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II. FILIPO EN RETIRADA
Rotas sus defensas en el Áoo, a Filipo, y a corto
plazo, no le quedaban más cartas que jugar (4).
Reorganizadas sus fuerzas de la mejor manera que pudo, entró ahora
en Tesalia saqueando a su paso todas las poblaciones con la que se
encontró. Si aquellas tierras iban a pasar al enemigo, lo serían
en el peor estado posible, que nada pudiese ser aprovechado (5).
De esta forma, un reguero de destrucción acompañaba los
pasos del ejército macedonio en su retirada.
Era inevitable que los griegos comparasen los crueles efectos del paso
de las fuerzas del rey con la impecable actitud de las legiones romanas
durante su avance por el Epiro.
Filipo,
tras la derrota, corrió a advertir a los griegos de la amenaza
que se cernía sobre ellos. Al menos según su óptica
interesada, un ejército bárbaro venido de Italia se proponía
ahora devastar sin piedad todo el territorio griego.
Para estos fue entonces tranquilizador saber del impecable comportamiento
de las legiones romanas a su paso por el Epiro. Y tanto es así,
que como veremos, al hacer acto de presencia los atacantes en Tesalia,
las ciudades no ocupadas por guarniciones macedonias correrán a
abrir sus puertas al general romano.
Filipo,
en su camino, y tras reducir a cenizas un extenso territorio evacuando
incluso a toda la población con la que se encontraba, se topó
con que la ciudad de Feras le cerraba sus puertas. Las noticias de su
duro comportamiento tenían que terminar por enajenarle la alianza
de las ciudades tesalias más cercanas a él.
Era imposible detenerse, el rey no tenía ni tiempo ni fuerzas como
para emprender el asedio de la ciudad, sobre todo tras las noticias, esperadas
sin duda, de que por fin los etolios habían abandonado su no beligerancia
y corrían ahora a lanzarse sobre Tesalia.
Esta montaraz nación, que hasta ese momento había preferido
mantenerse a la expectativa, no había dudado en volver a hacer
la guerra al macedonio tras su derrota en el Áoo. Con demasiados
a la vista -romanos, etolios y atamanes reunidos- decidió ahora
retroceder sobre Macedonia y, parapetado en los pasos del Tempe, proceder
a movilizar la totalidad de sus fuerzas para la lucha definitiva.
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FLAMININO
PREPARA SU INTERVENCIÓN EN GRECIA
Tras la victoria romana y la ulterior huida del macedonio, Flaminino
intuía que durante del resto de la campaña de aquel año
no encontraría por parte del rey ninguna oposición de relevancia.
Había pues que aprovechar el tiempo para remover hasta sus cimientos
el panorama político griego.
El cónsul era consciente de la importancia de la primera impresión
que su ejército y su causa pudieran causar a todos aquellos antiguos
y recelosos estados de la orgullosa Grecia. Su paso, pues, a través
del Epiro, lo hizo colocando a sus tropas bajo una férrea disciplina.
Sabía que aquella región se había alineado del lado
de Filipo durante los choques precedentes, pero lo más
importante para él era ahora el perdonar las ofensas pasadas a
cambio, por otra parte, de recibir nuevas y sólidas lealtades.
Todos los griegos pudieron ver, y sorprenderse, de la inusitada magnanimidad
del vencedor.
Instalado
ahora en territorio epirota, recibió las nuevas del ataque etolio
a Tesalia, y también de la movilización de los atamanes,
cuyo rey, Aminandro, se acercó hasta el campamento
romano en busca de ayuda militar.
Flaminino, bien dispuesto hacia el atamano, le concedió
la ayuda de algunas tropas. El cónsul, a su vez, perdía
algunos días en aquel lugar reorganizando sus fuerzas y reuniendo
bajo sus banderas un buen número de auxiliares epirotas.
En cuanto a la vital tarea de asegurarse el futuro suministro de su ejército,
se dio la orden a la flota de acudir al Golfo de Ambracia,
lugar desde donde no sería difícil proveer luego a sus unidades,
teniendo en cuenta que Etolia y Atamania se alineaban ya junto a él.
ATAQUES
ETOLIOS Y ATAMANES SOBRE TESALIA
Tal y como Filipo debía temer, la reacción
etolia a su derrota en el Áoo no se hizo esperar. Deseosos de vengar
antiguas afrentas, se lanzaron entonces ferozmente sobre la región
de la Aquea Pitiotida, fronteriza a sus tierras, y un territorio en disputa
desde hacía ya varias décadas.
