DIODORO

«BIBLIOTECA HISTÓRICA: LIBRO XVIII»

Traducción y adaptación "el Anónimo Castellano"

 

 

CONTENIDOS DEL LIBRO XVIII

Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en cinco partes más un índice.

Índice - Parte I - Parte II . Parte III - Parte IV. Parte V

- Antígono vence a Alcetas en Pisidia y captura a Attalo.
- Alcetas recibido en Termesso y allí protegido.
- Es asesinado en esta ciudad a traición: su cadáver tratado inhumanamente por Antígono.
- Muerte de Antípatro.
- Antípatro condena a muerte a Deseas, uno de los embajadores Atenienses.
Poliperconte nombrado jefe en Macedonia.
- Casandro conspira para expulsarlo. La conjura de Antígono para ser soberano de todo.
- Arrideo asegura su posición en Frigia: asedia Cízico.
- Antígono acude a liberarla.
- Eumenes sale de Nora merced a una orden de Antígono.
- Ulteriores actos de Antígono.
- La suerte diversa de Eumenes.
- Un consejo en Macedonia convocado por Poliperconte contra Casandro.
- El decreto del consejo.
- Poliperconte invita a Olimpíade de Epiro a Macedonia.
- Cartas a Eumenes para unirse a los reyes.

 

Después, cuando Apolodoro ejerció la magistratura de arconte en Atenas y Quinto Publio y Quinto Poplias (15) fueron cónsules en Roma, Antígono, después de la derrota de Eumenes, decidió marchar contra Alcetas y Attalo, porque estos eran los únicos de los parientes y amigos de Pérdicas que aún se conservaban y que eran peritos comandantes y tenían fuerzas suficientes para medirse con él por la soberanía suprema. Con este objetivo partió con todo su ejército de Capadocia y marchó a Pisidia, donde Alcetas entonces estaba y llegó a marchas forzadas a Critópolis (como es llamada) súbita e inesperadamente, después de avanzar dos mil quinientos estadios en siete días y siete noches, y de esta manera cayó sobre ellos antes de que estuvieran apercibidos. Y allí primero se apoderó de algunas colinas y otros pasos difíciles en el país. Cuando el bando de Alcetas tuvo conocimiento de la aproximación del enemigo, al instante dispusieron una falange (16) en orden de batalla, y con una furiosa carga se esforzaron en desalojar a la caballería de las colinas, la cual había entonces alcanzado la cumbre de las montañas. Entonces comenzó una fiera pugna, en la que cayeron muchos. Antígono, con una unidad de seis mil caballos, se lanzó con todo su poder sobre el enemigo, tratando de privar a Alcetas de todos los caminos y modos de retirada. Hecho esto, aquellos que estaban en la cumbre de las montañas, por la ventaja de lo abrupto y difícil del terreno, fácilmente pusieron a la falange en fuga. Con ello los hombres de Alcetas, rodeados por una multitud de enemigos, y todos los pasos bloqueados entre ellos y su base, se consideraron hombres muertos. Por tanto, viendo que no había otro remedio o modo de escape, Alcetas (con pérdida de multitud de sus hombres) al final con mucha dificultad penetró a través de sus enemigos y huyó. Entonces, bajando Antígono desde las colinas con todo su ejército y sus elefantes, el enemigo (que era muy inferior en número) estaba muy atemorizado, porque todos los aliados no eran más de dieciséis mil infantes y novecientos caballos, mientras que las fuerzas de Antígono (además de los elefantes) eran más de cuarenta mil infantes y siete mil caballos. Los que estaban por tanto con Alcetas (considerando que se encontrarían con los elefantes de frente, estarían rodeados de multitud de jinetes y obligados a combatir con una infantería muy superior a la suya en número y en la calidad de sus armas, y además tenían la ventaja de estar en terreno más elevado) cayeron en la confusión y en el asombro. El enemigo se dio prisa y vino sobre ellos tan rápido, que no pudieron alinear a sus hombres en el debido orden de batalla, de modo que todo el ejército fue deshecho al instante, y Attalo Docimo