VI.
IGNORANCIA DEL EMPERADOR JUSTINO, Y CÓMO SU NIETO JUSTINIANO
ERA EL VIRTUAL GOBERNANTE.
Ahora vendré
en relatar la clase de personas que eran Justiniano y Teodora, y por
qué medios arruinaron el Estado Romano.
Durante el gobierno del Emperador León en Constantinopla, tres
jóvenes campesinos de origen Ilirio, llamados Zimarco, Ditibisto
y Justino de Vederiana (11) ,
después de una desesperada lucha con la pobreza, abandonaron
sus casas para buscar fortuna en el ejército. Marcharon a Constantinopla
a pie, cargando sobre sus hombros sus mantas en las cuales no envolvieron
ningún otro equipaje excepto las galletas que habían cocido
al horno en su casa. Cuando llegaron y fueron admitidos en el servicio
militar, el Emperador los eligió para la guardia de palacio;
pues eran los tres hombres de buena apariencia.
Después, cuando Anastasio accedió al trono, estalló
la guerra con los Isaurios, cuando esta nación se rebeló;
y contra éstos Anastasio envió un ejército considerable
bajo el mando de Juan el Jorobado. Este Juan por alguna ofensa arrojó
a Justino a la cárcel, y al día siguiente lo habría
condenado a muerte, si no hubiese sido detenido por una visión
que se le apareció en un sueño. Pues en este sueño,
dijo el general, había sostenido a un ser gigante en apariencia
y en todo punto más poderoso que los mortales: y este ser le
ordenaba dejar al hombre al que había arrestado ese día.
Despertando de este sueño, dijo Juan, decidió que el sueño
no era digno de consideración. Pero a la noche siguiente la visión
se produjo nuevamente, y de nuevo escuchó las mismas palabras
que había oído antes; pero incluso así no se persuadió
de obedecer tal orden. Pero por tercera vez se le apareció la
visión en sus sueños, y le amenazó con temibles
consecuencias si no hacía lo que el ángel ordenaba, precaviéndole
de que estaría en dolorosa necesidad de este hombre y de su familia
en tiempos posteriores, cuando el día de la cólera lo
alcanzara. Y en ese punto Justino fue liberado.
Transcurriendo el tiempo, este Justino alcanzó un gran poder.
Pues el Emperador Anastasio lo nombró Conde de la guardia palaciega;
y cuando el Emperador partió de este mundo, por la fuerza de
su poder militar Justino se apoderó del trono. Por este tiempo
era ya un anciano con un pie en el sepulcro, y tan analfabeto que no
podía leer ni escribir: lo que nunca antes pudo haberse dicho
de un gobernante Romano. Fue costumbre de este Emperador firmar sus
edictos con su propia mano, pero ni elaboraba decretos ni era capaz
de entender los negocios del estado en nada.
El hombre al que le tocó asistirlo como Cuestor se llamaba Proclo;
y éste manejaba todo a su gusto. Pero para que pudiera haber
alguna evidencia de la mano del Emperador, inventó el siguiente
dispositivo para que lo usaran sus secretarios. Cortando de un bloque
de madera las formas de las cuatro letras necesarias para hacer la palabra
Latina que significa “he leído” (12)
, y sumergiendo la pluma en la tinta usada por los
emperadores para sus firmas, la ponían en los dedos del emperador.
Poniendo el bloque de madera que he descrito en el papel que sería
firmado, dirigían la mano del emperador de modo que su pluma
contorneara las cuatro letras, siguiendo todas las curvas de la plantilla:
y así se retiraban luego con el FIAT del emperador. Así
es como los Romanos fueron gobernados bajo Justino.
Su esposa se llamaba Lupicina: una mujer esclava y bárbara, que
fue traída para ser su concubina. Con Justino, cuando el sol
de su vida estaba ya por ponerse, ascendió al trono.
No era Justino capaz de hacer a sus súbditos nada bueno ni malo.
Pues era simple, incapaz de mantener una conversación o hacer
un discurso, y completamente bárbaro. Su nieto Justiniano, siendo
aún joven, era ya el virtual gobernante, y el de más y
peores calamidades para los Romanos que ningún otro hombre en
toda su historia anterior que había acaecido hasta nosotros.
Pues no tenía escrúpulos contra el asesinato o el apoderarse
de la propiedad de otras personas; y no le costaba nada deshacerse de
miríadas de hombres, incluso cuando no le habían dado
ningún motivo para ello. No tenía cuidado de preservar
las costumbres establecidas, sino que estuvo siempre impaciente de nuevas
experiencias, y en suma, era el más grande corruptor de todas
las nobles tradiciones.
Aunque la peste, descrita en mis anteriores libros, atacó a todo
el mundo, no menos hombres escaparon que perecieron; pues algunos nunca
padecieron la enfermedad, y otros se curaron después de que los
hubiera golpeado violentamente. Pero de este hombre ningún Romano
pudo escapar; pero como si fuere una segunda pestilencia enviada desde
el infierno, cayó sobre la nación y no dejó a nadie
totalmente incólume. A algunos mató sin razón,
y a otros liberó para luchar con la miseria, y su destino era
peor que el de aquellos que habían perecido, de modo que rezaban
por que la muerte los liberara de sus penurias; y a otros robó
sus propiedades y sus vidas simultáneamente.
