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V.
REACCIÓN DE PAULINO
Al llegar las noticias de la rebelión a la isla de Mona, Paulino
debió quedarse con el alma a los pies. Él, que posiblemente
esperaba pasar a la Historia como el conquistador de Britannia, no sólo
decía adiós a su sueño sino que con ese borrón
se iba a echar a perder su brillante carrera política y militar.
Había sido el mayor desastre que Roma había tenido en la
isla y parecía que aún no había llegado lo peor.
Evidentemente no era el único culpable, pero al ser la máxima
autoridad militar se convertía en el principal responsable. ¿Cómo
habían podido ser tan estúpidos como para provocar aquella
rebelión en su ausencia?. ¿Cómo es que en Camulodunum,
poblada por soldados licenciados, ni siquiera se les había ocurrido
levantar una empalizada....?.
De nada servía ya lamentarse. No podía perder el tiempo
protestando por algo que ya no tenía arreglo. La población
civil romana estaba en peligro y si no aplastaba aquella insurrección
a tiempo los otros pueblos de Britannia se podían levantar también
y provocar que Roma perdiera la provincia. Si Boudicca había devastado
Camulodunum su siguiente objetivo debía ser Verulamium o Londinium.
Lo más probable es que atacara primero Londinium. Situada junto
al Tamesa era un enclave estratégico para el comercio. Es por ello
que entre su población había un gran número de comerciantes
y abundaban los suministros. Boudicca buscaba venganza, pero también
tenía que alimentar a sus seguidores. Además muchos de estos
no sólo querían vengarse de los romanos sino recuperar lo
que les habían arrebatado y ya de paso "cobrarse intereses".
Como sólo un veterano puede hacer en circunstancias tan adversas
como aquella, el general romano se tragó su malestar y recobró
su presencia de ánimo. Debía ante todo dar ejemplo y actuar
rápido, pero con eficacia. No tenía sentido seguir ocupando
Mona y menos teniendo en cuenta que los druidas no habían tratado
aún de pactar. Debía abandonarla y dirigirse con su ejército
hacia Londinium lo más rápido posible para intentar proteger
a la población romana. Además, si llegaba a tiempo podría
servirle como base de operaciones para aplastar posteriormente la rebelión.
Dicho y hecho, el ejército romano se puso en marcha y tras abandonar
Mona se dispuso a atravesar el territorio montañoso situado al
oeste del nacimiento del Sabrina (27).
No obstante, estando de camino, Paulino sopesó las circunstancias.
Difícilmente podría llegar allí antes que Boudicca
y sus huestes. El territorio montañoso que atravesaba era además
territorio enemigo, por lo que no podía avanzar sin tomar precauciones.
Por otro lado desconocía el alcance real de la rebelión.
Su ejército podía ser atacado desde cualquier punto y por
cualquier tribu. Lo cierto es que a esas alturas no debía tener
la menor confianza en ninguna de ellas. La derrota de Cerial era un buen
ejemplo de lo que le podía pasar si no actuaba con cautela. Todas
estas consideraciones y su propio carácter indeciso y conservador
le llevaron a tomar finalmente una de las decisiones más duras
de su vida.
Del mismo modo que en ocasiones hay que amputar un miembro para salvar
una vida, ahora debía abandonar a su suerte a los que no pudieran
escapar por sus medios de Londinium y Verulamium. Era el precio que tenía
que pagar si quería salvar la provincia. Muchos le suplicaron con
lágrimas que no hiciera tal cosa, pero se mantuvo firme en su decisión.
Permitiría que todos aquellos que quisiesen se unieran a su columna.
Sólo a ellos podía garantizarles su protección.
Según Dion Casio, Paulino prefería retrasar el enfrentamiento
con los rebeldes hasta una estación más conveniente (la
primavera del 62 d.C.). No obstante se vio obligado a luchar en aquel
momento debido a que no contaba con suficientes víveres para pasar
el invierno. Por otro lado, cuanto más tardara en derrotarlos más
se arriesgaba a que aquella rebelión se extendiera y pusiera en
pie de guerra a todos los britanos contra Roma. No había tiempo
que perder (28).
Días después llegaron noticias de nuevos desastres. Los
rebeldes habían arrasado Londinium. Verulamium no tardaría
en correr la misma suerte. Estaba claro que a Boudicca no le interesaban
las fortificaciones ni los destacamentos romanos. Buscaba los graneros,
necesarios para alimentar a toda aquella gente que habían reunido
y que por otro lado eran difíciles de defender. Todos los romanos
que no habían podido huir fueron torturados y masacrados y sus
posesiones saqueadas. Lo suerte que corrió Camulodunum no fue peor
que la de estos asentamientos. Como consecuencia de todo ello cuenta Tácito
que murieron unas setenta mil personas sumando a los ciudadanos romanos
y a sus aliados. Los rebeldes no querían prisioneros. Sólo
venganza y pillaje (29).

