DIODORO

«BIBLIOTECA HISTÓRICA: LIBRO XVIII»

Traducción y adaptación "el anónimo Taranconero"

 

 

CONTENIDOS DEL LIBRO XVIII

Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en cinco partes más un índice.

Índice - Parte I - Parte II . Parte III - Parte IV. Parte V

- Poliperconte solicita a Eumenes ayudar a los reyes.
- Prudencia de Eumenes entre los generales Macedonios.
- Ptolomeo manda a los generales y a otros no auxiliar a Eumenes.
- Antígono planea asesinar a Eumenes; el cual marcha a Fenicia.
- Nicanor engaña a los Atenienses y aún conserva Muniquia y subrepticiamente se apodera del Pireo.
- Ordenanza de Olimpia de entregar el Pireo y Muniquia a los Atenienses; pero Nicanor va difiriendo cumplirla.
- Alejandro, hijo de Poliperconte, entra en Atenas; se pone de acuerdo secretamente con Nicanor, y enfada a los Atenienses.
- Firme conducta de Foción en su juicio; es condenado y ejecutado. Casandro llega al Pireo.
- Poliperconte viene contra él, pero se retira.
- Asedia Megalópolis, pero es vencido y sus elefantes destrozados mediante una estratagema.
- Combate naval entre Clito y Nicanor. Nicanor derrotado.
- Clito después es vencido por Nicanor, y asesinado en su huída a Macedonia.
- Antígono va tras de Eumenes.
- Eumenes cerca de perder su ejército por la rotura de un dique en Babilonia. Las ciudades Griegas se rebelan por Casandro.
- Los Atenienses hacen la paz con él. Mata a Nicanor.

 

