MARCO
ANTONIO Y LA INVASIÓN PÁRTICA (41-38 A.C.)
A finales del año 42 a.C. la República romana recibía
una herida mortal en Filipos. Sin embargo a nadie se le escapaba que la
estabilidad que parecían traer los vencedores no podía durar.
Estos dos hombres, que se despreciaban mutuamente, debían acometer
en ese momento la enorme tarea de reorganizar el mundo romano tras años
de guerras civiles. Aún estaba por ver cual de ellos se haría
con el poder al final y el papel que desempeñarían en esa
lucha los últimos republicanos. No obstante, un peligro aún
mayor amenazaba a Roma en ese momento. Más allá del Eúfrates,
un poderoso enemigo acechaba desde la sombra esperando el momento oportuno
para atacar...
|
PARTE IV: EL REGRESO DE MARCO ANTONIO |
| I.
MARCO ANTONIO EN ALEJANDRÍA |
Mientras Labieno y Pacoro atacaban las
provincias romanas orientales y en Italia se libraba una guerra civil,
Marco Antonio vivía en una nube. Le habían
llegado las cartas de su mujer y de su hermano contándole como
estaba la situación en Italia antes de que estallara la guerra
(1) pero no habían
conseguido causarle la suficiente impresión como para hacerle abandonar
su jaula dorada. En dicha correspondencia le llegaban noticias de la creciente
enemistad de Fulvia y Lucio Antonio
con Octaviano y de que éstos temían por
su propia seguridad. Posiblemente pensó Marco Antonio
que se trataba de exageraciones pues ni sus generales ni sus veteranos
consentirían que les pasara nada. Además Fulvia
le había hecho llegar que tenía miedo de Lépido
quién no era lo suficientemente importante como para atreverse
a intentar algo contra él. Por lo pronto había decidido
pasar el invierno en Alejandría y no tenía pensado regresar
a Roma hasta la primavera. Hasta entonces que se apañaran los mortales
con sus problemas y dejaran en paz al dios Baco.
Marco Antonio era hedonista por naturaleza. Incapaz de
ser previsor y pensar en el futuro a largo plazo se limitaba a vivir en
el presente y a disfrutar de él lo más que podía.
Le gustaba verse a si mismo como un dios; la encarnación de Baco
y al mismo tiempo descendiente de Hércules, si bien lo más
probable es que fuera consciente de que no lo era. Por lo general muchas
personas recurren a fantasías para escapar de sus problemas, pero
en su caso había algo más y es que las vivía. Siempre
que podía procuraba que su forma de vestir y su apariencia externa
en general se correspondiera con los mitos que pretendía encarnar
sin importarle lo que pensaran de él, ya que o no tenía
sentido mucho del ridículo o carecía de este por completo.
| Todo
esto podría llevarnos a la conclusión de que se trataba
de un loco o un estúpido. En mi opinión no era ninguna
de las dos cosas. Siempre es arriesgado hacer este tipo de afirmaciones
y más aún cuando se trata de personas que vivieron hace
más de dos mil años. Aún así me atrevo
a decir que toda esa línea de conducta fue consecuencia de
una infancia que le marcó tras la muerte de su padre. Sabemos
que éste, Marco Antonio Crético, había
sido un don nadie en la vida pública pero también era
conocido por bondad y rectitud. De su madre Julia
se decía que competía en bondad y honestidad con las
más renombradas matronas de su época. Sin embargo su
elección de marido tras quedarse viuda no debió ser
la más acertada. La falta de una figura paterna más
recomendable que la de Publio Cornelio Léntulo,
que sería ejecutado por su implicación en la Conjura
de Catilina, llevaría a Marco Antonio
a hacer amistades como la de Cayo Escribonio Curión,
con quién conocería un estilo de vida de diversión
y derroche que le hacían olvidarse de sus problemas en vez
de afrontarlos y que a la larga lo endeudó hasta las cejas.
|
|
Todas esas fantasías
que seguía viviendo como si fuera un niño cuando ya pasaba
de los cuarenta años eran posiblemente la vía de escape
de sus problemas a los que nunca encontró solución porque
no le enseñaron a afrontarlos. Su conocida afición a la
bebida es tal vez un indicio de ello, pues por lo general, cuando alguien
bebe más de la cuenta, su problema no suele ser tanto el alcohol
como lo que le impulsa a cometer ese exceso. En cualquier caso y aunque
pueda parecer extraño, ese estilo de vida tenía también
su lado positivo. El hecho de tener que pagar tantas deudas le obligaban
a desarrollar su inteligencia para salir de las situaciones tan complicadas
en las que se veía inmerso. Cuando se trataba de sus intereses
personales Marco Antonio no era ningún tonto.
Posiblemente fuera tan inteligente como Octaviano o incluso
más, dado que era veinte años mayor que éste. Sin
embargo su impulsividad, su hedonismo y su falta de previsión a
largo plazo le impedían centrar su vida de la forma que hubiera
debido. Por otro lado era consciente de que para mantener ese estilo de
vida que anhelaba requería de unos ingresos y para ello era necesario
progresar en la vida pública hasta donde fuera necesario.
Durante su estancia en Alejandría, Cleopatra lo
tenía como a un dios en el paraíso y no dudaba en entretenerlo
con todo tipo de juegos y diversiones. Era la reina del país más
rico del mundo conocido y podía permitirse todo el despilfarro
que quisiera porque año tras año seguiría teniendo
altísimos ingresos y su poder como faraona era por tradición
incontestable para sus súbditos egipcios (aunque no como reina
para los alejandrinos). Cayo Casio cuando dominaba Siria
y Craso muchos años antes habían pretendido
la anexión de Egipto a Roma ambicionando sus riquezas, pero diversas
circunstancias lo habían impedido. La reina era consciente de que
tanto su supervivencia como la de su dinastía dependía de
sus buenas relaciones con Roma y tan excelentes eran en ese momento que
Marco Antonio la dejó embarazada de gemelos.
El hijo que había tenido con César había
permitido a la reina mantener la independencia de su país hasta
cierto punto en un momento histórico en el que Roma necesitaba
de sus riquezas para rehacerse tras la guerra civil. César
no tocó las riquezas de Egipto porque aunque su hijo no era legítimo
desde el punto de vista romano tampoco lo quería despojar del legado
que por nacimiento le correspondía. Por otro lado, según
la tradición, los Ptolomeos de Alejandría
debían desposarse con sus hermanas y a ser posible que éstas
llevaran su misma sangre tanto por parte de padre como de madre (2).
