MARCO
ANTONIO Y LA INVASIÓN PÁRTICA (41-38 A.C.)
A finales del año 42 a.C. la República romana recibía
una herida mortal en Filipos. Sin embargo a nadie se le escapaba que la
estabilidad que parecían traer los vencedores no podía durar.
Estos dos hombres, que se despreciaban mutuamente, debían acometer
en ese momento la enorme tarea de reorganizar el mundo romano tras años
de guerras civiles. Aún estaba por ver cual de ellos se haría
con el poder al final y el papel que desempeñarían en esa
lucha los últimos republicanos. No obstante, un peligro aún
mayor amenazaba a Roma en ese momento. Más allá del Eúfrates,
un poderoso enemigo acechaba desde la sombra esperando el momento oportuno
para atacar...
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PARTE VI: EL ENFRENTAMIENTO FINAL |
| I.
HERODES SE HACE CON EL CONTROL DE IDUMEA Y GALILEA |
Tras quitarse de encima a Silón y a las siempre
conflictivas tropas romanas Herodes no dedicó
el invierno a descansar. Antígono tenía
partidarios y Herodes no sólo debía vencer
a aquellos sino además evitar que se volvieran a levantar a su
espalda cuando fuera a tomar Jerusalén. Al igual que Hércules,
debía cortar las cabezas de la Hidra y quemarlas antes de que surgieran
otras dos por cada una que cortara. Por otro lado, a la par que evitaba
que ayudaran a Antígono estaba impidiendo que
colaboraran con los partos cuando éstos lanzaran su ataque el año
siguiente. Herodes necesitaba tanto a los romanos como
éstos le necesitaban a él.
Así pues, al mando de dos mil soldados de infantería y cuatrocientos
jinetes ocupó Idumea y puso a su hermano José
al frente de la misma para que se asegurara de que no estallara allí
ninguna revuelta provocada por Antígono. A continuación
se dirigió al norte y dejó a su familia en la ciudad de
Samaría, donde era tan querido. Su intención era dirigirse
a Galilea, donde a pesar de contar con el apoyo de la mayoría de
la población habían también multitud de partidarios
de Antígono que eran muy hostiles a la idea de
volver a ser gobernados por los romanos. Tras partir de Samaría
hacia el norte, llegó a la ciudad de Séforis en medio de
una gran nevada y se hizo con ella sin luchar dado que la guarnición
de la ciudad había huído.
Con un ejército sumamente cansado pero leales hasta la médula
decidió permanecer allí durante un tiempo pues sus enemigos
al huir precipitadamente habían cometido el error de no llevarse
las provisiones. No muy lejos de Séforis, en dirección norte
junto al lago Gennesaret y cerca de una aldea llamada Arbela, había
un lugar montañoso lleno de cuevas donde vivían grupos independientes
de resistencia armada a la dominación romana y que atacaban a todos
los que colaboraban con aquellos (1).
Tras dejar que sus tropas repusiesen fuerzas, Herodes
envió una avanzadilla de tres compañías de infantería
y un escuadrón de caballería a la aldea de Arbela y cuarenta
días después se reunió con ellos al frente del resto
de sus tropas.
Una vez allí, sus enemigos lejos de amilanarse hicieron formar
a sus tropas y se enfrentaron al ejército de Herodes.
Durante la batalla, el ala derecha del ejército enemigo ganó
mucho terreno a la izquierda del de Herodes, que rápidamente
se dirigió hasta allí con sus mejores hombres e impidió
que sus tropas huyeran en desbandada reagrupándolas y haciendo
retroceder al ejército rival. Finalmente los rebeldes fueron derrotados
y se retiraron en desorden. Herodes los persiguió
con sus tropas y acabó con gran parte de ellos haciendo huir a
los restantes al este del Jordán. Tras su victoria recompensó
a sus soldados y los acuarteló el resto del invierno. Parte de
los rebeldes se habían refugiado en las cuevas, pero acabar con
ellos era una tarea que requería mucho tiempo y por lo pronto no
constituían ya una amenaza tan grave.
Poco
después llegaron Silón y las tropas
romanas que regresaban de Lod. Antígono
los mantuvo durante un mes, pero al percatarse de que estaban viviendo
en la opulencia, ya fuera por no consentir sus abusos o por que
lo tenía premeditado de antemano, se negó a continuar
manteniéndolos. Además, con el fin de vengarse de
Silón por su perfidia, escribió a
las poblaciones cercanas de Lod ordenándoles que saquearan
la región y huyeran a las montañas a fin de que las
tropas romanas murieran de hambre. Herodes debía
sentir por Silón más o menos la misma
simpatía que Antígono, pero como
ya hemos dicho, no le convenía hacer nada contra los romanos
dado que los necesitaba como aliados. Por ello encomendó
a Feroras (2)
que consiguiera provisiones para abastecer a las tropas de Silón
y que reconstruyera las murallas de Alejandreo (3)
donde podrían pasar lo que quedaba del invierno sin crear
problemas a nadie.
Cuando estaba
cerca la primavera llegó la orden de Ventidio
llamando a Silón y a sus tropas para que
se reunieran con él a fin de preparar la defensa de la provincia
frente a los partos. No obstante encomendaba al samnita que antes
de acudir junto a él pusiera en orden los asuntos de Judea.
Herodes, que ya sabía lo que podía
esperar de Silón y sus tropas, prefirió
enviar a éstos junto a Ventidio para quitárselos
de encima. Una vez libre del problema llamó a sus propias
tropas mercenarias y judías de las ciudades donde habían
pasado el invierno y al frente de las mismas se dirigió a
acabar con los rebeldes.
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Las cavernas donde
éstos se refugiaban estaban situadas en montañas escarpadas
que formaban una fortaleza natural dada su inaccesibilidad salvo por determinados
senderos casi intransitables. Con suma dificultad Herodes
consiguió llevar hasta allí a sus soldados haciéndolos
descender desde la cima de la montaña en unos arcones sujetados
por cadenas desde arriba. Sus hombres fueron cueva por cueva y mataron
a casi todos los rebeldes y a sus familias, pues muy pocos accedieron
a rendirse dado que preferían la muerte a la esclavitud y el sometimiento
a los romanos.
