DIODORO

«BIBLIOTECA HISTÓRICA: LIBRO XVIII»

Traducción y adaptación "el anónimo Taranconero"

 

 

CONTENIDOS DEL LIBRO XVIII

Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en cinco partes más un índice.

Índice - Parte I - Parte II . Parte III - Parte IV. Parte V

 

- Ptolomeo gana Egipto.
- Alianza con Antípatro. Lisímaco llega a Tracia.
- Leonato arriba para relevar a Antípatro y es vencido.
- Los Griegos derrotados en el mar.
- Pérdicas vence a Ariarates, príncipe de Capadocia; lo crucifica; entrega la provincia a Eumenes.
- Los Griegos completamente derrotados por Crátero y Antípatro.
- Los Atenienses al final se someten después de todos los demás salvo los Etolios.
- El final de la guerra Lamiaca.
- La guerra en Cirene por Timbrón.
- Ofelas vence a Timbrón. Cirene conquistada por Ptolomeo.
- Larissa saqueada.
- La destrucción de los Isaurios por ellos mismos.
- Pérdicas aspira al reino de Macedonia; se le opone Antígono.
- Los Etolios acorralados por Crátero y Antípatro.
- Antígono desenmascara los planes de Pérdicas.
- Paz firmada con los Etolios.
- Pérdicas marcha contra Ptolomeo, en Egipto.

 

En Asia, Ptolomeo, uno de aquellos que habían participado en la división de las provincias, sin ninguna dificultad se posesionó de Egipto, y se condujo con gran bondad y una conducta encantadora para con el pueblo. Y poseyendo un tesoro de ocho mil talentos, reclutó un ejército de mercenarios. Y muchos por devoción acudieron a él en base a la bondad de de su disposición. Ingresó en una alianza con Antípatro, cuando estuvo seguro de que Pérdicas planeaba despojarle de Egipto.


En ese tiempo Lisímaco entró en algunas partes de Tracia y encontró al rey Seutes acampado con veinte mil infantes y ocho mil caballos. Pero Lisímaco, aunque no tenía más de cuatro mil infantes y sólo dos mil caballos, no estaba intimidado por la multitud de enemigos. Y aunque era muy inferior en número, sin embargo su valor era tal, que trabó una batalla dura e intensa, y después de la pérdida de un gran número de sus hombres, pero de más aún de sus enemigos, regresó a su campamento casi vencedor. Tras de lo cual ambos ejércitos se retiraron del campo y cada uno hizo grandes preparativos para decidir la controversia por la espada.


En cuanto a Leonato, prometió rápidamente ayuda a Antípatro y a los Macedonios, recibiendo la solicitud de ayuda a través de Hecateo, quien fue enviado a aquel para este propósito. Desembarcando por tanto en Europa, tan pronto como llegó a Macedonia, reclutó un gran número de soldados allí, y habiendo reunido un ejército de más de veinte mil infantes y más de dos mil quinientos caballos, marchó a través de Tesalia contra el enemigo.
A partir de esto los Griegos levantaron el sitio de Lamia, quemaron sus tiendas y enviaron a todos sus heridos y el bagaje pesado a Melibea; y con el resto del ejército (listo y preparado para la batalla) marchó inmediatamente y se encontró con las fuerzas de Leonato antes de que Antípatro se hubiera reunido con él y sus dos ejércitos se hubiesen fusionado. Los Griegos en total tenían veintidós mil infantes (pues los Etolios habían regresado a casa un tiempo antes y muchos otros de los Griegos se habían ido a su patria) y en cuanto a su caballería, que era algo más de tres mil quinientos jinetes, lucharon juntos en un solo cuerpo. Entre estos había dos mil Tesalios, hombres bravos y valientes, en cuyo esfuerzo confiaban sobre todo para obtener la victoria. La caballería de ambos bandos luchó resueltamente largo tiempo, cuando los Tesalios prevalecieron al final por su extraordinario valor y Leonato (aunque luchó con gran coraje y resolución) fue rechazado y arrojado dentro de un cenagal, y, abrumado por el peso de sus armas, después que hubo recibido muchas heridas, fue allí muerto, y por sus propios hombres trasladado muerto a los bagajes. Habiendo los Griegos entonces ganado tan famosa victoria (en la que Menón de Tesalia dirigió la caballería), la falange Macedonia, para evitar a la caballería, se retiró de la planicie y del campo abierto y se dirigieron a unas colinas empinadas y rocosas, y, por la solidez de esos lugares, pudieron allí defenderse.