Cuando no quedaba ya nada que arruinar en el estado Romano, se determinó
en conquistar Libia e Italia, por ninguna causa salvo aniquilar al pueblo
de esos lugares, como ya había hecho con aquellos que realmente
eran sus súbditos.
De hecho, no habían pasado más de diez días desde
su accesión, cuando mató a Amantio, jefe de los eunucos
de palacio, y a otros varios, en base a la acusación no más
grave que la de que Amantio había hecho algún comentario
irreflexivo sobre Juan, arzobispo de la ciudad. Después de esto,
fue el más temido de los hombres.
Inmediatamente después de esto se revolvió contra Vitaliano,
al que había en principio dado garantías de integridad,
y participado con él en la comunión Cristiana. Pero poco
después sospechó y receló de él y asesinó
a Vitaliano y a sus acompañantes en un banquete en palacio, mostrando
así que él no se consideraba en modo alguno ligado por
los más sagrados juramentos.
VII. ULTRAJES
DE LOS AZULES.
El pueblo desde
mucho antes se hallaba dividido, como he explicado en otra parte, en
dos facciones, los Azules y los Verdes. Justiniano, uniéndose
al primer partido (13) , que se
había realmente mostrado en su favor, fue capaz de poner todo
en confusión y agitación, y, por su poder, de poner el
Estado Romano de rodillas ante él. No todos los Azules estaban
deseando seguir a su líder, sino que había muchos que
estaban impacientes de que estallara una guerra civil. Y aún
incluso éstos, cuando estalló el problema, parecían
los más prudentes de los hombres, pues sus crímenes eran
menos tremendos de lo que eran capaces de hacer en virtud de su poder.
Ni los guerrilleros Verdes se quedaron quietos, sino que mostraron su
resentimiento tan violentamente como pudieron, aunque uno a uno eran
continuamente castigados; lo que, de hecho, les urgía a cada
momento a ulteriores temeridades. Pues los hombres que son agraviados,
probablemente llegarán a desesperarse.
Entonces fue que Justiniano, alimentando el fuego e incitando abiertamente
a los Azules a la lucha, hizo a todo el Imperio Romano sacudirse desde
sus cimientos, como si un terremoto o un cataclismo lo hubiera golpeado,
o cada ciudad dentro de sus límites hubiera sido tomada por el
enemigo. Todo por todas partes fue desarraigado: no se dejó nada
imperturbado por él. La ley y el orden, a lo largo del estado,
abrumados por la confusión, se volvieron del revés.
Primero los rebeldes revolucionaron el estilo de usar su pelo. Pues
hicieron que se cortara diferentemente del resto de los Romanos: no
tocando el bigote o la barba, que permitieron continuara creciendo tanto
como pudiera, como lo hacen los Persas, pero dejando el pelo corto en
el frente de la cabeza hasta las sienes, y haciendo que colgara hacia
abajo en gran longitud y desorden en la parte posterior, como los Masagetas.
Esta combinación extraña fue llamada por ellos el corte
de pelo Huno.
Decidieron después usar el ribete púrpura en sus togas,
y lo mostraban en un vestido que indicaba un rango superior a su clase
social: pues esto sucedía solamente por el dinero adquirido ilícitamente
por el que podían comprar este adorno. Y las mangas de sus túnicas
fueron cortadas firmemente sobre las muñecas, mientras que desde
éstas a los hombros eran de una anchura increíble; así,
siempre que se movieran las manos, como al aplaudir en el teatro o animando
a un auriga en el hipódromo, estas mangas inmensas se agitaban
visiblemente, exhibiendo al público qué constituciones
hermosas y bien desarrolladas eran éstas que requerían
tan gran ropa para cubrirlos. No consideraban que por la exageración
de este vestido la flaqueza de sus cuerpos impedidos aparecía
más patente. Sus capotes, pantalones, y botas eran también
diferentes: y esto también fue llamado el estilo Huno, que fue
imitado.
Casi todos llevaban armas abiertamente de noche, mientras que por el
día encubrían sus dagas de doble filo a lo largo del muslo
debajo de sus capotes. Recogiéndose en cuadrillas tan pronto
como caía la oscuridad, robaban los bienes en el amplio Foro
y en los estrechos callejones, arrebatando a los transeúntes
sus capas, correas, broches de oro, y lo que tenían en sus manos.
Algunos fueron muertos después de ser asaltados, de modo que
no podían informar a nadie del robo.
Estos ultrajes trajeron la enemistad de todos sobre ellos, en especial
la de los Azules que no habían tomado parte activa en la discordia.
Cuando incluso éstos fueron molestados, comenzaron a usar cinturones
y broches de bronce y capotes más baratos que los que la mayoría
de ellos estaban por privilegio autorizados a exhibir, para que su elegancia
no les causara la muerte; e incluso antes de que el sol se pusiera se
marchaban a casa para ocultarse. Pero el mal progresó; y como
los delincuentes no eran castigados por aquellos que tenían la
responsabilidad de mantener la paz pública, su audacia creció
más y más. Pues cuando el crimen no halla castigo alguno,
no hay límites para los abusos; puesto que incluso cuando es
punido, nunca está totalmente erradicado, estando la mayoría
de los hombres por naturaleza fácilmente inclinados al error.
