DIODORO

«BIBLIOTECA HISTÓRICA: LIBRO XIX»

Traducción y adaptación "el Anónimo Castellano"

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CONTENIDOS DEL LIBRO XIX

Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en tres partes más un índice.

Índice - Parte I - Parte II . Parte III. Parte IV

-- Desde qué orígenes Agatocles se elevó hasta ser tirano de Siracusa (caps. 1-9);
-- Cómo los exilados de Crotona combatieron contra su ciudad natal y fueron todos muertos (cap. 10);
-- El regreso de Olimpíade y su hijo al reino (cap. 11);
-- La captura y muerte de Eurídice y del rey Filipo (cap. 11);
-- Cómo Eumenes fue a las satrapías superiores con los Escudos de Plata y reunió a los sátrapas y a sus tropas en Persia (caps. 12-15);
-- Cómo Attalo y Polemón, junto con aquellos que tomaron parte en el ataque contra sus guardianes, fueron capturados y muertos (cap. 16);
-- Cómo Antígono persiguió a Eumenes y fue vencido en el río Coprates (caps. 17-18);
-- Cómo partió hacia Media y perdió a muchos de sus soldados en el trayecto (caps. 19-20);
-- Batalla de Antígono contra Eumenes y los sátrapas en Paraetecene (caps. 21-31);
-- La retirada de Antígono y su ejército a Media a sus cuarteles de invierno (caps. 32-34);
-- Invasión de Macedonia por Casandro y su asedio de Olimpíade en Pidna (caps. 35-36);
-- Cómo Eumenes venció a Antígono cuando éste estaba marchando a través del desierto (caps. 37-38);
-- La travesía de Antígono a través del desierto contra el enemigo y su ataque a sus elefantes en los cuarteles de invierno (cap. 39);
-- Cómo después de una batalla Antígono se hizo con el control de todas las fuerzas de sus adversarios (caps. 40-43);.

-- Cómo mató a Eumenes y a otros generales que habían sido sus enemigos (cap. 44);.

Capítulo 1

Genealogía y educación de Agatocles: su ascenso; sus estratagemas; su sangrienta masacre en Siracusa. Obtiene el poder soberano. Los negocios de Italia. Olimpíade regresa a Macedonia por mediación de Poliperconte. Los ejércitos se sublevan en su favor. Sus crueldades. Asesina a Eurídice y a Arrideo, su marido. Sucesos en Asia. Eumenes y Seleuco. Eumenes es apoyado por muchos de los capitanes. Número de sus fuerzas. Viene a Susa. Attalo y otros son encarcelados por Antígono en un sólido castillo; buscando escapar, son luego asediados y capturados.

II. En la época en que Demógenes fue arconte de Atenas y Lucio Plocio y Manio Fulvio fueron cónsules en Roma (1) , Agatocles se convirtió en tirano de Siracusa. Para que la serie de estos acontecimientos pueda ser entendida más clara y evidentemente, diremos como introducción unas pocas cosas sobre este príncipe.
Carcino de Regio, siendo exiliado de su país, habitaba en Termas (2) , en Sicilia, la cual ciudad estaba entonces en manos de los Púnicos. Este hombre se casó con una mujer de este lugar, quien, cuando estaba embarazada, solía a menudo ser atribulada por extraños sueños. Estando, por tanto, muy perpleja en lo concerniente a este niño en gestación, contó el asunto objeto de sus cuitas a unos devotos Cartagineses que en ese momento estaban de camino a Delfos y les pidió que preguntaran al oráculo por este niño. Los Púnicos cumplieron fielmente el encargo y el oráculo les dio esta respuesta: que ese niño traería espantosas calamidades a los Cartagineses y a toda Sicilia. El padre, atemorizado por esta predicción, expuso al chico en un campo y lo abandonó encargando a uno que lo vigilara y comprobara su muerte (3) . Después de varios días, estaba aún vivo y el guardia, por ello, se hizo más negligente y descuidado. La madre, entretanto, se apoderó del chico durante la noche, pero no se atrevió a restituirlo en su casa por temor a su marido, sino que lo confió a su hermano Heráclides, y lo llamó Agatocles, por el nombre del padre de esta mujer.
En avanzando el tiempo, creció muy hermoso y corpulento por encima de lo que era usual para su edad. Cuando cumplió los siete años, Carcino fue invitado por Heráclides a un sacrificio y viendo allí a Agatocles jugando con algunos otros niños de su misma edad, admiró mucho su fuerza y belleza y cuando su esposa le dijo que el niño al que había expuesto, si hubiera crecido, habría sido tan varonil como el que estaba viendo, contestó que lamentaba lo que había hecho y luego se echó a llorar. Por esta causa la mujer, percibiendo que lo que ella había hecho agradaría mucho a su esposo, le reveló la verdad de todo el asunto. Quedó él muy complacido de ello, se hizo cargo de su hijo y, por miedo a los Cartagineses, se trasladó con toda su familia a Siracusa (4) , pero, siendo sólo un hombre pobre, enseñó a su hijo, entonces un niño, el oficio de alfarero. En este tiempo Timoleón el Corintio, después de vencer a los Púnicos en el río Cremiso, confirió la ciudadanía siracusana a todos aquellos de la ciudad que lo desearan, entre los cuales estaba Carcino (con Agatocles), que fue censado como ciudadano (5) . Y Carcino murió poco después.
La madre de Agatocles había erigido en cierto lugar una estatua de su hijo en piedra, sobre la que se estableció un enjambre de abejas y éstas comenzaron a construir sus colmenas en las caderas de la estatua. Este suceso destacable fue relatado a aquellos que se dedicaban a los estudios de esta clase y todos unánimes convinieron en que cuando llegara a ser un hombre, sería famoso, lo que efectivamente ocurrió.

La madre de Agatocles había erigido en cierto lugar una estatua de su hijo en piedra, sobre la que se estableció un enjambre de abejas y éstas comenzaron a construir sus colmenas en las caderas de la estatua. Este suceso destacable fue relatado a aquellos que se dedicaban a los estudios de esta clase y todos unánimes convinieron en que cuando llegara a ser un hombre, sería famoso, lo que efectivamente ocurrió.


III. En efecto, cierto Demas (6) , un noble Siracusano, enamorándose de Agatocles, primero le regaló liberalmente toda clase de cosas en cuanto tenía una oportunidad, de modo que comenzó de alguna manera a saborear la abundancia; luego Demas, siendo nombrado general contra los Agrigentinos, lo hizo quiliarca en lugar de uno que al poco había muerto. De hecho, era muy notable y estimado ya antes de ser oficial por su fuerza física, pues durante el entrenamiento y los ejercicios militares llevaba una armadura tan pesada y manejaba unas armas tan poderosas, como ningún otro era capaz de portar. Pero entonces, puesto que fue hecho quiliarca, su fama se extendió mucho más que antes, porque era animoso en la batalla, osado en la acción, y temerario e imprudente en sus arengas al pueblo. Demas después cayó enfermo y murió. Habiendo dejado todos sus bienes a su esposa, Agatocles se casó con ella y así fue considerado como uno de los más ricos ciudadanos.
Luego, siendo los habitantes de Crotona asediados por los Brutios, los Siracusanos enviaron un gran ejército para auxiliarlos, bajo el mando de Antandro, el hermano de Agatocles, y de otros, pero el mando soberano y el principal manejo de los negocios fue encomendado a Heráclides y a Sosístrato, hombres que habían dedicado gran parte de sus vidas a asesinatos, homicidios y toda suerte de crímenes y excesos, de lo cual en el libro precedente se ha escrito (7) . Con estos sujetos en su expedición (merced a un decreto del pueblo) iba Agatocles, quien era entonces quiliarca, y, aunque había notablemente demostrado su valor contra los bárbaros, sin embargo era tan envidiado por Sosístrato, que fue desdeñado por éste, el cual no le concedió el honor debido a sus méritos. Ante lo cual estaba tan exasperado que acusó a Sosístrato y a sus compañeros ante el pueblo de que albergaban aspiraciones a la monarquía. Pero no dando los Siracusanos crédito a esas acusaciones, Sosístrato, después de su retorno de Crotona, se convirtió en el supremo y absoluto señor de su país.

IV. Agatocles, estando indignado contra aquel, primero (con aquellos que lo apoyaban) permaneció en Italia y se esforzó en apoderarse de Crotona, pero fracasando en su proyecto (8) , con algunos pocos que estaban con él, escapó a Tarento, donde fue recibido y contratado como mercenario. Sin embargo, cometiendo muchas imprudencias y actos inconsiderados, empezó a hacerse sospechoso de pretender alguna innovación, y por ende fue depuesto de su cargo. Ante lo cual, reunió a los exilados de Italia y liberó a los habitantes de Regio, que estaban entonces sitiados por Heráclides y Sosístrato. Después, cuando la monarquía fue derogada en Siracusa y Sosístrato expulsado de la ciudad, regresó a su patria. Y en esta época muchos nobles que propugnaban la oligarquía (eran unos seiscientos de los personajes más encumbrados), fueron expulsados de la ciudad junto con los magistrados. Una guerra entonces estalló entre los exilados y los que defendían la democracia, y los Cartagineses apoyaron a Sosístrato y a los exilados. Por ello, se producían escaramuzas diarias y se formaban los ejércitos uno frente al otro, en el curso de todo lo cual Agatocles, actuando a veces como soldado gregario y a veces como comandante, se ganó una reputación de valor y sagacidad, porque siempre a cada oportunidad inventaba alguna estratagema u otra cosa que se rebelara ventajosa para su parcialidad, entre las cuales astucias una hay que es digna especialmente de ser recordada.
Los Siracusanos habían acampado cerca de Gela y en ese momento entró de noche en la ciudad con mil soldados, que fueron al instante interceptados por Sosístrato con un grupo de combate fuerte y bien ordenado, que los venció y mató a trescientos de ellos. Cuando los demás, considerándose perdidos, trataron de escapar por un pequeño pasaje, gracias a Agatocles evitaron el peligro inminente más allá de toda esperanza y expectativa, porque luchó con gran valor y resolución a la cabeza de sus hombres y recibió siete heridas, y, cuando ya estaba por desmayarse (a causa de la pérdida de sangre) y el enemigo ya caía sobre él, ordenó a los trompetas que tocaran ataque a ambas partes de la muralla. Hecho esto al instante, aquellos que acudían a expulsar a los que habían entrado no podían discernir la verdad del asunto por causa de la oscuridad de la noche y por tanto, creyendo que el resto del ejército Siracusano había atacado por ambos lados, se pararon y no avanzaron más, y así, se dividieron en dos partes, e inmediatamente corrieron juntos, hacia donde sonaban las trompetas, a defender las murallas. Entretanto, Agatocles, con sus soldados, habiéndose así conseguido un respiro del combate, llegaron salvos a su campamento fortificado. Engañando, pues, de esta manera al enemigo, no sólo salvó milagrosamente a aquellos de sus soldados que habían entrado primero, sino también a los setecientos más que habían acudido en su ayuda.

V. Después de esto, siendo nombrado Acestórides de Corinto general en Siracusa (9) , se consideró que Agatocles aspiraba a la monarquía, pero evitó el peligro que pendía sobre su cabeza de esta manera: Acestórides (no queriendo cesarlo por temor a un tumulto) le ordenó marchar de la ciudad y dispuso que algunos lo asesinaran de noche cuando estaba en ruta. Pero Agatocles, apercibiéndose de lo que el general estaba planeando contra él, eligió a un joven que era muy parecido a él en estatura y apariencia y le entregó su caballo, armas y vestido, y de esta manera engañó astutamente a los que habían sido enviados a asesinarlo. Él mismo por su parte se escabulló por caminos poco conocidos, vestido de harapos. Y sus perseguidores conjeturando por las armas y demás evidencias que el otro era Agatocles (la oscuridad de la noche no permitía una perfecta visualización) perpetraron el asesinato, pero se equivocaron de persona.
Después, habiendo los Siracusanos readmitido a los exilados que habían sido expulsados de la ciudad junto con Sosístrato y habiendo firmado la paz con los Cartagineses, Agatocles, ahora en el exilio, reclutó un ejército de su propio bolsillo en el corazón del país, ante lo cual estaban atemorizados no sólo los ciudadanos sino también los Púnicos (10) y por tanto fue invitado a volver a su patria, y cuando regresó, siendo conducido al templo de Ceres por los ciudadanos, prometió que nada haría para perjudicar la democracia.
Simulando, pues, como si fuera a proteger la democracia y habiendo mentido al pueblo con diversas estratagemas y ardides, fue nombrado general y protector de la paz, hasta que todos los asuntos quedaran pacificados entre los exiliados que retornaban a la ciudad, porque la comunidad estaba dividida en muchas facciones y muy grandes encontronazos se producían entre los ciudadanos particulares. Pero el senado de Seiscientos, que estaba designado para gobernar la ciudad según una oligarquía, era el más fieramente dispuesto contra la parcialidad de Agatocles, pues los componentes de esta asamblea eran los más ricos y nobles entre los Siracusanos.

