XI. CÓMO
EL DEFENSOR DE LA FE ARRUINÓ A SUS SÚBDITOS.
Tan pronto como
llegó Justiniano al poder cambió todo de arriba abajo.
Lo que había estado antes prohibido por ley, ahora lo introdujo
en el gobierno, a la par que revocaba todas las costumbres establecidas
como si se le hubieran confiado el hábito de Emperador bajo la
condición de revolverlo todo. Abolió cargos, e inventó
otros nuevos para el manejo de los asuntos públicos. Hizo lo
mismo con las leyes y con las ordenanzas del ejército; y su razón
no era ninguna mejora de la justicia o ventaja pública, sino
simplemente que todo pudiera así ser nuevo y llamado según
su decisión. Y a lo que estaba más allá de su poder
de abolición, le daba cualquier otro nombre según su voluntad.
Nunca se cansó de saquear las propiedades y de asesinar a los
hombres. Tan pronto como había robado todas las casas de valor,
buscaba alrededor otras; entretanto malgastaba los despojos de sus precedentes
saqueos en subsidios a los bárbaros o en levantar extravagantes
edificaciones sin sentido. Y cuando había arruinado a quizás
miríadas en este loco pillaje, inmediatamente se ponía
a planear cómo podía hacer lo mismo con otros incluso
en gran número.
Como los Romanos entonces estaban en paz con todo el mundo y no tenía
otros medios de satisfacer su pasión por el asesinato, incitó
a los bárbaros a luchar unos con los otros. Por ninguna razón
en absoluto convocó a los jefes Hunos y con estúpida magnanimidad
les entregó enormes sumas de dinero, alegando hacer esto para
asegurar su amistad. Esto, como dije, también lo hizo en tiempos
de Justino. Estos Hunos, tan pronto como habían conseguido este
dinero, lo enviaban junto con sus soldados a otros de sus caudillos,
con la palabra de hacer incursiones en la tierra del Emperador, de modo
que pudieron obtener además un tributo de él, para comprar
una segunda paz. Así los Hunos esclavizaron al Imperio Romano
y fueron pagados por el Emperador para que continuaran haciéndolo.
Esto animó aún a otros a robar a los Romanos pobres; y
después de sus pillajes, eran además premiados también
por el generoso Emperador. De este modo todos los Hunos, pues cuando
no era una de sus tribus era otra, continuamente corrían y devastaban
el Imperio. Pues los bárbaros eran mandados por diferentes caudillos,
y la guerra, gracias a la necia generosidad de Justiniano, se prolongaba
así sin fin. Por ello ningún lugar, montaña, cueva,
o cualquier otro punto en territorio Romano, durante este tiempo, permaneció
sin ser afectado, y muchas regiones fueron saqueadas más de cinco
veces.
Estos infortunios, y aquellos que fueron causados por los Medos, Sarracenos,
Eslavos, Antes, y el resto de Bárbaros, los he descrito en mis
precedentes trabajos. Pero, como dije en el prefacio de este mi relato,
la causa real de estas calamidades había de ser dicho aquí.
A Cosroes también pagó grandes cantidades de oro a cambio
de la paz, y entonces con arbitrariedad estúpida causaba la ruptura
de la tregua haciendo todo esfuerzo para asegurarse la amistad de Alamandur
y sus Hunos, quienes habían estado en alianza con los Persas,
pero esto lo he tratado extensamente en mis capítulos sobre este
asunto.
Sin embargo, mientras estaba animando a la confrontación civil
y la guerra en las fronteras para confundir a los Romanos, con un único
pensamiento en su mente: que la tierra se empapara de sangre humana
y pudiera hacerse con más y más botín, inventó
nuevas formas de acabar con sus súbditos. Entonces entre los
Cristianos en todo el Imperio Romano, había muchos con doctrinas
disidentes, que se llaman herejías por la iglesia establecida,
tales como las de los Montanistas y los Sabatianos, y cualesquiera otras
que hacen que las mentes de los hombres se aparten del verdadero camino.
Todo lo de estos creyentes ordenó que fuera abolido, y su lugar
ocupado por el dogma ortodoxo, amenazando con, entre otras penas por
desobediencia, la pérdida del derecho de los heréticos
a legar sus bienes a sus hijos u otros parientes.