Los hijos que tuviera con Marco Antonio eran una garantía
de futuro para ella y para su dinastía tanto porque suponían
la vinculación de aquél a los intereses del país
como por la continuidad de las tradiciones.
Una mujer como Cleopatra era posiblemente lo que más
deseaba Marco Antonio pues sus riquezas le permitían
llevar el estilo de vida que le hacía feliz y realizar todas sus
fantasías por costosas que fueran. Además era toda una reina
dedicada a él y su consideración de diosa por el hecho de
ser faraona era algo que encajaba perfectamente en sus fantasías
y que halagaba su ego. Sin embargo ella también estaba destinada
a ser su perdición. Una vez conseguido lo que quería, Marco
Antonio se estancaría y se limitaría a disfrutar
de lo que ya tenía mientras sus enemigos se hacían cada
vez más poderosos. Teniendo a su disposición las riquezas
que financiaran el extravagante y derrochador estilo de vida no necesitaría
preocuparse de lo que pasara en el mundo ni se vería obligado a
hacer trabajar a su inteligencia. Sin saberlo, Marco Antonio
llevaba en si mismo la semilla de su autodestrucción y Cleopatra
la hacía crecer y desarrollarse.
| II.
MARCO ANTONIO ENTRA EN ACCIÓN |

Tito Labieno
- Parthicus Imperator |
Estaba un día
el dios Baco leyendo su correspondencia mientras descansaba un poco
de tanta diversión, cuando llegaron a sus manos noticias que
debieron disgustarlo considerablemente y hacerlo bajar de su nube.
Las cartas le informaban de que el hijo de Tito Labieno
y el Príncipe de los Partos habían invadido las provincias
romanas orientales derrotando a Saxa y haciéndose
con parte de su ejército. Ahora controlaban todo el territorio
romano desde el Eúfrates y Siria hasta Lidia y Jonia con la
excepción de algunas ciudades. Sus ojos no debieron dar crédito
a lo que leía y tras recuperarse de la impresión, organizó
su partida hacia la ciudad de Tiro, que aún resistía
a los invasores. |
Nada
más llegar la primavera del año 40 a.C., en cuanto las condiciones
del mar lo permitieron, Marco Antonio embarcó
hacia Tiro. Sin embargo poco podía allí pues no contaba
con ningún ejército para hacer frente a los partos. Por
ello partió de la ciudad no sin antes prometer a sus habitantes
que en cuanto le fuera posible les enviaría ayuda. Desde Tiro se
desplazó hasta Chipre, hizo escala en Rodas y finalmente llegó
hasta Grecia. Allí le informaron de todo lo ocurrido en Italia
y de como su hermano, su esposa y Manio habían
provocado aquella precipitada guerra que tan cara le había salido.
En menos de un año, él, la encarnación de Baco y
descendiente de Hércules, había dejado de ser uno de los
hombres más poderosos del mundo conocido para verse superado por
un traidor descendiente de bárbaros y por el nieto de un tendero
africano (3).
Tanto Ahenobarbo como Asinio le instaban
en sus cartas a reunirse con ellos cuanto antes indicándole que
estaban acondicionando varios puntos en las costas de Italia para que
pudiera desembarcar. Aún no se había dicho la última
palabra ni muchísimo menos. La caótica situación
por la que pasaba Italia había minado considerablemente la popularidad
de Octaviano, quién pese a derrotar a su hermano
Lucio, sólo contaba allí con el respaldo
del ejército. Si Marco Antonio conseguía
llegar hasta Italia es posible que muchas de las ciudades que se habían
sublevado contra Octaviano le ofrecieran su apoyo, pues
evidentemente toda la labor de Lucio Antonio y Fulvia
no había sido en vano. Por otro lado aún tenía a
sus veteranos asentados en diversas colonias e incluso en varias legiones
con las que teóricamente contaba Octaviano. ¿Hasta
que punto seguiría el ejército a su enemigo si se tenía
que enfrentar a él?. Labieno y los partos tendrían
que esperar....
Al llegar a Atenas, Marco Antonio se reencontró
con Fulvia, que ya había llegado allí con
sus hijos, y tuvo un duro enfrentamiento con ella en el que ambos se reprocharon
sus mutuos errores. También estaba allí su anciana madre
Julia que había escapado junto a Sexto
Pompeyo tras la guerra. Éste la había hecho llevar
hasta Atenas escoltada por varios barcos de guerra y acompañada
por sus principales hombres, quienes tenían orden de intentar una
reconciliación con él. Marco Antonio le
comunicó a los emisarios de Sexto que agradecía
el trato que había dado a su madre y que en caso de guerra se aliaría
con él y en el de paz trataría de reconciliarle con Octaviano.
| Cuando
Octaviano se enteró del encuentro entre Marco
Antonio y los emisarios de Sexto Pompeyo,
tras regresar de la Galia, temió que se aliaran contra él
e intentó predisponer a los soldados contra ambos. Su argumento
era que dado que muchos de los hombres a los que habían arrebatado
sus tierras se habían unido a Sicilia con Sexto Pompeyo,
si éste y Marco Antonio ganaban la guerra
los soldados perderían la justa recompensa que habían
recibido. La idea de Octaviano era buena, pero su
argumento no era superior al prestigio de Marco Antonio
entre los soldados. Aquellos sabían perfectamente que era a
aquél y no a Octaviano a quién debían
las victorias de Filipos. |
 |
Pese
contar con más de cuarenta legiones en ese momento, Octaviano
sabía que no todas le seguirían en la guerra que se avecinaba.
Además, si Marco Antonio se aliaba finalmente
con los republicanos contaría con una flota de más de quinientas
naves. Estaban en posición de bloquear Italia por el mar y rendirla
por hambre. A la ventajosa situación que tenía Sexto
Pompeyo ahora se unía el liderazgo, la iniciativa y la
experiencia militar de Marco Antonio. La producción
de grano de las provincias de la Europa occidental no era suficiente para
mantener a Roma e Italia y si se prolongaba el conflicto demasiado tiempo
era posible muchas de las ciudades italianas terminarían rebelándose
y tomando partido por sus enemigos. Dichas ciudades sólo se habían
rendido a él porque contaba con el apoyo del ejército, ¿pero
hasta cuando seguiría contando con éste de prolongarse la
situación y de tener que enfrentarse a Marco Antonio?.
