DIODORO

«BIBLIOTECA HISTÓRICA: LIBRO XIV»

Traducción y adaptación "el Anónimo Castellano"

 

 

CONTENIDOS DEL LIBRO XIV

Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en tres partes más un índice.

Índice - Parte I -Parte II - Parte III

-La construcción de la muralla en el Quersoneso (cap. 38).
-Los preparativos hechos por Dionisio para la contra los Cartagineses y su fabricación de armas, en relación con lo cual inventó el proyectil lanzado por una catapulta (caps. 41-44).
-Cómo Dionisio sometió Motye por asedio, una notable ciudad de los Púnicos (caps. 48-53).
-Cómo los Egesteos pusieron fuego en el campamento de Dionisio (cap. 54).
-Cómo los Cartagineses pasaron a Sicilia con trescientos mil soldados y hicieron la guerra a Dionisio (cap. 55).
-La retirada de Dionisio a Siracusa (cap. 55).
-La expedición Púnica a los Estrechos y la captura de Mesana (caps. 56-58).
-La gran batalla naval entre los Cartagineses y Dionisio y la victoria de los primeros (caps. 59-62).
-El saqueo por los Cartagineses de los templos de Demeter y Core (cap. 63).
-El castigo de los Dioses a los saqueadores de los templos y la destrucción del ejército Púnico por la peste (caps. 63, 70-71).
-La batalla naval entre los Siracusanos y los Cartagineses y la victoria de los segundos (cap. 64).
-El discurso en la asamblea sobre la libertad por Teodoro (caps. 65-69).
-Cómo Dionisio superó a los mil más turbulentos de sus mercenarios y hizo que los masacraran (cap. 72).
-Cómo Dionisio puso sitio a los puestos avanzados y al campamento de los Púnicos (cap. 72).
-Cómo Dionisio sometió a los Cartagineses por asedio e incendio muchos de los barcos del enemigo (cap. 73).
-La derrota de los Cartagineses por tierra y por mar (cap.74).
-La huída de los Púnicos de noche, habiendo Dionisio colaborado con ello sin conocimiento de los Siracusanos a cambio de un soborno de cuatrocientos talentos (cap. 75).

 

XXXVIII.  A fines del año en Atenas Aristócrates entró en ejercicio del arcontado y en Roma la magistratura consular fue ejercida por seis tribunos militares, Cayo Servilio, Lucio Verginio, Quinto Sulpicio, Aulo Mutilio y Manio Sergio [69] . [2] Después que estos magistrados entraron en funciones los Lacedemonios, sabiendo que Tibrón estaba conduciendo sin eficacia la guerra, despachó a Dercilidas como general a Asia; y éste tomó el mando del ejército y avanzó contra las ciudades de la Tróade. [3] Entonces Hamaxito y Colonas y Arisba fueron tomadas al primer asalto, luego Ilion y Cerbenia y todo el resto de ciudades de la Tróade, ocupando unas por astucia otras por la fuerza. Después de esto concluyó un armisticio de ocho meses con Farnabazo y avanzó contra los Tracios que habitaban en aquellos tiempos Bitinia; y después de devastar su territorio condujo su ejército a los cuarteles de invierno.

[4] En Heraclea Traquiniana se produjo una discordia civil y los Lacedemonios enviaron allí a Heripidas para restaurar el orden. Tan pronto como Heripidas llegó a Heraclea convocó al pueblo a asamblea, y rodeándolo con los hoplitas, arrestó a los autores de la discordia y los condenó a todos a muerte, unos quinientos. [5] Y puesto que los habitantes de Oete se habían rebelado, hizo la guerra contra ellos, les infirió muchos daños y les obligó a abandonar su tierra. La mayoría de ellos, junto con sus esposas e hijos, huyeron a Tesalia, desde donde fueron devueltos a sus hogares cinco años después por los Beocios.

[6] Mientras estos sucesos tenían lugar, los Tracios invadieron el Quersoneso con gran multitud, devastaron toda la región y mantuvieron sus ciudades cercadas. Los habitantes del Quersoneso, estando muy hostigados en la guerra, pidieron que el Lacedemonio Dercilidas acudiera desde Asia. [7] Éste, pasando desde allí con su ejército, expulsó a los Tracios del país y protegió el Quersoneso con una muralla que corría de mar a mar [70] . Por este acto previno cualquier intento futuro de los Tracios; y después de ser honrado con grandes regalos trasladó su ejército a Asia.

 

XXXIX.   Farnabazo, después de la tregua que había sido firmada con los Lacedemonios, regresó junto al Rey y le convenció del plan de preparar una flota y nombrar a Conón el Ateniense como su almirante; pues Conón tenía experiencia en los hechos de guerra y especialmente en combate con el enemigo actual [71] , y aunque sobresalía en la guerra, estaba en ese momento en Chipre en la corte del rey Evágoras [72] . Después de ser el Rey persuadido, Farnabazo tomó quinientos talentos de plata y se dispuso a construir una fuerza naval. [2] Navegando a Chipre, ordenó a los reyes de allí preparar cien trirremes y luego, después de discutir con Conón sobre el mando de la flota, lo nombró comandante supremo del mar, dándole indicaciones en nombre del Rey de las grandes esperanzas que Conón podía concitar. [3] Conón, en la esperanza no sólo de que recuperaría la hegemonía de Grecia para su país natal si los Lacedemonios eran vencidos en guerra sino también que se ganaría un gran renombre, aceptó el mando. [4] Y antes de que toda la flota estuviera preparada, tomó cuarenta barcos que estaban cerca y navegó a Cilicia, donde comenzó los preparativos para la guerra. 

Farnabazo y Tisafernes reclutaron soldados de sus propias satrapías y partieron, marchando a Éfeso, puesto que los enemigos tenían sus fuerzas en esta ciudad. [5] El ejército que les acompañaba tenía doscientos mil infantes y diez mil équites. En oyendo de la aproximación de los Persas, Dercilidas, el general de los Lacedemonios, sacó su ejército, teniendo en total no más de siete mil hombres. [6] Pero cuando las fuerzas estuvieron unas frente a otras, concluyeron una tregua y trascurrió un periodo de tiempo en que Farnabazo mandaría una carta al Rey sobre los términos del tratado, estando preparado para acabar la guerra, y Dercilidas explicaría el asunto a los Espartanos. Así por su entendimiento los generales dispersaron sus ejércitos.

 

XL.   Los habitantes de Regio, que eran colonos de Calcis, estaban molestos al ver el incremento de poder de Dionisio. Pues había vendido como esclavos a los de Naxos y Catana [73] , sus parientes, y a los Regianos, porque eran de la misma sangre [74] que aquellos infortunados pueblos, este acto fue causa de una preocupación extraordinaria, puesto que todos temían que el mismo desastre cayera sobre ellos. [2] Por tanto decidieron hacer la guerra rápidamente contra el tirano antes de se hiciera demasiado poderoso. Su decisión sobre la guerra fue inmediatamente apoyada mucho también por los Siracusanos que habían sido exiliados por Dionisio, pues muchos de ellos estaban en ese momento residiendo en Regio y estaban continuamente discutiendo el asunto y proclamando que todos los Siracusanos aprovecharían la ocasión para unirse al ataque. [3] Al final los Regianos nombraron generales y partieron con ellos seis mil infantes, seiscientos équites, y cincuenta trirremes. Los generales cruzaron el estrecho e indujeron a los generales de los Mesenios a unirse a la guerra, declarando que sería terrible cosa para ellos permanecer completamente ociosos cuando las ciudades griegas, y sus cercanías, habian sido totalmente destruidas por el tirano. [4] Entonces los generales fueron ganados por los Regianos y, sin obtener el voto del pueblo, condujeron sus fuerzas que consistían en cuatro mil infantes, cuatrocientos caballos y treinta trirremes. Pero cuando los ejércitos que he mencionado habían avanzado hasta los límites de Mesana, estalló la discordia entre los soldados debido a un discurso pronunciado por el Mesenio Laomedonte; [5] pues les advirtió no comenzar la guerra contra Dionisio quien no les había hecho ningún mal. Por ello las tropas Mesenias, porque el pueblo no había aprobado la guerra, siguieron inmediatamente su consejo, y, abandonando a sus generales, volvieron a casa; [6] y los Regianos, porque no eran lo suficientemente fuertes ellos solos para la batalla, cuando vieron que los Mesenios estaban abandonando su ejército, también volvieron rápidamente a Regio. Al principio Dionisio había conducido su ejército a la frontera del territorio de Siracusa, aguardando el ataque del enemigo; pero cuando supo de su retirada, condujo su ejército de vuelta a Siracusa. [7] Cuando los Regianos y los Mesenios enviaron embajadores a tratar los términos de la paz, decidió que era en su ventaja poner fin a la enemistad contra aquellos estados y firmó la paz.

 

XLI.   Cuando Dionisio observó que algunos de los Griegos estaban pasándose al dominio púnico, junto con sus ciudades y haciendas, concluyó que en tanto estuviera en paz con los Cartagineses muchos de sus súbditos estarían esperando unirse a la defección, mientras que, si les hacía la guerra, todos los que habían sido esclavizados por los Cartagineses se sublevarían contra ellos. Y también oyó que muchos Púnicos en Libia habían caído víctimas de la peste que se había producido entre ellos. [2] Pensando por estas razones, entonces, que tenía una ocasión favorable para la guerra, decidió que primero se efectuarían los preparativos; pues asumía que la guerra sería grande y prolongada ya que estaba entrando en una contienda con el más poderoso pueblo de Europa. [3] Inmediatamente, por tanto, reunió artesanos expertos, trayéndolos de Italia y Grecia así como de territorio cartaginés. Para su propósito iba a fabricar armas en gran número y todo tipo de proyectiles, y también cuatrirremes y quinquerremes, no habiéndose todavía construido en ese tiempo ningún barco de esa última clase [75] . [4] Después de reunir muchos expertos artesanos, los dividió en grupos de acuerdo con su arte, y puso a su frente a los más destacados ciudadanos, ofreciendo grandes recompensas a cualquiera que habilitara un suministro de armas. En cuanto a las armas, distribuyó entre ellos modelos de cada clase, porque había reunido mercenarios de muchas naciones; [5] porque estaba deseoso de hacer armar a cada uno de sus soldados con las armas de su país, considerando que con tales armas su ejército provocaría, por esta razón, una gran alarma, y que en batalla todos sus soldados lucharía óptimamente con las armas a las que se habían acostumbrado. [6] Y puesto que los Siracusanos entusiásticamente apoyaron la política de Dionisio, vino a suceder que se produjo una gran rivalidad en la fabricación de las armas. Pues no sólo todos los lugares, tales como pórticos y habitaciones traseras de los templos así como los gimnasios y las columnatas del mercado, estaban llenos de trabajadores, sino que la fabricación de grandes cantidades de armas continuaba, aparte de en tales lugares públicos, en la mayoría de casas distinguidas.

