DIODORO «BIBLIOTECA HISTÓRICA: LIBRO XIX» Traducción y adaptación "el Anónimo Castellano" acceso al apartado de textos clásicos de Satrapa1.com: enlace |
CONTENIDOS DEL LIBRO XIX Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en tres partes más un índice. Índice - Parte I - Parte II . Parte III. Parte IV --
Desde qué orígenes Agatocles se elevó hasta ser
tirano de Siracusa (caps. 1-9); -- Cómo mató a Eumenes y a otros generales que habían sido sus enemigos (cap. 44);. Capítulo 1 Genealogía y educación de Agatocles: su ascenso; sus estratagemas; su sangrienta masacre en Siracusa. Obtiene el poder soberano. Los negocios de Italia. Olimpíade regresa a Macedonia por mediación de Poliperconte. Los ejércitos se sublevan en su favor. Sus crueldades. Asesina a Eurídice y a Arrideo, su marido. Sucesos en Asia. Eumenes y Seleuco. Eumenes es apoyado por muchos de los capitanes. Número de sus fuerzas. Viene a Susa. Attalo y otros son encarcelados por Antígono en un sólido castillo; buscando escapar, son luego asediados y capturados. II.
En la época en que Demógenes fue arconte de Atenas y Lucio
Plocio y Manio Fulvio fueron cónsules en Roma (1)
, Agatocles se convirtió en tirano de Siracusa.
Para que la serie de estos acontecimientos pueda ser entendida más
clara y evidentemente, diremos como introducción unas pocas cosas
sobre este príncipe.
IV.
Agatocles, estando indignado contra aquel, primero (con aquellos que
lo apoyaban) permaneció en Italia y se esforzó en apoderarse
de Crotona, pero fracasando en su proyecto (8)
, con algunos pocos que estaban con él, escapó a Tarento,
donde fue recibido y contratado como mercenario. Sin embargo, cometiendo
muchas imprudencias y actos inconsiderados, empezó a hacerse
sospechoso de pretender alguna innovación, y por ende fue depuesto
de su cargo. Ante lo cual, reunió a los exilados de Italia y
liberó a los habitantes de Regio, que estaban entonces sitiados
por Heráclides y Sosístrato. Después, cuando la
monarquía fue derogada en Siracusa y Sosístrato expulsado
de la ciudad, regresó a su patria. Y en esta época muchos
nobles que propugnaban la oligarquía (eran unos seiscientos de
los personajes más encumbrados), fueron expulsados de la ciudad
junto con los magistrados. Una guerra entonces estalló entre
los exilados y los que defendían la democracia, y los Cartagineses
apoyaron a Sosístrato y a los exilados. Por ello, se producían
escaramuzas diarias y se formaban los ejércitos uno frente al
otro, en el curso de todo lo cual Agatocles, actuando a veces como soldado
gregario y a veces como comandante, se ganó una reputación
de valor y sagacidad, porque siempre a cada oportunidad inventaba alguna
estratagema u otra cosa que se rebelara ventajosa para su parcialidad,
entre las cuales astucias una hay que es digna especialmente de ser
recordada. V.
Después de esto, siendo nombrado Acestórides de Corinto
general en Siracusa (9)
, se consideró que Agatocles aspiraba a la monarquía,
pero evitó el peligro que pendía sobre su cabeza de esta
manera: Acestórides (no queriendo cesarlo por temor a un tumulto)
le ordenó marchar de la ciudad y dispuso que algunos lo asesinaran
de noche cuando estaba en ruta. Pero Agatocles, apercibiéndose
de lo que el general estaba planeando contra él, eligió
a un joven que era muy parecido a él en estatura y apariencia
y le entregó su caballo, armas y vestido, y de esta manera engañó
astutamente a los que habían sido enviados a asesinarlo. Él
mismo por su parte se escabulló por caminos poco conocidos, vestido
de harapos. Y sus perseguidores conjeturando por las armas y demás
evidencias que el otro era Agatocles (la oscuridad de la noche no permitía
una perfecta visualización) perpetraron el asesinato, pero se
equivocaron de persona. VI.
Sin embargo, Agatocles, quien ahora aspiraba a la soberanía,
tuvo muchas oportunidades para lograr sus designios, ya que no sólo
tenía el mando de un ejército como general, sino que,
conocidas las nuevas de que una insurrección había estallado
en el interior del país en Erbita, disfrutó de una nueva
oportunidad de incrementar su ejército y reclutó a cuantos
soldados quiso sin levantar sospecha. So pretexto, por tanto, de su
expedición a Erbita, reclutó hombres de Morgantium y de
otras ciudades en el corazón del país, junto con aquellos
que antaño le habían servido en las guerras contra los
Cartagineses, pues todos estos tenían un gran respeto por Agatocles,
por causa de los muchos ejemplos de su amabilidad hacia ellos durante
toda la guerra. Por otra parte, odiaban a los seiscientos, quienes habían
sido una parte de la oligarquía en Siracusa y no menos aborrecían
al pueblo que les obligaba a obedecer. Había tres mil de ellos
que estaban así listos completamente para derrocar la democracia.
A estos se les unieron algunos ciudadanos, que por razón de su
propiedad envidiaban el poder y pompa de los grandes ciudadanos. VII. Asegurándose los soldados todas las callejas y pasajes estrechos de la ciudad, los ciudadanos fueron inhumanamente asesinados, unos en sus casas, otros en las calles, y muchos (todos inocentes, no acusados de la más mínima falta) fueron golpeados en la cabeza mientras estaban inquiriendo la razón por la que iban a ser asesinados. Efectivamente, los soldados gregarios (que tenían todo ahora en sus manos) no hicieron diferencia alguna entre amigos y enemigos, sino que estaba seguro de ser considerado enemigo todo aquel cuya caída permitiera gran beneficio, de modo que la ciudad se cubrió de violencias, asesinatos, matanzas y toda clase de maldades. En efecto, algunos, por causa de antiguas rencillas, no dejaron de golpear a aquellos, a los que antes habían odiado, con toda suerte de desgracias, teniendo ahora plena oportunidad de hacer cuanto quisieran; otros, juzgando un acto de prudencia enriquecerse merced a la masacre de los que eran ricos, no pararon mientes ni omitieron método alguno para destruirlos: unos abatieron las puertas de las casas, otros subieron las escaleras hasta los pisos de arriba y otros lucharon con aquellos que se defendían desde los tejados de las casas. No se salvaron ni siquiera los que huyeron a los templos para ponerse bajo protección de los Dioses, sino que, al contrario, la piedad para con las Divinidades fue hecha añicos y barrida por la crueldad de los hombres. Y estas cosas, Griegos contra Griegos, en su propia patria, parientes contra parientes en tiempo de paz, sin ningún miramiento ni por las leyes de la naturaleza ni amistades ni reverencia a los Dioses, osaban audazmente cometer. En base a lo cual no sólo los amigos sino incluso los mismos enemigos y todo hombre serio no podían sino apiadarse de la miserable condición de este desgraciado pueblo. VIII.
