- Antígono
vence a Alcetas en Pisidia y captura a Attalo.
- Alcetas recibido en Termesso y allí protegido.
- Es asesinado en esta ciudad a traición: su cadáver
tratado inhumanamente por Antígono.
- Muerte de Antípatro.
- Antípatro condena a muerte a Deseas, uno de los embajadores
Atenienses.Poliperconte
nombrado jefe en Macedonia.
- Casandro conspira para expulsarlo. La conjura de Antígono
para ser soberano de todo.
- Arrideo asegura su posición en Frigia: asedia Cízico.
- Antígono acude a liberarla.
- Eumenes sale de Nora merced a una orden de Antígono.
- Ulteriores actos de Antígono.
- La suerte diversa de Eumenes.
- Un consejo en Macedonia convocado por Poliperconte contra
Casandro.
- El decreto del consejo.
- Poliperconte invita a Olimpíade de Epiro a Macedonia.
- Cartas a Eumenes para unirse a los reyes.
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Después, cuando Apolodoro ejerció la magistratura de
arconte en Atenas y Quinto Publio y Quinto Poplias (15)
fueron cónsules en Roma, Antígono, después de
la derrota de Eumenes, decidió marchar contra Alcetas y Attalo,
porque estos eran los únicos de los parientes y amigos de Pérdicas
que aún se conservaban y que eran peritos comandantes y tenían
fuerzas suficientes para medirse con él por la soberanía
suprema. Con este objetivo partió con todo su ejército
de Capadocia y marchó a Pisidia, donde Alcetas entonces estaba
y llegó a marchas forzadas a Critópolis (como es llamada)
súbita e inesperadamente, después de avanzar dos mil
quinientos estadios en siete días y siete noches, y de esta
manera cayó sobre ellos antes de que estuvieran apercibidos.
Y allí primero se apoderó de algunas colinas y otros
pasos difíciles en el país. Cuando el bando de Alcetas
tuvo conocimiento de la aproximación del enemigo, al instante
dispusieron una falange (16)
en orden de batalla, y con una furiosa carga se esforzaron en desalojar
a la caballería de las colinas, la cual había entonces
alcanzado la cumbre de las montañas. Entonces comenzó
una fiera pugna, en la que cayeron muchos. Antígono, con una
unidad de seis mil caballos, se lanzó con todo su poder sobre
el enemigo, tratando de privar a Alcetas de todos los caminos y modos
de retirada. Hecho esto, aquellos que estaban en la cumbre de las
montañas, por la ventaja de lo abrupto y difícil del
terreno, fácilmente pusieron a la falange en fuga. Con ello
los hombres de Alcetas, rodeados por una multitud de enemigos, y todos
los pasos bloqueados entre ellos y su base, se consideraron hombres
muertos. Por tanto, viendo que no había otro remedio o modo
de escape, Alcetas (con pérdida de multitud de sus hombres)
al final con mucha dificultad penetró a través de sus
enemigos y huyó. Entonces, bajando Antígono desde las
colinas con todo su ejército y sus elefantes, el enemigo (que
era muy inferior en número) estaba muy atemorizado, porque
todos los aliados no eran más de dieciséis mil infantes
y novecientos caballos, mientras que las fuerzas de Antígono
(además de los elefantes) eran más de cuarenta mil infantes
y siete mil caballos. Los que estaban por tanto con Alcetas (considerando
que se encontrarían con los elefantes de frente, estarían
rodeados de multitud de jinetes y obligados a combatir con una infantería
muy superior a la suya en número y en la calidad de sus armas,
y además tenían la ventaja de estar en terreno más
elevado) cayeron en la confusión y en el asombro. El enemigo
se dio prisa y vino sobre ellos tan rápido, que no pudieron
alinear a sus hombres en el debido orden de batalla, de modo que todo
el ejército fue deshecho al instante, y Attalo Docimo y Polemón
y muchos otros oficiales fueron tomados prisioneros. Pero Alcetas,
con su guardia personal, sus hijos y aquellos Pisidianos que estaban
con él, se fueron a Termesso, una ciudad de Pisidia. Entonces
Antígono llegó a un acuerdo con los oficiales, sus prisioneros,
y al resto distribuyó entre sus propias tropas, tratándolos
con toda humanidad, y de este modo aumentó grandemente su ejército.
