MARCO
ANTONIO Y LA INVASIÓN PÁRTICA (41-38 A.C.)
A finales del año 42 a.C. la República romana recibía
una herida mortal en Filipos. Sin embargo a nadie se le escapaba que la
estabilidad que parecían traer los vencedores no podía durar.
Estos dos hombres, que se despreciaban mutuamente, debían acometer
en ese momento la enorme tarea de reorganizar el mundo romano tras años
de guerras civiles. Aún estaba por ver cual de ellos se haría
con el poder al final y el papel que desempeñarían en esa
lucha los últimos republicanos. No obstante, un peligro aún
mayor amenazaba a Roma en ese momento. Más allá del Eúfrates,
un poderoso enemigo acechaba desde la sombra esperando el momento oportuno
para atacar...
|
PARTE V: LA CONTRAOFENSIVA ROMANA |
Como ya hemos visto, Marco Antonio no pudo viajar a Asia
para hacer la guerra a los partos tras firmar la paz de Brindisi pues
aún tenía cuestiones que resolver en Italia. Ésta
estaba libre de atribución en los acuerdos del Triunvirato y por
tanto su situación en aquel momento era también competencia
suya aunque la guerra con Sexto Pompeyo lo fuera de Octaviano.
No obstante el triunviro era consciente de los avances de Labieno,
quién había sabido sacar el máximo partido de los
conflictos internos de los romanos. Debía por tanto enviar un ejército
a Asia para auxiliar a las ciudades que aún eran leales a Roma
y detener el avance de su enemigo. Para dirigir esa tarea designó
a Publio Ventidio, el más leal de sus hombres.
Ventidio era un liberto natural de Asculum (Picenum).
Sus orígenes son confusos y su cognomen Baso sólo
lo encontramos en fuentes de épocas posteriores a la suya (Gelio,
Festo y Eutropio).
En sus tiempos era más conocido como Mulio (el
mozo de mulas) aunque no parece que llegara a ser su cognomen. Posiblemente
fuera hijo o descendiente de uno de los caudillos que lucharon contra
Roma durante la Guerra Social. También sabemos de la existencia
de unos hermanos Ventidio en el Picenum que pertenecían
a una de las familias más importantes de la ciudad de Auximum,
pero no conocemos que grado de parentesco tenían con Publio
Ventidio.
Lo que sí es cierto es que en su niñez fue testigo de excepción
de la crueldad con la que Pompeyo Estrabón trató
a la población de su ciudad natal durante la Guerra Social. A diferencia
de la mayor parte de la población de la ciudad, que fue aniquilada,
él tuvo la suerte de vivir para contarlo gracias a que fue seleccionado
entre los pocos que aquel sanguinario general dejó vivir para ser
llevado prisionero a Roma y participar en su desfile triunfal. Una vez
celebrado el evento y como habitualmente ocurría con la mayor parte
de los prisioneros de guerra que participaban en estos, Ventidio
no fue ejecutado, pero como prisionero de guerra perdió
todos sus derechos y cayó en la esclavitud.
Poco sabemos de los
años que vinieron después pues las noticias son escasas
y confusas. Según Cicerón lo pusieron a
trabajar como mozo de cuadra de la panadería del ejército.
Cuando creció se enroló como soldado raso en estos mismos
ejércitos (posiblemente en tropas auxiliares) y tras licenciarse
obtuvo la ciudadanía romana. A continuación se dedicó
al negocio de la cria y venta de mulas con el que se ganaba la vida modestamente.
Pese a haber conseguido escapar de la miseria y la esclavitud, se veía
a si mismo condenado a un estancamiento de por vida dado que sus escasos
recursos económicos y su condición de liberto le impedían
progresar en la vida pública. Huérfano de padre y madre
a tan temprana edad, Ventidio había estado ligado
al ejército desde que tenía uso de razón. Posiblemente
no había nada anhelara más que conseguir un mando militar,
pero si ya era complicado de por si para un hombre pobre resultaba del
todo imposible para un liberto.
No obstante los mismos caprichos del Destino que le habían puesto
las cosas tan difíciles desde la infancia le deparaban aún
nuevas sorpresas. Gracias a su negocio con las mulas, Ventidio continuó
en relacionado con los ejércitos de Roma, que eran sus mejores
clientes, y pudo conocer al hombre que cambiaría su vida: Cayo
Julio César. Cuando éste cruzó el Rubicón,
Ventidio no dudó en unirse a él. El general
romano, que conocía ya al viejo mulero desde su proconsulado en
la Galia, lo tuvo siempre en cuenta pues sabía la clase de hombre
que era. Por lo general César siempre prefirió
a un hombre competente, leal y trabajador por humildes que fueran sus
orígenes a un insoportable miembro de la nobleza que por el hecho
de contar con ilustres antepasados se creyera por encima de otros mucho
más capacitados que él.
Sin embargo nunca dio a Ventidio el mando de un ejército
sino labores de intendencia a las que se entregaría con la misma
dedicación y laboriosidad que habían sido constantes a lo
largo de su vida. Su indiscutible lealtad hacia él y su eficiencia
en cualquier trabajo que se le encomendara hicieron que César
tuviera siempre presente a Ventidio y se percatara
de que un hombre así podía servirle para algo más.
Por ello lo designó tribuno de la plebe para el 46 a.C. y el viejo
mulero pasó a la Historia por ser uno de los primero libertos que
llegaron al Senado.
Para el 43 a.C el dictador romano había previsto que Ventidio
fuera pretor, pero un año antes de que eso ocurriera fue asesinado.
Entonces Ventidio unió su suerte a la de Marco
Antonio, quién posiblemente lo conocía ya que éste
no tenía problemas en relacionarse con cualquiera por muy humildes
que fueran sus orígenes. Marco Antonio, en el
año de su consulado, consiguió que el Senado convalidara
los actos del dictador tras la muerte de éste, lo que permitió
a Ventidio ser nombrado pretor al año siguiente
y marchar hacia su Picenum natal para desempeñar su labor. Tras
ser derrotado Marco Antonio en Mutina, tuvo la oportunidad
de comprobar la clase de aliado que había ganado. Sin que nadie
se lo ordenara, Ventidio reclutó por su cuenta
a tres legiones en el Picenum entre los antiguos veteranos de Pompeyo
el Grande (sus ex compañeros de armas) y se las llevó
antes de que se uniera a Lépido, lo que le permitiría
pactar con éste en condiciones de igualdad.
