V. REACCIÓN DE PAULINO


Al llegar las noticias de la rebelión a la isla de Mona, Paulino debió quedarse con el alma a los pies. Él, que posiblemente esperaba pasar a la Historia como el conquistador de Britannia, no sólo decía adiós a su sueño sino que con ese borrón se iba a echar a perder su brillante carrera política y militar. Había sido el mayor desastre que Roma había tenido en la isla y parecía que aún no había llegado lo peor. Evidentemente no era el único culpable, pero al ser la máxima autoridad militar se convertía en el principal responsable. ¿Cómo habían podido ser tan estúpidos como para provocar aquella rebelión en su ausencia?. ¿Cómo es que en Camulodunum, poblada por soldados licenciados, ni siquiera se les había ocurrido levantar una empalizada....?.


De nada servía ya lamentarse. No podía perder el tiempo protestando por algo que ya no tenía arreglo. La población civil romana estaba en peligro y si no aplastaba aquella insurrección a tiempo los otros pueblos de Britannia se podían levantar también y provocar que Roma perdiera la provincia. Si Boudicca había devastado Camulodunum su siguiente objetivo debía ser Verulamium o Londinium. Lo más probable es que atacara primero Londinium. Situada junto al Tamesa era un enclave estratégico para el comercio. Es por ello que entre su población había un gran número de comerciantes y abundaban los suministros. Boudicca buscaba venganza, pero también tenía que alimentar a sus seguidores. Además muchos de estos no sólo querían vengarse de los romanos sino recuperar lo que les habían arrebatado y ya de paso "cobrarse intereses".


Como sólo un veterano puede hacer en circunstancias tan adversas como aquella, el general romano se tragó su malestar y recobró su presencia de ánimo. Debía ante todo dar ejemplo y actuar rápido, pero con eficacia. No tenía sentido seguir ocupando Mona y menos teniendo en cuenta que los druidas no habían tratado aún de pactar. Debía abandonarla y dirigirse con su ejército hacia Londinium lo más rápido posible para intentar proteger a la población romana. Además, si llegaba a tiempo podría servirle como base de operaciones para aplastar posteriormente la rebelión. Dicho y hecho, el ejército romano se puso en marcha y tras abandonar Mona se dispuso a atravesar el territorio montañoso situado al oeste del nacimiento del Sabrina (27).


No obstante, estando de camino, Paulino sopesó las circunstancias. Difícilmente podría llegar allí antes que Boudicca y sus huestes. El territorio montañoso que atravesaba era además territorio enemigo, por lo que no podía avanzar sin tomar precauciones. Por otro lado desconocía el alcance real de la rebelión. Su ejército podía ser atacado desde cualquier punto y por cualquier tribu. Lo cierto es que a esas alturas no debía tener la menor confianza en ninguna de ellas. La derrota de Cerial era un buen ejemplo de lo que le podía pasar si no actuaba con cautela. Todas estas consideraciones y su propio carácter indeciso y conservador le llevaron a tomar finalmente una de las decisiones más duras de su vida.


Del mismo modo que en ocasiones hay que amputar un miembro para salvar una vida, ahora debía abandonar a su suerte a los que no pudieran escapar por sus medios de Londinium y Verulamium. Era el precio que tenía que pagar si quería salvar la provincia. Muchos le suplicaron con lágrimas que no hiciera tal cosa, pero se mantuvo firme en su decisión. Permitiría que todos aquellos que quisiesen se unieran a su columna. Sólo a ellos podía garantizarles su protección.


Según Dion Casio, Paulino prefería retrasar el enfrentamiento con los rebeldes hasta una estación más conveniente (la primavera del 62 d.C.). No obstante se vio obligado a luchar en aquel momento debido a que no contaba con suficientes víveres para pasar el invierno. Por otro lado, cuanto más tardara en derrotarlos más se arriesgaba a que aquella rebelión se extendiera y pusiera en pie de guerra a todos los britanos contra Roma. No había tiempo que perder (28).


Días después llegaron noticias de nuevos desastres. Los rebeldes habían arrasado Londinium. Verulamium no tardaría en correr la misma suerte. Estaba claro que a Boudicca no le interesaban las fortificaciones ni los destacamentos romanos. Buscaba los graneros, necesarios para alimentar a toda aquella gente que habían reunido y que por otro lado eran difíciles de defender. Todos los romanos que no habían podido huir fueron torturados y masacrados y sus posesiones saqueadas. Lo suerte que corrió Camulodunum no fue peor que la de estos asentamientos. Como consecuencia de todo ello cuenta Tácito que murieron unas setenta mil personas sumando a los ciudadanos romanos y a sus aliados. Los rebeldes no querían prisioneros. Sólo venganza y pillaje (29).