Una cosa eran los romanos, de los que llegaban grandes alabanzas, pero
otra muy diferente los etolios. Unánimemente temidos y odiados
por sus vecinos tesalios, hicieron lo posible por resistir este nuevo
envite de sus siempre devastadoras fuerzas.
Rechazados de algunos lugares, triunfantes en la mayoría, el avance
etolio fue sin embargo, y en general, tan rápido como exitoso.
En cosa de pocos días tomaron un buen número de poblaciones
que añadieron inmediatamente a sus dominios.
Aminandro, el atamano, se lanzó a su vez sobre
el territorio fronterizo de Gonfos. Región y ciudad que sucumbieron
a los pocos días de iniciado el ataque. Así las cosas, los
desdichados tesalios veían como su país era saqueado y despedazado
por tres ejércitos diferentes.
AVANCE
ROMANO
Una vez que Aminandro había concluido sus operaciones
en Tesalia fue reclamado por Flaminino. Necesitaba de
sus fuerzas, no sólo como apoyo militar, sino para hacer uso de
su conocimiento del territorio por donde debían seguidamente moverse.
De esta forma, y una vez que el ejército del cónsul se había
acercado hasta la misma frontera entre el Epiro y Tesalia siguiendo los
pasos del ejército de Filipo, se introdujo por
fin en el territorio enemigo.

La llanura tesalia
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La
única oposición que sabía podía encontrar
provenía de las numerosas guarniciones macedonias en el país.
Filipo confiaba en que estas podrían retener,
retardar o dificultar en gran manera, su avance por el país.
La primera de ellas con la que se encontró fue la de Faloria: 2.000
soldados de origen macedonio. La importancia de este choque inicial era
manifiesto para todos. Una rápida victoria terminaría por
deshacer la poca moral de lucha que mostraban los tesalios. Una derrota,
por contra, devolvería buena parte de la confianza perdida a los
macedonios.
Día y noche la ciudad fue sometida a un ataque continuo. La guarnición
resistió valientemente las acometidas, pero la resistencia se mostró
finalmente inútil ante la imbatible determinación que mostraban
los soldados asaltantes.
Tras la caída de Faloria, Metrópolis y Cierio abrieron sus
puertas a los romanos y fueron perdonadas.
No en menor medida que la reconocida clemencia del romano, actuó
a su favor la amenaza que para los tesalios representaban los etolios.
La mejor manera de apartarse de sus apetencias era pasarse rápidamente
del lado romano.
Muchas de estas poblaciones, que antaño habían estado bajo
soberanía etolia cuando esta Liga se enseñoreaba de buena
parte del sur de Tesalia, no deseaban, bajo ningún concepto, repetir
aquella experiencia. Ahora que Filipo había desaparecido
(se encontraba ya parapetado en el Tempe) la única posibilidad
de escapar a las apetencia etolias era entregarse abiertamente al cónsul.
Tras
esta primera embestida, Flaminino se dirigió contra
la región de Larisa. Para entonces, Filipo ya
había reorganizado un tanto sus defensas y ahora, parapetado en
el desfiladero del Tempe, enviaba refuerzos a las ciudades más
importantes que veía amenazadas por el avance del enemigo.
Uno de estos enclaves era sin duda la ciudad de Atrage. Hacia allí
marchaba ahora el cónsul sin saber que se encontraría con
una desagradable sorpresa. Como guarnición, Filipo
había remitido a la población tropas escogidas. Soldados
de absoluta confianza que estaban dispuestos a luchar por su rey, y por
su patria, hasta el final.
Ante sus murallas Flaminino desplegó su ejército
y lo envió al asalto de una posición no muy diferente a
otras muchas que ya había atacado anteriormente.
Derruidas sus defensas, pensaba, lo difícil estaba hecho.
Aplicando la usual energía no se tardó mucho en echar abajo
un tramo de su muralla. El asalto posterior a través de la brecha
recién abierta, que normalmente bastaba para terminar con la resistencia
de los defensores, se topó esta vez con la férrea defensa
que del estrecho pasaje hacían los soldados macedonios.
Estos, formando una densa falange, cerraron filas y avanzaron lentamente
sobre los desconcertados legionarios romanos. No mucho después
los asaltantes volvían torpemente a sus líneas, saltando
por entre las ruinas de la muralla empujados hacia atrás por las
sarissas macedonias.