Siendo Arquipo arconte en Atenas, y Quinto Elio y Lucio Papirio cónsules en Roma, las cartas de Poliperconte fueron entregadas a Eumenes poco después de su salida de la fortaleza (de Nola), en las cuales, además de lo que se ha declarado antes, se decía también: que los reyes, por su magnificencia, le entregaban quinientos talentos, para recuperar las pérdidas que últimamente había sufrido, y que habían enviado cartas a los gobernadores y tesoreros de Cilicia para que le pagaran quinientos talentos y otros dineros para hacer frente a otros gastos, ya fuere para reclutar soldados, ya para cubrir cualquier otra necesidad. Y que habían dispuesto que mil Argyraspides Macedonios, con sus oficiales, se sometieran a sus órdenes y que le sirvieran en toda ocasión prestos y de buen ánimo, pues era nombrado general, con pleno y absoluto poder y autoridad, sobre toda Asia. Le llegaron asimismo cartas de Olimpiade, por las que con seriedad le rogaba que les ayudara a ella y a los reyes, porque él era el único que permanecía como el más leal de todos los amigos que tenían, que podía aliviar el desolado estado y condición de la familia del rey. Asimismo deseaba que le aconsejara: si era mejor para ella permanecer aún en Epiro (y no confiar en aquel que reclamaba la tutela de los reyes, pero que en verdad buscaba reinar), o bien regresar. Entonces Eumenes le respondió inmediatamente: que consideraba lo más aconsejable para ella en el momento presente continuar en Epiro, hasta que la guerra hubiese terminado; que él mismo estaba decidido a ser siempre leal y constante en su afecto y servicio a los reyes, y no unirse finalmente a Antígono, quien estaba aspirando a obtener el reino; y que porque el hijo de Alejandro, por razón de la terneza de su edad y la ambición de los generales, estaba necesitado de ayuda, entendía su deber exponerse a los mayores peligros para la conservación de los reyes.
Al instante ordenó a todos sus soldados levantar el campamento y partir de Capadocia, teniendo con él unos cinco mil caballos y más de veinte mil infantes, porque no tenía tiempo de esperar la lenta marcha de aquellos que habían prometido unirse con él, ya que un gran ejército de Antígono (bajo el mando de Menandro (19) ) estaba cerca y ahora no era seguro para él permanecer en Capadocia, siendo un enemigo declarado de Antígono. Pero, aunque este ejército llegó tres días demasiado tarde (y así perdió su oportunidad), sin embargo decidieron no perseguir a las tropas de Eumenes, sino que, no pudiendo alcanzarlo, regresar a Capadocia, porque Eumenes, yendo a marchas forzadas, al poco llegó al monte Tauro e ingresó en Cilicia. Ahí Antígenes y Tautamo, los capitanes de los Argyraspides, con sus amigos (en obediencia a las cartas de los reyes) se encontraron con Eumenes, después de una larga y tediosa marcha, y alegres le felicitaron por haber salido inesperadamente airoso de sus grandes apuros, prometiéndole estar prestos a sus órdenes en toda ocasión. Allí se encontró también con unos tres mil Argyraspides procedentes de Macedonia, con grandes demostraciones de afecto y aprecio. Este cambio súbito y casi increíble era objeto de la admiración de todo el ejército, cuando consideraban cómo los reyes y los Macedonios (poco antes) habían condenado a Eumenes y a todos sus partidarios a muerte, y ahora, habiendo olvidado la sentencia pronunciada contra él, no sólo lo perdonaban, sino que le prometían el más alto mando en todo el reino. Y no fue sin justa causa, que aquellos que consideraban maravillosos los cambios que afectaron a Eumenes quedaran así impactados, porque ¿quiénes que observan los diferentes acontecimientos en el curso de la vida de un hombre no se asombrarían ante los varios cambios y giros de la fortuna, primero a un lado, y luego al otro?; ¿o quiénes, confiando en el presente auxilio de un destino próspero, se dejarían por esto llevar hasta el punto de olvidar la debilidad de la naturaleza humana?. Porque la vida de todo hombre (dispuesta y ordenada como está por la providencia de alguno de los Dioses) ha sido moldeada con alternativos cambios hacia lo bueno y lo malo en todas las épocas del mundo. De modo que es maravilloso que no sólo lo que es extraño e inexplicable, sino que incluso cada cosa que ocurre, sea sorprendente e inesperada. Por tanto ¿quién puede valorar suficientemente la historia?. Porque, por la variedad y mutación de los sucesos en ella representados, se muestra la imprudencia del orgullo del afortunado y el sufrimiento y miseria del desventurado. Las cuales cosas considerando sabiamente Eumenes, y sopesando con antelación la inestabilidad de la fortuna, manejó sus asuntos con la mayor cautela y prudencia. Porque pensando para sí que era sólo un extranjero (20) y que no tenía derecho al poder y autoridad real, y que los Macedonios (que ahora estaban bajo su mando) no mucho antes le habían condenado a muerte, y que los generales y capitanes estaban todos henchidos de ambiciosos proyectos, concibió que en poco tiempo sería menospreciado y envidiado, y que al final sería arrastrado a una situación peligrosa para su misma vida, porque nadie tiene deseos de someterse a las órdenes de aquellos a los que han considerado sus inferiores, ni de ser dirigidos por aquellos que buscan preferentemente estar bajo el mando de otros que no sean ellos mismos. Ponderando por tanto seriamente estas cosas en su mente, en primer lugar rechazó aceptar los quinientos talentos que le habían los reyes concedido en sus cartas para restituir sus anteriores pérdidas, conformándose con lo imprescindible, porque dijo: que no necesitaba tan alta suma de dinero, considerando que no pretendía el principado allí, y que aquello de lo que ahora disponía no era por su voluntad, sino obligado por los reyes para cumplir el presente servicio. Para concluir, dijo: que por causa de las continuas fatigas de la guerra estaba tan cansado, que no podía soportar aquellas privaciones y retiradas de un lugar a otro, a cada cual más distante, y especialmente porque un extranjero que no tenía derecho al mando y que por ley estaba excluido de la autoridad tenía que ser ejecutado por aquellos que eran de la misma nación que los Macedonios. Por eso dijo: que se le había manifestado una maravillosa aparición en sus sueños, que juzgó muy necesario contarles a todos, porque podía (a su juicio) contribuir mucho a promover la paz, la concordia y el bien público. Declaró que en su sueño Alejandro, el último rey, parecía manifestársele (en la apariencia que tenía vivo), adornado con los vestidos reales y sentado en su trono, impartiendo instrucciones a los generales y disponiendo y manejando (como hacía en vida) todos los asuntos y negocios del reino. “Por tanto”, dice, “soy de la opinión de que un trono de oro debería ser fabricado a cargo del tesoro del rey, en el que se colocaría la diadema, el cetro, la corona y todas las restantes insignias de la realeza, y que al amanecer todos sus capitanes le ofrecerían sacrificios, y, permaneciendo en pie cerca del trono todos juntos, recibirían las órdenes en nombre del rey, como si estuviera vivo y al frente del gobierno”. Todos quedaron muy complacidos con lo que dijo; y por tanto se preparó al poco todo lo necesario para ello, porque el tesoro del rey era muy rico. Y este majestuoso trabajo fue inmediatamente terminado y el trono levantado, donde se colocó la diadema, el cetro y las armas que solía llevar. Entonces erigió un altar con fuego sobre él, en el que todos los capitanes, uno tras otro, quemaron incienso (tomado de un cofre dorado) y otros perfumes caros y fragantes y adoraron a Alejandro como a un dios. Después de esto se dispusieron un gran número de asientos, en los que los generales y capitanes se sentaron juntos, y allí consultaron y debatieron todos los asuntos importantes y trascendentes. Eumenes entretanto comportándose con igual respeto y deferencia para con todos los capitanes en todos los consejos públicos y tratándolos de forma amable y cortés, no sólo evitó los ataques de envidia, sino también se ganó desde entonces sus corazones. Gracias a esta misma treta (mediante el predominio de la superstición en lo concerniente al rey) levantó tanto las esperanzas y expectativas de todo el ejército, como si algún Dios fuera a ser su general. De la misma manera se comportó con los Argyraspides, y por ende se ganó su favor, de tal manera que lo consideraron digno de ser el protector de los reyes.
Entonces eligió a las personas más adecuadas de entre sus amigos y les proveyó de grandes sumas de dinero para que las emplearan en reclutar soldados por todas partes a cambio de una alta soldada. Con lo cual algunos de ellos fueron al instante a Pisidia, Licia y países vecinos, y diligentemente llevaron a la práctica lo que les había sido ordenado. Otros fueron a Cilicia, y otros a Celerisia y Fenicia, y otros navegaron a las ciudades de Chipre. Extendiéndose la noticia de este reclutamiento de soldados, y sabido qué gran estipendio era ofrecido, muchos acudieron desde las ciudades de Grecia y dieron sus nombres para este servicio, de modo que en poco tiempo tenía reclutados más de diez mil infantes, dos mil caballos, además de los Argyraspides y de aquellos que habían venido con él.


