Pitágoras
de Samos, y algunos otros de los antiguos filósofos naturales,
sostuvieron que las almas de los hombres son inmortales; y que predecir
los sucesos futuros en el preciso momento de la muerte, cuando el alma
está a punto de abandonar el cuerpo, es efecto y consecuencia de
esta verdad. Para lo cual citan a Homero como testigo, cuando describe
a Héctor, en trance de expirar su último aliento, diciéndole
a Aquiles que moriría poco tiempo después. Lo mismo es atestiguado
por muchos otros de tiempos posteriores, y confirmado especialmente por
la muerte de Alejandro el Macedonio, quien, al morir en Babilonia, y siendo
preguntado por sus generales que lo rodeaban, al tiempo en que estaba
agotando sus últimos momentos, “¿Quién te sucederá?”,
respondió: “El más digno”; “porque auguro”,
dijo, “que grandes y graves disputas entre mis amigos serán
los sacrificios que me dediquen tras de mi funeral”. Lo que efectivamente
ocurrió, porque los principales de sus generales lucharon por la
primacía. Y grandes guerras, después de muerto Alejandro,
estallaron entre ellos: cuyas acciones se contienen en este libro, que
demostrará claramente a los lectores estudiosos la verdad de lo
que ahora se ha dicho.
El anterior libro comprendía todos los hechos ejecutados por Alejandro, hasta el momento de su muerte. Este presente libro, refiriendo las acciones de aquellos que le sucedieron, termina con el año inmediatamente anterior al reinado de Agatocles, que hace un período de siete años. |
Índice del libro XVIII
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