Sin embargo, la caballería Tesalia intentó romperlos, pero, por la desventaja del lugar, no pudieron hacer nada. Los Griegos por tanto siendo los dueños del campo erigieron un trofeo y dejaron cualquier ulterior persecución. Al día siguiente, tan pronto como Antípatro llegó con sus tropas, se unió al ejército vencido y así todos los Macedonios hicieron un solo campamento y tomó para sí la dirección de todas las tropas.
Pero percibiendo que los Tesalios eran demasiado fuertes para él en caballería, juzgó más aconsejable permanecer quieto por el momento, no osando intentar abrirse paso por la espada. Y por tanto se retiró por colinas y otros lugares escarpados, no idóneos para ser perseguidos en ellos. Antífilo el general Ateniense, que ganó esta victoria sobre los Macedonios, continuó con su ejército en Tesalia, observando los movimientos del enemigo. Y este fue el feliz suceso de los Griegos en ese tiempo.
Pero, porque los Macedonios eran los dueños del mar, los Atenienses construyeron tantos navíos como para incrementar su flota a ciento setenta barcos. Pero la flota Macedonia se componía de doscientos cuarenta, bajo el mando del almirante Clito, quien trabó dos combates en las islas Equínades con el almirante Ateniense Eetión, y en las dos lo venció, hundiendo muchos de las naves del enemigo.


Hacia este tiempo Pérdicas, teniendo con él al rey Filipo y el ejército del rey, dirigió una expedición contra Ariarates, príncipe de Capadocia, quien, aunque no se había sometido al imperio de los Macedonios, sin embargo Alejandro, estando demasiado ocupado con sus guerras contra Darío, pasó de largo, de modo que disfrutó del principado de Capadocia largo tiempo sin estorbos. Y entretanto acopió vastas sumas de dinero de los ingresos públicos y reclutó un ejército de extranjeros y de nativos de su pueblo; y proclamando que el reino era suyo por justo derecho, se preparó a demostrarlo ante Pérdicas, teniendo un ejército de treinta mil infantes, y mil quinientos caballos. Al final llegaron a la batalla, en la que Pérdicas venció, el cual mató a cuatro mil en el lugar y tomó seis mil prisioneros, entre los cuales a Ariarates mismo, al que, junto con todos sus parientes, primero azotó y después crucificó. Luego perdonó al resto; y después que hubo arreglado los asuntos en Capadocia, se la entregó a Eumenes de Cardia, para que fuera gobernada por este como su parte, según el reparto pactado en el primer acuerdo.


Hacia el mismo tiempo, Crátero llegó a Macedonia procedente de Cilicia, para ayudar a Antípatro y reparar las pérdidas de los Macedonios. Trajo con él a seis mil infantes que Alejandro había tomado con él al principio en el paso a Asia, y cuatro mil de aquellos que había reclutado en el curso de su marcha, además de mil arqueros y honderos Persas y mil quinientos caballos. Tan pronto como arribó a Tesalia, unió sus fuerzas a las de Antípatro en el río Peneo, asumiendo el mando principal de todo el ejército. Todas las tropas, junto con aquellas que llegaron con Leonato, sumaban más de cuarenta mil infantes, tres mil honderos y arqueros y cinco mil caballos. Los Griegos en este momento acamparon frente a ellos, siendo muy inferiores en número al enemigo, porque muchos, por razón de la última victoria, despreciaban a los Macedonios y se volvieron a sus diversos países, para ocuparse de sus asuntos personales. Por esta causa, además, había muchos de los que permanecieron en el campamento que no observaban el debido orden o disciplina. Había en total veinticinco mil infantes, tres mil quinientos caballos, en los cuales ponían gran confianza de victoria, por razón del valor de los hombres y de la llaneza de la campiña que se extendía ante ellos. Al final, Antípatro desplegaba cada día sus fuerzas en el campo para provocar a los Griegos a luchar, los cuales después que hubieran esperado un tiempo considerable el retorno de los soldados desde sus ciudades, por causa de la urgencia de sus circunstancias presentes, se vieron obligados a aventurar batalla.
Alineándose en orden de combate, por tanto, y planeando decidir el encuentro por la caballería, la colocaron en vanguardia delante de la infantería, con lo que la caballería de ambos bandos inmediatamente entró en liza, y mientras estaban así duramente enzarzados, y la caballería Tesalia se llevaba la mejor parte, Antípatro irrumpió con su batallón sobre la infantería e hizo una gran matanza entre ella, de modo que los Griegos, no pudiendo sostener el ataque del enemigo, que les empujaba con fuerza con sus multitudes cayendo sobre ellos, se retiraron con gran precipitación, pero en buen orden, a unos desfiladeros fortificados y dificultosos que tenían cerca. Y habiendo ganado así un terreno más alto, por esta ventaja fácilmente rechazaron a los Macedonios. Entretanto la caballería Griega, aunque llevaba la mejor parte, sin embargo percibiendo que su infantería se había ido, al instante la siguió, y de esta manera la caballería (entregándose a la huida) llegó a estar tan rota y dispersa, que los Macedonios ganaron el combate. De los Griegos quedaron muertos en el campo del honor más de cinco mil, y de los Macedonios unos ciento treinta.