Siendo las fuerzas de Eumenes así súbitamente incrementadas hasta un número increíble, Ptolomeo llegó con la flota a Zaphyrium, en Cilicia, y mandó a algunos comandantes a que solicitaran a los Argyraspides que no estuvieran con Eumenes, al que todos los Macedonios habían condenado a muerte. Asimismo envió legados a los oficiales de la guarnición sita en Quinda (21), manifestándoles que no ayudaran a Eumenes con ningún dinero y que él les prestaría apoyo. Pero nadie atendió a sus palabras, porque los reyes, su tutor Poliperconte y Olimpíade, la madre de Alejandro, les habían escrito ordenándoles ser obedientes en todo a Eumenes, como general en jefe y general del reino.
Pero de todos los demás, Antígono era el más disgustado e incomodado por la promoción y progreso de Eumenes, porque lo veía como al más poderoso enemigo que le había sido puesto enfrente por Poliperconte, pues había abandonado a los reyes. Por tanto decidió acabar con él mediante alguna estratagema. Para este fin empleó a uno de sus amigos, Filotas, y le entregó cartas para los Argyraspides y para el resto de los Macedonios (que estaban pro Eumenes) y envió con él a treinta Macedonios (que eran astutos y de verbo fácil) con instrucciones de que tuvieran trato con Antígenes y Tautamo, los capitanes de los Argyraspides, en privado y aparte, para destruir a Eumenes, prometiéndoles grandes premios y extensas provincias, y de que asimismo trataran con sus conciudadanos y conocidos entre los Argyraspides y con sobornos los atrajeran para acabar con Eumenes. Pero no pudieron convencer a nadie salvo a Tautamo, uno de los capitanes de los Argyraspides, quien corrompido mediante sobornos, prometió no sólo hacerlo él, sino además convencer a su colega Antígenes para ejecutar este vil proyecto. Pero Antígenes, siendo un hombre prudente y leal, no sólo se negó, sino que convenció al que antes se había dejado corromper para que mudara de propósito, porque le dijo que era más oportuno que Eumenes viviera que Antígono, pues, siendo ya poderoso, cuando se hiciera más poderoso aún, les confiaría todo lo que no tocara al gobierno y les daría esto a los amigos suyos que quisiera; pero en cuanto a Eumenes, siendo sólo un extranjero, no osaría aspirar a la autoridad soberana, sino que estaría contento con su mando actual y para ganar su favor les confiaría sus provincias e incluso más. Y de esta manera todos los proyectos contra Eumenes se vieron frustrados y dejados en nada. Entretanto entregando Filotas una carta de Antígono a los comandantes, escrita para todos los capitanes y soldados en general; los Argyraspides y los demás Macedonios se reunieron a espaldas de Eumenes y se ordenó que les fuera leída públicamente. En la misiva se lanzaban acusaciones contra Eumenes, y aconsejaba a los Macedonios apoderarse inmediatamente de él y ejecutarlo, y si no lo hacían, acudiría al instante y caería sobre ellos con todo su ejército y les impondría ejemplar justicia por su desobediencia. En oyendo el contenido de estas cartas, los Macedonios y sus capitanes se alarmaron mucho, porque una de las dos alternativas era inevitable: o incurrir en el vengativo desagrado de Antígono por adherirse a los reyes, o ser castigados por Poliperconte y los reyes por obedecer las órdenes de Antígono. Mientras todos los soldados estaban distraídos en estos pensamientos, Eumenes acudió a ellos y escuchando las cartas leídas, les aconsejó obedecer las órdenes de los reyes, y no tener ninguna consideración por un rebelde abiertamente declarado, y, habiendo pronunciado muchas cosas adecuadas a la presente ocasión, no sólo evitó el real e inminente peligro, sino también atraer a todos los soldados a él en un más firme lazo de afecto y deber, que el que nunca antes hubieran tenido. Y así este hombre, que de nuevo se veía una vez más envuelto en peligros insuperables, sin embargo era tan maravillosamente afortunado, como para fortalecerse por ello más. Ordenando, por tanto, a su ejército marchar, se dirigió a Fenicia e intentó adquirir barcos de todas las ciudades marítimas por las que iba pasando, con ánimo de procurarse una poderosa flota, con la que, con base en Fenicia, pudiera adueñarse del mar, tener cuantas fuerzas quisiera y poder trasladar con seguridad a Poliperconte en cualquier momento de Macedonia a Asia contra Antígono. Para este fin por tanto continuó en Fenicia.


