MARCO ANTONIO Y LA INVASIÓN PÁRTICA (41-38 A.C.)

A finales del año 42 a.C. la República romana recibía una herida mortal en Filipos. Sin embargo a nadie se le escapaba que la estabilidad que parecían traer los vencedores no podía durar. Estos dos hombres, que se despreciaban mutuamente, debían acometer en ese momento la enorme tarea de reorganizar el mundo romano tras años de guerras civiles. Aún estaba por ver cual de ellos se haría con el poder al final y el papel que desempeñarían en esa lucha los últimos republicanos. No obstante, un peligro aún mayor amenazaba a Roma en ese momento. Más allá del Eúfrates, un poderoso enemigo acechaba desde la sombra esperando el momento oportuno para atacar...


PARTE VI: EL ENFRENTAMIENTO FINAL

 

I. HERODES SE HACE CON EL CONTROL DE IDUMEA Y GALILEA


Tras quitarse de encima a Silón y a las siempre conflictivas tropas romanas Herodes no dedicó el invierno a descansar. Antígono tenía partidarios y Herodes no sólo debía vencer a aquellos sino además evitar que se volvieran a levantar a su espalda cuando fuera a tomar Jerusalén. Al igual que Hércules, debía cortar las cabezas de la Hidra y quemarlas antes de que surgieran otras dos por cada una que cortara. Por otro lado, a la par que evitaba que ayudaran a Antígono estaba impidiendo que colaboraran con los partos cuando éstos lanzaran su ataque el año siguiente. Herodes necesitaba tanto a los romanos como éstos le necesitaban a él.

Así pues, al mando de dos mil soldados de infantería y cuatrocientos jinetes ocupó Idumea y puso a su hermano José al frente de la misma para que se asegurara de que no estallara allí ninguna revuelta provocada por Antígono. A continuación se dirigió al norte y dejó a su familia en la ciudad de Samaría, donde era tan querido. Su intención era dirigirse a Galilea, donde a pesar de contar con el apoyo de la mayoría de la población habían también multitud de partidarios de Antígono que eran muy hostiles a la idea de volver a ser gobernados por los romanos. Tras partir de Samaría hacia el norte, llegó a la ciudad de Séforis en medio de una gran nevada y se hizo con ella sin luchar dado que la guarnición de la ciudad había huído.

Con un ejército sumamente cansado pero leales hasta la médula decidió permanecer allí durante un tiempo pues sus enemigos al huir precipitadamente habían cometido el error de no llevarse las provisiones. No muy lejos de Séforis, en dirección norte junto al lago Gennesaret y cerca de una aldea llamada Arbela, había un lugar montañoso lleno de cuevas donde vivían grupos independientes de resistencia armada a la dominación romana y que atacaban a todos los que colaboraban con aquellos (1). Tras dejar que sus tropas repusiesen fuerzas, Herodes envió una avanzadilla de tres compañías de infantería y un escuadrón de caballería a la aldea de Arbela y cuarenta días después se reunió con ellos al frente del resto de sus tropas.

Una vez allí, sus enemigos lejos de amilanarse hicieron formar a sus tropas y se enfrentaron al ejército de Herodes. Durante la batalla, el ala derecha del ejército enemigo ganó mucho terreno a la izquierda del de Herodes, que rápidamente se dirigió hasta allí con sus mejores hombres e impidió que sus tropas huyeran en desbandada reagrupándolas y haciendo retroceder al ejército rival. Finalmente los rebeldes fueron derrotados y se retiraron en desorden. Herodes los persiguió con sus tropas y acabó con gran parte de ellos haciendo huir a los restantes al este del Jordán. Tras su victoria recompensó a sus soldados y los acuarteló el resto del invierno. Parte de los rebeldes se habían refugiado en las cuevas, pero acabar con ellos era una tarea que requería mucho tiempo y por lo pronto no constituían ya una amenaza tan grave.

Poco después llegaron Silón y las tropas romanas que regresaban de Lod. Antígono los mantuvo durante un mes, pero al percatarse de que estaban viviendo en la opulencia, ya fuera por no consentir sus abusos o por que lo tenía premeditado de antemano, se negó a continuar manteniéndolos. Además, con el fin de vengarse de Silón por su perfidia, escribió a las poblaciones cercanas de Lod ordenándoles que saquearan la región y huyeran a las montañas a fin de que las tropas romanas murieran de hambre. Herodes debía sentir por Silón más o menos la misma simpatía que Antígono, pero como ya hemos dicho, no le convenía hacer nada contra los romanos dado que los necesitaba como aliados. Por ello encomendó a Feroras (2) que consiguiera provisiones para abastecer a las tropas de Silón y que reconstruyera las murallas de Alejandreo (3) donde podrían pasar lo que quedaba del invierno sin crear problemas a nadie.

Cuando estaba cerca la primavera llegó la orden de Ventidio llamando a Silón y a sus tropas para que se reunieran con él a fin de preparar la defensa de la provincia frente a los partos. No obstante encomendaba al samnita que antes de acudir junto a él pusiera en orden los asuntos de Judea. Herodes, que ya sabía lo que podía esperar de Silón y sus tropas, prefirió enviar a éstos junto a Ventidio para quitárselos de encima. Una vez libre del problema llamó a sus propias tropas mercenarias y judías de las ciudades donde habían pasado el invierno y al frente de las mismas se dirigió a acabar con los rebeldes.

Las cavernas donde éstos se refugiaban estaban situadas en montañas escarpadas que formaban una fortaleza natural dada su inaccesibilidad salvo por determinados senderos casi intransitables. Con suma dificultad Herodes consiguió llevar hasta allí a sus soldados haciéndolos descender desde la cima de la montaña en unos arcones sujetados por cadenas desde arriba. Sus hombres fueron cueva por cueva y mataron a casi todos los rebeldes y a sus familias, pues muy pocos accedieron a rendirse dado que preferían la muerte a la esclavitud y el sometimiento a los romanos.

