- Ptolomeo gana
Egipto.
- Alianza con Antípatro. Lisímaco llega a Tracia.
- Leonato arriba para relevar a Antípatro y es vencido.
- Los Griegos derrotados en el mar.
- Pérdicas vence a Ariarates, príncipe de Capadocia;
lo crucifica; entrega la provincia a Eumenes.
- Los Griegos completamente derrotados por Crátero y
Antípatro.
- Los Atenienses al final se someten después de todos
los demás salvo los Etolios.
- El final de la guerra Lamiaca.
- La guerra en Cirene por Timbrón.
- Ofelas vence a Timbrón. Cirene conquistada por Ptolomeo.
- Larissa saqueada.
- La destrucción de los Isaurios por ellos mismos.
- Pérdicas aspira al reino de Macedonia; se le opone
Antígono.
- Los Etolios acorralados por Crátero y Antípatro.
- Antígono desenmascara los planes de Pérdicas.
- Paz firmada con los Etolios.
- Pérdicas marcha contra Ptolomeo, en Egipto.
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En
Asia, Ptolomeo, uno de aquellos que habían participado en la
división de las provincias, sin ninguna dificultad se posesionó
de Egipto, y se condujo con gran bondad y una conducta encantadora
para con el pueblo. Y poseyendo un tesoro de ocho mil talentos, reclutó
un ejército de mercenarios. Y muchos por devoción acudieron
a él en base a la bondad de de su disposición. Ingresó
en una alianza con Antípatro, cuando estuvo seguro de que Pérdicas
planeaba despojarle de Egipto.
En ese tiempo Lisímaco entró en algunas partes de Tracia
y encontró al rey Seutes acampado con veinte mil infantes y
ocho mil caballos. Pero Lisímaco, aunque no tenía más
de cuatro mil infantes y sólo dos mil caballos, no estaba intimidado
por la multitud de enemigos. Y aunque era muy inferior en número,
sin embargo su valor era tal, que trabó una batalla dura e
intensa, y después de la pérdida de un gran número
de sus hombres, pero de más aún de sus enemigos, regresó
a su campamento casi vencedor. Tras de lo cual ambos ejércitos
se retiraron del campo y cada uno hizo grandes preparativos para decidir
la controversia por la espada.
En cuanto a Leonato, prometió rápidamente ayuda a Antípatro
y a los Macedonios, recibiendo la solicitud de ayuda a través
de Hecateo, quien fue enviado a aquel para este propósito.
Desembarcando por tanto en Europa, tan pronto como llegó a
Macedonia, reclutó un gran número de soldados allí,
y habiendo reunido un ejército de más de veinte mil
infantes y más de dos mil quinientos caballos, marchó
a través de Tesalia contra el enemigo.
A partir de esto los Griegos levantaron el sitio de Lamia, quemaron
sus tiendas y enviaron a todos sus heridos y el bagaje pesado a Melibea;
y con el resto del ejército (listo y preparado para la batalla)
marchó inmediatamente y se encontró con las fuerzas
de Leonato antes de que Antípatro se hubiera reunido con él
y sus dos ejércitos se hubiesen fusionado. Los Griegos en total
tenían veintidós mil infantes (pues los Etolios habían
regresado a casa un tiempo antes y muchos otros de los Griegos se
habían ido a su patria) y en cuanto a su caballería,
que era algo más de tres mil quinientos jinetes, lucharon juntos
en un solo cuerpo. Entre estos había dos mil Tesalios, hombres
bravos y valientes, en cuyo esfuerzo confiaban sobre todo para obtener
la victoria. La caballería de ambos bandos luchó resueltamente
largo tiempo, cuando los Tesalios prevalecieron al final por su extraordinario
valor y Leonato (aunque luchó con gran coraje y resolución)
fue rechazado y arrojado dentro de un cenagal, y, abrumado por el
peso de sus armas, después que hubo recibido muchas heridas,
fue allí muerto, y por sus propios hombres trasladado muerto
a los bagajes. Habiendo los Griegos entonces ganado tan famosa victoria
(en la que Menón de Tesalia dirigió la caballería),
la falange Macedonia, para evitar a la caballería, se retiró
de la planicie y del campo abierto y se dirigieron a unas colinas
empinadas y rocosas, y, por la solidez de esos lugares, pudieron allí
defenderse.
