DIODORO

«BIBLIOTECA HISTÓRICA: LIBRO XVIII»

Traducción y adaptación "el Anónimo Castellano"

 

 

CONTENIDOS DEL LIBRO XVIII

Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en cinco partes más un índice.

Índice - Parte I - Parte II . Parte III - Parte IV. Parte V

 

- Descripción del carro funerario de Alejandro.
- Ptolomeo honrado en Egipto.
- Pérdicas se prepara para entrar en Egipto contra Ptolomeo.
- Eumenes vence a Neoptólemo, que huyó.
- La batalla entre Eumenes y Crátero, quien fue muerto con Neoptólemo. Pérdicas llega a Egipto; asaltos a la fortaleza llamada la Muralla del Camello; sus miserables pérdidas en el río Nilo; es asesinado.
- Ptolomeo hace a Arrideo y a Pitón protectores de los reyes.
- Eumenes condenado a muerte.
- Los Etolios invaden Tesalia. Poliperconte vence a los Etolios.
- Las provincias de nuevo divididas por Arrideo.
- Antígono vence a Eumenes, quien huye a Nora.
- Antígono asedia Nora.
- La invención de Eumenes para ejercitar a los caballos.
- Ptolomeo gana Siria y Fenicia mediante Nicanor.

 

Cuando Filocles era arconte en Atenas, y Cayo Sulpicio y Quinto Aulio cónsules en Roma, Arrideo, al que se había encomendado el cuidado de escoltar el cuerpo de Alejandro a su sepultura, teniendo ahora listo el carro sobre el que iba a ser transportado, se preparó para el viaje. Pero, puesto que todo el asunto era manejado como correspondía a la majestad del Alejandro y por esta causa no sólo excedía a todos los demás carros en cuanto a gasto, dignidad y pompa (pues la cantidad ascendía a muchos talentos), sino también en cuanto a interés y factura, pensamos que es apropiado transmitir algo a la posteridad escribiendo sobre él. Y así, primero, fue provisto un ataúd de oro batido, tan forjado por el martillo, como para responder a las proporciones del cuerpo; estaba medio lleno de especies aromáticas, que servían tanto para del disfrute de los sentidos como para impedir la putrefacción del cadáver. Sobre el ataúd había una cubierta de oro, con tanta precisión hecha, como para corresponder a la parte superior de todas las maneras. Sobre esta fue echado un curioso manto púrpura adornado de oro, cerca del cual fueron colocadas las armas del difunto, de modo que todas pudieran representar los actos de su vida. Luego fue provisto el carro, en el que el cuerpo iba a ser trasladado. Sobre la parte superior del cual fue erigido un arco triunfal de oro, macizo y cuajado de piedras preciosas, de ocho codos de ancho, y doce de alto. Bajo este techo fue emplazado un trono de oro, unido a toda la obra, con cuatro lados iguales, en el que fueron talladas cabezas de ciervos, y a estas fueron sujetados anillos de oro de dos manos de diámetro, de las cuales colgaban, para muestra y pompa, pequeñas diademas de varios colores, que, como muchas flores, proporcionaban una placentera vista a los ojos. En la parte superior del arco había un ribete de cuerdas, del que colgaban unas campanillas con la intención de que el sonido pudiera oírse a gran distancia. En ambos lados del arco, en las esquinas, se erigía una imagen de la Victoria de oro, llevando un trofeo. Un peristilo de oro soportaba el entramado del arco, cuyas columnas eran rematadas de capiteles de orden Jonio. Dentro del peristilo, gracias a una cuerda de oro de un dedo de grosor, colgaban cuatro tablas, una a una iguales a las dimensiones de la pared, donde se representaban toda clase de criaturas vivientes. La primera tabla representaba un carro forjado de forma curiosa, en el que Alejandro estaba sentado con un cetro real en su mano. Alrededor del rey estaban sus guardaespaldas en armadura completa, los Macedonios en un lado y los Persas, que portaban hachas de combate, en la otra; y ante ellos había escuderos. En la segunda, elefantes adornados con su equipación de guerra seguían a los de la guardia, en los que se sentaban Indios delante y Macedonios detrás, armados según la costumbre de sus respectivas naciones. En la tercera podían verse escuadrones de caballería alineada en orden de batalla. En la cuarta aparecía una flota ordenada en línea de batalla. A la entrada del arco había leones de oro, con sus rostros mirando a la entrada. Desde la mitad de cada columna un acanto de oro brotaba en ramas que remataban en hilos esbeltos hasta los mismos capiteles. Sobre el arco, hacia la mitad del techo visto desde fuera, fue extendido un tapiz de púrpura al aire libre, en el que fue situada una enorme corona de oro, en forma de diadema de olivo, que, por el reflejo de los rayos del sol, lanzaba tan extraordinario resplandor y luminosidad, que en la distancia parecía como un destello de luz. Bajo los asientos o parte inferior de toda la obra corrían dos ejes, sobre los cuales se movían cuatro ruedas Persas, cuyos radios y cubos estaban revestidos de oro, pero las siguientes estaban protegidas de hierro. Las partes finales e interiores de los ejes eran de oro, representando cabezas de leones, cada una de las cuales con un dardo en la boca. En cada centro del arco, hacia la mitad de su longitud, había fijado con arte una viga, sobre la que el conjunto podía girar, como en una bisagra, por cuya ayuda el arco podía, en lugares en mal estado, donde podía ser sacudido, ser conservado del peligro de volcarse. Había cuatro maderos de sirga, a cada uno de los cuales estaban fijados cuatro juegos de yugos, y a cado uno atadas cuatro mulas, de modo que era el número de mulas de sesenta y cuatro, la mejor elección que podía hacerse por su fuerza y corpulencia. Cada mula estaba ornada de una corona de oro y campanillas de oro en sus cabezas, y en sus cuellos llevaban ajustados ricos collares, engarzados y embellecidos con piedras preciosas.
Y de esta manera estaba el carro elaborado, cuya visión era más majestuosa y magnificente que la descripción, de modo que la fama de él atrajo a multitudes de espectadores, porque el pueblo de cada ciudad por donde pasara, salía a su encuentro, y volvía corriendo de nuevo ante él, nunca satisfechos con el placer que les invadía al verlo y contemplarlo. Y, en conformidad a tan majestuosa presencia, lo cuidaban una enorme cantidad de operarios y gastadores, que nivelaban y alisaban los caminos a su paso.