Ciertamente la alianza de Marco Antonio con los republicanos
había sido un golpe certero y Octaviano debía
hacer algo para contrarrestarla. Con esa idea en mente, pidió en
matrimonio a Escribonia que era hermana de Lucio Escribonio Libón,
suegro de Sexto Pompeyo. Si no le servía para
quebrantar aquella alianza al menos le acercaría a un entendimiento
con esa facción o la dividiría. Como era de esperar, Libón
no pudo resistir la tentación de verse emparentado con uno de los
hombres más poderosos de Roma y al tener noticia de la petición
de matrimonio escribió a sus familiares para que aceptaran el enlace
de inmediato.
Tras esta maniobra diplomática Octaviano se deshizo
de los hombres de cuya lealtad sospechaba por su amistad con Marco
Antonio enviándolos a diferentes lugares lejos de Roma
y separados unos de otros. También hizo lo mismo con las legiones
de las que no se fiaba por haber combatido a las órdenes del otro
triunviro. Por último envió a Lépido
a la provincia de África para que tomara posesión de ésta
como se había pactado y le cedió el mando de seis legiones
de las que menos se fiaba, para quitárselas de encima. Evidentemente
Octaviano no dudaba menos de la lealtad de Lépido
que de la de aquellas legiones. La situación que se avecinaba iba
a ser difícil y tenía que cubrirse las espaldas.
| III.
REANUDACIÓN DEL CONFLICTO |
| Marco
Antonio se había hecho (posiblemente en Tiro y luego
en Grecia) con una flota de doscientas naves de guerra. Sin embargo
contaba con pocos soldados. No podía utilizar las tropas de
Censorino dejando desguarnecida Macedonia y la Hélade
del mismo modo que tampoco lo podía hacer con las ciudades
del Véneto que seguían leales a él. Tras dejar
a Fulvia en Sicyon navegó desde Corcira hacia |

Moneda
conmemorativa de la alianza, Ahenobarbo en Corcira. |
el Adriático.
Al enterarse de que Ahenobarbo iba a su encuentro
con su propia flota y con un ejército que superaba al suyo,
sus hombres desconfiaron de las intenciones de éste dado que
se trataba de un antiguo enemigo que había sido declarado culpable
en el juicio contra los asesinos de César
(4). No obstante,
Marco Antonio sabía que para esa guerra era
necesario tenerlo como aliado tanto a él como a Sexto
Pompeyo. Por ello avanzó hacia la posición
de Ahenobarbo al frente de cinco de sus navíos
más veloces tras ordenar al resto de la flota que los siguieran
a una distancia prudente por lo que pudiera pasar.
|
Lucio
Munacio Planco, que estaba junto al triunviro, no se fiaba lo
más mínimo de las intenciones del republicano y pidió
a su general que ordenara a los barcos detenerse enviando sólo
a uno o dos a modo de prueba y esperar acontecimientos. Marco
Antonio le contestó que prefería morir siendo traicionado
a salvarse y ser tomado por un cobarde, demostrando así cual era
la diferencia entre un líder natural que tomaba decisiones con
seguridad y quién nunca pasaría de ser un mandado. Cuando
los dos grupos de barcos se encontraron a una distancia en la que se distinguían
las enseñas de las naves en las que viajaban los comandantes en
jefe, uno de los lictores de Marco Antonio ordenó
a la nave de Ahenobarbo que arriara su enseña.
Así lo hicieron y cuando dicha nave llegó junto a la de
Marco Antonio, se situó en su costado y tanto
Ahenobarbo como su ejército saludaron al triunviro
como general. Con ellos iba Asinio Polión,
que previamente se había asegurado la lealtad del republicano y
de que su general no corría peligro.
Reunidas las dos flotas se dirigieron a Pale (5)
donde embarcaron a las tropas de Ahenobarbo y desde allí
navegaron hasta Brindisi. Ésta ciudad, que estaba protegida por
cinco cohortes de Octaviano, les cerró las puertas
en cuanto llegaron porque Ahenobarbo les había
atacado con su flota un año antes y había devastado sus
territorios. Marco Antonio enfurecido interpretó
entonces que le negaban el paso por orden de Octaviano
y lo consideró un acto hostil por su parte y excusa suficiente
reanudar la guerra.


Sexto
Pompeyo |
A
continuación, el triunviro sitió Brindisi por tierra
y por mar (6),
envió tropas por las zonas costeras para que se hicieran con
el control de Sipontum, por su importancia estratégica (7)
y encargó a Sexto Pompeyo que atacara con
su flota alguna zona de Italia lejos de allí para que Octaviano
tuviera que hacerse cargo de varios frentes a la vez y no pudiera
concentrar todas sus fuerzas a la vez en el ataque a su posición.
Sexto envió a su liberto Menodoro
(también conocido como Menas) con cuatro legiones
a Sardinia, donde las dos de Octaviano se rindieron
sin luchar y pasaron a sumarse a las del enemigo. Desde allí
Menodoro amenazaba la isla de Córsica (Córcega)
y las ciudades de la costa occidental Italia, obligando a Octaviano
a no dejarlas desguarnecidas. Mientras tanto Sexto
sitiaba Turios y Cosentia (en Brutium) al tiempo que su caballería
devastaba el territorio de ambas ciudades.
|
Octaviano
reaccionó enviando a Agripa a Apulia para que
auxiliara a las ciudades que estaban siendo atacadas por las tropas de
Marco Antonio mientras él en persona se dirigiría
a Brindisi con otro ejército. Agripa intentó
incorporar a sus tropas a los colonos de las zonas por las que pasaba.
Muchos de éstos le siguieron a distancia creyendo que la guerra
era contra Sexto Pompeyo, pero al enterarse de que el
enemigo era Marco Antonio la mayor parte desertó
y le abandonaron. El heredero de César se enfrentaba
a un enemigo más poderoso que Marco Antonio: su
prestigio entre los soldados. Tenía a su disposición a más
de cuarenta legiones pero no sabía hasta que punto eran de fiar.
Por ello sólo reclutó a colonos que él en persona
había asentado y premiado con cuantiosas dádivas. Éstos
tampoco estaban por la labor de combatir contra Marco Antonio
pero por una cuestión de honor se negaron a abandonar a su benefactor
y le siguieron hasta Brindisi con la secreta intención de reconciliar
a ambos triunviros.
