CONTENIDOS DEL LIBRO XIV Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en tres partes más un índice. Índice - Parte I - Parte II . Parte III -La
caída de la democracia en Atenas y el establecimiento de los
treinta tiranos (caps. 3-4). I. Todos los hombres, tal vez por inclinación natural, están poco dispuestos a escuchar las calumnias que se pronuncian contra ellos. De hecho incluso aquellos cuyo mal obrar es en todos los aspectos tan manifiesto que no se puede siquiera negar, ninguno se enoja menos profundamente cuando son objeto de censura y se esfuerzan en contestar a la acusación. Consecuentemente todos los hombres deberían hacer todo lo posible para cuidarse de cometer cualquier maldad, y especialmente aquellos que aspiran al liderazgo o han sido favorecidos por algún presente llamativo de la Fortuna. Puesto que la vida de tales hombres es en todas las cosas un libro abierto a causa de su distinción, no puede encubrir su propia ignorancia. No permitamos, pues, que ningún hombre que haya alcanzado algún grado de preeminencia, acaricie la esperanza de que, si comete grandes crímenes, evitará durante todo el tiempo que se conozca y se irá sin censura. Pues incluso si durante su vida elude la sentencia condenatoria, hagámosle esperar que al final la Verdad le encontrará a él, proclamando con franqueza ante todos asuntos largo tiempo ocultos de cualquier mención. Es, por tanto, un destino duro para los malvados que a su muerte dejen a la posteridad una imagen inmortal, por así decir, de toda su vida; pues incluso si aquellas cosas que siguen después de la muerte no nos preocupan, como ciertos filósofos continúan repitiendo, sin embargo la vida que ha precedido a la muerte llega a ser mucho peor a lo largo de todo el tiempo por el mal recuerdo de que goza. Ejemplos manifiestos de esto pueden encontrarse por aquellos que lean el detallado relato que está contenido en este libro. II.
Entre los Atenienses, por ejemplo, treinta hombres que se hicieron tiranos
por su ánimo de ganancias, no sólo precipitaron a su tierra
natal en magnas desgracias, sino que ellos mismos perdieron en breve
su poder y han legado un recuerdo eterno de su propia desgracia. Los
Lacedemonios, después de obtener para sí la soberanía
indiscutida sobre Grecia, fueron privados de ella desde el momento en
que intentaron llevar a ejecución proyectos injustos a expensas
de sus aliados. En efecto, la hegemonía de aquellos que ostentan
el liderazgo es mantenida por la buena voluntad y la justicia, y es
derrocada por actos de injusticia y por el odio de sus súbditos.
[2] Similarmente Dionisio, el tirano de los Siracusanos, aunque ha sido
el más afortunado de tales gobernantes, sufrió incesantemente
conjuraciones en su contra mientras vivió, fue obligado por el
temor a llevar una coraza de hierro bajo su túnica, y ha legado
después de su muerte su propia vida como un ejemplo excepcional
para todas las épocas de las maldiciones de los hombres. IV. El pueblo, observando la recta conducta de Teramenes y creyendo que sus honorables principios actuarían de alguna manera para controlar los abusos de los líderes, lo eligieron también como uno de los treinta magistrados. Era deber de aquellos electos constituir un Consejo y nombrar a otros magistrados y aprobar leyes en concordancia con las que tenían que dirigir el estado. [2] Entonces fueron posponiendo la aprobación de las leyes, alegando siempre buenas excusas, pero un Consejo y otros magistrados fueron nombrados por ellos de entre sus amigos, de modo que estos llevaban de hecho el nombre de magistrados pero realmente eran hechuras de los Treinta. Al principio llevaron a juicio a los elementos más bajos de la ciudad y los condenaron a muerte; y así los más honorables ciudadanos aprobaban sus acciones. [3] Pero después de esto, deseando cometer actos más violentos e injustos, pidieron a los Lacedemonios una guarnición, diciendo que iban a establecer una forma de gobierno que serviría a los intereses de los Lacedemonios. Pues pensaban que no podrían cometer asesinatos sin ayuda armada extranjera, ya que sabían que todos los hombres se unirían para defender la seguridad común. [4] Cuando los Lacedemonios enviaron una guarnición y a Calibio para mandarla, los Treinta se atrajeron al comandante con sobornos y otras comodidades. Así, eligiendo de entre los ricos a los hombres adecuados para sus fines, procedieron a arrestarlos como revolucionarios, los condenaron a muerte y confiscaron sus haciendas. [5] Cuando Teramenes se opuso a sus colegas y amenazó con reunir a los que reclamaban su derecho a estar seguros, los Treinta convocaron una reunión del Consejo. Critias fue su portavoz y en un largo discurso acusó a Teramenes de traicionar a ese gobierno del que éste era un miembro voluntario; pero Teramenes en su réplica se defendió de los diversos cargos y se ganó la simpatía de todo el Consejo (7) . [6] Critias, temiendo que Teramenes pudiera derrocar la oligarquía, mandó contra él a un grupo de soldados con las espadas desenvainadas. [7] Fueron a arrestarlo, pero, evitándolos, se subió al altar de Hestia que había en la Cámara del Consejo, gritando, “huyo para refugiarme junto a los Dioses, no con el pensamiento de que seré salvado, sino para asegurarme de que mis asesinos se involucrarán en un acto de impiedad contra los Dioses”. V.
