I.
CÓMO EL GRAN GENERAL BELISARIO FUE CEGADO POR SU ESPOSA.
El padre de la esposa (2)
de Belisario, una señora a la que he mencionado en mis libros
precedentes, fue (al igual que lo fue su abuelo) cochero, ejerciendo
este oficio en Constantinopla y en Tesalónica. Su madre fue una
de las mujeres, que de reputación dudosa, se dedicaban al teatro
(3) ; y ella misma desde el primer
momento llevó una vida completamente frívola. Familiarizada
con las sustancias mágicas usadas por sus padres antes que ella,
aprendió cómo usar aquellas que sometían voluntades
y se convirtió en la dañina esposa de Belisario, después
de haber parido ya a muchos niños.
Fue una esposa infiel desde el comienzo, pero tenía cuidado de
encubrir sus indiscreciones usando de las usuales precauciones; no por
estar avergonzada (4) de sus prácticas
ni por albergar algún temor hacia su esposo (pues ella nunca
sintió vergüenza de nada y lo engañaba fácilmente
con sus artimañas mágicas), sino porque temía el
castigo de la Emperatriz, pues Teodora la odiaba y le había enseñado
sus dientes. Pero cuando esta Reina se vio implicada en dificultades,
se ganó su amistad ayudándola, primero a destruir a Silverio,
tal como se relatará en este trabajo (5) y
después a causar la ruina de Juan de Capadocia, como he relatado
en otro logar. Después de esto, se hizo más y más
despreocupada y, apartando de sí todo disimulo, se abandonó
a los placeres.
Había un joven de Tracia en la casa de Belisario: Teodosio de
nombre, y de la herejía Eunomia (6) ,
la cual habían profesado sus padres. Cuando estaba a punto de
llevar a cabo su expedición a Libia, Belisario bautizó
a este muchacho con el agua bendita y lo recibió con los brazos
abiertos como miembro de su familia de ahí en adelante, acogiéndolo
con su esposa como a su hijo, de acuerdo con el rito Cristiano de adopción.
Y Antonina no sólo abrazó a Teodosio con el cariño
razonable que se tiene a un hijo por la santa palabra, y lo mantuvo
así cerca de sí, sino que pronto, mientras su marido estaba
ausente en campaña, se enamoró sobremanera de él;
y enajenada de sus sentidos por este mal, depuso de todo miedo y vergüenza
ante Dios y los hombres. Comenzó ella gozando de él ocultamente,
y terminó regalándose con él en presencia de los
sirvientes y las criadas. Porque estaba ya poseída de pasión
y abrumada claramente por el amor, no podía ver ningún
obstáculo a su consumación.
En cierta ocasión, en Cartago, Belisario los sorprendió
en el acto, pero consintió en ser engañado por su esposa.
Encontrando a los dos en una habitación subterránea, se
airó mucho; pero ella le contestó, sin mostrar miedo ni
tratando de ocultar nada, “Vine aquí con el chico para
enterrar la parte más valiosa de nuestro botín, donde
el Emperador no lo descubrirá”. Así respondió
a modo de excusa, y él olvidó el asunto como si la hubiera
creído, incluso cuando vio los pantalones de Teodosio desceñidos
algo inmodestamente. Pues tan prisionero estaba del amor de esta mujer,
que prefirió desechar las pruebas contempladas por sus propios
ojos.
Como su locura progresaba a un grado indescriptible, aquellos que veían
a donde estaba llegando guardaron silencio, salvo una esclava, de nombre
Macedonia. Cuando Belisario estaba en Siracusa tras de haber conquistado
Sicilia, le hizo a su amo jurar solemnemente que no los traicionaría
a ella ni a su amante, y entonces le contó toda la historia,
presentando como testigos a dos jóvenes esclavos que atendían
el dormitorio.
Cuando oyó esto, Belisario ordenó a uno de sus sirvientes
matar a Teodosio; pero éste supo de ello a tiempo de poder huir
a Éfeso. Porque la mayoría de sus esclavos, instados por
la debilidad de carácter de este hombre, estaban más dedicados
a agradar a su esposa que a mostrarle lealtad, y así incumplieron
la orden que les había dado en lo concerniente a Teodosio. Pero
Constantino, cuando vio la pena de Belisario por lo que le había
sucedido, se compadeció de él enteramente y le comentó,
“Yo habría intentado matar a la mujer antes que al muchacho”.
Antonina escuchó esto, y albergó contra él odio
secretamente, para que, cuando hubiere ocasión, hacer manifiesto
el odio que guardaba contra él. Pues era un escorpión
que podía ocultar su picadura.
Así no mucho después de esto, por sus encantamientos o
filtros o caricias, persuadió a su marido de que las acusaciones
contra ella eran falsas. Sin mayor dificultad ni dilación envió
una carta a Teodosio para que volviera, y prometió entregar a
Macedonia y a los dos jóvenes esclavos a su mujer. Ésta,
se dice, primero les cortó cruelmente la lengua y luego descuartizó
sus cuerpos en pequeños trozos que fueron metidos en sacos y
arrojados al mar. Uno de sus esclavos, Eugenio, que ya había
participado en la perdición de Silverio, la ayudó en su
crimen.
Y no fue mucho después de esto Belisario fue disuadido por su
esposa para matar a Constantino. Lo que ocurrió en este tiempo
en relación a Presidio y las dagas lo he narrado en mis anteriores
libros. Pues mientras que Belisario habría preferido dejar a
Constantino en paz, Antonina lo dejó en paz hasta que se vengó,
como acabo de repetir. Y como resultado de este asesinato, se despertó
una gran enemistad contra Belisario en los corazones del Emperador y
de todos los notables Romanos.