Tras pasar unos días en Canusium por estar enfermo, llegó
Octaviano a Brindisi. Su ejército era muy superior
numéricamente al de Marco Antonio pero no sabía
hasta que punto le seguirían los soldados si se decidía
a combatir. Al llegar a la ciudad se encontró que los sitiadores
estaban protegidos a su vez por otra fortificación. Ante las dudas,
Octaviano decidió acampar allí y esperar
acontecimientos. Marco Antonio, pese a estar en clara
inferioridad numérica, podía defenderse perfectamente gracias
a la fortificación y en caso de emergencia tenía la opción
de huir por mar. No obstante, escribió a Censorino
ordenándole que enviara refuerzos. Mientras tanto, enviaba por
la noche en barcos de guerra a ciudadanos privados y los hacía
regresar durante el día en los mismos barcos pero armados como
soldados para que Octaviano pensara que eran refuerzos
y desistiera de atacarle. Efectivamente Octaviano no
se atrevía a atacar la fortificación y los hombres de Marco
Antonio aprovechaban el tiempo preparando la maquinaria de asalto
para el asedio de la ciudad, mientras ambos triunviros enviaban cartas
a todas las ciudades de Italia para que se unieran a su causa.
Cuando Marco Antonio se disponía a iniciar el
ataque a Brindisi llegaron noticias de que Agripa había
recuperado Sipontium y de que Sexto Pompeyo había
sido rechazado en Turios aunque seguía sitiando Cosentia, lo que
provocó el lógico enfado del triunviro. Al llegar poco después
la noticia de que un cuerpo de caballería de mil quinientos jinetes
dirigido por Publio Servilio Rullo iba a unirse a las
tropas de Octaviano, Marco Antonio montó
en cólera y encabezando personalmente un grupo de poco más
de cuatrocientos jinetes salió al galope en dirección a
Hiria (entre Tarentum y Brindisi) durante la noche sin que los hombres
de Octaviano pudieran detenerlos. Al llegar a la ciudad
cayó como un rayo sobre los mil quinientos hombres de Servilio
cuando aún dormían. Éstos, aterrorizados por el ataque
sorpresa y por tener que enfrentarse a Marco Antonio
se entregaron sin luchar y ese mismo día regresaron todos al sitio
de Brindisi.
Tras la brillante hazaña de su general, los pretorianos de Marco
Antonio, con la moral bien alta, se aproximaron al campamento
de Octaviano por grupos y reprocharon a sus soldados
que quisieran combatir contra aquél que les había dado la
victoria en Filipos. Los hombres de Octaviano se defendieron
y comenzaron una disputa verbal en la que se culpaban unos a otros de
la situación a la que se había llegado. Finalmente los soldados
de Octaviano confesaron que acompañaban a éste
por una cuestión de honor y estaban dispuestos a servirle hasta
la muerte, pero que en el fondo esperaban la reconciliación entre
los triunviros. Las posturas empezaban a acercarse.
| Mientras
esto sucedía llegó a Marco Antonio
la noticia de la muerte de Fulvia. El impulsivo triunviro
la había tratado con dureza en su encuentro en Atenas y sus
reproches habían calado muy hondo en la apasionada mujer. Ella
no sólo había tenido que sufrir como la engañaba
con Cleopatra sino que |
además,
tras más de un año de anhelar volver a encontrarse
con su marido, la había tratado de esa manera y se había
mostrado indiferente ante su dolor. Aunque seguramente no se había
quedado corta a la hora de contestar a su marido durante la disputa
y, conociendo el carácter de ambos, la bronca que armaron
debió ser monumental por ambas partes, ella había
estado acostumbrada durante casi toda su vida a salirse con la suya
y la situación sin duda la debió superar. Marco
Antonio se había separado de ella en Sicyon sin
que se hubiesen reconciliado y siendo tal su enfado que con brutal
indiferencia ni siquiera se molestó en despedirse aún
sabiendo que estaba enferma.
|

Fulvia |
Las
noticias que le llegaron no aclaraban de que había muerto. Unos
decían que de una enfermedad y otros decían que, descorazonada
por el trato que le había dado su marido, se había dejado
consumir por ella. La esposa del triunviro había perdido su interés
por seguir viviendo y su cuerpo se había ido debilitando poco a
poco hasta que su mano tomó la de Caronte que la esperaba para
ayudarla a cruzar la Estigia. La moral y la euforia que Marco
Antonio había ganado tras su heróica hazaña
se diluía ante el sentimiento de culpabilidad que le producía
la muerte de su esposa. Aquella apasionada mujer, madre de dos de sus
hijos, lo había dado todo por él. Incluso había provocado
una guerra sólo por recuperarle y llevarle a lo más alto.
Ahora no volvería a verla nunca y ni siquiera los dioses podían
evitar tener sentimientos
Tal
vez por tener Fulvia gran parte de culpa del enfriamiento
de las relaciones entre los dos triunviros o tal vez por haberse aprovechado
las circunstancias del momento, lo cierto es que su muerte benefició
a los partidarios de la reconciliación. La mediación de
Lucio Cocceyo Nerva entre ambos fue decisiva. Éste
era un amigo personal de Octaviano que había sido
enviado a Fenicia junto a Marco Antonio en el verano
del año anterior (41 a.C) y había permanecido junto a aquél
desde entonces. Aprovechando sus buenas relaciones con los dos consiguió
que fueran acercando posturas. Tras hacerle llegar a Marco Antonio
que los soldados de Octaviano no deseaban esa guerra
lo convenció para que ordenara a Sexto Pompeyo
que volviera a Sicilia y que enviara a Ahenobarbo lejos
de Brindisi. Octaviano había sido muy hábil
al no hacer ejecutar a Lucio Antonio tras la rendición
de Perusia, pues ese fue posiblemente uno de los argumentos de más
peso que evitó una ruptura total de las relaciones entre ambos
triunviros.
Finalmente y con la mediación de Asinio Polión
y Mecenas que estaban respaldados por los soldados, se
pidió a los triunviros que declararan una amnistía por los
actos pasados. Marco Antonio y Octaviano
accedieron finalmente a dejar a un lado sus diferencias por el bien de
Roma y se firmó la Paz de Brindisi abrazándose ambos delante
de toda la tropa como señal de reconciliación mientras eran
vitoreados. La no intención de luchar por parte de los soldados
fue decisiva para que sus líderes llegaran a un acuerdo y posiblemente
evitaron con ello que Roma terminara autodestruyéndose. Cuando
se festejaba con banquetes el acuerdo de los triunviros, algunos hombres
de Octaviano le preguntaron a Marco Antonio
por el dinero de la recaudación que había llevado a cabo
en Oriente (8). Al
contestarles que no disponía del mismo muchos se quedaron con las
ganas de echarle las manos al cuello, pero Octaviano
que estaba al tanto de ello, los disuadió con nuevas promesas.
