| PREFACIO
I.
Hay un viejo proverbio (llegado hasta nosotros merced a la tradición)
que reza: nadie derroca las democracias, sino los hombres que superan
a los demás en poder e influencia. Por la cual razón, algunas
ciudades siempre andan celosas de sus conciudadanos de esa clase cuando
se hacen grandes y poderosos, y, por ello, hacen lo que pueden para reducirlos.
Porque cuando los hombres están en el poder, el siguiente paso
es enseñorearse del país; y con relación a aquellos
que (mediante su enorme influencia sobre otros) tienen fundados motivos
para esperar la autoridad soberana, es difícil que sean libres
del deseo de constituirse en monarcas, porque es muy natural para aquellos
que son ambiciosos, cuando tienen mucho, ansiar más y nunca poner
freno a su insaciable ambición.
Los Atenienses, por tanto, en base a este preciso motivo, promulgaron
una ley, que llamaron Ostracismo, para desterrar a aquellos que se hicieran
grandes entre ellos, no tanto para castigarles por falta alguna que hubieran
podido cometer, sino para prevenir el daño y perjuicio a su país,
al que, por su poder e influencia, estaban en disposición de ponerlo
a su merced, pues recordaban (como si fuera un oráculo) lo que
Solón les dijo antaño, quien, previendo la tiranía
de Pisístrato, compuso esta elegía:
Una
ciudad por grandes personas es derrotada,
Y los tontos bajo una monarquía gimen.
De todos los restantes lugares, Sicilia era la más infectada con
este deseo de monarquía, antes de que los Romanos la redujeran
al estatus de provincia, porque las ciudades, engañadas por los
halagos de los oradores, elevaron a las alturas a hombres insignificantes,
de tal modo que llegaron a ser señores absolutos de una crédula
multitud.
Pero la ascensión de Agatocles al principado de Siracusa es el
caso más singular y remarcable de todos, porque comenzó
a lo primero en las circunstancias más humildes y menos propicias,
pero al final no sólo se hizo con Siracusa, sino que se extendió
por toda Sicilia y por Libia misma, a sangre y fuego. Era tan humilde
y bajo en el mundo, en cuanto al origen, que se dedicaba al comercio de
alfarería, desde el cual estatus se elevó a tan gran altura
de poder y crueldad, que se enseñoreó de la isla más
grande y rica del mundo, y durante un tiempo tuvo en su posesión
la parte más rica de África, y algunas partes de Italia,
y cubrió las ciudades Sicilianas de matanzas y opresiones. Ninguno
de los que fueron alguna vez tiranos antes que él habían
cometido semejantes villanías ni hecho contra sus súbditos
tan bárbaras crueldades, porque, en cuanto a sus parientes, los
ejecutó a todos, viejos y jóvenes. Y asoló las ciudades
de tal modo que a veces aniquiló a todos los hombres y mujeres
de edad adulta y acabó con multitudes de pobres inocentes por las
faltas de unos pocos, sin hacer diferencia ni distinción, y luego
al instante asesinaba ciudades enteras, hombres, mujeres y niños.
Pero porque este libro, con los otros que subsiguen, comprende la tiranía
de Agatocles, omitiendo cualquier prefacio ulterior concerniente a esto,
ligaremos ahora de forma coherente los hechos con aquellos que hemos referido
antes, y situando cada cosa las trataremos adecuadamente y en su lugar.
En los dieciocho libros precedentes, nos hemos esforzado en establecer
cuanto fue llevado a cabo en las partes conocidas del mundo, desde los
albores del tiempo, hasta el año anterior al reinado de Agatocles,
hasta el cual tiempo, desde la toma de Troya, se cuentan ochocientos sesenta
y seis años.
En este libro, comenzando con el primer año de su reinado, terminaremos
con la batalla entablada por Agatocles con los Cartagineses, escribiendo
un relato de los sucesos acaecidos en siete años.
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