SINOPSIS

Proemio

I Parte

I. Cómo el gran general Belisario fue cegado por su esposa.
II. Cómo el juicio militar de Belisario fue quebrado por los celos.
III. Que muestra el peligro de encontrarse con las intrigas de las mujeres.
IV. Cómo Teodora humilló al conquistador de África e Italia.
V. Cómo Teodora engañó a la hija del general.

II Parte

VI. Ignorancia del emperador Justino, y cómo su nieto Justiniano era el gobernante real.
VII. Ultrajes de los Azules.
VIII. Carácter y apariencia de Justiniano.
IX. Cómo Teodora, la más depravada de todas las cortesanas, se ganó su amor.
X. Cómo Justiniano promulgó una nueva ley que le permitía casarse con una cortesana.

III Parte

XI. Cómo el defensor de la Fe arruinó a sus súbditos.
XII. Que muestra que Justiniano y Teodora eran realmente demonios con forma humana.
XIII. Perceptibles afabilidad y piedad de un tirano.
XIV. La justicia en venta.
XV. Cómo todos los ciudadanos Romanos se convirtieron en esclavos.

IV Parte

XVI. Qué ocurrió a aquellos que perdieron el favor de Teodora.
XVII. Cómo Teodora salvó a quinientas prostitutas de una vida de pecado.
XVIII. Cómo Justiniano asesinó a un trillón de personas.
XIX. Cómo se apoderó de toda la riqueza de los Romanos y la derrochó.
XX. Degradación de la Cuestura.


V Parte

XXI. El tributo del aire, y cómo a los ejércitos fronterizos se les prohibió castigar a los bárbaros invasores.
XXII. Otras corruptelas en los altos niveles.
XXIII. Cómo los terratenientes fueron arruinados.
XXIV. Injusto trato a los soldados.
XXV. Cómo robó a sus propios oficiales.


VI Parte

XXVI. Cómo expolió la riqueza de las ciudades y saqueó a los pobres.
XXVII. Cómo el defensor de la Fe protegió los intereses de los Cristianos.
XXVIII. Su violación de las leyes de los Romanos y cómo los Judíos fueron multados por comer cordero.
XXIX. Otros incidentes que lo muestran como un mentiroso y un hipócrita.
XXX. Otras innovaciones de Justiniano y Teodora, y una conclusión.

 