Todas las puertas estaban cerradas y más de cuatro mil fueron
asesinados en un día, bajo ninguna otra excusa que la de ser
más estimados que los demás. De los que trataron de huir,
unos, corriendo a las puertas por las que salir, allí fueron
arrestados; otros que se habían descolgado de las murallas, escaparon
a las ciudades próximas. Algunos, por temor y precipitación,
saltaron de las murallas y se rompieron el cuello. Al final de todo,
fueron expulsados de la ciudad como exilados unos seis mil, de los que
la mayor parte huyó a Agrigento, donde fueron recibidos y tratados
con la humanidad que convenía a sus presentes circunstancias.
Pero los de la facción de Agatocles (que se pasaron el día
masacrando a sus conciudadanos) no se privaron de emplear su vesania
y villanía contra las mujeres, sino que consideraron que se vengarían
de los que habían escapado a la muerte, si podían al menos
abusar de sus familiares y parientes de la forma más vil y bestial
imaginable, pues les era muy razonable pensar que sería más
amargo que la muerte misma para maridos y familiares imaginarse los
abusos contra sus esposas y la violación de sus hijas. Pero en
lo concerniente a este asunto debemos abstenernos de componer una tragedia
como es muy usual en otros autores, especialmente para mover a compasión
hacia aquellos que se vieron envueltos en tan horribles padecimientos,
porque nadie esperará un expreso relato de cada caso particular,
cuando todo es tan prístino y claro para ser entendido. Porque
aquellos que se atrevieron imprudentemente a asesinar en pleno día
a inocentes en las calles y mercados no tienen necesidad de un historiador
que reseñe cuanto hicieron en las casas de noche ni cómo
se comportaron con las esposas y jóvenes doncellas que estaban
entonces en poder de sus enemigos sin ninguna protección o defensa.
IX.
Convocando entonces a común asamblea, acusó a los seiscientos
y a los que habían favorecido a la oligarquía, declarando
que limpiaría la ciudad de todos aquellos que aspiraban a la
monarquía y que devolvería al pueblo a una completa libertad
y que después se pondría al mismo nivel que los demás
y viviría como ciudadanos particular, libre de ulteriores cuitas
y preocupaciones. Tras decir esto se quitó su capa de general
y se puso una chaqueta y de esta guisa vestido caminó, mostrándose
como uno más del pueblo. Hizo esto aparentemente para representar
el papel de un plebeyo, pero entretanto se había asegurado bien
de que muchos de sus camaradas de iniquidades estuvieran en la asamblea,
quienes nunca permitirían que el generalato se concediera a otro.
X.
En Italia transcurría el noveno año de la guerra entre
Romanos y Samnitas (14) , antes
del cual se habían producidos batallas y encuentros entre ellos
muy duros. Pero en este entonces, salvo algunas incursiones en el país
del enemigo, se hizo poco o nada digno de ser referido, sólo
algunos fuertes fueron expugnados y el país devastado. Pero en
Apulia los Romanos arrasaron y saquearon toda Daunia (15)
y, habiendo vencido a los Canutios, recibieron rehenes de éstos.
Se crearon además dos nuevas tribus, junto a las antiguas, la
Falerina y la Ufentina. XI.
. En Macedonia, Eurídice (19)
, habiendo asumido la regencia del reino, tan pronto como supo que Olimpíade
estaba preparando su regreso, envió una carta a Casandro, entonces
en el Peloponeso, solicitándole que se apresurara a auxiliarla.
Y, entretanto, mediante sobornos y promesas indujo a los más
activos hombres de los Macedonios a favorecer sus proyectos. XIII.
. Tan pronto como llegaron al lugar donde se estaba llevando a cabo
el cruce, renovaron sus peticiones a los Macedonios, para persuadirlos
de que abandonaran a Eumenes y que no apoyaran y sostuvieran contra
ellos a un hombre que sólo era un extranjero, que había
destruido a multitud de Macedonios. Pero cuando Antígenes no
pudo ser convencido bajo ningún razonamiento, Seleuco navegó
a una antigua presa y la rompió, de donde el nivel de agua creció
según pasaba el tiempo, hasta el punto de que el campamento Macedonio
fue rodeado de agua y toda la extensión del terreno inundada,
de modo que todo el ejército estaba en gran peligro de ser completamente
destruido. Durante todo este día, por tanto, se quedaron los
Macedonios donde estaban, meditando y reflexionando qué era lo
mejor que podían hacer dadas las circunstancias tan apremiantes.
