DIODORO «BIBLIOTECA HISTÓRICA: LIBRO XIX» Traducción y adaptación "el Anónimo Castellano" acceso al apartado de textos clásicos de Satrapa1.com: enlace |
CONTENIDOS DEL LIBRO XIX Para facilitar su publicación en la web se ha dividido el libro en tres partes más un índice. Índice - Parte I . Parte II -. Parte III - Parte IV - Capítulo 7 Casandro, Ptolomeo y Lisímaco hacen la paz con Antígono; Casandro asesina a Roxana y a su hijo. Los gobernadores toman el título de reyes. Los Púnicos reclutan tropas contra Agatocles. Cuatro mil habitantes de Gela asesinados por Agatocles. La batalla entre Agatocles y Amílcar en Himera. Agatocles vencido. Varias ciudades se sublevan contra Agatocles. CV.
Cuando Simónides fue arconte de Atenas y los Romanos crearon
cónsules a Marco Valerio y Publio Decio (166)
, Casandro, Ptolomeo y Lisímaco firmaron la paz con Antígono,
cuyos términos eran los que siguen: que Casandro sería
el soberano de todas las posesiones Europeas, hasta que Alejandro, el
hijo de Roxana, cumpliera la mayoría de edad; que Lisímaco
tendría el mando supremo de Tracia; que Ptolomeo gozaría
del mando supremo en Egipto y en las ciudades vecinas de Arabia y África;
que Antígono sería el señor de toda Asia; y que
los Griegos se regirían con arreglo a sus propias leyes. Pero
estas condiciones no fueron observadas por ellos mucho tiempo, sino
que cada uno aprovechó una u otra ocasión para usurpar
más de lo que le correspondía. CVII. Por otra parte, Agatocles, percibiendo que era superado con mucho por los Cartagineses en el número de sus fuerzas, concluyó que muchas de las fortalezas, castillos, ciudades y pueblos que le guardaban rencor se pasarían al enemigo. Sospechaba sobre todo de la ciudad de Gela, porque sabía que todas las fuerzas del enemigo estaban acampadas en sus territorios. Y además, su flota en ese tiempo sufrió un revés no ligero, pues más de veinte barcos que estaban en el mar con toda su tripulación cayeron en manos de los Púnicos. Sin embargo, juzgó oportuno situar una guarnición en esta localidad para asegurársela, pero no se atrevía a introducir abiertamente tropas en la ciudad, por miedo a que los habitantes se lo impidieran, cuando él hasta entonces no les había dado ningún motivo para rebelarse, y de este modo pudiera perder una ciudad que le había sido muy útil y de provecho. Por ello, para evitar sospechas, introdujo soldados en la ciudad poco a poco, unos cuantos cada vez, como si hubieran entrado para otros propósitos, hasta que había metido tantos en la ciudad que excedían en número a los propios ciudadanos. Y poco después él mismo llegó y acusó a los Gelanos de traición y rebelión. Fuera esto verdad o no, fueran acusados en falso por los exilados o que esto fuera una excusa para reunir cuanto dinero pudiera, ejecutó a unos cuatro mil Gelanos y confiscó sus propiedades, y amenazó con la muerte a los demás que no le entregaran todo su dinero, oro o plata, acuñado y sin acuñar. Por causa del miedo a este temible edicto todos obedecieron su orden, con lo cual acopió un enorme tesoro y se convirtió en el terror de sus súbditos. Y aunque se consideró que se había comportado con los Gelanos demasiado cruel y severamente, sin embargo ordenó que los muertos fueran enterrados decentemente fuera de las murallas. Habiendo dejado una fuerte guarnición en la ciudad, acampó frente al enemigo. CVIII..
