DIODORO

«BIBLIOTECA HISTÓRICA: LIBRO XIX»

Traducción y adaptación "el Anónimo Castellano"

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CONTENIDOS DEL LIBRO XIX

Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en tres partes más un índice.

Índice - Parte I .Parte II - Parte III - Parte IV

 

Capítulo 5

Los actos de Aristodemo, general de Antígono en el Peloponeso. Los Dimeanos en Acaya buscan liberarse de la guarnición de Casandro: toman la ciudadela. Alejandro, hijo de Poliperconte, asesinado: encomio de Cratesípolis, su esposa. La crueldad de los Etolios. Casandro envía un ejército a Caria y a Aristóteles con una flota a Lemnos. Los actos del ejército de Casandro en Caria. Antígono deja a su hijo Demetrio en Siria para vigilar a Ptolomeo. Su marcha a Asia llena de problemas. Los asuntos de Sicilia. Desgobierno y crueldades de Acrotato en Sicilia. Los actos de Agatocles. Los asuntos de Italia.


LXVI. Cuando el anterior año se terminó, Nicodoro fue creado arconte de Atenas, y Lucio Papirio por cuarta vez y Quinto Publio por segunda vez cónsules de Roma (92) . En este tiempo Aristodemo, nombrado general por Antígono, conociendo la defección de Alejandro, el hijo de Poliperconte, después que hubo defendido la justicia de su causa ante el senado de los Etolios, les solicitó su ayuda para Antígono. Pasando luego al Peloponeso con los mercenarios, encontró a Alejandro con los Eleos asediando Cylene, y, para defender el lugar, se movió a Acaya y liberó Patras de la guarnición de Casandro, pero tomó a fuerza Egio, y, apoderado del lugar, estaba listo para restaurar a los de Egeas su libertad, según el anterior decreto, pero fue impedido por este suceso. Los soldados comenzaron a saquear la localidad, por lo cual muchos ciudadanos murieron y la mayor parte de la ciudad fue quemada hasta los cimientos.
Después de esto, navegó de vuelta a Etolia. Los Dymeos (93) , que estaban intimidados por una guarnición de Casandro sita en el castillo, separaron su ciudad de la ciudadela por una muralla construida en torno a ella, y, animándose unos a otros a levantarse por sus libertades, asediaron el castillo y lanzaron sobre él continuos asaltos. Conociendo esto Alejandro, vino contra ellos de súbito con su ejército, los repelió adentro de sus murallas, entró en la ciudad entremezclados sus hombres con los ciudadanos y tomó la ciudad. Algunos de los Dymeos fueron pasados por las armas, otros encarcelados y muchos desterrados. Después Alejandro se marchó y el resto de los ciudadanos permaneció tranquilo durante un poco tiempo, ya que, si bien estaban atemorizados por la magnitud de su reciente calamidad, no obstante deseaban el auxilio de sus aliados. Así, algún tiempo después, usaron a los mercenarios de Aristodemo, que marcharon hacia ellos desde Egio, asaltaron de nuevo la ciudadela, la expugnaron, liberaron la ciudad y ejecutaron a muchos de la guarnición y a aquellos de sus conciudadanos que favorecían la parcialidad de Alejandro.


LXVII. Mientras estos giros y cambios de fortuna tenían lugar, cuando Alejandro marchaba con su ejército hacia Sición, fue asesinado por Alexión, un Sicionio, y algunos otros, que simularon ser sus amigos. Su esposa Cratesípolis después de su muerte se hizo cargo de sus asuntos y mantuvo al ejército obediente. Su noble comportamiento y su generosidad fueron tales, que era sobremanera amada por los soldados, pues se esforzaba continuamente en prestar toda la ayuda que pudiera a aquellos que estaban en apuros, aliviar y apoyar a los que estaban en necesidad. Además, era una mujer de admirable prudencia en el manejo de los asuntos y de una valentía más allá del natural temperamento de su sexo. Porque cuando los Sicionios, despreciándola, después de la muerte de su marido, se levantaron en armas para recuperar su libertad se vengó aniquilando a multitud de ellos en el campo de batalla y crucificó a treinta de aquellos que había tomado como prisioneros. Y así, habiendo puesto en orden los asuntos de la ciudad, reinó sobre los Sicionios, teniendo bajo su mando a multitud de soldados prestos siempre a llevar a cabo cualquier misión, incluso la más arriesgada. Y este era entonces el estado y condición del Peloponeso.
Casandro, percibiendo que los Etolios ayudaban a Antígono y que estaban entonces enzarzados en guerra con sus vecinos los Acarnanianos, juzgó que la manera más probable que tenía de abatir a los Etolios era unirse a los Acarnanianos. Para este fin, partió de Macedonia con un gran ejército y llegó a Etolia, acampando cerca del río Camfilo (94) . Ahí invitó a los Acarnanianos a una reunión, donde expuso cómo éstos habían sido vejados durante muchas generaciones en el pasado por la guerra que les habían hecho sus problemáticos e ingobernables vecinos. Por ello les aconsejó que abandonaran sus pequeños fuertes y castillos, aunque estuvieran fortificados, y se asentaran en unas pocas ciudades, porque, dispersos y esparcidos como estaban en sus localidades, no podrían reunirse para ayudarse mutuamente cuando el enemigo en cualquier momento lanzara un súbito e inesperado ataque contra ellos. Los Acarnanianos siguieron el consejo y la mayoría de ellos se fue a Estratópolis, que era la ciudad más fuerte y grande de las suyas. Los Eniadas y algunos otros se asentaron en Saurión, y los Dorios con los demás en Agrinio.
Luego, Casandro dejó a su general Licisco en aquellos lugares con una considerable fuerza militar, con instrucciones de ayudar a los Acarnanianos, y él mismo marchó con su ejército a la ciudad de Leucades, a la que merced a un tratado atrajo como aliada. Entonces con una rápida marcha llegó súbitamente a Adria y tomó Apolonia al primer intento. De allí fue a Iliria, cruzó el río Hebro y luchó con Glaucias, el rey Ilirio y venció a su ejército (95) . Tras de esto, firmó la paz con él, bajo la condición de que no haría la guerra a ninguno de sus aliados. Entonces tomó Epidamno y, situando allí una guarnición, regresó a Macedonia.

LXVIII. Después que Casandro dejó Etolia, los Etolios se reunieron hasta un número de tres mil y sitiaron Agrinio rodeándola con un foso y un parapeto. Pero los habitantes que se asentaron allí procedentes del país negociaron y convinieron con el ejército Etolio que, entregada la ciudad, sus personas tendrían seguridad y serían libres para irse y abandonar el lugar. Con lo cual, garantizada su seguridad por juramentos, se marcharon. Pero, cuando estaban de camino, los Etolios artera y traicioneramente, cuando aquellos nada sospechaban, los persiguieron y mataron a casi todos.
Vuelto Casandro a Macedonia, tan pronto supo que las ciudades de Caria, que se habían aliado con Ptolomeo y Seleuco, estaban abrumadas por la guerra, envió allá un ejército para auxiliar a los aliados y a la par también para desviar la atención de Antígono, de modo que no pudiera tener oportunidad de venir a Europa. Ordenó por carta a Demetrio Falereo y a Dionisio, gobernadores de la fortaleza de Muniquia, que despacharan veinte navíos a Lemnos, los cuales al instante enviaron los barcos, bajo el mando de su almirante Aristóteles. Y, arribando a Lemnos, se encontró allí a Seleuco y su flota y convenció a los habitantes de que abandonaran a Antígono. Pero luego se retractaron de lo que antes habían convenido y por tanto les devastó y arrasó el país. Luego cavó un foso alrededor de la ciudad y la sitió.
Hacia este tiempo Seleuco llegó a Cos. Al saberlo, Dioscórides (96) , el almirante de la flota de Antígono, navegó a Lemnos y expulsó a Aristóteles de la isla y capturó muchos de sus barcos junto con todos sus hombres a bordo.
Asandro (97) y Prepalao (98) eran los generales de las fuerzas enviadas a Caria por Casandro, quien, averiguando que Ptolomeo, el general de Antígono en aquellos territorios, había distribuido su ejército entre los cuarteles de invierno (99) y que él mismo estaba ocupado en enterrar a su padre, envió a Eupolemo con ocho mil infantes y dos mil caballos a un lugar llamado Caprima, en Caria, para tender una emboscada a aquel allí. Pero Ptolomeo, teniendo noticia de ello por uno que se pasó a sus filas, reunió ocho mil trescientos infantes y seiscientos caballos de los cuarteles de invierno próximos y, cayendo hacia media noche sobre el campamento de los enemigos y encontrándolos a casi todos dormidos, tomó a Eupolemo prisionero y obligó a todos sus hombres a rendirse incondicionalmente. Y esta era entonces la situación de aquellos enviados por Casandro al Asia.

LXIX. Pero Antígono, percibiendo que Casandro ambicionaba la soberanía del Asia, dejó a su hijo Demetrio en Siria (100) , con órdenes de interceptar a los soldados de Ptolomeo, de quien sospechaba que estaban marchando con un ejército sobre Siria. Y para esta finalidad dejó con él a diez mil infantes mercenarios, dos mil Macedonios, quinientos de Licia y Panfilia, cuatrocientos arqueros y honderos Persas y más de cuarenta elefantes, y como consejeros suyos a cuatro, Nearco de Creta (101) , Pitón, hijo de Agenor (102) , que vino recientemente de Babilonia, Andrónico de Olinto (103) , y Filipo (104) , todos ellos hombres de edad madura y buen juicio, que habían servido ya a Alejandro en todas sus guerras. En efecto, Demetrio era sólo un joven de no más de veintidós años de edad. A Antígono, mientras pasaba con el resto de su ejército a través del monte Tauro, le cayó una gran nevada que le mató a muchos de sus hombres. Con lo cual regresó a Cilicia, donde encontró un mejor camino para atravesar la montaña y con poco daño para su ejército. Y así, viniendo a Celene en Frigia, puso a su ejército en los cuarteles de invierno (105) . Entonces convocó a la flota de Fenicia, cuyo era almirante Medio (106) , quien por casualidad se topó en su travesía con una escuadra de treinta y seis navíos de la ciudad de Pidna (107) , los venció y los capturó con todos sus hombres. De esta guisa andaban los negocios de Grecia y Asia en este tiempo.

LXX. Entretanto, en Sicilia, los exiliados de Siracusa, quienes estaban entonces en Agrigento, exhortaron a los más poderosos hombres de la ciudad a no tolerar que Agatocles apresara las ciudades, alegando que era mejor atacar al tirano cuando no era aún demasiado fuerte, que esperar hasta que tuviera un mayor poder y entonces ser forzados a luchar con él, cuando fuera más arriesgado. Con lo cual los Agrigentinos, aprobando este consejo, decretaron por sufragio la guerra contra Agatocles, y, uniéndose en alianza con los de Gela y Mesana, enviaron a algunos de los exilados a los Lacedemonios, con órdenes de solicitar que les fuera desde allí mandado un general, porque sospechaban que algunos de sus propios ciudadanos estaban demasiado inclinados a la tiranía, pero juzgaban que los extranjeros, si recordaban el gobierno de Timoleón el Corintio, manejarían mejor los asuntos públicos. Cuando arribaron, por tanto, a Laconia, encontraron a Acrotato, el hijo del rey Cleomenes, muy odiado por muchos de los jóvenes nobles en su patria y por ende muy deseoso de irse al extranjero, porque cuando los Lacedemonios, después de luchar contra Antípatro (108) , habían absuelto de toda recriminación por el desastre a aquellos que habían escapado de la batalla, él solo se opuso a la resolución, de modo que muchos se ofendieron contra él, especialmente aquellos que eran punibles según la ley. Y por este motivo se habían reunido y lo habían golpeado. Constantemente estaban conjurando contra él. Por ello, deseoso de un mando en el extranjero, de muy buena gana accedió a la petición de los Agrigentinos. Así, sin orden de los éforos, quienes eran los competentes para decidir sobre el viaje, navegó hacia Agrigento con unos pocos navíos, pero siendo arrastrado por una tormenta a Adria, arribó al territorio de los Apoloniatas, donde, encontrando la ciudad sitiada por Glaucias, rey de los Ilirios, persuadió al rey de que levantara el asedio y entrara en alianza con los Apoloniatas. Entonces navegó a Tarento y allí solicitó al pueblo que se uniera a él en el objetivo de restaurar a los Siracusanos sus antiguas libertades, y tanto los convenció, que decretaron ayudarlo con veinte barcos. En efecto, en base a su parentesco y a la nobleza de su familia, sus palabras fueron de mucho peso y crédito.