Flaminino
sabía que el prestigio romano, y el suyo propio, no podía
permitirse ningún revés de estas características.
La resistencia debía ser rápidamente aplastada y a cualquier
precio.
El cónsul ordenó primero limpiar la brecha de la muralla
por donde debía volverse a atacar. Los escombros fueron así
retirados para facilitar las evoluciones de los soldados romanos. Después,
y ante la evidencia de la fortaleza de la formación defensiva que
planteaban los macedonios, Flaminino resolvió
adelantar una de sus torres de asalto hasta la misma brecha, para que
los arqueros que transportaba pudieran enfilar con sus disparos, desde
arriba, a la densa formación falangista desplegada al otro lado
de la abertura.
El ataque de los legionarios precedió al movimiento de la torre
de asalto. Tras avanzar hasta la muralla derruida, lanzaron sus jabalinas.
La cerrada formación macedonia no sufrió daño alguno;
a salvo de tales proyectiles gracias al uso de sus escudos, y cuando no,
a la barrera de sarisas hiniestas que rompiendo la trayectoria de los
venablos los hacía prácticamente inofensivos.
La esperanza de Flaminino estaba en que los legionarios,
espada en mano, y escudo al frente, en repetidas oleadas, pudiesen abrirse
paso entre las lanzas del enemigo y llegado al cuerpo a cuerpo destruir
la cohesión de su formación.
Lo estrecho del lugar no admitía, por otra parte, atacar por los
flancos a la falange. El choque frontal era inevitable, y así,
pese a los deseos del cónsul, se fracasó repetidamente en
el intento de hacer ceder a la formación enemiga.
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Según
el cálculo de Polibio, y teniendo en cuenta el estilo
de lucha legionaria, el soldado romano, que no combatía
en formación cerrada, o al menos no en comparación
con sus adversarios griegos, debía enfrentarse ante
él con un total de 10 sarissas enfiladas a diferente
profundidad hacia su persona.
Frontalmente era imposible que los romanos pudiesen derrotar
a la élite macedonia. |
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La
última esperanza, la torre de asalto que tan trabajosamente se
trataba de hacer llegar al lugar de la lucha, se encontró en su
avance con un desnivel que la hizo inclinarse de tal manera que todos
los soldados situados sobre la misma saltaron al instante a tierra asustados.
Los gritos y el terror ocasionado entre los soldados cercanos, al verse
ya aplastados por la mole en su caída, vinieron a desmoralizar
todavía más a los legionarios atacantes. Flaminino,
finalmente, tuvo que darse por vencido. En su primer encuentro con la
falange macedonia había fracasado rotundamente. Lo mejor era abandonar
y retirarse, cuando, por otra parte, no quedaba ya tiempo para operar
con libertad. Había que dar fin obligado a la campaña, el
invierno se echaba ya encima y todavía no se tenía una idea
clara de la manera y el lugar en donde acampar hasta la primavera.
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LA
CAMPAÑA NAVAL
La flota había
sido puesta bajo el mando del propio hermano del cónsul,
Lucio Quinto Flaminino.
Cuando este llegó a Corcira, la escuadra romana ya había
partido hacia Atenas. Lucio Quinto pudo alcanzarla
sin dificultades, pues esta se encontraba obligada a navegar al
ritmo que imponían sus lentos y pesados buques de aprovisionamiento.
Las dos quinquirremes con las que Lucio Quinto
había llegado a Grecia se unieron entonces a la flota romana
en algún punto de las costas de Messenia. Allí relevó
de su cargo al anterior pretor y tomó el mando de la totalidad
de las fuerzas navales romanas en Grecia.
Por aquel tiempo dos
eran las principales funciones de la flota. Por un lado garantizar
el abastecimiento del ejercito romano en campaña, y por otro,
el operar, en principio autónomamente, contra las posesiones
macedonias en las costas del Egeo.
Lucio Quinto se encargará personalmente
de lo segundo, misión por otra parte deseada por cualquiera
con un mínimo de ambición teniendo en cuenta los éxitos
conseguidos durante la campaña naval precedente.
Para el año en curso, las flotas rodia y pergamena habían
unido sus fuerzas y, más o menos llegada la fecha que habían
acordado con sus aliados romanos, acudieron a las aguas eubeas atacando
en primer lugar el territorio de la expuesta, por cercana, Caristos.