Tras
atravesar el Sabrina, Paulino envió mensajeros a los cuarteles
de la zona pidiéndoles refuerzos. Se trataba de una situación
de emergencia y los campamentos romanos debían quedar con una guarnición
mínima. Finalmente consiguió reunir bajo su mando a unos
diez mil hombres entre legionarios y auxiliares. No obstante no habían
llegado los refuerzos de la II Augusta. Había enviado emisarios
a Penio Póstumo, praefectus castrorum de dicha legión que
estaba en esos momentos al frente de la misma. No obstante éste
había desobedecido. No sabemos que motivos le llevaron a la insubordinación.
Posibles causas pudieron ser la distancia que había entre la ubicación
de la legión y el emplazamiento del general, la incertidumbre reinante
ante el desconocimiento real de lo que pasaba y la dispersión de
las tropas de dicha legión a lo largo del suroeste de la provincia
(30).
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No
obstante Paulino no tenía tiempo para preocuparse por eso.
Amante de planes razonados y prudentes no había para él
mejor opción que buscar una posición ventajosa en
la que sus tropas pudieran plantar cara a un enemigo muy superior
en número sin temor a ser rodeado. Después tendría
que atraerlos hacia sí y provocarlos para que le atacasen.
Una posición estática pero bien elegida y manteniendo
una formación cerrada sería lo más eficaz contra
aquellos bárbaros. Posiblemente entenderían la inactividad
como cobardía y se lanzarían como locos contra sus
hombres. Cualquier general romano con un mínimo de experiencia
debía conocer más de una forma para desbaratar una
carga enemiga de tales características.
Por otra parte con esa estrategia haría pensar al enemigo
que contaba con víveres suficientes como para estar allí
esperando todo lo que hiciera falta. Es evidente que jugaba de farol,
pero porque tenía la suficiente sangre fría de hacerlo
en un momento en el que el tiempo no corría en su favor.
Dicho y hecho Paulino buscó y encontró un terreno
que le era enormemente favorable para la batalla. Ni en un manual
de tácticas militares podríamos hallar un ejemplo
tan claro de lo que debe entenderse como tal. Se trataba de una
estrecha garganta situada ante una extensa llanura abierta donde
no había peligro de emboscadas. Por detrás estaba
cerrada por un bosque denso que le serviía para tener bien
cubierta la retaguardia de su ejército.
Ahora sólo faltaba esperar...
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VI. EL ENFRENTAMIENTO FINAL
No sabemos como se las ingenió, pero finalmente Paulino consiguió
atraer a los rebeldes hacia su posición. Tácito no nos aclaró
nada. Comúnmente se ha pensado siempre que el lugar elegido para
la batalla debió estar en la región que los británicos
llaman Midlands, cerca de Manduessedum (Mancetter). En mi opinión
es más probable que estuviera algo más al sureste, en una
posición situada entre dicha localidad y Verulamium pero no demasiado
lejos de esta última. Sin duda esta última localidad debía
ser la única referencia de Paulino sobre la posición de
los rebeldes en aquellos momentos. Por ello podemos llegar a la conclusión
que su objetivo era situarse en algún lugar no muy lejano para
que estos descubrieran su presencia y se vieran tentados a atacarle.
Cerca de Manduessedum hubiera sido más complicado lograr dicho
propósito. Tampoco sabemos que otra circunstancia hubiera llevado
a Boudicca y a los rebeldes a avanzar tan hacia el noroeste desde Verulamium
estando ya cercano el invierno. Tampoco podemos olvidar, por otro lado,
que el tiempo no corría en favor de Paulino. Según Dion
Casio fueron los rebeldes los que precipitaron el enfrentamiento, pero
no parece factible deducir de ahí que el general romano esperara
cerca de Manduessum en una posición defensiva por si a los britanos
les parecía bien pasarse por allí. Más aún
si cabe cuando el mismo autor reconocía que el ejército
romano no disponía de provisiones suficientes para el invierno.

Sin lugar a dudas era Paulino el que estaba obligado a tomar la iniciativa,
pero él quería hacer pensar a los britanos que no era así.
