DIODORO

«BIBLIOTECA HISTÓRICA: LIBRO XVI»

Traducción y adaptación "el Anónimo Castellano"

 

 

CONTENIDOS DEL LIBRO XVI

Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en tres partes más un índice.

Índice - Parte I - Parte II - Parte III -

-Cómo Filipo, habiendo atraído a sí las ciudades Calcídicas, se apoderó de la más importante de ellas (caps. 52.9-55);
-Investigación del gasto de los dineros sagrados y castigo de los saqueadores (cap. 56-57);
-Cómo aquellos que se refugiaron en el templo de Apolo, todos Focidios, quinientos en número, fueron milagrosamente muertos quemados hasta el último hombre (cap. 58);
-Cómo la guerra Focidia fue concluida (caps. 59-60);
-Cómo aquellos que habían participado con los Focidios en el saqueo del templo fueron todos castigados por alguna suerte de agente divino (caps. 61-64);
-El viaje de Timoleón a Sicilia y sus avatares hasta su muerte (caps. 65-90);
-El asedio de Perinto y Bizancio por Filipo (caps. 74-77);
-La batalla de Filipo con los Atenienses en Queronea y la derrota de los Atenienses (caps. 84-88);
-Cómo los Griegos eligieron a Filipo como su generalísimo (cap. 89);
-Cómo Filipo fue asesinado cuando estaba a punto de pasar a Asia (caps. 91-95).

 

XLVIII (48).   La razón de su derrota fue principalmente su falta de experiencia como general y el hecho de que los Persas habían sido derrotados por él en la anterior expedición. [2] Porque entonces había tenido como generales a hombres que se distinguían y eran superiores en valor y en sagacidad en el arte de la guerra, Diofanto[186] el Ateniense y Lamio el Espartano, y fue por ellos que había salido victorioso en todos los aspectos. En este tiempo, sin embargo, dado que suponía que él mismo era un competente general, no compartió el mando con nadie y así, por su inexperiencia, no pudo ejecutar ninguno de los movimientos que habrían sido útiles en esta guerra. [3] Entonces cuando provisto las ciudades aquí y allí con guarniciones considerables, mantuvo una estricta vigilancia allí, y teniendo a su mando treinta mil Egipcios, cinco mil Griegos y la mitad de los Libios, los dispuso en reserva para defender los sitios más expuestos. Siendo tal la disposición de las fuerzas en ambas partes, Nicóstrato, el general de los Argivos, contando como guías con Egipcios cuyos hijos y esposas eran retenidos como rehenes por los Persas, navegó con su flota por un canal hasta un lugar oculto y, desembarcando sus hombres y fortificando el sitio para campamento, acampó allí. [4] Los mercenarios de los Egipcios que estaban vigilando estrictamente en las cercanías, observando la presencia del enemigo, inmediatamente irrumpieron en número de no menos de siete mil. [5] Cleinio de Cos, su comandante, desplegó su tropa en línea de batalla. Y cuando aquellos que habían desembarcado se desplegaron enfrente, una recia batalla se siguió en el curso de la cual los Griegos que servían con los Persas, luchando brillantemente, mataron al general Cleinio y abatieron a más de cinco mil de los demás soldados. [6] Nectanebo el rey Egipcio, en oyendo la pérdida de sus hombres, se atemorizó, pensando que el resto del ejército persa también había cruzado fácilmente el río. [6] Asumiendo que el enemigo con todo su ejército arribarían ante las puertas de Menfis, decidió primero y sobre todo tomar precauciones para proteger la ciudad. En consecuencia regresó a Menfis con el ejército que había retenido y empezó a prepararse para el asedio.

 

XLIX.   Lácrates el Tebano, que estaba al mando del primer contingente, se apresuró a comenzar el sitio de Pelusio. Primero desvió la corriente del canal en otras direcciones, luego cuando el canal se había secado lo rellenó de tierra y arrimó los ingenios de sitio contra la ciudad. Cuando una gran porción de las murallas cayó, la guarnición de Pelusio rápidamente construyó otras para oponerse al avance y levantaron altas torres de madera. [2] La batalla por las murallas continuó durante varios días y al principio los Griegos de Pelusio rechazaron vigorosamente a los sitiadores, pero cuando supieron de la retirada del rey a Menfis se atemorizaron tanto que enviaron legados a negociar un acuerdo. [3] Puesto que Lácrates les dio garantías confirmadas por juramentos de que si rendían Pelusio serían escoltados de vuelta a Grecia con cuanto pudieran llevar en sus equipajes, entregaron Pelusio, y los soldados llegando al lugar cuando los Griegos estaban saliendo, se apoderaron de muchos de los bienes que estaban llevándose. [5] Las víctimas de esta injusticia en su enojo invocaron a gritos a los Dioses que eran garantes de los juramentos, por lo que Lácrates se enfadó, hizo huir a los bárbaros, matando a gran número de ellos, apoyando así a los Griegos, víctimas de las garantías violadas. [6] Pero cuando Bagoas corrió al Rey y acusó a Lácrates, Artajerjes decidió que el contingente de Bagoas había recibido su justo castigo y ejecutó a los Persas que eran responsables del robo. Así fue de este modo que Pelusio fue entregada a los Persas.

[7] Mentor, que estaba al mando del tercer contingente, capturó Bubaste y muchas otras ciudades y las sometió al Rey con un solo plan estratégico. Porque dado que todas las ciudades estaban guarnecidas por dos pueblos, Griegos y Egipcios, Mentor hizo llegar a los soldados la noticia de que el Rey Artajerjes había decidido tratar magnánimamente a aquellos que voluntariamente abrieran las puertas de sus ciudades, pero imponer la misma pena a aquellos que fueran sometidos por la fuerza tal como había hecho sobre el pueblo de Sidón. E instruyó a los que vigilaban las puertas para que dejaran paso libre a cualquiera que deseara desertar del otro bando. [8] En consecuencia, dado que los Egipcios capturados estaban abandonando las guarniciones sin obstáculo, la sobredicha noticia se extendió rápidamente entre todas las ciudades de Egipto. Inmediatamente, por tanto, los mercenarios estaban en todas partes en confrontación con los nativos y las ciudades se hundieron en luchas, porque cada parte estaba privadamente esforzándose en rendir sus puestos y albergando ocultas esperanzas de ganancias a cambio de este favor, y esto era lo que realmente pasó en el caso de la ciudad de Bubaste primero.

 

L.   Cuando, concretamente, las fuerzas de Mentor y Bagoas estaban acampadas cerca de Bubaste, los Egipcios, sin el conocimiento de los Griegos, mandaron un legado a Bagoas, ofreciendo la entrega de la ciudad si les concedía la salvación. [2] Los Griegos, teniendo conocimiento de la misión, capturaron al enviado y con terribles amenazas le sacaron la verdad, por lo cual se enojaron mucho y atacaron a los Egipcios, mataron a algunos, hirieron a otros y confinaron al resto en un barrio de la ciudad. [3] Los derrotados hombres, habiendo notificado a Bagoas lo que había ocurrido, le pidieron que acudiera con toda celeridad y recibiera la ciudad de sus manos. Pero los Griegos habían estado tratando secretamente con Mentor, quien secretamente les dio ánimos para que atacaran a los bárbaros tan pronto Bagoas entrara en Bubaste. [4] Luego, cuando Bagoas con los Persas estaba ingresando en la ciudad sin permiso de los Griegos y una porción de aquellos había entrado dentro, los Griegos súbitamente cerraron las puertas y atacaron a aquellos que estaba dentro de las murallas, y, habiendo matado a todos los hombres, cogieron a Bagoas mismo prisionero. [5] Este, viendo que su esperanza de salvación radicaba en Mentor, le suplicó perdonar su vida y le prometió en el futuro no hacer nada sin su consejo. [6] Mentor, quien entonces había persuadido a los Griegos de dejar a Bagoas libre y negociar la rendición a través de él mismo, ganó crédito por su éxito, pero, habiéndose hecho responsable de la vida de Bagoas, hizo con él un acuerdo para actuar en común, y después de un intercambio de garantías sobre este asunto guardaron el acuerdo fielmente hasta el fin de su vida. [7] El resultado de esto fue que ellos dos por su cooperación en el servicio del Rey alcanzaron después el más grande poder de todos los amigos y parientes en la corte de Artajerjes. De hecho Mentor, habiendo sido nombrado comandante en jefe de las regiones marítimas del Asia, prestó grandes servicios al Rey reuniendo mercenarios de Grecia y enviándolos a Artajerjes, y cumpliendo en el curso de sus actividades todos sus deberes con valía y lealtad. [8] En cuanto a Bagoas, después que hubiere administrado todos los asuntos del Rey en las satrapías superiores[187], alcanzó tal poder por su alianza con Mentor que era el dueño del reino, y Artajerjes no hacía nada sin su consejo. Y después de la muerte de Artajerjes designó siempre al sucesor en el trono y ostentó todas las funciones de un rey salvo el título. Pero de estos asuntos trataremos en detalle en su adecuado momento. 

 

LI.   En este tiempo objeto de estudio, después de la rendición de Bubaste, las restantes ciudades, aterrorizadas, se entregaron a los Persas por capitulación. Pero el Rey Nectanebo, mientras aun estaba en Menfis y conocía la tendencia de las ciudades a la traición, no se atrevió a arriesgar batalla por su dominio. Así perdiendo la esperanza de conservar su reino y tomando con él la mayor parte de sus posesiones, huyó a Etiopía. [2] Artajerjes, tras ocupar todo Egipto y demoler las murallas de las más importantes ciudades, saqueando los templos consiguió una vasta cantidad de oro y plata, y se llevó las inscripciones históricas de los antiguos templos, que luego Bagoas devolvió a los sacerdotes Egipcios a cambio de grandes sumas como rescate. [3] Luego cuando hubo premiado a los Griegos que le habían acompañado en la campaña con generosos presentes, a cada cual según sus méritos, los envió a sus patrias, y, habiendo instalado a Ferendates como sátrapa de Egipto, regresó con su ejército a Babilonia, llevando muchas posesiones y expolios y habiendo obtenido gran renombre por sus éxitos.

 

LII[188].    Cuando Calímaco era arconte en Atenas, los Romanos eligieron como cónsules a Cayo Marcio y a Publio Valerio. Durante el ejercicio de sus cargos Artajerjes, viendo que Mentor el general había llevado a cabo grandes servicios en su favor en la guerra contra los Egipcios, lo colocó sobre y por encima de sus otros amigos. [2] Estimándole digno de honor por sus valientes acciones, le dio cien talentos de plata y también los más valiosos premios, y lo nombró sátrapa de la costa Asiática y lo puso al frente de la guerra contra los rebeldes, habiéndole designado general en jefe. [3] Y puesto que Mentor estaba emparentado[189] con Artabazo y Memnón, los cuales ambos habían combatido contra los Persas en el periodo precedente[190] y en el momento ahora en consideración eran fugitivos de Asia residiendo en la corte de Filipo, pidió al Rey y le convenció de olvidar las acusaciones contra ellos. Inmediatamente después también llamó a ambos a venir a su presencia con todas sus familias, [4] porque la hermana de Mentor y Memnón había parido de Artabazo once hijos y diez hijas[191]. Y Mentor estaba tan encantado con el gran número de niños nacidos al matrimonio que promovió a los jóvenes, dándoles los más distinguidos cargos en las fuerzas armadas. [5] Hizo su primera campaña contra Hermias[192], el tirano de Atarneo, quien se había sublevado contra el Rey y era señor de muchas fortalezas y ciudades. [6] Habiendo prometido a Hermias que convencería al Rey de perdonar los cargos contra él también, se encontró con él en una conferencia y luego, engañándolo, lo arrestó. Después de hacerse con la posesión de su anillo sello y escribiendo a las ciudades que se había producido la reconciliación con el Rey por mediación de Mentor, selló las cartas con el anillo de Hermias, y envió las cartas y con ellas a agentes que tenían que ocupar los lugares. [7] Las poblaciones de las ciudades, confiando en los documentos y estando muy contentos por la paz, todos entregaron las fortalezas y las ciudades. Ahora que Mentor con engaños había recobrado rápidamente y sin riesgo las ciudades de los rebeldes, se ganó gran favor ante el Rey, que coligió que realmente era capaz de cumplir los deberes de general. [8] Similarmente con respecto a los otros comandantes que estaban en desacuerdo con los Persas, ya por la fuerza ya con estratagemas, pronto los sometió a todos.

Y tal era el estado de las cosas en Asia.

[9] En Europa Filipo, el rey Macedonio, marchó contra las ciudades Calcídicas, tomó la fortaleza de Zereia[193] por asedio y la arrasó. Luego intimidó a algunas otras ciudades y les obligó a someterse. Yendo luego contra Feras en Tesalia expulsó a Pitolao[194], que tenía el control de la ciudad. [10] Mientras estas cosas sucedían, se produjo en Ponto la muerte de Espartaco el rey del Ponto después de un gobierno de cinco años. Su hermano Paerisades[195] le sucedió en el trono y reinó treinta y ocho años.

 

LIII[196].   Cuando hubo este año acabado, en Atenas Teófilo era arconte, y en Roma Cayo Sulpicio y Cayo Quintio fueron elegidos cónsules, y se celebró la centésima octava Olimpiada en la que Policles de Cirene ganó la carrera del estadio. [2] Durante el ejercicio de sus funciones Filipo, cuyo objetivo era subyugar las ciudades del Helesponto, conquistó sin batalla Mecyberna[197] y Torone[198] mediante traición, y luego, habiendo hecho campaña con un gran ejército contra la más importante de las ciudades de la región, Olinto, primero venció a los Olintios en dos batallas y los forzó a defender sus propias murallas, luego en continuos asaltos que hizo perdió muchos hombres en luchas ante las murallas, pero finalmente sobornó a los principales oficiales de los Olintios, Eutícrates y Lástenes[199], y capturó Olinto mediante su traición. [3] Después de saquearla y esclavizar a sus habitantes vendió a hombres y bienes como botín. Actuando así se procuró grandes sumas de dinero para proseguir la guerra e intimidó a las otras ciudades que se le oponían. Habiendo premiado con presentes apropiados a los soldados que habían mostrado valor en la batalla y distribuido dinero entre los hombres de influencia en las ciudades, ganó a muchos como instrumentos listos para traicionar a sus patrias. De hecho solía declarar que era mucho más por el uso del oro que de las armas que había acrecentado su reino.  

 

LIV.   Puesto que los Atenienses veían con alarma el creciente poder de Filipo, acudieron en auxilio de cualquier pueblo[200] que fuera atacado por el rey, enviando embajadores a las ciudades y urgiéndolas a velar por su independencia y castigar con la muerte a aquellos ciudadanos que fueran convictos de traición, y les prometieron a todos que lucharían como sus aliados, y, después de declararse públicamente enemigos del rey, se metieron en una guerra abierta con Filipo. [2] El hombre que más que ningún otro los estimuló a tomar la causa de la Hélade fue el orador Demóstenes, el más elocuente de los Griegos de aquellos tiempos. Incluso su ciudad era, sin embargo, incapaz de refrenar a sus ciudadanos de su impulso hacia la traición, tal era la cosecha[201] de traidores que se había desarrollado en ese tiempo a lo largo de la Hélade. [3] De ahí la anécdota de que cuando Filipo deseaba tomar cierta ciudad con unas fortificaciones inusualmente fuertes y uno de los habitantes resaltaba que era inexpugnable, preguntaba si ni el oro siquiera podía escalar sus murallas. [4] Porque había aprendido de la experiencia que lo que no podía ser subyugado por la fuerza de las armas podía fácilmente ser vencido por el oro. Así, organizando grupos de traidores en varias ciudades por medio de sobornos y llamando a aquellos que aceptaban su oro “huéspedes” y “amigos”, con sus malas compañías corrompió la moral del pueblo[202].  

