- Disputas por
la sucesión de Alejandro.
- Arrideo hecho rey.
- Las provincias divididas entre los principales generales.
- Asuntos contenidos en los libros de notas de Alejandro.
- Meleagro ejecutado por Pérdicas.
- La rebelión Griega.
- Una descripción de Asia. Pitón enviado contra
los rebeldes Griegos, que fueron todos aniquilados.
- La guerra Lamia: su causa.
- Epístola de Alejandro a los exilados.
- Leóstenes, general Ateniense. Lamia bajo asedio.
- Leóstenes asesinado: Antífilo nombrado en su
lugar.
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Cuando
Cefisodoro era el principal magistrado de Atenas, los Romanos crearon
a Lucio Furio y Decio Jovio cónsules. Hacia este tiempo,
habiendo muerto entonces Alejandro sin descendencia, y quedando así
el gobierno sin cabeza, se produjeron graves disensiones y diferencias
sobre el imperio. Pues la infantería se inclinaba por apoyar
a Arrideo (1),
el hijo de Filipo, un hombre débil, que vivía acosado
por muchas dolencias naturales. Pero los príncipes de la nobleza
y los guardias personales del rey se reunieron en consejo; y, habiéndose
unido al escuadrón de caballería llamado Social, decidieron
tentar a la falange Macedonia.
Por tanto, enviaron a los comandantes más eminentes, entre
los cuales Meleagro era el primero, a la infantería, para ordenarles
que acataran las órdenes. Pero Meleagro (que era el hombre
más eminente de la falange), tan pronto como se presentó
ante el batallón que era el más importante y estimado
del ejército, nada dijo en absoluto del negocio para el que
había sido enviado, sino que, al contrario, los elogió
mucho por su elección, y les exhortó en contra de aquellos
que se les oponían. Con lo cual los Macedonios nombraron a
Meleagro capitán suyo, y, con sus armas, se prepararon contra
el partido contrario. Los de la guardia personal del rey y los escoltas
personales se marcharon asimismo de Babilonia, para luchar; pero los
hombres más preocupados y populares entre ellos les animaron
a todos a que ambos bandos firmaran la paz. Sobre la cual propuesta
en breve convinieron que Arrideo, el hijo de Filipo, sería
rey, y llamado Filipo, y que Pérdicas, a quien el último
rey, cuando estaba en su lecho de muerte, le entregó su anillo,
sería investido con el poder ejecutivo del reino; y ordenaron
que los escoltas personales y los principales generales gobernarían
las provincias, y que todos obedecerían las órdenes
del rey y de Pérdicas.
Siendo así nombrado rey Arrideo, convocó un consejo
general de los principales oficiales: y a Ptolomeo Lago le encomendó
el gobierno de Egipto; a Laomedonte de Mitilene, Siria; a Filotas,
Cilicia; a Pitón, Media; a Eumenes, Capadocia y Paflagonia
y los países circundantes, en los que nunca había ingresado
Alejandro durante sus guerras con Darío, por falta de la conveniente
oportunidad. A Antígono asignó el mando de Licia y la
Gran Frigia; a Casandro, Caria; a Meleagro (2)
, Lidia; a Leonato, toda la Frigia que se extiende
por la costa del Helesponto: y de esta manera las provincias fueron
divididas. En Europa, Tracia, con las naciones que la rodean en el
mar del Ponto, fue confiada a Lisímaco; y Macedonia, con los
territorios vecinos, a Antípatro. En cuanto al resto de las
provincias Asiáticas, se pensó que lo más aconsejable
era no alterarlas, sino dejarlas bajo el gobierno de los antiguos
gobernadores. La provincia a continuación adyacente fue encomendada
a Taxiles y a los reyes que colindaban con éste: pero la provincia
convecina al monte Cáucaso (llamado Paropamiso) fue asignada
a Oxiartes, el rey de los Bactrianos, con cuya hija Alejandro se había
casado. Aracosia y Gedrosia a Siburtio; Aria y Drangina a Estasandro
de Soloe; Bactriana y Sogdiana fue dada a Filipo; Partia e Hircania
a Fratafernes; Persia a Peucestas; Carmania a Tlepolemo; Media a Atrapes.
