- Poliperconte
solicita a Eumenes ayudar a los reyes.
- Prudencia de Eumenes entre los generales Macedonios.
- Ptolomeo manda a los generales y a otros no auxiliar a Eumenes.
- Antígono planea asesinar a Eumenes; el cual marcha
a Fenicia.
- Nicanor engaña a los Atenienses y aún conserva
Muniquia y subrepticiamente se apodera del Pireo.
- Ordenanza de Olimpia de entregar el Pireo y Muniquia a los
Atenienses; pero Nicanor va difiriendo cumplirla.
- Alejandro, hijo de Poliperconte, entra en Atenas; se pone
de acuerdo secretamente con Nicanor, y enfada a los Atenienses.
- Firme conducta de Foción en su juicio; es condenado
y ejecutado. Casandro llega al Pireo.
- Poliperconte viene contra él, pero se retira.
- Asedia Megalópolis, pero es vencido y sus elefantes
destrozados mediante una estratagema.
- Combate naval entre Clito y Nicanor. Nicanor derrotado.
- Clito después es vencido por Nicanor, y asesinado en
su huída a Macedonia.
- Antígono va tras de Eumenes.
- Eumenes cerca de perder su ejército por la rotura de
un dique en Babilonia. Las ciudades Griegas se rebelan por Casandro.
- Los Atenienses hacen la paz con él. Mata a Nicanor.
|
Siendo
Arquipo arconte en Atenas, y Quinto Elio y Lucio Papirio cónsules
en Roma, las cartas de Poliperconte fueron entregadas a Eumenes poco
después de su salida de la fortaleza (de Nola), en las cuales,
además de lo que se ha declarado antes, se decía también:
que los reyes, por su magnificencia, le entregaban quinientos talentos,
para recuperar las pérdidas que últimamente había
sufrido, y que habían enviado cartas a los gobernadores y tesoreros
de Cilicia para que le pagaran quinientos talentos y otros dineros
para hacer frente a otros gastos, ya fuere para reclutar soldados,
ya para cubrir cualquier otra necesidad. Y que habían dispuesto
que mil Argyraspides Macedonios, con sus oficiales, se sometieran
a sus órdenes y que le sirvieran en toda ocasión prestos
y de buen ánimo, pues era nombrado general, con pleno y absoluto
poder y autoridad, sobre toda Asia. Le llegaron asimismo cartas de
Olimpiade, por las que con seriedad le rogaba que les ayudara a ella
y a los reyes, porque él era el único que permanecía
como el más leal de todos los amigos que tenían, que
podía aliviar el desolado estado y condición de la familia
del rey. Asimismo deseaba que le aconsejara: si era mejor para ella
permanecer aún en Epiro (y no confiar en aquel que reclamaba
la tutela de los reyes, pero que en verdad buscaba reinar), o bien
regresar. Entonces Eumenes le respondió inmediatamente: que
consideraba lo más aconsejable para ella en el momento presente
continuar en Epiro, hasta que la guerra hubiese terminado; que él
mismo estaba decidido a ser siempre leal y constante en su afecto
y servicio a los reyes, y no unirse finalmente a Antígono,
quien estaba aspirando a obtener el reino; y que porque el hijo de
Alejandro, por razón de la terneza de su edad y la ambición
de los generales, estaba necesitado de ayuda, entendía su deber
exponerse a los mayores peligros para la conservación de los
reyes.
Al instante ordenó a todos sus soldados levantar el campamento
y partir de Capadocia, teniendo con él unos cinco mil caballos
y más de veinte mil infantes, porque no tenía tiempo
de esperar la lenta marcha de aquellos que habían prometido
unirse con él, ya que un gran ejército de Antígono
(bajo el mando de Menandro (19)
) estaba cerca y ahora no era seguro para él
permanecer en Capadocia, siendo un enemigo declarado de Antígono.
