DIODORO

«BIBLIOTECA HISTÓRICA: LIBRO XIV»

Traducción y adaptación "el Anónimo Castellano"

 

 

CONTENIDOS DEL LIBRO XIV

Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en tres partes más un índice.

Índice - Parte I - Parte II . Parte III

-La caída de la democracia en Atenas y el establecimiento de los treinta tiranos (caps. 3-4).
-La conducta ilegal de los treinta tiranos hacia los ciudadanos (caps. 5-6).
-Cómo el tirano Dionisio preparó una ciudadela y distribuyó la ciudad y su territorio entre la población (cap. 7).
-Cómo el tirano Dionisio, para asombro de todos, recobró su tiranía cuando se estaba colapsando (caps. 8-9).
-Cómo los Lacedemonios manejaban los asuntos de Grecia (cap. 10).
-La muerte de Alcibíades y la tiranía de Clearco el Lacedemonio y su caída (caps. 11-12).
-Cómo Lisandro el Lacedemonio intentó acabar con los descendientes de Hércules y fracasó (cap. 13).
-Cómo Dionisio vendió como esclavos a los habitantes de Catania y Naxos y trasladó a los de Leontinos a Siracusa (caps. 14-15).
-La fundación de Halesa en Sicilia (cap. 16).
-La guerra entre los Lacedemonios y los Eleos (cap. 17).
-Cómo Dionisio construyó la muralla en los Hexapilos (cap. 18).
-Cómo Ciro condujo un ejército contra su hermano y fue muerto (caps. 19-31).
-Cómo los Lacedemonios acudieron en ayuda de los Griegos de Asia (caps. 35-36).
-La fundación de Adranum en Sicilia y la muerte de Sócrates el filósofo (cap. 37).

I. Todos los hombres, tal vez por inclinación natural, están poco dispuestos a escuchar las calumnias que se pronuncian contra ellos. De hecho incluso aquellos cuyo mal obrar es en todos los aspectos tan manifiesto que no se puede siquiera negar, ninguno se enoja menos profundamente cuando son objeto de censura y se esfuerzan en contestar a la acusación. Consecuentemente todos los hombres deberían hacer todo lo posible para cuidarse de cometer cualquier maldad, y especialmente aquellos que aspiran al liderazgo o han sido favorecidos por algún presente llamativo de la Fortuna. Puesto que la vida de tales hombres es en todas las cosas un libro abierto a causa de su distinción, no puede encubrir su propia ignorancia. No permitamos, pues, que ningún hombre que haya alcanzado algún grado de preeminencia, acaricie la esperanza de que, si comete grandes crímenes, evitará durante todo el tiempo que se conozca y se irá sin censura. Pues incluso si durante su vida elude la sentencia condenatoria, hagámosle esperar que al final la Verdad le encontrará a él, proclamando con franqueza ante todos asuntos largo tiempo ocultos de cualquier mención. Es, por tanto, un destino duro para los malvados que a su muerte dejen a la posteridad una imagen inmortal, por así decir, de toda su vida; pues incluso si aquellas cosas que siguen después de la muerte no nos preocupan, como ciertos filósofos continúan repitiendo, sin embargo la vida que ha precedido a la muerte llega a ser mucho peor a lo largo de todo el tiempo por el mal recuerdo de que goza. Ejemplos manifiestos de esto pueden encontrarse por aquellos que lean el detallado relato que está contenido en este libro.

II. Entre los Atenienses, por ejemplo, treinta hombres que se hicieron tiranos por su ánimo de ganancias, no sólo precipitaron a su tierra natal en magnas desgracias, sino que ellos mismos perdieron en breve su poder y han legado un recuerdo eterno de su propia desgracia. Los Lacedemonios, después de obtener para sí la soberanía indiscutida sobre Grecia, fueron privados de ella desde el momento en que intentaron llevar a ejecución proyectos injustos a expensas de sus aliados. En efecto, la hegemonía de aquellos que ostentan el liderazgo es mantenida por la buena voluntad y la justicia, y es derrocada por actos de injusticia y por el odio de sus súbditos. [2] Similarmente Dionisio, el tirano de los Siracusanos, aunque ha sido el más afortunado de tales gobernantes, sufrió incesantemente conjuraciones en su contra mientras vivió, fue obligado por el temor a llevar una coraza de hierro bajo su túnica, y ha legado después de su muerte su propia vida como un ejemplo excepcional para todas las épocas de las maldiciones de los hombres.
[3] Pero recordaremos cada uno de estos casos con más detalle en relación con el apropiado periodo de tiempo; por el momento continuaremos nuestro relato, parando sólo para señalar nuestras fechas. [4] En los libros precedentes hemos establecido un relato de los eventos desde la caída de Troya hasta el final de la guerra del Peloponeso y del imperio Ateniense, cubriendo un periodo de setecientos setenta y nueve años (1) . En este libro, para añadir a nuestra narración los sucesos que acaecieron después, comenzaré con el establecimiento de los treinta tiranos y pararé en la captura de Roma por los Galos, abarcando un periodo de ochenta años. (2)


III.No hubo arconte en Atenas a causa de la caída del gobierno (3) , siendo el año setecientos ochenta desde la caída de Troya, y en Roma cuatro tribunos militares ostentaron la magistratura consular, Cayo Fulvio, Cayo Servilio, Cayo Valerio y Numerio Fabio; y este año se celebró la nonagésima cuarta Olimpiada, en la cual Corcinas (4) de Larisa fue vencedor (5) . [2] En este tiempo los Atenienses, completamente superados por extenuación, firmaron un tratado con los Lacedemonios por el que se vieron obligados a demoler las murallas de su ciudad y a seguir la política de sus padres. Demolieron las murallas, pero fueron incapaces de ponerse de acuerdo entre ellos sobre la forma de gobierno. [3] Pues aquellos que estaban inclinados a la oligarquía afirmaban que la antigua constitución debía ser restaurada, en la cual sólo unos pocos representaban al estado, mientras que la mayoría, que era partidaria de la democracia, hacían el gobierno de sus padres su plataforma y declaraban que ese era por común consenso una democracia.
[4] Después que la controversia sobre esto hubiera continuado durante algunos días, el partido oligárquico envió una embajada a Lisandro el Espartano, quien, al final de la guerra, había sido mandado a administrar los gobiernos de las ciudades y había establecido oligarquías en gran número de ellas, pues confiaban en que, en cuanto pudiera, los apoyaría en su proyecto. En consecuencia navegaron a Samos, pues ocurrió que Lisandro estaba allí, recién apoderado de la ciudad. Dio su asentimiento a sus súplicas para su cooperación, nombró a Torax el Espartano harmosta (6) de Samos y se introdujo en el Pireo con cien naves. Convocando una asamblea de Atenienses, les aconsejó elegir treinta hombres que encabezaran el gobierno y manejaran todos los asuntos de estado. Y cuando Teramenes se le opuso y le leyó los términos de la paz, que convenían que seguirían el gobierno de sus padres, y declaró que sería una terrible cosa si eran privados de su libertad contrariamente a los juramentos, Lisandro dijo que los términos de la paz habían sido rotos por los Atenienses, pues que, decía, habían destruido las murallas más tarde que los días de gracia convenidos. Igualmente pronunció las amenazas más calamitosas contra Teramenes, diciendo que habría de condenarlo a muerte si no paraba de oponerse a los Lacedemonios. En consecuencia Teramenes y el pueblo, afligidos por el temor, fueron obligados a disolver la democracia por una exhibición de poder. Acordemente los treinta hombres fueron elegidos con el poder de manejar los asuntos de estado, como gobernadores en teoría, pero tiranos de hecho.