La provincia de Babilonia a Arcón; y Mesopotamia a Arcesilao.
Seleuco fue nombrado general de la valiente unidad de la caballería
Social. Hefestión fue el primer comandante de esta brigada,
luego Pérdicas, y el tercero fue Seleuco. Ordenó que
Taxiles y Poro disfrutaran de total autoridad dentro de sus reinos,
como Alejandro mismo había antes estatuido. Los preparativos
del funeral, y de aparejar un carro para escoltar el cuerpo del rey
a Ammón, fue confiada a Arrideo.
Pero en cuanto a Crátero, el más noble de los capitanes
de Alejandro, fue algún tiempo antes enviado por Alejandro,
con diez mil de los veteranos, que fueron licenciados del servicio
militar prestado en la guerra Persa, a Cilicia, para ejecutar algunas
instrucciones dadas a él por escrito por el rey; lo cual, después
de la muerte del rey, sus sucesores decidieron no llevar a cabo: pues
Pérdicas, encontrando en los comentarios del rey no sólo
vastas sumas de dinero presupuestado para ser gastados en el funeral
de Hefestión, sino asimismo muchas otras cosas de extraordinario
dispendio y gasto señaladas por el rey, juzgó que era
más prudente dejarlas sin efecto; pero, para que no pareciera
que tomaba sobre sí demasiado poder de decisión, y por
su íntima determinación de no quitar mérito a
la sabiduría y discreción de Alejandro, refirió
todos aquellos asuntos a la resolución de un consejo general
de los Macedonios. Los capítulos principales y más considerables
de los propósitos del rey contenidos en sus libros de memoria
eran estos: 1. que mil navíos, más grandes que las trirremes,
fueran construidos en Fenicia, Siria, Cilicia y Chipre, para dirigir
una invasión contra los Cartagineses, y otros pueblos que habitan
en las costas de África y España, junto con todas las
islas adyacentes hasta Sicilia. 2. que una vía llana y fácil
fuera trazada a lo largo de las costas de África hasta las
columnas de Hércules. 3. que seis magníficos templos
fueran edificados, y que ciento cincuenta talentos fueran gastados
en cada uno de ellos. 4. que arsenales y puertos fueran construidos
en lugares convenientes y aptos para la acogida de tan gran flota.
5. que las nuevas ciudades fueran fundadas con colonos, y que unos
grupos de gentes fueran trasladados de Asia a Europa, y otros de Europa
a Asia, con este ánimo, que mediante matrimonios y mutuos parentescos,
pudiera establecer la paz y la concordia entre los dos principales
continentes del mundo.
Algunos de los templos antes mencionados tenían que ser erigidos
en Delos, Delfos y Dodoma; otros en Macedonia, como el templo de Zeus
en Dión; el templo de Diana, en Anfípolis; otro a Atenea
en Cirno (3),
a la cual Diosa asimismo decidió construir un templo en Ilión
en nada inferior a ningún otro por su esplendor y magnificencia.
Finalmente, para ornar el sepulcro de su padre el rey Filipo, dispuso
levantar un monumento igual a la mayor pirámide de Egipto,
la séptima de las que por algunos son consideradas las obras
más majestuosas y grandes en el mundo.
Descritas estas cosas ante ellos, los Macedonios, aunque elogiaban
mucho y aprobaban los planes de Alejandro, sin embargo, porque les
parecían cosas que estaban más allá de toda medida
practicable, decretaron que todo ello quedara sin ejecución.
Entonces Pérdicas hizo que aquellos soldados que eran revoltosos,
y extraordinariamente virulentos contra él, hasta un número
de treinta, fueran condenados a la pena última. Después,
por razón de su rencor personal para con él, ejecutó
a Meleagro (que traicionó su embajada, y se unió al
motín), como a uno que buscaba minar su posición.
Hacia este tiempo, los Griegos asentados en las provincias superiores
se rebelaron, y reunieron un gran ejército; contra ellos envió
a Pitón, uno de los principales oficiales. Pero consideramos
que será mejor para comprender más adecuadamente la
historia de las cosas que después fueron hechas, si en primer
lugar declaramos la causa de la rebelión, y la situación
de Asia, y la naturaleza y extensión de las provincias, pues,
poniendo de esta manera ante los ojos del lector un mapa de los países
y las distancias de un lugar a otro, la relación será
más clara y fácil.