Eliminados sus enemigos, Herodes se dirigió a Galilea y designó a su amigo Ptolemeo (el de Rodas) comandante en jefe de las tropas que dejó en Galilea. Tras ésto, al frente de tres mil soldados de infantería y seiscientos jinetes, partió hacia Samaría para luego ir a Jerusalén a enfrentarse con Antígono. Sin embargo cuando estaba de camino se enteró de que Ptolemeo había sido derrotado por los nacionalistas antirromanos de Galilea que se habían levantado en armas contra Herodes. Ya fuera por instigación de agentes al servicio de los partos o porque esperaban el regreso de éstos y su victoria contra los romanos una vez más estaban en pie de guerra.

Herodes, harto de los galileos y sus rebeliones, se dirigió contra ellos dispuesto a aniquilar a todo aquél que no le obedeciera. Tras acabar con la mayor parte de sus enemigos, se dirigió contra las fortalezas en las que resistían aquellos que habían conseguido huir y una vez tomadas estas por asedio los hizo ejecutar sin ofrecerles la posibilidad de rendirse. Cada ciudad de Galilea se vió obligada a pagar una multa de cien talentos independientemente de que hubieran participado o no en la rebelión y una vez pacificada la región se dirigió al sur para atacar Jerusalén.

II. VENTIDIO SE PREPARA

En los albores de la primavera del 38 a.C., Publio Ventidio estaba sumamente preocupado. Había pasado todo el tiempo desde que llegó a Siria apagando pequeños incendios, pues los tiranos de las ciudades de la región, que estaban del lado de los partos, habían intentado organizar más de una revuelta instigados por aquellos. Aunque ninguna había llegado a ser grave y había dejado guarniciones en casi todas las ciudades sabía que en cuanto llegaran los partos aquellos se volverían a levantar en armas. Por ello tenía que obligar a sus enemigos a presentar batalla y derrotarlos lo antes posible una vez cruzaran el Eúfrates, dado que de prolongarse el conflicto los tiranos sirios unirían sus fuerzas a ellos y la situación se volvería más complicada. Afortunadamente las victorias de Herodes frente a los rebeldes de Galilea le había cubierto las espaldas en el sur de la provincia y a pesar de que aún no había derrotado a Antígono al menos lo mantenía ocupado evitando así que pudiera ayudar a los partos.

No obstante las tropas romanas tardaban en llegar de los cuarteles de invierno y temía que cuando Pacoro cruzara el Eúfrates para invadir Siria, su ejército no estuviera preparado. Para solucionar este problema, Ventidio recurrió a una treta que hubiera firmado el mismísimo Sun Tzu. Sabiendo que cierto tirano sirio llamado Farneo estaba del lado de los partos (como casi todos), Ventidio lo engañó haciéndole creer que contaba con su total confianza y lo tomó como consejero personal. Haciéndole ver que ignoraba la posibilidad de una traición por su parte, Ventidio le hizo saber que temía que los partos en vez de cruzar el Eúfrates por la zona de Zeugma lo hicieran por otro punto que estaba rio abajo y que comunicaba con la inmensa llanura de la Cirréstica. Ello era así porque el punto de paso cerca de Zeugma lo tenía bien guarnecido por sus tropas y al ser un lugar montañoso no resultaba difícil de defender. En cambio el punto de paso situado rio abajo no lo había podido proteger tan bien y estaba situado en terreno llano, lo que facilitaría las maniobras de la siempre peligrosa caballería pártica.

Como era de esperar, Farneo, creyendo tener en sus manos la clave de la victoria pártica, hizo llegar a Pacoro esta información y éste se decantó por lanzar la invasión cruzando el rio por ese segundo lugar. Dado que por ese segundo punto de paso el caudal del Eúfrates era mucho mayor que en las cercanías de Zeugma, Pacoro hubiera tenido muchas dificultades para cruzarlo con un ejército numeroso durante la primavera por mal defendido que estuviera. Le era mucho más conveniente retrasar la invasión hasta el verano, cuando debido a las altas temperaturas y a que las montañas de Armenia ya habrían finalizado su deshielo, el caudal del Eúfrates sería mucho menor y permitía a sus tropas cruzarlo sin tantas dificultades. Por otro lado los partos estaban acostumbrados a las altas temperaturas veraniegas en zonas tan alejadas del mar y de su efecto regulador del clima, por lo que era un factor que les favorecía de cara a un enfrentamiento con un ejército romano si el conflicto se prolongaba más de lo esperado.

Gracias a esta treta, Ventidio ganó el tiempo que tanto necesitaba para intentar apaciguar a las ciudades sirias hasta donde le fue posible y preparar a sus tropas para resistir la invasión. Se había enfrentado con éxito en dos ocasiones a los partos, por lo que tenía elementos de juicio suficientes que le servían de base para plantear la batalla. Los ejércitos del enemigo eran por lo general de caballería. Numéricamente la mayor parte de los soldados movilizables de su Imperio Parto eran de infantería, pero a éstos por lo general no los usaban para atacar pues pertenecían a los estratos más bajos de la sociedad (4) y al contrario que los jinetes no se trataba de guerreros de élite.

caballeria parta

Su caballería estaba compuesta por dos tipos de unidades: los jinetes arqueros (imagen superior) y los catafractos. De los primeros podía decirse que eran auténticos centauros del desierto. A los partos desde niños se les enseñaba a montar y a tirar con arco y aún después de que se fuera perdiendo su carácter nómada de su pueblo, se siguieron conservando esas costumbres. Sus maniobras tácticas eran de lo más variadas y en terrenos llanos eran letales contra cualquier tipo de infantería si la sometían en a un ataque a distancia. Por lo general este tipo de ataque podía llegar a ser muy intenso y les era posible ejecutarlo en gran número sin perder la coordinación.