Al día siguiente, Memnón y Antífilo convocaron un consejo de guerra, donde se debatió, si esperaban ayuda de las polis, y aguardaban a ver si podían ser reclutados soldados suficientes y así intentarlo una última vez, o, aceptando los hechos y asumiendo sus presentes desastres, enviaban legados a tratar los términos de la paz. Al final concluyeron en mandar heraldos a tratar un acuerdo. A los que ejecutaron estas órdenes Antípatro les respondió que esperaba que cada polis tratara por separado con él mediante sus propios embajadores, y que bajo ningún concepto firmaría una paz general. Pero los Griegos declinaron esta propuesta y por tanto Antípatro y Crátero asediaron las ciudades de Tesalia, y las tomaron al asalto, no pudiendo los Griegos liberarlas. Esto atemorizó tanto al resto, que trataron los negocios de sus diversas polis a través de sus propios embajadores, hacia las cuales Antípatro se condujo con toda demostración de cortesía y conducta respetable, y concluyó la paz con cada una de ellas. Estando cada polis por eso deseosa de velar por su propia salvación, todas de esta manera obtuvieron la paz.
Pero los Etolios y los Atenienses, los enemigos implacables de los Macedonios, aunque habían sido pues abandonados por sus aliados, consultaron con sus generales sobre la dirección de la guerra. Pero habiendo Antípatro de la manera antedicha roto la alianza, dirigió su ejército contra los Atenienses. A lo cual el pueblo, abandonado por sus aliados, estaba muy aterrorizado y no sabía a qué camino dirigirse. Y teniendo todos sus ojos puestos en Demades, clamaron que fuera enviado como embajador a Antípatro para tratar la paz en su nombre. Pero rechazó acudir al senado, porque había sido tres veces condenado por conculcación de las leyes, y por esta razón había quedado infamado e inhabilitado por ley para sentarse en el consejo. Pero, siendo restaurado por el pueblo a su antiguo crédito y reputación, inmediatamente, junto con Foción y otros unidos a él en la embajada, emprendió la embajada. Cuando Antípatro hubo escuchado lo que tenían que decir, les dijo que no haría la paz con los Atenienses sino bajo la condición de que le entregaran todo lo que tenían en sus manos, pues la misma respuesta los Atenienses le habían dado cuando les envió embajadores al tiempo en que estaba bloqueado en Lamia. No pudiendo ya el pueblo desde ese momento resistir, fueron llevados a la necesidad de entregar todo el poder y gobierno de la ciudad a las manos de Antípatro, quien con gran humanidad y generosidad les devolvió su ciudad, sus propiedades y todas las demás cosas. Pero disolvió el gobierno democrático y ordenó que el valor de la hacienda de cada persona fuera el criterio para elegir a los magistrados, esto es, aquellos que poseyeran más de dos mil dracmas, podrían ser elegibles para las magistraturas, y gozar del derecho de sufragio para su elección. En cuanto a aquellos que no poseían tales haciendas, los apartó por turbulentos y facciosos, no tolerándoles que intervinieran lo más mínimo en los negocios públicos, y concedió nuevos asentamientos y propiedades en Tesalia a aquellos que quisieran trasladarse allí. En base a lo cual, más de veintidós mil de esa clase de ciudadanos fueron trasferidos desde su patria. El gobierno de la ciudad, y el país perteneciente a ella, fue entregado al resto, quienes tenían propiedades por valor de lo que antes fue concretado y establecido, de los cuales había unos nueve mil. Y esos gobernaron el estado en el futuro según las leyes de Solón. Y todas sus propiedades fueron dejadas a estos íntegras y sin tocar. Pero fueron obligados a recibir una guarnición al mando del gobernador Menilo para mantenerlos intimidados y prevenir nuevos alzamientos y disturbios. En cuanto al asunto de Samos, fue atribuido a la decisión de los reyes. Y así los Atenienses (más allá de su expectativa) fueron bondadosamente tratados y estuvieron en paz. Y para el futuro (gobernando la comunidad sin tumultos y sediciones, y practicando tranquilamente la agricultura) se hicieron muy ricos en poco tiempo.