Cuando los asistentes (8)
avanzaron y se lo estaban llevando, Teramenes soportó su mala
fortuna con un espíritu noble, puesto que de hecho había
adquirido no poco conocimiento de filosofía en compañía
de Sócrates; la multitud, empero, lamentó en general la
mala fortuna de Teramenes, pero no tenía el valor para acudir
en su ayuda ya que una escolta fuertemente armada estaba a su alrededor.
[2] Entonces Sócrates el filósofo y dos de sus íntimos
se adelantaron y trataron de obstaculizar a los asistentes. Pero Teramenes
les pidió que no hiciera nada de eso; apreciaba, dijo, su amistad
y valentía, pero que en cuanto a él, sería la mayor
pena si fuera la causa de la muerte de aquellos que estaban tan íntimamente
unidos a él. [3] Sócrates y sus auxiliadores, puesto que
no tenían ayuda de nadie más y veían la intransigencia
de aquellos que crecían en autoridad, no se movieron. Así
aquellos que habían recibido sus órdenes arrancaron a
Teramenes del altar y lo llevaron a través del centro del mercado
para su ejecución; [4] y el populacho, tomado por el temor ante
las armas de la guarnición, se llenaron de piedad por el infortunado
hombre y derramaron lágrimas, no sólo por destino de él
sino también por la esclavitud de ellos. Pues toda la clase común,
cuando vieron a un hombre de tal virtud como Teramenes tratado con tanta
contumelia, había concluido que en su debilidad serían
sacrificados sin miramiento. VI.
Los Lacedemonios, viendo la ciudad de Atenas menguada de poder y no
teniendo deseo de que los Atenienses recuperaran poder alguna vez, estaban
encantados y dejaron clara su actitud; pues votaron que los exilados
Atenienses debían ser entregados a los Treinta por todos los
Griegos y que cualquiera que intentara evitar esto sería obligado
a pagar una multa de cinco talentos. [2] Aunque este decreto era terrible,
todas las demás ciudades, menguadas ante el poder de los Espartanos,
obedecieron, con la excepción de los Argivos quienes, odiando
como lo hacían la crueldad de los Espartanos y apiadándose
del duro destino del infortunado, fueron los primeros en recibir a los
exilados con un espíritu de humanidad. [3] También los
Tebanos votaron que cualquiera que viera a un exiliado siendo maltratado
y no le diera toda su ayuda dentro de sus posibilidades sería
objeto de multa. VII.