Pero unos seis mil Pisidianos (hombres valerosos) decidieron apoyar
a Alcetas y prometieron que nunca lo abandonarían bajo ningún
concepto, porque lo amaban enteramente, por las razones siguientes:
Cuando Alcetas, después de muerto Pérdicas, no tenía
aliados en Asia, decidió con algunos actos de bondad u otros
atraerse a los Pisidianos, porque sabía que se ganaría
así como su aliado a un pueblo belicoso, que tenía un
país muy difícil de invadir y lleno de sólidas
fortalezas. Por tanto en todas las expediciones siempre concedió
especiales muestras de honor a ellos por encima de todos los demás
de sus aliados, pues dividía el botín de sus enemigos,
de tal manera que la mitad siempre les era asignada. Sin embargo,
con su familiaridad y libertad de conversación, diarias invitaciones
a los más eminentes personajes de entre ellos a su mesa, y
con su bondad y liberalidad en concederles muchos preciosos regalos
y premios, aumentó en su favor el amor de todos, de modo que
ahora (habiendo depositado todas sus esperanzas y su máxima
confianza en ellos) no se vio frustrado en sus expectativas, porque,
cuando Antígono acampó con todo su ejército ante
Termesso y exigió que Alcetas le fuera entregado (y los ancianos
de la ciudad habían resuelto entregarlo) todos los jóvenes
acudieron a una y se determinaron en arrostrar todos los riesgos y
el peligro extremo por su salvación. Los viejos de hecho al
principio se esforzaron en disuadir a los jóvenes y apartarlos
de su primera decisión, queriendo que no implicaran a su país
en una guerra por el bien de un Macedonio. Pero cuando vieron que
no podrían calmar el ánimo de los jóvenes, secretamente
deliberaron entre sí, y durante la noche enviaron un mensajero
a Antígono y a través de él le prometieron lealmente:
que le entregarían a Alcetas, vivo o muerto. Para este fin,
querían de él: que, asaltando la ciudad durante unos
días, engañara a los jóvenes para que hicieran
una salida, y, mientras estaba escaramuceando con ellos, simulara
huir; de esta manera, cuando los jóvenes estuvieran fuera de
la ciudad, y ocupados en la persecución, tendrían ellos
la oportunidad de ejecutar su plan. Antígono aceptó
esto y se retiró de la ciudad más lejos y así
urgía a los jóvenes a escaramucear y a luchar en pequeños
encuentros. Entonces los ancianos, averiguado que Alcetas estaba solo,
emplearon al más leal de sus sirvientes y al más activo
de los hombres de la ciudad (que no estaba ligado a Alcetas), y con
ellos (en ausencia de los jóvenes) fueron a por él,
pero no pudieron cogerlo, pues se suicidó con su mano, para
que no cayera vivo en poder del enemigo, pero pusieron su cadáver
en un ataúd, vistiéndolo con un traje basto, y lo llevaron
fuera de las puertas, y sin saberlo aquellos que estaban escaramuceando,
lo entregaron a Antígono. Mediante este ardid liberaron su
país e impidieron una guerra. Pero no pudieron evitar la furia
de los jóvenes, porque cuando regresaron y conocieron lo que
se había hecho, por el ardiente afecto y sentimiento que sentían
por Alcetas estaban tan airados contra sus gobernantes, que primero
se apoderaron de una parte de la ciudad, y decidieron incendiar las
casas y luego salirse con sus armas e ir a las montañas, y
devastar y destruir todo el país perteneciente a Antígono.
Pero después cambiaron de propósito en cuanto a quemar
la ciudad y comenzaron, robando y saqueando, a devastar miserablemente
una gran parte del país enemigo.