Antípatro, regresado a Macedonia, premió honorable y generosamente a Crátero conforme a su mérito, y le dio a Fila, su hija mayor, en matrimonio, y luego Crátero regresó a Asia. Antípatro se condujo con la misma moderación y conducta respetable hacia todas las polis de Grecia, ordenando y reformando bien sus gobiernos, con lo que ganó elogios y renombre en cada lugar.


En cuanto a Pérdicas, restauró la ciudad y territorio de Samos a los Samios e hizo que todos aquellos que habían sido exilados más de cuarenta y tres años atrás, regresaran a su patria. Habiendo ahora recorrido los sucesos de la guerra Lamia, pasaremos a la guerra en Cirene, para que no nos rezaguemos demasiado en tiempos muy distantes del continuo curso y relación de la historia. Pero, para hacer las cosas más claras y evidentes, debemos recurrir a sucesos ejecutados poco tiempo antes.


Después que Harpalo hubo dejado Asia, y al final llegó con sus mercenarios a Creta, como está relatado en el libro precedente, Timbrón, uno de sus íntimos amigos (como lo consideraba Harpalo), habiendo asesinado a este, se apropió del dinero y de los soldados, hasta un número de siete mil hombres. Asimismo cayó la flota en sus manos, y, embarcando en ella a los soldados, navegó al país de los Cirenaicos, donde, juntándose con los exilados de Cirene, hizo uso de su guía para conseguir sus planes, porque estaban bien familiarizados con los caminos y desfiladeros de aquel territorio. Al aproximarse a los Cirenaicos, Timbrón combatió con ellos y los venció, matando a muchos en el lugar y tomando muchos prisioneros. Luego se posesionó del puerto y forzó a los derrotados Cirenaicos (ahora llenos de un gran temor) a un acuerdo y a comprar su paz al precio de cinco mil talentos de plata, y a que le entregaran la mitad de todos sus carros listos y apropiados para cualquier expedición bélica. Asimismo envió embajadores a las otras ciudades, solicitándoles unirse a él, como si se propusiera conquistar toda la África inferior. Se apoderó igualmente de los bienes de todos los mercaderes en el puerto, y se los dio a los soldados que los saquearan, sobre todo para animarlos a vincularse a él en la guerra.
Pero, en el culmen de su prosperidad, un súbito golpe de fortuna lo dejó en muy mala situación, con ocasión del siguiente suceso. En efecto, Mnasiclo, uno de sus capitanes, Cretense de nación, y un experto comandante, comenzó a disputar con él sobre la división de los espolios. Y, siendo de un espíritu turbulento y temerario, inmediatamente después desertó, y se pasó a los de Cirene, donde, lamentándose mucho de la crueldad y falta de fe de Timbrón, les persuadió a que rompieran la alianza e hicieran valer su libertad. Acto seguido pararon y no pagaron más ningún talento de los convenidos, habiendo sólo entregado sesenta.
Timbrón entonces les acusó de traición y falta de lealtad y se apoderó de ochocientos Cirenaicos que estaban en el puerto y sometió a Cirene a apretado asedio, pero, no pudiendo imponerse, se retiró y regresó al puerto. Los Bracéanos e Hesperianos se pusieron de parte de Timbrón, con lo que los Cirenaicos sacaron parte de sus fuerzas fuera de la polis y con ellas devastaron y saquearon los territorios vecinos, a cuyo auxilio Timbrón (cuya ayuda era deseada) acudió con los soldados que tenía entonces preparados a mano. El Cretense, aprovechándose de esta oportunidad, cuando creyó que pocos eran los dejados en el puerto, aconsejó a aquellos que fueron dejados en Cirene atacar el puerto, quienes accedieron a ello de buena gana, y él mismo fue el principal ejecutor del intento, que fue fácilmente logrado, por razón de la ausencia de Timbrón, de modo que todas las mercancías que fueron abandonadas en el puerto fueron devueltas a los mercaderes y fortificaron el puerto con todo el cuidado y diligencia imaginable.