VI. Sin embargo, Agatocles, quien ahora aspiraba a la soberanía, tuvo muchas oportunidades para lograr sus designios, ya que no sólo tenía el mando de un ejército como general, sino que, conocidas las nuevas de que una insurrección había estallado en el interior del país en Erbita, disfrutó de una nueva oportunidad de incrementar su ejército y reclutó a cuantos soldados quiso sin levantar sospecha. So pretexto, por tanto, de su expedición a Erbita, reclutó hombres de Morgantium y de otras ciudades en el corazón del país, junto con aquellos que antaño le habían servido en las guerras contra los Cartagineses, pues todos estos tenían un gran respeto por Agatocles, por causa de los muchos ejemplos de su amabilidad hacia ellos durante toda la guerra. Por otra parte, odiaban a los seiscientos, quienes habían sido una parte de la oligarquía en Siracusa y no menos aborrecían al pueblo que les obligaba a obedecer. Había tres mil de ellos que estaban así listos completamente para derrocar la democracia. A estos se les unieron algunos ciudadanos, que por razón de su propiedad envidiaban el poder y pompa de los grandes ciudadanos.
Cuando todo estaba preparado, ordenó a los soldados reunirse con él al amanecer en Timoleontium (11) y él mismo entretanto envió a por Pisarco y Decles, que parecían ser los más influyentes de los seiscientos, afectando querer discutir con ellos sobre el bien público. Cuando llegaron ante él, acompañados por cuarenta de sus amigos, simuló que iba a ser traicionado por ellos y por tanto se apoderó de todos y los acusó ante los soldados, declarando que por su amor al pueblo probablemente iba a ser precipitado a la destrucción por los seiscientos y lamentaba tristemente su suerte y condición. Ante esto todos los soldados estaban tan enojados que gritaron que era menester tomar inmediata venganza, sin dilación, contra los autores de tal injusticia. Por este motivo ordenó a los trompetas tocar ataque y a los soldados que mataran a los responsables del crimen, robaran y saquearan sus haciendas a los seiscientos y a todos aquellos que eran sus partidarios.
Por tanto, siendo todo dejado al saqueo y al espolio, toda la ciudad se llenó de horror y confusión, pues los más inocentes de los ciudadanos, no imaginándose ninguna masacre planeada contra ellos, salían prestos de sus casas a la calle para averiguar la causa del tumulto. Con lo cual los soldados, en parte por causa de su ánimo codicioso de enriquecerse, en parte por motivo de su locura y rabia, cayeron sobre el pueblo inerme que por ignorancia no llevaba armas con que defenderse y los aniquilaron.

VII. Asegurándose los soldados todas las callejas y pasajes estrechos de la ciudad, los ciudadanos fueron inhumanamente asesinados, unos en sus casas, otros en las calles, y muchos (todos inocentes, no acusados de la más mínima falta) fueron golpeados en la cabeza mientras estaban inquiriendo la razón por la que iban a ser asesinados. Efectivamente, los soldados gregarios (que tenían todo ahora en sus manos) no hicieron diferencia alguna entre amigos y enemigos, sino que estaba seguro de ser considerado enemigo todo aquel cuya caída permitiera gran beneficio, de modo que la ciudad se cubrió de violencias, asesinatos, matanzas y toda clase de maldades. En efecto, algunos, por causa de antiguas rencillas, no dejaron de golpear a aquellos, a los que antes habían odiado, con toda suerte de desgracias, teniendo ahora plena oportunidad de hacer cuanto quisieran; otros, juzgando un acto de prudencia enriquecerse merced a la masacre de los que eran ricos, no pararon mientes ni omitieron método alguno para destruirlos: unos abatieron las puertas de las casas, otros subieron las escaleras hasta los pisos de arriba y otros lucharon con aquellos que se defendían desde los tejados de las casas. No se salvaron ni siquiera los que huyeron a los templos para ponerse bajo protección de los Dioses, sino que, al contrario, la piedad para con las Divinidades fue hecha añicos y barrida por la crueldad de los hombres. Y estas cosas, Griegos contra Griegos, en su propia patria, parientes contra parientes en tiempo de paz, sin ningún miramiento ni por las leyes de la naturaleza ni amistades ni reverencia a los Dioses, osaban audazmente cometer. En base a lo cual no sólo los amigos sino incluso los mismos enemigos y todo hombre serio no podían sino apiadarse de la miserable condición de este desgraciado pueblo.

VIII. Todas las puertas estaban cerradas y más de cuatro mil fueron asesinados en un día, bajo ninguna otra excusa que la de ser más estimados que los demás. De los que trataron de huir, unos, corriendo a las puertas por las que salir, allí fueron arrestados; otros que se habían descolgado de las murallas, escaparon a las ciudades próximas. Algunos, por temor y precipitación, saltaron de las murallas y se rompieron el cuello. Al final de todo, fueron expulsados de la ciudad como exilados unos seis mil, de los que la mayor parte huyó a Agrigento, donde fueron recibidos y tratados con la humanidad que convenía a sus presentes circunstancias. Pero los de la facción de Agatocles (que se pasaron el día masacrando a sus conciudadanos) no se privaron de emplear su vesania y villanía contra las mujeres, sino que consideraron que se vengarían de los que habían escapado a la muerte, si podían al menos abusar de sus familiares y parientes de la forma más vil y bestial imaginable, pues les era muy razonable pensar que sería más amargo que la muerte misma para maridos y familiares imaginarse los abusos contra sus esposas y la violación de sus hijas. Pero en lo concerniente a este asunto debemos abstenernos de componer una tragedia como es muy usual en otros autores, especialmente para mover a compasión hacia aquellos que se vieron envueltos en tan horribles padecimientos, porque nadie esperará un expreso relato de cada caso particular, cuando todo es tan prístino y claro para ser entendido. Porque aquellos que se atrevieron imprudentemente a asesinar en pleno día a inocentes en las calles y mercados no tienen necesidad de un historiador que reseñe cuanto hicieron en las casas de noche ni cómo se comportaron con las esposas y jóvenes doncellas que estaban entonces en poder de sus enemigos sin ninguna protección o defensa.
Pero Agatocles, después que se hubiera hartado de la matanza de los ciudadanos durante dos días íntegros, reunió a todos los prisioneros y los entregó a Dinócrates, en base a la antigua amistad que tenía con él; pero en cuanto al resto, a sus mayores enemigos los condenó a muerte y a los demás los desterró.

IX. Convocando entonces a común asamblea, acusó a los seiscientos y a los que habían favorecido a la oligarquía, declarando que limpiaría la ciudad de todos aquellos que aspiraban a la monarquía y que devolvería al pueblo a una completa libertad y que después se pondría al mismo nivel que los demás y viviría como ciudadanos particular, libre de ulteriores cuitas y preocupaciones. Tras decir esto se quitó su capa de general y se puso una chaqueta y de esta guisa vestido caminó, mostrándose como uno más del pueblo. Hizo esto aparentemente para representar el papel de un plebeyo, pero entretanto se había asegurado bien de que muchos de sus camaradas de iniquidades estuvieran en la asamblea, quienes nunca permitirían que el generalato se concediera a otro.
Por tanto, aquellos que habían robado al oprimido pueblo sus bienes, inmediatamente gritaron y con alta voz manifestaron su deseo de que no los abandonara, sino que asumiera el completo y absoluto manejo de todos los negocios públicos. Al principio aparentó muchas reservas, pero siendo después más seriamente presionado por la multitud, les dijo que estaba deseando aceptar el supremo mando como general, siempre que no se viera forzado a unirse con ningún otro como colega, pues nunca querría ser responsable (como mandaba entonces la ley) de los errores e irregularidades de los que estuvieran junto con él ejerciendo el cargo. Por ende, el pueblo, habiendo convenido que todo el poder le fuera confiado a él solo, lo eligieron general con completa y absoluta autoridad, de modo que para el futuro claramente actuara como un monarca y manejara los asuntos de toda la ciudad (12) .
Los Siracusanos, domeñados y quietos como estaban, algunos por miedo, otros por la fuerza, no osaron revelar (como cosa vana y fuera de propósito) el malestar que anidaba entre ellos.
Pero muchos de la clase más pobre y aquellos que tenían deudas estaban muy satisfechos con esta revolución, pues Agatocles había prometido en el senado que todas las antiguas deudas serían condonadas y anuladas, y que las tierras serían asignadas y distribuidas entre los pobres.
Después que hubieron finalizado estas cosas, ordenó que nadie en el futuro fuera asesinado o de otra manera objeto de abuso. Al contrario, cambiando su antigua conducta, se comportó con gran bondad hacia el pueblo, animando a muchos con premios y a no pocos con grandes promesas y, atrayéndose a todos con dulces palabras, se atrajo no poco el favor y la buena opinión del pueblo. Y, aunque había subido a tan gran nivel de honor, sin embargo no se puso una diadema, ni consintió la presencia de una guardia personal ni interpuso ninguna dificultad para acceder a su persona, lo cual es común práctica de casi todos los tiranos. Por contra, se dedicó como principal preocupación suya a revisar los ingresos públicos y a construir y proveerse de toda clase de armas. Construyó asimismo nuevos navíos de guerra para incrementar y fortalecer su flota, y finalmente obligó a muchas de las ciudades y pueblos en el corazón del país a inclinarse ante su autoridad. Y así entonces estaban los asuntos de Sicilia (13) .

X. En Italia transcurría el noveno año de la guerra entre Romanos y Samnitas (14) , antes del cual se habían producidos batallas y encuentros entre ellos muy duros. Pero en este entonces, salvo algunas incursiones en el país del enemigo, se hizo poco o nada digno de ser referido, sólo algunos fuertes fueron expugnados y el país devastado. Pero en Apulia los Romanos arrasaron y saquearon toda Daunia (15) y, habiendo vencido a los Canutios, recibieron rehenes de éstos. Se crearon además dos nuevas tribus, junto a las antiguas, la Falerina y la Ufentina.
Mientras estas cosas estaban sucediendo, los habitantes de Crotona hicieron la paz con los Brutios, pero continuaron la guerra otro año con los exilados (que fueron expulsados por el pueblo por su conspiración con Heráclides y Sosístrato, de lo que ya hemos dado cumplido relato en el anterior libro (16) , nombrando a Parones y a Menedemo como sus generales (17) . Entretanto, los exiliados fueron a Turio y aquí reclutaron trescientos mercenarios y trataron durante la noche de forzar la entrada a su ciudad natal, pero, siendo repelidos por los Crotonianos, acamparon en los confines del territorio de los Brutios. Sin embargo, poco después, todos fueron aniquilados por una unidad de Crotonianos mucho más fuerte, que navegó desde la ciudad contra ellos.
Y ahora, habiendo dado un relato de cómo iban los negocios en Sicilia e Italia, pasaremos a las cosas acaecidas en otras partes de Europa (18) .

XI. . En Macedonia, Eurídice (19) , habiendo asumido la regencia del reino, tan pronto como supo que Olimpíade estaba preparando su regreso, envió una carta a Casandro, entonces en el Peloponeso, solicitándole que se apresurara a auxiliarla. Y, entretanto, mediante sobornos y promesas indujo a los más activos hombres de los Macedonios a favorecer sus proyectos.
Pero Poliperconte reunió un ejército y juntándose con Eácidas de Épiro, trajo de vuelta a Olimpíade con el hijo (20) de Alejandro al reino. Y oyendo que Eurídice estaba en Tutea (21) , en Macedonia, con un ejército, buscando poner fin a todo en una batalla, fue rápidamente tras ella. Y al poco, tan pronto como los ejércitos estuvieron acampados uno frente al otro, de súbito los Macedonios (por reverencia a Olimpíade y recordando los muchos beneficios y favores que habían recibido de manos de Alejandro) se pasaron a ella, por lo que el rey Filipo con todos sus sirvientes fue poco después tomado prisionero. Eurídice asimismo junto con Policles (uno de sus consejeros) fue al poco hecha cautiva, habiendo antes regresado a Anfípolis.
Olimpíade, obteniendo de esta manera la custodia de ambos reyes así como del reino sin derramamiento de sangre no utilizó su buena fortuna con la humanidad que debería haber sido menester, sino que lo primero que hizo fue encarcelar a Eurídice y a Filipo su marido y los trató muy cruelmente, pues los confinó en un lugar muy pequeño, donde cada cosa cuyo uso les era necesario les era entregado a través de un estrecho agujero y durante muchos días seguidos Olimpíade (contra toda ley y escrúpulo) desencadenó su rabia y venganza sobre estos miserables príncipes.
Pero cuando percibió que los Macedonios hablaban mal de ella, por piedad y conmiseración hacia aquellos que eran tan miserablemente tratados, entregó a Filipo a ciertos Tracios (después de haber reinado seis años y cuatro meses) para que lo apuñalaran. Pero ordenó que Eurídice fuera más severamente tratada, porque ésta aún iba proclamando que era más digna de regir el reino que Olimpíade, y por ello le envió una espada, una cuerda y un recipiente con veneno, ofreciéndole que eligiera lo que quisiera para suicidarse, no apreciando en nada la antigua posición y dignidad de la mujer a la que estaba tratando injustamente, ni apiadándose del común destino de la humanidad, y por este motivo vino ella, al final, a experimentar el mismo cambio de fortuna y sufrió una muerte digna de su crueldad. Pues Eurídice, en presencia de la persona que le trajo los instrumentos de su muerte, oró a los Dioses que a Olimpíade un día le enviaran los mismos regalos que a ella en ese momento. Y habiendo luego vendado las heridas de su marido, según se lo permitió la escasez de tiempo, lo arropó y sin ninguna queja mujeril ni vil abatimiento alguno de espíritu por causa de la enormidad de su miseria, se estranguló con su propia liga (22) .
Habiendo acabado con estos dos, mató a Nicanor, hermano de Casandro, y profanó la tumba de Iolas, vengándose, según decía, de la muerte de Alejandro (23) . Luego eligió a cien Macedonios, de entre los amigos de Casandro, y los condenó a muerte. Habiendo satisfecho su venganza merced a estos crueles actos, muchos de los Macedonios fueron incitados a odiarla mortalmente por su crueldad, pues todos recordaban las palabras de Antípatro, quien, como un oráculo, poco antes de morir, había dado estrictas órdenes de no admitir a esta mujer en el gobierno del reino. Manejando Olimpíade por tanto las cosas de esta manera en Macedonia, claramente provocó una revolución en el país.


