CONTENIDOS DEL LIBRO XIV Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en tres partes más un índice. Índice - Parte I -Parte II - Parte III -La construcción
de la muralla en el Quersoneso (cap. 38).
XXXVIII. A fines del año en Atenas Aristócrates entró
en ejercicio del arcontado y en Roma la magistratura consular fue ejercida
por seis tribunos militares, Cayo Servilio, Lucio Verginio, Quinto Sulpicio,
Aulo Mutilio y Manio Sergio
[69]
. [2] Después que estos magistrados entraron
en funciones los Lacedemonios, sabiendo que Tibrón estaba conduciendo
sin eficacia la guerra, despachó a Dercilidas como general a Asia; y
éste tomó el mando del ejército y avanzó contra las ciudades de [4]
En Heraclea Traquiniana se produjo una discordia civil y los Lacedemonios
enviaron allí a Heripidas para restaurar el orden. Tan pronto como Heripidas
llegó a Heraclea convocó al pueblo a asamblea, y rodeándolo con los
hoplitas, arrestó a los autores de la discordia y los condenó a todos
a muerte, unos quinientos. [5] Y puesto que los habitantes de Oete se
habían rebelado, hizo la guerra contra ellos, les infirió muchos daños
y les obligó a abandonar su tierra. La mayoría de ellos, junto con sus
esposas e hijos, huyeron a Tesalia, desde donde fueron devueltos a sus
hogares cinco años después por los Beocios. [6] Mientras estos sucesos tenían lugar, los Tracios invadieron el Quersoneso con gran multitud, devastaron toda la región y mantuvieron sus ciudades cercadas. Los habitantes del Quersoneso, estando muy hostigados en la guerra, pidieron que el Lacedemonio Dercilidas acudiera desde Asia. [7] Éste, pasando desde allí con su ejército, expulsó a los Tracios del país y protegió el Quersoneso con una muralla que corría de mar a mar [70] . Por este acto previno cualquier intento futuro de los Tracios; y después de ser honrado con grandes regalos trasladó su ejército a Asia.
XXXIX. Farnabazo, después de la tregua que había sido
firmada con los Lacedemonios, regresó junto al Rey y le convenció del
plan de preparar una flota y nombrar a Conón el Ateniense como su almirante;
pues Conón tenía experiencia en los hechos de guerra y especialmente
en combate con el enemigo actual
[71]
, y aunque sobresalía en la guerra, estaba
en ese momento en Chipre en la corte del rey Evágoras
[72]
. Después de ser el Rey persuadido, Farnabazo
tomó quinientos talentos de plata y se dispuso a construir una fuerza
naval. [2] Navegando a Chipre, ordenó a los reyes de allí preparar cien
trirremes y luego, después de discutir con Conón sobre el mando de la
flota, lo nombró comandante supremo del mar, dándole indicaciones en
nombre del Rey de las grandes esperanzas que Conón podía concitar. [3]
Conón, en la esperanza no sólo de que recuperaría la hegemonía de Grecia
para su país natal si los Lacedemonios eran vencidos en guerra sino
también que se ganaría un gran renombre, aceptó el mando. [4] Y antes
de que toda la flota estuviera preparada, tomó cuarenta barcos que estaban
cerca y navegó a Cilicia, donde comenzó los preparativos para la guerra. Farnabazo
y Tisafernes reclutaron soldados de sus propias satrapías y partieron,
marchando a Éfeso, puesto que los enemigos tenían sus fuerzas en esta
ciudad. [5] El ejército que les acompañaba tenía doscientos mil infantes
y diez mil équites. En oyendo de la aproximación de los Persas, Dercilidas,
el general de los Lacedemonios, sacó su ejército, teniendo en total
no más de siete mil hombres. [6] Pero cuando las fuerzas estuvieron
unas frente a otras, concluyeron una tregua y trascurrió un periodo
de tiempo en que Farnabazo mandaría una carta al Rey sobre los términos
del tratado, estando preparado para acabar la guerra, y Dercilidas explicaría
el asunto a los Espartanos. Así por su entendimiento los generales dispersaron
sus ejércitos. XL. Los habitantes de Regio, que eran colonos de
Calcis, estaban molestos al ver el incremento de poder de Dionisio.
Pues había vendido como esclavos a los de Naxos y Catana
[73]
, sus parientes, y a los Regianos, porque eran
de la misma sangre
[74]
que aquellos infortunados pueblos, este acto fue causa
de una preocupación extraordinaria, puesto que todos temían que el mismo
desastre cayera sobre ellos. [2] Por tanto decidieron hacer la guerra
rápidamente contra el tirano antes de se hiciera demasiado poderoso.
Su decisión sobre la guerra fue inmediatamente apoyada mucho también
por los Siracusanos que habían sido exiliados por Dionisio, pues muchos
de ellos estaban en ese momento residiendo en Regio y estaban continuamente
discutiendo el asunto y proclamando que todos los Siracusanos aprovecharían
la ocasión para unirse al ataque. [3] Al final los Regianos nombraron
generales y partieron con ellos seis mil infantes, seiscientos équites,
y cincuenta trirremes. Los generales cruzaron el estrecho e indujeron
a los generales de los Mesenios a unirse a la guerra, declarando que
sería terrible cosa para ellos permanecer completamente ociosos cuando
las ciudades griegas, y sus cercanías, habian sido totalmente destruidas
por el tirano. [4] Entonces los generales fueron ganados por los Regianos
y, sin obtener el voto del pueblo, condujeron sus fuerzas que consistían
en cuatro mil infantes, cuatrocientos caballos y treinta trirremes.
Pero cuando los ejércitos que he mencionado habían avanzado hasta los
límites de Mesana, estalló la discordia entre los soldados debido a
un discurso pronunciado por el Mesenio Laomedonte; [5] pues les advirtió
no comenzar la guerra contra Dionisio quien no les había hecho ningún
mal. Por ello las tropas Mesenias, porque el pueblo no había aprobado
la guerra, siguieron inmediatamente su consejo, y, abandonando a sus
generales, volvieron a casa; [6] y los Regianos, porque no eran lo suficientemente
fuertes ellos solos para la batalla, cuando vieron que los Mesenios
estaban abandonando su ejército, también volvieron rápidamente a Regio.
Al principio Dionisio había conducido su ejército a la frontera del
territorio de Siracusa, aguardando el ataque del enemigo; pero cuando
supo de su retirada, condujo su ejército de vuelta a Siracusa. [7] Cuando
los Regianos y los Mesenios enviaron embajadores a tratar los términos
de la paz, decidió que era en su ventaja poner fin a la enemistad contra
aquellos estados y firmó la paz. XLI. Cuando Dionisio observó que algunos de los
Griegos estaban pasándose al dominio púnico, junto con sus ciudades
y haciendas, concluyó que en tanto estuviera en paz con los Cartagineses
muchos de sus súbditos estarían esperando unirse a la defección, mientras
que, si les hacía la guerra, todos los que habían sido esclavizados
por los Cartagineses se sublevarían contra ellos. Y también oyó que
muchos Púnicos en Libia habían caído víctimas de la peste que se había
producido entre ellos. [2] Pensando por estas razones, entonces, que
tenía una ocasión favorable para la guerra, decidió que primero se efectuarían
los preparativos; pues asumía que la guerra sería grande y prolongada
ya que estaba entrando en una contienda con el más poderoso pueblo de
Europa. [3] Inmediatamente, por tanto, reunió artesanos expertos, trayéndolos
de Italia y Grecia así como de territorio cartaginés. Para su propósito
iba a fabricar armas en gran número y todo tipo de proyectiles, y también
cuatrirremes y quinquerremes, no habiéndose todavía construido en ese
tiempo ningún barco de esa última clase
[75]
. [4] Después de reunir muchos expertos artesanos,
los dividió en grupos de acuerdo con su arte, y puso a su frente a los
más destacados ciudadanos, ofreciendo grandes recompensas a cualquiera
que habilitara un suministro de armas. En cuanto a las armas, distribuyó
entre ellos modelos de cada clase, porque había reunido mercenarios
de muchas naciones; [5] porque estaba deseoso de hacer armar a cada
uno de sus soldados con las armas de su país, considerando que con tales
armas su ejército provocaría, por esta razón, una gran alarma, y que
en batalla todos sus soldados lucharía óptimamente con las armas a las
que se habían acostumbrado. [6] Y puesto que los Siracusanos entusiásticamente
apoyaron la política de Dionisio, vino a suceder que se produjo una
gran rivalidad en la fabricación de las armas. Pues no sólo todos los
lugares, tales como pórticos y habitaciones traseras de los templos
así como los gimnasios y las columnatas del mercado, estaban llenos
de trabajadores, sino que la fabricación de grandes cantidades de armas
continuaba, aparte de en tales lugares públicos, en la mayoría de casas
distinguidas. XLII. De hecho la catapulta fue inventada en este
tiempo en Siracusa
[76]
, ya que los artesanos más capaces habían sido
reunidos desde todas partes en un lugar. Los altos salarios así como
los numerosos premios ofrecidos a los artesanos que eran considerados