El problema que tenían es que cuando se les acababan las flechas se veían obligados a retirarse, razón por la cual, al contrario que los romanos, no solían jugárselo todo a un enfrentamiento decisivo sino que se dedicaban a desgastar poco a poco al enemigo prolongando el conflicto tanto como creyeran necesario. No obstante si el general parto había tomado la precaución de disponer no lejos del campo de batalla de algún medio para que los jinetes pudieran ir a buscar más flechas (5) el ataque podía durar tanto como durara el día. Por ello, en un principio, el enfrentamiento duraría tanto como los partos quisieran a menos que el enemigo pudiera hacer algo por evitarlo.

catafractos

Catafractos

Las legiones romanas, frente a ese tipo de ataques en terreno llano poco más podía hacer que defenderse formando la tortuga o testudo, pero un ataque de los catafractos les obligaría a defenderse, lo que les dejaba de nuevo a merced de las flechas (6). Evidentemente un ejército romano tenía poco que hacer en esas circunstancias si no contaba con una fuerza importante de caballería que atacara a los jinetes arqueros, pero para defender a éstos los partos contaban con su otra unidad de élite: los catafractos. Éstos iban cubiertos con una loriga de escamas metálicas, tanto el jinete como el caballo, y provistos de una lanza que les permitía herir al enemigo a una distancia desde la que un arma corta no podía hacerles daño. No llevaban escudos, puesto que su propia armadura y la del caballo hacían las funciones defensivas y sus lanzas les permitían combatir sin temor a las armas cortas.

Sus caballos medos (7) eran tan grandes, fuertes y resistentes que podían cargar con el jinete y con su propia armadura sin dejar de ser práctico para la batalla. Posiblemente no podía alcanzar el galope con facilidad una vez montado y ataviado para el combate, pero su capacidad de resistencia era enorme a pesar de las altas temperaturas. Improvisar una caballería que pudiera hacer frente a la de los partos era poco menos que una utopía. Si con ella estaban habituados a rechazar las invasiones de los escitas (8) de poco servirían las fuerzas auxiliares de caballería ligera que solían usar los ejércitos romanos. Por otro lado, la fuerza de éstos estaba en su infantería pesada que era la que llevaba el peso de la batalla y no en sus tropas auxiliares.

Por todo ello la única alternativa que tenía Ventidio era engañarlos para poder entablar con ellos un enfrentamiento de choque, tal como había hecho en los montes Capro y Ámano. Sólo si sus enemigos lanzaban a su caballería contra las legiones o éstas conseguían entablar combate por sorpresa con aquellos mediante una emboscada, tendrían posibilidades de derrotarlos de forma contundente en una sola batalla. Ventidio sabía que los partos eran muy orgullosos y que la intensidad de su ataque al principio de la batalla era letal. Si al igual que había hecho en el Tauro les hacía creer que tenía miedo, no resistirían la tentación de ir a por él y podría acabar con ellos. Hasta el momento había conseguido engañarlos haciéndoles creer que no le convenía que atacaran por la Cirréstica. Sin embargo ahora no se iba a enfrentar a un general incauto como el que derrotó en el monte Capro, sino con el propio Pacoro, que tenía experiencia contra los ejércitos romanos y no por el hecho de ser un bárbaro iba a ser menos inteligente. ¿Sería capaz de engañarlo a él como había hecho con los otros generales partos en las dos ocasiones anteriores?.

III. LA BATALLA DE GINDAROS

Tal y como esperaba Ventidio, la invasión pártica no llegó en la primavera sino que se retrasó hasta el verano. Al llegar Pacoro al punto por donde iba a cruzar el rio con su enorme ejército no encontró a los romanos allí preparados para defender su territorio. Tras la construcción del puente que tardó cuarenta días en realizarse, el Principe de los partos volvió a cruzar el Eúfrates frente a su ejército por quinta vez en su vida, esperando posiblemente que fuese la definitiva. Había llegado el momento de echar para siempre a los romanos de Siria y con la gran victoria que esperaba conseguir demostraría ser merecedor de suceder a su padre en el trono y de continuar su labor el día que faltase. Trece años después Pacoro no era ya aquel muchacho al que Orodes había puesto a Osaces como "niñera", sino un general experimentado que había sabido aprender de sus errores y estaba muy seguro de sus posibilidades. Esta vez no habría ningún Casio que salvara a Roma, o al menos eso era lo que esperaba.

Mapa: Siria romana


Tras terminar de cruzar el rio con sus tropas los romanos seguían sin aparecer. Ni siquiera estaban a la vista por toda la llanura... ¿Realmente estaba tan mal protegida esa zona como lo habían informado?. ¿Ni siquiera había allí una guarnición mínima para hacerle frente o atacarles por sorpresa mientras cruzaban?. Ante él se extendía una extensa llanura vacía que llegaba hasta el horizonte. No obstante Pacoro no se confió ante lo que veía. Había tenido la amarga experiencia en su juventud de ser derrotado por Casio en una emboscada cerca del rio Orontes y no se fiaba lo más mínimo de los romanos. Por ello no avanzó por la Cirréstica sin antes enviar una avanzadilla compuesta por caballería ligera que se adelantara al resto del ejército.

El Príncipe de los partos sabía que no podía vencer a los romanos en un enfrentamiento de choque si no conseguía romper su formación. Por tanto es casi seguro que diera orden a las tropas que se iban a adelantar de que no entrara en combate con los romanos por su cuenta sino que intentara provocar al enemigo para que los persiguieran atrayéndolos hacia el interior de la llanura. Una vez allí ordenaría cargar al resto de su ejército contra ellos y en caso de que el enemigo conseguía reagruparse lo rodearía al igual que hizo Surena con las legiones de Craso en el desierto de Mesopotamia y acabaría con ellos.

Los partos se adentraron en el horizonte de la inmensa llanura, pero los romanos no estaban por todo aquello. Ventidio les había concedido en teoría la ventaja de la llanura pero no era más que un cebo para que Pacoro lanzara su invasión por aquella zona. Evidentemente el viejo mulero no era tan estúpido como para enfrentarse a los partos en aquel terreno. Cuando los jinetes de la avanzadilla llegaron a una zona donde se levantaban unos montes que rompían con la monotonía de la llanura, dieron por fin con el campamento romano, que estaba situado en tierras altas cerca de la ciudad de Gindaros. Esta era, en palabras de Estrabón, la acrópolis de la Cirréstica; una fortaleza natural que desde ese terreno montañoso dominaba la llanura y que tradicionalmente servía de base de operaciones a toda suerte de ladrones y salteadores. Ventidio, que se había hecho con su control, había acampado con su ejército por aquella zona no muy lejos de la llanura tres días antes de que Pacoro y su ejército cruzaran el Eúfrates.