Al día siguiente, trasladaron la mayor parte del ejército
en barcas de bajo calado, hasta un número de trescientas, impulsadas
por largos palos, sin ningún impedimento del enemigo, pues Seleuco
tenía con él sólo caballería y era muy inferior
al enemigo en número. Al aproximarse la noche, Eumenes (con gran
dolor por los carros que dejaba atrás) hizo que todos los Macedonios
cruzaran el río. Y luego, bajo la dirección de un natural
de aquellos contornos, se puso a limpiar otro lugar, por el que el agua
pudiera desalojarse fácilmente, y toda la tierra de alrededor
permaneciera seca. Cuando Seleuco supo esto y puesto que intentaba expulsarlos
de su provincia con la mayor rapidez que pudiera, les envió embajadores
para pactar una tregua y así les permitió cruzar el río
(26) , pero
al instante mandó cartas a Antígono en Mesopotamia pidiéndole
que con toda celeridad acudiera con su ejército, antes de que
los gobernadores de las provincias llegaran con sus fuerzas. XIV. Pitón era el gobernador de Media y el general de todas las Satrapías Superiores, que había asesinado al anterior general, Filotas, y había puesto en su lugar a Eudamo, su propio hermano (27) . Por el cual motivo todas las demás provincias se aliaron, para que no terminaran de la misma manera, porque Pitón era un hombre de espíritu incansable y se había comprometido en asuntos de gran importancia. Habiéndole por tanto vencido en batalla y destrozado la mayor parte de su ejército, lo expulsaron de Partia, el cual buscó primero refugio en Media y poco después fue a Babilonia y rogó la ayuda de Seleuco, para que pudieran caminar juntos en aras de un interés común. Habiendo los gobernadores, por tanto, reunido sus fuerzas por estos motivos, los mensajeros de Eumenes llegaron ante los ejércitos cuando estaban preparados y prestos en plena campaña. Peucestas era el más renombrado capitán de todos ellos y fue creado general por universo consenso. Antaño fue guardaespaldas de Alejandro y premiado con el favor del rey por su valor. Fue nombrado gobernador de la mayor parte de Persia y gozaba de gran estima entre los naturales (28) . Y por esta razón él de entre todos los Macedonios obtuvo de Alejandro el permiso para llevar el vestido Persa, porque pensaba de este modo congraciarse con los Persas y exhortarles a ser más obedientes a todas sus órdenes. Entonces tenía con él a diez mil arqueros y honderos Persas, y tres mil de otras naciones equipados para servir en la formación macedonia, con seiscientos caballos Griegos y Tracios, y de la caballería Persa cuatrocientos. Tlepolemo, un macedonio, gobernador de Carmania, tenía mil quinientos infantes y setecientos caballos. Siburtio, gobernador de Aracosia (29) , mandaba mil infantes y seiscientos diez caballos. Androbazo, asimismo, fue enviado desde Paropamiso (de la cual provincia gobernador era Oxyartes) con mil doscientos infantes y cuatrocientos caballos. Estasandro, gobernador de Aria y Drangina, unido con los Bactrianos, conducía mil quinientos infantes y mil caballos. De la India acudió Eudamo con quinientos caballos, tres mil infantes y veinte elefantes, que consiguió después de la muerte de Alejandro, cuando mató traicioneramente a Poro (30) . Eran en total, con los gobernadores de las provincias, más de dieciocho mil setecientos infantes y cuatro mil seiscientos caballos (31) . XV.
Cuando
todos estos llegaron a la provincia de Susiana y se reunieron con Eumenes,
se convocó una asamblea pública, donde se produjo una
fuerte disputa sobre la elección del general. Peucestas, por
motivo de haber traído el mayor número de soldados a la
campaña y de su eminente puesto bajo Alejandro, consideraba que
era el que más derecho tenía para ostentar el mando supremo.
Antígenes, capitán de los Escudos de Plata, insistió
en que todo el poder de elección debía de encomendarse
a sus Macedonios, quienes, bajo Alejandro, habían conquistado
Asia, y por su valor se habían destacado tanto como para ganar
la reputación de ser invencibles. Pero temiendo Eumenes que por
sus disputas se convirtieran en una presa fácil para Antígono,
aconsejó que no nombraran un único general, sino que todos
aquellos que habían sido antes elegidos capitanes y comandantes
deberían reunirse cada día en el pabellón del rey
y allí celebrar consulta de todos los negocios públicos.
En efecto, una tienda había sido antes levantada para Alejandro
y su trono colocado dentro, a la cual solían acudir ofreciéndole
incienso como a un dios. Allí podrían debatir todos los
asuntos de importancia y especial trascendencia. Siendo este consejo
aprobado y aplaudido por todos, allí se reunían cada día,
como en una ciudad gobernada por una democracia. Viniendo después
a Susa, aquí Eumenes fue provisto del dinero, de que tenía
necesidad, procedente del erario de los reyes. Porque los reyes merced
a sus cartas habían ordenado a los tesoreros que entregaran a
Eumenes tanto dinero como pidiera en cualquier momento. Entonces pagó
a los Macedonios por adelantado seis meses de estipendio y a Eudamo
(quien traía los elefantes de la India) pagó doscientos
talentos, so pretexto de costear los gastos de los elefantes, pero en
verdad para atraerlo más a su causa. Pues si se producían
luchas, esta unidad otorgaría la mayor ventaja a aquel a cuyo
favor se posicionara, por razón del terror que causaba el uso
de tales bestias. El resto de los gobernadores mantenían cada
uno a sus propios soldados, que traían con ellos. Hecho esto,
Eumenes continuó por algún tiempo en Susa y allí
hizo descansar a su ejército. XVI.
En medio de estos preparativos Attalo, Polemón, Docimo, Antípatro
y Filotas, quienes antes fueron comandantes en el ejército de
Alcetas y fueron tomados prisioneros y puestos bajo custodia en un castillo
extraordinariamente fuerte, oyendo la proyectada expedición de
Antígono a las provincias superiores, considerando que tenían
una magnífica oportunidad, sobornaron a algunos de los carceleros
para que les permitieran escapar. Habiendo, por tanto, conseguido armas,
hacia medianoche atacaron a la guardia. Ellos mismos eran sólo
ocho (bajo la custodia de cuarenta hombres), pero valientes y expertos
soldados, merced a su experiencia bélica con Alejandro. A Jenófites,
el gobernador del castillo, lo despeñaron de las murallas, precipitándose
contra una escarpada roca, en un punto en que la altura era de seiscientos
pies. Y en cuanto al resto, a algunos los mataron en el lugar y a otros
los arrojaron al vacío, y luego prendieron fuego a las casas.