como los que mejor estimulaban su celo. Y con estos y aquellos factores,
Dionisio trataba diariamente con los artesanos, conversaba con ellos
en tono amigable, y recompensaba a los más dedicados con regalos y los
invitaba a su mesa. [2] Por ello los artesanos albergaban una dedicación
insuperable en idear muchos proyectiles e ingenios de guerra que fueran
novedosos y capaces de rendir grandes servicios. Él también comenzó
la construcción de cuatrirremes y quinquerremes, siendo en primero en
pensar en la construcción de tales navíos. [3] Pues, oyendo que tales
trirremes habían sido construidas por primera vez en Corinto, deseaba
incrementar la escala de la construcción naval en su ciudad que había
sido fundada por colonos de allí. [4] Después de obtener permiso para
transportar madera de Italia envió la mitad de sus leñadores al monte
Etna, en el que en ese tiempo había grandes masas de abetos y pinos
excelentes, mientras que a la otra mitad la mandó a Italia, donde había
preparado equipos para llevar la madera al mar, así como barcos y pilotos
que llevaran la madera manufacturada rápidamente a Siracusa. [5] Cuando
Dionisio hubo acumulado una adecuada cantidad de madera, comenzó a una
y al mismo tiempo a construir más de doscientos barcos y a reparar los
ciento diez que ya tenía; y también construyó completamente en XLIII. Con tantas armas y barcos en
construcción en un solo lugar el observador se veía rodeado de perfectas
maravillas a la vista. Pues siempre que un hombre miraba la impaciencia
mostrada en la construcción de naves, pensaba que cada Griego en Sicilia
estaba implicado en su construcción; y cuando, por otra parte, visitaba
los lugares en que los hombres estaban fabricando las armas e ingenios
de guerra, pensaba que todo trabajo productivo estaba dedicado a esto
solamente. [2] Sin embargo, a pesar del óptimo celo dedicado a los trabajos
que hemos mencionado, se habían hecho ciento cincuenta mil escudos y
un número similar de dagas y cascos; y además se habían preparado corazas,
de cada clase y forjados con extremo arte, más de catorce mil. [3] Éstas
Dionisio esperaba atribuirlas a su caballería y a los comandantes de
la infantería, así como a los mercenarios que iban a formar su guardia
personal. También había hecho fabricar catapultas de todo estilo y un
gran número de otros proyectiles. [4] Para la mitad de las naves de
guerra que estaban preparadas, los pilotos, oficiales de proa y los
remeros fueron reclutados de entre los ciudadanos, mientras que para
el resto de navíos Dionisio reclutó mercenarios. Cuando la construcción
de barcos y la fabricación de las armas se terminó, Dionisio dirigió
su atención a la recluta de soldados; pues creía que era ventajoso no
reclutarlos demasiado pronto para evitar fuertes gastos. [5]
En este año Astydamas
[77]
, el escritor de tragedias, escribió su primera
obra; y vivió sesenta años. Los
Romanos estaban asediando Veyes, y cuando se hizo una salida desde la
ciudad, algunos Romanos fueron despedazados por los Veyenses y otros
escaparon huyendo vergonzosamente. XLIV. Cuando este año había venido a su fin, Iticles
fue arconte en Atenas y en Roma cinco tribunos militares eran nombrados
en lugar de los cónsules, Lucio Julio, Marco Furio, Marco Emilio, Cayo
Cornelio y Ceso Fabio. Dionisio, el tirano de los Siracusanos, tan pronto
como la mayor parte del objetivo de fabricar armas y construir una flota
se había completado, se dedicó inmediatamente a levar soldados. [2]
De los Siracusanos reclutó a aquellos que eran aptos para el servicio
militar en compañías y de las ciudades sometidas a él convocó a sus
hombres capaces. También reunió mercenarios de toda Grecia, y especialmente
de Lacedemonia, pues los Espartanos, para ayudarle a incrementar su
poder, le dieron permiso de de reclutar de entre ellos a tantos mercenarios
como quisiera. Y, hablando en general, puesto que hizo un punto de reunión
de su fuerza mercenaria de muchas naciones y les prometió una alta paga,
encontró hombres que eran adecuados. [3]
Puesto que Dionisio iba a originar una gran guerra, se dirigió a las
ciudades de Sicilia con cortesía, ganándose su buena voluntad. Vio que
los Regianos y Mesenios que habitaban en el Estrecho
[79]
tenían un fuerte ejército movilizado y temía
que, cuando los Cartagineses pasaran a Sicilia, se unieran a los Púnicos;
pues aquellas ciudades aportarían no poca fuerza al bando con el que
se aliaran para la guerra. [4] Porque estas consideraciones eran la
causa de gran preocupación para Dionisio, cedió como regalo a los Mesenios
una gran extensión de territorio en sus fronteras, uniéndolos a él por
este hecho; y a los Regianos les envió legados, urgiéndoles a unir lazos
por matrimonio y darle en matrimonio a una virgen que fuera una ciudadana
suya; y prometió que ganaría para ellos una gran porción del territorio
adyacente y que haría todo lo que estuviera en su mano para añadirlo
a la fuerza de su ciudad. [5] Pues desde que su esposa, la hija de Hermócrates,
había sido asesinada en la época de la sublevación de la caballería
[80]
, estaba deseoso de tener hijos, en la creencia
de que la lealtad de su descendencia sería la salvaguarda más poderosa
de su tiránico poder. Sin embargo, cuando una asamblea del pueblo fue
celebrada en Regio para deliberar sobre la propuesta de Dionisio, después
de mucho debate los Regianos votaron no aceptar la unión matrimonial
[81]
. Ahora que Dionisio había fracasado en su
proyecto, mandó a sus embajadores para el mismo propósito al pueblo
de los Locrios
[82]
. Cuando éstos votaron aprobar la alianza matrimonial,
Dionisio pidió la mano de Doris, la hija de Jéneto, quien en este tiempo
era el ciudadano más respetado. [7] Unos pocos días antes del matrimonio
envió a Locros una quinquerreme, la primera que había construido, ornada
con mobiliario de oro y plata; en ella hizo trasladar a la doncella
a Siracusa, donde la llevó a la acrópolis. [8] Y también pretendió en
matrimonio de entre el pueblo de su ciudad a la más notable virgen entre
ellos, Aristómaca
[83]
, para quien envió un carro tirado por cuatro
caballos blancos para traerla a su casa. XLV. Después que Dionisio hubo tomado en matrimonio
a ambas vírgenes al mismo tiempo, dio una serie de donativos a los soldados
y a la mayor parte de los ciudadanos; pues entonces renunció al aspecto
opresivo de su tiranía, y girando hacia el curso de un reparto equitativo,
gobernaba a sus súbditos de manera más humana, no condenando más a muerte
ni exiliando, como había sido su práctica. [2] Después de sus matrimonios
dejó pasar unos pocos días y luego convocó una asamblea de Siracusanos
y les urgió a hacer la guerra contra los Púnicos, declarando que eran
los más hostiles hacia los Griegos en general y que tenían aspiraciones
en cada oportunidad sobre los Griegos de Sicilia en particular. [3]
Por el momento, dijo, los Cartagineses estaban inactivos a causa de
la peste que se había producido entre ellos y que había acabado con
la mayor parte de los habitantes de Libia, pero cuando se hubieran recuperado
su fuerza, no se abstendrían de atacar a los Griegos Sicilianos, contra
los que habían estando conjurando desde los primeros tiempos. Era por
tanto preferible, continuó, llevar a cabo una guerra decisiva contra
ellos mientras estén débiles que esperar y luchar cuando fueran fuertes.
[4] Al mismo tiempo proclamó qué terrible era permitir que las ciudades
griegas estuvieran esclavizadas por los bárbaros, y que aquellas ciudades
se unirían más animosamente a la guerra, ya que lo que más deseaban
era obtener su libertad. Después que habló largo a favor de su política
rápidamente obtuvo el apoyo de los Siracusanos. [5] De hecho no deseaban
menos la guerra que él, primero de todo por su odio a los Púnicos quienes
eran la causa de estar obligados a recibir órdenes del tirano; en segundo
lugar, porque esperaban que Dionisio los trataría más humanamente a
causa de su miedo al enemigo y a un ataque sobre él por los ciudadanos
a los que había esclavizado; pero sobre todo, porque esperaban que una
vez tuvieran armas en sus manos, podrían luchar por su libertad, si
XLVI. Después la reunión de la asamblea de Siracusanos,
con el permiso de Dionisio, saquearon las posesiones de los Fenicios;
pues no pequeño número de Cartagineses tenían sus casas en Siracusa
y sus ricas haciendas, y muchos también de sus mercaderes tenían navíos
en el puerto cargados de bienes, todos los cuales fueron saqueados por
los Siracusanos. [2] Similarmente el resto de los Griegos Sicilianos
expulsaron a los Fenicios que vivían con ellos y saquearon sus posesiones;
pues aunque aborrecían la tiranía de Dionisio, estaban empero alegres
de entrar en guerra con los Púnicos por la crueldad de este pueblo.