En Sicilia, Dionisio, el tirano de los Sículos
(11) , después de concluir la paz
con los Cartagineses, planeó ocuparse más de consolidar
su tiranía; pues asumía que los Siracusanos, ahora que
estaban libres de la guerra, tendrían todo el tiempo para después
buscar la restauración de su libertad. [2] Y,
percibiendo que la isla (12) era
la sección más fuerte de la ciudad y que podía
ser fácilmente defendida, la separó del resto de la ciudad
por una gran muralla, y en esta levantó grandes torres a cortos
intervalos, en tanto que ante ella construía lugares de negocios
y estoas capaces de acomodar a una multitud de gente. [3] También
construyó en la isla con gran gasto una acrópolis fortificada
como lugar de refugio en caso de inmediata necesidad, y dentro de su
muralla incluyó los astilleros que están conectados con
el pequeño puerto que es conocido como Laccium. Los astilleros
podían recibir sesenta trirremes y tenía una entrada que
estaba bloqueada, a través de la cual sólo un barco podía
entrar a la vez. [4] En cuanto al territorio de Siracusa, escogió
el mejor de él y lo distribuyó en regalos para sus amigos
así como para los altos funcionarios, y dividió el resto
en porciones iguales para extranjeros y ciudadanos, incluyendo bajo
el nombre de ciudadanos a los esclavos manumitidos a los que designó
como Nuevos Ciudadanos. [5] También distribuyó viviendas
entre el pueblo común, excepto aquellas de la isla, que las dio
a sus amigos y a los mercenarios. VIII.
Dionisio, lleno de pavor por la revuelta de los Siracusanos, levantó
el asedio y marchó rápidamente a Siracusa, deseoso de
asegurar la ciudad. Ante su huída los que se habían rebelado
eligieron como generales a los hombres que habían matado al comandante,
e incorporando a su número a la caballería de Etna, pusieron
un campamento frente al tirano en un collado llamado Epipolas, y bloquearon
su acceso a la campiña. [2] Y despacharon a la vez embajadores
a los de Mesana y Regio, urgiéndoles a unirse en la tentativa
por la libertad actuando por mar; pues había sido práctica
de estas ciudades en aquel tiempo aparejar no menos de ochenta trirremes.
Esas trirremes fueron despachadas por las ciudades en este tiempo a
los Siracusanos, estando deseosos de ayudarles en la causa de la libertad.
[3] Los rebeldes también anunciaron un gran premio para el que
matara al tirano y prometieron la ciudadanía a los mercenarios
que se les unieran. También construyeron ingenios de guerra con
los que golpear y derruir las murallas, lanzaron diariamente asaltos
contra la isla, y recibieron bien a cualesquiera mercenarios que se
pasaban a ellos. IX.
Después de los sucesos que hemos descrito los Siracusanos, habiendo
dado al tirano permiso para irse embarcado con cinco barcos, tomó
los asuntos con más bien poca preocupación; a la caballería,
puesto que no había sido de ninguna utilidad durante el asedio,
la disolvieron, mientras que en cuanto a la infantería, la mayoría
se volvieron al campo, presumiendo que la tiranía realmente había
llegado a su fin. [2] Los Campanos, estando animados por las promesas
que habían recibido, lo primero de todo llegaron a Agyrio, y
dejando su bagaje allí con Agyris, el gobernante de la ciudad,
avanzaron sin problemas a Siracusa, sumando un número de mil
doscientos équites. [3] Haciendo la jornada rápidamente,
cayeron inesperadamente sobre los Siracusanos y, matando a muchos de
ellos, se abrieron paso hasta Dionisio. En este mismo momento trescientos
mercenarios habían también llegado para ayudar al tirano,
de modo que sus esperanzas revivieron. [4] Los Siracusanos, como el
poder despótico cobraba de nuevo fuerzas, estaban en desacuerdo
entre ellos, sosteniendo algunos que debían mantenerse y continuar
el sitio y otros que debían licenciar sus fuerzas y abandonar
la ciudad. X.
En Grecia los Lacedemonios, ahora que habían llevado la guerra
del Peloponeso a su conclusión, ostentaron la supremacía
por reconocimiento universal en tierra y mar. Nombrando a Lisandro almirante,
le ordenaron visitar las ciudades y poner en cada una
a los magistrados que llaman harmostas (15)
; pues los Lacedemonios, que sentían desagrado por las democracias,
deseaban que las ciudades tuvieran gobiernos oligárquicos. [2]
También exigieron tributo a los pueblos a los que habían
vencido, y aunque antes de este tiempo no habían usado monedas
acuñadas, ahora recaudaban cada año de
los tributos más de cien talentos (16)
. XI.