 

XLII.   De hecho la catapulta fue inventada en este tiempo en Siracusa [76] , ya que los artesanos más capaces habían sido reunidos desde todas partes en un lugar. Los altos salarios así como los numerosos premios ofrecidos a los artesanos que eran considerados como los que mejor estimulaban su celo. Y con estos y aquellos factores, Dionisio trataba diariamente con los artesanos, conversaba con ellos en tono amigable, y recompensaba a los más dedicados con regalos y los invitaba a su mesa. [2] Por ello los artesanos albergaban una dedicación insuperable en idear muchos proyectiles e ingenios de guerra que fueran novedosos y capaces de rendir grandes servicios. Él también comenzó la construcción de cuatrirremes y quinquerremes, siendo en primero en pensar en la construcción de tales navíos. [3] Pues, oyendo que tales trirremes habían sido construidas por primera vez en Corinto, deseaba incrementar la escala de la construcción naval en su ciudad que había sido fundada por colonos de allí. [4] Después de obtener permiso para transportar madera de Italia envió la mitad de sus leñadores al monte Etna, en el que en ese tiempo había grandes masas de abetos y pinos excelentes, mientras que a la otra mitad la mandó a Italia, donde había preparado equipos para llevar la madera al mar, así como barcos y pilotos que llevaran la madera manufacturada rápidamente a Siracusa. [5] Cuando Dionisio hubo acumulado una adecuada cantidad de madera, comenzó a una y al mismo tiempo a construir más de doscientos barcos y a reparar los ciento diez que ya tenía; y también construyó completamente en la Gran Puerto, como es llamado, ciento sesenta costosos diques de carena, muchos de los cuales podían albergar dos navíos, y reparó los cinto cincuenta que ya había.

 

XLIII.   Con tantas armas y barcos en construcción en un solo lugar el observador se veía rodeado de perfectas maravillas a la vista. Pues siempre que un hombre miraba la impaciencia mostrada en la construcción de naves, pensaba que cada Griego en Sicilia estaba implicado en su construcción; y cuando, por otra parte, visitaba los lugares en que los hombres estaban fabricando las armas e ingenios de guerra, pensaba que todo trabajo productivo estaba dedicado a esto solamente. [2] Sin embargo, a pesar del óptimo celo dedicado a los trabajos que hemos mencionado, se habían hecho ciento cincuenta mil escudos y un número similar de dagas y cascos; y además se habían preparado corazas, de cada clase y forjados con extremo arte, más de catorce mil. [3] Éstas Dionisio esperaba atribuirlas a su caballería y a los comandantes de la infantería, así como a los mercenarios que iban a formar su guardia personal. También había hecho fabricar catapultas de todo estilo y un gran número de otros proyectiles. [4] Para la mitad de las naves de guerra que estaban preparadas, los pilotos, oficiales de proa y los remeros fueron reclutados de entre los ciudadanos, mientras que para el resto de navíos Dionisio reclutó mercenarios. Cuando la construcción de barcos y la fabricación de las armas se terminó, Dionisio dirigió su atención a la recluta de soldados; pues creía que era ventajoso no reclutarlos demasiado pronto para evitar fuertes gastos.

[5] En este año Astydamas [77] , el escritor de tragedias, escribió su primera obra; y vivió sesenta años.

Los Romanos estaban asediando Veyes, y cuando se hizo una salida desde la ciudad, algunos Romanos fueron despedazados por los Veyenses y otros escaparon huyendo vergonzosamente.

 

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XLIV. Cuando este año había venido a su fin, Iticles fue arconte en Atenas y en Roma cinco tribunos militares eran nombrados en lugar de los cónsules, Lucio Julio, Marco Furio, Marco Emilio, Cayo Cornelio y Ceso Fabio. Dionisio, el tirano de los Siracusanos, tan pronto como la mayor parte del objetivo de fabricar armas y construir una flota se había completado, se dedicó inmediatamente a levar soldados. [2] De los Siracusanos reclutó a aquellos que eran aptos para el servicio militar en compañías y de las ciudades sometidas a él convocó a sus hombres capaces. También reunió mercenarios de toda Grecia, y especialmente de Lacedemonia, pues los Espartanos, para ayudarle a incrementar su poder, le dieron permiso de de reclutar de entre ellos a tantos mercenarios como quisiera. Y, hablando en general, puesto que hizo un punto de reunión de su fuerza mercenaria de muchas naciones y les prometió una alta paga, encontró hombres que eran adecuados.  

[3] Puesto que Dionisio iba a originar una gran guerra, se dirigió a las ciudades de Sicilia con cortesía, ganándose su buena voluntad. Vio que los Regianos y Mesenios que habitaban en el Estrecho [79] tenían un fuerte ejército movilizado y temía que, cuando los Cartagineses pasaran a Sicilia, se unieran a los Púnicos; pues aquellas ciudades aportarían no poca fuerza al bando con el que se aliaran para la guerra. [4] Porque estas consideraciones eran la causa de gran preocupación para Dionisio, cedió como regalo a los Mesenios una gran extensión de territorio en sus fronteras, uniéndolos a él por este hecho; y a los Regianos les envió legados, urgiéndoles a unir lazos por matrimonio y darle en matrimonio a una virgen que fuera una ciudadana suya; y prometió que ganaría para ellos una gran porción del territorio adyacente y que haría todo lo que estuviera en su mano para añadirlo a la fuerza de su ciudad. [5] Pues desde que su esposa, la hija de Hermócrates, había sido asesinada en la época de la sublevación de la caballería [80] , estaba deseoso de tener hijos, en la creencia de que la lealtad de su descendencia sería la salvaguarda más poderosa de su tiránico poder. Sin embargo, cuando una asamblea del pueblo fue celebrada en Regio para deliberar sobre la propuesta de Dionisio, después de mucho debate los Regianos votaron no aceptar la unión matrimonial [81] . Ahora que Dionisio había fracasado en su proyecto, mandó a sus embajadores para el mismo propósito al pueblo de los Locrios [82] . Cuando éstos votaron aprobar la alianza matrimonial, Dionisio pidió la mano de Doris, la hija de Jéneto, quien en este tiempo era el ciudadano más respetado. [7] Unos pocos días antes del matrimonio envió a Locros una quinquerreme, la primera que había construido, ornada con mobiliario de oro y plata; en ella hizo trasladar a la doncella a Siracusa, donde la llevó a la acrópolis. [8] Y también pretendió en matrimonio de entre el pueblo de su ciudad a la más notable virgen entre ellos, Aristómaca [83] , para quien envió un carro tirado por cuatro caballos blancos para traerla a su casa.

 

XLV.   Después que Dionisio hubo tomado en matrimonio a ambas vírgenes al mismo tiempo, dio una serie de donativos a los soldados y a la mayor parte de los ciudadanos; pues entonces renunció al aspecto opresivo de su tiranía, y girando hacia el curso de un reparto equitativo, gobernaba a sus súbditos de manera más humana, no condenando más a muerte ni exiliando, como había sido su práctica. [2] Después de sus matrimonios dejó pasar unos pocos días y luego convocó una asamblea de Siracusanos y les urgió a hacer la guerra contra los Púnicos, declarando que eran los más hostiles hacia los Griegos en general y que tenían aspiraciones en cada oportunidad sobre los Griegos de Sicilia en particular. [3] Por el momento, dijo, los Cartagineses estaban inactivos a causa de la peste que se había producido entre ellos y que había acabado con la mayor parte de los habitantes de Libia, pero cuando se hubieran recuperado su fuerza, no se abstendrían de atacar a los Griegos Sicilianos, contra los que habían estando conjurando desde los primeros tiempos. Era por tanto preferible, continuó, llevar a cabo una guerra decisiva contra ellos mientras estén débiles que esperar y luchar cuando fueran fuertes. [4] Al mismo tiempo proclamó qué terrible era permitir que las ciudades griegas estuvieran esclavizadas por los bárbaros, y que aquellas ciudades se unirían más animosamente a la guerra, ya que lo que más deseaban era obtener su libertad. Después que habló largo a favor de su política rápidamente obtuvo el apoyo de los Siracusanos. [5] De hecho no deseaban menos la guerra que él, primero de todo por su odio a los Púnicos quienes eran la causa de estar obligados a recibir órdenes del tirano; en segundo lugar, porque esperaban que Dionisio los trataría más humanamente a causa de su miedo al enemigo y a un ataque sobre él por los ciudadanos a los que había esclavizado; pero sobre todo, porque esperaban que una vez tuvieran armas en sus manos, podrían luchar por su libertad, si la Fortuna les daba la oportunidad.  

 

XLVI.   Después la reunión de la asamblea de Siracusanos, con el permiso de Dionisio, saquearon las posesiones de los Fenicios; pues no pequeño número de Cartagineses tenían sus casas en Siracusa y sus ricas haciendas, y muchos también de sus mercaderes tenían navíos en el puerto cargados de bienes, todos los cuales fueron saqueados por los Siracusanos. [2] Similarmente el resto de los Griegos Sicilianos expulsaron a los Fenicios que vivían con ellos y saquearon sus posesiones; pues aunque aborrecían la tiranía de Dionisio, estaban empero alegres de entrar en guerra con los Púnicos por la crueldad de este pueblo. [3] Por las mismas razones, también, los habitantes de las ciudades griegas bajo el gobierno de los Cartagineses, tan pronto como Dionisio declaró públicamente la guerra, hicieron pública exhibición de su odio a los Fenicios; pues no sólo se apoderaron de sus haciendas como botín, sino que también echaron mano sobre sus personas y los sometieron a toda clase de torturas y ultrajes, recordando lo que ellos mismos habían sufrido durante el tiempo de su cautividad. [4] Tan lejos llevaron la venganza que desataron sobre los Fenicios en ese tiempo y después, que los Cartagineses aprendieron la lección de no transgredir la ley en su trato de los pueblos conquistados; pues alcanzaron a colegir, aprendiendo como lo hicieron por muchos hechos, que en la guerra la Fortuna es imparcial para ambos combatientes y en la derrota ambos bandos deben sufrir la misma suerte que ellos mismos han dado a aquellos que fueron desafortunados. 

[5] Entonces cuando Dionisio había ultimado todos sus preparativos para la guerra, decidió enviar mensajeros a Cartago con el anuncio: Los Siracusanos declaran la guerra a los Púnicos salvo que éstos devuelvan la libertad a las ciudades griegas que habían esclavizado.

Dionisio, entonces, estaba ocupado en los asuntos que hemos relatado.

[6] Ctesias [84] el historiador terminó en este año su Historia de los Persas, que empezaba con Nino y Semíramis. Y en este año los más distinguidos escritores de ditirambos estaban en su apogeo, Filoxeno de Citera, Timoteo de Mileto, Telesto de Selinunte y Poleido, quien era también experto en las artes de pintura y música.