Así iban los asuntos. Pero Teodosio dijo que no podía
regresar a Italia, donde Belisario y Antonina permanecían ahora,
a menos que Focio fuera expulsado. Pues este Focio era de esa clase
de hombres que mordería si alguien consiguiera ser mejor que
él en alguna cosa, y tenía razón de estar invadido
por la indignación contra Teodosio. Aunque aquel era un hijo
legítimo, estaba totalmente olvidado mientras que Teodosio incrementaba
su poder y riquezas: dicen que de los dos palacios de Cartago y Rávena
Teodosio había tomado un botín que se contaba en cien
centenarios, puesto que le había sido dado a él sólo
la gestión de aquellas propiedades de las que se habían
apoderado.
Pero Antonina, cuando supo de la decisión de Teodosio, nunca
dejó de tender trampas a su joven hijo Focio y concebir proyectos
maléficos contra su persona, hasta que aquel vio claro que tendría
que escapar a Constantinopla si quería vivir. Entonces Teodosio
vino a Italia y se reunió con ella. Allí permanecieron
entregándose a su amor, sin impedimentos del marido complaciente;
y después regresó en compañía de ambos a
Constantinopla. Aquí Teodosio llegó a estar tan preocupado
de que el asunto llegara a ser de público conocimiento, que estuvo
cerca de perder la razón. Vio que sería imposible engañar
a todos, ya que la mujer no era de lejos capaz de ocultar su pasión
y satisfacerla con discreción, ni reflexionaba en absoluto del
hecho de que fuera de hecho y de reputación entendida por adúltera.
Por tanto, fue a Éfeso, y habiéndose tonsurado según
el rito religioso, se hizo monje. Con lo cual Antonina, perturbada por
su pérdida, mostró ostensiblemente su pena poniéndose
de luto; ¡y daba vueltas por la casa chillando y gimiendo, lamentándose
incluso en presencia de su marido qué buen amigo había
perdido, qué fiel, qué cariñoso, qué amoroso,
qué vigoroso!. Al final, incluso su esposo se unió a ella
en su dolor. Y el pobre infeliz lloró también, llamando
a su querido Teodosio. Finalmente Belisario fue incluso al Emperador
y rogó a éste y a la Emperatriz, hasta que éstos
consintieron en llamar a Teodosio de vuelta, como a uno que era y siempre
sería imprescindible en la casa de Belisario.
Pero Teodosio rehusó abandonar su monasterio, diciendo que estaba
completamente convencido en entregarse para siempre a la vida en clausura.
Esta noble declaración, con todo, no fue del todo sincera, ya
que era sabedor de que tan pronto Belisario dejara Constantinopla le
sería posible reunirse en secreto con Antonina. Lo que, de hecho,
así hizo.
II. CÓMO LOS TARDÍOS CELOS AFECTARON
EL JUICIO MILITAR DE BELISARIO.
En efecto, pronto Belisario partió para luchar
contra Corroes, y tomó a Focio con él; pero Antonina quedó
en Bizancio, aunque esto era contrario a su costumbre. Ella siempre
había preferido viajar adondequiera que su marido fuera, para
que éste, estando solo, no entrara en razón y, olvidando
sus sortilegios, pensara de ella tal y como se merecía. Pero
entonces, para que Teodosio pudiera tener de nuevo libre acceso a ella,
planeó una vez más cómo librarse de Focio para
siempre. Sobornó a algunos de los guardias de Belisario para
que difamaran e insultaran a su hijo todo el tiempo; en tanto ella,
escribiendo cartas casi todos los días, lo denunciaba, y así
cargó con todo contra él. Obligado por todo esto a contraatacar
contra su madre, Focio consiguió que un testigo viniera de Constantinopla
con pruebas del trato de Teodosio con Antonina y lo llevó ante
Belisario y le ordenó contar toda la historia.
Cuando Belisario lo escuchó, se airó en extremo, cayó
a los pies de Focio, los besó, y le rogó que vengara a
uno que había sido tan agraviado por aquellos que menos tendrían
que haberlo tratado así: “Mi carísimo hijo”,
dijo, “a tu padre, quienquiera que fuera, nunca has conocido,
pues te abandonó en el pecho de tu madre cuando su vida tocó
a su término. Ni te has beneficiado incluso de sus bienes, puesto
que no fue bendecido por la riqueza. Pero criado por mí, aunque
era solamente tu padrastro, has alcanzado una edad en la que puedes
vengar mis males. Yo, que te he criado en el rango consular y dado la
oportunidad de adquirir tales bienes, puedo llamarme tu padre y madre
y completo pariente, y tendría razón, hijo mío.
Pues no es por el parentesco de sangre, sino por los hechos amistosos
que los hombres han solido medir y ponderar sus lazos los unos con los
otros.
Ahora ha llegado la hora, en que debes sólo mirar por mí
en la ruina de mi casa y la pérdida de mi mayor tesoro, pero
como uno que comparte la vergüenza de su madre en la reprobación
en que incurre ante los ojos de todos. Y considera también, que
las faltas de las mujeres ofenden no sólo a sus maridos, sino
que afecta incluso más amargamente a sus hijos, cuya reputación
sufre más por esta razón, que se espera que hereden el
carácter de aquellos de los que nacen.
Recuerda ya esto de mí, que aún amo a mi esposa sobremanera;
y si está en mi mano castigar a la destructora de mi casa, no
le haré ningún daño. Pero mientras Teodosio esté
presente, no puedo perdonar esta acusación que pesa contra ella”.