Mientras estos sucesos estaban ocurriendo, Farnabazo,
el sátrapa (19) del rey
Darío, deseando agradar a los Lacedemonios, se apoderó
de Alcibíades el Ateniense y lo condenó a muerte. Pero
puesto que Éforo cuenta que su muerte fue decidida por otras
razones, pienso que no es inútil exponer el complot contra Alcibíades
tal como el historiador lo ha descrito. [2] Éste dice en el libro
décimo séptimo que Ciro y los Lacedemonios estaban tramando
planes secretos para una guerra conjunta contra el hermano de Ciro,
Artajerjes, y Alcibíades, sabiendo del propósito de Ciro
por varias fuentes, fue a Farnabazo y le habló de ello en detalle;
y le solicitó alguien que lo llevara en una misión ante
Artajerjes, puesto que deseaba ser el primero de descubrir el complot
al Rey. [3] Pero Farnabazo, en oyendo la historia, usurpó la
función de informador y envió hombres de confianza para
rebelar el asunto al Rey. Cuando Farnabazo no le dio escoltas para ir
a la capital, Éforo continua, Alcibíades fue al sátrapa
de Paflagonia para hacer el viaje con su auxilio; pero Farnabazo, temiendo
que el Rey escuchara la verdad del asunto, envió hombres tras
de Alcibíades para matarlo en el camino. [4] Éstos cayeron
sobre él donde aquel había hallado cobijo en un pueblo
de Frigia, y durante la noche rodeó el lugar con una gran cantidad
de material combustible. Cuando se encendió un gran fuego, Alcibíades
trató de salvarse, pero murió por el fuego y las lanzas
de sus atacantes (20) .
XIII.
Lisandro el Espartano, después de que había introducido
gobiernos en todas las ciudades bajo el dominio de los Lacedemonios
en concordancia con el deseo de los éforos, estableciendo un
gobierno de diez hombres en algunas y oligarquías en otras, fue
el centro de atención de Esparta. Pues al poner a la guerra del
Peloponeso fin había logrado entregar a su tierra patria la hegemonía,
reconocida por todos, en tierra y mar. [2] Consecuentemente, habiendo
llegado a ensoberbecerse con el orgullo de este logro, concibió
la idea de poner fin al reinado de los Heraclidas y hacer a cada Espartano
elegible para la elección de rey; pues esperaba que el reinado
muy pronto recaería sobre él a causa de sus hazañas,
que eran muy grandes y gloriosas. [3] Conociendo que los Lacedemonios
prestaban mucha atención a las respuestas de los oráculos,
intentó sobornar a la profetisa de Delfos, ya que creía
que, si recibiera una respuesta oracular favorable a los proyectos que
albergaba, llevaría más fácilmente a cabo su proyecto
a un fin satisfactorio. [4] Pero cuando no pudo ganarse a los asistentes
del oráculo, a pesar de las grandes sumas que les prometió,
abrió negociaciones sobre este mismo asunto con la sacerdotisa
del oráculo de Dodoma, por mediación de cierto Ferécrates,
quien era oriundo de Apolonia e íntimo de los asistentes del
templo. XIV. Dionisio, el tirano de los Siracusanos, después que había hecho la paz con los Cartagineses y se había librado de sublevaciones en la ciudad, estaba deseoso de unir a él las ciudades vecinas de los Calcidios (28) , esto es, Naxos, Catana y Leontinos. Estaba ansioso por ser señor de ellas porque radicaban en las fronteras de Siracusa y ofrecían muchas ventajas para un ulterior incremento de su tiránico poder. Lo primero de todo, entonces, acampó cerca de Etna y ganó la fortaleza, no siendo problema los exilados para un ejército de tal proporción; [3] y después de esto, avanzó a Leontinos y sentó sus reales cerca de la ciudad a lo largo del río Teria. Entonces al principio dirigió su ejército en orden de batalla y despachó un heraldo a los habitantes, ordenándoles rendir la ciudad y creyendo que había infundido el terror en los ánimos de ellos. [4] Pero cuando los Leontinos no le prestaron atención y se prepararon para sostener un asedio, Dionisio, no teniendo ingenios de guerra, levantó