Entonces las iglesias de los llamados heréticos, especialmente
de aquellos que pertenecían a los disidentes Arrianos, eran increíblemente
ricas. Ni todo el Senado junto ni otro grupo grande del Imperio Romano
tenían en propiedad algo comparable a lo de esas iglesias. Pues
sus tesoros de oro y plata, y montones de piedras preciosas iban más
allá de cualquier narración o cuenta; tenían sus
propias mansiones y villas enteras, tierras en todo el mundo, y cualesquiera
otras cosas que se puedan contar como riqueza entre los hombres.
Como ninguno de los Emperadores precedentes había molestado a
estas iglesias, muchos hombres, incluso aquellos de la fe ortodoxa,
ganaban su sustento trabajando en sus propiedades. Pero el Emperador
Justiniano, en confiscando aquellas propiedades, al mismo tiempo privaba
a mucha gente de aquello que había sido su único modo
de ganarse la vida.
Agentes fueron enviados a todas partes para forzar a cualesquiera encontraran
a renunciar a la fe de sus padres. Esto, que parece impío para
la gente rústica, les hizo rebelarse contra aquellos que les
daban tal orden. Así muchos perecieron a manos de la facción
perseguidora, y otros se suicidaron, pensando absurdamente que esta
era la mejor solución entre dos males; pero la mayor parte con
mucho de ellos abandonaron la tierra de sus padres, y huyeron del país.
Los Montanistas, que vivían en Frigia, se encerraron en sus iglesias,
se arrojaron al fuego, y ascendieron a la gloria en las llamas. Y a
partir de entonces todo el Imperio Romano fue una escena de masacre
y huída.
Una ley similar fue promulgada contra los Samaritanos, que iniciaron
en Palestina una agitación indescriptible.
Aquellos, de hecho, que vivían en mi propia Cesarea y en las
otras ciudades, considerando estúpido sufrir un mal trato por
la ridícula tontería de un dogma, tomaron el nombre de
Cristianos en lugar del que habían tenido antes, por la cual
precaución pudieron evitar los peligros de la nueva ley. La más
respetable y alta clase de estos ciudadanos, una vez que hubieron adoptado
esta religión, decidieron permanecer fieles a ella; la mayoría,
empero, como si fuera en rencor por haber no voluntariamente, sino por
la imposición legal, abandonado las creencias de sus padres,
pronto ingresaron en la secta de los Maniqueos y en lo que es conocido
como politeísmo.
Las gentes del campo, empero, se unieron y resolvieron tomar las armas
contra el Emperador, eligiendo como su candidato al trono a un bandido
llamado Julián, hijo de Sabaro. Y durante un tiempo se sostuvieron
contra las tropas imperiales; pero finalmente, vencidos en batalla,
fueron muertos, junto con su caudillo. Diez miríadas de hombres
se dice perecieron en este encuentro, y la más fértil
tierra del orbe se vio así desierta de campesinos. A los propios
Cristianos de estas tierras, el asunto los puso en gran dificultad,
pues mientras sus beneficios producidos por aquellas propiedades eran
cortados, hubieron de pagar altos impuestos anuales al Emperador durante
el resto de sus vidas, asegurada la no remisión de este gravamen.
Entonces dirigió su atención a aquellos llamados Gentiles,
torturando sus personas y saqueando sus tierras. De esta gente aquellos
que decidieron hacerse Cristianos de nombre se salvaron de momento;
pero no pasó mucho antes de que aquellos, también, fueran
sorprendidos haciendo libaciones y sacrificios y otras ceremonias malditas.
Y cómo trató a los Cristianos será relatado a continuación.
Después de esto promulgó una ley prohibiendo la sodomía:
una ley no dirigida contra las ofensas cometidas después de su
publicación, sino contra aquellos que pudieran haber sido convictos
de haber practicado este vicio en el pasado. El curso de esta persecución
fue muy ilegal. Se dictaron sentencias cuando no había acusador;
la palabra de un hombre o niño, y la de quizás un esclavo,
obligado contra su voluntad a testimoniar contra su dueño, se
tuvieron por prueba suficiente. Aquellos que eran condenados fueron
castrados y luego exhibidos en público. Al inicio, esta persecución
se dirigió sólo contra aquellos que, de la facción
Verde, eran reputados especialmente ricos, o habían por otra
parte despertado envidias.
La malicia del Emperador se dirigió también contra los
astrólogos. Por consiguiente, los magistrados designados para
castigar a los ladrones abusaron también de los astrólogos,
por ninguna razón salvo la de pertenecer a esta profesión;
azotándolos en la espalda y haciéndoles desfilar por la
ciudad en camellos, aunque eran ancianos, y de todo punto respetables,
sin haber reproche contra ellos, salvo el de que estudiaban la ciencia
de las estrellas mientras vivían en tal ciudad.