Empezaba una nueva etapa y había que respetar lo acordado por el
bien de Roma.
Amigos de nuevo, Marco Antonio y Octaviano
se volvieron a repartir el mundo por tercera vez (9)
(año 40). Así pues, quedó establecido que las provincias
e islas situadas al oeste de la ciudad iliria de Escodra fueran para Octaviano
y las del este hasta el Eúfrates para Marco Antonio.
Lépido se quedaría con África en
cumplimiento de lo pactado con él y mientras Octaviano
hacía la guerra a Sexto Pompeyo, Marco
Antonio se encargaría de reconquistar los territorios
que Labieno y los Partos habían arrebatado a Roma.
Con respecto a Ahenobarbo, a quién Marco
Antonio nombraría después gobernador de Bitinia,
se acordó que Octaviano respetaría los pactos que hubieran
hecho entre ambos (10).
La Galia Cisalpina pasaría a formar parte de Italia como se había
pactado en el 42 a.C y ésta última quedaría libre
de atribución personal teniendo derecho ambos triunviros a reclutar
igual número de tropas en su territorio. Por último, como
mandaba la tradición, había que establecer un nuevo lazo
familiar que sellara el pacto, por lo que Marco Antonio
se comprometió a tomar por esposa a Octavia la Menor,
hermana de Octaviano que había enviudado a principios
de año de Cayo Claudio Marcelo.

Acordada la nueva situación, Marco Antonio envió
a Asinio Polión a Macedonia para remplazar a Censorino
que iba a ser cónsul el año siguiente y designó a
Publio Ventidio para frenar los avances de Labieno
en Asia Menor. Él debía permanecer en Italia aún
donde sus obligaciones que lo retenían. Entre otras cosas, tenía
pendiente ajustar las cuentas a Manio. Marco Antonio
no le perdonaba que hubiera implicado a Fulvia en las
intrigas de Lucio Antonio y para mitigar su dolor y su
sensación de culpabilidad por la muerte de su esposa ordenó
que lo ejecutaran.
Tras casarse
con Octavia, como se había convenido, confesó
a Octaviano que Salvidieno le había
escrito desde la Galia proponiéndole unirse a él cuando
estaba asediando Brindisi. Ya fuera por instigación de sus
tropas o porque pensaba que lo mejor para Roma era que la guerra acabara
cuanto antes y la única forma de conseguirlo era apoyar a Marco
Antonio, éste había decidido traicionar a su
benefactor y ponerse del lado de aquél. Octaviano
que conociendo la experiencia de su padre adoptivo sabía que
trato debía dar a un traidor, hizo llamar a Salvidieno
para que acudiera a Roma. Una vez allí ordenó que lo
apresaran a su llegada y tras mostrarle las pruebas de su traición
lo hizo ejecutar. Como muestra de gratitud hacia Marco Antonio,
le cedió las legiones que Salvidieno tenía
en la Galia, aunque la razón real de esa generosidad era que
no confiaba en la lealtad de esas tropas (11).
|

Conmemoración del matrimonio
entre Marco Antonio y Octavia. |
| V.
HERODES Y MARCO ANTONIO |
Como
habíamos visto, tras enterarse de la muerte de su hermano, Herodes
tomó la determinación de ir en busca de Marco Antonio
para pedirle ayuda, pues ya no quería llegar a un acuerdo con los
partos a quienes seguramente odiaba tanto como a Antígono
por considerarlos corresponsables de lo ocurrido a Fasael.
Al llegar a Pelusio unas naves ancladas allí le impidieron embarcarse
inmediatamente hacia Alejandría, por lo que tuvo que acudir a las
autoridades de la ciudad y decir quién era. Éstas le escoltaron
con todos los honores hasta Alejandría donde Cleopatra
lo recibió cordialmente. Marco Antonio no se encontraba
allí sino en Italia a donde se había desplazado en la primavera
de ese mismo año.
La reina quiso retener a Herodes junto a ella pues esperaba
que dirigiera un ejército que estaba preparando para ayudar a Marco
Antonio contra los partos. No obstante Herodes
reusó el ofrecimiento y decidió desplazarse lo antes posible
hasta Italia aún estando en pleno invierno y sabiendo lo peligrosa
que era la navegación durante esa época del año.
Tenía la mente puesta en una sola idea. Posiblemente había
transformado todo su dolor en odio y ni siquiera temía arriesgar
su propia vida para conseguir sus propósitos. Además, Antígono
no tardaría en sitiar Masada (si no es que no lo estaba haciendo
ya) y temía por la suerte de su hermano José
y de las mujeres de su familia. Ni las tempestades del mar, ni los agasajos
de Cleopatra ni las noticias que habían llegado
a Alejandría sobre una guerra civil en Roma iban a detenerlo.
Neptuno no se apiadó de la situación de Herodes
a quién la travesía estuvo a punto de costarle la vida.
Tras embarcar desde Alejandría rumbo a Panfilia fue sorprendido
por una durísima tormenta que le obligó a arrojar al mar
todo el cargamento del barco. A duras penas consiguió llegar a
Rodas donde se encontraron con él sus amigos Sapino
y Ptolemeo. Conquistada y saqueada por Cayo Casio
Longino un par de años antes la isla no se había
recuperado aún, por lo que Herodes colaboró
a restablecer su antigua situación en la medida de sus posibilidades
(12). En agradecimiento,
los Rodios que eran un pueblo de expertos navegantes, le ayudaron a construir
una trirreme de grandes dimensiones con la mayor celeridad posible y la
dotaron de tripulación. En esa nave Herodes navegó
hasta Brindisi y desde allí se desplazó hasta Roma donde
fue al encuentro de Marco Antonio.
Una vez recibido por éste, Herodes lo puso al
tanto de su situación y le hizo saber que él era su última
esperanza. El triunviro se compadeció del idumeo y prometió
ayudarle por su amistad con él y por odio hacia Antígono,
que había traicionado a Roma abrazando la causa de los Partos.