LXXI. Mientras los Tarentinos hacían los preparativos, él mismo navegó a Agrigento y allí asumió el mando del ejército. El pueblo albergaba grandes expectativas, concluyendo todos que dentro de poco se pondría fin a la tiranía, pero, al cabo de poco, claramente se evidenció que no era en absoluto digno ni de la nobleza de su cuna ni de la reputación de su país, sino que al contrario se hizo más cruel que los mismos tiranos, y así incurrió en el odio del pueblo. Asimismo abandonó las costumbres de su país en su manera de vivir y se entregó tanto a los placeres voluptuosos, que más parecía un Persa que un Espartano. Después que hubo gastado la mayor parte de los ingresos públicos, en parte por su desgobierno, en parte por sus desfalcos, al final invitó a Sosístrato (109) , el más eminente entre los exiliados y que había sido general del ejército, a cenar y traicioneramente lo asesinó, no teniendo el más mínimo cargo con que acusarle, sino sólo que pudiera quitarse de en medio a un hombre fuerte y valiente que podía ver y descubrir sus errores. Conocido este malvado acto al instante, todos los exilados reunieron tropas contra él y todos los demás lo abandonaron. En primer lugar lo depusieron del cargo e inmediatamente después lo intentaron lapidar. Para evitar la cólera del pueblo, huyó de noche y en secreto de vuelta a Laconia. Después de esto, los Tarentinos llamaron de regreso a la flota que habían antes enviado a Sicilia.
Por tanto los Agrigentinos, Gelenses y Mesanos (110) , por mediación del Amílcar (111) , el general Púnico, firmaron la paz con Agatocles, bajo estas condiciones: de las ciudades griegas en Sicilia Heraclea, Selinunte e Himera, pertenecerían a los Cartagineses, como lo habían sido antes; que todas las restantes, bajo el poder de los Siracusanos, serían libres para gobernarse conforme a sus propias leyes.

LXXII. Pero después Agatocles, cuando vio que no había peligro y que Sicilia estaba al abrigo de la aparición de un nuevo enemigo, cayó sobre las ciudades y sin ninguna dificultad las sometió. Y, conquistando así muchas en poco tiempo, afianzó su posición en el poder. En efecto, se hizo muy fuerte en el número de sus aliados, en la magnitud de sus ingresos anuales y en la fuerza de su poderoso ejército, porque, además de sus aliados y de los reclutados de entre los Siracusanos, tenía una tropa mercenaria de diez mil infantes y tres mil quinientos caballos. Asimismo se procuró toda clase de armas, previendo que los Cartagineses, que habían reprochado duramente a Amílcar haber hecho la paz, estarían a poco en guerra con él (112) . Y tal era el estado de Sicilia en este tiempo.
En Italia (113) los Samnitas, habiendo estado en guerra con los Romanos durante muchos años, tomaron Plástica (114) , donde había una fuerte guarnición Romana, y convencieron al pueblo de Sora de que masacraran a todos los Romanos que allí había y a que se aliaran con los Samnitas.
Después, mientras los Romanos estaban sitiando Saticula, los Samnitas cayeron sobre ellos con un poderoso ejército, decididos a levantar el asedio. A esto siguió un duro choque y, después de morir muchos por ambos bandos, los Romanos vencieron. Poco después expugnaron la ciudad y ocuparon otros varios castillos y ciudades de las proximidades. Y entonces la guerra pasó a las ciudades de Abulia (115) , donde los Samnitas reclutaron a todos los hombres en edad de llevar armas. Luego marcharon y acamparon cerca del enemigo, resueltos a vencer o morir. El pueblo de Roma, por tanto, para evitar lo peor, enviaron un gran número de soldados y, como estaban acostumbrados a elegir en épocas peligrosas a uno de los más nobles y eminentes como su general con pleno y absoluto poder y autoridad, nombraron a Quinto Fabio para esta honorable magistratura y a Quinto Aulio como magíster de caballería. Estos generales después lucharon contra los Samnitas en Laustulo (116) , donde sufrieron fuertes pérdidas y el ejército huyó estrepitosamente. Sólo Aulio, avergonzado por el deshonor, hizo frente a todo el ejército enemigo, no únicamente por la esperanza o expectativa de obtener la victoria, sino también para hacer manifiesto y palpable a todos, merced a su propio valor, que su país era invencible. No compartiendo por tanto con sus conciudadanos el deshonor de la huida, murió allí gloriosa y honrosamente.
Los Romanos entonces, temiendo perder toda Apulia, enviaron colonos a Luceria, la más famosa ciudad de todos aquellos lugares. Esto se mostró de gran ventaja para ellos, por las frecuentes incursiones hechas contra los Samnitas, porque gracias a los servicios y favorable posición de esta ciudad, no sólo vencieron en esta guerra, sino varias veces después. E incluso en nuestro tiempo han hecho uso constante de esta ciudad como una poderosa fortaleza y ciudadela de guerra contra todas las naciones vecinas.

 

Capítulo 6

Varias ciudades se rebelan; Lisímaco acude contra ellas. Filipo, general de Casandro, vence a Epirotas y Etolios. Casandro se concierta con Antígono. Antígono conquista las ciudades de Caria. Actos de Casandro en Grecia. Los Samnitas vencidos por los Romanos. Polemón enviado por Antígono a Grecia para liberar las ciudades. Los actos de Antígono y Casandro. Actos de Polemón en Grecia a favor de Antígono. Ptolomeo marcha sobre Cirene y Chipre; y luego contra Demetrio. La batalla con Demetrio en Gaza. Ptolomeo toma Tiro. Los hechos de los comandantes de Antígono en Grecia. Los Epirotas hacen a Alcetas rey, quien es vencido por Licisco, general de Casandro; y es vencido por aquel. Casandro marcha contra los Apoloniatas. Seleuco recupera Babilonia con un pequeño ejército. Demetrio vence a Ciles, general de Ptolomeo. Ptolomeo regresa a Egipto, después de devastar Samaria, Gaza, Joppa, etc. Ateneo enviado contra los Nabateos por Antígono. Las costumbres de los Árabes. Descripción de los Asfaltitas, o lago de Sodom. Demetrio enviado contra Seleuco en Babilonia. Las guerras entre los Romanos y los Samnitas en Italia. La conducta de Agatocles en Sicilia.


CLXXIII. Llegando a su fin los negocios de este año, Teofrasto fue creado arconte de Atenas, y Marco Petilio y Cayo Sulpicio cónsules en Roma (117) . El pueblo de Calantia, que habitaba aquellos lugares de la orilla izquierda del Ponto, expulsó la guarnición colocada por Lisímaco y recuperó su libertad. De la misma manera los Istrianos libertaron su ciudad y se aliaron con los pueblos vecinos para hacer juntos la guerra contra el príncipe. Los Tracios y los Escitas asimismo se unieron a sus vecinos, de modo que todas las tropas coligadas eran de tal fuerza, que podían hacer frente al más poderoso ejército.
Lisímaco, escuchando lo que había pasado, marchó con su ejército contra los rebeldes y, pasando por Tracia, cuando hubo llegado ante el monte Hemo, acampó cerca de Odessus, la bloqueó e hizo que los habitantes se consternaran y se entregaran a él. Asimismo sometió a los Istrianos del mismo modo y desde ese lugar partió contra los Calantinianos. Hacia este tiempo los Tracios y Escitas llegaron con un gran ejército para ayudar a sus aliados. Contra ellos se dirigió Lisímaco, les hizo frente y luchó contra ellos. Los Tracios estaban tan atemorizados, que se retiraron. Pero entabló combate con los Escitas y los venció, matando a gran número y expulsando al resto del país. Entonces sometió a duro asedio la ciudad de los Calantinianos, poniendo toda su inteligencia en el trabajo y preocupándose única y principalmente de cómo podía vengarse de los autores de la defección. Mientras estaba ocupado en este proyecto, nuevas le llegaron de que Antígono había enviado dos ejércitos para auxiliar a los Calantinianos, uno por tierra y otro por mar, y que el almirante Licón estaba con la flota en Ponto, y que Pausanias estaba acampado con un gran ejército en Hieron. Ante esto, Lisímaco estaba muy preocupado y así, dejando un considerable número de tropas para mantener el asedio (118) , rápidamente partió con la mayor parte de su ejército al encuentro del enemigo. Se abrió paso a través de territorio bárbaro, perdiendo gran número de sus hombres, pero muchos más los bárbaros.
Entonces cayó sobre Pausanias, encontrándolo en un lugar de difícil acceso, donde se había refugiado. Lo derrotó y, habiendo matado a Pausanias, liberó a algunos soldados por rescate y a los demás, que tomaron las armas contra él, los distribuyó entre sus tropas. Y así estaban las cosas de Lisímaco.

LXXIV. Antígono, cuando esta empresa fracasó, envió a Telésforo al Peloponeso con una flota de cincuenta barcos y un considerable número de soldados, con instrucciones de liberar todas las ciudades Griegas, para que pudieran vivir según sus antiguas leyes. Hizo esto, esperando ganar de este modo prestigio entre los Griegos por haber intentado realmente procurar y conservar para los Griegos sus libertades y por este plan, concluyó, averiguaría cómo estaban los asuntos de Casandro.
Por tanto, Telésforo, tan pronto como arribó al Peloponeso, fue a las guarniciones de Alejandro y las liberó todas, salvo Sición y Corinto, porque en estas ciudades Poliperconte había situado gran número de soldados, confiando en ellos y en la fortaleza de los lugares.
Entretanto Filipo (119) , enviado por Casandro como general a hacer la guerra contra los Etolios, tan pronto como llegó con su ejército a Acarnania, lo primero que hizo fue arrasar y saquear Etolia, pero no mucho después, oyendo que Eácidas, rey de Epiro (120) , que había vuelto a su reino, había reclutado un fuerte ejército, marchó contra él a toda velocidad. Con ello intentaba vencerlo antes de que los Etolios se le unieran. Y encontrando a los Epirotas listos para el combate, entabló con éstos batalla, mató a multitud de ellos y tomó muchos prisioneros, entre los cuales estaban unos cincuenta de la facción que había restaurado a Eácidas. A éstos los envió encadenados a Casandro (121) . Después, las vencidas tropas de Eácidas se reagruparon y se unieron a los Etolios. Filipo cayó sobre ellos y los derrotó por segunda vez, con muerte de muchos, entre los que estaba el mismo Eácidas (122) .
Habiendo sufrido tan grandes desastres en tan poco tiempo, los Etolios estaban tan atemorizados, que abandonaron sus ciudades no fortificadas y huyeron con sus mujeres e hijos a la seguridad de las montañas, donde era muy difícil que vinieran contra ellos. Y esta conclusión tuvieron los negocios de Grecia en este tiempo.