Cuando hubo oído esto, Focio convino en servirle en todo; pero
al mismo tiempo estaba temeroso de que algún problema pudiera
venirle de esto, ya que tenía poca confianza en la fuerza de
voluntad de Belisario, cuando era su esposa la que estaba de por medio.
Y entre otras tristes alternativas, recordó con disgusto qué
había ocurrido con Macedonia. Así obligó a Belisario
a prestar todos los juramentos que son más sagrados y vinculantes
entre los Cristianos, y cada uno juró no traicionar al otro,
incluso en el peligro más mortífero.
Entonces decidieron que por el momento no había llegado la ocasión
de actuar. Pero tan pronto que Antonina llegara de Constantinopla y
Teodosio regresara a Éfeso, Focio iría a Éfeso
y tendría a su disposición a Teodosio y sus bienes.
Fue en este tiempo en que habían invadido Persia con todo el
ejército, y entonces le ocurrió a Juan de Capadocia lo
que está escrito en mis trabajos precedentes. Aquí tuve
que silenciar un asunto por prudencia (7)
, a saber, que no fue sin maldad que Antonina engañó a
Juan y a su hija, y mediante muchos juramentos, que los cuales más
reverenciados por los Cristianos no hay, les indujo a que confiaran
en ella como en alguien que nunca les haría daño. Después
de que hubiera hecho esto, sintiéndose más confiada que
antes en la amistad de la Emperatriz, envió a Teodosio a Éfeso,
y ella misma, sin sospecha de oposición, partió al Este.
Belisario acababa de expugnar la fortaleza de Sisaurano cuando le fueron
traídas noticias de que ella venía; y él, considerando
sin importancia todo lo demás, dispuso que el ejército
se retirara. Porque ocurrió, como he mostrado en otra parte,
que otras cosas habían sucedido en la expedición que influyeron
en él para dar esa orden de retirada, pero, como dije en el prefacio
de este libro, no era seguro para mí en ese tiempo comentar todos
los motivos subyacentes de esos eventos. Se hizo a consecuencia de ello
acusación contra Belisario por todos los Romanos puesto que había
puesto los asuntos más urgentes del estado por debajo de los
intereses menores de su casa. Pues el hecho fue que, poseído
por una celosa pasión por su esposa, estaba poco dispuesto a
avanzar más desde el territorio Romano, de modo que tan pronto
supiera que su esposa estaba de camino desde Constantinopla, pudiera
inmediatamente apoderarse de ella y vengarse de Teodosio.
Por esta razón ordenó a las fuerzas bajo Aretas cruzar
el Río Tigris; y regresaron a casa, no habiendo logrado nada
digno de mención. Y él mismo tuvo cuidado de no abandonar
la frontera Romana por mucho más que a una hora de camino. De
hecho, la fortaleza de Sisaurano, yendo por la calzada de la ciudad
de Nisibis, no está a más de un día de jornada
para un hombre que tenga un buen caballo desde la frontera Romana; y
por otra vía sólo hay la mitad de distancia. Así
si hubiera deseado empezar a cruzar el Tigres con todo su ejército,
creo que podría haber tomado todo el botín en el país
de Asiria, y haber marchado hasta la ciudad de Ctesifonte, sin que nadie
pudiere habérsele opuesto. Y podría haber rescatado a
los cautivos Antioquenos y a cualesquiera otros Romanos desafortunados
que habían sido llevados allí, y haberlos devuelto a sus
tierras de origen.
Además, fue culpable de que Cosroes pudiera volver sin impedimento
a su tierra desde la Cólquide. Cómo ocurrió lo
explicaré a continuación. Cuando Cosroes, hijo de Cabades,
al invadir la tierra de Cólquide, logró no sólo
lo que he narrado en otro lugar, sino también capturar Petra,
una gran parte del ejército de los Medos fue destruido, ya en
la batalla, ya por la dificultad del terreno. En efecto, Lazica, como
he explicado, carece casi de calzadas y es muy montañosa. También
la peste, cayendo sobre ellos, había diezmado buena parte del
ejército, y muchos murieron por falta de alimento y cuidados.
Fue en este tiempo que ciertas personas vinieron de Persia con nuevas
de que Belisario, habiendo vencido a Nabedes en batalla ante la ciudad
de Nisibis, se estaba aproximando; que había expugnado por asedio
la fortaleza de Sisaurano, capturado a punta de espada a Blescames y
a ochocientos jinetes Persas; y que había enviado un segundo
ejército Romano al mando de Aretas, caudillo de los Sarracenos,
a cruzar el Tigris (8) y saquear toda
la tierra allá donde hasta entonces no había conocido
tal peligro.
Sucedió también que el ejército de Hunos que había
Cosroes enviado a la Armenia Romana, como maniobra de diversión
de modo que los Romanos no conocieran su expedición a Lazica,
se había encontrado con Valeriano y sus Romanos, como otros nuncios
entonces refirieron; y que aquellos bárbaros habían sido
estrepitosamente batidos en batalla, y la mayoría de ellos muertos.
Cuando los Persas escucharon esto, decayeron en verdad de espíritu
por su mala fortuna entre los Lazios, temieron entonces que se encontrarían
con un ejército hostil dadas las presentes dificultades, entre
precipicios y yermos, y perecerían todos en el desorden. Y temieron
también por sus hijos, esposas y su país; de hecho, los
más nobles en el ejército de los Medos difamaron a Cosroes,
diciendo que había roto su palabra y la ley de los hombres, al
invadir en tiempo de paz la tierra de los Romanos. Cosroes había
agraviado, clamaban, a la más antigua y grande de todas las naciones,
que aquel no podría posiblemente sobrepasar en la guerra. Un
motín era inminente.