Desde el Tauro, por tanto, en Cilicia, hasta el Cáucaso y el
Océano oriental, una cadena de montañas se prolonga
en una línea estrecha y continua a lo largo de toda Asia, que
se distinguen por varias cimas y elevaciones de colinas desde ellas:
el monte Tauro se ha ganado un particular nombre. De esta manera,
Asia está dividida en dos partes: una que va hacia el norte,
la otra desciende hacia el sur; y, conforme a aquellos diversos climas,
los ríos corren en direcciones opuestas, tomando algunos su
curso hacia el mar Caspio, otros hacia el Euxino, y otros hacia el
Océano septentrional. Estos ríos, vertiendo así
sus aguas de forma opuesta unos a otros, parte desembocan en el mar
Indio, y parte en el Océano adyacente a este continente. Algunos
asimismo vienen a morir en el Mar Rojo. De este modo, pues, están
las provincias divididas: pues unas se extienden hacia el norte, y
otras miran hacia el sur. La primera hacia los límites septentrionales
sobre el río Tanais, es decir, Sogdiana, con Bactria. Y a continuación
de ellas Aria y Partia. Esta provincia rodea el mar Hircanio (4),
que se extiende dentro de los límites y fronteras de esta.
La siguiente es Media, llamada por muchos nombres por los lugares
que están incluidos en ella, y es la más grande de todas
las provincias. Luego siguen Armenia, Licaonia y Capadocia, todas
con un aire cálido e impetuoso. Vecinas a estas, en línea
recta, están Frigia, la Grande y la Helespóntica; en
línea oblicua se sitúan Lidia y Caria. Pisidia se extiende
a lo largo, y en una línea paralela igual, con Frigia por su
derecha; y al lado de Pisidia se encuentra Licia. Las ciudades Griegas
están situadas en las costas de estas provincias, cuyos nombres
no es necesario aquí citar para nuestro propósito.
Así situadas (tal como hemos relatado) están las provincias
del norte. Con respecto a las meridionales, la primera es la India,
al pie del monte Cáucaso, un reino muy extenso y populoso,
pues está habitada por muchas naciones Indias, la mayor de
las cuales es la de los Gandaritas, contra los cuales Alejandro no
hizo intentos, por razón de la multitud de sus elefantes. Este
territorio está dividido de la India más alejada por
el río más grande de aquellas tierras, con una anchura
de treinta estadios. El resto de la India (conquistada por Alejandro),
un país rico y fértil, y bañado de muchos ríos,
colinda con el de los Gandaritas: dentro de aquel, además de
muchos otros reinos, están los dominios de Poros y Taxiles.
El río Indo (del que el país toma su nombre) fluye a
través de él. Separados de la India, a continuación
de ella, está Aracosia, Gedrosia y Carmania, y con estas está
unida Persia, donde están situadas las provincias de Susiana
y Sitacana. A continuación, sigue la provincia de Babilonia,
que se extiende hasta el desierto de Arabia. Por otra parte, donde
comienza el descenso, tenemos la Mesopotamia, que está situada
entre dos ríos, el Éufrates y el Tigres, de donde toma
su nombre.
La Siria superior, y los países junto a la costa adyacentes
a ella, como Cilicia, Panfilia, Siria Cava (5),
dentro de la cual está Fenicia, se sitúan cerca de la
provincia de Babilonia. En las fronteras de Siria Cava, y el desierto
a continuación adyacente a ella (a través del cual fluye
el río Nilo, y así marca la frontera entre Siria y Egipto)
aparece el propio Egipto, la mejor y más rica provincia de
todas. Todos estos países se abrasan de calor, pues el clima
sureño es contrario por naturaleza al norteño. Esas
provincias, (conquistadas por Alejandro), que así hemos descrito,
fueron divididas entre los principales generales.