Boudicca map

Tras atravesar el Sabrina, Paulino envió mensajeros a los cuarteles de la zona pidiéndoles refuerzos. Se trataba de una situación de emergencia y los campamentos romanos debían quedar con una guarnición mínima. Finalmente consiguió reunir bajo su mando a unos diez mil hombres entre legionarios y auxiliares. No obstante no habían llegado los refuerzos de la II Augusta. Había enviado emisarios a Penio Póstumo, praefectus castrorum de dicha legión que estaba en esos momentos al frente de la misma. No obstante éste había desobedecido. No sabemos que motivos le llevaron a la insubordinación. Posibles causas pudieron ser la distancia que había entre la ubicación de la legión y el emplazamiento del general, la incertidumbre reinante ante el desconocimiento real de lo que pasaba y la dispersión de las tropas de dicha legión a lo largo del suroeste de la provincia (30).

No obstante Paulino no tenía tiempo para preocuparse por eso. Amante de planes razonados y prudentes no había para él mejor opción que buscar una posición ventajosa en la que sus tropas pudieran plantar cara a un enemigo muy superior en número sin temor a ser rodeado. Después tendría que atraerlos hacia sí y provocarlos para que le atacasen. Una posición estática pero bien elegida y manteniendo una formación cerrada sería lo más eficaz contra aquellos bárbaros. Posiblemente entenderían la inactividad como cobardía y se lanzarían como locos contra sus hombres. Cualquier general romano con un mínimo de experiencia debía conocer más de una forma para desbaratar una carga enemiga de tales características.


Por otra parte con esa estrategia haría pensar al enemigo que contaba con víveres suficientes como para estar allí esperando todo lo que hiciera falta. Es evidente que jugaba de farol, pero porque tenía la suficiente sangre fría de hacerlo en un momento en el que el tiempo no corría en su favor. Dicho y hecho Paulino buscó y encontró un terreno que le era enormemente favorable para la batalla. Ni en un manual de tácticas militares podríamos hallar un ejemplo tan claro de lo que debe entenderse como tal. Se trataba de una estrecha garganta situada ante una extensa llanura abierta donde no había peligro de emboscadas. Por detrás estaba cerrada por un bosque denso que le serviía para tener bien cubierta la retaguardia de su ejército.
Ahora sólo faltaba esperar...


VI. EL ENFRENTAMIENTO FINAL


No sabemos como se las ingenió, pero finalmente Paulino consiguió atraer a los rebeldes hacia su posición. Tácito no nos aclaró nada. Comúnmente se ha pensado siempre que el lugar elegido para la batalla debió estar en la región que los británicos llaman Midlands, cerca de Manduessedum (Mancetter). En mi opinión es más probable que estuviera algo más al sureste, en una posición situada entre dicha localidad y Verulamium pero no demasiado lejos de esta última. Sin duda esta última localidad debía ser la única referencia de Paulino sobre la posición de los rebeldes en aquellos momentos. Por ello podemos llegar a la conclusión que su objetivo era situarse en algún lugar no muy lejano para que estos descubrieran su presencia y se vieran tentados a atacarle.


Cerca de Manduessedum hubiera sido más complicado lograr dicho propósito. Tampoco sabemos que otra circunstancia hubiera llevado a Boudicca y a los rebeldes a avanzar tan hacia el noroeste desde Verulamium estando ya cercano el invierno. Tampoco podemos olvidar, por otro lado, que el tiempo no corría en favor de Paulino. Según Dion Casio fueron los rebeldes los que precipitaron el enfrentamiento, pero no parece factible deducir de ahí que el general romano esperara cerca de Manduessum en una posición defensiva por si a los britanos les parecía bien pasarse por allí. Más aún si cabe cuando el mismo autor reconocía que el ejército romano no disponía de provisiones suficientes para el invierno.


