Resumen
de lo anteriormente publicado.
La
guerra que había nuevamente estallado entre Roma y Macedonia
llevó a las legiones de vuelta a Grecia.
A diferencia de la I Guerra Macedónica, en la que las fuerzas
romanas se habían limitado a unos pocos miles de hombres
operando bajo la cobertura de la escuadra, ahora es todo un ejército
consular el que protagoniza el desarrollo de las operaciones.
Los romanos, decididos a quebrar de un solo golpe el poder de
Filipo V, se encuentran con dos dificultades con las
que en principio no contaban: por un lado la tenaz resistencia
del macedonio, un rival a quien en principio no parecían
respetar en su justa medida, y por otro, y lo que es más
importante, su profundo desconocimiento de la geografía
del territorio en donde operan.
Por estas causas, y durante los dos primeros años del conflicto,
las fuerzas romanas no consiguen llevar adelante ninguna acción
resolutiva, ni siquiera aproximada. La estrategia de Filipo,
que rehuye el enfrentamiento directo (1) y se conforma con dejar
que los romanos se agoten tratando de encontrarle entre las montañas,
se impone a la más tosca y simple empleada por sus enemigos:
buscarlo, combatirlo y destruirlo.
Cuando
Tito Quinto Flaminino se hace cargo de las operaciones,
se encuentra a las legiones romanas bloqueadas en el Epiro. Filipo,
consciente de la necesidad de mantener a sus enemigos retenidos
en aquel difícil territorio, hace ahora de este imperativo
estratégico su principal objetivo de la campaña.
Mientras los romanos no lleguen a contactar con sus aliados en
el sur de Grecia o penetren en las tierras bajas, más accesibles,
que se abren al otro lado del Pindus, la guerra, moral y propagandísticamente,
será para el Macedonio.
Filipo necesita ganar tiempo; sabe que no puede
vencer a Roma, pero también que el dinasta seléucida,
Antíoco III, el rey más poderoso
de Asia, está muy cerca de decidir su intervención
en el conflicto. Esa es su única esperanza y a ello se
agarra como a un clavo ardiendo.
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La
trayectoria del rey seléucida es un tanto confusa y contradictoria.
Envuelto él mismo en conflictos, aunque de menor gravedad
que el sostenido por Filipo, no parece darse ninguna prisa en
sostener a un rey macedonio que ve casi más como rival
que como potencial aliado. Es difícil que Antíoco
pueda calibrar todavía la tremenda desventaja en la que
se encuentra el macedonio, enfrentado a la mayor potencia del
Mediterráneo. Quizá duda de que el resultado del
choque entre ambas potencias este tan claro como ahora se nos
antoja a nosotros en nuestros días. En aquellos tiempos,
el legendario prestigio de la falange y de la propia Macedonia
está todavía intacto, es pronto pues para correr
en ayuda de un reino, y sobre todo de un rey, tan astuto como
ambicioso, y que hasta la fecha no ha sufrido ninguna gran merma
en su poder. |
| TITO
QUINTO FLAMININO Y SU LLEGADA AL FRENTE |
| Mapa
1. |
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El
nuevo cónsul, que que llegaba al Iliria con renovadas energías,
tenía por delante una complicada tarea. Por un lado en el ejército
expedicionario se acababan de vivir tumultuosas jornadas. Los legionarios,
muchos de los cuales habían cumplido ya el tiempo de su servicio
en armas, habían causado algunos contratiempos hasta que el senado
comprendió lo razonadas de sus demandas y accedió a su relevo.
Esto suponía para Flaminino contar con un buen
número de veteranos menos y, a la inversa, un considerable remplazo
de reclutas que conducir por primera vez a la guerra. Probablemente para
suplir este inconveniente, el romano, para la campaña en curso,
había echado mano de unos 3.000 voluntarios escogidos además
de otros refuerzos. En Italia era fácil por entonces enrolar veteranos;
recordemos que la Guerra Púnica acababa de finalizar y sin ninguna
duda serían muchos los soldados desmovilizados hastiados de la
inactividad.
Flaminino pudo así escoger a los mejores entre
muchos y que para él eran los veteranos de la Guerra
de África, soldados que habían servido con Escipión
y que curiosamente, a buen seguro, un buen número de ellos venían
de las antiguas unidades castigadas tras la derrota de Cannas a manos
del cartaginés Aníbal. Estas
tropas serian encuadradas en las filas de los princeps, los mejor
armados y seguramente mejores combatiente de la legión, aunque
siendo los más veteranos y de mayor edad y eran los menos aptos
para los grandes alardes físicos.
Los
supervivientes de Cannas fueron castigados con el exilio de Italia.