Cuando a finales del mismo año se constituyó el segundo
Triunvirato se había acordado que Octaviano y
su colega consular Quinto Pedio dimitieran como cónsules
para lo que quedaba de año, siendo designados Carrinas
y el propio Ventidio para desempeñar esta magistratura.
Una vez más el viejo mulero volvía a pasar a la Historia
por ser el primer liberto que llegaba al consulado y el mismo año
en el que había sido pretor. La generosidad de Marco Antonio
le había permitido llegar aún más lejos de lo que
posiblemente hubiera consentido César. De todos
modos conviene aclarar que tras el segundo Triunvirato, el consulado nunca
volvió a tener el poder que había tenido durante la República.
Se trataba más de un trámite que de un consulado real, pero
gracias a éste Ventidio adquiriría el rango
de consular, que seguía teniendo un gran prestigio en aquellos
tiempos.
Marco Antonio que al igual que César valoraba
la lealtad y la eficiencia por encima del linaje, lo envió junto
con otros generales (Asinio, Planco
y Caleno) a gobernar las Galias después de ultimar
los preparativos de su expedición a Macedonia para enfrentarse
a Casio y Bruto. Durante la Guerra de
Perusia, como ya hemos visto, no pudo brillar por su falta de entendimiento
con los otros generales de Marco Antonio. Asinio
Polión era romano de antepasados itálicos (marrucinos)
que al igual que los de Ventidio se habían enfrentado
a Roma en la Guerra Social. Posiblemente con él tal vez hubiera
sido capaz de entenderse llegada la situación, pero ambos detestaban
a Planco. Éste al igual que Ventidio
tenía rango de consular pero era además romano de noble
cuna y ello le hacía verse por encima de los otros dos.
Marco Antonio había concedido un mando propio
a Ventidio y no tenía porque someterse a la voluntad
de Planco por mucho que tuviera un linaje mejor que el
suyo. Además, el triunviro no había designado a cual de
ellos correspondería el mando en caso de una guerra (lo que prueba
además que la rebelión de Lucio Antonio
era ajena a su voluntad). Por otro lado Ventidio no se
sentía comprometido con Lucio Antonio ni se hubiera
implicado lo más mínimo en aquella guerra de no ser por
las presiones de Fulvia. Hay que tener en cuenta que
el hermano del triunviro defendía (al menos en teoría) la
causa de los terratenientes de toda Italia. Evidentemente Ventidio,
que al igual que sus soldados provenía de las clases bajas, no
debía estar muy por la labor de luchar por defender a los mismos
que lo habían explotado en su infancia. El mismo Pompeyo
Estrabón había sido uno de esos grandes terratenientes.
Tras la rendición de Perusia, Ventidio permaneció
en Italia con su ejército asumiendo además el mando de las
tropas de Planco, a las que este respetado varón
consular de ilustres antepasados había dejado abandonadas para
salir por piernas. No se sabe nada de sus movimientos durante el ataque
de Marco Antonio a Brindisi, aunque como habíamos
comentado posiblemente siguió leal a aquél y permaneció
en el nordeste de Italia. Tras reconciliarse los triunviros, a Ventidio
le llegó la oportunidad a sus más de cincuenta años
de dirigir una guerra sin que ningún otro general le pudiera discutir
su autoridad ni lo menospreciara por su pasado. Del mismo modo que había
ocurrido a Cayo Mario, él era un ave tardía
al que el peso de sus orígenes había impedido levantar el
vuelo. Sin embargo y del mismo modo que ocurriera con Mario,
los años en los que no había podido prosperar no eran un
lastre sino una ventaja sobre otros más jóvenes a los que
la vida les había puesto las cosas mucho más fáciles.
La experiencia de Ventidio como militar y la sabiduría
que le habían dado los años tras tantas vicisitudes iban
a ser determinantes en la guerra que iba a tener lugar.
| II.
VENTIDIO INICIA EL CONTRAATAQUE |
Al
llegar a Asia desde Grecia en la primavera del año 39 a.C. Ventidio
recibió la información de que Labieno
no contaba en ese momento con sus aliados los partos. Al no tener que
enfrentarse contra enemigos en terreno abierto por estar dedicándose
a sitiar las ciudades que aún le ofrecían resistencia y
a combatir el bandolerismo que complicaba la tarea de sus recaudadores,
Labieno había prescindido sus aliados orientales
y contaba sólo con tropas recién reclutadas además
de las guarniciones repartidas entre las distintas ciudades.
Ventidio, consciente de la importancia del factor sorpresa
en una guerra, nada más desembarcar en Asia lanzó un ataque
contra Labieno con la mayor celeridad posible. El plan
dio resultado y cogió desprevenido a su adversario, que no esperaba
que surgiera de la nada un ejército romano dirigiéndose
a su encuentro. Al verse en esa situación, Labieno
cedió al miedo y dio media vuelta con su ejército en dirección
a Siria para reunirse con sus aliados los partos. Posiblemente no ignoraba
Ventidio a sus más de cincuenta años que
la crueldad es sólo la fuerza del cobarde. Dada la forma en la
que Labieno se había comportado, no sólo
en la invasión pártica sino durante toda su vida, no era
difícil imaginarse cual sería su reacción ante un
ataque por sorpresa.
Tras hacer huir a su enemigo, Ventidio se dio cuenta
de que aquél jamás se arriesgaría a un enfrentamiento
directo con su ejército a menos que se viera acorralado o en una
situación de superioridad manifiesta. Sin embargo, si el autotitulado
Parthicus Imperator conseguía reunirse con sus aliados
asiáticos la cosa se pondría más complicada. Por
ello debía intentar darle alcance antes de que llegara a Siria
y tomando personalemente el mando de sus tropas ligeras y salió
en persecución de Labieno, mientras las legiones
lo seguían a su paso.