IV. El pueblo, observando la recta conducta de Teramenes y creyendo que sus honorables principios actuarían de alguna manera para controlar los abusos de los líderes, lo eligieron también como uno de los treinta magistrados. Era deber de aquellos electos constituir un Consejo y nombrar a otros magistrados y aprobar leyes en concordancia con las que tenían que dirigir el estado. [2] Entonces fueron posponiendo la aprobación de las leyes, alegando siempre buenas excusas, pero un Consejo y otros magistrados fueron nombrados por ellos de entre sus amigos, de modo que estos llevaban de hecho el nombre de magistrados pero realmente eran hechuras de los Treinta. Al principio llevaron a juicio a los elementos más bajos de la ciudad y los condenaron a muerte; y así los más honorables ciudadanos aprobaban sus acciones. [3] Pero después de esto, deseando cometer actos más violentos e injustos, pidieron a los Lacedemonios una guarnición, diciendo que iban a establecer una forma de gobierno que serviría a los intereses de los Lacedemonios. Pues pensaban que no podrían cometer asesinatos sin ayuda armada extranjera, ya que sabían que todos los hombres se unirían para defender la seguridad común. [4] Cuando los Lacedemonios enviaron una guarnición y a Calibio para mandarla, los Treinta se atrajeron al comandante con sobornos y otras comodidades. Así, eligiendo de entre los ricos a los hombres adecuados para sus fines, procedieron a arrestarlos como revolucionarios, los condenaron a muerte y confiscaron sus haciendas. [5] Cuando Teramenes se opuso a sus colegas y amenazó con reunir a los que reclamaban su derecho a estar seguros, los Treinta convocaron una reunión del Consejo. Critias fue su portavoz y en un largo discurso acusó a Teramenes de traicionar a ese gobierno del que éste era un miembro voluntario; pero Teramenes en su réplica se defendió de los diversos cargos y se ganó la simpatía de todo el Consejo (7) . [6] Critias, temiendo que Teramenes pudiera derrocar la oligarquía, mandó contra él a un grupo de soldados con las espadas desenvainadas. [7] Fueron a arrestarlo, pero, evitándolos, se subió al altar de Hestia que había en la Cámara del Consejo, gritando, “huyo para refugiarme junto a los Dioses, no con el pensamiento de que seré salvado, sino para asegurarme de que mis asesinos se involucrarán en un acto de impiedad contra los Dioses”.

V. Cuando los asistentes (8) avanzaron y se lo estaban llevando, Teramenes soportó su mala fortuna con un espíritu noble, puesto que de hecho había adquirido no poco conocimiento de filosofía en compañía de Sócrates; la multitud, empero, lamentó en general la mala fortuna de Teramenes, pero no tenía el valor para acudir en su ayuda ya que una escolta fuertemente armada estaba a su alrededor. [2] Entonces Sócrates el filósofo y dos de sus íntimos se adelantaron y trataron de obstaculizar a los asistentes. Pero Teramenes les pidió que no hiciera nada de eso; apreciaba, dijo, su amistad y valentía, pero que en cuanto a él, sería la mayor pena si fuera la causa de la muerte de aquellos que estaban tan íntimamente unidos a él. [3] Sócrates y sus auxiliadores, puesto que no tenían ayuda de nadie más y veían la intransigencia de aquellos que crecían en autoridad, no se movieron. Así aquellos que habían recibido sus órdenes arrancaron a Teramenes del altar y lo llevaron a través del centro del mercado para su ejecución; [4] y el populacho, tomado por el temor ante las armas de la guarnición, se llenaron de piedad por el infortunado hombre y derramaron lágrimas, no sólo por destino de él sino también por la esclavitud de ellos. Pues toda la clase común, cuando vieron a un hombre de tal virtud como Teramenes tratado con tanta contumelia, había concluido que en su debilidad serían sacrificados sin miramiento.
[5] Después de la muerte de Teramenes los Treinta publicaron una lista de los ricos, levantaron falsos cargos contra ellos, los condenaron a muerte y se apoderaron de sus propiedades. Mataron incluso a Nicerato, el hijo de Nicias que había dirigido la campaña contra los Siracusanos, un hombre que se había comportado con todos los hombres con delicadeza y humanidad, y que era quizás el primero de los Atenienses por riqueza y reputación. [6] Sucedió, por tanto, que toda casa se apiadó por el fin del hombre, ya que afectuosos pensamientos debidos a su recuerdo de sus honestas maneras les provocaba lágrimas. Sin embargo, los tiranos no cesaron de su conducta ilegal; más bien su locura se hizo tan aguda que de los metecos mataron a sesenta de los más ricos para obtener la posesión de sus haciendas, y en cuanto a los ciudadanos, puesto que estaban siendo asesinados a diario, los buenos entre ellos huían de la ciudad casi hasta el último. [7] también asesinaron a Autólico (9) , un hombre abierto, y, en una palabra, seleccionaron (10) a los más respetables ciudadanos. A tal punto devastaron la ciudad que más de la mitad de los Atenienses huyeron.

VI. Los Lacedemonios, viendo la ciudad de Atenas menguada de poder y no teniendo deseo de que los Atenienses recuperaran poder alguna vez, estaban encantados y dejaron clara su actitud; pues votaron que los exilados Atenienses debían ser entregados a los Treinta por todos los Griegos y que cualquiera que intentara evitar esto sería obligado a pagar una multa de cinco talentos. [2] Aunque este decreto era terrible, todas las demás ciudades, menguadas ante el poder de los Espartanos, obedecieron, con la excepción de los Argivos quienes, odiando como lo hacían la crueldad de los Espartanos y apiadándose del duro destino del infortunado, fueron los primeros en recibir a los exilados con un espíritu de humanidad. [3] También los Tebanos votaron que cualquiera que viera a un exiliado siendo maltratado y no le diera toda su ayuda dentro de sus posibilidades sería objeto de multa.
Tal, pues, era el estado de cosas de los Atenienses.

VII. En Sicilia, Dionisio, el tirano de los Sículos (11) , después de concluir la paz con los Cartagineses, planeó ocuparse más de consolidar su tiranía; pues asumía que los Siracusanos, ahora que estaban libres de la guerra, tendrían todo el tiempo para después buscar la restauración de su libertad. [2] Y, percibiendo que la isla (12) era la sección más fuerte de la ciudad y que podía ser fácilmente defendida, la separó del resto de la ciudad por una gran muralla, y en esta levantó grandes torres a cortos intervalos, en tanto que ante ella construía lugares de negocios y estoas capaces de acomodar a una multitud de gente. [3] También construyó en la isla con gran gasto una acrópolis fortificada como lugar de refugio en caso de inmediata necesidad, y dentro de su muralla incluyó los astilleros que están conectados con el pequeño puerto que es conocido como Laccium. Los astilleros podían recibir sesenta trirremes y tenía una entrada que estaba bloqueada, a través de la cual sólo un barco podía entrar a la vez. [4] En cuanto al territorio de Siracusa, escogió el mejor de él y lo distribuyó en regalos para sus amigos así como para los altos funcionarios, y dividió el resto en porciones iguales para extranjeros y ciudadanos, incluyendo bajo el nombre de ciudadanos a los esclavos manumitidos a los que designó como Nuevos Ciudadanos. [5] También distribuyó viviendas entre el pueblo común, excepto aquellas de la isla, que las dio a sus amigos y a los mercenarios.
Cuando Dionisio pensaba que había ya organizado su tiranía correctamente, condujo su ejército contra los Sículos, estando impaciente por traer a todos los pueblos independientes bajo su control, y a los Sículos en particular, a causa de su anterior alianza con los Cartagineses. [6] En consecuencia avanzó contra la ciudad de los Herbesios y hizo preparativos para su asedio. Pero los Siracusanos que estaban en el ejército, ahora que tenían las armas en sus manos, comenzaron a reunirse en grupos y a reprocharse unos a otros que no se habían unido a la caballería en derrocar al tirano (13) . El hombre nombrado por Dionisio para mandar a los hombres amenazó al principio a uno de aquellos que hablaban libremente, y cuando el hombre respondió, caminó audazmente hasta él para darle un golpe. [7] Los soldados, airados por esto, mataron al comandante, cuyo nombre era Dorico, y, gritando a los ciudadanos para que lucharan por su libertad, llamaron a la caballería de Etna; pues la caballería, que había sido castigada con el exilio al comienzo de la tiranía, ocupaba este lugar.

VIII. Dionisio, lleno de pavor por la revuelta de los Siracusanos, levantó el asedio y marchó rápidamente a Siracusa, deseoso de asegurar la ciudad. Ante su huída los que se habían rebelado eligieron como generales a los hombres que habían matado al comandante, e incorporando a su número a la caballería de Etna, pusieron un campamento frente al tirano en un collado llamado Epipolas, y bloquearon su acceso a la campiña. [2] Y despacharon a la vez embajadores a los de Mesana y Regio, urgiéndoles a unirse en la tentativa por la libertad actuando por mar; pues había sido práctica de estas ciudades en aquel tiempo aparejar no menos de ochenta trirremes. Esas trirremes fueron despachadas por las ciudades en este tiempo a los Siracusanos, estando deseosos de ayudarles en la causa de la libertad. [3] Los rebeldes también anunciaron un gran premio para el que matara al tirano y prometieron la ciudadanía a los mercenarios que se les unieran. También construyeron ingenios de guerra con los que golpear y derruir las murallas, lanzaron diariamente asaltos contra la isla, y recibieron bien a cualesquiera mercenarios que se pasaban a ellos.
[4] Dionisio, estando privado como estaba de los accesos a la campiña y constantemente siendo abandonado por los mercenarios, reunió a sus amigos en un consejo para analizar la situación; pues había desesperado tan completamente de conservar su tiránico poder que ya no estaba estudiando cómo derrotar a los Siracusanos sino más bien cómo encontrar la muerte de tal manera que el fin de su gobierno no careciera del todo de gloria. [5] Entonces Heloris, uno de sus amigos, o, como alguno dice, su padre adoptivo, le dijo “la Tiranía es una bonita mortaja”; pero Polixeno, su cuñado, le aconsejó emplear su caballo más veloz y cabalgar hasta el dominio de los Púnicos ante los Campanos, a los que Himilcón había dejado para custodiar los territorios de Sicilia. Filisto, empero, quien compuso su historia después de aquellos hechos, declaró en oposición a Polixeno que no era apropiado acabar con la tiranía galopando a lomos de un caballo sino para ser expulsado, arrastrado de una pierna (14) . Dionisio convino con Filisto y decidió no aceptar nada más que abandonar el trono por su propia voluntad. En consecuencia envió embajadores a los revoltosos y les urgió a permitirles a él y a sus compañeros dejar la ciudad, mientras que secretamente despachaba mensajeros a los Campanos y les prometía cualquier precio que pidieran por que levantaran el asedio.