Sin embargo, la caballería Tesalia intentó romperlos,
pero, por la desventaja del lugar, no pudieron hacer nada. Los Griegos
por tanto siendo los dueños del campo erigieron un trofeo y
dejaron cualquier ulterior persecución. Al día siguiente,
tan pronto como Antípatro llegó con sus tropas, se unió
al ejército vencido y así todos los Macedonios hicieron
un solo campamento y tomó para sí la dirección
de todas las tropas.
Pero percibiendo que los Tesalios eran demasiado fuertes para él
en caballería, juzgó más aconsejable permanecer
quieto por el momento, no osando intentar abrirse paso por la espada.
Y por tanto se retiró por colinas y otros lugares escarpados,
no idóneos para ser perseguidos en ellos. Antífilo el
general Ateniense, que ganó esta victoria sobre los Macedonios,
continuó con su ejército en Tesalia, observando los
movimientos del enemigo. Y este fue el feliz suceso de los Griegos
en ese tiempo.
Pero, porque los Macedonios eran los dueños del mar, los Atenienses
construyeron tantos navíos como para incrementar su flota a
ciento setenta barcos. Pero la flota Macedonia se componía
de doscientos cuarenta, bajo el mando del almirante Clito, quien trabó
dos combates en las islas Equínades con el almirante Ateniense
Eetión, y en las dos lo venció, hundiendo muchos de
las naves del enemigo.
Hacia este tiempo Pérdicas, teniendo con él al rey Filipo
y el ejército del rey, dirigió una expedición
contra Ariarates, príncipe de Capadocia, quien, aunque no se
había sometido al imperio de los Macedonios, sin embargo Alejandro,
estando demasiado ocupado con sus guerras contra Darío, pasó
de largo, de modo que disfrutó del principado de Capadocia
largo tiempo sin estorbos. Y entretanto acopió vastas sumas
de dinero de los ingresos públicos y reclutó un ejército
de extranjeros y de nativos de su pueblo; y proclamando que el reino
era suyo por justo derecho, se preparó a demostrarlo ante Pérdicas,
teniendo un ejército de treinta mil infantes, y mil quinientos
caballos. Al final llegaron a la batalla, en la que Pérdicas
venció, el cual mató a cuatro mil en el lugar y tomó
seis mil prisioneros, entre los cuales a Ariarates mismo, al que,
junto con todos sus parientes, primero azotó y después
crucificó. Luego perdonó al resto; y después
que hubo arreglado los asuntos en Capadocia, se la entregó
a Eumenes de Cardia, para que fuera gobernada por este como su parte,
según el reparto pactado en el primer acuerdo.
Hacia el mismo tiempo, Crátero llegó a Macedonia procedente
de Cilicia, para ayudar a Antípatro y reparar las pérdidas
de los Macedonios. Trajo con él a seis mil infantes que Alejandro
había tomado con él al principio en el paso a Asia,
y cuatro mil de aquellos que había reclutado en el curso de
su marcha, además de mil arqueros y honderos Persas y mil quinientos
caballos. Tan pronto como arribó a Tesalia, unió sus
fuerzas a las de Antípatro en el río Peneo, asumiendo
el mando principal de todo el ejército. Todas las tropas, junto
con aquellas que llegaron con Leonato, sumaban más de cuarenta
mil infantes, tres mil honderos y arqueros y cinco mil caballos. Los
Griegos en este momento acamparon frente a ellos, siendo muy inferiores
en número al enemigo, porque muchos, por razón de la
última victoria, despreciaban a los Macedonios y se volvieron
a sus diversos países, para ocuparse de sus asuntos personales.