Y así Arrideo, que había empleado dos años en los preparativos, llevó el cuerpo del rey de Babilonia a Egipto. Ptolomeo, en honor del rey, salió al encuentro del cuerpo con su ejército en Siria, donde lo recibió y lo escoltó con gran cuidado y reverencia; no obstante, no había decidido aún acompañarlo al templo de Ammón, sino conservar el cuerpo en la ciudad que Alejandro mismo había fundado, la más famosa casi de todas las ciudades del mundo. Para esta finalidad edificó un templo en honor de Alejandro, llegando a ser la gloria y majestad de este rey por la grandeza y magnificencia de la estructura. Y en su repositorio depositó el cadáver y honró las exequias del difunto con sacrificios y espectáculos magnificentes, convenientes a la dignidad de un semidiós. En base a lo cual fue Ptolomeo merecidamente honrado, no sólo por los hombres, sino también por los Dioses mismos, pues por su liberalidad y generosidad había aventajado tanto a los hombres, que acudían numerosos de todas partes a Alejandría, y alegres se incorporaban a su servicio, a pesar de que el ejército del rey se estaba entonces preparando para la guerra contra él. Y aunque estaba en un peligro inminente, sin embargo todos de buen grado aventuraron sus vidas para proteger la suya. Y los Dioses mismos, por su virtud y su carácter amable para con todos, lo rescataron de todos sus peligros y dificultades, que se antojaban insuperables. Porque Pérdicas, quien antes sospechaba del incremento de su poder, había decidido, trayendo a los reyes junto a él, una expedición contra Egipto, con la fuerza de su ejército. Para este objetivo había confiado a Eumenes un considerable cuerpo de ejército, con un suficiente número de oficiales, con la orden de marchar al Helesponto, para impedir el paso de Antípatro y Crátero a Asia. Entre los generales más ilustres estaban Alcetas su hermano y Neoptólemo. Pero les ordenó ser en todo obedientes a Eumenes, porque era un general perito y prudente, y un amigo leal y constante. Eumenes por tanto, con las fuerzas a él confiadas, vino al Helesponto y completó su ejército con caballería (reclutada de su propia provincia) de la cual sus tropas antes habían tenido en número insuficiente.