XII.En Asia, Eumenes, teniendo con él a los Argyraspides al mando del capitán Antígenes, invernó en la provincia de Babilonia, en una ciudad conocida como de los Carios (24) . Desde ahí envió embajadores a Seleuco y a Pitón, exigiéndoles que ayudaran a los reyes y que se unieran a él en la guerra contra Antígono. Pitón había sido nombrado gobernador de Media, y el otro de la provincia de Babilonia, cuando se hizo el segundo reparto de provincias en Triparadiso. Seleuco respondió que él y los que le acompañaban ayudarían a los reyes con cuanto ellos quisieran, pero que jamás obedecerían orden alguna de Eumenes, quien había sido condenado a muerte por la asamblea de los Macedonios. Después de muchas disputas sobre esta resolución, Pitón y Seleuco solicitaron a Antígenes y a los Argyraspides a través de sus agentes que abandonaran a Eumenes.
Pero rechazando los Macedonios hacer lo que se les exigía, Eumenes los elogió por su fidelidad, continuó su marcha y llegó al río Tigris, y allí acampó, a trescientos estadios de Babilonia. Decidió ir a Susa, porque trataba de reclutar fuerzas de las provincias superiores y hacer uso de los tesoros del rey cuando tuviera ocasión. Pero se vio forzado a cruzar el río, porque los lugares en que estaba, arrasados, carecían de provisiones, en tanto que el país al otro lado aún estaba intacto y parecía lleno de forraje y demás provisiones para su ejército. Mientras estaba procurándose navíos con que cruzar el río, Seleuco y Pitón navegaron por él con dos galeras de tres órdenes de remos y muchas otras naves pequeñas, las cuales eran parte de las que Alejandro había mandado construir en Babilonia (25) .

XIII. . Tan pronto como llegaron al lugar donde se estaba llevando a cabo el cruce, renovaron sus peticiones a los Macedonios, para persuadirlos de que abandonaran a Eumenes y que no apoyaran y sostuvieran contra ellos a un hombre que sólo era un extranjero, que había destruido a multitud de Macedonios. Pero cuando Antígenes no pudo ser convencido bajo ningún razonamiento, Seleuco navegó a una antigua presa y la rompió, de donde el nivel de agua creció según pasaba el tiempo, hasta el punto de que el campamento Macedonio fue rodeado de agua y toda la extensión del terreno inundada, de modo que todo el ejército estaba en gran peligro de ser completamente destruido. Durante todo este día, por tanto, se quedaron los Macedonios donde estaban, meditando y reflexionando qué era lo mejor que podían hacer dadas las circunstancias tan apremiantes. Al día siguiente, trasladaron la mayor parte del ejército en barcas de bajo calado, hasta un número de trescientas, impulsadas por largos palos, sin ningún impedimento del enemigo, pues Seleuco tenía con él sólo caballería y era muy inferior al enemigo en número. Al aproximarse la noche, Eumenes (con gran dolor por los carros que dejaba atrás) hizo que todos los Macedonios cruzaran el río. Y luego, bajo la dirección de un natural de aquellos contornos, se puso a limpiar otro lugar, por el que el agua pudiera desalojarse fácilmente, y toda la tierra de alrededor permaneciera seca. Cuando Seleuco supo esto y puesto que intentaba expulsarlos de su provincia con la mayor rapidez que pudiera, les envió embajadores para pactar una tregua y así les permitió cruzar el río (26) , pero al instante mandó cartas a Antígono en Mesopotamia pidiéndole que con toda celeridad acudiera con su ejército, antes de que los gobernadores de las provincias llegaran con sus fuerzas.
Habiendo ahora pasado Eumenes el río Tigris, tan pronto como llegó a Susiana, dividió su ejército en tres cuerpos, por causa de la escasez de provisiones. Y marchando así a través del país por tres vías, padeció gran carestía de trigo y por ello distribuyó arroz, mijo y dátiles, de los que el país tenía en abundancia, entre los soldados.
Aunque antes no se había preocupado de enviar las cartas del rey a los gobernadores de las provincias superiores, sin embargo entonces de nuevo mandó cartas solicitándoles que se reunieran con él con todas sus fuerzas en Susiana. En este tiempo ocurrió que tenían sus fuerzas en campaña y estaban reunidas por algunas otras razones. De lo cual es necesario aquí decir algo antes de proseguir el relato.

XIV. Pitón era el gobernador de Media y el general de todas las Satrapías Superiores, que había asesinado al anterior general, Filotas, y había puesto en su lugar a Eudamo, su propio hermano (27) . Por el cual motivo todas las demás provincias se aliaron, para que no terminaran de la misma manera, porque Pitón era un hombre de espíritu incansable y se había comprometido en asuntos de gran importancia. Habiéndole por tanto vencido en batalla y destrozado la mayor parte de su ejército, lo expulsaron de Partia, el cual buscó primero refugio en Media y poco después fue a Babilonia y rogó la ayuda de Seleuco, para que pudieran caminar juntos en aras de un interés común. Habiendo los gobernadores, por tanto, reunido sus fuerzas por estos motivos, los mensajeros de Eumenes llegaron ante los ejércitos cuando estaban preparados y prestos en plena campaña. Peucestas era el más renombrado capitán de todos ellos y fue creado general por universo consenso. Antaño fue guardaespaldas de Alejandro y premiado con el favor del rey por su valor. Fue nombrado gobernador de la mayor parte de Persia y gozaba de gran estima entre los naturales (28) . Y por esta razón él de entre todos los Macedonios obtuvo de Alejandro el permiso para llevar el vestido Persa, porque pensaba de este modo congraciarse con los Persas y exhortarles a ser más obedientes a todas sus órdenes. Entonces tenía con él a diez mil arqueros y honderos Persas, y tres mil de otras naciones equipados para servir en la formación macedonia, con seiscientos caballos Griegos y Tracios, y de la caballería Persa cuatrocientos. Tlepolemo, un macedonio, gobernador de Carmania, tenía mil quinientos infantes y setecientos caballos. Siburtio, gobernador de Aracosia (29) , mandaba mil infantes y seiscientos diez caballos. Androbazo, asimismo, fue enviado desde Paropamiso (de la cual provincia gobernador era Oxyartes) con mil doscientos infantes y cuatrocientos caballos. Estasandro, gobernador de Aria y Drangina, unido con los Bactrianos, conducía mil quinientos infantes y mil caballos. De la India acudió Eudamo con quinientos caballos, tres mil infantes y veinte elefantes, que consiguió después de la muerte de Alejandro, cuando mató traicioneramente a Poro (30) . Eran en total, con los gobernadores de las provincias, más de dieciocho mil setecientos infantes y cuatro mil seiscientos caballos (31) .

XV. Cuando todos estos llegaron a la provincia de Susiana y se reunieron con Eumenes, se convocó una asamblea pública, donde se produjo una fuerte disputa sobre la elección del general. Peucestas, por motivo de haber traído el mayor número de soldados a la campaña y de su eminente puesto bajo Alejandro, consideraba que era el que más derecho tenía para ostentar el mando supremo. Antígenes, capitán de los Escudos de Plata, insistió en que todo el poder de elección debía de encomendarse a sus Macedonios, quienes, bajo Alejandro, habían conquistado Asia, y por su valor se habían destacado tanto como para ganar la reputación de ser invencibles. Pero temiendo Eumenes que por sus disputas se convirtieran en una presa fácil para Antígono, aconsejó que no nombraran un único general, sino que todos aquellos que habían sido antes elegidos capitanes y comandantes deberían reunirse cada día en el pabellón del rey y allí celebrar consulta de todos los negocios públicos. En efecto, una tienda había sido antes levantada para Alejandro y su trono colocado dentro, a la cual solían acudir ofreciéndole incienso como a un dios. Allí podrían debatir todos los asuntos de importancia y especial trascendencia. Siendo este consejo aprobado y aplaudido por todos, allí se reunían cada día, como en una ciudad gobernada por una democracia. Viniendo después a Susa, aquí Eumenes fue provisto del dinero, de que tenía necesidad, procedente del erario de los reyes. Porque los reyes merced a sus cartas habían ordenado a los tesoreros que entregaran a Eumenes tanto dinero como pidiera en cualquier momento. Entonces pagó a los Macedonios por adelantado seis meses de estipendio y a Eudamo (quien traía los elefantes de la India) pagó doscientos talentos, so pretexto de costear los gastos de los elefantes, pero en verdad para atraerlo más a su causa. Pues si se producían luchas, esta unidad otorgaría la mayor ventaja a aquel a cuyo favor se posicionara, por razón del terror que causaba el uso de tales bestias. El resto de los gobernadores mantenían cada uno a sus propios soldados, que traían con ellos. Hecho esto, Eumenes continuó por algún tiempo en Susa y allí hizo descansar a su ejército.
Entretanto, Antígono, que invernaba en Mesopotamia, decidió atacar inmediatamente a Eumenes antes de que se hiciera demasiado fuerte. Pero cuando supo que los gobernadores provinciales, con sus fuerzas, junto con los Macedonios, se habían unido a él, dejó que sus soldados descansaran y dedicó su atención a reclutar más, pues vio que tenía necesidad de un gran ejército y pensó en hacer unos preparativos para la guerra más que ordinarios.

XVI. En medio de estos preparativos Attalo, Polemón, Docimo, Antípatro y Filotas, quienes antes fueron comandantes en el ejército de Alcetas y fueron tomados prisioneros y puestos bajo custodia en un castillo extraordinariamente fuerte, oyendo la proyectada expedición de Antígono a las provincias superiores, considerando que tenían una magnífica oportunidad, sobornaron a algunos de los carceleros para que les permitieran escapar. Habiendo, por tanto, conseguido armas, hacia medianoche atacaron a la guardia. Ellos mismos eran sólo ocho (bajo la custodia de cuarenta hombres), pero valientes y expertos soldados, merced a su experiencia bélica con Alejandro. A Jenófites, el gobernador del castillo, lo despeñaron de las murallas, precipitándose contra una escarpada roca, en un punto en que la altura era de seiscientos pies. Y en cuanto al resto, a algunos los mataron en el lugar y a otros los arrojaron al vacío, y luego prendieron fuego a las casas. A continuación metieron en el castillo a quinientos hombres que estaban fuera, esperando sus órdenes. De hecho, el lugar estaba bien provisto de bastimentos y de todas las demás cosas necesarias, pero deliberaron entre ellos si era mejor permanecer allí y confiar en la fortaleza del lugar, esperando la ayuda de Eumenes o irse y deambular por el país, aprovechándose de un cambio de fortuna cuando pudiera ocurrir. Muchas deliberaciones y disputas hubo en torno a las dos opciones: Docimo quería quedarse allí, pero Attalo declaró que no podía soportar tal esfuerzo por causa de la dureza de su anterior encarcelamiento.
Mientras estaban así discrepando entre ellos, más de quinientos infantes y cuatrocientos caballos llegaron desde las guarniciones cercanas y conformaron un ejército, además de tres mil nativos y otros más, procedentes de todas las partes del país. Nombraron a uno de ellos como su general y comenzaron a sitiar el castillo.
Estando, por tanto, de forma inesperada copados de nuevo, Docimo, conocedor de un pasaje bajo tierra, donde no había situada guardia, mediante un mensajero entabló correspondencia con Estratonice, la esposa de Antígono, quien no estaba muy lejos de aquel lugar. Y después él, con algún otro en su compañía, a través de este pasaje se llegaron ante ella, pero, contrariamente a lo prometido por Estratonice, fue capturado y decapitado. Y aquel que había venido con él se comprometió a dirigir al enemigo al interior del castillo. Para ello se llevó a un gran número de soldados y con éstos ocupó una de las rocas más altas dentro del recinto de la fortaleza.
Y, aunque Attalo y aquellos que estaban con él eran muy inferiores en número, sin embargo defendieron el lugar con coraje, luchando valientemente cada día, hasta que finalmente cayeron en manos del enemigo, tras un asedio de dieciséis meses.

Capítulo 2

Antígono marcha al Tigris tras de Eumenes. Eumenes pierde a gran número de sus hombres allí. Antígono entra en Media. Eumenes llega a Persépolis. Descripción de Persia. El gran banquete de Peucestas. Política de Eumenes. Su cuento del león. Una batalla en Pareteceni entre Antígono y Eumenes. Antígono regresa a Media. La historia de las dos esposas de Ceteo discutiendo quién sería quemada. Eumenes marcha a Gabene; Casandro a Macedonia. Olimpíade acude a Pidna: es allí asediada. Los Epirotas traicionan a su rey y se unen a Casandro. Antígono planea sorprender a Eumenes, quien para su marcha por una estratagema. La última batalla entre ellos en Gabene. Eumenes es entregado ignominiosamente. Antígono retorna a Media. Los espantosos terremotos en el país de Rages.