LXXV. En cuanto al Asia, Asandro, el sátrapa de Caria, aunque era el principal gobernador allí, sin embargo, superado por el peso de la guerra firmó con Antígono un tratado bajo estos términos: que entregaría a todos los soldados a Antígono y concedería la libertad a todas las ciudades Griegas, para que se rigieran conforme a sus leyes, y que conservaría la provincia que antaño poseyó como por concesión de él, y que en adelante sería leal amigo de Antígono.
Y para asegurar el fiel cumplimiento de estas cláusulas, entregó a su hermano Agatonas como rehén, pero al poco se arrepintió de lo que había hecho y recuperó a su hermano de las manos de aquellos que lo tenían bajo custodia y envió un embajador a Ptolomeo y a Seleuco para pedirles que le mandaran ayuda con toda rapidez. Por ello Antígono se enojó mucho y mandó fuerzas por tierra y mar con órdenes liberar a todas las ciudades y nombró a Medio almirante de la flota y a Dócimo general de las fuerzas terrestres.
Acudiendo a Mileto estos comandantes, persuadieron a los habitantes a levantarse por sus libertades. Expugnaron la ciudadela con la guarnición dentro y restauraron las antiguas leyes de su ciudad.
Entretanto Antígono sitió y tomó Tralles. Luego se presentó ante la ciudad de Cauno y, enviando su flota, la tomó también, salvo el castillo, en torno al cual cavó una trinchera y lanzó continuos asaltos contra él en aquellos puntos por donde consideraba que había más probabilidades de entrar. Envió a Ptolomeo (123) a la ciudad de Iasus, con un considerable ejército. Éste regresó junto a Antígono felizmente, viniendo de nuevo todas las ciudades de Caria a su dominio.
Pocos días después, llegaron embajadores de los Etolios y los Beocios, con los que Antígono se alió. Pero, yendo al Helesponto a tratar con Casandro sobre la paz, regresó sin lograr nada, pues no pudieron llegar a ningún acuerdo. Con lo cual Casandro, abandonando toda esperanza de arreglo, decidió ordenar sus asuntos en Grecia. Para este fin fue con una flota de treinta navíos a la ciudad de Oreo (124) , y la sometió a asedio. Mientras estaba atacándola vigorosamente y a punto de expugnarla al asalto, refuerzos aparecieron para ayudar al pueblo de Oreo: Telésforo desde el Peloponeso con veinte navíos y mil soldados, y Medio desde Asia con cien barcos. Vieron las naves de Casandro bloqueando el puerto y les arrojaron fuego, quemando cuatro y destruyendo casi todos; pero cuando llegaron refuerzos para ayudar a los vencidos desde Atenas, Casandro navegó contra el enemigo, que estaba con la guardia baja. Cuando entablaron combate, hundió un barco y capturó tres con sus tripulaciones. Y así estaban entonces los asuntos en Grecia y en Ponto.

LXXVII. En Italia (125) , los Samnitas devastaron y saquearon las ciudades de Campania que estaban ayudando a sus enemigos, pero los cónsules Romanos marcharon hacia aquellos lugares con un ejército, para auxiliar a sus aliados. Y así, acampando cerca de Tarracina, frente al enemigo, despejaron los temores de la ciudad. Unos pocos días después, los ejércitos de ambos bandos se formaron en orden de batalla y se trabaron en un sangriento combate, en el que cayeron muchos de los dos lados, pero al final los Romanos, penetrando a través de la línea principal de sus enemigos, los derrotaron completamente y los persiguieron largo rato, y mataron a más de diez mil.
Al mismo tiempo los Campanos, ignorantes de esta batalla y despreciando a los Romanos, se rebelaron. Con lo cual el pueblo de Roma inmediatamente envió un fuerte ejército contra ellos al mando del general Cayo Manio, con poderes plenos y absolutos, al cual se le unió, según la costumbre de los Romanos, Manio Fulvio como magíster de caballería. Acampados los Romanos con su ejército cerca de Capua, los Campanos a lo primero decidieron luchar contra ellos, pero después, sabiendo de la derrota de los Samnitas, y pensando que los Romanos caerían sobre ellos con todo su ejército, hicieron la paz con ellos. Para ello, entregaron a los cabecillas del levantamiento, quienes, después de ser interrogados, evitaron la sentencia condenatoria suicidándose. Pero las ciudades fueron perdonadas y así volvieron a su antigua alianza (126) .

LXXVII. Terminado el año anterior, Polemón fue arconte de Atenas y fueron cónsules en Roma Lucio Papirio por V vez y Cayo Junio por II vez (127) . En este año se celebró la Olimpiada centésima decimoséptima, en la que Parmenión de Mitilene ganó la carrera del estadio. En esta época Antígono envió a su general Ptolomeo a Grecia para proclamar la libertad de todas las polis Griegas y con él ciento cincuenta barcos de guerra, bajo el mando de Medio, su almirante, a bordo de los cuales iban cinco mil infantes y quinientos caballos. Habiendo concluido una alianza con los Rodios, recibió de éstos asimismo diez barcos de guerra, para ayudar en la restauración de las libertades de las ciudades Helenas. Hacia el mismo tiempo Ptolomeo arribó al puerto de Beocia, llamado Bathys (128) , con toda la flota, y recibió de la Liga Beocia dos mil doscientos infantes y mil trescientos caballos. Llamó asimismo a la flota desde Oreo y fortificó Salganea (129) y allí reunió todo su ejército, porque tenía esperanzas de que los Calcidios se unieran a él, los cuales eran los únicos Eubeos que albergaban una guarnición del enemigo. Pero Casandro sospechaba de Calcis y por ello levantó el asedio de Oreo y partió para allá.
Informado Antígono de que los ejércitos en Eubea estaban acampados uno frente al otro, llamó a Medio con la flota a Asia y de inmediato reunió sus fuerzas y a marchas forzadas avanzó hacia el Helesponto con el designio de cruzar a Macedonia, de modo que o bien pudiera apoderarse del reino mientras Casandro estaba ocupado en Eubea y el país estaba carente de defensas suficientes, o bien forzándole a regresar en defensa del reino él pudiera entonces impedirle que prosiguiera la guerra en Grecia y obligarle a trabajar por la conservación de sus asuntos más cerca de casa.
Pero Casandro, entendiendo lo que planeaba, dejó a Plistarco guardando Calcis, y él mismo partió con todo el ejército y tomó Oropo al asalto y persuadió a los Tebanos a que fueran sus aliados y firmó una tregua con los demás Beocios. Y habiendo hecho esto, dejó a Eupolemo defendiendo Grecia, y regresó a Macedonia con su mente llena de preocupaciones sobre el cruce del enemigo a este país.
Cuando Antígono llegó a la Propóntide, solicitó a los Bizantinos mediante embajadores que se unieran a él como aliados, pero se demostró que había allí al mismo tiempo agentes de Lisímaco, urgiéndoles a no hacer nada contra éste o contra Casandro. Por ello, los Bizantinos resolvieron quedarse quietos en casa y estar en paz y amistad con ambas partes por igual.
Este desafortunado suceso paró cualquier progreso de Antígono en este asunto. Esto, junto con la proximidad del invierno, hizo que distribuyera a sus soldados en las ciudades de alrededor en cuarteles de invierno (131) .

LXXVIII. Entretanto, los Corcirenses auxiliaron a los de Apolonia y Epidamno, dejaron a los soldados de Casandro marcharse bajo tregua, y a continuación devolvieron a los de Apolonia sus antiguas libertades, pero entregaron Epidamno a Glaucias, rey de los Ilirios.
Pero Ptolomeo, general de Antígono, ante el regreso de Casandro a Macedonia y la consternación que se respiraba en Calcis, logró que la ciudad se le entregara, y así liberó a los Calcidios de tener que albergar otra guarnición, con el objeto de que todos pudieran saber que Antígono era sincero y que realmente estaba decidido a restaurar las libertades de todas las ciudades Griegas, porque era una ciudad de gran importancia e interés para aquellos que deseaban tenerla como base para luchar por la hegemonía.
Polemón asimismo tomó Oropo y se la entregó a los Beocios e hizo a todos los soldados de Casandro prisioneros. Después de ganarse a los Eretrios y Caristianos como aliados, condujo su ejército al Ática, siendo entonces principal magistrado de la ciudad Demetrio Falereo, porque aquellos Atenienses que deseaban la restauración de sus antiguas leyes habían enviado no mucho antes en secreto legados a Antígono para tener trato con él con esa finalidad. Y estando así más resueltos y animados por la proximidad de Ptolomeo a la ciudad, obligaron a Demetrio a firmar una tregua y enviaron un legado a Antígono para acordar una alianza con él.
Desde el Ática Ptolomeo marchó a Beocia y tomó la Cadmea y libertó a los Tebanos de esta guarnición. De ahí pasó a la Fócide y, sometiendo allí varias ciudades, expulsó las guarniciones de Casandro en todos los lugares a los que llegaba. Entonces invadió la Lócride y, como los Opuntianos eran de la parcialidad de Casandro, los sitió y trató de forzar el lugar con asaltos continuos (132) .

LXXIX. Hacia el mismo tiempo (133) , los Cireneos se sublevaron contra Ptolomeo, rey de Egipto, y asediaron la ciudadela allí muy violentamente, que parecía que la iban a tomar al poco. Y cuando mensajeros procedentes de Alejandría trataron de persuadirlos de que desistieran, los decapitaron y se dedicaron al asalto de la ciudadela más fieramente que antes. Ptolomeo, conmocionado sobremanera por esta razón, mandó a cierto Agis, uno de sus capitanes, a aquel lugar con un ejército y además una flota para asistirlo por mar bajo el mando de Epeneto. Agis, dirigiendo la guerra contra esos rebeldes, tomó Cirene al asalto y puso en prisión a los autores de la sedición y luego los envió encadenados a Alejandría y desarmó al resto. Y habiendo ordenado de esta manera las cosas allí, volvió a Egipto.
Ptolomeo, después de tener este éxito en Cirene, se embarcó y con su flota pasó de Egipto a Chipre contra aquellos que se rebelaron contra sus reyes. Se apoderó de Pigmalión, a quien encontró en contactos con Antígono, y lo ejecutó. Entonces capturó a Praxipo, rey de los Lapitas y príncipe de Cerinia (134) , quien era sospechoso de rebelde, y lo depuso rápidamente. Asimismo capturó a Estasieco, el reyezuelo de Marion, y, destruyendo su ciudad, trasladó a los habitantes desde allí a Pafos. Hecho esto, nombró a Nicocreonte comandante de todo Chipre y le dio las ciudades, junto con los ingresos de todos los reyes a los que había expulsado de sus dominios, y luego marchó con su ejército a la Siria Superior, tomando y saqueando Posideo y Potami Caron. Ejecutado lo cual, fue rápidamente a Cilicia y tomó Malos, y vendió a los habitantes como esclavos, y devastó toda la región circundante. Habiendo enriquecido a todo su ejército con un rico botín, navegó de vuelta a Chipre. Compartió con sus soldados todos los azares y peligros, de modo que estimuló sus ánimos con su ejemplo, presto con buena gana y disposición a afrontar toda clase de dificultades.

LXXX. Entretanto, Demetrio, hijo de Antígono, se mantuvo en Celerisia, esperando la venida del ejército Egipcio, pero cuando supo de la captura de tantas ciudades, puso a Pitón al mando de aquellos lugares, dejándole sus infantes pesados y elefantes, y él mismo, con su caballería y unidades de soldados ligeros, se apresuró a acudir a Cilicia para ayudar a aquellos que allí estaban en apuros. Sin embargo, llegando demasiado tarde, se encontró con que el enemigo ya se había ido, de modo que regresó con celeridad a su campamento, perdiendo muchos caballos por el camino, pues en seis días partió de Malos, marchó durante veinticuatro días, con sus correspondientes etapas, de modo que, por su inmoderada velocidad de marcha, ninguno de sus servidores y mozos de cuadra pudo acompañarlos.
Ptolomeo, por tanto, viendo que todo iba en todas partes como quería, por el momento retornó a Egipto. Pero no mucho después, convencido por Seleuco, a causa del odio que tenía a Antígono, decidió avanzar sobre Celesiria y allí probar con Demetrio. Por tanto, reuniendo su ejército, fue de Alejandría a Pelusio, con dieciocho mil infantes y cuatro mil caballos, de los que algunos eran Macedonios y algunos mercenarios, pero un gran número eran Egipcios, de los que algunos servían llevando dardos, y otros el bagaje del ejército, y algunos como soldados. Habiendo cruzado el desierto de Pelusio, acampó cerca de la antigua ciudad de Gaza, en Siria, no lejos del enemigo.
Demetrio, por otra parte, convocó a todo su ejército de los cuarteles de invierno (135) y lo hizo congregarse en Gaza para esperar la llegada de los enemigos.