Octaviano por su parte estaba totalmente de acuerdo en
ayudar a Herodes, tanto por la lealtad que su familia había prestado
a César como por complacer a su cuñado
Marco Antonio con quién en ese momento estaba
en buenas relaciones. Convocado el Senado de Roma, tras un brillante discurso
de Marco Valerio Mesala apoyado por Lucio Sempronio
Atratino, los miembros de la cámara quedaron conmovidos
y decidieron declarar a Antígono enemigo de Roma
por haber sido proclamado rey sin la autorización de esa institución
y por su alianza con los Partos. Así mismo y tras otro discurso
de Marco Antonio, el Senado nombró a Herodes
nuevo rey de Judea por su más que demostrada lealtad hacia Roma
y por la necesidad de tenerle como aliado para la reconquista de la provincia
de Siria.
Posiblemente Herodes no pensó nunca en ser rey
antes de llegar a Italia. Lo más probable era que se limitara a
pedir ayuda para vengarse de Antígono y para poner
en el trono a su futuro cuñado Aristóbulo,
hermano de Mariamme. Sin embargo, los romanos lo necesitaban
a él del mismo modo que él a los romanos. La contraofensiva
de Ventidio, que tendría lugar en la primavera
del año siguiente se iba a concentrar en la península Anatolia
y el abrir otro frente en Judea le sería de mucha utilidad para
la guerra contra los Partos. Por otro lado, a los romanos les daba exactamente
igual que los judíos aceptaran o no a Herodes.
Les bastaba con su eficiencia como gobernante y con su más que
demostrada lealtad independientemente de que fuera o no desinteresada.
Terminada la sesión, los cónsules y los demás magistrados
se dirigieron al Capitolio para llevar el decreto y ofrecer un sacrificio
a los dioses. Con dicho decreto desaparecía legalmente la dinastía
de los Asmoneos aunque en la práctica aún había que
derrotar a Antígono. El Senado concedió
además a Herodes la posibilidad de partir de Italia
para emprender la guerra después de que en tan solo siete días
le habían concedido incluso más de lo que pedía.
Lo que no se le concedió fue el mando de un ejército romano
pues, como dijimos, las fuerzas de Marco Antonio al mando
de Ventidio iban a atacar en primer lugar la península
Anatolia, mientras que las de Octaviano estaban pendientes
de que solucionase el conflicto con Sexto Pompeyo. Tras
asistir al banquete que le ofreció Marco Antonio
para celebrar su nombramiento como rey, Herodes partió
de Italia y comenzó a reclutar un ejército de mercenarios
con el que contraatacar a Antígono.
| VI.
SOLUCIÓN A LOS PROBLEMAS DE ITALIA |
Tras los acuerdos de Brindisi, el hambre seguía castigando a Italia.
Los mercaderes de grano temían a Sexto Pompeyo
y sus hombres quienes dominaban el mar además de la propia Sicilia.
Ni siquiera desde África se atrevía Lépido
a enviar suministros a Roma. La situación era más o menos
la misma que antes de la Guerra de Perusia con el agravante de que había
pasado un año sin que se presentaran mejorías. Las buenas
relaciones de Ahenobarbo con Marco Antonio
hubieran permitido enviar barcos a comprar trigo de Asia Menor, pero como
sabemos, esta estaba ocupada por Labieno.
 |
Marco
Antonio insistía a Octaviano que
lo mejor era llegar a un acuerdo con Sexto Pompeyo.
El reciente parentesco entre Octaviano y Libón,
las buenas relaciones de Sexto Pompeyo con Marco
Antonio y el grupo de presión que formaban los romanos
exiliados en Sicilia eran cartas a favor de los triunviros para
intentar la reconciliación. Sin embargo Octaviano
se negaba en rotundo porque no le había sentado
nada bien que tras conseguir reconquistar Sardinia, Sexto
la hubiera recuperado de nuevo a través de Menodoro
y hubiera lanzado varios ataques a las ciudades costeras de Etruria.
La razón por la que Sexto Pompeyo había
reanudado las hostilidades era porque tras la Paz de Brindisi temió
una alianza contra él entre Octaviano y
Marco Antonio. Sin embargo esa no era excusa suficiente
para el más joven de los triunviros que quería llegar
hasta el final fueran cuales fueran las consecuencias.
|
Marco
Antonio estaba en deuda con Sexto a quién
había prometido que en caso de llegar a un acuerdo con Octaviano
intentaría reconciliarle con éste. No obstante al ver que
Octaviano no quería ceder le aconsejó que
si no quería la paz que hiciera la guerra con la mayor celeridad
posible porque el tiempo jugaba en su contra. Cuanto más se prolongara
el conflicto y la penosa situación de Italia más difícil
sería mantener la estabilidad. Además Sexto Pompeyo,
en posesión de las cosechas de Sicilia, podía alimentar
a los suyos sin problema, lo que hacía correr el tiempo en su favor
y en contra de Octaviano. Éste se daba cuenta
de que Marco Antonio tenía razón pero no
contaba con recursos económicos para construir una flota que pudiera
hacer frente a la de su enemigo y menos aún con la inflación
de precios que se había producido como consecuencia de la carencia
de alimentos. Por ello decidió promulgar un edicto en el que establecía
un impuesto extraordinario gravando la posesión de esclavos y las
propiedades adquiridas por razón de herencia.
Esta medida de Octaviano fue la gota que colmó
el vaso. Los habitantes de Roma, hartos de las penalidades que estaba
viviendo y en vista de que no se escuchaban sus súplicas de que
se firmara la paz, destrozaron el edicto de Octaviano
y se rebelaron contra la autoridad de los triunviros. Conscientes de que
se estaban sacrificando para una guerra que no era en favor de Roma sino
de las ambiciones personales de sus gobernantes, no pudieron consentir
más tanto atropeyo y finalmente la indignación generalizada
terminó por explotar. La mayor parte de la población de
la ciudad se agrupó en bandas y comenzaron a haber enfrentamientos
violentos entre ellos y los que no se unían a sus protestas. El
pueblo no odiaba a Sexto ni lo consideraba culpable de
su situación. Era Octaviano el que no quería
llegar a un acuerdo y el culpable de que se prolongara la guerra.
Tal era la tensión social que se vivía en aquel momento
que en cierta ocasión que Octaviano se dirigió
al foro para intentar calmar al pueblo fue apedreado sin misericordia
por las bandas. Marco Antonio, que estaba con él,
acudió en su ayuda y la lluvia de piedras cesó, pues el
pueblo sabía que era partidario de llegar a un acuerdo con Sexto
Pompeyo. Por otro lado su popularidad era en aquél momento
muy superior a la de Octaviano, dado que el estar tan
lejos de Italia había traído como consecuencia que todo
el malestar que había generado el hambre y la guerra se centrara
en la persona del otro triunviro. Sin embargo cuando las bandas ordenaron
a Marco Antonio que se retirara y no lo hizo, volvieron
a llover los cantos. Ante esta situación, Marco Antonio
enfurecido hizo llamar a las tropas que estaban a las afueras a la ciudad
para que dispersaran a la multitud. Al llegar éstas al foro y como
consecuencia de que la multitud no se dispersaba cargaron contra ésta
indiscriminadamente y se produjo una sangrienta matanza.