el sitio por el momento, pero saqueó todo su territorio. [5] Desde allí marchó contra los Sículos, afectando que estaba enzarzado en una guerra contra ellos para que los Catanios y los Naxios aflojaran en la defensa de sus ciudades. [6] Y mientras permanecía en las cercanías de Enna, persuadió a Aimnesto, un natural de la ciudad, a que hiciera una tentativa por la tiranía, prometiéndole ayuda en la ejecución. [7] Pero cuando Aimnesto había tenido éxito en su proyecto y luego no admitió a Dionisio en la ciudad, éste airado cambió de bando y urgió a los Enneos a derrocar la tiranía. Éstos corrieron al mercado con sus armas, peleando por su libertad, y la ciudad se sumió en el tumulto. [8] Dionisio, en oyendo la disensión, tomó sus tropas ligeras, entró en la ciudad por un lugar por un lugar desocupado, se apoderó de Aimnesto y lo entregó a los Enneos para ser castigado. Él mismo, apartándose de toda injusticia, partió de la ciudad. Hizo esto, no tanto porque hubiera actuado correctamente, como porque quería animar a otras ciudades a confiar en él. XV. Desde Enna Dionisio marchó a la ciudad de los Herbiteos e intentó destruirla. Pero no logrando nada, hizo la paz con ellos y condujo su ejército a Catana, pues Arcesilao, el general de los Catanios, le había ofrecido traicionar a la ciudad en su favor. Consecuentemente, siendo admitido por Arcesilao hacia media noche, se hizo dueño de Catana. Después de arrebatar las armas a los ciudadanos, puso una adecuada guarnición en la ciudad. [2] Después de esto Procles, el comandante de los Naxios, siendo atraído con grandes promesas, entregó su ciudad natal a Dionisio, quien, después de darle los regalos prometidos al traidor y entregarle a sus parientes, vendió a los habitantes como esclavos, trasfirió su propiedad a los soldados para saqueo y derruyó las murallas y las casas. [3] Dedicó un trato similar también a los Catanios, vendiendo a los habitantes que capturó como botín en Siracusa. Entonces el territorio de los Naxios fue dado por él como presente a los vecinos Sículos y entregó a los Campanios la ciudad de los Catanios como su lugar para vivir. [4] Después de esto avanzó a Leontinos con todo su ejército y puso sitio a la ciudad, y enviando embajadores a los habitantes, les ordenó rendir la ciudad y obtener la ciudadanía en Siracusa. Los Leontinos, viendo que no recibirían ayuda y fijándose en el destino de los Naxios y Catanios, se aterrorizaron en el temor de que sufrirían el mismo infortunio. En consecuencia, plegándose a las exigencias del momento, aceptaron la propuesta, abandonaron su ciudad y se trasladaron a Siracusa. XVI.
Arcónides, el líder de Herbita, después de que
la ciudadanía de los Herbiteos habían concluido la paz
con Dionisio, decidió fundar una ciudad. Pues no sólo
tenía muchos mercenarios sino también una multitud diversa
que había entrado en la ciudad a raíz de la guerra contra
Dionisio; y muchos de los indigentes de entre los Herbiteos le habían
prometido vivir en la colonia. [2] Consecuentemente, tomando una multitud
de refugiados, ocupó una colina que estaba situada a ocho estadios
del mar, en la que fundó la ciudad de Halesa; y puesto que había
otras ciudades de Sicilia con el mismo nombre, la llamó Halesa
Arconidion por él mismo. [3] Cuando, en tiempos posteriores,
la ciudad creció mucho por el comercio marítimo y porque
los Romanos la eximieron de tributos, los Halesios negaron su parentesco
con los Herbiteos, considerando una deshonra ser considerados colonos
de una ciudad inferior. [4] Sin embargo, hasta el tiempo presente numerosos
lazos de relación han sido hechos entre ambos pueblos, y celebran
sus sacrificios en el templo de Apolo con los mismos ritos. Pero hay
quienes dicen que Halesa fue fundada por los Cartagineses en la época
en que Himilcón firmó su paz con Dionisio. XIX.