Sin lugar a dudas era Paulino el que estaba obligado a tomar la iniciativa, pero él quería hacer pensar a los britanos que no era así. Seguramente intuía que, después de la facilidad con que habían obtenido sus victorias hasta el momento, los rebeldes tendrían la moral alta y no dudarían en tomar la ofensiva como habían hecho contra Cerial. No tardarían en enterarse de que el ejército romano era muy inferior en número a sus huestes y que derrotarlo sería el último obstáculo importante para arrebatar Britannia a los Romanos. Por otro lado también sabían que donde había un ejército esperando en una posición defensiva debían haber también suministros de alimentos. Tanto unos como otros los iban a necesitar para el invierno que se avecinaba.

Tal como planeó el general romano, los rebeldes no tardaron en avanzar hacia el noroeste con la intención de presentar batalla. A ese punto habían llegado. Pensaban que todo el monte era orégano y que derrotar a un ejército romano en campo abierto no debía ser mucho más complicado que pasar por las armas a la población civil de las localidades que habían arrasado. Boudicca había demostrado tener una capacidad de liderazgo impresionante, pero no se trataba de un general ni debía entender de asuntos militares. Muy distintas hubieran sido las cosas de haber contado los rebeldes con un líder como Caractaco. A aquel contingente de personas armadas ni siquiera se le podía llamar ejército a pesar de toda la devastación que habían causado.

Cuadro: Las fuerzas de Boudicca avanzando al encuentro de las legiones de Suetonio Paulino. Imagen generada por ordenador para el programa de TV Battlefield Britain © BBC

El número de personas que seguían a Boudicca debió ser enorme, aunque ni de lejos se debieron acercar a los doscientos treinta mil que afirmaba Dion Casio. Por otro lado menos de la mitad de los que realmente habían debieron ser combatientes reales. También hay que tener en cuenta que los Icenos llevaban en paz muchos años. Que se sepa únicamente habían combatido contra Escápula en el 47 d.C. en una batalla donde debió caer la mayor parte de su élite guerrera. Los hombres más jóvenes de la tribu no habían conocido la guerra tras una generación de paz. Posiblemente les habían hablado de las gestas de sus antepasados y puede que muchos aprendieran a manejar armas, pero poco más. De lo contrario se hubieran percatado enseguida del disparate que suponía enfrentarse a un ejército romano en campo abierto y ubicado en una posición tan ventajosa como la que sabiamente había elegido Paulino (31).


Cuenta Tácito que los guerreros rebeldes habían llevado con ellos a sus esposas y a sus hijos para que presenciaran la batalla. Iban en carros y los habían situado en la retaguardia. No obstante la presencia de los no combatientes se debía más bien a la naturaleza de la propia rebelión. A ésta se habían sumado toda suerte de personas que lo habían perdido todo y llevaban consigo a sus familias. Ya no tenían tierras y su supervivencia dependía del éxito de su reina. Por eso se centraban en atacar a las poblaciones civiles y no a las guarniciones romanas que, aisladas unas de otras y sin conocimiento claro de la situación, hubieran sido tal vez una presa más fácil que el ejército de Paulino.
Divisados los rebeldes, Paulino hizo formar a sus hombres como había planeado. Dado que no podía extender la línea ante un enemigo en clara superioridad numérica, situó en el centro a las cohortes legionarias en una formación cerrada. Alrededor colocó a las tropas ligeras y en las alas a la caballería. Sólo podía ser atacado de frente. No corría peligro por la retaguardia, cubierta por la densidad del bosque, ni podía ser desbordado por las alas dado lo angosto del lugar donde se había posicionado. Allí los romanos permanecieron inmóviles a la espera del enemigo. Una vez llegaron los rebeldes se situaron los guerreros en vanguardia retozando de un lado para otro en bandas y escuadrones. Poco después pasaba Boudicca frente a ellos montada en un carro junto con sus dos hijas para arengarlos. Éstos debían creer que sus dioses estaban con ellos y apoyaban su venganza contra los impíos que les habían prohibido adorarlos. La euforia y la sed de sangre romana correría por las venas de aquellos hombres al tiempo que entonaban sus cánticos de guerra (32).


Por su parte el general romano había dado las instrucciones pertinentes a sus tropas de lo que había que hacer. Estaba en inferioridad numérica, pero nada temía a un enemigo al que ni siquiera se le podía llamar ejército. Posiblemente arengara a los soldados antes de la batalla como cuenta Tácito, pero no nos deben ocupar ahora los discursos que inventaban los historiadores romanos para ponerlos en boca de los generales con la finalidad de hacer más interesantes sus relatos. Lo cierto es que su planteamiento táctico no requería mucha inteligencia para ser entendido. De hecho era tan sencillo que puede llevarnos fácilmente a la conclusión de que en ningún momento debió dudar el general romano que iba a conseguir una victoria aplastante (33).