Entretanto, Antígono, habiendo recibido el cuerpo de Alcetas,
lo trató de la forma más deshonrosa e injuriosa imaginable
durante tres días. Y al empezar a pudrirse, despreciativamente
lo abandonó sin rendirle honra fúnebre alguna, y así
partió de Pisidia.
Pero los jóvenes de Termesso, conservando aún su afecto
y respeto por el deshonrado cadáver del difunto, lo cogieron
y le dieron decente sepultura. Era de naturaleza tan amable y solícita,
que había algo singular en él de afecto y respecto hacia
todos aquellos que lo trataron bien, y por tanto fue él siempre
hacia ellos invariable en su amor y afecto.
Habiendo dejado Pisidia, Antígono partió para Frigia
con todo su ejército. Cuando llegó a la ciudad de los
Cretenses, Aristodemo el Milesio le comunicó la nueva de la
muerte de Antípatro y que el mando supremo, junto con la tutela
de los reyes, había correspondido a Poliperconte el Macedonio.
Se regocijó con la noticia y ahora sus esperanzas se exaltaron,
pues se fijó como objetivo regir y gobernar todos los asuntos
de Asia y obtener el poder absoluto y soberano sin consideración
a nadie. Y así estaban los negocios de Antígono en ese
tiempo.
En Macedonia, mientras Antípatro contraía una grave
enfermedad (y su anciana edad contribuía a su final), los Atenienses
enviaron a Demades (quien era visto como uno que había tratado
asuntos con los Macedonios con gran nivel de honestidad e integridad)
como embajador ante Antípatro, para expresarle el deseo de
que retirara la guarnición de Muniquia, como al principio se
había estipulado y convenido. Antípatro a lo primero
fue muy amable con Demades, pero después de la muerte de Pérdicas,
cuando algunas cartas de Demades, entre otras, fueron encontradas
entre los papeles del rey, en las que instaba a Pérdicas a
apresurarse con toda celeridad a cruzar a Europa contra Antípatro,
aunque contuvo su resentimiento por algún tiempo, sin embargo
en verdad albergaba rencor contra él. Por tanto, cuando Demades
hubo entregado su mensaje, como le había sido ordenado, y había
debatido algo duramente el asunto concerniente a la guarnición,
Antípatro, sin dar ninguna respuesta, entregó a su hijo
Deseas (quien iba como coembajador con su padre) a los verdugos, quienes
al instante se lo llevaron a prisión, y por las razones antedichas
lo decapitó.
Después, Antípatro, cuando estaba cerca de su fin, nombró
a Poliperconte, el capitán de Alejandro casi más viejo
de todos y que gozaba de gran honor y reputación entre los
Macedonios, protector de los reyes con autoridad suprema y absoluta.
Y a su hijo Casandro lo nombró quiliarca (17),
siguiente en poder y autoridad a Poliperconte. Este cargo fue primero
creado por los reyes Persas como un puesto de honor y crédito,
y después por Alejandro, cuando alcanzó la grandeza
y comenzó a imitar esta y otras costumbres de los Persas. Pero
a Casandro no le gustó la ordenación de los asuntos
que hizo su padre y juzgó deshonroso para su familia hacer
que una persona que ningún parentesco tenía, ni por
sangre ni por afinidad, le sucediera en el poder soberano, cuando
tenía un hijo que en Macedonia daba evidentes y elocuentes
muestras de valor y capacidad suficientes para dirigir los asuntos
del estado en lugar de su padre.
En primer lugar por tanto, viajó por el país con algunos
de sus amigos, donde teniendo oportunidad y libertad, discutió
con ellos sobre el poder supremo y trató con cada uno de ellos
aparte en privado sobre planear formas y modos para que él
obtuviera el principado. Y con grandes promesas los convenció
de unirse a él para ayudarlo a lograr lo que deseaba. Asimismo
en privado envió embajadores a Ptolomeo para renovar la alianza
y solicitarle ayuda. Y éste le respondió que para ese
propósito le ayudaría con barcos desde Fenicia y que
se los mandaría con toda celeridad al Helesponto. De la misma
manera despachó legados al resto de las ciudades y oficiales
para pedirles que se unieran a él en armas. Para ocultar mejor
sus proyectos y que no pudiera levantar sospechas, pasó muchos
días dedicándose a cazar.