Mientras estas cosas estaban acaeciendo, Nicanor (quien ocupaba Muniquia) oyendo que Casandro había abandonado Macedonia y se había ido junto a Antígono, y que Poliperconte era esperado en el Ática con su ejército de un momento a otro, solicitó encarecidamente a los Atenienses que se mantuvieran firmes en sus sentimientos a favor de Casandro. Pero cuando nadie consintió en aquello que era deseado, sino que todos se inclinaban más bien por que la guarnición se marchara con toda rapidez, al principio persuadió al pueblo con amables palabras para que se estuvieran quietos unos pocos días, porque él haría luego lo mejor para el bien de la ciudad. Pero después de que los Atenienses hubieran permanecido tranquilos unos días, de noche, en secreto, introdujo poco a poco soldados en Muniquia, de modo que ahora había congregado una fuerza suficiente para defender el lugar y oponerse a aquellos que tenían el propósito de asediarlo.
A continuación, los Atenienses, percibiendo que Nicanor no tenía en mente hacer nada de lo que dijo para beneficio y salvación de la ciudad, enviaron un mensajero al rey y a Poliperconte, solicitando su ayuda, en base al tenor de sus cartas, según las cuales restauraban a los Griegos su libertad. Entonces celebraron frecuentes asambleas y consultas entre sí sobre cómo dirigir la guerra contra Nicanor, y, mientras estaban ocupados en estos asuntos, Nicanor sacó a muchos de sus mercenarios secretamente durante la noche y se apoderó de las murallas del Pireo y la entrada del puerto. Los Atenienses por tanto se sintieron enojados en su corazón, al ver cómo eran engañados y defraudados en lo concerniente a Muniquia, y que además habían perdido incautamente el Pireo. Enviaron por eso a algunas de las personas de mayor estatus, como los íntimos amigos de Nicanor, esto es, Foción, el hijo de Foco, Conón, el hijo de Timoteo y Clearco, el hijo de Nasicles, como legados ante Nicanor para debatir sobre los últimos acontecimientos, que se habían producido entre ellos, requiriéndole que les permitiera disfrutar de sus leyes y libertades, conforme al último edicto dictado en ese sentido. A lo cual respondió que debían acudir a Casandro, pues estaba encargado por él de dirigir la guarnición y no tenía poder para tratar de ello por él.


Hacia este tiempo llegó una carta de Olimpíade a Nicanor, ordenándole entregar Muniquia y el Pireo a los Atenienses. Él, entendiendo que los reyes y Poliperconte habían llamado de regreso a Olimpíade a Macedonia, le habían confiado el cuidado y tutela del joven hijo de Alejandro y le habían devuelto a su antiguo estado y dignidad (el mismo que tenía cuando estaba Alejandro vivo), le prometió, simplemente por miedo, que restituiría esos lugares, pero siempre ideaba alguna excusa creíble y así fue posponiendo el asunto. Los Atenienses en los tiempos pasados habían sentido alguna vez una gran estima por Olimpíade, y ahora proponiendo (conforme a la realidad de sus sentimientos) celebrar aquellos públicos honores que le habían sido decretos (y esperando que las libertades de la ciudad les serían por ella totalmente restauradas y puestas fuera del alcance de ningún futuro peligro) estaban muy contentos y extremadamente complacidos.