IX. Después de los sucesos que hemos descrito los Siracusanos, habiendo dado al tirano permiso para irse embarcado con cinco barcos, tomó los asuntos con más bien poca preocupación; a la caballería, puesto que no había sido de ninguna utilidad durante el asedio, la disolvieron, mientras que en cuanto a la infantería, la mayoría se volvieron al campo, presumiendo que la tiranía realmente había llegado a su fin. [2] Los Campanos, estando animados por las promesas que habían recibido, lo primero de todo llegaron a Agyrio, y dejando su bagaje allí con Agyris, el gobernante de la ciudad, avanzaron sin problemas a Siracusa, sumando un número de mil doscientos équites. [3] Haciendo la jornada rápidamente, cayeron inesperadamente sobre los Siracusanos y, matando a muchos de ellos, se abrieron paso hasta Dionisio. En este mismo momento trescientos mercenarios habían también llegado para ayudar al tirano, de modo que sus esperanzas revivieron. [4] Los Siracusanos, como el poder despótico cobraba de nuevo fuerzas, estaban en desacuerdo entre ellos, sosteniendo algunos que debían mantenerse y continuar el sitio y otros que debían licenciar sus fuerzas y abandonar la ciudad.
[5] Tan pronto como Dionisio supo de esto, condujo su ejército contra ellos, y cayendo sobre ellos mientras estaban desordenados, fácilmente los venció cerca de la Nueva Ciudad, como es llamada. No muchos de ellos, empero, fueron muertos, puesto que Dionisio, cabalgando entre sus hombres, les impedía matar a los fugitivos. Los Siracusanos se reunieron con la caballería en Etna. [6] Dionisio, después de enterrar a los Siracusanos que habían caído, despachó embajadores a Etna, pidiendo a los exilados que aceptaran la paz y volvieran a su tierra natal, y dando juramento de que no albergaría enemistad contra ellos. [7] Entonces algunos de ellos, que habían dejado atrás a hijos y esposas, se sintieron obligados a aceptar la oferta; pero el resto contestó, cuando los embajadores señalaron la buena acción que Dionisio había hecho en las exequias de los muertos, que él merecía el mismo favor, y rogaron a los Dioses que pudieran, más pronto que tarde, verle obteniéndolo. [8] Aquellos hombres, en consecuencia, que de ninguna manera tenía confianza en el tirano, permanecieron en Etna, buscando una oportunidad contra él. Dionisio trató con humanidad a los exilados que volvieron, deseando animar al resto a volver también a su tierra natal. A los Campanos les premió con regalos que eran pertinentes y luego los alejó de la ciudad, habiendo advertido su inconstancia. [9] Aquellos marcharon a Entella y persuadieron a los hombres de la ciudad a recibirlos como compatriotas; luego cayeron sobre ellos de noche, mataron a los hombres en edad militar, se casaron con las esposas de los hombres a los que habían traicionado y se posesionaron de la ciudad.

X. En Grecia los Lacedemonios, ahora que habían llevado la guerra del Peloponeso a su conclusión, ostentaron la supremacía por reconocimiento universal en tierra y mar. Nombrando a Lisandro almirante, le ordenaron visitar las ciudades y poner en cada una a los magistrados que llaman harmostas (15) ; pues los Lacedemonios, que sentían desagrado por las democracias, deseaban que las ciudades tuvieran gobiernos oligárquicos. [2] También exigieron tributo a los pueblos a los que habían vencido, y aunque antes de este tiempo no habían usado monedas acuñadas, ahora recaudaban cada año de los tributos más de cien talentos (16) .
Cuando los Lacedemonios habían arreglado los asuntos de Grecia a su gusto, despacharon a Aristo (17) , uno de sus hombres distinguidos, a Siracusa, pretendiendo públicamente que derrocarían al gobierno, pero en verdad con la intención de incrementar el poder de la tiranía; pues deseaban que ayudando a establecer el gobierno de Dionisio obtendrían su presto servicio a causa de sus buenas acciones para con él. [3] Aristo, después de haber desembarcado en Siracusa y discutido secretamente con el tirano sobre los asuntos que hemos mencionado, procuraron animar a los Siracusanos y les prometió restaurar su libertad; luego mató a Nicoteles el Corintio, un líder de los Siracusanos, hizo más fuerte al tirano traicionando a aquellos que depositaron su confianza en él y por tal conducta trajo la desgracia a él mismo y a su tierra natal. [4] Dionisio, enviando a los Siracusanos a recoger sus cosechas (18) , entró en sus casas e incautó las armas de todos ellos; después de esto construyó una segunda muralla en la acrópolis, hizo naves de guerra y también reclutó un gran número de mercenarios; y adoptó todas las demás medidas para salvaguardar la tiranía, puesto que había aprendido por experiencia que los Siracusanos aprovecharían cualquier cosa para zafarse de la servidumbre.

XI. Mientras estos sucesos estaban ocurriendo, Farnabazo, el sátrapa (19) del rey Darío, deseando agradar a los Lacedemonios, se apoderó de Alcibíades el Ateniense y lo condenó a muerte. Pero puesto que Éforo cuenta que su muerte fue decidida por otras razones, pienso que no es inútil exponer el complot contra Alcibíades tal como el historiador lo ha descrito. [2] Éste dice en el libro décimo séptimo que Ciro y los Lacedemonios estaban tramando planes secretos para una guerra conjunta contra el hermano de Ciro, Artajerjes, y Alcibíades, sabiendo del propósito de Ciro por varias fuentes, fue a Farnabazo y le habló de ello en detalle; y le solicitó alguien que lo llevara en una misión ante Artajerjes, puesto que deseaba ser el primero de descubrir el complot al Rey. [3] Pero Farnabazo, en oyendo la historia, usurpó la función de informador y envió hombres de confianza para rebelar el asunto al Rey. Cuando Farnabazo no le dio escoltas para ir a la capital, Éforo continua, Alcibíades fue al sátrapa de Paflagonia para hacer el viaje con su auxilio; pero Farnabazo, temiendo que el Rey escuchara la verdad del asunto, envió hombres tras de Alcibíades para matarlo en el camino. [4] Éstos cayeron sobre él donde aquel había hallado cobijo en un pueblo de Frigia, y durante la noche rodeó el lugar con una gran cantidad de material combustible. Cuando se encendió un gran fuego, Alcibíades trató de salvarse, pero murió por el fuego y las lanzas de sus atacantes (20) .
[5] Hacia la misma época Demócrito (21) el filósofo falleció a la edad de noventa años. Y Lastenes el Tebano, quien fue el vencedor en los Juegos Olímpicos de este año, ganó la carrera, se dice, contra un caballo de carreras, siendo el circuito de Coronea a la ciudad de los Tebanos (22) .
[6] En Italia la guarnición Romana de Erruca (23) , una ciudad de los Volscos, fue atacada por el enemigo, el cual expugnó la ciudad y mató a la mayoría de los defensores. (24)


