DIODORO «BIBLIOTECA HISTÓRICA: LIBRO XIX» Traducción y adaptación "el Anónimo Castellano" acceso al apartado de textos clásicos de Satrapa1.com: enlace |
CONTENIDOS DEL LIBRO XIX Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en tres partes más un índice. Índice - Parte I .Parte II - Parte III - Parte IV
Capítulo 5 Los actos de Aristodemo, general de Antígono en el Peloponeso. Los Dimeanos en Acaya buscan liberarse de la guarnición de Casandro: toman la ciudadela. Alejandro, hijo de Poliperconte, asesinado: encomio de Cratesípolis, su esposa. La crueldad de los Etolios. Casandro envía un ejército a Caria y a Aristóteles con una flota a Lemnos. Los actos del ejército de Casandro en Caria. Antígono deja a su hijo Demetrio en Siria para vigilar a Ptolomeo. Su marcha a Asia llena de problemas. Los asuntos de Sicilia. Desgobierno y crueldades de Acrotato en Sicilia. Los actos de Agatocles. Los asuntos de Italia.
LXVIII.
Después que Casandro dejó Etolia, los Etolios se reunieron
hasta un número de tres mil y sitiaron Agrinio rodeándola
con un foso y un parapeto. Pero los habitantes que se asentaron allí
procedentes del país negociaron y convinieron con el ejército
Etolio que, entregada la ciudad, sus personas tendrían seguridad
y serían libres para irse y abandonar el lugar. Con lo cual,
garantizada su seguridad por juramentos, se marcharon. Pero, cuando
estaban de camino, los Etolios artera y traicioneramente, cuando aquellos
nada sospechaban, los persiguieron y mataron a casi todos. LXIX. Pero Antígono, percibiendo que Casandro ambicionaba la soberanía del Asia, dejó a su hijo Demetrio en Siria (100) , con órdenes de interceptar a los soldados de Ptolomeo, de quien sospechaba que estaban marchando con un ejército sobre Siria. Y para esta finalidad dejó con él a diez mil infantes mercenarios, dos mil Macedonios, quinientos de Licia y Panfilia, cuatrocientos arqueros y honderos Persas y más de cuarenta elefantes, y como consejeros suyos a cuatro, Nearco de Creta (101) , Pitón, hijo de Agenor (102) , que vino recientemente de Babilonia, Andrónico de Olinto (103) , y Filipo (104) , todos ellos hombres de edad madura y buen juicio, que habían servido ya a Alejandro en todas sus guerras. En efecto, Demetrio era sólo un joven de no más de veintidós años de edad. A Antígono, mientras pasaba con el resto de su ejército a través del monte Tauro, le cayó una gran nevada que le mató a muchos de sus hombres. Con lo cual regresó a Cilicia, donde encontró un mejor camino para atravesar la montaña y con poco daño para su ejército. Y así, viniendo a Celene en Frigia, puso a su ejército en los cuarteles de invierno (105) . Entonces convocó a la flota de Fenicia, cuyo era almirante Medio (106) , quien por casualidad se topó en su travesía con una escuadra de treinta y seis navíos de la ciudad de Pidna (107) , los venció y los capturó con todos sus hombres. De esta guisa andaban los negocios de Grecia y Asia en este tiempo. LXX. Entretanto, en Sicilia, los exiliados de Siracusa, quienes estaban entonces en Agrigento, exhortaron a los más poderosos hombres de la ciudad a no tolerar que Agatocles apresara las ciudades, alegando que era mejor atacar al tirano cuando no era aún demasiado fuerte, que esperar hasta que tuviera un mayor poder y entonces ser forzados a luchar con él, cuando fuera más arriesgado. Con lo cual los Agrigentinos, aprobando este consejo, decretaron por sufragio la guerra contra Agatocles, y, uniéndose en alianza con los de Gela y Mesana, enviaron a algunos de los exilados a los Lacedemonios, con órdenes de solicitar que les fuera desde allí mandado un general, porque sospechaban que algunos de sus propios ciudadanos estaban demasiado inclinados a la tiranía, pero juzgaban que los extranjeros, si recordaban el gobierno de Timoleón el Corintio, manejarían mejor los asuntos públicos. Cuando arribaron, por tanto, a Laconia, encontraron a Acrotato, el hijo del rey Cleomenes, muy odiado por muchos de los jóvenes nobles en su patria y por ende muy deseoso de irse al extranjero, porque cuando los Lacedemonios, después de luchar contra Antípatro (108) , habían absuelto de toda recriminación por el desastre a aquellos que habían escapado de la batalla, él solo se opuso a la resolución, de modo que muchos se ofendieron contra él, especialmente aquellos que eran punibles según la ley. Y por este motivo se habían reunido y lo habían golpeado. Constantemente estaban conjurando contra él. Por ello, deseoso de un mando en el extranjero, de muy buena gana accedió a la petición de los Agrigentinos. Así, sin orden de los éforos, quienes eran los competentes para decidir sobre el viaje, navegó hacia Agrigento con unos pocos navíos, pero siendo arrastrado por una tormenta a Adria, arribó al territorio de los Apoloniatas, donde, encontrando la ciudad sitiada por Glaucias, rey de los Ilirios, persuadió al rey de que levantara el asedio y entrara en alianza con los Apoloniatas. Entonces navegó a Tarento y allí solicitó al pueblo que se uniera a él en el objetivo de restaurar a los Siracusanos sus antiguas libertades, y tanto los convenció, que decretaron ayudarlo con veinte barcos. En efecto, en base a su parentesco y a la nobleza de su familia, sus palabras fueron de mucho peso y crédito. LXXI.