Aunque las fuentes no lo digan expresamente, todo parece indicar que Ventidio quería en un principio repetir la táctica que había usado en la cordillera del Tauro, es decir, aparentar miedo con su inmovilidad y provocar que los partos cometieran el error de atacar cuesta arriba a las legiones. No obstante, el grupo de soldados enemigos que había llegado hasta ellos no era muy numeroso. Evidentemente los partos necesitaban muchos más hombres de los que habían allí para hacerse de nuevo con el control de Siria, por lo que el viejo mulero adivinó que se trataba de una avanzadilla. Pacoro, que era mucho mejor general que los sátrapas a los que se había enfrentado, pretendía atraer a los romanos hacia la llanura donde le esperaba con el grueso de sus tropas (9) del mismo modo que éstos querían hacer lo propio hacia el terreno montañoso.

Ventidio no había ordenado a sus tropas desplegarse y éstas seguían aún dentro del campamento. De ese modo no sólo aparentaba miedo ante el enemigo sino que además no descubría el número de efectivos de los que disponía dando pie a que los partos pensaran que la razón de su supuesta cobardía se debía a su inferioridad numérica; un incentivo más para provocar su ataque. Sin embargo, ya fuera porque seguían las ordenes de Pacoro o porque la avanzadilla no era lo suficientemente numerosa para intentar hacer nada contra el campamento romano, los partos no atacaron y se limitaron a provocar a las tropas romanas mediante burlas e insultos. Así estuvieron durante un tiempo pero al ver que Ventidio no reaccionaba poco a poco perdieron su ímpetu y se confiaron.

Como ya habíamos visto, Ventidio no se podía limitar a defenderse de los partos o a permanecer a salvo tras los muros de una ciudad como hiciera Bíbulo. Necesitaba una victoria aplastante que le permitiera consolidar el dominio romano de Siria. Por ello aguardó pacientemente al momento oportuno y cuando los partos parecían estar más relajados y confiados por la pasividad del enemigo que interpretaban como miedo, les lanzó un ataque con parte de su ejército y los dispersó (10) en varias direcciones. Sin embargo, y consciente de que se trataba de una trampa no los hizo perseguir por sus tropas, sino que ordenó a éstas que se replegaran y volvieran al campamento.

Al divisar a lo lejos que sus jinetes que huían, Pacoro pensó que los romanos habían mordido el anzuelo y venían en su persecución, por lo que al frente de toda su caballería dio la orden de cargar hacia ellos a toda velocidad para aprovechar el desorden en sus filas y entablar batalla antes de que las legiones pudieran formar para el combate. Encabezando el ataque de su caballería, el Príncipe de los partos se dirigía a toda velocidad hacia las tierras altas donde estaba ubicado el campamento romano. A medida que avanzaba no divisaba aún a los romanos, pero era tal el ímpetu de su ataque, tan propio de los partos al inicio de una batalla, que no detuvo la carga sino que siguió avanzando hacia el campamento romano en la creencia de que éstos no habían perseguido a los jinetes que huían por cobardía o por su inferioridad numérica. Tal y como había ocurrido el Tauro, Ventidio calculó las distancias y cuando la caballería enemiga llegó a un punto en el que no podían retroceder (quinientos pasos según Frontino) ordenó a su ejército salir del campamento y cargar cuesta abajo con la mayor celeridad posible.

Ventidio consiguió forzar el choque entre ambos ejércitos, pero debido a que se equivocó en sus cálculos por el nerviosismo del momento o tal vez a que en esta ocasión se trataba de ejércitos más numerosos que en el monte Capro, su táctica no funcionó a la perfección. Como era de esperar los jinetes partos que iban en vanguardia fueron los primeros en morir y entre ellos su valiente general. Gran parte de los jinetes partos perecieron aplastados por sus propios compañeros que eran frenados en vanguardia por los legionarios al tiempo que éstos los empujaban cuesta abajo contra su propia retaguardia. Al llegar la lucha al pie de la colina, los romanos perdieron la ventaja de la altura. Allí los partos se defendieron con bravura, pero sin la dirección de su general, habiendo visto caer a la mayor parte de su ejército y sorprendidos aún por la rapidez de la acción de los hombres de Ventidio, fueron finalmente derrotados ante un ejército mejor preparado que el suyo para un enfrentamiento de esas características, al tiempo que los honderos baleares les causaban numerosas bajas desde las tierras altas.

En el campo de batalla quedaron mas de veinte mil cadáveres de soldados partos entremezclados con los de los caballos que no pudieran escapar y murieron también aplastados. Fue la mayor derrota que hasta entonces había sufrido un ejército parto (11), pero éste no fue totalmente aniquilado. Muchos que se percataron de la muerte de Pacoro pudieron huir antes de que se consumara el desastre. Algunos lo hicieron en dirección a la llanura de la Cirréstica, pero fueron aniquilados por soldados de Ventidio (posiblemente de caballería) que les cortaron la retirada (probablemente efectuada en desorden y en pequeños grupos). Otros en cambio pudieron escapar a la matanza huyendo hacia el norte (12) en dirección a Commagene bajo la protección de Antíoco, señor de la región y aliado de los Partos.

Tras la victoria, Ventidio ordenó que buscaran el cadaver de Pacoro, y del mismo modo que hicieron los partos en la batalla de Carrhae con el de Publio Licinio Craso, ordenó que le cortaran la cabeza y la ensartaran en una lanza. Entregó esta a un grupo de jinetes y les ordenó que se dirigieran a todas las ciudades de Siria para que sus tiranos pudieran ver con sus propios ojos el final que esperaba a aquellos que osaban desafiar el poder de Roma. De esa forma el viejo mulero pacificó la mayor parte de la provincia sin derramar una gota más de sangre, pues salvo Antíoco de Commagene que resistía en Samosata, el resto de los tiranos sirios reconocieron la supremacía de sus nuevos dominadores y se sometieron a ellos. Con su brillante victoria cerca de Gindaros, Publio Ventidio había conseguido volver a enterrar con fuerza el estandarte del águila romana en tierras sirias. Ese mismo día se cumplían quince años de la batalla de Carrhae. Los más de veinte mil soldados romanos que perecieron en los desiertos de Mesopotamia por la avaricia e incompetencia de Craso, estaban vengados.