XII.Cuando los hechos de este año habían llegado a su fin, Euclides era arconte de Atenas y en Roma cuatro tribunos militares asumieron la magistratura consular, Publio Cornelio, Numerio Fabio y Lucio Valerio (25) . [2] Después de que estos magistrados hubieran entrado en funciones, los Bizantinos estaban en serias dificultades por una lucha de facciones y una guerra que estaban sosteniendo con los vecinos Tracios; y puesto que no podían idear una solución para sus mutuas diferencias, solicitaron de los Lacedemonios un general. Los Espartanos, en consecuencia, les enviaron a Clearco para poner orden en los asuntos de la ciudad; [3] y éste, después de ser investido de la suprema autoridad, y habiendo reunido un gran cuerpo de mercenarios, ya no fue su gobernante sino su tirano. Lo primero de todo invitó a sus principales magistrados a asistir a un festival de alguna clase y los condenó a muerte, y después de esto, ya que no había gobierno en la ciudad, se apoderó de un grupo de treinta prominentes Bizantinos, puso un cordel en sus cuellos y los estranguló hasta morir. Después de apropiarse para sí de las haciendas de aquellos a quienes había asesinado, también seleccionó a los ricos entre los demás ciudadanos, y lanzando falsos cargos contra ellos, condenó a algunos a muerte y a otros los exilió. Habiendo así adquirido una gran suma de dinero y reunido un gran cuerpo de mercenarios, hizo seguro su tiránico poder.
[4] Cuando la crueldad y el poder del tirano se divulgaron fuera, los Lacedemonios a lo primero enviaron embajadores ante aquel para persuadirlo de que depusiera su tiránico poder, pero cuando no prestó oídos a sus peticiones, enviaron un ejército contra él bajo el mando de Pantodas. [5] Clearco, en sabiendo de su aproximación, transfirió su ejército a Selimbria, siendo dueño también de esta ciudad, pues asumía que después de los muchos crímenes que había cometido contra los Bizantinos, tendría como enemigos no sólo a los Lacedemonios, sino también a los habitantes de la ciudad. [6] Consecuentemente, habiendo decidido que Selimbria sería una base segura para la guerra, trasladó su tesoro y su ejército a este lugar. Cuando supo que los Lacedemonios estaban cerca, avanzó a su encuentro y trabó batalla con las tropas de Pantodas en el lugar llamado Poros. [7] El combate duró luengo tiempo, pero los Lacedemonios pelearon espléndidamente y las fuerzas del tirano fueron destruidas. Clearco con unos pocos compañeros fue al principio bloqueado en Selimbria y asediado allí, pero después se atemorizó y huyó de noche, y pasó a Jonia, donde se hizo íntimo de Ciro, el hermano del Rey Persa, y obtuvo el mando de sus tropas. [8] Pues Ciro, que había sido nombrado supremo comandante de las satrapías que se extendían junto al mar (26) y estaba encendido de ambición, estaba planeando conducir un ejército contra su hermano Artajerjes. [9] Observando, por tanto, que Clearco poseía osadía y pronta intrepidez, le entregó fondos y le ordenó que enrolara cuantos mercenarios pudiera, en la creencia de que tendría en Clearco un apto partidario para su atrevida empresa.

XIII. Lisandro el Espartano, después de que había introducido gobiernos en todas las ciudades bajo el dominio de los Lacedemonios en concordancia con el deseo de los éforos, estableciendo un gobierno de diez hombres en algunas y oligarquías en otras, fue el centro de atención de Esparta. Pues al poner a la guerra del Peloponeso fin había logrado entregar a su tierra patria la hegemonía, reconocida por todos, en tierra y mar. [2] Consecuentemente, habiendo llegado a ensoberbecerse con el orgullo de este logro, concibió la idea de poner fin al reinado de los Heraclidas y hacer a cada Espartano elegible para la elección de rey; pues esperaba que el reinado muy pronto recaería sobre él a causa de sus hazañas, que eran muy grandes y gloriosas. [3] Conociendo que los Lacedemonios prestaban mucha atención a las respuestas de los oráculos, intentó sobornar a la profetisa de Delfos, ya que creía que, si recibiera una respuesta oracular favorable a los proyectos que albergaba, llevaría más fácilmente a cabo su proyecto a un fin satisfactorio. [4] Pero cuando no pudo ganarse a los asistentes del oráculo, a pesar de las grandes sumas que les prometió, abrió negociaciones sobre este mismo asunto con la sacerdotisa del oráculo de Dodoma, por mediación de cierto Ferécrates, quien era oriundo de Apolonia e íntimo de los asistentes del templo.
[5] No teniendo éxito, marchó a Cirene, aduciendo como razón cumplir votos a Amón, pero realmente con el propósito de sobornar el oráculo; y llevó con él una gran suma de dinero con la que esperaba ganarse a los servidores del templo. [6] Y de hecho Libys, el rey de aquellas regiones, era huésped y amigo de su padre, y así que el hermano de Lisandro había sido llamado Libys por razón de la amistad con el rey. [7] Con la ayuda del rey, entonces, y el dinero que traía, esperaba ganárselos, pero no sólo fracasó en su plan, sino que los encargados del oráculo enviaron legados para acusar a Lisandro por su esfuerzo en sobornar el oráculo. Cuando Lisandro llegó a Lacedemonia, se propuso hacerle juicio, pero presentó una persuasiva defensa de su conducta. [8] Entonces en este momento los Lacedemonios no sabían nada del propósito de Lisandro de abolir la monarquía en la línea de los descendientes de Heracles; pero algún tiempo después, después de su muerte, cuando algunos documentos estaban siendo examinados en su casa, encontraron un discurso, compuesto con gran gasto (27) , que había preparado para entregárselo al pueblo, para persuadirles de que los reyes debían ser elegidos de entre todos los ciudadanos.

XIV. Dionisio, el tirano de los Siracusanos, después que había hecho la paz con los Cartagineses y se había librado de sublevaciones en la ciudad, estaba deseoso de unir a él las ciudades vecinas de los Calcidios (28) , esto es, Naxos, Catana y Leontinos. Estaba ansioso por ser señor de ellas porque radicaban en las fronteras de Siracusa y ofrecían muchas ventajas para un ulterior incremento de su tiránico poder. Lo primero de todo, entonces, acampó cerca de Etna y ganó la fortaleza, no siendo problema los exilados para un ejército de tal proporción; [3] y después de esto, avanzó a Leontinos y sentó sus reales cerca de la ciudad a lo largo del río Teria. Entonces al principio dirigió su ejército en orden de batalla y despachó un heraldo a los habitantes, ordenándoles rendir la ciudad y creyendo que había infundido el terror en los ánimos de ellos. [4] Pero cuando los Leontinos no le prestaron atención y se prepararon para sostener un asedio, Dionisio, no teniendo ingenios de guerra, levantó el sitio por el momento, pero saqueó todo su territorio. [5] Desde allí marchó contra los Sículos, afectando que estaba enzarzado en una guerra contra ellos para que los Catanios y los Naxios aflojaran en la defensa de sus ciudades. [6] Y mientras permanecía en las cercanías de Enna, persuadió a Aimnesto, un natural de la ciudad, a que hiciera una tentativa por la tiranía, prometiéndole ayuda en la ejecución. [7] Pero cuando Aimnesto había tenido éxito en su proyecto y luego no admitió a Dionisio en la ciudad, éste airado cambió de bando y urgió a los Enneos a derrocar la tiranía. Éstos corrieron al mercado con sus armas, peleando por su libertad, y la ciudad se sumió en el tumulto. [8] Dionisio, en oyendo la disensión, tomó sus tropas ligeras, entró en la ciudad por un lugar por un lugar desocupado, se apoderó de Aimnesto y lo entregó a los Enneos para ser castigado. Él mismo, apartándose de toda injusticia, partió de la ciudad. Hizo esto, no tanto porque hubiera actuado correctamente, como porque quería animar a otras ciudades a confiar en él.

XV. Desde Enna Dionisio marchó a la ciudad de los Herbiteos e intentó destruirla. Pero no logrando nada, hizo la paz con ellos y condujo su ejército a Catana, pues Arcesilao, el general de los Catanios, le había ofrecido traicionar a la ciudad en su favor. Consecuentemente, siendo admitido por Arcesilao hacia media noche, se hizo dueño de Catana. Después de arrebatar las armas a los ciudadanos, puso una adecuada guarnición en la ciudad. [2] Después de esto Procles, el comandante de los Naxios, siendo atraído con grandes promesas, entregó su ciudad natal a Dionisio, quien, después de darle los regalos prometidos al traidor y entregarle a sus parientes, vendió a los habitantes como esclavos, trasfirió su propiedad a los soldados para saqueo y derruyó las murallas y las casas. [3] Dedicó un trato similar también a los Catanios, vendiendo a los habitantes que capturó como botín en Siracusa. Entonces el territorio de los Naxios fue dado por él como presente a los vecinos Sículos y entregó a los Campanios la ciudad de los Catanios como su lugar para vivir. [4] Después de esto avanzó a Leontinos con todo su ejército y puso sitio a la ciudad, y enviando embajadores a los habitantes, les ordenó rendir la ciudad y obtener la ciudadanía en Siracusa. Los Leontinos, viendo que no recibirían ayuda y fijándose en el destino de los Naxios y Catanios, se aterrorizaron en el temor de que sufrirían el mismo infortunio. En consecuencia, plegándose a las exigencias del momento, aceptaron la propuesta, abandonaron su ciudad y se trasladaron a Siracusa.