Mientras los Tarentinos hacían los preparativos,
él mismo navegó a Agrigento y allí asumió
el mando del ejército. El pueblo albergaba grandes expectativas,
concluyendo todos que dentro de poco se pondría fin a la tiranía,
pero, al cabo de poco, claramente se evidenció que no era en
absoluto digno ni de la nobleza de su cuna ni de la reputación
de su país, sino que al contrario se hizo más cruel que
los mismos tiranos, y así incurrió en el odio del pueblo.
Asimismo abandonó las costumbres de su país en su manera
de vivir y se entregó tanto a los placeres voluptuosos, que más
parecía un Persa que un Espartano. Después que hubo gastado
la mayor parte de los ingresos públicos, en parte por su desgobierno,
en parte por sus desfalcos, al final invitó a Sosístrato
(109) , el más eminente
entre los exiliados y que había sido general del ejército,
a cenar y traicioneramente lo asesinó, no teniendo el más
mínimo cargo con que acusarle, sino sólo que pudiera quitarse
de en medio a un hombre fuerte y valiente que podía ver y descubrir
sus errores. Conocido este malvado acto al instante, todos los exilados
reunieron tropas contra él y todos los demás lo abandonaron.
En primer lugar lo depusieron del cargo e inmediatamente después
lo intentaron lapidar. Para evitar la cólera del pueblo, huyó
de noche y en secreto de vuelta a Laconia. Después de esto, los
Tarentinos llamaron de regreso a la flota que habían antes enviado
a Sicilia. LXXII.
Pero después Agatocles, cuando vio que no había peligro
y que Sicilia estaba al abrigo de la aparición de un nuevo enemigo,
cayó sobre las ciudades y sin ninguna dificultad las sometió.
Y, conquistando así muchas en poco tiempo, afianzó su
posición en el poder. En efecto, se hizo muy fuerte en el número
de sus aliados, en la magnitud de sus ingresos anuales y en la fuerza
de su poderoso ejército, porque, además de sus aliados
y de los reclutados de entre los Siracusanos, tenía una tropa
mercenaria de diez mil infantes y tres mil quinientos caballos. Asimismo
se procuró toda clase de armas, previendo que los Cartagineses,
que habían reprochado duramente a Amílcar haber hecho
la paz, estarían a poco en guerra con él (112)
. Y tal era el estado de Sicilia en este tiempo.
Capítulo 6 Varias ciudades se rebelan; Lisímaco acude contra ellas. Filipo, general de Casandro, vence a Epirotas y Etolios. Casandro se concierta con Antígono. Antígono conquista las ciudades de Caria. Actos de Casandro en Grecia. Los Samnitas vencidos por los Romanos. Polemón enviado por Antígono a Grecia para liberar las ciudades. Los actos de Antígono y Casandro. Actos de Polemón en Grecia a favor de Antígono. Ptolomeo marcha sobre Cirene y Chipre; y luego contra Demetrio. La batalla con Demetrio en Gaza. Ptolomeo toma Tiro. Los hechos de los comandantes de Antígono en Grecia. Los Epirotas hacen a Alcetas rey, quien es vencido por Licisco, general de Casandro; y es vencido por aquel. Casandro marcha contra los Apoloniatas. Seleuco recupera Babilonia con un pequeño ejército. Demetrio vence a Ciles, general de Ptolomeo. Ptolomeo regresa a Egipto, después de devastar Samaria, Gaza, Joppa, etc. Ateneo enviado contra los Nabateos por Antígono. Las costumbres de los Árabes. Descripción de los Asfaltitas, o lago de Sodom. Demetrio enviado contra Seleuco en Babilonia. Las guerras entre los Romanos y los Samnitas en Italia. La conducta de Agatocles en Sicilia.
LXXIV.
Antígono, cuando esta empresa fracasó, envió a
Telésforo al Peloponeso con una flota de cincuenta barcos y un
considerable número de soldados, con instrucciones de liberar
todas las ciudades Griegas, para que pudieran vivir según sus
antiguas leyes. Hizo esto, esperando ganar de este modo prestigio entre
los Griegos por haber intentado realmente procurar y conservar para
los Griegos sus libertades y por este plan, concluyó, averiguaría
cómo estaban los asuntos de Casandro. LXXVII.
