó que lo apresaran a su llegada y tras mostrarle las pruebas de su traición lo hizo ejecutar. Como muestra de gratitud hacia Marco Antonio, le cedió las legiones que Salvidieno tenía en la Galia, aunque la razón real de esa generosidad era que no confiaba en la lealtad de esas tropas (11).

Moneda: Conmemoracion de la union entre Marco Antonio y Octavia

Conmemoración del matrimonio entre Marco Antonio y Octavia.

 

V. HERODES Y MARCO ANTONIO

Como habíamos visto, tras enterarse de la muerte de su hermano, Herodes tomó la determinación de ir en busca de Marco Antonio para pedirle ayuda, pues ya no quería llegar a un acuerdo con los partos a quienes seguramente odiaba tanto como a Antígono por considerarlos corresponsables de lo ocurrido a Fasael. Al llegar a Pelusio unas naves ancladas allí le impidieron embarcarse inmediatamente hacia Alejandría, por lo que tuvo que acudir a las autoridades de la ciudad y decir quién era. Éstas le escoltaron con todos los honores hasta Alejandría donde Cleopatra lo recibió cordialmente. Marco Antonio no se encontraba allí sino en Italia a donde se había desplazado en la primavera de ese mismo año.

La reina quiso retener a Herodes junto a ella pues esperaba que dirigiera un ejército que estaba preparando para ayudar a Marco Antonio contra los partos. No obstante Herodes reusó el ofrecimiento y decidió desplazarse lo antes posible hasta Italia aún estando en pleno invierno y sabiendo lo peligrosa que era la navegación durante esa época del año. Tenía la mente puesta en una sola idea. Posiblemente había transformado todo su dolor en odio y ni siquiera temía arriesgar su propia vida para conseguir sus propósitos. Además, Antígono no tardaría en sitiar Masada (si no es que no lo estaba haciendo ya) y temía por la suerte de su hermano José y de las mujeres de su familia. Ni las tempestades del mar, ni los agasajos de Cleopatra ni las noticias que habían llegado a Alejandría sobre una guerra civil en Roma iban a detenerlo.

Neptuno no se apiadó de la situación de Herodes a quién la travesía estuvo a punto de costarle la vida. Tras embarcar desde Alejandría rumbo a Panfilia fue sorprendido por una durísima tormenta que le obligó a arrojar al mar todo el cargamento del barco. A duras penas consiguió llegar a Rodas donde se encontraron con él sus amigos Sapino y Ptolemeo. Conquistada y saqueada por Cayo Casio Longino un par de años antes la isla no se había recuperado aún, por lo que Herodes colaboró a restablecer su antigua situación en la medida de sus posibilidades (12). En agradecimiento, los Rodios que eran un pueblo de expertos navegantes, le ayudaron a construir una trirreme de grandes dimensiones con la mayor celeridad posible y la dotaron de tripulación. En esa nave Herodes navegó hasta Brindisi y desde allí se desplazó hasta Roma donde fue al encuentro de Marco Antonio.

Una vez recibido por éste, Herodes lo puso al tanto de su situación y le hizo saber que él era su última esperanza. El triunviro se compadeció del idumeo y prometió ayudarle por su amistad con él y por odio hacia Antígono, que había traicionado a Roma abrazando la causa de los Partos. Octaviano por su parte estaba totalmente de acuerdo en ayudar a Herodes, tanto por la lealtad que su familia había prestado a César como por complacer a su cuñado Marco Antonio con quién en ese momento estaba en buenas relaciones. Convocado el Senado de Roma, tras un brillante discurso de Marco Valerio Mesala apoyado por Lucio Sempronio Atratino, los miembros de la cámara quedaron conmovidos y decidieron declarar a Antígono enemigo de Roma por haber sido proclamado rey sin la autorización de esa institución y por su alianza con los Partos. Así mismo y tras otro discurso de Marco Antonio, el Senado nombró a Herodes nuevo rey de Judea por su más que demostrada lealtad hacia Roma y por la necesidad de tenerle como aliado para la reconquista de la provincia de Siria.

Posiblemente Herodes no pensó nunca en ser rey antes de llegar a Italia. Lo más probable era que se limitara a pedir ayuda para vengarse de Antígono y para poner en el trono a su futuro cuñado Aristóbulo, hermano de Mariamme. Sin embargo, los romanos lo necesitaban a él del mismo modo que él a los romanos. La contraofensiva de Ventidio, que tendría lugar en la primavera del año siguiente se iba a concentrar en la península Anatolia y el abrir otro frente en Judea le sería de mucha utilidad para la guerra contra los Partos. Por otro lado, a los romanos les daba exactamente igual que los judíos aceptaran o no a Herodes. Les bastaba con su eficiencia como gobernante y con su más que demostrada lealtad independientemente de que fuera o no desinteresada.