XVI. Arcónides, el líder de Herbita, después de que la ciudadanía de los Herbiteos habían concluido la paz con Dionisio, decidió fundar una ciudad. Pues no sólo tenía muchos mercenarios sino también una multitud diversa que había entrado en la ciudad a raíz de la guerra contra Dionisio; y muchos de los indigentes de entre los Herbiteos le habían prometido vivir en la colonia. [2] Consecuentemente, tomando una multitud de refugiados, ocupó una colina que estaba situada a ocho estadios del mar, en la que fundó la ciudad de Halesa; y puesto que había otras ciudades de Sicilia con el mismo nombre, la llamó Halesa Arconidion por él mismo. [3] Cuando, en tiempos posteriores, la ciudad creció mucho por el comercio marítimo y porque los Romanos la eximieron de tributos, los Halesios negaron su parentesco con los Herbiteos, considerando una deshonra ser considerados colonos de una ciudad inferior. [4] Sin embargo, hasta el tiempo presente numerosos lazos de relación han sido hechos entre ambos pueblos, y celebran sus sacrificios en el templo de Apolo con los mismos ritos. Pero hay quienes dicen que Halesa fue fundada por los Cartagineses en la época en que Himilcón firmó su paz con Dionisio.
[5] En Italia estalló una guerra entre los Romanos y el pueblo de Veyes por las siguientes razones (29) . En esta campaña los Romanos votaron por primera vez dar un estipendio anual a los soldados para su mantenimiento. Sometieron también por asedio la ciudad de los Volscos que se llamaba en ese tiempo Anxor (30) pero ahora tiene el nombre de Tarracina. (31)


XVII.A fin del año Mición fue arconte de Atenas y en Roma tres tribunos militares asumieron la magistratura consular, Tito Quincio, Cayo Julio y Aulo Mamilio. Después de que estos magistrados entraran a ejercer sus funciones, los habitantes de Oropo cayeron en una lucha civil y exiliaron a algunos de sus ciudadanos. [2] Durante algún tiempo los exilados se esforzaron en lograr su vuelta por sus propios medios, pero sintiéndose incapaces de conseguir su propósito, persuadieron a los Tebanos para enviar un ejército que les ayudara. [3] Los Tebanos hicieron campaña contra los Oropenses, y haciéndose dueños de la ciudad, reasentaron a los habitantes a unos siete estadios del mar; y por algún tiempo les permitieron tener su propio gobierno, pero después les dieron la ciudadanía Tebana y unieron su territorio a Beocia.
[4] Mientras aquellos sucesos acaecían, los Lacedemonios lanzaron una serie de cargos contra los Eleos, el más serio que habían impedido a Agis, su rey, hacer sacrificios al Dios (32) y que no habían permitido a los Lacedemonios concurrir a los Juegos Olímpicos. [5] En consecuencia, habiendo decidido hacer la guerra a los Eleos, despacharon diez embajadores a aquellos ordenándoles, en primer lugar, permitir a sus ciudades súbditas ser independientes, y después solicitaron su cuota del coste de la guerra contra los Atenienses. [6] Esto lo hicieron en busca de espurios pretextos para sí y de un plausible inicio para la guerra. Cuando los Eleos no sólo no les prestaron atención sino que incluso los acusaron además de esclavizar a los Griegos, despacharon a Pausanias, el otro de sus dos reyes, contra ellos con cuatro mil soldados. [7] Fue acompañado también por muchos soldados de prácticamente todos los aliados salvo los Beocios y Corintios. Éstos, ofendidos por la conducta de los Lacedemonios, no tomaron parte en la campaña contra Élide.
[8] Pausanias, entonces, entró en Élide a través de Arcadia e inmediatamente tomó el lugar de Lasion al primer asalto; luego, dirigiendo su ejército a través de Acrorea, se atrajo a las cuatro ciudades de Traesto, Halium, Epitalio y Opus. [9] Moviéndose desde allí, inmediatamente acampó cerca de Pilo y ocupó este lugar, que estaba a unos setenta estadios de Élide. Después de esto, avanzando a Élide debidamente, levantó su campamento en las colinas junto al río (33) . Poco antes los Eleos habían conseguido de los Etolios mil soldados de élite para ayudarles, a los que confiaron la región junto al gymnasion para protegerla. [10] Cuando Pausanias al principio comenzó el asedio de este lugar, y en una manera descuidada, suponiendo que los Eleos nunca se atreverían a realizar una salida contra él, Etolios y muchos ciudadanos de súbito, saliendo desde la ciudad, infundieron terror en los Lacedemonios y mataron a unos treinta de ellos. [11] En ese momento Pausanias apretó el asedio, pero después, puesto que vio que la ciudad sería difícil de tomar, atravesó su territorio, devastándolo y saqueándolo, incluso aunque fuera suelo sagrado, y reunió gran cantidad de botín. [12] Dado que el invierno se acercaba, construyó un campamento amurallado en Élide y dejó en él fuerzas adecuadas, y él mismo pasó el invierno con el resto del ejército en Dima.
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XVIII.En Sicilia Dionisio, el tirano de los Sículos (35) , ya que se gobierno estaba haciendo progresos satisfactorios, decidió hacer la guerra a los Púnicos; pero no estando aún lo suficientemente preparados, disimuló su propósito mientras hacía los preparativos necesarios para el encuentro que se cernía. [2] Y pensando que en la guerra con los Atenas la ciudad había sido aislada por una muralla que se extendía de mar a mar, tomó cuidado de que, si fuere cogido ante una similar desventaja, nunca sería aislado del campo; pues vio que el sitio de Epipolas, como es llamado, dominaba por naturaleza la ciudad de los Siracusanos. [3] Enviando a buscar, por tanto, maestros constructores, de acuerdo con el consejo de éstos decidió que debía fortificar Epipolas en el punto en que ahora está en pie la Muralla con las Seis Puertas. [4] Pues este lugar, que mira al norte, es empinado en su totalidad, y así el lugar de acceso es difícil de ser ganado desde el exterior. Deseando completar la construcción de las murallas rápidamente, reunió a los campesinos del interior, de los que seleccionó a unos seiscientos hombres capaces y repartió entre ellos el espacio en que se tenía que elevar la muralla. [5] Por cada estadio nombró un maestro constructor y por cada pletro (36) un cantero, y los trabajadores del pueblo llano asignados a la obra sumaban dos mil por cada pletro. Además, otros trabajadores, una multitud en número, extraían la piedra en bruto y seis mil yugos de bueyes los llevaban al lugar designado. [6] y el trabajo unido de tal número de trabajadores llenaba de mucho asombro a quienes los observaban, ya que todos se mostraban celosos de terminar la tarea asignada. Pues Dionisio, para elevar el entusiasmo de la multitud, ofreció valiosos regalos a quienes terminaran primero, especiales presentes para los maestros constructores, y aún otros para los canteros y para los trabajadores normales; y él en persona, junto con sus amigos, supervisó el trabajo todos los días empleados, visitando cada sección e incluso echando una mano a los obreros. [7] Hablando en general, dejó de lado la dignidad de su cargo y se puso junto a los demás. Poniendo sus manos en los trabajos más duros, se afanaba en los mismos trabajos que los demás operarios, de modo que se levantó una gran rivalidad y alguno incluso añadió parte de la noche a la jornada del día, tal ánimo había penetrado en la multitud por el trabajo. [8] Como resultado, contrariamente a lo esperado, la muralla estaba terminada en treinta días. Era de treinta estadios de longitud y con la altura correspondiente, y la fuerza añadida de la muralla la hizo inexpugnable; pues había altas torres a intervalos cortos y fue construida de piedras de cuatro pies de largo y unidas cuidadosamente.