Eliminados sus enemigos, Herodes se dirigió a
Galilea y designó a su amigo Ptolemeo (el de Rodas)
comandante en jefe de las tropas que dejó en Galilea. Tras ésto,
al frente de tres mil soldados de infantería y seiscientos jinetes,
partió hacia Samaría para luego ir a Jerusalén a
enfrentarse con Antígono. Sin embargo cuando estaba
de camino se enteró de que Ptolemeo había
sido derrotado por los nacionalistas antirromanos de Galilea que se habían
levantado en armas contra Herodes. Ya fuera por instigación
de agentes al servicio de los partos o porque esperaban el regreso de
éstos y su victoria contra los romanos una vez más estaban
en pie de guerra.
Herodes, harto de los galileos y sus rebeliones, se dirigió
contra ellos dispuesto a aniquilar a todo aquél que no le obedeciera.
Tras acabar con la mayor parte de sus enemigos, se dirigió contra
las fortalezas en las que resistían aquellos que habían
conseguido huir y una vez tomadas estas por asedio los hizo ejecutar sin
ofrecerles la posibilidad de rendirse. Cada ciudad de Galilea se vió
obligada a pagar una multa de cien talentos independientemente de que
hubieran participado o no en la rebelión y una vez pacificada la
región se dirigió al sur para atacar Jerusalén.
En
los albores de la primavera del 38 a.C., Publio Ventidio
estaba sumamente preocupado. Había pasado todo el tiempo desde
que llegó a Siria apagando pequeños incendios, pues los
tiranos de las ciudades de la región, que estaban del lado de los
partos, habían intentado organizar más de una revuelta instigados
por aquellos. Aunque ninguna había llegado a ser grave y había
dejado guarniciones en casi todas las ciudades sabía que en cuanto
llegaran los partos aquellos se volverían a levantar en armas.
Por ello tenía que obligar a sus enemigos a presentar batalla y
derrotarlos lo antes posible una vez cruzaran el Eúfrates, dado
que de prolongarse el conflicto los tiranos sirios unirían sus
fuerzas a ellos y la situación se volvería más complicada.
Afortunadamente las victorias de Herodes frente a los
rebeldes de Galilea le había cubierto las espaldas en el sur de
la provincia y a pesar de que aún no había derrotado a Antígono
al menos lo mantenía ocupado evitando así que pudiera ayudar
a los partos.
No obstante las tropas romanas tardaban en llegar de los cuarteles de
invierno y temía que cuando Pacoro cruzara el
Eúfrates para invadir Siria, su ejército no estuviera preparado.
Para solucionar este problema, Ventidio recurrió
a una treta que hubiera firmado el mismísimo Sun Tzu.
Sabiendo que cierto tirano sirio llamado Farneo estaba
del lado de los partos (como casi todos), Ventidio lo
engañó haciéndole creer que contaba con su total
confianza y lo tomó como consejero personal. Haciéndole
ver que ignoraba la posibilidad de una traición por su parte, Ventidio
le hizo saber que temía que los partos en vez de cruzar el Eúfrates
por la zona de Zeugma lo hicieran por otro punto que estaba rio abajo
y que comunicaba con la inmensa llanura de la Cirréstica. Ello
era así porque el punto de paso cerca de Zeugma lo tenía
bien guarnecido por sus tropas y al ser un lugar montañoso no resultaba
difícil de defender. En cambio el punto de paso situado rio abajo
no lo había podido proteger tan bien y estaba situado en terreno
llano, lo que facilitaría las maniobras de la siempre peligrosa
caballería pártica.
Como
era de esperar, Farneo, creyendo tener en sus manos
la clave de la victoria pártica, hizo llegar a Pacoro
esta información y éste se decantó por lanzar
la invasión cruzando el rio por ese segundo lugar. Dado que
por ese segundo punto de paso el caudal del Eúfrates era
mucho mayor que en las cercanías de Zeugma, Pacoro
hubiera tenido muchas dificultades para cruzarlo con un ejército
numeroso durante la primavera por mal defendido que estuviera. Le
era mucho más conveniente retrasar la invasión hasta
el verano, cuando debido a las altas temperaturas y a que las montañas
de Armenia ya habrían finalizado su deshielo, el caudal del
Eúfrates sería mucho menor y permitía a sus
tropas cruzarlo sin tantas dificultades. Por otro lado los partos
estaban acostumbrados a las altas temperaturas veraniegas en zonas
tan alejadas del mar y de su efecto regulador del clima, por lo
que era un factor que les favorecía de cara a un enfrentamiento
con un ejército romano si el conflicto se prolongaba más
de lo esperado.
Gracias a esta
treta, Ventidio ganó el tiempo que tanto
necesitaba para intentar apaciguar a las ciudades sirias hasta donde
le fue posible y preparar a sus tropas para resistir la invasión.
Se había enfrentado con éxito en dos ocasiones a los
partos, por lo que tenía elementos de juicio suficientes
que le servían de base para plantear la batalla. Los ejércitos
del enemigo eran por lo general de caballería. Numéricamente
la mayor parte de los soldados movilizables de su Imperio Parto
eran de infantería, pero a éstos por lo general no
los usaban para atacar pues pertenecían a los estratos más
bajos de la sociedad (4) y al
contrario que los jinetes no se trataba de guerreros de élite.
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Su
caballería estaba compuesta por dos tipos de unidades: los jinetes
arqueros (imagen superior) y los catafractos. De los primeros
podía decirse que eran auténticos centauros del desierto.
A los partos desde niños se les enseñaba a montar y a tirar
con arco y aún después de que se fuera perdiendo su carácter
nómada de su pueblo, se siguieron conservando esas costumbres.
Sus maniobras tácticas eran de lo más variadas y en terrenos
llanos eran letales contra cualquier tipo de infantería si la sometían
en a un ataque a distancia. Por lo general este tipo de ataque podía
llegar a ser muy intenso y les era posible ejecutarlo en gran número
sin perder la coordinación.
El problema
que tenían es que cuando se les acababan las flechas se veían
obligados a retirarse, razón por la cual, al contrario que los
romanos, no solían jugárselo todo a un enfrentamiento decisivo
sino que se dedicaban a desgastar poco a poco al enemigo prolongando el
conflicto tanto como creyeran necesario. No obstante si el general parto
había tomado la precaución de disponer no lejos del campo
de batalla de algún medio para que los jinetes pudieran ir a buscar
más flechas (5) el ataque podía
durar tanto como durara el día. Por ello, en un principio, el enfrentamiento
duraría tanto como los partos quisieran a menos que el enemigo
pudiera hacer algo por evitarlo.