Seguramente intuía que, después de la facilidad con que
habían obtenido sus victorias hasta el momento, los rebeldes tendrían
la moral alta y no dudarían en tomar la ofensiva como habían
hecho contra Cerial. No tardarían en enterarse de que el ejército
romano era muy inferior en número a sus huestes y que derrotarlo
sería el último obstáculo importante para arrebatar
Britannia a los Romanos. Por otro lado también sabían que
donde había un ejército esperando en una posición
defensiva debían haber también suministros de alimentos.
Tanto unos como otros los iban a necesitar para el invierno que se avecinaba.
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Tal
como planeó el general romano, los rebeldes no tardaron en
avanzar hacia el noroeste con la intención de presentar batalla.
A ese punto habían llegado. Pensaban que todo el monte era
orégano y que derrotar a un ejército romano en campo
abierto no debía ser mucho más complicado que pasar
por las armas a la población civil de las localidades que
habían arrasado. Boudicca había demostrado tener una
capacidad de liderazgo impresionante, pero no se trataba de un general
ni debía entender de asuntos militares. Muy distintas hubieran
sido las cosas de haber contado los rebeldes con un líder
como Caractaco. A aquel contingente de personas armadas ni siquiera
se le podía llamar ejército a pesar de toda la devastación
que habían causado.
Cuadro:
Las fuerzas de Boudicca avanzando al encuentro de las legiones de
Suetonio Paulino. Imagen generada por ordenador para el programa
de TV Battlefield Britain © BBC |
El
número de personas que seguían a Boudicca debió ser
enorme, aunque ni de lejos se debieron acercar a los doscientos treinta
mil que afirmaba Dion Casio. Por otro lado menos de la mitad de los que
realmente habían debieron ser combatientes reales. También
hay que tener en cuenta que los Icenos llevaban en paz muchos años.
Que se sepa únicamente habían combatido contra Escápula
en el 47 d.C. en una batalla donde debió caer la mayor parte de
su élite guerrera. Los hombres más jóvenes de la
tribu no habían conocido la guerra tras una generación de
paz. Posiblemente les habían hablado de las gestas de sus antepasados
y puede que muchos aprendieran a manejar armas, pero poco más.
De lo contrario se hubieran percatado enseguida del disparate que suponía
enfrentarse a un ejército romano en campo abierto y ubicado en
una posición tan ventajosa como la que sabiamente había
elegido Paulino (31).
Cuenta Tácito que los guerreros rebeldes habían llevado
con ellos a sus esposas y a sus hijos para que presenciaran la batalla.
Iban en carros y los habían situado en la retaguardia. No obstante
la presencia de los no combatientes se debía más bien a
la naturaleza de la propia rebelión. A ésta se habían
sumado toda suerte de personas que lo habían perdido todo y llevaban
consigo a sus familias. Ya no tenían tierras y su supervivencia
dependía del éxito de su reina. Por eso se centraban en
atacar a las poblaciones civiles y no a las guarniciones romanas que,
aisladas unas de otras y sin conocimiento claro de la situación,
hubieran sido tal vez una presa más fácil que el ejército
de Paulino.
Divisados los rebeldes, Paulino hizo formar a sus hombres como había
planeado. Dado que no podía extender la línea ante un enemigo
en clara superioridad numérica, situó en el centro a las
cohortes legionarias en una formación cerrada. Alrededor colocó
a las tropas ligeras y en las alas a la caballería. Sólo
podía ser atacado de frente. No corría peligro por la retaguardia,
cubierta por la densidad del bosque, ni podía ser desbordado por
las alas dado lo angosto del lugar donde se había posicionado.
Allí los romanos permanecieron inmóviles a la espera del
enemigo. Una vez llegaron los rebeldes se situaron los guerreros en vanguardia
retozando de un lado para otro en bandas y escuadrones. Poco después
pasaba Boudicca frente a ellos montada en un carro junto con sus dos hijas
para arengarlos. Éstos debían creer que sus dioses estaban
con ellos y apoyaban su venganza contra los impíos que les habían
prohibido adorarlos. La euforia y la sed de sangre romana correría
por las venas de aquellos hombres al tiempo que entonaban sus cánticos
de guerra (32).
Por su parte el general romano había dado las instrucciones pertinentes
a sus tropas de lo que había que hacer. Estaba en inferioridad
numérica, pero nada temía a un enemigo al que ni siquiera
se le podía llamar ejército. Posiblemente arengara a los
soldados antes de la batalla como cuenta Tácito, pero no nos deben
ocupar ahora los discursos que inventaban los historiadores romanos para
ponerlos en boca de los generales con la finalidad de hacer más
interesantes sus relatos. Lo cierto es que su planteamiento táctico
no requería mucha inteligencia para ser entendido. De hecho era
tan sencillo que puede llevarnos fácilmente a la conclusión
de que en ningún momento debió dudar el general romano que
iba a conseguir una victoria aplastante (33).