Este primer desastre desanimó grandemente a Timbrón, habiendo perdido un lugar tan conveniente y asimismo sus carros. Pero después de armarse de ánimo y de ocupar Tariqueo por asalto, sus esperanzas revivieron. Sin embargo, no mucho después, de nuevo sufrió cuantiosas pérdidas, pues los soldados pertenecientes a la flota, por no ser admitidos en el puerto, padecían una gran carestía de provisiones, y por tanto cada día iban y venían a los campos para apoderarse de lo que pudieran para cubrir sus necesidades. Por tanto los Africanos, emboscándose, cayeron sobre ellos cuando estaban vagando por todo el país y mataron a multitud de ellos, y cogieron muchos cautivos. El resto escapó a sus barcos, y navegaron hacia las polis aliadas, pero fueron sorprendidos por tan violenta tormenta, que muchos de sus navíos se hundieron en el mar. Del resto, unos fueron empujados a Chipre, y otros a las costas de Egipto. A pesar de estas desgracias, Timbrón perseveró en la guerra, pues envió a algunos de sus amigos al Peloponeso para reclutar soldados de entre aquellos extranjeros que estaban entonces aún en Tenaro, porque había en ese momento muchos licenciados, vagando sin oficio y buscando ser reclutados por cualquiera que los empleara, hasta un número de dos mil quinientos, y más. Aquellos que fueron enviados tomaron a estos a sueldo, y navegaron con ellos la vuelta de Cirene, antes de cuya venida los Cirenaicos, animados por sus éxitos, habían luchado con Timbrón y habían aniquilado a gran número de sus hombres. Por razón de estas pérdidas Timbrón dio todo por perdido en relación a la guerra contra Cirene, pero la inesperada llegada de los soldados de Tenaro reforzó tanto su ejército, que cobró nuevos ánimos y retomó sus antiguas esperanzas de victoria.
Los Cirenaicos, percibiendo que la guerra se renovaba, solicitaron bastimentos de los Africanos vecinos y de los Cartagineses. Y habiendo formado un ejército compuesto por sus propios ciudadanos y otros, hasta un número de treinta mil hombres, resolvieron jugárselo todo y trabar batalla. Un muy duro combate por tanto fue entablado, en el que Timbrón venció, con muerte de una multitud de sus enemigos. Lo cual les animó muchísimo, como si ya fueran los señores de todas las ciudades circundantes. Los Cirenaicos, después de esta batalla, habiendo perdido a todos sus comandantes, pusieron al Cretense Mnasiclo con algunos otros al mando del ejército. Pero Timbrón, ensoberbecido por su victoria, asedió el puerto de Cirene y asaltaba la ciudad cada día. Continuando el sitio largo tiempo, los Cirenaicos, por falta de grano, se pelearon unos con otros. Y la muchedumbre (siendo la mayor en número) expulsó de la ciudad a los ricos. Algunos de ellos huyeron junto a Timbrón, otros a Egipto. Estos en Egipto se dirigieron a Ptolomeo por ayuda, para que les auxiliara en su regreso. Y lo lograron a tal punto, que volvieron con grandes fuerzas terrestres y navales, bajo el mando de Ofelas, su gobernador. Cuando la noticia de su regreso se difundió, aquellos exilados que estaban con Timbrón planearon escabullirse de noche y unirse a aquellos que iban a llegar. Pero, siendo descubiertos, fueron todos ejecutados.
Los cabecillas de la sedición en Cirene, atemorizados ante el regreso de los exilados, firmaron la paz con Timbrón y decidieron unirse a él contra Ofelas. Pero Ofelas derrotó a Timbrón y lo tomó cautivo y recuperó todas las ciudades y las entregó, con sus territorios, a manos de Ptolomeo. Y así los Cirenaicos y las polis vecinas perdieron su antigua libertad y se convirtieron en súbditos de Ptolomeo.