Catafractos |
Las
legiones romanas, frente a ese tipo de ataques en terreno llano poco
más podía hacer que defenderse formando la tortuga o
testudo, pero un ataque de los catafractos les obligaría a
defenderse, lo que les dejaba de nuevo a merced de las flechas (6).
Evidentemente un ejército romano tenía poco que hacer
en esas circunstancias si no contaba con una fuerza importante de
caballería que atacara a los jinetes arqueros, pero para defender
a éstos los partos contaban con su otra unidad de élite:
los catafractos. Éstos iban cubiertos con una loriga de escamas
metálicas, tanto el jinete como el caballo, y provistos de
una lanza que les permitía herir al enemigo a una distancia
desde la que un arma corta no podía hacerles daño. No
llevaban escudos, puesto que su propia armadura y la del caballo hacían
las funciones defensivas y sus lanzas les permitían combatir
sin temor a las armas cortas.
Sus caballos medos (7) eran tan
grandes, fuertes y resistentes que podían cargar con el jinete
y con su propia armadura sin dejar de ser práctico para la
batalla. Posiblemente no podía alcanzar el galope con facilidad
una vez montado y ataviado para el combate, pero su capacidad de resistencia
era enorme a pesar de las altas temperaturas. Improvisar una caballería
que pudiera hacer frente a la de los partos era poco menos que una
utopía. Si con ella estaban habituados a rechazar las invasiones
de los escitas (8) de poco servirían
las fuerzas auxiliares de caballería ligera que solían
usar los ejércitos romanos. Por otro lado, la fuerza de éstos
estaba en su infantería pesada que era la que llevaba el peso
de la batalla y no en sus tropas auxiliares. |
Por
todo ello la única alternativa que tenía Ventidio
era engañarlos para poder entablar con ellos un enfrentamiento
de choque, tal como había hecho en los montes Capro y Ámano.
Sólo si sus enemigos lanzaban a su caballería contra las
legiones o éstas conseguían entablar combate por sorpresa
con aquellos mediante una emboscada, tendrían posibilidades de
derrotarlos de forma contundente en una sola batalla. Ventidio
sabía que los partos eran muy orgullosos y que la intensidad de
su ataque al principio de la batalla era letal. Si al igual que había
hecho en el Tauro les hacía creer que tenía miedo, no resistirían
la tentación de ir a por él y podría acabar con ellos.
Hasta el momento había conseguido engañarlos haciéndoles
creer que no le convenía que atacaran por la Cirréstica.
Sin embargo ahora no se iba a enfrentar a un general incauto como el que
derrotó en el monte Capro, sino con el propio Pacoro,
que tenía experiencia contra los ejércitos romanos y no
por el hecho de ser un bárbaro iba a ser menos inteligente. ¿Sería
capaz de engañarlo a él como había hecho con los
otros generales partos en las dos ocasiones anteriores?.
| III.
LA BATALLA DE GINDAROS |
Tal y como esperaba
Ventidio, la invasión pártica no llegó
en la primavera sino que se retrasó hasta el verano. Al llegar
Pacoro al punto por donde iba a cruzar el rio con su
enorme ejército no encontró a los romanos allí preparados
para defender su territorio. Tras la construcción del puente que
tardó cuarenta días en realizarse, el Principe de los partos
volvió a cruzar el Eúfrates frente a su ejército
por quinta vez en su vida, esperando posiblemente que fuese la definitiva.
Había llegado el momento de echar para siempre a los romanos de
Siria y con la gran victoria que esperaba conseguir demostraría
ser merecedor de suceder a su padre en el trono y de continuar su labor
el día que faltase. Trece años después Pacoro
no era ya aquel muchacho al que Orodes había puesto
a Osaces como "niñera", sino un general
experimentado que había sabido aprender de sus errores y estaba
muy seguro de sus posibilidades. Esta vez no habría ningún
Casio que salvara a Roma, o al menos eso era lo que esperaba.
Tras terminar de cruzar el rio con sus tropas los romanos seguían
sin aparecer. Ni siquiera estaban a la vista por toda la llanura... ¿Realmente
estaba tan mal protegida esa zona como lo habían informado?. ¿Ni
siquiera había allí una guarnición mínima
para hacerle frente o atacarles por sorpresa mientras cruzaban?. Ante
él se extendía una extensa llanura vacía que llegaba
hasta el horizonte. No obstante Pacoro no se confió
ante lo que veía. Había tenido la amarga experiencia en
su juventud de ser derrotado por Casio en una emboscada
cerca del rio Orontes y no se fiaba lo más mínimo de los
romanos. Por ello no avanzó por la Cirréstica sin antes
enviar una avanzadilla compuesta por caballería ligera que se adelantara
al resto del ejército.
El Príncipe de los partos sabía que no podía vencer
a los romanos en un enfrentamiento de choque si no conseguía romper
su formación. Por tanto es casi seguro que diera orden a las tropas
que se iban a adelantar de que no entrara en combate con los romanos por
su cuenta sino que intentara provocar al enemigo para que los persiguieran
atrayéndolos hacia el interior de la llanura. Una vez allí
ordenaría cargar al resto de su ejército contra ellos y
en caso de que el enemigo conseguía reagruparse lo rodearía
al igual que hizo Surena con las legiones de Craso
en el desierto de Mesopotamia y acabaría con ellos.
Los partos se adentraron en el horizonte de la inmensa llanura, pero los
romanos no estaban por todo aquello. Ventidio les había
concedido en teoría la ventaja de la llanura pero no era más
que un cebo para que Pacoro lanzara su invasión
por aquella zona. Evidentemente el viejo mulero no era tan estúpido
como para enfrentarse a los partos en aquel terreno. Cuando los jinetes
de la avanzadilla llegaron a una zona donde se levantaban unos montes
que rompían con la monotonía de la llanura, dieron por fin
con el campamento romano, que estaba situado en tierras altas cerca de
la ciudad de Gindaros. Esta era, en palabras de Estrabón,
la acrópolis de la Cirréstica; una fortaleza natural que
desde ese terreno montañoso dominaba la llanura y que tradicionalmente
servía de base de operaciones a toda suerte de ladrones y salteadores.