Pero, aunque este ejército llegó tres días demasiado
tarde (y así perdió su oportunidad), sin embargo decidieron
no perseguir a las tropas de Eumenes, sino que, no pudiendo alcanzarlo,
regresar a Capadocia, porque Eumenes, yendo a marchas forzadas, al
poco llegó al monte Tauro e ingresó en Cilicia. Ahí
Antígenes y Tautamo, los capitanes de los Argyraspides, con
sus amigos (en obediencia a las cartas de los reyes) se encontraron
con Eumenes, después de una larga y tediosa marcha, y alegres
le felicitaron por haber salido inesperadamente airoso de sus grandes
apuros, prometiéndole estar prestos a sus órdenes en
toda ocasión. Allí se encontró también
con unos tres mil Argyraspides procedentes de Macedonia, con grandes
demostraciones de afecto y aprecio. Este cambio súbito y casi
increíble era objeto de la admiración de todo el ejército,
cuando consideraban cómo los reyes y los Macedonios (poco antes)
habían condenado a Eumenes y a todos sus partidarios a muerte,
y ahora, habiendo olvidado la sentencia pronunciada contra él,
no sólo lo perdonaban, sino que le prometían el más
alto mando en todo el reino. Y no fue sin justa causa, que aquellos
que consideraban maravillosos los cambios que afectaron a Eumenes
quedaran así impactados, porque ¿quiénes que
observan los diferentes acontecimientos en el curso de la vida de
un hombre no se asombrarían ante los varios cambios y giros
de la fortuna, primero a un lado, y luego al otro?; ¿o quiénes,
confiando en el presente auxilio de un destino próspero, se
dejarían por esto llevar hasta el punto de olvidar la debilidad
de la naturaleza humana?. Porque la vida de todo hombre (dispuesta
y ordenada como está por la providencia de alguno de los Dioses)
ha sido moldeada con alternativos cambios hacia lo bueno y lo malo
en todas las épocas del mundo. De modo que es maravilloso que
no sólo lo que es extraño e inexplicable, sino que incluso
cada cosa que ocurre, sea sorprendente e inesperada. Por tanto ¿quién
puede valorar suficientemente la historia?. Porque, por la variedad
y mutación de los sucesos en ella representados, se muestra
la imprudencia del orgullo del afortunado y el sufrimiento y miseria
del desventurado. Las cuales cosas considerando sabiamente Eumenes,
y sopesando con antelación la inestabilidad de la fortuna,
manejó sus asuntos con la mayor cautela y prudencia. Porque
pensando para sí que era sólo un extranjero (20)
y que no tenía derecho al poder y autoridad real,
y que los Macedonios (que ahora estaban bajo su mando) no mucho antes
le habían condenado a muerte, y que los generales y capitanes
estaban todos henchidos de ambiciosos proyectos, concibió que
en poco tiempo sería menospreciado y envidiado, y que al final
sería arrastrado a una situación peligrosa para su misma
vida, porque nadie tiene deseos de someterse a las órdenes
de aquellos a los que han considerado sus inferiores, ni de ser dirigidos
por aquellos que buscan preferentemente estar bajo el mando de otros
que no sean ellos mismos. Ponderando por tanto seriamente estas cosas
en su mente, en primer lugar rechazó aceptar los quinientos
talentos que le habían los reyes concedido en sus cartas para
restituir sus anteriores pérdidas, conformándose con
lo imprescindible, porque dijo: que no necesitaba tan alta suma de
dinero, considerando que no pretendía el principado allí,
y que aquello de lo que ahora disponía no era por su voluntad,
sino obligado por los reyes para cumplir el presente servicio. Para
concluir, dijo: que por causa de las continuas fatigas de la guerra
estaba tan cansado, que no podía soportar aquellas privaciones
y retiradas de un lugar a otro, a cada cual más distante, y
especialmente porque un extranjero que no tenía derecho al
mando y que por ley estaba excluido de la autoridad tenía que
ser ejecutado por aquellos que eran de la misma nación que
los Macedonios. Por eso dijo: que se le había manifestado una
maravillosa aparición en sus sueños, que juzgó
muy necesario contarles a todos, porque podía (a su juicio)
contribuir mucho a promover la paz, la concordia y el bien público.
Declaró que en su sueño Alejandro, el último
rey, parecía manifestársele (en la apariencia que tenía
vivo), adornado con los vestidos reales y sentado en su trono, impartiendo
instrucciones a los generales y disponiendo y manejando (como hacía
en vida) todos los asuntos y negocios del reino. “Por tanto”,
dice, “soy de la opinión de que un trono de oro debería
ser fabricado a cargo del tesoro del rey, en el que se colocaría
la diadema, el cetro, la corona y todas las restantes insignias de
la realeza, y que al amanecer todos sus capitanes le ofrecerían
sacrificios, y, permaneciendo en pie cerca del trono todos juntos,
recibirían las órdenes en nombre del rey, como si estuviera
vivo y al frente del gobierno”. Todos quedaron muy complacidos
con lo que dijo; y por tanto se preparó al poco todo lo necesario
para ello, porque el tesoro del rey era muy rico. Y este majestuoso
trabajo fue inmediatamente terminado y el trono levantado, donde se
colocó la diadema, el cetro y las armas que solía llevar.
Entonces erigió un altar con fuego sobre él, en el que
todos los capitanes, uno tras otro, quemaron incienso (tomado de un
cofre dorado) y otros perfumes caros y fragantes y adoraron a Alejandro
como a un dios. Después de esto se dispusieron un gran número
de asientos, en los que los generales y capitanes se sentaron juntos,
y allí consultaron y debatieron todos los asuntos importantes
y trascendentes. Eumenes entretanto comportándose con igual
respeto y deferencia para con todos los capitanes en todos los consejos
públicos y tratándolos de forma amable y cortés,
no sólo evitó los ataques de envidia, sino también
se ganó desde entonces sus corazones. Gracias a esta misma
treta (mediante el predominio de la superstición en lo concerniente
al rey) levantó tanto las esperanzas y expectativas de todo
el ejército, como si algún Dios fuera a ser su general.
De la misma manera se comportó con los Argyraspides, y por
ende se ganó su favor, de tal manera que lo consideraron digno
de ser el protector de los reyes.