LXXXI. Sus amigos le aconsejaron no luchar con tan gran general, quien tenía la ventaja de un ejército mucho más numeroso, pero rechazó su consejo y confiado se preparó para la batalla, aunque entonces era un mero muchacho e iba a enzarzarse en un combate tan peligroso sin su padre. Llamando a los soldados que estaban en armas, subió a una plataforma elevada y se quedó en pie como si estuviera asombrado y estupefacto. Ante lo cual, los soldados gritaron a una: “Sé valiente”, y al instante se hizo un profundo silencio antes de que el heraldo pudiera ordenarlo, pues, a causa de que había asumido sólo recientemente el mando supremo, nadie había sido ofendido por su conducta, ni en relación a los asuntos civiles ni en los militares, lo que es frecuente en muchos de los viejos generales, cuando en un determinado momento pequeñas ofensas se combinan para producir la queja de todos. Porque al vulgo no le agrada durante mucho tiempo las mismas cosas, y cualquier cosa que se hace vieja con el uso, toma un gusto agradable al cambiar. Y además, la expectación por su llegada al reinado, siendo su padre ahora viejo, aunó en su sucesión el mando supremo y el buen deseo del pueblo. Sin embargo, era correcto y atractivo, y, vestido con la armadura regia, aparecía con tal majestad que cautivaba a quienes lo veían con respeto y reverencia, y levantaba los ánimos del ejército con altas expectativas de las grandes cosas que vendrían. Asimismo era de una disposición afable, convirtiéndose en un príncipe juvenil, por lo que se ganó el amor de todos, ya que incluso aquellos que aún no se habían encuadrado en las unidades regulares acudían a él para recibir sus órdenes, estando muy preocupados por su juventud y la peligrosa batalla que al poco se celebraría. En efecto, no sólo iba a tentar la fortuna de la guerra contra un número mayor de soldados, sino además contra los más eminentes y expertos generales de la época, Ptolomeo y Seleuco, quienes habían sido oficiales bajo Alejandro en todas sus guerras y habían sido a menudo generales de sus propios ejércitos, nunca vencidos hasta ese día.

LXXXII. Demetrio, por tanto, después que se hubo atraído a los soldados con palabras triunfales y corteses, y hubo prometido premios adecuados a los méritos de cada hombre, dispuso el ejército en orden de batalla. En el ala izquierda, donde él mismo tenía la intención de estar, situó primero doscientos jinetes selectos, entre los cuales, con otros de la nobleza, estaba Pitón, quien había servido bajo Alejandro, y había sido creado general de todas las fuerzas por Antígono, y compañero suyo de todas sus cuitas. En el frente colocó tres unidades de caballería y otras tantas a su lado para apoyarlas. A cierta distancia de este flanco había otras tres unidades de Tarentinos, para que quinientos jinetes lanceros y cien Tarentinos pudieran estar cerca como guardia personal del rey. A continuación estaban ochocientos caballos, que eran llamados Compañeros; después de estos mil quinientos oriundos de diversas naciones; y delante de todo el flanco treinta elefantes como guardia, alineados con soldados ligeros, de los cuales mil eran jabalineros y arqueros, y quinientos honderos Persas. Y de esta manera estaba desplegada el ala izquierda, con la que pretendió abrir el combate. A continuación se alineaba el cuerpo principal del ejército, que consistía en once mil infantes, de los que dos mil eran Macedonios, mil Licios y Panfilios, y ocho mil mercenarios.
En el flanco derecho colocó el resto de la caballería, hasta un número de mil quinientos, bajo el mando de Andrónico, quien tenía órdenes de mantenerse en una línea oblicua y sostener un combate continuo con ella, observando entretanto cómo le iban las cosas a Demetrio. El resto de los elefantes, hasta trece, fueron situados delante del principal cuerpo de infantería, alineándolos con tantos soldados ligeros como fuera suficiente. Y de esta manera desplegó Demetrio su ejército.

LXXXIII. En cuanto a Ptolomeo y Seleuco, al principio se dedicaron a situar sus mejores fuerzas en el ala izquierda, no sabiendo qué planeaba el enemigo. Pero, siendo después informados por sus exploradores qué hacía Demetrio, de inmediato se desplegaron de tal modo que las mejores tropas estuvieran en el ala derecha y así pudieran luchar en mejores condiciones con Demetrio en el flanco izquierdo de éste. Así, en este ala fueron alineados tres mil de los mejores caballos, entre los cuales ellos mismos tenían la intención de colocarse. Antes de estos fueron situados aquellos que llevaban unas estacas con punta de hierro unidas entre sí con cadenas, preparadas contra el asalto de los elefantes, pues, extendidas aquellas en toda su longitud, era cosa fácil de este modo frenar su avance. En el frente de este flanco estaban situados soldados ligeros, que tenían instrucciones de hostigar a los elefantes y a sus conductores con dardos y flechas en cuanto llegaran. El ala derecha estaba así desplegada, y el resto del ejército estaba ordenado de la forma que la presente ocasión requería mejor. Entonces hicieron al ejército avanzar con un gran clamor contra el enemigo. Preparado éste por su parte en orden, la batalla comenzó con la caballería en los frontales de ambas alas, donde los Demetrianos se llevaron la mejor parte, pero poco después, los Ptolemaicos y los Seleucidas, habiendo rodeado el flanco, lanzaron una violenta carga con todas sus unidades, por lo cual, merced a la resolución de ambas partes, se siguió un reñidísimo combate. Al primer encuentro lucharon con sus lanzas. Cuando muchos estaban muertos y otros tantos heridos, por ambos bandos, entonces pelearon con sus espadas y, luchando allí en tropel, atravesándose unos a otros con estocadas, cayeron multitud.
Los generales, exponiéndose a los mayores peligros, dirigieron a sus hombres y exhortaron a sus tropas a mantenerse firmes como valientes soldados. La caballería, que estaba situada para guardar los flancos, estaba toda compuesta de hombres bravos y aguerridos, y, teniendo a sus generales, que peleaban a su lado, como testigos de su valor, se esforzaban en destacarse sobre los demás conmilitones suyos.

LXXXIV. Y entonces, cuando el combate ecuestre había permanecido largo tiempo dudoso, los elefantes, hechos avanzar por los Indios, desencadenaron tan terrible ataque, que parecía imposible que fuerza alguna pudiera mantenerse contra ellos. Pero cuando llegaron ante la barrera de púas de hierro, los jabalineros y arqueros hostigaron mucho a las bestias y a sus conductores. Avanzando aún incitados por los Indios, algunos de los elefantes se lanzaron sobre las estacas de hierro, por causa de las cuales, además de por la multitud de dardos y flechas que los atormentaban, padecían tal dolor y sufrimiento, que causaron un tumulto y confusión terribles, pues estas criaturas, en lugares llanos y lisos, arrasan con todo lo que tienen por delante, pero en aquellos sitios que son agrestes y escarpados, no son de ninguna utilidad o servicio, por la blandura de sus pezuñas. Ptolomeo, previendo sabiamente cuánta ventaja tendría esta línea de púas, frustró de esta manera la furia y fiereza de las bestias. Al final, la mayoría de los Indios que los dirigían estaban muertos y todos los elefantes capturados. Ante esto, la mayoría de la caballería de Demetrio estaba tan consternada, que al instante huyó. Él mismo fue abandonado con unos pocos que le seguían. Pero, no pudiendo con todos los argumentos que pudo encontrar, persuadir a sus hombres de mantenerse en sus posiciones y de no abandonarlo, se vio obligado asimismo a retirarse. Una gran parte de la caballería que le seguía, se retiró en buen orden y se mantuvo en perfecto estado hasta llegar a Gaza, de modo que ninguno de sus perseguidores osó caer precipitadamente sobre ellos. En efecto, siendo el campo una planicie larga y plana, gozaban de más libertad para marchar y retirarse en orden. Algunas unidades de infantería, pensando que lo mejor era abandonar sus filas y mirar por sí mismos, abandonaron sus armas y siguieron a la caballería.
Hacia el atardecer Demetrio pasó por Gaza, pero una parte de la caballería lo abandonó e ingresó en la ciudad con el propósito de sacar algo del bagaje. Estando las puertas abiertas, las calles llenas de animales de carga y todos ocupados en coger y llevarse sus bienes, se produjo tal desorden y embotellamiento en las puertas, que, ante la aproximación de las tropas de Ptolomeo, fue imposible cerrarlas para impedir su entrada. Así, penetrando el enemigo en la ciudad, ésta cayó en manos de Ptolomeo.

LXXXV. Tal fue el desenlace de esta batalla. Demetrio, sin demorarse, hacia medianoche llegó a Azotus, habiendo cabalgado unos doscientos setenta estadios desde el campo de batalla (136) . Desde allí envió un heraldo para pedir los cadáveres de los caídos, estando muy deseoso de rendir los últimos honores a aquellos que estaban muertos. Muchos de los nobles que le habían acompañado estaban allí muertos, entre los cuales, el más eminente eran Pitón, que tenía el mismo cargo que él, y Beoto, quien durante mucho tiempo había vivido con su padre Antígono y era conocedor de todos sus planes y partícipe de todas sus decisiones. Murieron en esta batalla, en el bando de Demetrio, unos quinientos (137) , la mayoría de ellos jinetes, y los mejores de la nobleza; y más de ochocientos prisioneros.
Ptolomeo y Seleuco no sólo le permitieron enterrar los cadáveres, sino que le devolvieron su tienda de campaña con todo su mobiliario, y a aquellos de los prisioneros que pertenecían a su casa, libres y sin rescate. Sin embargo, le hicieron saber que ellos luchaban con Antígono no por tales cosas, sino porque no había devuelto a los gobernadores el mando de aquellas provincias que habían sido conquistadas por sus ejércitos coaligados en la guerra primero contra Perdicas y luego contra Eumenes; también porque, después de haber renovado su alianza con Seleuco, había privado a éste, muy injustamente y contra todo derecho, de su provincia de Babilonia. A los demás prisioneros Ptolomeo los envió a Egipto, con órdenes de distribuirlos entre los diversos nomos (138) .
Después que Ptolomeo hubo enterrado con gran pompa y solemnidad a aquellos de sus soldados que habían muerto en la batalla, marchó con su ejército contra las ciudades de Fenicia, asediando algunas y persuadiendo a otras a rendirse. Demetrio, entretanto, no pudiendo oponer resistencia, despachó un mensajero con cartas a su padre, rogándole acudiera rápido en su auxilio; y él mismo marchó a Trípoli en Fenicia y llamó a los soldados que estaban como guarnición en Cilicia y en otras partes remotas y muy distantes del enemigo para que acudieran a él.

LXXXVI. Pero Ptolomeo, después que hubiera obtenido el control del país, se atrajo a Sidón a su bando y luego, acampando cerca de Tiro, exigió a Andrónico, jefe de la guarnición, que le rindiera la ciudad, haciéndole grandes promesas de riquezas y honores. Pero no sólo respondió que nunca traicionaría la confianza que Antígono y Demetrio habían depositado en él, sino que además empleaba muchas palabras injuriosas contra Ptolomeo; pero al poco fue sorprendido por un motín de sus propios soldados y cayó en manos de Ptolomeo. Andrónico no esperaba por tanto otra cosa que la muerte por su negativa a entregar la ciudad así como por su insultante lenguaje. Pero Ptolomeo no sólo le perdonó las injurias, sino que lo recompensó mucho y lo contó en el número de sus amigos y lo favorecía honorablemente. Porque este príncipe era de una disposición muy afable y gentil, y muy amable y generoso, lo que contribuyó mucho a acrecentar su poder y a elevar su honor y reputación, y animaba a muchos por este motivo a unirse a él como sus aliados y auxiliares. En efecto, había recibido honorablemente a Seleuco cuando fue expulsado de Babilonia e hizo que éste y el resto de sus amigos participaran con él en la abundancia y prosperidad de la que él disfrutaba. Así, cuando Seleuco pidió algunas fuerzas suyas para ir con él a Babilonia, de buen grado se las dio, y además le prometió que le ayudaría en todo lo que estuviera en su mano hasta que hubiere recuperado su antigua provincia. De esta manera se encontraban los asuntos de Asia en aquel tiempo.