A fines del año era arconte Exeneto en Atenas,
y en Roma seis tribunos militares asumieron la magistratura consular,
Publio Cornelio, Ceso Fabio, Espurio Nautio, Cayo Valerio
y Manio Sergio (37) . [2] En este
tiempo Ciro, que era señor de las satrapías
marítimas (38) , había
estado planeando durante mucho tiempo conducir un ejército contra
su hermano Artajerjes; pues el joven estaba lleno de ambición
y ávido de hechos bélicos en una guerra que iba a quedar
sin premio. [3] Cuando una adecuada fuerza de mercenarios había
sido reclutada para él y todos los preparativos para la campaña
habían sido completados, no reveló la verdad a las tropas,
sino que procuró decir que estaba dirigiendo el ejército
a Cilicia contra los déspotas que estaban en rebelión
contra el Rey. [4] También despachó embajadores a los
Lacedemonios para recordarles los servicios que les había prestado
en su guerra contra los Atenienses y urgirles a unirse a él como
aliados. Los Lacedemonios, pensando que la guerra sería para
su provecho, decidieron dar a Ciro ayuda e inmediatamente
enviaron legados a su almirante, llamado Samo (39)
, con instrucciones de que hiciera cuanto Ciro ordenara. [5] Samo tenía
veinticinco trirremes, y con ellas navegó a Éfeso ante
el almirante de Ciro y se dispuso a cooperar con él en cualquier
evento. Enviaron también ochocientos infantes, confiando el mando
a Cirísofo. El comandante de la flota bárbara era Tamos,
quien tenía cincuenta trirremes que habían sido botadas
con gran gasto; y después que los Lacedemonios hubieron llegado,
las flotas se hicieron a la mar, siguiendo rumbo a Cilicia. XX.
Después que Ciro había atravesado Lidia y Frigia así
como las regiones que lindan con Capadocia, llegó a las fronteras
de Cilicia y la entrada de las Puertas Cilicias. Este paso es estrecho
y empinado, de veinte estados de longitud, y bordeándolas en
ambos lados hay montañas muy altas e inaccesibles; y murallas
bajaban desde cada lado de las montañas hasta el camino, donde
las puertas habían sido construidas a su través. [2] Conduciendo
su ejército a través de aquellas puertas, Ciro entró
en una llanura que en belleza sobrepasa a cualquiera en Asia, y por
ella avanzó a Tarso, la mayor ciudad de Cilicia, que ocupó
rápidamente. Cuando Sienesis, el señor de Cilicia, oyó
el gran poder del ejército enemigo, se preocupó mucho,
ya que no era rival en batalla. [3] Cuando fue convocado a presencia
de Ciro y fueron dadas garantías, fue a él, y en sabiendo
la verdad sobre la guerra convino en unirse a él como aliado
frente a Artajerjes; y envió a uno de sus dos hijos junto a Ciro,
dándole también un fuerte contingente de Cilicios para
su ejército. Pues Sienesis, siendo por naturaleza falto de escrúpulos
y habiéndose familiarizado con las incertidumbres de la Fortuna,
había despachado a su otro hijo secretamente al Rey para revelarle
los medios que habían sido reunidos contra él y asegurarle
que tomaría parte por Ciro por necesidad, pero que era aún
leal al Rey, y que, cuando se diera la oportunidad, desertaría
de Ciro y se uniría al ejército del Rey. XXI.
Marchando Ciro por Cilicia llegó a Issos, que se sitúa
a orillas del mar y es la última ciudad de Cilicia. Al mismo
tiempo la flota de los Lacedemonios también arribó a la
ciudad, y los comandantes desembarcaron, se reunieron con Ciro y le
refirieron la buena voluntad de los Espartanos hacia él; y desembarcaron
y entregaron a Ciro ochocientos infantes bajo el mando de Cirísofo.
[2] La presunción era de que aquellos mercenarios eran enviados
por los amigos de Ciro, pero de hecho todo fue hecho con el consentimiento
de los éforos. Los Lacedemonios no habían aún iniciado
abiertamente hostilidades, pero estaban simulando su propósito,
aguardando el momento de la guerra. XXII.
El Rey Artajerjes había sabido algún tiempo
antes por Farnabazo que Ciro estaba secretamente reclutando un ejército
para dirigirlo contra él, y cuando ahora supo que estaba en marcha,
convocó sus ejércitos de todas partes a Ecbatana en Media.
[2] Cuando los contingentes de los Indios y ciertos otros pueblos se
retrasaron a causa de la lejanía de aquellas regiones, partió
al encuentro de Ciro con el ejército que había sido reunido.