Tal era, entonces, la conducta de los Azules.
Algunos del partido contrario se unieron a esta facción para
así encontrarse incluso con gente de su bando originario que
les habían maltratado; otros huyeron en secreto a otros lugares,
pero muchos fueron capturados antes de que pudieran huir, y perecieron
ya a manos de sus enemigos ya por sentencia de los tribunales. Y muchos
otros jóvenes se ofrecieron a esta banda quienes nunca antes
habían tenido interés alguno en la pugna, pero se vieron
ahora atraídos por el poder y la posibilidad de cometer las insolencias
que podían entonces tener permitidos. Pues no hay villanía
a la que el hombre dé nombre que no fuera cometida durante este
tiempo, y dejada impune.
Entonces, al principio, asesinaban sólo a sus oponentes. Pero
las cosas fueron a más y también asesinaron a hombres
que nada habían hecho contra ellos. Y hubo muchos que los sobornaron
con dinero, señalando a enemigos personales, a los que los Azules
inmediatamente mataron, declarando que aquellas víctimas eran
Verdes, cuando de hecho eran sin duda extranjeros. Y todo esto no sucedía
sólo en la oscuridad y a hurtadillas, sino a cada hora del día,
en cualquier lugar de la urbe, ante los ojos de los más notables
hombres del gobierno, si ocurría que estuvieran presentes. Pues
no necesitaban encubrir sus crímenes, no teniendo miedo de castigo
alguno, sino que consideraban más bien como un motivo de incrementar
su reputación, como probando su fuerza y hombría, matar
con un movimiento de daga a cualquier hombre inerme que pudiera pasar
por ahí.
Nadie tenía esperanza de vivir mucho bajo este estado de cosas,
pues todos presentían que serían el siguiente en morir.
Ningún lugar era seguro, ningún momento del día
ofrecía garantía alguna de seguridad, puesto que estos
asesinatos se daban en lo más sagrado de los santuarios incluso
durante los oficios religiosos. Confianza no había ninguna en
los amigos o parientes de uno, pues muchos murieron por la conspiración
de miembros de su propia casa. No mucho más valor tenía
la ley o el pacto a causa de este desorden, sino que todo se trocó
en violencia y confusión. El Estado se asemejó a una tiranía,
pero no una, sin embargo, que hubiera quedado establecida, sino una
que estaba diariamente cambiando y siempre recomenzando.
Los magistrados parecían haber perdido el sentido, y su ingenio
esclavizado por el miedo de un hombre. Los jueces cuando, decidiendo
los casos que se presentaban ante ellos, fallaban, no lo hacían
según lo que ellos encontraran recto o legal, sino con arreglo
a que las partes en litigio fueran amigo o enemigo de la facción
en el poder. Pues un juez que obviara esta instrucción se estaba
condenando a sí mismo a muerte. Y muchos acreedores fueron obligados
a aceptar los recibos que habían enviado a sus deudores sin ser
pagado lo que se les debía; y muchos asimismo contra su deseo
tuvieron que liberar a sus esclavos.
Y dicen que ciertas mujeres fueron forzadas por sus propios esclavos
a hacer lo que no querían; y los hijos de nobles, en connivencia
con esos jóvenes bandoleros, obligaron a sus padres, entre otros
actos contra sus deseos, a transferirles a ellos sus propiedades. Muchos
muchachos fueron constreñidos, con el conocimiento de sus padres,
a satisfacer los deseos antinaturales de los Azules; y las mujeres felizmente
casadas hallaron el mismo infortunio.
Se dice que una mujer de belleza no dudosa se dirigía con su
marido al suburbio que hay enfrente del continente; cuando algunos hombres
de su parcialidad se reunieron con ellos en el agua, y saltando al bote,
la arrastraron abusivamente del lado de su marido y la obligaron a embarcar
en su bajel. La mujer le había dicho en voz baja a su esposo
que confiara en ella y no tuviera miedo alguno de sufrir ningún
reproche, ya que ella no permitiría que la deshonraran. Entonces,
mientras él la miraba con gran pena, ella se arrojó al
Bósforo y salió inmediatamente del mundo de los mortales.
Tales fueron los hechos que este partido se atrevió a cometer
en aquel tiempo en Constantinopla.
Pero todo esto desazonaba al pueblo menos que las ofensas de Justiniano
contra el Estado. En efecto, aquellos que sufren muy penosamente a manos
de malhechores son liberados de la mayor parte de su angustia por la
expectativa de que serán vengados alguna vez por la ley y la
autoridad. Los hombres que tienen confianza en el futuro pueden sobrellevar
más fácil y menos dolorosamente sus apuros del presente;
pero cuando son ultrajados por el gobierno incluso, lo que les acontece
es naturalmente más penoso, y por la pérdida de toda esperanza
de compensación caen en la total desesperación. Y el crimen
de Justiniano fue que no sólo estaba poco dispuesto a proteger
a la víctima, sino que no veía razón alguna por
la que no debía ser la cabeza visible de la facción culpable;
dio grandes sumas de dinero a aquellos jóvenes, y se rodeó
de ellos: y a algunos hasta los llegó a nombrar para altos cargos
y otros puestos de honor.