Pero después que Antípatro y Crátero hubieron transportado su ejército de Europa, Neoptólemo, por envidia a Eumenes, (teniendo una considerable unidad de Macedonios a su mando) en secreto envió mensajeros a Antípatro, y asociándose con él, planearon cómo emboscar a Eumenes. Pero siendo su traición desvelada, fue obligado a combatir y perdió casi a todos sus hombres en la batalla y estuvo muy cerca de ser muerto él mismo. Eumenes, vencedor, después de esta gran matanza, incorporó al resto de aquellos que habían quedado a su propio ejército y así por su victoria no sólo incrementó sus fuerzas, sino que se fortaleció con un gran número de Macedonios que eran excelentes soldados. Neoptólemo huyó del campo con trescientos caballos y se pasó a Antípatro. Con lo cual se celebró una seria consulta entre ellos sobre lo concerniente a la guerra. En la cual se determinó dividir el ejército en dos cuerpos; uno que marchara bajo Antípatro a Cilicia a luchar con Pérdicas; y el otro bajo Crátero para caer sobre Eumenes. Y cuando fuera vencido, entonces Crátero volvería junto a Antípatro, de modo que siendo así reunido el ejército en un solo cuerpo y teniendo en Ptolomeo su aliado, podrían ser más capaces de medirse con el ejército del rey.
Eumenes teniendo conocimiento de la marcha del enemigo, reunió sus fuerzas de todas partes, especialmente caballería, pues, porque no tenía infantería capaz de medirse con la falange Macedonia, reclutó un gran cuerpo de caballería, por cuya asistencia esperaba estar en condiciones de derrotar al enemigo.
Y entonces al final los ejércitos se alinearon uno cerca del otro; con lo cual Crátero dispuso a sus hombres en orden, para pronunciar un discurso preparado para exhortarlos al combate. En la cual arenga prometió: que si eran vencedores, tendrían todo el botín del campo de batalla y todas las bolsas y bagajes como presa para su propio uso. De todo punto así animados, alineó su ejército en orden de batalla. El flanco derecho era mandado por él mismo; y el izquierdo lo confió a Neoptólemo. Su ejército en total consistía de veinte mil intantes, la mayoría Macedonios, hombres famosos por su valor, en los que depositó su confianza de victoria; con estos marchaban más de dos mil caballos. Eumenes asimismo tenía veinte mil infantes de diferentes naciones y cinco mil caballos, en base a cuyo valor había principalmente resuelto aventurarse y poner todo en esta batalla.


Avanzando un gran trecho la caballería de ambos bandos en dos alas ante la infantería, Crátero con un cuerpo de hombres selectos dirigió una valiente carga contra el enemigo, pero su caballo se tropezó, él cayó de la silla al suelo y no siendo reconocido fue pisoteado bajo los pies de la multitud confusa, y así desafortunadamente perdió la vida. Por causa de su caída el enemigo se envalentonó tanto, que, dispersándose por el campo de batalla, perpetraron una terrible carnicería. El ala derecha, conturbada de esa manera, al final fue totalmente derrotada y forzada a retirarse hacia su infantería. Pero en el ala izquierda, mandada por Neoptólemo, frente a Eumenes, se produjo un feroz enfrentamiento, retándose ambos generales entre sí, porque siendo conocido el uno al otro por sus caballos y otras señales especiales, lucharon cuerpo a cuerpo, y combatiendo así en singular pugna, pusieron una nota remarcable en la victoria: porque después que se hubieron probado por la espada, al poco comenzaron una singular y nueva clase de combate, excitándoles mutuamente la ira y la venganza. Porque, dejando sus bridas caer sobre los cuellos de sus caballos, se agarraron uno al otro con sus manos izquierdas, y forcejeando así, y sus caballos corriendo por debajo de ellos, chocaron violentamente, por lo que ambos se precipitaron al suelo. Y aunque era difícil negocio para ellos, después de tan violenta caída, levantarse de nuevo, y además, estando abrumados por el peso de su armadura, sin embargo Eumenes se incorporó primero. Neoptólemo había sido tan gravemente herido en la corva que estaba incapacitado, postrado en el suelo. Y por razón de la gravedad de su herida, no pudo ponerse en pie. Pero la fuerza y el valor de su mente superó la debilidad de su cuerpo y se incorporó sobre sus rodillas e hirió a su adversario tres veces en su brazo y muslo, pero ninguna de las heridas era mortal (mientras aún estaban en caliente). Eumenes dio a Neoptólemo un segundo golpe en el cuello, que lo remató.

Entretanto una gran matanza se había producido entre el resto de la caballería de ambas partes, de modo que mientras que algunos eran muertos y otros heridos, la fortuna de la batalla era al principio incierta. Pero no mucho más tarde se extendió la nueva de que Neoptólemo yacía muerto, y ambas alas se rompieron, de manera que todo el cuerpo de caballería huyó y corrió hacia la falange, como hacia una poderosa muralla de defensa. Pero Eumenes, contento con mantener su posición y la posesión de los cuerpos de ambos generales, tocó retirada. Entonces erigió un trofeo y después que hubo enterrado a los caídos dirigió unas palabras a la falange y a aquellos que estaban derrotados: que todos gozarían de libertad para tomar las armas junto a él o para irse adonde les placiere. Los Macedonios aceptaron aquellos términos de paz, y, bajo juramento de fidelidad, tuvieron libertad de marcharse a las ciudades próximas para proveerse de bastimentos. Pero se comportaron traicioneramente con Eumenes, pues, reuniendo de nuevo sus fuerzas, y proveyéndose de vituallas, durante la noche se fueron y se pasaron a Antípatro. Eumenes de hecho hizo todo cuanto pudo para vengar esta falta de lealtad, y para este fin intentó inmediatamente perseguir a la falange, pero por razón de la fortaleza del enemigo y su propia indisposición por las heridas que había encajado, no pudo hacer nada efectivo, y por tanto juzgó ser mejor abstenerse de cualquier ulterior persecución.