Tenía en total no menos de cuatrocientos mil soldados, incluyendo
caballería, como dice Éforo. [3] Cuando llegó a
la planicie de Babilonia, acampó a orillas del Eufrates, pensando
dejar su bagaje dentro de él; pues había sabido que el
enemigo no estaba lejos y temía su osadía temeraria. [4]
En consecuencia cavó una trinchera de sesenta pies de ancho y
diez de profundidad y rodeó el campamento con los carros de su
tren de bagaje como una muralla. Habiendo dejado atrás en el
campo el bagaje y los asistentes que no eran útiles para la batalla,
dejó una adecuada guardia para su custodia, y conduciendo en
persona su ejército sin estorbo, avanzó al encuentro del
enemigo que ya estaba cerca. XXIII.
Cuando los ejércitos estaban a una distancia de tres estadios,
los Griegos cantaron el peán y avanzaron al principio despacio,
pero tan pronto como se encontraron dentro del alcance
de los proyectiles comenzaron a correr a gran velocidad (42)
. Clearco el Lacedemonio les había dado órdenes de hacer
esto, ya que no corriendo desde una gran distancia tenía en mente
mantener a los soldados frescos para la batalla, mientras que si avanzaban
a la carrera a poca distancia, esto, se pensaba, causaría que
los proyectiles lanzados por arcos y otros medios volarían sobre
sus cabezas. [2] Cuando las tropas con Ciro se aproximaron al ejército
del Rey, tal multitud de proyectiles fue arrojada sobre ellos como uno
pudiera esperar ser lanzada por una hueste de cuatrocientos mil. Sin
embargo, pelearon poco tiempo con lanzas y luego durante el resto de
la batalla combatieron mano a mano. XXIV.
En el otro flanco Arrideo, que era el segundo al mando de Ciro, al principio
sostuvo valientemente la carga de los bárbaros, pero después,
puesto que estaba siendo rodeado por la línea más extendida
del enemigo y había sabido de la muerte de Ciro, huyó
con los soldados bajo su mando a uno de los puestos donde una vez había
parado, el cual no era un lugar inadecuado para la retirada. [2] Clearco,
cuando observó que el centro de sus aliados y las otras partes
habían sido vencidos, paró su persecución, y llamando
de vuelta a sus soldados, los puso en orden; pues temía que si
todo el ejército se volviera hacia los Griegos, serían
rodeados y muertos hasta el último hombre. [3] Las tropas del
Rey, después que había puesto a sus enemigos en fuga,
primero saqueó el tren de bagaje de Ciro y luego, cuando cayó
la noche, se agruparon y se lanzaron sobre los Griegos; pero cuando
los Griegos hicieron frente al ataque valientemente, los bárbaros
combatieron con ellos poco tiempo y después huyeron, siendo superados
por los hechos de valor y habilidad Griegos. [4] Las tropas de Clearco,
cuando habían matado gran número de bárbaros, como
ya era de noche, volvieron al campo de batalla y levantaron un trofeo,
y hacia la segunda vigilia llegaron salvos a su campamento. [5] Tal
fue el resultado de la batalla, y del ejército del Rey más
de quince mil fueron muertos, la mayoría de los cuales cayeron
a manos de los Lacedemonios y los mercenarios al mando de Clearco. [6]
En la otra parte unos tres mil soldados de Ciro murieron, mientras que
de los Griegos, se dice, ninguno fue muerto, aunque unos pocos fueron
heridos. XXV.
Clarco convocó a los generales y comandantes y celebró
consejo con ellos sobre la situación. Mientras discutían
sobre ello, vinieron embajadores del Rey, el principal de los cuales
era un Griego, Falino de nombre, que era de Zacinto. Fueron admitidos
en el consejo y hablaron como sigue: “el Rey Artajerjes dice:
puesto que he derrotado y muerto a Ciro, debéis rendir vuestras
armas, venir ante mis puertas y ver cómo podéis apaciguarme
y obtener algún favor”. [2] Ante aquellas palabras cada
general dio una réplica muy parecida a la que Leónidas
hizo cuando estaba custodiando el Paso de las Termópilas
y Jerjes envió mensajeros ordenándole deponer sus armas
(44) . [3] Pues Leónidas
en esa ocasión instruyó a los mensajeros para que le dijeran
al Rey: “creemos que si llegamos a ser amigos de Jerjes, seremos
mejores aliados si conservamos nuestras armas, y si somos forzados a
hacer la guerra contra él, lucharemos mejor si las conservamos”.
