CONTENIDOS DEL LIBRO XIX
Para facilitar su publicación
en la web se ha dividido el libro en tres partes más un índice.
Índice
-
Parte I .Parte
II -Parte III
-
Parte IV
Capítulo
3
Inundaciones en Rodas. Antígono mata a Pitón, capturándolo
mediante insidias. Entonces marcha a Persia. Los alzados contra Antígono
vencidos en Media. Divide las provincias de Asia y consigue destruir
a todos los Argyraspides. Se hace con un gran tesoro en Susa. Casandro
asedia a Olimpíade en Pidna: la gran aflicción a la que
se ve reducida. Amfípolis se rinde a Casandro. Mata a Olimpíade.
Se casa con Tesalónica. Construye Casandria. Pone en prisión
a Roxana y a su hijo Alejandro. Su expedición al Peloponeso contra
Alejandro el hijo de Poliperconte. La historia de Tebas. Casandro reconstruye
Tebas.
XLV.
Hacia esta época se produjo la tercera inundación de la
ciudad de Rodas, que mató a muchos de sus habitantes. La primera
inundación ocasionó pocos perjuicios, porque la ciudad
estaba entonces recién construida y era mucho más extensa,
pero la segunda fue más destructiva y mató a multitud.
La última ocurrió a comienzos de la primavera, acompañada
de violentas tormentas de lluvia y pedrisco de un increíble tamaño,
porque las bolas de granizo pesaban una mina, y algunas incluso más,
de modo que no sólo destrozó casas, sino además
mató a muchos hombres. Y como Rodas estaba construida en forma
de teatro y el agua corría en su mayor parte a un único
lugar, las partes bajas de la ciudad se vieron al instante inundadas,
porque, considerando que el invierno estaba ya por acabar, no se tomó
la precaución de limpiar canales y acueductos y asimismo se obstruyeron
las cañerías de las murallas, de modo que toda el agua
fluyó de súbito y todo el área alrededor del Digma
(como es llamado el mercado) y del templo de Baco se inundó.
Creándose así una especie de lago hasta el templo de Esculapio,
todos quedaron consternados y no se ponían de acuerdo en qué
hacer para salvarse. Algunos querían subir a los barcos y otros
apresurarse hacia el teatro. Algunos entonces, casi rodeados por el
mal que les amenazaba, llenos de terror y asombro se subieron a lo más
alto de los más grandes altares y otros a lo alto de los pedestales
de las estatuas. Estando la ciudad en este peligro de verse destruida
y arruinada con todos sus habitantes, de súbito fueron liberados
de forma inesperada. En efecto, la muralla se partió en dos,
abriéndose una enorme brecha, y el agua, que antes anegaba todo,
fluyó a través de ella y fue a parar al mar y así
todos al instante tuvieron libre paso a sus casas.
Fue una gran ventaja para este atribulado pueblo que esta inundación
ocurriera de día, pues la mayoría de los ciudadanos corrieron
a las partes más altas de la ciudad para refugiarse. Y otra ventaja
fue que las casas estuvieran construidas en piedra y no con otros materiales,
de modo que aquellos que alcanzaron las azoteas se salvaron sin grandes
daños. Sin embargo, perecieron por esta calamidad pública
más de quinientas almas y algunas casas se derrumbaron y otras
muchas quedaron dañadas y debilitadas. Y en este peligro estuvo
Rodas.
XLVI.
Antígono, mientras invernaba en Media, descubrió que Pitón
conjuraba para atraerse a los soldados, que estaban entonces en sus
cuarteles de invierno, en parte con sobornos en parte con jugosas promesas,
en su propio interés y lograr con ello una revolución
y defección en el ejército. Pero Antígono ocultó
y simuló su plan y afectó no dar crédito a los
informadores, reprendiéndoles por intentar que él y Pitón
se enfrentaran. Entretanto, hizo correr la noticia de que pretendía
dejar a Pitón, con un considerable ejército para su defensa,
como virrey de las provincias superiores y escribió asimismo
a Pitón y le expresó su deseo de que acudiera a él
con toda celeridad, para que, después que hubieran deliberado
sobre algunos asuntos importantes, pudiera luego marchar hacia Asia
inferior. Así manejó su plan: suprimir toda sombra de
sospecha y atrapar a Pitón, en base a la expectativa y esperanza
de ser nombrado gobernador de aquellas satrapías, porque era
difícil asunto capturar por la fuerza a un hombre que había
gozado de tan gran reputación bajo Alejandro y nombrado por éste,
merced a su valor, a puestos de honor y que, siendo gobernador entonces
de Media, era un auxilio y soporte para todo el ejército, de
cuyo favor gozaba.
Pitón estaba en ese tiempo en la parte más alejada de
Media, en sus cuarteles de invierno y tenía corrompidos a muchos,
que le habían prometido unírsele en la defección.
Sus amigos asimismo, refiriéndole por carta el propósito
de Antígono, le hicieron albergar esperanza de grandes cosas
y, de este modo engañado, acudió a Antígono, quien
habiendo capturado por fin a su presa, lo puso ante un consejo de guerra,
formado incluso por sus propios aliados, donde fue fácilmente
condenado y a continuación decapitado.
Luego Antígono, reuniendo a todo su ejército, encomendó
el gobierno de Media a Orontobates, un Medo, pero nombró a Hipóstrato
general del ejército, quien tenía a tres mil quinientos
infantes extranjeros bajo su mando. Él mismo, tomando consigo
a su ejército, fue a Ecbatana, donde recibió cinco mil
talentos de plata, y partió para Persia. Le llevó veinte
días de marcha alcanzar la capital de Persépolis.
XLVII.
Entretanto, mientras Antígono estaba en itinerario, los amigos
de Pitón, que estuvieron implicados en su conjuración
(los principales de ellos eran Meleagro y Menetas), y otros favorables
a Eumenes y Pitón, que estaban dispersos en todas direcciones,
se reunieron, hasta un número de ochocientos jinetes, y en primer
lugar devastaron los territorios de los Medos, que rechazaron unirse
a ellos. Luego, sabiendo que Hipócrates y Orontobates estaban
acampados, cayeron sobre ellos de noche y no estuvieron lejos de lograr
lo que habían planeado, pero, siendo inferiores en número
y habiendo sólo atraído a unos pocos soldados para que
se unieran a ellos, se vieron obligados a retirarse. Sin embargo, como
éstos eran todos jinetes y no contaban con equipo pesado, llevaron
a cabo muchas incursiones sorpresivas sobre el país y causaron
gran consternación y confusión, pero al final fueron bloqueados
en un lugar rodeado de rocas y allí abatidos o capturados. Pero
Meleagro y Cranes el Medo, y algunos otros de los mejores de entre ellos,
permanecieron firmes hasta el final y murieron con la espada en la mano.