Todo estaba listo para que la batalla comenzara. Los cánticos de guerra de los britanos contrastaban con el silencio sepulcral que reinaba en las filas romanas. Lo que para muchos debió entenderse como el contraste entre valientes y cobardes era en realidad la diferencia que marcaba el grado de disciplina entre unos y otros. Los hechos lo iban a demostrar. Tal y como esperaba Paulino fueron los rebeldes quienes tomaron la iniciativa. Confiados hasta el límite en la victoria pero sin un general experto que los guiara, cometieron el error de lanzar una carga contra los romanos a los que pretendían amedrentar con sus ensordecedores gritos y cánticos de guerra.
Entonces los legionarios esperaron inmóviles a que se aproximaran lo suficiente y al recibir la señal convenida de sus oficiales les arrojaron sus pila sin moverse de su posición inicial. Los rebeldes empezaron a caer como moscas sin tener ni idea de como reaccionar. Ni siquiera consiguieron llegar hasta la primera línea romana. Es evidente que no esperaban esa reacción. También que desconocían la forma de combatir de su enemigo, pues es sabido que no hay mayor atrevido que un ignorante (34).

Paulino lo tenía todo bajo control. Agotadas las armas arrojadizas de los legionarios y viendo la incertidumbre reinante en los guerreros enemigos, ordenó a la infantería que formaran en "cabeza porcina". Dicho y hecho legionarios y auxiliares de infantería variaron su formación inicial defensiva para convertirla en una enorme cuña. Las intenciones del general estaban claras. Avanzar sobre los enemigos para penetrar en lo que pudiera quedar de su formación defensiva y romperla en dos mitades. Los britanos rara vez resistían el combate cuerpo a cuerpo durante demasiado tiempo. Instantes después daba Paulino la orden de atacar. Sonaron las trompetas y los soldados se pusieron en movimiento. Al mismo cargaron los auxiliares de caballería, lanza en ristre, para despejarles el camino hacia su objetivo. Era evidente que, desconcertados como estaban por la facilidad con la que había caído su primera línea de ataque, los rebeldes no sabrían como reaccionar (35).

Imagen: El pilum pesado tenía un alcance máximo de 30 metros, aunque el efectivo era de 15. Tras ello los legionarios echaban rápidamente mano de sus gladius.

La caballería no tardó en despejar el paso llevándose por delante a todo el que se puso en su camino. Paulino estaba en lo cierto. Los rebeldes, viendo que no podían hacer nada contra la carga y sin un plan preconcebido que no fuera lanzarse como una jauría de locos contra el ejército romano, no tardaron en emprender una retirada desorganizada viendo rotos todos sus esquemas. No obstante su huída se vio entorpecida por los carros que se agrupaban en la retaguardia con los no combatientes. No podían escapar tantos a la vez a gran velocidad viéndose obstaculizados de esa manera. Por otro lado, los jinetes auxiliares, pisándoles los talones, contribuyeron a que disuadirles de volver a cargar. Todo ello facilitó que la formación en cuña de los soldados romanos los alcanzaran en plena retirada. Entonces terminó la batalla y comenzó la masacre.


Los que pudieron se defendieron, pero de poco les sirvió su valentía. De nadie se tuvo piedad. Paulino había dejado claro a sus hombres que no querían prisioneros y estos se entregaron, gladio in manu, a una carnicería sin par. Ni siquiera mujeres y niños se libraron de la matanza y hasta los caballos del enemigo se terminaron amontonando en las pilas de cadáveres. Sabrán los dioses cuanta sangre se derramó ese día. Los muertos se contaron por miles. Según Tácito (que no hizo suya ninguna cifra) se dijo que entre los britanos cayeron ese día unos ochenta mil. El ejército romano, en cambio, sólo tuvo unas cuatrocientas bajas y no muchos más heridos (36).