XI. CÓMO EL DEFENSOR DE LA FE ARRUINÓ A SUS SÚBDITOS.

Tan pronto como llegó Justiniano al poder cambió todo de arriba abajo. Lo que había estado antes prohibido por ley, ahora lo introdujo en el gobierno, a la par que revocaba todas las costumbres establecidas como si se le hubieran confiado el hábito de Emperador bajo la condición de revolverlo todo. Abolió cargos, e inventó otros nuevos para el manejo de los asuntos públicos. Hizo lo mismo con las leyes y con las ordenanzas del ejército; y su razón no era ninguna mejora de la justicia o ventaja pública, sino simplemente que todo pudiera así ser nuevo y llamado según su decisión. Y a lo que estaba más allá de su poder de abolición, le daba cualquier otro nombre según su voluntad.
Nunca se cansó de saquear las propiedades y de asesinar a los hombres. Tan pronto como había robado todas las casas de valor, buscaba alrededor otras; entretanto malgastaba los despojos de sus precedentes saqueos en subsidios a los bárbaros o en levantar extravagantes edificaciones sin sentido. Y cuando había arruinado a quizás miríadas en este loco pillaje, inmediatamente se ponía a planear cómo podía hacer lo mismo con otros incluso en gran número.
Como los Romanos entonces estaban en paz con todo el mundo y no tenía otros medios de satisfacer su pasión por el asesinato, incitó a los bárbaros a luchar unos con los otros. Por ninguna razón en absoluto convocó a los jefes Hunos y con estúpida magnanimidad les entregó enormes sumas de dinero, alegando hacer esto para asegurar su amistad. Esto, como dije, también lo hizo en tiempos de Justino. Estos Hunos, tan pronto como habían conseguido este dinero, lo enviaban junto con sus soldados a otros de sus caudillos, con la palabra de hacer incursiones en la tierra del Emperador, de modo que pudieron obtener además un tributo de él, para comprar una segunda paz. Así los Hunos esclavizaron al Imperio Romano y fueron pagados por el Emperador para que continuaran haciéndolo.
Esto animó aún a otros a robar a los Romanos pobres; y después de sus pillajes, eran además premiados también por el generoso Emperador. De este modo todos los Hunos, pues cuando no era una de sus tribus era otra, continuamente corrían y devastaban el Imperio. Pues los bárbaros eran mandados por diferentes caudillos, y la guerra, gracias a la necia generosidad de Justiniano, se prolongaba así sin fin. Por ello ningún lugar, montaña, cueva, o cualquier otro punto en territorio Romano, durante este tiempo, permaneció sin ser afectado, y muchas regiones fueron saqueadas más de cinco veces.
Estos infortunios, y aquellos que fueron causados por los Medos, Sarracenos, Eslavos, Antes, y el resto de Bárbaros, los he descrito en mis precedentes trabajos. Pero, como dije en el prefacio de este mi relato, la causa real de estas calamidades había de ser dicho aquí.
A Cosroes también pagó grandes cantidades de oro a cambio de la paz, y entonces con arbitrariedad estúpida causaba la ruptura de la tregua haciendo todo esfuerzo para asegurarse la amistad de Alamandur y sus Hunos, quienes habían estado en alianza con los Persas, pero esto lo he tratado extensamente en mis capítulos sobre este asunto.
Sin embargo, mientras estaba animando a la confrontación civil y la guerra en las fronteras para confundir a los Romanos, con un único pensamiento en su mente: que la tierra se empapara de sangre humana y pudiera hacerse con más y más botín, inventó nuevas formas de acabar con sus súbditos. Entonces entre los Cristianos en todo el Imperio Romano, había muchos con doctrinas disidentes, que se llaman herejías por la iglesia establecida, tales como las de los Montanistas y los Sabatianos, y cualesquiera otras que hacen que las mentes de los hombres se aparten del verdadero camino. Todo lo de estos creyentes ordenó que fuera abolido, y su lugar ocupado por el dogma ortodoxo, amenazando con, entre otras penas por desobediencia, la pérdida del derecho de los heréticos a legar sus bienes a sus hijos u otros parientes.
Entonces las iglesias de los llamados heréticos, especialmente de aquellos que pertenecían a los disidentes Arrianos, eran increíblemente ricas. Ni todo el Senado junto ni otro grupo grande del Imperio Romano tenían en propiedad algo comparable a lo de esas iglesias. Pues sus tesoros de oro y plata, y montones de piedras preciosas iban más allá de cualquier narración o cuenta; tenían sus propias mansiones y villas enteras, tierras en todo el mundo, y cualesquiera otras cosas que se puedan contar como riqueza entre los hombres.