VIII. CARÁCTER
Y APARIENCIA DE JUSTINIANO.
Esto se producía
entonces no sólo en Constantinopla, sino en cada ciudad, pues
como cualquier enfermedad, el mal, comenzando allí, se extendió
a través de todo el Imperio Romano. Pero el Emperador no estaba
preocupado por el problema, incluso cuando se producía continuamente
ante sus propios ojos en el hipódromo. Pues estaba muy satisfecho
y se asemejaba sobremanera al asno tonto, que sólo camina, sacudiendo
sus orejas, cuando uno lo arrastra por el frenillo. Como tal Justiniano
actuaba, y sumió todo en la confusión.
Tan pronto como asumió el poder de manos de su tío, su
disposición era gastar sin restricción el dinero público,
que entonces tenía en su control. Dio mucho de él a los
Hunos, que, de cuando en cuando, invadían el Estado; y por ello
las provincias Romanas eran objeto de continuas incursiones, pues estos
bárbaros, una vez sabedores de la riqueza Romana, nunca olvidaron
la ruta que conducía a ella. Y arrojó mucho dinero al
mar en forma de diques, como para dominar el eterno rugido de las olas.
Pues construyó celosamente rompeolas de piedra lejos del continente
contra el inicio del mar, como si por el poder de la riqueza pudiera
superar el poder del océano.
Reunió para sí todas las propiedades privadas de los ciudadanos
Romanos de todo el Imperio: algunas acusando a sus titulares de crímenes
de los que eran inocentes, otras malinterpretando a propósito
las palabras de sus dueños haciéndolas pasar por el deseo
de hacerle un regalo de entre sus bienes.
Y muchos, convictos de asesinato y otros crímenes, le entregaron
sus pertenencias y así escaparon de la pena por sus delitos.
Otros, disputando fraudulentamente el título de terrenos que
colindaban con los suyos, cuando veían que no tenían posibilidad
de alcanzar a alegar los mejores argumentos contra los demandados, con
la ley contra ellos, le cedían su disputado derecho al emperador
para liberarse del litigio. Y así estas personas por un gesto
que no les costaba nada, obtenían su favor y podían ilegalmente
ganar al mejor de sus oponentes.
Pienso que este es tan buen momento como cualquier otro para describir
la apariencia personal del hombre. Físicamente no era ni alto
ni bajo, sino de altura media; no delgado, sino moderadamente grueso;
su cara era redonda, y no de mal aspecto, pues tenía buen color,
incluso cuando ayunaba durante dos días. Para abreviar una larga
descripción, se parecía mucho a Domiciano, hijo de Vespasiano.
Era aquel al que los Romanos odiaron tanto que incluso hacerlo cuartos
no satisfizo su animadversión contra él, sino que fue
por el Senado emitido un decreto por el que el nombre de este Emperador
nunca debía ser escrito, y que ninguna estatua suya debía
ser conservada. Y así este nombre fue borrado en todas las inscripciones
de Roma y en cualquier sitio en que hubiera sido escrito, excepto sólo
donde aparece en la lista de Emperadores; y en ninguna parte se puede
ver estatua alguna de él en todo el Imperio Romano, salvo una
en bronce, que fue labrada por la siguiente razón.
La esposa de Domiciano era de libre nacimiento y noble (14);
y no se había hecho odiosa a nadie, ni había asentido
a los actos de su esposo. Por ello fue muy querida; y el Senado envió
a por ella, cuando murió Domiciano, y le instaron a que pidiera
cualquier favor que deseara. Pero ella pidió sólo esto:
erigir en su memoria una imagen de bronce, donde ella deseara. El Senado
se lo concedió. Entonces la mujer, deseando dejar un memorial
para el futuro del salvajismo de aquellos que habían asesinado
a su esposo, concibió este plan: recogiendo todas las partes
del cuerpo de Domiciano, los ensambló exactamente juntos y unió
el cuerpo de nuevo, en su apariencia original. Tomando esto para los
escultores, les ordenó que labraran la miserable imagen en bronce.
Así los artesanos la esculpieron, y la esposa la tomó,
y la colocó en la calle que conduce al Capitolio, a mano derecha
según uno va allí desde el Foro: un monumento a Domiciano
y una manifestación de la manera de su muerte hasta este día.
Toda la persona de Justiniano, su manera de expresarse y todas sus características
pueden verse claramente en esta estatua.
Tal que así era Justiniano en apariencia; pero su carácter
era algo que no pude describir completamente. Pues era a la vez vil
y malhechor (15); como la gente
dice coloquialmente, un pervertido moral. Él nunca era sincero
con nadie, sino siempre insidioso en lo que decía y hacía,
pero fácilmente ciego ante cualquiera que deseara engañarlo.