Boudicca no estaba entre los muertos de su gente. Posiblemente se había quedado con sus hijas en la línea de carros situada en la retaguardia y consiguió huir una de las primeras tras consumarse el desastre. No sobreviviría mucho más a los que habían muerto por su negligencia. Según la versión de Tácito se suicidó con veneno. Según la versión de Dion Casio fue una enfermedad la que acabó con su vida. Poco importa al fin y al cabo si murió de una forma u otra. Tras darle sepultura, los pocos seguidores que le quedaban regresaron a sus antiguos hogares o bien se adentraron en los bosques temiendo las represalias romanas que aún estaban por llegar (37).


No tardó en correrse la voz por toda Britannia de la victoria obtenida por Paulino. Al llegar las nuevas a los cuarteles de la II Augusta en el suroeste de la isla, el praefectus castrorum Penio Póstumo, temiendo su deshonra pública por haber privado a su legión de la gloria y haber desobedecido deliberadamente a su general en una situación de extrema necesidad, no tardó en imaginarse lo que le esperaba. Poco después era encontrado muerto tras haberse atravesado con su propio gladius. No sería la última víctima de aquella sangrienta guerra... (38).
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VII. SECUELAS DE GUERRA


Tras la victoria frente a los rebeldes Paulino mantuvo a su ejército en activo como medida de precaución. Pese a lo acontencido, los ánimos de la población local no debían estar apaciguados ni muchísimo menos. A esta situación se respondió con más violencia. Las tribus que habían apoyado la rebelión o se habían mostrado ambiguas fueron diezmadas a hierro y fuego. Poco podían hacer para resistir una vez que el general romano hubo recuperado el control de la totalidad de su ejército. El entendimiento diplomático entre ambas partes era imposible a esas alturas. Poco después llegaban refuerzos romanos enviados desde Germania para completar las pérdidas que había tenido la IX Hispana. Según Tácito fueron dos mil legionarios, ocho cohortes de infantería ligera y mil auxiliares de caballería (39).


Posiblemente fue por esas fechas cuando Nerón se planteó la posibilidad de abandonar Britannia. Lo cierto es que finalmente desistió de la idea. Entre los que más se debieron oponer estaba su consejero Séneca, que tenía serios motivos (cuarenta millones de sestercios) para que no se llevara a cabo. Como ya hemos dicho anteriormente es casi seguro que no fuera el único que tenía invertidas fuertes sumas en la isla para sacar buena tajada de ellas. No obstante la excusa oficial de Nerón fue que no quería privar de gloria a su padre adoptivo, a quién por cierto nunca respetó ni después de muerto. Como consecuencia se enviaron aquellas tropas a Britannia en lugar de retirar de allí a las cuatro legiones.


Al llegar el invierno las nuevas tropas se instalaron en sus campamentos, pero ni aún así cesaron las muertes entre los britanos. El hecho de que tanta población abandonara sus labores agrícolas y ganaderas para sumarse a la rebelión tuvo como consecuencia que no dispusieran de alimentos durante el invierno. Los que consiguieron acumular los rebeldes habían sido recuperados por Paulino tras la batalla. Como consecuencia de ello el hambre y las enfermedades se extendieron como una plaga por Britannia diezmando con más eficacia a la población local de lo que hubiera podido hacer el general romano con su ejército. Parecía como si en la mente de Paulino la guerra no hubiera acabado aún. Indudablemente le debió afectar enterarse de lo que ocurrió a la población civil romana y decidió no mover un dedo por salvar a aquellas gentes. Que se levantaran de nuevo en armas si querían. Él los estaría esperando para volver aplastarlos.


Pero no todos los romanos iban a permanecer callados frente a lo que pasaba. Cayo Julio Alpino Classiciano, enviado a Britannia como como procurador provincial para sustituir a Deciano, se enfrentó a Paulino por no estar de acuerdo con su línea de actuación. Classiciano era de la opinión de que para pacificar la isla era necesario un nuevo legado que, sin la soberbia del vencedor ni el odio generado entre los vencidos, tratara con más benevolencia a los que se sometían haciendo así posible la reconciliación. Según Tácito el móvil del procurador romano era su rivalidad personal con Paulino. Lo cierto es que a base de represalias Britannia nunca hubiera recuperado la normalidad. La política de Ostorio Escápula había demostrado su ineficacia a largo plazo una década antes. Ahora Paulino estaba actuando de un modo tan intransigente como aquél o incluso más (40).