XVII.Después, Demóclides fue arconte en Atenas y Cayo Junio y Quinto Emilio cónsules en Roma (32) . En esta época se celebró la centésima decimosexta Olimpíada, en la que Deinomenes el Laconio obtuvo la victoria en el estadio. Hacia este tiempo Antígono marchó desde Mesopotamia y vino a Babilonia, y trabó conversaciones con Seleuco y Pitón, y habiéndose reforzado gracias a las unidades recibidas de éstos, construyó un puente de barcas sobre el río Tigris, hizo cruzar el ejército y se apresuró célere en persecución del enemigo. Conocedor de esto, Eumenes envió a Jenófilo, gobernador de la ciudadela de Susa, instrucción de que no diera dinero alguno a Antígono ni de ningún modo entrara en parlamentos con él.
Él mismo marchó con el ejército al Tigres (33) , a un día de distancia de Susa, donde ingresó en el país de los Uxios, un pueblo libre. El río en algunos lugares se divide en tres cauces y en otros en cuatro, de cuatro estadios de ancho. La profundidad en medio de la corriente era igual a la altura de los elefantes; recorren sus aguas setecientos estadios desde las montañas y desembocan en el mar Rojo; hay muchos peces marinos y ballenas en este río, que aparecen sobre todo al salir la estrella del perro (34) .
Los soldados de Eumenes tenían el río ante ellos como una defensa y ocupaban toda la orilla desde el nacimiento del río hasta el mar con fuertes levantados en todas partes de la orilla y allí esperaban la venida del enemigo. Pero, porque estos fuertes requerían de un gran número de soldados que los guarnecieran, en cuanto se extendieron demasiado en longitud, Eumenes y Antígenes solicitaron de Peucestas que les enviara diez mil arqueros más de Persia. Este a lo primero se negó, quejándose de cómo fue rechazada su pretensión de ser general del ejército. Pero luego, tras de pausada reflexión, aceptó, concluyendo que si Antígono vencía, perdería su provincia y estaría en peligro de perder la misma vida además. Cuidadoso, pues, de preservar su propio interés, y esperando por ende ganar con más facilidad el supremo mando por tener más soldados que ninguno de los demás, les mandó a su campamento diez mil arqueros más, según el deseo de aquellos. Y aunque algunos de los Persas distaban entre sí treinta días de marcha, sin embargo habían situado sus guardias con tal arte y exactitud, que todos escucharon la orden de mando el mismo día. La razón de esto es digna de mención: Persia está llena de largos y estrechos valles y llena de torres de vigilancia, en las que habían situados algunos de los habitantes, que eran hombres de voz alta y fuerte. Cuando la voz era oída por aquellos del siguiente puesto, la transmitían de la misma manera a los otros, y estos a su vez al resto, uno tras otro, hasta que las órdenes llegaban finalmente al extremo de la provincia (35) .


XVIII.. Mientras Eumenes y Peucestas estaban ocupados en estos asuntos, Antígono vino con su ejército al palacio del rey en Susa y nombró a Seleuco gobernador de la provincia y dejando con él tropas suficientes le ordenó asediar la ciudadela, ya que Jenófilo el tesorero había rechazado obedecer sus órdenes. Él mismo partió con su ejército contra el enemigo, a través de un país muy caluroso, y muy peligroso de pasar para un ejército extranjero. Por tanto se vieron obligados a marchar de noche y a acampar cerca del río antes de la salida del sol. Sin embargo, no pudo precaverse de todas las inconveniencias y problemas del país, pues, aunque hizo todo lo posible, sin embargo por causa de lo caluroso de la estación (estando cerca la salida de la estrella del perro) perdió gran multitud de sus hombres. Viniendo al final al río Coprates (36) , preparó lo necesario para que lo cruzaran sus soldados. Este río que nace de un país montañoso, fluye hacia el Pasitigris y tiene una anchura de cuatro pletros (37) , de él distaba ochenta estadios el campamento de Eumenes. La corriente es tan rápida y veloz, que no puede ser cruzado sin barcas o un puente. Teniendo en su poder unas pocas lanchas de bajo calado, en estas situó a algunos de sus infantes, ordenándoles cavar una fosa y construir una empalizada que les protegieran, y allí esperar la venida del resto de las tropas.
Eumenes, sabiendo por exploradores del plan del enemigo, cruzó el puente del Tigres (38) con cuatro mil infantes y mil trescientos caballos y encontró a tres mil infantes, a trescientos caballos del ejército de Antígono cruzando, y a no menos de seis mil que estaban forrajeando por el país. De súbito cayó sobre ellos y los derrotó al instante y puso al resto en huída. En cuanto a los Macedonios (que se mantenían en su sitio), siendo sobrepasados por el número, los obligó a todos a ir hacia el río, donde se precipitaron a subir a sus botes y, sobrecargándolos, se hundieron. Ante esto muchos se esforzaron en nadar, unos pocos escaparon, pero el resto se hundieron. Otros que no podían nadar (juzgando más aconsejable caer en manos del enemigo que perder de cierto la vida en el río) fueron hechos cautivos, hasta un número de cuatro mil. Antígono, por carencia de botes, no pudo ayudarlos, aunque vio a tan gran multitud perecer.

XIX.Considerando por tanto que era imposible pasar el río, se volvió a la ciudad de Badaca, situada junto al río Eulaieo (39) . Por causa del intenso calor, esta marcha fue muy sufrida y problemática, y muchos del ejército se perecieron, de modo que estaban desanimados e incluso volviéndose locos. Pero cuando llegó a la ciudad antedicha, permaneciendo allí unos días, hizo descansar a su ejército. Desde este lugar juzgó aconsejable marchar a Ecbatana en Media y estableciendo ahí su base bélica tomar todas las provincias superiores.
Hay dos vías que conducen a Media y ambas son difíciles: una, a través de las montañas, era agradable y bien trazada, pero también calurosa y muy larga, de casi cuarenta días de camino. La otra, a través del país de los Coseos era estrecha, mala y empinada, yendo a través de las fronteras del enemigo, baldía y escasa de provisiones, pero corta y muy fría. Sin embargo, no era fácil para un ejército marchar por este camino, salvo se hiciera primero acuerdo con los bárbaros que habitaban las montañas.
Estos han sido un pueblo libre desde tiempos inmemoriales y habitan en cuevas y comen bellotas y setas y salan carne de bestias salvajes. Pero juzgó deshonroso para él que mandaba un gran ejército ganarse a este pueblo bárbaro con dulces palabras o atraérselos mediante ricos presentes. Eligió por tanto a los mejores de sus peltastas y dividió a arqueros y honderos y demás soldados armados a la ligera en dos cuerpos y los confió a Nearco, con la orden de ir antes de él y asegurar primero los pasos estrechos y difíciles. Estando estos soldados situados a lo largo de la ruta, él mismo condujo la falange y Pitón dirigía la retaguardia.
Aquellos que fueron enviados con Nearco habían procurado apoderarse de unas pocas torres de vigilancia, pero, siendo obstaculizados e impedidos para llegar a muchos y más necesarios y favorables lugares, perdió gran cantidad de sus soldados, y, soportando ataques de todos los lados por los bárbaros, tuvo mucha dificultad en abrirse camino a través de ellos. Y en cuanto a aquellos que seguían a Antígono (habiendo entrado en los desfiladeros) cayeron en peligros inextricables, pues los nativos, buenos conocedores del terreno, y tomados por ellos antes las rocas más empinadas y escarpadas, arrojaban pesadas piedras sobre las cabezas de los soldados cuando estaban pasando. Y además, haciendo uso de una lluvia de flechas, los acosaban tanto, que no podían (dadas las inconveniencias del lugar) ni inquietar a sus enemigos ni impedir su ataque. Y en vista de que el pasaje era muy escarpado y difícil, los elefantes, caballos y hombres de pesada armadura, se vieron envueltos en fatigas y riesgos a la vez y al mismo tiempo y sin capacidad de ayudarse a sí mismos.
Antígono, habiendo ingresado en tales estrechos pasajes, entonces se arrepintió de no haber seguido el consejo de Pitón, quien le había aconsejado despejar el camino con dinero. Pero después de perder a muchos de sus hombres y teniendo al resto en inminente peligro, tras de nueve días de azarosa marcha, llegó finalmente a las partes habitadas de Media.

XX. Yendo así el ejército de un desastre tras otro, los intolerables padecimientos que habían soportado provocaron a los soldados clamar contra Antígono, hasta el punto de que le dirigieron palabras duras e implacables, puesto que en cuarenta días habían sido varias veces miserablemente batidos. Mediante amables palabras y merced a un completo suministro de todas las necesarias, al final los calmó. Entonces ordenó a Pitón recorrer toda Media, reclutar jinetes y conseguir caballos y carros, lo cual logró fácilmente, dado que el país era abundante en caballos y ganado. De este modo regresó Pitón, trayendo con él dos mil équites y mil caballos, oportunamente equipados, y con tanto cargamento de armas como para armar completamente al ejército entero. Y allén de esto, trajo quinientos talentos del tesoro del rey.
Antígono formó regimientos con la caballería y distribuyó los caballos entre aquellos que habían perdido el suyo, y entregó generosamente bestias de carga a todos aquellos que las solicitaron, por lo que recuperó el antiguo favor de los soldados.

XXI. Entretanto, los gobernadores de las provincias y los capitanes de las fuerzas de Eumenes, cuando escucharon que el enemigo estaba en Media, opinaron de diferente manera sobre cómo dar una solución a eso. En efecto, Eumenes, Antígenes y los demás que venían de las costas marítimas, consideraban que había que regresar allí de nuevo. Pero aquellos que procedían de las provincias superiores (por motivo de sus amigos y relaciones que dejaban en casa) propugnaban volver a esos lugares. Enconándose la controversia, Eumenes, considerando que una parte del ejército (que estaba ahora dividido en dos) no era lo suficientemente fuerte como para hacer frente al enemigo, accedió a la solicitud de los gobernadores de las provincias superiores. Partiendo desde Pasitigris, avanzó sobre Persia y llegó a la sede regia del reino, Persépolis, tras veinticuatro días de marcha.
El país, desde su lugar de acceso hasta las Escaleras (como son llamadas) es llano y bajo, muy caluroso y carente de provisiones, pero el resto es más alto, de aire sano y muy fértil, por lo que hay muchos sombreados valles, variedad de placenteros jardines, caminos naturales flanqueados a ambos lados de toda clase de árboles, y refrescantes manantiales. De tal modo que aquellos que transitan por estos caminos se paran en ellos muchas veces y se solazan en estos placenteros parajes con enorme goce.
Aquí los habitantes entregaron a Peucestas abundancia de toda clase de ganado y bienes, que distribuyó generosamente entre los soldados, para ganarse su favor y buena voluntad. En estos territorios habitan los Persas más belicosos, todos ellos arqueros y honderos, y esta provincia está con mucho más poblada que las demás.

XXII. Cuando llegaron a Persépolis, sede del rey, Peucestas el gobernador y general de la provincia, ordenó un magnífico sacrificio a los Dioses, y a Alejandro y a Filipo. Y enviando para ello gente a casi todos los sitios de Persia para que adquirieran bestias que sacrificar y abundancia de toda clase de provisiones necesarias para una reunión festiva y pública, dio una fiesta a todo el ejército. En ella los invitados fueron situados en cuatro círculos, uno dentro de otro, el mayor abarcando a los restantes, que medía diez estadios de diámetro y estaba ocupado por mercenarios y aliados. El segundo círculo medía ocho estadios, en el que se colocaron los Escudos de Plata Macedonios y el resto de soldados de Alejandro. El otro círculo medía cuatro estadios y albergaba a los oficiales inferiores, amigos especiales, comandantes y équites. El círculo más interior de todos medía dos estadios y ahí estaban los generales, los oficiales de caballería y la nobleza de Persia, con varias tiendas asignadas a ellos. Y en medio de ellas estaban erigidos los altares de los Dioses, de Alejandro y de Filipo. Las tiendas estaban confeccionadas con verdes ramas de árboles y cubiertas de tapices y toda clase de cuadros y pinturas, proporcionando Persia abundantemente cosas para goce y placer. Los círculos estaban separados entre sí a una conveniente distancia, para que los huéspedes nada encontraran molesto o incómodo, sino que cada cosa que se había preparado estaba cerca y a mano.

XXIII. Estando así todo placenteramente dispuesto, dieron su unánime aplauso todos los soldados, con el que expresaban cuán grande era su favor y estima para con Peucestas. Ante esto Eumenes sospechó de él, reflexionando que Peucestas hacía todo aquello para atraerse al ejército y por tanto para obtener el mando supremo. Por tanto, falsificó una carta, por la que elevó el espíritu de los soldados y los hizo más valerosos, y aplacó la altivez y orgullo de Peucestas. Mediante este manejo incrementó su propia reputación entre los soldados, gracias a la esperanza de victoria en el futuro. El contenido de la carta era este: que Olimpíade con el hijo de Alejandro (habiendo asesinado a Casandro) había recobrado todo el reino de Macedonia, y que Poliperconte, con todo el poder del ejército del rey y sus elefantes había pasado al Asia contra Antígono y estaba en ese momento en Capadocia. Esta carta fue escrita en caracteres Siríacos, en nombre de Orontas, gobernador de Armenia, un íntimo amigo de Peucestas. Pasando esta carta por auténtica, por causa de la continua correspondencia entre él y los gobernadores, Eumenes ordenó que las tomaran y fueran enseñadas a los comandantes y a los más de los soldados. Por ende, todo el ejército cambió de opinión y dirigió su mirada a Eumenes, como el principal favorito, y por tanto decidieron confiarse a él, como a una persona cuyo interés en los reyes le haría capaz de premiar a los que quisiera y de castigar a los que entendiera oportuno.
Cuando la fiesta tocó a su fin, Eumenes, para atemorizar más a aquellos que eran reacios a cumplir sus órdenes y que aspiraban al supremo mando, sometió a juicio, con arreglo a la ley, a Siburtio, el gobernador de Aracosia, amigo íntimo de Peucestas. En efecto, Peucestas, enviando algunos jinetes a Aracosia, había en secreto ordenado a Siburtio que interceptara los transportes que llegaran de allí. Por lo cual Eumenes lo puso en tal inminente peligro, que si no se hubiere retirado secretamente, habría sido asesinado por los soldados (40) .