Por esta causa, además, había muchos de los que permanecieron
en el campamento que no observaban el debido orden o disciplina. Había
en total veinticinco mil infantes, tres mil quinientos caballos, en
los cuales ponían gran confianza de victoria, por razón
del valor de los hombres y de la llaneza de la campiña que
se extendía ante ellos. Al final, Antípatro desplegaba
cada día sus fuerzas en el campo para provocar a los Griegos
a luchar, los cuales después que hubieran esperado un tiempo
considerable el retorno de los soldados desde sus ciudades, por causa
de la urgencia de sus circunstancias presentes, se vieron obligados
a aventurar batalla.
Alineándose en orden de combate, por tanto, y planeando decidir
el encuentro por la caballería, la colocaron en vanguardia
delante de la infantería, con lo que la caballería de
ambos bandos inmediatamente entró en liza, y mientras estaban
así duramente enzarzados, y la caballería Tesalia se
llevaba la mejor parte, Antípatro irrumpió con su batallón
sobre la infantería e hizo una gran matanza entre ella, de
modo que los Griegos, no pudiendo sostener el ataque del enemigo,
que les empujaba con fuerza con sus multitudes cayendo sobre ellos,
se retiraron con gran precipitación, pero en buen orden, a
unos desfiladeros fortificados y dificultosos que tenían cerca.
Y habiendo ganado así un terreno más alto, por esta
ventaja fácilmente rechazaron a los Macedonios. Entretanto
la caballería Griega, aunque llevaba la mejor parte, sin embargo
percibiendo que su infantería se había ido, al instante
la siguió, y de esta manera la caballería (entregándose
a la huida) llegó a estar tan rota y dispersa, que los Macedonios
ganaron el combate. De los Griegos quedaron muertos en el campo del
honor más de cinco mil, y de los Macedonios unos ciento treinta.
Al día siguiente, Memnón y Antífilo convocaron
un consejo de guerra, donde se debatió, si esperaban ayuda
de las polis, y aguardaban a ver si podían ser reclutados soldados
suficientes y así intentarlo una última vez, o, aceptando
los hechos y asumiendo sus presentes desastres, enviaban legados a
tratar los términos de la paz. Al final concluyeron en mandar
heraldos a tratar un acuerdo. A los que ejecutaron estas órdenes
Antípatro les respondió que esperaba que cada polis
tratara por separado con él mediante sus propios embajadores,
y que bajo ningún concepto firmaría una paz general.
Pero los Griegos declinaron esta propuesta y por tanto Antípatro
y Crátero asediaron las ciudades de Tesalia, y las tomaron
al asalto, no pudiendo los Griegos liberarlas. Esto atemorizó
tanto al resto, que trataron los negocios de sus diversas polis a
través de sus propios embajadores, hacia las cuales Antípatro
se condujo con toda demostración de cortesía y conducta
respetable, y concluyó la paz con cada una de ellas. Estando
cada polis por eso deseosa de velar por su propia salvación,
todas de esta manera obtuvieron la paz.
Pero los Etolios y los Atenienses, los enemigos implacables de los
Macedonios, aunque habían sido pues abandonados por sus aliados,
consultaron con sus generales sobre la dirección de la guerra.