y Polemón y muchos otros oficiales fueron tomados prisioneros. Pero Alcetas, con su guardia personal, sus hijos y aquellos Pisidianos que estaban con él, se fueron a Termesso, una ciudad de Pisidia. Entonces Antígono llegó a un acuerdo con los oficiales, sus prisioneros, y al resto distribuyó entre sus propias tropas, tratándolos con toda humanidad, y de este modo aumentó grandemente su ejército. Pero unos seis mil Pisidianos (hombres valerosos) decidieron apoyar a Alcetas y prometieron que nunca lo abandonarían bajo ningún concepto, porque lo amaban enteramente, por las razones siguientes:
Cuando Alcetas, después de muerto Pérdicas, no tenía aliados en Asia, decidió con algunos actos de bondad u otros atraerse a los Pisidianos, porque sabía que se ganaría así como su aliado a un pueblo belicoso, que tenía un país muy difícil de invadir y lleno de sólidas fortalezas. Por tanto en todas las expediciones siempre concedió especiales muestras de honor a ellos por encima de todos los demás de sus aliados, pues dividía el botín de sus enemigos, de tal manera que la mitad siempre les era asignada. Sin embargo, con su familiaridad y libertad de conversación, diarias invitaciones a los más eminentes personajes de entre ellos a su mesa, y con su bondad y liberalidad en concederles muchos preciosos regalos y premios, aumentó en su favor el amor de todos, de modo que ahora (habiendo depositado todas sus esperanzas y su máxima confianza en ellos) no se vio frustrado en sus expectativas, porque, cuando Antígono acampó con todo su ejército ante Termesso y exigió que Alcetas le fuera entregado (y los ancianos de la ciudad habían resuelto entregarlo) todos los jóvenes acudieron a una y se determinaron en arrostrar todos los riesgos y el peligro extremo por su salvación. Los viejos de hecho al principio se esforzaron en disuadir a los jóvenes y apartarlos de su primera decisión, queriendo que no implicaran a su país en una guerra por el bien de un Macedonio. Pero cuando vieron que no podrían calmar el ánimo de los jóvenes, secretamente deliberaron entre sí, y durante la noche enviaron un mensajero a Antígono y a través de él le prometieron lealmente: que le entregarían a Alcetas, vivo o muerto. Para este fin, querían de él: que, asaltando la ciudad durante unos días, engañara a los jóvenes para que hicieran una salida, y, mientras estaba escaramuceando con ellos, simulara huir; de esta manera, cuando los jóvenes estuvieran fuera de la ciudad, y ocupados en la persecución, tendrían ellos la oportunidad de ejecutar su plan. Antígono aceptó esto y se retiró de la ciudad más lejos y así urgía a los jóvenes a escaramucear y a luchar en pequeños encuentros. Entonces los ancianos, averiguado que Alcetas estaba solo, emplearon al más leal de sus sirvientes y al más activo de los hombres de la ciudad (que no estaba ligado a Alcetas), y con ellos (en ausencia de los jóvenes) fueron a por él, pero no pudieron cogerlo, pues se suicidó con su mano, para que no cayera vivo en poder del enemigo, pero pusieron su cadáver en un ataúd, vistiéndolo con un traje basto, y lo llevaron fuera de las puertas, y sin saberlo aquellos que estaban escaramuceando, lo entregaron a Antígono. Mediante este ardid liberaron su país e impidieron una guerra. Pero no pudieron evitar la furia de los jóvenes, porque cuando regresaron y conocieron lo que se había hecho, por el ardiente afecto y sentimiento que sentían por Alcetas estaban tan airados contra sus gobernantes, que primero se apoderaron de una parte de la ciudad, y decidieron incendiar las casas y luego salirse con sus armas e ir a las montañas, y devastar y destruir todo el país perteneciente a Antígono. Pero después cambiaron de propósito en cuanto a quemar la ciudad y comenzaron, robando y saqueando, a devastar miserablemente una gran parte del país enemigo.