Después de los muchos problemas que a Filipo
habían ocasionado las flotas aliadas durante los años
anteriores, las guarniciones en la isla habían sido ampliadas
y eran, al menos aparentemente, suficientes para afrontar cualquier
desafío del enemigo.
Al primer síntoma de la amenaza que se cernía de nuevo
sobre Caristos (ya había sido atacada en el XXX), el mando
macedonio en Calcis remitió a la ciudad los suficientes soldados
como para disuadir a los atacantes de intentar algo más serio
contra la población.
Rechazados de la ciudad y sin nada mejor que hacer ya en aquel devastado
paraje, la escuadra aliada, que contaba con unos 49 navíos
de guerra, se dirigió contra Eretria. Allí se les
unió la flota romana que conducía el pretor, al tiempo
que este daba órdenes de concentrar ante aquella ciudad costera
todos los recursos navales romanos, todavía algo dispersos
a lo largo de la costa peloponesia.
El asedio y asalto de la población fue llevado adelante con
furia y determinación. Desde los propios barcos y desde tierra,
pues toda ella se encontraba bloqueada y rodeada, las máquinas
de guerra machacaron ininterrumpidamente diversos tramos de la muralla
hasta que esta cedió. Para entonces, se había rechazado
ya un intento de los macedonios, venidos de Calcis, de romper el
bloqueo de la población. Con numerosas bajas entre su guarnición
y sus milicias, y con la muralla derruida y abierta ya al asalto
enemigo, los del interior trataron de llegar a un acuerdo de rendición
reclamando la mediación del rey pergameno: Atalo,
a la sazón al frente de su ejército y que participaba
activamente en aquel asedio. Los romanos, dejados inconscientemente
de lado, aprovecharon aquella misma noche para efectuar un asalto
nocturno. Provistos de escalas los legionarios se acercaron a las
murallas. Jugaba a su favor el hecho de que la guarnición
se encontraba confiada ante las negociaciones que habían
dado comienzo aquel mismo día. Solamente las brechas que
se habían abierto en las murallas eran convenientemente vigiladas,
dejando el resto de las defensas casi sin vigilancia. Los atacantes
no tuvieron ningún problema en subir con sus escalas hasta
lo alto de los muros y desatar así el pánico en la
ciudad.
Refugiados en primera instancia en la ciudadela, poco después
se entregaba toda la guarnición a discreción del vencedor.
 |
Después de la
victoria en Eretria, los aliados regresaron a Caristos. La ciudad
estaba perdida, así que ya antes del combate se llegó
a un acuerdo de rendición. Mientras los civiles no recibirían
daño, la guarnición, previo rescate, sería
embarcada y enviada a Beocia, en donde quedarían libres.
La campaña naval propiamente dicha acabaría aquí.
La flota se dirigió ahora a Cencreas, puesto comercial de
Corinto, en donde participaría en el ataque a esta ciudad.
Después del fiasco ante la misma, la escuadra se dividirá.
En el año 197, el último de la guerra, la única
actividad registrada de la flota romana será el ataque a
Acarnannia. De hecho será, como veremos, casi el último
hecho de armas de la II Guerra Macedónica.

| 1)
Lugar de reunión de las escuadras aliadas rodio pergamenas.2)
Ataque a Carystus de donde son rechazados.3)
Ataque a Eretria y victoria decisiva.4) Vuelta
a Carystus y nueva victoria aliada. Desde allí a Cencreas,
Corinto, en donde se emprende una expedición contra la
metrópoli. |
|
CAMBIO
DE RUMBO
Debido
a que los fondeaderos de la flota de suministros en el Golfo de Ambracia
no ofrecían gran fiabilidad (durante los avatares invernales) y
tampoco había en él un gran puerto que utilizar como base
de operaciones, Flaminino decidió mover a la escuadra
hasta el Golfo de Corinto. Allí, la ciudad de Anticira, por aquel
tiempo perteneciente a la Fócide, podría servir para este
cometido. Además, se encontraba inmejorablemente situada para acceder
desde el lugar a los otros teatros de la guerra: de Beocia al Peloponeso.
Una amplia franja de territorios en donde se debía intervenir,
siguiendo sus planes estratégicos, pues los dominios y aliados
de Filipo ocupaban la mayor parte de todas estas regiones.
Así pues, la evacuación de Tesalia era obligada. El cónsul
debería mover a su ejército hacia el sur para contactar
con su flota. El centro de gravedad de la guerra se desplazó de
esta forma hacía el centro de Grecia.