Entretanto, no siendo cumplidas las promesas de Nicanor, Alejandro, el hijo de Poliperconte, acudió con un ejército a Ática. Los Atenienses de hecho pensaban que venía a restaurarles Muniquia y el Pireo, pero el caso fue el contrario, porque se apoderó de ambos lugares para aprovecharlos en la guerra. Porque algunos que habían sido amigos de Antípatro (y entre ellos Foción), temiendo alguna pena conforme a las leyes, se encontraron con Alejandro, y, aconsejándole qué hacer, le persuadieron para que retuviera las fortalezas en sus propias manos y no devolverlas a los Atenienses hasta que la guerra contra Casandro estuviera concluida. Por tanto Alejandro acampó en el Pireo y no permitió a los Atenienses tratar con Nicanor, sino que, mediante contactos separados con él y secretas y privadas negociaciones entre ellos, le dio manifiestos indicios de la ofensa causada a los Atenienses. El pueblo por tanto se reunió en una asamblea general y depusieron a los actuales magistrados y nombraron como tales a los más favorables a la democracia y condenaron a aquellos que favorecían a la oligarquía, a unos a muerte, a otros al destierro y confiscación de sus bienes, entre los cuales estaba Foción, quien ostentaba el mando supremo en tiempos de Antípatro.
Siendo estos obligados a partir de la ciudad, huyeron junto a Alejandro el hijo de Poliperconte y se esforzaron en ganarse su ayuda para su salvación. Alejandro amablemente los recibió y escribió en su nombre a su padre para proteger a Foción y a sus amigos como personas que favorecían los intereses de Poliperconte y que se dedicaban prestos a procurar su ayuda en todos sus problemas. Los Atenienses asimismo mandaron una embajada a Poliperconte para acusar a Foción y solicitar la devolución de Muniquia y la restauración de sus antiguas leyes y libertades. Poliperconte de hecho albergaba un gran deseo de retener el Pireo, porque este puerto podía ser de de mucho momento e importancia en la ejecución de la guerra, pero se avergonzaba de actuar contrariamente al edicto divulgado por él mismo. Y, temiendo que los Griegos lo abandonaran si se comportaba deshonrosamente con esta ciudad, que era la metrópolis, cambió de opinión. Habiendo por tanto escuchado a los embajadores, despidió cortésmente a los embajadores de Atenas con una respuesta amistosa, pero se apoderó de Foción y de sus amigos y los devolvió encadenados a Atenas, concediendo el poder al pueblo de perdonarlos o de condenarlos a la última pena. Con lo cual, siendo convocada una asamblea general en Atenas, se pronunció un veredicto de pena capital sobre Foción y el resto de los acusados. Esto fue apoyado por aquellos que habían sido desterrados bajo Antípatro y por otros que no favorecían esa clase de gobierno. Ambos grupos urgieron con firmeza a que los condenaran a muerte.
La sinopsis de la acusación era esta: que después de la guerra Lamia, se esforzaron en su mayor parte en esclavizar a su patria, abolir la democracia y las antiguas leyes. Asignado un tiempo a los acusados para que defendieran su causa, Foción comenzó a hablar por sí mismo, pero el pueblo tumultuosamente gritó contra todo lo que decía y rechazó su defensa, de modo que el acusado no sabía qué camino tomar. Cuando cesó el tumulto, Foción empezó de nuevo a hablar, por lo que toda la multitud armó gritería, con el propósito de que cuanto decía no pudiera escucharse, porque el pueblo llano (habiendo sido recientemente excluido de cualquier clase de participación en la dirección del gobierno y ahora finalmente restituido en su derecho más allá de lo esperado) albergaban un inveterado odio contra aquellos que habían privado a los ciudadanos de sus leyes y libertades.
Mientras Foción estaba así abrumado e incluso en una situación desesperada, luchando por conservar su vida, aquellos que estaban cerca de él apreciaron la justicia y equidad de su causa, pero aquellos que estaban lejos no pudieron escuchar nada por el ruido y clamor que originaba la tumultuosa muchedumbre, sino que sólo discernían los temblorosos movimientos de su cuerpo, producidos por el inevitable peligro que parecía cernirse sobre él. Al final, Foción, desesperando de su salvación, gritó alto deseando que le condenaran a muerte, pero que perdonaran al resto.
Pero siendo fiero e inexorable el pueblo llano, algunos de los amigos de Foción se pusieron en pie para defenderlo. Con lo cual el pueblo se quedó quieto un rato y atendió a lo que dijeron a lo primero, pero cuando entraron a exponer los argumentos en apoyo de su inocencia, fueron rechazados con clamores tumultuosos y contradictorios. Siendo al final todos condenados por la unánime voz del pueblo, fueron arrastrados a la cárcel para ser allí ejecutados y fueron seguidos por muchos hombres honestos y discretos, que se lamentaban profundamente de su condición y de la enormidad de su miseria, porque considerando seriamente la inconsistencia de la fortuna humana, atemorizaba a muchos ver que magistrados y personas de eminente estatus y hombres que habían ejecutado muchos actos de bondad a lo largo de su vida, no tendrían libertad de defenderse ni por otra parte disfrutarían del amparo de la ley. Pero estando muchos de la multitud indignados contra Foción sin piedad, incluso destrozaron su corazón con burlas y desdenes y amargamente le censuraron por la miseria de su presente situación. Porque el odio, que es reprimido hacia hombres mientras están en prosperidad, cuando estos se encuentran en la adversidad, estalla con ira contra ellos, y se hace salvaje e implacable. Siendo por tanto condenados todos a muerte (según la costumbre del país) mediante la ingesta de una poción de cicuta, todos sus cuerpos fueron tirados insepultos, fuera de las fronteras y límites del Ática. Y este fue el fin de Foción y de otros que sufrieron la misma calamidad con él.