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XLVII.  A fines del año, en Atenas Lisíades [86] fue creado arconte, y en Roma seis tribunos militares ostentaban el cargo de cónsul, Popilio Malio, Publio Melio, Espurio Furio y Lucio Publio [87] . Cuando Dionisio, el tirano de los Siracusanos, había completado todos sus preparativos para la guerra según su proyecto personal, envió un legado a Cartago, habiéndole entregado una carta para el senado, [2] que contenía la declaración de que los Siracusanos habían decidido hacer la guerra a los Cartagineses salvo que se retiraran de las ciudades griegas. El legado consecuentemente, conforme a sus órdenes, navegó a Libia y entregó la carta al senado. Leída la carta en el consejo y luego ante el pueblo, sucedió que los Púnicos estaban no poco afligidos ante la idea de la guerra; pues la peste había matado a gran número de ellos, e igualmente no estaban preparados en absoluto. [3] Sin embargo, esperaron a que los Siracusanos tomaran la iniciativa y enviaron a miembros del senado con grandes sumas de dinero a reclutar mercenarios a Europa [88] .   

[4] Dionisio con los Siracusanos, los mercenarios y sus aliados partió de Siracusa y marchó a Érice [89] . Pues no lejos de este monte está situada la ciudad de Motye, una colonia Púnica, que usaban como base principal de operaciones contra Sicilia; y Dionisio esperaba que con esta ciudad en su poder tendría no poca ventaja sobre sus enemigos. [5] En el curso de su marcha recibió de cuando en cuando contingentes de las ciudades griegas, entregando a toda la leva de cada una de ellas con armas, pues estaban todos deseosos de unirse a su campaña, odiando la dura mano de la dominación fenicia y degustando al fin la libertad. [6] Recibió primero la leva de Camarina, luego la de Gela y Acragas; y después envió a por los de Himera, cuyo asiento estaba al otro lado de Sicilia, y añadiendo después a los hombres de Selinunte, según pasaba por allí, llegó a Motye con todo su ejército. [7] Tenía ochenta mil infantes, unos tres mil caballos y poco menos de doscientos navíos de guerra, y estaba acompañado de no menos de quinientos barcos mercantes cargados con gran número de ingenios de guerra y todos los otros bastimentos necesarios. 

 

XLVIII.   Puesto que el ejército era de grandes dimensiones, como hemos descrito, el pueblo de Érice estaba aterrorizado por la magnitud del ejército y, odiando a los Cartagineses como lo hacían, sen entregaron a Dionisio. Los habitantes de Motye, empero, esperando ayuda de los Púnicos, no se desanimaron ante el ejército de Dionisio, sino que se prepararon para sostener el asedio; pues eran conscientes de que los Siracusanos saquearían Motye en primer lugar, pues era la más leal a los Púnicos. [6] Esta ciudad estaba situada en una isla a seis estadios de Sicilia, y estaba ornada artísticamente al máximo con numerosas bellas casas, gracias a la prosperidad de sus habitantes. También tenía una estrecha calzada artificial que se extendía hacia la orilla de Sicilia, que los de Motye cortaron en aquel tiempo, para que el enemigo no se aproximara a ellos.  

[3] Dionisio, después de reconocer el área, junto con sus ingenieros, comenzó a construir diques orientados a Motye, sacó los navíos a tierra a la entrada del puerto y amarró los barcos mercantes a lo largo de la playa. [4] Después de esto dejó a Leptines [90] su almirante al mando de los trabajos, mientras él mismo iba con la infantería de su ejército contra las ciudades que eran aliadas de los Cartagineses. Entonces los Sículos [91] , temiendo la gran dimensión del ejército, se pasaron todos a los Siracusanos, y del resto de las ciudades sólo cinco permanecieron leales a los Cartagineses, siendo éstas Halicias, Solo, Egesta, Panormo y Entela. [5] De ahí que Dionisio saqueó el territorio de Solo y Panormo y también el de Halicias, y taló los árboles, pero asedió Egesta y Entela con considerables fuerzas y lanzó continuos ataque contra ellas, buscando hacerse con el control de ellas por la fuerza. Tal era el estado de los asuntos de Dionisio.

 

XLIX.   Himilcón, el general de los Cartagineses, estando ocupados en reunir los ejércitos y en otros preparativos, envió a su almirante con diez trirremes con la orden de navegar rápidamente en secreto contra los Siracusanos [92] , entrar en el puerto de noche y destruir las naves mercantes dejadas allí. [2] Hizo esto, esperando generar engaño y obligar a Dionisio a enviar parte de su flota de vuelta a los Siracusanos. El almirante que había sido enviado ejecutó sus órdenes con prontitud y entró en el puerto de los Siracusanos de noche mientras que nadie sabía lo que había ocurrido. Atacando sorpresivamente, cayó sobre los barcos que anclaban a lo largo de la costa, hundió prácticamente todos y luego volvió a Cartago. [3] Dionisio, después de devastar todo el territorio dominado por los Cartagineses y obligando al enemigo a buscar refugio tras las murallas, condujo todo su ejército contra Motye, pues esperaba que cuando esta ciudad hubiese sido sometida por asedio, todas las otras se rendirían inmediatamente a él. Por ello, puso inmediatamente muchas veces a más hombres en la tarea de llenar el estrecho entre la ciudad y la costa, y, como el dique estaba tendido, avanzó sus ingenios de guerra poco a poco hacia las murallas.

 

L. Entretanto Himilcón, el almirante de los Púnicos, oyendo que Dionisio había puesto en tierra sus barcos, mandó inmediatamente sus cien mejores trirremes, pues entendía que si aparecía inesperadamente, se apoderaría de los navíos que estaban en tierra en el puerto, y se haría desde ese momento dueño del mar. Una vez tuviera éxito en esto, creía, no sólo levantaría el asedio de Motye sino también llevaría la guerra a la ciudad de los Siracusanos. [2] Navegando, por tanto, con cien barcos, llegó durante la noche al territorio de Selinunte, bordeó el promontorio de Lilibeo y llegó al amanecer a Motye. Puesto que su aparición cogió por sorpresa al enemigo, dañó algunos de los navíos anclados a lo largo de la costa golpeándolos y a otros por el fuego, pues Dionisio no puedo ir en su defensa. [3] Después de esto navegó al puerto y hizo maniobrar a sus barcos como si fuera a atacar a las naves que el enemigo había puesto en tierra. Dionisio entonces envió su ejército a la entrada del puerto; pero cuando vio que el enemigo quedaba en espera de atacar las naves dejadas en el puerto, rechazó arriesgarse enviando sus barcos dentro del puerto, ya que pensaba que la estrecha entrada obligaría a pocos barcos a enzarzarse contra un enemigo muchas veces más numeroso [93] .  [4] Por ello, usando la multitud de sus soldados, subió sus barcos a tierra sin dificultad y los lanzó al mar en salvo fuera del puerto. Himilcón atacó a los primeros barcos, pero fue obligado a retirarse por una multitud de proyectiles, ya que Dionisio había enviado a los barcos con gran número de arqueros y honderos, y los Siracusanos mataron a muchos enemigos empleando desde tierra las catapultas que arrojaban proyectiles de punta afilada. De hecho esta arma generaba mucho desánimo, porque era una nueva invención en aquel tiempo. Como resultado, Himilcón no pudo lograr su objetivo y navegó a Libia, creyendo que una batalla naval no serviría de nada, puesto que las naves del enemigo eran el doble.

 

LI.   Después que Dionisio había completado el dique [94] empleando una gran fuerza de trabajadores, hizo avanzar ingenios de guerra de toda clase a las murallas y procuró golpear las torres con sus arietes, mientras que con las catapultas abatía a los soldados en las almenas; y también hizo avanzar sus torres con ruedas, seis pisos de altas, que había construido a igual altura de las casas. [2] Los habitantes de Motye, ahora que la amenaza estaba cerca, sin embargo no desmayaron su ánimo por el ejército de Dionisio, incluso aunque no tenían por el momento aliados que los ayudaran. Sobrepasando a los asediadores en su sed de gloria, elevaron a hombres en nidos de cuervo que se apoyaban en brazos de casi un metro suspendidos de los mástiles más altos posible, y éstos desde sus elevadas posiciones lanzaban proyectiles incendiarios y estopa ardiente con pez sobre las máquinas de asedio del enemigo. [3] El fuego prendió rápidamente la madera, pero los Griegos sicilianos, acudiendo al rescate, lo apagaron sin tardanza, y entretanto los frecuentes golpes de los arietes derrumbaron una parte de la muralla. Puesto que ahora ambas partes acometían a la vez en un lugar, la batalla que sobrevino se hizo más violenta. [4] Para los Griegos sicilianos, creyendo que la ciudad estaba ya en sus manos, no reparó en esfuerzos para vengarse de los Fenicios de las antiguas ofensas que habían sufrido a sus manos, mientras que la gente de la ciudad, previendo el terrible destino de una vida en servidumbre y no viendo posibilidad de huir ya por mar ya por tierra, afrontó valientemente la muerte. [5] Y encontrado las murallas desnudas de defensas, pusieron barricadas en las callejuelas y hicieron que las últimas casas constituyeran una muralla construida costosamente. De esto vinieron dificultades incluso más grandes para las tropas de Dionisio. [6] Pues después que habían penetrado a través de la muralla y parecían ser los dueños de la ciudad, fueron hostilizados por proyectiles arrojados por hombres que ocupaban posiciones superiores. [7] Sin embargo, avanzaron las torres de madera a las primeras casas y les pusieron pasarelas [95] ; y puesto que las máquinas de asedio eran igual de altas que las casas, el resto del asalto se hizo mano a mano. Pues los Griegos sicilianos lanzaron las pasarelas y se abrieron paso por ellas a las casas.   

