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La
Batalla de Adrianópolis
Dada la complejidad de la situación político/militar del imperio en este periodo, dejo para más adelante un trabajo sobre el tema y me centrare ahora tan solo en la decisiva batalla. Establecido el César Valente junto a Adrianópolis, a la cual había reforzado sus defensas añadiendoles una empalizada exterior con foso, se dispuso a establecer su plan de batalla. Disponía el emperador de dos opciones, la primera: esperar la llegada de Graciano con las fuerzas de los ejércitos occidentales, y la segunda: entablar batalla él solo. Al final se impuso la, parece, peor de las opciones, llegar a las manos con los bárbaros antes de que Graciano, con su reciente prestigio ganado defendiendo las fronteras occidentales, pudiese sumar sus fuerzas a las de Valente y, quizás, mermar así la gloria que a este le daría la derrota de tan molesto enemigo. Así pues, como tantas otras veces, la falta de lealtad y el egoísmo entre los dirigentes romanos permitieron a sus enemigos suplir, aprovechándose de esta suerte de debilidades, sus grandes carencias tácticas y estratégicas, permitiéndoles, como en esta ocasión, escapar de una destrucción segura con la adición de que, en la batalla que relataremos, a punto estuvieron de exterminar las fuerzas móviles con las que contaba la parte oriental del imperio romano.
Lentamente el ejerció
imperial comenzó a desplegarse, las alas de caballería ocuparon
pronto su posición, al menos en el flanco derecho, porque los de
la izquierda encontraban más dificultades debido a la ubicación,
más retrasada, de la que partían. La infantería se
fue situando en sus posiciones al tiempo que el ardor de los bárbaros,
que les contemplaban desde sus posiciones, disminuía cuando observaban
temerosos el abrumador despliegue de medios (o más bien, el orden
y disciplina con que se situaban sobre el campo) de que hacían
gala sus contrarios.
Una vez reorganizados los germanos pasaron a un ataque general. Cargaron entonces contra las líneas imperiales descargándose mutuamente, tanto unos como otros, todos los proyectiles de que disponían tras lo que, llegados a las manos, hicieron uso de sus armas.
La línea romana resistió mal que bien la dura carga de los germanos, comenzando así un largo combate cuerpo a cuerpo, en el que ambos contendientes sufrieron enormes bajas. Las líneas romanas combatían con denuedo. En el centro, la infantería resistía ahora con fuerza, delegando así en las alas la resolución, o al menos, las posibilidades de acabar con éxito el encuentro. El ala izquierda de caballería empujo a sus contrarios hasta la propia empalizada de carros. Este es el momento clave de la batalla, el flanco romano, que ha avanzado hasta el propio campamento enemigo, pierde su empuje al no recibir entonces las necesitadas tropas de refuerzo con las que concluir la tarea de romper la resistencia enemiga en el sector. Amiano da ahora a entender que el contraataque germano, probablemente apoyado en la guarnición del emplazamiento bárbaro, quebro finalmente la línea de avance de la caballería imperial, de esta forma, el flanco romano, por no haber recibido refuerzos cuando más necesitado estaba de ellos, se vio rebasado por la fiera respuesta de sus adversarios, quienes poco a poco empezaron a rechazar una a una a las diferentes unidades de caballería que les hacían frente. Cuando la desproporción se hizo evidente, los restos de la caballería romana que todavía luchaban en ese flanco fueron finalmente destrozados y puestos en fuga.
Sin espacio para maniobrar debido al virulento y cercano ataque de los jinetes godos, los infantes imperiales se veían imposibilitados de responder adecuadamente, es decir, maniobrando con sus unidades, viéndose impelidos así a luchar por sus vidas en una desordenada y sangrienta mele. Las bajas por ambos bandos fueron enormes, los romanos no esperaban clemencia, por lo que vendieron caras sus vidas. Los germanos no querían aflojar la soga, así que presionaban con fuerza. LLegados a un punto de no retorno, no eran pocos los romanos que buscaban ya, en una muerte rápida a la par que gloriosa, el fin de la jornada, lanzándose espada en mano contra nutridas filas de los godos. Aquí y allá los actos de valor y desesperación cubrían el campo de batalla, se cuenta como la sangre y los cuerpos de los caídos hacían, si cabe, más dificultoso el combate, en donde no eran pocos los que resbalaban y caían debido a los resbaladizos charcos de sangre. Finalmente, tras un larga y agotadora lucha, los romanos comenzaron a perder toda suerte de cohesión, las unidades menos expuestas a sus rivales pudieron comenzar a retroceder, otras, envueltas, combatieron hasta la muerte.
Ya era patente la huida general cuando el emperador corrió a refugiarse entre las fuerzas de caballería que todavía resistían los embites del enemigo, pues, Aquí y allá, aun podían encontrarse diferentes unidades defendían todavía sus posiciones, cuando los más habían ya emprendido la huida. Los generales Trajano y Víctor acompañaban al emperador en aquellos momentos, intentando sin éxito reorganizar a algunas unidades auxiliares para mantener una defensa más férrea en las posiciones que ocupaba ahora Valente.
El sitio de Adrianópolis Tras la batalla, el ejército
germano marcho contra Adrianópolis consciente del gigantesco botín
que allí se guardaba (recordemos que la impedimenta de todo ejercito
imperial). La ciudad, cuyas defensas habían sido recientemente
reforzadas, se encontraba bien provista de defensores, además,
muchas tropas, provenientes del campo de batalla, habían huido
hasta Aquí y, aunque no se les había permitido entrar en
la población, se fortificaban junto a sus murallas dispuestas a
plantar cara a sus atacantes (esta área había sido ya, previamente,
fortificada por el ejercito romano cuando días atrás acampo
junto a la ciudad). El fiero asalto germano choco de nuevo con la pertinaz resistencia de los romanos, entre los cuales se contaban ya los propios habitantes de la ciudad, quienes luchaban codo con codo con los profesionales de la ahora reforzada guarnición En un momento del choque, los romanos se apercibieron que los bárbaros utilizaban ahora en su contra parte de los proyectiles que estos les lanzaban, señal inequívoca de que se encontraban sin municiones. Se ordeno entonces romper las cuerdas con que se unía la cabeza de la flecha al cuerpo de madera del proyectil, esto permitía al mismo ser disparado sin problemas, pero las hacia irrecuperables, pues solo se clavaban una vez, rompiéndose acto seguido.
También se obro con éxito colocando un onagro justo a la altura en donde los germanos se encontraban mas apiñados, el disparo de una enorme piedra sobre aquel numeroso grupo de guerreros no fue letal, pues erró el blanco, pero si que produjo una fuerte impresión a los mismos sucediendo como sucedió, pues según se cuenta el proyectil salió repentinamente atravesando de una densa nube de humo, el susto fue manifiesto, los germanos perdieron momentáneamente la cohesión dando un valioso momento de respiro a los defensores. Reanudada la lucha, de nuevo
los asaltantes sufrieron numerosas perdidas al verse rechazados todos
sus asaltos. Las propia densidad de sus filas, unida a la ferocidad con
que los romanos se defendían, les hicieron sufrir innumerables
bajas pues los proyectiles romanos encontraban siempre su objetivo ante
el numero y el apiñamiento de los atacantes. Las escalas de los
asaltantes eran derribadas una tras otra mientras desde lo alto de las
murallas se les lanzaban todo tipo de objetos de peso, desde fragmentos
de columnas o losas hasta los usuales proyectiles de toda clase.
By Satrapa1 |