A continuación metieron en el castillo a quinientos hombres que
estaban fuera, esperando sus órdenes. De hecho, el lugar estaba
bien provisto de bastimentos y de todas las demás cosas necesarias,
pero deliberaron entre ellos si era mejor permanecer allí y confiar
en la fortaleza del lugar, esperando la ayuda de Eumenes o irse y deambular
por el país, aprovechándose de un cambio de fortuna cuando
pudiera ocurrir. Muchas deliberaciones y disputas hubo en torno a las
dos opciones: Docimo quería quedarse allí, pero Attalo
declaró que no podía soportar tal esfuerzo por causa de
la dureza de su anterior encarcelamiento. Capítulo 2 Antígono marcha al Tigris tras de Eumenes. Eumenes pierde a gran número de sus hombres allí. Antígono entra en Media. Eumenes llega a Persépolis. Descripción de Persia. El gran banquete de Peucestas. Política de Eumenes. Su cuento del león. Una batalla en Pareteceni entre Antígono y Eumenes. Antígono regresa a Media. La historia de las dos esposas de Ceteo discutiendo quién sería quemada. Eumenes marcha a Gabene; Casandro a Macedonia. Olimpíade acude a Pidna: es allí asediada. Los Epirotas traicionan a su rey y se unen a Casandro. Antígono planea sorprender a Eumenes, quien para su marcha por una estratagema. La última batalla entre ellos en Gabene. Eumenes es entregado ignominiosamente. Antígono retorna a Media. Los espantosos terremotos en el país de Rages.
XIX.Considerando
por tanto que era imposible pasar el río, se volvió a
la ciudad de Badaca, situada junto al río Eulaieo (39)
. Por causa del intenso calor, esta marcha fue muy sufrida y problemática,
y muchos del ejército se perecieron, de modo que estaban desanimados
e incluso volviéndose locos. Pero cuando llegó a la ciudad
antedicha, permaneciendo allí unos días, hizo descansar
a su ejército. Desde este lugar juzgó aconsejable marchar
a Ecbatana en Media y estableciendo ahí su base bélica
tomar todas las provincias superiores. XX.
Yendo así el ejército de un desastre tras otro, los intolerables
padecimientos que habían soportado provocaron a los soldados
clamar contra Antígono, hasta el punto de que le dirigieron palabras
duras e implacables, puesto que en cuarenta días habían
sido varias veces miserablemente batidos. Mediante amables palabras
y merced a un completo suministro de todas las necesarias, al final
los calmó. Entonces ordenó a Pitón recorrer toda
Media, reclutar jinetes y conseguir caballos y carros, lo cual logró
fácilmente, dado que el país era abundante en caballos
y ganado. De este modo regresó Pitón, trayendo con él
dos mil équites y mil caballos, oportunamente equipados, y con
tanto cargamento de armas como para armar completamente al ejército
entero. Y allén de esto, trajo quinientos talentos del tesoro
del rey. XXI.
Entretanto, los gobernadores de las provincias y los capitanes de las
fuerzas de Eumenes, cuando escucharon que el enemigo estaba en Media,
opinaron de diferente manera sobre cómo dar una solución
a eso. En efecto, Eumenes, Antígenes y los demás que venían
de las costas marítimas, consideraban que había que regresar
allí de nuevo. Pero aquellos que procedían de las provincias
superiores (por motivo de sus amigos y relaciones que dejaban en casa)
propugnaban volver a esos lugares. Enconándose la controversia,
Eumenes, considerando que una parte del ejército (que estaba
ahora dividido en dos) no era lo suficientemente fuerte como para hacer
frente al enemigo, accedió a la solicitud de los gobernadores
de las provincias superiores. Partiendo desde Pasitigris, avanzó
sobre Persia y llegó a la sede regia del reino, Persépolis,
tras veinticuatro días de marcha. XXII. Cuando llegaron a Persépolis, sede del rey, Peucestas el gobernador y general de la provincia, ordenó un magnífico sacrificio a los Dioses, y a Alejandro y a Filipo. Y enviando para ello gente a casi todos los sitios de Persia para que adquirieran bestias que sacrificar y abundancia de toda clase de provisiones necesarias para una reunión festiva y pública, dio una fiesta a todo el ejército. En ella los invitados fueron situados en cuatro círculos, uno dentro de otro, el mayor abarcando a los restantes, que medía diez estadios de diámetro y estaba ocupado por mercenarios y aliados. El segundo círculo medía ocho estadios, en el que se colocaron los Escudos de Plata Macedonios y el resto de soldados de Alejandro. El otro círculo medía cuatro estadios y albergaba a los oficiales inferiores, amigos especiales, comandantes y équites. El círculo más interior de todos medía dos estadios y ahí estaban los generales, los oficiales de caballería y la nobleza de Persia, con varias tiendas asignadas a ellos. Y en medio de ellas estaban erigidos los altares de los Dioses, de Alejandro y de Filipo. Las tiendas estaban confeccionadas con verdes ramas de árboles y cubiertas de tapices y toda clase de cuadros y pinturas, proporcionando Persia abundantemente cosas para goce y placer. Los círculos estaban separados entre sí a una conveniente distancia, para que los huéspedes nada encontraran molesto o incómodo, sino que cada cosa que se había preparado estaba cerca y a mano. XXIII.
Estando así todo placenteramente dispuesto, dieron su unánime
aplauso todos los soldados, con el que expresaban cuán grande
era su favor y estima para con Peucestas. Ante esto Eumenes sospechó
de él, reflexionando que Peucestas hacía todo aquello
para atraerse al ejército y por tanto para obtener el mando supremo.
Por tanto, falsificó una carta, por la que elevó el espíritu
de los soldados y los hizo más valerosos, y aplacó la
altivez y orgullo de Peucestas. Mediante este manejo incrementó
su propia reputación entre los soldados, gracias a la esperanza
de victoria en el futuro. El contenido de la carta era este: que Olimpíade
con el hijo de Alejandro (habiendo asesinado a Casandro) había
recobrado todo el reino de Macedonia, y que Poliperconte, con todo el
poder del ejército del rey y sus elefantes había pasado
al Asia contra Antígono y estaba en ese momento en Capadocia.
Esta carta fue escrita en caracteres Siríacos, en nombre de Orontas,
gobernador de Armenia, un íntimo amigo de Peucestas. Pasando
esta carta por auténtica, por causa de la continua correspondencia
entre él y los gobernadores, Eumenes ordenó que las tomaran
y fueran enseñadas a los comandantes y a los más de los
soldados. Por ende, todo el ejército cambió de opinión
y dirigió su mirada a Eumenes, como el principal favorito, y
por tanto decidieron confiarse a él, como a una persona cuyo
interés en los reyes le haría capaz de premiar a los que
quisiera y de castigar a los que entendiera oportuno. XXIV.