Alarmado ante esto, Cosroes encontró el siguiente remedio a su
problema. Les leyó una carta que la Emperatriz había escrito
recientemente a Zaberganes. Esta era la carta:
“En qué medida te estimo, Zaberganes, y que te creo amigo
de nuestro Estado, tú, que fuiste embajador ante nosotros no
hace mucho tiempo, eres bien conocedor. Actuarías conforme a
esta alta opinión que tengo de ti, si pudieras persuadir al Rey
Cosroes de optar por la paz con nuestro gobierno. Si haces esto, puedo
prometerte que serás recompensado por mi marido, que nada hace
sin mi consejo”.
Cosroes leyó esto en voz alta, y preguntó en tono de reproche
a los comandantes Persas si pensaban que este era un Imperio cuando
lo estaba gobernando una mujer. Pudo entonces calmar su nerviosismo.
Pero incluso así, se retiró del lugar con considerable
ansiedad, pensando que en cualquier momento las fuerzas de Belisario
se le enfrentarían. Y cuando ningún enemigo apareció
para impedir su retirada, con gran alegría regresó a su
país.
III. EL PELIGRO DE ENCONTRARSE CON LAS INTRIGAS
DE UNA MUJER.
Al volver a territorio Romano, Belisario
encontró a su esposa que acababa de llegar de Constantinopla.
A ésta, caída en desgracia, la puso bajo guardia, y a
menudo estuvo a punto de condenarla a muerte; pero según pasaba
el tiempo se debilitaba, derrotado, supongo, por el renacer de su amor
por ella. Pero dicen que fue incluso privado de sentido por filtros
que ella le administró a él.
Entretanto el ultrajado Focio se había ido a Éfeso, llevando
al eunuco Calígono, alcahuete de su señora, con él,
en cadenas; y bajo tortura, a lo largo de ese día Calígono
confesó todos los secretos de su dueña. Pero Teodosio
una vez más supo de su peligro y huyó a la Iglesia de
San Juan el Apóstol, que era el santuario más sagrado
y reverenciado de los contornos. Con todo, Andrés, obispo de
Éfeso, fue sobornado por Focio para que se lo entregara.
Teodora albergaba entonces algún temor por Antonina, ya que se
había enterado de lo que le había ocurrido; de modo que
envió una carta a Belisario para que llevara a su esposa a Constantinopla.
Focio, en oyendo esto, envió a Teodosio a Cilicia, donde sus
lanceros y escuderos habían de pasar el invierno; ordenando a
aquellos que lo llevaban hacia allá que lo hicieran tan secretamente
como fuera posible, y a la llegada a Cilicia lo encerraran ocultamente
en la guarnición, no permitiendo que nadie supiera dónde
estaba. Entonces, con Calígono y con el considerable peculio
de Teodosio, Focio partió a Constantinopla.
Entonces la Emperatriz mostró a todo el mundo que por cada asesinato
que se ejecutaba en su favor y la hacía ser deudora podía
pagar una mayor e incluso más salvaje recompensa. Pues Antonina
había tendido trampas y traicionado para favorecerla a un enemigo
suyo, el Capadocio, al que poco antes había engañado.
Provocó la caída y ruina, por causa de Antonina, a un
buen número de hombres inocentes. Torturó a algunos conocidos
de Belisario y de Focio, cuando la única acusación que
había contra ellos era ser amigos de los dos (y a día
de hoy desconocemos cuál fue su destino final), y otros fueron
por ella enviados al exilio en base a la misma acusación.
Un hombre que había acompañado a Focio a Éfeso,
un Senador que también se llamaba Teodosio, no sólo perdió
su hacienda sino que fue arrojado a un calabozo completamente oscuro,
donde fue atado a un pesebre mediante una cuerda liada alrededor de
su cuello tan corta que el lazo estaba siempre apretado y no podía
ser aflojado. Consecuentemente el pobre hombre tenía que permanecer
en el pesebre todo el tiempo, para comer, dormir o hacer las otras necesidades
corporales. La única diferencia entre él y un burro era
que no podía rebuznar. El tiempo que pasó este hombre
en tal situación fue no menos de cuatro meses; después
de los cuales, vencido por la melancolía, se volvió loco,
y por ello lo dejaron libre, y luego murió.
Al reluctante Belisario forzó a reconciliarse con su esposa;
mientras que Focio, después que lo había torturado como
a un esclavo y azotado en las espaldas y los hombros, fue obligado a
rebelar dónde estaban Teodosio y el alcahuete. Pero a pesar de
su dolor en la tortura guardó silencio como había jurado
hacer; sin embargo siempre había sido débil y enfermizo,
había tenido que ser muy cuidadoso con su salud, y hasta entonces
no había sido sometido a tales ultrajes y maltratos. En cualquier
caso ninguno de los secretos de Belisario divulgó.
Después, sin embargo, todo lo que hasta entonces había
sido tramado fue conocido. En descubriendo a Calígono en las
proximidades, Teodora se lo devolvió a Antonina, y después
hizo a Teodosio volver a Constantinopla, donde lo ocultó en su
palacio. Un día después de su llegada fue enviado a Antonina:
“Mi queridísima señora”, dijo ella, “una
perla cayó ayer en mis manos, tal como ningún mortal antes
nunca había visto. Si así lo deseas, no te impediré
echar un vistazo a esta joya, sino que te la mostraré a ti”.