Pero habiendo Antípatro de la manera antedicha roto la alianza,
dirigió su ejército contra los Atenienses. A lo cual
el pueblo, abandonado por sus aliados, estaba muy aterrorizado y no
sabía a qué camino dirigirse. Y teniendo todos sus ojos
puestos en Demades, clamaron que fuera enviado como embajador a Antípatro
para tratar la paz en su nombre. Pero rechazó acudir al senado,
porque había sido tres veces condenado por conculcación
de las leyes, y por esta razón había quedado infamado
e inhabilitado por ley para sentarse en el consejo. Pero, siendo restaurado
por el pueblo a su antiguo crédito y reputación, inmediatamente,
junto con Foción y otros unidos a él en la embajada,
emprendió la embajada. Cuando Antípatro hubo escuchado
lo que tenían que decir, les dijo que no haría la paz
con los Atenienses sino bajo la condición de que le entregaran
todo lo que tenían en sus manos, pues la misma respuesta los
Atenienses le habían dado cuando les envió embajadores
al tiempo en que estaba bloqueado en Lamia. No pudiendo ya el pueblo
desde ese momento resistir, fueron llevados a la necesidad de entregar
todo el poder y gobierno de la ciudad a las manos de Antípatro,
quien con gran humanidad y generosidad les devolvió su ciudad,
sus propiedades y todas las demás cosas. Pero disolvió
el gobierno democrático y ordenó que el valor de la
hacienda de cada persona fuera el criterio para elegir a los magistrados,
esto es, aquellos que poseyeran más de dos mil dracmas, podrían
ser elegibles para las magistraturas, y gozar del derecho de sufragio
para su elección. En cuanto a aquellos que no poseían
tales haciendas, los apartó por turbulentos y facciosos, no
tolerándoles que intervinieran lo más mínimo
en los negocios públicos, y concedió nuevos asentamientos
y propiedades en Tesalia a aquellos que quisieran trasladarse allí.
En base a lo cual, más de veintidós mil de esa clase
de ciudadanos fueron trasferidos desde su patria. El gobierno de la
ciudad, y el país perteneciente a ella, fue entregado al resto,
quienes tenían propiedades por valor de lo que antes fue concretado
y establecido, de los cuales había unos nueve mil. Y esos gobernaron
el estado en el futuro según las leyes de Solón. Y todas
sus propiedades fueron dejadas a estos íntegras y sin tocar.
Pero fueron obligados a recibir una guarnición al mando del
gobernador Menilo para mantenerlos intimidados y prevenir nuevos alzamientos
y disturbios. En cuanto al asunto de Samos, fue atribuido a la decisión
de los reyes. Y así los Atenienses (más allá
de su expectativa) fueron bondadosamente tratados y estuvieron en
paz. Y para el futuro (gobernando la comunidad sin tumultos y sediciones,
y practicando tranquilamente la agricultura) se hicieron muy ricos
en poco tiempo.
Antípatro, regresado a Macedonia, premió honorable y
generosamente a Crátero conforme a su mérito, y le dio
a Fila, su hija mayor, en matrimonio, y luego Crátero regresó
a Asia. Antípatro se condujo con la misma moderación
y conducta respetable hacia todas las polis de Grecia, ordenando y
reformando bien sus gobiernos, con lo que ganó elogios y renombre
en cada lugar.
En cuanto a Pérdicas, restauró la ciudad y territorio
de Samos a los Samios e hizo que todos aquellos que habían
sido exilados más de cuarenta y tres años atrás,
regresaran a su patria. Habiendo ahora recorrido los sucesos de la
guerra Lamia, pasaremos a la guerra en Cirene, para que no nos rezaguemos
demasiado en tiempos muy distantes del continuo curso y relación
de la historia. Pero, para hacer las cosas más claras y evidentes,
debemos recurrir a sucesos ejecutados poco tiempo antes.