Habiendo atemorizado a los demás mediante esta maniobra política
y aumentado su propio honor y reputación, cambió de tono
adoptando una nueva expresión y así se ganó a Peucestas
con afables palabras y grandes promesas, de modo que se convirtió
en una persona amable y cortés, entusiasta y preparada para prestar
auxilio y asistencia a los reyes. Deseando asimismo asegurarse del resto
de los gobernadores y capitanes mediante algunas promesas, que pudieran
comprometerlos a no traicionarle, aparentó necesitar dinero y
les pidió una contribución, cada uno según su capacidad,
para los reyes. XXVI.
XXVI. A la noche siguiente algunos desertores vinieron del campamento
de Antígono y le hicieron conocedor de que había ordenado
a su ejército avanzar en la segunda vigilia. Por ello, Eumenes,
tras serias reflexiones y meditaciones sobre cuáles podrían
ser sus intenciones, al final halló la verdad del asunto: que
el propósito del enemigo era avanzar a Gabene, que estaba a tres
días de distancia, ciudad intacta, repleta de grano y forraje,
suficiente para alimentar generosamente al mayor ejército con
toda clase de bastimentos. Y además, era ese un lugar de gran
ventaja, lleno de ríos y profundos barrancos que eran intransitables.
Planeando por tanto entorpecer al enemigo, puso en ejecución
su plan y envió a algunos mercenarios (a los que reclutó
con dinero), con un disfraz de viajeros, con instrucciones de informar
a Antígono de que Eumenes atacaría su campamento esa noche.
Pero Eumenes despachó los carromatos por delante y ordenó
a los soldados que comieran su ración a toda velocidad y marcharan.
Todo lo cual se hizo al instante. XXVII.
. Todo el ejército (incluyendo los refuerzos que mandaban Pitón
y Seleuco) sumaba más de veintiocho mil infantes, ocho mil quinientos
caballos y sesenta y cinco elefantes. Ambos generales ordenaron sus
ejércitos de un modo extraño e inusual, como si se esforzaran
en exceder al otro incluso en esta clase de arte también. En
el flanco izquierdo Eumenes situó a Eudamo, capitán de
los elefantes de la India, quien tenía consigo una unidad de
ciento cincuenta caballos. Por delante de estos, como guardia, se ordenaban
dos escuadrones de caballería selecta armados con lanzas, de
cincuenta hombres cada uno, y a todos los situó en contacto con
la parte superior de la base de la montaña. A continuación
estaba Estasandro, con novecientos cincuenta caballos. Después,
colocó a Anfímaco, gobernador de Mesopotamia, quien tenía
a su mando seiscientos caballos. Luego de estos se situaba la caballería
de Aracosia, hasta hacía poco mandada por Siburtio, pero, porque
había huido, estaba bajo la dirección de Cefalón.
Cerca de estos estaban quinientos caballos de Paropamiso, y otros tantos
Tracios de las colonias de las provincias superiores. En vanguardia
estaban cuarenta y cinco elefantes, formados en media luna, con tantos
arqueros y honderos entre las bestias como se consideró oportuno. XXVIII. Detrás de todos, formó a los Argyraspides macedonios, más de tres mil, hombres nunca vencidos, temidos por el enemigo por su valor. Finalmente, después de todos, los hipaspistas (42) , más de tres mil, los cuales, junto con los Argyraspides, eran mandados por Antígenes y Tautamo. Y en la vanguardia de esta falange estaban cuarenta elefantes, alineados con soldados ligeros. A continuación de la falange, en el flanco derecho colocó ochocientos caballos de Carmania, bajo el mando de Tlepolemo, el gobernador de esta provincia. Y, luego de estos, novecientos que eran llamados Compañeros. Después el escuadrón de Antígenes y Peucestas, unos trescientos jinetes. En la parte extrema del flanco fue situado el regimiento del propio Eumenes, formado por trescientos caballos. Luego un regimiento compuesto de esclavos de Eumenes, dividido en dos cuerpos, de cincuenta jinetes cada uno. Había asimismo doscientos équites formados en cuatro escuadrones y situados en el flanco a cierta distancia del ala principal para que guardaran esta parte. Y allende de estos, colocó trescientos caballos, reclutados de todas las provincias por su fortaleza y rapidez, para que guardaran la retaguardia de su escuadrón. Y en la vanguardia de esta ala así dispuesta fueron situados cuarenta elefantes, para mejor defensa del conjunto. El ejército de Eumenes en total sumaba treinta y cinco mil infantes, seis mil cien caballos, y ciento cuarenta elefantes (43) .