Entretanto, Antígono, habiendo recibido el cuerpo de Alcetas, lo trató de la forma más deshonrosa e injuriosa imaginable durante tres días. Y al empezar a pudrirse, despreciativamente lo abandonó sin rendirle honra fúnebre alguna, y así partió de Pisidia.
Pero los jóvenes de Termesso, conservando aún su afecto y respeto por el deshonrado cadáver del difunto, lo cogieron y le dieron decente sepultura. Era de naturaleza tan amable y solícita, que había algo singular en él de afecto y respecto hacia todos aquellos que lo trataron bien, y por tanto fue él siempre hacia ellos invariable en su amor y afecto.


Habiendo dejado Pisidia, Antígono partió para Frigia con todo su ejército. Cuando llegó a la ciudad de los Cretenses, Aristodemo el Milesio le comunicó la nueva de la muerte de Antípatro y que el mando supremo, junto con la tutela de los reyes, había correspondido a Poliperconte el Macedonio. Se regocijó con la noticia y ahora sus esperanzas se exaltaron, pues se fijó como objetivo regir y gobernar todos los asuntos de Asia y obtener el poder absoluto y soberano sin consideración a nadie. Y así estaban los negocios de Antígono en ese tiempo.


En Macedonia, mientras Antípatro contraía una grave enfermedad (y su anciana edad contribuía a su final), los Atenienses enviaron a Demades (quien era visto como uno que había tratado asuntos con los Macedonios con gran nivel de honestidad e integridad) como embajador ante Antípatro, para expresarle el deseo de que retirara la guarnición de Muniquia, como al principio se había estipulado y convenido. Antípatro a lo primero fue muy amable con Demades, pero después de la muerte de Pérdicas, cuando algunas cartas de Demades, entre otras, fueron encontradas entre los papeles del rey, en las que instaba a Pérdicas a apresurarse con toda celeridad a cruzar a Europa contra Antípatro, aunque contuvo su resentimiento por algún tiempo, sin embargo en verdad albergaba rencor contra él. Por tanto, cuando Demades hubo entregado su mensaje, como le había sido ordenado, y había debatido algo duramente el asunto concerniente a la guarnición, Antípatro, sin dar ninguna respuesta, entregó a su hijo Deseas (quien iba como coembajador con su padre) a los verdugos, quienes al instante se lo llevaron a prisión, y por las razones antedichas lo decapitó.


Después, Antípatro, cuando estaba cerca de su fin, nombró a Poliperconte, el capitán de Alejandro casi más viejo de todos y que gozaba de gran honor y reputación entre los Macedonios, protector de los reyes con autoridad suprema y absoluta. Y a su hijo Casandro lo nombró quiliarca (17), siguiente en poder y autoridad a Poliperconte. Este cargo fue primero creado por los reyes Persas como un puesto de honor y crédito, y después por Alejandro, cuando alcanzó la grandeza y comenzó a imitar esta y otras costumbres de los Persas. Pero a Casandro no le gustó la ordenación de los asuntos que hizo su padre y juzgó deshonroso para su familia hacer que una persona que ningún parentesco tenía, ni por sangre ni por afinidad, le sucediera en el poder soberano, cuando tenía un hijo que en Macedonia daba evidentes y elocuentes muestras de valor y capacidad suficientes para dirigir los asuntos del estado en lugar de su padre.
En primer lugar por tanto, viajó por el país con algunos de sus amigos, donde teniendo oportunidad y libertad, discutió con ellos sobre el poder supremo y trató con cada uno de ellos aparte en privado sobre planear formas y modos para que él obtuviera el principado. Y con grandes promesas los convenció de unirse a él para ayudarlo a lograr lo que deseaba. Asimismo en privado envió embajadores a Ptolomeo para renovar la alianza y solicitarle ayuda. Y éste le respondió que para ese propósito le ayudaría con barcos desde Fenicia y que se los mandaría con toda celeridad al Helesponto. De la misma manera despachó legados al resto de las ciudades y oficiales para pedirles que se unieran a él en armas. Para ocultar mejor sus proyectos y que no pudiera levantar sospechas, pasó muchos días dedicándose a cazar.
Pero Poliperconte, habiendo obtenido la tutela de los reyes, convocó a un consejo general a sus amigos y aconsejado de ellos mandó llamar a Olimpíade, esperando que ella tomaría a su cuidado al hijo de Alejandro, quien entonces sólo era un niño y residiría en el futuro en Macedonia como reina regente, porque por razón de las disputas y peleas entre ella y Antípatro, se había retirado a Epiro.