Como ninguno de los Emperadores precedentes había molestado a estas iglesias, muchos hombres, incluso aquellos de la fe ortodoxa, ganaban su sustento trabajando en sus propiedades. Pero el Emperador Justiniano, en confiscando aquellas propiedades, al mismo tiempo privaba a mucha gente de aquello que había sido su único modo de ganarse la vida.
Agentes fueron enviados a todas partes para forzar a cualesquiera encontraran a renunciar a la fe de sus padres. Esto, que parece impío para la gente rústica, les hizo rebelarse contra aquellos que les daban tal orden. Así muchos perecieron a manos de la facción perseguidora, y otros se suicidaron, pensando absurdamente que esta era la mejor solución entre dos males; pero la mayor parte con mucho de ellos abandonaron la tierra de sus padres, y huyeron del país. Los Montanistas, que vivían en Frigia, se encerraron en sus iglesias, se arrojaron al fuego, y ascendieron a la gloria en las llamas. Y a partir de entonces todo el Imperio Romano fue una escena de masacre y huída.
Una ley similar fue promulgada contra los Samaritanos, que iniciaron en Palestina una agitación indescriptible.
Aquellos, de hecho, que vivían en mi propia Cesarea y en las otras ciudades, considerando estúpido sufrir un mal trato por la ridícula tontería de un dogma, tomaron el nombre de Cristianos en lugar del que habían tenido antes, por la cual precaución pudieron evitar los peligros de la nueva ley. La más respetable y alta clase de estos ciudadanos, una vez que hubieron adoptado esta religión, decidieron permanecer fieles a ella; la mayoría, empero, como si fuera en rencor por haber no voluntariamente, sino por la imposición legal, abandonado las creencias de sus padres, pronto ingresaron en la secta de los Maniqueos y en lo que es conocido como politeísmo.
Las gentes del campo, empero, se unieron y resolvieron tomar las armas contra el Emperador, eligiendo como su candidato al trono a un bandido llamado Julián, hijo de Sabaro. Y durante un tiempo se sostuvieron contra las tropas imperiales; pero finalmente, vencidos en batalla, fueron muertos, junto con su caudillo. Diez miríadas de hombres se dice perecieron en este encuentro, y la más fértil tierra del orbe se vio así desierta de campesinos. A los propios Cristianos de estas tierras, el asunto los puso en gran dificultad, pues mientras sus beneficios producidos por aquellas propiedades eran cortados, hubieron de pagar altos impuestos anuales al Emperador durante el resto de sus vidas, asegurada la no remisión de este gravamen.
Entonces dirigió su atención a aquellos llamados Gentiles, torturando sus personas y saqueando sus tierras. De esta gente aquellos que decidieron hacerse Cristianos de nombre se salvaron de momento; pero no pasó mucho antes de que aquellos, también, fueran sorprendidos haciendo libaciones y sacrificios y otras ceremonias malditas. Y cómo trató a los Cristianos será relatado a continuación.
Después de esto promulgó una ley prohibiendo la sodomía: una ley no dirigida contra las ofensas cometidas después de su publicación, sino contra aquellos que pudieran haber sido convictos de haber practicado este vicio en el pasado. El curso de esta persecución fue muy ilegal. Se dictaron sentencias cuando no había acusador; la palabra de un hombre o niño, y la de quizás un esclavo, obligado contra su voluntad a testimoniar contra su dueño, se tuvieron por prueba suficiente. Aquellos que eran condenados fueron castrados y luego exhibidos en público. Al inicio, esta persecución se dirigió sólo contra aquellos que, de la facción Verde, eran reputados especialmente ricos, o habían por otra parte despertado envidias.
La malicia del Emperador se dirigió también contra los astrólogos. Por consiguiente, los magistrados designados para castigar a los ladrones abusaron también de los astrólogos, por ninguna razón salvo la de pertenecer a esta profesión; azotándolos en la espalda y haciéndoles desfilar por la ciudad en camellos, aunque eran ancianos, y de todo punto respetables, sin haber reproche contra ellos, salvo el de que estudiaban la ciencia de las estrellas mientras vivían en tal ciudad.
Por consiguiente hubo una constante corriente de emigración no sólo a la tierra de los bárbaros sino a lugares muy alejados de la tierra Romana; y en cada campo y ciudad uno podía ver multitudes de extranjeros. Pues para escapar de la persecución, todos cambiaron prontamente su país por otro, como si su propia tierra hubiera sido tomada por un enemigo.