XXIV. Habiendo atemorizado a los demás mediante esta maniobra política y aumentado su propio honor y reputación, cambió de tono adoptando una nueva expresión y así se ganó a Peucestas con afables palabras y grandes promesas, de modo que se convirtió en una persona amable y cortés, entusiasta y preparada para prestar auxilio y asistencia a los reyes. Deseando asimismo asegurarse del resto de los gobernadores y capitanes mediante algunas promesas, que pudieran comprometerlos a no traicionarle, aparentó necesitar dinero y les pidió una contribución, cada uno según su capacidad, para los reyes.
Por tanto, recibiendo cuatrocientos talentos de tantos capitanes y generales como consideró oportuno, esto es, de aquellos de los que antes había sospechado por traidores y desertores, se hicieron éstos servidores más fieles y vigilantes hacia su persona y se ligaron a él más en todos los conflictos (41) .
Mientras tan prudentemente manejaba los negocios y estaba proveyendo para el futuro, nuevas le llegaron a través de algunos que venían de Media, de que Antígono estaba avanzando con su ejército sobre Persia, por cuya causa se puso en marcha con la idea de encontrarse con el enemigo y ocuparse de él.
El segundo día de marcha sacrificó a los Dioses y generosamente dio una fiesta al ejército, deseando que se mantuvieran firmes y leales a él. Pero, queriendo ajustarse al carácter de sus huéspedes, quienes amaban beber copiosamente, cayó en una indisposición, que le obligó a reposar y de este modo le entorpeció la marcha por unos días.
Entretanto, el ejército estaba muy abatido, al considerar que el más experto y valiente general de todos estaba ahora enfermo, en el preciso momento (como pensaban) en que estaba todo listo para combatir al enemigo.
Pero amainando su enfermedad y después de un corto tiempo de recuperación, prosiguió su marcha. La vanguardia estaba a cargo de Peucestas y Antígenes, y él mismo los seguía de cerca con los elefantes, para impedir tumultos por causa de la multitud, y la inconveniencia por la estrechez de los lugares por los que iban a pasar.
Y entonces los dos ejércitos estaban a un día de marcha uno del otro, cuando los exploradores de ambas partes refirieron la nueva de su llegada, cuántos eran y qué caminos tomaban. Por ello cada bando se preparó para la batalla, pero al final se separaron sin luchar, porque había un río y una profunda zanja entre los dos ejércitos. Ambos de hecho estaban alineados en orden de batalla, pero, por razón del mal estado del terreno, no pudieron entrar en acción. Por esta causa, alejándose tres estadios uno del otro, pasaron cuatro días entablando ligeras escaramuzas y forrajeando en los parajes próximos, padeciendo mucha carencia de todas las cosas necesarias. Al quinto día, Antígono, a través de sus agentes, de nuevo solicitó a los gobernadores de las provincias y a los Macedonios que abandonaran a Eumenes y se entregaran a su protección. Pues prometió que les confiaría a cada uno de ellos varias provincias suyas y que otorgaría a los demás amplios territorios, cargados de honores y de grandes regalos. Y, en cuanto a aquellos que aun desearan seguir en la milicia, les daría cargos y puestos en el ejército adecuados a sus diversas circunstancias. Pero los Macedonios no escucharon ninguna de estas propuestas, sino que alejaron de sí a los mensajeros con gran indignación y amenazas. Ante esto, Eumenes vino a ellos y les dio las gracias, con elogios a su fidelidad, y les contó una historia antigua, pero muy oportuna a la presente situación: un león enamorándose de una joven doncella, trató con su padre la pedida de su mano, el cual respondió que estaba muy deseoso de entregarle en matrimonio a la joven, pero que temía sus garras y colmillos, de modo que, una vez casados, obedeciendo a la naturaleza de su especie, devorara a la pobre muchacha. Entonces el león se quitó los dientes y se arrancó las garras. Al ver esto, el padre, considerando que ahora el león había perdido aquello que antes lo hacía formidable, cayó sobre él y lo mató fácilmente con un garrote. Y que ahora Antígono estaba representando un papel no muy distinto de este, pues los tentaba con bellas promesas, hasta el momento en que él pudiera tener todo el ejército bajo su poder, y entonces estaría ya seguro para cortar las gargantas de los comandantes. Esta sutil historia, maravillosamente relatada, fue muy aplaudida por el ejército, y luego se alejó.

XXVI. XXVI. A la noche siguiente algunos desertores vinieron del campamento de Antígono y le hicieron conocedor de que había ordenado a su ejército avanzar en la segunda vigilia. Por ello, Eumenes, tras serias reflexiones y meditaciones sobre cuáles podrían ser sus intenciones, al final halló la verdad del asunto: que el propósito del enemigo era avanzar a Gabene, que estaba a tres días de distancia, ciudad intacta, repleta de grano y forraje, suficiente para alimentar generosamente al mayor ejército con toda clase de bastimentos. Y además, era ese un lugar de gran ventaja, lleno de ríos y profundos barrancos que eran intransitables. Planeando por tanto entorpecer al enemigo, puso en ejecución su plan y envió a algunos mercenarios (a los que reclutó con dinero), con un disfraz de viajeros, con instrucciones de informar a Antígono de que Eumenes atacaría su campamento esa noche. Pero Eumenes despachó los carromatos por delante y ordenó a los soldados que comieran su ración a toda velocidad y marcharan. Todo lo cual se hizo al instante.
Entretanto Antígono, ante la información recibida de los desertores, decidió combatir con el enemigo esa noche y por tanto paró su marcha y situó a su ejército en orden de batalla.
Mientras Antígono se apresuraba a ejecutar su plan y se estaba preparando para encontrarse con el enemigo, Eumenes se escabulló con su ejército y avanzó sobre Gabene antes que aquel. Antígono durante algún tiempo esperó con sus hombres con sus armas listas, pero sabedor gracias a sus exploradores de que el ejército de Eumenes se había ido, se percató que le había preparado una trampa. Sin embargo, continuó con lo que había planeado antes, y, con esta finalidad, dando al ejército orden de marchar, avanzó con gran prisa y rapidez, como si hubiera estado en una persecución.
Pero cuando entendió que Eumenes iba seis horas por delante de él y de esta manera vio que no iba a poder cubrir tan gran distancia con todo su ejército, ideó lo siguiente: partió con la caballería y confió el resto del ejército a Pitón, para que lo siguiera sigilosamente. Al amanecer contactó con la retaguardia del ejército enemigo, cuando estaba bajando una colina, en cuya cima hizo un alto y allí se mostró a la vista del enemigo.
Eumenes, viendo, a conveniente distancia, la caballería del enemigo, consideró que todo el ejército estaba cerca y por tanto ordenó parar y dispuso a sus hombres en orden de batalla, como si fuera a pelear de inmediato. De esta manera estos dos generales prepararon ardides uno contra el otro, como si estuvieran esforzándose en ser más listos que el otro, probando con ello, que todas sus esperanzas de victoria radicaban y estaban basadas en sus propias estratagemas.
De este modo, por tanto, Antígono paró el avance del enemigo y ganó tiempo para que su ejército se reuniera con él. Conseguido lo cual finalmente, dispuso a sus soldados para la batalla y con este orden bajó la colina con dirección hacia el enemigo de una manera terrible.

XXVII. . Todo el ejército (incluyendo los refuerzos que mandaban Pitón y Seleuco) sumaba más de veintiocho mil infantes, ocho mil quinientos caballos y sesenta y cinco elefantes. Ambos generales ordenaron sus ejércitos de un modo extraño e inusual, como si se esforzaran en exceder al otro incluso en esta clase de arte también. En el flanco izquierdo Eumenes situó a Eudamo, capitán de los elefantes de la India, quien tenía consigo una unidad de ciento cincuenta caballos. Por delante de estos, como guardia, se ordenaban dos escuadrones de caballería selecta armados con lanzas, de cincuenta hombres cada uno, y a todos los situó en contacto con la parte superior de la base de la montaña. A continuación estaba Estasandro, con novecientos cincuenta caballos. Después, colocó a Anfímaco, gobernador de Mesopotamia, quien tenía a su mando seiscientos caballos. Luego de estos se situaba la caballería de Aracosia, hasta hacía poco mandada por Siburtio, pero, porque había huido, estaba bajo la dirección de Cefalón. Cerca de estos estaban quinientos caballos de Paropamiso, y otros tantos Tracios de las colonias de las provincias superiores. En vanguardia estaban cuarenta y cinco elefantes, formados en media luna, con tantos arqueros y honderos entre las bestias como se consideró oportuno.
Entonces dispuso su principal cuerpo de infantería en una falange de esta manera: en el extremo de la línea situó más de seis mil soldados foráneos, luego cinco mil de diversas naciones, armados a la manera macedonia.

XXVIII. Detrás de todos, formó a los Argyraspides macedonios, más de tres mil, hombres nunca vencidos, temidos por el enemigo por su valor. Finalmente, después de todos, los hipaspistas (42) , más de tres mil, los cuales, junto con los Argyraspides, eran mandados por Antígenes y Tautamo. Y en la vanguardia de esta falange estaban cuarenta elefantes, alineados con soldados ligeros. A continuación de la falange, en el flanco derecho colocó ochocientos caballos de Carmania, bajo el mando de Tlepolemo, el gobernador de esta provincia. Y, luego de estos, novecientos que eran llamados Compañeros. Después el escuadrón de Antígenes y Peucestas, unos trescientos jinetes. En la parte extrema del flanco fue situado el regimiento del propio Eumenes, formado por trescientos caballos. Luego un regimiento compuesto de esclavos de Eumenes, dividido en dos cuerpos, de cincuenta jinetes cada uno. Había asimismo doscientos équites formados en cuatro escuadrones y situados en el flanco a cierta distancia del ala principal para que guardaran esta parte. Y allende de estos, colocó trescientos caballos, reclutados de todas las provincias por su fortaleza y rapidez, para que guardaran la retaguardia de su escuadrón. Y en la vanguardia de esta ala así dispuesta fueron situados cuarenta elefantes, para mejor defensa del conjunto. El ejército de Eumenes en total sumaba treinta y cinco mil infantes, seis mil cien caballos, y ciento cuarenta elefantes (43) .

 

XXIX. Antígono, observando desde la cumbre de la montaña cómo se estaba desplegando el ejército, ordenó el suyo asimismo según le parecía más conveniente a las presentes circunstancias. Así, teniendo noticia de que el ala derecha de su enemigo estaba muy fuertemente guardada por caballería y elefantes, situó frente a ellos a lo más selecto de su caballería, que, dispuesto en orden abierto, pudieran atacar de forma continua, relevándose unos a otros, y de ese modo renovar la batalla con hombres frescos. Y de esta manera fuera neutralizada la fuerza de aquella parte del ejército enemigo, en la que se depositaba tanta confianza. En este flanco dispuso unos mil arqueros y lanceros a caballo, procedentes de Media y Armenia, que eran expertos en desarrollar movimientos envolventes. Después de ellos, estaban dos mil doscientos Tarentinos (44) , que habían ido con él desde la costa, los cuales eran hombres muy expertos en tender emboscadas y planear otras estratagemas de guerra y que tenían un gran respeto y favor por él. Mil jinetes asimismo de Frigia y Lidia. Mil quinientos al mando de Pitón. Cuatrocientos lanceros dirigidos por Lisanias. A continuación estaban aquellos jinetes llamados Antihipos (45) , y los de las provincias superiores, hasta un número de ochocientos. Este cuerpo de caballería formaba parte del ala izquierda a la que cerraba, y estaba bajo el mando de Pitón. En la línea principal, situó nueve mil extranjeros; luego de ellos tres mil Licios y Panfilios y más de ocho mil de otras naciones, armados a la manera macedonia; y en la retaguardia estaban los Macedonios, hasta un número de ocho mil, que Antípatro anteriormente le había enviado como reclutas cuando asumió el gobierno del reino. En el ala derecha de la caballería, cerca del flanco derecho de la falange de infantería, estaban primero cinco mil mercenarios; luego mil Tracios y otros tantos aliados; al lado de estos se situaban mil llamados Compañeros. Eran todos mandados por Demetrio el hijo de Antígono, que era la primera vez que aparecía con armas para ayudar a su padre. En la parte extrema del flanco estaban colocados tres mil caballos, que comandaba Antígono mismo. Como avanzada de estas tropas estaba un escuadrón que consistía de tres unidades de sus esclavos y a su lado otras tantas unidades, alineadas a distancias iguales entre sí, apoyadas por cien Tarentinos (46) . En torno a esta ala fueron dispuestos treinta de los más fuertes de sus elefantes, en forma de media luna, entremezclados con soldados ligeros. Muchos de los restantes elefantes fueron colocados en el frente de la falange, y unos pocos con algunos caballos en el flanco de la izquierda. Alineado el ejército de esta manera, cerró contra el enemigo en un orden oblicuo, pues ordenó que se estirara el ala derecha, en la que tenía la mayor confianza, y la izquierda se contrajera, proyectando evitar el combate con ésta y decidir la batalla con aquella.

 

XXX. Y ahora que los ejércitos se alineaban cerca uno del otro, se dio la señal de batalla para ambos bandos, se lanzaron gritos unos a otros, y las trompetas tocaron ataque. Y al principio la caballería bajo Pitón cargó; aunque no tenía una vanguardia ni de hombres ni de elefantes que le dieran una fuerte cobertura, sin embargo superando al enemigo en número y celeridad, hizo uso de esta ventaja, pero evaluando no ser prudente chocar contra los elefantes de frente, los rodeó y lanzó una lluvia de proyectiles sobre el enemigo en el flanco, con poco o ningún perjuicio para ellos mismos, por causa de su rapidez y de la agilidad de sus caballos, pues importunaban gravemente al enemigo, el cual no podía por el peso de sus armas ni caer sobre los atacantes, ni evitarlos como la ocasión requería. Por tanto, Eumenes, viendo cómo el ala derecha estaba en apuros ante la multitud de arqueros a caballo, envió a algunos de los jinetes más veloces de Eudamo, que mandaba el flanco izquierdo, y con esta unidad de caballería sacada del otro flanco (aunque era pequeña) lanzó tan fiera carga contra el enemigo, secundado por sus elefantes, que puso fácilmente a los soldados de Pitón en huida y los persiguió hasta el pie de las montañas.
Entretanto, la infantería luchó tenazmente largo tiempo. Al final, después de morir muchos de ambos bandos, los de Eumenes vencieron a sus oponentes por el valor de los Escudos de Plata. Porque, aunque eran ya muy viejos , sin embargo, merced al frecuente uso de sus armas en muchas batallas, excedían tanto a los demás, en valor y en pericia al manejar sus armas, que nadie podía mantenerse firme ante ellos. Y por tanto en ese preciso momento, aunque sólo eran tres mil, sin embargo constituían la principal fuerza y soporte de todo el ejército.
Cuando Antígono percibió que su ala izquierda estaba rota y que toda la falange huía, aunque se le aconsejó (viendo que la parte del ejército que estaba con él quedaba aún intacta) que se retirara a las montañas y reorganizara a aquellos que estaban huyendo, sin embargo no hizo caso, sino que haciendo prudente uso de la presente oportunidad, salvó a sus hombres y consiguió asimismo la ventaja. En efecto, los Argyraspides, con Eumenes y el resto de la infantería, habiendo puesto al enemigo en fuga, continuó su persecución de la infantería contraria hacia las faldas de la montaña, ante lo cual Antígono, a través del hueco abierto en la línea del enemigo, con una unidad de caballería cayó sobre el flanco de las unidades de Eudamo, que estaban en el ala izquierda y gracias a esta carga súbita e inesperada los puso en fuga. Y después de matar a una multitud, envió a algunos de sus jinetes más rápidos a llamar a sus propios hombres que habían antes huido, y con ello les hizo reunirse al pie de las montañas. Y Eumenes percibiendo también la fuga de sus hombres, se apresuró a auxiliar a Eudamo y llamó con las trompetas a los suyos que habían huido.