La precipitada retirada de Labieno trajo como consecuencia
la pérdida de todas las conquistas que éste había
hecho durante un año, pues las guarniciones que había dejado
en las ciudades, viéndose abandonadas por su general, no plantearon
demasiada resistencia. Las ciudades ocupadas por él tampoco iban
a seguir siendo leales a su causa debido a los abusos que había
cometido contra ellas y sus templos. Quienes lo habían recibido
como un liberador habían pagado su error encontrándose al
más despiadado de los tiranos y sin duda les era preferible la
dominación romana como un mal menor.
Además una serie de tiranos locales que permanecían leales
a Roma aprovecharon la circunstancia para ganarse su favor asegurando
la lealtad de la zona. La cumbre del monte Olimpo (Misia) y los alrededores
del mismo estaban repletos de bosques y excelentes defensas naturales
que daban cobijo a multitud de bandidos. Cuando uno de éstos permanecía
mucho tiempo en el poder se le daba el nombre de tirano, dado su poder
fáctico en la zona. Este fue el caso de Cleonte
quién había sido de gran utilidad a Marco Antonio
atacando a los recaudadores de impuestos de Labieno
y retrasando su avance. Tras la llegada de Ventidio y
la huída de Labieno, no tardó en llegar
a un acuerdo con aquél al igual que hicieron otros muchos que prestaron
al viejo mulero una ayuda inestimable para mantener la estabilidad de
la zona y para que no surgieran enemigos a su espalda. (1)
Ventidio por su parte persiguió a Labieno
y a sus tropas por toda la Anatolia hasta que finalmente les dio alcance
en las puertas de Cilicia, a la altura de la zona en la que el terreno
llano se encuentra con la cordillera del Tauro. Situándose de modo
que impedía seguir avanzando a Labieno por temor
a un ataque, Ventidio ordenó acampar a sus tropas
en las tierras altas, en el entonces conocido como monte Capro. Labieno
también decidió acampar en el terreno llano y no proseguir
su avance. Ninguno de los generales se atrevió a entablar batalla
porque ni Ventidio contaba con las legiones ni Labieno
con los partos. Por tanto permenecieron cada uno en su posición
durante varios días y mientras Ventidio esperaba
la llegada de sus legiones, Labieno envió un emisario
a Farnapates (2)
para que le enviaran refuerzos lo antes posible.
Ventidio, conciente de la peligrosidad de la caballería
pártica en terreno llano y de lo numerosos que eran sus ejércitos,
había tomado la precaución de no moverse de donde estaba.
No se trataba de miedo sino de sentido común. Si entablaba una
batalla en terreno llano la caballería de los partos era superior
a la suya y podía resultar desequilibrante en el enfrentamiento
entre su infantería y la de Labieno tal y como
había ocurrido a Saxa poco más de un año
antes. Además sabía que para pasar desde Cilicia a Siria
había que cruzar necesariamente terreno montañoso pues sus
enemigos no contaban con una fuerza naval. Tanto si los partos decidían
combatir como si volvían a Siria no tenían forma de forzar
un enfrentamiento en terreno llano por el momento y si se quedaban allí
sólo tendría que esperar la llegada del resto de su ejército.

| III.
LA BATALLA DEL MONTE CAPRO |
La situación
estuvo en un punto muerto hasta que días después los refuerzos
de ambas partes empezaron a llegar casi al mismo tiempo. La mayor parte
de las legiones se retrasaron más de lo previsto, por lo que Ventidio
contaba con pocos efectivos (3)
cuando el ejército parto (4)
llegó junto a Labieno. Entonces
se le ocurrió que podía aprovechar su inferioridad numérica
para tentarlos a presentar batalla. Del mismo modo que había hecho
Lúculo muchos años antes durante su campaña
en Oriente, sí aparentaba tener miedo con su inactividad podía
provocarlos para que se lanzaran contra él en aquel terreno que
le era favorable.
|
A
lo largo de la Historia los ejércitos asiáticos que
se habían enfrentado a las legiones romanas habían
demostrado reiteradamente que eran incapaces de asimilar que la
superioridad numérica no era siempre determinante en todo
tipo de batallas. Surena frente a Craso
había sido una excepción pero tal vez se tratara de
un caso aislado entre los generales partos. El hecho de que aquél
terminara siendo ejecutado por su propio rey daba pie a pensar que
los generales más competentes entre los partos no debían
durar mucho con la cabeza sobre los hombros. Ventidio
no perdía nada por intentarlo; sólo tenía que
juntar sus escasas tropas ante el enemigo para dar la sensación
de tomar una actitud defensiva y esperar a que cometieran el error
de atacar. Evidentemente Labieno no iba a permitir
que ocurriera una cosa así si estaba al mando, pero... ¿estaba
realmente al mando de sus aliados?.
Quisieron los
dioses que Ventidio se viera beneficiado una determinada
circunstancia independientenmente de que la hubiera previsto o no,
y es que el ejército parto que había llegado a Cilicia
para auxiliar a Labieno lo había hecho en
calidad de aliado de éste pero no estaban subordinados a
su autoridad. Ya fuera porque sus relaciones con Pacoro
no eran buenas o porque éste no había ordenado a su
general Farnapates que se pusiera bajo las órdenes
del "romano", Ventidio no se iba a enfrentar
contra un ejército combinado como el que derrotó a
Saxa sino a dos por separado.
|

|
Los
partos estaban muy confiados por su superioridad numérica y por
sus anteriores victorias contra los romanos. Su carácter orgulloso
les llevó a picar el anzuelo. La inmovilidad de las tropas de Ventidio
y el permanecer juntos en una formación cerrada que daba la idea
de ser defensiva les hizo pensar que los romanos no se atrevían
a presentar batalla por miedo. Seguramente llegaron a la conclusión
de que en cuanto lanzaran una carga sus filas se romperían como
mantequilla cortada por un cuchillo y echarían a correr. Desde
niños la guerra era algo habitual en sus vidas pero no en terrenos
montañosos y esa circunstancia les impedía entender que
los romanos no les presentaran batalla por otra razón que no fuera
cobardía.