Y esta era la situación de los conspiradores en Media.
XLVIII.
En cuanto a Antígono, cuando llegó a Persia, el pueblo
lo honró como a un rey y a alguien que ahora tenía sin
duda el señorío absoluto de toda Asia. Convocando allí
un consejo de sus amigos, les sometió a deliberación el
asunto concerniente a la gobernación de las provincias, a resultas
de lo cual dejó Carmania a Tlepolemo, y Bactria a Estasanor,
porque no era fácil expulsar a estos de esos países, ya
que se habían ganado el corazón del pueblo por su honrada
conducta y además estaban aliados con poderosos personajes. Erito
fue enviado a Aria, el cual murió al poco y fue sucedido por
Evágoras, un hombre de maravilloso valor y prudencia. Oxiartes,
asimismo, el padre de Roxana, tuvo el permiso de regir la provincia
de Paropamiso, como antes, porque nadie podría expulsarlo de
allá sin una larga campaña y sin un gran ejército.
De Aracosia convocó a Siburtio, que estaba bien dispuesto hacia
él, y le encomendó el gobierno de esta satrapía
y le dio a los más turbulentos de los escudos de plata, bajo
la especie de que le sirvieran en la guerra, pero en verdad con el designio
de deshacerse de todos ellos. En efecto, le dio instrucciones secretas
de emplearlos en tales servicios que poco a poco pudieran ser todos
destruidos. Entre esos estaban los que traicionaron a Eumenes, de modo
que la venganza pudo en poco tiempo alcanzar a aquellos pérfidos
por su traición contra su general. Los príncipes, por
razón de su gran poder, pueden lograr ventajas merced a los malvados
actos de otros, pero los hombres que los han ejecutado, en su mayor
parte, terminan de esta manera en un fin miserable y desastroso.
Antígono, empero, encontrando que Peucestas era muy querido en
Persia, hizo, como uno de sus primeros objetivos, que fuera depuesto
de este gobierno. Ante esto todos los nativos murmuraron descontentos
y el principal entre ellos, llamado Tespias, habló abiertamente
contra ello y dijo que los Persas no serían gobernados por nadie
más que por Peucestas, por lo cual Antígono mató
a Tespias y nombró a Asclepiodoro gobernador de Persia y le confió
un considerable ejército. Allende de esto, mantuvo consigo a
Peucestas con vanas esperanzas de confiarle más altos cargos
en otros lugares, hasta que lo hubo alejado mucho del país (59)
.
Mientras que Antígono estaba de camino a Susa, Jenófilo,
que tenía a su cargo allí el tesoro del rey, fue enviado
por Seleuco ante Antígono, acudió a su encuentro y se
reunió con él en Pasitigris y le ofreció servirlo
en lo que deseara ordenarle. Antígono lo recibió muy gentilmente
y pareció como si lo honrara por encima de todos los amigos que
tenía, temiendo que pudiera cambiar de opinión y rechazarlo
cuando llegara allí. Pero cuando ingresó en el castillo
de Susa, se posesionó de él y se apoderó de parras
de oro y de otras tales rarezas allí almacenadas, por un valor
de mil quinientos talentos. Todos estos objetos fueron acuñados
en moneda, así como las coronas de oro y otros regalos y despojos
tomados al enemigo, que sumaban otros cinco mil talentos más
y una semejante cantidad recaudada en Media, y también el tesoro
que poseía de Susa, de modo que en total acumuló veinticinco
mil talentos. Y así estaban los asuntos de Antígono en
este tiempo.
XLIX.
Puesto que hemos tratado de los asuntos de Asia, ahora pasaremos a los
de Europa y relataré las cosas hechas allí contemporáneas
a las anteriores. Teniendo Casandro a Olimpíade bajo asedio en
Pidna, en Macedonia, no podía asaltar las murallas por razón
de las inclemencias invernales, pero bloqueó la ciudad con sus
fuerzas por todas partes y levantó un muro de adobe de mar a mar.
Además, para impedir todo auxilio procedente de tierra o mar, vigiló
los accesos del puerto con su propia flota. Puesto que sus provisiones
estaban casi consumidas, los sitiados se vieron reducidos a la extrema
carestía, por lo que estaban casi muertos de hambre. En efecto,
llegaron a tal extremo, que a cada soldado sólo se le concedían
unos cuatro quenices de grano para cada mes (60)
y los elefantes eran alimentados con serrín. Al final mataron a
los animales de carga y a los caballos para comida.
Mientras la ciudad estaba en esta situación y Olimpíade
esperaba auxilio de fuera, los elefantes murieron por falta de comida.
Y los jinetes que eran extranjeros casi todos murieron, a los cuales no
se les dio una adecuada porción de grano, y muchos de los demás
soldados no comían mejor. Algunos de los bárbaros (consiguiendo
el hambre lo que la naturaleza habría de otro modo rechazado y
aborrecido) se comieron los cuerpos de los caídos.
Estando la ciudad colmada de cadáveres, los oficiales de la guardia
de la reina enterraron a algunos y arrojaron a otros desde las murallas,
ya que no sólo las reinas (que habían pasado siempre sus
días entre delicadezas) sino también los soldados, que estaban
acostumbrados a las privaciones, no podían soportar la visión
y olor de los cadáveres.
L.