XXXI . Empezaban entonces las estrellas a aparecer, cuando, llamadas las tropas en huida por sus generales, ambos bandos se prepararon de nuevo para la batalla. Tal era el ánimo y vigor de oficiales y soldados. La noche era muy clara y serena, y la luna llena. Aún estando los ejércitos distantes unos cuatro pletros entre sí, el estrépito de las armas y el relincho de los caballos en ambos bandos parecían como si estuvieran en mitad uno del otro. Fue a media noche cuando se retiraron unos treinta estadios del lugar de la batalla donde yacían los muertos, y por razón de lo problemático de la marcha y de los trabajos y dureza del combate, así como por la carencia de provisiones, ambas partes estaban en una mala situación. Por tanto se vieron obligados a retirarse de la lucha y acampar. Eumenes tenía la idea de volver al campo de batalla, para enterrar los cadáveres, como signo de su total victoria, pero el ejército se opuso y todos inmediatamente se pusieron a gritar en alto su deseo de regresar a sus carros, que estaban entonces a una gran distancia de donde se encontraban, de modo que fue obligado a aceptarlo. Efectivamente, viendo que había muchos que aspiraban al mando supremo, no tenía poder para hacer marchar al ejército mediante amenazas ni veía en ese momento ninguna oportunidad conveniente para atraerse a aquellos que se mostraban obstinados contra toda clase de argumentos y súplicas. Pero Antígono, por el contrario, era un general absoluto, sin depender de ninguna popularidad, y por tanto obligó a los soldados a acampar cerca de los cadáveres, y de este modo se ganó el derecho de enterrar a los caídos y sembró la duda de quién había sido el vencedor, diciendo que él al haber tenido la facultad de inhumar a sus muertos, tenía que ser considerado como el vencedor de la jornada.
En esta batalla, el ejército de Antígono perdió tres mil setecientos soldados y cincuenta y cuatro caballos, y más de cuatro mil heridos; Eumenes quinientos cuarenta infantes, muy pocos caballos y más de novecientos heridos.

XXXII. Antígono, después de concluida la batalla, percibiendo que los ánimos de los soldados estaban muy bajos, decidió, con la mayor rapidez que pudo, alejarse del campamento enemigo, y para que sus fuerzas pudieran marchar expeditas, envió a los heridos y el bagaje pesado a una ciudad cercana. Habiendo pues enterrado a los muertos hacia el amanecer, retuvo junto a sí al heraldo que había sido enviado por el enemigo para pedir los cadáveres de los caídos (48) , y ordenó a sus soldados cenar en ese momento. Al concluir el día envió de regreso al heraldo y les dio licencia para acercarse y enterrar a sus muertos el día siguiente. Él mismo al poco, en la primera vigilia de la noche, se movió con todo su ejército y a marchas forzadas se alejó mucho del enemigo, hacia un país intacto, donde tenía a su alcance cantidad de provisiones y pudiera descansar su ejército. Así pues, marchó hasta Gamarga , en Media, un país bajo el mando de Pitón, que abundaba en toda clase de cosas para mantener al mayor ejército. Habiendo Eumenes sabido por exploradores que Antígono se había ido, no siguió sus pasos, porque su ejército sufría carencia de provisiones y otras circunstancias adversas, así como porque albergaba un gran deseo de celebrar las exequias por sus caídos de la forma más solemne posible.
En este momento se produjo un extraño incidente, muy inusual y disconforme con las leyes Griegas.

XXXIII. En efecto, había un tal Ceteo, quien mandaba a los soldados oriundos de la India y luchaba con gran resolución, pero que había muerto en esta batalla. Dejó en este mundo dos esposas, que le habían seguido durante la campaña: una que acababa de casarse con él, y otra que había sido su esposa largo tiempo atrás. Y ambas amaban a su marido sobremanera. Había existido una añeja costumbre en la India para los hombres y las mujeres de casarse con quien gustaran sin atender el consejo de sus padres. Y como en aquellos antiguos tiempos los jóvenes se casaran precipitadamente y a menudo se arrepintieran después, por ser engañados en su elección, muchas mujeres eran corruptas y por causa de su desordenada lujuria se enamoraban de otro hombre, y como su honor y reputación no les permitía abandonar al marido que primero habían elegido, a menudo lo envenenaban. Para conseguir esto el país contribuía y no poco, ya que en él crecían muchas y muy diversas plantas venenosas, algunas de las cuales un poco molidas y mezcladas en la bebida o untadas en la comida, de cierto que acababan con el compromiso matrimonial. Este maldito arte se fue haciendo más y más prevalente, y muchos fueron asesinados por estos medios, y aunque algunas eran punidas por estos casos de maldad, sin embargo esto no apartaba a las demás de prácticas semejantes. Por tanto, una ley fue promulgada, por la cual las esposas serían quemadas junto con sus maridos difuntos, excepto aquellas que estuvieran embarazadas o tuvieran hijos; y que la mujer que no cumpliera esta ley del país, permanecería viuda y, como convicta de impiedad, sería excluida de todos los ritos sagrados y de cualesquiera otros beneficios y privilegios que contemplaran las leyes (50) . Establecida esta disposición, en adelante la maldad de estas esposas se trocó en la conducta contraria. Pues, viendo que cada esposa, para evitar este insufrible destino, tenía que morir voluntariamente, no sólo procedieron a ser cuidadosas en preservar la salud y procurar el bienestar de sus maridos, como algo que les asegurara a ellas mismas la supervivencia, sino que compitieron unas con otras, para ganar la cota más alta de honor y reputación.

XXXIV. Un ejemplo de esto ocurrió en esa ocasión. Efectivamente, aunque por ley sólo una tenía que ser quemada con el marido, sin embargo en el funeral de Ceteo ambas pugnaron por quién moriría, como premio honorable de su virtud. Por ello, el asunto fue presentado a la consideración de los generales, para que decidieran. La joven declaró que la otra esperaba un niño y por tanto su muerte no se ajustaba a derecho; la mayor alegó que era más conforme a justicia que ella, quien antecedía a aquella en años, fuera antepuesta en honor, puesto que la norma general es conceder mayor honor y respeto al viejo que al joven. Los generales, informados por las comadronas de que la mayor estaba embarazada, prefirieron a la joven. Ante esto, la mayor, habiendo perdido en este juicio, se deshizo en llantos y lamentos, rasgando su velo en trozos y arrancándose el pelo, como si le hubiera sido comunicada alguna penosa y atroz noticia. La otra, regocijándose en su victoria, se fue a la pira funeraria, coronada por las mujeres de su casa con cintas y acompañada por sus parientes muy ricamente vestidas, como para una boda, entonando elogios de ella según caminaban, con canciones hechas para tal ocasión.
Tan pronto como llegó a la pira, se quitó sus vestidos y los distribuyó entre sus sirvientas y amigas, dándoles tales ropajes, como señal de recuerdo para aquellas que la querían. Su vestido consistía en multitud de anillos sobre sus dedos, cuajados de toda clase de piedras preciosas de diversos colores. Sobre su cabeza llevaba una gran cantidad de pequeñas estrellas doradas, entre las cuales estaban colocadas piedras brillantes de toda clase. Alrededor de su cuello portaba multitud de joyas, unas pequeñas y otras grandes, dispuestas en orden creciente por grandeza. Al final, se despidió de toda su familia y sirvientes, luego su hermano la puso sobre la pira y, para gran admiración del pueblo (que acudió en muchedumbre para ver el espectáculo), con un coraje heroico allí terminó su vida.
Todo el ejército solemnemente portando sus armas desfiló tres veces alrededor de la pira antes de que fuera encendida. Ella entretanto (inclinándose hacia el cadáver de su esposo) no demostró por ningún chillido o de otro modo, que estuviera intimidada por el ruido del crepitar de las llamas, de modo que los espectadores estaban conmovidos, unos por piedad y otros de admiración, y hubo un extraordinario elogio por su resolución. Sin embargo, hubo Griegos que condenaron esta costumbre por cruel e inhumana.
Después que hubo acabado el funeral, Eumenes partió de Pareteceni a Gabene, el cual lugar estaba aun intacto, en condiciones de abastecer al ejército con todo lo necesario, y distaba del ejército de Antígono veinticinco jornadas, si se iba a través de territorios habitados, pero, pasando por zonas desiertas, donde no había agua, sólo mediaban nueve jornadas de viaje. Siendo esta la distancia entre ellos, allí invernó y así dio a su ejército tiempo para descansar (51) .

XXXV. En cuanto a los negocios de Europa, Casandro, mientras estaba asediando Tegea, conociendo el retorno de Olimpíade a Macedonia, la muerte de Eurídice y del rey Filipo, y lo que había hecho al sepulcro de su hermano Iolas, firmó un acuerdo con los de Tegea, y marchó con su ejército a Macedonia, dejando a sus aliados muy molestos y perplejos, porque Alejandro, el hijo de Poliperconte, entró entonces en el Peloponeso listo para conquistar las ciudades con su ejército. Y los Etolios, para congraciarse con Olimpíade y con Poliperconte, se apoderaron de los desfiladeros de las Termópilas, y bloquearon el paso para frenar la marcha de Casandro. Pero percibiendo éste que era muy difícil abrirse camino a través de aquellos desfiladeros, con la ayuda de algunos barcos y varios botes de Eubea y Lócride, pasó a Tesalia. Y oyendo que Poliperconte estaba con su ejército en Perrebia, despachó a su general Callas con algunas tropas para combatirlo. Entretanto Deinias, enviado para asegurar los desfiladeros de Perrebia, se apoderó de esos lugares antes de que las fuerzas de Olimpíade pudieran llegar.
Tan pronto como Olimpíade supo que Casandro estaba ingresando en Macedonia con un gran ejército, nombró general a Aristono y le ordenó luchar contra Casandro. Ella misma, tomando consigo al hijo de Alejandro, a Roxana, madre del muchacho, a Tesalónica, hija de Filipo, hijo de Amintas, a Deidamia, hija de Eácidas, rey del Épiro y hermana de Pirro (quien después haría la guerra a los Romanos), a las hijas de Attalo, y a otros parientes y eminentes allegados, entró en Pidna, de modo que una gran multitud de personas, inútiles e inservibles para la guerra, la acompañaban. Ni había tampoco vituallas bastantes en ese lugar para atender a tan gran multitud en caso de tener que sostener un largo asedio. Aunque todas estas desventajas ponían de manifiesto la magnitud del peligro, sin embargo estaba decidida a permanecer allí, esperando que muchos Griegos y Macedonios acudieran por mar a auxiliarla.
Estaban con ella algunos jinetes de Ambracia, muchas de las tropas de su casa y el resto de los elefantes de Poliperconte, ya que los otros habían sido capturados antes por Casandro en su anterior irrupción en Macedonia.

XXXVI. Casandro había recuperado los pasos de Perrebia, de modo que tenía el camino abierto a Pidna. Rodeó la ciudad con un muro de adobe de mar a mar. Envió a sus aliados petición de navíos y de toda clase de armas e ingenios de sitio, con el objetivo de sitiar a Olimpíade por tierra y mar (52) .
Pero cuando tuvo noticia de que Eácidas el rey de Épiro estaba acudiendo con un poderoso ejército para liberar a Olimpíade, confió algunas fuerzas a Atarquias, con órdenes de enfrentarse a los Epirotas, el cual en breve ejecutó lo que se le había ordenado y se apoderó de los accesos al Épiro, de modo que Eácidas se vio completamente defraudado en su proyecto. En efecto, los Epirotas se vieron obligados contra su deseo a una expedición a Macedonia y por ende se amotinaron en el campamento. Sin embargo, Eácidas, deseoso de liberar por cualquier modo a Olimpíade, licenció a todos aquellos que no estaban de acuerdo con su proyecto y se quedó sólo con aquellos que estaban deseando correr con él los mismos peligros. De hecho, estaba muy ansioso por actuar, pero no tenía fuerzas bastantes, ya que las tropas que se le habían unido eran muy pequeñas.
Entretanto los Epirotas que habían sido enviados de regreso a sus casas se rebelaron contra el rey ausente, y su pueblo, por decreto público, lo expulsó del reino y se alió con Casandro. Algo semejante a esto no había ocurrido nunca antes en el Epiro desde los tiempos en que Neoptólemo, hijo de Aquiles, reinó allí, puesto que el reino siempre pasaba de padre a hijo por derecho de sucesión hasta esta época.
Casandro recibió así en alianza a los Epirotas y envió a Licisco como general y virrey al Epiro; entonces aquellos que antes estaban dudosos si aliarse con Olimpíade o no, ahora, viendo que ésta no tenía esperanza alguna de lograr sus objetivos, se unieron a Casandro. De tal modo fue así que el único apoyo que le quedaba del que esperar auxilio era Poliperconte y éste en ese momento fue inesperadamente vencido, porque cuando Callas, quien fue enviado como general por Casandro, acampó con su ejército cerca de Poliperconte en Perrebia, corrompió de tal modo a la mayoría de sus soldados con grandes sobornos, que le quedaron unos pocos, en particular aquellos que eran reputados los más leales, y así se hundieron los asuntos de Olimpíade en muy corto tiempo.

