DIODORO

«BIBLIOTECA HISTÓRICA: LIBRO XVIII»

Traducción y adaptación "el Anónimo Castellano"

 

 

CONTENIDOS DEL LIBRO XVIII

Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en cinco partes más un índice.

Índice - Parte I - Parte II . Parte III - Parte IV. Parte V

- Disputas por la sucesión de Alejandro.
- Arrideo hecho rey.
- Las provincias divididas entre los principales generales.
- Asuntos contenidos en los libros de notas de Alejandro.
- Meleagro ejecutado por Pérdicas.
- La rebelión Griega.
- Una descripción de Asia. Pitón enviado contra los rebeldes Griegos, que fueron todos aniquilados.
- La guerra Lamia: su causa.
- Epístola de Alejandro a los exilados.
- Leóstenes, general Ateniense. Lamia bajo asedio.
- Leóstenes asesinado: Antífilo nombrado en su lugar.

 

Cuando Cefisodoro era el principal magistrado de Atenas, los Romanos crearon a Lucio Furio y Decio Jovio cónsules. Hacia este tiempo, habiendo muerto entonces Alejandro sin descendencia, y quedando así el gobierno sin cabeza, se produjeron graves disensiones y diferencias sobre el imperio. Pues la infantería se inclinaba por apoyar a Arrideo (1), el hijo de Filipo, un hombre débil, que vivía acosado por muchas dolencias naturales. Pero los príncipes de la nobleza y los guardias personales del rey se reunieron en consejo; y, habiéndose unido al escuadrón de caballería llamado Social, decidieron tentar a la falange Macedonia.
Por tanto, enviaron a los comandantes más eminentes, entre los cuales Meleagro era el primero, a la infantería, para ordenarles que acataran las órdenes. Pero Meleagro (que era el hombre más eminente de la falange), tan pronto como se presentó ante el batallón que era el más importante y estimado del ejército, nada dijo en absoluto del negocio para el que había sido enviado, sino que, al contrario, los elogió mucho por su elección, y les exhortó en contra de aquellos que se les oponían. Con lo cual los Macedonios nombraron a Meleagro capitán suyo, y, con sus armas, se prepararon contra el partido contrario. Los de la guardia personal del rey y los escoltas personales se marcharon asimismo de Babilonia, para luchar; pero los hombres más preocupados y populares entre ellos les animaron a todos a que ambos bandos firmaran la paz. Sobre la cual propuesta en breve convinieron que Arrideo, el hijo de Filipo, sería rey, y llamado Filipo, y que Pérdicas, a quien el último rey, cuando estaba en su lecho de muerte, le entregó su anillo, sería investido con el poder ejecutivo del reino; y ordenaron que los escoltas personales y los principales generales gobernarían las provincias, y que todos obedecerían las órdenes del rey y de Pérdicas.