Habiendo por tanto ganado una victoria tan gloriosa (6) y matado a dos tan eminentes generales, su nombre se hizo famoso. Antípatro, habiendo recibido a aquellos que habían escapado, después que hubieron descansado, se apresuró hacia Cilicia y a prestar auxilio a Ptolomeo. Pero Pérdicas oyendo la victoria ganada por Eumenes, prosiguió su expedición a Egipto con mucha mayor seguridad. Cuando llegó cerca del río Nilo, acampó no lejos de Pelusio. Y mientras estaba limpiado un antiguo canal, el río creció a tal nivel, que frustró todos sus proyectos y arruinó sus trabajos, y muchos de sus amigos desertaron de su campo, y se pasaron a Ptolomeo. Porque se inclinaba a la crueldad y habiendo apartado al resto de los generales de los principales cargos, hizo del gobierno un asunto exclusivo suyo para terminar siendo único monarca y absoluto tirano.


Ptolomeo al contrario era cortés y amable y dio completa libertad a los demás generales para aconsejarle en todas sus empresas. Además, situó fuertes guarniciones en todos los lugares convenientes de Egipto y las había provisto de toda suerte de armas y de otras cosas que eran necesarias. De este modo en todas las cosas que emprendió tuvo éxito en la mayor parte, mientras que muchos que amaban a este hombre se expusieron alegremente a los todos los peligros por su bien. Pero Pérdicas, para reponer sus pérdidas, convocó a los comandantes, y, habiéndose atraído de nuevo a algunos con regalos y a otros con promesas y a todos con afables palabras, estaba tan animado como para soportar todos los riesgos y dificultades que se le estaban viniendo encima rápidamente. Y, cuando les había ordenado a todos estar listos para la marcha, hacia la tarde se movió desde allí con todo su ejército. No conociendo adónde los conduciría, marcharon toda la noche con rapidez y al final acamparon a orillas del Nilo, no lejos de un castillo llamado Muralla del Camello.