[3] Por las mismas razones, también, los habitantes de las ciudades
griegas bajo el gobierno de los Cartagineses, tan pronto como Dionisio
declaró públicamente la guerra, hicieron pública exhibición de su odio
a los Fenicios; pues no sólo se apoderaron de sus haciendas como botín,
sino que también echaron mano sobre sus personas y los sometieron a
toda clase de torturas y ultrajes, recordando lo que ellos mismos habían
sufrido durante el tiempo de su cautividad. [4] Tan lejos llevaron la
venganza que desataron sobre los Fenicios en ese tiempo y después, que
los Cartagineses aprendieron la lección de no transgredir la ley en
su trato de los pueblos conquistados; pues alcanzaron a colegir, aprendiendo
como lo hicieron por muchos hechos, que en la guerra [5]
Entonces cuando Dionisio había ultimado todos sus preparativos para
la guerra, decidió enviar mensajeros a Cartago con el anuncio: Los Siracusanos
declaran la guerra a los Púnicos salvo que éstos devuelvan la libertad
a las ciudades griegas que habían esclavizado. Dionisio,
entonces, estaba ocupado en los asuntos que hemos relatado. [6]
Ctesias
[84]
el historiador terminó en este año su Historia
de los Persas, que empezaba con Nino y Semíramis. Y en este
año los más distinguidos escritores de ditirambos estaban en su apogeo,
Filoxeno de Citera, Timoteo de Mileto, Telesto de Selinunte y Poleido,
quien era también experto en las artes de pintura y música. XLVII. A fines del año, en Atenas Lisíades
[86]
fue creado arconte, y en Roma seis tribunos militares
ostentaban el cargo de cónsul, Popilio Malio, Publio Melio, Espurio
Furio y Lucio Publio
[87]
. Cuando Dionisio, el tirano de los Siracusanos, había
completado todos sus preparativos para la guerra según su proyecto personal,
envió un legado a Cartago, habiéndole entregado una carta para el senado,
[2] que contenía la declaración de que los Siracusanos habían decidido
hacer la guerra a los Cartagineses salvo que se retiraran de las ciudades
griegas. El legado consecuentemente, conforme a sus órdenes, navegó
a Libia y entregó la carta al senado. Leída la carta en el consejo y
luego ante el pueblo, sucedió que los Púnicos estaban no poco afligidos
ante la idea de la guerra; pues la peste había matado a gran número
de ellos, e igualmente no estaban preparados en absoluto. [3] Sin embargo,
esperaron a que los Siracusanos tomaran la iniciativa y enviaron a miembros
del senado con grandes sumas de dinero a reclutar mercenarios a Europa
[88]
. [4]
Dionisio con los Siracusanos, los mercenarios y sus aliados partió de
Siracusa y marchó a Érice
[89]
. Pues no lejos de este monte está situada
la ciudad de Motye, una colonia Púnica, que usaban como base principal
de operaciones contra Sicilia; y Dionisio esperaba que con esta ciudad
en su poder tendría no poca ventaja sobre sus enemigos. [5] En el curso
de su marcha recibió de cuando en cuando contingentes de las ciudades
griegas, entregando a toda la leva de cada una de ellas con armas, pues
estaban todos deseosos de unirse a su campaña, odiando la dura mano
de la dominación fenicia y degustando al fin la libertad. [6] Recibió
primero la leva de Camarina, luego la de Gela y Acragas; y después envió
a por los de Himera, cuyo asiento estaba al otro lado de Sicilia, y
añadiendo después a los hombres de Selinunte, según pasaba por allí,
llegó a Motye con todo su ejército. [7] Tenía ochenta mil infantes,
unos tres mil caballos y poco menos de doscientos navíos de guerra,
y estaba acompañado de no menos de quinientos barcos mercantes cargados
con gran número de ingenios de guerra y todos los otros bastimentos
necesarios. XLVIII. Puesto que el ejército era de grandes dimensiones,
como hemos descrito, el pueblo de Érice estaba aterrorizado por la magnitud
del ejército y, odiando a los Cartagineses como lo hacían, sen entregaron
a Dionisio. Los habitantes de Motye, empero, esperando ayuda de los
Púnicos, no se desanimaron ante el ejército de Dionisio, sino que se
prepararon para sostener el asedio; pues eran conscientes de que los
Siracusanos saquearían Motye en primer lugar, pues era la más leal a
los Púnicos. [6] Esta ciudad estaba situada en una isla a seis estadios
de Sicilia, y estaba ornada artísticamente al máximo con numerosas bellas
casas, gracias a la prosperidad de sus habitantes. También tenía una
estrecha calzada artificial que se extendía hacia la orilla de Sicilia,
que los de Motye cortaron en aquel tiempo, para que el enemigo no se
aproximara a ellos. [3]
Dionisio, después de reconocer el área, junto con sus ingenieros, comenzó
a construir diques orientados a Motye, sacó los navíos a tierra a la
entrada del puerto y amarró los barcos mercantes a lo largo de la playa.
[4] Después de esto dejó a Leptines
[90]
su almirante al mando de los trabajos, mientras
él mismo iba con la infantería de su ejército contra las ciudades que
eran aliadas de los Cartagineses. Entonces los Sículos
[91]
, temiendo la gran dimensión del ejército,
se pasaron todos a los Siracusanos, y del resto de las ciudades sólo
cinco permanecieron leales a los Cartagineses, siendo éstas Halicias,
Solo, Egesta, Panormo y Entela. [5] De ahí que Dionisio saqueó el territorio
de Solo y Panormo y también el de Halicias, y taló los árboles, pero
asedió Egesta y Entela con considerables fuerzas y lanzó continuos ataque
contra ellas, buscando hacerse con el control de ellas por la fuerza.
Tal era el estado de los asuntos de Dionisio. XLIX. Himilcón, el general de los Cartagineses, estando
ocupados en reunir los ejércitos y en otros preparativos, envió a su
almirante con diez trirremes con la orden de navegar rápidamente en
secreto contra los Siracusanos
[92]
, entrar en el puerto de noche y destruir las
naves mercantes dejadas allí. [2] Hizo esto, esperando generar engaño
y obligar a Dionisio a enviar parte de su flota de vuelta a los Siracusanos.
El almirante que había sido enviado ejecutó sus órdenes con prontitud
y entró en el puerto de los Siracusanos de noche mientras que nadie
sabía lo que había ocurrido. Atacando sorpresivamente, cayó sobre los
barcos que anclaban a lo largo de la costa, hundió prácticamente todos
y luego volvió a Cartago. [3] Dionisio, después de devastar todo el
territorio dominado por los Cartagineses y obligando al enemigo a buscar
refugio tras las murallas, condujo todo su ejército contra Motye, pues
esperaba que cuando esta ciudad hubiese sido sometida por asedio, todas
las otras se rendirían inmediatamente a él. Por ello, puso inmediatamente
muchas veces a más hombres en la tarea de llenar el estrecho entre la
ciudad y la costa, y, como el dique estaba tendido, avanzó sus ingenios
de guerra poco a poco hacia las murallas. L.
Entretanto Himilcón, el almirante de los Púnicos, oyendo que Dionisio
había puesto en tierra sus barcos, mandó inmediatamente sus cien mejores
trirremes, pues entendía que si aparecía inesperadamente, se apoderaría
de los navíos que estaban en tierra en el puerto, y se haría desde ese
momento dueño del mar. Una vez tuviera éxito en esto, creía, no sólo
levantaría el asedio de Motye sino también llevaría la guerra a la ciudad
de los Siracusanos. [2] Navegando, por tanto, con cien barcos, llegó
durante la noche al territorio de Selinunte, bordeó el promontorio de
Lilibeo y llegó al amanecer a Motye. Puesto que su aparición cogió por
sorpresa al enemigo, dañó algunos de los navíos anclados a lo largo
de la costa golpeándolos y a otros por el fuego, pues Dionisio no puedo
ir en su defensa. [3] Después de esto navegó al puerto y hizo maniobrar
a sus barcos como si fuera a atacar a las naves que el enemigo había
puesto en tierra. Dionisio entonces envió su ejército a la entrada del
puerto; pero cuando vio que el enemigo quedaba en espera de atacar las
naves dejadas en el puerto, rechazó arriesgarse enviando sus barcos
dentro del puerto, ya que pensaba que la estrecha entrada obligaría
a pocos barcos a enzarzarse contra un enemigo muchas veces más numeroso
[93]
. [4]
Por ello, usando la multitud de sus soldados, subió sus barcos a tierra
sin dificultad y los lanzó al mar en salvo fuera del puerto. Himilcón
atacó a los primeros barcos, pero fue obligado a retirarse por una multitud
de proyectiles, ya que Dionisio había enviado a los barcos con gran
número de arqueros y honderos, y los Siracusanos mataron a muchos enemigos
empleando desde tierra las catapultas que arrojaban proyectiles de punta
afilada. De hecho esta arma generaba mucho desánimo, porque era una
nueva invención en aquel tiempo. Como resultado, Himilcón no pudo lograr
su objetivo y navegó a Libia, creyendo que una batalla naval no serviría
de nada, puesto que las naves del enemigo eran el doble. LI. Después que Dionisio había completado el dique
[94]
empleando una gran fuerza de trabajadores, hizo avanzar
ingenios de guerra de toda clase a las murallas y procuró golpear las
torres con sus arietes, mientras que con las catapultas abatía a los
soldados en las almenas; y también hizo avanzar sus torres con ruedas,
seis pisos de altas, que había construido a igual altura de las casas.
[2] Los habitantes de Motye, ahora que la amenaza estaba cerca, sin
embargo no desmayaron su ánimo por el ejército de Dionisio, incluso
aunque no tenían por el momento aliados que los ayudaran. Sobrepasando
a los asediadores en su sed de gloria, elevaron a hombres en nidos de
cuervo que se apoyaban en brazos de casi un metro suspendidos de los
mástiles más altos posible, y éstos desde sus elevadas posiciones lanzaban
proyectiles incendiarios y estopa ardiente con pez sobre las máquinas
de asedio del enemigo. [3] El fuego prendió rápidamente la madera, pero
los Griegos sicilianos, acudiendo al rescate, lo apagaron sin tardanza,
y entretanto los frecuentes golpes de los arietes derrumbaron una parte
de la muralla. Puesto que ahora ambas partes acometían a la vez en un
lugar, la batalla que sobrevino se hizo más violenta. [4] Para los Griegos
sicilianos, creyendo que la ciudad estaba ya en sus manos, no reparó
en esfuerzos para vengarse de los Fenicios de las antiguas ofensas que
habían sufrido a sus manos, mientras que la gente de la ciudad, previendo
el terrible destino de una vida en servidumbre y no viendo posibilidad
de huir ya por mar ya por tierra, afrontó valientemente la muerte. [5]
Y encontrado las murallas desnudas de defensas, pusieron barricadas
en las callejuelas y hicieron que las últimas casas constituyeran una
muralla construida costosamente. De esto vinieron dificultades incluso
más grandes para las tropas de Dionisio. [6] Pues después que habían
penetrado a través de la muralla y parecían ser los dueños de la ciudad,
fueron hostilizados por proyectiles arrojados por hombres que ocupaban
posiciones superiores. [7] Sin embargo, avanzaron las torres de madera
a las primeras casas y les pusieron pasarelas
[95]
; y puesto que las máquinas de asedio eran
igual de altas que las casas, el resto del asalto se hizo mano a mano.
Pues los Griegos sicilianos lanzaron las pasarelas y se abrieron paso
por ellas a las casas. LII. Los habitantes de Motye, cuando fueron conscientes
de la magnitud del peligro, y con sus esposas e hijos ante sus ojos,
lucharon más fieramente sin miedo por su destino. Hubo algunos cuyos
padres se pararon suplicándoles que no permitieran ser entregados a
la injusta voluntad de los vencedores, quienes habían entonces obrado
para llegar a un punto en que no dan ningún valor a la vida; otros,
como oyeran los lamentos de sus esposas e hijos indefensos, intentaban
morir como hombres antes que ver a sus hijos llevados al cautiverio.