Siendo así nombrado rey Arrideo, convocó un consejo general de los principales oficiales: y a Ptolomeo Lago le encomendó el gobierno de Egipto; a Laomedonte de Mitilene, Siria; a Filotas, Cilicia; a Pitón, Media; a Eumenes, Capadocia y Paflagonia y los países circundantes, en los que nunca había ingresado Alejandro durante sus guerras con Darío, por falta de la conveniente oportunidad. A Antígono asignó el mando de Licia y la Gran Frigia; a Casandro, Caria; a Meleagro (2) , Lidia; a Leonato, toda la Frigia que se extiende por la costa del Helesponto: y de esta manera las provincias fueron divididas. En Europa, Tracia, con las naciones que la rodean en el mar del Ponto, fue confiada a Lisímaco; y Macedonia, con los territorios vecinos, a Antípatro. En cuanto al resto de las provincias Asiáticas, se pensó que lo más aconsejable era no alterarlas, sino dejarlas bajo el gobierno de los antiguos gobernadores. La provincia a continuación adyacente fue encomendada a Taxiles y a los reyes que colindaban con éste: pero la provincia convecina al monte Cáucaso (llamado Paropamiso) fue asignada a Oxiartes, el rey de los Bactrianos, con cuya hija Alejandro se había casado. Aracosia y Gedrosia a Siburtio; Aria y Drangina a Estasandro de Soloe; Bactriana y Sogdiana fue dada a Filipo; Partia e Hircania a Fratafernes; Persia a Peucestas; Carmania a Tlepolemo; Media a Atrapes. La provincia de Babilonia a Arcón; y Mesopotamia a Arcesilao. Seleuco fue nombrado general de la valiente unidad de la caballería Social. Hefestión fue el primer comandante de esta brigada, luego Pérdicas, y el tercero fue Seleuco. Ordenó que Taxiles y Poro disfrutaran de total autoridad dentro de sus reinos, como Alejandro mismo había antes estatuido. Los preparativos del funeral, y de aparejar un carro para escoltar el cuerpo del rey a Ammón, fue confiada a Arrideo.
Pero en cuanto a Crátero, el más noble de los capitanes de Alejandro, fue algún tiempo antes enviado por Alejandro, con diez mil de los veteranos, que fueron licenciados del servicio militar prestado en la guerra Persa, a Cilicia, para ejecutar algunas instrucciones dadas a él por escrito por el rey; lo cual, después de la muerte del rey, sus sucesores decidieron no llevar a cabo: pues Pérdicas, encontrando en los comentarios del rey no sólo vastas sumas de dinero presupuestado para ser gastados en el funeral de Hefestión, sino asimismo muchas otras cosas de extraordinario dispendio y gasto señaladas por el rey, juzgó que era más prudente dejarlas sin efecto; pero, para que no pareciera que tomaba sobre sí demasiado poder de decisión, y por su íntima determinación de no quitar mérito a la sabiduría y discreción de Alejandro, refirió todos aquellos asuntos a la resolución de un consejo general de los Macedonios. Los capítulos principales y más considerables de los propósitos del rey contenidos en sus libros de memoria eran estos: 1. que mil navíos, más grandes que las trirremes, fueran construidos en Fenicia, Siria, Cilicia y Chipre, para dirigir una invasión contra los Cartagineses, y otros pueblos que habitan en las costas de África y España, junto con todas las islas adyacentes hasta Sicilia. 2. que una vía llana y fácil fuera trazada a lo largo de las costas de África hasta las columnas de Hércules. 3. que seis magníficos templos fueran edificados, y que ciento cincuenta talentos fueran gastados en cada uno de ellos. 4. que arsenales y puertos fueran construidos en lugares convenientes y aptos para la acogida de tan gran flota. 5. que las nuevas ciudades fueran fundadas con colonos, y que unos grupos de gentes fueran trasladados de Asia a Europa, y otros de Europa a Asia, con este ánimo, que mediante matrimonios y mutuos parentescos, pudiera establecer la paz y la concordia entre los dos principales continentes del mundo.
Algunos de los templos antes mencionados tenían que ser erigidos en Delos, Delfos y Dodoma; otros en Macedonia, como el templo de Zeus en Dión; el templo de Diana, en Anfípolis; otro a Atenea en Cirno (3), a la cual Diosa asimismo decidió construir un templo en Ilión en nada inferior a ningún otro por su esplendor y magnificencia. Finalmente, para ornar el sepulcro de su padre el rey Filipo, dispuso levantar un monumento igual a la mayor pirámide de Egipto, la séptima de las que por algunos son consideradas las obras más majestuosas y grandes en el mundo.


Descritas estas cosas ante ellos, los Macedonios, aunque elogiaban mucho y aprobaban los planes de Alejandro, sin embargo, porque les parecían cosas que estaban más allá de toda medida practicable, decretaron que todo ello quedara sin ejecución. Entonces Pérdicas hizo que aquellos soldados que eran revoltosos, y extraordinariamente virulentos contra él, hasta un número de treinta, fueran condenados a la pena última. Después, por razón de su rencor personal para con él, ejecutó a Meleagro (que traicionó su embajada, y se unió al motín), como a uno que buscaba minar su posición.