Si el viejo mulero hubiera querido evitar la batalla hubiera desplegado
sus tropas para que éstas parecieran más numerosas o cuanto
menos más difíciles de desbordar. Por otro lado seguramente
había previsto también que los partos eran incapaces de
comprender la ventaja táctica de la altura en una batalla.Ya fuera
por estar demasiado confiados en sus posibilidades o por la ineptitud
del sátrapa que los dirigía, los partos no esperaron a las
tropas de Labieno ni a escuchar lo que éste tuviera
que decir, y previendo una fácil victoria, el mismo día
de su llegada se dirigieron a combatir contra el ejército romano
en las tierras altas. Al divisar a los partos cuando se aproximaban a
su posición Ventidio dió la orden a sus
tropas de que permanecieran inmóviles y manteniendo la formación
cerrada hasta que él diera la señal de atacar.
|

|
A
medida que los partos se aproximaban se envalentonaban cada vez más.
Tal y como había previsto el viejo mulero eran incapaces de
ver la ratonera en la que se estaban metiendo. Finalmente y entusiasmados
ante lo que pensaban que sería una victoria fácil los
partos se lanzaron cuesta arriba de toda su caballería. Ventidio
esperó a que llegaran a una distancia desde la que no pudieran
emprender la retirada y cuando llegaron a ese punto dio la señal
a sus hombres para que cargaran contra el enemigo. El ímpetu
con el que los partos habían lanzado el ataque se volvió
contra ellos mismos porque siendo un ejército tan numeroso
y atacando a gran velocidad les era imposible improvisar cualquier
tipo de maniobra salvo que la hubieran previsto de antemano. Cuando
se dieron cuenta de su error ya era demasiado tarde e instantes después
probaron el acero de las legiones...
|
Mientras
Ventidio apenas tuvo bajas en sus filas, los partos fueron
prácticamente aniquilados. Muchos murieron a manos de los soldados
romanos, pero la gran mayoría fueron aplastados por sus propios
compañeros que venían desde atrás a gran velocidad
y chocaban con los que a su vez eran frenados por los legionarios, quienes
a modo de jornaleros segaban sus vidas gladius in manu. Cuando
un ejército romano estaba bien dirigido no tenían rival
en un enfrentamiento de choque gracias a la disciplina y al orden táctico
de las legiones. Si además contaban con la ventaja de la altura
eran prácticamente invencibles contra cualquier ejército
que no fuera similar. Los pocos jinetes partos que lograron escapar de
la masacre se retiraron hacia Cilicia presas del pánico en vez
de reagruparse con las tropas de Labieno. Ventidio
tras la victoria los persiguió con su ejército hasta que
llegó al campamento enemigo y ordenó a sus tropas que se
detuvieran cuando divisó a Quinto Labieno al frente
de su ejército en formación de batalla.
| IV.
EL FINAL DE LABIENO Y LA CONQUISTA DEL MONTE ÁMANO |

Los
Taurus Mons agreste cordillera que separaba Cilicia-Siria
del resto de las provincias romanas en la Anatólia. |
|
Tras
recuperarse del disgusto que se llevaría al enterarse de la
soberana estupidez que habían cometido sus aliados, Labieno
había ordenado formar a sus tropas para resistir el ataque
de Ventidio. Sin embargo, a pesar de estar los dos
ejércitos frente a frente, ninguno de los generales optó
por presentar batalla. Labieno era consciente de
que sus hombres tenían la moral baja tras la derrota de los
partos y no estaban preparados para derrotar a los veteranos de Ventidio.
Éste por su parte tampoco quería atacar pues sabía
que podía vencer por otros medios sin arriesgarse a tener demasiadas
bajas. Consciente de que un buen general busca siempre la victoria
antes que la batalla, Ventidio prefirió dar
descanso a sus hombres y esperar acontecimientos... |
El
ejército de Labieno se retiró durante la
noche. Tal y como había previsto el viejo mulero, Labieno
era incapaz de arriesgar lo más mínimo si no se veía
en una situación de superioridad. Sabiendo que no presentarían
batalla, Ventidio les había preparado varias emboscadas
en las que cayeron gran parte de los soldados enemigos. Labieno,
viéndose perdido, decidió salvar su propio pellejo y huyó
disfrazado durante la noche hacia el interior de Cilicia y abandonando
a sus soldados que, como era de esperar, terminaron rindiéndose
a Ventidio. Sin embargo no quiso el destino que Labieno
llegara muy lejos. Demetrio, un antiguo liberto de César
que Marco Antonio había destinado a Chipre, se
dedicó a buscarlo por su cuenta al enterarse de que estaba fugitivo
en Cilicia hasta que finalmente dio con él y lo mató para
cobrar su recompensa.
 |
Tras
hacerse con el control de Cilicia, Ventidio se dedicó
a administrar la provincia él mismo. Poco después le
llegaron informes de que Farnapates se había
hecho fuerte en el monte Ámano con su ejército para
bloquear el paso de los ejércitos romanos que se dirigieran
a Siria por tierra, mientras esperaba los refuerzos de Pacoro.
Este monte está situado al este de Cilicia y pertenece a la
cordillera del Tauro. Es el accidente geográfico que separa
a ésta región de la de Siria. Junto a éste se
encuentran las llamadas Puertas Amánides (5),
un paso muy estrecho que facilitaba la comunicación por tierra
entre Cilicia y Siria.
El Ámano siempre estuvo ocupado por diversos tiranos que dominaban
el lugar desde su fortaleza situada allí y que se enriquecían
a costa de los impuestos que cobraban a los comerciantes por dejarles
pasar. Asediar esta fortaleza que controlaba Farnapates
hubiera sido una tarea larga y complicada dado que Ventidio no dispondría
en ese momento de máquinas de asalto y el resto de sus legiones
aún no habían llegado. De hecho, aún disponiendo
de las mismas, los arqueros partos eran de temer y no permitirían
a su ejército acercarse a la fortaleza. Por tanto debía
idear la forma de hacer salir al zorro de su madriguera y acabar con
él, pues como militar nato que era, no se iba a limitar a conservar
lo que ya tenía y quería sacar partido de su victoria
en el Monte Capro antes de que su enemigo se recuperara de la derrota.
|
Para
ello, el viejo mulero ideó una nueva estratagema. Con la finalidad
de provocar a Farnapates envió a su legado Silón
a la fortaleza al mando de la caballería con la misión de
hacerle salir para entablar combate. Farnapates picó
el anzuelo y atacó con su ejército a la caballería
de Silón. Éste estuvo a punto de perecer
durante el combate pero consiguió huir con sus tropas mientras
eran perseguidos por el sátrapa. Ventidio, que
le había tendido una emboscada con las dieciocho cohortes de las
que disponía en ese momento cayó sobre los partos cuando
perseguían a Silón cogiéndolos desprevenidos
y acabando con ellos (6).