 

LII.   Los habitantes de Motye, cuando fueron conscientes de la magnitud del peligro, y con sus esposas e hijos ante sus ojos, lucharon más fieramente sin miedo por su destino. Hubo algunos cuyos padres se pararon suplicándoles que no permitieran ser entregados a la injusta voluntad de los vencedores, quienes habían entonces obrado para llegar a un punto en que no dan ningún valor a la vida; otros, como oyeran los lamentos de sus esposas e hijos indefensos, intentaban morir como hombres antes que ver a sus hijos llevados al cautiverio. [2] La huída de la ciudad por supuesto era imposible, ya que estaba totalmente rodeada por el mar, que era controlado por el enemigo. Lo que más aterraba a los Fenicios y les causaba más desesperación era el pensamiento de con cuánta crueldad habían tratado a sus prisioneros griegos y la perspectiva de sufrir el mismo tratamiento. De hecho no les quedaba ya nada, sino, luchando bravamente, vencer o morir. [3] Cuando un ánimo tan obstinado colmó las almas de los sitiados, los Griegos sicilianos se encontraron en una posición muy difícil. [4] Pues, combatiendo como lo hacían desde puentes suspendidos de madera, sufrieron fuertes pérdidas por la estrechez de las calles y por la desesperada resistencia de sus oponentes, quienes habían abandonado la esperanza de la salvación. Como resultado, algunos murieron en combates mano a mano dando y recibiendo heridas, y otros, rechazados por los Motyanos y cayendo desde los puentes de madera, se precipitaban muriendo contra el suelo. [5] Al final, mientras que la clase de asedio que he descrito había durado algunos días, Dionisio se habituó cada tarde a llamar con trompetas a los soldados y aflojar el asedio. Cuando acostumbró a los Motyanos a tal conducta, retirándose los combatientes de ambas partes, despachó a Arcilo de Turios con las tropas de élite, [6] las cuales, cuando anocheció, colocaron escalas contra las casas derruidas, y marchando por ellas, se apoderaron de un lugar favorable donde llegaron las tropas de Dionisio. [7] Los Motyanos, cuando percibieron lo que había ocurrido, de inmediato acometieron para recuperarlo con todos los ingenios, y aunque era demasiado tarde, sin embargo hicieron frente al combate. La batalla se hizo más virulenta y abundantes refuerzos acudieron por las escalas, hasta que finalmente los Griegos sicilianos vencieron a sus oponentes gracias a su mayor número.

LIII.   Inmediatamente todo el ejército de Dionisio entró en la ciudad, acudiendo también por el dique, y entonces cada lugar se convirtió en una escena de matanza; pues los Griegos sicilianos, deseosos de devolver crueldad por crueldad, mataron a cuantos encontraron, sin hacer distinción entre niños, mujeres o viejos. [2] Dionisio, deseando vender a los habitantes como esclavos para conseguir cuanto dinero pudiera reunir, intentó al principio refrenar a los soldados de asesinar a los prisioneros, pero cuando nadie le prestó atención y vio que la furia de los Griegos sicilianos no iba a ser controlada, situó heraldos que proclamaran y dijeran a los Motyanos que tomaran refugio en los templos que eran reverenciados por los Griegos. [3] Cuando esto fue hecho, los soldados cesaron la matanza y se dedicaron a saquear los bienes; y el saqueo produjo mucha plata y no poco oro, así como costosos vestidos y abundancia de todos los otros productos deseables. La ciudad fue entregada por Dionisio a los soldados para saquearla, puesto que deseaba estimular sus ansias para futuros combates. [4] Después de este éxito recompensó a Arcilo, quien había sido el primero en escalar la muralla, con cien minas [96] , y honró según sus méritos a todos los demás que habían protagonizado hechos de valor; también vendió como botín a los Motyanos que sobrevivieron, pero crucificó a Daimenes y a otros Griegos que habían luchado a favor de los Cartagineses y habían sido tomados cautivos. [5] Después de esto Dionisio puso guardias en la ciudad a la que puso bajo el mando de Bitón de Siracusa; y la guarnición estaba compuesta en su mayoría por Sículos. Ordenó a Leptines su almirante que permaneciera con ciento veinte naves a la espera de cualquier intento del los Púnicos de pasar a Sicilia; y también le encargó el asedio de Egesta y Entella, de acuerdo con su original plan de saquearlas. Entonces, puesto que el verano ya casi había terminado, volvió a Siracusa con su ejército.

[6] En Atenas Sófocles, hijo [97] de Sófocles, empezó a escribir tragedias y ganó el primer premio doce veces.

 

[98]

LIV. Cuando el año había venido a su fin, en Atenas Formión asumió el arcontado y en Roma seis tribunos militares tomaron el lugar de los cónsules, Cneo Genucio, Lucio Atilio, Marco Pomponio, Cayo Duillo, Marco Veturio y Valerio Publilio; y se celebró la nonagésima sexta Olimpiada, en la que Eúpolis de Elis fue el vencedor [99] . [2] En el año en que aquellos magistrados entraron en el cargo Dionisio, el tirano de los Siracusanos, partió de Siracusa con todo su ejército e invadió el territorio de los Cartagineses. Mientras estaba ocupado en devastar la campiña, los de Halicyea desmoralizados enviaron una embajada ante él y firmaron una alianza. Pero los de Egesta, cayendo inesperadamente de noche sobre los asediantes y poniendo fuego a las tiendas donde estaban acampados, produjeron entre los hombres del campamento una gran confusión; [3] pues, como las llamas se extendieron en una gran zona y el fuego no pudo ser controlado, unos pocos soldados que acudían en auxilio perdieron sus vidas y casi todos los caballos se quemaron, junto con las tiendas. [4] Entonces Dionisio devastó el territorio cartaginés sin encontrar oposición, y Leptines su almirante desde sus cuarteles en Motye vigilaba cualquier aproximación del enemigo por mar. 

Los Púnicos, cuando supieron de la magnitud del ejército de Dionisio, decidieron sobrepasarle en sus preparativos. [5] Por ello, otorgando legalmente el poder soberano a Himilcón [100] , reunieron ejércitos de toda Libia y también de Iberia, convocando a algunos de sus aliados y en otros casos reclutando mercenarios. Al final reclutaron trescientos mil infantes, cuatro mil caballos además de carros, que eran de número cuatrocientos, cuatrocientos barcos de guerra y alrededor de otros seiscientos navíos para trasportar comida e ingenios de guerra y otros bastimentos. Éstos son los números referidos por Éforo. [6] Timeo, por otra parte, dice que las tropas trasportadas desde Libia no pasaban de cien mil y declara que unos treinta mil adicionales fueron reclutados en Sicilia. 

 

LV.   Himilcón dio órdenes selladas a todos los pilotos con mandato de abrirlas después de que hubieran navegado y ejecutar las instrucciones. Ideó este esquema para que ningún espía pudiera contarle a Dionisio dónde se situarían; y las órdenes les indicaban situarse en Panormos. [2] Cuando se levantó un viento favorable, todos los navíos soltaron amarras y los transportes salieron a mar abierto, pero las trirremes navegaron al mar Libio y bordearon la costa [101] . El viento continuó favorable, y tan pronto como las primeras naves onerarias fueron visibles desde Sicilia, Dionisio despachó a Leptines con treinta naves con la orden de atacar y destruir todas las que interceptara. [3] Leptines navegó al punto y de inmediato hundieron, junto con sus hombres, los primeros barcos que encontraron, pero el resto, habiendo desplegado las lonas y atrapando sus velas los vientos, escaparon fácilmente. Sin embargo, cincuenta naves fueron hundidas, junto con quinientos soldados y doscientos carros.  

Después que Himilcón se hubiera situado ante Panormos y desembarcado su ejército, avanzó contra el enemigo, ordenando a la flota navegar a su lado; y habiéndose tomado Érice a traición cuando pasaba, puso sus reales ante Motye. Puesto que Dionisio y su ejército estaban en ese tiempo ante Egesta, Himilcón redujo Motye por asedio. [5] Aunque los Griegos sicilianos estaban ansiosos de pelear, Dionisio consideró ser mejor renovar la guerra en otros lugares, porque estaba muy alejado de sus ciudades aliadas y porque el trasporte de los bastimentos era reducido. [6] Habiendo decidido, por tanto, levantar el campamento, propuso a los Sículos abandonar sus ciudades por el momento y unirse a él en la campaña; y a cambio les prometió la entrega de un territorio de una extensión aproximadamente igual y, al finalizar la guerra, regresar a los que así lo quisieran a sus ciudades natales. [7] De los Sículos sólo unos pocos, temiendo que, si se negaban, serían saqueados por los soldados, aceptaron la oferta de Dionisio. Los de Halicea lo abandonaron y enviaron legados al campo cartaginés y firmaron con ellos una alianza. Y Dionisio partió para Siracusa, devastó el territorio a través del que conducía su ejército.

 

LVI.   Himilcón, ahora que sus asuntos estaban sucediéndose como esperaba, hizo preparativos para conducir su ejército contra Mesina, estando ansioso de hacerse con el control de la ciudad por sus ventajas; pues tenía un excelente puerto, capaz de recibir a todos sus barcos, que eran en número más de seiscientos, y Himilcón también esperaba que tomando posesión de los estrechos podría impedir cualquier ayuda de los Griegos italianos y mantener controladas las flotas que pudieran venir del Peloponeso. [2] Con su proyecto en mente, trabó relaciones de amistad con los de Himera y los habitantes de la fortaleza de Cefaloedio [102] , apoderándose de la ciudad de Lípari [103] , obtuvo treinta talentos de los habitantes de la isla. Entonces marchó en persona con todo su ejército hacia Mesina, navegando sus barcos por la costa a su lado. [3] Cubriendo la distancia en breve tiempo, puso su campamento ante Peloris, a una distancia de cien estadios de Mesina. Cuando los habitantes de esta ciudad supieron que el enemigo estaba cerca, no pudieron ponerse de acuerdo sobre la guerra. [4] Una parte, cuando escucharon las noticias del gran poder del ejército enemigo y observaron que ellos mismos estaban sin aliados (lo que es más, su propia caballería estaba en Siracusa) estaban completamente convencidos de que nada podía salvarlos del cautiverio. Lo que más contribuyó a su desesperanza fue el hecho de que sus murallas habían caído y que la situación no dejaba tiempo para su reparación. Por ello trasladaron de la ciudad a sus hijos y esposas y posesiones más valiosas a las ciudades vecinas. [5] Otra parte de los Mesinos, empero, oyendo cierto antiguo oráculo de ellos que decía: “los Púnicos deben ser porteadores de agua en Mesina”, interpretaron la frase en su beneficio, creyendo que los Cartagineses servirían como esclavos en Mesina. [6] En consecuencia no sólo estaban con ánimo esperanzado, sino que consiguieron que muchos otros ansiaran entablar batalla por su libertad. De inmediato, entonces, seleccionaron las mejores tropas de entre sus jóvenes y los enviaron a Peloris para impedir al enemigo entrar en su territorio.

