La Batalla de Adrianópolis

Dada la complejidad de la situación político/militar del imperio en este periodo, dejo para más adelante un trabajo sobre el tema y me centrare ahora tan solo en la decisiva batalla.

Establecido el César Valente junto a Adrianópolis, a la cual había reforzado sus defensas añadiendoles una empalizada exterior con foso, se dispuso a establecer su plan de batalla. Disponía el emperador de dos opciones, la primera: esperar la llegada de Graciano con las fuerzas de los ejércitos occidentales, y la segunda: entablar batalla él solo. Al final se impuso la, parece, peor de las opciones, llegar a las manos con los bárbaros antes de que Graciano, con su reciente prestigio ganado defendiendo las fronteras occidentales, pudiese sumar sus fuerzas a las de Valente y, quizás, mermar así la gloria que a este le daría la derrota de tan molesto enemigo. Así pues, como tantas otras veces, la falta de lealtad y el egoísmo entre los dirigentes romanos permitieron a sus enemigos suplir, aprovechándose de esta suerte de debilidades, sus grandes carencias tácticas y estratégicas, permitiéndoles, como en esta ocasión, escapar de una destrucción segura con la adición de que, en la batalla que relataremos, a punto estuvieron de exterminar las fuerzas móviles con las que contaba la parte oriental del imperio romano.

Valente

Establecidos, como decía, los romanos junto a Adrianópolis, tan pronto como resolvieron enfrentarse a los bárbaros dejaron, con la debida protección, toda la impedimenta y bagajes junto a las murallas de la población (las insignias imperiales fueron introducidas, como mejor salvaguardia, dentro de la propia ciudad), partiendo luego de inmediato en busca del enemigo. Era la mañana del día 9 de agosto del año 378. El campamento bárbaro se encontraba a unas horas de la ciudad, de esta forma, allá a las dos de la tarde la columna romana diviso por fin la "muralla" de carromatos con la que los godos rodeaban, protegían, su campamento.

Lentamente el ejerció imperial comenzó a desplegarse, las alas de caballería ocuparon pronto su posición, al menos en el flanco derecho, porque los de la izquierda encontraban más dificultades debido a la ubicación, más retrasada, de la que partían. La infantería se fue situando en sus posiciones al tiempo que el ardor de los bárbaros, que les contemplaban desde sus posiciones, disminuía cuando observaban temerosos el abrumador despliegue de medios (o más bien, el orden y disciplina con que se situaban sobre el campo) de que hacían gala sus contrarios.
LLego entonces ese momento de impas antes de la batalla. Frigiterno (el líder germano) estaba decidido a ganar tiempo, pues necesita del concurso de la mayor parte de sus jinetes para enfrentarse con garantías a los romanos (jinetes que se encontraban por ahora lejos del campamento realizando alguna batida). Por otro lado, el emperador también estaba inclinado a llegar, de ser esto posible, a algún tipo de arreglo y no exponerse a una siempre arriesgada batalla campal. Figiterno logro gracias a ello, tal como deseaba, ganar el tiempo necesario hasta poder convocar para la batalla a sus más aguerrida caballería (gran parte de ellos ostrogodos).
Cuando las conversaciones romano-godas estaban en curso, unidades de infantería ligera al mando de Bacurio de Iberia y Cassio, llevados por las sus ansias de lucha y por su propia cuenta, acometieron las primeras líneas germanas, siendo rechazados con deshonor y vergüenza, funestos augurios para lo que mas tarde se convertiría en una aplastante derrota.

batalla de Adrianopolis, I fase


Una vez que Figiterno recibió de vuelta a los jinetes de Alateo y Safrax, y, probablemente, con el pretexto del inexcusable ataque de Bacurio y Casio, dio por terminadas las conversaciones y se apresto para la batalla.
El regreso de la caballería de los ostrogodos Alateo y Safrax devolvió el dominio del campo a los germanos, en donde sus jinetes, ahora de vuelta, camparon por sus respetos arrollando a todos los merodeadores romanos que encontraron en sus cercanías.

Una vez reorganizados los germanos pasaron a un ataque general. Cargaron entonces contra las líneas imperiales descargándose mutuamente, tanto unos como otros, todos los proyectiles de que disponían tras lo que, llegados a las manos, hicieron uso de sus armas.

La batalla de Adrianopolis, II Fase.