Tras este combate en el que murió el propio Farnapates
junto con la mayor parte de su ejército, Ventidio
se hizo sin dificultad con la fortaleza del Ámano y concluyó
la reconquista de Cilicia.
En unos meses, el viejo mulero había recuperado para Roma las provincias
de la península Anatolia que Labieno y los partos
les habían arrebatado. No sólo había cumplido las
órdenes de Marco Antonio de frenar el avance de
Labieno sino que había reconquistado las provincias
romanas de la península Anatolia acabando con su enemigo y con
los ejércitos partos en su mayor parte. Años y años
había tardado en obtener un mando militar, pero una vez le fue
concedido demostró que era merecedor de este, aunque el reconocimiento
público de sus victorias fuera para Marco Antonio.
|

|
Tras la huída de Herodes a Egipto, Antígono
había reunido a sus tropas y había sitiado Masada.
Esta fortaleza era prácticamente inexpugnable (7)
e intentar asediarla suponía una pérdida
de tiempo y de recursos. Estaba situada en el margen occidental
del Mar Muerto, al sur de Engadí, y ubicada en una peña
aislada en medio del desierto. La única forma de hacerse
con su control era rendirla por hambre, pero si los sitiados contaban
con víveres suficientes podían resistir largo y tendido.
Por otro lado Masada contaba con grandes cisternas en su interior
que tenían la función aprovechar el agua de las precipitaciones.
No obstante Judea atravesaba un periodo de sequía desde hacía
algunos años y los sitiados estaban a punto de acabar con
las últimas reservas de agua.
José,
que seguía al mando de la fortaleza, había recibido
noticias del cambio de actitud de Malco I con su
hermano después de que le diera la espalda. Por ello planeaba
efectuar una salida con doscientos hombres y abrirse paso entre
las filas enemigas hasta la Arabia Nabatea en busca de refuerzos.
Sin embargo la misma noche que iban a salir de la fortaleza, cayó
una copiosa lluvia que llenó las cisternas de la fortaleza.
Ya no era necesario escapar pero con la moral bien alta como consecuencia
del supuesto milagro y en la creencia de que Yavhé
estaba de su lado, José y sus hombres no
renunciaron a la idea de salir de la fortaleza y hostigar al enemigo.
Al frente de sus hombres José entabló
numerosos combates con los sitiadores y acabó con muchos
aunque también sufriera algunas derrotas.
|
Transcurría
el tiempo y la situación estaba en un punto muerto. Después
de que Pacoro abandonara Siria dejando a Farnapates
al mando y llevándose a Hircano prisionero, ni
José había conseguido acabar con los sitiadores
que les superaban numéricamente ni éstos esperaban rendir
la fortaleza en un periodo breve de tiempo. Antígono
sabía que tarde o temprano se le acabarían los víveres
y que todo era cuestión de esperar. La situación no debió
inquietarle demasiado hasta que llegaron noticias que posiblemente le
hicieron tragar saliva: el general romano Ventidio se
adentraba en Judea por el norte al frente de sus legiones tras haber derrotado
a Labieno y a Farnapates en Cilicia.
Al igual que Siria, su reino estaba de nuevo a merced de los romanos si
los partos no contraatacaban, algo que difícilmente iba a ocurrir
hasta el año siguiente dada la proximidad del invierno.
Queriendo sacar partido de sus victorias Ventidio había
seguido avanzado hacia Siria. Allí no habían ya ejércitos
enemigos dado que los había aniquilado en Cilicia y las pocas fuerzas
con las que aún contaban los partos se habían retirado al
este del Eúfrates. Únicamente la ciudad de Aradii resistía
aún a los romanos. El viejo mulero avanzó con su ejército
por la costa y se hizo con las ciudades de Fenicia sin necesidad de entablar
batalla. Especial acogida debió tener en Tiro, donde habían
resistido la invasión pártica desde hacía año
y medio y esperaban que Marco Antonio cumpliera su palabra
de enviar tropas. Desde allí siguió avanzando hacia el sur,
penetró en Judea y al llegar a las cercanías de Jerusalén
acampó con su ejército y esperó a que Antígono
enviara emisarios.
Es evidente que Ventidio no ignoraba la posibilidad de
que los partos lanzaran una nueva invasión el año siguiente.
Antígono era el menor de sus problemas en ese
momento. Ya habría tiempo de hacerle pagar su traición a
Roma. Por lo pronto le bastaba con que le garantizara una posición
no beligerante y de paso sacarle dinero para mantener a su ejército
y reforzar su lealtad. Para conseguir ésto hizo creer al rey judío
que venía a ayudar a José y a los demás
familiares de Herodes que estaban sitiados en Masada.
Antígono sabía que si los romanos reconquistaban
Siria él iba a durar muy poco como rey por haber colaborado con
los partos. Necesitaba ganar tiempo antes de que Orodes
enviara a un nuevo ejército a Siria. Por ello hizo llegar al romano
una generosa suma para que se pusiera de su lado y éste, fingiendo
que había aceptado el soborno, cogió el dinero y dejando
a Silón en el campamento con una guarnición
de cinco cohortes (unos 2.500 hombres), partió de allí para
guardar la apariencia de que cumplía su parte del trato.
Tras marcharse de Judea, siguió su camino hacia el sudoeste y actuó
del mismo modo con Malco I de los Nabateos y con otros
que habían colaborado con los partos. Por lo pronto que creyeran
que podían sobornarlo para sacarles todo el dinero que fuera posible
sin entablar batallas. Sin embargo, los partos no permanecieron de brazos
cruzados y a través de sus agentes se dedicaron a fomentar revueltas
por toda Siria a fin de que los romanos no consolidasen sus dominios hasta
que ellos llegaran. Los tiranos de las ciudades a los que Marco
Antonio había expulsado dos años antes se habían
vuelto a hacer con el poder tras la invasión de Pacoro
y Labieno y le pasaban factura a Roma por lo que les
había ocurrido. Por ello Ventidio se vio obligado
a recorrer toda Siria sofocando las rebeliones y repartiendo a su ejército
entre las distintas ciudades para asegurarse así de su lealtad.
| VI.