 

LV.   Después de la captura de Olinto, celebró la fiesta Olímpica[203] a los Dioses en conmemoración de su victoria, y ofreció magníficos sacrificios; y organizó una gran fiesta en la que dispuso espléndidas competiciones y luego invitó a muchos de los visitantes extranjeros a sus banquetes. [2] En el curso de los banquetes intervino en numerosas conversaciones, presentando a muchos huéspedes copas[204] cuando proponía brindis, concediendo regalos a un considerable número de personas, y haciendo graciosamente hermosas promesas a todos ellos de tal modo que conseguía que un gran número anhelara tener amistad con él.

[3] Una vez en el curso de una competición de bebida, notando que Sátiro[205], el actor, estaba con una mirada melancólica en su cara, Filipo le preguntó por qué rechazaba participar de la amistosa cortesía que ofrecía; y cuando Sátiro dijo que deseaba obtener de él un favor pero temía que, si exponía la petición que había pensado, sería rechazada, el rey, excesivamente contento, afirmó que inmediatamente le daría cualquier favor que pidiera. Aquel replicó que entre las cautivas había dos hijas vírgenes de un amigo suyo que estaban en edad de casar; que deseaba recuperar estas muchachas, no para obtener algún beneficio si le eran concedidas, sino para darles a ambas una dote y maridos y no permitir que sufrieran ninguna indignidad impropia de sus años. [4] Por tanto Filipo accedió contento a su petición e inmediatamente a entregar a Sátiro las muchachas como regalo. Y dispensando muchos otros beneficios y regalos de toda clase cosechó favores muchas veces más grandes que el suyo, porque muchos que estaban animados por la esperanza de su generosidad luchaban entre sí por sobrepasar unos a otros en mostrar devoción a Filipo y en entregarle sus patrias.    

 

LVI[206].    Cuando Temístocles era arconte en Atenas, en Roma Cayo Cornelio y Marco Popilio sucedieron en la magistratura consular. Durante su magistratura los Beocios, después de saquear buena parte del territorio focidio en torno a la ciudad llamada Hya[207], vencieron a sus enemigos y mataron a unos setenta de ellos. [2] Después de esto los Beocios, habiendo llegado a las manos cerca de Coronea con los Focidios, fueron vencidos y perdieron muchos hombres. Cuando los Focidios entonces se apoderaron de varias ciudades de considerable importancia en Beocia, los Beocios hicieron campaña y destruyeron las cosechas en territorio enemigo, pero fueron derrotados en el camino de vuelta. [3] Mientras estas cosas sucedían, Falaeco, el general de los Focidios, que fue acusado de robar muchas de las propiedades sagradas, fue depuesto de su mando[208]. Habiendo sido tres generales elegidos para reemplazarlo, Deinócrates, Calias y Sofanes, una investigación sobre los sagrados bienes se inició y los Focidios llamaron a aquellos que los habían administrado para rendir cuentas. El hombre que había estado a cargo de la mayor parte de ellos era Filón. [4] Puesto que no pudo rendir adecuadas cuentas, fue juzgado culpable, y después de ser torturado por los generales reveló los nombres de sus cómplices en el hurto, mientras que él mismo, después de ser sometido a enormes tormentos, recibió el tipo de muerte que era apropiado a su impiedad. [5] Aquellos que habían desviado las propiedades a sus propios fines devolvieron cualesquiera cosas que aun poseyeran del patrimonio robado y fueron ellos mismos ejecutados como ladrones de templos. De los generales que habían estado en el cargo previamente, el primero en ejercer el mismo, Filomelo, había mantenido apartadas sus manos de las ofrendas[209], pero el segundo, llamado Onomarco, hermano de Filomelo, gastó mucho del dinero del Dios, mientras que el tercero, Failo, el hermano de Onomarco, cuando llegó a general, acuñó un gran número de ofrendas en moneda para pagar a los mercenarios. [6] Porque acuñó para dinero ciento veinte ladrillos de oro que habían sido dedicados por Creso[210] rey de los Lidios cada uno de los cuales pesaba dos talentos, y trescientas sesenta copas de oro que pesaban cada una dos minas, y estatuas de oro de un león y de una mujer, que pesaban en total treinta talentos de oro, de modo que la suma total de oro que fue convertida en moneda, referida en plata, ascendía a cuatrocientos talentos, mientras que de las ofrendas de plata, las dedicadas por Creso y todos los demás, los tres generales habían gastado más de seiscientos talentos, y si a estos se añadieran las ofrendas de oro, la suma sobrepasaba los diez mil talentos. [7] Algunos historiadores dicen que la propiedad saqueada era no menor a las sumas adquiridas por Alejandro[211] en las cámaras del tesoro de los Persas. Los generales en el estado mayor de Falaeco tomaron medidas incluso para excavar en el templo, porque algunos decían que había una cámara del tesoro en él que contenía mucho oro y plata, y diligentemente abrieron el suelo en torno al fuego y al trípode. El hombre que dio la información sobre el tesoro ofreció como testigo al más famoso y antiguo de los poetas, Homero, quien dice en cierto pasaje:

 

Ni cuanto encierra en su interior el pétreo umbral

Del arquero Febo Apolo en la rocosa Pito.

(Homero Ilíada, 9, 404-5; trad. Emilio Crespo Güemes)

 

[8] Pero como los soldados intentaron remover el propio trípode, se produjeron grandes terremotos y nació el miedo en los corazones de los Focidios, y puesto que los Dioses estaban augurando el castigo que caería sobre los ladrones de templos, los soldados desistieron de sus esfuerzos. El responsable de este sacrilegio,  el antedicho Filón, fue pronto punido como merecía por su crimen contra el Dios.

 

LVII.   Aunque la pérdida del patrimonio sagrado es completa responsabilidad de los Focidios, los Atenienses y los Lacedemonios, que estaban luchando en el bando de los Focidios y recibieron pagos por encima de cualquier proporción en relación al número de soldados que habían enviado, participaron también en su apropiación. [2] En este periodo llegó a suceder que los Atenienses pecaran contra los divinos Poderes a tal punto que, poco antes del asunto de Delfos[212], cuando Ifícrates estaba cerca de Delfos con una fuerza naval y Dionisio el tirano de Siracusa había enviado a Olimpia y a Delfos estatuas magistralmente talladas en oro y marfil, Ifícrates, atreviéndose a caer sobre los barcos que estaban transportando esas estatuas, se apoderaron de ellas y envió carta al pueblo Ateniense preguntándole qué debía hacer con ellas, a lo que los Atenienses le contestaron que no planteara cuestiones sobre lo que concernía a los Dioses sino que prestara atención a ver que sus soldados estuvieran bien alimentados. [3] Entonces Ifícrates, obedeciendo la decisión de su patria, vendió como botín las obras de arte pertenecientes a los Dioses. El tirano, encolerizado con los Atenienses, les escribió una carta del siguiente tenor:

“Dionisio al Senado y Asamblea de los Atenienses: es inapropiado esperar que actuéis bien ya que habéis cometido sacrilegio[213] contra los Dioses por tierra y mar, y, habiendo destruido las estatuas que habían sido enviadas por nosotros para ser dedicadas a los Dioses, las habéis convertido en dinero y habéis cometido impiedad hacia el mayor de los Dioses, Apolo, cuya sede radica en Delfos, y hacia Zeus Olímpico.

[4] Tal entonces era la conducta de los Atenienses hacia los divinos Poderes, y eso incluso aunque se jactaban de que Apolo era su Dios tutelar y progenitor[214]. Y los Lacedemonios, aunque habían consultado el oráculo de Apolo en Delfos y aunque llegaron a poseer su constitución[215] que es admirada por todo el mundo, aunque incluso entonces aun interrogaban al Dios sobre asuntos de suprema importancia[216], tuvieron el descaro de hacerse partícipes en el crimen de los que habían saqueado el templo.

 

LVIII.   En Beocia los Focidios, que ocupaban tres ciudades fuertemente fortificadas, Orcómenos, Coronea y Corsias[217], iniciaron desde ellas su campaña contra los Beocios. Estando bien abastecidos de mercenarios saquearon el país y en sus choques y encuentros se mostraron superiores a los habitantes del lugar. [2] Como consecuencia los Beocios, sintiendo crisis de la guerra y la pérdida de gran número de sus hombres, pero no teniendo recursos financieros, enviaron embajadores a Filipo con una petición de ayuda. [3] El rey, complacido de ver su ansiedad y desconcierto y dispuesto a humillar el orgullo de los Beocios por lo de Leuctra, envió unos pocos hombres, estando en guardia sólo frente a una cosa (no ser considerado indiferente por el saqueo del oráculo). [4] Como los Focidios estaban ocupados en construir un castillo cerca del lugar llamado Abae[218], en el que hay un sagrado templo de Apolo, los Beocios hicieron campaña contra ellos. Algunos de los Focidios inmediatamente huyeron a las ciudades más próximas y se dispersaron, mientras que otros tomaron refugio en el templo de Apolo y perecieron en número de quinientos. [5] Entonces muchas otras catástrofes cayeron sobre muchos de los Focidios en este periodo, y en particular uno que voy a relatar. Los hombres que habían tomado refugio en el templo supusieron que sus vidas serían respetadas por la intervención de los Dioses, pero por el contrario mediante alguna divina Providencia[219] se encontraron con el castigo que bien merecen los ladrones de templos. [6] Porque había cantidad de juncos en torno al templo y un fuego había sido dejado en las tiendas de los hombres que habían huido, con el resultado de que los juncos se prendieron y tan gran incendio se activó tan maravillosamente que el templo se consumió y los Focidios que habían huido a él como refugio se quemaron vivos. De hecho se hizo aparente que los Dioses no extienden a los ladrones de templos la protección generalmente acordada para los suplicantes.  

 

LIX[220].   Cuando Arquías era arconte en Atenas, los Romanos eligieron a Marco Emilio y a Tito Quinctio cónsules[221]. Durante su magistratura la guerra Focidia, después de durar diez años[222], fue terminada de la siguiente manera. Puesto que los Beocios y los Focidios estaban completamente exhaustos por la prolongación de la guerra, los Focidios enviaron embajadores a Lacedemonia solicitando refuerzos, y los Espartanos mandaron a mil hoplitas a cargo de los cuales pusieron como general a su rey Arquidamo. [2] Similarmente los Beocios despacharon una embajada a Filipo proponiéndole una alianza, y Filipo, después de anexionarse a los Tesalios, entró en la Lócride con un gran ejército. Y cuando hubo vencido a Falaeco, que había de nuevo sido nombrado investido del generalato y tenía el principal cuerpo de mercenarios, Filipo se preparó a decidir la guerra en una batalla. Pero Falaeco, quien estaba cerca de Nicea[223] y vio que no era rival para Filipo, mandó embajadores al rey para negociar un armisticio. [3] Se alcanzó un acuerdo por el que Falaeco con sus hombres partirían a doquiera desearan, y luego, bajo los términos de la tregua, se retiró al Peloponeso con sus mercenarios en número de ocho mil[224], pero los Focidios, cuyas esperanzas estaban ahora completamente rotas, se rindieron a Filipo. [4] El rey, habiendo sin batalla terminado inesperadamente la guerra Sagrada, celebró concilio con los Beocios y los Tesalios. Como resultado decidió convocar una reunión de Consejo Anfictiónico y dejó a su decisión final todas las cuestiones pendientes.  

 

LX.   Los miembros del Consejo entonces promulgaron un decreto admitiendo a Filipo y a sus descendientes en el Consejo Anfictiónico y confiriéndole los dos votos que antes habían pertenecido a los Focidios[225], ahora vencidos en la guerra. También votaron que las tres ciudades[226] en posesión de los Focidios tendrían que demoler sus murallas y que los Focidios no tendrían participación en el templo de Delfos o en el Consejo de los Anfictiones, que no se les permitiría adquirir ni caballos ni armas hasta que hubieran devuelto al Dios los dineros que habían saqueado, que los Focidios que habían huido y cualesquiera otros que hubieran tenido parte en el latrocinio del santuario serían maldecidos y objeto de arresto allá donde se encontraran, [2] que todas las ciudades de los Focidios tenían que ser arrasadas y los hombres trasladarse a pueblos, ninguno de los cuales tendría más de cincuenta casas, y los pueblos tendrían que estar a una distancia de no menos de un estado unos de otros, que los Focidios poseerían su territorio y tendrían que pagar cada año al Dios un tributo de sesenta talentos hasta que hubieran devuelto las sumas registradas en el momento del saqueo del santuario. Filipo, además, celebraría los Juegos Píticos junto con los Beocios y los Tesalios, puesto que los Corintios habían participado con los Focidios en el sacrilegio cometido contra el Dios. [3] Los Anfictiones y Filipo tendrían que arrojar las armas de los Focidios y de los mercenarios a los acantilados y quemar lo que quedara de ellas y vender los caballos. En un tenor semejante los Anfictiones aprobaron regulaciones sobre la custodia del oráculo y sobre otros asuntos tocantes al debido respeto a los Dioses y la paz y concordia general de los Griegos. [4] Por tanto, cuando Filipo hubo ayudado a los Anfictiones, dado efecto a sus decretos y tratado cortésmente con todos, regresó a Macedonia, habiendo ganado para sí no sólo reputación de piadoso y excelente general, sino también hecho importantes preparativos para el engrandecimiento para el que estaba destinado. [5] Porque ambicionaba ser designado general de la Hélade con el mando supremo y como tal proseguir la guerra contra los Persas. Y esto era lo que realmente terminó sucediendo. Pero estos sucesos los trataremos debidamente en su momento oportuno; procederemos ahora con el hilo de nuestro relato. 

 

LXI.   Pero es correcto primero, consideramos, recordar el castigo que fue impartido por los Dioses sobre aquellos que habían cometido el ultraje del oráculo. Porque, hablando en general, no sólo los autores del sacrilegio sino todas las personas que tuvieron la más leve conexión con el sacrilegio fueron perseguidos por el inexorable castigo enviado por el Cielo. [2] De hecho el hombre que primero planeó apoderarse del templo, Filomelo, en un momento apurado de la guerra se arrojó a un acantilado[227], mientras que su hermano Onomarco, después de asumir el mando de su pueblo, llegó a una situación desesperada, fue hecho pedazos en batalla en Tesalia, junto con los Focidios y mercenarios a su mando y crucificado[228]. [3] El tercero en la sucesión y el único que acuñó moneda con buena parte de las ofrendas, Failo[229], cayó enfermo de una larga dolencia y no pudo incluso evitar un fin rápido a su pena. Y el último de todos, Falaeco, quien había reunido los restos del patrimonio saqueado, pasó su vida vagando durante mucho tiempo en medio del peligro y de un gran miedo, aunque no era la intención del Cielo que fuera más feliz que aquellos que participaron con él en el sacrilegio, sino que siendo atormentado mucho tiempo y siendo conocido de muchos por sus infortunios, su destino triste pudo hacerse notorio. [4] Porque cuando había huido con sus mercenarios después del acuerdo[230], primero permaneció en el Peloponeso, manteniendo a sus hombres con los últimos restos del pillaje, pero luego se procuró en Corinto algunos cargueros grandes y con cuatro navíos ligeros se preparó para el viaje a Italia y Sicilia, pensando que en aquellas regiones se apoderaría de alguna ciudad o ser contratados, porque una guerra se estaba produciendo, oportunamente, entre los Lucanos y los Tarentinos. A sus compañeros de viaje dijo que iba a hacer el viaje porque había sido llamado por el pueblo de Italia y Sicilia.