XXXVII. En cuanto a los asuntos de Asia en este tiempo (53) , Antígono, invernando entonces en Gadamala, o bien Gadarlis, y considerando que su ejército estaba demasiado débil para atacar al enemigo, pensaba cómo caer sobre ellos de improvisto y vencerlos. Los soldados de Eumenes estaban tan dispersados y alejados entre sí en sus cuarteles de invierno, que algunos de ellos estaban a seis días de marcha de sus compañeros. Pero Antígono juzgó no aconsejable avanzar a través de territorios que estaban habitados por causa de que la marcha sería muy larga y tediosa y asimismo conocida al instante por el enemigo, sino que consideró mucho más oportuno para su interés dirigir su ejército a través de los secos y baldíos desiertos, por los cuales el camino era mucho más problemático, pero mucho más corto. Y de este modo su marcha sería secreta y así podría caer sobre el enemigo súbita e inesperadamente, ya que éste permanecía disperso y desparramado en sus cuarteles, no imaginando siquiera que se pudiera hacer algo semejante.
Merced a estas consideraciones ordenó a sus soldados estar listos para la marcha y preparar vituallas para diez días, de modo que no necesitaran hacer fuego. Él mismo anunció que marcharían por Armenia, pero de súbito, contrariamente a lo esperado por todo el ejército, en pleno invierno, avanzó hacia el desierto (54) . En su marcha ordenó que el fuego se hiciera de día, pero no de noche, para que nadie los viera de lejos desde las montañas y pudiera descubrir su aproximación al enemigo, porque el desierto era casi completamente llano y plano, rodeado de muchas altas colinas, desde las que era fácil descubrir los fuegos a gran distancia. Pero cuando el ejército había empleado cinco días en esta tediosa marcha, los soldados, por causa del enorme frío, así como en vista de otros usos necesarios, terminaron por hacer fuegos de día y también de noche. Visto esto por algunos de los habitantes del desierto, de inmediato, ese mismo día, enviaron mensajeros montados en dromedarios a Eumenes y a Peucestas para comunicárselo. Estas bestias pueden por lo general cubrir en un día mil quinientos estadios.

XXXVIII. Peucestas, informado de que el ejército enemigo había sido avistado a medio camino de marcha, comenzó a pensar en alejarse tanto como pudiera, temeroso de que el enemigo cayera sobre él antes de que pudiera reunir a sus tropas desde cada cuartel en que estaban entonces dispersas. Advirtiendo Eumenes el apuro en que se encontraba, le exhortó a tener buen ánimo y a continuar en los límites del desierto, pues había encontrado una manera de que Antígono no llegara a esos lugares en tres o cuatro días. Y habiendo logrado esto, podría en ese tiempo reunir fácilmente a todas las fuerzas. Luego, estando el enemigo cansado y abatido por la carencia de vituallas, caerían todos en sus manos. Se maravillaron todos por este inesperado plan y cada uno estaba ansioso de saber qué sería lo que parara al enemigo. Por tanto, Eumenes ordenó a todos los capitanes y soldados que entonces estaban cerca seguirle con un gran número de pebeteros llenos de fuego y luego escoger algunas de las elevaciones más altas del país, que miraran hacia el desierto y fueran claramente visibles desde todas las direcciones y allí delimitaran varios lugares, dentro de un radio de setenta estadios y atribuyeran a cada capitán un puesto, distante uno de otro veinte codos con orden de prender un fuego en la noche en cada lugar; y dispuso que a la primera vigilia se prendieran los mayores fuegos, como si estuvieran aún refrescándose y preparando la cena; a la segunda vigilia que hubiera menos fuegos; y a la tercera que casi todos estuvieran extinguidos, de modo que a la distancia pudiera parecer como si el ejército estuviera sin duda allí acampado.
Observando sus soldados las órdenes dadas, algunos de los habitantes de las montañas que estaban frente a ellos (amigos de Pitón, gobernador de Media) advirtieron el fuego y suponiendo que el ejército estaba allí realmente acampado, bajaron presto a la llanura e informaron a Antígono y a Pitón, quienes asombrados por esta extraordinaria e inesperada nueva, hicieron un alto y consultaron con aquellos que les habían traído la noticia cuál era la mejor opción que tomar. En efecto, los hombres estaban agotados y carentes de los bastimentos necesarios, por lo que no podían medirse con un enemigo preparado y provisto de toda clase de vituallas. Entonces se arguyó que la aventura era desesperada y arriesgada, concluyendo por tanto que habían sido engañados y que las fuerzas del enemigo estaban reunidas. En base a la información que se les había dado se resolvió no proseguir el avance, sino girar a la derecha y así el ejército se movió hacia los lugares del país habitados, para que los hombres pudieran refrescarse después de una dura marcha.

XXXIX . Entretanto, Eumenes, habiendo engañado con esta estratagema al enemigo, reunió su ejército de todas las partes donde estaban en sus cuarteles de invierno y fortificando su campamento con una empalizada y una profunda fosa, allí recibió a sus aliados cuando acudieron a él y proveyó su campamento con todas las cosas necesarias.
Pero Antígono, después que hubo marchado a través del desierto, siendo informado por los habitantes que el resto de las fuerzas de Eumenes casi habían llegado a él, pero que sus elefantes, procedentes de sus alojamientos invernales, estaban no muy lejos, con una guardia muy pequeña, envió a dos mil lanzas a caballo, doscientos Tarentinos, y toda su infantería ligera para interceptarlos, pues cayendo sobre ellos cuando estaban sin una escolta suficiente, esperaba que pudiera apropiarse de ellos fácilmente y así privar al enemigo de la principal fuerza de su ejército. Pero Eumenes, temiendo que por este motivo lo peor pudiera ocurrir, envió, como escolta, a quinientos de sus mejores jinetes y tres mil infantes ligeros.
Tan pronto como los soldados de Antígono aparecieron, los comandantes de los elefantes los dispusieron en un escuadrón en forma de cuadro y situaron los carros en medio, y prosiguieron su camino. Eran auxiliados en la retaguardia por no más de cuatro mil caballos. El enemigo, cargando con todas sus fuerzas contra ellos y avanzando con gran violencia, venció a la caballería de la retaguardia que superada se dio a la fuga. Los conductores de los elefantes se mantuvieron firmes durante algún tiempo, acosados por dardos y flechas arrojadas de todas partes, incapaces de dañar o atacar al enemigo. Y entonces, cuando estaban a punto de ceder, los soldados de Eumenes llegaron inesperadamente y los sacaron del apuro. Unos pocos días después, los ejércitos acamparon a cuarenta estadios uno del otro. Estando todo a punto para decidir la contienda, ambos bandos se prepararon para la acción.

XL. Antígono dispuso su caballería en las dos alas y entregó la izquierda a Pitón y la derecha a su hijo Demetrio, donde él mismo tenía la intención de cargar. La infantería estaba en el centro y los elefantes al frente del conjunto, entre los cuales se hallaban soldados ligeros. Su ejército en suma tenía veintidós mil infantes y nueve mil caballos, allende de aquellos que fueron reclutados en Media, y sesenta y cinco elefantes.
Cuando Eumenes entendió que Antígono se había colocado en el flanco derecho, con lo mejor de su caballería, él mismo se situó frente a él con lo más selecto de la suya en el ala izquierda, disponiendo allí junto a él a la mayoría de los sátrapas con la mejor caballería que habían llevado al campo de batalla.
En este ala estaba también Mitrídates, hijo de Ariobarzanes, descendiente de uno de aquellos siete Persas que mataron al mago Esmerdis (55) , un hombre de ejemplar valor y criado en las hazañas de la guerra desde muy joven. En el frente de este ala colocó a sesenta de sus mejores elefantes, dispuestos en forma de media luna, y protegidos por infantes ligeros.
En cuanto a la infantería, los hipaspistas fueron puestos primero, luego los Argyraspides, y a retaguardia todos los extranjeros y aquellos que estaban armados a la manera de los Macedonios. Tantos elefantes y soldados ligeros fueron situados al frente de la línea principal de infantes como se juzgó suficiente. En el ala derecha fueron dispuestos la caballería y los elefantes que eran considerados más débiles y menos firmes de todos los demás, de los cuales Filipo fue nombrado comandante, con órdenes de retirarse lentamente cuando luchara y observar con diligencia las evoluciones del otro flanco.
El ejército de Eumenes tenía treinta y siete mil infantes, seis mil quinientos caballos y ciento catorce elefantes.

XLI. Un poco antes de la batalla, Antígenes, general de los Argyraspides, había enviado a un jinete macedonio a la falange enemiga con instrucción de cabalgar tan cerca de ella como le fuera posible y proclamar con alta voz lo que le había ordenado. Por tanto, cuando se aproximó al radio de escucha de aquella parte del ejército donde la falange macedonia de Antígono estaba extendida, gritó: “!Oh vosotros villanos, peleáis contra vuestros padres, que aventuraron sus vidas y lograron todas aquellas nobles hazañas con Filipo y Alejandro!”. A esto añadió que comprobarían en breve que eran hombres dignos de aquellos reyes y de aquellas anteriores conquistas. Los más jóvenes de los Argyraspides en esa época tenían al menos sesenta años de edad, pero los demás setenta años, y algunos incluso más viejos. Todos ellos por fuerza y pericia en el manejo de las armas eran invencibles, pues la continua práctica militar los hizo expertos y audaces.
Hecha la proclama, como se ha dicho antes, se escucharon en el ejército de Antígono ásperas palabras y discursos desabridos: que se veían forzados a pelear contra sus compatriotas y con hombres que eran tan viejos. En el ejército de Eumenes, por otra parte, continuamente gritaban, mientras las tropas estaban dispuestas en orden, que los condujeran contra el enemigo. Viendo Eumenes el entusiasmo de los soldados, levantó el pendón de batalla, a continuación de lo cual tronaron las trompetas tocando ataque, y todo el ejército lanzó el grito de combate.

XLII. Los elefantes en primer lugar lucharon unos contra otros. Luego la caballería de ambos bandos cargó. El campo era muy grande, arenoso y baldío, de modo que tanta polvareda se elevó por el pisoteo de los caballos, que un hombre no podía ver lo que pasaba, aunque fuera a una corta distancia de él. Observando Antígono esto, envió inmediatamente algunos jinetes Medos y una unidad de Tarentinos para caer sobre el bagaje del enemigo. Pues confiaba en que por razón del polvo que se había levantado (como así fue) esos soldados no serían descubiertos y si se posesionaban de los bagajes fácilmente se haría con el mando de todo el ejército. Por tanto aquellos que fueron enviados secretamente se escabulleron desapercibidamente por el flanco enemigo, cayeron sobre los pajes, escuderos y demás que estaban junto al bagaje, a unos cinco estadios de distancia del lugar de la batalla.
Allí encontraron una multitud de gentes inútiles e inaptas para el servicio y muy poca guardia, de modo que al instante pusieron en fuga a los que resistieron y al resto los tomaron prisioneros. Entretanto, Antígono, cargando contra el enemigo con una poderosa unidad de caballería, atemorizó tanto a Peucestas, gobernador de Persia, que con su caballería, salió de la liza y mil quinientos más se fueron tras él. Pero Eumenes, aunque fue dejado solo con unos pocos en los bordes del flanco en que estaba, sin embargo consideró infame flaquear o huir, juzgando más honorable ser fiel a su palabra, en servicio de los reyes, y morir con resolución por una causa justa y honesta. Entonces lanzó una fiera carga contra Antígono, de modo que se produjo una reñida pugna entre las caballerías, en la que los de Eumenes superaban a los contrarios en coraje y resolución, pero los de Antígono en número. Y muchos cayeron por ambos bandos. Peleando en este momento los elefantes unos con otros, el líder de las bestias del bando de Eumenes se enzarzó con uno de los más tenaces enemigos y fue muerto. Por ello, percibiendo Eumenes que su caballería era vencida completamente en todas partes, se retiró de la batalla con el resto de la caballería y se trasladó al otro flanco y se unió allí a la unidad de Filipo, a quien había ordenado hacer una retirada lenta. Y así terminó la contienda ecuestre.

XLIII. . Pero en cuanto a la infantería, los Argyraspides (o escudos de plata) se lanzaron con tanta violencia sobre el enemigo, que mataron a algunos en el acto y pusieron a los demás en fuga, pues no podían ser contenidos. Los cuales, aunque pugnaron con la principal línea de batalla del enemigo, sin embargo se destacaban tanto por su valor y destreza, que mataron a más de quinientos sin perder un solo hombre y pusieron al resto en huida, aunque los enemigos eran mucho más numerosos que ellos.
Cuando Eumenes supo que todos los bagajes habían sido capturados y que Peucestas no estaba lejos con la caballería, trató de reunir a todos de nuevo y probar fortuna en un segundo encuentro con Antígono, pues llegó a la conclusión de que si vencía no sólo recuperaría sus propios bagajes sino también se apoderaría de los del enemigo. Pero Peucestas no quiso oír nada de pelear más, sino retirarse, de modo que Eumenes fue obligado a dar por perdida la batalla.
Entonces Antígono, dividiendo su caballería en dos unidades, él mismo con una buscaba cómo coger en una trampa a Eumenes, observando qué camino tomaba. La otra se la encomendó a Pitón, con órdenes de caer sobre los Argyraspides, que fueron entonces abandonados por su caballería. Cuando los de Pitón cayeron sobre ellos, como tenía ordenado, los Macedonios se formaron en cuadro y se pusieron a salvo en el río, clamando contra Peucestas, como el motivo de la derrota de la caballería.
Cuando Eumenes llegó a ellos a la mañana, celebró consejo para ver cuál era la mejor opción a seguir. Los gobernadores de las provincias querían regresar con toda celeridad a las satrapías superiores, pero Eumenes quería permanecer donde estaban y pelear, considerando que el cuerpo principal del enemigo estaba vencido y roto y que ambos bandos tenían la misma caballería. Pero los Macedonios, viendo que habían perdido sus bagajes, esposas, hijos y todo cuanto les era querido, declararon que no harían ni una cosa ni otra. Y así en ese momento se separaron sin haber llegado a ningún acuerdo. Pero después los Macedonios contactaron en secreto con Antígono, se apoderaron de Eumenes y se lo entregaron a aquel. Y habiendo recibido sus bagajes y garantías de seguridad, todos se marcharon. Este ejemplo fue seguido por los gobernadores de las provincias y la mayoría de los capitanes y soldados, abandonando a su general, mirando principalmente por su propia salvación y supervivencia (56) .