En Italia (125) , los Samnitas
devastaron y saquearon las ciudades de Campania que estaban ayudando
a sus enemigos, pero los cónsules Romanos marcharon hacia aquellos
lugares con un ejército, para auxiliar a sus aliados. Y así,
acampando cerca de Tarracina, frente al enemigo, despejaron los temores
de la ciudad. Unos pocos días después, los ejércitos
de ambos bandos se formaron en orden de batalla y se trabaron en un
sangriento combate, en el que cayeron muchos de los dos lados, pero
al final los Romanos, penetrando a través de la línea
principal de sus enemigos, los derrotaron completamente y los persiguieron
largo rato, y mataron a más de diez mil. LXXVII.
Terminado el año anterior, Polemón fue
arconte de Atenas y fueron cónsules en Roma Lucio Papirio por
V vez y Cayo Junio por II vez (127)
. En este año se celebró la Olimpiada centésima
decimoséptima, en la que Parmenión de Mitilene ganó
la carrera del estadio. En esta época Antígono envió
a su general Ptolomeo a Grecia para proclamar la libertad de todas las
polis Griegas y con él ciento cincuenta barcos de guerra, bajo
el mando de Medio, su almirante, a bordo de los cuales iban cinco mil
infantes y quinientos caballos. Habiendo concluido una alianza con los
Rodios, recibió de éstos asimismo diez barcos de guerra,
para ayudar en la restauración de las libertades de las ciudades
Helenas. Hacia el mismo tiempo Ptolomeo arribó al puerto de Beocia,
llamado Bathys (128) , con toda
la flota, y recibió de la Liga Beocia dos mil doscientos infantes
y mil trescientos caballos. Llamó asimismo a la flota desde Oreo
y fortificó Salganea (129)
y allí reunió todo su ejército, porque tenía
esperanzas de que los Calcidios se unieran a él, los cuales eran
los únicos Eubeos que albergaban una guarnición del enemigo.
Pero Casandro sospechaba de Calcis y por ello levantó el asedio
de Oreo y partió para allá. LXXVIII.
Entretanto, los Corcirenses auxiliaron a los de Apolonia y Epidamno,
dejaron a los soldados de Casandro marcharse bajo tregua, y a continuación
devolvieron a los de Apolonia sus antiguas libertades, pero entregaron
Epidamno a Glaucias, rey de los Ilirios. LXXIX.
Hacia el mismo tiempo (133) ,
los Cireneos se sublevaron contra Ptolomeo, rey de Egipto, y asediaron
la ciudadela allí muy violentamente, que parecía que la
iban a tomar al poco. Y cuando mensajeros procedentes de Alejandría
trataron de persuadirlos de que desistieran, los decapitaron y se dedicaron
al asalto de la ciudadela más fieramente que antes. Ptolomeo,
conmocionado sobremanera por esta razón, mandó a cierto
Agis, uno de sus capitanes, a aquel lugar con un ejército y además
una flota para asistirlo por mar bajo el mando de Epeneto. Agis, dirigiendo
la guerra contra esos rebeldes, tomó Cirene al asalto y puso
en prisión a los autores de la sedición y luego los envió
encadenados a Alejandría y desarmó al resto. Y habiendo
ordenado de esta manera las cosas allí, volvió a Egipto. LXXX.
Entretanto, Demetrio, hijo de Antígono, se mantuvo en Celerisia,
esperando la venida del ejército Egipcio, pero cuando supo de
la captura de tantas ciudades, puso a Pitón al mando de aquellos
lugares, dejándole sus infantes pesados y elefantes, y él
mismo, con su caballería y unidades de soldados ligeros, se apresuró
a acudir a Cilicia para ayudar a aquellos que allí estaban en
apuros. Sin embargo, llegando demasiado tarde, se encontró con
que el enemigo ya se había ido, de modo que regresó con
celeridad a su campamento, perdiendo muchos caballos por el camino,
pues en seis días partió de Malos, marchó durante
veinticuatro días, con sus correspondientes etapas, de modo que,
por su inmoderada velocidad de marcha, ninguno de sus servidores y mozos
de cuadra pudo acompañarlos. LXXXI. Sus amigos le aconsejaron no luchar con tan gran general, quien tenía la ventaja de un ejército mucho más numeroso, pero rechazó su consejo y confiado se preparó para la batalla, aunque entonces era un mero muchacho e iba a enzarzarse en un combate tan peligroso sin su padre. Llamando a los soldados que estaban en armas, subió a una plataforma elevada y se quedó en pie como si estuviera asombrado y estupefacto. Ante lo cual, los soldados gritaron a una: “Sé valiente”, y al instante se hizo un profundo silencio antes de que el heraldo pudiera ordenarlo, pues, a causa de que había asumido sólo recientemente el mando supremo, nadie había sido ofendido por su conducta, ni en relación a los asuntos civiles ni en los militares, lo que es frecuente en muchos de los viejos generales, cuando en un determinado momento pequeñas ofensas se combinan para producir la queja de todos. Porque al vulgo no le agrada durante mucho tiempo las mismas cosas, y cualquier cosa que se hace vieja con el uso, toma un gusto agradable al cambiar. Y además, la expectación por su llegada al reinado, siendo su padre ahora viejo, aunó en su sucesión el mando supremo y el buen deseo del pueblo. Sin embargo, era correcto y atractivo, y, vestido con la armadura regia, aparecía con tal majestad que cautivaba a quienes lo veían con respeto y reverencia, y levantaba los ánimos del ejército con altas expectativas de las grandes cosas que vendrían. Asimismo era de una disposición afable, convirtiéndose en un príncipe juvenil, por lo que se ganó el amor de todos, ya que incluso aquellos que aún no se habían encuadrado en las unidades regulares acudían a él para recibir sus órdenes, estando muy preocupados por su juventud y la peligrosa batalla que al poco se celebraría. En efecto, no sólo iba a tentar la fortuna de la guerra contra un número mayor de soldados, sino además contra los más eminentes y expertos generales de la época, Ptolomeo y Seleuco, quienes habían sido oficiales bajo Alejandro en todas sus guerras y habían sido a menudo generales de sus propios ejércitos, nunca vencidos hasta ese día. LXXXII.