Pero los Griegos que habitaban las provincias superiores, que (por
miedo a Alejandro mientras estuvo vivo) soportaron su estancia en
oriente, casi en la esquina del reino, ahora que estaba muerto, urgidos
por el deseo de retornar a su patria, se rebelaron, y para este objetivo
eligieron por unanimidad a Filón, natural de Aeniania, su capitán,
y congregaron un considerable ejército de más de veinte
mil infantes y tres mil caballos, todos veteranos, así como
hombres bravos y valientes.
Habiendo tenido conocimiento de esta rebelión, Pérdicas
eligió por suertes de entre los escuadrones Macedonios a tres
mil infantes y ochocientos caballos. Pitón, uno de los guardias
personales de Alejandro, un hombre de elevado espíritu y un
comandante capaz, fue elegido general por el ejército, y Pérdicas
le entregó las tropas elegidas, como arriba se ha indicado,
y cartas también para los gobernadores, en las cuales se les
ordenaba transferirle diez mil infantes y ochocientos caballos, contra
los rebeldes. Pitón, siendo un hombre de espíritu ambicioso,
estaba muy preparado para llevar a cabo esta expedición: pues
proponía en su ánimo ganarse por todos los justos medios
posibles a aquellos revoltosos Griegos, y, uniendo las fuerzas de
estos a las suyas, tener tales tropas a su disposición y reducir
todas aquellas provincias superiores a su mandato. Pero Pérdicas,
sospechando sus planes, le dio órdenes expresas: que, habiendo
derrotado a los rebeldes, los pasara a todos por las armas y que dividiera
el botín entre los soldados. Pitón por tanto marchó
con aquellos hombres que así le habían sido confiados,
y, cuando hubo recibido a aquellos que tenían que unírsele
dados por los gobernadores, avanzó hacia los rebeldes con todo
el ejército; y, habiendo corrompido por intermediación
de cierto Aeniano a Lipodoro, quien comandaba una unidad de tres mil
hombres del ejército rebelde, los venció estrepitosamente,
pues, en el momento culminante de la batalla, cuando el resultado
del choque estaba en el aire, el traidor se retiró del resto
de sus camaradas, y, con sus tres mil hombres, se fue a la cumbre
de un collado; por lo cual el resto (pensando que había huido)
rompieron filas y pusieron la salvación de sus vidas en la
fuga. Vencedor Pitón, envió un heraldo a los rebeldes,
ordenándoles deponer las armas, y, bajo acuerdo, autorizó
a cada uno de ellos regresar a su casa. Fue para Pitón de no
poco regocijo ver que las cosas venían a suceder tal y como
había ideado, pues ahora se los había asegurado a todos
para sí por juramento, y los Griegos se entremezclaron con
los Macedonios. Pero los Macedonios, recordando las órdenes
que Pérdicas había dado, y no respetando en absoluto
sus juramentos, rompieron el trato con los Griegos, ya que de súbito
e inesperadamente cayeron sobre ellos y pasaron a todos por la espada,
y se apoderaron de todo lo que tenían. Y así Pitón,
derrotado en sus afanes, regresó con los Macedonios junto a
Pérdicas. Y este era el estado de los asuntos en Asia en aquel
tiempo.
Entretanto, en Europa, los Rodios expulsaron a la guarnición
Macedonia y liberaron su ciudad, y los Atenienses comenzaron una guerra
contra Antípatro, que fue llamada Guerra Lamia. Es en primer
lugar necesario declarar las causas de esta guerra, para que el curso
de la misma pueda ser mejor entendido.
Alejandro, un poco antes de su muerte, había ordenado que todos
los exilados y proscritos de las ciudades Griegas fueran llamados
de vuelta, tanto para incrementar su propio honor y estima como para
ganarse los corazones de muchos en cada ciudad por su clemencia, quienes
podrían resistir por su interés contra los cambios y
defecciones de los Griegos. Al acercarse, por tanto, el tiempo de
celebrar las Olimpiadas, envió a Nicanor, un oriundo de la
ciudad de Estatira, con una carta sobre el regreso de los proscritos
de Grecia, y ordenó que fuera proclamado por un heraldo común,
quien ejecutó el mandato, y leyó la carta, con estas
palabras:
El rey Alejandro,
a los proscritos de las ciudades Griegas
Nos no hemos sido
la causa de vuestro exilio, sino que será el del regreso
de todos vosotros a vuestra patria, salvo aquellos que fueron expulsados
por crímenes intolerables; de las cuales cosas hemos escrito
a Antípatro, mandándole que proceda por la fuerza contra
todos aquellos que puedan oponerse a vuestra vuelta.