XII. PROBANDO QUE JUSTINIANO Y TEODORA ERAN REALMENTE DEMONIOS CON FORMA HUMANA.

Entonces la riqueza de aquellos que en Constantinopla y otras ciudades eran considerados prósperos, sólo miembros del Senado, fue confiscada brutalmente, de la manera que he descrito, por Justiniano y Teodora. Pero cómo pudieron robar incluso al Senado toda su riqueza lo revelaré ahora.
Había en Constantinopla un hombre llamado Zenón, nieto de aquel Antemio que fue antaño Emperador de Occidente. Este hombre fue nombrado, con malicia premeditada, prefecto de Egipto, y se le ordenó partir inmediatamente a su destino. Pero difirió su viaje mucho para embarcar con sus bienes más valiosos, pues tenía incontable copia de oro y plata con perlas, esmeraldas y otras tales piedras preciosas. Visto lo cual, sobornaron a algunos de sus criados de mayor confianza para sustraer estos objetos de valor de la nave tan rápidamente como pudieran llevárselos, poner fuego en el interior de la nave, e informar a Zenón de que su nave había estallado en llamas por combustión espontánea, con la pérdida de toda su hacienda. Después, cuando Zenón murió súbitamente, tomaron posesión de su herencia inmediatamente como sus herederos legales, pues se inventaron un testamento que, se comenta, realmente no era suyo.
De la misma manera se hicieron herederos de Tatiano, Demóstenes e Hilara, que eran los primeros en el Senado Romano. Y obtuvieron los bienes de otros falsificando cartas haciéndolas pasar por testamentos. Así se hicieron herederos de Dionisos, que vivía en Líbano, y de Juan, hijo de Basilio, quien era el más notable ciudadano de Edesa (17) y había sido dado contra su voluntad por Belisario como rehén a los Persas, como he contado en otra parte. Pues Cosroes rechazó dejar ir a Juan, alegando que los Romanos habían incumplido los términos de la tregua, como prenda de la cual Juan le había sido entregado por Belisario; y le dijo que le trataría sólo como un prisionero de guerra. Así la madre de su padre, que aún vivía, reunió un rescate de no menos de dos mil libras de plata y estaba lista para lograr la libertad de su nieto. Pero este dinero cuando llegó a Daras (18) , el Emperador lo supo por un comerciante y prohibió que la negociación fuera adelante, diciendo que la riqueza Romana no debía ser entregada a bárbaros. No mucho después de esto, Juan cayó enfermo y partió de este mundo, con lo cual el gobernador de la ciudad fabricó una carta, que, dijo, Juan le había escrito a él como amigo no mucho antes, para manifestar que deseaba que su hacienda fuera para el Emperador.
Apenas podría enumerar a todas las demás personas de cuyos bienes los emperadores decidieron ser herederos. Sin embargo, hasta el momento en que la rebelión llamada Nika ocurrió (19) , se apoderaron de las haciendas de los ricos, una cada vez; pero cuando aquello ocurrió, como he relatado en otra parte, incautaron de golpe todas las propiedades de casi todos los miembros del Senado. En todos los muebles y en lo mejor de las tierras pusieron sus manos y retuvieron cuanto quisieron; pero cualquier cosa que era de menos valor que los amargos y pesados impuestos, se la devolvieron a sus dueños anteriores como un gesto filantrópico. Por consiguiente estos infortunados, oprimidos por los recaudadores y acosados por los intereses siempre crecientes de sus deudas, encontraron la vida ser una carga en comparación con la cual la muerte era preferible.
Por lo cual para mí (y para muchos otros de nosotros), estos dos parecían no seres humanos, sino verdaderos demonios, y lo que los poetas llaman vampiros: que juntan sus cabezas para ver cómo pueden más fácil y rápidamente destruir la raza y los asuntos de los hombres; y asumiendo cuerpos humanos, se hacen hombres demonio, y así convulsionaron el mundo. Y uno podría encontrar pruebas de esto en muchas cosas, pero especialmente en el poder sobrehumano con el que lograron sus deseos.
Pues cuando uno examina de cerca, hay una clara diferencia entre lo que es humano y lo que es sobrenatural. Ha habido muchos hombres, durante todo el curso de la historia, que por azar o por naturaleza han inspirado un gran pavor, arruinando ciudades o países o cualquier cosa que cayera en sus manos, pero destruir a todos los hombres y traer la calamidad a todo el orbe habitado quedó para que lo hicieran estos dos, a los que el Destino ayudó en sus planes de corromper a toda la humanidad. Pues por terremotos, pestes y crecidas de ríos se produjo una enorme ruina en este tiempo, como ahora mostraré. Así no por un poder humano, sino por algún otro tipo de potestad lograron sus terribles objetivos.
Y dicen que su madre comentó una vez a algunos de sus íntimos que Justiniano no era hijo de Sabacio, su marido, ni de hombre alguno. Pues cuando estaba en la época en que lo concibió, la visitó un demonio, invisible pero dando prueba perceptible de que estaba con ella en el modo en que un hombre se une con una mujer, después de lo cual desapareció completamente como en un sueño.
Y algunos de aquellos que habían estado con Justiniano en palacio ya tarde, por la noche, hombres que eran puros de espíritu, pensaron que habían visto una extraña forma demoníaca tomando su lugar. Un hombre dijo que el Emperador súbitamente se levantó de su trono y caminó, y de hecho nunca había solido permanecer sentado durante mucho, e inmediatamente la cabeza de Justiniano había desaparecido, mientras el resto de su cuerpo parecía aumentar y disminuir, ante lo cual el espectador estaba paralizado de horror y temeroso, preguntándose si sus ojos lo engañaban. Pero percibió que realmente la cabeza desaparecida aparecía y se unía al cuerpo otra vez tan extrañamente como lo había abandonado.
Otro dijo que estaba al lado del Emperador cuando estaba sentado, y de súbito su cara cambió en una masa informe de carne, sin cejas ni ojos en su lugar, ni otra característica distintiva, y, después de un tiempo, la apariencia normal de su cara volvió. Escribo estas cosas no como alguien que las viera por mí mismo, sino que las oí de hombres buenos que habían visto estos sucesos extraños en aquel entonces.
Dicen también que un cierto monje, muy devoto de Dios, a instancias de aquellos que vivían con él en el desierto fue a Constantinopla para pedir gracia para sus vecinos que habían sido ultrajados más allá del límite. Y cuando llegó allí, obtuvo inmediatamente una audiencia con el Emperador; pero apenas cuando estaba a punto de llegar a su presencia, paró cuando sus pies estaban en el umbral, y caminó repentinamente hacia atrás, dando media vuelta. Con lo cual el eunuco que lo escoltaba, y otros que estaban presentes, le señalaron que siguiera adelante. Pero no contestó una palabra, y, como un hombre que hubiera recibido un golpe, regresó de nuevo a su punto de partida. Y cuando algunos le preguntaron por qué había actuado así, dicen que declaró claramente que vio al Rey de los Demonios sentado en el trono en palacio, y que procuraría no reunirse más con él o pedirle ningún favor.
De hecho, ¿cómo iba a ser este hombre probablemente cualquier otra cosa sino un espíritu malvado, que nunca conoció la honesta saciedad de la bebida o alimento o sueño, sino que probaba al azar las comidas que le habían servido ante él, vagaba por el palacio en las horas intempestivas de la noche, y estaba poseído por la lujuria inextinguible de un demonio?
Además algunos amantes de Teodora, en la época en que estaba en el escenario, dicen que de noche un demonio a veces descendía sobre ellos y los sacaba de la habitación, de modo que pudiera pasar toda la noche con ella. Y había una cierta bailarina llamada Macedonia, que pertenecía a la facción Azul de Antioquía, que vino a tener mucha influencia. Pues solía escribir cartas a Justiniano mientras Justino aún era Emperador, y así lograba ella que expulsaran a cualesquiera hombres notables contra los que tuviera resentimiento y confiscar sus bienes para el Erario.
Esta Macedonia, dicen, saludó a Teodora al tiempo de su llegada de Egipto y Libia; y cuando vio que ella se preocupaba gravemente y estaba deprimida por los malos tratamientos que había sufrido de Hecebolo y por la pérdida de su dinero durante esta aventura, intentó animar a Teodora recordándole que la Fortuna probablemente hiciera luego que otra vez fuera dueña de una gran riqueza. Entonces, dicen, Teodora solía relatar cómo una noche, a altas horas de la madrugada, tuvo un sueño, ordenándole no pensar en dinero, ya que cuando llegara a Constantinopla, compartiría el lecho del Rey de los Demonios, y que debía pensar en hacerse su esposa legítima y después de eso ser la señora de todo el dinero del mundo. Y que esto es lo que ocurrió es la opinión de la mayoría de la gente.