Se les envió a servir a diez mil de ellos a Sicilia. Allí
combatieron muchos años bajo el mando de Marcelo y otros
muchos. Ganada para si una reconocida fama de combatientes de primera
clase. Escipión los escogió como lo más granado
de las fuerzas romanas, junto con parte de sus veteranos de Hispania,
para su proyectado ataque a Cartago (204/202 a.C.).
Ahora, pocos años después, el joven Flaminino hace
lo mismo y les vuelve a llamar para una campaña en la que
sin duda es la perspectiva de un ingente botín la que hace
que estos hombres se alisten de nuevo bajo sus banderas.
La totalidad de las fuerzas comandadas por Tito, entre las que se
contaban también los necesitados reemplazos que las agotadas
legiones ilirias reclamaban, eran los 3.000 veteranos citados más
300 jinetes, todos ellos romanos; de los latinos fueron 5.000 infantes
y 600 jinetes. |
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El
segundo problema que el cónsul debía afrontar, no sólo
era la difícil situación estratégica en que se encontraban
sus fuerzas, sino el plan de operaciones que debía escoger, dentro
de las muy limitadas opciones que se abrían ante ellos, ya que
además, no lo olvidemos, era imperativo pasar a la ofensiva de
inmediato.
Para
el romano,
buena parte de la fortaleza de Filipo descansaba en el
apoyo representado por sus muchos aliados, repartidos así mismo
por todo lo largo y ancho de la geografía griega. El joven cónsul
Flaminino (1) decidió
antes que nada quebrar esta simbiosis. Su primer objetivo, a medio y largo
plazo, estaba perfectamente definido.
Sin embargo, todavía tenía que salir del atolladero en el
que se encontraba el ejército romano en el Epiro. Sensiblemente
alejado del centro de Grecia, mientras no pudiese maniobrar con libertad
por el territorio griego seria inútil cualquier intento de acercarse
diplomáticamente al resto de las potencias griegas del momento.
Como explicábamos en la primera parte del trabajo, Filipo
había cerrado el paso al ejército romano estableciendo un
fuerte dispositivo de defensa en un lugar propicio del valle que formaba
el río Áoo a su paso por el Epiro. Allí, a base de
construir trincheras y empalizadas, torres y fosos, y emplazar además
un buen número de maquinaria de guerra, había desbaratado
todos los intentos romanos de tomar sus posiciones y abrirse paso hacia
el sur.
La situación presente no dejaba muchas alternativas, como bien
sabía el romano. Volver a emprender una nueva campaña a
través de Iliria le alejaba de Grecia y de su objetivo de acercarse
a los estados griegos, y además ya se había demostrado muy
complicada de llevar adelante, tanto por la dificultad del terreno en
el que operar, como por la imposibilidad de garantizar el correcto abastecimiento
de sus fuerzas en aquel enrevesado teatro de operaciones.
Para Tito Quinto Flaminino la única opción
en esos momentos era realizar un ataque frontal con el objetivo de expugnar
las defensas macedonias en el Áoo, tras lo cual no podrían
ser ya detenidos en su avance hacia el corazón de Grecia. La operación
era sin duda complicada, pero el cónsul rebosaba confianza y seguramente
no le cabía duda de que, de una forma u otra, se alzaría
finalmente con la victoria.
Tardó
Flaminino, no obstante, algún tiempo en ponerse
en movimiento. Para Filipo la aparente inactividad del
romano significaba una oportunidad para entablar negociaciones. Daba la
impresión de que el cónsul estaba desconcertado ante la
complicada situación estratégica y táctica en que
se encontraban sus fuerzas. ¿Por qué no, entonces, desde
esta posición de fuerza, tratar de buscar una salida negociada
antes de que fuese demasiado tarde?
Desgraciadamente para Filipo, Flaminino
tenía bien claro que por las armas, o mediante la negociación,
debía dar término a la hegemonía de Macedonia en
Grecia. Los términos del acuerdo ofrecidos por el romano a Filipo
eran por tanto inaceptables para este. Consecuentemente la continuación
de la guerra se hacía inevitable (2).
INICIO
DE LAS OPERACIONES 198 a.C.
El
ataque sobre las posiciones macedonias dio comienzo en cuanto el ejército
romano se encontró preparado para la batalla. Sus fuerzas, sin
contar con las guarniciones dejadas atrás, rondarían las
de un ejército consular al completo, aunque seguramente con un
poco más de caballería de la habitual.
El ataque, llevado adelante de una manera resuelta aunque seguramente
sin mucha convicción, se estrelló contra las fortificaciones
macedonias. En primera instancia los macedonios entablaban combate fuera
de sus defensas, pero empujados hacia ellas encontraban en las mismas,
erizadas de armas pesadas (balistas, catapultas etc.) un apoyo decisivo
que inclinaba inevitablemente el balance del encuentro del lado macedonio.
Después de algunas pérdidas, Flaminino
dio la orden de retirada. Había visto y sopesado el calibre de
las defensas de su enemigo, y se daba cuenta de su terrible fortaleza.