Todo estaba listo para que la batalla comenzara. Los cánticos de
guerra de los britanos contrastaban con el silencio sepulcral que reinaba
en las filas romanas. Lo que para muchos debió entenderse como
el contraste entre valientes y cobardes era en realidad la diferencia
que marcaba el grado de disciplina entre unos y otros. Los hechos lo iban
a demostrar. Tal y como esperaba Paulino fueron los rebeldes quienes tomaron
la iniciativa. Confiados hasta el límite en la victoria pero sin
un general experto que los guiara, cometieron el error de lanzar una carga
contra los romanos a los que pretendían amedrentar con sus ensordecedores
gritos y cánticos de guerra.
Entonces los legionarios esperaron inmóviles a que se aproximaran
lo suficiente y al recibir la señal convenida de sus oficiales
les arrojaron sus pila sin moverse de su posición inicial. Los
rebeldes empezaron a caer como moscas sin tener ni idea de como reaccionar.
Ni siquiera consiguieron llegar hasta la primera línea romana.
Es evidente que no esperaban esa reacción. También que desconocían
la forma de combatir de su enemigo, pues es sabido que no hay mayor atrevido
que un ignorante (34).
Paulino
lo tenía todo bajo control. Agotadas las armas arrojadizas
de los legionarios y viendo la incertidumbre reinante en los guerreros
enemigos, ordenó a la infantería que formaran en "cabeza
porcina". Dicho y hecho legionarios y auxiliares de infantería
variaron su formación inicial defensiva para convertirla
en una enorme cuña. Las intenciones del general estaban claras.
Avanzar sobre los enemigos para penetrar en lo que pudiera quedar
de su formación defensiva y romperla en dos mitades. Los
britanos rara vez resistían el combate cuerpo a cuerpo durante
demasiado tiempo. Instantes después daba Paulino la orden
de atacar. Sonaron las trompetas y los soldados se pusieron en movimiento.
Al mismo cargaron los auxiliares de caballería, lanza en
ristre, para despejarles el camino hacia su objetivo. Era evidente
que, desconcertados como estaban por la facilidad con la que había
caído su primera línea de ataque, los rebeldes no
sabrían como reaccionar (35).
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Imagen: El
pilum pesado tenía un alcance máximo de 30 metros,
aunque el efectivo era de 15. Tras ello los legionarios echaban
rápidamente mano de sus gladius. |
La
caballería no tardó en despejar el paso llevándose
por delante a todo el que se puso en su camino. Paulino estaba en lo cierto.
Los rebeldes, viendo que no podían hacer nada contra la carga y
sin un plan preconcebido que no fuera lanzarse como una jauría
de locos contra el ejército romano, no tardaron en emprender una
retirada desorganizada viendo rotos todos sus esquemas. No obstante su
huída se vio entorpecida por los carros que se agrupaban en la
retaguardia con los no combatientes. No podían escapar tantos a
la vez a gran velocidad viéndose obstaculizados de esa manera.
Por otro lado, los jinetes auxiliares, pisándoles los talones,
contribuyeron a que disuadirles de volver a cargar. Todo ello facilitó
que la formación en cuña de los soldados romanos los alcanzaran
en plena retirada. Entonces terminó la batalla y comenzó
la masacre.
Los que pudieron se defendieron, pero de poco les sirvió su valentía.
De nadie se tuvo piedad. Paulino había dejado claro a sus hombres
que no querían prisioneros y estos se entregaron, gladio in manu,
a una carnicería sin par. Ni siquiera mujeres y niños se
libraron de la matanza y hasta los caballos del enemigo se terminaron
amontonando en las pilas de cadáveres. Sabrán los dioses
cuanta sangre se derramó ese día. Los muertos se contaron
por miles. Según Tácito (que no hizo suya ninguna cifra)
se dijo que entre los britanos cayeron ese día unos ochenta mil.
El ejército romano, en cambio, sólo tuvo unas cuatrocientas
bajas y no muchos más heridos (36).
Boudicca no estaba entre los muertos de su gente. Posiblemente se había
quedado con sus hijas en la línea de carros situada en la retaguardia
y consiguió huir una de las primeras tras consumarse el desastre.