Su naturaleza era una mezcla antinatural de locura y maldad. Lo que
en viejos tiempos dijo un filósofo peripatético era también
verdad sobre él, que cualidades opuestas se combinaban en un
hombre como en la mezcla de colores. Intentaré retratarlo, empero,
en cuanto pueda penetrar en su complejidad. Este Emperador, entonces,
era engañoso, desviado, falso, hipócrita, con varias caras,
cruel, experto en disimular su pensamiento, nunca inclinado a las lágrimas
por alegría o dolor, aunque podía derramarlas falsamente
a su voluntad cuando la ocasión lo requería, mentiroso
siempre, no sólo de improviso, sino en la escritura, y cuando
hacía juramentos sagrados a sus súbditos en su misma presencia.
Luego rompía inmediatamente sus acuerdos y garantías,
como el peor de los esclavos, a los que de hecho sólo el temor
de la tortura lleva a confesar su perjurio. Era un amigo desleal, un
enemigo traicionero, devoto del asesinato y del saqueo, pendenciero
e inveterado revolucionario, fácilmente atraído a cualquier
maldad, pero nunca queriendo escuchar un buen consejo, presto a maquinar
males y llevarlos a la práctica, pero encontrando cualquier cosa
buena desagradable a sus oídos, aunque la supiera de oídas.
¿Cómo podría alguien describir en palabras el carácter
de Justiniano?. Éstos y muchos otros vicios, incluso peores,
se revelaron en él como en ninguna otra naturaleza mortal; parecía
haberse reunido la maldad de todo el resto de los hombres y plantada
en el alma de este hombre. Y además de esto, era demasiado propenso
a escuchar acusaciones; y demasiado rápido en castigar. Pues
decidía tales casos sin un examen completo, dictaminando el castigo
cuando había oído solamente al acusador. Sin vacilación
escribió decretos para saquear países, expugnar ciudades
y esclavizar naciones enteras, sin causa alguna que lo justificara.
De modo que si uno deseara examinar todas las calamidades que habían
acontecido a los Romanos antes de este tiempo y las comparara con sus
crímenes, pienso que se concluiría que este solo hombre
había asesinado a más hombres que en toda la historia
precedente.
No tenía escrúpulos en apoderarse de la propiedad ajena,
y no ideaba siquiera excusa alguna, legal o ilegal, para confiscar lo
que no le pertenecía. Y cuando era suyo, estaba más que
presto a malgastarlo en una insana exhibición, o darlo como soborno
innecesario a los bárbaros. En suma, ni retenía mucho
tiempo el dinero en su poder ni dejaba a nadie tenerlo: como si su razón
fuera no la avaricia, sino los celos de los que tenían riquezas.
Sacando toda la riqueza del país de los Romanos de esta manera,
se convirtió en la causa de la pobreza universal.
Este era pues el carácter de Justiniano, hasta donde puedo retratarlo.
IX. CÓMO
TEODORA, LA MÁS DEPRAVADA DE TODAS LAS CORTESANAS, GANÓ
SU AMOR.
Tomó una
esposa; y cómo nació ésta y se crió, y,
casada con este hombre, destruyó el Imperio Romano desde sus
fundamentos, me dispongo ahora a relatar.
Acacio era el guarda de las bestias salvajes usadas en el anfiteatro
de Constantinopla; pertenecía a la facción Verde y tenía
el sobrenombre de “guardaosos”. Este hombre, durante el
imperio de Anastasio, cayó enfermo y murió, dejando tres
hijas llamadas Comito, Teodora y Anastasia: de las cuales la mayor no
alcanzaba aún los siete años de edad. Su viuda contrajo
segundas nupcias con otro hombre, el cual junto con ella decidió
cargar con la familia de Acacio y continuar en la profesión de
éste. Pero Asterio, el maestro de baile de los Verdes, en siendo
sobornado por otro los removió de este oficio y se lo asignó
a otro hombre que le dio dinero. Pues el maestro de baile tenía
el poder de distribuir tales cargos como quisiera.
Cuando esta mujer vio al populacho reunido en el anfiteatro, puso coronas
de laurel sobre las cabezas de sus hijas y en sus manos, y las hizo
ponerse en tierra en actitud de suplicantes. Los Verdes contemplaron
esta muda súplica con indiferencia; pero los Azules se vieron
movidos a conceder a las niñas el mismo oficio, ya que su propio
guarda de animales acababa de morir.
Cuando estas chicas cumplieron la edad de mocedad, su madre las puso
en un teatro local, pues eran bellas a la vista; pero no las envió
a todas al mismo tiempo, sino cuando le parecía que cada una
había alcanzado la edad conveniente. Comito, de hecho, llegó
a ser una de las más valiosas heteras del momento.
Teodora, la hermana mediana, vestida con una túnica corta con
mangas, como una esclava, servía a Comito y solía seguirla
llevándola sobre sus hombros el banco en que su favorecida hermana
estaba sentada en las reuniones públicas. Entonces Teodora era
aún demasiado joven para conocer la relación normal del
hombre con una doncella, pero consentía la innatural violencia
de los viles esclavos, que, siguiendo a sus dueños al teatro,
empleaban su ocio de esta infame manera. Y durante algún tiempo
en un burdel sufrió estos abusos.