Pero Poliperconte, habiendo obtenido la tutela de los reyes, convocó
a un consejo general a sus amigos y aconsejado de ellos mandó
llamar a Olimpíade, esperando que ella tomaría a su
cuidado al hijo de Alejandro, quien entonces sólo era un niño
y residiría en el futuro en Macedonia como reina regente, porque
por razón de las disputas y peleas entre ella y Antípatro,
se había retirado a Epiro.
Cuando la muerte de Antípatro se fue conociendo por Asia, agitaciones
y alborotos comenzaron a cambiar la faz de los asuntos allí,
mientras que aquellos que ostentaban el poder y la autoridad buscaron
su beneficio y cada cual tendió a ver cómo progresar
en su propio interés. El primero de ellos fue Antígono,
quien (por su victoria sobre Eumenes en Capadocia, cuyas fuerzas había
reunido a las suyas, y sobre Alcetas y Attalo en Pisidia, y además
porque fue nombrado virrey de Asia por Antípatro y comandaba
un gran ejército) aspiró a lo más alto y se hinchió
de orgullo imaginando su propia grandeza. Y habiéndose ya entonces
posesionado (en su imaginación) de la soberanía, decidió
no reconocer a reyes ni a tutores, porque en vista de que dirigía
un ejército mayor, estaba confiado de que apoderarse de todas
las riquezas que estaban presentes en Asia, viendo que nadie había
capaz de oponerse a él. Entonces tenía en su ejército
sesenta mil infantes, diez mil caballos y treinta elefantes. Y además
de esto, no dudaba de que reclutaría a más, cuando tuviere
ocasión, porque había dinero suficiente en Asia para
hacer levas de soldados en cualquier lugar del extranjero donde quisiera.
Ponderando estas cosas en sus mientes, mandó a por Jerónimo
el historiador, amigo íntimo y compatriota de Eumenes de Cardia
(el que huyó a Nora), y habiéndole traído ante
él merced a muchos ricos regalos y presentes, lo envió
como su agente a Eumenes con instrucciones de expresarle su deseo
de olvidar la batalla en Capadocia y ser su amigo y aliado en la guerra,
y que recibiría una provincia mucho mayor y muchas más
riquezas de las que nunca había disfrutado antes y haciéndole
saber: que sería el primero de sus amigos y compartiría
con él los beneficios y éxitos de todos sus proyectos.
Entonces sin más dilación convocó a sus amigos
y les informó de todos sus planes y luego, de entre aquellos
que gozaban de gran ascendencia entre ellos, a unos les asignó
provincias, a otros mandos en el ejército, y animando las esperanzas
y expectativas de cada uno de ellos, los hizo a todos muy proclives
a ayudarle en ejecutar sus intrigas, porque decidió atravesar
toda Asia y deponer a todos los gobernadores de las provincias y confiarlas
a sus amigos.
Mientras estaba ejecutando estos proyectos, Arrideo el gobernador
de la Frigia Helespóntica, entendiendo lo que estaba tramando,
determinó asegurarse su propia provincia y para este objetivo
situó suficientes guarniciones en las principales ciudades
y partió contra Cízico, la ciudad más grande
e importante de todas para su propósito. Tenía con él
más de diez mil infantes mercenarios, mil Macedonios, quinientos
arqueros y honderos Persas y ochocientos caballos, junto con toda
suerte de ingenios de asedio, para disparar dardos y arrojar piedras,
y todas las demás cosas necesarias para ejecutar un asedio.