Demetrio, por tanto, después que se hubo atraído a los
soldados con palabras triunfales y corteses, y hubo prometido premios
adecuados a los méritos de cada hombre, dispuso el ejército
en orden de batalla. En el ala izquierda, donde él mismo tenía
la intención de estar, situó primero doscientos jinetes
selectos, entre los cuales, con otros de la nobleza, estaba Pitón,
quien había servido bajo Alejandro, y había sido creado
general de todas las fuerzas por Antígono, y compañero
suyo de todas sus cuitas. En el frente colocó tres unidades de
caballería y otras tantas a su lado para apoyarlas. A cierta
distancia de este flanco había otras tres unidades de Tarentinos,
para que quinientos jinetes lanceros y cien Tarentinos pudieran estar
cerca como guardia personal del rey. A continuación estaban ochocientos
caballos, que eran llamados Compañeros; después de estos
mil quinientos oriundos de diversas naciones; y delante de todo el flanco
treinta elefantes como guardia, alineados con soldados ligeros, de los
cuales mil eran jabalineros y arqueros, y quinientos honderos Persas.
Y de esta manera estaba desplegada el ala izquierda, con la que pretendió
abrir el combate. A continuación se alineaba el cuerpo principal
del ejército, que consistía en once mil infantes, de los
que dos mil eran Macedonios, mil Licios y Panfilios, y ocho mil mercenarios. LXXXIII.
En cuanto a Ptolomeo y Seleuco, al principio se dedicaron a situar sus
mejores fuerzas en el ala izquierda, no sabiendo qué planeaba
el enemigo. Pero, siendo después informados por sus exploradores
qué hacía Demetrio, de inmediato se desplegaron de tal
modo que las mejores tropas estuvieran en el ala derecha y así
pudieran luchar en mejores condiciones con Demetrio en el flanco izquierdo
de éste. Así, en este ala fueron alineados tres mil de
los mejores caballos, entre los cuales ellos mismos tenían la
intención de colocarse. Antes de estos fueron situados aquellos
que llevaban unas estacas con punta de hierro unidas entre sí
con cadenas, preparadas contra el asalto de los elefantes, pues, extendidas
aquellas en toda su longitud, era cosa fácil de este modo frenar
su avance. En el frente de este flanco estaban situados soldados ligeros,
que tenían instrucciones de hostigar a los elefantes y a sus
conductores con dardos y flechas en cuanto llegaran. El ala derecha
estaba así desplegada, y el resto del ejército estaba
ordenado de la forma que la presente ocasión requería
mejor. Entonces hicieron al ejército avanzar con un gran clamor
contra el enemigo. Preparado éste por su parte en orden, la batalla
comenzó con la caballería en los frontales de ambas alas,
donde los Demetrianos se llevaron la mejor parte, pero poco después,
los Ptolemaicos y los Seleucidas, habiendo rodeado el flanco, lanzaron
una violenta carga con todas sus unidades, por lo cual, merced a la
resolución de ambas partes, se siguió un reñidísimo
combate. Al primer encuentro lucharon con sus lanzas. Cuando muchos
estaban muertos y otros tantos heridos, por ambos bandos, entonces pelearon
con sus espadas y, luchando allí en tropel, atravesándose
unos a otros con estocadas, cayeron multitud. LXXXIV.
Y entonces, cuando el combate ecuestre había permanecido largo
tiempo dudoso, los elefantes, hechos avanzar por los Indios, desencadenaron
tan terrible ataque, que parecía imposible que fuerza alguna
pudiera mantenerse contra ellos. Pero cuando llegaron ante la barrera
de púas de hierro, los jabalineros y arqueros hostigaron mucho
a las bestias y a sus conductores. Avanzando aún incitados por
los Indios, algunos de los elefantes se lanzaron sobre las estacas de
hierro, por causa de las cuales, además de por la multitud de
dardos y flechas que los atormentaban, padecían tal dolor y sufrimiento,
que causaron un tumulto y confusión terribles, pues estas criaturas,
en lugares llanos y lisos, arrasan con todo lo que tienen por delante,
pero en aquellos sitios que son agrestes y escarpados, no son de ninguna
utilidad o servicio, por la blandura de sus pezuñas. Ptolomeo,
previendo sabiamente cuánta ventaja tendría esta línea
de púas, frustró de esta manera la furia y fiereza de
las bestias. Al final, la mayoría de los Indios que los dirigían
estaban muertos y todos los elefantes capturados. Ante esto, la mayoría
de la caballería de Demetrio estaba tan consternada, que al instante
huyó. Él mismo fue abandonado con unos pocos que le seguían.