Cuando fue de día, Pérdicas hizo cruzar a su ejército, abriendo la marcha los elefantes y tras ellos los armados de escudo junto con aquellos que llevaban las escalas de asalto y otras cosas que tuvieran ocasión de usar en un asedio. Su mejor caballería cubría la retaguardia, con la que intentara atacar a los de Ptolomeo, si ocurriera que apareciesen. En mitad de la marcha la caballería de Ptolomeo se puso a la vista, avanzando rápidamente para la defensa de la ciudad. Sin embargo, aunque se apresuraron a ingresar en el fuerte y con el sonido de las trompetas y los gritos de los hombres dio suficiente noticia de su aproximación, Pérdicas no se despistó en absoluto de su propósito, sino que valientemente dirigió su ejército cerca de la fortaleza e inmediatamente los escudados con sus escalas treparon por las murallas y aquellos que iban sobre los elefantes echaron abajo las fortificaciones y demolieron los baluartes. Con lo cual Ptolomeo, con aquellos de su guardia que estaban alrededor suyo, para animar al resto de sus oficiales y amigos a comportarse valientemente, agarró una sarissa y subió al bastión. Y así, estando en un lugar superior, arremetió contra los ojos del primer elefante e hirió al Indio que estaba sobre él. Y, en cuanto a aquellos que escalaban las murallas, los abatió, espantosamente mutilados y heridos, arrojándolos (junto con sus armas) al río. Después de este ejemplo, los amigos de Ptolomeo se afanaron valientemente y, matando al Indio que dirigía el siguiente elefante, la bestia quedó inutilizada. Continuando largo tiempo el asalto, los soldados de Pérdicas atacaron las murallas por turnos, esforzándose con todo el vigor imaginable para conquistar la fortaleza al asalto. Por otra parte, Ptolomeo, llamando a sus amigos ahora para probar su fidelidad y lealtad a su persona por su valentía, luchó como un héroe y dio ejemplo por su valor al resto. En esta feroz disputa, muchos de ambos lados cayeron. Los de Ptolomeo tenían la ventaja de la altura del lugar, y los de Pérdicas el mayor número, que excedía en mucho al de los oponentes. Al final, transcurrido todo el día en asaltos, Pérdicas dejó el asedio y volvió a su campamento y por la noche lo levantó y mediante una marcha callada y silenciosa llegó a la parte del país que está frente a Memfis, donde el Nilo (dividiéndose en dos partes) hace nacer una isla suficiente para recibir y acoger al mayor ejército. A este lugar, por tanto, hizo pasar a parte de su ejército, aunque el paso era muy difícil, por causa de la profundidad del río, porque, alcanzando el agua la barbilla, los soldados no podían apoyarse en sus piernas y asimismo estaban abrumados por sus pesadas armas. Pérdicas por tanto percatándose de la fuerza y violencia del río, situó los elefantes a la izquierda para romper el ímpetu de la corriente. La caballería a la derecha, con cuya ayuda rescató a aquellos que eran arrastrados por las aguas y los dejó salvos en la otra orilla. Pero allí ocurrió algo durante el cruce que era extraño e inusual. Porque, cuando los primeros soldados habían superado el obstáculo, los siguientes estuvieron en un gran peligro, porque el río súbitamente creció, sin ninguna causa aparente, y barrió a multitud de personas a la vez, lo que consternó a todos. La causa de esta inundación no pudo averiguarse, aunque fue investigada. Algunos la imputaron a un dique o esclusa situada en tierras más altas, cuyas compuertas pudieron haberse roto, y así toda su agua bajó por el Nilo, de manera que el vado se hizo mucho más profundo. Otros consideraron que las grandes lluvias que habían caído en tierras más altas habían aumentado el caudal del río. Pero no fue ninguna de esas. Sino que la verdadera causa por la que el paso primero no tenía peligro fue porque la arena era entonces firme y sin removerse, pero luego, cuando por el paso de los caballos y elefantes y el cruce del ejército la arena fue removida y arrastrada por la fuerza del caudal, el vado de este modo fue profundizado y se trocó en pozos, de guisa que el pasaje era más profundo en mitad del río. Pérdicas por tanto, no pudiendo hacer cruzar el resto del ejército, se encontraba en un gran apuro, porque aquellos que habían ya cruzado a la otra orilla estaban en inferioridad frente al enemigo y aquellos que aún estaban en su orilla del río no podían prestarles auxilio. Entonces ordenó a todos aquellos que habían llegado a la isla regresar. Obligado el ejército así a cruzar de vuelta el río, los que podían nadar y eran corpulentos con gran dificultad alcanzaron la otra orilla del Nilo, pero la mayoría perdió sus armas. En cuanto a los demás, que no eran tan peritos, algunos se ahogaron y otros fueron arrastrados por la corriente y cayeron en manos del enemigo. Muchos que durante largo tiempo ambularon de acá para allá al final fueron devorados por los cocodrilos. Habiendo perecido más de dos mil de esta manera (entre los cuales algunos eminentes comandantes) los corazones de los soldados se habían vuelto contra Pérdicas. Pero Ptolomeo hizo que fueran enterrados todos aquellos cuerpos que eran llevados exánimes ante él por el río, y, habiendo cumplido las exequias y deberes fúnebres pertinentes para con los difuntos, envió sus cenizas y huesos a sus parientes y amigos.
Esto enfureció más aún los espíritus de los Macedonios contra Pérdicas y unió sus ánimos en afecto a Ptolomeo. Cuando cayó la noche, el campamento estaba lleno de gritos y lamentos, por tantos hombres que habían perecido miserablemente sin un golpe, entre los cuales había no menos de mil que habían sido devorados por los monstruosos cocodrilos.
Desde ese momento muchos de los oficiales se levantaron contra Pérdicas y toda la falange, siendo totalmente desafecta, demostró su odio con murmuraciones y amenazas, y cien de sus principales comandantes lo abandonaron, el principal de ellos era Pitón, quien había vencido a los rebeldes Griegos y era no inferior en valor y reputación a ninguno de los generales de Alejandro. Después algunos de la caballería entraron en una conspiración, fueron a su tienda, y a una cayeron sobre Pérdicas y lo asesinaron.