La línea romana resistió mal que bien la dura carga de los germanos, comenzando así un largo combate cuerpo a cuerpo, en el que ambos contendientes sufrieron enormes bajas. Las líneas romanas combatían con denuedo. En el centro, la infantería resistía ahora con fuerza, delegando así en las alas la resolución, o al menos, las posibilidades de acabar con éxito el encuentro. El ala izquierda de caballería empujo a sus contrarios hasta la propia empalizada de carros. Este es el momento clave de la batalla, el flanco romano, que ha avanzado hasta el propio campamento enemigo, pierde su empuje al no recibir entonces las necesitadas tropas de refuerzo con las que concluir la tarea de romper la resistencia enemiga en el sector. Amiano da ahora a entender que el contraataque germano, probablemente apoyado en la guarnición del emplazamiento bárbaro, quebro finalmente la línea de avance de la caballería imperial, de esta forma, el flanco romano, por no haber recibido refuerzos cuando más necesitado estaba de ellos, se vio rebasado por la fiera respuesta de sus adversarios, quienes poco a poco empezaron a rechazar una a una a las diferentes unidades de caballería que les hacían frente. Cuando la desproporción se hizo evidente, los restos de la caballería romana que todavía luchaban en ese flanco fueron finalmente destrozados y puestos en fuga.

La batalla de Adrianopolis, II Fase.
Una vez que el lado izquierdo quedo abierto para los enemigos, la infantería del centro romano comenzó a ser envuelta por el flanco. La densidad del polvo seco del verano levantado por los combatientes en el ardor de la refriega, impidió a estos apercibirse del peligro que les acechaba por su izquierda, de repente y sin estos esperarlo, se vieron atacados de flanco y por la espalda, siendo en esta ocasión un serio perjuicio las disciplinadas y compactas formaciones que los romanos presentaban ante sus enemigos.

Caballería romana

La batalla de Adrianopolis, IV Fase.

Sin espacio para maniobrar debido al virulento y cercano ataque de los jinetes godos, los infantes imperiales se veían imposibilitados de responder adecuadamente, es decir, maniobrando con sus unidades, viéndose impelidos así a luchar por sus vidas en una desordenada y sangrienta mele. Las bajas por ambos bandos fueron enormes, los romanos no esperaban clemencia, por lo que vendieron caras sus vidas. Los germanos no querían aflojar la soga, así que presionaban con fuerza. LLegados a un punto de no retorno, no eran pocos los romanos que buscaban ya, en una muerte rápida a la par que gloriosa, el fin de la jornada, lanzándose espada en mano contra nutridas filas de los godos. Aquí y allá los actos de valor y desesperación cubrían el campo de batalla, se cuenta como la sangre y los cuerpos de los caídos hacían, si cabe, más dificultoso el combate, en donde no eran pocos los que resbalaban y caían debido a los resbaladizos charcos de sangre. Finalmente, tras un larga y agotadora lucha, los romanos comenzaron a perder toda suerte de cohesión, las unidades menos expuestas a sus rivales pudieron comenzar a retroceder, otras, envueltas, combatieron hasta la muerte.

Maqueta simulando un sector de las posiciones romanas durante la famosa batalla.

Algunas de las unidades imperiales que se pueden hacer ubicar en la batalla serian: La Legión I Itálica, los Lancearii Seniores, Lancearii Stobenses, Mattiarii Seniores, Mattiarii Iuniores y Mattiarii Constantes.

Ya era patente la huida general cuando el emperador corrió a refugiarse entre las fuerzas de caballería que todavía resistían los embites del enemigo, pues, Aquí y allá, aun podían encontrarse diferentes unidades defendían todavía sus posiciones, cuando los más habían ya emprendido la huida. Los generales Trajano y Víctor acompañaban al emperador en aquellos momentos, intentando sin éxito reorganizar a algunas unidades auxiliares para mantener una defensa más férrea en las posiciones que ocupaba ahora Valente.