Entonces eligió a las personas más adecuadas de entre
sus amigos y les proveyó de grandes sumas de dinero para que
las emplearan en reclutar soldados por todas partes a cambio de una
alta soldada. Con lo cual algunos de ellos fueron al instante a Pisidia,
Licia y países vecinos, y diligentemente llevaron a la práctica
lo que les había sido ordenado. Otros fueron a Cilicia, y otros
a Celerisia y Fenicia, y otros navegaron a las ciudades de Chipre.
Extendiéndose la noticia de este reclutamiento de soldados,
y sabido qué gran estipendio era ofrecido, muchos acudieron
desde las ciudades de Grecia y dieron sus nombres para este servicio,
de modo que en poco tiempo tenía reclutados más de diez
mil infantes, dos mil caballos, además de los Argyraspides
y de aquellos que habían venido con él.
Siendo las fuerzas de Eumenes así súbitamente incrementadas
hasta un número increíble, Ptolomeo llegó con
la flota a Zaphyrium, en Cilicia, y mandó a algunos comandantes
a que solicitaran a los Argyraspides que no estuvieran con Eumenes,
al que todos los Macedonios habían condenado a muerte. Asimismo
envió legados a los oficiales de la guarnición sita
en Quinda (21),
manifestándoles que no ayudaran a Eumenes con ningún
dinero y que él les prestaría apoyo. Pero nadie atendió
a sus palabras, porque los reyes, su tutor Poliperconte y Olimpíade,
la madre de Alejandro, les habían escrito ordenándoles
ser obedientes en todo a Eumenes, como general en jefe y general del
reino.
Pero de todos los demás, Antígono era el más
disgustado e incomodado por la promoción y progreso de Eumenes,
porque lo veía como al más poderoso enemigo que le había
sido puesto enfrente por Poliperconte, pues había abandonado
a los reyes. Por tanto decidió acabar con él mediante
alguna estratagema. Para este fin empleó a uno de sus amigos,
Filotas, y le entregó cartas para los Argyraspides y para el
resto de los Macedonios (que estaban pro Eumenes) y envió con
él a treinta Macedonios (que eran astutos y de verbo fácil)
con instrucciones de que tuvieran trato con Antígenes y Tautamo,
los capitanes de los Argyraspides, en privado y aparte, para destruir
a Eumenes, prometiéndoles grandes premios y extensas provincias,
y de que asimismo trataran con sus conciudadanos y conocidos entre
los Argyraspides y con sobornos los atrajeran para acabar con Eumenes.
Pero no pudieron convencer a nadie salvo a Tautamo, uno de los capitanes
de los Argyraspides, quien corrompido mediante sobornos, prometió
no sólo hacerlo él, sino además convencer a su
colega Antígenes para ejecutar este vil proyecto. Pero Antígenes,
siendo un hombre prudente y leal, no sólo se negó, sino
que convenció al que antes se había dejado corromper
para que mudara de propósito, porque le dijo que era más
oportuno que Eumenes viviera que Antígono, pues, siendo ya
poderoso, cuando se hiciera más poderoso aún, les confiaría
todo lo que no tocara al gobierno y les daría esto a los amigos
suyos que quisiera; pero en cuanto a Eumenes, siendo sólo un
extranjero, no osaría aspirar a la autoridad soberana, sino
que estaría contento con su mando actual y para ganar su favor
les confiaría sus provincias e incluso más. Y de esta
manera todos los proyectos contra Eumenes se vieron frustrados y dejados
en nada. Entretanto entregando Filotas una carta de Antígono
a los comandantes, escrita para todos los capitanes y soldados en
general; los Argyraspides y los demás Macedonios se reunieron
a espaldas de Eumenes y se ordenó que les fuera leída
públicamente. En la misiva se lanzaban acusaciones contra Eumenes,
y aconsejaba a los Macedonios apoderarse inmediatamente de él
y ejecutarlo, y si no lo hacían, acudiría al instante
y caería sobre ellos con todo su ejército y les impondría
ejemplar justicia por su desobediencia. En oyendo el contenido de
estas cartas, los Macedonios y sus capitanes se alarmaron mucho, porque
una de las dos alternativas era inevitable: o incurrir en el vengativo
desagrado de Antígono por adherirse a los reyes, o ser castigados
por Poliperconte y los reyes por obedecer las órdenes de Antígono.
Mientras todos los soldados estaban distraídos en estos pensamientos,
Eumenes acudió a ellos y escuchando las cartas leídas,
les aconsejó obedecer las órdenes de los reyes, y no
tener ninguna consideración por un rebelde abiertamente declarado,
y, habiendo pronunciado muchas cosas adecuadas a la presente ocasión,
no sólo evitó el real e inminente peligro, sino también
atraer a todos los soldados a él en un más firme lazo
de afecto y deber, que el que nunca antes hubieran tenido. Y así
este hombre, que de nuevo se veía una vez más envuelto
en peligros insuperables, sin embargo era tan maravillosamente afortunado,
como para fortalecerse por ello más. Ordenando, por tanto,
a su ejército marchar, se dirigió a Fenicia e intentó
adquirir barcos de todas las ciudades marítimas por las que
iba pasando, con ánimo de procurarse una poderosa flota, con
la que, con base en Fenicia, pudiera adueñarse del mar, tener
cuantas fuerzas quisiera y poder trasladar con seguridad a Poliperconte
en cualquier momento de Macedonia a Asia contra Antígono. Para
este fin por tanto continuó en Fenicia.