Pero, no pudiendo con todos los argumentos que pudo encontrar, persuadir
a sus hombres de mantenerse en sus posiciones y de no abandonarlo, se
vio obligado asimismo a retirarse. Una gran parte de la caballería
que le seguía, se retiró en buen orden y se mantuvo en
perfecto estado hasta llegar a Gaza, de modo que ninguno de sus perseguidores
osó caer precipitadamente sobre ellos. En efecto, siendo el campo
una planicie larga y plana, gozaban de más libertad para marchar
y retirarse en orden. Algunas unidades de infantería, pensando
que lo mejor era abandonar sus filas y mirar por sí mismos, abandonaron
sus armas y siguieron a la caballería. LXXXV.
Tal fue el desenlace de esta batalla. Demetrio, sin demorarse, hacia
medianoche llegó a Azotus, habiendo cabalgado unos doscientos
setenta estadios desde el campo de batalla (136)
. Desde allí envió un heraldo para pedir los cadáveres
de los caídos, estando muy deseoso de rendir los últimos
honores a aquellos que estaban muertos. Muchos de los nobles que le
habían acompañado estaban allí muertos, entre los
cuales, el más eminente eran Pitón, que tenía el
mismo cargo que él, y Beoto, quien durante mucho tiempo había
vivido con su padre Antígono y era conocedor de todos sus planes
y partícipe de todas sus decisiones. Murieron en esta batalla,
en el bando de Demetrio, unos quinientos (137)
, la mayoría de ellos jinetes, y los mejores
de la nobleza; y más de ochocientos prisioneros. LXXXVI. Pero Ptolomeo, después que hubiera obtenido el control del país, se atrajo a Sidón a su bando y luego, acampando cerca de Tiro, exigió a Andrónico, jefe de la guarnición, que le rindiera la ciudad, haciéndole grandes promesas de riquezas y honores. Pero no sólo respondió que nunca traicionaría la confianza que Antígono y Demetrio habían depositado en él, sino que además empleaba muchas palabras injuriosas contra Ptolomeo; pero al poco fue sorprendido por un motín de sus propios soldados y cayó en manos de Ptolomeo. Andrónico no esperaba por tanto otra cosa que la muerte por su negativa a entregar la ciudad así como por su insultante lenguaje. Pero Ptolomeo no sólo le perdonó las injurias, sino que lo recompensó mucho y lo contó en el número de sus amigos y lo favorecía honorablemente. Porque este príncipe era de una disposición muy afable y gentil, y muy amable y generoso, lo que contribuyó mucho a acrecentar su poder y a elevar su honor y reputación, y animaba a muchos por este motivo a unirse a él como sus aliados y auxiliares. En efecto, había recibido honorablemente a Seleuco cuando fue expulsado de Babilonia e hizo que éste y el resto de sus amigos participaran con él en la abundancia y prosperidad de la que él disfrutaba. Así, cuando Seleuco pidió algunas fuerzas suyas para ir con él a Babilonia, de buen grado se las dio, y además le prometió que le ayudaría en todo lo que estuviera en su mano hasta que hubiere recuperado su antigua provincia. De esta manera se encontraban los asuntos de Asia en aquel tiempo. LXXXVII.
En Europa, Telésforo, el almirante de Antígono, quien
entonces estaba con la flota en Corinto, viendo cómo Ptolomeo
era preferido antes que él, y que todos los asuntos de Grecia
eran confiados a la decisión de aquel, acusó a Antígono
por aquel motivo y vendió cuantos barcos tenía consigo
(139). Luego eligió a
todos aquellos de sus soldados que querían unirse a aquel en
sus propios planes de futuro y comenzó a ejecutarlos. Hecho esto,
afectando tener todavía amistad con Antígono, entró
en Elis, fortificó la ciudadela y esclavizó la ciudad.
Asimismo saqueó las riquezas de Olimpia y se apoderó de
cincuenta talentos de plata, con los cuales reclutó mercenarios.
Y así Telésforo, a causa de su envidia por la promoción
de Ptolomeo, traicionó a Antígono. LXXXVIII.
Entretanto, mientras ocurrían estas cosas, los
Epirotas, muerto su rey Eácidas, entregaron el reino a Alcetas
(140) , quien antes había
sido desterrado por su padre Arimbo. Este Alcetas era un inveterado
enemigo de Casandro y por tanto Licisco (141)
, el general de Casandro en Acarnania, marchó
sobre Epiro con un ejército, esperando que lo depondría
fácilmente, con lo cual los asuntos del reino estuvieran más
o menos bien ordenados. LXXXIX.