Después de esto, Casandro, habiendo conseguido treinta y cinco barcos y cuatro mil hombres, navegó al Pireo y siendo recibido por Nicanor, gobernador de la fortaleza, se apoderó del Pireo y del puerto, pero Nicanor retuvo para sí Muniquia, con fuerzas suficientes para defender el lugar. En este tiempo Poliperconte y los reyes estaban en Fócide, donde, siendo informados del desembarco de Casandro en el Pireo, Poliperconte marchó al Ática y acampó cerca del Pireo. Tenía con él veinte mil infantes Macedonios, cuatro mil aliados, mil caballos y sesenta y seis elefantes. Decidió por tanto sitiar a Casandro. Pero como las provisiones eran escasas, y el asedio probablemente iba a ser largo y tedioso, se vio obligado a dejar tantos soldados en el Ática como el país pudiera sostener al mando de Alejandro y él mismo marchó al Peloponeso con la mayor parte del ejército para someter Megalópolis a la obediencia de los reyes. Porque sus habitantes, estando a favor de la oligarquía, apoyaban a Casandro. Mientras Poliperconte estaba ocupado en estos asuntos, Casandro navegó con su flota a las islas del Egeo y las hizo unirse a él, pero a los de Salamina (que le eran desafectos) les puso sitio y estando bien provisto de hombres y armas, los atacó varios días seguidos y los redujo a una situación muy extrema. Pero cuando la ciudad estaba cerca de ser tomada al asalto, Poliperconte envió una considerable fuerza, marítima y terrestre, para atacar a los sitiadores. Alarmado ante su aproximación Casandro, levantó el asedio y navegó de vuelta al Pireo. Entonces Poliperconte pasó al Peloponeso para poner en orden los asuntos allí para el servicio y beneficio de los reyes. Llegando allí convocó al senado y les habló sobre su incorporación a sus tropas como aliados en la guerra. Envió asimismo comisionados a las ciudades con instrucciones de condenar a muerte a aquellos que habían sido nombrados magistrados en un régimen oligárquico por Antípatro y devolver al pueblo sus antiguas leyes.
Muchos obedecieron la orden, de modo que mientras ejecuciones y destierros colmaban las ciudades, aquellos que favorecieron al partido de Antípatro fueron arruinados y destruidos. Y siendo los gobiernos democráticos restaurados a sus antiguas formas, todos se unieron a Poliperconte. Los de Megalópolis fueron los únicos que permanecieron firmes pro Casandro, y por tanto decidió asediar la ciudad. Los Megalopolitanos oyendo lo que estaba decidido por Poliperconte, ordenaron mediante público decreto que todas las cosas que estuvieran en los campos fueran llevadas adentro de la ciudad. Luego haciendo recuento de sus fuerzas, se encontraron con que entre ciudadanos, extranjeros y esclavos eran quince mil los que podían llevar armas. Por tanto encuadraron de inmediato a algunos en regimientos y a otros los pusieron a trabajar en fortificaciones y a otros les asignaron la misión y encargo de guardar las murallas, de modo que a una y al mismo tiempo unos eran empleados en cavar profundos fosos alrededor de la ciudad, otros en acarrear tierra de los campos, y otros reparar y recomponer las brechas en las murallas. Otros fabricaban armas y otros estaban ocupados en elaborar dardos e ingenios artilleros, de modo que los peligros que les amenazaban y la imprudencia de los habitantes pusieron en acción a toda la ciudad. Porque la grandeza del ejército del rey y la maravillosa fuerza de los elefantes que le seguían era conocida en todos los lugares. Y estaban listas y preparadas todas las cosas, cuando Poliperconte vino con todo su ejército y acampó cerca de la ciudad, dividiendo sus fuerzas en dos campamentos, uno de Macedonios y otro de aliados. Y luego acercó torres de madera a las murallas, de tal altura como para sobrepasarlas. En las cuales torres fueron situados hombres con toda suerte de armas y con estos medios ahuyentó a los que estaban colocados en los baluartes.