Cuando estas órdenes
fueron proclamadas, el pueblo elevó un enorme grito, testificando
su aprobación, porque aquellos de ellos que estaban presentes
en la solemnidad de buena gana se aferraron a la misericordia del
rey y le dieron las gracias con expresiones de su gozo, y aplausos
a su gracia y favor, porque todos los exilados se habían reunido
entonces en las Olimpiadas, más de veinte mil. Muchos hubo
que aprobaron su regreso como un acto prudente, pero los Etolios y
los Atenienses se sintieron muy ofendidos por ello, puesto que los
Etolios suponían que los Aenianios, que habían sido
desterrados de entre ellos, habían padecido el debido castigo
por sus crímenes. El rey en efecto había hecho un gran
ruido con sus amenazas de que no sólo castigaría a los
hijos de los Aenianios, sino que él mismo impondría
justicia sobre los propios autores. A consecuencia de lo cual, por
su parte, los Atenienses no convinieron de ninguna forma en desprenderse
de Samos, que habían dividido en parcelas, pero, porque por
el momento no podían con Alejandro, juzgaron más aconsejable
aquietarse y esperar hasta que encontraran la conveniente oportunidad,
que la fortuna al poco les ofreció. La muerte de Alejandro
poco tiempo después sin dejar hijos que le sucedieran les dio
confianza de poder no sólo recuperar su libertad, sino también
la soberanía de toda Grecia.
El inmenso tesoro dejado por Harpalo (del que hemos hablado particularmente
en el libro anterior) y los soldados que fueron licenciados por los
gobernadores de Asia, fueron grandes apoyos y estímulos para
llevar a cabo esta guerra, pues había ocho mil de ellos entonces
en Tenaro, en el Peloponeso. Allá enviaron por tanto en secreto
a Leóstenes el Ateniense, queriendo que él, sin tener
en cuenta ninguna orden suya, por su voluntad dispusiere los asuntos
para tener a los soldados preparados para cuando la ocasión
lo requiriese. Antípatro asimismo menospreció tanto
a Leóstenes, que fue descuidado y negligente en prepararse
para la guerra, y así les dio tiempo a los Atenienses a proveerse
de todo lo necesario para este negocio.
A partir de ese momento Leóstenes muy en secreto alistó
a aquellos soldados y (más allá de toda expectativa)
tuvo preparado un bravo ejército, pues, habiendo estado esos
soldados largo tiempo en las guerras de Asia y a menudo implicados
en muchas grandes batallas, habían llegado a ser unos militares
experimentados. Aquellas cosas fueron efectuadas cuando la muerte
de Alejandro no era de todos conocida, pero, cuando un mensajero vino
de Babilonia, que era testigo de su muerte, el pueblo de Atenas declaró
la guerra, y envió parte del dinero dejado por Harpalo, con
un gran número de armas, a Leóstenes, mandándole
que no ocultara ni encubriera más el negocio, sino que hiciera
lo que fuera más apropiado para el servicio de la comunidad.
Por tanto, habiendo distribuido el dinero entre los soldados, como
le había sido encomendado, y armado a aquellos que querían,
fue a Etolia, para hacer la guerra con la mutua asistencia de ambas
naciones. Los Etolios se le unieron de buen grado y le entregaron
para el servicio siete mil soldados. Entonces agitó por medio
de mensajeros los ánimos de los Locrios y de los Focidios,
y de otras naciones vecinas, para que se levantaran por sus libertades,
y liberaran Grecia del yugo Macedonio. Pero, entretanto, los hombres
sabios de entre los Atenienses los disuadían de la guerra,
pero la multitud estaba por llevarla a cabo con todo el vigor imaginable.