 

LXII.   Cuando había partido del puerto y estaba en alta mar, algunos de los soldados que estaban en el barco más grande, en el que Falaeco mismo era pasajero, hablaron entre sí porque sospechaban que nadie los había llamado. Porque no pudieron ver a bordo oficiales enviados por los pueblos que estaban solicitando ayuda, y el viaje en perspectiva no era corto, sino largo y peligroso. [2] En consecuencia, puesto que no sólo desconfiaban de lo que se les había dicho sino también temían la campaña en ultramar, conspiraron, sobre todo aquellos que tenían mando entre las tropas mercenarias. Finalmente sacando sus espadas y amenazando a Falaeco y al piloto les obligaron a dar media vuelta. Y cuando aquellos que estaban navegando en los otros barcos también hicieron lo mismo, arribaron de nuevo en un puerto peloponesio. [3] Entonces se reunieron en el promontorio Maleano en Laconia y encontraron a embajadores de Cnossos que habían llegado de Creta para reclutar mercenarios. Después de que estos embajadores hubieron conversado con Falaeco y los otros comandantes y les hubieron ofrecido una alta paga, navegaron todos con ellos. Habiendo arribado en Cnossos en Creta, inmediatamente tomaron al asalto la ciudad llamada Lyctus[231]. [4] Pero un súbito y milagroso refuerzo se les apareció a los de Lyctus, quienes habían sido expulsados de su patria natal. Porque hacia el mismo tiempo el pueblo de Tarento estaba ocupado en proseguir una guerra contra los Lucanos y habían enviado embajadores a los Lacedemonios, quienes eran el origen de sus ancestros, embajadores pidiendo auxilio, con lo cual los Espartanos, que estaban contentos de unirse a ellos por su parentesco, rápidamente levantaron un ejército y una flota y como general al mando de ello nombraron al rey Arquidamo. Pero cuando estaban a punto de iniciar su navegación a Italia, una petición llegó de los Lycianos para que los ayudaran primero. Consintiendo en esto, los Lacedemonios navegaron a Creta, vencieron a los mercenarios y restauraron a los Lycianos en su tierra natal.    

 

LXIII.   Después de esto Arquidamo navegó a Italia y unió sus fuerzas con los Tarentinos pero perdió su vida luchando valientemente en batalla. Fue elogiado por su habilidad como general y por su conducta en todo, aunque en el asunto de la alianza focidia fue severamente criticado como el único que era principal responsable de la captura de Delfos. [2] Entonces Arquidamo fue rey de los Lacedemonios por veintitrés años, y Agis su hijo le sucedió en el trono y gobernó quince años[232]. Después de la muerte de Arquidamo sus mercenarios, que habían participado en el saqueo del templo, fueron abatidos por los Lucanos, mientras que Falaeco, ahora que había sido expulsado de Lyctus, intentó asediar Cidonia. [3] Había construido ingenios de asedio y los estaba arrimando a la ciudad cuando un relámpago cayó y aquellas estructuras fueron consumidas por el fuego divino, y muchos de los mercenarios en el intento de salvar los ingenios perecieron en las llamas. Entre ellos estaba el general Falaeco. Pero un día que ofendió a uno de los mercenarios y fue muerto por él. [4] Los mercenarios que sobrevivieron fueron tomados en servicio por el pueblo de Elis[233]. [5] Cuando los Arcadios se unieron a los Eleos en la lucha y vencieron a los exilados en batalla, muchos de los mercenarios fueron muertos y los restantes, unos cuatrocientos, fueron hechos prisioneros. Después que los Arcadios y los Eleos se repartieran los prisioneros, los Arcadios vendieron como botín a todos los que fueron asignados a su parte, mientras que los Eleos ejecutaron a los de su parte por el ultraje cometido contra el oráculo.  

 

LXIV.   Entonces los partícipes en el sacrilegio encontraron de esta manera su justo castigo a manos de la Divinidad. Y las más renombradas ciudades por su parte en el ultraje fueron luego vencidas en guerra por Antípatro[234], y perdieron a la vez y al mismo tiempo si liderazgo y su libertad. [2] Las esposas de los comandantes Focidios que habían usado los collares de oro tomados de Delfos recibieron la pena apropiada a su impiedad. Porque una de las que se había puesto el collar que había pertenecido a Helena de Troya se hundió en la vida vergonzosa de una cortesana y entregó su belleza a cualquiera que promiscuamente eligiera abusar de ella, y otra, que se puso un collar de Eurífale[235], perdió su casa incendiada por su hijo mayor en un ataque de locura y se quemó viva en ella. Así aquellos que tuvieron el descaro de burlarse de la Divinidad encontraron justa retribución de la manera que he descrito a manos de los Dioses, [3] mientras que Filipo que se apresuró a acudir en ayuda del oráculo incrementó continuamente su fuerza desde este tiempo en adelante y finalmente por su respeto a los Dioses fue nombrado comandante de toda la Hélade y adquirió para sí el más grande reino en Europa.

Ahora que hemos descrito con suficiente detalle los sucesos de la guerra Sagrada, regresaremos a acontecimientos de diferente naturaleza. 

 

LXV.   En Sicilia[236] los Siracusanos, que estaban envueltos en una contienda civil y fueron obligados a vivir como esclavos bajo muy variados tiranos, enviaron embajadores a Corinto con la solicitud de que los Corintios les enviaran como general a un hombre que administrara su ciudad y contuviera las ambiciones de aquellos que ansiaban ser tiranos. [2] Los Corintios, concluyendo que era justo ayudar al pueblo que era vástago suyo[237], votaron enviar como general a Timoleón, hijo de Timaeneto, un hombre de mucho prestigio entre sus conciudadanos por su valor y sagacidad como general y, en una palabra, espléndidamente ornado de todas las virtudes. Una peculiar coincidencia recayó sobre él que contribuyó a su elección para el generalato. [3] Timófanes, su hermano, un hombre de sobrada riqueza y descaro entre los Corintios, había estado cierto tiempo antes ambicionando claramente la tiranía y en ese momento estaba ganándose a los pobres a su causa y acumulando armas y desfilando por el mercado acompañado de una banda de rufianes, no ya proclamando ser tirano pero practicando las artes de la tiranía. [4] Timoleón, siendo incapaz razonando con él hacerle mudar de opinión, lo mató cuando aquel estaba marchando en el mercado[238]. [5] Tumultuosos choques se siguieron y una multitud de ciudadanos se levantó conmocionada por lo sorpresivo y enorme del hecho, y estalló la disensión. Una parte clamaba que como autor del parricidio Timoleón recibiría el castigo prescrito por las leyes, mientras que la otra parte afirmaba justo lo contrario, que le aplaudían como tiranicida. [6] Cuando el senado estaba deliberando en la cámara del consejo y el asunto en disputa fue planteado en la sesión, los enemigos personales de Timoleón lo denunciaron, mientras que aquellos más favorablemente inclinados se posicionaron a favor de su causa y aconsejaron dejarlo libre. [7] Mientras la investigación estaba aun inconclusa llegaron a puerto tras navegación los embajadores de Siracusa que, habiendo dado a conocer su misión al senado, les pidieron enviar con toda celeridad al general que necesitaban. [8] La sesión en consecuencia votó mandar a Timoleón y, para asegurar el éxito del proyecto, le propusieron una alternativa extraña y asombrosa. Afirmaron categóricamente que si gobernaba bien a los Siracusanos, lo considerarían un tiranicida, pero si demasiado ambiciosamente, un asesino de su hermano[239]. [9] Timoleón, no tanto por el temor de la amenaza que hacía pender sobre él el senado que por su natural virtud, administró bien y provechosamente el gobierno en Sicilia. Porque subyugó en guerra a los Cartagineses, restauró a su original estado a las ciudades griegas que habían sido arrasadas por los bárbaros, e hizo toda Sicilia independiente; en una palabra, habiendo encontrado Siracusa y las demás ciudades griegas despobladas cuando asumió su dirección, las hizo notablemente populosas.

Estos asuntos, empero, los referiremos más abajo en su momento oportuno; ahora volveremos al hilo de nuestro relato. 

 

LXVI[240].    Cuando Eubulo fue arconte en Atenas, los Romanos eligieron como cónsules a Marco Fabio y a Servio Sulpicio[241]. Este año Timoleón el Corintio, quien había sido elegido por sus conciudadanos general de Siracusa, se preparó para su expedición a Sicilia. [2] Reclutó setecientos mercenarios y, embarcando a sus hombres en cuatro trirremes y tres navíos rápidos, levó áncoras desde Corinto. Cuando navegaba cerca de la costa recogió tres barcos más de los Leucadianos y Corcirenses, y así con diez navíos cruzó el golfo Jónico[242].

[3] Durante este viaje, un suceso particular y extraño le ocurrió a Timoleón. El Cielo vino en soporte de su aventura y predijo su futura fama y la gloria de sus logros, porque a lo largo de toda la noche fue precedido por una antorcha llameante en el cielo hasta el momento en que el escuadrón hizo puerto en Italia. [4] Entonces Timoleón había ya oído en Corinto de las sacerdotisas de Demeter y Perséfone[243] que, mientras dormían, las Diosas les habían dicho que acompañarían a Timoleón en su viaje a su sagrada isla. [5] Él y sus compañeros, por ello, estaba encantados, reconociendo que las Diosas estaban de hecho dándoles su apoyo. Les dedicó su mejor nave, llamándola “la nave sagrada de Demeter y Perséfone”[244].

No encontrando peligro alguno, el escuadrón llegó a Metaponto en Italia, y así, poco después, también lo hizo una trirreme púnica transportando embajadores Cartagineses. [6] Acercándose a Timoleón, le advirtieron solemnemente que no empezara una guerra o incluso que no pusiera pie en Sicilia. Pero el pueblo de Regio estaba llamándole y prometieron unirse a él como aliados, y así Timoleón rápidamente navegó desde Metaponto esperando adelantarse a la noticia de su llegada. [7] Puesto que los Púnicos controlaban el mar, estaba temeroso de que le impidieran pasar a Sicilia. Así fue completando rápidamente su viaje a Regio.

 

LXVII.   Poco después de esto, los Cartagineses por su parte habían llegado a ver que habría una dura guerra en Sicilia y comenzaron a hacer gestos amistosos a las ciudades de la isla que eran sus aliadas. Renunciando a su oposición a los tiranos a lo largo de la isla, establecieron amistad con ellos, y en particular se dirigieron a Hicetas, el más poderoso de todos, porque tenía a los Siracusanos bajo su control[245]. [2] Prepararon y transportaron a Sicilia una gran fuerza naval y marítima y nombraron a Hanón general. Tenían ciento cincuenta barcos de guerra, cincuenta mil infantes, trescientos carros de guerra, unos dos mil pares extra de caballos[246] y además armas y proyectiles de toda clase, numerosos ingenios de asedio y un enorme bastimento de comida y otros materiales de guerra.

[3] Avanzando primero sobre Entella, devastaron la campiña y bloquearon a la gente del país dentro de la ciudad. Los Campanos que ocupaban la ciudad estaban alarmados ante la hostilidad contra ellos y apelaron por ayuda a las otras ciudades que eran hostiles a los Cartagineses. De aquellas, ninguna respondió salvo la ciudad de Galeria. Este pueblo les envió mil hoplitas, pero los Fenicios los interceptaron, los vencieron con una gran fuerza y los destruyeron. [4] Los Campanos que vivían en Aetna estaban al principio también listos para enviar refuerzos a Entella a causa de su parentesco, pero cuando oyeron del desastre de las tropas de Galeria, decidieron no moverse.

 

LXVIII.   entonces en el tiempo en que Dionisio era aun dueño de Siracusa, Hicetas había hecho campaña contra esta con un gran ejército[247], y construyendo al principio un campamento fortificado en el Olimpieo llevó a cabo la guerra contra el tirano en la ciudad, [2] pero como el asedio se prolongaba y las provisiones se acababan, empezó a regresar a Leontinos, pues esta era la ciudad que le servía de base. Dionisio partió en inmediata persecución y alcanzó su retaguardia, atacándola inmediatamente, [3] pero Hicetas se revolvió contra él, entabló batalla, y habiendo matado a más de tres mil de sus mercenarios, puso al resto en fuga. Persiguiéndolos con furor y entrando en la ciudad con los fugitivos, se apoderó de toda Siracusa salvo la isla[248].  

Tal era la situación en cuanto a Hicetas y Dionisio. 

[4] Tres días después de la captura de Siracusa, Timoleón llegó a Regio y ancló frente a la ciudad[249]. [5] Los Púnicos aparecieron rápidamente con veinte trirremes, pero el pueblo de Regio auxilió a Timoleón a escapar de la trampa. Convocaron una asamblea general en la ciudad y se produjo un debate formal sobre el objeto del acuerdo. Los Cartagineses esperaban que Timoleón fuera disuadido para navegar de vuelta a Corinto y mantenían una estricta vigilancia. Aquel, sin embargo, no dando indicación de una intención de irse, permaneció cerca de la asamblea, pero secretamente ordenó a nueve de sus barcos hacerse a la mar inmediatamente. [6] Entonces, mientras que los Cartagineses concentraban su atención en los Regianos intencionadamente muy tediosos, Timoleón partió inadvertidamente a su único barco que le quedaba y rápidamente salió del puerto. Los Cartagineses, aunque engañados, salieron en su persecución, [7] pero su flota había ganado una sustancial ventaja, y como anochecía fue capaz de llegar Tauromenio antes de ser alcanzado. [8] Andrómaco[250], quien era el señor de esta ciudad y había favorecido constantemente la causa siracusana, recibió bien a los fugitivos hospitalariamente e hizo mucho por asegurar su salvación.

[9] Hicetas entonces se puso a la cabeza de cinco mil de sus mejores soldados y marchó contra los Adranitas, que eran hostiles a él, acampando cerca de su ciudad. Timoleón añadió a su fuerza algunos soldados de Tauromenio y partió de esta ciudad, sumando todos no más de mil hombres. [10] Partiendo al anochecer, alcanzó Adranum al segundo día, y desencadenó un sorpresivo ataque sobre los hombres de Hicetas mientras que estaban cenando. Penetrando por sus defensas mató a más de trescientos hombres, tomó unos seiscientos prisioneros, y se hizo dueño del campo[251]. [11] Completando esta maniobra con otra, avanzó inmediatamente a Siracusa. Cubriendo la distancia a toda velocidad, cayó sobre la ciudad desprevenida, siendo más rápido que aquellos que estaban derrotados y huyendo[252].

Tales fueron los sucesos que tomaron lugar este año.  