Por otro lado toda aquella situación perjudicaba notoriamente la labor de Classiciano como procurador provincial. ¿Comó iba a poder gravar con impuestos la riqueza de un país dónde sólo había hambre y miseria?. ¿Cómo iba a volver a florecer el comercio en aquellas circunstancias?. Por ello el nuevo procurador no dudó en escribir a Roma haciendo llegar sus opiniones sobre lo que ocurría para que se tomaran cartas en el asunto. Tantos muertos en ambos bandos eran un argumento muy sólido para que cambiara la forma de actuar de los legados imperiales en Britannia. El primer paso debía ser (según Classiciano) sustituir a aquél general que, tras tapar un estrepitoso fracaso como gobernador militar con una victoria en el campo de batalla, estaba actuando en una línea no muy diferente a la de los propios bárbaros. Si el César no intervenía, aquella interminable guerra no iba a acabar nunca. Con el tiempo Britannia se convertiría en un reino de muertos y éstos, por razones obvias, no pagan impuestos ni devuelven los préstamos.


Nerón, que sólo conocía la situación de oídas, decidió prudentemente enviar a su liberto Políclito para que en su nombre, no sólo intentara reconciliar al legado y al procurador, sino que además tomara cartas en el asunto de la pacificación de la isla. Evidentemente el argumento de Classiciano era demoledor y más teniendo en cuenta que hasta el principal consejero de Nerón, Séneca, tenía fuertes sumas invertidas en Britannia. Finalmente Políclito, que sería duramente criticado por Tácito, llegó a Britannia y tras entrevistarse con Paulino puso freno en nombre del César a la dureza con la que actuaba. Una vez que el legado se avino a suavizar su trato hacia los vencidos, el liberto imperial escribió a Nerón aclarándole que la situación no era tan extrema como afirmaban las críticas que habían llegado de Classiciano. No obstante era conveniente que se tomaran algunas medidas... (41).


Parecía que Suetonio Paulino iba a continuar como legado de Britannia hasta que expirara su cargo, pero a mediados del 62 d.C., con la excusa de que se habían perdido en la costa unas pocas naves con su tripulación, fue relevado del mando. Sin embargo el desastre de Britannia no acabaría con su carrera política. La victoria en el campo de batalla y la posterior versión que daría de lo acontecido le salvaron su prestigio. Nerón le honraría años después con otro consulado (66 d.C.) que sería el segundo de su carrera. Tres años más tarde participaría en las guerra civil entre Otón y Vitelio formando parte del estado mayor del primero. Según Tácito aún continuaba siendo en aquellos tiempos el militar romano de mejor reputación (tras el suicidio de Corbulón).


Es evidente que Paulino, como todos los grandes militares, tenía un reconocido prestigio social. Remplazarlo sin una excusa o por decisión de Políclito hubiera sido tremendamente impopular. La política de Nerón (posiblemente asesorado por Séneca) fue sin duda la más acertada en ese momento pese a las críticas que se ganaría por parte de Tácito, quién no simpatizaba ni con el orden ecuestre (Classiciano), ni con los libertos imperales (Políclito), ni con la política de no expansionismo en la isla. El sustituto de Paulino fue Publio Petronio Turpiliano, que había sido cónsul el año anterior (61 d.C.). Su política y la de sus sucesores, sería acorde con la que proponía Classiciano y permitirían a la larga el reflorecimiento económico de la provincia.


En el fondo era la consecuencia lógica de todo lo que había ocurrido. Eran muchos los intereses económicos a los que favorecería la paz y Nerón no tenía el menor interés de hacerse con una reputación militar como Claudio. Durante el periodo de gobierno de aquél, que duraría hasta el 68 d.C, ningún gobernador romano intentó expandir las fronteras en Britannia. Se había ido de un extremo a otro. De no preocuparse nadie por el buen gobierno de los pueblos sometidos a abandonar totalmente la posibilidad de seguir expandiendo las fronteras por ser prioritaria la estabilidad. No sería hasta una década después (71 d.C.), durante el principado de Vespasiano, cuando los nuevos gobernadores enviados a Britannia retomarían la empresa de someterla por completo.