No sabiendo qué había ocurrido, su amiga pidió
a Teodora que le mostrara la perla; y la Emperatriz, sacando a Teodosio
de los aposentos de uno de los eunucos, se lo descubrió a Antonina.
Por un momento Antonina, sin habla ante la joya, permaneció muda.
Luego cayó en un éxtasis de gratitud, y llamó a
Teodora su salvadora, su benefactora, y su verdadera amiga. Después
de eso, la Emperatriz mantuvo a Teodosio en palacio, iniciándolo
en toda forma de lujuria y declaró que incluso lo nombraría
general de todas las fuerzas Romanas antes de que la larga justicia,
con todo, interviniera. Arrebatado por la disentería, desapareció
del mundo de los hombres.
Entonces en el palacio de Teodora había algunos calabozos secretos:
oscuros, ignotos y remotos, donde no se apreciaba la diferencia entre
el día y la noche. En uno de ellos languideció largo tiempo
Focio. Tuvo, con todo, la buena fortuna de escapar, no una, sino varias
veces. En la primera buscó refugio en la Iglesia de la Madre
de Dios, que es la más santa y famosa de las iglesias de Constantinopla,
y allí se puso en el altar como suplicante. Pero ella lo capturó
incluso allí, y lo sacó de allí por la fuerza.
En la segunda huyó a la Iglesia de Santa Sofía y alcanzó
el santuario de la santa fuente (9)
, que de todos los lugares los Cristianos más reverencian. Así
incluso de allí la mujer fue capaz de arrastrarlo: porque para
ella ningún lugar era demasiado temible o venerable como para
no transgredirlo, no pensaba nada sobre la violación de todas
y cada una de las cosas sagradas. Como el resto del pueblo, los sacerdotes
Cristianos quedaron mudos de horror, pero se mantuvieron a un lado y
le toleraron que hiciera cuanto deseara.
Así pues Focio permaneció tres años de esta manera
en su celda; y entonces vino el profeta Zacarías a él
en un sueño y le ordenó en el nombre del Señor
escapar, prometiéndole auxiliarlo en ello. Confiando en la visión,
ganó de nuevo la libertad y sin conocimiento de nadie hizo viaje
a Jerusalén. Aunque se puso a la vista de incontables miles de
hombres en su huida, nadie vio al joven. Allí se salvó,
tomó los hábitos monacales y se vio libre finalmente del
castigo de Teodora.
Pero Belisario, faltando a su palabra, no adoptó ninguna medida
para vengar a su cómplice que sufría tales impíos
maltratos tal y como se ha relatado. Y todas sus expediciones militares
desde ese momento en adelante fracasaron, presumiblemente por deseo
de Dios. Pues su siguiente campaña contra Cosroes y los Medos,
que estaban por tercera vez invadiendo territorio Romano, fue muy criticada
por cobardía; si bien una cosa buena se dijo de él, que
había hecho retroceder al enemigo. Pero cuando Cosroes cruzó
el Río Eúfrates, expugnó la gran ciudad de Calínico
sin lucha, y esclavizó a miles de ciudadanos Romanos, mientras
que Belisario se cuidaba de no perseguir al enemigo en retirada y se
ganó por ello la reputación de ser una de estas dos cosas:
traidor o cobarde.
IV. CÓMO TEODORA HUMILLÓ AL CONQUISTADOR
DE ÁFRICA E ITALIA.
Poco después de esto, el siguiente desastre
cayó sobre él. La peste que he descrito en otro lugar
estaba acabando con la población en Constantinopla y el Emperador
Justiniano cayó gravemente enfermo, de tal modo que se dijo incluso
que había muerto de ella. El rumor se expandió hasta alcanzar
los campamentos del ejército Romano. Allí algunos de los
oficiales dijeron que si los Romanos intentaban elevar a un segundo
Justiniano como Emperador en Constantinopla, nunca lo reconocerían.
Luego la salud del Emperador mejoró y los oficiales del ejército
lanzaron acusaciones unos contra otros; los generales Pedro y Juan el
Glotón alegaron haber oído a Belisario y a Buzes haciendo
la declaración antedicha.
Estas negativas opiniones fueron tomadas por la Emperatriz indignada
como algo declarado por los dos hombres para referirse a ella. Así
llamó a todos los oficiales a Constantinopla para investigar
el asunto; y convocó a Buzes de improviso a sus aposentos privados,
so pretexto de que deseaba discutir con él asuntos de gran urgencia.
Entonces bajo palacio había un sótano subterráneo,
seguro y laberíntico, comparable con las regiones infernales
del Tártaro, en que aquellos que la habían ofendido eran
finalmente enterrados. Y así Buzes fue arrojado a este sitio,
y allí el hombre, aunque de rango consular, permaneció
sin que nadie supiera de su destino. Ni podía, puesto que estaba
entre tinieblas, saber si era de día o de noche, ni podía
saber de nadie; pues el hombre que cada día le arrojaba la comida
era mudo, y la situación era la de una bestia salvaje que se
encuentra con otra. Todo el mundo pronto lo consideró muerto,
pero nadie osó mencionarlo o acordarse de él. Pero después
de dos años y cuatro meses, Teodora tuvo piedad del hombre y
lo liberó. Y fue visto como alguien que regresaba de entre los
muertos. Pero después de esto quedó medio ciego y enfermo.
Esto fue lo que le hizo a Buzes.
Belisario, aunque ninguna de las acusaciones contra él fue probada,
fue a petición de la Emperatriz relevado de su mando por el Emperador;
quien nombró a Martino en su lugar como General de los ejércitos
de Oriente. Los lanceros y escuderos de Belisario, así como sus
criados que destacaban en el servicio militar, ordenó que fueran
divididos entre los otros generales y algunos de los eunucos de palacio.