Entretanto, siendo las murallas minadas y los apoyos y soportes incendiados, tres de las más grandes torres fueron destruidas, con ruina de igual número de torres situadas entre ellas. Esta gran y súbita destrucción hizo que los Macedonios gritaran y la sorpresa del suceso asombró a los sitiados. Y ahora los Macedonios se lanzaron a través de la brecha al interior de la ciudad y los Megalopolitanos, antes divididos en banderías, ahora todos a una (teniendo la ventaja de la dificultad del lugar, a raíz de los escombros caídos) se unieron y valientemente soportaron el ímpetu del ataque del enemigo y lo rechazaron. Luego llevaron a cabo otra obra de tierra para tapar la brecha. Y trabajando noche y día sin descanso levantaron otra muralla entre ellos y el enemigo, la cual fue en poco completada, porque estando provistos de todo lo que era necesario y disponiendo de mucha mano de obra los Megalopolitanos pronto repararon los daños sufridos. En cuanto a aquellos que les atacaban desde las torres de madera, los incomodaron con sus ingenios de artillería y con dardos y piedras disparadas con sus arcos y hondas, hostigando e hiriendo a muchos de sus enemigos. Después que muchos fueran muertos y heridos por ambas partes, al anochecer, Poliperconte tocó retirada y devolvió a sus hombres al campamento.
Al día siguiente, apartó los escombros de delante de la brecha, abrió un camino para los elefantes, porque pensaba que merced a la fuerza de estas criaturas conseguiría penetrar en la ciudad. Pero los Megalopolitanos, gracias a la ayuda y consejo de Damides (quien en las guerras bajo el mando de Alejandro había aprendido por experiencia la naturaleza y uso de los elefantes) sorprendieron al enemigo, porque, haciendo uso de su propia capacidad y diligencia frente a la fuerza y violencia de las bestias, hicieron inútiles los fuertes cuerpos de los animales. Porque en un gran número de tablones clavaron afiladas púas y luego los esparcieron aquí y allí en profundos fosos cubiertos con tierra, de modo que así las puntas de las púas no pudieran ser vistas y a continuación dejaron sobre esos lugares un paso para ir a la ciudad. Pero a la vez no se toleró que soldado alguno permaneciera frente al enemigo, sino que situaron un gran número de lanzadores de dardos, arqueros e ingenios de artillería en los flancos.
Habiendo por tanto limpiado Poliperconte el lugar, y aproximándose a continuación con la multitud de sus elefantes, un inesperado desastre los golpeó, porque, no apareciendo nadie de frente que se les opusiera, los Indios encaminaron a las bestias hacia el interior de la ciudad, las cuales, por el gran peso de sus cuerpos pisaron las púas, de modo que sus pies quedaron heridos e incluso atravesados, y se encontraron en tal situación que ni podían avanzar ni retirarse. Y además, siendo arrojados desde los flancos una rociada de toda clase de dardos y proyectiles, algunos Indios fueron asesinados y otros heridos de tal manera que quedaron incapacitados para ulterior servicio.
Entretanto los elefantes (por causa de la multitud de dardos y de las heridas inesperadas e inusuales inferidas por las púas) eran tan cruelmente atormentados que se vieron forzados a volverse atropellando a sus propios hombres y aplastaron a muchos bajo sus pezuñas. Al final cayeron los más fuertes y formidables de entre ellos, y otros quedaron incapacitados, y algunos mataron a muchos de sus propios hombres.
A raíz de este éxito los Megalopolitanos estaban muy animados; Poliperconte deseaba no haber nunca iniciado el asedio, y, como no podía permanecer más tiempo allí, dejó parte de su ejército para que continuara el bloqueo y él mismo se aplicó a negocios más urgentes. Entonces contactó con Clito el almirante, ordenándole que con su flota permaneciera frente a las costas del Helesponto, impidiera el cruce de tropas de Asia a Europa y se uniera a Arrideo, quien había huido a la ciudad de los Ganianos, por ser enemigo de Antígono. Después que hubo navegado a través del Helesponto y entrado en las ciudades de la Propóntide, fortaleció sus tropas con las de Arrideo. Nicanor, el gobernador de Muniquia, por otra parte, siendo enviado con toda la flota por Casandro, navegó a aquellas tierras en que estaba Clito. Se unió asimismo a la flota de Antígono, de modo que dirigía una flota de más de cien navíos.
Entonces se produjo una batalla naval cerca de Bizancio, en la que Clito resultó vencedor y hundió diecisiete de los barcos enemigos y capturó no menos de cuarenta, junto con todas sus tripulaciones. El resto entró en el puerto de Calcedonia. Habiendo así vencido Clito, imaginó que por causa de tan grandes pérdidas el enemigo no osaría de nuevo entablar combate en el mar.


Pero Antígono, teniendo noticia de esta derrota de la flota, la compensó rápidamente gracias a su trabajo y admirable dirección. En efecto, habiendo enviado varios navíos de transporte de los Bizantinos durante la noche, en los cuales puso lanzadores de dardos, honderos y otros hombres armados a la ligera, suficientes para el proyecto en curso, los transportó de noche a la otra orilla. Estas tropas, atacando al enemigo en tierra antes del amanecer (los cuales habían dejado sus barcos y estaban allí acampados) llenaron a Clito y a sus hombres de terror y sorpresa. Estos, tomados por este súbito miedo y alarma, embarcaron en sus naves, de modo que por causa de su bagaje y la multitud de sus prisioneros, se produjo un gran tumulto y desorden.
Entretanto Antígono había preparado algunos barcos de guerra y embarcado en ellos a muchos de sus mejores infantes y les ordenó que atacaran valientemente al enemigo, porque con seguridad iban a vencer. Por consiguiente acudieron de noche con Nicanor y hacia el amanecer cayeron súbitamente sobre el enemigo, aún en confusión, y al primer ataque los pusieron en fuga. Algunos de los barcos del enemigo los hicieron trizas con sus espolones y cortaron los remos de otros. Algunos fueron capturados sin lucha, siendo entregados por los hombres de abordo. Al final todos los demás (salvo el buque del almirante) cayeron en sus manos. Clito abandonó su barco, desembarcó y decidió salvarse yendo a Macedonia. Pero en su camino fue capturado por algunos soldados de Lisímaco y asesinado.