De donde vino a suceder que quienes estaban por la guerra y nada tenían
que perder salvo su recompensa eran con mucho la mayoría. Para
la cual clase de hombres Filipo había solido decir que la guerra
era como la paz y la paz como la guerra. Inmediatamente, por tanto,
los oradores (que iban a una y se acercaban al ánimo del pueblo)
escribieron el decreto: que los Atenienses tomarían sobre sí
el cuidado y defensa de la común libertad de Grecia y que libertarían
todas las ciudades Griegas de sus diversas guarniciones, y que botarían
una flota de cuarenta trirremes y doscientas cuatrirremes, y que todos
los Atenienses menores de cuarenta años tomarían las
armas, que tres de las tribus vigilarían y guardarían
Atenas, y las otras siete estarían siempre prestas a hacer
campaña. Además, embajadores fueron enviados a todas
las ciudades de Grecia para informarles de que el pueblo de Atenas
en primer lugar contemplaba toda Grecia como la patria común
de cada Griego, y que hasta ese momento habían expulsado a
los bárbaros al mar, los cuales les habían invadido
con el proyecto de esclavizar Grecia, y que ahora ellos habían
decidido oponerse a los Macedonios por el bien común, con sus
barcos, vidas y fortunas. Los más sabios de los Griegos juzgaron
a los Atenienses más osados que prudentes al aprobar este decreto,
y lo que habían decidido parecía traer honorabilidad,
pero nada de beneficio o ventaja para el estado, porque llevaban a
cabo un levantamiento y tumulto inconvenientemente y comenzaban una
guerra contra ejércitos poderosos y vencedores cuando no había
ninguna necesidad de ello; y, aunque tuvieran la reputación
de un pueblo prudente, sin embargo no pensaban en la notoria ruina
y destrucción de Tebas.
Sin embargo, cuando los embajadores llegaron a las ciudades, y por
su normal forma florida de discurso les habían exhortado y
urgido a la guerra, muchos se unieron a la alianza, unos en nombre
de sus diversas ciudades, y otros en el de países enteros.
En cuanto al resto de los Griegos, unos se posicionaron con los Macedonios,
y otros quedaron neutrales. Pero todos los Etolios en general (como
se dijo antes) entraron en la alianza, y después de ellos todos
los Tesalios, salvo los de Pelene. Asimismo los Oetaeos, salvo los
de Heraclea. Los Ftioteos entre los de Acaya, salvo los Tebanos. Los
Elianos, salvo los Malios. Entonces, en general, todos los Dorios,
Locrios y Focidios se unieron a la alianza; también los Aenianios,
Clizeanos y Delopianos. A estos asimismo se unieron los Atamanes,
Leucadianos y Molosios, bajo el mando de Aristeo, pero este hombre
fue un impostor en la alianza y luego traicioneramente auxilió
a los Macedonios.
Una pequeña parte, igualmente, de los Ilirios y de los Tracios
(por odio a los Macedonios) ingresaron en la alianza, junto con los
Caristios de Eubea; y, finalmente, del Peloponeso los Argivos, Sicionios,
Eleos, Mesenios y aquellos que habitaban Acta. Todos los antedichos
se aliaron con los Griegos.
El pueblo de Atenas envió también auxiliares a Leóstenes,
procedentes de las ciudades, esto es, cinco mil infantes, quinientos
caballos y dos mil mercenarios, que fueron hostilizados por los Beocios
en su marcha a través de Beocia por las razones que siguen:
Alejandro, cuando se apoderó de Tebas, entregó los territorios
de la ciudad a los Beocios vecinos, que dividieron las tierras de
aquel miserable pueblo entre ellos mismos por lotes, y de este modo
obtuvieron grandes posesiones. Los cuales, entendiendo que los Atenienses
(si vencían) habían decidido restaurar el país
y las tierras a los Tebanos, se inclinaron por los Macedonios, y,
mientras que los Beocios estaban acampados en Platea, Leóstenes
entró con parte de sus fuerzas en Beocia y, formando los Atenienses
en batalla, cayó sobre los habitantes, los derrotó y
erigió un trofeo y luego regresó a Pylene. Aquí
(después de bloquear todos los accesos) acampó por cierto
tiempo, esperando al ejército Macedonio.