Ventidio, que se había hecho con su control, había
acampado con su ejército por aquella zona no muy lejos de la llanura
tres días antes de que Pacoro y su ejército
cruzaran el Eúfrates.
Aunque las fuentes no lo digan expresamente, todo parece indicar que Ventidio
quería en un principio repetir la táctica que había
usado en la cordillera del Tauro, es decir, aparentar miedo con su inmovilidad
y provocar que los partos cometieran el error de atacar cuesta arriba
a las legiones. No obstante, el grupo de soldados enemigos que había
llegado hasta ellos no era muy numeroso. Evidentemente los partos necesitaban
muchos más hombres de los que habían allí para hacerse
de nuevo con el control de Siria, por lo que el viejo mulero adivinó
que se trataba de una avanzadilla. Pacoro, que era mucho
mejor general que los sátrapas a los que se había enfrentado,
pretendía atraer a los romanos hacia la llanura donde le esperaba
con el grueso de sus tropas (9) del
mismo modo que éstos querían hacer lo propio hacia el terreno
montañoso.
Ventidio no había ordenado a sus tropas desplegarse
y éstas seguían aún dentro del campamento. De ese
modo no sólo aparentaba miedo ante el enemigo sino que además
no descubría el número de efectivos de los que disponía
dando pie a que los partos pensaran que la razón de su supuesta
cobardía se debía a su inferioridad numérica; un
incentivo más para provocar su ataque. Sin embargo, ya fuera porque
seguían las ordenes de Pacoro o porque la avanzadilla
no era lo suficientemente numerosa para intentar hacer nada contra el
campamento romano, los partos no atacaron y se limitaron a provocar a
las tropas romanas mediante burlas e insultos. Así estuvieron durante
un tiempo pero al ver que Ventidio no reaccionaba poco
a poco perdieron su ímpetu y se confiaron.
Como ya habíamos visto, Ventidio no se podía
limitar a defenderse de los partos o a permanecer a salvo tras los muros
de una ciudad como hiciera Bíbulo. Necesitaba
una victoria aplastante que le permitiera consolidar el dominio romano
de Siria. Por ello aguardó pacientemente al momento oportuno y
cuando los partos parecían estar más relajados y confiados
por la pasividad del enemigo que interpretaban como miedo, les lanzó
un ataque con parte de su ejército y los dispersó (10)
en varias direcciones. Sin embargo, y consciente de que se trataba de
una trampa no los hizo perseguir por sus tropas, sino que ordenó
a éstas que se replegaran y volvieran al campamento.
Al divisar a lo lejos que sus jinetes que huían, Pacoro
pensó que los romanos habían mordido el anzuelo y venían
en su persecución, por lo que al frente de toda su caballería
dio la orden de cargar hacia ellos a toda velocidad para aprovechar el
desorden en sus filas y entablar batalla antes de que las legiones pudieran
formar para el combate. Encabezando el ataque de su caballería,
el Príncipe de los partos se dirigía a toda velocidad hacia
las tierras altas donde estaba ubicado el campamento romano. A medida
que avanzaba no divisaba aún a los romanos, pero era tal el ímpetu
de su ataque, tan propio de los partos al inicio de una batalla, que no
detuvo la carga sino que siguió avanzando hacia el campamento romano
en la creencia de que éstos no habían perseguido a los jinetes
que huían por cobardía o por su inferioridad numérica.
Tal y como había ocurrido el Tauro, Ventidio calculó
las distancias y cuando la caballería enemiga llegó a un
punto en el que no podían retroceder (quinientos pasos según
Frontino) ordenó a su ejército salir del campamento
y cargar cuesta abajo con la mayor celeridad posible.
Ventidio consiguió forzar el choque entre ambos
ejércitos, pero debido a que se equivocó en sus cálculos
por el nerviosismo del momento o tal vez a que en esta ocasión
se trataba de ejércitos más numerosos que en el monte Capro,
su táctica no funcionó a la perfección. Como era
de esperar los jinetes partos que iban en vanguardia fueron los primeros
en morir y entre ellos su valiente general. Gran parte de los jinetes
partos perecieron aplastados por sus propios compañeros que eran
frenados en vanguardia por los legionarios al tiempo que éstos
los empujaban cuesta abajo contra su propia retaguardia. Al llegar la
lucha al pie de la colina, los romanos perdieron la ventaja de la altura.
Allí los partos se defendieron con bravura, pero sin la dirección
de su general, habiendo visto caer a la mayor parte de su ejército
y sorprendidos aún por la rapidez de la acción de los hombres
de Ventidio, fueron finalmente derrotados ante un ejército
mejor preparado que el suyo para un enfrentamiento de esas características,
al tiempo que los honderos baleares les causaban numerosas bajas desde
las tierras altas.
En el campo de batalla quedaron mas de veinte mil cadáveres de
soldados partos entremezclados con los de los caballos que no pudieran
escapar y murieron también aplastados. Fue la mayor derrota que
hasta entonces había sufrido un ejército parto (11),
pero éste no fue totalmente aniquilado. Muchos que se percataron
de la muerte de Pacoro pudieron huir antes de que se
consumara el desastre. Algunos lo hicieron en dirección a la llanura
de la Cirréstica, pero fueron aniquilados por soldados de Ventidio
(posiblemente de caballería) que les cortaron la retirada (probablemente
efectuada en desorden y en pequeños grupos). Otros en cambio pudieron
escapar a la matanza huyendo hacia el norte (12)
en dirección a Commagene bajo la protección de Antíoco,
señor de la región y aliado de los Partos.
Tras la victoria, Ventidio ordenó que buscaran
el cadaver de Pacoro, y del mismo modo que hicieron los
partos en la batalla de Carrhae con el de Publio Licinio Craso,
ordenó que le cortaran la cabeza y la ensartaran en una lanza.