[2] La huída de la ciudad por supuesto era imposible, ya que estaba
totalmente rodeada por el mar, que era controlado por el enemigo. Lo
que más aterraba a los Fenicios y les causaba más desesperación era
el pensamiento de con cuánta crueldad habían tratado a sus prisioneros
griegos y la perspectiva de sufrir el mismo tratamiento. De hecho no
les quedaba ya nada, sino, luchando bravamente, vencer o morir. [3]
Cuando un ánimo tan obstinado colmó las almas de los sitiados, los Griegos
sicilianos se encontraron en una posición muy difícil. [4] Pues, combatiendo
como lo hacían desde puentes suspendidos de madera, sufrieron fuertes
pérdidas por la estrechez de las calles y por la desesperada resistencia
de sus oponentes, quienes habían abandonado la esperanza de la salvación.
Como resultado, algunos murieron en combates mano a mano dando y recibiendo
heridas, y otros, rechazados por los Motyanos y cayendo desde los puentes
de madera, se precipitaban muriendo contra el suelo. [5] Al final, mientras
que la clase de asedio que he descrito había durado algunos días, Dionisio
se habituó cada tarde a llamar con trompetas a los soldados y aflojar
el asedio. Cuando acostumbró a los Motyanos a tal conducta, retirándose
los combatientes de ambas partes, despachó a Arcilo de Turios con las
tropas de élite, [6] las cuales, cuando anocheció, colocaron escalas
contra las casas derruidas, y marchando por ellas, se apoderaron de
un lugar favorable donde llegaron las tropas de Dionisio. [7] Los Motyanos,
cuando percibieron lo que había ocurrido, de inmediato acometieron para
recuperarlo con todos los ingenios, y aunque era demasiado tarde, sin
embargo hicieron frente al combate. La batalla se hizo más virulenta
y abundantes refuerzos acudieron por las escalas, hasta que finalmente
los Griegos sicilianos vencieron a sus oponentes gracias a su mayor
número. LIII. Inmediatamente todo el ejército de Dionisio
entró en la ciudad, acudiendo también por el dique, y entonces cada
lugar se convirtió en una escena de matanza; pues los Griegos sicilianos,
deseosos de devolver crueldad por crueldad, mataron a cuantos encontraron,
sin hacer distinción entre niños, mujeres o viejos. [2] Dionisio, deseando
vender a los habitantes como esclavos para conseguir cuanto dinero pudiera
reunir, intentó al principio refrenar a los soldados de asesinar a los
prisioneros, pero cuando nadie le prestó atención y vio que la furia
de los Griegos sicilianos no iba a ser controlada, situó heraldos que
proclamaran y dijeran a los Motyanos que tomaran refugio en los templos
que eran reverenciados por los Griegos. [3] Cuando esto fue hecho, los
soldados cesaron la matanza y se dedicaron a saquear los bienes; y el
saqueo produjo mucha plata y no poco oro, así como costosos vestidos
y abundancia de todos los otros productos deseables. La ciudad fue entregada
por Dionisio a los soldados para saquearla, puesto que deseaba estimular
sus ansias para futuros combates. [4] Después de este éxito recompensó
a Arcilo, quien había sido el primero en escalar la muralla, con cien
minas
[96]
, y honró según sus méritos a todos los demás
que habían protagonizado hechos de valor; también vendió como botín
a los Motyanos que sobrevivieron, pero crucificó a Daimenes y a otros
Griegos que habían luchado a favor de los Cartagineses y habían sido
tomados cautivos. [5] Después de esto Dionisio puso guardias en la ciudad
a la que puso bajo el mando de Bitón de Siracusa; y la guarnición estaba
compuesta en su mayoría por Sículos. Ordenó a Leptines su almirante
que permaneciera con ciento veinte naves a la espera de cualquier intento
del los Púnicos de pasar a Sicilia; y también le encargó el asedio de
Egesta y Entella, de acuerdo con su original plan de saquearlas. Entonces,
puesto que el verano ya casi había terminado, volvió a Siracusa con
su ejército. [6]
En Atenas Sófocles, hijo
[97]
de Sófocles, empezó a escribir tragedias y ganó el
primer premio doce veces. LIV. Cuando el año había venido a
su fin, en Atenas Formión asumió el arcontado y en Roma seis tribunos
militares tomaron el lugar de los cónsules, Cneo Genucio, Lucio Atilio,
Marco Pomponio, Cayo Duillo, Marco Veturio y Valerio Publilio; y se
celebró la nonagésima sexta Olimpiada, en la que Eúpolis de Elis fue
el vencedor
[99]
. [2] En el año en que aquellos magistrados
entraron en el cargo Dionisio, el tirano de los Siracusanos, partió
de Siracusa con todo su ejército e invadió el territorio de los Cartagineses.
Mientras estaba ocupado en devastar la campiña, los de Halicyea desmoralizados
enviaron una embajada ante él y firmaron una alianza. Pero los de Egesta,
cayendo inesperadamente de noche sobre los asediantes y poniendo fuego
a las tiendas donde estaban acampados, produjeron entre los hombres
del campamento una gran confusión; [3] pues, como las llamas se extendieron
en una gran zona y el fuego no pudo ser controlado, unos pocos soldados
que acudían en auxilio perdieron sus vidas y casi todos los caballos
se quemaron, junto con las tiendas. [4] Entonces Dionisio devastó el
territorio cartaginés sin encontrar oposición, y Leptines su almirante
desde sus cuarteles en Motye vigilaba cualquier aproximación del enemigo
por mar. Los
Púnicos, cuando supieron de la magnitud del ejército de Dionisio, decidieron
sobrepasarle en sus preparativos. [5] Por ello, otorgando legalmente
el poder soberano a Himilcón
[100]
, reunieron ejércitos de toda Libia y también
de Iberia, convocando a algunos de sus aliados y en otros casos reclutando
mercenarios. Al final reclutaron trescientos mil infantes, cuatro mil
caballos además de carros, que eran de número cuatrocientos, cuatrocientos
barcos de guerra y alrededor de otros seiscientos navíos para trasportar
comida e ingenios de guerra y otros bastimentos. Éstos son los números
referidos por Éforo. [6] Timeo, por otra parte, dice que las tropas
trasportadas desde Libia no pasaban de cien mil y declara que unos treinta
mil adicionales fueron reclutados en Sicilia. LV.
Himilcón dio órdenes selladas a todos los pilotos con mandato
de abrirlas después de que hubieran navegado y ejecutar las instrucciones.
Ideó este esquema para que ningún espía pudiera contarle a Dionisio
dónde se situarían; y las órdenes les indicaban situarse en Panormos.
[2] Cuando se levantó un viento favorable, todos los navíos soltaron
amarras y los transportes salieron a mar abierto, pero las trirremes
navegaron al mar Libio y bordearon la costa
[101]
. El viento continuó favorable, y tan pronto
como las primeras naves onerarias fueron visibles desde Sicilia, Dionisio
despachó a Leptines con treinta naves con la orden de atacar y destruir
todas las que interceptara. [3] Leptines navegó al punto y de inmediato
hundieron, junto con sus hombres, los primeros barcos que encontraron,
pero el resto, habiendo desplegado las lonas y atrapando sus velas los
vientos, escaparon fácilmente. Sin embargo, cincuenta naves fueron hundidas,
junto con quinientos soldados y doscientos carros. Después
que Himilcón se hubiera situado ante Panormos y desembarcado su ejército,
avanzó contra el enemigo, ordenando a la flota navegar a su lado; y
habiéndose tomado Érice a traición cuando pasaba, puso sus reales ante
Motye. Puesto que Dionisio y su ejército estaban en ese tiempo ante
Egesta, Himilcón redujo Motye por asedio. [5] Aunque los Griegos sicilianos
estaban ansiosos de pelear, Dionisio consideró ser mejor renovar la
guerra en otros lugares, porque estaba muy alejado de sus ciudades aliadas
y porque el trasporte de los bastimentos era reducido. [6] Habiendo
decidido, por tanto, levantar el campamento, propuso a los Sículos abandonar
sus ciudades por el momento y unirse a él en la campaña; y a cambio
les prometió la entrega de un territorio de una extensión aproximadamente
igual y, al finalizar la guerra, regresar a los que así lo quisieran
a sus ciudades natales. [7] De los Sículos sólo unos pocos, temiendo
que, si se negaban, serían saqueados por los soldados, aceptaron la
oferta de Dionisio. Los de Halicea lo abandonaron y enviaron legados
al campo cartaginés y firmaron con ellos una alianza. Y Dionisio partió
para Siracusa, devastó el territorio a través del que conducía su ejército.