En ese momento, sabiendo Casandro de la derrota de sus fuerzas, pero
sin tener noticia de la victoria que luego obtuvieron, se apresuró
a ir al Epiro a socorrer a Licisco. Pero cuando fue sabedor qué
bien habían resultado las cosas para sus intereses, firmó
la paz y se alió con Alcetas. Entonces con parte de su ejército
fue a Adria, para asediar a los Apoloniatas, quienes habían expulsado
su guarnición y se habían unido a los Ilirios. Pero los
habitantes no estaban en absoluto alarmados, y habiendo solicitado la
ayuda de sus aliados, se desplegaron en orden de batalla delante de
sus murallas. A esto siguió una dura y larga batalla, pero los
Apoloniatas, superando a sus contrincantes en número, los pusieron
en fuga. Casandro entonces, habiendo perdido a muchos de sus hombres,
carente de fuerzas bastantes, y percibiendo que se acercaba el invierno,
regresó a Macedonia (144)
. XC.
En Asia, Seleuco, tras la derrota de Demetrio en Gaza en Siria, recibiendo
de Ptolomeo no más que ochocientos infantes y doscientos caballos
(145) , partió para Babilonia
con tal confianza como para creer que, aunque no tuviera con él
ningún ejército, sin embargo sería capaz de entrar
en las provincias superiores con solos sus amigos y sirvientes, verdaderamente
confiado de que los Babilonios a causa de su antiguo afecto y parcialidad
hacia él acudirían a apoyarlo, y de que ahora tenía
una clara oportunidad de lograr sus proyectos, estando Antígono
con su ejército a gran distancia del lugar. XCI. Entonces partió con ellos a Mesopotamia. Allí se encontró con los Macedonios que estaban viviendo en Carras y a algunos de ellos por persuasión y a otros por la fuerza los hizo unirse a él en la expedición. Tan pronto como entró en Babilonia, los habitantes acudieron a él en tropel, y le ofrecieron sus servicios, pues se había comportado antes de la forma más solícita durante los cuatro años en que fue gobernador de la provincia, para atraerse de esta manera la buena voluntad del pueblo y asegurarse una ventaja, si en algún momento posterior se viera en la ocasión de luchar por el mando supremo. Poliarco también acudió a él, el cual ejercía algún tipo de cargo entre los Babilonios, con unos mil hombres completamente armados. Pero aquellos que estaban por Antígono, cuando percibieron la general e irresistible inclinación de la multitud hacia aquel, huyeron a la ciudadela, que era mandada por Dífilo. Y Seleuco se puso al instante a sitiarla, y habiéndola tomado por asalto, liberó a sus hijos y amigos que Antígono, cuando Seleuco por temor había huido de Babilonia a Egipto, había metido en prisión. Hecho esto, comenzó a reclutar soldados en el país, y, habiendo adquirido caballos, los distribuyó entre los que eran aptos para montarlos. Y además, comportándose con equidad y afabilidad con todos, consiguió que estuvieran listos para compartir con él cualquier riesgo, y así en poco tiempo recuperó todo su gobierno de Babilonia. XCII. Pero luego, Nicanor, a quien Antígono había hecho gobernador de Media, marchó contra él con diez mil infantes y setecientos caballos. Y Seleuco sin tardanza fue a su encuentro, llevando consigo en total poco más de tres mil infantes y cuatrocientos caballos; y pasando por el río Tigris, cuando supo que el enemigo no estaba lejos, ocultó a sus hombres en unas marismas cercanas, pretendiendo caer sobre el enemigo desprevenido. Éstos, cuando llegaron a orillas del Tigris, no encontraron a nadie y acamparon cerca de una posta real, sin adivinar lo cerca que estaba el enemigo. Pero la noche siguiente, por causa de una vigilancia negligente y un desprecio por el enemigo, no mantuvieron la debida atención y Seleuco cayó sobre ellos, causándoles gran tumulto y pánico. Esto ocurrió así porque cuando los Persas entraron en combate, Evagro (147) , su general, con varios otros de sus generales fueron muertos. Después de esto, la mayor parte del ejército de Nicanor, por motivo del presente peligro en que estaban así como por el disgusto que sentían por el gobierno de Antígono, lo abandonó y se pasaron a las filas de Seleuco. Entonces Nicanor, al que sólo que quedaban unos cuantos soldados y temía que al siguiente encuentro lo entregaran a Seleuco, se escabulló con algunos de sus amigos y huyó a través del desierto. Habiendo de este modo Seleuco obtenido un poderoso ejército, y continuando con la misma forma de comportarse con todos sus soldados como antes, fácilmente hizo que las provincias de Media, Susa y otras colindantes se le sometieran. Y envió a Ptolomeo cartas de cómo había tenido éxito, habiendo logrado poner todo el poder y majestad real en sus manos. XCII.
Ptolomeo continuó aún en Celesiria después de la
gran victoria obtenida sobre Demetrio, quien supo que había regresado
de Cilicia y estaba acampado en la Siria Superior. Por ello envió
a uno de sus nobles, llamado Celes, un Macedonio, con un gran ejército,
ordenándole que o lo expulsara completamente de Siria o que lo
copara y destruyera allí donde estuviera. Mientras estaba de
camino, Demetrio supo por sus exploradores que Celes estaba despreocupadamente
con su ejército en Myus. Dejando sus bagajes detrás de
él, marchó con sus soldados equipados a la ligera, caminó
toda la noche, y poco antes del amanecer cayó sobre el campamento
enemigo, lo expugnó sin combate y capturó a Celes. Por
esta victoria se consideró que se había desquitado por
su anterior derrota (148) .