Entregó esta a un grupo de jinetes y les ordenó que se dirigieran
a todas las ciudades de Siria para que sus tiranos pudieran ver con sus
propios ojos el final que esperaba a aquellos que osaban desafiar el poder
de Roma. De esa forma el viejo mulero pacificó la mayor parte de
la provincia sin derramar una gota más de sangre, pues salvo Antíoco
de Commagene que resistía en Samosata, el resto de los tiranos
sirios reconocieron la supremacía de sus nuevos dominadores y se
sometieron a ellos. Con su brillante victoria cerca de Gindaros, Publio
Ventidio había conseguido volver a enterrar con fuerza
el estandarte del águila romana en tierras sirias. Ese mismo día
se cumplían quince años de la batalla de Carrhae. Los más
de veinte mil soldados romanos que perecieron en los desiertos de Mesopotamia
por la avaricia e incompetencia de Craso, estaban vengados.
Muy
lejos de Siria en la Media Magna estaba la ciudad de Ecbatana. Debido
a la altitud del país su clima era fresco incluso en verano y por
ello residían allí durante esa estación los monarcas
arsácidas, que tenían su palacio en la llanura de Gázaca.
Ecbatana había sido una ciudad de reyes desde muchos siglos antes.
Los monarcas medos, los persas y posteriormente los macedonios habían
tenido allí también sus residencias de verano. Se trataba
de una ciudad muy grande que con el paso de los siglos había venido
a menos. De ella decía Polibio que había superado
con mucho a las demás ciudades en riquezas y en magnificencia de
edificios y de ser ciertas las descripciones de dicho autor a muchos nos
haría falta verlas para poder creerlo.
Siglos después, la ciudad había perdido su antiguo esplendor
y la mayor parte de sus riquezas tras ser conquistada y saqueada una y
otra vez hasta que los Partos la anexionaron a su Imperio. Sin embargo
no perdería con éstos toda su importancia, pues no sólo
seguía siendo la ciudad más grande y poblada de la zona
sino que además era uno de los puntos principales de paso del comercio
entre Oriente y Occidente. Situada entre las ciudades de Rhagae al este
y Bisutun al oeste, Ecbatana formaba parte de la llamada Gran Ruta. Por
allí pasaba la mayor parte del tránsito comecial proveniente
del este a través de los montes Zagros y ni que decir tiene de
los ingresos que ésto proporcionaría al Rey de reyes, quién
posiblemente controlaba directamente esa zona de su Imperio.
Orodes II disfrutaba allí del fresco clima de
Media durante la cálida estación veraniega. Tras diecisiete
años de reinado había consolidado su poder frente a la aristocracia
pártica. El desviar las guerras más allá de sus fronteras
había proporcionado un largo periodo de paz y estabilidad a su
Imperio donde su autoridad era incontestable para sus vasallos. Sin hermanos
que ambicionaran el trono e hicieran peligrar su vida y con la lealtad
de Pacoro, que además de su primogénito
era posiblemente el mejor de sus generales, había conseguido dar
una estabilidad al Imperio que pocos recordaban haber vivido. Las fronteras
del mismo estaban bien defendidas y desde hacía varios años
no habían guerras entre sus súbditos.
Un año atrás le habían llegado noticias sobre la
exitosa campaña de Ventidio en Cilicia. Poco le
importaría la suerte de Quinto Labieno, aquél
impulsivo joven al que había utilizado para derrotar a los romanos
en Siria. Sin embargo, dos de sus ejércitos habían sido
aniquilados por los occidentales y Siria había quedado deprotegida
y a merced de los romanos. Hubiera sido una situación tremendamente
complicada e incluso hubiera temido un ataque más allá del
Eúfrates por parte de los romanos de no ser porque los frutos de
su victoria de Carrhae aún perduraban quince años después.
Los tiranos de la región de Siria eran vasallos suyos como también
el Rey de los judíos. Del mismo modo que Craso
había querido explotar el descontento de las ciudades griegas de
Mesopotamia quince años antes, él había sabido hacer
lo mismo con las ciudades de Siria que eran desde entonces sus mejores
aliadas y formaban ahora el muro que retenía a los romanos mientras
él preparaba el nuevo ejército para contraatacar.
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Orgulloso
por naturaleza como cualquier parto, Orodes estaba
más que confiado en la victoria. Unos días antes,
había recibido jubiloso la noticia de que su hijo Pacoro
había invadido Siria tras cruzar el Eúfrates sin oposición.
Sin embargo poco después llegarían las noticias de
aquellos que consiguieron escapar al desastre e hicieron llegar
la verdad a su rey. Los romanos habían derrotado a su ejército
de manera contundente cerca de Gindaros y su valiente hijo Pacoro
había sido de los primeros en caer en la batalla. La mayor
parte de las ciudades sirias se habían rendido y sólo
Antíoco I de Commagene resistía a
los occidentales. |
Orodes,
que debía ser un hombre muy endurecido asumió la noticia
con entereza y no pronunció ni una sola palabra. Sin embargo, por
frio y carente de escrúpulos que fuera no podía evitar ser
humano y como tal tener sentimientos. Durante muchos días permaneció
callado. Nadie le escuchó decir una palabra. No comía ni
intentaba comunicarse. Parecía que hubiese enmudecido. Dentro de
él un profundo e inconsolable dolor que sólo pueden entender
aquellos que han perdido a un ser querido, le corroía en lo más
hondo de su alma y aquella estatua de hielo que pretendía ser se
resquebrajaba poco a poco en su interior. El estar por encima de los demás
mortales conduce inevitablemente a la soledad y al aislamiento interno.
Pacoro era tal vez la persona más cercana a él
y ahora Orodes no tenía a nadie con quien compartir
su dolor.
Pasaron los días y nada le aliviaba. Estaba tan endurecido por
dentro que ni siquiera podía desahogarse. Su intenso dolor seguía
presente y terminó siendo tan grande su sufrimiento que aquella
estatua de hielo terminó por romperse y la locura se apoderó
de su alma. Todos sus pensamientos eran para su hijo. Lo llamaba, le parecía
verlo y escucharlo, hablaba con él y cuando un rayo de luz iluminaba
su mente y le hacía recobrar la cordura lloraba con dolor su pérdida.
Él era el único al que había podido perdonar una
traición mientras que a otros los había hecho matar sólo
por dudar de su lealtad. Su hijo, su heredero, todas sus esperanzas....
ahora ya no existía. Ni siquiera tenía su cuerpo para darle
una sepultura digna (13). Nada podía consolarlo
de su pérdida y posiblemente deseara ser visitado por la Muerte,
pero la más temible entre las damas es también la más
orgullosa y jamás acude a quién la llama.