LVI. Himilcón, ahora que sus asuntos estaban sucediéndose
como esperaba, hizo preparativos para conducir su ejército contra Mesina,
estando ansioso de hacerse con el control de la ciudad por sus ventajas;
pues tenía un excelente puerto, capaz de recibir a todos sus barcos,
que eran en número más de seiscientos, y Himilcón también esperaba que
tomando posesión de los estrechos podría impedir cualquier ayuda de
los Griegos italianos y mantener controladas las flotas que pudieran
venir del Peloponeso. [2] Con su proyecto en mente, trabó relaciones
de amistad con los de Himera y los habitantes de la fortaleza de Cefaloedio
[102]
, apoderándose de la ciudad de Lípari
[103]
, obtuvo treinta talentos de los habitantes
de la isla. Entonces marchó en persona con todo su ejército hacia Mesina,
navegando sus barcos por la costa a su lado. [3] Cubriendo la distancia
en breve tiempo, puso su campamento ante Peloris, a una distancia de
cien estadios de Mesina. Cuando los habitantes de esta ciudad supieron
que el enemigo estaba cerca, no pudieron ponerse de acuerdo sobre la
guerra. [4] Una parte, cuando escucharon las noticias del gran poder
del ejército enemigo y observaron que ellos mismos estaban sin aliados
(lo que es más, su propia caballería estaba en Siracusa) estaban completamente
convencidos de que nada podía salvarlos del cautiverio. Lo que más contribuyó
a su desesperanza fue el hecho de que sus murallas habían caído y que
la situación no dejaba tiempo para su reparación. Por ello trasladaron
de la ciudad a sus hijos y esposas y posesiones más valiosas a las ciudades
vecinas. [5] Otra parte de los Mesinos, empero, oyendo cierto antiguo
oráculo de ellos que decía: “los Púnicos deben ser porteadores de agua
en Mesina”, interpretaron la frase en su beneficio, creyendo que los
Cartagineses servirían como esclavos en Mesina. [6] En consecuencia
no sólo estaban con ánimo esperanzado, sino que consiguieron que muchos
otros ansiaran entablar batalla por su libertad. De inmediato, entonces,
seleccionaron las mejores tropas de entre sus jóvenes y los enviaron
a Peloris para impedir al enemigo entrar en su territorio. LVII. Mientras los Mesinos estaban ocupados en su
proyecto, Himilcón, viendo que habían acometido contra su lugar de desembarco,
despachó doscientos barcos contra la ciudad, pues esperaba, como posible,
que mientras los soldados estaban intentando impedir su desembarco,
los tripulantes de los barcos se apoderarían fácilmente de Mesina, sin
defensores como estaba. [2] Un viento del norte se levantó y los barcos
con todas las velas desplegadas entraron en el puerto, mientras los
Mesinos que estaban de guardia ante Peloris, a pesar de su rápido regreso,
fracasaron en llegar antes que los barcos. [3] Por ello los Púnicos
cercaron Mesina, se abrieron paso a través de las derruidas murallas
y se hicieron señores de la ciudad. [4] De los Mesinos, algunos fueron
muertos cuando ofrecieron una valiente resistencia, otros huyeron a
las ciudades cercanas, pero la gran masa del pueblo huyó a través de
los montes circundantes y se repartieron entre los castillos del territorio;
[5] del resto, algunos fueron capturados por el enemigo y algunos, que
habían sido interceptados en la zona cercana al puerto, se arrojaron
al mar en la esperanza de nadar a través del estrecho. Éstos numeraban
más de doscientos y muchos de
ellos fueron vencidos por la corriente, llegando salvos a Italia sólo
cincuenta. [6] Himilcón entonces ingresó todo su ejército en la ciudad
y al principio se puso a trabajar para someter los castillos de la campiña;
pero puesto que estaban situados en posiciones fuertes y los hombres
que habían huido a ellos llevaban a cabo valientes combates, se retiraron
a la ciudad, habiéndose encontrado incapaces de conquistarlos. Después
de esto dio un descanso a su ejército e hizo preparativos para avanzar
contra Siracusa. LVIII. Los Sículos, que habían odiado a Dionisio desde
antaño y ahora tenían una oportunidad de rebelarse, se pasaron a la
vez, con la excepción del pueblo de Asoro, a los Cartagineses. En Siracusa
Dionisio liberó a los esclavos y con su número llenó sesenta barcos;
también convocó unos mil mercenarios Lacedemonios, y marchó por la campiña
reforzando los castillos y almacenando en ellos provisiones. Estaba
sobre todo preocupado, empero, de fortificar la ciudadela de Leontinos
y de almacenar en ella la cosecha de los campos. [2] Persuadió a los
Campanos que estaban habitando Catania a trasladarse a Etna, como es
ahora llamada, puesto que era un castillo excepcionalmente fuerte. Después
de esto hizo avanzar todo su ejército ciento sesenta estadios de Siracusa
y acampó cerca de Tauro, como es llamado. Tenía en ese momento treinta
mil infantes, más de tres mil caballos y ciento ochenta barcos de guerra,
de los que sólo unos pocos eran trirremes. [3]
Himilcón derribó las murallas de Mesina y dio órdenes a sus soldados
de demoler hasta los cimientos las casas y no dejar ni una teja o madera
o cualquier otra cosa sino quemarlas o romperlas. Cuando las muchas
manos de los soldados rápidamente cumplieron la tarea, nadie hubiera
sabido que el sitio había estado habitado. [4] Pues, considerando que
el lugar estaba muy separado de las ciudades que eran sus aliadas y
además era la mejor situada estratégicamente de todas en Sicilia, había
decidido que vería o bien que el lugar quedaría inhabitado o bien que
su reconstrucción fuera una tarea ardua y prolongada. LIX. Después que Himilcón había exhibido su odio
por los Griegos por la calamidad que infligió a los Mesenios, despachó
a Magón su almirante con su armada con orden de navegar a la cima conocida
como Tauro
[104]
. Esta zona había sido tomada por los Sículos
en gran número, quienes, empero, no tenían líder. [2] Antes les había
entregado Dionisio el territorio de Naxos
[105]
, pero en este tiempo, habiendo sido incitados
por las ofertas de Himilcón, ocuparon la cima. Puesto que era una fuerte
posición, en este tiempo y después de la guerra, la hicieron su hogar,
rodeándola de una muralla, ya que aquellos que se reunieron permanecieron
(menein) en Tauro, llamaron
la ciudad Tauromenio. [3]
Himilcón, avanzando con sus fuerzas terrestres, marchó tan rápidamente
que llegó al lugar que hemos mencionado en el territorio de Naxos al
mismo tiempo que Magón llegaba por mar. Pero ya que había habido recientemente
una violenta erupción del monte Etna que alcanzó el mar, no fue ya posible
para las fuerzas terrestres avanzar en conjunción con los barcos que
navegaban junto a ellas, porque las regiones a lo largo del mar estaban
devastadas por la lava, como es llamada, de modo que el ejército de
tierra las fuerzas de tierra hubieron de marchar rodeando la cima del
Etna. [4] Por ello dio órdenes a Magón de venirse al puerto de Catania,
mientras que él mismo avanzaba rápidamente a través del corazón del
país con la intención de reunirse con los barcos en la costa de Catania;
ya que estaba preocupado de que, cuando sus fuerzas se dividieran, los
Griegos sicilianos entablarían batalla con Magón en el mar. Y esto es
lo que realmente sucedió. [5] Pues Dionisio, cuando consideró que Magón
tenía una corta navegación, mientras que la ruta de las fuerzas terrestres
era penosa y larga, se apresuró a Catania con el objeto de atacar a
Magón antes de la llegada de Himilcón. [6] Su esperanza era que sus
fuerzas de tierra alineadas a lo largo de la costa animarían a sus propias
tropas mientras que los enemigos estarían más temerosos, y, lo que era
la consideración más importante, que si sufriera un revés de alguna
clase, los barcos en peligro podrían hallar refugio en el campamento
de las fuerzas terrestres. [7] Con este propósito en la mente, despachó
a Leptines con toda su flota con órdenes de navegar con todos sus barcos
en orden cerrado, y no romper su línea para que no fueran amenazados
por el gran número de sus oponentes; pues, incluyendo los buques mercantes y barcos a remo con espolones
de bronce, Magón tenía no menos de quinientas naves. LX. Cuando los Púnicos vieron la costa llena de
infantes y barcos de los Griegos cargando
contra ellos, inmediatamente sintieron no poca alarma y empezaron a
dirigirse a tierra; pero después, cuando consideraron el riesgo que
corrían de destrucción dando batalla al mismo tiempo a la flota y a
la infantería, cambiaron de idea rápidamente. Decidiendo por tanto dar
batalla en el mar, retiraron sus barcos y aguardaron la aproximación
del enemigo. [2] Leptines avanzó con sus treinta mejores barcos muy
a la cabeza del resto y entabló batalla, de forma no cobarde, pero sin
prudencia. Atacando a los barcos primeros de los Cartagineses, al principio
hundió un número no pequeño de trirremes enemigas; pero cuando el grueso
de los barcos de Magón cayó sobre las treinta, las fuerzas de Leptines
sobresalieron en valor, pero los Cartagineses en número. [3] Por ello,
como la batalla se hizo más fiera, los pilotos pusieron de costado sus
naves en la batalla y la lucha vino a asemejarse a un combate terrestre.
Pues no dirigían las naves contra las naves enemigas desde la distancia
para atacarlas, sino que los navíos se ponían unos al lado de los otros
y el combate era mano a mano. Algunos, mientras saltaban a las naves
del enemigo, caían al mar, y otros, teniendo éxito en su intento, continuaban
el combate en los barcos de los oponentes. [4] Al final Leptines fue
repelido y obligado a huir a mar abierto, y sus restantes naves, atacando
sin orden, fueron vencidas por los Púnicos, ya que la derrota sufrida
por el almirante levantó la moral de los Fenicios y desanimó mucho a
los Griegos. [5]
Después de que la batalla hubiera terminado en la manera que hemos descrito,
los Cartagineses persiguieron incluso con más ardor a los enemigos que
estaban huyendo en desorden y destruyeron más de cien de sus navíos,
y situando sus barcos más ligeros junto a la costa, mataron a cuantos
marineros estaban nadando hacia donde estaba el ejército de tierra.