Por lo demás, La Legión XIV Gémina, que había llevado el peso principal de la victoria frente a los rebeldes, recibió los apelativos Martia y Victrix pasando a ser la más pretigiosa del Imperio y la favorita de Nerón. La XX Valeria, que también había participado en la batalla aunque en menor proporción, recibiría los apelativos de Victrix y posiblemente de Britannica. Camulodunum sería reconstruida bajo la denominación oficial de Colonia Claudia Victricensis Camulodunensium. Ese apodo de Victricensis pudo deberse a que fueron asentados allí soldados licenciados de la XIV Gémina y la XX Valeria como recompensa a su valor en el campo de batalla. Londinium y Verulamium también serían reconstruidas y repobladas. Ambas terminarían convirtiéndose en ciudades romanas. Dada la ubicación estratégica de la primera, terminaría convirtiéndose muchos años más tarde en la capital provincial bajo la denominación de Londinium Augusta (42).


Ajeno a todos estos asuntos de la alta política imperial, un joven tribuno militar aprendía de sus experiencias sobre aquellos terribles sucesos que habían tenido lugar. Sus reflexiones iban a ser decisivas cuando años después gobernara la provincia. Le llamaban Agrícola...

 

Fin de la IV parte del trabajo BRITANNIA.
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Notas.

27). Tácito, Anales 14, 33. Volver

28). Dion Casio, Historia Romana 62, 8, 1. Para las precauciones que debían tomar los generales romanos cuando marchaban por territorio enemigo: Flavio Vegecio, Instituciones militares 3, 6. Volver

29). Entiendo que Tácito se refiería al número total de muertos desde que estalló la rebelión hasta que finalizó. Aún así la cifra parece exagerada.Volver

30). Tácito, Anales 34. El hecho de que fuera el praefectus castrorum (tercer oficial al mando de una legión) el que estaba al mando de la II Augusta era debido posiblemente a que tanto el legado de la legión como el tribuno laticlavio de la misma (Cneo Julio Agrícola) estaban junto a Paulino en su expedición a Mona. El propio Tácito (Agrícola 5) señaló que Paulino eligió al joven Agrícola para formar parte de su Cuartel General. De ahí podemos conjeturar que, aunque Tácito no lo dijera expresamente, tal vez en el ejército que ocupó la isla participaron algunas tropas de la II Augusta, ya fueran auxiliares o cohortes legionarias. Volver

31). Dion Casio, Historia Romana 62, 8, 2.Volver

32).Tácito, Anales 14, 35. Volver

33).Tácito, Anales 14, 36. Volver

34). Tácito, Anales 14, 37. Pila -orum en latín es el plural de pilum -i. Era una jabalina larga construída con una base de madera de pie largo y una parte superior de hierro de punta triangular. Estaba diseñada, desde los tiempos de Cayo Mario, para romperse una vez lanzada contra el enemigo y que de esa manera no pudiera usarse de nuevo. Por lo general se solía usar al iniciarse la batalla para diezmar a los enemigos que se aproximaban a la formación de combate propia. Bien utilizado, el pilum podía atravesar cualquier protección corporal de la época. Volver

35). Caput porcinum o Cabeza porcina (o de jabalí) era como llamaban los romanos a la formación en cuña. Según Flavio Vegecio (Instituciones militares 3, 19): "Llámase cuña a un cuerpo de infantería que marcha unido al cuerpo de batalla, cuyo frente termina en punta y se va dilatando hacia la espalda; y sirve para romper la formación del enemigo porque muchos de sus soldados dirigen sus tiros a un mismo paraje. A esta formación llaman los soldados cabeza de Puerco". En cuanto a la forma de dar las órdenes en combate, el propio Vegecio (Instituciones Militares 2, 22) señalaba que la orden de ataque y de retirada se daba con la trompeta (tuba). Su toque no iba dirigido a los soldados, sino a los oficiales al mando (centuriones y/o tribunos angusticlavios) quienes a su vez transmitían la orden a la tropa. La trompeta se diferenciaba del cuerno (cornu) en que la primera era alargada y la segunda formaba una especie de rosca (Idem 3, 5). En ocasiones se daba también la orden de ataque haciendo sonar a la vez trompetas y cuernos (Tácito, Anales 1, 68, 3). Los soldados encargados de hacer llegar las órdenes con estos instrumentos recibían el nombre de tubicines y cornicines. Volver

36).La cifra de 80.000 muertos parece exagerada. Tampoco es creíble que alguien se detuviera en contarlos. La de las bajas del ejército romano, en cambio, sí puede que sean ciertas. Es lógico pensar que tras la batalla se hiciera un recuento para saber con que efectivos se contaban. También de los que precisaban la asistencia de los galenos. Dion Casio describió la batalla en Historia Romana 62, 12, aunque parece mucho más fiable la versión de Tácito. Volver