 

LXIX[253].   Cuando Licisco era arconte en Atenas, los Romanos eligieron como cónsules a Marco Valerio y a Marco Publio, y se celebró la centésima novena Olimpiada, en la que Aristóloco el Ateniense ganó la carrera del estadio[254]. Este año se concluyó el primer tratado entre los Romanos y los Cartagineses[255]. [2] En Caria, Idrieo, el dinasta de los Carios, murió después de gobernar siete años, y Ada, su hermana y esposa, sucediéndole, gobernó cuatro años[256].

[3] En Sicilia, Timoleón recibió en alianza a los Adranitas y a los Tindaritas y le fueron entregados no pocos refuerzos de estos. Gran confusión reinaba en Siracusa, donde Dionisio mantenía la isla, Hicetas la Acradina y Neapolis y Timoleón el resto de la ciudad, mientras que los Púnicos habían llegado al gran puerto con ciento cincuenta trirremes y acamparon con cincuenta mil hombres en la costa[257]. Timoleón y sus hombres vieron la hostilidad contra ellos con desánimo, pero la perspectiva mudó a mejor súbita y sorprendentemente. [4] Primero Marco[258], el tirano de Catania, acudió junto a Timoleón con un considerable ejército, y luego muchos de los castillos siracusanos periféricos se declararon por él en un movimiento por ganar su independencia. Y sobre todo, los Corintios equiparon diez barcos, los cargaron de dinero, y los enviaron a Siracusa[259]. [5] Por tanto Timoleón elevó el valor pero los Cartagineses se alarmaron e incontroladamente se marcharon del puerto, regresando con todas sus fuerzas a su propio territorio[260]. [6] Hicetas quedó aislado, mientras que Timoleón ocupaba victorioso Siracusa[261]. Luego procedió a recobrar Mesana, que se había pasado a los Púnicos[262]

[7] Tal era el estado de cosas en Sicilia. 

En Macedonia, Filipo había heredado de su padre un enfrentamiento con los Ilirios y no encontró el modo de terminar con el contencioso. Por tanto invadió Iliria con un gran ejército, devastó la campiña, expugnó muchas ciudades y regresó a Macedonia cargado de botín[263]. [8] Luego marchó a Tesalia, y expulsando a los tiranos de las ciudades se ganó a los agradecidos Tesalios. Con estos como sus aliados, esperaba que se atraería también fácilmente a los Griegos a su favor, y esto es justo lo que pasó. Los Griegos que moraban cerca inmediatamente se sumaron a la decisión de los Tesalios y se hicieron sus entusiastas aliados[264].       

 

LXX[265].   Cuando Pitodoto era arconte en Atenas, los Romanos eligieron como cónsules a Cayo Plaucio y a Tito Manlio[266]. Este año[267] Timoleón obligó con amenazas al tirano Dionisio a rendir la ciudadela, deponiendo su cargo y retirándose bajo salvoconducto al Peloponeso, pero conservando sus posesiones particulares. [2] Así, por cobardía y bajeza, perdió esta celebrada tiranía que había sido, como decía el pueblo, trabada con cadenas de hierro[268], y pasó el resto de los años de su vida en pobreza en Corinto, dando con su vida e infortunio ejemplo a todos los que se vanaglorian estúpidamente con sus éxitos. [3] Quien había poseído cuatrocientas trirremes[269] llegó poco después a Corinto en un pequeño barco de un fletador[270], exhibiendo visiblemente la enormidad del cambio de su fortuna.  

[4] Timoleón ocupó la isla y las fortalezas que habían antes pertenecido a Dionisio. Se apoderó de la ciudadela y del palacio del tirano en la isla, y restauró la independencia de las ciudades fortificadas. [5] Inmediatamente se dispuso a elaborar un nuevo código de leyes, convirtiendo la ciudad en una democracia, y especificó en exacto detalle la ley de contratos y todas esas materias, poniendo especial atención en la equidad[271]. [6] Instituyó también un cargo anual que es tenido en el más alto honor, que los Siracusanos llaman “amfipolo” de Zeus Olímpico[272]. Para serlo, el primer sacerdote elegido fue Calístenes, el hijo de Alcadas, y desde entonces los Siracusanos continuaron designando los años por esos magistrados hasta el tiempo en que estoy escribiendo esta historia y ha cambiado su forma de gobierno. Porque cuando los Romanos compartieron su ciudadanía con los Griegos de Sicilia, el cargo de estos sacerdotes se hizo insignificante, después de haber sido importante durante unos trescientos años[273].

Tal era la situación de los asuntos en Sicilia.  

 

LXXI.   En Macedonia, Filipo concibió un plan para atraerse a las ciudades griegas en Tracia a su favor, y marchó hacia esa región[274]. Cersobleptes, quien era el rey de los Tracios, había estado siguiendo una política de subyugar las ciudades helespónticas que lindan con su territorio y de arrasar sus territorios. [2] Con el objetivo de poner fin a los ataques bárbaros Filipo marchó contra ellos con un gran ejército. Venció a los Tracios en varias batallas e impuso a los bárbaros derrotados el pago de un diezmo a los Macedonios, y fundando ciudades fortificadas en lugares estratégicos hizo imposible para los Tracios cometer nuevos ultrajes en el futuro. Así las ciudades griegas quedaron libres de este temor y se incorporaron contentos a la alianza de Filipo.

[3] Teopompo de Quíos, el historiador, en su Historia de Filipo, incluía tres libros que se ocupaban de los asuntos de Sicilia[275]. Empezando con la tiranía de Dionisio el Viejo cubrió un periodo de cincuenta años, terminando con la expulsión de Dionisio el Joven. Esos libros eran 41-43.

 

LXXII[276].   Cuando Sosígenes era arconte de Atenas, los Romanos eligieron a Marco Valerio y a Marco Cneo Publio cónsules[277]. Este año, Aribas rey de los Molosos murió tras de un gobierno de diez años[278], dejando un hijo Eácides, padre de Pirro, pero Alejandro el hermano de Olimpia sucedió en el trono con el soporte de Filipo de Macedonia.

[2] En Sicilia, Timoleón hizo una expedición contra Leontinos, porque esta era la ciudad donde Hicetas había tomado refugio con un importante ejército[279]. Lanzó un asalto por la parte llamada Neapolis, pero puesto que los soldados en la ciudad eran numerosos y tenían la ventaja de luchar desde las murallas, no logró nada y levantó el asedio. [3] Pasando a la ciudad de Engyum, que estaba controlada por el tirano Leptines[280], la asaltó con repetidos ataques en la esperanza de expulsar a Leptines y restaurar la libertad de la ciudad. [4] Tomando ventaja de su preocupación, Hicetas salió con todo su ejército e intentó sitiar Siracusa, pero perdió a muchos de sus hombres y se retiró rápidamente de Leontinos. [5] Leptines fue obligado a someterse, y Timoleón lo envió al Peloponeso bajo un salvoconducto, dando a los Griegos prueba tangible de los resultados de su programa de vencer y expulsar a los tiranos.

La ciudad de Apolonia había estado también bajo Leptines. En tomándola, Timoleón restauró su autonomía así como la de la ciudad de Engyum.

 

LXXIII.    Falto de fondos para pagar a sus mercenarios, envió a mil hombres con sus mejores oficiales a la parte de Sicilia controlada por los Cartagineses[281]. Saquearon una gran área, y, trayendo una gran cantidad de botín, lo entregaron a Timoleón. Vendiéndolo y obteniendo una gran suma de dinero, pagó a sus mercenarios para un largo tiempo de servicio. [2] Tomó Entella también y, después de ejecutar a quince personas que eran los más firmes partidarios de los Púnicos, restauró al resto su independencia. Como su fuerza y su reputación militar crecían, todas las ciudades griegas de Sicilia comenzaron a someterse voluntariamente a él, gracias a su política de devolver a todos su autonomía. Muchas también de las ciudades de los Sículos y de los Sicanios y de los demás que estaban sometidos a los Cartagineses se aproximaron a él a través de embajadas con el deseo de ser incluidos en su alianza.

[3] Los Cartagineses reconocieron que sus generales en Sicilia estaban conduciendo la guerra con desaliento y decidieron enviar a otros nuevos junto con poderosos refuerzos[282]. De inmediato hicieron una leva para la campaña de entre los más nobles ciudadanos[283] y llevaron a cabo entre los Libios adecuadas conscripciones. Además, asignando una gran suma de dinero, reclutaron mercenarios de entre los Íberos, Celtas y Ligures[284]. También se ocuparon de construir barcos de guerra. Reunieron muchos barcos y se procuraron otros bastimentos en cantidades enormes.  

 

LXXIV[285].   Cuando Nicómaco era arconte en Atenas, los Romanos eligieron como cónsules a Cayo Marcio y a Tito Manlio Torcuato[286]. Este año Foción el Ateniense derrotó y expulsó a Cleitarco, el tirano de Eretria que había sido estatuido por Filipo. [2] En Caria, Pizodaro[287], el más joven de los hermanos, expulsó a Ada de su trono como dinasta y gobernó durante cinco años hasta que Alejandro cruzó al Asia.

Filipo, cuya fortuna estaba constantemente en alza, hizo una expedición contra Perinto, que le había resistido y se había inclinado hacia los Atenienses[288]. Los sitió y avanzando sus ingenios hacia la ciudad asaltó las murallas en relevos día tras día. [3] Construyó torres de ochenta codos de alto, que sobrepasaban con mucho las torres de Perinto, y desde una altura superior mantenía ocupados hasta la extenuación a los sitiados. Machacó las murallas con arietes y las debilitó con minas, y derrumbó un largo lienzo de la muralla. Los Perintianos combatieron con obstinación en su defensa y rápidamente levantaron una segunda muralla; muchos admirables hechos fueron ejecutados en batalla abierta y en las fortificaciones. [4] Ambas partes desplegaron una gran determinación. El rey, por su parte, trajo la destrucción con numerosas y variadas catapultas a los hombres que luchaban firmemente junto a los parapetos, mientras que los Perintianos, aunque sus pérdidas diarias eran graves, recibieron refuerzos de hombres, proyectiles y artillería de Bizancio. [5] Cuando de nuevo se habían convertido en un objetivo difícil para el enemigo, tomaron valor y asumieron resueltamente la parte principal de la batalla por su patria. Aun el rey perseveraba en su determinación. Dividió sus fuerzas en varias divisiones y con continuos relevos sostuvo un persistente ataque contra las murallas día y noche. Tenía treinta mil hombres y copia de proyectiles e ingenios de asedio además de otras máquinas en abundancia, y continuó una constante presión contra la gente sitiada.

 

LXXV.   Así pues el asedio prosiguió. Los muertos y heridos se acumulaban en la ciudad y las provisiones se estaban agotando. La captura de la ciudad era inminente. La Fortuna, empero, no se olvidó de la salvación de aquellos que estaban en peligro sino que les trajo una inesperada liberación. El incremento del poder de Filipo había sido anunciado en Asia, y el Rey Persa, contemplando este poder con alarma, escribió a sus sátrapas de la costa para que dieran a los Perintios toda la ayuda que pudieran. [2] En consecuencia obedecieron el consejo y enviaron a Perinto una fuerza de mercenarios, amplios fondos, y suficiente estocaje de comida, proyectiles y otros materiales necesarios para las operaciones.

Similarmente el pueblo de Bizancio también les envió a sus mejores oficiales y soldados. Así los ejércitos estaban de nuevo bien igualados, y como la lucha fue retomada, el asedio fue llevado a cabo con suprema determinación. [3] Filipo constantemente batía las murallas con sus arietes, haciendo brechas en ellas, y como sus catapultas barrían de defensores los muros, penetraba al mismo tiempo por las murallas caídas con sus soldados en formación cerrada y asaltaba con escalas los lienzos de las murallas que estaban sin defensas. Entonces se seguía un combate cuerpo a cuerpo y algunos eran muertos inmediatamente, otros caían bajo muchas heridas. Los premios de la victoria estimulaban la osadía de los combatientes, [4] porque los Macedonios esperaban tener una ciudad rica que saquear y ser recompensados por Filipo con premios, la esperanza del beneficio los blindaba contra el peligro, mientras que los Perintios tenían ante sus ojos los horrores de la captura y sostenían con gran valor la batalla por su salvación.

 

LXXVI.   El lugar natural de asentamiento de la ciudad ayudaba a los Perintios sitiados a una decisiva victoria. Se sitúa cerca del mar en una especie de península con un istmo de doscientos metros de largo, y sus casas estaban agrupadas muy juntas y muy altas. [2] En su construcción a lo largo de la cuesta de la colina se sobreponían en altura unas a otras de modo que daban a la ciudad el aspecto general de un teatro. A pesar de los continuos derrumbes y huecos en las murallas, los Perintios no eran derrotados, porque bloqueaban las callejas y utilizaban los pisos más bajos de las casas en todo momento como se fueran muros de defensa. [3] Cuando Filipo con mucho trabajo y dura lucha se apoderó de la muralla de la ciudad, encontró que las casas formaban otra más fuerte, levantada por la Fortuna. Puesto que, además, todas las necesidades de la ciudad eran prontamente satisfechas con las vituallas que llegaban a Perinto desde Bizancio, dividió sus fuerzas en dos, y dejando una división al mando de sus mejores oficiales para que continuara las operaciones ante Perinto, él mismo marchó con la otra y, haciendo un súbito ataque sobre Bizancio, sometió a esta ciudad también a un estrecho cerco. [4] Porque sus hombres y armas y el equipo de guerra estaban todos en Perinto, el pueblo de Bizancio se encontraba en un serio apuro y desconcierto.

Tal era la situación en Perinto y en Bizancio[289].

[5] Éforo de Cyme, el historiador, concluyó su historia en este punto con el asedio de Perinto, habiendo incluido en su trabajo los hechos de los Griegos y de los bárbaros desde el tiempo del retorno de los Heráclidas. Cubrió un periodo de casi setecientos cincuenta años[290], escribiendo treinta libros y encabezando cada uno con una introducción a modo de prefacio. [6] Diylo[291] el Ateniense comenzó la segunda sección de su historia con el fin de Éforo y escribió un relato interconectado de la historia de Griegos y bárbaros desde este punto hasta la muerte de Filipo[292].   

 

LXXVII[293].   Cuando Teofrasto era arconte en Atenas, los Romanos eligieron como cónsules a Marco Valerio y a Aulo Cornelio, y se celebró la centésima décima Olimpiada, en la que Anticles el Ateniense ganó la carrera pedestre[294]. [2] Este año, viendo que Filipo estaba sitiando Bizancio, los Atenienses votaron que había roto su tratado con ellos y enviaron rápidamente una formidable flota en auxilio de la ciudad. Además de estos, los Quiotas, los de Cos, los Rodios y algunos otros de los Griegos enviaron igualmente refuerzos. [3] Filipo estaba asustado por esta acción común, levantó el asedio de las dos ciudades, y firmó un tratado de paz con los Atenienses y los demás Griegos que se le opusieron[295].