No sobreviviría mucho más a los que habían muerto
por su negligencia. Según la versión de Tácito se
suicidó con veneno. Según la versión de Dion Casio
fue una enfermedad la que acabó con su vida. Poco importa al fin
y al cabo si murió de una forma u otra. Tras darle sepultura, los
pocos seguidores que le quedaban regresaron a sus antiguos hogares o bien
se adentraron en los bosques temiendo las represalias romanas que aún
estaban por llegar (37).
No tardó en correrse la voz por toda Britannia de la victoria obtenida
por Paulino. Al llegar las nuevas a los cuarteles de la II Augusta en
el suroeste de la isla, el praefectus castrorum Penio Póstumo,
temiendo su deshonra pública por haber privado a su legión
de la gloria y haber desobedecido deliberadamente a su general en una
situación de extrema necesidad, no tardó en imaginarse lo
que le esperaba. Poco después era encontrado muerto tras haberse
atravesado con su propio gladius. No sería la última víctima
de aquella sangrienta guerra... (38).
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VII. SECUELAS DE GUERRA
Tras la victoria frente a los rebeldes Paulino mantuvo a su ejército
en activo como medida de precaución. Pese a lo acontencido, los
ánimos de la población local no debían estar apaciguados
ni muchísimo menos. A esta situación se respondió
con más violencia. Las tribus que habían apoyado la rebelión
o se habían mostrado ambiguas fueron diezmadas a hierro y fuego.
Poco podían hacer para resistir una vez que el general romano hubo
recuperado el control de la totalidad de su ejército. El entendimiento
diplomático entre ambas partes era imposible a esas alturas. Poco
después llegaban refuerzos romanos enviados desde Germania para
completar las pérdidas que había tenido la IX Hispana. Según
Tácito fueron dos mil legionarios, ocho cohortes de infantería
ligera y mil auxiliares de caballería (39).
Posiblemente fue por esas fechas cuando Nerón se planteó
la posibilidad de abandonar Britannia. Lo cierto es que finalmente desistió
de la idea. Entre los que más se debieron oponer estaba su consejero
Séneca, que tenía serios motivos (cuarenta millones de sestercios)
para que no se llevara a cabo. Como ya hemos dicho anteriormente es casi
seguro que no fuera el único que tenía invertidas fuertes
sumas en la isla para sacar buena tajada de ellas. No obstante la excusa
oficial de Nerón fue que no quería privar de gloria a su
padre adoptivo, a quién por cierto nunca respetó ni después
de muerto. Como consecuencia se enviaron aquellas tropas a Britannia en
lugar de retirar de allí a las cuatro legiones.
Al llegar el invierno las nuevas tropas se instalaron en sus campamentos,
pero ni aún así cesaron las muertes entre los britanos.
El hecho de que tanta población abandonara sus labores agrícolas
y ganaderas para sumarse a la rebelión tuvo como consecuencia que
no dispusieran de alimentos durante el invierno. Los que consiguieron
acumular los rebeldes habían sido recuperados por Paulino tras
la batalla. Como consecuencia de ello el hambre y las enfermedades se
extendieron como una plaga por Britannia diezmando con más eficacia
a la población local de lo que hubiera podido hacer el general
romano con su ejército. Parecía como si en la mente de Paulino
la guerra no hubiera acabado aún. Indudablemente le debió
afectar enterarse de lo que ocurrió a la población civil
romana y decidió no mover un dedo por salvar a aquellas gentes.
Que se levantaran de nuevo en armas si querían. Él los estaría
esperando para volver aplastarlos.
Pero no todos los romanos iban a permanecer callados frente a lo que pasaba.
Cayo Julio Alpino Classiciano, enviado a Britannia como como procurador
provincial para sustituir a Deciano, se enfrentó a Paulino por
no estar de acuerdo con su línea de actuación. Classiciano
era de la opinión de que para pacificar la isla era necesario un
nuevo legado que, sin la soberbia del vencedor ni el odio generado entre
los vencidos, tratara con más benevolencia a los que se sometían
haciendo así posible la reconciliación. Según Tácito
el móvil del procurador romano era su rivalidad personal con Paulino.
Lo cierto es que a base de represalias Britannia nunca hubiera recuperado
la normalidad. La política de Ostorio Escápula había
demostrado su ineficacia a largo plazo una década antes. Ahora
Paulino estaba actuando de un modo tan intransigente como aquél
o incluso más (40).