EL REGRESO DE HERODES |
Tras
reclutar un poderoso ejército de mercenarios, Herodes
desembarcó en Ptolemaida poco después de la llegada
de Ventidio. Marco Antonio había
enviado a Quinto Delio para hacerle llegar al viejo
mulero la orden de colaborar con Herodes y de ayudarle
a hacerse con el trono que el Senado de Roma le había otorgado.
No obstante Ventidio no disponía en ese momento
de tiempo ni de tropas para ese cometido mientras que Silón,
sobornado por Antígono, permanecía
inactivo en su campamento cerca de Jerusalén. No obstante eso
no era por el momento demasiado problema para Herodes
quién contaba con su propio ejército. Además,
gran parte de los galileos estaban de su parte y cada día que
pasaba se sumaban más y más hombres a sus tropas.
|
 |
La primera
acción que debía realizar era auxiliar a sus familiares
que estaban sitiados en Masada. Avanzando hacia el sur por la costa llegó
con sus tropas a la altura de Jope, ciudad costera que estaba unos cincuenta
kilómetros al noroeste de Jerusalén. Herodes
sabía que era imprescindible hacerse con el control de ésta
porque no quería dejar una ciudad enemiga a sus espaldas mientras
avanzaba hacia el sudeste. Al llegar noticias a Silón
de que Herodes estaba cerca de aquella ciudad, tomó
el mando de sus escasas tropas y se dirigió a su encuentro. Antígono,
al que no debió sentar nada bien que le romano le hubiera engañado,
envió tropas en su persecución para que acabaran con ellos
antes de que se uniera a Herodes. Silón
y sus hombres a duras penas consiguieron escapar de sus perseguidores
que eran mucho más numerosos que ellos y fueron salvados por Herodes
en el último momento, cuando al llegar cerca de la costa
el idumeo salió al paso de los hombres de Antígono con su
propio ejército y los puso en fuga sin presentar batalla.
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Tras tomar Jope,
Herodes se dirigió al sudeste en dirección
a Masada. A medida que avanzaba se le iban uniendo más y más
partidarios, pues si algo caracterizaba al pueblo judío en
aquella época eran sus divisiones internas. Unos por su amistad
con Antípatro, otros por la fama y el carisma
del propio Herodes, otros por la certeza de que iba
a ser rey y otros en pago de favores que debían tanto a él
como a su difunto padre, se adherían a sus tropas que se multiplicaban
día tras día. Los hombres de Antígono,
que no se atrevía a plantarle cara en una batalla abierta por
el número de sus seguidores y por la capacidad del propio Herodes
como militar, le tendieron una y mil emboscadas en el camino a Masada,
pero no consiguieron detener su avance y apenas cosecharon algún
éxito. Tras llegar a la citada fortaleza, poner |
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en fuga a los sitiadores y liberar a su familia, Herodes
se hizo con el control de Resa, en Idumea, y marchó con su
multitudinario ejército hacia Jerusalén. Junto a él
iba Silón y sus tropas además de los
centenares de judíos que se le seguían uniendo asombrados
de las fuerzas con las que contaba y de la facilidad de sus victorias
y de su poder. |
Al llegar
a Jerusalén, Antígono seguía sin
atacarle y se limitó a permanecer allí mientras sus tropas
hacían incursiones contra su ejército y evitaban que se
aproximaran a las murallas de la ciudad disparándoles flechas.
Consciente de la enorme dificultad de tomar la ciudad por asedio o las
complicaciones que implicaría un sitio, Herodes
intentó buscar la forma de hacerse con Jerusalén sin luchar.
Para ello envió a un heraldo para que proclamara a lo largo de
las murallas de la ciudad que él había venido por el bien
la misma y de sus habitantes y que prometía una amnistía
a todos los que se oponían a él. Los partidarios de Antígono,
temiendo que el pueblo se pusiera de parte de Herodes,
impidieron que el heraldo cumpliera su cometido contestándole a
gritos que Herodes no podía ser rey por su condición
de idumeo y que ni siquiera pertenecía a una familia real. Después
del constante cruce de gritos pasaron a los insultos y finalmente Antígono
dio la orden a los arqueros de disparar a los que estuvieran en las murallas
por lo que los hombres de Herodes tuvieron que alejarse
de éstas y de las torres.
Mientras ésto ocurría, Antígono
había conseguido volver a sobornar a Silón.
Por ello el romano incitó a sus soldados a que se quejaran por
la falta de víveres, a que pidieran dinero para comprar comida
y a reclamar que les llevaran a lugares adecuados para pasar el invierno,
dado que los alrededores de la ciudad habían sido asolados por
las tropas de Antígono para dificultar el sitio
de la ciudad. Tras el alboroto, Silón dio la orden
a sus tropas de que recogieran sus cosas para marcharse de allí
pero Herodes consiguió reunirse con los oficiales
a los que prometió atender sus peticiones ese mismo día
no sin antes recordarles que él estaba allí en calidad de
aliado de Roma por decisión de los triunviros y del Senado. Sin
demora, el idumeo organizó personalmente el acopio de provisiones
que necesitaba el ejército poniéndolas a su disposición
ese mismo día. Para asegurar el abastecimiento de alimentos los
días siguientes escribió a Samaría, donde tenía
multitud de seguidores, pidiendo a éstos que abastecieran de provisiones
a la ciudad de Jericó desde la que a su vez se proveería
a los soldados.
Antígono,
al tener noticia de ésto, escribió también
cartas a sus partidarios de todo el país ordenando que atacaran
esa línea de abastecimiento, con lo que consiguió
que en poco tiempo las montañas situadas al norte de Jericó
y alrededor de la propia ciudad se llenara de gente armada con la
finalidad de cumplir las órdenes de su rey. Entonces Herodes
tomó bajo su mando directo a cinco cohortes judías
y a las cinco romanas (unos cinco mil hombres en total) y junto
con sus mercenarios marchó hacia Jericó. Al entrar
en la ciudad la encontró vacía. Únicamente
encontró en las zonas altas a unos quinientos hombres con
sus mujeres e hijos a los que hizo prisioneros poco después
liberó.