Después que Harpalo hubo dejado Asia, y al final llegó
con sus mercenarios a Creta, como está relatado en el libro
precedente, Timbrón, uno de sus íntimos amigos (como
lo consideraba Harpalo), habiendo asesinado a este, se apropió
del dinero y de los soldados, hasta un número de siete mil
hombres. Asimismo cayó la flota en sus manos, y, embarcando
en ella a los soldados, navegó al país de los Cirenaicos,
donde, juntándose con los exilados de Cirene, hizo uso de su
guía para conseguir sus planes, porque estaban bien familiarizados
con los caminos y desfiladeros de aquel territorio. Al aproximarse
a los Cirenaicos, Timbrón combatió con ellos y los venció,
matando a muchos en el lugar y tomando muchos prisioneros. Luego se
posesionó del puerto y forzó a los derrotados Cirenaicos
(ahora llenos de un gran temor) a un acuerdo y a comprar su paz al
precio de cinco mil talentos de plata, y a que le entregaran la mitad
de todos sus carros listos y apropiados para cualquier expedición
bélica. Asimismo envió embajadores a las otras ciudades,
solicitándoles unirse a él, como si se propusiera conquistar
toda la África inferior. Se apoderó igualmente de los
bienes de todos los mercaderes en el puerto, y se los dio a los soldados
que los saquearan, sobre todo para animarlos a vincularse a él
en la guerra.
Pero, en el culmen de su prosperidad, un súbito golpe de fortuna
lo dejó en muy mala situación, con ocasión del
siguiente suceso. En efecto, Mnasiclo, uno de sus capitanes, Cretense
de nación, y un experto comandante, comenzó a disputar
con él sobre la división de los espolios. Y, siendo
de un espíritu turbulento y temerario, inmediatamente después
desertó, y se pasó a los de Cirene, donde, lamentándose
mucho de la crueldad y falta de fe de Timbrón, les persuadió
a que rompieran la alianza e hicieran valer su libertad. Acto seguido
pararon y no pagaron más ningún talento de los convenidos,
habiendo sólo entregado sesenta.
Timbrón entonces les acusó de traición y falta
de lealtad y se apoderó de ochocientos Cirenaicos que estaban
en el puerto y sometió a Cirene a apretado asedio, pero, no
pudiendo imponerse, se retiró y regresó al puerto. Los
Bracéanos e Hesperianos se pusieron de parte de Timbrón,
con lo que los Cirenaicos sacaron parte de sus fuerzas fuera de la
polis y con ellas devastaron y saquearon los territorios vecinos,
a cuyo auxilio Timbrón (cuya ayuda era deseada) acudió
con los soldados que tenía entonces preparados a mano. El Cretense,
aprovechándose de esta oportunidad, cuando creyó que
pocos eran los dejados en el puerto, aconsejó a aquellos que
fueron dejados en Cirene atacar el puerto, quienes accedieron a ello
de buena gana, y él mismo fue el principal ejecutor del intento,
que fue fácilmente logrado, por razón de la ausencia
de Timbrón, de modo que todas las mercancías que fueron
abandonadas en el puerto fueron devueltas a los mercaderes y fortificaron
el puerto con todo el cuidado y diligencia imaginable.
Este primer desastre desanimó grandemente a Timbrón,
habiendo perdido un lugar tan conveniente y asimismo sus carros. Pero
después de armarse de ánimo y de ocupar Tariqueo por
asalto, sus esperanzas revivieron. Sin embargo, no mucho después,
de nuevo sufrió cuantiosas pérdidas, pues los soldados
pertenecientes a la flota, por no ser admitidos en el puerto, padecían
una gran carestía de provisiones, y por tanto cada día
iban y venían a los campos para apoderarse de lo que pudieran
para cubrir sus necesidades. Por tanto los Africanos, emboscándose,
cayeron sobre ellos cuando estaban vagando por todo el país
y mataron a multitud de ellos, y cogieron muchos cautivos. El resto
escapó a sus barcos, y navegaron hacia las polis aliadas, pero
fueron sorprendidos por tan violenta tormenta, que muchos de sus navíos
se hundieron en el mar. Del resto, unos fueron empujados a Chipre,
y otros a las costas de Egipto. A pesar de estas desgracias, Timbrón
perseveró en la guerra, pues envió a algunos de sus
amigos al Peloponeso para reclutar soldados de entre aquellos extranjeros
que estaban entonces aún en Tenaro, porque había en
ese momento muchos licenciados, vagando sin oficio y buscando ser
reclutados por cualquiera que los empleara, hasta un número
de dos mil quinientos, y más. Aquellos que fueron enviados
tomaron a estos a sueldo, y navegaron con ellos la vuelta de Cirene,
antes de cuya venida los Cirenaicos, animados por sus éxitos,
habían luchado con Timbrón y habían aniquilado
a gran número de sus hombres. Por razón de estas pérdidas
Timbrón dio todo por perdido en relación a la guerra
contra Cirene, pero la inesperada llegada de los soldados de Tenaro
reforzó tanto su ejército, que cobró nuevos ánimos
y retomó sus antiguas esperanzas de victoria.