 

LVII.   Mientras los Mesinos estaban ocupados en su proyecto, Himilcón, viendo que habían acometido contra su lugar de desembarco, despachó doscientos barcos contra la ciudad, pues esperaba, como posible, que mientras los soldados estaban intentando impedir su desembarco, los tripulantes de los barcos se apoderarían fácilmente de Mesina, sin defensores como estaba. [2] Un viento del norte se levantó y los barcos con todas las velas desplegadas entraron en el puerto, mientras los Mesinos que estaban de guardia ante Peloris, a pesar de su rápido regreso, fracasaron en llegar antes que los barcos. [3] Por ello los Púnicos cercaron Mesina, se abrieron paso a través de las derruidas murallas y se hicieron señores de la ciudad. [4] De los Mesinos, algunos fueron muertos cuando ofrecieron una valiente resistencia, otros huyeron a las ciudades cercanas, pero la gran masa del pueblo huyó a través de los montes circundantes y se repartieron entre los castillos del territorio; [5] del resto, algunos fueron capturados por el enemigo y algunos, que habían sido interceptados en la zona cercana al puerto, se arrojaron al mar en la esperanza de nadar a través del estrecho. Éstos numeraban más de doscientos  y muchos de ellos fueron vencidos por la corriente, llegando salvos a Italia sólo cincuenta. [6] Himilcón entonces ingresó todo su ejército en la ciudad y al principio se puso a trabajar para someter los castillos de la campiña; pero puesto que estaban situados en posiciones fuertes y los hombres que habían huido a ellos llevaban a cabo valientes combates, se retiraron a la ciudad, habiéndose encontrado incapaces de conquistarlos. Después de esto dio un descanso a su ejército e hizo preparativos para avanzar contra Siracusa.   

 

LVIII.   Los Sículos, que habían odiado a Dionisio desde antaño y ahora tenían una oportunidad de rebelarse, se pasaron a la vez, con la excepción del pueblo de Asoro, a los Cartagineses. En Siracusa Dionisio liberó a los esclavos y con su número llenó sesenta barcos; también convocó unos mil mercenarios Lacedemonios, y marchó por la campiña reforzando los castillos y almacenando en ellos provisiones. Estaba sobre todo preocupado, empero, de fortificar la ciudadela de Leontinos y de almacenar en ella la cosecha de los campos. [2] Persuadió a los Campanos que estaban habitando Catania a trasladarse a Etna, como es ahora llamada, puesto que era un castillo excepcionalmente fuerte. Después de esto hizo avanzar todo su ejército ciento sesenta estadios de Siracusa y acampó cerca de Tauro, como es llamado. Tenía en ese momento treinta mil infantes, más de tres mil caballos y ciento ochenta barcos de guerra, de los que sólo unos pocos eran trirremes.

[3] Himilcón derribó las murallas de Mesina y dio órdenes a sus soldados de demoler hasta los cimientos las casas y no dejar ni una teja o madera o cualquier otra cosa sino quemarlas o romperlas. Cuando las muchas manos de los soldados rápidamente cumplieron la tarea, nadie hubiera sabido que el sitio había estado habitado. [4] Pues, considerando que el lugar estaba muy separado de las ciudades que eran sus aliadas y además era la mejor situada estratégicamente de todas en Sicilia, había decidido que vería o bien que el lugar quedaría inhabitado o bien que su reconstrucción fuera una tarea ardua y prolongada.

 

LIX.   Después que Himilcón había exhibido su odio por los Griegos por la calamidad que infligió a los Mesenios, despachó a Magón su almirante con su armada con orden de navegar a la cima conocida como Tauro [104] . Esta zona había sido tomada por los Sículos en gran número, quienes, empero, no tenían líder. [2] Antes les había entregado Dionisio el territorio de Naxos [105] , pero en este tiempo, habiendo sido incitados por las ofertas de Himilcón, ocuparon la cima. Puesto que era una fuerte posición, en este tiempo y después de la guerra, la hicieron su hogar, rodeándola de una muralla, ya que aquellos que se reunieron permanecieron (menein) en Tauro, llamaron la ciudad Tauromenio.

[3] Himilcón, avanzando con sus fuerzas terrestres, marchó tan rápidamente que llegó al lugar que hemos mencionado en el territorio de Naxos al mismo tiempo que Magón llegaba por mar. Pero ya que había habido recientemente una violenta erupción del monte Etna que alcanzó el mar, no fue ya posible para las fuerzas terrestres avanzar en conjunción con los barcos que navegaban junto a ellas, porque las regiones a lo largo del mar estaban devastadas por la lava, como es llamada, de modo que el ejército de tierra las fuerzas de tierra hubieron de marchar rodeando la cima del Etna. [4] Por ello dio órdenes a Magón de venirse al puerto de Catania, mientras que él mismo avanzaba rápidamente a través del corazón del país con la intención de reunirse con los barcos en la costa de Catania; ya que estaba preocupado de que, cuando sus fuerzas se dividieran, los Griegos sicilianos entablarían batalla con Magón en el mar. Y esto es lo que realmente sucedió. [5] Pues Dionisio, cuando consideró que Magón tenía una corta navegación, mientras que la ruta de las fuerzas terrestres era penosa y larga, se apresuró a Catania con el objeto de atacar a Magón antes de la llegada de Himilcón. [6] Su esperanza era que sus fuerzas de tierra alineadas a lo largo de la costa animarían a sus propias tropas mientras que los enemigos estarían más temerosos, y, lo que era la consideración más importante, que si sufriera un revés de alguna clase, los barcos en peligro podrían hallar refugio en el campamento de las fuerzas terrestres. [7] Con este propósito en la mente, despachó a Leptines con toda su flota con órdenes de navegar con todos sus barcos en orden cerrado, y no romper su línea para que no fueran amenazados por el gran número de sus oponentes; pues, incluyendo  los buques mercantes y barcos a remo con espolones de bronce, Magón tenía no menos de quinientas naves.

 

LX.   Cuando los Púnicos vieron la costa llena de infantes y barcos de los Griegos  cargando contra ellos, inmediatamente sintieron no poca alarma y empezaron a dirigirse a tierra; pero después, cuando consideraron el riesgo que corrían de destrucción dando batalla al mismo tiempo a la flota y a la infantería, cambiaron de idea rápidamente. Decidiendo por tanto dar batalla en el mar, retiraron sus barcos y aguardaron la aproximación del enemigo. [2] Leptines avanzó con sus treinta mejores barcos muy a la cabeza del resto y entabló batalla, de forma no cobarde, pero sin prudencia. Atacando a los barcos primeros de los Cartagineses, al principio hundió un número no pequeño de trirremes enemigas; pero cuando el grueso de los barcos de Magón cayó sobre las treinta, las fuerzas de Leptines sobresalieron en valor, pero los Cartagineses en número. [3] Por ello, como la batalla se hizo más fiera, los pilotos pusieron de costado sus naves en la batalla y la lucha vino a asemejarse a un combate terrestre. Pues no dirigían las naves contra las naves enemigas desde la distancia para atacarlas, sino que los navíos se ponían unos al lado de los otros y el combate era mano a mano. Algunos, mientras saltaban a las naves del enemigo, caían al mar, y otros, teniendo éxito en su intento, continuaban el combate en los barcos de los oponentes. [4] Al final Leptines fue repelido y obligado a huir a mar abierto, y sus restantes naves, atacando sin orden, fueron vencidas por los Púnicos, ya que la derrota sufrida por el almirante levantó la moral de los Fenicios y desanimó mucho a los Griegos.

[5] Después de que la batalla hubiera terminado en la manera que hemos descrito, los Cartagineses persiguieron incluso con más ardor a los enemigos que estaban huyendo en desorden y destruyeron más de cien de sus navíos, y situando sus barcos más ligeros junto a la costa, mataron a cuantos marineros estaban nadando hacia donde estaba el ejército de tierra. [6] Y como perecieron en gran número no lejos de la tierra, mientras las tropas de Dionisio no podía ayudarles de ninguna manera, toda la región se llenó de cuerpos y restos. Allí perecieron en la batalla naval no poco número de Púnicos, pero las pérdidas de los Griegos sicilianos ascendían a más de cien barcos y unos veinte mil soldados. [7] Después de la batalla los Fenicios anclaron sus trirremes en el puerto de Catania, remolcaron las naves que habían capturado, y cuando las habían traído allí, las repararon, de modo que hicieron que la grandeza de su éxito fuera no sólo un cuento para los oídos sino también una evidencia para los ojos de los Cartagineses [106] .

 

LXI.   Los Griegos sicilianos marcharon a Siracusa, pero como consideraban que serían rechazados y forzados ciertamente a sostener un duro asedio, urgieron a Dionisio a buscar un inmediato encuentro con Himilcón a causa de su pasada victoria; pues, decían, tal vez la aparición súbita llenaría de temor a los bárbaros y podrían reparar su anterior revés. [2] Dionisio fue al principio convencido por aquellos consejeros y se preparó para conducir su ejército contra Himilcón, pero cuando algunos de sus amigos le dijeron que corría el riesgo de perder la ciudad si Magón partiera con toda su flota contra Siracusa, rápidamente cambió de idea, y conocía que Mesenia había caído en manos de los bárbaros de manera similar [107] . Y así, creyendo que no era seguro dejar la ciudad sin defensores, se dirigió a Siracusa. [3] La mayoría de los Griegos sicilianos, estando airados por su desgana en encontrarse con el enemigo, abandonó a Dionisio, partiendo algunos de ellos a sus propios países y otros a las fortalezas en las cercanías.

[4] Himilcón, quien había alcanzado en dos días la costa de los Catanios, puso en tierra todos sus navíos, porque se había levantado un fuerte viento, y, mientras descansaban sus fuerzas durante algunos días, envió embajadores a los Campanos que ocupaban Etna, urgiéndoles a rebelarse contra Dionisio. [5] Prometió darles una gran extensión de territorio y compartir con ellos los despojos de la guerra. También les informó que los Campanos que vivían en Entella no habían tenido ningún problema con los Púnicos y que habían tomado parte contra los Griegos sicilianos, y proclamó que en general los Griegos como raza eran enemigos de todos los otros pueblos. [6] Pero ya que los Campanos habían entregado rehenes a Dionisio y habían enviado a Siracusa sus mejores tropas, se vieron obligados a mantener la alianza con Dionisio, aunque de buen grado se habrían unido a los Cartagineses.

 

LXII.   Después de esto Dionisio, que temía a los Cartagineses, envió a su cuñado Polixeno como embajador a los Griegos de Italia y a los Lacedemonios, así como a los Corintios, animándoles a venir en su ayuda y a no tolerar que las ciudades griegas de Sicilia fueran por completo destruidas. También envió al Peloponeso hombres con muchos fondos para reclutar mercenarios, ordenándoles reclutar tantos soldados como pudieran sin prestar consideración a la economía. [2] Himilcón decoró sus barcos con los expolios tomados del enemigo y los situó en el gran puerto de Siracusa, y provocó gran desánimo entre los habitantes de la ciudad. Pues doscientos cincuenta barcos entraron en el puerto, con los remos moviéndose en orden y ornados ricamente con los despojos de guerra; luego llegaron los barcos mercantes, en más de trescientos, cargados con más de quinientos…; y toda la flota tenía unos dos mil barcos [108] . El resultado fue que el puerto de los Siracusanos, a pesar de su gran capacidad, fue bloqueado por los navíos y quedó casi oculto a la vista por las velas. [3] Los barcos habían acabado de anclar cuando inmediatamente desde la otra parte el ejército de tierra avanzó, consistiendo, como algunos han dicho, de trescientos mil infantes y tres mil caballos. El general del ejército, Himilcón, puso sus cuarteles en el templo de Zeus y el resto del ejército acampó en las cercanías a veinte estadios de la ciudad. [4] Después de esto Himilcón sacó su todo su ejército y dispuso sus tropas en orden de batalla ante las murallas, incitando a los Siracusanos a la batalla; y también navegó al puerto con cien de sus mejores barcos para atemorizar a la población de la ciudad y forzarles a reconocer que eran también inferiores en el mar. [5] Pero cuando nadie se aventuró a marchar contra él, de momento retiró sus tropas al campamento y luego durante treinta días recorrió la campiña, talando los árboles y devastando todo, para no sólo procurar a los soldados toda clase de vituallas, sino también para provocar la desesperación entre los asediados. 