Cuando la muerte de Antípatro se fue conociendo por Asia, agitaciones y alborotos comenzaron a cambiar la faz de los asuntos allí, mientras que aquellos que ostentaban el poder y la autoridad buscaron su beneficio y cada cual tendió a ver cómo progresar en su propio interés. El primero de ellos fue Antígono, quien (por su victoria sobre Eumenes en Capadocia, cuyas fuerzas había reunido a las suyas, y sobre Alcetas y Attalo en Pisidia, y además porque fue nombrado virrey de Asia por Antípatro y comandaba un gran ejército) aspiró a lo más alto y se hinchió de orgullo imaginando su propia grandeza. Y habiéndose ya entonces posesionado (en su imaginación) de la soberanía, decidió no reconocer a reyes ni a tutores, porque en vista de que dirigía un ejército mayor, estaba confiado de que apoderarse de todas las riquezas que estaban presentes en Asia, viendo que nadie había capaz de oponerse a él. Entonces tenía en su ejército sesenta mil infantes, diez mil caballos y treinta elefantes. Y además de esto, no dudaba de que reclutaría a más, cuando tuviere ocasión, porque había dinero suficiente en Asia para hacer levas de soldados en cualquier lugar del extranjero donde quisiera.
Ponderando estas cosas en sus mientes, mandó a por Jerónimo el historiador, amigo íntimo y compatriota de Eumenes de Cardia (el que huyó a Nora), y habiéndole traído ante él merced a muchos ricos regalos y presentes, lo envió como su agente a Eumenes con instrucciones de expresarle su deseo de olvidar la batalla en Capadocia y ser su amigo y aliado en la guerra, y que recibiría una provincia mucho mayor y muchas más riquezas de las que nunca había disfrutado antes y haciéndole saber: que sería el primero de sus amigos y compartiría con él los beneficios y éxitos de todos sus proyectos.
Entonces sin más dilación convocó a sus amigos y les informó de todos sus planes y luego, de entre aquellos que gozaban de gran ascendencia entre ellos, a unos les asignó provincias, a otros mandos en el ejército, y animando las esperanzas y expectativas de cada uno de ellos, los hizo a todos muy proclives a ayudarle en ejecutar sus intrigas, porque decidió atravesar toda Asia y deponer a todos los gobernadores de las provincias y confiarlas a sus amigos.