Por otro lado toda aquella situación perjudicaba notoriamente la
labor de Classiciano como procurador provincial. ¿Comó iba
a poder gravar con impuestos la riqueza de un país dónde
sólo había hambre y miseria?. ¿Cómo iba a
volver a florecer el comercio en aquellas circunstancias?. Por ello el
nuevo procurador no dudó en escribir a Roma haciendo llegar sus
opiniones sobre lo que ocurría para que se tomaran cartas en el
asunto. Tantos muertos en ambos bandos eran un argumento muy sólido
para que cambiara la forma de actuar de los legados imperiales en Britannia.
El primer paso debía ser (según Classiciano) sustituir a
aquél general que, tras tapar un estrepitoso fracaso como gobernador
militar con una victoria en el campo de batalla, estaba actuando en una
línea no muy diferente a la de los propios bárbaros. Si
el César no intervenía, aquella interminable guerra no iba
a acabar nunca. Con el tiempo Britannia se convertiría en un reino
de muertos y éstos, por razones obvias, no pagan impuestos ni devuelven
los préstamos.
Nerón, que sólo conocía la situación de oídas,
decidió prudentemente enviar a su liberto Políclito para
que en su nombre, no sólo intentara reconciliar al legado y al
procurador, sino que además tomara cartas en el asunto de la pacificación
de la isla. Evidentemente el argumento de Classiciano era demoledor y
más teniendo en cuenta que hasta el principal consejero de Nerón,
Séneca, tenía fuertes sumas invertidas en Britannia. Finalmente
Políclito, que sería duramente criticado por Tácito,
llegó a Britannia y tras entrevistarse con Paulino puso freno en
nombre del César a la dureza con la que actuaba. Una vez que el
legado se avino a suavizar su trato hacia los vencidos, el liberto imperial
escribió a Nerón aclarándole que la situación
no era tan extrema como afirmaban las críticas que habían
llegado de Classiciano. No obstante era conveniente que se tomaran algunas
medidas... (41).
Parecía que Suetonio Paulino iba a continuar como legado de Britannia
hasta que expirara su cargo, pero a mediados del 62 d.C., con la excusa
de que se habían perdido en la costa unas pocas naves con su tripulación,
fue relevado del mando. Sin embargo el desastre de Britannia no acabaría
con su carrera política. La victoria en el campo de batalla y la
posterior versión que daría de lo acontecido le salvaron
su prestigio. Nerón le honraría años después
con otro consulado (66 d.C.) que sería el segundo de su carrera.
Tres años más tarde participaría en las guerra civil
entre Otón y Vitelio formando parte del estado mayor del primero.
Según Tácito aún continuaba siendo en aquellos tiempos
el militar romano de mejor reputación (tras el suicidio de Corbulón).
Es evidente que Paulino, como todos los grandes militares, tenía
un reconocido prestigio social. Remplazarlo sin una excusa o por decisión
de Políclito hubiera sido tremendamente impopular. La política
de Nerón (posiblemente asesorado por Séneca) fue sin duda
la más acertada en ese momento pese a las críticas que se
ganaría por parte de Tácito, quién no simpatizaba
ni con el orden ecuestre (Classiciano), ni con los libertos imperales
(Políclito), ni con la política de no expansionismo en la
isla. El sustituto de Paulino fue Publio Petronio Turpiliano, que había
sido cónsul el año anterior (61 d.C.). Su política
y la de sus sucesores, sería acorde con la que proponía
Classiciano y permitirían a la larga el reflorecimiento económico
de la provincia.
En el fondo era la consecuencia lógica de todo lo que había
ocurrido. Eran muchos los intereses económicos a los que favorecería
la paz y Nerón no tenía el menor interés de hacerse
con una reputación militar como Claudio. Durante el periodo de
gobierno de aquél, que duraría hasta el 68 d.C, ningún
gobernador romano intentó expandir las fronteras en Britannia.
Se había ido de un extremo a otro. De no preocuparse nadie por
el buen gobierno de los pueblos sometidos a abandonar totalmente la posibilidad
de seguir expandiendo las fronteras por ser prioritaria la estabilidad.
No sería hasta una década después (71 d.C.), durante
el principado de Vespasiano, cuando los nuevos gobernadores enviados a
Britannia retomarían la empresa de someterla por completo.
Por lo demás, La Legión XIV Gémina, que había
llevado el peso principal de la victoria frente a los rebeldes, recibió
los apelativos Martia y Victrix pasando a ser la más pretigiosa
del Imperio y la favorita de Nerón. La XX Valeria, que también
había participado en la batalla aunque en menor proporción,
recibiría los apelativos de Victrix y posiblemente de Britannica.