 

LXIII. Himilcón se apoderó del suburbio de Acradina; y también saqueó los templos de Demeter y Core, por los cuales actos de impiedad contra la divinidad rápidamente sufrió una pena apropiada. Pues su fortuna rápidamente empeoró de día en día, toda vez que Dionisio escaramuceara con él, los Siracusanos llevaban la mejor parte. [2] También de noche se originaron multitud de tumultos en el campamento y los soldados acudían a las armas, pensando que el enemigo estaba atacando la empalizada. A esto se añadió una peste que fue causa de toda clase de padecimientos. Pero de esto hablaré un poco después, para que nuestro relato no se anticipe al debido tiempo.

[3] Entonces cuando levantó una muralla alrededor del campamento, Himilcón destruyó prácticamente todas las tumbas en la zona, entre las cuales estaba la de Gelón y su esposa Demarete, de costosa construcción [109] . También construyó tres fuertes junto al mar, uno en Plemirio [110] , otro en medio del puerto, y otro en el templo de Zeus, y dentro de ellos depositó vino y grano y todas las otras provisiones, creyendo que el asedio proseguiría largo tiempo. [4] También mandó barcos mercantes a Cerdeña y a Libia para procurarse grano y toda clase de comida. Polixeno, el cuñado de Dionisio, llegó del Peloponeso y de Italia, trayendo treinta navíos de guerra de sus aliados, con Faracidas [111] el Lacedemonio como almirante.

 

LXIV.   Después de esto Dionisio y Leptines habían partido con barcos de guerra para conseguir provisiones; y los Siracusanos, quienes fueron así dejados a sí mismos, viendo por casualidad un barco aproximándose cargado de comida, navegaron contra él con cinco barcos, se apoderaron de él, y lo trajeron a la ciudad. [2] Los Púnicos fueron contra ellos con cincuenta naves, con lo cual los Siracusanos aparejaron todos sus barcos y en la batalla consiguiente capturaron el buque insignia y destruyeron veinticuatro barcos. Y luego, persiguiendo a los navíos que huían hasta donde estaba la flota anclada, desafiaron a los Cartagineses a luchar. [3] Cuando éstos últimos, confundidos por el inesperado cambio de suerte, no se movieron, los Siracusanos remolcaron las naves capturadas y las llevaron a la ciudad. Animados por su éxito y pensando entonces cómo Dionisio había sido vencido, en tanto que ellos, sin su presencia, había obtenido una victoria sobre los Cartagineses, se vinieron arriba de ánimos con orgullo. [4] Y cuando se reunían en grupos hablaban entre ellos sobre cómo no hacían nada por terminar con su esclavitud a manos de Dionisio, incluso aunque tenían una oportunidad de deponerlo; pues hasta entonces habían estado sin armas [112] , pero ahora a causa de la guerra tenían armas a voluntad. [5] Incluso mientras estaban teniendo lugar discusiones de esta índole, Dionisio navegó al puerto y, convocando asamblea, rogó a los Siracusanos y les urgió a tener buena inclinación, prometiéndoles que daría fin rápidamente a la guerra. Y estaba a punto de disolver la asamblea cuando Teodoro, un Siracusano, quien gozaba de alta estimación entre la caballería y era considerado un hombre de acción, tuvo el arrojo de hablar como sigue en relación a la libertad común.

 

LXV.   “Aunque Dionisio ha introducido algunas falsedades, el último aserto que ha hecho era verdad: que rápidamente pondría fin a la guerra. Podría lograr esto si no fuera más nuestro comandante (pues a menudo ha sido derrotado), pero habría entonces devuelto a los ciudadanos la libertad que sus padres disfrutaron. [2] Como están las cosas, nadie de nosotros afronta la batalla con buen ánimo ya que la victoria no difiere una pizca de la derrota; pues si somos vencidos habremos de obedecer las órdenes de los Púnicos, y si vencemos, habremos de tener en Dionisio un amo más áspero de lo que aquellos serían. Porque incluso si los Cartagineses nos vencieran en la guerra, sólo nos impondrían un determinado tributo y no nos impedirían gobernar la ciudad de acuerdo con nuestras antiguas leyes, pero este hombre ha saqueado nuestros templos, ha tomado la propiedad de ciudadanos particulares junto con las vidas de sus dueños, y paga un salario a los sirvientes para asegurar la servidumbre de sus señores. Tales horrores como los que atañen al asalto de ciudades son perpetrados por él en tiempo de paz, pero promete finalizar la guerra con los Cartagineses. [3] Pero nos corresponde a nosotros, conciudadanos, poner fin no sólo a la guerra con los Fenicios sino también a la guerra con el tirano que hay dentro de nuestras murallas. Pues la acrópolis, que es guardada por las armas de esclavos, constituye un reducto hostil en nuestra ciudad. La multitud de mercenarios han sido reclutados para mantener a los Siracusanos en la servidumbre, y gobierna la ciudad no como un magistrado que imparte justicia en términos equitativos, sino como un dictador que como política toma todas las decisiones para su propio beneficio. Por el momento el enemigo posee una pequeña porción de nuestro territorio, pero Dionisio lo ha devastado todo y se lo ha entregado a aquellos que se conciertan para incrementar su tiranía”.  

[4] “¿Cuánto tiempo, pues, vamos a ser pacientes a pesar de sufrir tales abusos cuando los hombres valientes prefieren morir antes que soportarlos? En batalla contra los Cartagineses hemos afrontado el sacrificio final con valor, pero contra un áspero tirano, en nombre de la libertad y de nuestra patria, ni en los discursos siquiera osamos elevar nuestras voces. En batalla hacemos frente a miríadas de enemigos, pero permanecemos quietos de miedo de un solo gobernante, quien no tiene la nobleza de un buen esclavo”.  

 

LXVI.   “Seguramente nadie pensaría en comparar a Dionisio con Gelón [113] el Viejo. Pues Gelón por razón de su propio alto carácter, junto con los Siracusanos y el resto de los Griegos sicilianos, liberó toda Sicilia, mientras que este hombre, que encontró las ciudades libres, ha entregado todas las restantes al señorío del enemigo ha él mismo esclavizado su país natal. [2] Gelón combatió hasta tal punto en nombre de Sicilia que nunca permitió que sus aliados en las ciudades vieran siquiera un signo del enemigo, mientras que este hombre, después de huir de Motye a través de toda la extensión de la isla, se ha encerrado dentro de nuestras murallas, lleno de confianza contra sus propios conciudadanos, pero incapaz de sostener siquiera la contemplación del enemigo. [3] Como consecuencia Gelón, por razón de su gran carácter y de sus grandes hechos, recibió el liderazgo por la libre voluntad no sólo de los Siracusanos sino también de los Griegos sicilianos, mientras que, en cuanto a este hombre cuyo generalato ha llevado a la destrucción de sus aliados y la servidumbre de sus conciudadanos, ¿cómo puede escapar del justo odio de todos? Pues no sólo es indigno del liderazgo, sino que, si se hubiera hecho justicia, moriría diez mil veces. [4]  Por su causa Gela y Camarina fueron subyugadas, Mesina yace en total ruina, veinte mil aliados han perecido en una batalla naval, y, en una palabra, hemos sido encerrados en una ciudad y todas las otras ciudades griegas a lo largo de Sicilia han sido destruidas. Porque además de sus otros crímenes vendió como esclavos a los de Naxos y Catania; ha destruido completamente las ciudades que eran aliadas, cuya existencia era oportuna. [5] Con los Cartagineses ha sostenido dos batallas y ha terminado vencido en cada una. Pero cuando le fue confiado el generalato por los ciudadanos sólo una vez, se apoderó de su libertad, asesinando a aquellos que hablaban abiertamente en nombre de las leyes y exiliando a los más ricos; entregó en matrimonio a las esposas de los castigados a esclavos y a una multitud variopinta; puso las armas de los ciudadanos en manos de bárbaros y extranjeros. Y aquellos hechos, oh Zeus y todos los Dioses, fueron la obra de un vencedor público, de un hombre desesperado”. 

 

LXVII.   “¿Dónde, pues, está el amor de los Siracusanos por la libertad? ¿Dónde los hechos de nuestros mayores? Nada digo de los trescientos mil Púnicos que fueron totalmente destruidos en Himera [114] . Pasaré por alto la caída de los tiranos que sucedieron a Gelón [115] . Pero sólo ayer, como fue, cuando los Atenienses atacaron Siracusa con tan grandes ejércitos, nuestros padres no dejaron a un hombre libre que trasmitiera la noticia del desastre. [2] ¿Y nosotros, que tenemos tan grandes ejemplos del valor de nuestros padres, recibiremos órdenes de Dionisio, especialmente cuando tenemos armas en nuestras manos? Seguramente cierta divina providencia nos ha reunido aquí, con aliados en torno a nosotros y armas en nuestro poder, para el objetivo de recuperar nuestra libertad, y está dentro de nuestras posibilidades hoy representar el papel de hombres valientes y liberarnos con un acuerdo de nuestro pesado yugo. [3] Porque hasta ahora, mientras estábamos desarmados y sin aliados y custodiados por una multitud de mercenarios, hemos, osaré decir, cedido a la presión de las circunstancias, pero ahora, ya que tenemos armas en nuestras manos y aliados que nos ayuden así como que den testimonio de nuestro valor, no retrocedamos sino que dejemos claro que eran las circunstancias, no la cobardía, las que nos hizo someternos a la esclavitud. [4] ¿No estamos avergonzados que debamos tener como comandante en nuestras guerras al hombre que ha saqueado los templos de nuestra ciudad y que elijamos como representante en tan importantes asuntos a una persona a la que ningún hombre de buen sentido confiaría el manejo de sus asuntos privados? Y aunque todos los demás pueblos en tiempos de guerra, a causa de los grandes peligros que afrontan, observan con máximo cuidado sus obligaciones para con los Dioses, ¿esperamos que un hombre de tan notoria impiedad ponga fin a la guerra?”