Mientras estaba ejecutando estos proyectos, Arrideo el gobernador de la Frigia Helespóntica, entendiendo lo que estaba tramando, determinó asegurarse su propia provincia y para este objetivo situó suficientes guarniciones en las principales ciudades y partió contra Cízico, la ciudad más grande e importante de todas para su propósito. Tenía con él más de diez mil infantes mercenarios, mil Macedonios, quinientos arqueros y honderos Persas y ochocientos caballos, junto con toda suerte de ingenios de asedio, para disparar dardos y arrojar piedras, y todas las demás cosas necesarias para ejecutar un asedio. Llegó a la ciudad de súbito, y habiendo sorprendido a la mayoría del pueblo cuando estaban fuera a campo abierto, los sitió y se esforzó en obligar a los habitantes (que estaban muy asustados) a aceptar una guarnición. Los de Cízico, aunque estaban sorprendidos, muchos se habían quedado fuera en los campos y los que quedaban dentro no podían defender la plaza y, considerándolo como su deber para asegurar su libertad, despacharon embajadores cobardemente a tratar el levantamiento del asedio, e hicieron saber a Arrideo: que la ciudad estaba lista para someterse a cualquier cosa que considerara pertinente, salvo recibir una guarnición; pero entretanto en secreto armaron a todos los jóvenes y esclavos que eran aptos para el servicio militar y así guarnecieron las murallas con hombres para la defensa de la ciudad. Pero Arrideo aún presionaba para que recibieran una guarnición y contestó la embajada que harían saber a los ciudadanos sus demandas. A lo cual consintió y así los dejó marchar. Siendo pues libres, pasaron todo ese día y la noche siguiente haciendo los preparativos para sostener el asedio. Siendo de esta manera engañado, perdió la oportunidad de conseguir lo que se había propuesto, porque los de Cízico, viendo que la ciudad era muy fuerte y estaba bien guarnecida por el lado de tierra (pues era una península) y que eran los dueños también del mar, fácilmente rechazaron al enemigo. Sin embargo, se dirigieron a Bizancio a por soldados, munición y todo lo necesario y útil para repeler asaltos. Todo lo cual fue rápidamente y de buena gana enviado a ellos, con lo que sus esperanzas se revivieron tanto, que estaban más animados a aguantar lo máximo. Al instante asimismo pusieron sus naves en el mar y navegaron a lo largo de la costa y tomaron lo que había en los campos y con ello regresaron a la ciudad. Habiendo por tanto así aumentado el número de sus soldados (después de matar a un gran número de sitiadores) obligaron al enemigo a levantar el asedio. Con lo cual Arrideo (burlado por la estratagema de los de Cízico) después de un infructuoso intento regresó a su provincia.


Entretanto, Antígono, estando en Celena, fue informado del asedio de Cízico y por ende decidió ayudar a la ciudad (entonces amenazada de ruina) para que quedara obligada en agradecimiento a su favor en futuros proyectos. Para esta finalidad envió de su ejército veinte mil de sus mejores tropas, y tres mil caballos, y con estos partió a toda velocidad para ayudar a Cízico, pero llegó allí tarde por poco. Y así, aunque hizo muestras de gran amabilidad para con la ciudad, sin embargo se vio por completo frustrado en su plan. Pero despachó legados a Arrideo para discutir con él ciertos asuntos: primero, por qué osaba sitiar una ciudad Griega aliada sin provocación alguna mediante; luego, acusarla de rebelión abierta, y con el propósito de hacerse señor absoluto y soberano de la provincia. Finalmente, le ordenó marcharse de la provincia y que desde ese momento viviera como un particular y se contentara con sólo una ciudad para su subsistencia.
Oyendo Arrideo esas demandas de los embajadores (y dirigiéndose a ellos con insolencia) les dijo que no abandonaría la provincia, sino que colocaría guarniciones en todas sus ciudades y que estaba determinado en decidir el asunto con él por la espada.
En cumplimiento de lo que había dicho (teniendo en todas partes sus pueblos y ciudades fortificados) mandó a un general con parte de su ejército, ordenándole unirse a Eumenes y liberar la fortaleza del asedio, y a Eumenes de los apuros y dificultades en las que entonces estaba, y persuadirlo de ser su aliado en la guerra.
Antígono, entretanto, ansioso de vengarse de Arrideo, mandó a algunas de sus fuerzas contra él; y él mismo marchó con un ejército numeroso hacia Lidia, con el ánimo de deponer a Clito de gobernador de esta provincia; el cual habiendo antes conocido su marcha, guarneció todas sus principales ciudades y él mismo navegó hacia Macedonia, para informar a los reyes y a Poliperconte de la rebelión e impudencia de Antígono, y recabar su ayuda y asistencia.