La
Fócide era por aquel entonces aliada de Macedonia. Flaminino
en su marcha hacia Anticira tomó al asalto, una tras otra, todas
las poblaciones que ofrecían alguna resistencia. Y así fue,
al menos hasta la capital del territorio, Elatea, ante la que tuvo que
detenerse más de lo deseado para establecer un asedio en toda regla.

Por
aquel entonces el prestigio del rey Filipo se encontraba
severamente tocado. Al fin y al cabo sus enemigos romanos campaban a sus
anchas y, además, etolios y atamanes se habían unido a ellos.
Ahora Filipo estaba atado de pies y manos, incapacitado
para operar más allá del Tempe y limitado, únicamente,
al envío de pequeños contingentes de refuerzo a sus guarniciones
diseminadas por toda Grecia. En esos momentos, y como muestra de la debilidad
del rey, la flota de guerra romana, unida a la rodia y a la de Pérgamo,
se hallaba fondeada libremente frente a Cencreas; el puerto de Corinto
y principal base macedonia en Grecia. Los aliados se disponían
a desembarcar y atacar la gran ciudad peloponesia.
Esta población,
adyacente a territorio aqueo y ambicionada desde siempre por estos, era
un poderoso imán que atrajo al instante la atención de los
invasores, y más ahora, que disponian de una inusitada libertad
de acción.
Con
los ejércitos romanos al norte y al este y con Macedonia aterida
y recogida en sus fronteras naturales los aqueos comprendieron que era
necesario dar algún paso adelante.
La lucha de intereses surgida entre sus círculos de poder concluyó
con la derrota política del lobby promacedonio, que dirigía
por entonces los destinos de la Liga Aquea. Un nuevo líder, suponemos
que cabeza del grupo prorromano, o al menos abiertamente antimacedonio,
se alzó con el poder.
La importancia de este hecho no se le escapaba al cónsul. La alianza
con los aqueos, hasta entonces no beligerantes, supondría el golpe
de gracia para la ya maltrecha hegemonía macedonia. Flaminino,
retenido por el asedio de Elatea, no tenía tiempo que perder. Ordenó
entonces a su hermano, recordemos que comandante en jefe de la flota romana
en Cencreas, el remitir a los aqueos una embajada oficial uniendo a ella
a representantes rodios, atenienses y pergamenos.
ALIANZA
CON LOS AQUEOS Y ASEDIO DE CORINTO.
Reunida
la asamblea de los aqueos para debatir la propuesta de alianza presentada
por los romanos y sus aliados, se produjo como era de esperar un acalorado
debate. No era fácil, pese a contar con el respaldo del pretor
de los aqueos, que los representantes de la Liga respaldasen de buenas
a primeras la ruptura con Macedonia, su viejo aliado. Y sobre todo para
caer luego en los brazos de un recién llegado como el romano. Sin
embargo y pese a que Filipo contaba con sólidos
apoyos en el seno de la Liga, los romanos se salieron con la suya.
Los recientes reveses del rey macedonio pesaron mucho
en la balanza, por no hablar de la robustez de la coalición encabezada
por Roma. Estaba claro que tarde o temprano los aqueos tenían que
tomar una decisión, empujados a salir de su no beligerancia, y
que sin duda la más sensata y pragmática decisión
era la de acercarse a la órbita romana (7).
 |
La
Liga Aquea estaba compuesta por un buen número de ciudades
del Peloponeso, siendo siempre difícil, por no decir imposible,
obtener un dictamen político de este calibre con la unanimidad
esperada. En esta ocasión, fueron varias las poblaciones
que se negaron a seguir las resoluciones de la asamblea de la Liga.
Tampoco se tomaron represalias contra ellas. En realidad eran las
ciudades que se sentían deudoras de la amistad demostrada
por Filipo o Macedonia durante los años precedentes. Ciudades
como Dime, que saqueada y devastada por los romanos durante la I
Guerra Macedónica, con toda su población esclavizada
y vendida por estos, fue toda ella reconstruida, y sus ciudadanos
rescatados, por orden directa de Filipo. O los megalopolitanos,
que expulsados por los espartanos de su tierra, habían sido
devueltos a ella gracias a la intervención de Antígono,
antecesor y padre de este Filipo que ahora reinaba entre los macedonios. |
Tras
acordar unirse a romanos, pergamenos y rodios en su guerra contra Macedonia,
el ejército aqueo se dirigió contra Corinto, la base de
Filipo en el Peloponeso y amenazada ya por los contingentes
aliados reunidos en Cencreas.