XXIX. Antígono, observando desde la cumbre de la montaña cómo se estaba desplegando el ejército, ordenó el suyo asimismo según le parecía más conveniente a las presentes circunstancias. Así, teniendo noticia de que el ala derecha de su enemigo estaba muy fuertemente guardada por caballería y elefantes, situó frente a ellos a lo más selecto de su caballería, que, dispuesto en orden abierto, pudieran atacar de forma continua, relevándose unos a otros, y de ese modo renovar la batalla con hombres frescos. Y de esta manera fuera neutralizada la fuerza de aquella parte del ejército enemigo, en la que se depositaba tanta confianza. En este flanco dispuso unos mil arqueros y lanceros a caballo, procedentes de Media y Armenia, que eran expertos en desarrollar movimientos envolventes. Después de ellos, estaban dos mil doscientos Tarentinos (44) , que habían ido con él desde la costa, los cuales eran hombres muy expertos en tender emboscadas y planear otras estratagemas de guerra y que tenían un gran respeto y favor por él. Mil jinetes asimismo de Frigia y Lidia. Mil quinientos al mando de Pitón. Cuatrocientos lanceros dirigidos por Lisanias. A continuación estaban aquellos jinetes llamados Antihipos (45) , y los de las provincias superiores, hasta un número de ochocientos. Este cuerpo de caballería formaba parte del ala izquierda a la que cerraba, y estaba bajo el mando de Pitón. En la línea principal, situó nueve mil extranjeros; luego de ellos tres mil Licios y Panfilios y más de ocho mil de otras naciones, armados a la manera macedonia; y en la retaguardia estaban los Macedonios, hasta un número de ocho mil, que Antípatro anteriormente le había enviado como reclutas cuando asumió el gobierno del reino. En el ala derecha de la caballería, cerca del flanco derecho de la falange de infantería, estaban primero cinco mil mercenarios; luego mil Tracios y otros tantos aliados; al lado de estos se situaban mil llamados Compañeros. Eran todos mandados por Demetrio el hijo de Antígono, que era la primera vez que aparecía con armas para ayudar a su padre. En la parte extrema del flanco estaban colocados tres mil caballos, que comandaba Antígono mismo. Como avanzada de estas tropas estaba un escuadrón que consistía de tres unidades de sus esclavos y a su lado otras tantas unidades, alineadas a distancias iguales entre sí, apoyadas por cien Tarentinos (46) . En torno a esta ala fueron dispuestos treinta de los más fuertes de sus elefantes, en forma de media luna, entremezclados con soldados ligeros. Muchos de los restantes elefantes fueron colocados en el frente de la falange, y unos pocos con algunos caballos en el flanco de la izquierda. Alineado el ejército de esta manera, cerró contra el enemigo en un orden oblicuo, pues ordenó que se estirara el ala derecha, en la que tenía la mayor confianza, y la izquierda se contrajera, proyectando evitar el combate con ésta y decidir la batalla con aquella.
XXX.
Y ahora que los ejércitos se alineaban cerca uno del otro, se
dio la señal de batalla para ambos bandos, se lanzaron gritos
unos a otros, y las trompetas tocaron ataque. Y al principio la caballería
bajo Pitón cargó; aunque no tenía una vanguardia
ni de hombres ni de elefantes que le dieran una fuerte cobertura, sin
embargo superando al enemigo en número y celeridad, hizo uso
de esta ventaja, pero evaluando no ser prudente chocar contra los elefantes
de frente, los rodeó y lanzó una lluvia de proyectiles
sobre el enemigo en el flanco, con poco o ningún perjuicio para
ellos mismos, por causa de su rapidez y de la agilidad de sus caballos,
pues importunaban gravemente al enemigo, el cual no podía por
el peso de sus armas ni caer sobre los atacantes, ni evitarlos como
la ocasión requería. Por tanto, Eumenes, viendo cómo
el ala derecha estaba en apuros ante la multitud de arqueros a caballo,
envió a algunos de los jinetes más veloces de Eudamo,
que mandaba el flanco izquierdo, y con esta unidad de caballería
sacada del otro flanco (aunque era pequeña) lanzó tan
fiera carga contra el enemigo, secundado por sus elefantes, que puso
fácilmente a los soldados de Pitón en huida y los persiguió
hasta el pie de las montañas. XXXI
. Empezaban entonces las estrellas a aparecer, cuando, llamadas las
tropas en huida por sus generales, ambos bandos se prepararon de nuevo
para la batalla. Tal era el ánimo y vigor de oficiales y soldados.
La noche era muy clara y serena, y la luna llena. Aún estando
los ejércitos distantes unos cuatro pletros entre sí,
el estrépito de las armas y el relincho de los caballos en ambos
bandos parecían como si estuvieran en mitad uno del otro. Fue
a media noche cuando se retiraron unos treinta estadios del lugar de
la batalla donde yacían los muertos, y por razón de lo
problemático de la marcha y de los trabajos y dureza del combate,
así como por la carencia de provisiones, ambas partes estaban
en una mala situación. Por tanto se vieron obligados a retirarse
de la lucha y acampar. Eumenes tenía la idea de volver al campo
de batalla, para enterrar los cadáveres, como signo de su total
victoria, pero el ejército se opuso y todos inmediatamente se
pusieron a gritar en alto su deseo de regresar a sus carros, que estaban
entonces a una gran distancia de donde se encontraban, de modo que fue
obligado a aceptarlo. Efectivamente, viendo que había muchos
que aspiraban al mando supremo, no tenía poder para hacer marchar
al ejército mediante amenazas ni veía en ese momento ninguna
oportunidad conveniente para atraerse a aquellos que se mostraban obstinados
contra toda clase de argumentos y súplicas. Pero Antígono,
por el contrario, era un general absoluto, sin depender de ninguna popularidad,
y por tanto obligó a los soldados a acampar cerca de los cadáveres,
y de este modo se ganó el derecho de enterrar a los caídos
y sembró la duda de quién había sido el vencedor,
diciendo que él al haber tenido la facultad de inhumar a sus
muertos, tenía que ser considerado como el vencedor de la jornada.
XXXII.