La Batalla de Adrianopolis, V Fase

 

Infantería romana

La batalla, propiamente dicha, había finalizado, los últimos núcleos de resistencia fueron aniquilados y, se supone, lo mismo ocurrió con las tropas con las que todavía combatía Valente. De su muerte corren dos versiones, la primera que murió en el propio campo de batalla, víctima de un proyectil enemigo, muriendo entonces junto a simples soldados de a pie. La segunda, que pudo ser retirado del campo, ya herido, por su guardia y algunos de sus acompañantes encontrando refugio en una torre, edificación que fue luego incendiada por los saqueadores germanos (ignorantes de la presencia del emperador), al observar estos que dentro de ella se parapetaban tropas romanas y que se negaban a entregarse. En el combate cayeron también los generales Trajano y Sebastiano, los palaciegos Equino y Valeriano y hasta 35 tribunos, entre ellos Potencio, comandante de las unidades más veteranas (hijo de Ursicino). Del ejército romano no sobrevivió más allá de una tercera parte del ejército, siendo, para muchos, unas perdidas irreparables en tanto en cuanto la flor y nata del ejército oriental había caído en la refriega, unos veteranos imposibles de reemplazar, y unas tropas auxiliares, de demostrada fidelidad, que probablemente tendrían que ser reemplazadas luego por otras más inconstantes y desleales.


El sitio de Adrianópolis

Tras la batalla, el ejército germano marcho contra Adrianópolis consciente del gigantesco botín que allí se guardaba (recordemos que la impedimenta de todo ejercito imperial). La ciudad, cuyas defensas habían sido recientemente reforzadas, se encontraba bien provista de defensores, además, muchas tropas, provenientes del campo de batalla, habían huido hasta Aquí y, aunque no se les había permitido entrar en la población, se fortificaban junto a sus murallas dispuestas a plantar cara a sus atacantes (esta área había sido ya, previamente, fortificada por el ejercito romano cuando días atrás acampo junto a la ciudad).
El furioso ataque germano fue rechazado después de un sangriento combate, una anécdota del mismo es el contraataque lanzado por 300 auxiliares, quienes saliendo de sus empalizadas junto a la muralla, cargaron, en formación de cuña, contra las densas filas germanas. Este desesperado y sin duda heroico ataque termino con la total aniquilación de los romanos. Rechazados en el primer embite, los germanos trataron de introducir en la ciudad a unos tránsfugas en la idea de que, una vez dentro, podrían prender algún fuego en la población distrayendo así a la guarnición de la defensa.
De nuevo atacaron entonces los germanos, grandes masas de guerreros se lanzaron contra las puertas de la ciudad, en donde los defensores habían acumulado gran numero de elementos defensivos (máquinas de guerra). También dispusieron los romanos el bloqueo de las mismas puertas depositando tras ellas grandes bloques de piedra, imposibilitando así su ruptura, y reforzando También con piedra, las defensas de las murallas.

El fiero asalto germano choco de nuevo con la pertinaz resistencia de los romanos, entre los cuales se contaban ya los propios habitantes de la ciudad, quienes luchaban codo con codo con los profesionales de la ahora reforzada guarnición En un momento del choque, los romanos se apercibieron que los bárbaros utilizaban ahora en su contra parte de los proyectiles que estos les lanzaban, señal inequívoca de que se encontraban sin municiones. Se ordeno entonces romper las cuerdas con que se unía la cabeza de la flecha al cuerpo de madera del proyectil, esto permitía al mismo ser disparado sin problemas, pero las hacia irrecuperables, pues solo se clavaban una vez, rompiéndose acto seguido.

 

También se obro con éxito colocando un onagro justo a la altura en donde los germanos se encontraban mas apiñados, el disparo de una enorme piedra sobre aquel numeroso grupo de guerreros no fue letal, pues erró el blanco, pero si que produjo una fuerte impresión a los mismos sucediendo como sucedió, pues según se cuenta el proyectil salió repentinamente atravesando de una densa nube de humo, el susto fue manifiesto, los germanos perdieron momentáneamente la cohesión dando un valioso momento de respiro a los defensores.

Reanudada la lucha, de nuevo los asaltantes sufrieron numerosas perdidas al verse rechazados todos sus asaltos. Las propia densidad de sus filas, unida a la ferocidad con que los romanos se defendían, les hicieron sufrir innumerables bajas pues los proyectiles romanos encontraban siempre su objetivo ante el numero y el apiñamiento de los atacantes. Las escalas de los asaltantes eran derribadas una tras otra mientras desde lo alto de las murallas se les lanzaban todo tipo de objetos de peso, desde fragmentos de columnas o losas hasta los usuales proyectiles de toda clase.
Finalmente el ataque fracaso, los asaltantes fueron perdiendo fuerza y, llegado un momento, abandonaron totalmente el asalto y se marcharon.
Los habitantes de Adrianópolis y la guarnición no esperaron mucho, una vez que se confirmaron su retirada, abandonaron la ciudad y todos huyeron hacia emplazamientos menos expuestos o la propia Constantinopla.

 

By Satrapa1