Pérdicas y el rey Filipo, habiendo derrotado a Ariarates, entregaron la provincia a Eumenes y luego partieron de Capadocia. Cuando llegaron a Pisidia, decidieron arrasar dos ciudades, la de los Larisios, y la de los Isaurios, porque en vida de Alejandro habían asesinado a Balacro, hijo de Nicanor, quien fue nombrado general y gobernador de la provincia. Larissa fue tomada al primer asalto, y pasaron por la espada a todos aquellos que eran aptos para portar armas y vendieron al resto como esclavos y destruyeron la ciudad hasta los cimientos. En cuanto a la ciudad de los Isaurios, estaba bien y ampliamente fortificada, y habitada por hombres resueltos y fuertes. Y por tanto, después de que la hubieren opugnado durante dos días seguidos y hubieren perdido un gran número de hombres, se vieron obligados a retirarse, porque los habitantes, estando muy bien provistos de armas y de todas las otras cosas necesarias para soportar un asedio, estaban decididos a arrostrar todos los riegos y ofrecer de buen grado sus vidas por la defensa de su libertad. Pero al tercer día, habiendo perdido a muchos de sus ciudadanos, puesto que ya no podían cubrir suficientemente los puestos en las murallas, ejecutaron el más heroico ejemplo de determinación, digno de ser por siempre recordado. En efecto, percatándose de que estaban destinados a una inevitable destrucción y que no tenían fuerza suficiente para su defensa, juzgaron no conveniente entregar la ciudad y todo lo que tenían a la voluntad del enemigo, porque su ruina, indudable según la más bárbara costumbre, era obvia a sus ojos. Por tanto unánimemente decidieron todos morir juntos con honor. Para ello, de noche hicieron a sus esposas, hijos y familiares entrar en sus casas, y les prendieron fuego, eligiendo de esta manera morir y ser enterrados a la vez. Cuando las llamas se elevaron por el aire, los Isaurios arrojaron todas sus posesiones y toda cosa de valor o que pudiera ser de alguna ventaja para el enemigo al fuego. Los sitiadores quedaron pasmados de admiración ante el suceso, y corrieron de acá para allá, buscando por dónde ingresar en la ciudad, pero aquellos que permanecían en las murallas para su defensa arrojaron a muchos Macedonios desde las almenas. Ante esto Pérdicas estaba muy sorprendido y preguntó cuál era la razón de que, habiendo puesto fuego en sus casas y cosas, fueran tan diligentes y cuidadosos en defender sus murallas. Al final, cuando Pérdicas con sus Macedonios se retiró de la ciudad, el resto de los Isaurios se precipitaron al fuego y así la casa de cada uno se convirtió en un sepulcro común para sí y sus allegados. Pérdicas al día siguiente permitió a los soldados saquear la ciudad, los cuales (cuando el fuego estaba extinguido) encontraron mucha plata y oro entre los rescoldos, habiendo sido la ciudad rica y próspera por largo tiempo.