Llegó a la ciudad de súbito, y habiendo sorprendido
a la mayoría del pueblo cuando estaban fuera a campo abierto,
los sitió y se esforzó en obligar a los habitantes (que
estaban muy asustados) a aceptar una guarnición. Los de Cízico,
aunque estaban sorprendidos, muchos se habían quedado fuera
en los campos y los que quedaban dentro no podían defender
la plaza y, considerándolo como su deber para asegurar su libertad,
despacharon embajadores cobardemente a tratar el levantamiento del
asedio, e hicieron saber a Arrideo: que la ciudad estaba lista para
someterse a cualquier cosa que considerara pertinente, salvo recibir
una guarnición; pero entretanto en secreto armaron a todos
los jóvenes y esclavos que eran aptos para el servicio militar
y así guarnecieron las murallas con hombres para la defensa
de la ciudad. Pero Arrideo aún presionaba para que recibieran
una guarnición y contestó la embajada que harían
saber a los ciudadanos sus demandas. A lo cual consintió y
así los dejó marchar. Siendo pues libres, pasaron todo
ese día y la noche siguiente haciendo los preparativos para
sostener el asedio. Siendo de esta manera engañado, perdió
la oportunidad de conseguir lo que se había propuesto, porque
los de Cízico, viendo que la ciudad era muy fuerte y estaba
bien guarnecida por el lado de tierra (pues era una península)
y que eran los dueños también del mar, fácilmente
rechazaron al enemigo. Sin embargo, se dirigieron a Bizancio a por
soldados, munición y todo lo necesario y útil para repeler
asaltos. Todo lo cual fue rápidamente y de buena gana enviado
a ellos, con lo que sus esperanzas se revivieron tanto, que estaban
más animados a aguantar lo máximo. Al instante asimismo
pusieron sus naves en el mar y navegaron a lo largo de la costa y
tomaron lo que había en los campos y con ello regresaron a
la ciudad. Habiendo por tanto así aumentado el número
de sus soldados (después de matar a un gran número de
sitiadores) obligaron al enemigo a levantar el asedio. Con lo cual
Arrideo (burlado por la estratagema de los de Cízico) después
de un infructuoso intento regresó a su provincia.
Entretanto, Antígono, estando en Celena, fue informado del
asedio de Cízico y por ende decidió ayudar a la ciudad
(entonces amenazada de ruina) para que quedara obligada en agradecimiento
a su favor en futuros proyectos. Para esta finalidad envió
de su ejército veinte mil de sus mejores tropas, y tres mil
caballos, y con estos partió a toda velocidad para ayudar a
Cízico, pero llegó allí tarde por poco. Y así,
aunque hizo muestras de gran amabilidad para con la ciudad, sin embargo
se vio por completo frustrado en su plan. Pero despachó legados
a Arrideo para discutir con él ciertos asuntos: primero, por
qué osaba sitiar una ciudad Griega aliada sin provocación
alguna mediante; luego, acusarla de rebelión abierta, y con
el propósito de hacerse señor absoluto y soberano de
la provincia. Finalmente, le ordenó marcharse de la provincia
y que desde ese momento viviera como un particular y se contentara
con sólo una ciudad para su subsistencia.
Oyendo Arrideo esas demandas de los embajadores (y dirigiéndose
a ellos con insolencia) les dijo que no abandonaría la provincia,
sino que colocaría guarniciones en todas sus ciudades y que
estaba determinado en decidir el asunto con él por la espada.
En cumplimiento de lo que había dicho (teniendo en todas partes
sus pueblos y ciudades fortificados) mandó a un general con
parte de su ejército, ordenándole unirse a Eumenes y
liberar la fortaleza del asedio, y a Eumenes de los apuros y dificultades
en las que entonces estaba, y persuadirlo de ser su aliado en la guerra.
Antígono, entretanto, ansioso de vengarse de Arrideo, mandó
a algunas de sus fuerzas contra él; y él mismo marchó
con un ejército numeroso hacia Lidia, con el ánimo de
deponer a Clito de gobernador de esta provincia; el cual habiendo
antes conocido su marcha, guarneció todas sus principales ciudades
y él mismo navegó hacia Macedonia, para informar a los
reyes y a Poliperconte de la rebelión e impudencia de Antígono,
y recabar su ayuda y asistencia.