Terminada la sesión, los cónsules y los demás magistrados se dirigieron al Capitolio para llevar el decreto y ofrecer un sacrificio a los dioses. Con dicho decreto desaparecía legalmente la dinastía de los Asmoneos aunque en la práctica aún había que derrotar a Antígono. El Senado concedió además a Herodes la posibilidad de partir de Italia para emprender la guerra después de que en tan solo siete días le habían concedido incluso más de lo que pedía. Lo que no se le concedió fue el mando de un ejército romano pues, como dijimos, las fuerzas de Marco Antonio al mando de Ventidio iban a atacar en primer lugar la península Anatolia, mientras que las de Octaviano estaban pendientes de que solucionase el conflicto con Sexto Pompeyo. Tras asistir al banquete que le ofreció Marco Antonio para celebrar su nombramiento como rey, Herodes partió de Italia y comenzó a reclutar un ejército de mercenarios con el que contraatacar a Antígono.

VI. SOLUCIÓN A LOS PROBLEMAS DE ITALIA


Tras los acuerdos de Brindisi, el hambre seguía castigando a Italia. Los mercaderes de grano temían a Sexto Pompeyo y sus hombres quienes dominaban el mar además de la propia Sicilia. Ni siquiera desde África se atrevía Lépido a enviar suministros a Roma. La situación era más o menos la misma que antes de la Guerra de Perusia con el agravante de que había pasado un año sin que se presentaran mejorías. Las buenas relaciones de Ahenobarbo con Marco Antonio hubieran permitido enviar barcos a comprar trigo de Asia Menor, pero como sabemos, esta estaba ocupada por Labieno.

Sexto Pompeyo

Marco Antonio insistía a Octaviano que lo mejor era llegar a un acuerdo con Sexto Pompeyo. El reciente parentesco entre Octaviano y Libón, las buenas relaciones de Sexto Pompeyo con Marco Antonio y el grupo de presión que formaban los romanos exiliados en Sicilia eran cartas a favor de los triunviros para intentar la reconciliación. Sin embargo Octaviano se negaba en rotundo porque no le había sentado nada bien que tras conseguir reconquistar Sardinia, Sexto la hubiera recuperado de nuevo a través de Menodoro y hubiera lanzado varios ataques a las ciudades costeras de Etruria. La razón por la que Sexto Pompeyo había reanudado las hostilidades era porque tras la Paz de Brindisi temió una alianza contra él entre Octaviano y Marco Antonio. Sin embargo esa no era excusa suficiente para el más joven de los triunviros que quería llegar hasta el final fueran cuales fueran las consecuencias.

Marco Antonio estaba en deuda con Sexto a quién había prometido que en caso de llegar a un acuerdo con Octaviano intentaría reconciliarle con éste. No obstante al ver que Octaviano no quería ceder le aconsejó que si no quería la paz que hiciera la guerra con la mayor celeridad posible porque el tiempo jugaba en su contra. Cuanto más se prolongara el conflicto y la penosa situación de Italia más difícil sería mantener la estabilidad. Además Sexto Pompeyo, en posesión de las cosechas de Sicilia, podía alimentar a los suyos sin problema, lo que hacía correr el tiempo en su favor y en contra de Octaviano. Éste se daba cuenta de que Marco Antonio tenía razón pero no contaba con recursos económicos para construir una flota que pudiera hacer frente a la de su enemigo y menos aún con la inflación de precios que se había producido como consecuencia de la carencia de alimentos. Por ello decidió promulgar un edicto en el que establecía un impuesto extraordinario gravando la posesión de esclavos y las propiedades adquiridas por razón de herencia.

Esta medida de Octaviano fue la gota que colmó el vaso. Los habitantes de Roma, hartos de las penalidades que estaba viviendo y en vista de que no se escuchaban sus súplicas de que se firmara la paz, destrozaron el edicto de Octaviano y se rebelaron contra la autoridad de los triunviros. Conscientes de que se estaban sacrificando para una guerra que no era en favor de Roma sino de las ambiciones personales de sus gobernantes, no pudieron consentir más tanto atropeyo y finalmente la indignación generalizada terminó por explotar. La mayor parte de la población de la ciudad se agrupó en bandas y comenzaron a haber enfrentamientos violentos entre ellos y los que no se unían a sus protestas. El pueblo no odiaba a Sexto ni lo consideraba culpable de su situación. Era Octaviano el que no quería llegar a un acuerdo y el culpable de que se prolongara la guerra.