LXXXVII. En Europa, Telésforo, el almirante de Antígono, quien entonces estaba con la flota en Corinto, viendo cómo Ptolomeo era preferido antes que él, y que todos los asuntos de Grecia eran confiados a la decisión de aquel, acusó a Antígono por aquel motivo y vendió cuantos barcos tenía consigo (139). Luego eligió a todos aquellos de sus soldados que querían unirse a aquel en sus propios planes de futuro y comenzó a ejecutarlos. Hecho esto, afectando tener todavía amistad con Antígono, entró en Elis, fortificó la ciudadela y esclavizó la ciudad. Asimismo saqueó las riquezas de Olimpia y se apoderó de cincuenta talentos de plata, con los cuales reclutó mercenarios. Y así Telésforo, a causa de su envidia por la promoción de Ptolomeo, traicionó a Antígono.
Pero Ptolomeo, el general de Antígono en Grecia, tan pronto como supo de la defección de Telésforo y que éste se había apoderado de la ciudad de Elis y saqueado los templos de Olimpia, marchó con un ejército al Peloponeso. En llegando a Elis, destruyó la ciudadela que había sido fortificada y devolvió a los Eleos su libertad y el dinero al Dios.
Después, siguió los pasos de Telésforo, de modo que reconquistó Cilene, donde Telésforo había puesto una guarnición y se la devolvió a los Eleos.

LXXXVIII. Entretanto, mientras ocurrían estas cosas, los Epirotas, muerto su rey Eácidas, entregaron el reino a Alcetas (140) , quien antes había sido desterrado por su padre Arimbo. Este Alcetas era un inveterado enemigo de Casandro y por tanto Licisco (141) , el general de Casandro en Acarnania, marchó sobre Epiro con un ejército, esperando que lo depondría fácilmente, con lo cual los asuntos del reino estuvieran más o menos bien ordenados.
Licisco para este propósito acampó en Casopia. Alcetas envió a sus hijos, Alejandro y Teucro, a todas las ciudades para reclutar tantos soldados como pudieran. Y él mismo avanzó con cuantas fuerzas tenía y cuando vino cerca del enemigo se detuvo, aguardando la llegada de sus hijos.
Pero Licisco, quien le excedía con mucho en número, lo atacó, y los Epirotas, muy atemorizados, se pasaron al enemigo (142) . Traicionado de este modo Alcetas, huyó a Eurimenas, una ciudad de Epiro. Mientras estaba duramente sometido a asedio en este lugar, llegó Alejandro con socorro para liberar a su padre. A esto siguió un duro combate, donde muchos de los hombres de Licisco fueron muertos, entre los cuales, además de otras personas de gran valor, estaban Micito, un experto oficial, y el Ateniense Lisandro, gobernador de Casandro en Leucade.
Después, llegó Deinias (143) para auxilio de los vencidos y una segunda batalla tuvo lugar, en la cual Alejandro y Teucro fueron derrotados. Éstos, junto con su padre, huyeron a una fortaleza que había en las cercanías como refugio. Licisco de inmediato conquistó Eurimenas, la saqueó y la arrasó.

LXXXIX. En ese momento, sabiendo Casandro de la derrota de sus fuerzas, pero sin tener noticia de la victoria que luego obtuvieron, se apresuró a ir al Epiro a socorrer a Licisco. Pero cuando fue sabedor qué bien habían resultado las cosas para sus intereses, firmó la paz y se alió con Alcetas. Entonces con parte de su ejército fue a Adria, para asediar a los Apoloniatas, quienes habían expulsado su guarnición y se habían unido a los Ilirios. Pero los habitantes no estaban en absoluto alarmados, y habiendo solicitado la ayuda de sus aliados, se desplegaron en orden de batalla delante de sus murallas. A esto siguió una dura y larga batalla, pero los Apoloniatas, superando a sus contrincantes en número, los pusieron en fuga. Casandro entonces, habiendo perdido a muchos de sus hombres, carente de fuerzas bastantes, y percibiendo que se acercaba el invierno, regresó a Macedonia (144) .
Después de su partida, los Leucadianos, ayudados por los Corcirenses, expulsaron la guarnición de Casandro. En cuanto a los Epirotas, estuvieron tranquilos bajo el gobierno regio de Alcetas por un tiempo, pero cuando se hizo más severo y tiránico, lo asesinaron junto con sus hijos, Hesioneo y Niso, quienes entonces eran sólo unos muchachos.

XC. En Asia, Seleuco, tras la derrota de Demetrio en Gaza en Siria, recibiendo de Ptolomeo no más que ochocientos infantes y doscientos caballos (145) , partió para Babilonia con tal confianza como para creer que, aunque no tuviera con él ningún ejército, sin embargo sería capaz de entrar en las provincias superiores con solos sus amigos y sirvientes, verdaderamente confiado de que los Babilonios a causa de su antiguo afecto y parcialidad hacia él acudirían a apoyarlo, y de que ahora tenía una clara oportunidad de lograr sus proyectos, estando Antígono con su ejército a gran distancia del lugar.
Sin embargo, aunque continuó con tal confianza, sin embargo, sus amigos que estaban con él, viendo el escaso número de sus soldados, el gran poder de sus enemigos contra los que estaban marchando, la abundancia de provisiones y el número de aliados por los que eran abastecidos y equipados, estaban muy desanimados. Observando Seleuco esto, se dirigió a ellos de esta guisa: los generales y camaradas de Alejandro, en las expediciones de guerra, llegaron a confiar no sólo en la fuerza de las armas y la influencia de la riqueza, sino en su arte y prudencia militar a través de las cuales lograron grandes y maravillosas cosas, que habrán de ser recordadas por todos para siempre. Añadió que era por el contrario deber de todos ellos más bien confiar en los Dioses que les habían asegurado que esa expedición sería victoriosa. Pues les dijo: que al consultar el oráculo de los Branquidas, hacía algún tiempo, el Dios le llamó rey, y que Alejandro se le apareció en sueños y claramente le mostró la dignidad real a la que en su debido tiempo accedería (146) . Y también declaró: que todo el que fue grande y glorioso entre los hombres siempre iba a estar expuesto a peligros y riesgos. Y además, tratando a sus soldados equitativa y amigablemente era honrado por todos, y todos estaban deseosos de arrostrar con él el riesgo de esta empresa tan peligrosa.

XCI. Entonces partió con ellos a Mesopotamia. Allí se encontró con los Macedonios que estaban viviendo en Carras y a algunos de ellos por persuasión y a otros por la fuerza los hizo unirse a él en la expedición. Tan pronto como entró en Babilonia, los habitantes acudieron a él en tropel, y le ofrecieron sus servicios, pues se había comportado antes de la forma más solícita durante los cuatro años en que fue gobernador de la provincia, para atraerse de esta manera la buena voluntad del pueblo y asegurarse una ventaja, si en algún momento posterior se viera en la ocasión de luchar por el mando supremo. Poliarco también acudió a él, el cual ejercía algún tipo de cargo entre los Babilonios, con unos mil hombres completamente armados. Pero aquellos que estaban por Antígono, cuando percibieron la general e irresistible inclinación de la multitud hacia aquel, huyeron a la ciudadela, que era mandada por Dífilo. Y Seleuco se puso al instante a sitiarla, y habiéndola tomado por asalto, liberó a sus hijos y amigos que Antígono, cuando Seleuco por temor había huido de Babilonia a Egipto, había metido en prisión. Hecho esto, comenzó a reclutar soldados en el país, y, habiendo adquirido caballos, los distribuyó entre los que eran aptos para montarlos. Y además, comportándose con equidad y afabilidad con todos, consiguió que estuvieran listos para compartir con él cualquier riesgo, y así en poco tiempo recuperó todo su gobierno de Babilonia.

XCII. Pero luego, Nicanor, a quien Antígono había hecho gobernador de Media, marchó contra él con diez mil infantes y setecientos caballos. Y Seleuco sin tardanza fue a su encuentro, llevando consigo en total poco más de tres mil infantes y cuatrocientos caballos; y pasando por el río Tigris, cuando supo que el enemigo no estaba lejos, ocultó a sus hombres en unas marismas cercanas, pretendiendo caer sobre el enemigo desprevenido. Éstos, cuando llegaron a orillas del Tigris, no encontraron a nadie y acamparon cerca de una posta real, sin adivinar lo cerca que estaba el enemigo. Pero la noche siguiente, por causa de una vigilancia negligente y un desprecio por el enemigo, no mantuvieron la debida atención y Seleuco cayó sobre ellos, causándoles gran tumulto y pánico. Esto ocurrió así porque cuando los Persas entraron en combate, Evagro (147) , su general, con varios otros de sus generales fueron muertos. Después de esto, la mayor parte del ejército de Nicanor, por motivo del presente peligro en que estaban así como por el disgusto que sentían por el gobierno de Antígono, lo abandonó y se pasaron a las filas de Seleuco. Entonces Nicanor, al que sólo que quedaban unos cuantos soldados y temía que al siguiente encuentro lo entregaran a Seleuco, se escabulló con algunos de sus amigos y huyó a través del desierto. Habiendo de este modo Seleuco obtenido un poderoso ejército, y continuando con la misma forma de comportarse con todos sus soldados como antes, fácilmente hizo que las provincias de Media, Susa y otras colindantes se le sometieran. Y envió a Ptolomeo cartas de cómo había tenido éxito, habiendo logrado poner todo el poder y majestad real en sus manos.

XCII. Ptolomeo continuó aún en Celesiria después de la gran victoria obtenida sobre Demetrio, quien supo que había regresado de Cilicia y estaba acampado en la Siria Superior. Por ello envió a uno de sus nobles, llamado Celes, un Macedonio, con un gran ejército, ordenándole que o lo expulsara completamente de Siria o que lo copara y destruyera allí donde estuviera. Mientras estaba de camino, Demetrio supo por sus exploradores que Celes estaba despreocupadamente con su ejército en Myus. Dejando sus bagajes detrás de él, marchó con sus soldados equipados a la ligera, caminó toda la noche, y poco antes del amanecer cayó sobre el campamento enemigo, lo expugnó sin combate y capturó a Celes. Por esta victoria se consideró que se había desquitado por su anterior derrota (148) . Pero porque juzgaba que Ptolomeo estaba llegando con todo su ejército, puso su campamento en un lugar donde tenía una ciénaga a un lado y al otro un lago. Demetrio escribió cartas de este éxito suyo a su padre Antígono pidiendo le enviara un ejército rápidamente o bien que acudiera él mismo en persona a Siria. Antígono estaba entonces en Celene en Frigia, y habiendo leído la carta estaba maravillosamente contento con la noticia, porque la victoria se había obtenido gracias a la conducta de su hijo, el cual era muy joven, y por ello había mostrado ser un hombre digno de llevar la corona desde ese momento. Sabidos estos sucesos, él mismo marchó con su ejército desde Frigia y habiendo cruzado el monte Tauro en pocos días se reunió con Demetrio.
Ptolomeo, sabiendo de la venida de Antígono, convocó un consejo de guerra para decidir si era mejor quedarse donde estaba e intentar medirse con él en Siria o retornar a Egipto y luchar con él desde allí, como había hecho antes con Perdicas. El resultado del consejo fue que no debería arriesgarse enzarzándose con un ejército mucho más numeroso que el suyo, que tenía tal multitud de elefantes y al mando de un general hasta entonces invicto, y que era mucho más seguro para él luchar en Egipto donde estaría mejor aprovisionado que el enemigo, y contaría con lugares poderosos en los que confiar. Decidido a abandonar Siria, antes de irse devastó y destruyó las principales ciudades que en ese momento estaban en su poder, como Achon en la Siria fenicia, y Joppa, Samaria y Gaza en Siria. Entonces, tomando consigo todo cuanto del país pudiera llevarse o transportar, regresó a Egipto cargado de riquezas.