Pero tan pronto como llegó a la adolescencia, y estaba ya preparada
para el mundo, su madre la puso en el escenario. Inmediatamente se hizo
cortesana, de la clase llamada infantería (16)
tal cual los antiguos Griegos solían llamar a una mujer común
, pues ella no tocaba la flauta o el arpa, ni entrenaba siquiera para
bailar, sino que sólo entregaba su juventud a cualquier persona
con que se encontrara, en total abandono. Después se unió
a los actores del teatro y participaba en sus representaciones, tomando
parte en menospreciables escenas de comedia, cuyo objeto era arrancar
la carcajada. Pues era muy divertida y una buena mima, e inmediatamente
se hizo popular en este arte. No había vergüenza en la muchacha,
y nadie la vio dudar: ningún rol era demasiado escandaloso para
ella, aceptándolo sin ruborizarse.
Ella era de la clase de comediantes que encanta a la audiencia dejándose
abofetear y recibir golpes en las mejillas, y le hace partirse de risa
levantando sus faldas enseñando a los espectadores esos secretos
femeninos aquí y allí que la costumbre aparta de los ojos
del sexo opuesto. Con holgazanería fingida imitaba a sus amantes,
y adoptando coquetamente incluso nuevas formas de caricias, era capaz
de mantener en una constante agitación los corazones de los disolutos.
Y no esperaba a ser solicitada por aquel con el que se reunía,
sino al contrario, con gestos incitadores y cómicos movimientos
de sus faldas se ofrecía a todos los hombres que pasaban, especialmente
a los que eran adolescentes.
En materia de placer nunca fue derrotada. A menudo iba a merendar al
campo con diez hombres o más, en la flor de su fuerza y virilidad,
y retozaba con todos ellos, durante toda la noche. Cuando se cansaban
del deporte, se acercaba a sus criados, treinta quizá en número,
y luchaba en duelo con cada uno de ellos; e incluso ni así encontraba
alivio alguno a su deseo. Una vez, visitando la casa de un caballero
ilustre, dicen que se situó en el extremo más alto de
su triclinio, alzó el frontal de su vestido, sin rubor, y así
enseñó negligentemente su impudicia. Y aunque abría
de par en par tres puertas a los embajadores de Cupido, se lamentaba
de que la naturaleza no había abierto semejantemente los estrechos
de su pecho, para que pudiera allí haber ideado otra recepción
a sus emisarios.
Frecuentemente quedaba encinta, pero como empleaba todo género
de artificios inmediatamente, se producía al poco el aborto.
A menudo, incluso en el teatro, a petición de la gente, se quitaba
el vestido y se quedaba desnuda en medio, salvo por una faja en la ingle:
no porque se avergonzara de mostrar también esto a la audiencia,
sino porque existía una ley contra aparecer totalmente desnuda
en un escenario, sin al menos con esta mínima prenda. Cubierta
así con una cinta, caía al suelo del escenario y se tumbaba
sobre su espalda. Esclavos, a quienes fue confiado entonces tal deber,
dispersaban granos de cebada desde arriba en el cáliz de esta
flor de la pasión, de donde los gansos, entrenados para el propósito,
escogerían después los granos uno por uno con sus picos
y comerían. Cuando se levantaba, lo hacía sin pudor, sino
que parecía más bien la gloria en persona. Pues no sólo
era ella misma impudente, sino que hacía a los demás también
audaces. A menudo cuando estaba sola con otros actores se desnudaba
y se arqueaba provocativa, mostrándose como un pavo real a aquellos
que tenían experiencia de ella y a aquellos que aún no
habían tenido este privilegio de su entrenada flexibilidad.
Tan perversa era su lujuria que habría ocultado no sólo
la acostumbrada parte de su cuerpo, como cualquier mujer, sino también
su cara. Así los que eran íntimos con ella inmediatamente
reconocieron de ese mismo hecho ser pervertidos, y más de un
hombre respetable que coincidía con ella en el foro la evitó
y se retiró con rapidez, para que el dobladillo de su capa no
tocara a tal criatura, y se pudiera pensar que compartía su contaminación.
Pues a los que la veían, especialmente al amanecer, era un pájaro
de mal agüero. Y hacia sus compañeras actrices era tan salvaje
como un escorpión: pues era muy malvada.
Después, se fue con Hecebolo, un Tirio que había sido
gobernador de Pentápolis, sirviéndole de las más
bajas formas; pero finalmente pelearon y fue expulsada rápidamente.
En consecuencia, se encontró apartada de su género de
vida, que se ganaba por la prostitución, tal como había
hecho antes de esta aventura. Vino entonces a Alejandría, y atravesando
todo el Oriente, hizo su camino a Constantinopla; en cada ciudad haciendo
comercio (que es muy seguro y deseo en el nombre de Dios no nombrarlo
demasiado claramente) como si el Mal estuviera determinado a que no
hubiera tierra en el orbe que no conociera los pecados de Teodora.
Así fue esta mujer nacida y criada, y su nombre era una referencia
muy superior a las otras putas ordinarias en las lenguas de los hombres.