[6] Y como perecieron en gran número no lejos de la tierra, mientras
las tropas de Dionisio no podía ayudarles de ninguna manera, toda la
región se llenó de cuerpos y restos. Allí perecieron en la batalla naval
no poco número de Púnicos, pero las pérdidas de los Griegos sicilianos
ascendían a más de cien barcos y unos veinte mil soldados. [7] Después
de la batalla los Fenicios anclaron sus trirremes en el puerto de Catania,
remolcaron las naves que habían capturado, y cuando las habían traído
allí, las repararon, de modo que hicieron que la grandeza de su éxito
fuera no sólo un cuento para los oídos sino también una evidencia para
los ojos de los Cartagineses
[106]
. LXI. Los Griegos sicilianos marcharon a Siracusa,
pero como consideraban que serían rechazados y forzados ciertamente
a sostener un duro asedio, urgieron a Dionisio a buscar un inmediato
encuentro con Himilcón a causa de su pasada victoria; pues, decían,
tal vez la aparición súbita llenaría de temor a los bárbaros y podrían
reparar su anterior revés. [2] Dionisio fue al principio convencido
por aquellos consejeros y se preparó para conducir su ejército contra
Himilcón, pero cuando algunos de sus amigos le dijeron que corría el
riesgo de perder la ciudad si Magón partiera con toda su flota contra
Siracusa, rápidamente cambió de idea, y conocía que Mesenia había caído
en manos de los bárbaros de manera similar
[107]
. Y así, creyendo que no era seguro dejar la
ciudad sin defensores, se dirigió a Siracusa. [3] La mayoría de los
Griegos sicilianos, estando airados por su desgana en encontrarse con
el enemigo, abandonó a Dionisio, partiendo algunos de ellos a sus propios
países y otros a las fortalezas en las cercanías. [4]
Himilcón, quien había alcanzado en dos días la costa de los Catanios,
puso en tierra todos sus navíos, porque se había levantado un fuerte
viento, y, mientras descansaban sus fuerzas durante algunos días, envió
embajadores a los Campanos que ocupaban Etna, urgiéndoles a rebelarse
contra Dionisio. [5] Prometió darles una gran extensión de territorio
y compartir con ellos los despojos de la guerra. También les informó
que los Campanos que vivían en Entella no habían tenido ningún problema
con los Púnicos y que habían tomado parte contra los Griegos sicilianos,
y proclamó que en general los Griegos como raza eran enemigos de todos
los otros pueblos. [6] Pero ya que los Campanos habían entregado rehenes
a Dionisio y habían enviado a Siracusa sus mejores tropas, se vieron
obligados a mantener la alianza con Dionisio, aunque de buen grado se
habrían unido a los Cartagineses. LXII. Después de esto Dionisio, que temía a los Cartagineses,
envió a su cuñado Polixeno como embajador a los Griegos de Italia y
a los Lacedemonios, así como a los Corintios, animándoles a venir en
su ayuda y a no tolerar que las ciudades griegas de Sicilia fueran por
completo destruidas. También envió al Peloponeso hombres con muchos
fondos para reclutar mercenarios, ordenándoles reclutar tantos soldados
como pudieran sin prestar consideración a la economía. [2] Himilcón
decoró sus barcos con los expolios tomados del enemigo y los situó en
el gran puerto de Siracusa, y provocó gran desánimo entre los habitantes
de la ciudad. Pues doscientos cincuenta barcos entraron en el puerto,
con los remos moviéndose en orden y ornados ricamente con los despojos
de guerra; luego llegaron los barcos mercantes, en más de trescientos,
cargados con más de quinientos…; y toda la flota tenía unos dos mil
barcos
[108]
. El resultado fue que el puerto de los Siracusanos,
a pesar de su gran capacidad, fue bloqueado por los navíos y quedó casi
oculto a la vista por las velas. [3] Los barcos habían acabado de anclar
cuando inmediatamente desde la otra parte el ejército de tierra avanzó,
consistiendo, como algunos han dicho, de trescientos mil infantes y
tres mil caballos. El general del ejército, Himilcón, puso sus cuarteles
en el templo de Zeus y el resto del ejército acampó en las cercanías
a veinte estadios de la ciudad. [4] Después de esto Himilcón sacó su
todo su ejército y dispuso sus tropas en orden de batalla ante las murallas,
incitando a los Siracusanos a la batalla; y también navegó al puerto
con cien de sus mejores barcos para atemorizar a la población de la
ciudad y forzarles a reconocer que eran también inferiores en el mar.
[5] Pero cuando nadie se aventuró a marchar contra él, de momento retiró
sus tropas al campamento y luego durante treinta días recorrió la campiña,
talando los árboles y devastando todo, para no sólo procurar a los soldados
toda clase de vituallas, sino también para provocar la desesperación
entre los asediados. LXIII.
Himilcón se apoderó del suburbio de Acradina; y también saqueó los templos
de Demeter y Core, por los cuales actos de impiedad contra la divinidad
rápidamente sufrió una pena apropiada. Pues su fortuna rápidamente empeoró
de día en día, toda vez que Dionisio escaramuceara con él, los Siracusanos
llevaban la mejor parte. [2] También de noche se originaron multitud
de tumultos en el campamento y los soldados acudían a las armas, pensando
que el enemigo estaba atacando la empalizada. A esto se añadió una peste
que fue causa de toda clase de padecimientos. Pero de esto hablaré un
poco después, para que nuestro relato no se anticipe al debido tiempo.
[3]
Entonces cuando levantó una muralla alrededor del campamento, Himilcón
destruyó prácticamente todas las tumbas en la zona, entre las cuales
estaba la de Gelón y su esposa Demarete, de costosa construcción
[109]
. También construyó tres fuertes junto al mar,
uno en Plemirio
[110]
, otro en medio del puerto, y otro en el templo
de Zeus, y dentro de ellos depositó vino y grano y todas las otras provisiones,
creyendo que el asedio proseguiría largo tiempo. [4] También mandó barcos
mercantes a Cerdeña y a Libia para procurarse grano y toda clase de
comida. Polixeno, el cuñado de Dionisio, llegó del Peloponeso y de Italia,
trayendo treinta navíos de guerra de sus aliados, con Faracidas
[111]
el Lacedemonio como almirante. LXIV. Después de esto Dionisio y Leptines habían
partido con barcos de guerra para conseguir provisiones; y los Siracusanos,
quienes fueron así dejados a sí mismos, viendo por casualidad un barco
aproximándose cargado de comida, navegaron contra él con cinco barcos,
se apoderaron de él, y lo trajeron a la ciudad. [2] Los Púnicos fueron
contra ellos con cincuenta naves, con lo cual los Siracusanos aparejaron
todos sus barcos y en la batalla consiguiente capturaron el buque insignia
y destruyeron veinticuatro barcos. Y luego, persiguiendo a los navíos
que huían hasta donde estaba la flota anclada, desafiaron a los Cartagineses
a luchar. [3] Cuando éstos últimos, confundidos por el inesperado cambio
de suerte, no se movieron, los Siracusanos remolcaron las naves capturadas
y las llevaron a la ciudad. Animados por su éxito y pensando entonces
cómo Dionisio había sido vencido, en tanto que ellos, sin su presencia,
había obtenido una victoria sobre los Cartagineses, se vinieron arriba
de ánimos con orgullo. [4] Y cuando se reunían en grupos hablaban entre
ellos sobre cómo no hacían nada por terminar con su esclavitud a manos
de Dionisio, incluso aunque tenían una oportunidad de deponerlo; pues
hasta entonces habían estado sin armas
[112]
, pero ahora a causa de la guerra tenían armas
a voluntad. [5] Incluso mientras estaban teniendo lugar discusiones
de esta índole, Dionisio navegó al puerto y, convocando asamblea, rogó
a los Siracusanos y les urgió a tener buena inclinación, prometiéndoles
que daría fin rápidamente a la guerra. Y estaba a punto de disolver
la asamblea cuando Teodoro, un Siracusano, quien gozaba de alta estimación
entre la caballería y era considerado un hombre de acción, tuvo el arrojo
de hablar como sigue en relación a la libertad común. LXV. “Aunque Dionisio ha introducido algunas falsedades,
el último aserto que ha hecho era verdad: que rápidamente pondría fin
a la guerra. Podría lograr esto si no fuera más nuestro comandante (pues
a menudo ha sido derrotado), pero habría entonces devuelto a los ciudadanos
la libertad que sus padres disfrutaron. [2] Como están las cosas, nadie
de nosotros afronta la batalla con buen ánimo ya que la victoria no
difiere una pizca de la derrota; pues si somos vencidos habremos de
obedecer las órdenes de los Púnicos, y si vencemos, habremos de tener
en Dionisio un amo más áspero de lo que aquellos serían. Porque incluso
si los Cartagineses nos vencieran en la guerra, sólo nos impondrían
un determinado tributo y no nos impedirían gobernar la ciudad de acuerdo
con nuestras antiguas leyes, pero este hombre ha saqueado nuestros templos,
ha tomado la propiedad de ciudadanos particulares junto con las vidas
de sus dueños, y paga un salario a los sirvientes para asegurar la servidumbre
de sus señores. Tales horrores como los que atañen al asalto de ciudades
son perpetrados por él en tiempo de paz, pero promete finalizar la guerra
con los Cartagineses. [3] Pero nos corresponde a nosotros, conciudadanos,
poner fin no sólo a la guerra con los Fenicios sino también a la guerra
con el tirano que hay dentro de nuestras murallas. Pues la acrópolis,
que es guardada por las armas de esclavos, constituye un reducto hostil
en nuestra ciudad. La multitud de mercenarios han sido reclutados para
mantener a los Siracusanos en la servidumbre, y gobierna la ciudad no
como un magistrado que imparte justicia en términos equitativos, sino
como un dictador que como política toma todas las decisiones para su
propio beneficio. Por el momento el enemigo posee una pequeña porción
de nuestro territorio, pero Dionisio lo ha devastado todo y se lo ha
entregado a aquellos que se conciertan para incrementar su tiranía”.
[4]
“¿Cuánto tiempo, pues, vamos a ser pacientes a pesar de sufrir tales
abusos cuando los hombres valientes prefieren morir antes que soportarlos?
En batalla contra los Cartagineses hemos afrontado el sacrificio final
con valor, pero contra un áspero tirano, en nombre de la libertad y
de nuestra patria, ni en los discursos siquiera osamos elevar nuestras
voces. En batalla hacemos frente a miríadas de enemigos, pero permanecemos
quietos de miedo de un solo gobernante, quien no tiene la nobleza de
un buen esclavo”. LXVI. “Seguramente nadie pensaría en comparar a Dionisio
con Gelón
[113]
el Viejo. Pues Gelón por razón de su propio alto carácter,
junto con los Siracusanos y el resto de los Griegos sicilianos, liberó
toda Sicilia, mientras que este hombre, que encontró las ciudades libres,
ha entregado todas las restantes al señorío del enemigo ha él mismo
esclavizado su país natal. [2] Gelón combatió hasta tal punto en nombre
de Sicilia que nunca permitió que sus aliados en las ciudades vieran
siquiera un signo del enemigo, mientras que este hombre, después de
huir de Motye a través de toda la extensión de la isla, se ha encerrado
dentro de nuestras murallas, lleno de confianza contra sus propios conciudadanos,
pero incapaz de sostener siquiera la contemplación del enemigo. [3]
Como consecuencia Gelón, por razón de su gran carácter y de sus grandes
hechos, recibió el liderazgo por la libre voluntad no sólo de los Siracusanos
sino también de los Griegos sicilianos, mientras que, en cuanto a este
hombre cuyo generalato ha llevado a la destrucción de sus aliados y
la servidumbre de sus conciudadanos, ¿cómo puede escapar del justo odio
de todos? Pues no sólo es indigno del liderazgo, sino que, si se hubiera
hecho justicia, moriría diez mil veces. [4] Por su causa Gela y Camarina fueron subyugadas,
Mesina yace en total ruina, veinte mil aliados han perecido en una batalla
naval, y, en una palabra, hemos sido encerrados en una ciudad y todas
las otras ciudades griegas a lo largo de Sicilia han sido destruidas.