Al día siguiente, cuando los soldados estaban deliberando, Ptolomeo vino a ellos y saludó a los Macedonios e hizo una apología de lo que había hecho. Y, viendo que los soldados carecían de provisiones, entregó abundante suministro de grano al ejército y abasteció el campamento de todas las otras cosas que eran necesarias. Pero, aunque por esta causa gozaba de gran favor y gracia entre los soldados, y así podía fácilmente ganar la tutela de los reyes, sin embargo solicitó que no se la dieran, sino que entregaran el mando supremo a Pitón y a Arrideo, a los que por gratitud se sentía muy obligado. Porque cuando los Macedonios convocaron una consulta sobre este honorable cargo de confianza y alto mando, por consejo de Ptolomeo todos por unanimidad nombraron a Pitón y a Arrideo, quienes escoltaban el cuerpo del rey, como protectores de los reyes, invistiéndoles de la autoridad soberana. Y de esta manera Pérdicas, después que había ejercido el mando soberano durante tres años, perdió cargo y vida a la par. Después de su muerte, nuevas llegaron de que Eumenes había vencido en Capadocia y de que Crátero y Neoptólemo habían muerto. La cual noticia si hubiera llegado un día antes de la muerte de Pérdicas, este próspero suceso le habría servido de protección a su persona, de modo que nadie se hubiera atrevido a alzar sus manos contra él.
Pero los Macedonios, oyendo ahora cómo había tenido éxito Eumenes, los condenaron a él y a todos sus partidarios, hasta un número de cincuenta señores, entre los cuales estaba Alcetas, hermano de Pérdicas, a muerte. Y en este preciso momento condenaron a muerte a aquellos que eran los principales amigos de Pérdicas, entonces en su poder, junto con su hermana Atalanta, la esposa del almirante de la flota Attalo. Porque durante y después del asesinato de Pérdicas, Attalo estaba con la flota ante Pelusio, y cuando le fueron dadas las noticias de la muerte de Pérdicas y de su esposa, partió de allí y fue a Tiro, donde Arquelao, un gobernador Macedonio de la ciudad lo recibió de buen grado y le entregó la ciudad y de buena fe le devolvió el dinero confiado a sus manos por Pérdicas, una suma de ochocientos talentos. Y de este modo Attalo, tomando por residencia Tiro, recibió a todos los amigos de Pérdicas que huyeron a él desde el campamento de Memfis.


Después que Antípatro hubiere pasado a Asia, los Etolios, en cumplimiento de su alianza con Pérdicas, marcharon a Tesalia con ánimo de dividir el ejército de Antípatro. Tenían veinte mil infantes y cuatro mil caballos (7) , dirigidos, como general, por Alejandro, un Etolio.
En su marcha asediaron a los Locrios en Anfisa, y arrasaron su país, tomaron algunas de las ciudades y pueblos circundantes. Asimismo vencieron a Policles, general de Antípatro, y lo mataron, junto con un gran número de sus hombres. De los prisioneros que tomaron, algunos fueron vendidos como esclavos y otros fueron liberados por rescate. Después, entraron en Tesalia y animaron a muchos a unirse a ellos en la guerra contra Antípatro, puesto que reclutaron en suma un cuerpo de veinticinco mil infantes y mil quinientos caballos. Mientras estaban conquistando ciudades, los Acarnanios, albergando en su ánimo rencor contra los Etolios, invadieron Etolia, devastaron y saquearon el país y asediaron las ciudades. Cuando los Etolios oyeron qué peligro acechaba a su país, dejaron el resto de sus fuerzas en Tesalia al mando de Menón de Farsalia y ellos mismos rápidamente volvieron con sus propios soldados a Etolia y provocaron tal terror entre los Acarnanios, que al instante abandonaron su país. Mientras estaban así ocupados, Poliperconte, que fue dejado como general en Macedonia, acudió a Tesalia con un magnífico ejército y combatió y venció a los enemigos, matando a Menón el general, y, aniquilando a la mayoría de sus soldados, pronto recuperó Tesalia.


En cuanto a los asuntos de Asia, Arrideo y Pitón, tutores de los reyes, dejando el río Nilo, vinieron con los monarcas y todo el ejército a Triparadiso (8), en la Siria superior (9). Allí entrometiéndose y fisgoneando demasiado curiosamente la reina Eurídice en los asuntos que no le concernían y controlando a los tutores, Pitón y sus amigos se disgustaron mucho y, percibiendo que los Macedonios obedecían más las órdenes de ella que las suyas, convocaron un consejo y depusieron la tutela. Con lo cual los Macedonios eligieron a Antípatro tutor, con absoluta autoridad. Unos pocos días después, Antípatro, yendo a Triparadiso, encontró a Eurídice (10) soliviantando a los Macedonios a rebelarse contra él. Con esto se produjo un motín no pequeño en el ejército. Por tanto Antípatro convocó un consejo general y discutió y razonó con ellos el asunto, y con ello tranquilizó los ánimos de la gente, y obligó a Eurídice, por temor a él, a tener un temperamento mejor y más moderado.