Antígono, después de concluida la batalla, percibiendo
que los ánimos de los soldados estaban muy bajos, decidió,
con la mayor rapidez que pudo, alejarse del campamento enemigo, y para
que sus fuerzas pudieran marchar expeditas, envió a los heridos
y el bagaje pesado a una ciudad cercana. Habiendo pues enterrado a los
muertos hacia el amanecer, retuvo junto a sí al heraldo que había
sido enviado por el enemigo para pedir los cadáveres de los caídos
(48) , y ordenó
a sus soldados cenar en ese momento. Al concluir el día envió
de regreso al heraldo y les dio licencia para acercarse y enterrar a
sus muertos el día siguiente. Él mismo al poco, en la
primera vigilia de la noche, se movió con todo su ejército
y a marchas forzadas se alejó mucho del enemigo, hacia un país
intacto, donde tenía a su alcance cantidad de provisiones y pudiera
descansar su ejército. Así pues, marchó hasta Gamarga
, en Media, un país bajo el mando de Pitón, que abundaba
en toda clase de cosas para mantener al mayor ejército. Habiendo
Eumenes sabido por exploradores que Antígono se había
ido, no siguió sus pasos, porque su ejército sufría
carencia de provisiones y otras circunstancias adversas, así
como porque albergaba un gran deseo de celebrar las exequias por sus
caídos de la forma más solemne posible. XXXIII. En efecto, había un tal Ceteo, quien mandaba a los soldados oriundos de la India y luchaba con gran resolución, pero que había muerto en esta batalla. Dejó en este mundo dos esposas, que le habían seguido durante la campaña: una que acababa de casarse con él, y otra que había sido su esposa largo tiempo atrás. Y ambas amaban a su marido sobremanera. Había existido una añeja costumbre en la India para los hombres y las mujeres de casarse con quien gustaran sin atender el consejo de sus padres. Y como en aquellos antiguos tiempos los jóvenes se casaran precipitadamente y a menudo se arrepintieran después, por ser engañados en su elección, muchas mujeres eran corruptas y por causa de su desordenada lujuria se enamoraban de otro hombre, y como su honor y reputación no les permitía abandonar al marido que primero habían elegido, a menudo lo envenenaban. Para conseguir esto el país contribuía y no poco, ya que en él crecían muchas y muy diversas plantas venenosas, algunas de las cuales un poco molidas y mezcladas en la bebida o untadas en la comida, de cierto que acababan con el compromiso matrimonial. Este maldito arte se fue haciendo más y más prevalente, y muchos fueron asesinados por estos medios, y aunque algunas eran punidas por estos casos de maldad, sin embargo esto no apartaba a las demás de prácticas semejantes. Por tanto, una ley fue promulgada, por la cual las esposas serían quemadas junto con sus maridos difuntos, excepto aquellas que estuvieran embarazadas o tuvieran hijos; y que la mujer que no cumpliera esta ley del país, permanecería viuda y, como convicta de impiedad, sería excluida de todos los ritos sagrados y de cualesquiera otros beneficios y privilegios que contemplaran las leyes (50) . Establecida esta disposición, en adelante la maldad de estas esposas se trocó en la conducta contraria. Pues, viendo que cada esposa, para evitar este insufrible destino, tenía que morir voluntariamente, no sólo procedieron a ser cuidadosas en preservar la salud y procurar el bienestar de sus maridos, como algo que les asegurara a ellas mismas la supervivencia, sino que compitieron unas con otras, para ganar la cota más alta de honor y reputación. XXXIV.
Un ejemplo de esto ocurrió en esa ocasión. Efectivamente,
aunque por ley sólo una tenía que ser quemada con el marido,
sin embargo en el funeral de Ceteo ambas pugnaron por quién moriría,
como premio honorable de su virtud. Por ello, el asunto fue presentado
a la consideración de los generales, para que decidieran. La
joven declaró que la otra esperaba un niño y por tanto
su muerte no se ajustaba a derecho; la mayor alegó que era más
conforme a justicia que ella, quien antecedía a aquella en años,
fuera antepuesta en honor, puesto que la norma general es conceder mayor
honor y respeto al viejo que al joven. Los generales, informados por
las comadronas de que la mayor estaba embarazada, prefirieron a la joven.
Ante esto, la mayor, habiendo perdido en este juicio, se deshizo en
llantos y lamentos, rasgando su velo en trozos y arrancándose
el pelo, como si le hubiera sido comunicada alguna penosa y atroz noticia.
La otra, regocijándose en su victoria, se fue a la pira funeraria,
coronada por las mujeres de su casa con cintas y acompañada por
sus parientes muy ricamente vestidas, como para una boda, entonando
elogios de ella según caminaban, con canciones hechas para tal
ocasión. XXXV.
En cuanto a los negocios de Europa, Casandro, mientras estaba asediando
Tegea, conociendo el retorno de Olimpíade a Macedonia, la muerte
de Eurídice y del rey Filipo, y lo que había hecho al
sepulcro de su hermano Iolas, firmó un acuerdo con los de Tegea,
y marchó con su ejército a Macedonia, dejando a sus aliados
muy molestos y perplejos, porque Alejandro, el hijo de Poliperconte,
entró entonces en el Peloponeso listo para conquistar las ciudades
con su ejército. Y los Etolios, para congraciarse con Olimpíade
y con Poliperconte, se apoderaron de los desfiladeros de las Termópilas,
y bloquearon el paso para frenar la marcha de Casandro. Pero percibiendo
éste que era muy difícil abrirse camino a través
de aquellos desfiladeros, con la ayuda de algunos barcos y varios botes
de Eubea y Lócride, pasó a Tesalia. Y oyendo que Poliperconte
estaba con su ejército en Perrebia, despachó a su general
Callas con algunas tropas para combatirlo. Entretanto Deinias, enviado
para asegurar los desfiladeros de Perrebia, se apoderó de esos
lugares antes de que las fuerzas de Olimpíade pudieran llegar. XXXVI.
Casandro había recuperado los pasos de Perrebia, de modo que
tenía el camino abierto a Pidna. Rodeó la ciudad con un
muro de adobe de mar a mar. Envió a sus aliados petición
de navíos y de toda clase de armas e ingenios de sitio, con el
objetivo de sitiar a Olimpíade por tierra y mar (52)
. XXXVII.
En cuanto a los asuntos de Asia en este tiempo (53)
, Antígono, invernando entonces en Gadamala, o bien Gadarlis,
y considerando que su ejército estaba demasiado débil
para atacar al enemigo, pensaba cómo caer sobre ellos de improvisto
y vencerlos. Los soldados de Eumenes estaban tan dispersados y alejados
entre sí en sus cuarteles de invierno, que algunos de ellos estaban
a seis días de marcha de sus compañeros. Pero Antígono
juzgó no aconsejable avanzar a través de territorios que
estaban habitados por causa de que la marcha sería muy larga
y tediosa y asimismo conocida al instante por el enemigo, sino que consideró
mucho más oportuno para su interés dirigir su ejército
a través de los secos y baldíos desiertos, por los cuales
el camino era mucho más problemático, pero mucho más
corto. Y de este modo su marcha sería secreta y así podría
caer sobre el enemigo súbita e inesperadamente, ya que éste
permanecía disperso y desparramado en sus cuarteles, no imaginando
siquiera que se pudiera hacer algo semejante. XXXVIII.