Dicen que el tiempo es un mónstruo devorador de vidas que no conoce
la piedad. Se lanza a por sus víctimas desde el día en que
nacen y les arrebata su vida poco a poco, segundo a segundo. Con suma
crueldad les hace albergar esperanzas e ilusiones de un mañana
mejor y consigue hacerles olvidar algún día terminará
de devorar sus vidas y les llegará el final. Cuando se es joven
el tiempo parece inacabable y se desperdicia inconscientemente en la creencia
de que el mañana es eterno. Cuando se es viejo y se toma conciencia
de que el final está cerca, se vuelve la vista hacia atrás
con nostalgia y se lamenta cada minuto desperdiciado. Orodes
sabía que su tiempo llegaba a su fin. Había superado con
creces a sus predecesores y aunque él no podía saberlo,
jamás el Imperio Parto volvería a ser tan grande y poderoso
como con él. Había cosechado muchos éxitos a lo largo
de su vida, pero ¿de qué le habían servido?. Tras
la victoria de los romanos en Gindaros la frontera había retrocedido
de nuevo hasta el Eúfrates y muerto su hijo estaba más solo
que nunca. Nada debía importarle ya hasta que recordó que
aún le quedaba un último deber.
Aunque su salud mental no debía estar en su mejor momento, posiblemente
no ignoraba el astuto rey que al igual que él se había crecido
con la victoria de Carrhae quince años antes, ahora ocurriría
lo mismo a los romanos. Sin duda éstos volverían a cruzar
el Eúfrates para recuperar su prestigio en Oriente y satisfacer
su codicia. Él ya no tenía fuerzas para seguir luchando
y habiendo muerto Pacoro tenía que elegir a otro
de sus hijos para sucederle. Permitir a los probulos que eligieran a su
Rey sería un paso atrás para el Imperio Parto. Aquellos
velarían por sus propios intereses y debilitarían el poder
central, pues jamás permitirían que su sucesor fuera tan
poderoso como él. El Imperio Parto nunca evolucionaría hacia
la centralización, pero Orodes esperaba que sí.
Debía por tanto hacer todo lo posible para que sus herederos no
tuvieran que empezar de cero sino que aprovecharan el camino que él
había hecho. Sólo así todos sus sacrificios tendrían
sentido. Él había sido derrotado, pero aún su obra
podía sobrevivirle y dar sentido a todos sus sacrificios.
Posiblemente había compartido responsabilidades de gobierno Pacoro
para que, llegado el día en que él faltase, éste
pudiera remplazarle sin problemas como Rey de los partos y los probulos
aceptaran su autoridad sin oposición. Necesitaba a un sucesor que
tuviera suficiente capacidad de liderazgo para hacerse obedecer por la
nobleza. Si ninguno de sus hijos era un gran militar debería elegir
al que menos escrúpulos tuviese y a la par fuera el más
inteligente... al que más se pareciera a él. Había
tenido treinta y dos hijos (incluído Pacoro) con
sus distintas esposas y concubinas. Viéndole debilitado por su
dolor, todas éstas le presionaban para que eligiera cada una al
suyo. Orodes tomó finalmente su decisión
y se decantó por aquél que llevaba el mismo nombre de su
difunto padre. Phraates no era un gran guerrero como Pacoro
ni tenía su capacidad de liderazgo. Sin embargo no le faltaba astucia,
crueldad ni ambición; rasgos que le habían permitido a él
llegar a lo más alto.
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Orodes
ni siquiera esperó a morir para que su hijo llegara
al poder y al tiempo que abdicaba, lo hizo coronar como Rey de los
partos aprovechando su incontestable autoridad entre los probulos.
No ignoraba que una vez coronado rey, su hijo no tardaría
en deshacerse de él. Si realmente era como esperaba sería
quién le traería la muerte, el único alivio
para su dolor y tal vez lo mejor para su Imperio. Sólo un
hombre capaz de acabar con cualquier tipo de oposición a
su poder podría llegar a donde él había llegado.
Aquejado de hidropesía (14) y
destrozado por la pérdida de Pacoro, el
viejo Orodes esperaba su hora. Tal y como había
previsto, Phraates intentó envenenarlo con
acónito. Posiblemente temía a su padre y no le era
fácil asesinarlo cara a cara ni enviar a alguien para que
lo hiciera. Orodes había sido un rey muy
poderoso y aún en su estado de debilidad era temido por todos.
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Sin
embargo por algún motivo el veneno no le mató y sólo
le hizo quedarse enjuto (15). Impaciente
ante la resistencia de su padre a morir y tal vez temiendo que se recuperara
y tomara venganza contra él, Phraates IV entró
en la habitación en la que descansaba y dispuesto a demostrarle
que era digno de ser su sucesor, tendió las manos hacia él
y tras llevárselas al cuello apretó con fuerza para ahogarlo.
En otros tiempos Orodes se hubiera desecho de su agresor
y le hubiera dado muerte, pero el anciano rey, que había pasado
toda su vida luchando, estaba cansado y tal vez pensando en el bien de
su Imperio dejó que su hijo hiciera lo que debía. Por una
ironía del Destino, quién había asesinado a su padre
recibía el mismo final por parte de su hijo que además llevaba
el mismo nombre que aquél. Poco a poco la vista del viejo rey se
fue nublando y momentos después llegó la oscuridad.
Como un fabuloso sueño condenado a un amargo despertar. Así
había sido su obra; condenada a perecer, a no perdurar.
Como
era de esperar, el acuerdo de paz con Sexto Pompeyo no
duró demasiado. Marco Antonio había interpretado
que en virtud de la Paz de Miseno él le cedería el Peloponeso
pero que los impuestos que había establecido antes de que ésto
sucediera le pertenecían a él. Sexto Pompeyo
había manifestado su desacuerdo con esa interpretación y
como aún existía piratería en las costas de Italia,
Octaviano lo acusó de tomarse la justicia por
su mano. Tras predisponer al pueblo contra aquél y ganarse a Menodoro
para su causa, Octaviano se dedicó a hacer grandes
preparativos con el fin de invadir Sicilia e hizo llamar a Marco
Antonio para deliberar con él en Brindisi.