Por consiguiente hubo una constante corriente de emigración no
sólo a la tierra de los bárbaros sino a lugares muy alejados
de la tierra Romana; y en cada campo y ciudad uno podía ver multitudes
de extranjeros. Pues para escapar de la persecución, todos cambiaron
prontamente su país por otro, como si su propia tierra hubiera
sido tomada por un enemigo.
XII. PROBANDO
QUE JUSTINIANO Y TEODORA ERAN REALMENTE DEMONIOS CON FORMA HUMANA.
Entonces la riqueza
de aquellos que en Constantinopla y otras ciudades eran considerados
prósperos, sólo miembros del Senado, fue confiscada brutalmente,
de la manera que he descrito, por Justiniano y Teodora. Pero cómo
pudieron robar incluso al Senado toda su riqueza lo revelaré
ahora.
Había en Constantinopla un hombre llamado Zenón, nieto
de aquel Antemio que fue antaño Emperador de Occidente. Este
hombre fue nombrado, con malicia premeditada, prefecto de Egipto, y
se le ordenó partir inmediatamente a su destino. Pero difirió
su viaje mucho para embarcar con sus bienes más valiosos, pues
tenía incontable copia de oro y plata con perlas, esmeraldas
y otras tales piedras preciosas. Visto lo cual, sobornaron a algunos
de sus criados de mayor confianza para sustraer estos objetos de valor
de la nave tan rápidamente como pudieran llevárselos,
poner fuego en el interior de la nave, e informar a Zenón de
que su nave había estallado en llamas por combustión espontánea,
con la pérdida de toda su hacienda. Después, cuando Zenón
murió súbitamente, tomaron posesión de su herencia
inmediatamente como sus herederos legales, pues se inventaron un testamento
que, se comenta, realmente no era suyo.
De la misma manera se hicieron herederos de Tatiano, Demóstenes
e Hilara, que eran los primeros en el Senado Romano. Y obtuvieron los
bienes de otros falsificando cartas haciéndolas pasar por testamentos.
Así se hicieron herederos de Dionisos, que vivía en Líbano,
y de Juan, hijo de Basilio, quien era el más notable ciudadano
de Edesa (17) y había sido
dado contra su voluntad por Belisario como rehén a los Persas,
como he contado en otra parte. Pues Cosroes rechazó dejar ir
a Juan, alegando que los Romanos habían incumplido los términos
de la tregua, como prenda de la cual Juan le había sido entregado
por Belisario; y le dijo que le trataría sólo como un
prisionero de guerra. Así la madre de su padre, que aún
vivía, reunió un rescate de no menos de dos mil libras
de plata y estaba lista para lograr la libertad de su nieto. Pero este
dinero cuando llegó a Daras (18) ,
el Emperador lo supo por un comerciante y prohibió que la negociación
fuera adelante, diciendo que la riqueza Romana no debía ser entregada
a bárbaros. No mucho después de esto, Juan cayó
enfermo y partió de este mundo, con lo cual el gobernador de
la ciudad fabricó una carta, que, dijo, Juan le había
escrito a él como amigo no mucho antes, para manifestar que deseaba
que su hacienda fuera para el Emperador.
Apenas podría enumerar a todas las demás personas de cuyos
bienes los emperadores decidieron ser herederos. Sin embargo, hasta
el momento en que la rebelión llamada Nika ocurrió
(19) , se apoderaron de las haciendas de los ricos,
una cada vez; pero cuando aquello ocurrió, como he relatado en
otra parte, incautaron de golpe todas las propiedades de casi todos
los miembros del Senado. En todos los muebles y en lo mejor de las tierras
pusieron sus manos y retuvieron cuanto quisieron; pero cualquier cosa
que era de menos valor que los amargos y pesados impuestos, se la devolvieron
a sus dueños anteriores como un gesto filantrópico. Por
consiguiente estos infortunados, oprimidos por los recaudadores y acosados
por los intereses siempre crecientes de sus deudas, encontraron la vida
ser una carga en comparación con la cual la muerte era preferible.
Por lo cual para mí (y para muchos otros de nosotros), estos
dos parecían no seres humanos, sino verdaderos demonios, y lo
que los poetas llaman vampiros: que juntan sus cabezas para ver cómo
pueden más fácil y rápidamente destruir la raza
y los asuntos de los hombres; y asumiendo cuerpos humanos, se hacen
hombres demonio, y así convulsionaron el mundo. Y uno podría
encontrar pruebas de esto en muchas cosas, pero especialmente en el
poder sobrehumano con el que lograron sus deseos.