Si quería vencer a Filipo necesitaba poco menos
que la ayuda divina y esta vino, sorprendentemente, de manos de un humilde
pastor de la zona.
Mapa
satélite. Posiciones macedonias en el Río
Áoo cerrando el camino que
une Iliria con el Epiro y el resto de Grecia. |
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Al igual que antaño los persas expugnaron el Paso de las Termópilas
utilizando un camino de montaña que lo rodeaba, a Flaminino
se le ofrecía una oportunidad similar. Aquel pastor señaló
a los romanos la posibilidad de subir a la cumbre de las montañas
adyacentes al paso defendido por Filipo haciendo uso
de un pequeño y desconocido sendero.
La suerte estaba echada. Flaminino encomendó a
4.000 infantes y 300 jinetes escogidos la misión de dirigirse a
través de este hasta coronar alguna de las cumbres desde donde
se dominaban, por la espalda, las posiciones del enemigo. Una vez allí
y mediante señales de humo le advertirían del éxito
de su misión para, a continuación, atacar por detrás
a los macedonios.
Un
día después, cuando muy a lo lejos se pudo apreciar una
cierta humareda, señal inequívoca de que el destacamento
había llegado a su destino, el resto del ejército se puso
en movimiento. Se entretendría a los defensores del paso realizando
un fuerte y vigoroso asalto. Para el mismo, el cónsul dividió
a sus fuerzas en tres columnas de ataque. Mientras la central se lanzaba
contra la parte más baja y accesible de las fortificaciones, las
otras dos laterales se dirigían cada una de ellas contra las dos
laderas que delimitaban el camino. Había que ganar tiempo para
que los romanos apostados ahora al otro lado del paso alcanzaran y atacarán
por sorpresa la retaguardia macedonia en el desfiladero.
Flaminino
dio comienzo al asalto frontal, y como era habitual, se entabló
primero un combate fuera de las fortificaciones. Tras las primeras escaramuzas,
los macedonios fueron empujados hacia sus propias empalizadas. Una vez
en ellas, las tornas cambiaron de inmediato. Una nutrida y continuada
descarga de proyectiles de todos los calibres y tipos cayeron entonces
sobre las columnas atacantes. Los romanos comenzaron a sufrir numerosas
bajas debido a lo comprometido de su situación cuando, de repente,
el destacamento que avanzaba por la retaguardia macedonia se hizo finalmente
visible a los defensores.
El asalto romano tomó nuevos bríos y los macedonios, atrapados
ahora entre el feroz asalto frontal y la incertidumbre de verse rodeados
por los que venían desde atrás, rompieron filas y se dieron
a una precipitada pero rápida fuga.
Dado
lo enrevesado del terreno fueron muchos los que no supieron lo que estaba
ocurriendo hasta que fue demasiado tarde. Varios núcleos de resistencia
macedonios fueron así rodeados y exterminados por los legionarios
quienes, sin embargo, no pudieron perseguir a la mayoría de las
tropas del rey que en masa huían perdiéndose por el desfiladero
(3). La infantería romana no
podía desenvolverse con soltura por aquellos agrestes parajes.
Lo que podía haber sido un auténtico desastre se convirtió
solamente en una severa derrota. Filipo en persona, además,
dirigió la reorganización de sus fuerzas en retirada, logrando
entonces devolver a filas a buena parte de los fugados. Derrotadas, las
fuerzas del rey continuaron siendo al menos una apreciable fuerza de combate
y, pese a todo y en retirada, operativa.
Roto
el bloqueo en el Áoo, el camino estaba libre por fin para avanzar
sobre Grecia.
Flaminino, después de permitir a sus hombres saquear
a conciencia el rico campamento abandonado por los macedonios en su huída,
marchó tras los pasos del ejército en retirada.
Gracias a los víveres capturados al enemigo, el avance romano pudo
hacerse en calma y sin perturbar a la asustada población de las
regiones por las que pasaban. Esta disciplinada actitud hizo mella en
el sentir de los griegos, acostumbrados a ver los incontenibles desmanes
de los diferentes ejércitos en campaña, comenzándose
de esta forma a fraguar en la opinión pública griega una
imagen muy positiva tanto de las tropas romanas como del Cónsul
que las dirigía.
II
Parte
Notas..
(1)
Cuando fue elegido para
el cargo tenía menos de 30 años de edad. -volver-
(2) Las
condiciones eran tan duras (abandonar prácticamente todas
sus posesiones fuera de Macedonia) que el rey exclamó “Qué
condición más dura me impondrías, Tito Quinto,
si fuera vencido”. En verdad era así. -volver-
(3)
Filipo luego echara en cara a sus auxiliares ser
los primeros en echar a correr cuando, por contra, buena parte de
sus macedonios resistieron hasta el final en sus posiciones. -volver-
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