Romanos, aqueos y pergamenos se repartieron la tarea del asedio. Cada
contingente atacaría un sector, buscando sin duda desbordar la
capacidad de reacción de la nutrida guarnición macedonia
y corintia, pues la población también colaboró lealmente
en la defensa.
Después de unos días, las labores de zapa de los atacantes
tuvieron éxito. Un tramo de la muralla en el sector que dependía
de los romanos fue derruido a golpe de ariete. Por la brecha resultante
los legionarios se lanzaron al asalto.
Andróstenes, jefe de la guarnición macedonia, respondió
al instante remitiendo al lugar una nutrida ayuda. Los romanos, en apuros,
solicitaron entonces a aqueos y pergamenos el envío a su vez de
tropas de refuerzo. Cuando parecía que los atacantes se iban imponiendo
definitivamente a los defensores, y con ello sellaban el destino de la
gran ciudad del istmo, un grupo de soldados italianos se lanzaron ferozmente
sobre las tropas asaltantes. Tras un corto y sangriento combate las hacían
retroceder expulsándolas de vuelta al otro lado de las murallas.
Se
daba el caso de que en la ciudad se encontraban instalados un buen
número de exsoldados romanos o latinos. Individuos que en
la Guerra Púnica desarrollada en suelo italiano habían
desertado de las legiones y se habían pasado a los cartagineses.
Concluida la guerra solo les quedaba el exilio como seguro refugio,
siendo las filas del ejército macedonio, o el cobijo dentro
de los dominios del rey Filipo, lo único
que parecía garantizar esto último.
Ahora, que veían estupefactos como las tropas
romanas amenazaban con conquistar Corinto, sabían del atroz
destino que les esperaba de caer vivos en manos de sus compatriotas.
Armados y resueltos a defender caras sus vidas, los romano-latinos
de la ciudad, alineados con los macedonios, cargaron con una inusitada
furia sobre las tropas que conseguían en esos momentos abrirse
paso por la brecha abierta en la muralla. El combate, sin duda durísimo,
fue para los resueltos aliados de los macedonios. Retomada la brecha,
los defensores cerraron el paso y lograron, al menos por ese día,
mantener sus posiciones (8). |

Murallas de Acrocorinto, la acrópolis
de la ciudad |
Poco
después los sitiados reciben el refuerzo de 1.500 hombres comandados
por Filocles, probablemente el comandante de las guarniciones
del rey en Beocia. Incapacitados para bloquear totalmente la ciudad por
tierra y mar, dado el gran perímetro de la población y la
relativa debilidad de sus fuerzas, los aliados deciden darse esta vez
por vencidos y abandonar el asedio. Cada cual se dirigió hacia
el mejor sitio en donde invernar. Los romanos a Corcira, los pergamenos
a Cencreas.
El
asedio de Elatea no fue una tarea fácil. La guarnición
macedonia luchó con tanta valentía como resolución
retrasando durante muchos días el esperado triunfo
del cónsul. Al final, una vez que la muralla fue
tomada por los asaltantes, y con los defensores fortificados
en la acrópolis de la ciudad, Flaminino prefirió
llegar a un acuerdo con los macedonios a continuar la lucha,
permitiendo su retirada.
Para entonces el revés aliado ante Corinto había
ya sucedido y para mayor frustración, debía
ver como Filipo ganaba para su causa la siempre relevante
ciudad de Argos.
Foto:
emplazamiento de la antigua ciudad de Elatea.
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Tras
la caída de Elatea había llegado el momento de retirarse
a los cuarteles de invierno. Mientras los romanos se distribuían
por los territorios de Fócide y Locride Epicnemidia y Opunte, la
guerra se recrudecía en el Peloponeso.
En
Argos, una sedición provocada tanto por el oro macedonio como por
el apoyo de Filocles (9) con el bando
democrático de la ciudad, hizo dar un vuelco repentino a la posición
política de la polis. Los revolucionarios, que pese a dominar el
sentir de la plebe no controlaban militarmente la situación, hicieron
venir al líder macedonio y a sus soldados a Argos. La guarnición
aquea de la ciudad, 500 jóvenes escogidos, trató de salir
al paso de los recién llegados.