[4] En Occidente, los Cartagineses prepararon grandes cantidades de material de guerra y transportaron sus fuerzas a Sicilia[296]. Sumaban en total, incluyendo las fuerzas previamente estacionadas ya en Sicilia, más de setenta mil infantes; caballería, carros de guerra, y parejas extra de caballos no menos de diez mil; doscientos barcos de guerra; y más de mil mercantes transportando caballos, armas, comida y demás cosas. [5] Timoleón no se desalentó, sin embargo, aunque conocía el tamaño de las fuerzas enemigas mientras él se veía reducido a un puñado de soldados. Aún estaba en guerra con Hicetas, pero vino a términos con él y tomó para sí sus tropas, incrementando así su propio ejército significativamente[297]

 

LXXVIII.   Decidió comenzar el enfrentamiento con los Púnicos en su propio territorio tanto para mantener incólume el territorio de sus aliados como para devastar entretanto el que estaba sometido a los bárbaros. [2] Reunió a sus mercenarios inmediatamente, junto con los Siracusanos y sus aliados, convocó una asamblea general, y exhortó a su audiencia con las palabras adecuadas a hacer frente al combate decisivo. Cuando todos aplaudieron e hicieron aclamaciones, urgiéndole a conducirlos de inmediato contra los bárbaros, hizo campaña con no más de doce mil hombres en total[298].

[3] Llegó al territorio de Agrigento cuando la confusión y la discordia inesperadas estallaron en su ejército. Uno de sus mercenarios llamado Trasio, quien había estado con los Focidios cuando saquearon el templo de Delfos y se destacaba por su loca temeridad, perpetró un acto que superó sus anteriores ultrajes. [4] Mientras casi todos los demás que habían participado en el sacrilegio contra el oráculo habían recibido de la Deidad su debido castigo, como narramos un poco antes[299], aquel que solo había eludido la venganza divina intentó incitar a los mercenarios a desertar. [5] Dijo que Timoleón había perdido el juicio y que estaba dirigiendo a sus hombres a una segura destrucción. Los Cartagineses eran seis veces su número y eran inmensamente superiores en toda clase de equipamiento, pero Timoleón estaba sin embargo prometiendo que vencerían, jugando con las vidas de sus mercenarios a los que durante largo tiempo a causa de la falta de fondos no había podido siquiera pagar. [6] Trasio recomendó regresar a Siracusa y exigir su estipendio, y no seguir a Timoleón más en una campaña sin futuro.  

 

LXXIX.   Los mercenarios atendieron a su discurso con entusiasmo y estuvieron a punto de amotinarse, pero Timoleón con alguna dificultad aquietó los disturbios mediante apremiantes ruegos y oferta de regalos. Incluso así, mil hombres se marcharon con Trasio[300], pero sólo evitó su castigo hasta más tarde, y escribiendo a sus amigos en Siracusa para que los recibieran amigablemente y les pagaran los atrasos que adeudaba hasta el último, pero también privó a los desobedientes de todo crédito por la victoria. [2] Con el resto, cuya lealtad se había ganado con tacto, marchó contra el enemigo que estaba acampado no lejos. Llamando a las tropas a una asamblea, los exhortó con un discurso, describiendo la cobardía de los Fenicios y trayendo a la memoria el éxito de Gelón[301].

[3] Justo en el momento en que todos como una sola voz estaba clamando por atacar a los bárbaros y comenzar la batalla, ocurrió que las acémilas estaban transportando apios[302] para sus camas, y Timoleón declaró que aceptaba el augurio de su victoria, porque la corona en los Juegos Ístmicos esta elaborada con esta planta. [4] En su sugestión, los soldados trenzaron coronas de apios y con sus cabezas tocadas con ellas avanzaron alegres en la confianza de que los Dioses predecían su victoria. Y así, de hecho, es como ocurrió, pues imprevisiblemente, increíble de decir, vencieron al enemigo no sólo con su valor sino también con la específica ayuda de los Dioses.  

Timoleón desplegó sus fuerzas y bajó desde una línea de pequeñas colinas hacia el río Crimiso[303], donde diez mil enemigos ya habían cruzado. A estos los venció al primer choque, situando su propia posición en el centro de su línea[304]. [6] Hubo una dura lucha, pero como los Griegos eran superiores en valor y en entrenamiento, se produjo una gran matanza de bárbaros. El resto comenzó a huir, pero el principal cuerpo de los Cartagineses cruzó el río entretanto y restauró la situación.   

 

LXXX.   Como la batalla fue reanudada, los Fenicios estaban superando a los Griegos por su amplio número cuando, súbitamente, de los cielos cayó la lluvia y una tormenta de grandes granizos, mientras que rugían encendidos truenos y relámpagos y el viento soplaba en terribles ráfagas. Toda esta tempestad batía las espaldas de los Griegos pero golpeaba de frente a los bárbaros, de modo que, aunque los soldados de Timoleón no eran muy entorpecidos por el suceso, los Fenicios no pudieron soportar la fuerza de las circunstancias, y como los Griegos continuaban atacándoles, se dieron a la huida.

[2] Como todos a la vez buscaban el río (caballos y hombres entremezclados, mientras los carros traían más confusión) algunos perecieron  pisados sin recibir ayuda o atravesados por las espadas o las lanzas de sus camaradas, mientras que otros fueron agrupados por la caballería de Timoleón en el lecho del río y abatidos por la espalda. [3] Muchos murieron sin un golpe del enemigo pues los cuerpos se amontonaron por el pánico. Se produjo una acumulación y era difícil de mantener los pies firmes en la corriente. Lo peor de todo, como la lluvia caía fuertemente, el río barrió corriente abajo como un furioso torrente y se llevó a los hombres con ella, ahogándolos cuando se esforzaban por nadar con su pesada armadura.

[4] Al final, incluso los Cartagineses que formaban el Sagrado Batallón[305], dos mil quinientos en número y extraídos de las filas de aquellos ciudadanos que se distinguían por su valor y reputación así como por su riqueza, cayeron todos abatidos después de un valeroso combate. [5] En los otros elementos de su ejército, más de diez mil soldados fueron muertos y no menos de quince mil fueron hechos prisioneros[306]. La mayoría de los carros fueron destruidos en la batalla pero doscientos fueron capturados. El tren de bagaje, con las acémilas y la mayoría de los vehículos, cayó en poder de los Griegos. [6] La mayoría de las armas se perdieron en el río, pero mil corazas y más de diez mil escudos fueron llevados a la tienda de Timoleón. De estas armas, unas fueron dedicadas luego en los templos de Siracusa, otras fueron distribuidas entre los aliados, y otras fueron enviadas a casa por Timoleón a Corinto con instrucciones de dedicarlas en el templo de Poseidón[307].

 

LXXXI.   La batalla dio como resultado también el acopio de gran cantidad de riquezas, porque los Cartagineses llevaban consigo abundancia de copas de oro y plata; estas, así como el resto de propiedades personales que eran muy numerosas a causa de la riqueza de los Púnicos, Timoleón permitió que los soldados las conservaran en su poder como premio por su valentía[308]. [2] Por su parte, los Cartagineses que escaparon de la batalla dirigieron sus pasos a Lilibeo en pos de la salvación. Tal consternación y terror se apoderó de ellos que no osaban embarcarse en sus navíos y navegar a Libia, persuadidos de que serían devorados por el mar Libio porque sus Dioses los habían abandonado.

[3] En la propia Cartago, cuando las nuevas de la magnitud del desastre llegaron, todos decayeron de ánimo y tuvieron por seguro que Timoleón vendría contra ellos directamente con su ejército. No perdieron el tiempo en llamar del exilio a Giscón[309] el hijo de Hanón y nombrarlo general, porque pensaban que combinaba óptimamente las condiciones de linaje y pericia militar. [4] Votaron no arriesgar las vidas de los ciudadanos en el futuro sino reclutar mercenarios extranjeros, especialmente Griegos[310] que, pensaban, responderían en gran número a causa de la alta paga y las riquezas de Cartago; y enviaron embajadores experimentados a Sicilia con instrucciones de hacer la paz sobre las condiciones que fueran posibles.

 

LXXXII[311].   A finales de este año, Lisimáquides fue arconte de Atenas, y en Roma fueron elegidos como cónsules Quinto Servilio y Marco Rutilio[312]. Este año, Timoleón regresó a Siracusa y rápido expulsó de la ciudad como traidores a todos los mercenarios que lo habían abandonado bajo el liderazgo de Trasio. [2] Estos pasaron a Italia, y llegando a una ciudad costera en el Brutio la saquearon. Los Brutios, airados, inmediatamente marcharon contra ellos con un gran ejército, asaltaron el lugar, y los abatieron a todos con jabalinas[313]. Aquellos que habían abandonado a Timoleón fueron premiados con tal infortunio por su maldad.

[3] El propio Timoleón se apoderó y ejecutó a Postumio el Etrusco[314], quien había estado interrumpiendo con sus piraterías el tráfico marítimo con doce naves corsarias, y había entrado en Siracusa como una ciudad amiga. Recibió a los nuevos colonos enviados por los Corintios amistosamente, en número de cinco mil. Luego, cuando los Cartagineses enviaron embajadores y negociaron con él sin demora, les aseguró la paz sobre la condición de que todas las ciudades griegas fueran libres[315], que el río Lico[316] fuera la frontera de sus respectivos territorios, y que los Púnicos no prestaran ayuda a los tiranos que estaban en guerra con los Siracusanos.

[4] Después de esto, concluyó su guerra con Hicetas y lo ejecutó[317], y luego atacó a los Campanos en Aetna y los aniquiló[318]. Asimismo derrocó a Nicodemo, tirano de Centuripas, y lo expulsó de esta ciudad; y poniendo fin a la tiranía de Apoloniades en Agyrium[319] dio la ciudadanía siracusana a sus habitantes libres. En una palabra, todos los tiranos a lo largo de la isla fueron depuestos y las ciudades fueron liberadas y entradas en su alianza. [5] Hizo proclamación en Grecia de que los Siracusanos darían tierra y casas a los que desearan venir y participar en su prosperidad, y muchos Griegos acudieron a recibir sus lotes[320]. Finalmente cuarenta mil colonos fueron asignados a la tierra vacante de Siracusa y diez mil a la de Agyrium, a causa de su extensión y calidad.

[6] En este tiempo, también, Timoleón revisó las leyes existentes de Siracusa, que había compuesto Diocles[321]. Las concernientes a los contratos privados y las herencias permitió que permanecieran inalteradas, pero enmendó las relativas a los asuntos públicos en la manera que pareciera ventajosa a sus propias ideas. [7] Presidente y director de este programa legislativo fue Céfalo de Corinto, un hombre distinguido por su educación e inteligencia. Cuando quedó libre de este asunto, Timoleón transfirió al pueblo de Leontinos a Siracusa, pero envió colonos adicionales a Camarina y agrandó la ciudad. 

 

LXXXIII.   Así pues, habiendo establecido la paz en todas partes a lo largo de Sicilia, hizo posible que las ciudades experimentaran un enorme incremento de su prosperidad[322]. Durante muchos años, a causa de los problemas domésticos y guerras fronterizas, y aún más por los tiranos que habían continuamente estado apareciendo, las ciudades habían llegado a estar vacías de habitantes y el campo se había convertido en un yermo por la falta de cultivo, no produciendo ninguna cosecha útil. Pero ahora nuevos colonos fluían a estas tierras en gran número, y como se originó un largo periodo de paz, los campos fueron dedicados a cultivos y produjeron abundantes cosechas de toda clase. Así las cosas, los Griegos Siciliotas vendieron sus productos a los mercaderes a buenos precios y rápidamente incrementaron sus riquezas.

[2] Fue por razón de estos fondos así adquiridos que se concluyeron muchas construcciones en esta época. Primero fue la estructura en Siracusa en la isla llamada la “Cámara de los Sesenta Asientos”, que sobrepasaba a todos los restantes edificios de Sicilia en tamaño y grandeza[323]. Este fue construido por Agatocles el déspota, y puesto que, en su pretenciosidad, iba más allá de los templos de los Dioses, recibió una señal del desagrado de los Cielos al ser golpeado por un rayo. Luego había dos torres junto a la orilla del Pequeño Puerto con sus inscripciones en mosaicos de piedras multicolores, proclamando el nombre de su fundador, Agatocles. Comparable a estos pero un poco posterior, en tiempos del rey Hierón, fue construido el Olimpieo en el mercado y el altar al lado del teatro, de un estadio de longitud y de altura y anchura proporcionadas[324].

[3] Entre las ciudades menores hay que mencionar Agyrium, pero puesto que participó en el incremento de habitantes debido a su prosperidad agraria, edificó el más bello teatro en Sicilia después del de Siracusa, así como templos de los Dioses, una cámara del consejo y un mercado. También se levantaron memorables torres, e igualmente monumentos piramidales de destacable arquitectura que servían de sepulcros, muchos y grandes.

 

LXXXIV[325].   Cuando Carondes era arconte en Atenas, Lucio Emilio y Cayo Plaucio asumieron el consulado[326]. Este año, Filipo el rey, habiéndose ganado a la mayoría de los Griegos a su amistad con él, ambicionaba obtener el incontestado liderazgo de Grecia sometiendo a los Atenienses con el terror[327]. [2] Por tanto súbitamente se apoderó de la ciudad de Elatea, concentró sus fuerzas allí y adoptó una política de guerra con Atenas. Esperaba no tener problemas en vencerlos, ya que su confianza en la existencia del tratado de paz[328] los mantenía no preparados para las hostilidades; y así fue como pasó. Porque después que Elatea había sido ocupada, llegaron de noche algunos a Atenas noticiando la ocupación y diciendo que Filipo marcharía inmediatamente sobre el Ática con su ejército[329]. [3] Tomados por sorpresa por esta inesperada evolución de los acontecimientos, los generales Atenienses convocaron a los trompeteros y les ordenaron tocar señal de alarma durante toda la noche.

Las nuevas se extendieron por todos los hogares y la ciudad estaba tensa por el miedo, y al salir el sol todo el pueblo se congregó en el teatro incluso antes de que los arcontes hubieran hecho su habitual proclama. [4] Cuando los generales llegaron y dieron a conocer el mensaje y habían contado la historia, el silencio y el pavor atenazaron la asamblea y ninguno de los habituales oradores osaba proponer una línea de acción. Una y otra vez el heraldo llamó a algunos para que hablaran sobre la salvación común, pero nadie se movía con una propuesta. [5] En medio de la completa perplejidad y desánimo, la multitud dirigió sus ojos a Demóstenes. Finalmente se levantó de su asiento, y exhortando al pueblo a tener ánimo expuso su opinión de que debían inmediatamente enviar embajadores a Tebas e invitar a los Beocios a unirse a ellos a combatir por la libertad. No había tiempo de mandar legados a sus otros aliados[330] invocando los tratados de alianza, porque en dos días podría esperarse que el rey ingresara en el Ática. Como el itinerario del rey conducía a través de Beocia, el apoyo de los Beocios era su único recurso, especialmente porque Filipo era en ese tiempo amigo y aliado de los Beocios y evidentemente trataría de incorporarlos cuando marchara más allá a combatir a Atenas.

 

LXXXV.   Cuando el pueblo aceptó la propuesta y el decreto autorizando la embajada que había sido diseñada por Demóstenes, se pusieron a buscar a su representante más elocuente. Demóstenes de buen grado respondió a la llamada.

Llevó a cabo la misión con vigor y regresó a Atenas habiendo al menos asegurado la adhesión de los Tebanos.  