Antígono en su primera tentativa hizo que Éfeso se le entregara, con el auxilio de algunos en la ciudad. Después, cuando Esquilo el Rodio llegó a Éfeso con cuatro navíos, en los que transportaba seiscientos talentos de plata enviados de Cilicia a los reyes en Macedonia, se apoderó del dinero, alegando que tenía ocasión de usarlo para reclutar y alistar soldados. Por este acto declaró sobradamente al mundo que estaba claramente trabajando por sus propios intereses y que era un manifiesto enemigo de los reyes. Después de esto, sitió aquellas ciudades que destacaban, tomando algunas por asalto y otras con buenas palabras y promesas.
Habiendo así relatado los actos de Antígono, pasaremos a las cosas que le ocurrieron a Eumenes. Este hombre tuvo la frecuente experiencia de súbitos cambios y giros de la fortuna, estando a veces abajo, y otras veces de nuevo (más allá de toda expectativa) en las circunstancias más prósperas.
Antaño, cuando prestó su apoyo a Pérdicas y a los reyes, obtuvo la provincia de Capadocia, y aquellos lugares que, como miembros suyos, le pertenecían, donde vivió en la más alta prosperidad, mandando sobre hombres y dinero a su antojo, porque venció a Crátero y a Neoptólemo, dos famosos generales, que por aquel entonces mandaban las antes invencibles tropas de Macedonia, y los mató a ambos en la lucha, de modo que ahora parecía ser invencible, cuando de súbito su fortuna cambió tanto, que fue derrotado por Antígono en una gran batalla y obligado a huir con unos pocos amigos a una muy pequeña fortaleza para refugio. Siendo entonces cercado y rodeado con una doble muralla, no le habían quedado amigos que le pudieran ayudar en su apuro, pero después que había estado copado durante un año entero, ahora desesperando completamente de liberarse, de forma súbita e inesperada se le apareció una oportunidad de ser libre de todos sus problemas: pues Antígono, quien poco antes le había sitiado estrechamente y con ardor había buscado quitarle la vida, ahora (cambiadas las circunstancias) solicitaba de él ser su socio en sus cuitas; y así (en base a un mutuo acuerdo fundado en un juramento prestado entre ellos) se veía libre de los agobios y privaciones del asedio. Y de este modo, después de largo tiempo, siendo libre inesperadamente, se mantuvo cierto tiempo en Capadocia, donde de nuevo se reunió con sus viejos amigos y sus antiguos conmilitones, que se habían dispersado y esparcido por todo el país. Y era tan fantásticamente querido, que muchos de sus aliados y compañeros, con la misma esperanza y expectativas, acudieron al instante a él, listos para tomar las armas y obedecer todas sus órdenes. Para concluir, en pocos días había reunido más de dos mil soldados, que alegres se alistaron, además de aquellos quinientos amigos que soportaron el asedio con él en la fortaleza. Y con la ayuda de la fortuna se elevó al final a tal altura, que obtuvo las tropas reales y defendió los intereses de los reyes contra aquellos que se atrevieron a privarles de su soberana autoridad. Pero daremos un más exacto relato de estos asuntos un poco más adelante, en el momento y lugar adecuados. Y así, habiendo ahora por lo menudo relatado los negocios del Asia, pasaremos a las cosas acaecidas en Europa.


Casandro, aunque fue excluido del mando supremo de Macedonia, sin embargo no estaba en absoluto desanimado, sino resuelto a ganarlo, porque contemplaba el poder como una base, y como cosa deshonrosa que la autoridad soberana, ejercida por su padre, fuera ahora a ser ocupada por otros. Pero percatándose que los Macedonios favorecían a Poliperconte, en privado debatió con algunos de sus amigos y luego los envió (para que nada pudiera levantar sospecha) al Helesponto. Él mismo entretanto permaneció varios días en el país y pasando su tiempo en cazar hizo que todos creyeran que no albergaba pensamientos o planes de aspirar al mando soberano. Pero cuando hubo acopiado todas las cosas precisas para su viaje, en secreto partió de Macedonia y se fue al Quersoneso, y desde ahí al Helesponto, donde, cruzando el mar, se presentó ante Antígono en Asia, solicitando su asistencia, y le dijo que Ptolomeo se uniría a él. Antígono de inmediato aceptó la oferta y le dio grandes promesas de auxilio y se comprometió al instante a suministrarle tropas de tierra y mar. Pero todo esto no fue sino simulación, afectando que se unía a él en base al aprecio y bondad que siempre sintió por Antípatro. Entretanto de cierto pretendía entretener a Poliperconte con guerras feroces y sangrientas, con la finalidad de poder mientras tanto con más facilidad subyugar Asia. Y así, sin ningún riesgo, hacerse con el mando supremo de todo al final.