Tal era la tensión social que se vivía en aquel momento que en cierta ocasión que Octaviano se dirigió al foro para intentar calmar al pueblo fue apedreado sin misericordia por las bandas. Marco Antonio, que estaba con él, acudió en su ayuda y la lluvia de piedras cesó, pues el pueblo sabía que era partidario de llegar a un acuerdo con Sexto Pompeyo. Por otro lado su popularidad era en aquél momento muy superior a la de Octaviano, dado que el estar tan lejos de Italia había traído como consecuencia que todo el malestar que había generado el hambre y la guerra se centrara en la persona del otro triunviro. Sin embargo cuando las bandas ordenaron a Marco Antonio que se retirara y no lo hizo, volvieron a llover los cantos. Ante esta situación, Marco Antonio enfurecido hizo llamar a las tropas que estaban a las afueras a la ciudad para que dispersaran a la multitud. Al llegar éstas al foro y como consecuencia de que la multitud no se dispersaba cargaron contra ésta indiscriminadamente y se produjo una sangrienta matanza.

Mientras tanto Marco Antonio había recogido a Octaviano y lo había llevado a su propia casa para que lo atendieran. Se habían salvado por los pelos pero eso no era nada comparado con la que se podía organizar si toda Italia se levantaba contra el Triunvirato. Por ello Marco Antonio pidió a Escribonia y a sus familiares que hicieran regresar a Libón de Sicilia con cualquier pretexto garantizándole él mismo total inmunidad. Al enterarse el pueblo de que el suegro de Sexto Pompeyo había llegado a Italia, presionaron una vez más a Octaviano para que se aviniera a firmar la paz . Libón, que se daba cuenta de que las circunstancias obligaban a ceder a los triunviros, una vez se entrevistó con éstos les pidió que se reunieran con Sexto Pompeyo y negociaran directamente con él.

En cuanto a éste último, sus hombres estaban divididos en dos facciones. Por un lado estaba la de los partidarios de la reconciliación que estaba formada por los romanos exiliados en Sicilia y encabezada por Murco (13), que era el único de éstos con mando en la flota. Por otro lado estaba la de los partidarios de una política radical y que eran contrarios a las negociaciones porque sabían que el tiempo jugaba en su favor. Esta otra facción encabezada por Menodoro, estaba formada por los libertos de Sexto Pompeyo (antiguos hombres de su padre) entre los que tenían cargos de responsabilidad. Finalmente aquél decidió negociar desoyendo los consejos de Menodoro y accedió a reunirse con Octaviano y Marco Antonio. Tras varios encuentros con éstos en los que el tira y afloja de las negociaciones se fue inclinando poco a poco del lado de Sexto debido a la situación en que se encontraba Italia y a la presión popular, llegaron finalmente a un acuerdo (14).

Se pondría fin a la guerra por tierra y por mar y no se obstaculizaría el comercio marítimo. Sexto Pompeyo retiraría sus guarniciones de Italia, no daría acogida a esclavos ni a fugitivos y no atacaría ninguna nave en el litoral de Italia. A cambio se le reconocería el gobierno de Corsica, Sardinia, Sicilia y todas las islas que dominara en ese momento por un periodo de tiempo igual al que durara el Triunvirato. Además, enviaría a Roma el trigo de Sicilia para acabar con el hambre y se le permitiría tomar el mando del Peloponeso y de las islas Cícladas, así como la posibilidad de ejercer el consulado a través de un tercero que él designara y de ser inscrito él en el colegio de los pontífices como augur. Por otro lado, los nobles que se habían exiliado en Sicilia y no estuvieran implicados en el asesinato de César podrían volver a Roma con total impunidad y todas sus propiedades inmuebles les serían devueltas a su regreso. A los proscritos se le devolvería la cuarta parte de los suyos, a los esclavos que hubieran luchado en el ejército de Sexto se les daría la libertad y a los libres se les premiaría igual que a los veteranos de Octaviano y Marco Antonio.