Mientras tanto Marco Antonio había recogido a
Octaviano y lo había llevado a su propia casa
para que lo atendieran. Se habían salvado por los pelos pero eso
no era nada comparado con la que se podía organizar si toda Italia
se levantaba contra el Triunvirato. Por ello Marco Antonio
pidió a Escribonia y a sus familiares que hicieran
regresar a Libón de Sicilia con cualquier pretexto
garantizándole él mismo total inmunidad. Al enterarse el
pueblo de que el suegro de Sexto Pompeyo había
llegado a Italia, presionaron una vez más a Octaviano
para que se aviniera a firmar la paz . Libón,
que se daba cuenta de que las circunstancias obligaban a ceder a los triunviros,
una vez se entrevistó con éstos les pidió que se
reunieran con Sexto Pompeyo y negociaran directamente
con él.
En cuanto a éste último, sus hombres estaban divididos en
dos facciones. Por un lado estaba la de los partidarios de la reconciliación
que estaba formada por los romanos exiliados en Sicilia y encabezada por
Murco (13),
que era el único de éstos con mando en la flota. Por otro
lado estaba la de los partidarios de una política radical y que
eran contrarios a las negociaciones porque sabían que el tiempo
jugaba en su favor. Esta otra facción encabezada por Menodoro,
estaba formada por los libertos de Sexto Pompeyo (antiguos
hombres de su padre) entre los que tenían cargos de responsabilidad.
Finalmente aquél decidió negociar desoyendo los consejos
de Menodoro y accedió a reunirse con Octaviano
y Marco Antonio. Tras varios encuentros con éstos
en los que el tira y afloja de las negociaciones se fue inclinando poco
a poco del lado de Sexto debido a la situación
en que se encontraba Italia y a la presión popular, llegaron finalmente
a un acuerdo (14).
Se pondría fin a la guerra por tierra y por mar y no se obstaculizaría
el comercio marítimo. Sexto Pompeyo retiraría
sus guarniciones de Italia, no daría acogida a esclavos ni a fugitivos
y no atacaría ninguna nave en el litoral de Italia. A cambio se
le reconocería el gobierno de Corsica, Sardinia, Sicilia y todas
las islas que dominara en ese momento por un periodo de tiempo igual al
que durara el Triunvirato. Además, enviaría a Roma el trigo
de Sicilia para acabar con el hambre y se le permitiría tomar el
mando del Peloponeso y de las islas Cícladas, así como la
posibilidad de ejercer el consulado a través de un tercero que
él designara y de ser inscrito él en el colegio de los pontífices
como augur. Por otro lado, los nobles que se habían exiliado en
Sicilia y no estuvieran implicados en el asesinato de César
podrían volver a Roma con total impunidad y todas sus propiedades
inmuebles les serían devueltas a su regreso. A los proscritos se
le devolvería la cuarta parte de los suyos, a los esclavos que
hubieran luchado en el ejército de Sexto se les daría la
libertad y a los libres se les premiaría igual que a los veteranos
de Octaviano y Marco Antonio.
 |
Puesto
el acuerdo por escrito se envió al Templo de las Vestales y tras
los festejos se designaron los cónsules para los años del
34 al 31 a.C, modificándose los designados en Brindisi (del 38
al 31a.C) de acuerdo con los intereses del nuevo pactante. Por último
se acordó el compromiso matrimonial entre la hija de Sexto
Pompeyo y Marcelo, hijo de la nueva esposa de
Marco Antonio y sobrino de Octaviano.
En Roma se celebró con alegría el fin de la guerra y salvo
aquellos que se iban a ver obligados a devolver sus tierras antiguos exiliados
y proscritos, la satisfacción fue general. Resuelto el conflicto
con Sexto Pompeyo la población de Italia pudo
ser abastecida por Sicilia y África, lo que suponía el final
de las hambrunas y el principio de la vuelta al orden.
Tras los acuerdos con Sexto Pompeyo los triunviros se
volvieron a separar. Octaviano se desplazó a Aquitania
donde había estallado una insurrección que estaba siendo
sometida por Agripa y Marco Antonio
se embarcó hacia Grecia donde pasaría el invierno junto
con su nueva esposa para encargarse en la primavera siguiente de la guerra
contra los Partos, cuyas primeras operaciones habían comenzado
en la primavera de ese mismo año dirigidas por Ventidio.
| VII.
CONCLUSIONES AL RESPECTO |
Del
mismo modo que Octaviano había salido fortalecido
de una situación en la que nadie apostaba un sextercio por él,
Marco Antonio había vuelto a equilibrar la balanza entre ambos.
Tal y como habíamos dicho cuando más complicadas se volvían
las cosas para Marco Antonio era cuando éste demostraba
su verdadera capacidad, pues sólo la adversidad más extrema
le forzaba a romper su acomodamiento y a superar sus vicisitudes. La Paz
de Miseno le proporcionó el fortalecimiento de un aliado como Sexto
Pompeyo que pondría freno a Octaviano
en Occidente mientras él se encargaba de restablecer el poder de
Roma en Oriente.
Por otro lado su entendimiento con éste y con Ahenobarbo
(que era sobrino de Catón), le habían proporcionado
nuevos aliados. Además de los consulares Asinio,
Ventidio, Censorino y Planco;
antiguos hombres de César y compañeros
de armas suyos, ahora contaba también con el favor de la mayoría
de los republicanos, muchos de los cuales habían estado autoexiliados
en Sicilia antes del 39 a.C. Octaviano era un hombre
de una gran determinación pero también bastante intransigente
con aquellos a los que consideraba sus enemigos. Sin duda los republicanos
veían mucho más factible llegar a una reconciliación
con Marco Antonio, que suponía al mismo tiempo
el único límite de hecho a la intransigencia del más
joven de los triunviros. Además, Octaviano había
perjudicado notablemente a los propietarios de toda Italia para favorecer
a los soldados, que pertenecían a las clases bajas. Por ello la
mayor parte de las clases alta y media de toda Italia simpatizaban con
Marco Antonio, al tiempo que éste seguía
conservando su enorme prestigio entre los soldados.