Antígono en su primera tentativa hizo que Éfeso se le
entregara, con el auxilio de algunos en la ciudad. Después,
cuando Esquilo el Rodio llegó a Éfeso con cuatro navíos,
en los que transportaba seiscientos talentos de plata enviados de
Cilicia a los reyes en Macedonia, se apoderó del dinero, alegando
que tenía ocasión de usarlo para reclutar y alistar
soldados. Por este acto declaró sobradamente al mundo que estaba
claramente trabajando por sus propios intereses y que era un manifiesto
enemigo de los reyes. Después de esto, sitió aquellas
ciudades que destacaban, tomando algunas por asalto y otras con buenas
palabras y promesas.
Habiendo así relatado los actos de Antígono, pasaremos
a las cosas que le ocurrieron a Eumenes. Este hombre tuvo la frecuente
experiencia de súbitos cambios y giros de la fortuna, estando
a veces abajo, y otras veces de nuevo (más allá de toda
expectativa) en las circunstancias más prósperas.
Antaño, cuando prestó su apoyo a Pérdicas y a
los reyes, obtuvo la provincia de Capadocia, y aquellos lugares que,
como miembros suyos, le pertenecían, donde vivió en
la más alta prosperidad, mandando sobre hombres y dinero a
su antojo, porque venció a Crátero y a Neoptólemo,
dos famosos generales, que por aquel entonces mandaban las antes invencibles
tropas de Macedonia, y los mató a ambos en la lucha, de modo
que ahora parecía ser invencible, cuando de súbito su
fortuna cambió tanto, que fue derrotado por Antígono
en una gran batalla y obligado a huir con unos pocos amigos a una
muy pequeña fortaleza para refugio. Siendo entonces cercado
y rodeado con una doble muralla, no le habían quedado amigos
que le pudieran ayudar en su apuro, pero después que había
estado copado durante un año entero, ahora desesperando completamente
de liberarse, de forma súbita e inesperada se le apareció
una oportunidad de ser libre de todos sus problemas: pues Antígono,
quien poco antes le había sitiado estrechamente y con ardor
había buscado quitarle la vida, ahora (cambiadas las circunstancias)
solicitaba de él ser su socio en sus cuitas; y así (en
base a un mutuo acuerdo fundado en un juramento prestado entre ellos)
se veía libre de los agobios y privaciones del asedio. Y de
este modo, después de largo tiempo, siendo libre inesperadamente,
se mantuvo cierto tiempo en Capadocia, donde de nuevo se reunió
con sus viejos amigos y sus antiguos conmilitones, que se habían
dispersado y esparcido por todo el país. Y era tan fantásticamente
querido, que muchos de sus aliados y compañeros, con la misma
esperanza y expectativas, acudieron al instante a él, listos
para tomar las armas y obedecer todas sus órdenes. Para concluir,
en pocos días había reunido más de dos mil soldados,
que alegres se alistaron, además de aquellos quinientos amigos
que soportaron el asedio con él en la fortaleza. Y con la ayuda
de la fortuna se elevó al final a tal altura, que obtuvo las
tropas reales y defendió los intereses de los reyes contra
aquellos que se atrevieron a privarles de su soberana autoridad. Pero
daremos un más exacto relato de estos asuntos un poco más
adelante, en el momento y lugar adecuados. Y así, habiendo
ahora por lo menudo relatado los negocios del Asia, pasaremos a las
cosas acaecidas en Europa.
Casandro, aunque fue excluido del mando supremo de Macedonia, sin
embargo no estaba en absoluto desanimado, sino resuelto a ganarlo,
porque contemplaba el poder como una base, y como cosa deshonrosa
que la autoridad soberana, ejercida por su padre, fuera ahora a ser
ocupada por otros. Pero percatándose que los Macedonios favorecían
a Poliperconte, en privado debatió con algunos de sus amigos
y luego los envió (para que nada pudiera levantar sospecha)
al Helesponto. Él mismo entretanto permaneció varios
días en el país y pasando su tiempo en cazar hizo que
todos creyeran que no albergaba pensamientos o planes de aspirar al
mando soberano. Pero cuando hubo acopiado todas las cosas precisas
para su viaje, en secreto partió de Macedonia y se fue al Quersoneso,
y desde ahí al Helesponto, donde, cruzando el mar, se presentó
ante Antígono en Asia, solicitando su asistencia, y le dijo
que Ptolomeo se uniría a él. Antígono de inmediato
aceptó la oferta y le dio grandes promesas de auxilio y se
comprometió al instante a suministrarle tropas de tierra y
mar. Pero todo esto no fue sino simulación, afectando que se
unía a él en base al aprecio y bondad que siempre sintió
por Antípatro. Entretanto de cierto pretendía entretener
a Poliperconte con guerras feroces y sangrientas, con la finalidad
de poder mientras tanto con más facilidad subyugar Asia. Y
así, sin ningún riesgo, hacerse con el mando supremo
de todo al final.