Pero porque juzgaba que Ptolomeo estaba llegando con todo su ejército,
puso su campamento en un lugar donde tenía una ciénaga
a un lado y al otro un lago. Demetrio escribió cartas de este
éxito suyo a su padre Antígono pidiendo le enviara un
ejército rápidamente o bien que acudiera él mismo
en persona a Siria. Antígono estaba entonces en Celene en Frigia,
y habiendo leído la carta estaba maravillosamente contento con
la noticia, porque la victoria se había obtenido gracias a la
conducta de su hijo, el cual era muy joven, y por ello había
mostrado ser un hombre digno de llevar la corona desde ese momento.
Sabidos estos sucesos, él mismo marchó con su ejército
desde Frigia y habiendo cruzado el monte Tauro en pocos días
se reunió con Demetrio. XCIV.
Antígono, cuando hubo recuperado toda Siria y Fenicia sin combatir,
se dirigió al país de los Árabes, llamados Nabateos
(149) , porque pensaba que éstos
nunca habían favorecido sus planes; nombró general a uno
de sus nobles, llamado Ateneo, le dio cuatro mil infantes y seiscientos
caballos, y le ordenó que atacara a aquellos y que trajera de
ese país cuanto botín pudiera.
XCVI.
Los Nabateos, habiéndose así vengado de sus enemigos,
recuperaron sus bienes y regresaron a la roca. Y, mediante una carta
escrita a Antígono en caracteres Siríacos, se quejaron
de Ateneo y del mal que les había hecho, y justificaron su acción.
A éstos Antígono respondió, diciéndoles
astutamente que Ateneo estaba ya bien servido, echándole la culpa
de lo que había hecho, y asegurándoles que no le había
dado tales órdenes. Hizo esto para ocultar lo que realmente estaba
planeando contra ellos y para hacerles bajar la guardia, de modo que
pudiera así lograr más fácilmente lo que ahora
estaba proyectando, porque, sin alguna estratagema, no era cosa fácil
derrotar a hombres que estaban continuamente deambulando de acá
para allá, y tenían el desierto como refugio y cobijo
inaccesible en extrema necesidad. XCVII.
Demetrio, por tanto, marchó tres días a través
del desierto, apresurándose para atacarlos desprevenidos. Pero
sus exploradores, percatándose de la llegada del enemigo a sus
fronteras, de inmediato dieron noticia de esto a sus compatriotas. Por
este motivo se fueron sin tardanza a su roca, donde había un
solo acceso y éste labrado por obra humana, y allí pusieron
su bagaje y situaron una guardia suficiente para protegerlo. Y los demás
se fueron llevándose sus ganados, unos a un lugar, otros a otro,
en el desierto. Demetrio, cuando llegó a la roca y vio que se
habían llevado sus rebaños, comenzó de inmediato
el asedio, pero aquellos que estaban dentro se defendieron valientemente,
por la ventaja del lugar, y durante todo el día el combate les
fue favorable, de modo que Demetrio se vio obligado al final a retirarse.
Al día siguiente, cuando se aproximó de nuevo con sus
fuerzas a la roca, uno de los bárbaros gritó: “¿Qué
tienes, rey Demetrio? o ¿qué te ha provocado a hacernos
la guerra a nosotros, que habitamos el desierto y en lugares donde no
hay agua, grano, vino o cosa alguna que desees? Pero en cuanto a nosotros,
que no podemos tolerar bajo ningún concepto ser esclavos, nos
hemos asentado en un país privado de todas las cosas que son
de absoluta necesidad para todos los demás hombres, y elegimos
vivir en soledad, como las bestias del campo, sin hacer ningún
mal a ninguno de vosotros. Por tanto, te rogamos a ti Demetrio y a tu
padre, que no nos causéis perjuicio, sino que aceptéis
algunos presentes, os vayáis de aquí con el ejército
y contéis a los Nabateos en el número de vuestros amigos
para el futuro. Ni podéis estar aquí muchos días,
aunque tengas una voluntad tan grande como para hacerlo, por causa de
la falta de agua y de todo lo demás necesario, ni podéis
forzarnos a cambiar nuestro modo de vida, aunque quizás tú
puedas tomar a algunos desanimados prisioneros, que nunca soportarán
ser puestos bajo el poder de otras leyes y formas de vida” (152).
CXVIII.