XIII. AFABILIDAD Y PIEDAD ENGAÑOSAS DE UN TIRANO.

Justiniano, mientras que era tal y como he descrito sobre su carácter en general, se mostraba por otra parte accesible y afable para con sus visitantes; nadie de todos aquellos que solicitaban audiencia con él fue nunca rechazado, incluso los que lo trataron incorrecta o ruidosamente nunca lo hicieron enojarse. Por otra parte, nunca se avergonzó de los asesinatos que cometió. Así, nunca mostró signo de cólera o irritación ante ningún ofensor, pero con una cara apacible y la frente serena dio órdenes de destruir a miríadas de hombres inocentes, saquear ciudades y confiscar cualquier propiedad para el Erario Público.
Uno pensaría de esto que el hombre tenía la mentalidad de un cordero. Si, empero, alguien intentaba acercarse a él y pedirle suplicante que perdonara a sus víctimas, hacía muecas como una bestia salvaje y la aflicción se apoderaba de aquellos que veían sus dientes de esta manera enseñados.
Y mientras parecía que albergaba firme creencia en Cristo, esto, empero, fue también para ruina de sus súbditos, pues permitió que los sacerdotes audazmente se apoderaran de los bienes de sus vecinos, e incluso tomó una simpatía comprensiva a sus robos, imaginando que compartía así su piedad divina cuando juzgaba tales casos. Al actuar así, pensaba que hacía una cosa santa cuando daba la razón al sacerdote y lo dejaba ir libre con su botín adquirido ilícitamente. La justicia, en su mente, significaba que los sacerdotes conseguían la victoria sobre sus oponentes. Cuando él mismo de esta manera ilegal lograba la propiedad de bienes de gente viva o muerta, inmediatamente los dedicaba a una de las iglesias, simulando su violencia con el color de la piedad, de modo que sus víctimas no podían tener la posibilidad de recuperar su hacienda. Además, cometió un incontable número de asesinatos por la misma causa, ya que en su celo de ingresar a todo hombre en la doctrina Cristiana, temerariamente mataba a cuantos disentían, y esto también lo hizo en nombre de la piedad, pues no consideraba homicidios esas muertes, cuando los que perecían eran creyentes de una fe distinta a la suya.
Tan implacable era su sed de sangre humana. Y con su esposa, proclive también a lograr este objetivo de destruir a la humanidad, no olvidó ninguna posible excusa para la matanza. Pues aquellos dos eran casi gemelos en sus deseos, aunque simularan diferir: ambos eran sinvergüenzas, sin embargo afectaban oponerse uno al otro, y así destruían a sus súbditos. El hombre era más ligero de carácter que una nube de polvo y podía ser convencido para hacer cualquier cosa que cualquier hombre deseara hacer, siempre y cuando la materia no requiriera de filantropía o generosidad. Escuchaba sin fin discursos laudatorios, y sus aduladores no tenían ninguna dificultad en persuadirlo de que estaba destinado a elevarse tan alto como el sol y caminar sobre las nubes.
Una vez, de hecho, Triboniano, que estaba sentado cerca de él, dijo que su mayor temor era que Justiniano algún día por motivo de su piedad fuera llevado al cielo y desapareciera en un carro de fuego. Tal alabanza, si no ironía, como esta la interpretaba conforme a la firme convicción que albergaba en su mente (20).
Con todo si reparaba alguna vez en la virtud de algún hombre, pronto lo ultrajaba como a un villano; y cuando abusaba de alguno de sus súbditos, luego cambiaba de parecer y lo elogiaba, sin ninguna razón para el cambio. Pues lo que pensaba era siempre lo contrario de lo que decía y deseaba aparentar.
Cómo era afectado por la amistad o la enemistad lo he indicado por la prueba de sus acciones. Pues como enemigo era implacable e inalterable, y para sus amigos inconstante. Así, arruinó temerariamente a la mayoría de los que fueron leales, pero nunca se hizo amigo de alguno a los que odiaba. Incluso a aquellos, que parecían ser sus asociados más próximos y queridos, los traicionó, después de no mucho tiempo, para agradar a su esposa o a otro cualquiera, aunque estaba bien enterado de que sólo por su devoción a él habían muerto. Pues era abiertamente desleal en todo, excepto, de hecho, a la inhumanidad y a la avaricia. De estos ideales ningún hombre podía apartarlo. Lo que su esposa no podía de otra manera inducirle a que hiciera, lograba que estuviera dispuesto a hacerlo sugiriéndole los grandes beneficios que se esperarían del asunto en que ella estaba pensando. Pues si había algo infame, no tenía ningún escrúpulo en contra de promulgar una ley y luego negarla. Ni sus decisiones eran tomadas según las leyes que él mismo había escrito, sino según estuviera influido por la visión de una mayor o más magnífica expectativa de beneficio. Robando, poco a poco, las propiedades de sus súbditos, no vio ninguna razón para sentirse avergonzado, aunque esto lo hacía cuando, de hecho, no lo podía arrebatar todo de una vez, ya aduciendo alguna acusación inesperada ya presentando una declaración de voluntad falseada.
No hubo, mientras gobernó a los Romanos, ninguna fe segura en Dios, ninguna esperanza en la religión, ninguna defensa en la ley, ninguna seguridad en el negocio, ninguna confianza en un contrato. Cuando daba a sus funcionarios cualquier asunto para que lo manejaran para él, si mataban a muchas de sus víctimas y robaban al resto, eran vistos por el emperador con alto favor y hacía de ellos una mención honorable por ejecutar tan perfectamente sus instrucciones. Pero si demostraban alguna misericordia y después volvían a él, fruncía el ceño y era a partir de entonces su enemigo.
Desdeñando la capacidad de esos hombres como algo pasado de moda, no los llamaba más a su servicio. Por lo tanto, muchos estaban impacientes por demostrarle qué malos eran, aun cuando ellos no eran realmente de esa manera en absoluto. Hacía promesas frecuentes, garantizadas con un juramento o por una confirmación escrita, y luego se olvidaba directamente de ellas adrede, pensando que esta gran negligencia aumentaba su importancia. Y Justiniano actuaba así no sólo con sus súbditos, sino con muchos enemigos, como he dicho ya.
Era incansable; y dormía apenas, por lo general; no tenía ningún apetito por el alimento o la bebida, sino que tomaba un bocado con las extremidades de sus dedos, lo probaba y lo dejaba en la mesa, como si comer fuera un deber impuesto a él por la naturaleza y de ningún interés. De hecho, permanecía a menudo sin alimento durante dos días y noches, especialmente en los días precedentes a la festividad llamada Pascua, que impone tal ayuno. Entonces, como he dicho, estaba a menudo sin comer durante dos días, viviendo solamente con una poca agua y algunas hierbas salvajes (21) , durmiendo quizás una sola hora, y pasando después el resto del tiempo caminando hacia arriba y hacia abajo.
Pero si, téngase presente, hubiera empleado estos días de fiesta en buenos trabajos, los problemas podrían haber sido aliviados considerablemente. En lugar de ello, dedicó la fuerza completa de su naturaleza a la ruina de los Romanos, y tuvo éxito en arrasar el Estado desde sus cimientos. Pues su vigilia constante, sus privaciones y sus trabajos fueron arrostrados por ninguna otra razón que la de idear cada día nuevas y mayores calamidades para su pueblo. Porque estaba, como he dicho, inusualmente dotado de talento para inventar y rápido en lograr actos impíos, de modo que incluso al final las buenas cualidades que en él existían se dirigieron a propiciar la caída y ruina de sus súbditos.