[4] Cuando Clearco hubo contestado de esta manera al mensaje, Próxeno
de Tebas dijo: “tal como están las cosas, hemos perdido
prácticamente todo, y todo lo que nos queda es nuestro honor
y nuestras armas. En mi opinión, por tanto, si conservamos las
armas, nuestro valor también nos será útil, pero
si las deponemos, entonces incluso nuestro valor no nos servirá
de nada”. En consecuencia dieron este mensaje para el Rey: “si
estás maquinando algún mal contra nosotros, con nuestras
armas combatiremos contra ti por tus propias posesiones”. [5]
se dice que también Sofilo, uno de los generales, dijo: “estoy
sorprendido ante las palabras del Rey, pues si cree que es más
fuerte que los Griegos, que venga con su ejército y nos quite
nuestras armas; pero si desea emplear la persuasión, que diga
qué favor de igual valor nos dará a cambio de ellas”.
[6] Después de estos Sócrates el Aqueo dijo: “el
Rey está ciertamente comportándose para con nosotros de
una manera muy asombrosa; pues lo que desea tomar de nosotros lo pide
inmediatamente, mientras que lo que nos será dado a cambio nos
ordena que lo pidamos más tarde. En una palabra, si es por la
ignorancia de quiénes son los vencedores el que nos ordene obedecer
sus órdenes como si nos hubiese derrotado, que venga con su numerosa
hueste y descubra de qué lado cae la victoria; pero si, conociendo
bastante bien que somos los vencedores, emplea mentiras, ¿cómo
confiaremos más adelante en sus palabras?”. XXVI.
El Rey se estaba recuperando de su herida, y cuando supo que sus oponentes
se estaban retirando, creyó que huían y marchó
con rapidez tras ellos con su ejército. [2] Tan pronto como los
hubo alcanzado a causa de su lento avance, por el momento, puesto que
era de noche, levantó su campamento cerca de ellos, y cuando
amaneció y los Griegos estaban desplegando su ejército
para la batalla les envió mensajeros y para el tiempo siguiente
convino una tregua de tres días. [3] Durante este periodo alcanzaron
este acuerdo: el Rey dispondría que su territorio les sería
amistoso; les proveería de guías para su marcha al mar
y les suministraría provisiones en el camino; los mercenarios
al mando de Clearco y todas las tropas al mando de Arrideo pasarían
a través de su territorio sin hacer ningún daño.
[4] Después de esto comenzaron su viaje, y el Rey condujo su
ejército a Babilonia. En esta ciudad acordó conceder honores
a todos aquellos que habían llevado a cabo hechos de valor en
la batalla y consideró que Tisafernes había sido el más
valiente de todos. Por ello lo honró con ricos presentes, le
dio a su hija en matrimonio, y desde entonces lo tuvo por su más
fiable amigo; y también le confirió el mando que Ciro
había ejercido sobre las satrapías marítimas. XXVII.
Cuando los soldados supieron lo que había ocurrido, en este momento
fueron invadidos por el pánico y todos acudieron a las armas
en gran desorden, ya que no había nadie al mando; pero después
de esto, porque nadie los molestaba, eligieron generales y pusieron
el mando supremo en las manos de uno, Quirísofo el Lacedemonio.
[2] Los generales organizaron el ejército para la marcha por
la ruta que consideraron la mejor y marcharon a Paflagonia. Tisafernes
envió a los generales en cadenas a Artajerjes, quien
ejecutó a todos salvo únicamente a Menón, ya que
se consideraba que éste, a causa de una pelea con sus aliados
(46) , estaba dispuesto a traicionar
a los Griegos. [3] Tisafernes, siguiéndolos con su ejército,
se pegó a los Griegos, pero no osó entablar con ellos
batalla cara a cara, temiendo como temía el valor y la temeridad
de hombres desesperados; y aunque los hostigó en lugares muy
adecuados para este propósito, no pudo hacerles ningún
gran daño, pero los siguió, causándoles algunas
dificultades, hasta llegar al país del pueblo llamado Carducos.
Notas..
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