Para su sorpresa, los aqueos, que formaban frente a la ciudad y esperaban
sin miedo la embestida de los macedonios, vieron como los soldados argivos
comenzaban a su vez a salir por las puertas de Argos y se alineaban para
atacarles a ellos por la espalda.
Rodeado, Enesidemo, oficial al mando de la unidad aquea,
optó por llegar a un acuerdo con Filocles con
tal de salvar a aquellos valientes muchachos hoplitas que se retiraron
y marcharon en dirección a las poblaciones aqueas más cercanas.
Sin embargo, Enesidemo no estaba dispuesto a abandonar
el puesto que le habían encomendado. Junto con algunos de sus soldados
que habían preferido quedarse junto a él se preparó
para una lucha que tenía perdida de antemano.
Filocles tampoco le proporcionó la heroica muerte
que reclamaba, le envió a sus peltastas tracios e ilirios, que
con sus proyectiles acabaron desde lejos con todos aquellos desdichados.
LA OPORTUNIDAD DE LLEGAR A UN ACUERDO ANTES DEL
ENFRENTAMIENTO DEFINITIVO
Aprovechando
la llegada del invierno y la obligada pausa en las operaciones militares,
Filipo trató de sondear la oportunidad de llegar
a un acuerdo pacífico. Las conversaciones que entonces se llevaron
adelante fueron largas y serias. En ellas Filipo trató
de ceder todo lo que su honor o reputación podían permitirle
hacerlo. Sin embargo, la intransigencia de los aliados griegos de los
romanos, terminaron por llevar la negociación a un punto sin salida.
Siendo
ya el choque final inevitable, Filipo se volcó
en la tarea de preparar sus fuerzas para el envite.
El país había sufrido durante los últimos años
una relevante pérdida de recursos humanos. Habían sido muchos
los conflictos en los que el rey se había visto, por unas causas
o por otras, involucrado. Todo esto, unido a la gran cantidad de soldados
que el rey tenía distribuidos y retenidos en guarniciones por toda
Grecia y Asia, reducían al mínimo su capacidad de movilización,
en aquella hora, además, que se demostraba definitiva.
Incapacitado, pues, para poner en línea un ejército como
los de antaño. Se veía obligado a echar mano de jóvenes
de hasta 16 años, y veteranos, ya mayores, pero que al menos podían
soportar mínimamente las fatigas de la guerra, todo con tal de
nutrir y completar las filas de su falange.
Como no podía ser de otra manera, también los contingentes
que mantenía repartidos por Grecia debieron ser reducidos en lo
posible para reforzar las filas del ejército operacional.
Argos, la ciudad recientemente ganada en el Peloponeso, fue entregada
entonces al tirano Nabis de Esparta garantizándose
así al menos que la ciudad se mantendría fuera de las manos
de los aqueos. Filipo necesitaba las tropas que mantenía en la
ciudad pues había resuelto organizar un pequeño ejército
de campaña en Corinto. Estas fuerzas podrían mantener en
vilo a los aqueos en el Peloponeso y evitar así un mayor compromiso
de los mismos en la lucha, esta sí decisiva, que se debía
dar más tarde en Tesalia.
La apuesta de Filipo por Nabis salió
mal. El tirano, en cuanto se hizo con la población, se puso en
contacto con Flaminino y entró en alianza con
él. De hecho, 600 arqueros cretenses que servían en el ejército
del tirano militarán en Cinoscéfalos del lado romano.
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A
finales de aquel invierno, en cuanto el clima dio un respiro,
los dardanos se lanzaron una vez más sobre Macedonia.
Filipo, aparentemente desbordado por toda aquella acumulación
de problemas y reveses que arrastraba desde el año
anterior, no quiso bajo ningún concepto permitir que
aquellos viejos enemigos pudiesen salirse con la suya. Organizando
una rápida leva de tropas en el territorio donde invernaba,
logró poner en armas unos 6.000 hombres de a pie y
500 de caballería.
Interceptados los dardanos en las cercanías de Estabos
(Peonia) fueron desechos en la lucha. Luego fue sólo
puro tramite el perseguirlos y empujarlos hasta sus fronteras.
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CAMPAÑA
DEL 197 a.C.