 

XIV. JUSTICIA EN VENTA.

Fue este un tiempo en que la administración de los asuntos cayó en una gran confusión, y de las antiguas costumbres ninguna permaneció vigente; unos pocos ejemplos referiremos para ilustrar este aserto, y el resto deberá quedar en silencio, para que este libro pueda tener un final. En primer lugar, Justiniano, no teniendo aptitud natural alguna para la dignidad imperial, ni adoptó los modales reales ni pensaba fuera ello necesario para su prestigio. En su expresión, en su vestido y en sus ideas era un bárbaro. Cuando deseaba promulgar un decreto, no lo hacía a través de la oficina del Cuestor, como era usual, sino prefería más frecuentemente anunciarlo él mismo, a pesar de su acento bárbaro; o a veces hacía que un grupo de amigos íntimos suyos lo publicaran juntos, de modo que aquellos que se veían concernidos por el edicto no sabían a cuál de ellos dirigirse.
A los secretarios privados, como son llamados, que habían cumplido con su deber durante años, no se les confiaba la redacción de los despachos secretos del Emperador, sino, al contrario, los escribía él mismo y prácticamente todo su texto; de modo que en los pocos casos en que se olvidaba de dar instrucciones a los magistrados urbanos, no sabían a dónde ir para enterarse sobre sus deberes. Pues no dejaba a nadie en el Imperio Romano decidir nada independientemente, sino que, asumiendo todo para sí con arrogancia insensata, dictaba la sentencia en los litigios antes de que vinieran a juicio, aceptando la versión de uno de los litigantes sin escuchar al otro, y después proclamaba que la discusión estaba concluida, no influido por la ley o la justicia, sino abiertamente rendido a la baja avaricia. En aceptar sobornos el Emperador no sentía ninguna vergüenza, puesto que el hambre por la riqueza devoraba su decencia.
A menudo los decretos del Senado y aquellos del Emperador estuvieron en conflicto. El Senado, empero, estaba sólo para dar un efecto pintoresco, sin ningún poder para votar o hacer cosa alguna. Era convocado como algo puramente formal, para cumplir con las antiguas leyes, y ninguno de sus miembros tenía permitido añadir una sola palabra. El emperador y su consorte asumieron la decisión de todos los asuntos en disputa, y su deseo sin duda prevalecía. Y si alguno pensaba que su victoria en un caso era incierta porque era ilegal, sólo tenía que dar al emperador más dinero y una nueva ley era inmediatamente promulgada revocando la anterior. Y si alguno incluso prefería la ley que había sido derogada, el gobernante no sentía ninguna reluctancia en reestablecer su vigencia de la misma manera.
Bajo este reinado de violencia nada era estable, sino que la balanza de la justicia se movía en círculo, inclinándose a la parte que podía cargar el platillo de dicha balanza con la cantidad más pesada de oro. Públicamente en el Foro, y bajo el manejo de los funcionarios de palacio, la venta de las decisiones de la Corte y de las leyes continuó.
Los funcionarios llamados Referendarios (22) no estaban muy satisfechos con cumplir meramente su obligación de presentar al Emperador las solicitudes de los peticionarios y de referir a los magistrados qué había decidido en la causa del solicitante, sino que, reuniendo testimonios sin valor de todas partes, con noticias falsas y asertos mendaces, engañaban a Justiniano, quien estaba naturalmente inclinado a prestar oídos a cualquier clase de cosa; y luego volvían ante los litigantes, sin decirles qué se había dicho durante su entrevista con el emperador, pidiéndoles tanto dinero como querían. Y nadie osaba oponérseles. Así los derechos de los litigantes quedaban sin proteger.
Los soldados de la guardia Pretoriana, que estaban presentes en los juicios de la corte imperial en palacio, también usaban de su poder para influir en las decisiones judiciales. Todos, podría uno decir, salían de sus puestos y se encontraban con que estaban en libertad de poder recorrer por lugares que tenían prohibidos y que nunca antes les habían consentido pisar; todas las barreras se habían venido abajo, incluso se perdieron los nombres de las antiguas restricciones. El gobierno estaba como una reina rodeada por niños retozantes. Pero debo prescindir de nuevos ejemplos, como he dicho al comienzo de este capítulo.
Estoy, empero, obligado a mencionar al hombre que primero enseñó al emperador a vender sus decisiones. Éste era León, un natural de Cilicia, un malvado ansioso de enriquecerse. Este León era el príncipe de los aduladores, y tenía la virtud de ganarse la buena voluntad de los ignorantes. Ganándose la confianza del emperador, dirigió la locura del tirano hacia la ruina del pueblo. Este hombre fue el primero en mostrar a Justiniano cómo cambiar la justicia por dinero.
Tan pronto como aprendió a ser un ladrón, nunca ya paró, sino que avanzando por este camino, el mal creció tanto que si alguien deseaba ganar un caso injusto contra un hombre honesto, iba primero a León, y conviniendo que una parte de la propiedad en disputa sería dividida entre este hombre y el monarca, dejaba el palacio con su caso ilícito ya ganado. Y León pronto amasó una gran fortuna de este modo, llegó a ser señor de muchas tierras y fue el mayor responsable de poner el estado Romano de rodillas.
No había seguridad en los contratos, ni derecho, ni palabra, ni compromiso escrito, ni castigo, ni nada, a menos que primero se hubiera entregado el dinero a León y al emperador. E incluso comprar el apoyo de León no daba seguridad, ya que Justiniano era muy inclinado a tomar el dinero de ambas partes: no sentía culpabilidad por robar a cualquier persona, y luego, cuando ambos habían confiado en él, traicionaba a uno y mantenía su promesa con el otro, al azar. No veía nada malo en tal doble juego, siempre que le hiciera ganar. Esta es la clase de persona que era Justiniano.