Ahora que habían doblado sus fuerzas armadas gracias a la alianza con los Beocios, los Atenienses recobraron su confianza. [2] Inmediatamente designaron a Cares y a Lisicles como generales y enviaron a todo su ejército a Beocia. Toda su juventud se mostraba impaciente por luchar y avanzó a marchas forzadas hasta Queronea en Beocia. Impresionados por la prontitud de la llegada de los Atenienses y ellos mismos no menos preparados para el encuentro decisivo, los Beocios se unieron a ellos con sus armas y, juntos, esperaron la aproximación del enemigo. [3] El primer movimiento de Filipo fue enviar embajadores a la Liga Beocia, el más eminente de los cuales era Pitón[331]. Este era celebrado por su elocuencia, pero los Beocios juzgaron que de seguro en su enfrentamiento con Demóstenes por la lealtad de los Tebanos, sobrepasó a los demás oradores, pero que fue claramente inferior al Ateniense. [4] Y Demóstenes en sus discursos consideraba su éxito contra este orador como un gran logro, donde dice: “No cedí entonces ante Pitón a pesar de su confianza y su torrente de palabras contra vosotros”[332].

[5] Así pues Filipo fracasó en atraerse el apoyo de los Beocios, pero, sin embargo, decidió luchar contra ambos aliados a la vez. Esperó que llegara el último de sus rezagados aliados y luego marchó sobre Beocia. Sus fuerzas sumaban más de treinta mil infantes y no menos de dos mil caballos. [6] Ambos bandos estaban ansiosos de trabar batalla, con buen ánimo e impacientes, y estaban muy igualados en valor, pero el rey tenía la ventaja del número y de la experiencia en el mando. [7] Había combatido en muchas batallas de diferente tipo y había sido vencedor en la mayoría de los casos, de modo que tenía una amplia experiencia en operaciones militares. Por el lado ateniense, los mejores generales estaban muertos (Ifícrates, Cabrias y Timoteo) y el mejor de los que quedaban vivos, Cares, no era mejor que cualquier soldado medio en la energía y discreción requeridas a un comandante[333].   

 

LXXXVI.   Los ejércitos se desplegaron[334] al amanecer, y el rey situó a su hijo Alejandro, joven en edad pero destacado por su valor y rapidez en la acción, en un flanco, colocando a su lado a sus generales más experimentados, mientras que él mismo a la cabeza de hombres selectos ejercía el mando sobre los demás; unidades individuales fueron estacionadas donde la ocasión requería[335]. [2] Por otra parte, dividiendo la línea según su nacionalidad, los Atenienses asignaron un flanco a los Beocios y retuvieron el mando del otro para sí mismos. Una vez entablada, la batalla fue muy disputada durante largo tiempo y muchos de ambas partes cayeron, de modo que durante un tiempo la lucha permitió a ambos albergar esperanzas de victoria.

[3] Entonces Alejandro, poniendo su ánimo en mostrar a su padre su valor y que no cedía ante nadie en deseo de vencer, hábilmente secundado por sus hombres, teniendo primero éxito en romper la sólida línea del enemigo y en abatir a muchos golpeó duramente a las tropas enfrentadas a él. [4] Como el mismo éxito fue logrado por sus compañeros, constantemente eran abiertas brechas en la línea. Se apilaban los cuerpos, hasta que finalmente Alejandro se abrió paso a través de la línea y puso a sus oponentes en fuga. Entonces el rey también en persona avanzó, por el frente y no concediendo crédito a la victoria ni siquiera a Alejandro; primero forzó a las tropas colocadas frente a él a retroceder y luego obligándoles a huir se convirtió en el hombre responsable de la victoria. [5] Más de mil Atenienses cayeron en la batalla y no menos de dos mil fueron capturados. [6] Asimismo, muchos de los Beocios fueron asesinados y no pocos tomados cautivos. Después de la batalla Filipo erigió un trofeo de victoria, dio a los cadáveres enterramiento, ofreció sacrificios a los Dioses por la victoria, y confirió premios según sus méritos a aquellos de sus hombres que se hubieren distinguido. 

 

LXXXVII.   La historia cuenta que entre copas después de la cena Filipo ingirió una gran cantidad de vino puro y formando con sus amigos una columna en la celebración de la victoria desfiló pomposamente en medio de sus prisioneros, burlándose todo el rato de las desgracias de los infortunados hombres[336]. Entonces Demades, el orador, quien era entonces uno de los cautivos, le habló audazmente[337] e hizo una observación capaz de frenar la repugnante exhibición del rey. [2] Se dice que comentó: “O rey, cuando la Fortuna te ha situado en el lugar de Agamenón, ¿no te avergüenza actuar como Tersites?”. Golpeado por esta bien dirigida reprimenda, Filipo cambió su conducta completamente. Se desprendió de su corona, dejó a un lado los símbolos de orgullo que marcaban la columna, expresó su admiración por el hombre que osaba hablarle tan claramente, lo liberó de la cautividad y le dio un lugar en su compañía con todos los honores. [3] Tratado por Demades con las maneras áticas, terminó liberando a todos los prisioneros Atenienses sin rescate y, abandonando completamente la arrogancia de la victoria, mandó embajadores al pueblo de Atenas y concluyó con ellos un tratado de amistad y alianza. Con los Beocios firmó la paz pero mantuvo una guarnición en Tebas.

LXXXVIII.   Después de esta derrota, los Atenienses condenaron a muerte al general Lisicles, acusado por Licurgo el orador. Licurgo gozaba de la más alta reputación de los políticos de su tiempo, y puesto que había sido objeto de alabanzas por su manejo de las finanzas de la ciudad durante un periodo de doce años[338] y vivía en general una vida conocida por su rectitud, mostró ser un resuelto acusador. [2] Uno puede juzgar su carácter y su austeridad en el pasaje de su acusación donde dice: “Tú eras general, Lisicles. Mil ciudadanos han perecido y dos mil han sido hechos cautivos. Un trofeo hay en pie apoyado sobre la derrota de tu ciudad, y todos los Griegos están esclavizados. Todo esto ocurrió bajo tu mando y liderazgo, y tú aún te atreves a vivir y mirar al sol e incluso irrumpir en el mercado, un monumento viviente de la vergüenza y desgracia de nuestro país”.

[3] Se produjo una extraordinaria coincidencia en el periodo que estamos estudiando. Al mismo tiempo que la batalla tenía lugar en Queronea, otra batalla ocurrió en Italia el mismo día y a la misma hora entre el pueblo de Tarento y los Lucanos[339]. Al servicio de Tarento estaba Arquidamo, el rey Lacedemonio, y sucedió que cayó muerto. [4] Había gobernado a los Lacedemonios durante veintitrés años; su hijo Agis le sucedió en el trono y reinó nueve años[340].

[5] En este tiempo, igualmente, Timoteo el tirano de Heraclea Póntica murió tras de haber estado en el poder durante quince años. Su hermano Dionisio le sucedió en la tiranía y gobernó treinta y dos años[341].  

 

LXXXIX[342].   Cuando Frínico fue arconte en Atenas, los Romanos estatuyeron como cónsules a Tito Manlio Torcuato y a Publio Decio[343]. Este año el rey Filipo, orgullosamente consciente de su victoria en Queronea y viendo que había quebrado la confianza de las principales ciudades griegas, concibió en su mente la ambición de convertirse en el líder de toda Grecia. [2] Extendió el rumor de que quería hacer la guerra a los Persas en nombre de los Griegos y castigar a aquellos por la profanación de los templos[344], y esto le granjeó el apoyo leal de los Griegos. Mostró su cara amable a todos en público y en privado, e hizo saber a las ciudades que deseaba discutir con ellas asuntos de interés común. [3] En consecuencia, un congreso general fue convocado en Corinto. Habló de la guerra contra Persia y levantando grandes expectativas convenció a los representantes de hacer la guerra. Los Griegos lo eligieron como general plenipotenciario de Grecia, y comenzó a acumular vituallas para la campaña. Indicó el número de soldados que cada ciudad tenía que enviar para el esfuerzo común, y luego regresó a Macedonia.

Este era el estado de cosas en cuanto a Filipo.

XC.   En Sicilia, Timoleón el Corintio falleció. Él había puesto en orden todos los asuntos de los Siracusanos y de los demás Griegos Siciliotas, y había sido su general durante ocho años[345]. Los Siracusanos lo respetaron mucho por su habilidad y lo extenso de sus servicios a ellos y le dieron un magnífico funeral. Como el cadáver fue inhumado en presencia de todo el pueblo se proclamó el siguiente decreto que Demetrio que tenía la voz más poderosa de todos los heraldos de su tiempo[346]: “el pueblo de Siracusa ha votado enterrar a este Timoleón hijo de Timeneto, de Corinto, con gasto de doscientas minas, y honrarlo hasta el final de los tiempos con juegos musicales, ecuestres y gimnásticos, porque destruyó a los tiranos, venció a los bárbaros y restauró la más poderosa de las ciudades griegas, y así se convirtió en el hacedor de la libertad de los Griegos de Sicilia”. 

[2] Este año, igualmente, Ariobarzanes murió después de gobernar veintiséis años y Mitrídates le sucedió y gobernó treinta y cinco[347]. Los Romanos fueron victoriosos en una batalla contra los Latinos y Campanos en las proximidades de Suesa y anexionaron parte del territorio de los vencidos. Manlio, el cónsul que había ganado la victoria, celebró un triunfo[348].

 

XCI[349].   Cuando Pitodoro fue arconte de Atenas, los Romanos eligieron como cónsules a Quinto Publio y a Tiberio Emilio Mamerco, y se celebró la centésima undécima edición de los Juegos Olímpicos, en la que Cleomantis de Cleitor ganó la carrera pedestre[350]. [2] Este año, el rey Filipo, instituido como líder por los Griegos, abrió hostilidades con Persia enviando al Asia como avanzada a Atalo y a Parmenión[351], asignándoles una parte de sus fuerzas y ordenándoles liberar las ciudades griegas, mientras que él mismo, deseando entrar en la guerra con la aprobación de los Dioses, preguntó a la Pitia si vencería al rey de los Persas. La Pitia le dio la siguiente respuesta:

 

Adornado está el toro. Todo está hecho. Hay también uno que lo golpeará violentamente[352].

 

[3] Entonces Filipo encontró ambigua esta respuesta pero la aceptó en un sentido favorable a él, esto es, que el oráculo predecía que el Persa sería muerto como una víctima sacrifical. Realmente, empero, no fue así, y significaba que el propio Filipo en medio de un festival y sacros sacrificios, como el toro, sería apuñalado hasta la muerte mientras estaba coronado de guirnaldas. [4] En cualquier caso, pensó que los Dioses le apoyarían y era muy feliz al pensar que Asia sería conquistada a manos de los Macedonios.

De inmediato se puso a hacer planes de celebrar magníficos sacrificios a los Dioses junto a la boda de su hija Cleopatra, cuya madre era Olimpia; la entregaba en matrimonio a Alejandro rey del Epiro, hermano de Olimpia[353]. [5] Deseaba que tomaran parte tantos Griegos como fuera posible en los festejos en honor de los Dioses, y así ideó brillantes certámenes musicales y generosos banquetes para sus amigos y huéspedes. [6] De toda Grecia convocó a sus huéspedes y amigos personales y ordenó a los miembros de su corte que trajeran a tantos de sus conocidos del extranjero como pudieran. Estaba determinado a mostrarse ante los Griegos como una persona amable y a responder a los honores conferidos cuando fue nombrado general supremo con un adecuado tratamiento. 

 

XCII.   Así pues gran multitud de gentes fluyó de todas partes a la fiesta, y los juegos y matrimonio se celebraron en Egas en Macedonia. No sólo personas notables lo coronaron con coronas de oro sino también la mayoría de las importantes ciudades, y entre ellas Atenas. [2] Cuando este reconocimiento estaba siendo anunciado por el heraldo, terminó con la declaración de que si alguien conspiraba contra el rey Filipo y huía a Atenas por refugio, sería entregado[354]. La frase casual pareció como un augurio enviado por la Providencia para hacerle saber a Filipo que un complot se estaba tramando. [3] Otras palabras hubo parecidas, inspiradas semejantemente por la Divinidad, que auguraban la muerte del rey.

En el banquete público Filipo ordenó al actor Neoptólemo, sin rival por la fuerza de su voz y en popularidad, que presentara algunas piezas bien traídas, particularmente las que concernieran a la campaña persa. El artista pensó que su pieza sería considerada apropiada al paso de Filipo al Asia e intentó censurar las riquezas del Rey Persa, grandes y famosas como eran, (sugiriendo) que podría llegar el día en que fueren destruidas por la Fortuna. Aquí están las palabras que primero cantó:

 

Tus pensamientos alcanzan más allá del aire;

Sueñas con cultivar amplios campos.

Las casas que imaginas sobrepasan las casas

Que los hombres han conocido, pero hierras

Ordenando tu vida a muy lejos.

Uno hay, empero, que se apresurará,

Que recorre un camino oscurecido por el abatimiento.

Y, súbita, imprevista, nos alcanza

Y nos arrebata nuestras lejanas esperanzas

La Muerte, fuente de muchas aflicciones para los mortales.

 

Continuó con el resto de la canción, toda tratando del mismo tema. [4] Filipo estaba encantado con el mensaje y estaba totalmente dedicado al pensamiento de derrotar al rey Persa, porque recordaba el oráculo de la Pitia que tenía el mismo significado que las palabras citadas por el actor trágico.

[5] Finalmente la fiesta terminó y el inicio de los juegos se dejó para el día siguiente. Mientras aún era de noche, la multitud de espectadores se apresuró a ir al teatro y al amanecer el desfile estaba listo. Junto con el pródigo despliegue de todo tipo de cosas, Filipo incluyó en la procesión estatuas de los doce Dioses labradas con gran maestría y adornadas con deslumbrante muestra de riqueza para despertar la admiración en el ánimo del espectador, y junto con estas una decimotercera estatua, adecuada para un dios, la de Filipo mismo, de modo que el rey se exhibía entronizado entre los doce Dioses.  

 

XCIII.   Cada asiento en el teatro estaba ocupado cuando Filipo apareció vistiendo una túnica blanca, y por orden expresa suya sus guardias estaban alejados de él y lo seguían sólo a distancia, ya que quería mostrar públicamente que estaba protegido por la buena voluntad de todos los Griegos y que no tenía necesidad de una guardia de lanceros[355]. [2] Tal fue la cima del éxito que había logrado, pero cuando las alabanzas y las felicitaciones de todos sonaban en sus oídos, súbitamente sin advertencia el complot contra el rey se reveló como un golpe mortal. [3] Expondremos las razones de este hecho para que nuestra historia pueda quedar clara.

Había un Macedonio, Pausanias, quien procedía de una familia del distrito de Oréstide[356]. Era un guardia del rey y era amado por él a causa de su hermosura. [4] Cuando vio que el rey se estaba enamorando de otro Pausanias (un hombre de su mismo nombre), se dirigió a él con un lenguaje ofensivo, acusándole de ser hermafrodita y pronto a aceptar las insinuaciones amorosas de cualquiera que lo deseara. [5] Incapaz de soportar tal insulto, el otro guardó silencio por un tiempo, pero, después de confiar a Atalo, uno de sus amigos, lo que se había propuesto a hacer, causó su propia muerte de manera voluntaria y espectacular. [6] Porque pocos días después de esto, cuando Filipo estaba batallando con Pleurias, rey de los Ilirios[357], Pausanias se puso frente a él y, recibiendo en su cuerpo todos los golpes dirigidos al rey, encontró así la muerte.