Los Cirenaicos, percibiendo que la guerra se renovaba, solicitaron
bastimentos de los Africanos vecinos y de los Cartagineses. Y habiendo
formado un ejército compuesto por sus propios ciudadanos y
otros, hasta un número de treinta mil hombres, resolvieron
jugárselo todo y trabar batalla. Un muy duro combate por tanto
fue entablado, en el que Timbrón venció, con muerte
de una multitud de sus enemigos. Lo cual les animó muchísimo,
como si ya fueran los señores de todas las ciudades circundantes.
Los Cirenaicos, después de esta batalla, habiendo perdido a
todos sus comandantes, pusieron al Cretense Mnasiclo con algunos otros
al mando del ejército. Pero Timbrón, ensoberbecido por
su victoria, asedió el puerto de Cirene y asaltaba la ciudad
cada día. Continuando el sitio largo tiempo, los Cirenaicos,
por falta de grano, se pelearon unos con otros. Y la muchedumbre (siendo
la mayor en número) expulsó de la ciudad a los ricos.
Algunos de ellos huyeron junto a Timbrón, otros a Egipto. Estos
en Egipto se dirigieron a Ptolomeo por ayuda, para que les auxiliara
en su regreso. Y lo lograron a tal punto, que volvieron con grandes
fuerzas terrestres y navales, bajo el mando de Ofelas, su gobernador.
Cuando la noticia de su regreso se difundió, aquellos exilados
que estaban con Timbrón planearon escabullirse de noche y unirse
a aquellos que iban a llegar. Pero, siendo descubiertos, fueron todos
ejecutados.
Los cabecillas de la sedición en Cirene, atemorizados ante
el regreso de los exilados, firmaron la paz con Timbrón y decidieron
unirse a él contra Ofelas. Pero Ofelas derrotó a Timbrón
y lo tomó cautivo y recuperó todas las ciudades y las
entregó, con sus territorios, a manos de Ptolomeo. Y así
los Cirenaicos y las polis vecinas perdieron su antigua libertad y
se convirtieron en súbditos de Ptolomeo.
Pérdicas y el rey Filipo, habiendo derrotado a Ariarates, entregaron
la provincia a Eumenes y luego partieron de Capadocia. Cuando llegaron
a Pisidia, decidieron arrasar dos ciudades, la de los Larisios, y
la de los Isaurios, porque en vida de Alejandro habían asesinado
a Balacro, hijo de Nicanor, quien fue nombrado general y gobernador
de la provincia. Larissa fue tomada al primer asalto, y pasaron por
la espada a todos aquellos que eran aptos para portar armas y vendieron
al resto como esclavos y destruyeron la ciudad hasta los cimientos.