Hacia este tiempo, los Griegos asentados en las provincias superiores se rebelaron, y reunieron un gran ejército; contra ellos envió a Pitón, uno de los principales oficiales. Pero consideramos que será mejor para comprender más adecuadamente la historia de las cosas que después fueron hechas, si en primer lugar declaramos la causa de la rebelión, y la situación de Asia, y la naturaleza y extensión de las provincias, pues, poniendo de esta manera ante los ojos del lector un mapa de los países y las distancias de un lugar a otro, la relación será más clara y fácil.
Desde el Tauro, por tanto, en Cilicia, hasta el Cáucaso y el Océano oriental, una cadena de montañas se prolonga en una línea estrecha y continua a lo largo de toda Asia, que se distinguen por varias cimas y elevaciones de colinas desde ellas: el monte Tauro se ha ganado un particular nombre. De esta manera, Asia está dividida en dos partes: una que va hacia el norte, la otra desciende hacia el sur; y, conforme a aquellos diversos climas, los ríos corren en direcciones opuestas, tomando algunos su curso hacia el mar Caspio, otros hacia el Euxino, y otros hacia el Océano septentrional. Estos ríos, vertiendo así sus aguas de forma opuesta unos a otros, parte desembocan en el mar Indio, y parte en el Océano adyacente a este continente. Algunos asimismo vienen a morir en el Mar Rojo. De este modo, pues, están las provincias divididas: pues unas se extienden hacia el norte, y otras miran hacia el sur. La primera hacia los límites septentrionales sobre el río Tanais, es decir, Sogdiana, con Bactria. Y a continuación de ellas Aria y Partia. Esta provincia rodea el mar Hircanio (4), que se extiende dentro de los límites y fronteras de esta. La siguiente es Media, llamada por muchos nombres por los lugares que están incluidos en ella, y es la más grande de todas las provincias. Luego siguen Armenia, Licaonia y Capadocia, todas con un aire cálido e impetuoso. Vecinas a estas, en línea recta, están Frigia, la Grande y la Helespóntica; en línea oblicua se sitúan Lidia y Caria. Pisidia se extiende a lo largo, y en una línea paralela igual, con Frigia por su derecha; y al lado de Pisidia se encuentra Licia. Las ciudades Griegas están situadas en las costas de estas provincias, cuyos nombres no es necesario aquí citar para nuestro propósito.
Así situadas (tal como hemos relatado) están las provincias del norte. Con respecto a las meridionales, la primera es la India, al pie del monte Cáucaso, un reino muy extenso y populoso, pues está habitada por muchas naciones Indias, la mayor de las cuales es la de los Gandaritas, contra los cuales Alejandro no hizo intentos, por razón de la multitud de sus elefantes. Este territorio está dividido de la India más alejada por el río más grande de aquellas tierras, con una anchura de treinta estadios. El resto de la India (conquistada por Alejandro), un país rico y fértil, y bañado de muchos ríos, colinda con el de los Gandaritas: dentro de aquel, además de muchos otros reinos, están los dominios de Poros y Taxiles. El río Indo (del que el país toma su nombre) fluye a través de él. Separados de la India, a continuación de ella, está Aracosia, Gedrosia y Carmania, y con estas está unida Persia, donde están situadas las provincias de Susiana y Sitacana. A continuación, sigue la provincia de Babilonia, que se extiende hasta el desierto de Arabia. Por otra parte, donde comienza el descenso, tenemos la Mesopotamia, que está situada entre dos ríos, el Éufrates y el Tigres, de donde toma su nombre.
La Siria superior, y los países junto a la costa adyacentes a ella, como Cilicia, Panfilia, Siria Cava (5), dentro de la cual está Fenicia, se sitúan cerca de la provincia de Babilonia. En las fronteras de Siria Cava, y el desierto a continuación adyacente a ella (a través del cual fluye el río Nilo, y así marca la frontera entre Siria y Egipto) aparece el propio Egipto, la mejor y más rica provincia de todas. Todos estos países se abrasan de calor, pues el clima sureño es contrario por naturaleza al norteño. Esas provincias, (conquistadas por Alejandro), que así hemos descrito, fueron divididas entre los principales generales.
Pero los Griegos que habitaban las provincias superiores, que (por miedo a Alejandro mientras estuvo vivo) soportaron su estancia en oriente, casi en la esquina del reino, ahora que estaba muerto, urgidos por el deseo de retornar a su patria, se rebelaron, y para este objetivo eligieron por unanimidad a Filón, natural de Aeniania, su capitán, y congregaron un considerable ejército de más de veinte mil infantes y tres mil caballos, todos veteranos, así como hombres bravos y valientes.