XCIV. Antígono, cuando hubo recuperado toda Siria y Fenicia sin combatir, se dirigió al país de los Árabes, llamados Nabateos (149) , porque pensaba que éstos nunca habían favorecido sus planes; nombró general a uno de sus nobles, llamado Ateneo, le dio cuatro mil infantes y seiscientos caballos, y le ordenó que atacara a aquellos y que trajera de ese país cuanto botín pudiera.
Es adecuado a nuestro relato referir aquí las costumbres de esos Árabes, por las cuales han estado seguros y conservado su libertad. Viven en los llanos y en campo abierto, llamando a este desierto su patria, donde no hay habitantes, ríos o manantiales donde un ejército enemigo pudiera abastecerse. Es ley entre ellos ni cultivar árboles frutales ni plantar grano ni construir casas ni beber vino, y aquel que es descubierto haciendo alguna de estas cosas es seguro que morirá por ello. Y la razón de esta ley es porque consideran que aquellos que poseen tales cosas son fácilmente obligados a transigir con la voluntad y sentimiento de los más poderosos por temor de perder lo que tienen o la esperanza de ganar más. Algunos de ellos crían camellos, otros se emplean en apacentar ovejas, ambulando de un sitio a otro en esos desiertos con tal propósito. Mientras hay muchas tribus Árabes que se dedican al pastoreo de ganado en los desiertos, sin embargo los Nabateos son mucho más ricos que los demás, si bien su número no pasa de diez mil. Muchos de ellos suelen trasportar incienso, mirra y otros ricos perfumes hasta la costa, con los cuales trafican, y que a su vez reciben de los que traen esas mercaderías desde la Arabia Eudemon (150) . Aprecian y valoran altamente su libertad, y cuando algún poderoso ejército los invade, al instante huyen al desierto como a un poderoso castillo para su refugio, pues, no habiendo allí agua para beber, nadie puede seguirlos a través de esos desiertos, pero ellos tienen una segura e intacta vía de retirada merced a ollas y vasijas escondidas en el suelo y preparadas de antemano, porque el suelo es arcilla pura, bajo la cual hay piedra blanda, en la que cavan grandes cavernas muy estrechas en su entrada, pero que se van agrandando según se profundiza, hasta que al final vienen a tener una longitud de un pletro. Estas cavernas son llenadas hasta la entrada con aquellas vasijas que contienen agua. Luego cubren todo para asemejarlo con el resto del suelo y ponen ciertas señales con las que encontrar el lugar, no reconocibles para nadie salvo para ellos mismos. El ganado, llevado con ellos, bebe tanta agua como puede para tres días, para que, mientras estén huyendo a través de lugares secos y áridos, no tengan que parar ninguna vez para abrevar su ganado.
Su comida consiste en carne, leche y raíces. Para beber, como tienen abundancia de miel silvestre y pimienta, los mezclan con agua para tal propósito.
Asimismo hay otra clase de Árabes, algunos de cuales se emplean en la cría de animales de granja, venta de grano y otra clase de provisiones, y son parecidos a los Sirios en todas las demás cosas, salvo en lo de vivir en casas.


XCV. Tales son, pues, las costumbres de los Árabes. Cerca había un punto de reunión de esos Árabes, adonde todas las naciones circundantes suelen acudir, como a un mercado común, para vender sus mercaderías y comprarles los productos de su país. A este mercado iban entonces los Nabateos, dejando sus riquezas y a los ancianos con sus esposas e hijos, en lo alto de una roca (151). El lugar era muy fuerte, pero sin murallas, y distante dos días de los lugares habitados. Ateneo, aprovechando la oportunidad, marchó rápidamente a esta roca y, habiendo salido de la provincia de Idumea, recorrida una distancia de dos mil doscientos estadios en tres días y tres noches, se apoderó del lugar pasada la medianoche. De los soldados que allí estaban, a unos los pasó por las armas, a otros los tomó prisioneros, y a los que estaban heridos los abandonó. Y se llevó la mayor parte de su mirra e incienso, y unos quinientos talentos de plata, y, permaneciendo allí no más de tres horas, por temor a que los naturales se le echaran encima, regresó al instante. Y habiendo recorrido doscientos estadios, no podían caminar más por el extremo cansancio y por ello descansaron, sin prestar atención ni poner guardias, presumiendo que los naturales no les podrían alcanzar ya en menos de dos o tres días. Pero los Árabes, recibiendo información de algunos que habían visto el ejército, al instante se congregan, dejan el mercado y retornan a la roca, donde, informados más por lo menudo de todo lo que había pasado por los heridos, de inmediato persiguieron a los Griegos a toda velocidad. Y como los hombres de Ateneo no mantenían vigías y, después de la larga marcha, estaban cansados y dormían profundamente, algunos de los prisioneros se escaparon. Cuando se encontraron con sus compatriotas les hicieron conocedores de dónde estaba el campamento enemigo, se apresuraron al lugar y, llegando a ellos a las tres de la mañana, asaltaron el campamento, siendo en número de ocho mil, y a la mayoría de las tropas enemigas les cortaron las gargantas mientras dormían en sus tiendas, y a los restantes, que opusieron resistencia, los mataron con sus jabalinas. En suma, destrozaron por completo a la infantería y solos cincuenta de la caballería lograron huir y éstos en su mayoría heridos. Y así Ateneo, aunque empezó bien, sin embargo, por causa de su imprudencia, perdió todo al final. Y por eso algunos, no sin motivo, son de la opinión de que es más fácil sacar provecho de algún infortunio que actuar con prudencia en medio de éxitos extraordinarios. En efecto, la adversidad, por el temor de los daños que pueden venir a continuación, pone al hombre en guardia para dirigir más cuidadoso sus asuntos; pero en la prosperidad, los hombres muchas veces se entregan a una gran negligencia y falsa seguridad.

XCVI. Los Nabateos, habiéndose así vengado de sus enemigos, recuperaron sus bienes y regresaron a la roca. Y, mediante una carta escrita a Antígono en caracteres Siríacos, se quejaron de Ateneo y del mal que les había hecho, y justificaron su acción. A éstos Antígono respondió, diciéndoles astutamente que Ateneo estaba ya bien servido, echándole la culpa de lo que había hecho, y asegurándoles que no le había dado tales órdenes. Hizo esto para ocultar lo que realmente estaba planeando contra ellos y para hacerles bajar la guardia, de modo que pudiera así lograr más fácilmente lo que ahora estaba proyectando, porque, sin alguna estratagema, no era cosa fácil derrotar a hombres que estaban continuamente deambulando de acá para allá, y tenían el desierto como refugio y cobijo inaccesible en extrema necesidad.
Los Árabes, al recibir esta carta, se alegraron de que pareciera por el momento estar libres de grandes temores, pero no terminaban de confiar completamente en lo escrito en su carta. Así, estando entre la esperanza y el temor, situaron espías en torres de vigía y en otros altos lugares, desde donde pudieran ver fácilmente a lo lejos, cuando algún enemigo hiciera una incursión contra Arabia. Y ellos mismos pusieron todas las cosas a punto, esperando acontecimientos.
Pero Antígono, habiéndose por un tiempo comportado como un amigo de esos bárbaros, juzgó entonces que tenía una clara oportunidad de caer sobre ellos, después de atraerlos, por así decir, a su cebo. Para este fin escogió de todo su ejército a cuatro mil infantes ligeros y a los más rápidos que pudo encontrar, a los cuales añadió cuatro mil de caballería, diciéndoles que tomaran alimentos para tantos días como pudieran llevar, y tales que no necesitaran cocinarse. Asignando a su hijo Demetrio el mando, los envió hacia la primera vigilia de la noche, con este encargo, que por todos los medios se vengara de aquella gente.

XCVII. Demetrio, por tanto, marchó tres días a través del desierto, apresurándose para atacarlos desprevenidos. Pero sus exploradores, percatándose de la llegada del enemigo a sus fronteras, de inmediato dieron noticia de esto a sus compatriotas. Por este motivo se fueron sin tardanza a su roca, donde había un solo acceso y éste labrado por obra humana, y allí pusieron su bagaje y situaron una guardia suficiente para protegerlo. Y los demás se fueron llevándose sus ganados, unos a un lugar, otros a otro, en el desierto. Demetrio, cuando llegó a la roca y vio que se habían llevado sus rebaños, comenzó de inmediato el asedio, pero aquellos que estaban dentro se defendieron valientemente, por la ventaja del lugar, y durante todo el día el combate les fue favorable, de modo que Demetrio se vio obligado al final a retirarse. Al día siguiente, cuando se aproximó de nuevo con sus fuerzas a la roca, uno de los bárbaros gritó: “¿Qué tienes, rey Demetrio? o ¿qué te ha provocado a hacernos la guerra a nosotros, que habitamos el desierto y en lugares donde no hay agua, grano, vino o cosa alguna que desees? Pero en cuanto a nosotros, que no podemos tolerar bajo ningún concepto ser esclavos, nos hemos asentado en un país privado de todas las cosas que son de absoluta necesidad para todos los demás hombres, y elegimos vivir en soledad, como las bestias del campo, sin hacer ningún mal a ninguno de vosotros. Por tanto, te rogamos a ti Demetrio y a tu padre, que no nos causéis perjuicio, sino que aceptéis algunos presentes, os vayáis de aquí con el ejército y contéis a los Nabateos en el número de vuestros amigos para el futuro. Ni podéis estar aquí muchos días, aunque tengas una voluntad tan grande como para hacerlo, por causa de la falta de agua y de todo lo demás necesario, ni podéis forzarnos a cambiar nuestro modo de vida, aunque quizás tú puedas tomar a algunos desanimados prisioneros, que nunca soportarán ser puestos bajo el poder de otras leyes y formas de vida” (152).
Dicho esto, Demetrio retiró su ejército y manifestó su deseo de que le enviaran embajadores para tratar de esos temas. Por ello, los Árabes mandaron a sus ancianos, quienes, usando los mismos argumentos que los antedichos, persuadieron a Demetrio de aceptar los regalos que eran de la mayor estima y valor entre ellos, y así pusieron fin a la guerra.

CXVIII. Después que le entregaron rehenes y los regalos que habían sido convenidos entre ellos, Demetrio se retiró de la roca y así, retrocediendo con su ejército trescientos estadios, acampó cerca del Lago Asfaltites (153) , cuya naturaleza no es adecuado pasarla por alto sin dar un relato sobre ella.
Se sitúa en medio de la provincia de Idumea y se extiende a lo largo en quinientos estadios, pero en ancho tiene tan sólo sesenta estadios (154) . El agua es muy amarga y hedionda, de modo que ningún pez ni criatura alguna que suele encontrarse en el agua vive allí. Y aunque muchos ríos notables de agua muy dulce vierten sus aguas en este lago, sin embargo permanece corrupto e insalubre al gusto y al olfato, como lo era antes. Cada año surgen de él grandes y pesados trozos de betún y brea, a veces de más de tres pletros cuadrados y a veces de un poco menos de uno (155) . Por esto los bárbaros que habitan la zona llaman toros a los trozos más grandes y terneros a los más pequeños. Estos trozos de brea y azufre, flotando sobre el agua, parecen desde lejos muchas islas. Hay signos evidentes que preceden y dan noticia de la aparición de esta materia bituminosa, al menos veinte días antes, porque el hórrido olor del azufre y de la brea infectan el aire alrededor del lago a muchos estadios de distancia, y todos los metales, sea oro, plata o cobre, que están cerca del lugar, mutan su color natural, que al instante lo recuperan tan pronto como el azufre se evapora. Los lugares que colindan al lago están tan cálidos, por razón del azufre que hay bajo tierra, y exhalan tal fetidez, que los habitantes padecen muchas enfermedades y viven poco tiempo. Sin embargo, el país de alrededor, regado por muchos ríos agradables y manantiales frescos, abunda en palmerales. En cierto valle cercano a este lugar crece lo que llaman Bálsamo (156) , del que obtienen fuertes ingresos, puesto que esta planta no crece en ningún otro lugar del mundo y es muy usado por los médicos para el tratamiento y curación de las heridas y otras enfermedades.