Al llegar la primavera del 38 a.C, Marco Antonio acudió
a Brindisi el día señalado, pero al no encontrar a Octaviano
y tener noticia de que éste estaba haciendo grandes preparativos
antes de deliberar con él, se dio cuenta de la farsa. Por ello
se marchó de nuevo a Atenas no sin antes escribir a Octaviano
diciéndole que no se atreviera a romper el tratado y a Menodoro
amenazándole con darle suplicio como a un esclavo si se atrevía
a intervenir en lo que tramaba Octaviano. De nada servirían
las advertencias de Marco Antonio y la relación
entre éste y su cuñado se volvería a deteriorar.
Meses después llegaron a Atenas las noticias de la victoria de
Ventidio en Gindaros y cuenta Plutarco
que fue uno de los hechos más celebrados por los romanos.
Tras Gindaros, el viejo mulero envió a su legado
Maquera al frente de dos legiones y mil auxiliares de
caballería para ayudar a Herodes a derrotar a
Antígono y se dirigió hacia Commagene con
el resto de su ejército. Allí el reyezuelo Antíoco
resistía a los romanos en su fortaleza de Samosata. Dicen varias
fuentes que Ventidio no se atrevió a cruzar el
Eúfrates por temor a despertar la envidia de Marco Antonio.
Lo cierto es que no podía demorar más las órdenes
que se le habían hecho llegar el año anterior y debía
prestar ayuda militar a Herodes. Por otro lado hubiera
sido una imprudencia avanzar más allá del Eúfrates
dejando a un enemigo a su espalda. Su prioridad era afianzar el dominio
romano en Siria y por ello debía acabar con la oposición
de Antíoco.
Tras enterarse aquél de la derrota pártica en Gindaros y
percatarse de que los romanos iban a por él, hizo llegar a Ventidio
que accedería a rendirse y someterse a los romanos además
de entregar un tributo de mil talentos. Sin embargo como rey se negaba
a tratar con un subalterno y le puso como condición que fuera Marco
Antonio en persona quién acudiera allí como garantía
del pacto que cerraran. Tal vez porque las malas lenguas decían
que Ventidio estaba siendo sobornado, tal ver para evitar
que el viejo mulero se llevara todo el mérito o tal vez porque
simplemente le interesaba el trato, el triunviro se dirigió hacia
Samosata con un gran ejército para culminar en persona la reconquista
de Siria.
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Mientras tanto Herodes volvía a sufrir las consecuencias
de un aliado corrupto e incompetente. Antígono
intentó sobornar Maquera del mismo modo que hiciera
con Silón, pero aquél que sabía
que Herodes era caballo ganador, no se atrevió
a traicionarlo. No obstante y pese a la oposición de Herodes,
el romano quiso engañar a Antígono haciéndole
creer que había aceptado el soborno y se dirigió a Jerusalén
para que Antígono lo dejara entrar con sus tropas.
Éste, que desconfiaba de sus intenciones, ordenó que cerraran
las puertas de la ciudad y sus arqueros atacaron a los romanos desde las
murallas. Maquera, irritado por su fracaso, se tuvo que
retirar hacia Emaús y como consecuencia de su frustración
hizo matar a todos los judíos que encontró a su paso sin
importarle que fueran partidarios de Antígono
o de Herodes.
Éste último, harto de las "ayuditas" que le daban
los romanos, partió hacia la ciudad de Samaría para poner
rumbo a Samosata y encontrarse allí con Marco Antonio.
Si no le podía enviar a generales competentes al menos que el triunviro
le dejara ocuparse de la guerra por su cuenta. Al enterarse Maquera
de las intenciones de Herodes tuvo miedo de la ira de
Marco Antonio y se apresuró a reconciliarse con
él. Finalmente y debido a la insistencia del romano, Herodes
permitió a Maquera y a sus tropas quedarse en
Judea junto a su hermano José para continuar la
guerra contra Antígono, no sin antes advertir
a su hermano que no discutiera con el romano ni intentara hacer nada arriesgado
en su ausencia.
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Tras
esto, Herodes partió con su ejército
hacia Samosata. Al llegar a Antioquía encontró numerosos
hombres que querían llegar junto a Marco Antonio
para ganarse su favor ayudándole en la guerra, pero no se atrevían
a avanzar por su desconocimiento del terreno y el miedo a las emboscadas
de sus enemigos. Herodes los animó y se puso
personalmente al frente de éstos para hacerlos llegar hasta
Marco Antonio. Tras una complicada marcha derrotó
a los ejércitos de Antíoco que trataban
de impedir la llegada de los aliados de los romanos y de sus suministros
mediante emboscadas. Al llegar a Samosata al frente de sus tropas
y aclamado por como salvador por aquellos a los que había guiado,
Marco Antonio le recibió con todos los honores.
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La acción
de Herodes terminó por decidir la guerra en favor
de los romanos. Antíoco, que había impedido
que Ventidio sacara partido de la victoria haciendo retrasar
el asedio de la ciudad hasta la llegada de Marco Antonio,
estaba en posición de resistir. La prolongación del sitio
de la ciudad había dado alas a sus defensores que con la moral
bien alta luchaban con vigor. Tal vez hubieran podido resistir hasta el
invierno y obligar a los romanos a retirarse, pero la llegada de Herodes
con los refuerzos tras derrotar a sus hombres, aislaron al reyezuelo de
nuevo en Samosata y se vio obligado a negociar una rendición. Finalmente
llegó a un acuerdo con Marco Antonio, que tampoco
quería prolongar el sitio, y tras recibir trescientos talentos
a cambio, el triunviro aceptó la paz y se llevó oficialmente
el mérito de terminar con la guerra de Siria.
Fin
del sexto y último capítulo
Epílogo
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Notas..
1.Actualmente
se encuentra allí la ciudad de Irbid, en la actual Jordania.
Josefo, despectivamente, se refería a estos grupos de resistencia
como bandidos.Volver
2.El más joven de
sus tres hermanos.Volver
3.Era una fortaleza que fundó
Alejandro Janeo (padre de Hircano y
Aristóbulo). Estaba construída en lo alto de un monte
elevado en el valle
del Jordán. Fue destruída por Aulo Gabinio tras someter
la rebelión de
Alejandro (hijo de Aristóbulo) con el fin de que no siriviera
de punto de
apoyo a futuras rebeliones.Volver
4.Según Justino los
partos siempre iban montados a la guerra, a los
banquetes, a resolver sus ocupaciones públicas o privadas,
cuando
comerciaban o simplemente para dialogar unos con otros. También
afirmaba
este autor que el caballo marcaba la diferencia entre esclavos y
libres,
pero esta información no es exacta. Como ya hemos comentado
la mayor parte
de los ejércitos partos estaban compuestos por siervos que
poseían caballos.