Mientras estas cosas estaban acaeciendo, Nicanor (quien ocupaba Muniquia)
oyendo que Casandro había abandonado Macedonia y se había
ido junto a Antígono, y que Poliperconte era esperado en el
Ática con su ejército de un momento a otro, solicitó
encarecidamente a los Atenienses que se mantuvieran firmes en sus
sentimientos a favor de Casandro. Pero cuando nadie consintió
en aquello que era deseado, sino que todos se inclinaban más
bien por que la guarnición se marchara con toda rapidez, al
principio persuadió al pueblo con amables palabras para que
se estuvieran quietos unos pocos días, porque él haría
luego lo mejor para el bien de la ciudad. Pero después de que
los Atenienses hubieran permanecido tranquilos unos días, de
noche, en secreto, introdujo poco a poco soldados en Muniquia, de
modo que ahora había congregado una fuerza suficiente para
defender el lugar y oponerse a aquellos que tenían el propósito
de asediarlo.
A continuación, los Atenienses, percibiendo que Nicanor no
tenía en mente hacer nada de lo que dijo para beneficio y salvación
de la ciudad, enviaron un mensajero al rey y a Poliperconte, solicitando
su ayuda, en base al tenor de sus cartas, según las cuales
restauraban a los Griegos su libertad. Entonces celebraron frecuentes
asambleas y consultas entre sí sobre cómo dirigir la
guerra contra Nicanor, y, mientras estaban ocupados en estos asuntos,
Nicanor sacó a muchos de sus mercenarios secretamente durante
la noche y se apoderó de las murallas del Pireo y la entrada
del puerto. Los Atenienses por tanto se sintieron enojados en su corazón,
al ver cómo eran engañados y defraudados en lo concerniente
a Muniquia, y que además habían perdido incautamente
el Pireo. Enviaron por eso a algunas de las personas de mayor estatus,
como los íntimos amigos de Nicanor, esto es, Foción,
el hijo de Foco, Conón, el hijo de Timoteo y Clearco, el hijo
de Nasicles, como legados ante Nicanor para debatir sobre los últimos
acontecimientos, que se habían producido entre ellos, requiriéndole
que les permitiera disfrutar de sus leyes y libertades, conforme al
último edicto dictado en ese sentido. A lo cual respondió
que debían acudir a Casandro, pues estaba encargado por él
de dirigir la guarnición y no tenía poder para tratar
de ello por él.
Hacia este tiempo llegó una carta de Olimpíade a Nicanor,
ordenándole entregar Muniquia y el Pireo a los Atenienses.
Él, entendiendo que los reyes y Poliperconte habían
llamado de regreso a Olimpíade a Macedonia, le habían
confiado el cuidado y tutela del joven hijo de Alejandro y le habían
devuelto a su antiguo estado y dignidad (el mismo que tenía
cuando estaba Alejandro vivo), le prometió, simplemente por
miedo, que restituiría esos lugares, pero siempre ideaba alguna
excusa creíble y así fue posponiendo el asunto. Los
Atenienses en los tiempos pasados habían sentido alguna vez
una gran estima por Olimpíade, y ahora proponiendo (conforme
a la realidad de sus sentimientos) celebrar aquellos públicos
honores que le habían sido decretos (y esperando que las libertades
de la ciudad les serían por ella totalmente restauradas y puestas
fuera del alcance de ningún futuro peligro) estaban muy contentos
y extremadamente complacidos.
Entretanto, no siendo cumplidas las promesas de Nicanor, Alejandro,
el hijo de Poliperconte, acudió con un ejército a Ática.
Los Atenienses de hecho pensaban que venía a restaurarles Muniquia
y el Pireo, pero el caso fue el contrario, porque se apoderó
de ambos lugares para aprovecharlos en la guerra. Porque algunos que
habían sido amigos de Antípatro (y entre ellos Foción),
temiendo alguna pena conforme a las leyes, se encontraron con Alejandro,
y, aconsejándole qué hacer, le persuadieron para que
retuviera las fortalezas en sus propias manos y no devolverlas a los
Atenienses hasta que la guerra contra Casandro estuviera concluida.
Por tanto Alejandro acampó en el Pireo y no permitió
a los Atenienses tratar con Nicanor, sino que, mediante contactos
separados con él y secretas y privadas negociaciones entre
ellos, le dio manifiestos indicios de la ofensa causada a los Atenienses.
El pueblo por tanto se reunió en una asamblea general y depusieron
a los actuales magistrados y nombraron como tales a los más
favorables a la democracia y condenaron a aquellos que favorecían
a la oligarquía, a unos a muerte, a otros al destierro y confiscación
de sus bienes, entre los cuales estaba Foción, quien ostentaba
el mando supremo en tiempos de Antípatro.