Y al llegar la primavera y crecer el hambre día tras día,
la mayoría de los soldados se reunieron y pidieron a Olimpíade
que les permitiera abandonar el lugar a causa de la escasez. A todos
estos, como no podía alimentarlos ni estaba en condición
de levantar el asedio, los dejó irse. Fueron todos bien recibidos
por Casandro y acogidos en varias ciudades y pueblos de alrededor. Esperaba
que los Macedonios, llegando a entender gracias a estos qué débil
era Olimpíade, pondrían fin a sus aspiraciones desesperadas
y sin remedio. Y no se equivocó en sus conjeturas, pues aquellos
que acababan entonces de llegar para liberar a los sitiados, al instante
cambiaron de propósito y se pasaron a Casandro. Sólo Aristono
y Monimo, de entre todos los Macedonios, se mantuvieron firmes y leales
a Olimpíade: el primero era gobernador de Anfípolis y
el segundo de Pela. Al final Olimpíade, percibiendo que muchos
se pasaban a Casandro y que aquellos que eran sus amigos no podían
ayudarla, sin más dilación preparó una quinquerreme
con el objeto de apartar de sí y de sus allegados el presente
peligro. Sin embargo, siendo traicionada por algunos desertores, Casandro
navegó a ese lugar y se apoderó del navío. Por
ello, viéndose Olimpíade en una situación desesperada,
envió un legado a Casandro para tratar de los términos
de la paz, pero Casandro insistió en que se entregara a su merced.
Presionando mucho, al final consiguió la garantía de su
vida. Habiéndose entonces posesionado de la ciudad, envió
algunas tropas a tomar Pela y Anfípolis.
Monimo el gobernador de Pela, sabiendo cómo le iban las cosas
a Olimpíade, al punto se rindió, pero Aristono al principio
decidió resistir y sostener la causa de los reyes, en vista de
que tenía una fuerte guarnición y de que últimamente
había sido próspero y exitoso. En efecto, unos pocos días
antes había luchado con Cratevas, uno de los oficiales de Casandro,
y había abatido a muchos de los enemigos y repelido a Cratevas
mismo, quien, con dos mil de sus hombres, se había retirado a
la ciudad de Bedyndia en Bisaltia (61)
, y allí lo había asediado, capturado, desarmado y, tras
de mutuas promesas de fidelidad, liberado. Animado por este motivo,
no sabiendo en relación a Eumenes sino que estaba aún
vivo y concluyendo que de seguro recibiría ayuda y apoyo de Alejandro
y Poliperconte, se negó a rendir Anfípolis.
Pero tan pronto como recibió una carta de Olimpíade, en
la que le ordenaba, en virtud del acuerdo con Casandro, que entregara
la ciudad, así lo hizo y la entregó, después de
obtener garantías hacia su persona.
LI.
Pero Casandro, percibiendo que era un hombre de gran interés
por razón de los honores que le confirió Alejandro, y
determinando deshacerse en cuanto pudiera de todos aquellos que pudieran
causarle cualquier problema, por intermediación de un allegado
de Cratevas, lo ejecutó. Entonces incitó a los parientes
de las personas que habían sido ejecutadas por Olimpíade
para que la acusaran en una asamblea general de los Macedonios. Éstos
estaban muy de buena gana dispuestos a hacerlo. Y, aunque la reina misma
no estaba presente ni nadie hubo allí que defendiera su causa,
sin embargo los Macedonios la condenaron a muerte (62)
. Por ello Casandro envió a algunos de sus amigos a Olimpíade
y le aconsejó que escapara en secreto, prometiéndole un
barco y escoltarla a salvo a Atenas. Esto no lo hizo para salvarla,
sino para que, puesta en evidencia su culpabilidad por su huida, pudiera
llevarse a cabo una justa venganza contra ella si era interceptada cuando
estaba de viaje. Y ello así porque temía también
la inconstante disposición de los Macedonios, dada la dignidad
de Olimpíade. Pero ésta rechazó huir y dijo que
estaba lista para defender su causa ante todos los Macedonios.
Ante esto, temiendo Casandro que el pueblo, rememorando los loables
actos de Filipo y Alejandro hacia toda la nación, cambiara de
opinión y así se pusieran a defender a la reina, le envió
a un grupo de doscientos soldados bien armados y equipados con órdenes
de matarla. Éstos, entrando de súbito en el palacio, tan
pronto la vieron, en reverencia hacia su persona, se retiraron, sin
ejecutar lo que tenían ordenado. Pero los parientes de aquellos
que habían sido ejecutados por ella, para bienquistarse con Casandro
y para vengar la muerte de sus allegados, le cortaron la garganta. En
su último momento no expresó ningún miedo femenino
ni hizo nada innoble. De esta manera murió Olimpíade,
la más grande y honorable mujer de la época en que vivió,
hija de Neoptólemo, rey del Epiro, hermana de Alejandro, que
hizo la expedición a Italia, esposa de Filipo, el más
grande y victorioso príncipe de todos los que alguna vez han
habido en Europa, y finalmente madre de Alejandro, quien nunca fue superado
por nadie por motivo de las grandes y maravillosas cosas que hizo.
LII.
Casandro, viendo que ahora iban todas las cosas según su deseo
y que el reino de Macedonia conforme a sus esperanzas y expectativas
era ya suyo, se casó con Tesalónica, hija de Filipo y
hermana de Alejandro por parte de padre, con la ambición de emparentarse
por afinidad con la familia real y ser estimado como uno de sus miembros.
Asimismo edificó Casandria, llamándola por su propio nombre,
en Pelene, y la pobló con habitantes sacados de las ciudades
del Quersoneso, de Potidea y de muchas otras ciudades vecinas, así
como con los Olintios que quedaban, de los cuales aún vivían
bastantes. A esta ciudad cedió un gran y rico territorio, y tomó
serio cuidado en procurar a este lugar gloria y esplendor, de modo que
en poco tiempo creció a tal punto de poder, que excedía
a todas las ciudades de Macedonia.
Casandro asimismo, decidiendo deshacerse de toda la posteridad de Alejandro,
para que nadie quedara de su línea que pudiera inquietarle en
la sucesión al trono, se propuso matar al hijo de Alejandro y
a Roxana, su madre. Pero por el momento, estando dispuesto primero a
observar qué decía el pueblo sobre la muerte de Olimpíade
y no teniendo todavía un relato cierto de cómo le iban
las cosas a Antígono, confinó en el castillo de Anfípolis
como prisioneros a Roxana y a su hijo, bajo el cuidado de Glaucias,
nombrado por él gobernador de esta ciudad y amigo suyo, en el
que tenía gran confianza. Asimismo quitó al joven rey
a aquellos niños que habían crecido con él como
sus compañeros y ordenó que nunca más lo trataran
como a un rey ni lo miraran más que como a una persona particular.