XIX. A fines del año era arconte Exeneto en Atenas, y en Roma seis tribunos militares asumieron la magistratura consular, Publio Cornelio, Ceso Fabio, Espurio Nautio, Cayo Valerio y Manio Sergio (37) . [2] En este tiempo Ciro, que era señor de las satrapías marítimas (38) , había estado planeando durante mucho tiempo conducir un ejército contra su hermano Artajerjes; pues el joven estaba lleno de ambición y ávido de hechos bélicos en una guerra que iba a quedar sin premio. [3] Cuando una adecuada fuerza de mercenarios había sido reclutada para él y todos los preparativos para la campaña habían sido completados, no reveló la verdad a las tropas, sino que procuró decir que estaba dirigiendo el ejército a Cilicia contra los déspotas que estaban en rebelión contra el Rey. [4] También despachó embajadores a los Lacedemonios para recordarles los servicios que les había prestado en su guerra contra los Atenienses y urgirles a unirse a él como aliados. Los Lacedemonios, pensando que la guerra sería para su provecho, decidieron dar a Ciro ayuda e inmediatamente enviaron legados a su almirante, llamado Samo (39) , con instrucciones de que hiciera cuanto Ciro ordenara. [5] Samo tenía veinticinco trirremes, y con ellas navegó a Éfeso ante el almirante de Ciro y se dispuso a cooperar con él en cualquier evento. Enviaron también ochocientos infantes, confiando el mando a Cirísofo. El comandante de la flota bárbara era Tamos, quien tenía cincuenta trirremes que habían sido botadas con gran gasto; y después que los Lacedemonios hubieron llegado, las flotas se hicieron a la mar, siguiendo rumbo a Cilicia.
[6] Ciro, después de reunir en Sardes las levas de Asia y trece mil mercenarios, nombró a Persas de su parentesco gobernadores de Lidia y Frigia, pero confió Jonia, Eolia y territorios limítrofes a su fiel amigo Tamos, quien era nativo de Menfis; luego con su ejército avanzó en dirección a Cilicia y Pisidia, difundiendo noticias de que ciertos pueblos de aquellas regiones estaban en rebeldía. [7] De Asia tenía en total setenta mil soldados, de los que tres mil eran caballería, y del Peloponeso y resto de Grecia trece mil mercenarios. [8] Los soldados del Peloponeso, con la excepción de los Aqueos, estaban mandados por Clearco el Lacedemonio, los de Beocia por Proxeno el Tebano, los Aqueos por Sócrates el Aqueo, y los de Tesalia por Menón de Larisa. [9] Los oficiales de los bárbaros, en mandos de menor importancia, eran Persas, y de todo el ejército el propio Ciro era general en jefe. Había reconocido a sus comandantes que estaba marchando contra su hermano, pero lo mantuvo oculto a las tropas por temor de que abandonaran la empresa a causa de la magnitud de la expedición. Consecuentemente, a lo largo de la marcha, por prever la ocasión a venir, se ganaba el favor de los soldados por su afabilidad y entregándoles abundantes provisiones.

XX. Después que Ciro había atravesado Lidia y Frigia así como las regiones que lindan con Capadocia, llegó a las fronteras de Cilicia y la entrada de las Puertas Cilicias. Este paso es estrecho y empinado, de veinte estados de longitud, y bordeándolas en ambos lados hay montañas muy altas e inaccesibles; y murallas bajaban desde cada lado de las montañas hasta el camino, donde las puertas habían sido construidas a su través. [2] Conduciendo su ejército a través de aquellas puertas, Ciro entró en una llanura que en belleza sobrepasa a cualquiera en Asia, y por ella avanzó a Tarso, la mayor ciudad de Cilicia, que ocupó rápidamente. Cuando Sienesis, el señor de Cilicia, oyó el gran poder del ejército enemigo, se preocupó mucho, ya que no era rival en batalla. [3] Cuando fue convocado a presencia de Ciro y fueron dadas garantías, fue a él, y en sabiendo la verdad sobre la guerra convino en unirse a él como aliado frente a Artajerjes; y envió a uno de sus dos hijos junto a Ciro, dándole también un fuerte contingente de Cilicios para su ejército. Pues Sienesis, siendo por naturaleza falto de escrúpulos y habiéndose familiarizado con las incertidumbres de la Fortuna, había despachado a su otro hijo secretamente al Rey para revelarle los medios que habían sido reunidos contra él y asegurarle que tomaría parte por Ciro por necesidad, pero que era aún leal al Rey, y que, cuando se diera la oportunidad, desertaría de Ciro y se uniría al ejército del Rey.
[4] Ciro dio descanso a su ejército en Tarso veinte días, y después, cuando reemprendió la marcha, las tropas sospecharon que la campaña era contra Artajerjes. Y como cada hombre contaba la longitud de las distancias necesarias y la multitud de pueblos hostiles por los que tendrían que pasar, se llenó de profunda ansiedad; pues se había extendido la información de que para un ejército había una marcha de cuatro meses hasta Bactria y que una fuerza de más de cuatrocientos mil soldados había sido reunido por el Rey. [5] Consecuentemente, los soldados tuvieron más temor y se desanimaron, y en su rencor a sus oficiales intentaron matarlos en base a que sus comandantes los habían traicionado. Pero cuando Ciro les habló a todos y cada uno de ellos y les aseguró que estaba conduciendo el ejército no contra Artajerjes sino contra cierto sátrapa de Siria, los soldados condescendieron, y cuando hubieron recibido un incremento de paga, renovaron su antigua lealtad a él.

XXI. Marchando Ciro por Cilicia llegó a Issos, que se sitúa a orillas del mar y es la última ciudad de Cilicia. Al mismo tiempo la flota de los Lacedemonios también arribó a la ciudad, y los comandantes desembarcaron, se reunieron con Ciro y le refirieron la buena voluntad de los Espartanos hacia él; y desembarcaron y entregaron a Ciro ochocientos infantes bajo el mando de Cirísofo. [2] La presunción era de que aquellos mercenarios eran enviados por los amigos de Ciro, pero de hecho todo fue hecho con el consentimiento de los éforos. Los Lacedemonios no habían aún iniciado abiertamente hostilidades, pero estaban simulando su propósito, aguardando el momento de la guerra.
Ciro marchó con su ejército, yendo hacia Siria, y ordenó a los almirantes acompañarle por mar con todos los barcos. [3] cuando llegó a las Puertas (40) , como son llamadas, y encontró el lugar sin custodia, estaba jubiloso, pues estaba muy preocupado de que pudieran tropas haberlas ocupado antes de su llegada. El lugar es estrecho y empinado, de modo que puede ser fácilmente defendido por pocas tropas. [4] Pues dos montañas están una frente a otra, una irregular y con grandes despeñaderos, y la otra empezaba inmediatamente en el camino mismo, y es la más alta en aquellas regiones, llamándose Amanos y extendiéndose por Fenicia; y el espacio entre las montañas, unos tres estadios de longitud, tiene murallas que discurren por toda su longitud y puertas cerradas que hacen el pasaje estrecho. [5] Entonces, después de pasar por las Puertas sin lucha, Ciro despachó la parte de flota que estaba aún con él para que regresara a Éfeso, ya que no le sería de utilidad ahora que marcharía tierra adentro. Después de una marcha de veinte días llegó a la ciudad de Tapsaco, que se asienta junto al río Eufrates. [6] Aquí permaneció cinco días, y después de ganarse al ejército con abundantes provisiones y el botín del forrajeo, lo convocó a una asamblea y reveló la verdad sobre su campaña. Cuando los soldados recibieron sus palabras desfavorablemente, les suplicó, a todos y cada uno, que no lo dejaran en la estacada, prometiendo, además de otros grandes premios, que, cuando llegaran a Babilonia, daría a cada uno cinco minas de plata (41) . Los soldados, en consecuencia, acreciendo en sus expectativas, se decidieron a seguirlo. [7] Cuando Ciro cruzó el Eufrates, con su ejército, continuó el camino sin hacer altos, y tan pronto como alcanzó los límites de Babilonia, dio descanso a sus tropas.

XXII. El Rey Artajerjes había sabido algún tiempo antes por Farnabazo que Ciro estaba secretamente reclutando un ejército para dirigirlo contra él, y cuando ahora supo que estaba en marcha, convocó sus ejércitos de todas partes a Ecbatana en Media. [2] Cuando los contingentes de los Indios y ciertos otros pueblos se retrasaron a causa de la lejanía de aquellas regiones, partió al encuentro de Ciro con el ejército que había sido reunido. Tenía en total no menos de cuatrocientos mil soldados, incluyendo caballería, como dice Éforo. [3] Cuando llegó a la planicie de Babilonia, acampó a orillas del Eufrates, pensando dejar su bagaje dentro de él; pues había sabido que el enemigo no estaba lejos y temía su osadía temeraria. [4] En consecuencia cavó una trinchera de sesenta pies de ancho y diez de profundidad y rodeó el campamento con los carros de su tren de bagaje como una muralla. Habiendo dejado atrás en el campo el bagaje y los asistentes que no eran útiles para la batalla, dejó una adecuada guardia para su custodia, y conduciendo en persona su ejército sin estorbo, avanzó al encuentro del enemigo que ya estaba cerca.
[5] Cuando Ciro vio el ejército del Rey avanzando, inmediatamente desplegó sus tropas en orden de batalla. El flanco derecho, que estaba junto al Eufrates, era ocupado por infantería compuesta de Lacedemonios y algunos de los mercenarios, todos bajo el mando de Clearco el Lacedemonio, y ayudándole en el combate estaba la caballería de Paflagonia, más de mil. El flanco izquierdo estaba ocupado por las tropas de Frigia y Lidia y unos mil de caballería, bajo el mando de Arrideo. [6] El propio Ciro se había situado en el centro de la línea de batalla, junto con las tropas escogidas de los Persas y otros bárbaros, unos diez mil; y encabezando la vanguardia ante él estaba la caballería mejor equipada, mil, armados con corazas y espadas Griegas. [7] Artajerjes dispuso delante de su línea de batalla los carros Escitas en no pequeño número, y las alas las puso bajo mando de Persas, mientras él mismo tomaba posiciones en el centro con no menos de cincuenta mil tropas de élite.