XV. CÓMO LOS ROMANOS SE CONVIRTIERON EN ESCLAVOS.

Teodora también endureció incesantemente su corazón en la práctica de la inhumanidad. Lo que hacía, nunca fue para agradar u obedecer a alguien; lo que deseaba, lo lograba por sí misma aplicando todo su poder, y nadie osaba interceder por quien se había cruzado en su camino. Pues ni el paso del tiempo ni el pleno rigor del castigo ni la destreza del rogante ni la amenaza de muerte, cuya venganza enviada por el Cielo es temida por toda la humanidad, podían persuadirla de disminuir su cólera. En vez de ello, el hijo del difunto heredaría la enemistad de la Emperatriz, junto con el resto del patrimonio de su padre y aquel a su vez lo legaba a la tercera generación. Pues el espíritu de ella estaba más que preparado a manifestarse para la destrucción de los hombres, mientras no hubo cura alguna para su fiebre.
Cuidaba de su cuerpo más de lo necesario, si bien menos de lo que ella consideraba deseable. Pues entraba temprano en el baño y salía de él tarde, y habiéndose bañado, se iba a desayunar. Después del desayuno descansaba. En la comida y en la cena participaba de cada clase de comida y de bebida; y dedicaba muchas horas a dormir, por el día hasta el anochecer, por la noche hasta el amanecer. Aunque perdía sus horas así de inmoderadamente, cuanto tiempo del día le quedaba lo juzgaba suficiente para dirigir el imperio Romano.
Y si el Emperador le confiaba cualquier asunto a alguien sin consultárselo, el resultado de ello sería para el funcionario su pronta y violenta pérdida de favor y una muerte muy vergonzosa.
Era fácil para Justiniano enterarse y manejar todo, no sólo a causa de su tranquilidad de temperamento, sino porque difícilmente dormía alguna vez, como he dicho, y porque no era cuidadoso con sus audiencias. En efecto, se le dio a la gente del pueblo, aun de origen oscuro y desconocido, la gran oportunidad no sólo de ser admitido en presencia del tirano, sino de conversar con él, y tratarle en privado.
Pero a presencia de la emperatriz ni los más altos funcionarios podían acceder sino con gran esfuerzo y cuitas; como esclavos tenían que esperar todo el día en una pequeña y atestada antecámara, pues ausentarse era un riesgo que ningún funcionario osaba asumir. Así permanecían allí de pie, esforzándose cada uno en mantener su rostro por encima del de su vecino, de modo que los eunucos, cuando venían de la sala de audiencias, pudieran verlos. Algunos eran llamados después, quizá, de varios días; y cuando entraban a presencia de ella con gran temor, eran rápidamente despedidos tan pronto habían hecho la reverencia y besado sus pies. Pues hablar o hacer cualquier petición, salvo lo que ella ordenaba, no estaba permitido.
El gobierno entonces no era de personas libres, sino de siervos, y Teodora era la guía de los esclavos. Tanto se había la sociedad Romana corrompido, entre la falsa bondad del tirano y la áspera implacabilidad de su consorte. Pues no se podía confiar en su sonrisa, y nada podía hacerse contra su ceño. En la afabilidad de uno había inestabilidad, en la severidad de la otra un obstáculo a la acción, pero en avaricia, crueldad y disimulo iban de la mano. Ambos fueron mentirosos de primera categoría.
Y si alguien que había caído en desgracia ante Teodora era acusado de algún error pequeño e insignificante, inmediatamente fabricaba nuevos cargos injustificados contra el hombre, y hacía que el asunto llegara a ser una acusación realmente seria. Se hacían todo tipo de acusaciones, los tribunales estaban constituidos para saquear a las víctimas, con jueces seleccionados por ella, que competían entre sí para ver quién de ellos podría satisfacerla más al ajustar su decisión a la inhumanidad de la emperatriz. Y así la hacienda de la víctima era inmediatamente confiscada, y, después de que fuera cruelmente azotado, incluso aunque perteneciera quizás a una familia noble y antigua, ella lo hacía duramente condenar a muerte o al exilio.
Pero si alguno de sus favoritos ocurría que era sorprendido en un asesinato u otro crimen grave, ridiculizaba y menospreciaba los esfuerzos de sus acusadores, y les obligaba, aun contra su voluntad, a retirar los cargos. De hecho, tan pronto sentía inclinación por un asunto, lo convertía, aunque fuera muy serio, en una broma, como si de nuevo estuviera en el escenario de un teatro.
Una vez un anciano patricio, quien había sido durante largo tiempo un alto funcionario (cuyo nombre bien conozco, pero me cuidaré mucho de mencionarlo, para no traer el ridículo eterno sobre él), que era incapaz de cobrar de uno de los asistentes de la emperatriz una considerable suma de dinero que le era debida, fue ante ella con la intención de reclamar su crédito e implorarle su ayuda. Pero Teodora estaba avisada y les dijo a sus eunucos que tan pronto el patricio fuera admitido en su presencia, lo rodearan entre todos y estuvieran atentos a sus palabras, instruyéndoles sobre el modo en que tenían que responder (23) después de que las pronunciara. Y cuando el patricio fue admitido a sus habitaciones privadas, besó a la emperatriz sus pies según la costumbre (24) y, llorando, le dijo:
“Señora, es duro para un patricio pedir dinero. Pues lo que en otros hombres suscita simpatía y piedad, en uno de mi rango es considerado una desgracia. Cualquier otro hombre que sufriera la pobreza puede alegar esto en su defensa ante sus acreedores, y recibir inmediatamente una ayuda frente a esta dificultad, pero un patricio, no sabiendo de dónde puede sacar los fondos para pagar a sus acreedores, estaría avergonzado primeramente en admitirlo”.
“En efecto, Señora, tal es mi ruego. Tengo acreedores a los que debo dinero, mientras otros me lo deben a mí. Y a aquellos a los que debo dinero, quienes me están presionando para que les pague, no puedo, por causa de mi reputación, intentar no pagarles; mientras que mis deudores, porque no son patricios, se niegan a pagarme con cualquier excusa. Te ruego, por tanto, te suplico y te pido que me ayudes en lo que es justo, y libérame de mi actual apuro”.
Así habló, y la emperatriz le respondió musicalmente:
“Señor patricio Fulano”, a lo cual el coro de eunucos cantó:
“!Tu hernia parece que te molesta mucho!.
Y cuando el hombre le pedía de nuevo, haciendo un segundo discurso similar al primero, le respondía como antes, y el coro cantaba la misma letra: hasta que, levantándose, el pobre infeliz se inclinó según la usual forma de reverencia y se fue a casa.
Buena parte del año la emperatriz residía en los suburbios próximos a la costa, especialmente en el lugar llamado Heraeum (25) , y la numerosa muchedumbre de sus asistentes estaba sujeta a una gran inconveniencia, pues era difícil conseguir las vituallas necesarias, y estaban expuestos a los peligros del mar, especialmente a las frecuentes tormentas inesperadas y al ataque de la ballena (26) . Sin embargo, ellos (27) tenían en nada las desgracias más amargas de la humanidad, siempre y cuando pudieran disfrutar de los placeres de su corte.