Y gobernando ahora el reino en todos los asuntos como rey, enterró
regia y suntuosamente a Eurídice y a Filipo, los últimos
rey y reina, en Egas; y a Cinna, al que Alcetas había ejecutado,
honrando al difunto con la solemnidad de unos certámenes y juegos
funerarios.
Entonces reclutó soldados en Macedonia para la expedición
proyectada al Peloponeso. Mientras estaba ocupado en estos negocios,
Poliperconte, quien estaban entonces sitiado en Azorio (63)
, en Perrebia, cuando supo de la muerte de Olimpíade,
comprometido el éxito de sus asuntos en Macedonia, salió
de la ciudad con unos pocos acompañantes, atravesó Tesalia
junto con Eácidas y llegó a Etolia, donde pudiera mantenerse
a salvo, y observar cómo se desarrollaban las cosas, porque había
un buen entendimiento entre él y esta nación.
LIII. Pero Casandro, habiendo
entonces reclutado un considerable ejército, partió de
Macedonia con la idea de expulsar del Peloponeso a Alejandro, el hijo
de Poliperconte, porque éste con su ejército era el único
enemigo que le quedaba y se había apoderado allí de muchos
lugares convenientes y ciudades. A través de Tesalia marchó
sin oposición, pero encontró el paso de las Termópilas
guardado por los Etolios, a los que derrotó con mucha dificultad
y llegó a Beocia, donde, reuniendo a todos los Tebanos que quedaban
de todas partes, decidió la repoblación de Tebas, considerando
que ahora tenía una buena oportunidad de poner en sus manos la
reconstrucción de esta ciudad, famosa por sus renombradas acciones
y las antiguas historias sobre ella. Y por este buen trabajo que llevó
a cabo cosechó el fruto de una inmortal fama y gloria.
Esta ciudad había sufrido muchos cambios de fortuna, y había
sido arrasada hasta los cimientos en no pocas ocasiones; por lo cual
no será una digresión improcedente referir los principales
sucesos de su historia.
Después del diluvio de Deucalión, cuando Cadmo había
construido la ciudadela, llamada Cadmea por su nombre, acudió
allí en grupos el pueblo conocido como Espartoi (64)
, que es llamado así por algunos porque se reunieron
desde todos los lugares; otros los llamaron Thebagenes (65)
, porque los nativos de Tebas fueron obligados a irse por la inundación
y dispersados acá y allá por el país. Cuando estos
de nuevo regresaron, fueron rechazados por la fuerza de las armas por
los Enqueleanos e incluso Cadmo mismo fue obligado a huir junto a los
Ilirios (66) . Después de
esto, cuando gobernaban Anfión y Zeto, el primero construyó
la ciudad, como el poeta dice:
Quien primero levantó
las murallas de Tebas con siete puertas (67) .
Los habitantes
fueron nuevamente expulsados cuando Polidoro, hijo de Cadmo, regresó
al reino, donde todas las cosas eran dirigidas entonces sin cuidado,
por razón de la lamentable situación de Anfión
a raíz de la pérdida de todos sus hijos (68)
.
Entonces de nuevo en la época del reinado de sus descendientes
(69) , cuando todo el país
había recibido el nombre de Beocia, por un tal Beocio, hijo de
Melanipa y Neptuno, que reinaba allí, los Tebanos fueron expulsados
por tercera vez por los Epígonos de Argos, cuando tomaron la
ciudad a viva fuerza (70) . Aquellos
que escaparon de ello huyeron a Alalcomenas y al monte Tilfosio (71)
, pero, tras de la muerte de aquellos Argivos,
regresaron a su patria.
En el tiempo de la guerra de Troya, cuando los Tebanos estaban en Asia,
los que se quedaron en casa, junto con otros Beocios, fueron expulsados
por los Pelasgos y después que hubieran padecido muchas y diversas
calamidades en el curso de las cuatro generaciones siguientes, con arreglo
al oráculo concerniente a los cuervos (72)
, regresaron y habitaron en Tebas.
Desde este tiempo esta ciudad continuó en un estado de prosperidad
de casi ochocientos años, convirtiéndose los Tebanos primero
en dueños de todo el resto de su país, y después,
cuando disputaron la hegemonía de toda Grecia, Alejandro, el
hijo de Filipo, la expugnó al asalto y la redujo a escombros.
LIV.
Veinte años más tarde, Casandro, para hacerse famoso e
incrementar su reputación, obtuvo de los Beocios su apoyo para
reconstruir la ciudad y se la devolvió a aquellos Tebanos que
todavía quedaban del antiguo linaje. Muchas de las ciudades Griegas
prestaron su asistencia a la reconstrucción de esta urbe, por
compasión de la triste condición de los Tebanos y por
la antigua fama y gloria de la ciudad. Los Atenienses construyeron la
mayor parte de las murallas y otros ayudaron acorde a sus diversas habilidades
y fueron enviadas contribuciones no sólo de todas partes de Grecia
sino también desde Sicilia e Italia. Y así los Tebanos
fueron restaurados en la antigua sede de sus antepasados. Entonces Casandro
avanzó con su ejército hacia el Peloponeso y cuando encontró
que Alejandro, el hijo de Poliperconte, había fortificado el
istmo con fuertes custodias, regresó a Megara. Aquí botó
algunas barcazas y en ellas transportó sus elefantes a Epidauro
y al resto de su ejército en otros barcos. Desde allí
llegó a Argos, obligó a sus habitantes a abandonar su
alianza con Alejandro y a unirse a él. Después se atrajo
a todas las ciudades de Mesenia, salvo Itome, y a Hermónides
mediante acuerdo. Pero como no marchara Alejandro a combatir contra
él, dejó dos mil hombres en Gerania (73)
, cerca del istmo, bajo el mando de Molico, y regresó a Macedonia.
Capítulo
4
El ejército de Antígono es acogido festivamente por Seleuco
en Babilonia. Enfrentamiento con Seleuco, quien huye junto a Ptolomeo
y es recibido gentilmente. Ptolomeo, Seleuco, Casandro y Lisímaco
se unen contra Antígono. Le envían embajadores, que invernan
en Cilicia. Entra en Fenicia y allí construye barcos; asedia
Tiro. Encomio de Fila, la esposa de Demetrio. Aristodemo recluta tropas
para Antígono en el Peloponeso. Los hechos de Ptolomeo, uno de
los oficiales de Antígono. Política de Antígono.