Después que estas cosas así concluyeron, Antípatro hizo una segunda división de las provincias y concedió a Ptolomeo aquello de lo que entonces había tenido en posesión, porque no era posible quitárselo, pues parecía que Ptolomeo había ganado Egipto como conquistador. Dio Siria a Laomedonte de Mitilene; y Cilicia a Filomeno. De las otras provincias, asignó Mesopotamia y Arbelitis a Anfímaco; la provincia de Babilonia a Seleuco; y Susiana a Antígono (11), porque fue el primer causante de la derrota de Pérdicas. A Peucestas dio Persia; a Tlepolemo, Carmania; a Pitón, Media; a Filipo, Partia. Aria y Drangina fueron confiadas a Estasandro de Chipre; Bactria y Sogdiana a Estasanor de Solio, nacido en la misma isla; Paropamiso, a Oxiartes, el padre de Roxana, con quien Alejandro casó; y la India, vecina de Paropamiso, a Pitón, el hijo de Agénor. De los reinos que venían a continuación, aquellos, que lindaban con el río Indo, seguían bajo el mando de Poro; aquellos que se extendían después hasta el Hidaspes, siguieron bajo Taxiles, porque esos reyes no podían ser desposeídos sino con un ejército real al mando de un general perito y experto. En cuanto a las provincias septentrionales, dio el gobierno de Capadocia a Nicanor; y la Gran Frigia y Cilicia (12) a Antígono, para gobernarlas como había hecho antes. Finalmente, a Casandro asignó Caria; a Clito, Licia (13) ; y a Arrideo, la Frigia helespóntica. A Antígono nombró general del ejército real, y le ordenó perseguir y destruir a Eumenes. A Antígono también se unieron Casandro y Clearco, para que, si en secreto proyectara cualquier cosa, pudiera ser descubierta. Él mismo marchó con los reyes y sus tropas a Macedonia, para que pudiera llevar a los reyes de vuelta a su propio país.


Antígono por tanto, siendo declarado comandante absoluto de Asia, sacó a sus fuerzas de sus cuarteles de invierno para combatir con Eumenes, y proveyéndose para este fin de todos los preparativos necesarios para la guerra, marchó contra Eumenes, quien entonces estaba en Capadocia, donde uno llamado Pérdicas, uno de sus principales oficiales, lo había abandonado, y estaba acampado con tres mil infantes y quinientos caballos (que le seguían) a unos tres días de marcha. Pero Eumenes envió a Fenices de Tenedos con cuatro mil buenos infantes y mil caballos contra él. Los cuales marchando rápidamente cayeron sobre los rebeldes de improviso durante la noche, cuando estaban durmiendo, y cogieron a Pérdicas y a todo su ejército prisioneros, hacia la segunda vigilia de la noche. Eumenes condenó a muerte a los principales cabecillas de la sedición y perdonó al resto de los soldados y los mezcló entre los suyos propios y de este modo se ganó toda su adhesión. Después de esto, Antígono, mediante correspondencia mantenida con un tal Apolonides, general de la caballería del ejército de Eumenes, con grandes promesas llevó a cabo el negocio de convencerlo de traicionar a Eumenes y pasarse a él en lo más disputado de la batalla. Eumenes estaba entonces acampado en Capadocia (14), en lugares muy convenientes para un combate ecuestre. Antígono por tanto marchó a ese lugar con todo su ejército y se posicionó en un sitio alto al pie de las montañas. Dirigía en ese momento más de diez mil infantes (de los que la mayoría eran Macedonios, hombres bravos y valientes), dos mil caballos y treinta elefantes. Eumenes tenía no menos de veinte mil infantes y cinco mil caballos. Al instante se produjo una batalla feroz y sangrienta, en la que Antígono (por causa de la súbita e inesperada deserción de Apolonides con su caballería al otro bando) venció, matando a ocho mil hombres del enemigo en el lugar, y apoderándose de todos sus bienes y bagajes, de modo que los de Eumenes (por motivo de la carnicería que había acontecido) estaban consternados, y, por la pérdida de toda su impedimenta, habían caído en una total desesperación. Por ello Eumenes decidió huir a Armenia, persuadir a los habitantes a unirse a él en armas, pero, siendo impedido en su propósito por una persecución rápida, y apercibiéndose de que sus hombres lo abandonaban por Antígono, se apoderó de una fortaleza sólida llamada Nora. De hecho era muy pequeña, no más de dos estadios de extensión, pero inexpugnable, porque las casas estaban construidas sobre una muy alta roca y estaba maravillosamente fortificada por la naturaleza y la obra humana. Además, había allí construido un enorme almacén de grano, combustible y otras cosas de esa clase, de modo que todos los que huyeran allá por refugio pudieran estar abundantemente abastecidos de todas las cosas necesarias durante muchos años. Aquellos que eran sus mejores amigos lo acompañaron en su huída y decidieron morir con él en la extrema circunstancia. Eran, infantes y jinetes, unos seiscientos.