37). Según Dion Casio (Historia Romana 62. 12) le dieron un entierro costoso. No parece muy verosímil dadas la circunstancias del momento. Lo más probable es que lo hicieran en algún lugar secreto y de forma discreta, para que la tumba no fuera profanada por los romanos. Volver

38). Dion Casio (Historia Romana 62, 1-12) dio una versión de los hechos que difiere de la de Tácito. En primer lugar eludió atribuir responsabilidades de la sublevación a Paulino y su administración cargando las culpas a Deciano Cato, a Séneca y a Boudicca. En segundo lugar exageró descaradamente las cifras dando a entender que la sublevación tuvo mucha mayor gravedad de la real. En tercer lugar llenó de discursos inventados su relato al que siempre trató de dar un cierto toque sensacionalista. En cuarto lugar describió la batalla final como una lucha igualada, lo cual lleva a pensar que trataba de dar más méritos a Paulino de los que en realidad tuvo disfrazando lo que fue una matanza en toda regla. ¿Cómo podemos explicar todo esto?. Dion Casio escribió sobre estos acontecimientos casi dos siglos después de que ocurrieran. Posiblemente se basó en los informes oficiales que llegaron a Roma, al igual que hizo con la campaña del 43 d.C. ¿Quién dio la versión oficial de los hechos por ser la máxima autoridad en Britannia en esos tiempos?. Sólo pudo ser Paulino. Éste, que sabía la importancia de las versiones oficiales en la Roma de la época (recordemos su experiencia en África), trató seguramente de salvar su imagen por todo lo ocurrido dando una versión de los hechos que le convenía más que la real. Si analizamos su actuación en las guerras civiles que siguieron a la muerte de Nerón (Tácito, Historias) nos daremos cuenta de que, pese a su enorme reputación, no era el grandísimo general que todo el mundo pensaba. Volver

39). Tácito, Anales 14, 38. De aquí podemos deducir que los rebeldes no aplastaron a toda la IX Hispana cuando derrotaron a Cerial, sino sólo a parte de ella. Por otro lado sabemos por Suetonio (Tito, 4) que Tito, hijo de Vespasiano y sucesor de éste como princeps romano, sirvió en la IX Hispana. Puesto que antes había servido en Germania, lo más probable es que fuera uno de los oficiales que acompañaran a esos refuerzos. Volver

40).Classiciano era un provincial originario de las cercanías de Trier, en Moselle, yerno de otro distinguido provincial llamado Julius Indus. Fue sin duda un personaje muy importante en Britannia durante los años siguientes a la insurrección de Boudicca. Su enorme monumento funerario fue encontrado en la actual ciudad de Londres y se conserva hoy en el Museo Británico. No era un personaje del agrado de Tácito, quién parece tomar claro partido por Paulino en este enfrentamiento. Es lógico, por otra parte, si tenemos en cuenta que éste pertenecía al orden senatorial (como Tácito) mientras que Classiciano formaba parte del orden ecuestre. Volver

41).Tácito Anales 14, 39. Es evidentemente que a Tácito no le debía hacer ninguna gracia que un antiguo esclavo estuviera por encima de hombres de rango senatorial como él. De ahí que hablara tan mal de Políclito en sus textos. Que éste tuviera o no una actitud prepotente desde su punto de vista no tiene en realidad mayor relevancia. Fue un hombre al que se le encomendó una misión diplomática muy delicada y es evidente que tenía que hacerse respetar. Más aún si cabe teniendo en cuenta su condición de liberto. Volver

42).Durante las guerras civiles que siguieron a la muerte de Nerón, la Legión XIV Gémina seguía siendo considerada la más prestigiosa de todo el Imperio y junto con las otras tres de Britannia, la más disciplinada (Tácito, Historias 1, 9, 1; 2, 11, 1; 2, 32, 2). Volver

 


AUTOR DEL ARTÍCULO: CARLOS JAVIER PACHECO LÓPEZ
REALIZACIÓN TÉCNICA, MAPAS, ILUSTRACIONES Y COMENTARIOS DE LAS ILUSTRACIONES: SÁTRAPA1


Carlos Javier Pacheco López, enero 2007.

Ocehcap076@hotmail.com