Mientras estas cosas tenían lugar, Poliperconte, el tutor de
los reyes, atisbando la posibilidad de una gran guerra que quizás
tuviera que mantener con Casandro (y considerando que no era apropiado
llevar a efecto nada sin consultarlo primero con sus amigos) reunió
a todos sus capitanes y a todos aquellos que disfrutaban de una autoridad
principal entre los Macedonios. Y, puesto que era evidente que Casandro
se había fortalecido con las tropas de Antígono para
conseguir para sí todas las ciudades de Grecia; que algunas
de ellas estaban guarnecidas por tropas de su padre y que otras eran
gobernadas por una oligarquía, influida principalmente por
los amigos y favoritos de Antípatro; y además de todo
esto, que Ptolomeo, quien ostentaba el poder en Egipto, y Antígono,
quien de forma abierta y evidente había abandonado a los reyes,
eran aliados de Casandro; y que ambos estaban ricamente provistos
de hombres y de dinero, y que tenían el gobierno de muchas
poderosas ciudades y provincias; por todas estas razones elevó
una consulta para considerar cómo podía dirigirse una
guerra contra ellos. Después que el negocio hubiera sido muy
discutido con variedad de opiniones, se resolvió al final que
las ciudades Griegas fueran restituidas en sus libertades y que las
oligarquías fueran en todas partes abolidas, porque de esta
manera concebían que debilitarían los intereses de Casandro,
progresarían mucho los suyos y se atraerían fuertes
y poderosos aliados. Por consiguiente, los que estaban presentes enviaron
de inmediato a por los embajadores de las ciudades, y, queriendo que
fueran valientes, prometieron restaurarles sus diversas democracias,
y entregaron a los embajadores el decreto por escrito, para que cada
uno de ellos (cuando regresara a sus patrias) pudiera informar perfectamente
al pueblo de la amabilidad de los reyes y generales hacia los Griegos.
El decreto quedó redactado de esta manera:
“Puesto
que ha sido siempre costumbre de nuestros mayores expresar sus actos
de gracia en los muchos ejemplos de su generosidad para con los Griegos,
nosotros estamos asimismo deseosos de conservar y guardar al pie de
la letra lo que ellos determinaron y estamos dispuestos a mostrar
ante el mundo la dulzura y buena voluntad que siempre tendremos cuidado
de preservar para con los Griegos. Y mientras que es bien conocido
que incluso en vida de Alejandro, y antes de que el reino fuera confiado
a nosotros, éramos de la opinión de que todos tenían
que ser restituidos a aquella paz y forma de gobierno que fue ordenado
y dispuesto por nuestro padre Filipo, y se había escrito a
todas las ciudades Griegas en ese tiempo sobre este asunto; sin embargo
después ocurrió algo de un modo un poco imprevisto,
cuando estábamos muy lejos de Grecia: que hicieron la guerra
a los Macedonios. Siendo los rebeldes vencidos y subyugados con la
ayuda y guía de nuestros generales, muchas ciudades estuvieron
de este modo envueltas en grandes problemas y cayeron en el dolor
y en la conciencia de los muchos inconvenientes: imputad, por tanto,
la causa de todos aquellos padecimientos (como justamente podéis)
a aquellos comandantes. Pero ahora en reverencia y debido respeto
a aquella antigua constitución, os concedemos nuestra paz y
la misma clase de gobierno que disfrutasteis bajo el reinado de Filipo
y Alejandro, y todo el poder y autoridad para manejar todas las demás
cosas, conforme a las diversas reglas y órdenes por ellos prescritas.