Habiendo tenido conocimiento de esta rebelión, Pérdicas eligió por suertes de entre los escuadrones Macedonios a tres mil infantes y ochocientos caballos. Pitón, uno de los guardias personales de Alejandro, un hombre de elevado espíritu y un comandante capaz, fue elegido general por el ejército, y Pérdicas le entregó las tropas elegidas, como arriba se ha indicado, y cartas también para los gobernadores, en las cuales se les ordenaba transferirle diez mil infantes y ochocientos caballos, contra los rebeldes. Pitón, siendo un hombre de espíritu ambicioso, estaba muy preparado para llevar a cabo esta expedición: pues proponía en su ánimo ganarse por todos los justos medios posibles a aquellos revoltosos Griegos, y, uniendo las fuerzas de estos a las suyas, tener tales tropas a su disposición y reducir todas aquellas provincias superiores a su mandato. Pero Pérdicas, sospechando sus planes, le dio órdenes expresas: que, habiendo derrotado a los rebeldes, los pasara a todos por las armas y que dividiera el botín entre los soldados. Pitón por tanto marchó con aquellos hombres que así le habían sido confiados, y, cuando hubo recibido a aquellos que tenían que unírsele dados por los gobernadores, avanzó hacia los rebeldes con todo el ejército; y, habiendo corrompido por intermediación de cierto Aeniano a Lipodoro, quien comandaba una unidad de tres mil hombres del ejército rebelde, los venció estrepitosamente, pues, en el momento culminante de la batalla, cuando el resultado del choque estaba en el aire, el traidor se retiró del resto de sus camaradas, y, con sus tres mil hombres, se fue a la cumbre de un collado; por lo cual el resto (pensando que había huido) rompieron filas y pusieron la salvación de sus vidas en la fuga. Vencedor Pitón, envió un heraldo a los rebeldes, ordenándoles deponer las armas, y, bajo acuerdo, autorizó a cada uno de ellos regresar a su casa. Fue para Pitón de no poco regocijo ver que las cosas venían a suceder tal y como había ideado, pues ahora se los había asegurado a todos para sí por juramento, y los Griegos se entremezclaron con los Macedonios. Pero los Macedonios, recordando las órdenes que Pérdicas había dado, y no respetando en absoluto sus juramentos, rompieron el trato con los Griegos, ya que de súbito e inesperadamente cayeron sobre ellos y pasaron a todos por la espada, y se apoderaron de todo lo que tenían. Y así Pitón, derrotado en sus afanes, regresó con los Macedonios junto a Pérdicas. Y este era el estado de los asuntos en Asia en aquel tiempo.
Entretanto, en Europa, los Rodios expulsaron a la guarnición Macedonia y liberaron su ciudad, y los Atenienses comenzaron una guerra contra Antípatro, que fue llamada Guerra Lamia. Es en primer lugar necesario declarar las causas de esta guerra, para que el curso de la misma pueda ser mejor entendido.
Alejandro, un poco antes de su muerte, había ordenado que todos los exilados y proscritos de las ciudades Griegas fueran llamados de vuelta, tanto para incrementar su propio honor y estima como para ganarse los corazones de muchos en cada ciudad por su clemencia, quienes podrían resistir por su interés contra los cambios y defecciones de los Griegos. Al acercarse, por tanto, el tiempo de celebrar las Olimpiadas, envió a Nicanor, un oriundo de la ciudad de Estatira, con una carta sobre el regreso de los proscritos de Grecia, y ordenó que fuera proclamado por un heraldo común, quien ejecutó el mandato, y leyó la carta, con estas palabras:

El rey Alejandro, a los proscritos de las ciudades Griegas

Nos no hemos sido la causa de vuestro exilio, sino que será el del regreso
de todos vosotros a vuestra patria, salvo aquellos que fueron expulsados por crímenes intolerables; de las cuales cosas hemos escrito a Antípatro, mandándole que proceda por la fuerza contra todos aquellos que puedan oponerse a vuestra vuelta.