XCIX. Los habitantes a ambas orillas de este lago se afanan tanto en extraer este azufre, que luchan unos con otros, y lo cogen de una forma extraña, sin barcos, pues lo recogen en enormes fardos de cañas atadas. sobre éstos se montan no más de tres hombres, de los cuales dos mueven los remos que están amarrados a las cañas y el tercero porta arco y flechas para defenderse contra los que intentan dirigirse hacia ellos desde la otra orilla o hacerles alguna violencia. Tan pronto como llegan al trozo de asfalto, se sitúan sobre él, lo extraen en piezas con hachas, como trozos de piedra sacadas de una cantera, lo cargan en la balsa y luego navegan de regreso. Si alguno se cae al agua, por romperse la balsa, nunca se hunde, como en otras aguas, aunque no sepa nadar, sino que permanece sobre el agua como si fuera el mejor nadador del mundo, porque este lago sostiene en su superficie cualquier cosa animal o vegetal; incluso si estas cosas son sólidas, o parecen no tener porosidades, como plata, oro, plomo o semejantes, también tardan más en hundirse que cuando son arrojadas a otras aguas. Y los bárbaros sacan de ello este provecho y beneficio. Transportan esta brea a Egipto y allí la venden, para su empleo en el embalsamamiento de los muertos. En efecto, si no mezclan esta sustancia con otras especies aromáticas, los cuerpos no pueden ser conservados mucho de la putrefacción.

C. Antígono, al regreso de Demetrio, habiendo escuchado la relación de su viaje, le echó la culpa de hacer la paz con los Nabateos, diciendo que aquellos bárbaros, habiendo así escapado, se harían más insolentes que antes, concluyendo que aquellos habían sido perdonados no por la compasión del vencedor sino por haberse perdido la esperanza de vencerlos. Le encomendó explorar el Lago Asfalites, viendo que de allí pudiera obtener algunos ingresos anuales, y creó al historiador Jerónimo de Cardia su tesorero para manejar esos ingresos, y le ordenó construir barcos y recoger todo el betún que pudiera del lago, pero Antígono en este caso vio frustradas sus esperanzas, pues los Árabes, en número de seis mil, cayeron sobre ellos cuando estaban en sus barcos reuniendo este asfalto, y mataron a casi todos con sus flechas. Por ello Antígono perdió toda esperanza de lograr ningún ingreso permanente de este modo y se abstuvo de intentarlo de nuevo tanto por el fracaso ya experimentado como porque tenía asuntos de más peso e importancia de los que ocuparse.
En efecto, hacia este tiempo le vino un correo, que le traía cartas de Nicanor, el gobernador de Media, y de otros, de que Seleuco había regresado y prosperaba en aquellos territorios. Por ello Antígono, muy preocupado por las satrapías superiores, envió a su hijo Demetrio, con cinco mil infantes Macedonios, diez mil mercenarios y cuatro mil caballos, con la orden de que marchara ante las murallas mismas de Babilonia y, habiendo recuperado esta provincia, prosiguiera desde allí hasta el mar. Demetrio, por tanto, partió desde Damasco en Siria y procedió a cumplir enérgicamente las instrucciones de su padre (157) . Pero Patrocles, a quien Seleuco había nombrado gobernador de Babilonia, tan pronto supo que Demetrio estaba de camino hacia Mesopotamia, no osando esperar su llegada, porque sólo tenía unas pocas tropas, ordenó a los demás dejar la ciudad y que, cruzando el Éufrates, algunos huyeran al desierto y otros fueran más allá del Tigris hacia la provincia de Susa junto a Euteles (158) y al mar Pérsico (159) ; y él mismo, con los soldados que tenía junto a sí, confiando en los obstáculos que supondrían los ríos y los diques de aquellas tierras colindantes como defensa, se mantuvo dentro de los límites de su propia satrapía y estudió cómo emboscar al enemigo, mandando continuamente correos a Seleuco en Media de cómo le iban las cosas y solicitándole que le enviara rápido ayuda.
Demetrio, cuando llegó a Babilonia y encontró la ciudad vacía de habitantes, comenzó al instante a asediar la ciudadela. Habiendo tomado uno de los baluartes, dio el botín allí encontrado a sus soldados, pero habiendo sitiado otro durante algunos días, se apresuró a irse, dejando a Arquelao, uno de sus mejores amigos, la prosecución del asedio con cinco mil infantes y mil caballos, y él mismo, viendo que el tiempo que su padre le había marcado para finalizar el encargo se agotaba, regresó con el resto del ejército a Asia Menor.

CI. Mientras estas cosas estaban sucediendo, las guerras entre los Romanos y los Samnitas continuaban aún en Italia (160) , donde se producían incursiones diarias de unos en los territorios de los contrarios, asedios de ciudades y acantonamiento de ejércitos por ambas partes, porque las dos más belicosas naciones de Italia estaban luchando por ver quién obtendría el imperio y el mando soberano. Por este motivo se celebraron muchas grandes batallas entre ellos.
Al final, los cónsules de Roma, con una parte de sus fuerzas, acamparon frente al enemigo, esperando una buena oportunidad para atacarlo, y de este modo proteger a sus ciudades aliadas de ataques e irrupciones. Con el resto del ejército el dictador Quinto Fabio (161) tomó la ciudad de los Fregelanos, se apoderó de las personas más notables que eran enemigos de los Romanos, hasta un número de más de doscientos, se los llevó a Roma, y los exhibió como público espectáculo en el foro; y cuando los hubo azotado, según la costumbre Romana, los decapitó. Asimismo hizo una incursión en los territorios del enemigo, expugnó Calatia y la fortaleza de Nola (162) , con abundancia de botín, y distribuyó una buena parte del país en lotes entre los soldados. Los Romanos entonces, animados por estos éxitos, que sucedían según su deseo, dedujeron una colonia en la isla llamada Pontia (163) .

CII. En cuanto a Sicilia, después que Agatocles hubiese formado la paz con los Sicilianos, salvo con los de Mesana, los exilados de Siracusa huyeron todos a esta ciudad, porque juzgaron que ésta era la única que se mantenía firme contra aquel. Agatocles, por tanto, con toda celeridad se dedicó a arruinar tal alianza y para este fin envió a Pasifilo, su general, con un ejército, a Mesana, con órdenes secretas de hacer lo que entendiera más adecuado y pertinente a las circunstancias que se encontrara. Así, ingresó en el país de súbito y, después de tomar muchos prisioneros y mucho botín, pidió a los Mesanos paz y amistad y que les iría mejor si permanecían al margen que si se unían a los enemigos implacables de Agatocles.
Por esto, los Mesanos, esperando librarse de la guerra sin luchar, expulsaron a todos los exiliados Siracusanos y recibieron a Agatocles con su ejército en la ciudad, el cual a lo primero se comportó respetuosa y amistosamente con todos y les solicitó que admitieran en su ciudad a aquellos exilados que había en su ejército y que habían sido por ellos, según sus leyes, antaño desterrados, restituyéndoles sus derechos.
Pero después mandó buscar a aquellos de Tauromenium y Mesana que antes se habían opuesto a su gobierno y los ejecutó, hasta un número de seiscientos, porque, pretendiendo hacer la guerra a los Púnicos, decidió deshacerse de todos aquellos que considerara sus enemigos en Sicilia. Por tanto, los Mesanos, viendo aniquilados a sus principales ciudadanos que se habían opuesto al tirano y que ellos mismos habían expulsado a aquellos extranjeros que les habían sido favorables y que habían sido su principal fuerza contra aquel, y que habían sido obligados a recibir a aquellos que antes habían sido condenados por sus notorios crímenes, se arrepintieron mucho de lo que habían hecho, pero, por causa del miedo al poder del conquistador, se vieron obligados a resignarse.
De ahí marchó Agatocles primero a Agrigento, planeando apoderarse también de esta ciudad, pero, como los Cartagineses habían llegado recientemente allí con una flota de sesenta navíos, desistió y dejó aquel proyecto, pero devastó y saqueó los territorios de los Púnicos, y capturó algunas de sus fortalezas al asalto, y se apoderó de otros por negociación.

CIII. En medio de esta confusión Dinócrates (164) , general de los exilados Siracusanos, solicitó la ayuda de los Púnicos antes de que Agatocles hubiera sometido toda Sicilia a su poder; acogió a todos aquellos exiliados que los Mesanos habían expulsado de su ciudad y, teniendo así un gran ejército, envió a Ninfodoro, uno de sus mejores amigos, con parte del ejército a la ciudad de los Centoripianos (165) , porque este lugar albergaba una guarnición de Agatocles y algunos ciudadanos habían decidido traicionarlo, bajo la condición de que se les permitiera regirse según sus propias leyes. Hecho este acuerdo, ingresaron en la ciudad de noche, pero los principales comandantes de la guarnición dieron alarma al instante y mataron a Ninfodoro y a todos los demás que habían traspasado las murallas. Agatocles hizo uso de este suceso como fundamento para acusar a los Centoripianos de conjuración contra su gobierno y decapitó a todos aquellos a los que suponía líderes de la defección.
Mientras estaba ocupado en estas cosas, los Cartagineses entraron en el puerto de Siracusa con una flota de cincuenta navíos, pero todo lo que hicieron fue hundir dos barcos de transporte, uno de los cuales pertenecía a los Atenienses, y cortar las manos de aquellos que estaban a bordo, lo cual fue considerado como un ejemplo de extrema crueldad hacia aquellos que nunca les habían hecho la más mínima injuria. De hecho, la Divinidad puso esto de manifiesto, porque poco después algunos barcos, que fueron apartados del resto de la flota y desviados hacia el Brutio, cayeron en manos de los generales de Agatocles, y aquellos Fenicios que fueron capturados recibieron el mismo castigo que ellos habían inflingido a sus prisioneros.

CIV. Pero Dinócrates, general de los exiliados, teniendo con él más de tres mil infantes y dos mil caballos, se apoderó de la ciudad llamada Galeria, invitado por sus habitantes, y expulsó a aquellos que estaban a favor de Atagocles, y luego acampó ante las murallas de la ciudad.
Agatocles de inmediato envió contra él a Pasifilo y a Demófilo, con cinco mil hombres, que lucharon con los exilados, cuyos generales eran Denócrates y Filonides, que mandaban cada cual un flanco. La batalla se mantuvo incierta largo tiempo, mientras ambos ejércitos se esforzaban al máximo. Pero Filonides fue muerto y su ala huyó; asimismo Dinócrates fue obligado a retirarse y Pasifilo mató a muchos de ellos en la huida y recuperó Galeria. Hecho esto, ejecutó a los autores de la defección.
Agatocles, enterado de lo que había ocurrido, decidió atacar con todo su ejército a los Cartagineses, que se habían apoderado entonces de la colina llamada Ecnomos en el territorio de Gela. Para este fin, se dirigió hacia ellos sin dilación y tan pronto como llegó ante ellos les ofreció batalla, ensoberbecido por el éxito de su reciente victoria. Pero los bárbaros no se atrevieron a luchar, con lo cual, suponiendo que era el absoluto vencedor sin combatir, regresó a Siracusa y adornó los principales templos con el botín. Y estas fueron las acciones de este año, referidas en la extensión que hemos considerado necesaria.