IV. EL OCASO DE UN LÍDER

Muy lejos de Siria en la Media Magna estaba la ciudad de Ecbatana. Debido a la altitud del país su clima era fresco incluso en verano y por ello residían allí durante esa estación los monarcas arsácidas, que tenían su palacio en la llanura de Gázaca. Ecbatana había sido una ciudad de reyes desde muchos siglos antes. Los monarcas medos, los persas y posteriormente los macedonios habían tenido allí también sus residencias de verano. Se trataba de una ciudad muy grande que con el paso de los siglos había venido a menos. De ella decía Polibio que había superado con mucho a las demás ciudades en riquezas y en magnificencia de edificios y de ser ciertas las descripciones de dicho autor a muchos nos haría falta verlas para poder creerlo.

Siglos después, la ciudad había perdido su antiguo esplendor y la mayor parte de sus riquezas tras ser conquistada y saqueada una y otra vez hasta que los Partos la anexionaron a su Imperio. Sin embargo no perdería con éstos toda su importancia, pues no sólo seguía siendo la ciudad más grande y poblada de la zona sino que además era uno de los puntos principales de paso del comercio entre Oriente y Occidente. Situada entre las ciudades de Rhagae al este y Bisutun al oeste, Ecbatana formaba parte de la llamada Gran Ruta. Por allí pasaba la mayor parte del tránsito comecial proveniente del este a través de los montes Zagros y ni que decir tiene de los ingresos que ésto proporcionaría al Rey de reyes, quién posiblemente controlaba directamente esa zona de su Imperio.

Orodes II disfrutaba allí del fresco clima de Media durante la cálida estación veraniega. Tras diecisiete años de reinado había consolidado su poder frente a la aristocracia pártica. El desviar las guerras más allá de sus fronteras había proporcionado un largo periodo de paz y estabilidad a su Imperio donde su autoridad era incontestable para sus vasallos. Sin hermanos que ambicionaran el trono e hicieran peligrar su vida y con la lealtad de Pacoro, que además de su primogénito era posiblemente el mejor de sus generales, había conseguido dar una estabilidad al Imperio que pocos recordaban haber vivido. Las fronteras del mismo estaban bien defendidas y desde hacía varios años no habían guerras entre sus súbditos.

Un año atrás le habían llegado noticias sobre la exitosa campaña de Ventidio en Cilicia. Poco le importaría la suerte de Quinto Labieno, aquél impulsivo joven al que había utilizado para derrotar a los romanos en Siria. Sin embargo, dos de sus ejércitos habían sido aniquilados por los occidentales y Siria había quedado deprotegida y a merced de los romanos. Hubiera sido una situación tremendamente complicada e incluso hubiera temido un ataque más allá del Eúfrates por parte de los romanos de no ser porque los frutos de su victoria de Carrhae aún perduraban quince años después. Los tiranos de la región de Siria eran vasallos suyos como también el Rey de los judíos. Del mismo modo que Craso había querido explotar el descontento de las ciudades griegas de Mesopotamia quince años antes, él había sabido hacer lo mismo con las ciudades de Siria que eran desde entonces sus mejores aliadas y formaban ahora el muro que retenía a los romanos mientras él preparaba el nuevo ejército para contraatacar.

Orgulloso por naturaleza como cualquier parto, Orodes estaba más que confiado en la victoria. Unos días antes, había recibido jubiloso la noticia de que su hijo Pacoro había invadido Siria tras cruzar el Eúfrates sin oposición. Sin embargo poco después llegarían las noticias de aquellos que consiguieron escapar al desastre e hicieron llegar la verdad a su rey. Los romanos habían derrotado a su ejército de manera contundente cerca de Gindaros y su valiente hijo Pacoro había sido de los primeros en caer en la batalla. La mayor parte de las ciudades sirias se habían rendido y sólo Antíoco I de Commagene resistía a los occidentales.

Orodes, que debía ser un hombre muy endurecido asumió la noticia con entereza y no pronunció ni una sola palabra. Sin embargo, por frio y carente de escrúpulos que fuera no podía evitar ser humano y como tal tener sentimientos. Durante muchos días permaneció callado. Nadie le escuchó decir una palabra. No comía ni intentaba comunicarse. Parecía que hubiese enmudecido. Dentro de él un profundo e inconsolable dolor que sólo pueden entender aquellos que han perdido a un ser querido, le corroía en lo más hondo de su alma y aquella estatua de hielo que pretendía ser se resquebrajaba poco a poco en su interior. El estar por encima de los demás mortales conduce inevitablemente a la soledad y al aislamiento interno. Pacoro era tal vez la persona más cercana a él y ahora Orodes no tenía a nadie con quien compartir su dolor.

Pasaron los días y nada le aliviaba. Estaba tan endurecido por dentro que ni siquiera podía desahogarse. Su intenso dolor seguía presente y terminó siendo tan grande su sufrimiento que aquella estatua de hielo terminó por romperse y la locura se apoderó de su alma. Todos sus pensamientos eran para su hijo. Lo llamaba, le parecía verlo y escucharlo, hablaba con él y cuando un rayo de luz iluminaba su mente y le hacía recobrar la cordura lloraba con dolor su pérdida. Él era el único al que había podido perdonar una traición mientras que a otros los había hecho matar sólo por dudar de su lealtad. Su hijo, su heredero, todas sus esperanzas.... ahora ya no existía. Ni siquiera tenía su cuerpo para darle una sepultura digna (13). Nada podía consolarlo de su pérdida y posiblemente deseara ser visitado por la Muerte, pero la más temible entre las damas es también la más orgullosa y jamás acude a quién la llama.