Tiro liberada. El acuerdo de los oficiales de Ptolomeo y los demás
en Chipre. Los hechos de Seleuco. Una flota llega a Antígono
desde el Helesponto y Rodas. Cosas sucedidas en el Peloponeso. Hechos
de Casandro allí y en Grecia. La gran victoria por tierra y mar
obtenida por Policlito, oficial de Seleuco: es premiado por Ptolomeo.
Los hechos de Agatocles en Sicilia. Los Romanos hacen la guerra a los
Samnitas.
LV. Cuando este año hubo
llegado a su fin, Praxibulo fue nombrado arconte de Atenas y Espurio
Nautio y Marco Popilio cónsules de Roma (74)
. En este tiempo Antígono dejó a un tal Aspisa, un nativo,
como sátrapa de Susiana (75) .
Él mismo, decidiendo llevarse con él todo el dinero hasta
la costa, preparó carros y camellos para este propósito.
Y así, teniéndolo consigo, marchó con su ejército
hacia Babilonia, a la que llegó en veintidós días.
Allí Seleuco, el gobernador de la provincia, lo recibió
con regalos regios y festejó a todo el ejército. Pero
cuando Antígono pidió un informe de los ingresos, le contestó
que no estaba obligado a rendir ninguna cuenta de esa provincia que
los Macedonios le habían encomendado como premio por sus servicios
en vida de Alejandro. El enfrentamiento entre ellos se fue profundizando
más y más, y Seleuco, recordando la caída de Pitón,
estaba cada vez más temeroso de que Antígono aprovechara
cualquier oportunidad para matarlo. Porque parecía que tenía
el proyecto de acabar, tan pronto como le fuera posible, con todos los
hombres que estaban en el poder y que tenían capacidad de pelear
con él por el mando supremo. Por ello, temiendo lo peor, se fue
con solos cincuenta jinetes, intentando ir a Egipto, junto a Ptolomeo,
porque el comportamiento gentil y cortés hacia todos los que
acudían a él para protección y refugio era elogiado
en todas partes. Cuando Antígono supo esto, se regocijó
sobremanera, por el hecho de que no se vería obligado a destruir
a su amigo y poderoso aliado, sino que Seleuco, voluntariamente, le
había entregado la provincia sin lucha.
Después los Caldeos vinieron a él y le predijeron que
si Seleuco escapaba sería señor de toda Asia y que en
una batalla entre ellos Antígono mismo sería asesinado.
Lamentándose por ello de haberlo dejado ir, envió gente
que le persiguiera, pero habiéndolo seguido durante algún
tiempo, luego regresaron. Antígono estaba acostumbrado a desdeñar
esta clase de predicciones en otras ocasiones, pero en este momento
estaba tan pasmado y temeroso ante la alta estima y reputación
de estos hombres, que estaba muy conturbado, pues eran considerados
muy expertos y peritos, merced a su exacta y diligente observación
de las estrellas, y afirman que estos y sus predecesores han estudiado
este arte de la astrología durante más de veinte mil años.
Y lo que habían predicho sobre la muerte de Alejandro, si entraba
en Babilonia, se reveló ser la verdad por la experiencia. Y de
cierto que, como aquellos augurios sobre Alejandro vinieron a pasar
luego, así lo que ahora dijeron sobre Seleuco fue asimismo cumplido
en su debido tiempo. De lo cual trataremos particularmente cuando lleguemos
al tiempo adecuado para este propósito.
LVI. Seleuco, cuando estuvo a
salvo en Egipto, fue recibido por Ptolomeo con toda expresión
de gentileza y afecto. Allí se quejó amargamente de Antígono,
afirmando que su plan era expulsar de sus provincias a todas las personas
de posición eminente, y especialmente a aquellos que estuvieron
en activo bajo Alejandro, lo cual sostuvo con el argumento de que Pitón
fue ejecutado, Peucestas privado del gobierno de Persia y el trato que
él mismo recientemente había sufrido. Y todo esto a pesar
de que ellos nada habían hecho para merecérselo, sino
al contrario, siempre habían ejecutado las acciones, que les
eran posibles, en favor y servicio suyo, y este fue el premio que habían
obtenido por sus servicios. Enumeró asimismo el tamaño
de sus fuerzas, su gran tesoro y sus últimos éxitos, que
lo engrió tanto que albergaba la esperanza de obtener el mando
supremo de todos los Macedonios.
Habiendo, merced a estos argumentos, animado a Ptolomeo a hacer la guerra
contra él, envió a algunos de sus amigos a Europa para
convencer a Casandro y a Lisímaco, con parecidos argumentos,
a tomar las armas contra Antígono. Siendo estas cosas cumplidas,
se pusieron los cimientos para una gran guerra, que luego tuvo lugar.
Antígono, evaluando las muchas conjeturas posibles, concibió
qué planeaba Seleuco. Entonces envió embajadores a Ptolomeo,
Casandro y Lisímaco para expresarles su deseo de que la antigua
amistad pudiera ser conservada y mantenida entre ellos. Y entonces,
habiendo hecho a Pitón (76)
, que venía de la India, gobernador de la provincia de Babilonia,
levantó su campamento y marchó hacia Cilicia. Tan pronto
como llegó a Malos (77) ,
distribuyó su ejército en los cuarteles de invierno, hacia
la caída de Orión (mes de Noviembre). Recibió del
tesoro de la ciudad de Quinda (78) diez
mil talentos y, además, cogió once mil talentos de los
ingresos anuales de esta provincia, de modo que era muy formidable por
la grandeza de sus fuerzas y la vastedad de sus recursos.
LVII.
Llegándose a la Siria Superior, le vinieron embajadores de Ptolomeo,
Casandro y Lisímaco, los cuales se presentaron ante él
cuando estaba reunido en consejo y le demandaron toda Capadocia y Licia
para Casandro, la Frigia Helespóntica para Lisímaco y
toda Siria para Ptolomeo, y la provincia de Babilonia para Seleuco,
y que todo el dinero que había cogido desde la batalla con Eumenes
lo compartiera equitativamente con ellos. Le hicieron saber que si rechazaba
esto, entonces pensaban hacerle la guerra con todas sus fuerzas combinadas.