En cuanto a la ciudad de los Isaurios, estaba bien y ampliamente fortificada,
y habitada por hombres resueltos y fuertes. Y por tanto, después
de que la hubieren opugnado durante dos días seguidos y hubieren
perdido un gran número de hombres, se vieron obligados a retirarse,
porque los habitantes, estando muy bien provistos de armas y de todas
las otras cosas necesarias para soportar un asedio, estaban decididos
a arrostrar todos los riegos y ofrecer de buen grado sus vidas por
la defensa de su libertad. Pero al tercer día, habiendo perdido
a muchos de sus ciudadanos, puesto que ya no podían cubrir
suficientemente los puestos en las murallas, ejecutaron el más
heroico ejemplo de determinación, digno de ser por siempre
recordado. En efecto, percatándose de que estaban destinados
a una inevitable destrucción y que no tenían fuerza
suficiente para su defensa, juzgaron no conveniente entregar la ciudad
y todo lo que tenían a la voluntad del enemigo, porque su ruina,
indudable según la más bárbara costumbre, era
obvia a sus ojos. Por tanto unánimemente decidieron todos morir
juntos con honor. Para ello, de noche hicieron a sus esposas, hijos
y familiares entrar en sus casas, y les prendieron fuego, eligiendo
de esta manera morir y ser enterrados a la vez. Cuando las llamas
se elevaron por el aire, los Isaurios arrojaron todas sus posesiones
y toda cosa de valor o que pudiera ser de alguna ventaja para el enemigo
al fuego. Los sitiadores quedaron pasmados de admiración ante
el suceso, y corrieron de acá para allá, buscando por
dónde ingresar en la ciudad, pero aquellos que permanecían
en las murallas para su defensa arrojaron a muchos Macedonios desde
las almenas. Ante esto Pérdicas estaba muy sorprendido y preguntó
cuál era la razón de que, habiendo puesto fuego en sus
casas y cosas, fueran tan diligentes y cuidadosos en defender sus
murallas. Al final, cuando Pérdicas con sus Macedonios se retiró
de la ciudad, el resto de los Isaurios se precipitaron al fuego y
así la casa de cada uno se convirtió en un sepulcro
común para sí y sus allegados. Pérdicas al día
siguiente permitió a los soldados saquear la ciudad, los cuales
(cuando el fuego estaba extinguido) encontraron mucha plata y oro
entre los rescoldos, habiendo sido la ciudad rica y próspera
por largo tiempo.
Después de esta destrucción, Pérdicas se casó
con dos mujeres, Nicea la hija de Antípatro, a lo que estaba
comprometido; y con Cleopatra, hermanastra de Alejandro, hija de Filipo.
Pérdicas de hecho había entrado en alianza con Antípatro
antes de que fuera establecido en su gobierno y por esta causa el
matrimonio se consumó. Pero después que había
obtenido las fuerzas del rey y se había posesionado de la dirección
y administración de los asuntos del reino, cambió de
opinión: aspirando al reinado, su plan fue casarse con Cleopatra,
concluyendo que, por consideración a ella y por la autoridad
de él, le sería confiado el poder soberano a él
por los Macedonios. Pero porque no tenía aún la intención
de descubrir sus intenciones y sí de ajustarse a las presentes
circunstancias, casó con Nicea, para que Antípatro no
se le opusiera en sus proyectos. Pero Antígono sospechó
lo que estaba tramando y, siendo un hombre que tenía gran inclinación
por Antípatro y el más activo de todos los generales,
Pérdicas decidió deshacerse de él.
Levantando por tanto contra él falsas acusaciones e injustas
calumnias, aparecía claro su plan de quitarle la vida. Pero
Antígono, siendo un hombre astuto y de espíritu valiente,
simuló que se defendería contra aquellas cosas que se
habían pronunciado en su acusación, pero en su interior
preparó secretamente la huida y en la oscuridad de la noche,
con sus esclavos y su hijo Demetrio, embarcó en algunos navíos
que pertenecían a Atenas y navegó a Europa con el propósito
de aliarse con Antípatro. Hacia este tiempo Antípatro
y Crátero habían hecho campaña contra los Etolios
con treinta mil infantes y dos mil quinientos caballos, porque sólo
permanecían sin ser vencidos estos de entre todos los que habían
estado implicados en la guerra Lamia. Pero los Etolios, aunque estaban
presionados por tan poderosas fuerzas, sin embargo no estaban del
todo descorazonados, sino que habiendo reunido diez mil hombres bravos
y enérgicos, se dirigieron a los difíciles desfiladeros
de las montañas, donde habían dispuesto y depositado
antes buena parte de su riqueza y a todas sus esposas, hijos y ancianos.