Dicen que el tiempo es un mónstruo devorador de vidas que no conoce la piedad. Se lanza a por sus víctimas desde el día en que nacen y les arrebata su vida poco a poco, segundo a segundo. Con suma crueldad les hace albergar esperanzas e ilusiones de un mañana mejor y consigue hacerles olvidar algún día terminará de devorar sus vidas y les llegará el final. Cuando se es joven el tiempo parece inacabable y se desperdicia inconscientemente en la creencia de que el mañana es eterno. Cuando se es viejo y se toma conciencia de que el final está cerca, se vuelve la vista hacia atrás con nostalgia y se lamenta cada minuto desperdiciado. Orodes sabía que su tiempo llegaba a su fin. Había superado con creces a sus predecesores y aunque él no podía saberlo, jamás el Imperio Parto volvería a ser tan grande y poderoso como con él. Había cosechado muchos éxitos a lo largo de su vida, pero ¿de qué le habían servido?. Tras la victoria de los romanos en Gindaros la frontera había retrocedido de nuevo hasta el Eúfrates y muerto su hijo estaba más solo que nunca. Nada debía importarle ya hasta que recordó que aún le quedaba un último deber.

Aunque su salud mental no debía estar en su mejor momento, posiblemente no ignoraba el astuto rey que al igual que él se había crecido con la victoria de Carrhae quince años antes, ahora ocurriría lo mismo a los romanos. Sin duda éstos volverían a cruzar el Eúfrates para recuperar su prestigio en Oriente y satisfacer su codicia. Él ya no tenía fuerzas para seguir luchando y habiendo muerto Pacoro tenía que elegir a otro de sus hijos para sucederle. Permitir a los probulos que eligieran a su Rey sería un paso atrás para el Imperio Parto. Aquellos velarían por sus propios intereses y debilitarían el poder central, pues jamás permitirían que su sucesor fuera tan poderoso como él. El Imperio Parto nunca evolucionaría hacia la centralización, pero Orodes esperaba que sí. Debía por tanto hacer todo lo posible para que sus herederos no tuvieran que empezar de cero sino que aprovecharan el camino que él había hecho. Sólo así todos sus sacrificios tendrían sentido. Él había sido derrotado, pero aún su obra podía sobrevivirle y dar sentido a todos sus sacrificios.

Posiblemente había compartido responsabilidades de gobierno Pacoro para que, llegado el día en que él faltase, éste pudiera remplazarle sin problemas como Rey de los partos y los probulos aceptaran su autoridad sin oposición. Necesitaba a un sucesor que tuviera suficiente capacidad de liderazgo para hacerse obedecer por la nobleza. Si ninguno de sus hijos era un gran militar debería elegir al que menos escrúpulos tuviese y a la par fuera el más inteligente... al que más se pareciera a él. Había tenido treinta y dos hijos (incluído Pacoro) con sus distintas esposas y concubinas. Viéndole debilitado por su dolor, todas éstas le presionaban para que eligiera cada una al suyo. Orodes tomó finalmente su decisión y se decantó por aquél que llevaba el mismo nombre de su difunto padre. Phraates no era un gran guerrero como Pacoro ni tenía su capacidad de liderazgo. Sin embargo no le faltaba astucia, crueldad ni ambición; rasgos que le habían permitido a él llegar a lo más alto.

Phraates IV

Orodes ni siquiera esperó a morir para que su hijo llegara al poder y al tiempo que abdicaba, lo hizo coronar como Rey de los partos aprovechando su incontestable autoridad entre los probulos. No ignoraba que una vez coronado rey, su hijo no tardaría en deshacerse de él. Si realmente era como esperaba sería quién le traería la muerte, el único alivio para su dolor y tal vez lo mejor para su Imperio. Sólo un hombre capaz de acabar con cualquier tipo de oposición a su poder podría llegar a donde él había llegado. Aquejado de hidropesía (14) y destrozado por la pérdida de Pacoro, el viejo Orodes esperaba su hora. Tal y como había previsto, Phraates intentó envenenarlo con acónito. Posiblemente temía a su padre y no le era fácil asesinarlo cara a cara ni enviar a alguien para que lo hiciera. Orodes había sido un rey muy poderoso y aún en su estado de debilidad era temido por todos.

Sin embargo por algún motivo el veneno no le mató y sólo le hizo quedarse enjuto (15). Impaciente ante la resistencia de su padre a morir y tal vez temiendo que se recuperara y tomara venganza contra él, Phraates IV entró en la habitación en la que descansaba y dispuesto a demostrarle que era digno de ser su sucesor, tendió las manos hacia él y tras llevárselas al cuello apretó con fuerza para ahogarlo. En otros tiempos Orodes se hubiera desecho de su agresor y le hubiera dado muerte, pero el anciano rey, que había pasado toda su vida luchando, estaba cansado y tal vez pensando en el bien de su Imperio dejó que su hijo hiciera lo que debía. Por una ironía del Destino, quién había asesinado a su padre recibía el mismo final por parte de su hijo que además llevaba el mismo nombre que aquél. Poco a poco la vista del viejo rey se fue nublando y momentos después llegó la oscuridad.

Como un fabuloso sueño condenado a un amargo despertar. Así había sido su obra; condenada a perecer, a no perdurar.

V. EL SITIO DE SAMOSATA

Como era de esperar, el acuerdo de paz con Sexto Pompeyo no duró demasiado. Marco Antonio había interpretado que en virtud de la Paz de Miseno él le cedería el Peloponeso pero que los impuestos que había establecido antes de que ésto sucediera le pertenecían a él. Sexto Pompeyo había manifestado su desacuerdo con esa interpretación y como aún existía piratería en las costas de Italia, Octaviano lo acusó de tomarse la justicia por su mano. Tras predisponer al pueblo contra aquél y ganarse a Menodoro para su causa, Octaviano se dedicó a hacer grandes preparativos con el fin de invadir Sicilia e hizo llamar a Marco Antonio para deliberar con él en Brindisi.