Asimismo llamamos de vuelta a todos aquellos que o voluntariamente
se fueron o han sido forzados a irse por orden de nuestros oficiales
desde la época en que Alejandro desembarcó por primera
vez en Asia. Es asimismo de nuestro agrado que todos aquellos así
llamados por nosotros disfruten de sus haciendas sin disputas o recuerdo
de antiguas injurias, y que les sean restaurados los derechos y libertades
en sus diversas ciudades, y que cualquier decreto que fuera aprobado
contra ellos, sea derogado, salvo en relación a aquellos que
hayan sido desterrados, según los procedimientos legales, por
asesinato o sacrilegio. Pero por la presente no tenemos intención
de llamar de vuelta a los exilados de Megalópolis ni de Polienero,
quienes fueron condenados por traición; ni a los de Anfisa,
ni a los Tricenses, ni a los Farcadonios, ni a los Heracleotas. Pero
en cuanto a todos los demás, sea que regresen antes del decimotercer
día del mes de Jantico (18).
Pero si hubiera alguna ley u ordenanza promulgada por Filipo o Alejandro
contra ellos, sean traídas ante nosotros, para que a ese respecto
pueda seguirse el procedimiento según pueda ser mejor para
el servicio y beneficio de nosotros y de las ciudades. Permítase
que los Atenienses disfruten de todas las cosas como lo hicieron en
tiempos de Filipo y Alejandro; y que los Oropenses conserven Oropo
como ahora hacen. Sin embargo restituimos Samos a los Atenienses,
porque nuestro padre Filipo antes entregó la isla a aquellos.
Permítase que todos los Griegos aprueben una ley: que nadie
tome las armas o haga cosa alguna contra nosotros; por otra parte,
que quienes lo hagan sean desterrados y privados de todos sus bienes.
Y hemos ordenado que Poliperconte dirija estos y todos los demás
negocios; que todos le obedezcan en lo que os hemos escrito antes,
porque a aquellos que ejecuten lo contrario a lo que hemos prescrito,
no les concederemos un ulterior perdón”.
Siendo este decreto
transmitido a todas las ciudades, Poliperconte escribió a Argos
y al resto de sus ciudades, ordenándoles: que todos los que
ostentaren algún mando en la comunidad bajo Antípatro
serían a partir de ahora desterrados; y que algunos fueran
condenados a muerte y sus haciendas confiscadas; que, siendo reducidos
a la extrema necesidad, no tuvieran capacidad para ayudar a Casandro.
Envió cartas asimismo a Olimpiade, madre de Alejandro, quien
estaba entonces en Epiro, por temor a Casandro, rogándole que
regresara con toda rapidez a Macedonia y tomara a su cuidado y cargo
al pequeño hijo de Alejandro, hasta que fuera mayor de edad
y capaz de asumir por sí el gobierno de los asuntos. Escribió
además a Eumenes, para ligarlo a los intereses de los reyes
y para que no se confabulara de ninguna manera con Antígono;
pero le dio a elegir, si volvía a Macedonia para unirse a él
en la tutela de los reyes, o permanecer en Asia y recibir hombres
y dinero de ellos para hacer la guerra a Antígono, quien abiertamente
se había declarado rebelde contra los reyes, quienes sin duda
le restituirían en la provincia de la que Antígono le
había forzado a irse, así como todos los demás
privilegios y ventajas que alguna vez en cualquier momento hubiera
disfrutado antes en Asia. Y además declaró que Eumenes
llegaría a estar por encima de todos los demás en la
tutela de la familia real, en concordancia con todas aquellas demostraciones
suyas de lealtad, que había hecho en sus últimas acciones
en nombre de los reyes; y si se encontraba carente de fuerzas, él
mismo, junto con los reyes, acudiría a Asia con todo el ejército.
Estos fueron los sucesos de este año.
Notas..