La reputación de Antígono de perito y prudente en el manejo de los negocios militares aumentó mucho gracias a esta destacable victoria. Desde entonces se aplicó con serio interés para ser el dueño del mar y (sin ningún tipo de duda) alcanzar la soberanía de Asia. Para este fin eligió de entre todo su ejército a veinte mil infantes y cuatro mil caballos de sus más vigorosos hombres y partió para Cilicia con ánimo de destruir a Eumenes antes de que se hiciera demasiado poderoso. Pero sabiendo Eumenes del fuerte temperamento de Antígono, marchó a Fenicia para recuperarla a favor de los reyes, los cuales habían sido privados de esta provincia injustamente por Ptolomeo. Pero no teniendo oportunidad para ejecutar lo que había proyectado, abandonó Fenicia y marchó con su ejército a través de Celerisia para invadir las provincias superiores. Después perdió a algunos de sus hombres a orillas del Tigres, por un ataque nocturno dirigido contra él por algunos de los habitantes. De la misma manera fue atacado en la provincia de Babilonia por Seleuco cerca del río Eúfrates y estuvo en gran peligro de perder todo su ejército, porque en ese lugar merced a la rotura de un dique del río todo su campamento estuvo a punto de ser inundado y sumergido. Pero poniendo su ingenio a trabajar huyó a una elevación de tierra y desviando el agua hacia otra dirección se salvó a sí y a su ejército.
Y así más allá de lo esperado escapó de Seleuco y entró en Persia con quince mil infantes y mil trescientos caballos. Habiendo dado descanso a sus soldados después de todas sus dificultades y trabajos, envió a los gobernadores y oficiales de las provincias superiores que le proveyeran de más hombres y dinero. Y en este estado estaban los negocios de Asia este año.


Pero en cuanto a Europa, después de las pérdidas e infortunios de Poliperconte en Megalópolis, muchos de las ciudades Griegas se rebelaron contra los reyes en favor de Casandro. Y porque los Atenienses no pudieron deshacerse de la guarnición ni con la ayuda de Poliperconte ni con la de Olimpíade, uno de sus más eminentes ciudadanos dijo valientemente en la asamblea que era en interés de la ciudad aproximarse a Casandro. Al principio se produjo un gran tumulto, estando unos a favor y otros en contra de lo dicho. Pero siendo las ventajas debatidas y reflexionadas con más calma, por universal consenso al final fue convenido que la paz sería firmada con Casandro, sobre las condiciones que pudieran ser obtenidas por sus embajadores. En la consecución de lo cual (después de algunas reuniones) los términos pactados fueron los siguientes: que los Atenienses disfrutarían en paz de la ciudad, los territorios y todas las ganancias, junto con el comercio y todas las demás cosas, y que serían en lo futuro amigos y aliados de Casandro; pero que Casandro conservaría por el momento Muniquia hasta que fuera concluida la guerra con los reyes, y que la comunidad pagaría un tributo de diez minas, y que un Ateniense sería nombrado protector y guardián de la ciudad, uno del agrado de Casandro. Con lo cual Demetrio de Falero fue elegido, el cual, siendo investido con el cargo, mantuvo la ciudad en perfecta paz, y se comportó muy amablemente con todos los ciudadanos.


Después de esto Nicanor dirigió su flota al Pireo, adornada con los espolones de los barcos ganados en la última victoria. En base al cual éxito fue al principio muy honrado por Casandro, pero después percibiendo que se hacía más altivo y arrogante y que aún mantenía en su poder la fortaleza de Muniquia con sus propios soldados, sospechó que intentaba rebelarse, y por ende le tendió una trampa y lo mató. Luego marchó a Macedonia, donde muchos de los habitantes se revolucionaron en su favor. Muchas asimismo de las ciudades Griegas se inclinaron a la alianza con Casandro. Porque Poliperconte parecía ser indolente y descuidado en el manejo de los asuntos del reino y de los aliados. Casandro, por otra parte, se comportó con todos con gran sencillez y se mostró trabajador en la dirección de los asuntos públicos, de modo que se ganó a muchos que le apoyaban en su búsqueda de la consecución de la autoridad suprema.
Pero cuando Agatocles llegó a ser tirano de Siracusa el siguiente año, ahora pondremos, como señalamos al comienzo, fin a este libro, y comenzaremos el siguiente con la accesión de Agatocles al trono y continuaremos con los asuntos propios y pertinentes a nuestra historia.

 

Notas..

[19] Véase cap. 2.6. Methone estaba al norte de Pidna cerca de la frontera macedonia. Volver

[20] Antigua capital de Macedonia, muy al interior. Volver

[21] Algunos de ellos eran Atenienses, cuya captura hizo buena ya que a través de ellos intentó firmar una alianza con Atenas. Véase Dem. 23.121. Volver