 

LXVIII.   “De hecho, si un hombre procura estudiar más cuidadosamente el asunto, encontrará que Dionisio es tan cuidadoso de la paz como de la guerra. Porque cree que, como están las cosas, los Siracusanos, a causa de su temor del enemigo, no intentarán nada contra él, sino que una vez que los Cartagineses hayan sido derrotados reclamarán su libertad, ya que tendrán armas en su poder y serán orgullosamente conscientes de sus hechos. [2] De hecho esta es la razón, en mi opinión, por la que en la primera guerra traicionó a Gela y a Camarina [116] e hizo devastar estas ciudades, y por la que en sus negociaciones convino que la mayoría de las ciudades griegas serían entregadas al enemigo. [3] Después de esto traicionó en tiempo de paz a Naxos y a Catania y vendió sus habitantes como esclavos, demoliendo una y entregando la otra a los Campanos de Italia para que la habitaran. [4] Y cuando, después de la destrucción de aquellos pueblos, el resto de Sicilia hizo muchos intentos para derrocar su tiranía, de nuevo declaró la guerra a los Púnicos, pues sus escrúpulos contra la ruptura de sus tratados violando los juramentos que había hecho no eran tan grandes como su temor de los grupos sobrevivientes de Griegos sicilianos”. 

“Sin embargo, es obvio que ha estado todo tiempo alerta para ejecutar su destrucción. [5] Primero de todo en Panormos, cuando el enemigo estaba desembarcando y estaba en mal condición física después de una travesía tormentosa, podría haber ofrecido batalla, pero eligió no hacerlo. Después que se mantuviera ocioso y no enviara ningún auxilio a Mesina, una ciudad situada estratégicamente y de gran tamaño, sino que permitiera que fuera destruida, no sólo para que el mayor número posible de Griegos sicilianos pereciera, sino también para que los Púnicos pudieran interceptar los refuerzos de Italia y las flotas del Peloponeso. [6] Al final de todo, entabló combate en el mar frente a la costa de Catania, sin cuidarse de la ventaja de luchar cerca de la ciudad, donde los vencidos pudieran encontrar la salvación en sus propios puertos. Después de la batalla, cuando se levantaron fuertes vientos y los Cartagineses fueron forzados a sacar a tierra su flota, tuvo la más favorable oportunidad para la victoria; [7] porque las fuerzas de tierra del enemigo no habían aún llegado y la violenta tormenta estaba llevando los barcos del enemigo a la costa. En ese momento, si hubiera hecho que todos atacaran en tierra, la única salida que hubiera dejado al enemigo hubiera sido o ser capturados con facilidad, si abandonaban sus navíos, o cubrir la costa con sus restos, si probaban su fuerza contra las olas”.

 

LXIX.   “Pero lanzar acusaciones contra Dionisio con más detalle ante los Siracusanos es, debo juzgar, innecesario. Porque si los hombres que han sufrido en muchos momentos tal ruina irrecuperable no se afanan en levantarse violentamente, ¿se moverán en verdad por las palabras a buscar venganza contra él (hombres que también han visto su comportamiento como el peor de los ciudadanos, el más áspero de los tiranos, el más vil de los generales)? [2] Porque tan a menudo como hemos estado en la línea de batalla bajo su mando, a menudo hemos sido vencidos, mientras que sólo ahora, cuando combatimos independientemente, vencimos con pocos barcos  a toda la fuerza del enemigo. Deberíamos por tanto buscar otro líder, para evitar luchar bajo un general que ha saqueado los templos de los Dioses viéndose con ello envuelto en una guerra contra los Dioses; [3] pues es manifiesto que el cielo se opone a que sean elegidos como comandantes aquellos que son los peores enemigos de la religión. Poniendo de relieve que cuando él está presente nuestros ejércitos en toda su fuerza cosechan derrotas, mientras que, cuando él se ausenta, incluso un pequeño destacamento es suficiente para vencer a los Púnicos, ¿no veremos todos los hombres en esto la visible presencia de los Dioses? [4] Por tanto, conciudadanos, si está deseando deponer su cargo por su propio deseo, dejémosle abandonar la ciudad con sus posesiones; pero si no elige hacer esto, tenemos ahora la más clara oportunidad de afirmar nuestra libertad. Todos estamos reunidos, tenemos en nuestras manos las armas, tenemos a los aliados a nuestro lado, no sólo los Griegos de Italia sino también los del Peloponeso. [5] El mando general debe ser conferido, de acuerdo con las leyes, a ciudadanos o a Corintios que habitan en nuestra ciudad madre, o a Espartanos que son el primer poder en Grecia”.     

LXX.   Después de este discurso de Teodoro los Siracusanos tenían buen ánimo y mantenían sus ojos fijos en sus aliados; y cuando Faracidas el Lacedemonio, el almirante de los aliados, caminó a la plataforma, todos esperaban que se pondría a la cabeza a favor de la libertad. [2] Pero estaba en términos amistosos con el tirano y declaró que los Lacedemonios le habían enviado a ayudar a los Siracusanos y a Dionisio contra los Cartagineses, no para derrocar el gobierno de Dionisio. Ante esta declaración tan contraria a lo esperado los mercenarios rodearon a Dionisio, y los Siracusanos consternados no se movieron, aunque lanzaron muchas maldiciones contra los Espartanos. [3] Porque en una ocasión previa Aretes [117] el Lacedemonio, en el tiempo en que estaba afirmando el derecho de los Siracusanos a la libertad, les había traicionado, y ahora en este tiempo Faracidas vetaba el deseo de los Siracusanos. Por el momento Dionisio albergaba un gran temor y disolvió la asamblea, pero luego se ganó el favor de la multitud con lindas palabras, honrando a algunos de ellos con regalos e invitando a otros a grandes banquetes.

[4] Después que los Cartagineses se habían apoderado del suburbio y saqueado el templo de Demeter y Core, una peste se desató en el ejército. A este desastre extraordinario enviado por influencia de la divinidad contribuyeron estas causas: que miríadas de gentes estaban reunidas en un lugar, que era el tiempo del año en que se producen más enfermedades, y que el especial verano había traído un tiempo inusualmente cálido. [5] También parece probable que el lugar mismo fuera responsable de la gran extensión del desastre; pues en una ocasión anterior los Atenienses, que ocupaban el mismo campo, habían también perecido en gran número por la peste [118] , ya que la tierra era pantanosa y en un pequeño valle. [6] Primero, antes del amanecer, a causa del frío de la brisa sobre las aguas, sus cuerpos cogían frío, pero a mitad del día el calor era sofocante, como debe ser el caso cuando tan gran multitud se reúne en un lugar estrecho.

 

LXXI.   Entonces la peste primero golpeó a los Libios, y, como muchos de ellos fallecieron, al principio enterraban a los muertos, pero después, a causa de la multitud de cuerpos y porque aquellos que atendían a los enfermos eran contagiados por la peste, nadie osaba aproximarse a los dolientes [119] . Cuando incluso los cuidados fueron omitidos, no hubo remedio para el desastre. [2] Por la razón del hedor de los insepultos y la miasma de los pantanos, la peste comenzaba con un catarro; luego venía una hinchazón en la garganta; sobrevenían sensaciones de ardor, dolores en los tendones de la parte posterior, y una sensación de pesadez en los miembros; entonces la disentería aparecía y las pústulas en toda la superficie del cuerpo. [3] En la mayoría de los casos este era el curso de la enfermedad; pero algunos se volvieron locos y perdieron su memoria completamente; ambulaban por el campo, fuera de sí, y atacaban a cualquiera con que se encontraran. En general, como resultó, incluso la ayuda de los médicos no era de ningún provecho debido a la severidad de la enfermedad y la rapidez de la muerte, pues el deceso ocurría al quinto o a lo más al sexto día, en medio de tan terribles padecimientos que miraban a los que habían caído en la guerra como afortunados. [4] De hecho todos los que velaron enfermos fueron contagiados por la peste, y así la mayoría de los enfermos quedaba miserablemente, puesto que nadie estaba dispuesto a cuidar a los desafortunados. Pues no eran cualesquiera los que se abandonaban unos a otros, sino que incluso los hermanos se vieron obligados a abandonar a sus hermanos, amigos a sacrificar a amigos llenos de miedo por sus propias vidas [120] .

 

LXXII.   Cuando Dionisio supo del desastre que había golpeado a los Púnicos, aparejó ochenta naves y ordenó a los almirantes Faracidas y Leptines atacar los barcos del enemigo al amanecer, mientras él mismo, aprovechándose de la luz de la luna, hacía un rodeo con su ejército y, pasando por el templo de Ciane [121] , llegó cerca del campamento del enemigo al amanecer antes de que estuvieran advertidos de ello. [2] La caballería y mil infantes mercenarios fueron enviados en avance contra aquella parte del campamento que se extendía hacia el interior. Aquellos mercenarios eran los más hostiles, más que los restantes, a Dionisio y habían protagonizado repetidamente peleas y alborotos partidistas. [3] Por ello Dionisio había dado órdenes a la caballería de que tan pronto llegaran a las manos con el enemigo huyeran y dejaran a los mercenarios abandonados; cuando esta orden había sido cumplida y los mercenarios habían sido muertos hasta el último, Dionisio asedió el campamento y los fuertes. Mientras que los bárbaros estaban aún desanimados ante el inesperado ataque y trayendo refuerzos de forma desordenada, aquel por su parte tomó al asalto el fuerte conocido como Polichna; y en el lado opuesto la caballería, asistida en el ataque por algunas trirremes, asaltó el área de Dascon. [4] Inmediatamente todos los barcos de guerra se unieron al ataque, y cuando el ejército exhaló el grito de guerra en la toma de los fuertes, los bárbaros estaban en un estado de pánico. Pues al principio habían acometido como uno solo contra las tropas de tierra para repeler a los asaltantes del campamento, pero cuando vieron la flota viniendo también al ataque, se volvieron para prestar auxilio a la base naval. El rápido curso de los acontecimientos, empero, los sobrepasó y su celeridad quedó sin resultado. [5] Pues al mismo tiempo que montaban en las cubiertas y manejaban las trirremes, los navíos del enemigo, impulsados por remeros, atravesaban los barcos de parte a parte en muchos casos. Entonces un golpe bien dado podía hundir una nave dañada, pero los golpes en ataques repetidos, que rompían las maderas clavadas, llenaron de terrible consternación a los enemigos. [6] Puesto que todo sobre las naves más poderosas estaba siendo destrozado, el resto de navíos a causa de los golpes demoledores levantaban gran ruido y la orilla que se extendía a lo largo del lugar de la batalla se cubrió de cadáveres.