Siendo estos obligados a partir de la ciudad, huyeron junto a Alejandro
el hijo de Poliperconte y se esforzaron en ganarse su ayuda para su
salvación. Alejandro amablemente los recibió y escribió
en su nombre a su padre para proteger a Foción y a sus amigos
como personas que favorecían los intereses de Poliperconte
y que se dedicaban prestos a procurar su ayuda en todos sus problemas.
Los Atenienses asimismo mandaron una embajada a Poliperconte para
acusar a Foción y solicitar la devolución de Muniquia
y la restauración de sus antiguas leyes y libertades. Poliperconte
de hecho albergaba un gran deseo de retener el Pireo, porque este
puerto podía ser de de mucho momento e importancia en la ejecución
de la guerra, pero se avergonzaba de actuar contrariamente al edicto
divulgado por él mismo. Y, temiendo que los Griegos lo abandonaran
si se comportaba deshonrosamente con esta ciudad, que era la metrópolis,
cambió de opinión. Habiendo por tanto escuchado a los
embajadores, despidió cortésmente a los embajadores
de Atenas con una respuesta amistosa, pero se apoderó de Foción
y de sus amigos y los devolvió encadenados a Atenas, concediendo
el poder al pueblo de perdonarlos o de condenarlos a la última
pena. Con lo cual, siendo convocada una asamblea general en Atenas,
se pronunció un veredicto de pena capital sobre Foción
y el resto de los acusados. Esto fue apoyado por aquellos que habían
sido desterrados bajo Antípatro y por otros que no favorecían
esa clase de gobierno. Ambos grupos urgieron con firmeza a que los
condenaran a muerte.
La sinopsis de la acusación era esta: que después de
la guerra Lamia, se esforzaron en su mayor parte en esclavizar a su
patria, abolir la democracia y las antiguas leyes. Asignado un tiempo
a los acusados para que defendieran su causa, Foción comenzó
a hablar por sí mismo, pero el pueblo tumultuosamente gritó
contra todo lo que decía y rechazó su defensa, de modo
que el acusado no sabía qué camino tomar. Cuando cesó
el tumulto, Foción empezó de nuevo a hablar, por lo
que toda la multitud armó gritería, con el propósito
de que cuanto decía no pudiera escucharse, porque el pueblo
llano (habiendo sido recientemente excluido de cualquier clase de
participación en la dirección del gobierno y ahora finalmente
restituido en su derecho más allá de lo esperado) albergaban
un inveterado odio contra aquellos que habían privado a los
ciudadanos de sus leyes y libertades.
Mientras Foción estaba así abrumado e incluso en una
situación desesperada, luchando por conservar su vida, aquellos
que estaban cerca de él apreciaron la justicia y equidad de
su causa, pero aquellos que estaban lejos no pudieron escuchar nada
por el ruido y clamor que originaba la tumultuosa muchedumbre, sino
que sólo discernían los temblorosos movimientos de su
cuerpo, producidos por el inevitable peligro que parecía cernirse
sobre él. Al final, Foción, desesperando de su salvación,
gritó alto deseando que le condenaran a muerte, pero que perdonaran
al resto.
Pero siendo fiero e inexorable el pueblo llano, algunos de los amigos
de Foción se pusieron en pie para defenderlo. Con lo cual el
pueblo se quedó quieto un rato y atendió a lo que dijeron
a lo primero, pero cuando entraron a exponer los argumentos en apoyo
de su inocencia, fueron rechazados con clamores tumultuosos y contradictorios.
Siendo al final todos condenados por la unánime voz del pueblo,
fueron arrastrados a la cárcel para ser allí ejecutados
y fueron seguidos por muchos hombres honestos y discretos, que se
lamentaban profundamente de su condición y de la enormidad
de su miseria, porque considerando seriamente la inconsistencia de
la fortuna humana, atemorizaba a muchos ver que magistrados y personas
de eminente estatus y hombres que habían ejecutado muchos actos
de bondad a lo largo de su vida, no tendrían libertad de defenderse
ni por otra parte disfrutarían del amparo de la ley. Pero estando
muchos de la multitud indignados contra Foción sin piedad,
incluso destrozaron su corazón con burlas y desdenes y amargamente
le censuraron por la miseria de su presente situación. Porque
el odio, que es reprimido hacia hombres mientras están en prosperidad,
cuando estos se encuentran en la adversidad, estalla con ira contra
ellos, y se hace salvaje e implacable. Siendo por tanto condenados
todos a muerte (según la costumbre del país) mediante
la ingesta de una poción de cicuta, todos sus cuerpos fueron
tirados insepultos, fuera de las fronteras y límites del Ática.
Y este fue el fin de Foción y de otros que sufrieron la misma
calamidad con él.