Cuando estas órdenes fueron proclamadas, el pueblo elevó un enorme grito, testificando su aprobación, porque aquellos de ellos que estaban presentes en la solemnidad de buena gana se aferraron a la misericordia del rey y le dieron las gracias con expresiones de su gozo, y aplausos a su gracia y favor, porque todos los exilados se habían reunido entonces en las Olimpiadas, más de veinte mil. Muchos hubo que aprobaron su regreso como un acto prudente, pero los Etolios y los Atenienses se sintieron muy ofendidos por ello, puesto que los Etolios suponían que los Aenianios, que habían sido desterrados de entre ellos, habían padecido el debido castigo por sus crímenes. El rey en efecto había hecho un gran ruido con sus amenazas de que no sólo castigaría a los hijos de los Aenianios, sino que él mismo impondría justicia sobre los propios autores. A consecuencia de lo cual, por su parte, los Atenienses no convinieron de ninguna forma en desprenderse de Samos, que habían dividido en parcelas, pero, porque por el momento no podían con Alejandro, juzgaron más aconsejable aquietarse y esperar hasta que encontraran la conveniente oportunidad, que la fortuna al poco les ofreció. La muerte de Alejandro poco tiempo después sin dejar hijos que le sucedieran les dio confianza de poder no sólo recuperar su libertad, sino también la soberanía de toda Grecia.


El inmenso tesoro dejado por Harpalo (del que hemos hablado particularmente en el libro anterior) y los soldados que fueron licenciados por los gobernadores de Asia, fueron grandes apoyos y estímulos para llevar a cabo esta guerra, pues había ocho mil de ellos entonces en Tenaro, en el Peloponeso. Allá enviaron por tanto en secreto a Leóstenes el Ateniense, queriendo que él, sin tener en cuenta ninguna orden suya, por su voluntad dispusiere los asuntos para tener a los soldados preparados para cuando la ocasión lo requiriese. Antípatro asimismo menospreció tanto a Leóstenes, que fue descuidado y negligente en prepararse para la guerra, y así les dio tiempo a los Atenienses a proveerse de todo lo necesario para este negocio.