Antígono, siendo ahora más poderoso por las fuerzas de Eumenes y los ingresos de su provincia y habiendo conseguido una gran cantidad de riquezas, comenzó a aspirar a proyectos de más altos vuelos, porque ninguno de los comandantes Asiáticos era todavía tan poderoso como para osar luchar con él por el mando supremo. En ese momento, de hecho, observaba una conducta en las apariencias correcta para con Antípatro, pero en secreto había decidido que cuando tuviera firmemente arreglados sus asuntos, no acataría ni a aquel ni a los reyes. Y en primer lugar sitió a Eumenes y a los suyos en la fortaleza con una doble muralla y con fosos profundos y obras de tierra de una increíble altura. Luego entró en parlamento con Eumenes, deseando renovar su antigua amistad y se esforzó en persuadirlo para unirse a él como su aliado en todos sus negocios. Pero Eumenes, previendo un cambio de fortuna cercano, persistió en unos términos y en un grado de favor que parecía inoportunos e inadecuados de ser concedidos a uno en sus presentes circunstancias, porque solicitaba, como por derecho, ser restaurado en todas sus provincias y ser absuelto y dispensado de toda presunta ofensa anterior. Antígono prometió poner a Antípatro al tanto de sus demandas y, dejando suficientes fuerzas para proseguir el sitio, marchó contra los generales (que estaban avanzando hacia él con todas sus fuerzas), estos son, Alcetas, el hermano de Pérdicas y Attalo, el almirante de la flota. Algún tiempo después, Eumenes envió embajadores a Antípatro para tratar los términos de la paz (entre los cuales estaba Jerónimo, un coronel, que escribió una historia de los sucesores). Entretanto él mismo, habiendo muchos cambios y giros de la fortuna, no estaba en absoluto desanimado, sabiendo muy bien qué rápidas y súbitas alteraciones habían ocurrido en ambos bandos. Porque vio que los reyes Macedonios eran sólo vanas e insignificantes sombras de príncipes y que muchos valientes generales que estaban con ellos controlaban las órdenes de aquellos para únicamente buscar la ventaja de sus propios intereses particulares. Por tanto, esperaba (como después ocurrió) que muchos desearían su ayuda, en base a su pericia en los negocios bélicos, su constancia y su lealtad.
Pero cuando vio que la caballería no podía ejercitarse en un lugar tan estrecho y escarpado y que estaban incapacitados para un combate ecuestre, ingeniosamente encontró una nueva e inusual manera de ejercitar los caballos: ató sus cabezas con cadenas a un madero o fuerte estaca y los levantó tan alto como para que se sostuvieran sobre sus patas traseras. Con lo cual los caballos al poco, esforzándose en poner sus patas delanteras en el suelo, daban tantos saltos y brincos, que las patas, muslos y todos sus miembros estaban en acción, y por este motivo los caballos estaban todos espumajeando, y así todos estaban ejercitados en muy alto grado. Él mismo se alimentaba de la misma humilde comida que el resto de los soldados, y, comiendo así en común con ellos, no sólo se ganaba el afecto de todos sus camaradas, sino que les hacía estar en una perfecta paz y concordia entre ellos. Entretanto, Ptolomeo en Egipto (habiendo sido vencido Pérdicas con todo el ejército real) disfrutó de este país como conquistador, y, poniendo sus ojos sobre Fenicia y Celerisia (que estaban situadas de forma muy ventajosa para Egipto), dirigió sus mayores esfuerzos en posesionarse de las ciudades de aquellos países. Para esta finalidad nombró a Nicanor, uno de sus amigos, general, y lo envió a aquellos lugares con un considerable ejército, que, ingresando en Siria, cogió a Laomedonte, el gobernador de esa provincia, prisionero y sometió toda Siria a su poder. Conquistó asimismo todas las ciudades de Fenicia y situó guarniciones en ellas y, habiendo concluido en poco tiempo una expedición complicada, regresó a Egipto.

 

[6] Su primera victoria sobre Neoptólemo, pues Pérdicas fue asesinado antes de que le llegaran las nuevas de la segunda victoria, como después se verá. Volver

[7] Más probable cuatrocientos. Volver

[8] Tres paraísos. Lugar llamado por Plinio Paraíso.Volver

[9] Celerisia. Volver

[10] La esposa del rey Filipo Arrideo. Volver

[11] Por Antígenes, capitán de los escudos de plata. Volver

[12] 12. Cilicia por Licia. Volver

[13] Por Lidia. Volver

[14] En el país de Orcinia, en Capadocia. Volver