Después que le entregaron rehenes y los regalos que habían
sido convenidos entre ellos, Demetrio se retiró de la roca y
así, retrocediendo con su ejército trescientos estadios,
acampó cerca del Lago Asfaltites (153)
, cuya naturaleza no es adecuado pasarla por alto sin dar un relato
sobre ella. XCIX. Los habitantes a ambas orillas de este lago se afanan tanto en extraer este azufre, que luchan unos con otros, y lo cogen de una forma extraña, sin barcos, pues lo recogen en enormes fardos de cañas atadas. sobre éstos se montan no más de tres hombres, de los cuales dos mueven los remos que están amarrados a las cañas y el tercero porta arco y flechas para defenderse contra los que intentan dirigirse hacia ellos desde la otra orilla o hacerles alguna violencia. Tan pronto como llegan al trozo de asfalto, se sitúan sobre él, lo extraen en piezas con hachas, como trozos de piedra sacadas de una cantera, lo cargan en la balsa y luego navegan de regreso. Si alguno se cae al agua, por romperse la balsa, nunca se hunde, como en otras aguas, aunque no sepa nadar, sino que permanece sobre el agua como si fuera el mejor nadador del mundo, porque este lago sostiene en su superficie cualquier cosa animal o vegetal; incluso si estas cosas son sólidas, o parecen no tener porosidades, como plata, oro, plomo o semejantes, también tardan más en hundirse que cuando son arrojadas a otras aguas. Y los bárbaros sacan de ello este provecho y beneficio. Transportan esta brea a Egipto y allí la venden, para su empleo en el embalsamamiento de los muertos. En efecto, si no mezclan esta sustancia con otras especies aromáticas, los cuerpos no pueden ser conservados mucho de la putrefacción. C.
Antígono, al regreso de Demetrio, habiendo escuchado la relación
de su viaje, le echó la culpa de hacer la paz con los Nabateos,
diciendo que aquellos bárbaros, habiendo así escapado,
se harían más insolentes que antes, concluyendo que aquellos
habían sido perdonados no por la compasión del vencedor
sino por haberse perdido la esperanza de vencerlos. Le encomendó
explorar el Lago Asfalites, viendo que de allí pudiera obtener
algunos ingresos anuales, y creó al historiador Jerónimo
de Cardia su tesorero para manejar esos ingresos, y le ordenó
construir barcos y recoger todo el betún que pudiera del lago,
pero Antígono en este caso vio frustradas sus esperanzas, pues
los Árabes, en número de seis mil, cayeron sobre ellos
cuando estaban en sus barcos reuniendo este asfalto, y mataron a casi
todos con sus flechas. Por ello Antígono perdió toda esperanza
de lograr ningún ingreso permanente de este modo y se abstuvo
de intentarlo de nuevo tanto por el fracaso ya experimentado como porque
tenía asuntos de más peso e importancia de los que ocuparse. CI.
Mientras estas cosas estaban sucediendo, las guerras entre los Romanos
y los Samnitas continuaban aún en Italia (160)
, donde se producían incursiones diarias de
unos en los territorios de los contrarios, asedios de ciudades y acantonamiento
de ejércitos por ambas partes, porque las dos más belicosas
naciones de Italia estaban luchando por ver quién obtendría
el imperio y el mando soberano. Por este motivo se celebraron muchas
grandes batallas entre ellos. CII.
En cuanto a Sicilia, después que Agatocles hubiese
formado la paz con los Sicilianos, salvo con los de Mesana, los exilados
de Siracusa huyeron todos a esta ciudad, porque juzgaron que ésta
era la única que se mantenía firme contra aquel. Agatocles,
por tanto, con toda celeridad se dedicó a arruinar tal alianza
y para este fin envió a Pasifilo, su general, con un ejército,
a Mesana, con órdenes secretas de hacer lo que entendiera más
adecuado y pertinente a las circunstancias que se encontrara. Así,
ingresó en el país de súbito y, después
de tomar muchos prisioneros y mucho botín, pidió a los
Mesanos paz y amistad y que les iría mejor si permanecían
al margen que si se unían a los enemigos implacables de Agatocles. CIII.
En medio de esta confusión Dinócrates
(164) , general de los exilados
Siracusanos, solicitó la ayuda de los Púnicos antes de
que Agatocles hubiera sometido toda Sicilia a su poder; acogió
a todos aquellos exiliados que los Mesanos habían expulsado de
su ciudad y, teniendo así un gran ejército, envió
a Ninfodoro, uno de sus mejores amigos, con parte del ejército
a la ciudad de los Centoripianos (165)
, porque este lugar albergaba una guarnición de Agatocles y algunos
ciudadanos habían decidido traicionarlo, bajo la condición
de que se les permitiera regirse según sus propias leyes. Hecho
este acuerdo, ingresaron en la ciudad de noche, pero los principales
comandantes de la guarnición dieron alarma al instante y mataron
a Ninfodoro y a todos los demás que habían traspasado
las murallas. Agatocles hizo uso de este suceso como fundamento para
acusar a los Centoripianos de conjuración contra su gobierno
y decapitó a todos aquellos a los que suponía líderes
de la defección. CIV.
Pero Dinócrates, general de los exiliados, teniendo con él
más de tres mil infantes y dos mil caballos, se apoderó
de la ciudad llamada Galeria, invitado por sus habitantes, y expulsó
a aquellos que estaban a favor de Atagocles, y luego acampó ante
las murallas de la ciudad.
Notas..
|