Haciendo lotes de aquellos hombres y sus armas, se los repartieron según
decidía la suerte. Y a sus amigos y a aquellos que antes le habían
servido se les prohibió incluso visitar a Belisario. Era amargo,
y nadie incluso lo habría tenido por creíble, ver a Belisario
como un ciudadano privado en Constantinopla, casi abandonado, melancólico
y miserable de apariencia, e incluso temiéndose una posible conspiración
para acabar con su vida.
Entonces la Emperatriz supo que había adquirido una gran hacienda
en Oriente y envió a uno de los eunucos de palacio para confiscarla.
Antonina, como he relatado, estaba entonces absolutamente alejada de
cualquier intento de tratar con su marido, pero en los términos
más amistosos e íntimos con la Emperatriz, puesto que
había conseguido librarse de Juan de Capadocia. Así, para
complacer a Antonina, Teodora arregló todo de modo que la esposa
parecía haber pedido gracia por su marido, y haberle salvado
la vida de tal peligro; y el pobre infeliz no sólo se reconcilió
totalmente con ella, sino que le permitió que le hiciera el más
humilde esclavo por haberle salvado de la Emperatriz. Y así es
cómo ocurrió esto.
Una mañana, Belisario fue a palacio como siempre con sus pocos
e insignificantes compañeros. Encontrando al Emperador y a la
Emperatriz hostiles, fue injuriado en su presencia por ciudadanos corrientes.
Luego a la tarde se fue a su casa, dando vueltas cuando se retiraba
y buscando en todas las direcciones a aquellos que pudieran estar acercándosele
para asesinarlo. Acompañado por este miedo, entraba en su casa
y se acostaba solo en su lecho. Su espíritu menguó, perdió
incluso el recuerdo del tiempo en que era un hombre; sudando, mareado
y tembloroso, se encontraba perdido; devorado por terrores penosos y
preocupación mortal, estaba totalmente anulado.
Antonina, que ni sabía apenas cuál había sido su
destino ni se preocupaba mucho de qué había pasado con
él, caminaba arriba y abajo cerca fingiendo un ataque al corazón;
pues ellos aún albergaban sospechas uno del otro. Mientras tanto,
un oficial de palacio, Quadrato de nombre, había venido cuando
estaba cayendo el sol, y pasando a través del pasillo externo,
se paró repentinamente en la puerta de las habitaciones de los
hombres para decir que había sido enviado ahí por la Emperatriz.
Y cuando Belisario oyó eso, dejó caer sus brazos y piernas
sobre el sofá y se sentó, listo para el final. Hasta tal
punto toda hombría lo había abandonado.
Quadrato, sin embargo, se aproximó sólo para entregarle
una carta de la Emperatriz. Y la carta rezaba: “Conoces, Señor,
tu ofensa contra Nos. Pero porque estoy muy en deuda con tu esposa,
he decidido olvidar todos los cargos contra ti y perdonarte la vida.
Así para el futuro puedes tener buen ánimo en cuanto a
tu integridad personal y la de tus propiedades; pero sabremos por tu
conducta cómo te comportas con ella”.
Cuando Belisario leyó esto invadido por la alegría y deseando
dar muestra de su gratitud, saltó del asiento y se postró
a los pies de su esposa. Con cada mano acariciando una de sus piernas,
lamiendo con su lengua la planta del pie primero de uno de sus pies
y luego del otro, proclamó que ella era la causa de su vida y
de su seguridad: que en adelante sería su esclavo fiel, en vez
de su esposo.
La Emperatriz dio entonces trescientas piezas de oro de su peculio al
Emperador, y fue devuelto a Belisario el resto. ¡Esto es lo que
le ocurrió al gran general al que el destino no mucho antes le
había concedido tomar cautivos de su espada a Gelimer y a Vitiges!.
Pero la riqueza que este súbdito suyo había adquirido
había roído mucho con la envidia los corazones de Justiniano
y de Teodora, que juzgaban excesiva y digna de una corte real. Y decían
que había ocultado mucho del dinero de Gelimer y Vitiges, que
por conquista pertenecía al Estado y había sólo
entregado una pequeña parte, completamente insignificante, al
Emperador. Pero, cuando examinaron los trabajos que el hombre había
logrado, y los gritos de reprobación que despertarían
entre el pueblo, puesto que no tenían ningún pretexto
creíble para castigarlo, lo dejaron en paz. Pero justo entonces
la Emperatriz, encontrándolo aterrorizado y acobardado, con un
golpe de mano llevado a cabo llegó a ser la dueña de toda
su fortuna.
Para ligarlo a ella para lo sucesivo, dispuso los esponsales de Joannina,
hija única de Belisario, con su nieto Anastasio.
Belisario entonces pidió que se le devolviera su antiguo cargo,
y como General de Oriente conducir los ejércitos Romanos una
vez más contra Cosroes y los Medos; pero Antonina no quiso oír
hablar de ello. Allí fue donde había sido antes insultada
por él, dijo, y nunca quiso ver más a ese lugar. Consecuentemente,
Belisario fue en vez de ello nombrado Conde de los establos imperiales
(10) , y enviado por segunda vez
a Italia; acordando con el Emperador, dicen, no pedirle en ningún
caso dinero para esta guerra, sino preparar todo el avituallamiento
militar de su peculio privado.