Después de esta destrucción, Pérdicas se casó con dos mujeres, Nicea la hija de Antípatro, a lo que estaba comprometido; y con Cleopatra, hermanastra de Alejandro, hija de Filipo. Pérdicas de hecho había entrado en alianza con Antípatro antes de que fuera establecido en su gobierno y por esta causa el matrimonio se consumó. Pero después que había obtenido las fuerzas del rey y se había posesionado de la dirección y administración de los asuntos del reino, cambió de opinión: aspirando al reinado, su plan fue casarse con Cleopatra, concluyendo que, por consideración a ella y por la autoridad de él, le sería confiado el poder soberano a él por los Macedonios. Pero porque no tenía aún la intención de descubrir sus intenciones y sí de ajustarse a las presentes circunstancias, casó con Nicea, para que Antípatro no se le opusiera en sus proyectos. Pero Antígono sospechó lo que estaba tramando y, siendo un hombre que tenía gran inclinación por Antípatro y el más activo de todos los generales, Pérdicas decidió deshacerse de él.
Levantando por tanto contra él falsas acusaciones e injustas calumnias, aparecía claro su plan de quitarle la vida. Pero Antígono, siendo un hombre astuto y de espíritu valiente, simuló que se defendería contra aquellas cosas que se habían pronunciado en su acusación, pero en su interior preparó secretamente la huida y en la oscuridad de la noche, con sus esclavos y su hijo Demetrio, embarcó en algunos navíos que pertenecían a Atenas y navegó a Europa con el propósito de aliarse con Antípatro. Hacia este tiempo Antípatro y Crátero habían hecho campaña contra los Etolios con treinta mil infantes y dos mil quinientos caballos, porque sólo permanecían sin ser vencidos estos de entre todos los que habían estado implicados en la guerra Lamia. Pero los Etolios, aunque estaban presionados por tan poderosas fuerzas, sin embargo no estaban del todo descorazonados, sino que habiendo reunido diez mil hombres bravos y enérgicos, se dirigieron a los difíciles desfiladeros de las montañas, donde habían dispuesto y depositado antes buena parte de su riqueza y a todas sus esposas, hijos y ancianos. Y aunque habían abandonado las ciudades que no eran defendibles, sin embargo situaron poderosas guarniciones en aquellas que estaban fortificadas, y en este estado esperaron resueltamente la venida del enemigo.
Antípatro y Crátero, habiendo ingresado en Etolia, cuando vieron todas las ciudades que eran débiles y no defendibles abandonadas por sus moradores, marcharon contra aquellos que estaban situados en las fortalezas de las montañas. Al primer asalto que hicieron contra aquellos espantosos e inaccesibles precipicios, perdieron multitud de sus hombres, pues el valor de los Etolios, que estaba auxiliado y confirmado por la fortaleza de los lugares, rechazó fácilmente al enemigo, el cual pasó por dificultades que eran insuperables. Pero luego, cuando los soldados de Crátero se habían protegido durante el invierno con cabañas y tiendas, los Etolios fueron obligados a soportar la inclemencia de la estación en lugares cubiertos de nieve, donde se quedaron con enorme carencia de bastimentos, de modo que se vieron reducidos a la más desesperada condición. Porque se vieron ante el dilema de o tener que dejar las montañas y luchar con un ejército muy superior en número al suyo, y contra generales que eran renombrados en todo el mundo por su admirable proceder, o, si permanecían más tiempo, ciertamente perecer de hambre y frío.
Y entonces todas las esperanzas de liberación habían desaparecido, cuando súbita e inesperadamente apareció una cercana vía de escape a todas sus miserias, como si algún Dios de un modo especial hubiere tenido compasión de tan valientes y nobles almas. Porque Antígono, quien había huido de Asia y había entonces llegado al campamento, les informó de lo que Pérdicas estaba tramando e ideando, y de que, habiéndose casado con Cleopatra, estaba listo, como rey, para venir con su ejército a Macedonia, para arrancar el reino de sus manos. Ante las cuales noticias extraordinarias e inesperadas, Antípatro y Crátero, y todos los que estaban con ellos, se encontraban tan alarmados, que convocaron un consejo de guerra, donde, bajo consulta, resolvieron que el negocio de los Etolios fuera arreglado y terminado tan bien como pudieran, y que el ejército fuera inmediatamente trasladado a Asia, y que Antípatro tuviera el mando de Europa, que embajadores asimismo fueran despachados a Ptolomeo, quien era amigo de ellos y un enemigo de Pérdicas, y tanto como ellos señalado para ser eliminado, para moverle a unirse a ellos en una alianza. Por consiguiente pactaron de forma inmediata la paz con los Etolios, pensando no obstante en cautivarlos a todos ellos y a sus familias más tarde en su debido tiempo y enviarlos a algún extremo remoto y desértico del mundo más allá de Asia. Pactada la pacificación según el convenio, siendo puesto por escrito y firmado, se prepararon para la expedición.


Pérdicas, por otra parte, llamando junto a sí a sus amigos y generales, consultó con ellos si transportaban su ejército a Macedonia o si marchaban primero contra Ptolomeo. Conviniendo todos que Ptolomeo tenía que ser primero vencido, para que no estorbara su expedición a Macedonia, envió a Eumenes por delante con un considerable ejército, para asegurar los pasos al Helesponto e impedir cualquier paso por esa vía. Y él mismo marchó desde Pisidia con todas sus fuerzas hacia Egipto. Y estas fueron las cosas hechas este año.