Y aunque habían abandonado las ciudades que no eran defendibles,
sin embargo situaron poderosas guarniciones en aquellas que estaban
fortificadas, y en este estado esperaron resueltamente la venida del
enemigo.
Antípatro y Crátero, habiendo ingresado en Etolia, cuando
vieron todas las ciudades que eran débiles y no defendibles
abandonadas por sus moradores, marcharon contra aquellos que estaban
situados en las fortalezas de las montañas. Al primer asalto
que hicieron contra aquellos espantosos e inaccesibles precipicios,
perdieron multitud de sus hombres, pues el valor de los Etolios, que
estaba auxiliado y confirmado por la fortaleza de los lugares, rechazó
fácilmente al enemigo, el cual pasó por dificultades
que eran insuperables. Pero luego, cuando los soldados de Crátero
se habían protegido durante el invierno con cabañas
y tiendas, los Etolios fueron obligados a soportar la inclemencia
de la estación en lugares cubiertos de nieve, donde se quedaron
con enorme carencia de bastimentos, de modo que se vieron reducidos
a la más desesperada condición. Porque se vieron ante
el dilema de o tener que dejar las montañas y luchar con un
ejército muy superior en número al suyo, y contra generales
que eran renombrados en todo el mundo por su admirable proceder, o,
si permanecían más tiempo, ciertamente perecer de hambre
y frío.
Y entonces todas las esperanzas de liberación habían
desaparecido, cuando súbita e inesperadamente apareció
una cercana vía de escape a todas sus miserias, como si algún
Dios de un modo especial hubiere tenido compasión de tan valientes
y nobles almas. Porque Antígono, quien había huido de
Asia y había entonces llegado al campamento, les informó
de lo que Pérdicas estaba tramando e ideando, y de que, habiéndose
casado con Cleopatra, estaba listo, como rey, para venir con su ejército
a Macedonia, para arrancar el reino de sus manos. Ante las cuales
noticias extraordinarias e inesperadas, Antípatro y Crátero,
y todos los que estaban con ellos, se encontraban tan alarmados, que
convocaron un consejo de guerra, donde, bajo consulta, resolvieron
que el negocio de los Etolios fuera arreglado y terminado tan bien
como pudieran, y que el ejército fuera inmediatamente trasladado
a Asia, y que Antípatro tuviera el mando de Europa, que embajadores
asimismo fueran despachados a Ptolomeo, quien era amigo de ellos y
un enemigo de Pérdicas, y tanto como ellos señalado
para ser eliminado, para moverle a unirse a ellos en una alianza.
Por consiguiente pactaron de forma inmediata la paz con los Etolios,
pensando no obstante en cautivarlos a todos ellos y a sus familias
más tarde en su debido tiempo y enviarlos a algún extremo
remoto y desértico del mundo más allá de Asia.
Pactada la pacificación según el convenio, siendo puesto
por escrito y firmado, se prepararon para la expedición.
Pérdicas, por otra parte, llamando junto a sí a sus
amigos y generales, consultó con ellos si transportaban su
ejército a Macedonia o si marchaban primero contra Ptolomeo.
Conviniendo todos que Ptolomeo tenía que ser primero vencido,
para que no estorbara su expedición a Macedonia, envió
a Eumenes por delante con un considerable ejército, para asegurar
los pasos al Helesponto e impedir cualquier paso por esa vía.
Y él mismo marchó desde Pisidia con todas sus fuerzas
hacia Egipto. Y estas fueron las cosas hechas este año.