Después de esto, Casandro, habiendo conseguido treinta y cinco
barcos y cuatro mil hombres, navegó al Pireo y siendo recibido
por Nicanor, gobernador de la fortaleza, se apoderó del Pireo
y del puerto, pero Nicanor retuvo para sí Muniquia, con fuerzas
suficientes para defender el lugar. En este tiempo Poliperconte y
los reyes estaban en Fócide, donde, siendo informados del desembarco
de Casandro en el Pireo, Poliperconte marchó al Ática
y acampó cerca del Pireo. Tenía con él veinte
mil infantes Macedonios, cuatro mil aliados, mil caballos y sesenta
y seis elefantes. Decidió por tanto sitiar a Casandro. Pero
como las provisiones eran escasas, y el asedio probablemente iba a
ser largo y tedioso, se vio obligado a dejar tantos soldados en el
Ática como el país pudiera sostener al mando de Alejandro
y él mismo marchó al Peloponeso con la mayor parte del
ejército para someter Megalópolis a la obediencia de
los reyes. Porque sus habitantes, estando a favor de la oligarquía,
apoyaban a Casandro. Mientras Poliperconte estaba ocupado en estos
asuntos, Casandro navegó con su flota a las islas del Egeo
y las hizo unirse a él, pero a los de Salamina (que le eran
desafectos) les puso sitio y estando bien provisto de hombres y armas,
los atacó varios días seguidos y los redujo a una situación
muy extrema. Pero cuando la ciudad estaba cerca de ser tomada al asalto,
Poliperconte envió una considerable fuerza, marítima
y terrestre, para atacar a los sitiadores. Alarmado ante su aproximación
Casandro, levantó el asedio y navegó de vuelta al Pireo.
Entonces Poliperconte pasó al Peloponeso para poner en orden
los asuntos allí para el servicio y beneficio de los reyes.
Llegando allí convocó al senado y les habló sobre
su incorporación a sus tropas como aliados en la guerra. Envió
asimismo comisionados a las ciudades con instrucciones de condenar
a muerte a aquellos que habían sido nombrados magistrados en
un régimen oligárquico por Antípatro y devolver
al pueblo sus antiguas leyes.
Muchos obedecieron la orden, de modo que mientras ejecuciones y destierros
colmaban las ciudades, aquellos que favorecieron al partido de Antípatro
fueron arruinados y destruidos. Y siendo los gobiernos democráticos
restaurados a sus antiguas formas, todos se unieron a Poliperconte.
Los de Megalópolis fueron los únicos que permanecieron
firmes pro Casandro, y por tanto decidió asediar la ciudad.
Los Megalopolitanos oyendo lo que estaba decidido por Poliperconte,
ordenaron mediante público decreto que todas las cosas que
estuvieran en los campos fueran llevadas adentro de la ciudad. Luego
haciendo recuento de sus fuerzas, se encontraron con que entre ciudadanos,
extranjeros y esclavos eran quince mil los que podían llevar
armas. Por tanto encuadraron de inmediato a algunos en regimientos
y a otros los pusieron a trabajar en fortificaciones y a otros les
asignaron la misión y encargo de guardar las murallas, de modo
que a una y al mismo tiempo unos eran empleados en cavar profundos
fosos alrededor de la ciudad, otros en acarrear tierra de los campos,
y otros reparar y recomponer las brechas en las murallas. Otros fabricaban
armas y otros estaban ocupados en elaborar dardos e ingenios artilleros,
de modo que los peligros que les amenazaban y la imprudencia de los
habitantes pusieron en acción a toda la ciudad. Porque la grandeza
del ejército del rey y la maravillosa fuerza de los elefantes
que le seguían era conocida en todos los lugares. Y estaban
listas y preparadas todas las cosas, cuando Poliperconte vino con
todo su ejército y acampó cerca de la ciudad, dividiendo
sus fuerzas en dos campamentos, uno de Macedonios y otro de aliados.
Y luego acercó torres de madera a las murallas, de tal altura
como para sobrepasarlas. En las cuales torres fueron situados hombres
con toda suerte de armas y con estos medios ahuyentó a los
que estaban colocados en los baluartes.
Entretanto, siendo las murallas minadas y los apoyos y soportes incendiados,
tres de las más grandes torres fueron destruidas, con ruina
de igual número de torres situadas entre ellas. Esta gran y
súbita destrucción hizo que los Macedonios gritaran
y la sorpresa del suceso asombró a los sitiados. Y ahora los
Macedonios se lanzaron a través de la brecha al interior de
la ciudad y los Megalopolitanos, antes divididos en banderías,
ahora todos a una (teniendo la ventaja de la dificultad del lugar,
a raíz de los escombros caídos) se unieron y valientemente
soportaron el ímpetu del ataque del enemigo y lo rechazaron.
Luego llevaron a cabo otra obra de tierra para tapar la brecha. Y
trabajando noche y día sin descanso levantaron otra muralla
entre ellos y el enemigo, la cual fue en poco completada, porque estando
provistos de todo lo que era necesario y disponiendo de mucha mano
de obra los Megalopolitanos pronto repararon los daños sufridos.