Porque además de sus otros crímenes vendió como esclavos a los de Naxos
y Catania; ha destruido completamente las ciudades que eran aliadas,
cuya existencia era oportuna. [5] Con los Cartagineses ha sostenido
dos batallas y ha terminado vencido en cada una. Pero cuando le fue
confiado el generalato por los ciudadanos sólo una vez, se apoderó de
su libertad, asesinando a aquellos que hablaban abiertamente en nombre
de las leyes y exiliando a los más ricos; entregó en matrimonio a las
esposas de los castigados a esclavos y a una multitud variopinta; puso
las armas de los ciudadanos en manos de bárbaros y extranjeros. Y aquellos
hechos, oh Zeus y todos los Dioses, fueron la obra de un vencedor público,
de un hombre desesperado”. LXVII. “¿Dónde, pues, está el amor de los Siracusanos
por la libertad? ¿Dónde los hechos de nuestros mayores? Nada digo de
los trescientos mil Púnicos que fueron totalmente destruidos en Himera
[114]
. Pasaré por alto la caída de los tiranos que
sucedieron a Gelón
[115]
. Pero sólo ayer, como fue, cuando los Atenienses
atacaron Siracusa con tan grandes ejércitos, nuestros padres no dejaron
a un hombre libre que trasmitiera la noticia del desastre. [2] ¿Y nosotros,
que tenemos tan grandes ejemplos del valor de nuestros padres, recibiremos
órdenes de Dionisio, especialmente cuando tenemos armas en nuestras
manos? Seguramente cierta divina providencia nos ha reunido aquí, con
aliados en torno a nosotros y armas en nuestro poder, para el objetivo
de recuperar nuestra libertad, y está dentro de nuestras posibilidades
hoy representar el papel de hombres valientes y liberarnos con un acuerdo
de nuestro pesado yugo. [3] Porque hasta ahora, mientras estábamos desarmados
y sin aliados y custodiados por una multitud de mercenarios, hemos,
osaré decir, cedido a la presión de las circunstancias, pero ahora,
ya que tenemos armas en nuestras manos y aliados que nos ayuden así
como que den testimonio de nuestro valor, no retrocedamos sino que dejemos
claro que eran las circunstancias, no la cobardía, las que nos hizo
someternos a la esclavitud. [4] ¿No estamos avergonzados que debamos
tener como comandante en nuestras guerras al hombre que ha saqueado
los templos de nuestra ciudad y que elijamos como representante en tan
importantes asuntos a una persona a la que ningún hombre de buen sentido
confiaría el manejo de sus asuntos privados? Y aunque todos los demás
pueblos en tiempos de guerra, a causa de los grandes peligros que afrontan,
observan con máximo cuidado sus obligaciones para con los Dioses, ¿esperamos
que un hombre de tan notoria impiedad ponga fin a la guerra?” LXVIII. “De hecho, si un hombre procura estudiar más
cuidadosamente el asunto, encontrará que Dionisio es tan cuidadoso de
la paz como de la guerra. Porque cree que, como están las cosas, los
Siracusanos, a causa de su temor del enemigo, no intentarán nada contra
él, sino que una vez que los Cartagineses hayan sido derrotados reclamarán
su libertad, ya que tendrán armas en su poder y serán orgullosamente
conscientes de sus hechos. [2] De hecho esta es la razón, en mi opinión,
por la que en la primera guerra traicionó a Gela y a Camarina
[116]
e hizo devastar estas ciudades, y por la que
en sus negociaciones convino que la mayoría de las ciudades griegas
serían entregadas al enemigo. [3] Después de esto traicionó en tiempo
de paz a Naxos y a Catania y vendió sus habitantes como esclavos, demoliendo
una y entregando la otra a los Campanos de Italia para que la habitaran.
[4] Y cuando, después de la destrucción de aquellos pueblos, el resto
de Sicilia hizo muchos intentos para derrocar su tiranía, de nuevo declaró
la guerra a los Púnicos, pues sus escrúpulos contra la ruptura de sus
tratados violando los juramentos que había hecho no eran tan grandes
como su temor de los grupos sobrevivientes de Griegos sicilianos”. “Sin
embargo, es obvio que ha estado todo tiempo alerta para ejecutar su
destrucción. [5] Primero de todo en Panormos, cuando el enemigo estaba
desembarcando y estaba en mal condición física después de una travesía
tormentosa, podría haber ofrecido batalla, pero eligió no hacerlo. Después
que se mantuviera ocioso y no enviara ningún auxilio a Mesina, una ciudad
situada estratégicamente y de gran tamaño, sino que permitiera que fuera
destruida, no sólo para que el mayor número posible de Griegos sicilianos
pereciera, sino también para que los Púnicos pudieran interceptar los
refuerzos de Italia y las flotas del Peloponeso. [6] Al final de todo,
entabló combate en el mar frente a la costa de Catania, sin cuidarse
de la ventaja de luchar cerca de la ciudad, donde los vencidos pudieran
encontrar la salvación en sus propios puertos. Después de la batalla,
cuando se levantaron fuertes vientos y los Cartagineses fueron forzados
a sacar a tierra su flota, tuvo la más favorable oportunidad para la
victoria; [7] porque las fuerzas de tierra del enemigo no habían aún
llegado y la violenta tormenta estaba llevando los barcos del enemigo
a la costa. En ese momento, si hubiera hecho que todos atacaran en tierra,
la única salida que hubiera dejado al enemigo hubiera sido o ser capturados
con facilidad, si abandonaban sus navíos, o cubrir la costa con sus
restos, si probaban su fuerza contra las olas”. LXIX. “Pero lanzar acusaciones contra Dionisio con
más detalle ante los Siracusanos es, debo juzgar, innecesario. Porque
si los hombres que han sufrido en muchos momentos tal ruina irrecuperable
no se afanan en levantarse violentamente, ¿se moverán en verdad por
las palabras a buscar venganza contra él (hombres que también han visto
su comportamiento como el peor de los ciudadanos, el más áspero de los
tiranos, el más vil de los generales)? [2] Porque tan a menudo como
hemos estado en la línea de batalla bajo su mando, a menudo hemos sido
vencidos, mientras que sólo ahora, cuando combatimos independientemente,
vencimos con pocos barcos a toda la fuerza del enemigo. Deberíamos por
tanto buscar otro líder, para evitar luchar bajo un general que ha saqueado
los templos de los Dioses viéndose con ello envuelto en una guerra contra
los Dioses; [3] pues es manifiesto que el cielo se opone a que sean
elegidos como comandantes aquellos que son los peores enemigos de la
religión. Poniendo de relieve que cuando él está presente nuestros ejércitos
en toda su fuerza cosechan derrotas, mientras que, cuando él se ausenta,
incluso un pequeño destacamento es suficiente para vencer a los Púnicos,
¿no veremos todos los hombres en esto la visible presencia de los Dioses?
[4] Por tanto, conciudadanos, si está deseando deponer su cargo por
su propio deseo, dejémosle abandonar la ciudad con sus posesiones; pero
si no elige hacer esto, tenemos ahora la más clara oportunidad de afirmar
nuestra libertad. Todos estamos reunidos, tenemos en nuestras manos
las armas, tenemos a los aliados a nuestro lado, no sólo los Griegos
de Italia sino también los del Peloponeso. [5] El mando general debe
ser conferido, de acuerdo con las leyes, a ciudadanos o a Corintios
que habitan en nuestra ciudad madre, o a Espartanos que son el primer
poder en Grecia”. LXX. Después de este discurso de Teodoro los Siracusanos
tenían buen ánimo y mantenían sus ojos fijos en sus aliados; y cuando
Faracidas el Lacedemonio, el almirante de los aliados, caminó a la plataforma,
todos esperaban que se pondría a la cabeza a favor de la libertad. [2]
Pero estaba en términos amistosos con el tirano y declaró que los Lacedemonios
le habían enviado a ayudar a los Siracusanos y a Dionisio contra los
Cartagineses, no para derrocar el gobierno de Dionisio. Ante esta declaración
tan contraria a lo esperado los mercenarios rodearon a Dionisio, y los
Siracusanos consternados no se movieron, aunque lanzaron muchas maldiciones
contra los Espartanos. [3] Porque en una ocasión previa Aretes
[117]
el Lacedemonio, en el tiempo en que estaba afirmando
el derecho de los Siracusanos a la libertad, les había traicionado,
y ahora en este tiempo Faracidas vetaba el deseo de los Siracusanos.
Por el momento Dionisio albergaba un gran temor y disolvió la asamblea,
pero luego se ganó el favor de la multitud con lindas palabras, honrando
a algunos de ellos con regalos e invitando a otros a grandes banquetes.