De Octaviano hay quienes dicen que no supo sacar mucho
partido a su victoria en la Guerra de Perusia. En mi opinión no
le quedaba más remedio que llegar a un entendimiento con sus enemigos.
Una Italia azotada por el hambre y un ejército de dudosa lealtad
eran argumentos de mucho peso para forzarlo a no continuar las guerras.
En cualquier caso si le fue posible llegar a ese acuerdo en condiciones
de igualdad después de verse entre la espada y la pared sin duda
se debió al fortalecimiento de su situación tras la Guerra
de Perusia, por lo que es cuestionable que no sacara partido. La oposición
de los soldados a luchar y la presión popular para alcanzar la
paz, fueron un recordatorio para los triunviros de que Roma estaba por
encima de sus rivalidades personales y de que necesitaban actuar unidos
para hacer frente a los problemas de Roma. Las propias bases del cesarismo,
el ejército y el pueblo, habían actuado de límites
fácticos a un poder triunviral que carecía de límites
teóricos.
Por último añadir que conociendo la naturaleza de hombres
como Octaviano no es muy difícil imaginarse que
éste sólo quería ganar tiempo para hacerse lo suficientemente
fuerte y acabar con sus aliados. Lépido no suponía
una amenaza para él en ese momento dado que no contaba con una
facción propia ni con legiones leales. Sólo si intentaba
algo contra Octaviano éste se decidiría
a eliminarlo dado que su importancia en el triunvirato, como ya hemos
dicho, era muy secundaria. Sexto Pompeyo en cambio era
una espada de Damocles que tenía sobre él
y que trataría de quitarse de encima en cuanto le fuera posible.
En cuanto a Marco Antonio, que era el más poderoso
de sus rivales, tendría que aguardar aún. Tenía la
ventaja de ser más joven que él y podría esperar
a que éste se echara a perder. Como hombre inteligente que era,
no ignoraba Octaviano de que pie cojeaba su cuñado
y en cuanto estuviera lo suficientemente debilitado debido a la clase
de vida a la que con el tiempo se entregaría, aprovecharía
la ocasión para acabar con su prestigio, atraerse a sus aliados
e ir finalmente a por él.
Fin
del cuarto capítulo
V
La contraofensiva romana
|
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Notas..
1.Sabemos
por Apiano que existió correspondencia entre Marco Antonio
con su esposa, su hermano y Manio; si bien posiblemente las respuestas
del triunviro fueran en términos vagos. Dicho autor reconoce
que no pudo encontrar los textos de esas cartas, pero antes de comenzar
la Guerra de Perusia el triunviro ya había sido informado
de la situación en Italia, a pesar de lo cual no se molestó
en regresar antes de la llegada del invierno..Volver
2. Dado que César
había muerto, Cleopatra necesitaba a una hija que llevara
sangre de la gens Julia. Marco Antonio era el candidato perfecto
por ser hijo de una prima hermana de César (Julia) y uno
de los hombres más poderosos de Roma.Volver
3. El sarcasmo acerado y
la burla agresiva eran inherentes al carácter romano y aún
más acentuado en el caso de Marco Antonio. Entre las múltiples
chanzas que hacía de Octaviano se centraba fundamentalmente
en atacarle por su falta de antepasados ilustres al margen de los
Julios. El abuelo paterno de Octaviano, Marco Acio Balbo, era un
hombre nuevo originario de Aricia con quién César
había casado a la más joven de sus hermanas. Según
Suetonio, Marco Antonio decía de él que era un africano
que tenía una tienda de perfumes en dicha ciudad y que antes
había sido panadero. En el caso de Quinto Labieno, tanto
él como su familia eran picentinos a quienes los romanos
de más antiguo linaje consideraban despectivamente descendientes
de galos. Volver
4.Su participación
en la conjura contra César es dudosa y aún hoy sigue
habiendo discrepancia de opiniones al respecto.Volver
5. Puerto de la isla de Cefalenia,
frente a la Acarnania.Volver
6. La ciudad de Brindisi
estaba situada en una península unida al continente por un
istmo. Marco Antonio hizo construir en el istmo un foso y una empalizada
de manera que bloqueaba el acceso a la ciudad por tierra mientras
que su flota lo hacía por mar. Volver
7.Ciudad portuaria del norte
de Apulia. De especial importancia para las comunicaciones marítimas
con Grecia . Volver
8. Marco Antonio estando
en las provincias orientales había acordado que el tributo
extraordinario había que pagar al Triunvirato consistiría
en la cantidad equivalente a nueve años de tributos a pagar
en dos. Tras la pérdida de las provincias por la invasión
de Quinto Labieno Pártico no podía contar con aquellos
ingresos futuros. El efectivo de lo que disponía es de suponer
que lo gastó en sus bacanales (se entiende que las que celebró
antes de llegar a Egipto) y en pagar y mantener a parte de la flota
y ejército con los que atacó Brindisi. Volver
9. Este acuerdo debió
establecerse a finales de Septiembre o principios de Octubre del
año 40 a.C.Volver
10. El hecho de que Octaviano
se aviniera a perdonar a Ahenobarbo me lleva a pensar que éste
no estuvo implicado en el asesinato de César y que la razón
de ser proscrito era únicamente su republicanismo y su participación
en la lucha armada contra el Triunvirato, primero a las órdenes
de Casio y Bruto y posteriormente como líder de su propia
facción. Sin embargo, como ya dije, no es una opinión
unánime.Volver
11. Posiblemente eran de
las que estaban bajo las órdenes de Caleno, o sea, antiguos
veteranos del propio Marco Antonio.Volver
12. Posiblemente a través
de promesas o endeudamiento propio dado que en ese momento Herodes
no disponía de medios para ayudar a Rodas .Volver
13. Las relaciones entre
Murco y Sexto Pompeyo siempre habían sido tensas. Incitado
por Menodoro, Sexto hizo matar furtivamente a Murco poco antes de
iniciarse las negociaciones con los triunviros. Volver
14.
. El acuerdo final, conocido como
la Paz de Miseno tuvo lugar en el verano del 39 a.C. mientras Ventidio
luchaba contra los partos en Asia. Posiblemente Lépido estuvo
también en las reuniones con Sexto Pompeyo, aunque las fuentes
se centran en los otros dos triunviros por su mayor importancia.Volver
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2004 Carlos
Javier Pacheco López
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