Al
llegar la primavera las fuerzas romanas se pusieron en movimiento. Para
el cónsul, como primera medida antes de marchar directamente contra
Filipo, era prioritario terminar de someter el resto
de territorios que en Grecia Central se alineaban todavía
con los macedonios. Beocia, y Tebas como cabeza de la región, pasó
entonces a primer plano. A nadie se le escapaba ya la difícil situación
en que se encontraba el rey Filipo, por lo que en realidad
no se hizo difícil el empujar a todos los beocios a abrazar la
causa de los aliados (10). Concluida
la pacificación de toda Grecia, sólo quedaban por someter
los acarnanios, siempre leales a Macedonia y al propio Rey Filipo,
y contra los que el cónsul envió la flota.
REFUERZOS
ROMANOS PARA LA CAMPAÑA DEL 197 a.C.
200
Jinetes Númidas.
10 elefantes norteafricanos.
6.000 infantes romanos y latinos.
300 Jinetes romanos.
3.000 aliados italogriegos para la flota.
La
cab. númida no ejerció ningún protagonismo
durante la corta campaña de Cinoscéfalos. Ni
su número ni el terreno por donde se movieron eran
los más adecuados para la tarea encomendada. |
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Después
de abandonar Beocia Flaminino, que marchaba ya hacía
el norte con el ejército consular en pleno, esperaba recibir junto
a él a los refuerzos enviados por la Liga Etolia, con diferencia
los más importantes aliados con los que contaban. A los 20.000
hombres que comandaba el romano se unieron durante aquellos días
unos 6.000 infantes etolios y 400 jinetes. Con todos ellos y ya en la
frontera tesalia Flaminino dio comienzo a la campaña
que pondría fin a la llamada II Guerra Macedónica.
I
Parte - III Parte
Notas..
(4)
El ejército
macedonio en pleno sólo se movilizaba en casos excepcionales,
y este era uno de ellos. Filipo solamente mantenía
en campaña una mediana fuerza operativa, calculó que
unos 15.000 hombres, la mayoría infantería ligera
o auxiliar. Suficientes para operar en aquellos territorios escabrosos
por donde se movía, pero absolutamente incapaces de afrontar,
en campo abierto, un choque contra el ejército romano. Filipo
debía llamar a la falange, pero la movilización de
la misma requería de mucho tiempo, algo de lo que no disponía
el rey. Así pues, cualquier enfrentamiento serio debería
posponerse hasta la siguiente primavera. -volver-
(5) Ponía
en practica la estrategia que tan buen resultado le había
causado en Macedonia contra los romanos. -volver-
(6)
Filipo luego echara en cara a sus auxiliares
ser los primeros en echar a correr cuando, por contra, buena parte
de sus macedonios resistieron ahsta el final en sus posiciones.
-volver-
(7)
A la larga, esta decisión fue muy
discutida entre los aqueos. Décadas después, aunque
con la comodidad de no haber sido testigos de los hechos ni de haber
vivido aquel tiempo, se condenó duramente la actitud del
pretor Aristeno, tachándola de traición al pueblo
aqueo.
Los griegos, que a mitad del siglo II a.C. habían perdido
ya prácticamente toda su libertad a manos de la superpotencia
romana, al reflexionar sobre el hecho, buscaban responsables del
inicio de esta hegemonía entre aquellos políticos
helenos que se alinearon junto a los invasores durante las primeras
guerras sostenidas por Roma en Grecia. Un inútil ejercicio
de autocompasión que prendió entre buena parte de
la opinión publica del mundo griego y que llevó a
estos a condenar injustamente la memoria de personajes como este
Aristemo, que en realidad, salvó a su pueblo de una segura
derrota de haberse decidido en aquel momento por una alianza con
Macedonia. -volver-
(8)
Livio informa de la presencia en la ciudad
de aquellos viejos exiliados y también de la existencia de
otros más recientes. Marineros de barcos itálicos
o griegos de Italia que en la presente guerra habían preferido
vender sus servicios a los macedonios. Sin duda más lucrativo
que permanecer bajo los estandartes romanos a expensas, tan solo,
del correspondiente botín que pudiesen obtener durante el
conflicto. A todos ellos, en definitiva, sólo les esperaba
la muerte de caer en manos de las tropas aliadas.-volver-
(9)
Este Filocles es probablemente el hombre
de confianza de Filipo en Grecia ademas de su mejor general. -volver-
(10)
La pacificación de Beocia fue
precipitada y poco sólida, pero al menos, y durante la guerra
en curso, se alinearían ya junto a los romanos. Pese a ello,
muchos de sus soldados militarán hasta el final de la guerra
en el ejército de Macedonia. -volver- |
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