Entonces todos tomaron por seguro que Belisario había convenido
esto con su esposa y había hecho el acuerdo sobre la expedición
con el Emperador, para conseguir simplemente alejarse de su posición
humillante en Constantinopla; y que tan pronto como hubiera conseguido
salir de la ciudad, se propondría tomar las armas y tomar represalias,
como noble y como hombre, contra su esposa y los que lo habían
ofendido. En su lugar, hizo tabla rasa de todo lo que había padecido,
olvidó o se desentendió de la palabra de honor dada a
Focio y a sus otros amigos, y siguió a su esposa en un perfecto
éxtasis de amor: y ello cuando ella entonces había alcanzado
la edad de sesenta años.
Con todo, tan pronto como llegó a Italia, un nuevo y diferente
problema le ocurría al despuntar cada día, pues incluso
la mano de Dios se había vuelto contra él. Pues los planes
que este general había elaborado en la campaña anterior
contra Teodato y Vitiges, aunque no parecían ajustarse a los
acontecimientos, resultaron generalmente en su favor; mientras que ahora,
aunque estaba confiado en idear planes mejores, tal y como se esperaba
por su experiencia anterior en la guerra, aquellos sin embargo devinieron
todos a mal, de modo que el juicio final fue que no tenía ningún
sentido de la estrategia.
Así está claro que no es por la sabiduría de los
hombres, sino por la mano de Dios que los asuntos de los hombres son
dirigidos; y estos hombres lo llaman Destino, no sabiendo la razón
de las cosas que ven ocurrir; y lo que parece ocurrir sin causa es fácil
de llamar un accidente del momento. Pero este es un asunto sobre el
que dejemos que cada cual opine por sí mismo según su
gusto.
V. CÓMO TEODORA ENGAÑÓ
A LA HIJA DEL GENERAL.
De esta
segunda expedición a Italia Belisario no sacó nada en
claro salvo desastres: pues en cinco años completos de campaña
fue incapaz de poner pie en esa tierra, como he relatado en mis libros
anteriores, porque no había una posición sostenible allí;
sino que durante todo el tiempo navegó de un lado a otro por
la costa.
Totila, de hecho, estaba muy deseoso de encontrarse con él ante
las murallas de su ciudad, pero no pudo sorprenderlo allí, pues
como el resto del ejército Romano tenía miedo de luchar.
Por lo cual Belisario no recuperó nada de lo que se había
perdido, y además incluso perdió Roma; y todavía
más, si hubiere quedado alguna cosa más que perder. Su
mente estaba ocupada por la avaricia durante este tiempo, y no pensaba
en otra cosa más que en lucrarse. Puesto que el Emperador no
le había entregado fondos, saqueó primero a todos los
Italianos que vivían en Rávena y Sicilia, y doquiera encontrara
oportunidad, alegando que les estaba haciendo pagar un precio por los
actos de sus pasadas vidas. Así, por ejemplo, fue a Herodiano
y le pidió dinero, profiriendo toda clase de amenazas, y esto
enojó tanto a Herodiano que se rebeló contra el ejército
Romano y ofreció sus servicios, junto con sus seguidores y la
ciudad de Spoleto, a Totila y los Godos.
Y ahora demostraré cómo ocurrió que Belisario y
Juan, el sobrino de Vitaliano, se enfrentaron: un conflicto que trajo
un enorme desastre a los asuntos Romanos.
Entonces odiaba la Emperatriz tan profunda y visiblemente a Germano,
que nadie se atrevía a emparentarse con él, aunque era
nieto del Emperador. Sus hijos permanecieron solteros mientras ella
vivió, y su hija Justina, aunque estaba en la flor de sus dieciocho
primaveras, no estaba aún comprometida. Consiguientemente, cuando
Juan, enviado por Belisario, llegó a Constantinopla, Germano
fue obligado a postularse como un posible yerno, aunque Juan no era
en absoluto digno por su posición de tal alianza. Pero cuando
hubieron llegado a un acuerdo, se ligaron mutuamente por los más
solemnes juramentos para sellar la alianza por todos los medios a su
alcance; y esto fue necesario porque ninguno tenía confianza
alguna en la buena fe del otro. Pues Juan sabía que estaba aspirando
a un matrimonio muy superior a su rango, y Germano temía que
incluso este hombre pudiera intentar romper el acuerdo.
La Emperatriz, efectivamente, fue incapaz de contenerse ante esto: y
por todos los medios, por todas las artimañas posibles, incluso
indignas, intentó abortar estas negociaciones. Cuando, pese a
sus amenazas, no pudo disuadir a ninguno de ellos, públicamente
amenazó a Juan de muerte. Después de esto, al regresar
Juan a Italia, temiendo que la hostilidad de Antonina pudiere forjar
un complot contra él, no se atrevió a reunirse con Belisario
hasta que aquella marchó a Constantinopla. Que Antonina había
recibido el encargo de la Emperatriz de ayudar a asesinarlo, nadie podría
considerarlo inverosímil; y cuando examinó los hábitos
de Antonina y la sumisión de Belisario a su esposa, Juan estaba
con razón muy alarmado.
La expedición Romana, ya en sus últimas fuerzas, entonces
se colapsó totalmente. Y así es como Belisario concluyó
la guerra Gótica. En su desesperación pidió al
Emperador que le dejara ir a casa tan rápidamente como le permitiera
la navegación. Y cuando recibió el consentimiento del
Emperador para que así lo hiciere, se fue inmediatamente con
vientos favorables, diciendo un largo adiós al ejército
Romano y a Italia. Dejó casi todo en poder del enemigo; y mientras
estaba de camino a casa, Perusia, duramente asediada por el más
amargo asedio, fue capturada y sometida a todas las miserias posibles,
como he relatado en otro lugar.