A lo cual respondió rudamente, instándoles a prepararse
para la guerra. Y así los embajadores regresaron, sin haber la
embajada tenido éxito. Ante tal respuesta Ptolomeo, Casandro
y Lisímaco se aliaron, reunieron sus fuerzas y comenzaron a proveerse
de armas y de todo lo necesario para la guerra.
Viendo ahora Antígono cuántos y qué poderosos adversarios
se habían confabulado contra él y qué tormenta
se le venía encima, buscó la alianza y asistencia de otras
ciudades, naciones y príncipes, y para ello envió a Agesilao
ante el rey de Chipre, a Idomeneo y Mosquión a Rodas, y a su
sobrino Ptolomeo con un ejército para levantar el asedio de Amisos,
en Capadocia, y expulsar a aquellos que habían sido enviados
por Casandro. Le ordenó asimismo ir al Helesponto y atacar a
Casandro, en caso de que éste tratara de cruzar al Asia desde
Europa. También mandó a Aristodemo el Milesio con mil
talentos para trabar amistad con Alejandro y Poliperconte y reclutar
soldados y hacer la guerra contra Casandro. Él mismo dispuso
faros y mensajeros a lo largo de toda Asia, que estuvieran a sus órdenes,
para dar y recibir la noticia de todas las cosas que pasaran y así
manejar sus asuntos lo más rápido posible (79)
.
LVIII.
Habiendo tomado esta orden, marcha a Fenicia para construir una flota,
pues en ese tiempo el enemigo tenía la supremacía en el
mar, merced a poseer abundancia de navíos, mientras que él
ninguno tenía. Acampando en la antigua Tiro (80)
, decidió asediar Tiro, por lo cual convocó
a los reyezuelos de Fenicia y a los gobernadores de Siria, y trató
con ellos para que se unieran a él en la construcción
de barcos, porque todas naves que pertenecían a Fenicia estaban
entonces con Ptolomeo en Egipto. También les dio órdenes
de traerle, con la mayor celeridad, cuatro millones y medio de medidas
de trigo…(81) , ya que ese
era el consumo anual de su ejército. Entonces reclutó
carpinteros, serradores y constructores navales de todas partes e hizo
traer a la costa madera del monte Líbano, empleando para ello
el trabajo de ocho mil hombres y de mil bestias de carga. Este monte
se extiende a través de Trípoli, Biblos y Sidón,
y abunda de muy bellos y altos cedros y cipreses. Construyó tres
arsenales en Fenicia, uno en Trípoli, otro en Biblos y el tercero
en Sidón. Un cuarto tenía en Cilicia, adonde era llevada
la madera del monte Tauro. Y un quinto en Rodas, donde los habitantes
le permitieron construir barcos de madera, que luego le enviaban.
Mientras Antígono estaba así ocupado y acampado en la
costa, Seleuco vino con una flota de cien navíos desde Egipto,
rápidos y bien equipados, y desdeñosamente se paseó
ante sus narices, lo cual conturbó no poco las mentes de sus
nuevos aliados y de aquellos que se le habían unido en la ejecución
de los trabajos. Porque era muy evidente que el enemigo era ahora el
dueño del mar y por ende era seguro que devastaría y saquearía
a aquellos que, por gentileza a Antígono, se habían unido
a sus adversarios.
Pero Antígono le exhortó a tener buen ánimo, porque
antes del fin del verano, dijo, estaría a la mar con una flota
de quinientos barcos.
LIX.
Agesilao, entretanto, regresó de su embajada a Chipre, y le hizo
saber que Nicocreonte (82) y los
más poderosos reyes de esta isla se habían ya unido a
Ptolomeo, pero que los reyes de Citio, Lapitio, Marion y Cirenites se
unirían a él. Entonces dejó tres mil hombres, bajo
el mando de Andrónico, para mantener el asedio de Tiro y él
mismo marchó con el resto del ejército a Gaza y Joppa,
las cuales urbes estaban en su contra, y las tomó a fuerza. Y
a los hombres de Ptolomeo que encontró allí los tomó
y distribuyó entre sus propias unidades y situó guarniciones
en ambas ciudades para mantenerlas en obediencia. Hecho lo cual, regresó
a su campamento permanente cerca de Tiro y preparó todo lo necesario
para el asedio contra esta ciudad. Al mismo tiempo Aristón, a
quien Eumenes había confiado llevar los huesos de Crátero,
los entregó a Fila para que los enterrara. Esta mujer estuvo
primero casada con Crátero, y en ese momento con Demetrio, hijo
de Antígono, la cual era una persona de excelentes cualidades
y prudencia, porque por su prudente conducta y maneras hacia los soldados
del ejército podía cambiar y moderar a aquellos que eran
los más turbulentos, y puso a las hijas y hermanas de aquellos
que eran pobres a su cargo e impidió la ruina de muchos que fueron
falsamente acusados. Se cuenta que su padre Antípatro, quien
fue el más prudente príncipe que gobernó en su
época, solía consultar con su hija Fila los más
importantes negocios, mientras todavía no era sino una jovencita.
Pero la prudencia de esta mujer se mostrará en toda su plenitud
más adelante, cuando las cosas se revolucionaron y llegaron al
fatal período del reinado de Demetrio. Y así estaban los
negocios de Antígono y Fila en este tiempo..
LX.
Entre los oficiales enviados por Antígono, Aristodemo
pasó a Laconia y, habiendo obtenido el permiso de los Espartanos
para reclutar soldados, reunió ocho mil procedentes del Peloponeso,
y, habiendo conferenciado con Poliperconte y Alejandro, los unió
con una firme alianza de amistad a Antígono, e hizo a Poliperconte
general de las fuerzas en el Peloponeso, pero convenció a Alejandro
a pasar al Asia con Antígono.
Ptolomeo, otro de sus oficiales, yendo a Capadocia con un ejército
y encontrando allí la ciudad de Amisos sitiada por Asclepiodoro,
un oficial de Casandro, levantó el asedio y aseguró el
lugar. Y así, habiendo expulsado a Asclepiodoro bajo una tregua,
recuperó toda esta provincia para Antígono, y marchando
desde allí a través de Bitinia cayó sobre la retaguardia
de Zibytes, rey de los Bitinios, mientras estaba ocupado en asediar
dos ciudades a la vez, una de los Astaceanos (83)
y la otra de los Calcedonios, y le obligó a levantar el sitio
de ambas. Y luego, firmando pactos con éste y con las ciudades
que fueron asediadas, recibidos rehenes, partió para Jonia y
Lidia, porque Antígono le había escrito que asegurara
aquellas costas con la mayor celeridad posible, sabiendo que Seleuco
estaba yendo a aquellos lugares con su flota, adonde de hecho llegó
y asedió Eritras (84) .