Camulodunum sería reconstruida bajo la denominación oficial
de Colonia Claudia Victricensis Camulodunensium. Ese apodo de Victricensis
pudo deberse a que fueron asentados allí soldados licenciados de
la XIV Gémina y la XX Valeria como recompensa a su valor en el
campo de batalla. Londinium y Verulamium también serían
reconstruidas y repobladas. Ambas terminarían convirtiéndose
en ciudades romanas. Dada la ubicación estratégica de la
primera, terminaría convirtiéndose muchos años más
tarde en la capital provincial bajo la denominación de Londinium
Augusta (42).
Ajeno a todos estos asuntos de la alta política imperial, un joven
tribuno militar aprendía de sus experiencias sobre aquellos terribles
sucesos que habían tenido lugar. Sus reflexiones iban a ser decisivas
cuando años después gobernara la provincia. Le llamaban
Agrícola...
Fin
de la IV parte del trabajo BRITANNIA.
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Notas.
27).
Tácito,
Anales 14, 33.
Volver
28).
Dion Casio, Historia Romana 62, 8, 1. Para las precauciones
que debían tomar los generales romanos cuando marchaban
por territorio enemigo: Flavio Vegecio, Instituciones militares
3, 6. Volver
29).
Entiendo
que Tácito se refiería al número total
de muertos desde que estalló la rebelión hasta
que finalizó. Aún así la cifra parece exagerada.Volver
30).
Tácito,
Anales 34. El hecho de que fuera el praefectus castrorum (tercer
oficial al mando de una legión) el que estaba al mando
de la II Augusta era debido posiblemente a que tanto el legado
de la legión como el tribuno laticlavio de la misma (Cneo
Julio Agrícola) estaban junto a Paulino en su expedición
a Mona. El propio Tácito (Agrícola 5) señaló
que Paulino eligió al joven Agrícola para formar
parte de su Cuartel General. De ahí podemos conjeturar
que, aunque Tácito no lo dijera expresamente, tal vez
en el ejército que ocupó la isla participaron
algunas tropas de la II Augusta, ya fueran auxiliares o cohortes
legionarias. Volver
31).
Dion Casio, Historia Romana 62, 8, 2.Volver
32).Tácito,
Anales 14, 35. Volver
33).Tácito,
Anales 14, 36. Volver
34).
Tácito, Anales 14, 37. Pila -orum en latín es
el plural de pilum -i. Era una jabalina larga construída
con una base de madera de pie largo y una parte superior de
hierro de punta triangular. Estaba diseñada, desde los
tiempos de Cayo Mario, para romperse una vez lanzada contra
el enemigo y que de esa manera no pudiera usarse de nuevo. Por
lo general se solía usar al iniciarse la batalla para
diezmar a los enemigos que se aproximaban a la formación
de combate propia. Bien utilizado, el pilum podía atravesar
cualquier protección corporal de la época. Volver
35).
Caput porcinum o Cabeza porcina (o de jabalí) era como
llamaban los romanos a la formación en cuña. Según
Flavio Vegecio (Instituciones militares 3, 19): "Llámase
cuña a un cuerpo de infantería que marcha unido
al cuerpo de batalla, cuyo frente termina en punta y se va dilatando
hacia la espalda; y sirve para romper la formación del
enemigo porque muchos de sus soldados dirigen sus tiros a un
mismo paraje. A esta formación llaman los soldados cabeza
de Puerco". En cuanto a la forma de dar las órdenes
en combate, el propio Vegecio (Instituciones Militares 2, 22)
señalaba que la orden de ataque y de retirada se daba
con la trompeta (tuba). Su toque no iba dirigido a los soldados,
sino a los oficiales al mando (centuriones y/o tribunos angusticlavios)
quienes a su vez transmitían la orden a la tropa. La
trompeta se diferenciaba del cuerno (cornu) en que la primera
era alargada y la segunda formaba una especie de rosca (Idem
3, 5). En ocasiones se daba también la orden de ataque
haciendo sonar a la vez trompetas y cuernos (Tácito,
Anales 1, 68, 3). Los soldados encargados de hacer llegar las
órdenes con estos instrumentos recibían el nombre
de tubicines y cornicines. Volver
36).La
cifra de 80.000 muertos parece exagerada. Tampoco es creíble
que alguien se detuviera en contarlos. La de las bajas del ejército
romano, en cambio, sí puede que sean ciertas. Es lógico
pensar que tras la batalla se hiciera un recuento para saber
con que efectivos se contaban. También de los que precisaban
la asistencia de los galenos. Dion Casio describió la
batalla en Historia Romana 62, 12, aunque parece mucho más
fiable la versión de Tácito. Volver
37).