Pero Antípatro, quien fue dejado como virrey de Europa por
Alejandro, tan pronto como supo de su muerte en Babilonia y de las
particiones de las provincias, envió a por Crátero en
Cilicia, para que acudiera a él con todas las fuerzas que tuviere
para prestarle ayuda, porque aquel, siendo enviado algún tiempo
antes a Cilicia, tenía prestos treinta mil Macedonios, que
habían sido licenciados del servicio en Asia, con los que estaba
regresando a Macedonia. Asimismo solicitó de Filotas (que tenía
la provincia de Frigia Helespóntica bajo su mando) que le auxiliara
y le prometió a una de sus hijas en matrimonio. Porque, tan
pronto como oyó de la insurrección de los Griegos contra
él, dejó a Sippas con un considerable cuerpo de ejército
como general en Macedonia con órdenes de reclutar muchos más.
Y él mismo partió de Macedonia hacia Tesalia con trece
mil infantes y seiscientos caballos (pues en ese tiempo había
gran escasez de soldados en Macedonia por razón de las levas
enviadas a Asia). Con estas fuerzas navegaba cerca toda la flota,
que Alejandro había enviado a Macedonia con un enorme tesoro
procedente de las arcas del rey. La flota consistía de ciento
diez trirremes.
Los Tesalios, por su parte, uniéndose al comienzo a Antípatro,
le enviaron de hecho muchos buenos caballos, pero después,
siendo atraídos por los Atenienses al bando contrario, se fueron
con sus caballos a Leóstenes, y se unieron a los Atenienses
por la restauración de las libertades de Grecia.
Haciéndose por tanto muy fuertes los Atenienses, pues muchos
acudían a ellos, los Griegos excedieron en poder a los Macedonios
y los superaron en una batalla. Siendo vencido Antípatro, no
osando sostenerse en campo abierto, ni juzgando seguro regresar a
Macedonia, huyó a Lamia, donde hizo a su ejército entrar
en la ciudad, reparó las murallas, se proveyó de armas
ofensivas y defensivas, de grano y de otras provisiones. Y allí
esperó más bastimentos y refuerzos procedentes de Asia.
Leóstenes con todas sus fuerzas llegó a las proximidades
de Lamia, fortificó su campamento con una profunda zanja y
un terraplén. Y primero dispuso a su ejército frente
a la ciudad para provocar a los Macedonios a la lucha, pero no atreviéndose
a combatir, diariamente asaltaban las murallas con hombres frescos
que se relevaban unos a otros. Pero los Macedonios opusieron una tenaz
resistencia y muchos de los Griegos, por su temeridad e imprudencia,
fueron abatidos. Porque, teniendo un fuerte cuerpo de soldados en
la ciudad, bien provistos de toda suerte de armas y siendo las murallas
reforzadas y bien construidas con gran coste, los asediados fácilmente
rechazaban al enemigo.
Leóstenes por tanto percibiendo que no podría ganar
la ciudad por la fuerza de las armas, la sometió a sitio para
interrumpir todos los suministros de provisiones, suponiendo que los
sitiados serían fácilmente subyugados por el hambre
y la falta de pan. Para este objetivo construyó una muralla,
cavó una profunda zanja alrededor de ella y así los
acorraló. Después los Etolios, siendo llamados por ocasión
de ciertos negocios públicos, dejaron a Leóstenes para
retornar a casa, y así todos se volvieron a Etolia.
Pero mientras Antípatro con su ejército estaba en esta
situación desesperada, y la ciudad casi carente de provisiones,
la fortuna de súbito cambió de dirección en beneficio
de los Macedonios, pues Antípatro hizo una salida contra aquellos
que estaban ocupados en cavar las zanjas, adonde Leóstenes
acudió en su ayuda, y recibió un golpe en la cabeza
con una piedra, que lo derribó a tierra y así fue llevado
medio muerto al campamento, y murió al tercer día. Fue
honorablemente enterrado, merced a los nobles servicios que había
prestado en la guerra. Los Atenienses dispusieron que pronunciara
su elogio en un discurso fúnebre Hiperides, que era considerado
el mejor orador de ese tiempo, por su elocuencia y su especial odio
a los Macedonios, porque Demóstenes, el más famoso orador,
estaba entonces huido, condenado por haber recibido sobornos de Harpalo.
Antífilo, un general prudente y valiente, fue creado general
en lugar de Leóstenes. Y este era el estado de Europa en ese
tiempo.
Notas..