Sólo los más pobres carecían de monturas. Por
otro lado habría que
diferenciar entre siervos y esclavos. Es un asunto complejo que
no voy a
desarrollar aquí para no desviarme demasiado del tema principal.
No
obstante, aclaro que habían esclavos nativos como consecuencia
de impago de
deudas o de que se vendían a si mismos y otros esclavos extranjeros
prisioneros de guerra, a los que utilizaban para defender puestos
fronterizos. Los primeros no tenían caballos (es de suponer
que no podían
tener propiedades) y sobre los segundos tengo mis dudas dadas sus
funciones
militares.Volver
5. Tal como hizo Surena en
la batalla de Carrhae. Éste situó una caravana de
camellos cargadas con flechas cerca de la ciudad de Niceforium para
que los
jinetes arqueros pudieran ir a buscar más cuando se les acabaran.Volver
6. Esa táctica de
combinar un ataque entre los dos tipos de unidades también
la usó Surena en la batalla de Carrhae.. Volver
7.Estos caballos, llamados
neseos, eran más grandes y fuertes que los conocidos por
los pueblos europeos y se criaban en las praderas de Media, siendo
considerados una de las riquezas de ese reino perteneciente al Imperio
Parto. Según Estrabón, entre los tributos que pagaba
Media al monarca arsácida estaban mil quinientos caballos
anuales. Dichos equinos también se criaban en Armenia y en
Albania por ser ideales para las unidades de caballería pesada
similares a los catafractos partos que eran habituales en los ejércitos
de Armenios y Albanos.Volver
8. Posiblemente las unidades
de caballería pártica de esa época, así
como su forma de combatir, fueran producto de una evolución
debida a las necesidades de la guerra contra esos pueblos de las
estepas. De ahí que las unidades de élite fueran de
caballería.Volver
9. No tenemos datos concretos
del número de hombres con los que contaba Pacoro, pero las
fuentes sí nos indican (de una forma que no voy a desvelar
aún para mantener el interés del relato) que éste
ejército era superior en número a los que derrotó
Ventidio en Cilicia. Posiblemente el ejército romano era
también más numeroso en esta ocasión al de
aquella batalla, pues se me hace impensable que el viejo mulero
quisiera defender la provincia con menos de cuatro legiones. Ante
la falta de datos más precisos propongo como punto de partida
que Ventidio contaba con un ejército de cuatro a seis legiones
(entre veinte mil y treinta mil hombres), además de los auxiliares
(caballería y honderos baleares). El ejército parto
calculo que no sería inferior a los venticinco mil hombres
ni superior a los treinta mil.Volver
10.
No sabemos como lo hizo exactamente. En mi opinión lo más
práctico en esas circunstancias era lanzar la caballería
contra ellos seguidos por la infantería a paso ligero, tal
como haría Marco Antonio durante sus posteriores campañas
en el Imperio Parto. Según Justino, los partos huyeron en
varias direcciones tras este ataque. Esa falta de coordinación
a la hora de retirarse me da a entender no sólo que les cogió
desprevenidos (como aclara el propio Justino) sino que debido a
la efectividad del mismo no pudieron realizar una retirada organizada
con lo que gana puntos la posibilidad de que la maniobra de Ventidio
fuera tal y como dije. Por otro lado, el hecho que huyeran sabiendo
que podían ser perseguidos por el enemigo me da a entender
que podían hacerlo al galope, lo que me llevó a la
conclusión de que esa avanzadilla debía estar compuesta
sólo por caballería ligera.Volver
11.
Este es el dato del que hablaba anteriormente
y que no he querido desvelar hasta este momento. Si ésta
fue la mayor derrota de un ejército parto hasta ese momento
(como indican varias fuentes) y murieron veinte mil hombres (dato
que nos proporciona Floro), los ejércitos partos que fueron
prácticamente aniquilados por Ventidio en Cilicia no pudieron
ser muy superiores en número a esos veinte mil. Además,
dado que el citado autor hablaba de la manifiesta superioridad numérica
de los partos en la batalla del monte Capro y que según Festo
los romanos contaban entonces con un ejército poco numeroso,
llego a la conclusión de que Ventidio sólo disponía
de unos diez mil hombres en aquella batalla o puede que menos. Volver
12.
El hecho de que el ejército parto no fuera
aniquilado y una parte de éste lo suficientemente importante
como para ser perseguida por Ventidio consiguiera escapar, me llevó
a la conclusión de que debieron ser más de veinte
mil y por ello propuse como punto de partida las cifras que di anteriormente.
En cualquier caso recuerdo al aficionado que se trata tan solo de
cálculos aproximados por mi parte dada la ausencia de datos
concretos en las fuentes clásicas.Volver
13. Según
Justino los partos dejaban que los cadáveres fueran devorados
por los animales y posteriormente enterraban los huesos. Era una
práctica común entre los pueblos de religión
Mazdeísta que con el tiempo se fue abandonando. Las tumbas
reales encontradas en Nisa demuestran que los reyes recibían
sepultura. También se han encontrado necrópolis partas
en ciudades como Nippur, Kazku y Doura.Volver
14.
Al no especificar Plutarco en que parte
del cuerpo padecía Orodes la hidropesía ni los demás
síntomas de su enfermedad es imposible averiguar cual era
ésta. Volver
15. El acónito
era utilizado como veneno en la antigüedad debido a su efectividad
como tal. La aconitina es un tóxico muy activo que deprime
los centros nerviosos encefálicos y ocasiona una muerte rápida.
No obstante también era utilizado como fármaco administrada
en pequeñas dosis. Posiblemente al ser ingerida por Orodes
actuara como diurético y le hiciera expulsar de su cuerpo
la acumulación de líquidos. De ahí que se quedara
enjuto y se pensara que la enfermedad había evolucionado
favorablemente.Volver
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2004 Carlos
Javier Pacheco López
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