Al llegar la primavera del 38 a.C, Marco Antonio acudió a Brindisi el día señalado, pero al no encontrar a Octaviano y tener noticia de que éste estaba haciendo grandes preparativos antes de deliberar con él, se dio cuenta de la farsa. Por ello se marchó de nuevo a Atenas no sin antes escribir a Octaviano diciéndole que no se atreviera a romper el tratado y a Menodoro amenazándole con darle suplicio como a un esclavo si se atrevía a intervenir en lo que tramaba Octaviano. De nada servirían las advertencias de Marco Antonio y la relación entre éste y su cuñado se volvería a deteriorar. Meses después llegaron a Atenas las noticias de la victoria de Ventidio en Gindaros y cuenta Plutarco que fue uno de los hechos más celebrados por los romanos.

Tras Gindaros, el viejo mulero envió a su legado Maquera al frente de dos legiones y mil auxiliares de caballería para ayudar a Herodes a derrotar a Antígono y se dirigió hacia Commagene con el resto de su ejército. Allí el reyezuelo Antíoco resistía a los romanos en su fortaleza de Samosata. Dicen varias fuentes que Ventidio no se atrevió a cruzar el Eúfrates por temor a despertar la envidia de Marco Antonio. Lo cierto es que no podía demorar más las órdenes que se le habían hecho llegar el año anterior y debía prestar ayuda militar a Herodes. Por otro lado hubiera sido una imprudencia avanzar más allá del Eúfrates dejando a un enemigo a su espalda. Su prioridad era afianzar el dominio romano en Siria y por ello debía acabar con la oposición de Antíoco.

Tras enterarse aquél de la derrota pártica en Gindaros y percatarse de que los romanos iban a por él, hizo llegar a Ventidio que accedería a rendirse y someterse a los romanos además de entregar un tributo de mil talentos. Sin embargo como rey se negaba a tratar con un subalterno y le puso como condición que fuera Marco Antonio en persona quién acudiera allí como garantía del pacto que cerraran. Tal vez porque las malas lenguas decían que Ventidio estaba siendo sobornado, tal ver para evitar que el viejo mulero se llevara todo el mérito o tal vez porque simplemente le interesaba el trato, el triunviro se dirigió hacia Samosata con un gran ejército para culminar en persona la reconquista de Siria.

Samosata
samosata


Mientras tanto Herodes volvía a sufrir las consecuencias de un aliado corrupto e incompetente. Antígono intentó sobornar Maquera del mismo modo que hiciera con Silón, pero aquél que sabía que Herodes era caballo ganador, no se atrevió a traicionarlo. No obstante y pese a la oposición de Herodes, el romano quiso engañar a Antígono haciéndole creer que había aceptado el soborno y se dirigió a Jerusalén para que Antígono lo dejara entrar con sus tropas. Éste, que desconfiaba de sus intenciones, ordenó que cerraran las puertas de la ciudad y sus arqueros atacaron a los romanos desde las murallas. Maquera, irritado por su fracaso, se tuvo que retirar hacia Emaús y como consecuencia de su frustración hizo matar a todos los judíos que encontró a su paso sin importarle que fueran partidarios de Antígono o de Herodes.

Éste último, harto de las "ayuditas" que le daban los romanos, partió hacia la ciudad de Samaría para poner rumbo a Samosata y encontrarse allí con Marco Antonio. Si no le podía enviar a generales competentes al menos que el triunviro le dejara ocuparse de la guerra por su cuenta. Al enterarse Maquera de las intenciones de Herodes tuvo miedo de la ira de Marco Antonio y se apresuró a reconciliarse con él. Finalmente y debido a la insistencia del romano, Herodes permitió a Maquera y a sus tropas quedarse en Judea junto a su hermano José para continuar la guerra contra Antígono, no sin antes advertir a su hermano que no discutiera con el romano ni intentara hacer nada arriesgado en su ausencia.

Montes Tauros Tras esto, Herodes partió con su ejército hacia Samosata. Al llegar a Antioquía encontró numerosos hombres que querían llegar junto a Marco Antonio para ganarse su favor ayudándole en la guerra, pero no se atrevían a avanzar por su desconocimiento del terreno y el miedo a las emboscadas de sus enemigos. Herodes los animó y se puso personalmente al frente de éstos para hacerlos llegar hasta Marco Antonio. Tras una complicada marcha derrotó a los ejércitos de Antíoco que trataban de impedir la llegada de los aliados de los romanos y de sus suministros mediante emboscadas. Al llegar a Samosata al frente de sus tropas y aclamado por como salvador por aquellos a los que había guiado, Marco Antonio le recibió con todos los honores.

La acción de Herodes terminó por decidir la guerra en favor de los romanos. Antíoco, que había impedido que Ventidio sacara partido de la victoria haciendo retrasar el asedio de la ciudad hasta la llegada de Marco Antonio, estaba en posición de resistir. La prolongación del sitio de la ciudad había dado alas a sus defensores que con la moral bien alta luchaban con vigor. Tal vez hubieran podido resistir hasta el invierno y obligar a los romanos a retirarse, pero la llegada de Herodes con los refuerzos tras derrotar a sus hombres, aislaron al reyezuelo de nuevo en Samosata y se vio obligado a negociar una rendición. Finalmente llegó a un acuerdo con Marco Antonio, que tampoco quería prolongar el sitio, y tras recibir trescientos talentos a cambio, el triunviro aceptó la paz y se llevó oficialmente el mérito de terminar con la guerra de Siria.

Fin del sexto y último capítulo

Epílogo

 


Notas..