Los romanos
mientras tanto, al igual que habían hecho los partos durante
la ocupación de Judea, se dedicaron al pillaje y saquearon
la ciudad. Sin un general que impusiera disciplina los soldados
hacían lo que les venía en gana. Al igual que ocurriera
con los partos con respecto a Labieno, los romanos
sólo reconocían la autoridad de Herodes
para lo que les interesaba dado que a pesar de tener la ciudadanía
romana no era uno de ellos y no se consideraban subordinados a su
autoridad. Viendo que mientras Silón siguiera
al mando sus tropas sólo le iban a traer problemas, Herodes
dejó una guarnición de soldados judíos en Jericó
y llevó a aquel y a sus tropas a los territorios adyacentes
a Idumea, Galilea y Samaría donde no causarían demasiado
daño a la población judía durante el invierno.
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 |
Posiblemente
Herodes no detestara menos a los romanos que los demás
judíos y de buena gana los hubiera llevado al mismísimo
Hades a que pasaran el invierno, pero sabía que tenía que
contar con ellos si quería derrotar a Antígono
y hacerse con el trono. Éste último, sabiendo la clase de
hombre que era Silón, lo volvió a sobornar para que parte
de sus tropas pasaran el invierno en Lod con el fin de atraerse el favor
de Marco Antonio. Allí pasó el invierno
Silón con parte de sus soldados, alejados de la
disciplina y viviendo en la opulencia. De haber sabido el odio que le
tenía el triunviro y de la existencia del decreto senatorial que
reconocía a Herodes como rey y le declaraba enemigo
público, posiblemente Antígono se hubiera
ahorrado el dinero y más de una maldición que le dedicarían
los habitantes de Lod.
| VII.
MARCO ANTONIO EN ATENAS |
Tras
firmarse los acuerdos con Sexto Pompeyo, Marco
Antonio emprendió viaje hacia Atenas junto a su nueva
esposa, con la que iba a pasar el invierno. Octavia era
muy querida por su hermano y su reputación era inmejorable en Roma
donde su conducta era considerada un modelo para las demás mujeres.
Al margen de ser bella tenía otras muchas cualidades. Su juicio
equilibrado, su admirable gravedad y su inteligencia; la hacían
destacar en una sociedad como la romana donde la moral era cada vez más
decadente. Eran características que la hacían marcar las
diferencias. Con una esposa así, Marco Antonio
no se abandonaría jamás al tipo de vida que había
llevado en Alejandría, o al menos eso era lo que se pensaba. Por
otro lado ella era posiblemente el vínculo más estrecho
que se podía haber buscado para unir los intereses de Octaviano
con los de Marco Antonio. Del mismo modo que muchos años
antes César y Pompeyo el Grande
habían estado muy unidos gracias a la hija del primero ahora Octavia
desempeñaba ese mismo papel tan importante para la estabilidad
de su pueblo y tan poco reconocido por la Historia.
Tanto ella como la Reina de Alejandría y Faraona de Egipto eran
mujeres fuera de lo común. Sin embargo los romanos siempre preferirían
a una matrona romana de intachable reputación a una reina extranjera.
Ésta última, por muy rica y poderosa que fuera antepondría
siempre sus intereses a los de Roma. Del mismo modo que muchos en Roma
veían mal la relación del triunviro con Cleopatra
y no dudaban en culparla de muchos de los errores del propio Marco
Antonio, éstos mismos se alegraron cuando se casó
con Octavia. Por otro lado los hijos tenidos con su nueva
esposa serían legítimos según el Derecho Romano y
tendrían la ciudadanía desde su nacimiento. Los habidos
con Cleopatra en cambio serían ilegítimos
por no haber nacido de matrimonio romano y a igual que había ocurrido
con César, implicaría que Marco
Antonio no siempre antepusiera los intereses de Roma a los de
Alejandría y Egipto.
Al llegar el invierno, Marco Antonio volvió a
vestirse de ciudadano privado y se dedicó a disfrutar junto a su
esposa y su nueva hija (8)
de su estancia en Atenas donde era tan querido. Volvió
a participar de la vida de la ciudad como uno más su presencia
en los festivales y en las charlas y lecturas públicas de los filósofos
se hizo habitual. Cuando llegaron noticias de las victorias de Ventidio,
que en menos un año había reconquistado las provincias romanas
que se perdieran durante la invasión pártica, el triunviro
lo hizo celebrar como la ocasión lo merecía ofreciendo un
banquete público a los griegos y combates a los atenienses.
Sin embargo cuando finalizaba la estación invernal todo empezó
a cambiar. Marco Antonio volvió a vestir como
un general romano y en las puertas de su casa aparecieron insignias militares
y guardias armados, siendo habituales las idas y venidas de oficiales
militares. Empezaba a hacerse notar la influencia de Octavia,
pues Marco Antonio, lejos de abandonarse a la vida fácil,
se comportaba como el romano que era. Como necesitaba dinero para financiar
la guerra contra los Partos, se había dedicado a erigir reyes aquí
y allá, solicitando a cambio fuertes tributos de los que ni siquiera
Herodes se libraría. Durante la invasión
pártica la mayor parte de los reyes aliados habían sido
infieles o incompetentes. Los únicos que dieron la talla fueron
bandoleros oportunistas como Cleonte y ciudadanos principales
de algunas ciudades como Hibreas de Mylasa o Zenon
de Laodicea. Por tanto no se trataba sólo de recaudar dinero sino
de sustituir la anterior política de alianzas de Roma que había
resultado un completo fracaso.
Por otro lado sus legiones estaban perfectamente ejercitadas y ni Grecia
ni Macedonia corrían peligros de invasiones bárbaras. Ello
era así porque estando en Italia, además de enviar a Ventidio
que atacara a Labieno, había ordenado además
a Asinio Polión (sustituto de Censorino
como gobernador de Grecia y Macedonia en el 39 a.C) que realizara expediciones
bélicas contra los pueblos bárbaros que amenazaban las fronteras.