Mientras estas cosas tenían lugar, Poliperconte, el tutor de los reyes, atisbando la posibilidad de una gran guerra que quizás tuviera que mantener con Casandro (y considerando que no era apropiado llevar a efecto nada sin consultarlo primero con sus amigos) reunió a todos sus capitanes y a todos aquellos que disfrutaban de una autoridad principal entre los Macedonios. Y, puesto que era evidente que Casandro se había fortalecido con las tropas de Antígono para conseguir para sí todas las ciudades de Grecia; que algunas de ellas estaban guarnecidas por tropas de su padre y que otras eran gobernadas por una oligarquía, influida principalmente por los amigos y favoritos de Antípatro; y además de todo esto, que Ptolomeo, quien ostentaba el poder en Egipto, y Antígono, quien de forma abierta y evidente había abandonado a los reyes, eran aliados de Casandro; y que ambos estaban ricamente provistos de hombres y de dinero, y que tenían el gobierno de muchas poderosas ciudades y provincias; por todas estas razones elevó una consulta para considerar cómo podía dirigirse una guerra contra ellos. Después que el negocio hubiera sido muy discutido con variedad de opiniones, se resolvió al final que las ciudades Griegas fueran restituidas en sus libertades y que las oligarquías fueran en todas partes abolidas, porque de esta manera concebían que debilitarían los intereses de Casandro, progresarían mucho los suyos y se atraerían fuertes y poderosos aliados. Por consiguiente, los que estaban presentes enviaron de inmediato a por los embajadores de las ciudades, y, queriendo que fueran valientes, prometieron restaurarles sus diversas democracias, y entregaron a los embajadores el decreto por escrito, para que cada uno de ellos (cuando regresara a sus patrias) pudiera informar perfectamente al pueblo de la amabilidad de los reyes y generales hacia los Griegos. El decreto quedó redactado de esta manera:

“Puesto que ha sido siempre costumbre de nuestros mayores expresar sus actos de gracia en los muchos ejemplos de su generosidad para con los Griegos, nosotros estamos asimismo deseosos de conservar y guardar al pie de la letra lo que ellos determinaron y estamos dispuestos a mostrar ante el mundo la dulzura y buena voluntad que siempre tendremos cuidado de preservar para con los Griegos. Y mientras que es bien conocido que incluso en vida de Alejandro, y antes de que el reino fuera confiado a nosotros, éramos de la opinión de que todos tenían que ser restituidos a aquella paz y forma de gobierno que fue ordenado y dispuesto por nuestro padre Filipo, y se había escrito a todas las ciudades Griegas en ese tiempo sobre este asunto; sin embargo después ocurrió algo de un modo un poco imprevisto, cuando estábamos muy lejos de Grecia: que hicieron la guerra a los Macedonios. Siendo los rebeldes vencidos y subyugados con la ayuda y guía de nuestros generales, muchas ciudades estuvieron de este modo envueltas en grandes problemas y cayeron en el dolor y en la conciencia de los muchos inconvenientes: imputad, por tanto, la causa de todos aquellos padecimientos (como justamente podéis) a aquellos comandantes. Pero ahora en reverencia y debido respeto a aquella antigua constitución, os concedemos nuestra paz y la misma clase de gobierno que disfrutasteis bajo el reinado de Filipo y Alejandro, y todo el poder y autoridad para manejar todas las demás cosas, conforme a las diversas reglas y órdenes por ellos prescritas. Asimismo llamamos de vuelta a todos aquellos que o voluntariamente se fueron o han sido forzados a irse por orden de nuestros oficiales desde la época en que Alejandro desembarcó por primera vez en Asia. Es asimismo de nuestro agrado que todos aquellos así llamados por nosotros disfruten de sus haciendas sin disputas o recuerdo de antiguas injurias, y que les sean restaurados los derechos y libertades en sus diversas ciudades, y que cualquier decreto que fuera aprobado contra ellos, sea derogado, salvo en relación a aquellos que hayan sido desterrados, según los procedimientos legales, por asesinato o sacrilegio. Pero por la presente no tenemos intención de llamar de vuelta a los exilados de Megalópolis ni de Polienero, quienes fueron condenados por traición; ni a los de Anfisa, ni a los Tricenses, ni a los Farcadonios, ni a los Heracleotas. Pero en cuanto a todos los demás, sea que regresen antes del decimotercer día del mes de Jantico (18). Pero si hubiera alguna ley u ordenanza promulgada por Filipo o Alejandro contra ellos, sean traídas ante nosotros, para que a ese respecto pueda seguirse el procedimiento según pueda ser mejor para el servicio y beneficio de nosotros y de las ciudades. Permítase que los Atenienses disfruten de todas las cosas como lo hicieron en tiempos de Filipo y Alejandro; y que los Oropenses conserven Oropo como ahora hacen. Sin embargo restituimos Samos a los Atenienses, porque nuestro padre Filipo antes entregó la isla a aquellos. Permítase que todos los Griegos aprueben una ley: que nadie tome las armas o haga cosa alguna contra nosotros; por otra parte, que quienes lo hagan sean desterrados y privados de todos sus bienes. Y hemos ordenado que Poliperconte dirija estos y todos los demás negocios; que todos le obedezcan en lo que os hemos escrito antes, porque a aquellos que ejecuten lo contrario a lo que hemos prescrito, no les concederemos un ulterior perdón”.

Siendo este decreto transmitido a todas las ciudades, Poliperconte escribió a Argos y al resto de sus ciudades, ordenándoles: que todos los que ostentaren algún mando en la comunidad bajo Antípatro serían a partir de ahora desterrados; y que algunos fueran condenados a muerte y sus haciendas confiscadas; que, siendo reducidos a la extrema necesidad, no tuvieran capacidad para ayudar a Casandro. Envió cartas asimismo a Olimpiade, madre de Alejandro, quien estaba entonces en Epiro, por temor a Casandro, rogándole que regresara con toda rapidez a Macedonia y tomara a su cuidado y cargo al pequeño hijo de Alejandro, hasta que fuera mayor de edad y capaz de asumir por sí el gobierno de los asuntos. Escribió además a Eumenes, para ligarlo a los intereses de los reyes y para que no se confabulara de ninguna manera con Antígono; pero le dio a elegir, si volvía a Macedonia para unirse a él en la tutela de los reyes, o permanecer en Asia y recibir hombres y dinero de ellos para hacer la guerra a Antígono, quien abiertamente se había declarado rebelde contra los reyes, quienes sin duda le restituirían en la provincia de la que Antígono le había forzado a irse, así como todos los demás privilegios y ventajas que alguna vez en cualquier momento hubiera disfrutado antes en Asia. Y además declaró que Eumenes llegaría a estar por encima de todos los demás en la tutela de la familia real, en concordancia con todas aquellas demostraciones suyas de lealtad, que había hecho en sus últimas acciones en nombre de los reyes; y si se encontraba carente de fuerzas, él mismo, junto con los reyes, acudiría a Asia con todo el ejército. Estos fueron los sucesos de este año.

 

Notas..

[15] Lucio Papirio. Volver

[16] De caballería. Volver

[17] Comandante de mil, un coronel. Volver

[18] Abril. Volver