[7] El incidente fue extensamente discutido y Atalo, quien era un miembro del círculo cortesano y con influencia sobre el rey, invitó al primer Pausanias a cenar y cuando lo había hecho emborracharse con vino puro, entregó su cuerpo inconsciente a los muleros para que abusaran de él en medio de la disoluta ebriedad. [8] Así al poco se recuperó de su ebria inconsciencia y, profundamente resentido por el ultraje a su persona, acusó a Atalo ante el rey de la ofensa cometida. Filipo compartió su disgusto ante la barbaridad del acto pero no quería castigar a Atalo en ese momento a causa de su buena relación, y porque los servicios de Atalo eran urgentemente necesarios. [9] Era sobrino[358] de la Cleopatra a la que el rey se acababa de tomar como nueva esposa y había sido elegido como general de la fuerza de vanguardia que era enviada al Asia, porque era un hombre valiente en la batalla. Por estas razones, el rey intentó aplacar la justa ira de Pausanias por el trato sufrido, dándole ricos presentes y ascendiéndole al honor de ser guardia de corps.

 

XCIV.   Pausanias, sin embargo, conservó implacablemente su cólera[359], y albergó el deseo de vengarse, no sólo contra el que lo había maltratado, sino también contra quien le había fallado en la venganza. En su decisión fue animado especialmente por el sofista Hermócrates[360]. Era su alumno, y cuando preguntó durante su enseñanza cómo un hombre podía hacerse el más famoso, el sofista replicó que matando al que más había conseguido, porque cuanto tiempo este fuera recordado, así su asesino sería también recordado. [2] Pausanias vinculó esta frase con su oculto resentimiento y, no admitiendo dilación en sus planes a causa de su agravio, se determinó a actuar con el pretexto de los festejos de la siguiente manera. [3] Situó caballos a las puertas de la ciudad y llegó a la entrada del teatro portando una daga celta bajo su vestido. Cuando Filipo ordenó a sus amigos presentes que le precedieran en entrar al teatro, mientras que los guardias mantenían las distancias, vio que el rey estaba solo, acometió contra él, le clavó la daga a través de las costillas, y lo dejó yaciendo muerto[361]. Luego corrió a las puertas y a los caballos que había preparado para su huida. [4] Inmediatamente uno grupo de guardias corrió al cuerpo del rey mientras el resto salían en persecución del asesino. Entre estos últimos estaban Leonato y Perdicas y Atalo[362]. Teniendo un buen arranque, Pausanias habría montado en su caballo antes de que pudieran alcanzarlo si no hubiera tropezado con una viña y caído. Mientras liberaba sus pies, Perdicas y los demás llegaron a su altura y lo mataron con sus lanzas.

 

XCV.   Tal fue el fin de Filipo, quien se había hecho el más grande de los reyes de Europa en su tiempo, y a causa de la extensión de su reino se había hecho un coronado compañero de los doce Dioses[363]. Había reinado veinticuatro años. [2] Es famoso como alguien que con sólo los recursos más menguados para sostener su pretensión al trono ganó para sí el mayor imperio en el mundo griego, mientras que el engrandecimiento de su posición no se debió tanto a su bravura con las armas que a su habilidad y tacto en la diplomacia. [3] El propio Filipo se dice haber estado más orgulloso de su comprensión de la estrategia y de sus éxitos diplomáticos que de su valor en las batallas reales. [4] Cada miembro de su ejército participaba de los éxitos que eran obtenidos en el campo pero sólo a él le eran atribuidas las victorias logradas mediante la negociación[364].

[5] Ahora que hemos llegado a la muerte de Filipo, concluiremos este libro aquí según nuestra afirmación originaria[365]. Comenzando el siguiente con la accesión de Alejandro como rey trataremos de incluir todos sus hechos en un libro.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[186] Vide Isoc. L. 8.8. Diofanto estaba aun ausente de Atenas al tiempo de esta carta, 350 a. C.

[187] En el interior. Bagoas era el comandante de la guardia personal del Rey. Organizó la sucesión usando veneno (libro 17.5.3-4) y él mismo fue su víctima.

[188] 349/8 a. C.

[189] Artabazo era su cuñado, Memnón su hermano (véase abajo). (Dem. 23.157).

[190] Vide caps. 22.1 y 34.2.

[191] Algunos de sus nombres son conocidos.

[192] Un filósofo, eunuco, y esclavo de Eubulo. Aristóteles, que lo conocía por la Academia (véase Plat. L. 6), vivió con él, y después de su muerte casó con su hija adoptiva Pitias. Los sucesos de este capítulo sobre el arresto de Hermias ciertamente ocurrieron en fecha posterior, ya que Aristóteles se cuenta (Dionisio Epist. Ad Ammaeum cap. 5) que pasó tres años en la corte de Hermias después de la muerte de Platón. Tarn data el arresto de Hermias en el 342 (Cambridge Ancient History 6.23).

[193] Vide Dem. 19.266 y Filocoro fr. 132.

[194] En contradicción con los caps. 37, 38 salvo que Pitolao hubiera recobrado Feras entretanto.

[195] Para su muerte léase libro 20.22.1.

[196] 348/7 a. C.

[197] Mecyberna era el puerto de Olinto, tomada por los Olintios de los Atenienses (vide libro 12.77.5).

[198] Torone estaba probablemente sometida a Olinto (vide libro 15.81.6). 

[199] Eutícrates y Lástenes llegaron a ser ejemplo típico de quinta columnistas (Dem. 8.40; Dem. 19.265, 342; también sobre Olinto, Filocoro fr. 132; Dem. 9.56-66; y Cambridge Ancient History 6.228-233). 

[200] Para ejemplos véase Filocoro 1.c.

[201] Léase Dem. 18.61: “En todos los estados Griegos, no sólo en algunos de ellos sino en todos y cada uno de ellos, ocurría que había aparecido la más abundante cosecha de traidores, corruptos y políticos libertinos nunca conocida en la memoria de la humanidad.

[202] Eur. fr. 1013, Menandro Tais fr. 218, y Corintios 15.33. 

[203] Las Olimpiadas macedonias se celebraban en Dión. 

[204]Léase Dem. 19.139.

[205] Este episodio sobre Sátiro es recordado por Dem. 19.193ss.

[206] 347/6 a. C.

[207] Una ciudad, normalmente llamada Hyampolis, situada a la entrada de la Fócide desde Tesalia y Beocia; véase Hdt. 8.28.

[208] Léase Paus. 10.2.7.

[209] Diodoro es inconsistente en cuanto a Filomelo. En el cap. 28.2 hace la misma afirmación que aquí; en el cap. 30.1 dice lo contrario.

[210] Vide Hdt. 1.50 y Plut. De Pythiae Oraculis 401e.

[211] Véase libro 17.66 y 71.

[212] Quizás en la ocasión mencionada en libro 15.47.7.

[213] Un interesante queja desde el punto de vista de Eliano Var. Hist. 1.20; para la probable ocasión de esta carta véase libro 15.47.7.

[214] A través de Ion, hijo de Apolo y Creusa.

[215] Vide Plut. Licurgo 5.3.

[216] Véase libro 14.13.3.

[217] Una ciudad a veces incluida en la Lócride Opuntiana, llamada Korsia en Dem. 19.141; en Teopompo Korsiai.

[218] Una ciudad de la Fócide cerca de la frontera de la Lócride Opuntiana.

[219] Lo que Diodoro atribuye a la fortuna y la providencia, Paus. (10.35.3) a los Tebanos.

[220] 346/5 a. C.

[221] Livio (7.24) refiere a L. Furio Camilo y Apio Claudio Craso. Este último es nombrado en los Fasti consulares.

[222] Véase caps. 14.3 y 23.1.

[223] Esta ciudad dominaba el paso de las Termópilas.

[224] Vide Dem. 19.230, quien trasmite la cifra de 10.000 infantes y 1000 caballos. Diodoro omite todos los detalles de la Paz de Filócrates y la embajada elegida para ello. Para un relato de esto léase Cambridge Ancient History 6.233ss.

[225] Para la reorganización de los votos de la Liga Anfictiónica véase Cambridge Ancient History 6.241.

[226] Estas parecen ser las tres ciudades beocias en manos de los Focidios (caps. 56.2 y 58.1). Los MSS leen “en la tierra de los Focidios” que es incoherente con otros relatos (verbigracia Dem. 19.325, donde dos de las ciudades mencionadas, Orcómenos y Coronea, se dice haber sido esclavizadas). Véase también Paus. 10.3).

[227] Vide cap. 31.

[228] Léase cap. 35.

[229] Véase cap. 38. 

[230] Vide cap. 59.3, que apenas justifica la frase εκ τες αιχμαλοσιας.

[231] Una importante ciudad cretense, vecina de Cnosos y frecuentemente en guerra con Cnosos. Los habitantes de Lyctus se proclamaban colonos de Esparta; Aristóteles Pol 1271b 28.

[232] Vide cap. 88.4, donde de Agis se dice un gobierno de nueve años, como también en el libro 17.63.4. Las fechas de los reinados de Arquidamo III, 361-338; Agis II, 338-331. Agis cayó en la batalla de Megalópolis en el otoño del 331. el error de quince años parece haberse originado del hecho de que en este pasaje (situado bajo el año 346) Diodoro recuerda la muerte de Arquidamo (que ocurrió en 338) y la sucesión de Agis. Desde el 346 al 331 habría quince años.

[233] Véase Dem. 19.260; Paus. 4.28.4 y 5.4.9. Parece no haber una ulterior referencia en Diodoro a esta guerra, que ocurrió hacia el 343/2.

[234] Probablemente se refiere la invasión de Antípatro del Peloponeso y la derrota de Agis, vide libro 17.63.1-3 y 73.5-6, y también la derrota de Atenas luego de la Guerra de Lamia, léase libro 18.18.1-6.

[235] Esposa de Anfiarao. Fue sobornada por un collar dado por Polinices para inducir a su marido a tomar parte en la expedición de los Siete contra Tebas. Anfiarao encontró la muerte y ella fue asesinada en venganza por su hijo Alemaeón.

[236] Última mención en cap. 45.9.

[237] Siracusa era una colonia corintia fundada en el 734.

[238] Según Plutarco el asesinato de Timófanes (no por mano de Timoleón) ocurrió unos veinte años antes de la marcha de Timoleón a Siracusa. El relato de Diodoro debe ser comparado con el de Plutarco y el de Nepote.

[239] Plut. Timoleón 7.2 puso esto en boca de un tal Telecleides hablando ante la asamblea (demos), no ante el senado.

[240] 345/4 a. C.

[241] Eubulo era arconte desde Julio de 345 a Junio de 344 a. C. Broughton da como cónsules del 345 a. C. a Marco Fabio Dorsuo y Servio Sulpicio Camerino Rufo.

[242] El relato es continuado desde el cap. 65. Hay un relato paralelo peor a menudo diferente de estos sucesos en Plut. Timoleón 7.1-3; 8.3, donde los diez barcos son descritos más concretamente como siete corintios, uno leucadiano, y dos corcirianos. Esta distinción entre trirremes y “navíos rápidos” es artificial”.

[243] Plut. Timoleón 8.1.

[244] Plut. Timoleón 8.1 dice que esta dedicación fue hecha por los Corintios antes de la partida de la flotilla.

[245] Esto anticipa la acción descrita en cap. 68, pero según el relato de Plutarco (Timoleón 7.3; 9.2) Hicetas se había hecho aliado de los Cartagineses incluso antes de que Timoleón dejara Corinto.

[246] Era costumbre para los carros ser acompañados de caballos frescos, entrenados para actuar por parejas. Este relato de las operaciones púnicas no es dado por Plutarco. 

[247] Plut. Timoleón 1.3.

[248] Plut. Timoleón 9.2.

[249] La misma historia es contada por Plut. Timoleón 9.2-10.5.

[250] Este era el padre del historiador Timeo, que pudo haber sido tirano de la ciudad, aunque Plutarco también (Plut. Timoleón 10.4) describe su posición por el mismo término no técnico como es usado aquí.

[251] Plut. Timoleón 12.3-5, da las mismas cifras sobre las bajas de Hicetas pero dice que Timoleón tenía “no más de 1200 hombres”, y añade que una facción en Adranum le había invitado. Es posible que el éxito de Timoleón en el sorpresivo asalto fuera debido en parte a la circunstancia de que Hicetas fue engañado porque aun veía a Timoleón como un aliado. Plutarco dice que la distancia de la carretera entre Tauromenio y Adranum es de sesenta y ocho kilómetros.

[252] Según Plut. Timoleón 13.2-3, Timoleón puso pie por primera vez en Siracusa sólo cuando Dionisio entregó sus posesiones voluntariamente a él.

[253] 344/3 a. C.

[254] Licisco fue arconte de Atenas desde Julio de 344 a Junio de 343 a. C. Los Juegos Olímpicos fueron celebrados a mediados del verano del 344 a. C. Marco Valerio Corvo y Marco Popilio Lenas fueron cónsules en 348 a. C.

[255] Este tratado es mencionado también por Livio 7.27.2, y Polibio 3.24. Diodoro no conoce el más temprano tratado referido por Polibio 3.22.

[256] Continuación del cap. 45.7.

[257] Plut. Timoleón 17.2, da el mismo número de barcos, pero 60.000 hombres. Tyndaris era una ciudad en la costa norte de Sicilia a treinta millas de Tauromenio. 

[258] Plut. Timoleón 13.1, y en otras partes, lo llama “Mamerco”, y el nombre de Diodoro puede ser debido a un error del copista. Por otra parte, como Italiano, Mamerco pudo bien haber llevado el praenomen Marco.

[259] Según Plut. Timoleón 16.1-2, los Corintios enviaron 2000 hoplitas y 200 caballos a Turios, pero la fuerza marchó a Sicilia sólo algo después (Plut. Timoleón 19).

[260] Plut. Timoleón 20 da un diferente y más circunstancial y pintoresco relato de la retirada cartaginesa.

[261] Plut. Timoleón 21.3.

[262] Plut. Timoleón 20.1 sitúa este suceso antes.

[263] Esta campaña pudo ser la referida abajo, cap. 93.6. El relato de las actividades de Filipo es continuado desde el cap. 60.

[264] Esta operación continuaba los primeros pasos de Filipo en Tesalia (caps. 35.1; 38.1; 52.9).

[265] 343/2 a. C.

[266] Pitodoto fue arconte de Atenas de Julio 343 a Junio 342 a. C. Cayo Plaucio Venno y Tito Manlio Imperioso Torquato fueron los cónsules del 347 a. C.

[267] Plut. Timoleón 13.2-5.

[268] Esta era una metáfora a menudo usada atribuida a Dionisio el Viejo; véase abajo, cap. 5.4; Plut. Dión 7.3 y Plut. Dión 10.3.

[269] La misma cifra en cap. 9.2; Plut. Dión 14.2; Nepote Dión 5.2, menciona quinientas.

[270] Este término es atribuible a Teopompo (Polibio 12.4a. 2, donde Timeo usa naus.

[271] Plut. Timoleón 22.1-2; Nepote Timoleón 3.3.

[272] Este sacerdocio no es mencionado por Plutarco, y pudo bien ser una observación personal del propio Diodoro.

[273]Esta degradación del anfipolato probablemente consistió en no hacerlo más epónimo; en vez de un sacerdocio local, los Siracusanos después de esto señalaban las fechas por los cónsules Romanos. La referencia puede ser a la concesión del ius Latii a los Sicilianos por César (cerca del 44 a. C.: Cicerón Ad Atticum 14.12.1), o a una ulterior concesión de Augusto.