Como si esto no fuera ya bastante, sufrió otro revés personal
de la siguiente manera. La Emperatriz Teodora, deseando unir a la hija
de Belisario con su nieto en matrimonio, dirigió a los padres
de la muchacha frecuentes misivas. Para evitar este enlace, difirieron
la ceremonia hasta que pudieran ambos estar presentes en ella, y entonces,
cuando la Emperatriz los llamó a Constantinopla, contestaron
que no podrían salir de Italia en ese momento. Pero la Emperatriz
estaba aún determinada de que su nieto fuera el dueño
de la hacienda de Belisario, pues sabía que la hija de aquel
sería su heredera, ya que Belisario no tenía más
hijos. Pero ya no tenía confianza en Antonina; y temiendo que
después de su muerte Antonina no se mantendría leal a
su casa, a pesar de todo lo que ésta había ayudado tan
útilmente a la Emperatriz en sus problemas, y que rompería
el acuerdo, Teodora ejecutó algo poco virtuoso.
Hizo que el muchacho y la joven vivieran juntos sin ceremonia celebrada
alguna. Y dicen que obligó a la joven contra su deseo a acostarse
ilegítimamente con él, de modo que, siendo así
desflorada, la muchacha aceptaría el matrimonio, y el Emperador
no podría prohibir el asunto. Con todo, después de la
primera cohabitación, Anastasio y la muchacha se enamoraron,
y durante no menos de ocho meses continuaron sus relaciones extramaritales.
Pero cuando, después de la muerte de Teodora, Antonina llegó
a Constantinopla, no quería olvidar el ultraje que la Emperatriz
había cometido contra ella. No importándole el hecho de
que si unía a su hija a cualquier otro hombre, la estaría
convirtiendo en una prostituta, se negó a aceptar al nieto de
Teodora como yerno, y la apartó de su amado por la fuerza, ignorando
por completo sus ruegos.
Por este acto de obstinación insensible fue universalmente censurada.
Y aún cuando su esposo regresó a casa, fácilmente
lo convenció de que su conducta había sido la correcta:
lo que rebeló abiertamente cuál era el carácter
de este hombre. Todavía, aunque había empeñado
su palabra a Focio y a otros amigos, y luego la había incumplido,
había quienes simpatizaban plenamente con él. Pues pensaban
que la razón de su perjurio no era su apocamiento ante su mujer,
sino su temor de la Emperatriz. Pero después de Teodora muerta,
como he dicho, tampoco pensó en Focio o en alguno de sus amigos;
y estaba claro que llamaba a Antonina su dueña, y a Calígono
el alcahuete, su amo. Y entonces todos vieron su ignominia, le hicieron
pública burla y le dijeron a la cara que era un tonto. Entonces
la locura de Belisario quedó totalmente al descubierto. Tales
eran, en general, para describir los hechos sin ocultamientos, los pecados
cometidos por Belisario.
En cuanto a Sergio, hijo de Baco, y sus crímenes en Libia, he
descrito suficientemente el asunto en otra parte en un capítulo
sobre el particular: cómo fue el más culpable del desastre
allí del poder Romano, y cómo había incumplido
el juramento que había hecho sobre los Evangelios a Levathae,
y dio criminalmente muerte a sus ochenta embajadores. Así dejé
dicho para que ahora añada sólo esto, que nadie fue a
Sergio con intención alguna de traición, ni Sergio tenía
sospecha alguna de que aquellos fueran traidores; pero, pese a tal,
después de invitarlos a un banquete bajo promesa de inmunidad,
los condenó vergonzosamente a muerte. Esto ocurrió en
perjuicio de Salomón, el ejército Romano y todos los Libios.
A consecuencia de este hecho, especialmente después de muerto
Salomón, como he dicho, ni oficial ni soldado tenían deseo
alguno de aventurarse a los peligros del combate. Muy notablemente Juan
hijo de Sisinolo, se mantuvo totalmente alejado de la guerra debido
a su odio a Sergio, hasta que Areobino arribó a Libia.
Este Sergio era amante del lujo y no un soldado; joven de naturaleza
y años; un rufián celoso y fanfarrón; un vividor
lascivo y borracho. Pero después de que se convirtió en
el pretendiente aceptado de su sobrina y ésta estaba relacionada
con Antonina, esposa de Belisario, la Emperatriz no permitió
que fuera castigado o removido de su cargo, incluso cuando vio que Libia
estaba por perderse. Y ella y el Emperador dejaron incluso que Salomón,
hermano de Sergio, marchara impune después de la muerte de Pegasio.
Cómo sucedió esto, lo narraré ahora.
Después que Pegasio había rescatado a Salomón de
Levathae, y los bárbaros se habían marchado a casa, Salomón
con Pegasio su rescatador y unos pocos soldados partieron a Cartago.
Y en el camino Pegasio recordó a Salomón el mal que había
hecho, y le dijo que diera gracias a Dios por su rescate de manos del
enemigo. Salomón disgustado de serle reprochado haber sido tomado
cautivo, inmediatamente mata a Pegasio; y este fue su agradecimiento
al hombre que le había salvado. Pero cuando Salomón llegó
a Constantinopla, el Emperador le perdonó bajo la consideración
de que el hombre al que había asesinado era un traidor al estado
Romano. Escapando Salomón así de la acción de la
justicia, se fue alegremente a Oriente a visitar su país natal
y a su familia. Pero la venganza de Dios cayó sobre él
en el mismo viaje, y le hizo abandonar este mundo.
Esta es la explicación del asunto concerniente a Salomón
y Pegasio.
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