Pero cuando regresó a Constantinopla, Justiniano se enamoró
apasionadamente de ella. Al principio la mantuvo sólo como su
amante, aunque la elevó a rango patricio. A través de
él Teodora pudo inmediatamente adquirir un perverso poder y unas
muy grandes riquezas. Le parecía ella la cosa más dulce
del mundo, y como todos los amantes, deseaba agradar a su amor con todo
posible favor y regalarla con toda su riqueza. La extravagancia añadió
combustible a las llamas de la pasión. Con la ayuda de ella para
gastar el dinero saqueó al pueblo más que nunca, no sólo
en la capital, sino a lo largo del Imperio Romano. Como ambos habían
sido durante mucho tiempo de la facción Azul, dieron a esta facción
casi el total control de los asuntos de Estado. Fue mucho después
cuando lo peor de este mal llegó de la siguiente manera.
Justiniano había estado enfermo varios días, y durante
su enfermedad estuvo en tal peligro su vida que incluso se dijo que
había muerto; y los Azules, que habían estado cometiendo
los crímenes que he mencionado antes, llegaron al punto de matar
a Hipatio, un caballero de no poca importancia, a plena luz del día
en la iglesia de Santa Sofía. El grito de horror por este crimen
llegó a oídos del Emperador, y todos los cercanos a él
aprovecharon la oportunidad de recalcar la magnitud de lo que se estaba
haciendo de los asuntos públicos en ausencia del Justiniano;
y enumeraron desde el principio cómo se habían muchos
crímenes cometido. El Emperador entonces ordenó al Prefecto
de la Urbe castigar aquellas ofensas. Este hombre era un tal Teodoto,
de sobrenombre la Calabaza. Hizo una completa investigación y
pudo arrestar a muchos de los responsables y condenarlos a muerte, aunque
muchos otros no fueron encontrados, y escaparon. Luego la Fortuna tuvo
a bien que esos sujetos se hicieran cargo de los asuntos del Imperio
Romano.
Justiniano, restaurada inesperadamente su salud, inmediatamente decidió
condenarlo a muerte por envenenador y mago. Pero, puesto que no tenía
pruebas sobre las que condenarlo, torturó a sus amigos hasta
que fueron obligados a decir palabras que injustamente lo arruinaron.
Y cuando todos se apartaban de él y sólo en silencio lamentaban
el complot contra Teodoto, un hombre, Proclo el Cuestor, se atrevió
a decir que el hombre era inocente de la acusación lanzada contra
él, y que en modo alguno habría merecido la muerte. Gracias
a él, a Teodoto le fue permitido por el Emperador exiliarse a
Jerusalén. Pero sabiendo allí que hombres habían
sido enviados para acabar con él, se ocultó en la iglesia
por el resto de su vida hasta que murió. Y este fue el destino
de Teodoto.
Pero después de esto, los Azules se hicieron los más prudentes
de los hombres. Pues no se aventuraron más a continuar sus ofensas,
incluso aunque tenían abierta la posibilidad de transgredir la
ley más audazmente que antes. Y la prueba de esto es que cuando
unos pocos de ellos después mostraron tal audacia, ningún
castigo cayó sobre ellos. Pues aquellos que tenían el
poder de castigar, siempre daban a estos malvados tiempo para escapar,
animando tácitamente al resto a pisotear las leyes.
X. CÓMO
JUSTINIANO PROMULGÓ UNA NUEVA LEY QUE LE PERMITÍA CASARSE
CON UNA CORTESANA.
Entonces, en tanto
la anterior Emperatriz estuvo viva, Justiniano no pudo encontrar el
modo de hacer a Teodora su legítima esposa. En este asunto se
opuso a él como en ninguna otra: pues la señora aborrecía
el vicio, siendo una campesina de descendencia bárbara, como
he mostrado. Nunca pudo hacer nada bueno, a causa de su continua ignorancia
de los asuntos de Estado. Cambió su nombre originario, porque
temía que la gente lo considerara ridículo, y adoptó
el nombre de Eufemia cuando vino a palacio. Pero finalmente su muerte
removió este obstáculo al deseo de Justiniano.
Justino, chocho y totalmente senil, era entonces el hazmerreír
de sus súbditos; era despreciado por todos por su incapacidad
para ocuparse de los asuntos de estado; pero a Justiniano lo servían
con considerable temor. Sus manos estaban en todo, y su pasión
por la agitación creaba universal consternación.
Fue entonces cuando decidió consumar su matrimonio con Teodora.
Pero como era imposible para un hombre de rango senatorio hacer de una
cortesana su esposa, estando esto prohibido por una antigua ley, hizo
al emperador derogar esta disposición creando otra nueva, que
le permitía casarse con Teodora, y en consecuencia haciendo posible
para cualquiera también tomar por esposa a una cortesana. Inmediatamente
después de esto se hizo con el poder del Emperador, simulando
su usurpación con un pretexto aparente: pues fue proclamado colega
de su tío como Emperador de los Romanos por la cuestionable legalidad
de una elección inspirada por el temor.
Así Justiniano y Teodora ascendieron al trono imperial tres días
antes de Pascua, un tiempo, de hecho, en que hacer vistas o saludar
a algún amigo está prohibido. Y no muchos días
después Justino murió de enfermedad, después de
reinar nueve años. Justiniano era único monarca, junto
con, en efecto, Teodora.
Así fue que Teodora, a pesar de nacida y criada tal y como he
relatado, se elevó a la dignidad real soslayando todos los obstáculos.