[274] Continuación del cap. 69. El relato de Justino (9.1.1) de estas operaciones está basado en una fuente hostil a Filipo. 

[275] Similares referencias a figuras literarias son un hecho frecuente en la narrativa de Diodoro. Eran normalmente, que no siempre, historiadores, y debemos suponer que Diodoro estaba familiarizado con sus escritos. En qué extensión han de ser considerados como sus específicas fuentes es desconocida. Diodoro se refería al comienzo de las Filípicas de Teopompo arriba, cap. 3.8.

[276] 342/1 a. C.

[277] Sosígenes fue arconte de Atenas de Julio 342 a Junio 341 a. C. Los cónsules de 346 a. C. fueron Marco Valerio Corvo y Cayo Petelio Libón Visolo.

[278] Su accesión no es mencionada en Diodoro en el año 351/0 a. C. La accesión de Alejandro es por otra parte conocida por Dem. 7.32. 

[279] Continuación del cap. 70. Véase Plut. Timoleón 24.1-2.

[280] Probablemente el Leptines mencionado en cap. 45.9, y probablemente el sobrino de Dionisio el Viejo. 

[281] Plut. Timoleón 24.4; 25.2.

[282] Plut. Timoleón 25.1.

[283] Plut. Timoleón 27.3.

[284] Plut. Timoleón 28.6 menciona Libios, Íberos y Númidas.

[285] 341/0 a. C.

[286] Nicómaco era arconte de Atenas de Julio 341 a Junio 340 a. C. Los cónsules del 344 a. C. fueron Cayo Marcio Rutilio y Tito Manlio Imperioso Torcuato.

[287] Arriba, cap. 69.2.

[288] Estos sucesos en la carrera de Filipo son apenas narrados por Justino 9.1.25-5, y sólo algunas referencias de esos vienen en otras partes.

[289] Los asedios fueron situados en el año 340/39 a. C. por Filocoro. Pudieron bien haberse extendido por más de un arcontado. 

[290] Diodoro no menciona en ninguna parte el comienzo de la historia de Éforo, quizá porque empezaba muy atrás. En el cap. 14.3 se refería a su continuación por su hijo Demófilo. Según Clemente de Alejandría (Stromeateis 1.139.4), Éforo contaba 735 años entre el Retorno de los Heráclidas y el arcontado de Eveneto, 335/4 a. C. 

[291] Su historia es mencionada más arriba, cap. 14.5.

[292] Este Filipo es el hijo de Casandro, quien murió en 297/6 a. C.

[293] 340/39 a. C.

[294] Teofrasto fue arconte en Atenas de Julio 340 a Junio 339 a. C. Los Juegos Olímpicos fueron celebrados a mediados del verano del 340 a. C. Broughton señala como cónsules del 343 a. C. a Marco Valerio Corvo y a Aulo Cornelio Cosso Arvina.

[295] Este relato de Diodoro difiere del presumiblemente correcto escrito en otra parte, yendo de Filocoro a Teopompo. Bizancio fue ayudado por Quíos, Cos y Rodas, sus antiguos aliados en la Guerra Social, así como por los Persas. La flota ateniense al mando de Cares llegó sólo para asegurar la segura travesía de la flota de grano desde el mar Negro. La captura por Filipo de esta flota fue el gran factor en la decisión de Atenas de abrogar el tratado de paz; el resultado fue la guerra, no la paz. Véase Dem. 18.87-94; Plut. Foción 14.

[296] Continuación del cap. 73. Plut. Timoleón 25.1 da los mismos números, pero no menciona la caballería ni los carros. 

[297] Plutarco no menciona el apoyo dado a Timoleón por Hicetas en este tiempo.

[298] Plut. Timoleón 25.2-3 dice que eran 3000 Siracusanos y 4000 mercenarios, de los cuales 1000 desertaron antes de la batalla; el resto eran 5000 infantes y 1000 équites.

[299] Cap. 58.6.

[300] Plut. Timoleón 25.3-4.

[301] Esto es, en la batalla de Himera, 480 a. C. Polibio reprocha a Timeo por poner en boca de Timoleón observaciones despectivas sobre los Púnicos, pero sin aportar pruebas de que Timoleón no hablara realmente de esta manera.

[302] Este es el apium graveolens que es también frecuentemente llamado perejil. Es fragante. Esta anécdota es contada por Timeo y aparece en Plut. Timoleón 26. 

[303] El río es diversamente llamado Crimeso (Plut. Timoleón 25.4) y Crimisso (Nepote Timoleón 2.4).

[304] La historia de la batalla es contada más minuciosamente en Plut. Timoleón 27-29. El momento fue justo antes del solsticio de verano del 339 a. C. (Plut. Timoleón 27.1).

[305] Esta unidad es mencionada de nuevo por Diodoro en otro pasaje, libro 20.10.6.

[306] Plut. Timoleón 28.5-6 refiere el número de muertos en 10000, incluyendo 3000 Púnicos.

[307] Plut. Timoleón 29.

[308] Plut. Timoleón 30.1 dice sólo que Timoleón permitió a sus mercenarios saquear el territorio de los Cartagineses (vide cap. 73.1).

[309] Plut. Timoleón 30.3.

[310] Plut. Timoleón 30.3.

[311] 339/8 a. C.

[312] Lisimáquides fue arconte de Atenas de Julio de 339 a Junio de 338 a. C. Los cónsules de 342 a. C. fueron Quinto Servilio Ahala y Cayo Marcio Rutilo.

[313] Plut. Timoleón 30.1-2. Otro grupo de impíos mercenarios es mencionado también en 30.4.

[314] Esta historia no aparece en Plutarco.

[315] “Libertad” en términos políticos griegos no excluía la posibilidad de un dominante, Cartago o Siracusa. Plut. Timoleón 34.1 no menciona esta característica del tratado.

[316] Diodoro normalmente llama este río Halico (libros 15.17.5; 23.9.5, 24.1.8).

[317] Plut. Timoleón 31.2-32.1. Puesto que Timoleón acababa de aceptar la ayuda de Hicetas contra los Cartagineses (cap. 77.5), este cambio de política sugiere alguna duplicidad de su parte.

[318] Esto no es mencionado por Plutarco.

[319] Esta es la ciudad natal de Diodoro.

[320] Plut. Timoleón 22.3-5; 23 (donde la invitación fue proclamada cuando Timoleón primero se hizo señor de Siracusa); 35. Según el historiador Athanis, citado por Plut. Timoleón 23.4, eran 60000 los que vinieron.

[321] Vide libro 13.33 y 35.

[322] Nepote Timoleón 3.1-2. Esas observaciones son probablemente del propio Diodoro, basadas en su personal experiencia y conocimiento. Nótese la referencia a su ciudad, Agyrium, en el cap. 83.3. 

[323] Esta era una gran habitación para banquetes. Véase la tienda de cien asientos empleada por Alejandro el Grande (libro 17.16.4).

[324] Estos monumentos son mencionados por Cicerón In Verrem 2.4.53.

[325] 338/7 a. C.

[326] Carondes fue arconte de Atenas de Julio del 338 a Junio del 337 a. C. Los cónsules del 341 a. C. fueron Lucio Emilio Mamercino Privernas y Cayo Plaucio Venno.

[327] Continuación del cap. 77.3. Estos sucesos son brevemente referidos por Justino 9.3.

[328] Esto es coherente con la afirmación de Diodoro en cap. 77.3, que la paz fue firmada al abandonarse el asedio de Bizancio. Realmente, la situación parece haber sido justo al revés: Atenas denunció la Paz de Filócrates en este tiempo.

[329] El relato sigue y debe derivar en última instancia de Dem. 18.169-178. 

[330] Son citados como tales por Demóstenes 18.237: Eubea, Acaya, Corinto, Megara, Leucas y Corcira. Esquines también menciona Acarnania.

[331] El famoso orador, un natural de Bizancio, había estado durante mucho al servicio de Filipo. Estrabón (9.2.37) dice que los Corintios también enviaron tropas.

[332] Dem. 18.136 se refiere a un encuentro anterior entre los dos, que tuvo lugar en Atenas en 343 a. C; véase también Dem. 7.20. 

[333] Diodoro escribe despectivamente de Cares también en el libro 15.95.3. Aquí ha comprimido mucho el relato, ya que diez u once meses pasaron entre la ocupación de Elatea y la batalla de Queronea.

[334] Según Plut. Camilo 19.5, esto fue el día nueve del mes de Metageitnion, el segundo mes del año ático, que comenzaba después del solsticio de verano; quizás el 4 de Agosto, ya que fue visible la luna nueva en Atenas el 27 de Julio.

[335] El relato de Diodoro de la batalla es vago, y mucho es incierto en la reconstrucción de los sucesos a partir de referencias dispersas y parciales. Parece cierto que Filipo, en el flanco macedonio derecho, no hizo contacto con los Atenienses hasta que los Tebanos, en el flanco aliado derecho, habían sido vencidos por Alejandro. Puesto que, en sus posteriores batallas, Alejandro normalmente dirigía la caballería en su ala derecha, Filipo aquí debió de haber ocupado la tradicional posición del rey Macedonio. Pero Diodoro no dice quiénes eran esos “hombres selectos”.

[336] Plut. Demóstenes 20.3 cuenta que Filipo proclamaba y recitaba el comienzo del decreto introducido por su rival como si fuera en verso: “Demóstenes, hijo de Demóstenes, Peonio, así propone”. Justino (9.5.1) en contraste habla de que Filipo llevó su victoria modestamente. Véase también Plut. Moralia 715c.  

[337] Filóstrato Vita Apollonii Tyanensis 7.2 señala a Diógenes de Sinope como héroe de esta anécdota. Demades 9-10 da su propia versión de estos hechos.

[338] Diodoro ha adelantado el tiempo. El servicio de Licurgo como ministro de finanzas pertenece a los años 338/7-327/6 a. C. Tenía, empero, casi cincuenta años en este tiempo, y por tanto un hombre de estado maduro. 

[339] Esta batalla ya ha sido mencionada en cap. 62.4-63.1. 

[340] Para Arquidamo vide cap. 63.2; para Agis, libro 17.63.2-4.

[341] Véase cap. 36.3 y libro 20.77.1.

[342] 337/6 a. C.

[343] Frínico fue arconte de Atenas de Julio del 337 a Junio del 336 a. C. Los cónsules del 340 a. C. fueron Tito Manlio Imperioso Torcuato y Publio Decio Mus.

[344] Vide libros 11.29.3 y 17.72.6. Para los sucesos en Corinto véase Justino 9.5.1-2.

[345] Continuación del cap. 83.

[346] Nepote Timoleón 5.4. Plut. Timoleón 39.1-3, da el mismo texto del decreto salvo al final, donde en vez de mencionar la libertad, dice: “restauró sus leyes a los Siracusanos”. Estos triple agones eran la más alta forma de honores “heroicos”.

[347] Esta es la dinastía de Cio en Misia que luego dio reyes al Ponto. Léase libros 15.90.3 y nota; 20.111.4.

[348] Livio (8.11.11) dice que la batalla tuvo lugar inter Sinuessam Minturnasque.

[349] 336/5 a. C.

[350] El nombre del arconte era Pitodelo, y su cargo se prolongó de Julio del 336 a Junio del 335 a. C. Los Juegos Olímpicos fueron celebrados a mediados de verano del 336. Los cónsules del 339 a. C. fueron Tiberio Emilio Mamercino y Quinto Publilio Filón.

[351] Continuación del cap. 89. Para estos sucesos véase Justino 9.5.8-9.

[352] El oráculo es citado en la misma forma por Pausanias 8.7.6.

[353] Justino 9.6.1.

[354] Tales decretos de protección eran comunes (véase Dem. 23.95), siendo el más famoso el decreto de Aristócrates propuesto en honor de Cersobleptes en 353 a. C.

[355] Caminaba entre los dos Alejandros, su hijo y su yerno (Justino 9.6.3-4), y por tanto entre las personas que tenían las mayores razones para desear su muerte.

[356] Justino 9.6.4-8. La Oréstide era un distrito en la Macedonia occidental lindante con Iliria.

[357] Esta batalla difícilmente puede ser identificada, en vista de las muchas guerras libradas por Filipo contra los Ilirios. La última mencionada por Diodoro fue en cap. 69.7.

[358] Esta es la relación normalmente señalada. En el libro 17.2.3, Atalo es llamado hermano de Cleopatra, pero, con más probabilidad, era su tío.   

[359] Estos hechos no pueden ser datados exactamente, pero debieron de haber ocurrido algunos años antes del asesinato de Filipo, quizás en el 344 a. C. Pausanias esperó mucho tiempo para vengarse, y es curioso que eligiera la ocasión más favorable para Alejandro.  

[360] Ningún sofista Hermócrates es por lo demás conocido en este tiempo, pero puede ser posible identificar este hombre con el gramático del mismo nombre que es más conocido como maestro de Calímaco. 

[361] La fecha de la muerte de Filipo es discutida por Beloch. Las noticia no había llegado a Atenas hacia el final del año civil 337/6 a. C. En el décimo pritaneo no se conoce. Por otra parte, el tiempo debió de ser a primeros de verano, porque Filipo estaba ocupado con los preparativos de la invasión del Asia Menor. Una pista posible sobre la fecha es encontrada en Plutarco Alejandro 16.2, sobre la batalla del Gránico: esta habría tenido lugar en el mes de Daesio, pero como este era de mal agüero, Alejandro ordenó la intercalación de un segundo Artemisio. Puesto que hay pruebas de que el mes intercalado era el último mes del año real, esto establece una cierta presunción de que Filipo murió y Alejandro llegó al trono en Daesio. Y esto se ajusta bastante bien con la prueba de la inscripción ática. Puesto que Alejandro murió en el mes de Daesio, la cronología Oxirrinca estaba en lo correcto al atribuirle trece años de reinado. Véase libro 17.117.5 y nota.  

[362] Este es presumiblemente el hijo de Andrómenes, quien como Leonato y Perdicas eran amigos próximos de Alejandro y de su misma edad. Probablemente eran sus escoltas y no de Filipo (el término puede ser usado libremente; Atalo nunca fue uno de los siete u ocho guardias de Alejandro en Asia, y Leonato no hasta 332/1, y Perdicas no hasta el 330. Pausanias era de Oréstide, y también lo eran dos de sus matadores, mientras que Atalo era cuñado de Perdicas. Es tentador suponer que conocían el plan de Pausanias y luego lo mataron para silenciarlo. Wilcken entendió encontrar en P. Oxy. 1798 pruebas de que Pausanias fue juzgado y ejecutado, pero el texto es fragmentario y oscuro, y su teoría no es, a mi entender, apoyada por Justino 11.2.1. 

[363] Las implicaciones de esta pretensión por parte de Filipo eran que él de alguna manera era igual a los Doce y con derecho como ellos a ser adorado; sunthronos es equivalente a sunnaos. Lo que precisamente esto significaba para Filipo y sus contemporáneos es desconocido.

[364] Diodoro no menciona ninguna de las sospechas que se dirigieron contra Olimpia y Alejandro sobre el asesinato de Filipo, y su juicio sobre Filipo es más favorable que el de otros. Véase Justino 9.7-8; y para las sospechas, Plut. Alejandro 9-10; Arriano 3.6.5.

[365] Dicha en cap. 1.1-3.