En cuanto a aquellos que les atacaban desde las torres de madera,
los incomodaron con sus ingenios de artillería y con dardos
y piedras disparadas con sus arcos y hondas, hostigando e hiriendo
a muchos de sus enemigos. Después que muchos fueran muertos
y heridos por ambas partes, al anochecer, Poliperconte tocó
retirada y devolvió a sus hombres al campamento.
Al día siguiente, apartó los escombros de delante de
la brecha, abrió un camino para los elefantes, porque pensaba
que merced a la fuerza de estas criaturas conseguiría penetrar
en la ciudad. Pero los Megalopolitanos, gracias a la ayuda y consejo
de Damides (quien en las guerras bajo el mando de Alejandro había
aprendido por experiencia la naturaleza y uso de los elefantes) sorprendieron
al enemigo, porque, haciendo uso de su propia capacidad y diligencia
frente a la fuerza y violencia de las bestias, hicieron inútiles
los fuertes cuerpos de los animales. Porque en un gran número
de tablones clavaron afiladas púas y luego los esparcieron
aquí y allí en profundos fosos cubiertos con tierra,
de modo que así las puntas de las púas no pudieran ser
vistas y a continuación dejaron sobre esos lugares un paso
para ir a la ciudad. Pero a la vez no se toleró que soldado
alguno permaneciera frente al enemigo, sino que situaron un gran número
de lanzadores de dardos, arqueros e ingenios de artillería
en los flancos.
Habiendo por tanto limpiado Poliperconte el lugar, y aproximándose
a continuación con la multitud de sus elefantes, un inesperado
desastre los golpeó, porque, no apareciendo nadie de frente
que se les opusiera, los Indios encaminaron a las bestias hacia el
interior de la ciudad, las cuales, por el gran peso de sus cuerpos
pisaron las púas, de modo que sus pies quedaron heridos e incluso
atravesados, y se encontraron en tal situación que ni podían
avanzar ni retirarse. Y además, siendo arrojados desde los
flancos una rociada de toda clase de dardos y proyectiles, algunos
Indios fueron asesinados y otros heridos de tal manera que quedaron
incapacitados para ulterior servicio.
Entretanto los elefantes (por causa de la multitud de dardos y de
las heridas inesperadas e inusuales inferidas por las púas)
eran tan cruelmente atormentados que se vieron forzados a volverse
atropellando a sus propios hombres y aplastaron a muchos bajo sus
pezuñas. Al final cayeron los más fuertes y formidables
de entre ellos, y otros quedaron incapacitados, y algunos mataron
a muchos de sus propios hombres.
A raíz de este éxito los Megalopolitanos estaban muy
animados; Poliperconte deseaba no haber nunca iniciado el asedio,
y, como no podía permanecer más tiempo allí,
dejó parte de su ejército para que continuara el bloqueo
y él mismo se aplicó a negocios más urgentes.
Entonces contactó con Clito el almirante, ordenándole
que con su flota permaneciera frente a las costas del Helesponto,
impidiera el cruce de tropas de Asia a Europa y se uniera a Arrideo,
quien había huido a la ciudad de los Ganianos, por ser enemigo
de Antígono. Después que hubo navegado a través
del Helesponto y entrado en las ciudades de la Propóntide,
fortaleció sus tropas con las de Arrideo. Nicanor, el gobernador
de Muniquia, por otra parte, siendo enviado con toda la flota por
Casandro, navegó a aquellas tierras en que estaba Clito. Se
unió asimismo a la flota de Antígono, de modo que dirigía
una flota de más de cien navíos.
Entonces se produjo una batalla naval cerca de Bizancio, en la que
Clito resultó vencedor y hundió diecisiete de los barcos
enemigos y capturó no menos de cuarenta, junto con todas sus
tripulaciones. El resto entró en el puerto de Calcedonia. Habiendo
así vencido Clito, imaginó que por causa de tan grandes
pérdidas el enemigo no osaría de nuevo entablar combate
en el mar.
Pero Antígono, teniendo noticia de esta derrota de la flota,
la compensó rápidamente gracias a su trabajo y admirable
dirección. En efecto, habiendo enviado varios navíos
de transporte de los Bizantinos durante la noche, en los cuales puso
lanzadores de dardos, honderos y otros hombres armados a la ligera,
suficientes para el proyecto en curso, los transportó de noche
a la otra orilla. Estas tropas, atacando al enemigo en tierra antes
del amanecer (los cuales habían dejado sus barcos y estaban
allí acampados) llenaron a Clito y a sus hombres de terror
y sorpresa. Estos, tomados por este súbito miedo y alarma,
embarcaron en sus naves, de modo que por causa de su bagaje y la multitud
de sus prisioneros, se produjo un gran tumulto y desorden.
Entretanto Antígono había preparado algunos barcos de
guerra y embarcado en ellos a muchos de sus mejores infantes y les
ordenó que atacaran valientemente al enemigo, porque con seguridad
iban a vencer. Por consiguiente acudieron de noche con Nicanor y hacia
el amanecer cayeron súbitamente sobre el enemigo, aún
en confusión, y al primer ataque los pusieron en fuga. Algunos
de los barcos del enemigo los hicieron trizas con sus espolones y
cortaron los remos de otros. Algunos fueron capturados sin lucha,
siendo entregados por los hombres de abordo. Al final todos los demás
(salvo el buque del almirante) cayeron en sus manos. Clito abandonó
su barco, desembarcó y decidió salvarse yendo a Macedonia.