Entre los éxitos de éste, cabe destacar el que obtuvo contra
los Partenos (que le valieron un triunfo) y posiblemente también
contra los Dárdanos (las fuentes no son claras al respecto). Por
otro lado Marco Antonio quiso recuperar también
las cuatro legiones veteranas con las que su legado Sextio
había combatido en África, pero Lépido
ya se las había apropiado cuando envió a Furnio
a hacerse con ellas. Marco Antonio decidió prescindir
de estas y dejárselas a su viejo aliado, pues el que su ejército
estuviera formado por veteranos suyos era la mejor garantía de
que no le traicionara.
Cumpliendo con sus funciones, Marco Antonio dio audiencia
a las embajadas que habían tenido que esperar durante el invierno,
resolvió los juicios públicos que eran competencia suya
como máxima autoridad de la zona e impuso nuevos impuestos a los
griegos. Dion Casio hizo una valoración
bastante negativa de la actitud que tuvo Marco Antonio
con los éstos. Según este autor, el triunviro se dedicó
a exprimir a las ciudades griegas todo lo que pudo porque su finalidad
no era sólo la de recaudar fondos para la guerra, sino que dichas
ciudades quedaran lo más debilitadas que fuera posible por si iban
a parar a manos de Sexto Pompeyo. También
nos hizo llegar el citado autor que los griegos, quienes a fin de contentar
a Marco Antonio le llamaban Dioniso el Joven (Baco era
la versión romana de Dioniso), le ofrecieron en matrimonio a la
diosa Atenea en vista de los destrozos que estaba ocasionando y que el
triunviro aceptó a cambio de una dote de cuatro millones de sextercios.
Esta valoración tan negativa de su estancia en Grecia contrasta
con las versiones que nos han llegado de otras fuentes, las cuales coinciden
en que el comportamiento del triunviro allí fue bastante benevolente
dentro de lo que cabe para un gobernador romano de la época. Lo
que si parece indudable es que los griegos no se libraron en esta ocasión
de contribuir económicamente a sufragar los gastos de las campañas
bélicas y de mantenimiento de las legiones. Ello corrobora que
Marco Antonio, lejos de establecer favoritismos como
en el pasado, empezaba a actuar como debía anteponiendo los intereses
de su patria a los amiguismos. Por otro lado según Apiano
(9) a Sexto
Pompeyo sólo le correpondería la península
del Peloponeso y las islas Cícladas, por lo que no es probable
que Marco Antonio ejerciera esa política tan supuestamente
abusiva para todos los griegos por igual.
Fin
del quinto capítulo
VI
El enfrentamiento final.
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Notas..
1.Entre
los colaboradores Ventidio estaba también Zenón de
Laodicea e Hibreas de Mylasa, del que ya hablamos anteriormente.
Éste último volvió a Mylasa en el 39 a.C y
organizó la reconstrucción de su ciudad que había
quedado en ruinas tras la venganza de Labieno. Por otro lado, posiblemente
Lucio Munacio Planco fuera gobernador de Asia en esos tiempos y
colaborara a afianzar el control de los territorios reconquistados.Volver
2. Era el sátrapa
al que Pacoro había dejado al mando de Siria tras la conquista.Volver
3. No contamos con cifras
exactas con respecto a los ejércitos de los que hablamos.
Según Festo el ejército de Ventidio estaba compuesto
por pocos hombres. En mi opinión y basándome en otros
datos que no voy a revelar aún, debió contar con dos
legiones (10.000 hombres o puede que menos) además de las
tropas ligeras. Posiblemente el total de sus fuerzas para dirigir
la contraofensiva romana era superior, pero dada la precipitada
huída de Labieno y la necesidad de asegurarse el control
del terreno que le había ganado no es ilógico pensar
que sólo esas tropas llegaran a tiempo para el enfrentamiento
contra los partos. Volver
4.En cuanto a los partos,
su ejército debía ser sólo de caballería
por su mayor facilidad de desplazamiento. Rara vez usaban la infantería
cuando se trataba de atacar territorios extranjeros. Puesto que
Dion Casio habla de una superioridad numérica manifiesta
calculo que debían ser unos 20.000 hombres, mientras que
el ejército de Quinto Labieno estaba compuesto por infantería
ligera (huyó con lo puesto) y numéricamente no sería
muy superior al de Ventidio. Hay otros datos en las fuentes que
me llevan a pensar que éste ejécito parto no era superior
numéricamente a la cifra dada, pero para mantener el interés
del relato no lo revelaré hasta más adelante.Volver
5. Según Dion Casio
éste paso natural era tan estrecho que en una ocasión
se construyó un muro con una puerta que lo atravesaban y
de ahí derivaba el nombre de Puertas Amánides.Volver
6. La versión de Dion
Casio que afirma que Ventidio envió a Silón para que
tomara la fortaleza con un cuerpo de caballería se cae por
su propio peso. Lo que quiso fue provocar a Farnapates para hacerle
salir de la fortaleza. También cuenta el mismo autor que
Ventidio se encontró por casualidad a Silón huyendo
de Farnapates cuando cayó sobre este último con su
ejército. No tiene sentido que Ventidio fuera por ahí
paseando con un ejército y se encontrara a Silón por
casualidad cuando fue precisamente él quién le dio
la orden de ir hacia el Ámano. Por ello he optado por la
versión de Frontino. Volver
7.Y lo siguió siendo
hasta el año 73 d.C, pero esa es otra historia. Volver
8. Llamada Antonia la Mayor,
que sería la abuela paterna del futuro emperador Nerón.
Volver
9. Apiano es la fuente más
detallada sobre los hechos que ocurrieron durante esa época,.
Me merece especial credibilidad dado que contaba entre sus fuentes
con los libros que se perdieron de Asinio Polión, que vivió
en esa época y fue testigo presencial de muchos de los hechos
que tratamos. Asinio terminaría abandonando a Marco Antonio
años después, pero jamás se unió a Octaviano
a quién posiblemente despreciaba. Posiblemente tanto Dion
Casio como Plutarco bebieran en fuentes que desacreditaban a Marco
Antonio como consecuencia del enorme aparato de propaganda del que
Augusto se valió para mantenerse en el poder. Apiano en cambio,
sin llegar a ser favorable a Marco Antonio, tendía en mi
opinión a ser bastante más neutral, aunque no por
ello dejan de ser discutibles muchas de sus opiniones.Volver
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