XXIII. Cuando los ejércitos estaban a una distancia de tres estadios, los Griegos cantaron el peán y avanzaron al principio despacio, pero tan pronto como se encontraron dentro del alcance de los proyectiles comenzaron a correr a gran velocidad (42) . Clearco el Lacedemonio les había dado órdenes de hacer esto, ya que no corriendo desde una gran distancia tenía en mente mantener a los soldados frescos para la batalla, mientras que si avanzaban a la carrera a poca distancia, esto, se pensaba, causaría que los proyectiles lanzados por arcos y otros medios volarían sobre sus cabezas. [2] Cuando las tropas con Ciro se aproximaron al ejército del Rey, tal multitud de proyectiles fue arrojada sobre ellos como uno pudiera esperar ser lanzada por una hueste de cuatrocientos mil. Sin embargo, pelearon poco tiempo con lanzas y luego durante el resto de la batalla combatieron mano a mano.
[3] Los Lacedemonios y el resto de mercenarios al primer choque infundieron el temor en los bárbaros contrarios por el esplendor de sus armas y la pericia que demostraron. [4] Pues los bárbaros iban protegidos por pequeños escudos y sus divisiones estaban en su mayor parte equipadas con armas ligeras; y, además, estaban sin experiencia en los peligros de la guerra, mientras que los Griegos habían estado en constante batalla por razón de la larga guerra del Peloponeso y eran muy superiores en experiencia. En consecuencia, inmediatamente pusieron a sus enemigos en fuga, los persiguieron, y mataron a muchos de los bárbaros. [5] En el centro de las líneas, así ocurrió, estaban situados los hombres que estaban contendiendo por la monarquía. Por ello, conocedores de este hecho, cargaron uno contra el otro, estando muy deseosos de decidir el resultado de la batalla por sus propias manos; pues la Fortuna, al parecer, llevó la rivalidad de los hermanos por el trono hasta la culminación de un duelo como si fuera en imitación del antiguo combate temerario de Eteocles y Polinices tan celebrado en la tragedia (43) . [6] Ciro fue el primero en lanzar su lanza a distancia, y golpeando al Rey, lo derribó a tierra; pero los sirvientes del Rey rápidamente lo cogieron y se lo llevaron de la batalla. Tisafernes, un noble Persa, entonces sucedió en el supremo mando ejercido por el Rey, y no sólo reunió a las tropas sino que se batió de forma espléndida; y remediando el revés que supuso la herida del Rey y llegando a todas partes con sus tropas de élite, mató a gran número de enemigos, de modo que su presencia era visible desde lejos. [7] Ciro, exultante por el éxito de sus fuerzas, se arrojó temerariamente en medio del enemigo y al principio mató a muchos, ya que no puso límites a su osadía; pero después, como luchó demasiado imprudentemente, fue golpeado por un soldado Persa y cayó mortalmente herido. Ante su muerte los soldados del Rey ganaron confianza para la batalla y al final, por causa de su número y atrevimiento, vencieron a sus oponentes.

XXIV. En el otro flanco Arrideo, que era el segundo al mando de Ciro, al principio sostuvo valientemente la carga de los bárbaros, pero después, puesto que estaba siendo rodeado por la línea más extendida del enemigo y había sabido de la muerte de Ciro, huyó con los soldados bajo su mando a uno de los puestos donde una vez había parado, el cual no era un lugar inadecuado para la retirada. [2] Clearco, cuando observó que el centro de sus aliados y las otras partes habían sido vencidos, paró su persecución, y llamando de vuelta a sus soldados, los puso en orden; pues temía que si todo el ejército se volviera hacia los Griegos, serían rodeados y muertos hasta el último hombre. [3] Las tropas del Rey, después que había puesto a sus enemigos en fuga, primero saqueó el tren de bagaje de Ciro y luego, cuando cayó la noche, se agruparon y se lanzaron sobre los Griegos; pero cuando los Griegos hicieron frente al ataque valientemente, los bárbaros combatieron con ellos poco tiempo y después huyeron, siendo superados por los hechos de valor y habilidad Griegos. [4] Las tropas de Clearco, cuando habían matado gran número de bárbaros, como ya era de noche, volvieron al campo de batalla y levantaron un trofeo, y hacia la segunda vigilia llegaron salvos a su campamento. [5] Tal fue el resultado de la batalla, y del ejército del Rey más de quince mil fueron muertos, la mayoría de los cuales cayeron a manos de los Lacedemonios y los mercenarios al mando de Clearco. [6] En la otra parte unos tres mil soldados de Ciro murieron, mientras que de los Griegos, se dice, ninguno fue muerto, aunque unos pocos fueron heridos.
[7] Cuando amaneció, Arrideo, quien había huido al parador, envió mensajeros a Clearco, urgiéndole a conducir a sus soldados ante él y unírsele para hacer un regreso seguro a la costa. Pues ahora que Ciro había sido muerto y los ejércitos del Rey tenían ventaja, una profunda preocupación se había apoderado de aquellos que habían osado hacer la guerra para destronar a Artajerjes.

XXV. Clarco convocó a los generales y comandantes y celebró consejo con ellos sobre la situación. Mientras discutían sobre ello, vinieron embajadores del Rey, el principal de los cuales era un Griego, Falino de nombre, que era de Zacinto. Fueron admitidos en el consejo y hablaron como sigue: “el Rey Artajerjes dice: puesto que he derrotado y muerto a Ciro, debéis rendir vuestras armas, venir ante mis puertas y ver cómo podéis apaciguarme y obtener algún favor”. [2] Ante aquellas palabras cada general dio una réplica muy parecida a la que Leónidas hizo cuando estaba custodiando el Paso de las Termópilas y Jerjes envió mensajeros ordenándole deponer sus armas (44) . [3] Pues Leónidas en esa ocasión instruyó a los mensajeros para que le dijeran al Rey: “creemos que si llegamos a ser amigos de Jerjes, seremos mejores aliados si conservamos nuestras armas, y si somos forzados a hacer la guerra contra él, lucharemos mejor si las conservamos”. [4] Cuando Clearco hubo contestado de esta manera al mensaje, Próxeno de Tebas dijo: “tal como están las cosas, hemos perdido prácticamente todo, y todo lo que nos queda es nuestro honor y nuestras armas. En mi opinión, por tanto, si conservamos las armas, nuestro valor también nos será útil, pero si las deponemos, entonces incluso nuestro valor no nos servirá de nada”. En consecuencia dieron este mensaje para el Rey: “si estás maquinando algún mal contra nosotros, con nuestras armas combatiremos contra ti por tus propias posesiones”. [5] se dice que también Sofilo, uno de los generales, dijo: “estoy sorprendido ante las palabras del Rey, pues si cree que es más fuerte que los Griegos, que venga con su ejército y nos quite nuestras armas; pero si desea emplear la persuasión, que diga qué favor de igual valor nos dará a cambio de ellas”. [6] Después de estos Sócrates el Aqueo dijo: “el Rey está ciertamente comportándose para con nosotros de una manera muy asombrosa; pues lo que desea tomar de nosotros lo pide inmediatamente, mientras que lo que nos será dado a cambio nos ordena que lo pidamos más tarde. En una palabra, si es por la ignorancia de quiénes son los vencedores el que nos ordene obedecer sus órdenes como si nos hubiese derrotado, que venga con su numerosa hueste y descubra de qué lado cae la victoria; pero si, conociendo bastante bien que somos los vencedores, emplea mentiras, ¿cómo confiaremos más adelante en sus palabras?”.
[7] Después de que los mensajeros hubieran recibido estas respuestas, partieron; y Clearco marchó al parador al que las tropas que habían escapado de la batalla se habían retirado. Cuando todo el ejército se había reunido en el mismo lugar, discutieron cómo volverían al mar y qué ruta tomarían. [8] Entonces se convino que no debían volver por el mismo camino por el que habían venido, ya que buena parte de él era tierra devastada donde no podrían encontrar provisiones disponibles con un ejército hostil pisándoles los talones. Resolvieron, por tanto, dirigirse a Paflagonia y marchar en esta dirección con el ejército, yendo a paso pausado, ya que recogían las provisiones según avanzaban.