Según Dion Casio (Historia Romana 62.
12) le dieron un entierro costoso. No parece muy verosímil
dadas la circunstancias del momento. Lo más probable
es que lo hicieran en algún lugar secreto y de forma
discreta, para que la tumba no fuera profanada por los romanos.
Volver
38).
Dion Casio (Historia Romana 62, 1-12) dio una versión
de los hechos que difiere de la de Tácito. En primer
lugar eludió atribuir responsabilidades de la sublevación
a Paulino y su administración cargando las culpas a Deciano
Cato, a Séneca y a Boudicca. En segundo lugar exageró
descaradamente las cifras dando a entender que la sublevación
tuvo mucha mayor gravedad de la real. En tercer lugar llenó
de discursos inventados su relato al que siempre trató
de dar un cierto toque sensacionalista. En cuarto lugar describió
la batalla final como una lucha igualada, lo cual lleva a pensar
que trataba de dar más méritos a Paulino de los
que en realidad tuvo disfrazando lo que fue una matanza en toda
regla. ¿Cómo podemos explicar todo esto?. Dion
Casio escribió sobre estos acontecimientos casi dos siglos
después de que ocurrieran. Posiblemente se basó
en los informes oficiales que llegaron a Roma, al igual que
hizo con la campaña del 43 d.C. ¿Quién
dio la versión oficial de los hechos por ser la máxima
autoridad en Britannia en esos tiempos?. Sólo pudo ser
Paulino. Éste, que sabía la importancia de las
versiones oficiales en la Roma de la época (recordemos
su experiencia en África), trató seguramente de
salvar su imagen
por todo lo ocurrido dando una versión de los hechos
que le convenía más que la real. Si analizamos
su actuación en las guerras civiles que siguieron a la
muerte de Nerón (Tácito, Historias) nos daremos
cuenta de que, pese a su enorme reputación, no era el
grandísimo general que todo el mundo pensaba.
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39).
Tácito,
Anales 14, 38. De aquí podemos deducir que los rebeldes
no aplastaron a toda la IX Hispana cuando derrotaron a Cerial,
sino sólo a parte de ella. Por otro lado sabemos por
Suetonio (Tito, 4) que Tito, hijo de Vespasiano y sucesor de
éste como princeps romano, sirvió en la IX Hispana.
Puesto que antes había servido en Germania, lo más
probable es que fuera uno de los oficiales que acompañaran
a esos refuerzos. Volver
40).Classiciano
era un provincial originario de las cercanías de Trier,
en Moselle, yerno de otro distinguido provincial llamado Julius
Indus. Fue sin duda un personaje muy importante en Britannia
durante los años siguientes a la insurrección
de Boudicca. Su enorme monumento funerario fue encontrado en
la actual ciudad de Londres y se conserva hoy en el Museo Británico.
No era un personaje del agrado de Tácito, quién
parece tomar claro partido por Paulino en este enfrentamiento.
Es lógico, por otra parte, si tenemos en cuenta que éste
pertenecía al orden senatorial (como Tácito) mientras
que Classiciano formaba parte del orden ecuestre. Volver
41).Tácito
Anales 14, 39. Es evidentemente que a Tácito no le debía
hacer ninguna gracia que un antiguo esclavo estuviera por encima
de hombres de rango senatorial como él. De ahí
que hablara tan mal de Políclito en sus textos. Que éste
tuviera o no una actitud prepotente desde su punto de vista
no tiene en realidad mayor relevancia. Fue un hombre al que
se le encomendó una misión diplomática
muy delicada y es evidente que tenía que hacerse respetar.
Más aún si cabe teniendo en cuenta su condición
de liberto. Volver
42).Durante
las guerras civiles que siguieron a la muerte de Nerón,
la Legión XIV Gémina seguía siendo considerada
la más prestigiosa de todo el Imperio y junto con las
otras tres de Britannia, la más disciplinada (Tácito,
Historias 1, 9, 1; 2, 11, 1; 2, 32, 2). Volver
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AUTOR DEL ARTÍCULO: CARLOS JAVIER PACHECO LÓPEZ
REALIZACIÓN TÉCNICA, MAPAS, ILUSTRACIONES Y COMENTARIOS
DE LAS ILUSTRACIONES: SÁTRAPA1
Carlos Javier Pacheco López, enero 2007.
Ocehcap076@hotmail.com

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