Los Cartagineses
tenían en su poder la colina de Ecnomos, donde antaño
se contaba que se erigía el castillo de Falaris, donde dicen
que el tirano tenía el toro de bronce ideado para atormentar
a los delincuentes, prendiendo fuego bajo él y haciendo así
que se abrasaran poco a poco. Por este motivo, a raíz de esta
horrible crueldad aplicada sobre pobres infelices, la colina se llamaba
Ecnomos (173) . Agatocles se
apoderó de otro castillo de Falaris frente a aquellos, que llamaban
Falareo por dicho personaje. Entre ambos ejércitos discurría
un río, que constituía una defensa y baluarte para los
dos bandos. Se contaba una antigua profecía de que una gran batalla
se celebraría y que multitud de hombres morirían en ese
lugar. Dado que se desconocía cuál de los bandos sufriría
principalmente la matanza, por el temor supersticioso a los Dioses,
los ejércitos eran reticentes y poco entusiastas de entrar en
batalla. Por este motivo, durante mucho tiempo ningún bando se
atrevió a cruzar el río con todas sus fuerzas, hasta que
un suceso súbito e inesperado les obligó a combatir. En
efecto, los Africanos, haciendo una sorpresiva incursión contra
el enemigo, animó a Agatocles a llevar a cabo lo mismo, porque
cuando los Griegos estaban sacando del campamento su ganado, algunas
mulas de carga y otros animales, algunos de los Púnicos salieron
a perseguirlos. Pero Agatocles, percibiendo lo que iba a hacer el enemigo,
preparó antes una emboscada con los hombres más firmes
y resueltos cerca del río, quienes, tan pronto como los Cartagineses
hubieron pasado el cauce y se hubieran lanzado en persecución
de aquellos que estaban sacando el ganado, saltaron desde donde estaban
emboscados y los hicieron huir. Mientras los bárbaros eran de
este modo destrozados e impelidos hacia su campamento, Agatocles, considerando
que ese era un momento oportuno para luchar, dirigió su ejército
contra el enemigo y, cayendo sobre ellos de súbito, rápidamente
llenaron una parte del foso, penetraron a través de su empalizada
y entraron a viva fuerza en el campamento. Los Púnicos, amenazados
por este súbito asalto, no teniendo tiempo para ponerse en orden
de batalla, formaron filas según la fortuna se lo permitió
y lucharon con el enemigo de la mejor manera que pudieron. Como lo más
duro de la pugna se producía cerca del foso, la tierra a su alrededor
estaba cubierta de cadáveres, pues los más notables de
los Cartagineses fueron a defender ese lugar por donde vieron que el
enemigo entraba. CVIX.
Amílcar,
percibiendo que sus hombres estaban demasiado debilitados y que los
Griegos estaban metiendo continuamente más hombres en el campamento,
destacó a los mil honderos Baleáricos que hirieron a muchos
lanzando una multitud de grandes piedras con sus hondas y mataron a
muchos que estaban penetrando en el campamento, y rompieron los escudos
y armaduras de muchos de sus atacantes. En efecto, estos hombres solían
lanzar piedras de una mina de peso (174),
eran siempre muy útiles y contribuyeron mucho en varias batallas
a ganar la victoria, pues eran diligentemente enseñados y estaban
bien ejercitados en el arte de la honda desde su más tierna infancia.
De esta manera en este momento vencieron, expulsando a los Griegos más
allá de las defensas del campamento. Pero Agatocles penetró
en el campamento por otros lugares y, justo cuando el campamento era
invadido, inesperadamente llegaron socorros desde Cartago, que reavivaron
los ánimos de los Púnicos. Los que estaban en el campamento
atacaron al enemigo de frente, mientras que los recién llegados
golpearon por todas partes. Los Griegos, recibiendo ataques desde una
dirección inesperada, fueron vencidos. Así, la fortuna
del día cambió súbita e inesperadamente, porque
los Griegos huyeron estrepitosamente, unos al río Himera y otros
a su propio campamento. La retirada se prolongó durante cuarenta
estadios y, como el lugar era llano, fueron perseguidos por no menos
de cinco mil de los jinetes bárbaros, de modo que la planicie
toda quedó cubierta de cadáveres. El río contribuyó
mucho a la destrucción de los Griegos, pues siendo la persecución
hacia el mediodía y en plena canícula, muchos de aquellos
que huían estaban tan sedientos, a causa de lo caluroso del tiempo
y de la fatiga de la huida, que bebieron ávidamente el agua del
río, que era salada (175).
En efecto, un número de Griegos no menor que aquellos que habían
sido abatidos por sus perseguidores habían sido encontrados muertos
a orilla del curso fluvial sin una herida. De los bárbaros en
esta batalla murieron unos quinientos, pero no menos de siete mil de
los Griegos. Notas..
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