Pues ningún pensamiento de vergüenza vino a Justiniano al
casarse con ella, aunque podía haber elegido a la virgen más
noble, más educada, más modesta, cuidadosamente criada,
virtuosa y hermosa de todas las mujeres del Imperio Romano en conjunto:
una doncella, como dicen, de noble pecho. En su lugar, prefirió
hacer su mujer a la que había sido mujer común de todos
los hombres, asimismo, indiferente a toda su historia revelada, tomó
en matrimonio a una mujer no sólo culpable de cualquier contaminación
sino que además se jactaba de sus muchos abortos.
Apenas necesito mencionar ninguna otra prueba del carácter de
este hombre: pues toda la perversidad de su alma quedó de manifiesto
totalmente en esta unión, lo cual sirve de intérprete,
testigo y relatador extenso de su descaro. Pues cuando un hombre una
vez no hace caso a la deshonra de sus acciones y está dispuesto
a arrostrar el desprecio de la sociedad, no hay después camino
de ilegalidad que sea tabú para él, sino que con cara
imperturbable avanza, fácilmente y sin escrúpulos, a los
actos de infamia más profundos.
Sin embargo, ni un solo miembro del Senado, viendo esta desgracia cayendo
sobre el Estado, osó quejarse o censurar el hecho; sino que todos
ellos se inclinaron ante ella como si fuera una diosa. Ni hubo un sacerdote
que mostrara enfado, sino que todos se dieron prisa en saludarla como
Alteza. Y el populacho que la había visto antes en el escenario,
levantaron inmediatamente las manos para proclamarse sus esclavos de
facto y de nombre. Ni soldado alguno se quejó al serle ordenado
que afrontara los peligros de la guerra en beneficio de Teodora ni hubo
hombre alguno en la tierra que se aventurara a oponérsele.
Confrontados con esta desgracia, todos se rindieron, supongo, a la necesidad,
pues era como si el Destino estuviera dando prueba de su poder para
controlar los asuntos humanos tan malignamente como quisiera, mostrando
que sus decretos no necesitan siempre ser acordes a la razón
o a la rectitud humana. Así el Destino a veces eleva a mortales
rápidamente a las alturas desafiando la razón, en oposición
a todos los gritos de la justicia, y que no admite obstáculo,
urgiendo a sus favoritos a apoderarse de sus objetivos sin estorbos
ni impedimentos. Pero como esto es la voluntad de Dios, así dejémoslo
estar y sea escrito.
Entonces Teodora era hermosa de rostro y de una gran gracia, aunque
era pequeña de estatura; su tez era moderadamente colorida, si
bien algo pálida; y sus ojos eran deslumbrantes y vivaces. Toda
la eternidad no sería suficientemente larga para permitir a uno
referir sus calaveradas en el escenario, pero los pocos detalles que
he mencionado son suficientes para demostrar el carácter de la
mujer ante las generaciones futuras.
Lo que ella y su esposo hicieron juntos debe ahora ser brevemente descrito:
pues nada se hizo por uno sin el consentimiento del otro. Durante algún
tiempo se supuso generalmente que eran totalmente distintos en mente
y acción; pero después se reveló que su aparente
diferencia había sido planeada, de modo que sus súbditos
no pudieran unánimemente rebelarse contra ellos, sino en su lugar
dividirlos en opinión.
Así dividieron a los Cristianos en dos partes, pretendiendo cada
uno tomar partido por una, confundiendo a sí a ambas, como pronto
mostraré; y entonces arruinaron a ambas facciones políticas.
Teodora fingió apoyar a los Azules con todo su poder, animándoles
a tomar la ofensiva contra la facción contraria y llevar a cabo
los hechos de violencia más indignantes; mientras que Justiniano,
afectando estar disgustado y secretamente celoso de ella, también
fingía que no podía oponerse abiertamente a sus órdenes.
Y así daban la impresión a menudo de que estaban actuando
en oposición entre sí. Entonces él ordenaba que
los Azules debían ser castigados por sus crímenes, y ella
se quejaría airadamente de que contra su deseo era vencida por
su marido. Con todo, los Azules, como he dicho, parecían cautos,
pues no agredieron a sus vecinos tanto como podrían haber hecho.
Y en los juicios cada uno fingía estar a favor de uno de los
litigantes, y presionaban para que el hombre con peor derecho en el
caso ganara: y así robaban a ambos litigantes la mayor parte
de la propiedad en liza.
Del mismo modo, el Emperador, tomando a muchas personas en su intimidad,
les confería cargos con poder a través de los cuales podían
defraudar al Estado hasta los límites de su ambición.
Y tan pronto como habían reunido suficiente botín, perdían
el favor ante Teodora, e inmediatamente eran arruinados. Al principio
él simulaba una gran simpatía en su favor, pero pronto
perdía de algún modo su confianza en ellos, y un aire
de duda oscurecía su celo a su favor. Entonces Teodora los trataba
vergonzosamente, mientras él, inconsciente de lo que se les estaba
haciendo, confiscaba sus propiedades y audazmente se apoderaba de sus
fortunas. Por tales hipocresías bien planeadas confundían
al pueblo y, pretendiendo estar en disconformidad el uno con el otro,
podían establecer una firme y mutua tiranía.