XLIV. Habiéndose así Antígono apoderado extraordinaria e inesperadamente de Eumenes y de su ejército, capturó a Antígenes, capitán de los Argyraspides, lo metió en un ataúd y lo quemó. Asimismo ejecutó a Eudamo, quien había traído los elefantes de la India, y a Celbano, y a algunos otros, todos los cuales se habían pronunciado en su contra en toda ocasión. Pero Eumenes fue puesto en prisión, y se tomó su tiempo para decidir qué hacer con él. Tenía en verdad un gran deseo de ganar para su parcialidad a tan buen general y tenerlo obligado en base a esto, pero a causa de la gran amabilidad y la correspondencia que había entre él y Olimpíade y los reyes, no se atrevía a liberarlo, pues poco antes, aunque lo había liberado de los apuros en que estaba en Nola en Frigia, sin embargo poco después se fue y se puso del lado de los reyes. Por tanto, en base a las apremiantes exigencias de los Macedonios, lo condenó a muerte. Pero por motivo de su antigua amistad con él, hizo que su cuerpo fuera cremado y sus huesos puestos en una urna, y se la entregó a sus amigos más cercanos. Entre aquellos que estaban heridos y prisioneros se contaba Jerónimo de Cardia, historiador, que habiendo gozado siempre de la gran estima de Eumenes durante su vida, después de su muerte disfrutó también del favor de Antígono.
Antígono, regresando a Media con todo su ejército, consumió el resto del invierno (57) en una ciudad no lejos de Ecbatana, donde se levantaba el palacio real de esta provincia. Distribuyó su ejército aquí y allí por toda la provincia, y especialmente en el territorio de Rhagae, así llamado por las calamidades que había sufrido en antiguos tiempos (58) . En efecto, siendo una tierra llena de riquezas y populosas ciudades, se produjeron allí tan terribles terremotos, que cayeron a la vez abatidos habitantes y ciudades, sin quedar nada en pie, y la faz misma del país cambió tanto, que aparecieron nuevos ríos y lagos en lugar de los antiguos.

 

Notas..


1) Demógenes fue arconte en 317/6. Livio (IX, 20.1) señala como cónsules a M. Folio Flaccina y a L. Plaucio Venox. Plocio es la forma plebeya de Plaucio. Volver

2) Termas (llamada también Terma), la moderna Termini, fue fundada como una colonia Cartaginesa en 407 (libro XIII, 79.8), pero muchos de sus habitantes eran Griegos de la cercana ciudad de Himera, que había sido destruida dos años antes (Cicerón, Verrinas, 2.2.35.86). Cómo pasó de nuevo a control Púnico es desconocido. Volver

3) Agatocles nació hacia el 361 (libro XXI, 16.5). Volver

4)Pero, según Polibio (XII, 15.6), Agatocles tenía dieciocho años cuando fue a Siracusa, un suceso que sitúa Diodoro inmediatamente después de su reconocimiento. Volver


5)Esta batalla del río Crimiso en el oeste de Sicilia se produjo en 341. La concesión general de ciudadanía es datada después de la batalla por Diodoro (aquí y en el libro XVI, 82.5), pero unos años más tarde por Plutarco (Timoleón, 23.2). Si Plutarco está en lo correcto, Polibio pudo haber confundido la llegada a Siracusa y la concesión de ciudadanía. Volver


6)En Justino (22.1.12), Damascón. Volver


7)Nada es narrado de estas personas en el libro anterior, por lo que debe de haber algún error u omisión. Volver


8) En esta época Crotona estaba controlada por una oligarquía que simpatizaba con los Seiscientos de Siracusa. A pesar del fracaso relatado en el texto, la democracia pronto se estableció, y en 317-6 expulsó y destruyó a las fuerzas de la oligarquía. Volver


9)Después de la muerte de Timoleón y en reconocimiento de sus servicios se aprobó una ley por la que siempre se elegiría a un Corintio para dirigir sus guerras extranjeras. Volver


10)Justino, 22, 2, 1-7. Volver


11)Un gimnasio construido cerca del sepulcro de Timoleón (Plutarco, Timoleón, 39, 4). Volver


12) Año 317 a. C. Volver


13)Continúa en el cap. 65. Los asuntos de Sicilia no son mencionados en el relato del año 316/5 a. C. (caps. 17-54). Volver

14)Vide a Livio, 9, 20, para los sucesos de este año. Volver.


15)Actual Capitania, en el sur de Italia. Volver.


16)Ningún relato aparece allí. Volver


17)Menedemo luego llegó a ser tirano de Crotona (libro 21, fragm. 4). Volver


18)Diodoro vuelve a los sucesos de Sicilia e Italia en el cap. 65. No son mencionados en el relato del año 316/5 a. C. (caps. 17-54). Volver


19)Probablemente había regresado a Macedonia con los reyes (libro 18.39.7). Después de la muerte de Antípatro había favorecido a Casandro, y actuando en nombre de Filipo depuso a Poliperconte de su tutela (Justino, 14.5.1-4). Para su enfrentamiento con Olimpíade vide Justino, 14.5.8-10. Volver


20)Su nombre era Alejandro (IV), el hijo de Roxana. Volver


21)Esta ciudad, cuyo exacto emplazamiento es desconocido, es llamada por Ptolomeo (3.13.32) una ciudad de los Dassaretas, una tribu iliria justo al otro lado de la frontera macedonia. Volver

22) Eurídice murió durante el verano o finales del 317. Luego tuvo un enterramiento real en Egas por Casandro (caps. 52.5). Para su muerte vide Eliano, Varia Historia, 13.36. Volver


23)Para los relatos de que Alejandro fue envenenado por orden de Antípatro, vide libro 17.118.1-2; Plutarco, Alejandro, 77.1; Curcio, 10.10.14-19; Arriano, Anabasis, 7.27. Iolas era otro hermano de Casandro. Volver


24)El invierno de 318/7. El pueblo de los Carios (o de los Caras) es probablemente el mismo que el pueblo llamado de los Caras que Alejandro atravesó (libro 17.110.3) y no ha de ser identificado con los Caras del cap. 91.1, que es la bien conocida ciudad de Carras en Mesopotamia. Volver


25)Arriano (Anabasis) habla de la construcción de trirremes y de otros grandes barcos en Babilonia después del retorno de Alejandro a esta ciudad justo antes de su muerte, pero no menciona otras naves. Volver


26)Eumenes mantenía ocupada la ciudadela de Babilonia, que había conquistado en Octumbre del 318. Volver


27)Pitón recibió Media en el reparto de Triparadiso, pero el sátrapa de Partia es aquí llamado Filipo (libro 18.39.6). Como sugieren las palabras de Diodoro, el generalato de Pitón sobre las satrapías superiores se debió a una usurpación. Para los primeros proyectos de Pitón vide libro 18.7. Volver

28)Fue originariamente nombrado para esta satrapía por Alejandro (Arriano, Anábasis, 6.30.2-3) y continuó en el cargo durante la regencia de Pérdicas y Antípatro (libro 18.3.3, 39.6). Volver


29)Fue nombrado originalmente por Alejandro (Anábasis, 6.27.1) y confirmado por Perdicas (libro 18.3.3) y por Antípatro (Arriano fRG 156.9.36; pero su nombre es omitido en el libro 18.39.6). Volver

30)Eudemo había sido dejado por Alejandro como el representante permanente de Macedonia ante Taxiles (Arriano, Anábasis, 6.27.2). Nada sabemos más sobre el ataque contra Poro. Este Eudamo no es el hermano de Pitón mencionado al comienzo de este capítulo. Volver


31) La suma de las cifras dadas son 18.500 infantes y 4.210 caballos, pero debemos añadir también las fuerzas traídas por Anfímaco de Mesopotamia (600 caballos y probablemente la misma infantería aunque nada es mencionado) quien estaba presente en la batalla de Gabiene (cap. 27.4). Volver

32)Demóclides fue arconte en 316/5. Según la cronología tradicional, C. Junio Bubulco y Q. Emilio Barbula fueron cónsules en 317 (Livio, 9.20.7; Fasti Capitolini para el 317). Los capítulos 17-38 continúan relatando los sucesos del 317 a. C. Volver

33)Aparentemente un error por el Pasitigris (vide cap. 21.2; Plutarco, Eumenes, 14.2; Estrabón, 15.3.6) así como en el cap. 18.4, y en el libro 17.67.1-2, donde, empero, la distancia a Susa es correctamente dada como cuatro días de marcha. Volver

34) A fines de Junio. Volver

35) Wesseling cita de Cleomedes (2, p169) el uso por Jerjes de un modo similar por el que un mensaje era enviado de Atenas a Susa en dos días y noches. Otro sistema está descrito en el cap. 57.5. Volver

36) La batalla del río Coprates tuvo lugar en Julio del 317. Volver


37)Un pletro = 30 metros. Volver


38)Esto es, el Pasitigris. Plutarco (Eumenes, 14.2) parece situar la siguiente batalla en el Pasitigris más que en el Coprates. Volver


39)La localización de Badace es desconocida. El río Eulaeo no puede ser identificado a día de hoy con certeza a causa de los grandes cambios producidos en el sistema fluvial de la baja Mesopotamia. Corría entre el Tigris, con el que estaba conectado por un canal, y el Pasitigris, pasaba cerca de Susa, y desembocaba en el golfo Pérsico (Arriano, Anábasis, 7.7.1-2). Volver


40)Sin embargo Siburtio continuó siendo sátrapa de Aracosia (cap. 48.3). Volver


41)Plutarco (Eumenes, 13.6) sitúa esta estratagema un poco después. En general, el relato de Plutarco sobre las últimas campañas de Eumenes es de poco valor. Volver


42) La diferencia, si hay alguna, entre los hipaspistas y los otros infantes pesados no es clara. Tarn sugiere que la “distinción real entre los hipaspistas y la falange era probablemente de prestigio y reclutamiento; la diferencia era entre la Guardia y la infantería de línea”. Volver

43)Para ajustar estas cifras aproximadamente con el total que arrojan las unidades por separado, debemos o asumir una laguna en cap. 27.6 o 28.1, o suponer que las tropas ligeras eran unos 18.000 y están excluidas del total; los 28.000 soldados de Antígono (cap. 27.1) incluyen sólo aquellos capaces de estar en la falange (cap. 29.3). Volver


44)Los Tarentinos eran jinetes armados con jabalinas. La conexión con Tarento es oscura, pero las monedas tarentinas muestran a tales tropas. Volver


45)Esto es, enemigos de la caballería. Volver

46)El extremo exterior del ala consistía de 300 jinetes bajo el mando de Antígono en línea con la caballería previamente mencionada, una avanzada de tres unidades (de 50 hombres cada?) de la comitiva personal de Antígono, y una retaguardia de tres unidades similares más 100 Tarentinos. Las fuerzas arrojan un total de 10.600 caballos y 28.000 infantes pesados. Volver

47)Ninguno tenía menos de sesenta años (cap. 41.2). Volver

48)Esto era para impedir que Eumenes descubriera que las pérdidas de Antígono eran mucho más grandes que las suyas (Polieno, 4.6.10). Volver

49)Quizás Gadamala (cap. 37.1). Identificación y localización dudosas. Volver

50)El mismo origen para esta costumbre crematoria es referido por Estrabón, 15.1.30 (también 15.1.62). Volver

51)El invierno del 317/6 a. C. Continúa en cap. 37.1. Volver

52)El asedio comenzó a comienzos del invierno del 317/6 a. C. Volver

53)Retoma e relato del cap. 34.8. Volver

54)Diciembre del 317. Volver

55)Poco antes de la muerte de Cambises en el 522 a. C. el trono persa fue usurpado por un mago que proclamaba ser Bardiya o Esmerdis, un hermano de Cambises, al que éste había asesinado antes de la campaña persa. Después de la muerte de Cambises el pretendiente fue muerto por siete persas, de los que Darío era uno. El relato romántico de Herodoto (3.67) requiere ser precisado por la Inscripción de Behistun. Volver

56)Para la entrega a traición y muerte de Eumenes, vide Plutarco, Eumenes, 17-19; Justino, 14.3-4. Según Plutarco (Eumenes, 16.1), incluso antes de la batalla la mayoría de los generales de Eumenes se habían conjurado para traicionarlo tan pronto como su genio militar les hubiera ganado una victoria más. Volver

57)El resto del invierno del 317/6 a. C. Volver

58)Esta etimología (Rhagae: grieta o hendidura), transmitida también por Duris (Estrabón, 1.3.19) y Posidonio (Estrabón, 11.9.1), es falsa, pero la catastrofe pudo haber sucedido puesto que esta región sufrió varios terremotos en épocas posteriores. Volver