 

 

Notas.

(17) Una importante ciudad fortificada de la frontera oriental, en Mesopotamia. Volver

(18) Actualmente Dara. Según Esteban de Bizancio la forma correcta es Darai (Lat. Darae), aunque escribe que la forma “Daras” es “ahora usada”. Volver

(19) La insurrección de Nika, en 532 d. C., fue un intento desesperado y mal organizado de las facciones del Circo, Azules y Verdes, actuando como aliados, de destronar a Justiniano y situar en su lugar a otro emperador más favorable a sus intereses y, en general, menos tiránico. Volver

(20) Esto es, con arreglo a las firmes opiniones que tenía de sí mismo. La frase está tomada de Tucídides (II, 89), donde empero significa “firmeza de (su) resolución”. Procopio quiere decir que Justiniano estaba tan convencido de su propio genio que se tomaba esas alabanzas (¿o burlas veladas?) en serio. Volver

(21) Al parecer, pudiera aquí verse una clara alusión a las hierbas amargas de la Pascua Judía, que pudo convertirse en el ritual de ayuno del triduum, los tres días entre la crucifixión y la resurrección que era tan notablemente observado por el cristianismo primitivo. Procopio, que es considerado por muchos como en el mejor de los casos como un cristiano de nombre, muy probablemente un criptopagano, no estaría familiarizado con los ejercicios piadosos privados de los devotos cristianos. La conexión es incluso más clara en otro pasaje de Procopio (De aedifficiis, I, 7. 7), en el que parece entender la práctica un poco mejor, lo cual, aparentemente, se añadiría a la evidencia interna de que esta obra fue escrita después de la Historia Secreta. Volver

(22) Funcionarios encargados de anunciar al emperador las peticiones de sus clientes, e indicarles a cambio cuál era su voluntad. Volver

(23) Iban a responder como “los sacerdotes” en la misa de la moderna iglesia ortodoxa. Volver

(24) La habitual reverencia en este tiempo, como ya ha indicado y criticado Procopio, consistía en una completa postración y beso en los pies de la persona destinataria. Siempre se exigía cuando se trataba del emperador o de la emperatriz. Volver

(25) En la orilla asiática del Bósforo, también llamado Herión o más comúnmente Hierón. Arriano, Periplo, 12, escribe lo siguiente: “Cerca del Bósforo tracio y la desembocadura del mar Euxino, en el lado asiático a la derecha, que pertenece a la nación de los Bitinios, se sitúa el lugar llamado Hierón, donde hay un templo de Zeus Ourio, como es llamado. Y este lugar es el punto de partida para aquellos que quieren navegar al mar Euxino”. Volver

(26) Esta criatura fue llamada Porfirión y acosó a los navegantes en las aguas cercanas a Constantinopla durante cincuenta años. Volver

(27) Justiniano y Teodora. Volver

 

 

enlaces relacionados con la historia de Bizancio-Imperio Romano de Oriente