Peucestas, informado de que el ejército enemigo había
sido avistado a medio camino de marcha, comenzó a pensar en alejarse
tanto como pudiera, temeroso de que el enemigo cayera sobre él
antes de que pudiera reunir a sus tropas desde cada cuartel en que estaban
entonces dispersas. Advirtiendo Eumenes el apuro en que se encontraba,
le exhortó a tener buen ánimo y a continuar en los límites
del desierto, pues había encontrado una manera de que Antígono
no llegara a esos lugares en tres o cuatro días. Y habiendo logrado
esto, podría en ese tiempo reunir fácilmente a todas las
fuerzas. Luego, estando el enemigo cansado y abatido por la carencia
de vituallas, caerían todos en sus manos. Se maravillaron todos
por este inesperado plan y cada uno estaba ansioso de saber qué
sería lo que parara al enemigo. Por tanto, Eumenes ordenó
a todos los capitanes y soldados que entonces estaban cerca seguirle
con un gran número de pebeteros llenos de fuego y luego escoger
algunas de las elevaciones más altas del país, que miraran
hacia el desierto y fueran claramente visibles desde todas las direcciones
y allí delimitaran varios lugares, dentro de un radio de setenta
estadios y atribuyeran a cada capitán un puesto, distante uno
de otro veinte codos con orden de prender un fuego en la noche en cada
lugar; y dispuso que a la primera vigilia se prendieran los mayores
fuegos, como si estuvieran aún refrescándose y preparando
la cena; a la segunda vigilia que hubiera menos fuegos; y a la tercera
que casi todos estuvieran extinguidos, de modo que a la distancia pudiera
parecer como si el ejército estuviera sin duda allí acampado. XXXIX
. Entretanto, Eumenes, habiendo engañado con esta estratagema
al enemigo, reunió su ejército de todas las partes donde
estaban en sus cuarteles de invierno y fortificando su campamento con
una empalizada y una profunda fosa, allí recibió a sus
aliados cuando acudieron a él y proveyó su campamento
con todas las cosas necesarias. XL.
Antígono dispuso su caballería en las dos alas y entregó
la izquierda a Pitón y la derecha a su hijo Demetrio, donde él
mismo tenía la intención de cargar. La infantería
estaba en el centro y los elefantes al frente del conjunto, entre los
cuales se hallaban soldados ligeros. Su ejército en suma tenía
veintidós mil infantes y nueve mil caballos, allende de aquellos
que fueron reclutados en Media, y sesenta y cinco elefantes. XLI.
Un poco antes de la batalla, Antígenes, general de los Argyraspides,
había enviado a un jinete macedonio a la falange enemiga con
instrucción de cabalgar tan cerca de ella como le fuera posible
y proclamar con alta voz lo que le había ordenado. Por tanto,
cuando se aproximó al radio de escucha de aquella parte del ejército
donde la falange macedonia de Antígono estaba extendida, gritó:
“!Oh vosotros villanos, peleáis contra vuestros padres,
que aventuraron sus vidas y lograron todas aquellas nobles hazañas
con Filipo y Alejandro!”. A esto añadió que comprobarían
en breve que eran hombres dignos de aquellos reyes y de aquellas anteriores
conquistas. Los más jóvenes de los Argyraspides en esa
época tenían al menos sesenta años de edad, pero
los demás setenta años, y algunos incluso más viejos.
Todos ellos por fuerza y pericia en el manejo de las armas eran invencibles,
pues la continua práctica militar los hizo expertos y audaces. XLII.
Los elefantes en primer lugar lucharon unos contra otros. Luego la caballería
de ambos bandos cargó. El campo era muy grande, arenoso y baldío,
de modo que tanta polvareda se elevó por el pisoteo de los caballos,
que un hombre no podía ver lo que pasaba, aunque fuera a una
corta distancia de él. Observando Antígono esto, envió
inmediatamente algunos jinetes Medos y una unidad de Tarentinos para
caer sobre el bagaje del enemigo. Pues confiaba en que por razón
del polvo que se había levantado (como así fue) esos soldados
no serían descubiertos y si se posesionaban de los bagajes fácilmente
se haría con el mando de todo el ejército. Por tanto aquellos
que fueron enviados secretamente se escabulleron desapercibidamente
por el flanco enemigo, cayeron sobre los pajes, escuderos y demás
que estaban junto al bagaje, a unos cinco estadios de distancia del
lugar de la batalla. XLIII.
. Pero en cuanto a la infantería, los Argyraspides (o escudos
de plata) se lanzaron con tanta violencia sobre el enemigo, que mataron
a algunos en el acto y pusieron a los demás en fuga, pues no
podían ser contenidos. Los cuales, aunque pugnaron con la principal
línea de batalla del enemigo, sin embargo se destacaban tanto
por su valor y destreza, que mataron a más de quinientos sin
perder un solo hombre y pusieron al resto en huida, aunque los enemigos
eran mucho más numerosos que ellos. XLIV.
Habiéndose así Antígono apoderado extraordinaria
e inesperadamente de Eumenes y de su ejército, capturó
a Antígenes, capitán de los Argyraspides, lo metió
en un ataúd y lo quemó. Asimismo ejecutó a Eudamo,
quien había traído los elefantes de la India, y a Celbano,
y a algunos otros, todos los cuales se habían pronunciado en
su contra en toda ocasión. Pero Eumenes fue puesto en prisión,
y se tomó su tiempo para decidir qué hacer con él.
Tenía en verdad un gran deseo de ganar para su parcialidad a
tan buen general y tenerlo obligado en base a esto, pero a causa de
la gran amabilidad y la correspondencia que había entre él
y Olimpíade y los reyes, no se atrevía a liberarlo, pues
poco antes, aunque lo había liberado de los apuros en que estaba
en Nola en Frigia, sin embargo poco después se fue y se puso
del lado de los reyes. Por tanto, en base a las apremiantes exigencias
de los Macedonios, lo condenó a muerte. Pero por motivo de su
antigua amistad con él, hizo que su cuerpo fuera cremado y sus
huesos puestos en una urna, y se la entregó a sus amigos más
cercanos. Entre aquellos que estaban heridos y prisioneros se contaba
Jerónimo de Cardia, historiador, que habiendo gozado siempre
de la gran estima de Eumenes durante su vida, después de su muerte
disfrutó también del favor de Antígono.
Notas..
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