 

LXXIII.   Los Siracusanos, cooperando animadamente en su éxito, rivalizaban unos con otros en el gran afán por ser el primero en abordar los barcos del enemigo, y mataron a los bárbaros que se rendían, golpeados por el terror ante la magnitud del peligro que afrontaban. [2] Y la infantería que estaba atacando la base naval no mostró menos celo que los demás, y entre ellos, ocurrió que estaba Dionisio mismo, quien había cabalgado hacia la parte de Dascon. Encontrando allí cuarenta barcos y cincuenta remos, que habían sido dejados en la playa, y además buques mercantes y algunas trirremes ancladas, les prendió fuego. [3] Rápidamente las llamas subieron al cielo y, extendiéndose por una gran área, pasaron a los mercantes, y ningún comerciante o dueño pudo llevar ayuda a causa de la violencia del caluroso resplandor. Puesto que se levantó un fuerte viento, el fuego de los buques pasó a tierra a los barcos mercantes que había anclados. [4] Cuando los tripulantes se zambulleron en el agua por miedo a sofocarse y los cables de las anclas se quemaron, las naves colisionaron a causa del mar agitado, siendo algunas de ellas destruidas cuando unas golpearon a otras, y otras cuando el viento se las llevó, pero la mayoría de ellas fueron pasto del fuego. [5] Con ello, como las llamas se elevaban a través de las velas de los buques mercantes y consumían los mástiles, la vista era como una escena de teatro para los habitantes de la ciudad y la destrucción de los bárbaros se asemejó a la de los hombres golpeados por el relámpago del cielo por su impiedad.

 

LXXIV.   Inmediatamente, animados por los éxitos siracusanos, los jóvenes de más edad y los ancianos que no estaban completamente incapacitados por los años cogieron linternas, y aproximándose sin orden todos fueron a los barcos en el puerto. Aquellos que el fuego había arruinado fueron saqueados, sacando cualquier cosa que pudiera ser útil, y los que estaban íntegros fueron remolcados y llevados a la ciudad. [2] Así incluso aquellos que por la edad estaban exentos de los deberes militares fueron incapaces de contenerse, sino que en su excesivo afán su ánimo ardiente prevaleció sobre su edad. Cuando las nuevas de la victoria corrieron a través de la ciudad, niños y mujeres, junto con sus siervos, dejaron sus hogares, corriendo a las murallas, y toda la extensión se vio coronada de espectadores. [3] De ellos algunos elevaron sus manos al cielo y dieron gracias a los Dioses, y otros declararon que los bárbaros habían obtenido su castigo del cielo por su saqueo de los templos. [4] Porque desde la distancia la imagen recordaba una batalla con los Dioses, tal era el número de barcos consumiéndose por el fuego, surgiendo las llamas altas entre las velas, aplaudiendo los Griegos cada éxito con muchos gritos, y siguiendo en su consternación los bárbaros en gran alboroto y griterío confuso ante el desastre. [5] Pero como anocheció la batalla cesó por el momento, y Dionisio siguió la campaña contra los bárbaros, levantando un campo cerca del templo de Zeus.

 

LXXV.   Ahora que los Cartagineses habían sufrido la derrota en mar y tierra, entraron en negociaciones con Dionisio sin el conocimiento de los Siracusanos. Le pidieron que permitiera a sus restantes tropas cruzar de vuelta a Libia y le prometieron trescientos talentos que tenían en el campamento. [2] Dionisio replicó que no podría permitir a todo el ejército escapar, pero consentía que las solas tropas ciudadanas se retiraran secretamente de noche al mar, pues sabía que los Siracusanos y sus aliados no le permitirían hacer tal tratado con el enemigo. [3] Dionisio actuó así para evitar la total destrucción del ejército púnico, para que los Siracusanos, por su temor a los Cartagineses, no tuvieran nunca un momento de tranquilidad para afirmar su libertad. Por ello Dionisio convino que la huída de los Cartagineses tendría lugar por tanto de noche al cuarto día y condujo a su ejército de vuelta a la ciudad.  

[4] Himilcón durante la noche transportó los trescientos talentos a la acrópolis y los entregó a las personas situadas en la isla por el tirano, y luego él mismo, cuando había llegado el tiempo pactado, aparejó cuarenta trirremes durante la noche con los ciudadanos de Cartago y comenzó su huída, abandonando a todo el resto del ejército. [5] Había casi recorrido su camino a través del puerto, cuando algunos Corintios observaron su huída y rápidamente se lo contaron a Dionisio. Puesto que Dionisio se tomó su tiempo en llamar a los soldados a las armas y reunir a los comandantes, los Corintios no le esperaron sino que rápidamente se hicieron a la mar contra los Cartagineses, y compitiendo entre sí en su remar alcanzaron los últimos barcos fenicios a los que dieron con sus espolones y los enviaron al fondo del mar. [6] Después de esto Dionisio sacó el ejército, pero los Sículos, que estaban sirviendo en el ejército de Cartago, adelantándose a los Siracusanos, huyeron al interior y, casi todos, se fueron salvos a sus países natales. [7] Dionisio puso guardias a intervalos a lo largo de las carreteras y luego condujo su ejército contra el campamento enemigo, mientras aún era de noche. Los bárbaros, abandonados por su general, por los Púnicos y por los Sículos también, se desanimaron y huyeron. [8] Algunos fueron hechos prisioneros cuando cayeron en manos de las guardias en las carreteras, pero la mayoría depuso sus armas, se rindió, y pidieron sólo que sus vidas fueran respetadas. Algunos Íberos se agruparon con sus armas y enviaron un heraldo a negociar sobre que entraran a su servicio. [9] Dionisio hizo la paz con los Íberos y los reclutó en su ejército mercenario [122] , pero el resto de la multitud que hizo prisionera y todo lo que quedaba del bagaje se lo dio a los soldados para que lo saquearan.

 

 

Notas..

[69] Hay sólo cinco nombres y los manuscritos varían mucho. Livio (Livio 5.8) cita: Cayo Servilio Ahala, Quinto Servilio, Lucio Verginio, Quinto Sulpicio, Aulo Manlio y Manio Sergio.

[70] Jen. Hell. 3.2.10 dice que el istmo era de sólo treinta y cinco estadios (unas cinco millas) de ancho donde la muralla fue edificada; cp. Plinio Hist. Nat. 4.43.

 

[71] i.e. los Lacedemonios. Pero el texto puede haber mencionado en su lugar su especial experiencia en combatir en el mar.

[72] Conón se había refugiado con él después de la batalla de Egospótamos, temiendo regresar a Atenas (Libro 13.106). 

[73] Cp. Cap. 15.

[74] O “hacían frente al mismo peligro que”.

[75] W. W. Tarn, Desarrollo militar y naval Helenístico, pp. 130-131, la cuestión de la invención de las quinquerremes en este tiempo, puesto que no son citadas de nuevo hasta tiempos de Alejandro magno.

[76] Máquinas para lanzar pesados proyectiles eran conocidas por los Asirios varios siglos antes de esta época y su uso fue traído probablemente a Occidente por los Púnicos, de los cuales los Griegos occidentales los conocieron.

[77] De Atenas.

[78] XLIV. 398 a. C.

[79] De Mesina.

[80] Cp. Libro 13.112.4.

[81] Más sobre la respuesta en cap. 107.

[82] Los Locrios Epicefirianos en el “dedo del pie” de Italia.

[83] Hija de Hiparión y hermana del famoso Dión (Libro 16.6).

[84] Cp. Libro 1.32.4.

[85] XLVII. 397 a. C.

[86] El nombre sería Suníades.

[87] Hay sólo cuatro nombres y difieren considerablemente de los citados en Livio 5.12.

[88] Presumiblemente en España, donde Aníbal había antes reunido mercenarios (Libro 13.44).

[89] Cp. Libro 4.83.

[90] Hermano del tirano.

[91] Sobre el origen de los Sículos vide Libro 5.6.

[92] “A Siracusa” quiere decir, como también justo abajo.

[93] i.e. en la estrecha entrada Dionisio no podría usar la gran ventaja de que gozaba en el número.

[94] Es una interesante coincidencia de la historia que el otro ejemplo de uso de un dique de tal magnitud en la Antigüedad contra una ciudad insular fue por Alejandro magno en 332 a. C. contra Tiro, la metrópoli de Cartago. El dique de Alejandro tenía aproximadamente media milla de largo y presuntamente doscientos pies de ancho. Para la historia del famoso asedio de Tiro durante siete meses vide Libro 17.40-46, Arriano Anab. 2.18-24, Curcio 4.2-4.

[95] Estas eran pequeños puentes, que podían ser tendidos o empujados desde las torres hacia las murallas de enfrente y en este caso hacia las casas.

[96] Unos $1.800.

[97] Era el nieto del gran tragicógrafo.

[98] LIV. 396 a. C.

[99] En el “estadio”.

[100] Estrictamente hablando, Himilcón fue elegido uno de los dos sufetes anualmente electos, que se corresponden en general a los cónsules romanos, y puestos al frente de la guerra.

[101] El itinerario de las trirremes fue para apartar la atención de la ruta de los transportes. Cuando fueran avistadas, como serían, navegando a Oriente, Dionisio bien podría temer que intentaban atacar Siracusa. Cómo las trirremes llegaron a Panormos sin encontrarse con Leptines no se nos cuenta.

[102] Unas quince millas al este de Himera.

[103] Sobre Lípari vide Libro 5.10.

[104] Este no es el Tauro justo arriba que se sitúa cerca de Siracusa, sino el sitio de la posterior Tauromenio.

[105] Cp. cap. 15.3. 

[106] i.e. el ejército de Himilcón.

[107] Cp. cap. 57.

[108] Lo que Diodoro escribió en este fragmento no puede conocerse.

[109] Vide el Libro 11.38.4f.

[110] La elevación que se formaba al sur de la entrada del Gran Puerto (Tuc. 7.4).

[111] Beloch piensa que Faracidas es el Farax de Jen. Hell. 3.2.12, quien era almirante Espartano en 397 a. C.

[112] Vide cap. 10.4.

[113] Vide Libro 11.21-26.

[114] Vide Libro 11.22.

[115] Vide Libro 11.67-68.

[116] Vide Libro 13.111.

[117] Vide cap. 10 arriba, donde es llamado Aristo.

[118] Vide Libro 13.12.

[119] Tal vez el texto añade: “o a los muertos”.

[120] Hans Zinsser piensa que esta peste era “el tipo severo y pustuloso de viruela en el que la muerte al quinto o sexto día no era excepcional”, a pesar del hecho de que hay casi unánime acuerdo entre los estudiosos de que la viruela no fue conocida en el periodo clásico griego y romano.

[121] Vide Libro 5.4.

[122] Estos Íberos estuvieron luego entre las tropas enviadas por Dionisio para ayudar a los Lacedemonios en 369 a. C. (Libro 15.70; Jen. Hell. 7.1.20).