1.Actualmente se encuentra allí la ciudad de Irbid, en la actual Jordania. Josefo, despectivamente, se refería a estos grupos de resistencia como bandidos.Volver

2.El más joven de sus tres hermanos.Volver

3.Era una fortaleza que fundó Alejandro Janeo (padre de Hircano y
Aristóbulo). Estaba construída en lo alto de un monte elevado en el valle
del Jordán. Fue destruída por Aulo Gabinio tras someter la rebelión de
Alejandro (hijo de Aristóbulo) con el fin de que no siriviera de punto de
apoyo a futuras rebeliones.Volver

4.Según Justino los partos siempre iban montados a la guerra, a los
banquetes, a resolver sus ocupaciones públicas o privadas, cuando
comerciaban o simplemente para dialogar unos con otros. También afirmaba
este autor que el caballo marcaba la diferencia entre esclavos y libres,
pero esta información no es exacta. Como ya hemos comentado la mayor parte
de los ejércitos partos estaban compuestos por siervos que poseían caballos.
Sólo los más pobres carecían de monturas. Por otro lado habría que
diferenciar entre siervos y esclavos. Es un asunto complejo que no voy a
desarrollar aquí para no desviarme demasiado del tema principal. No
obstante, aclaro que habían esclavos nativos como consecuencia de impago de
deudas o de que se vendían a si mismos y otros esclavos extranjeros
prisioneros de guerra, a los que utilizaban para defender puestos
fronterizos. Los primeros no tenían caballos (es de suponer que no podían
tener propiedades) y sobre los segundos tengo mis dudas dadas sus funciones
militares.Volver

5. Tal como hizo Surena en la batalla de Carrhae. Éste situó una caravana de
camellos cargadas con flechas cerca de la ciudad de Niceforium para que los
jinetes arqueros pudieran ir a buscar más cuando se les acabaran.Volver

6. Esa táctica de combinar un ataque entre los dos tipos de unidades también
la usó Surena en la batalla de Carrhae.. Volver

7.Estos caballos, llamados neseos, eran más grandes y fuertes que los conocidos por los pueblos europeos y se criaban en las praderas de Media, siendo considerados una de las riquezas de ese reino perteneciente al Imperio Parto. Según Estrabón, entre los tributos que pagaba Media al monarca arsácida estaban mil quinientos caballos anuales. Dichos equinos también se criaban en Armenia y en Albania por ser ideales para las unidades de caballería pesada similares a los catafractos partos que eran habituales en los ejércitos de Armenios y Albanos.Volver

8. Posiblemente las unidades de caballería pártica de esa época, así como su forma de combatir, fueran producto de una evolución debida a las necesidades de la guerra contra esos pueblos de las estepas. De ahí que las unidades de élite fueran de caballería.Volver

9. No tenemos datos concretos del número de hombres con los que contaba Pacoro, pero las fuentes sí nos indican (de una forma que no voy a desvelar aún para mantener el interés del relato) que éste ejército era superior en número a los que derrotó Ventidio en Cilicia. Posiblemente el ejército romano era también más numeroso en esta ocasión al de aquella batalla, pues se me hace impensable que el viejo mulero quisiera defender la provincia con menos de cuatro legiones. Ante la falta de datos más precisos propongo como punto de partida que Ventidio contaba con un ejército de cuatro a seis legiones (entre veinte mil y treinta mil hombres), además de los auxiliares (caballería y honderos baleares). El ejército parto calculo que no sería inferior a los venticinco mil hombres ni superior a los treinta mil.Volver

10. No sabemos como lo hizo exactamente. En mi opinión lo más práctico en esas circunstancias era lanzar la caballería contra ellos seguidos por la infantería a paso ligero, tal como haría Marco Antonio durante sus posteriores campañas en el Imperio Parto. Según Justino, los partos huyeron en varias direcciones tras este ataque. Esa falta de coordinación a la hora de retirarse me da a entender no sólo que les cogió desprevenidos (como aclara el propio Justino) sino que debido a la efectividad del mismo no pudieron realizar una retirada organizada con lo que gana puntos la posibilidad de que la maniobra de Ventidio fuera tal y como dije. Por otro lado, el hecho que huyeran sabiendo que podían ser perseguidos por el enemigo me da a entender que podían hacerlo al galope, lo que me llevó a la conclusión de que esa avanzadilla debía estar compuesta sólo por caballería ligera.Volver

11. Este es el dato del que hablaba anteriormente y que no he querido desvelar hasta este momento. Si ésta fue la mayor derrota de un ejército parto hasta ese momento (como indican varias fuentes) y murieron veinte mil hombres (dato que nos proporciona Floro), los ejércitos partos que fueron prácticamente aniquilados por Ventidio en Cilicia no pudieron ser muy superiores en número a esos veinte mil. Además, dado que el citado autor hablaba de la manifiesta superioridad numérica de los partos en la batalla del monte Capro y que según Festo los romanos contaban entonces con un ejército poco numeroso, llego a la conclusión de que Ventidio sólo disponía de unos diez mil hombres en aquella batalla o puede que menos. Volver

12. El hecho de que el ejército parto no fuera aniquilado y una parte de éste lo suficientemente importante como para ser perseguida por Ventidio consiguiera escapar, me llevó a la conclusión de que debieron ser más de veinte mil y por ello propuse como punto de partida las cifras que di anteriormente. En cualquier caso recuerdo al aficionado que se trata tan solo de cálculos aproximados por mi parte dada la ausencia de datos concretos en las fuentes clásicas.Volver


13. Según Justino los partos dejaban que los cadáveres fueran devorados por los animales y posteriormente enterraban los huesos. Era una práctica común entre los pueblos de religión Mazdeísta que con el tiempo se fue abandonando. Las tumbas reales encontradas en Nisa demuestran que los reyes recibían sepultura. También se han encontrado necrópolis partas en ciudades como Nippur, Kazku y Doura.Volver

14. Al no especificar Plutarco en que parte del cuerpo padecía Orodes la hidropesía ni los demás síntomas de su enfermedad es imposible averiguar cual era ésta. Volver


15. El acónito era utilizado como veneno en la antigüedad debido a su efectividad como tal. La aconitina es un tóxico muy activo que deprime los centros nerviosos encefálicos y ocasiona una muerte rápida. No obstante también era utilizado como fármaco administrada en pequeñas dosis. Posiblemente al ser ingerida por Orodes actuara como diurético y le hiciera expulsar de su cuerpo la acumulación de líquidos. De ahí que se quedara enjuto y se pensara que la enfermedad había evolucionado favorablemente.Volver


© 2004 Carlos Javier Pacheco López
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