 

Notas..


92)Nicodoro fue arconte en 314/13 a. C. Los cónsules del 315 a. C. son referidos por los Fastos Capitolinos como L. Papirio Cursor y Q. Publilio Filón, ambos por cuarta vez. Volver

93) Dyme es una ciudad en la parte occidental de Acaya. Volver

94) Afluente del Aqueloo. Volver

95)Justino, 15.2.1-2, da un relato diferente de esta campaña. El río Hebro en Iliria parece por lo demás desconocido. Volver


96)Un sobrino de Antígono. Volver


97) Vide nota crítica. Asandro llegó a ser gobernador de Caria en 323 a. C., continuaba en el poder en 321 a. C. como sátrapa de este territorio. Volver


98)Prepilao había sido enviado por Casandro al hijo de Poliperconte, Alejandro, en un exitoso esfuerzo para separarlo de Antígono. No vuelve a ser citado después de esta campaña hasta el 303 a. C., cuando mandaba la guarnición de Corinto a favor de Casandro (libro 20.103.1). Volver


99) Invierno del 314/13 a. C. Volver


100)Vida Plutarco, Demetrio, 5.2; Apiano, Guerras Sirias, 54. Volver


101)Nearco fue un amigo de la infancia de Alejandro (Arriano, Anábasis, 3.6.5; Plutarco, Alejandro, 10.3), quien le había acompañado en su campaña a oriente y mandado la flota a la vuelta. En 323 a. C. fue puesto al mando de un viaje de exploración en torno a Arabia, pero este proyecto fue abandonado a la muerte de Alejandro (Arriano, Anábasis, 7.25.4; Plutarco, Alejandro, 68). Sirvió bajo Antígono en 317 a. C. y pidió junto a Demetrio que Eumenes fuera perdonado (Plutarco, Eumenes, 18.3). Volver


102)Este Pitón había sido dejado como Alejandro como sátrapa de la baja India (Arriano, Anábasis, 6.15.4) y había permanecido allí (libro 18.3.3; 39.6) hasta que fue llamado por Antígono en 316 a. C. para ser sátrapa de Babilonia (cap. 56.4). No ha de ser confundido con Pitón el guardia, condenado a muerte por Antígono en 316 a. C. (cap. 46.3-4) o con Pitón el sátrapa de Media (libro 18.3.1; 39.6). Volver


103) Nada se sabe de su servicio bajo Alejandro. Sirvió bajo Antígono en el asedio de Tiro en 315 a. C. (cap. 59.2). Volver


104)Nada se sabe de los primeros pasos de su carrera, pero puede ser el Filipo que recibió Bactriana y Sogdiana en 323 a. C. (libro 18.3.3). Diez años más tarde aún servía lealmente a Antígono (libro 20.107.5). Volver

105) Invierno del 314/13 a. C. Volver.


106)Medio sirvió bajo Alejandro, jugando un importante rol después de la muerte de Hefestión (libro 17.117.1). Fue acusado de envenenar a Alejandro (Arriano, Anábasis, 7.27.2), y después de la muerte de Alejandro sirvió bajo Pérdicas (Arriano, Sucesores, 24.6) y luego se unió a Antígono. Volver.


107)Pidna es un error. Posiblemente deberíamos leer “de Ptolomeo” o “de Policlito”, que era un almirante de Ptolomeo. Volver


108)Batalla de Megalópolis, 331 a. C. en que Agis III fue vencido y muerto (libro 17.62-3). Volver


109) Casi con seguridad el mismo que el Sóstrato de los caps. 3-5. Era el líder del partido oligárquico en Siracusa y se convirtió en uno de los Seiscientos en la época en que Agatocles se hizo tirano, escapando de la muerte merced a la huída. En el cap. 3.3, Diodoro, siguiendo una fuente democrática, lo describe como una persona que “había pasado la mayor parte de su vida en conjuras, asesinatos y grandes impiedades”, en claro contraste con el elogio que recibe en este pasaje, probablemente basado en Timeo. Volver


110) Pero en 102.1 se dice que Mesana quedó excluida de la paz. Volver


111)Se había mostrado antes favorable a Agatocles (Justino, 22.2.6). Posiblemente ha de ser identificado con el Amílcar que había combatido contra Timoleón (Plutarco, Timoleón, 25). Volver

112)Amílcar fue acusado de traición y murió antes de la sentencia (Justino, 22.3.2-7). Volver

113)Livio 9.21-23. Volver


114)O Plostia, de ubicación desconocida. Volver


115) Así rezan los Manuscritos. Sin embargo, Sora está en la parte sureste del Lacio, Saticula en la frontera entre Campania y Samnio, y Laustulo domina la vía marítima desde el Lacio a Campania. Por ello, quizás, habría que leer “Campania”. Volver


116)Llamada Lautula por Livio (9.23.4-5), quien dice que fue una batalla empatada, pero admite que algunas de sus fuentes la consideran una derrota en la que Aulio perdió la vida. según Livio, Fabio unos días después obtuvo una gran victoria, pero esta segunda batalla es desconocida para nuestro historiador. Volver


117) Teofrasto fue arconte en 313/12 a. C. En los Fastos Capitolinos los cónsules del 314 a. C. son M. Petilio Libón y C. Sulpicio Longo por tercera vez (Livio, 9.24.1). Volver


118)No se sabe el resultado del asedio. En 310 a. C., los Calantianos aún resistían a Lisímaco aunque con muchas dificultades (libro 20.25.1). Volver

119) Este es probablemente el hermano menor de Casandro, quien, como uno de los coperos de Alejandro, fue acusado por Olimpíade de haberlo envenenado (Justino, 12.14.6). Después de esta campaña desaparece de la historia; un hijo, Antípatro, fue rey de Macedonia durante 45 días en 281-80 (Porfirio, FGrH, 260.3.10). Volver


120)Fue exiliado junto con su padre por Filipo pero regresó al poder con ayuda de Olimpíade. Después de la muerte de Alejandro apoyó a Olimpíade y a Poliperconte (cap. 11.2), su celo finalmente le enajenó la voluntad de su pueblo y le causó un segundó exilio (cap. 36.2-4). Parece haber regresado a Etolia con Poliperconte en 316 a. C. (cap. 52.6). Volver

121) Pausanias (1.11.4) cuenta que esta batalla tuvo lugar en Oeniadae. Volver


122) Su hijo Pirro, el último rey del Epiro, fue adoptado y criado por Glaucias, rey de Iliria, quien parece haber estado vinculado a él de alguna forma (Plutarco, Pirro, 3; Justino, 17.3.16-19). Volver

123)Sobrino de Antígono. Volver

124)En el extremo septentrional de Eubea. Volver

125) Livio 9.26-27. Volver

126) Para esta rebelión vide Livio, 9.26.5-7, donde, empero, el dictador y el magíster de caballería son llamados respectivamente C. Menio y M. Folio. Volver

127) Polemón fue arconte en 312/11 a. C. En los Fastos Capitolinos los cónsules para el 313 son L. Papirio Cursor por V vez y C. Junio Bubulco Bruto por II vez (Livio, 9.28.2). Los sucesos relatados en caps. 77-80 aún pertenecen al año 313 a. C. Volver


128)Esto es, el Profundo, en el Euripo, cerca de Áulide. Volver


129)Una ciudad en la costa oriental de Beocia, que dominaba la entrada septentrional del Euripo (Estrabón, 9.2.9). Volver


130) Hijo de Antípatro y hermano de Casandro (Plutarco, Demetrio, 31.5; Libro 20.112; Pausanias, 1.15.1). Volver


131)Invierno del 313/12 a. C. Volver


132)Opus fue probablemente conquistada, pero nada al respecto se dice en nuestras fuentes. Volver


133) Verano del 313 a. C. Volver

134) Es muy probable que el nombre del gobernante de Cerinia se haya perdido en los manuscritos. Lapitia y Cerinia están cerca de la mitad de la costa septentrional de Chipre. Volver

135)Invierno del 313/12 a. C. Volver


136)Unos 47 km. Volver

137)Plutarco, Demetrio, 5.2, dice que cayeron 5.000 hombres. Volver


138) Llámanse así las provincias egipcias. Volver

139)Telésforo era probablemente un sobrino de Antígono; y Ptolomeo sin duda lo era. Volver

140)Alcetas, un hermano mayor de Eácidas, había sido desterrado a causa de sus desenfrenos (Pausanias, 1.11.5). Volver

141) fue puesto al mando del Epiro por Casandro en 316 a. C. (cap. 36.5), y de Acarnania en 314 a. C. (cap. 67.5); pero en 313 a. C. parece haber sido remplazado durante un tiempo por Filipo (cap. 74.3). Volver

142) Según Pausanias (1.11.5), Alcetas enojó tanto a los Epirotas por su crueldad que, inmediatamente después de su regreso, se sublevaron y lo mataron. Volver

143) Deinias, un general de Casandro, había tomado Tempe en 317 a. C. (cap. 35.3). Volver


144) Invierno del 312/11 a. C. Volver


145)Apiano, Guerras Sirias, 9.54, refiere 1.000 infantes y 300 caballos. Volver


146)Para más augurios favorables a Seleuco, léase Apiano, Guerras Sirias, 9.56. Volver


147)Posiblemente sea el Evágoras que es mencionado en cap. 48.2 como sátrapa de Aria. Volver


148)Esta victoria es minimizada por Pausanias, 1.6.5. Según Plutarco, Demetrio, 6.3, Demetrio entregó a Ptolomeo vivos a Celes y su estado mayor, en retribución de la generosidad mostrada por Ptolomeo después de Gaza. Volver


149) Este fue claramente un paso preliminar en la invasión de Egipto mismo que ya tenía en mente. Cambises antes de invadir Egipto firmó un pacto con los Árabes (Herodoto, 3.4-9). Para estos Árabes léase Estrabón, 16.4 y ss.; también la descripción del propio Diodoro (libro 2.48). Volver

150)La Arabia Feliz, en la parte suroeste de la península arábiga (libro 2.49). Volver

151)Esta fortaleza natural puede ser la futura Petra. Volver


152)Plutarco, Demetrio, 7.1. Volver


153)Lit. “el Lago de Asfalto”. Actual mar Muerto. Volver


154)De largo unos 88,5 km, y de ancho unos 10,5 km. Actualmente tiene 76 km. de largo y 16 km. de ancho.Volver


155) Una pletro equivale a cien pies., esto es, 30 metros. Tales trozos tendrían una superficie de entre 850 m2 y 2650 m2. Volver

156)Para el bálsamo léase Teofrastro, Historia de las Plantas, 9.6.1-4; Plinio, Historia Natural, 12.111-123; Estrabón, 16.2.41. Volver

157) Probablemente año 311 a. C. Volver


158)Si el nombre es correctamente transmitido, debemos suponer que Euteles sería el comandante establecido en Susiana por Seleuco (cap. 92.5). Volver


159)Mar Rojo en Griego, pero es un error. Es el golfo Pérsico. Volver


160)Livio, 9.28. Volver


161) En Livio (9.28.1-6) el dictador es llamado C. Petilio, quien conquistó Fregelas, y el mismo dictador o C. Junio Bubulco, uno de los cónsules, quien tomó Nola. Para la dictadura de Fabio dos años más tarde véase cap. 72.6-7 y Livio 9.24.1. Volver

162)Una ciudad de Campania. Volver

163)La moderna Ponza, una de las pequeñas islas sitas en el Mar Tirreno, frente a la costa occidental de Italia. Vide Plinio, Historia Natural, III, 6. Volver


164)Un viejo amigo de Agatocles, que fue desterrado cuando el tirano acababa de establecerse en el poder (cap. 8.6); no sabemos el motivo de su exilio. Volver


165)Centoripa es una ciudad del interior de Sicilia, al suroeste del Etna y al noroeste de Catana. . Volver