Pero en su camino fue capturado por algunos soldados de Lisímaco
y asesinado.
La reputación de Antígono de perito y prudente en el
manejo de los negocios militares aumentó mucho gracias a esta
destacable victoria. Desde entonces se aplicó con serio interés
para ser el dueño del mar y (sin ningún tipo de duda)
alcanzar la soberanía de Asia. Para este fin eligió
de entre todo su ejército a veinte mil infantes y cuatro mil
caballos de sus más vigorosos hombres y partió para
Cilicia con ánimo de destruir a Eumenes antes de que se hiciera
demasiado poderoso. Pero sabiendo Eumenes del fuerte temperamento
de Antígono, marchó a Fenicia para recuperarla a favor
de los reyes, los cuales habían sido privados de esta provincia
injustamente por Ptolomeo. Pero no teniendo oportunidad para ejecutar
lo que había proyectado, abandonó Fenicia y marchó
con su ejército a través de Celerisia para invadir las
provincias superiores. Después perdió a algunos de sus
hombres a orillas del Tigres, por un ataque nocturno dirigido contra
él por algunos de los habitantes. De la misma manera fue atacado
en la provincia de Babilonia por Seleuco cerca del río Eúfrates
y estuvo en gran peligro de perder todo su ejército, porque
en ese lugar merced a la rotura de un dique del río todo su
campamento estuvo a punto de ser inundado y sumergido. Pero poniendo
su ingenio a trabajar huyó a una elevación de tierra
y desviando el agua hacia otra dirección se salvó a
sí y a su ejército.
Y así más allá de lo esperado escapó de
Seleuco y entró en Persia con quince mil infantes y mil trescientos
caballos. Habiendo dado descanso a sus soldados después de
todas sus dificultades y trabajos, envió a los gobernadores
y oficiales de las provincias superiores que le proveyeran de más
hombres y dinero. Y en este estado estaban los negocios de Asia este
año.
Pero en cuanto a Europa, después de las pérdidas e infortunios
de Poliperconte en Megalópolis, muchos de las ciudades Griegas
se rebelaron contra los reyes en favor de Casandro. Y porque los Atenienses
no pudieron deshacerse de la guarnición ni con la ayuda de
Poliperconte ni con la de Olimpíade, uno de sus más
eminentes ciudadanos dijo valientemente en la asamblea que era en
interés de la ciudad aproximarse a Casandro. Al principio se
produjo un gran tumulto, estando unos a favor y otros en contra de
lo dicho. Pero siendo las ventajas debatidas y reflexionadas con más
calma, por universal consenso al final fue convenido que la paz sería
firmada con Casandro, sobre las condiciones que pudieran ser obtenidas
por sus embajadores. En la consecución de lo cual (después
de algunas reuniones) los términos pactados fueron los siguientes:
que los Atenienses disfrutarían en paz de la ciudad, los territorios
y todas las ganancias, junto con el comercio y todas las demás
cosas, y que serían en lo futuro amigos y aliados de Casandro;
pero que Casandro conservaría por el momento Muniquia hasta
que fuera concluida la guerra con los reyes, y que la comunidad pagaría
un tributo de diez minas, y que un Ateniense sería nombrado
protector y guardián de la ciudad, uno del agrado de Casandro.
Con lo cual Demetrio de Falero fue elegido, el cual, siendo investido
con el cargo, mantuvo la ciudad en perfecta paz, y se comportó
muy amablemente con todos los ciudadanos.
Después de esto Nicanor dirigió su flota al Pireo, adornada
con los espolones de los barcos ganados en la última victoria.
En base al cual éxito fue al principio muy honrado por Casandro,
pero después percibiendo que se hacía más altivo
y arrogante y que aún mantenía en su poder la fortaleza
de Muniquia con sus propios soldados, sospechó que intentaba
rebelarse, y por ende le tendió una trampa y lo mató.
Luego marchó a Macedonia, donde muchos de los habitantes se
revolucionaron en su favor. Muchas asimismo de las ciudades Griegas
se inclinaron a la alianza con Casandro. Porque Poliperconte parecía
ser indolente y descuidado en el manejo de los asuntos del reino y
de los aliados. Casandro, por otra parte, se comportó con todos
con gran sencillez y se mostró trabajador en la dirección
de los asuntos públicos, de modo que se ganó a muchos
que le apoyaban en su búsqueda de la consecución de
la autoridad suprema.
Pero cuando Agatocles llegó a ser tirano de Siracusa el siguiente
año, ahora pondremos, como señalamos al comienzo, fin
a este libro, y comenzaremos el siguiente con la accesión de
Agatocles al trono y continuaremos con los asuntos propios y pertinentes
a nuestra historia.
Notas..