XXVI. El Rey se estaba recuperando de su herida, y cuando supo que sus oponentes se estaban retirando, creyó que huían y marchó con rapidez tras ellos con su ejército. [2] Tan pronto como los hubo alcanzado a causa de su lento avance, por el momento, puesto que era de noche, levantó su campamento cerca de ellos, y cuando amaneció y los Griegos estaban desplegando su ejército para la batalla les envió mensajeros y para el tiempo siguiente convino una tregua de tres días. [3] Durante este periodo alcanzaron este acuerdo: el Rey dispondría que su territorio les sería amistoso; les proveería de guías para su marcha al mar y les suministraría provisiones en el camino; los mercenarios al mando de Clearco y todas las tropas al mando de Arrideo pasarían a través de su territorio sin hacer ningún daño. [4] Después de esto comenzaron su viaje, y el Rey condujo su ejército a Babilonia. En esta ciudad acordó conceder honores a todos aquellos que habían llevado a cabo hechos de valor en la batalla y consideró que Tisafernes había sido el más valiente de todos. Por ello lo honró con ricos presentes, le dio a su hija en matrimonio, y desde entonces lo tuvo por su más fiable amigo; y también le confirió el mando que Ciro había ejercido sobre las satrapías marítimas.
[5] Tisafernes, viendo que el Rey estaba airado con los Griegos, le prometió que los destruiría de una vez por todas, si el Rey le daba tropas y venía a términos con Arrideo, pues creía que Arrideo traicionaría a los Griegos durante la marcha. El Rey aceptó fácilmente esta sugerencia y le permitió seleccionar de todo su ejército tantas de las mejores tropas como quisiera. (Cuando Tisafernes alcanzó a los Griegos envió una carta a Clearco y al (45) [6] resto de los generales para que acudieran a él y escucharan lo que tenía que decirles en persona. Por ello, prácticamente todos los generales, junto con Clearco y unos treinta capitanes, fueron a Tisafernes, y de los soldados gregarios unos doscientos, que querían ir al mercado, los acompañaron. [7] Tisafernes invitó a los generales a su tienda y los capitanes esperaron a la entrada. Y poco después, a la señal de una bandera roja levantada desde la tienda de Tisafernes, se apoderó de los generales dentro, ciertas tropas escogidas cayeron sobre los capitanes y los mataron, y otros asesinaron a los soldados que habían acudido al mercado. Del resto, unos escaparon a su campamento y revelaron el desastre que les había sucedido.

XXVII. Cuando los soldados supieron lo que había ocurrido, en este momento fueron invadidos por el pánico y todos acudieron a las armas en gran desorden, ya que no había nadie al mando; pero después de esto, porque nadie los molestaba, eligieron generales y pusieron el mando supremo en las manos de uno, Quirísofo el Lacedemonio. [2] Los generales organizaron el ejército para la marcha por la ruta que consideraron la mejor y marcharon a Paflagonia. Tisafernes envió a los generales en cadenas a Artajerjes, quien ejecutó a todos salvo únicamente a Menón, ya que se consideraba que éste, a causa de una pelea con sus aliados (46) , estaba dispuesto a traicionar a los Griegos. [3] Tisafernes, siguiéndolos con su ejército, se pegó a los Griegos, pero no osó entablar con ellos batalla cara a cara, temiendo como temía el valor y la temeridad de hombres desesperados; y aunque los hostigó en lugares muy adecuados para este propósito, no pudo hacerles ningún gran daño, pero los siguió, causándoles algunas dificultades, hasta llegar al país del pueblo llamado Carducos.
[4] Puesto que Tisafernes no pudo lograr nada más, marchó con su ejército a Jonia; y los Griegos avanzaron durante siete días por las montañas de los Carducos, sufriendo mucho a manos de los nativos, quienes eran un pueblo guerrero y familiarizado con la región. [5] Eran enemigos del Rey y un pueblo libre que practicaba las artes de la guerra, y se entrenaban especialmente en lanzar las mayores piedras que podían con hondas y en el uso de enormes arcos, con los que infligían heridas a los Griegos desde posiciones ventajosas, matando a muchos y hiriendo seriamente a no pocos. [6] Pues los arcos eran de largo más de dos codos (47) y perforaban escudos y coraza, de modo que ninguna armadura podía soportar su fuerza; y aquellas flechas que usaban eran tan largas, se dice, que los Griegos ataban correas en torno a las que habían sido lanzadas y las usaban como lanzas para lanzarlas. [7] Luego que hubieron atravesado con dificultad el país que hemos mencionado, llegaron al río Centrites, que cruzaron, y entraron en Armenia. El sátrapa allí era Tiribazo, con el que hicieron una tregua y pasaron por su territorio como amigos.

 

Notas..


1) Esto es, de 1184 a. C. a 405 a. C. Atenas capituló en Abril del 404 a. C., pero el año de Diodoro es el año del arcontado Ateniense, en este caso, de Julio del 405 a Julio del 404. Volver

2) III. 404 a. C.Volver

3) El nombre de Pitodoro, el arconte del año, no fue usado por los Atenienses para marcar el año, puesto que no fue elegido legalmente (cp. Jen. Hell. 2.3.1).Volver

4)Crocinas en Jen. Hell. 2.3.1.Volver


5)En el “stadion”.Volver


6)Comandante de una guarnición Espartana y gobernador de la ciudad.Volver


7)Los discursos de Critias y Teramenes vienen en Jen. Hell. 2.3.24-49.Volver


8) Esto es, de los Once, tribunal que tenía a su cargo a los prisioneros condenados y la ejecución de las sentencias capitales (cp. Jen. Hell. 2.3.54).Volver


9)Un pancratista (un boxeador y luchador) al que Jenofonte da el papel principal en su Symposium. Vide Plus. Lis. 15.Volver


10)Como víctimas.Volver


11)“Sículos” debe ser un error por “Griegos Sicilianos” o “Siracusanos”.Volver


12)Ortigia.Volver


13)Cp. Libro 13.112.Volver

14)Cp. Plus. Dión 35.5.Volver.


15)Gobernadores de Esparta. Después de Egospotamos Lisandro había nombrado tribunales de diez ciudadanos en cada ciudad conquistada para formar un gobierno oligárquico. Vide Jen. Hell. 3.4.2.


16)Diodoro en la única autoridad para tal cifra, que difícilmente puede ser comprobada.Volver


17)Llamado Aretes en cap. 70.3.Volver


18)Wurm sugiere “enviándoles al teatro”.Volver


19)Sátrapa de Frigia y Bitinia.Volver


20)Un relato muy diferente de las circunstancias del asesinato de Alcibíades es trasmitido por Plut. Alc. 38.3.Volver


21)El famoso artífice de la teoría “atómica”.Volver

22) Una distancia de unas treinta millas.Volver


23)Verrugo (Livio 4.58).Volver


24)XII. 403 a. C.Volver


25)La mayoría de los manuscritos añaden “y Terencio Máximo”.Volver


26)El Mar Egeo. Jen. Anab. 1.1.2. dice que había sido creado “general de todas las fuerzas que se reúnen en la planicie de Castolo”.Volver


27)O más probablemente, “compuesto con gran cuidado”.Volver

28)i.e. colonias de Calcis. Volver


29)Hay probablemente una laguna aquí. Las “razones” son dadas en Livio 4.58. Volver

30)Anxur.Volver


31)XVII. 402 a. C. Volver

32)Zeus Olímpico. Volver

33)El Peneo.Volver

34)XVIII. 401 a. C. Volver

35) Vide 7.1, nota. Volver

36)La sexta parte de un estadio, unos cien pies.Volver


37)Varios manuscritos completan en número añadiendo “y Junio Lúculo”.Volver


38)Vide cap. 12.8. y nota. Volver


39)Samio en Jen. Hell. 3.1.1.Volver


40)Entre Cilicia y Siria.Volver


41)Unos noventa dólares.Volver


42)La batalla es conocida como la de Cunaxa.Volver

43)El relato más completo preservado está en Esquilo, Los Siete contra Tebas.Volver


44)Vide libro 11.5.5.Volver


45)Hay claramente una laguna en el texto, lo que de hecho está indicado por dos de los manuscritos. Las palabras entre paréntesis bastan para entender el relato, aunque una parte de considerable extensión puede haberse perdido.Volver

46)O “con los generales camaradas suyos.Volver

47)Unos tres pies.Volver