Sin embargo, conociendo la aproximación del enemigo, levantó
el cerco y se volvió por donde había venido. Mientras,
Alejandro, el hijo de Poliperconte, vino a Antígono, quien hizo
alianza con él. Convocado a continuación un consejo general
del ejército y de los extranjeros residentes allí (85)
, les declaró cómo Casandro había asesinado a Olimpíade
y con qué villanía había tratado a Roxana y al
joven rey, y que había obligado a Tesalónica a casarse
con él, y que estaba claro y evidente que aspiraba a reinar en
Macedonia; y también que había asentado a los Olintios,
los peores enemigos de los Macedonios, en la ciudad llamada así
por ellos, que había reconstruido Tebas, que había sido
arrasada por los Macedonios. Habiendo así exhortado al ejército,
escribió un edicto: que Casandro debería ser considerado
como enemigo, si no destruía de nuevo las dos ciudades, liberaba
al rey y a su madre Roxana y los devolvía salvos a los Macedonios,
y si, finalmente, no se sometía a Antígono como general
y único protector del reino, y liberaba todas las ciudades Griegas
y retiraba todas las guarniciones de ellas.
Cuando el ejército hubo aprobado este edicto por sus votos, envió
mensajeros a publicarlo en todos los lugares, porque esperaba que de
esta manera todos los Griegos, por la expectativa de recuperar sus libertades,
serían sus aliados y le ayudarían de buena gana en la
guerra, y que todos los gobernadores de las provincias superiores, que
antes sospechaban de él, como si proyectara quitar a la descendencia
de Alejandro el reino (ahora que claramente parecía tomar las
armas en su nombre) cumplirían todas sus órdenes de grado.
Habiéndose ocupado de todos esos asuntos, envió de vuelta
a Alejandro con quinientos talentos al Peloponeso, con sus esperanzas
incrementadas, a la expectativa de importantes sucesos. Él mismo,
con la flota de Rodas y otros navíos que había construido
después navegó a Tiro, donde, dueño del mar, la
bloqueó durante trece meses seguidos, de tal modo que vitualla
alguna podía llegar a los habitantes, que se vieron reducidos
a tan gran carestía, que al final, después de permitir
Antígono a los soldados de Ptolomeo irse con sus cosas, le rindieron
la ciudad bajo condiciones y fue situada una guarnición ahí
para su defensa (86) .
LXII.
Entretanto Ptolomeo, oyendo la declaración que Antígono
había pronunciado ante los Macedonios sobre la libertad de los
Griegos, hizo lo mismo, deseoso de que todo el mundo supiera que él
era no menos celoso de la libertad de Grecia que Antígono, porque
ambos consideraban que era de gran importancia para sus negocios ganarse
el favor de los Helenos y por ende pugnaban uno con otro por hacer los
actos de gracia que mejor ligaran a los Griegos a sus intereses. Entonces
incorporó a su parcialidad al sátrapa de Caria, Asandro,
que era un hombre de gran poder y tenía muchas ciudades bajo
su mando. Y, a los reyes de Chipre, aunque ya antes les enviado tres
mil soldados, sin embargo se apresuró a mandarles un ejército
más poderoso, para vencer a aquellos que se habían posicionado
contra él. Este ejército constaba de diez mil hombres,
bajo el mando de Myrmidón, un Ateniense, y un centenar de barcos
al mando de Policlito. Y el general en jefe de todos era su hermano
Menelao.
Viniendo éstos a Chipre, se reunieron allí con Seleuco
y su flota, y se celebró un consejo de guerra sobre qué
curso de operaciones era el mejor a tomar. El resultado fue que Policlito
con cincuenta naves pasaría al Peloponeso y allí haría
la guerra a Aristodemo, a Poliperconte y a su hijo Alejandro; que Myrmidón
iría con las tropas mercenarias a Caria para ayudar allí
a Asandro contra Ptolomeo, un oficial de Antígono, que le hostigaba
mucho; y que Seleuco y Menelao, quedándose en Chipre, auxiliarían
al rey Nicocreonte y al resto de sus aliados contra sus enemigos.
Habiendo así por tanto dividido sus fuerzas, Seleuco fue y tomó
Cyrinia y Lapito. Luego atrajo a Estasieco, rey de los Malenses, a su
partido, y forzó al príncipe de los Amatusianos a entregarle
rehenes por garantía de su lealtad futura. En cuanto a la ciudad
de Citio, viendo que no firmaría un tratado con él, la
sometió a asedio con todo su ejército.
Hacia el mismo tiempo vinieron cuarenta barcos del Helesponto y Rodas,
bajo el mando de un tal Temisón, su almirante, ante Antígono.
Y después llegó Dioscórides con cuarenta más;
y además Antígono tenía una flota propia recién
construida en Fenicia, hasta un número de ciento veinte barcos,
junto con aquellos que dejó en Tiro, de los que noventa eran
cuatrirremes, diez quinquerremes, tres de nueve órdenes de remos
y una de diez, así como treinta galeras abiertas.
Antígono, dividiendo su flota en escuadrones, envió cincuenta
de ellas al Peloponeso y el resto se lo encomendó a Dioscórides,
su sobrino, con esta instrucción: que guardara los mares y ayudara
a sus amigos cuando la ocasión lo requiriera y que atrajera a
su partido a las islas que hasta el momento se habían mantenido
contra él. Y en esta condición estaban los negocios de
Antígono.
LXIII.
Habiendo relatado los asuntos ejecutados a lo largo de toda Asia, escribiremos
sobre las cosas de Europa.
Apolónides, nombrado general de los Argivos por Casandro, de
noche entró en Arcadia y sorprendió a la ciudad de los
Estinfalios. Y mientras estaba ausente, algunos de los Argivos, enemigos
de Casandro, se comunicaron con Alejandro, el hijo de Poliperconte,
y le prometieron entregarle la ciudad, pero, yendo Alejandro demasiado
despacio, Apolónides llegó a Argos antes que él,
sorprendió a quinientos de los conspiradores que estaban reunidos
en un consejo en el Pritaneo, les impidió salir del edificio
y los quemó vivos. A la mayoría de los restantes los desterró
y a unos pocos los cogió y ejecutó.