A partir de ese momento Leóstenes muy en secreto alistó a aquellos soldados y (más allá de toda expectativa) tuvo preparado un bravo ejército, pues, habiendo estado esos soldados largo tiempo en las guerras de Asia y a menudo implicados en muchas grandes batallas, habían llegado a ser unos militares experimentados. Aquellas cosas fueron efectuadas cuando la muerte de Alejandro no era de todos conocida, pero, cuando un mensajero vino de Babilonia, que era testigo de su muerte, el pueblo de Atenas declaró la guerra, y envió parte del dinero dejado por Harpalo, con un gran número de armas, a Leóstenes, mandándole que no ocultara ni encubriera más el negocio, sino que hiciera lo que fuera más apropiado para el servicio de la comunidad. Por tanto, habiendo distribuido el dinero entre los soldados, como le había sido encomendado, y armado a aquellos que querían, fue a Etolia, para hacer la guerra con la mutua asistencia de ambas naciones. Los Etolios se le unieron de buen grado y le entregaron para el servicio siete mil soldados. Entonces agitó por medio de mensajeros los ánimos de los Locrios y de los Focidios, y de otras naciones vecinas, para que se levantaran por sus libertades, y liberaran Grecia del yugo Macedonio. Pero, entretanto, los hombres sabios de entre los Atenienses los disuadían de la guerra, pero la multitud estaba por llevarla a cabo con todo el vigor imaginable. De donde vino a suceder que quienes estaban por la guerra y nada tenían que perder salvo su recompensa eran con mucho la mayoría. Para la cual clase de hombres Filipo había solido decir que la guerra era como la paz y la paz como la guerra. Inmediatamente, por tanto, los oradores (que iban a una y se acercaban al ánimo del pueblo) escribieron el decreto: que los Atenienses tomarían sobre sí el cuidado y defensa de la común libertad de Grecia y que libertarían todas las ciudades Griegas de sus diversas guarniciones, y que botarían una flota de cuarenta trirremes y doscientas cuatrirremes, y que todos los Atenienses menores de cuarenta años tomarían las armas, que tres de las tribus vigilarían y guardarían Atenas, y las otras siete estarían siempre prestas a hacer campaña. Además, embajadores fueron enviados a todas las ciudades de Grecia para informarles de que el pueblo de Atenas en primer lugar contemplaba toda Grecia como la patria común de cada Griego, y que hasta ese momento habían expulsado a los bárbaros al mar, los cuales les habían invadido con el proyecto de esclavizar Grecia, y que ahora ellos habían decidido oponerse a los Macedonios por el bien común, con sus barcos, vidas y fortunas. Los más sabios de los Griegos juzgaron a los Atenienses más osados que prudentes al aprobar este decreto, y lo que habían decidido parecía traer honorabilidad, pero nada de beneficio o ventaja para el estado, porque llevaban a cabo un levantamiento y tumulto inconvenientemente y comenzaban una guerra contra ejércitos poderosos y vencedores cuando no había ninguna necesidad de ello; y, aunque tuvieran la reputación de un pueblo prudente, sin embargo no pensaban en la notoria ruina y destrucción de Tebas.
Sin embargo, cuando los embajadores llegaron a las ciudades, y por su normal forma florida de discurso les habían exhortado y urgido a la guerra, muchos se unieron a la alianza, unos en nombre de sus diversas ciudades, y otros en el de países enteros. En cuanto al resto de los Griegos, unos se posicionaron con los Macedonios, y otros quedaron neutrales. Pero todos los Etolios en general (como se dijo antes) entraron en la alianza, y después de ellos todos los Tesalios, salvo los de Pelene. Asimismo los Oetaeos, salvo los de Heraclea. Los Ftioteos entre los de Acaya, salvo los Tebanos. Los Elianos, salvo los Malios. Entonces, en general, todos los Dorios, Locrios y Focidios se unieron a la alianza; también los Aenianios, Clizeanos y Delopianos. A estos asimismo se unieron los Atamanes, Leucadianos y Molosios, bajo el mando de Aristeo, pero este hombre fue un impostor en la alianza y luego traicioneramente auxilió a los Macedonios.