Mapa: Los acuerdos Octaviano-Sexto Pompeyo

Puesto el acuerdo por escrito se envió al Templo de las Vestales y tras los festejos se designaron los cónsules para los años del 34 al 31 a.C, modificándose los designados en Brindisi (del 38 al 31a.C) de acuerdo con los intereses del nuevo pactante. Por último se acordó el compromiso matrimonial entre la hija de Sexto Pompeyo y Marcelo, hijo de la nueva esposa de Marco Antonio y sobrino de Octaviano. En Roma se celebró con alegría el fin de la guerra y salvo aquellos que se iban a ver obligados a devolver sus tierras antiguos exiliados y proscritos, la satisfacción fue general. Resuelto el conflicto con Sexto Pompeyo la población de Italia pudo ser abastecida por Sicilia y África, lo que suponía el final de las hambrunas y el principio de la vuelta al orden.

Tras los acuerdos con Sexto Pompeyo los triunviros se volvieron a separar. Octaviano se desplazó a Aquitania donde había estallado una insurrección que estaba siendo sometida por Agripa y Marco Antonio se embarcó hacia Grecia donde pasaría el invierno junto con su nueva esposa para encargarse en la primavera siguiente de la guerra contra los Partos, cuyas primeras operaciones habían comenzado en la primavera de ese mismo año dirigidas por Ventidio.

VII. CONCLUSIONES AL RESPECTO

Del mismo modo que Octaviano había salido fortalecido de una situación en la que nadie apostaba un sextercio por él, Marco Antonio había vuelto a equilibrar la balanza entre ambos. Tal y como habíamos dicho cuando más complicadas se volvían las cosas para Marco Antonio era cuando éste demostraba su verdadera capacidad, pues sólo la adversidad más extrema le forzaba a romper su acomodamiento y a superar sus vicisitudes. La Paz de Miseno le proporcionó el fortalecimiento de un aliado como Sexto Pompeyo que pondría freno a Octaviano en Occidente mientras él se encargaba de restablecer el poder de Roma en Oriente.

Por otro lado su entendimiento con éste y con Ahenobarbo (que era sobrino de Catón), le habían proporcionado nuevos aliados. Además de los consulares Asinio, Ventidio, Censorino y Planco; antiguos hombres de César y compañeros de armas suyos, ahora contaba también con el favor de la mayoría de los republicanos, muchos de los cuales habían estado autoexiliados en Sicilia antes del 39 a.C. Octaviano era un hombre de una gran determinación pero también bastante intransigente con aquellos a los que consideraba sus enemigos. Sin duda los republicanos veían mucho más factible llegar a una reconciliación con Marco Antonio, que suponía al mismo tiempo el único límite de hecho a la intransigencia del más joven de los triunviros. Además, Octaviano había perjudicado notablemente a los propietarios de toda Italia para favorecer a los soldados, que pertenecían a las clases bajas. Por ello la mayor parte de las clases alta y media de toda Italia simpatizaban con Marco Antonio, al tiempo que éste seguía conservando su enorme prestigio entre los soldados.

De Octaviano hay quienes dicen que no supo sacar mucho partido a su victoria en la Guerra de Perusia. En mi opinión no le quedaba más remedio que llegar a un entendimiento con sus enemigos. Una Italia azotada por el hambre y un ejército de dudosa lealtad eran argumentos de mucho peso para forzarlo a no continuar las guerras. En cualquier caso si le fue posible llegar a ese acuerdo en condiciones de igualdad después de verse entre la espada y la pared sin duda se debió al fortalecimiento de su situación tras la Guerra de Perusia, por lo que es cuestionable que no sacara partido. La oposición de los soldados a luchar y la presión popular para alcanzar la paz, fueron un recordatorio para los triunviros de que Roma estaba por encima de sus rivalidades personales y de que necesitaban actuar unidos para hacer frente a los problemas de Roma. Las propias bases del cesarismo, el ejército y el pueblo, habían actuado de límites fácticos a un poder triunviral que carecía de límites teóricos.

Por último añadir que conociendo la naturaleza de hombres como Octaviano no es muy difícil imaginarse que éste sólo quería ganar tiempo para hacerse lo suficientemente fuerte y acabar con sus aliados. Lépido no suponía una amenaza para él en ese momento dado que no contaba con una facción propia ni con legiones leales. Sólo si intentaba algo contra Octaviano éste se decidiría a eliminarlo dado que su importancia en el triunvirato, como ya hemos dicho, era muy secundaria. Sexto Pompeyo en cambio era una espada de Damocles que tenía sobre él y que trataría de quitarse de encima en cuanto le fuera posible. En cuanto a Marco Antonio, que era el más poderoso de sus rivales, tendría que aguardar aún. Tenía la ventaja de ser más joven que él y podría esperar a que éste se echara a perder. Como hombre inteligente que era, no ignoraba Octaviano de que pie cojeaba su cuñado y en cuanto estuviera lo suficientemente debilitado debido a la clase de vida a la que con el tiempo se entregaría, aprovecharía la ocasión para acabar con su prestigio, atraerse a sus aliados e ir finalmente a por él.