Casandro, sabiendo que Aristodemo había llegado al Peloponeso
y que allí había reclutado gran número de soldados,
en primer lugar buscó apartar a Poliperconte de la amistad de
Antígono, pero, no pudiendo convencerlo, marchó con un
ejército a través de Tesalia y llegó a Beocia,
donde, habiendo ayudado a los Tebanos a levantar sus murallas, pasó
al Peloponeso y, tomando primero Cencrea (87) ,
saqueó y arrasó todo el territorio de Corinto. Entonces
tomó dos castillos al asalto y bajo promesa de futura lealtad
y alianza acogió a los soldados de todas las guarniciones allí
colocadas por Alejandro. Después sitió Orcómenos
(88) y, entrado en ella por obra
de los enemigos de Alejandro, puso una guarnición en la ciudad.
Aquellos que eran partidarios de Alejandro se refugiaron en el templo
de Diana y Casandro dio venia a los ciudadanos para que hicieran con
ellos lo que entendieran mejor. Por ello los Orcomenios los sacaron
del templo a la fuerza y contra las leyes comunes de Grecia los mataron.
LXIV.
Casandro fue luego a Mesenia, pero, encontrando la ciudad fuertemente
guarnecida por Poliperconte, no consideró adecuado por el momento
sitiarla, sino que marchó a Arcadia, donde dejó a Damides
como gobernador de Megalópolis y regresó a la Argólide
y allí celebró los Juegos Nemeos (89)
y volvió a Macedonia. Cuando se hubo ido, Alejandro con Aristodemo
sitió las ciudades del Peloponeso para expulsar las guarniciones
dejadas por Casandro, y se esforzaron lo que pudieron en restaurar la
libertad de las ciudades. Llegado esto a oídos de Casandro, envió
allá a Prepelao para que lo convenciera a que abandonara a Antígono
y entrara en alianza y amistad con él, prometiéndole que,
si así hacía, le daría el mando supremo de todo
el Peloponeso, lo haría general del ejército y lo colocaría
en un alto lugar de honor y preeminencia. Alejandro, viendo que ahora
estaba en mejores condiciones de lograr aquello por lo que desde el
principio había hecho la guerra a Casandro, se alió con
él y así fue creado general de todas las fuerzas en el
Peloponeso.
Entretanto Policlito, oficial de Seleuco, navegando desde Chipre, arribó
a Cencrea, donde, oyendo la defección de Alejandro y no encontrando
allí ningún enemigo, cambió de dirección
y navegó a Panfilia, y desde ahí vino a Afrodisias en
Cilicia. En este lugar supo que Teodoto, almirante de la flota de Antígono,
pasaría por allí desde Patara, un puerto de Licia, con
la flota Rodia, servida por marineros de Caria, y que Perilao con su
ejército avanzaba por la costa para la defensa de la flota en
su viaje. En esta ocasión los burló a ambos, pues desembarcó
a sus hombres en un lugar fuera de su vista, por donde el ejército
enemigo tenía que pasar necesariamente y él mismo con
la flota se situó detrás de un promontorio, esperando
la venida del enemigo. Allí la infantería del enemigo
cayó en la emboscada y Perilao mismo fue hecho prisionero y todos
sus hombres fueron muertos o capturados. La flota, viendo la situación
del ejército en tierra, se apresuró en acudir en su ayuda,
pero Policlito los atacó en ese momento de confusión con
sus barcos alineados en orden de batalla y los puso en huida fácilmente,
de modo que Policlito capturó todos sus navíos y a la
mayor parte de los marineros, entre ellos al almirante Teodoto, gravemente
herido, quien murió poco después.
Policlito, habiendo tenido éxito en todos los encuentros, navegó
de vuelta primero a Chipre y luego a Pelusio, donde Ptolomeo lo premió
ricamente por tan gran servicio y lo promovió a una dignidad
y lugar de honor mucho mayor que la que tenía antes, como autor
de tan señalada victoria, pero dejó ir a Perilao y a algunos
otros prisioneros, cuya liberación solicitó Antígono
por medio de un mensajero enviado a él con este propósito.
Y luego él mismo, yendo a un lugar llamado Ecregma, negoció
con Antígono, pero éste, rechazando darle lo que pedía,
se separó de él y regresó.
LXIX.
Habiendo, pues, dado un relato de los asuntos de los Griegos Europeos
en Grecia y en Macedonia, pasaremos a los territorios que se extienden
por Occidente.
Agatocles, príncipe de Siracusa, habiendo tomado un castillo
perteneciente a los Mesanos, les prometió su devolución
si le entregaban treinta talentos de plata. Pagado esto, Agatocles no
sólo rompió su compromiso, sino que se atrevió
a atacar Mesana misma, porque, informado de que parte de sus murallas
se habían caído, envió una unidad de caballería
por tierra desde Siracusa y él mismo en algunos navíos
ligeros fue por mar y llegó de noche al pie de los muros de la
urbe, pero los Mesanos, sabiendo de antemano su plan, le arruinaron
completamente sus proyectos. Sin embargo, vino a Mylas y sitiando el
castillo lo forzó a rendirse y luego regresó a Siracusa.
En la época de la cosecha hizo un segundo intento contra Mesana
y, acampando cerca de la ciudad, lanzó continuos asaltos, pero
no pudo lograr nada de consideración, porque muchos exilados
habían acudido a este lugar desde Siracusa, quienes, por su salvación
y por su odio al tirano, lucharon muy valientemente.
Hacia este tiempo embajadores de Cartago expusieron ante Agatocles su
queja por la ruptura del tratado, consiguieron la paz para los Mesanos
y obligaron al tirano a devolverles el castillo (90)
. Después, navegaron de regreso a África.
Luego de esto, Agatocles fue a Abeceno (91) ,
una de sus ciudades aliadas y allí ejecutó a cuarenta,
a los que consideró sus enemigos.
En este tiempo los Romanos estaban en guerra con los Samnitas y tomaron
Ferento al asalto, y los habitantes de Nuceria (llamada Alfaterna) fueron
convencidos por algunas personas a abandonar a los Romanos y unirse
en alianza con los Samnitas.