[4]
Después que los Cartagineses se habían apoderado del suburbio y saqueado
el templo de Demeter y Core, una peste se desató en el ejército. A este
desastre extraordinario enviado por influencia de la divinidad contribuyeron
estas causas: que miríadas de gentes estaban reunidas en un lugar, que
era el tiempo del año en que se producen más enfermedades, y que el
especial verano había traído un tiempo inusualmente cálido. [5] También
parece probable que el lugar mismo fuera responsable de la gran extensión
del desastre; pues en una ocasión anterior los Atenienses, que ocupaban
el mismo campo, habían también perecido en gran número por la peste
[118]
, ya que la tierra era pantanosa y en un pequeño
valle. [6] Primero, antes del amanecer, a causa del frío de la brisa
sobre las aguas, sus cuerpos cogían frío, pero a mitad del día el calor
era sofocante, como debe ser el caso cuando tan gran multitud se reúne
en un lugar estrecho. LXXI. Entonces la peste primero golpeó a los Libios,
y, como muchos de ellos fallecieron, al principio enterraban a los muertos,
pero después, a causa de la multitud de cuerpos y porque aquellos que
atendían a los enfermos eran contagiados por la peste, nadie osaba aproximarse
a los dolientes
[119]
. Cuando incluso los cuidados fueron omitidos,
no hubo remedio para el desastre. [2] Por la razón del hedor de los
insepultos y la miasma de los pantanos, la peste comenzaba con un catarro;
luego venía una hinchazón en la garganta; sobrevenían sensaciones de
ardor, dolores en los tendones de la parte posterior, y una sensación
de pesadez en los miembros; entonces la disentería aparecía y las pústulas
en toda la superficie del cuerpo. [3] En la mayoría de los casos este
era el curso de la enfermedad; pero algunos se volvieron locos y perdieron
su memoria completamente; ambulaban por el campo, fuera de sí, y atacaban
a cualquiera con que se encontraran. En general, como resultó, incluso
la ayuda de los médicos no era de ningún provecho debido a la severidad
de la enfermedad y la rapidez de la muerte, pues el deceso ocurría al
quinto o a lo más al sexto día, en medio de tan terribles padecimientos
que miraban a los que habían caído en la guerra como afortunados. [4]
De hecho todos los que velaron enfermos fueron contagiados por la peste,
y así la mayoría de los enfermos quedaba miserablemente, puesto que
nadie estaba dispuesto a cuidar a los desafortunados. Pues no eran cualesquiera
los que se abandonaban unos a otros, sino que incluso los hermanos se
vieron obligados a abandonar a sus hermanos, amigos a sacrificar a amigos
llenos de miedo por sus propias vidas
[120]
. LXXII. Cuando Dionisio supo del desastre que había
golpeado a los Púnicos, aparejó ochenta naves y ordenó a los almirantes
Faracidas y Leptines atacar los barcos del enemigo al amanecer, mientras
él mismo, aprovechándose de la luz de la luna, hacía un rodeo con su
ejército y, pasando por el templo de Ciane
[121]
, llegó cerca del campamento del enemigo al
amanecer antes de que estuvieran advertidos de ello. [2] La caballería
y mil infantes mercenarios fueron enviados en avance contra aquella
parte del campamento que se extendía hacia el interior. Aquellos mercenarios
eran los más hostiles, más que los restantes, a Dionisio y habían protagonizado
repetidamente peleas y alborotos partidistas. [3] Por ello Dionisio
había dado órdenes a la caballería de que tan pronto llegaran a las
manos con el enemigo huyeran y dejaran a los mercenarios abandonados;
cuando esta orden había sido cumplida y los mercenarios habían sido
muertos hasta el último, Dionisio asedió el campamento y los fuertes.
Mientras que los bárbaros estaban aún desanimados ante el inesperado
ataque y trayendo refuerzos de forma desordenada, aquel por su parte
tomó al asalto el fuerte conocido como Polichna; y en el lado opuesto
la caballería, asistida en el ataque por algunas trirremes, asaltó el
área de Dascon. [4] Inmediatamente todos los barcos de guerra se unieron
al ataque, y cuando el ejército exhaló el grito de guerra en la toma
de los fuertes, los bárbaros estaban en un estado de pánico. Pues al
principio habían acometido como uno solo contra las tropas de tierra
para repeler a los asaltantes del campamento, pero cuando vieron la
flota viniendo también al ataque, se volvieron para prestar auxilio
a la base naval. El rápido curso de los acontecimientos, empero, los
sobrepasó y su celeridad quedó sin resultado. [5] Pues al mismo tiempo
que montaban en las cubiertas y manejaban las trirremes, los navíos
del enemigo, impulsados por remeros, atravesaban los barcos de parte
a parte en muchos casos. Entonces un golpe bien dado podía hundir una
nave dañada, pero los golpes en ataques repetidos, que rompían las maderas
clavadas, llenaron de terrible consternación a los enemigos. [6] Puesto
que todo sobre las naves más poderosas estaba siendo destrozado, el
resto de navíos a causa de los golpes demoledores levantaban gran ruido
y la orilla que se extendía a lo largo del lugar de la batalla se cubrió
de cadáveres. LXXIII. Los Siracusanos, cooperando animadamente en
su éxito, rivalizaban unos con otros en el gran afán por ser el primero
en abordar los barcos del enemigo, y mataron a los bárbaros que se rendían,
golpeados por el terror ante la magnitud del peligro que afrontaban.
[2] Y la infantería que estaba atacando la base naval no mostró menos
celo que los demás, y entre ellos, ocurrió que estaba Dionisio mismo,
quien había cabalgado hacia la parte de Dascon. Encontrando allí cuarenta
barcos y cincuenta remos, que habían sido dejados en la playa, y además
buques mercantes y algunas trirremes ancladas, les prendió fuego. [3]
Rápidamente las llamas subieron al cielo y, extendiéndose por una gran
área, pasaron a los mercantes, y ningún comerciante o dueño pudo llevar
ayuda a causa de la violencia del caluroso resplandor. Puesto que se
levantó un fuerte viento, el fuego de los buques pasó a tierra a los
barcos mercantes que había anclados. [4] Cuando los tripulantes se zambulleron
en el agua por miedo a sofocarse y los cables de las anclas se quemaron,
las naves colisionaron a causa del mar agitado, siendo algunas de ellas
destruidas cuando unas golpearon a otras, y otras cuando el viento se
las llevó, pero la mayoría de ellas fueron pasto del fuego. [5] Con
ello, como las llamas se elevaban a través de las velas de los buques
mercantes y consumían los mástiles, la vista era como una escena de
teatro para los habitantes de la ciudad y la destrucción de los bárbaros
se asemejó a la de los hombres golpeados por el relámpago del cielo
por su impiedad. LXXIV. Inmediatamente, animados por los éxitos siracusanos,
los jóvenes de más edad y los ancianos que no estaban completamente
incapacitados por los años cogieron linternas, y aproximándose sin orden
todos fueron a los barcos en el puerto. Aquellos que el fuego había
arruinado fueron saqueados, sacando cualquier cosa que pudiera ser útil,
y los que estaban íntegros fueron remolcados y llevados a la ciudad.
[2] Así incluso aquellos que por la edad estaban exentos de los deberes
militares fueron incapaces de contenerse, sino que en su excesivo afán
su ánimo ardiente prevaleció sobre su edad. Cuando las nuevas de la
victoria corrieron a través de la ciudad, niños y mujeres, junto con
sus siervos, dejaron sus hogares, corriendo a las murallas, y toda la
extensión se vio coronada de espectadores. [3] De ellos algunos elevaron
sus manos al cielo y dieron gracias a los Dioses, y otros declararon
que los bárbaros habían obtenido su castigo del cielo por su saqueo
de los templos. [4] Porque desde la distancia la imagen recordaba una
batalla con los Dioses, tal era el número de barcos consumiéndose por
el fuego, surgiendo las llamas altas entre las velas, aplaudiendo los
Griegos cada éxito con muchos gritos, y siguiendo en su consternación
los bárbaros en gran alboroto y griterío confuso ante el desastre. [5]
Pero como anocheció la batalla cesó por el momento, y Dionisio siguió
la campaña contra los bárbaros, levantando un campo cerca del templo
de Zeus. LXXV. Ahora que los Cartagineses habían sufrido la
derrota en mar y tierra, entraron en negociaciones con Dionisio sin
el conocimiento de los Siracusanos. Le pidieron que permitiera a sus
restantes tropas cruzar de vuelta a Libia y le prometieron trescientos
talentos que tenían en el campamento. [2] Dionisio replicó que no podría
permitir a todo el ejército escapar, pero consentía que las solas tropas
ciudadanas se retiraran secretamente de noche al mar, pues sabía que
los Siracusanos y sus aliados no le permitirían hacer tal tratado con
el enemigo. [3] Dionisio actuó así para evitar la total destrucción
del ejército púnico, para que los Siracusanos, por su temor a los Cartagineses,
no tuvieran nunca un momento de tranquilidad para afirmar su libertad.
Por ello Dionisio convino que la huída de los Cartagineses tendría lugar
por tanto de noche al cuarto día y condujo a su ejército de vuelta a
la ciudad. [4]
Himilcón durante la noche transportó los trescientos talentos a la acrópolis
y los entregó a las personas situadas en la isla por el tirano, y luego
él mismo, cuando había llegado el tiempo pactado, aparejó cuarenta trirremes
durante la noche con los ciudadanos de Cartago y comenzó su huída, abandonando
a todo el resto del ejército. [5] Había casi recorrido su camino a través
del puerto, cuando algunos Corintios observaron su huída y rápidamente
se lo contaron a Dionisio. Puesto que Dionisio se tomó su tiempo en
llamar a los soldados a las armas y reunir a los comandantes, los Corintios
no le esperaron sino que rápidamente se hicieron a la mar contra los
Cartagineses, y compitiendo entre sí en su remar alcanzaron los últimos
barcos fenicios a los que dieron con sus espolones y los enviaron al
fondo del mar. [6] Después de esto Dionisio sacó el ejército, pero los
Sículos, que estaban sirviendo en el ejército de Cartago, adelantándose
a los Siracusanos, huyeron al interior y, casi todos, se fueron salvos
a sus países natales. [7] Dionisio puso guardias a intervalos a lo largo
de las carreteras y luego condujo su ejército contra el campamento enemigo,
mientras aún era de noche. Los bárbaros, abandonados por su general,
por los Púnicos y por los Sículos también, se desanimaron y huyeron.
[8] Algunos fueron hechos prisioneros cuando cayeron en manos de las
guardias en las carreteras, pero la mayoría depuso sus armas, se rindió,
y pidieron sólo que sus vidas fueran respetadas. Algunos Íberos se agruparon
con sus armas y enviaron un heraldo a negociar sobre que entraran a
su servicio. [9] Dionisio hizo la paz con los Íberos y los reclutó en
su ejército mercenario
[122]
, pero el resto de la multitud que hizo prisionera
y todo lo que quedaba del bagaje se lo dio a los soldados para que lo
saquearan.
Notas..
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