Fin del cuarto capítulo

V La contraofensiva romana



Notas..

1.Sabemos por Apiano que existió correspondencia entre Marco Antonio con su esposa, su hermano y Manio; si bien posiblemente las respuestas del triunviro fueran en términos vagos. Dicho autor reconoce que no pudo encontrar los textos de esas cartas, pero antes de comenzar la Guerra de Perusia el triunviro ya había sido informado de la situación en Italia, a pesar de lo cual no se molestó en regresar antes de la llegada del invierno..Volver

2. Dado que César había muerto, Cleopatra necesitaba a una hija que llevara sangre de la gens Julia. Marco Antonio era el candidato perfecto por ser hijo de una prima hermana de César (Julia) y uno de los hombres más poderosos de Roma.Volver

3. El sarcasmo acerado y la burla agresiva eran inherentes al carácter romano y aún más acentuado en el caso de Marco Antonio. Entre las múltiples chanzas que hacía de Octaviano se centraba fundamentalmente en atacarle por su falta de antepasados ilustres al margen de los Julios. El abuelo paterno de Octaviano, Marco Acio Balbo, era un hombre nuevo originario de Aricia con quién César había casado a la más joven de sus hermanas. Según Suetonio, Marco Antonio decía de él que era un africano que tenía una tienda de perfumes en dicha ciudad y que antes había sido panadero. En el caso de Quinto Labieno, tanto él como su familia eran picentinos a quienes los romanos de más antiguo linaje consideraban despectivamente descendientes de galos. Volver

4.Su participación en la conjura contra César es dudosa y aún hoy sigue habiendo discrepancia de opiniones al respecto.Volver

5. Puerto de la isla de Cefalenia, frente a la Acarnania.Volver

6. La ciudad de Brindisi estaba situada en una península unida al continente por un istmo. Marco Antonio hizo construir en el istmo un foso y una empalizada de manera que bloqueaba el acceso a la ciudad por tierra mientras que su flota lo hacía por mar. Volver

7.Ciudad portuaria del norte de Apulia. De especial importancia para las comunicaciones marítimas con Grecia . Volver

8. Marco Antonio estando en las provincias orientales había acordado que el tributo extraordinario había que pagar al Triunvirato consistiría en la cantidad equivalente a nueve años de tributos a pagar en dos. Tras la pérdida de las provincias por la invasión de Quinto Labieno Pártico no podía contar con aquellos ingresos futuros. El efectivo de lo que disponía es de suponer que lo gastó en sus bacanales (se entiende que las que celebró antes de llegar a Egipto) y en pagar y mantener a parte de la flota y ejército con los que atacó Brindisi. Volver

9. Este acuerdo debió establecerse a finales de Septiembre o principios de Octubre del año 40 a.C.Volver

10. El hecho de que Octaviano se aviniera a perdonar a Ahenobarbo me lleva a pensar que éste no estuvo implicado en el asesinato de César y que la razón de ser proscrito era únicamente su republicanismo y su participación en la lucha armada contra el Triunvirato, primero a las órdenes de Casio y Bruto y posteriormente como líder de su propia facción. Sin embargo, como ya dije, no es una opinión unánime.Volver

11. Posiblemente eran de las que estaban bajo las órdenes de Caleno, o sea, antiguos veteranos del propio Marco Antonio.Volver

12. Posiblemente a través de promesas o endeudamiento propio dado que en ese momento Herodes no disponía de medios para ayudar a Rodas .Volver

13. Las relaciones entre Murco y Sexto Pompeyo siempre habían sido tensas. Incitado por Menodoro, Sexto hizo matar furtivamente a Murco poco antes de iniciarse las negociaciones con los triunviros. Volver

14. . El acuerdo final, conocido como la Paz de Miseno tuvo lugar en el verano del 39 a.C. mientras Ventidio luchaba contra los partos en Asia. Posiblemente Lépido estuvo también en las reuniones con Sexto Pompeyo, aunque las fuentes se centran en los otros dos triunviros por su mayor importancia.Volver

 


© 2004 Carlos Javier Pacheco López
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