Una pequeña parte, igualmente, de los Ilirios y de los Tracios (por odio a los Macedonios) ingresaron en la alianza, junto con los Caristios de Eubea; y, finalmente, del Peloponeso los Argivos, Sicionios, Eleos, Mesenios y aquellos que habitaban Acta. Todos los antedichos se aliaron con los Griegos.
El pueblo de Atenas envió también auxiliares a Leóstenes, procedentes de las ciudades, esto es, cinco mil infantes, quinientos caballos y dos mil mercenarios, que fueron hostilizados por los Beocios en su marcha a través de Beocia por las razones que siguen:
Alejandro, cuando se apoderó de Tebas, entregó los territorios de la ciudad a los Beocios vecinos, que dividieron las tierras de aquel miserable pueblo entre ellos mismos por lotes, y de este modo obtuvieron grandes posesiones. Los cuales, entendiendo que los Atenienses (si vencían) habían decidido restaurar el país y las tierras a los Tebanos, se inclinaron por los Macedonios, y, mientras que los Beocios estaban acampados en Platea, Leóstenes entró con parte de sus fuerzas en Beocia y, formando los Atenienses en batalla, cayó sobre los habitantes, los derrotó y erigió un trofeo y luego regresó a Pylene. Aquí (después de bloquear todos los accesos) acampó por cierto tiempo, esperando al ejército Macedonio.
Pero Antípatro, quien fue dejado como virrey de Europa por Alejandro, tan pronto como supo de su muerte en Babilonia y de las particiones de las provincias, envió a por Crátero en Cilicia, para que acudiera a él con todas las fuerzas que tuviere para prestarle ayuda, porque aquel, siendo enviado algún tiempo antes a Cilicia, tenía prestos treinta mil Macedonios, que habían sido licenciados del servicio en Asia, con los que estaba regresando a Macedonia. Asimismo solicitó de Filotas (que tenía la provincia de Frigia Helespóntica bajo su mando) que le auxiliara y le prometió a una de sus hijas en matrimonio. Porque, tan pronto como oyó de la insurrección de los Griegos contra él, dejó a Sippas con un considerable cuerpo de ejército como general en Macedonia con órdenes de reclutar muchos más. Y él mismo partió de Macedonia hacia Tesalia con trece mil infantes y seiscientos caballos (pues en ese tiempo había gran escasez de soldados en Macedonia por razón de las levas enviadas a Asia). Con estas fuerzas navegaba cerca toda la flota, que Alejandro había enviado a Macedonia con un enorme tesoro procedente de las arcas del rey. La flota consistía de ciento diez trirremes.
Los Tesalios, por su parte, uniéndose al comienzo a Antípatro, le enviaron de hecho muchos buenos caballos, pero después, siendo atraídos por los Atenienses al bando contrario, se fueron con sus caballos a Leóstenes, y se unieron a los Atenienses por la restauración de las libertades de Grecia.
Haciéndose por tanto muy fuertes los Atenienses, pues muchos acudían a ellos, los Griegos excedieron en poder a los Macedonios y los superaron en una batalla. Siendo vencido Antípatro, no osando sostenerse en campo abierto, ni juzgando seguro regresar a Macedonia, huyó a Lamia, donde hizo a su ejército entrar en la ciudad, reparó las murallas, se proveyó de armas ofensivas y defensivas, de grano y de otras provisiones. Y allí esperó más bastimentos y refuerzos procedentes de Asia.
Leóstenes con todas sus fuerzas llegó a las proximidades de Lamia, fortificó su campamento con una profunda zanja y un terraplén. Y primero dispuso a su ejército frente a la ciudad para provocar a los Macedonios a la lucha, pero no atreviéndose a combatir, diariamente asaltaban las murallas con hombres frescos que se relevaban unos a otros. Pero los Macedonios opusieron una tenaz resistencia y muchos de los Griegos, por su temeridad e imprudencia, fueron abatidos. Porque, teniendo un fuerte cuerpo de soldados en la ciudad, bien provistos de toda suerte de armas y siendo las murallas reforzadas y bien construidas con gran coste, los asediados fácilmente rechazaban al enemigo.
Leóstenes por tanto percibiendo que no podría ganar la ciudad por la fuerza de las armas, la sometió a sitio para interrumpir todos los suministros de provisiones, suponiendo que los sitiados serían fácilmente subyugados por el hambre y la falta de pan. Para este objetivo construyó una muralla, cavó una profunda zanja alrededor de ella y así los acorraló. Después los Etolios, siendo llamados por ocasión de ciertos negocios públicos, dejaron a Leóstenes para retornar a casa, y así todos se volvieron a Etolia.
Pero mientras Antípatro con su ejército estaba en esta situación desesperada, y la ciudad casi carente de provisiones, la fortuna de súbito cambió de dirección en beneficio de los Macedonios, pues Antípatro hizo una salida contra aquellos que estaban ocupados en cavar las zanjas, adonde Leóstenes acudió en su ayuda, y recibió un golpe en la cabeza con una piedra, que lo derribó a tierra y así fue llevado medio muerto al campamento, y murió al tercer día. Fue honorablemente enterrado, merced a los nobles servicios que había prestado en la guerra. Los Atenienses dispusieron que pronunciara su elogio en un discurso fúnebre Hiperides, que era considerado el mejor orador de ese tiempo, por su elocuencia y su especial odio a los Macedonios, porque Demóstenes, el más famoso orador, estaba entonces huido, condenado por haber recibido sobornos de Harpalo. Antífilo, un general prudente y valiente, fue creado general en lugar de Leóstenes. Y este era el estado de Europa en ese tiempo.

 

 

Notas..

[1] Arrideo fue el hijo que tuvo Filipo II con Filina de Larisa, una concubina. Justino I, 13. Volver

[2] Meleagro por Menandro. Volver

[3] En Corsica.Volver

[4] O más bien está adyacente al mar Hircanio. Volver

[5] Celesiria. Volver