Pues cuando uno examina de cerca, hay una clara diferencia entre lo
que es humano y lo que es sobrenatural. Ha habido muchos hombres, durante
todo el curso de la historia, que por azar o por naturaleza han inspirado
un gran pavor, arruinando ciudades o países o cualquier cosa
que cayera en sus manos, pero destruir a todos los hombres y traer la
calamidad a todo el orbe habitado quedó para que lo hicieran
estos dos, a los que el Destino ayudó en sus planes de corromper
a toda la humanidad. Pues por terremotos, pestes y crecidas de ríos
se produjo una enorme ruina en este tiempo, como ahora mostraré.
Así no por un poder humano, sino por algún otro tipo de
potestad lograron sus terribles objetivos.
Y dicen que su madre comentó una vez a algunos de sus íntimos
que Justiniano no era hijo de Sabacio, su marido, ni de hombre alguno.
Pues cuando estaba en la época en que lo concibió, la
visitó un demonio, invisible pero dando prueba perceptible de
que estaba con ella en el modo en que un hombre se une con una mujer,
después de lo cual desapareció completamente como en un
sueño.
Y algunos de aquellos que habían estado con Justiniano en palacio
ya tarde, por la noche, hombres que eran puros de espíritu, pensaron
que habían visto una extraña forma demoníaca tomando
su lugar. Un hombre dijo que el Emperador súbitamente se levantó
de su trono y caminó, y de hecho nunca había solido permanecer
sentado durante mucho, e inmediatamente la cabeza de Justiniano había
desaparecido, mientras el resto de su cuerpo parecía aumentar
y disminuir, ante lo cual el espectador estaba paralizado de horror
y temeroso, preguntándose si sus ojos lo engañaban. Pero
percibió que realmente la cabeza desaparecida aparecía
y se unía al cuerpo otra vez tan extrañamente como lo
había abandonado.
Otro dijo que estaba al lado del Emperador cuando estaba sentado, y
de súbito su cara cambió en una masa informe de carne,
sin cejas ni ojos en su lugar, ni otra característica distintiva,
y, después de un tiempo, la apariencia normal de su cara volvió.
Escribo estas cosas no como alguien que las viera por mí mismo,
sino que las oí de hombres buenos que habían visto estos
sucesos extraños en aquel entonces.
Dicen también que un cierto monje, muy devoto de Dios, a instancias
de aquellos que vivían con él en el desierto fue a Constantinopla
para pedir gracia para sus vecinos que habían sido ultrajados
más allá del límite. Y cuando llegó allí,
obtuvo inmediatamente una audiencia con el Emperador; pero apenas cuando
estaba a punto de llegar a su presencia, paró cuando sus pies
estaban en el umbral, y caminó repentinamente hacia atrás,
dando media vuelta. Con lo cual el eunuco que lo escoltaba, y otros
que estaban presentes, le señalaron que siguiera adelante. Pero
no contestó una palabra, y, como un hombre que hubiera recibido
un golpe, regresó de nuevo a su punto de partida. Y cuando algunos
le preguntaron por qué había actuado así, dicen
que declaró claramente que vio al Rey de los Demonios sentado
en el trono en palacio, y que procuraría no reunirse más
con él o pedirle ningún favor.
De hecho, ¿cómo iba a ser este hombre probablemente cualquier
otra cosa sino un espíritu malvado, que nunca conoció
la honesta saciedad de la bebida o alimento o sueño, sino que
probaba al azar las comidas que le habían servido ante él,
vagaba por el palacio en las horas intempestivas de la noche, y estaba
poseído por la lujuria inextinguible de un demonio?
Además algunos amantes de Teodora, en la época en que
estaba en el escenario, dicen que de noche un demonio a veces descendía
sobre ellos y los sacaba de la habitación, de modo que pudiera
pasar toda la noche con ella. Y había una cierta bailarina llamada
Macedonia, que pertenecía a la facción Azul de Antioquía,
que vino a tener mucha influencia. Pues solía escribir cartas
a Justiniano mientras Justino aún era Emperador, y así
lograba ella que expulsaran a cualesquiera hombres notables contra los
que tuviera resentimiento y confiscar sus bienes para el Erario.
Esta Macedonia, dicen, saludó a Teodora al tiempo de su llegada
de Egipto y Libia; y cuando vio que ella se preocupaba gravemente y
estaba deprimida por los malos tratamientos que había sufrido
de Hecebolo y por la pérdida de su dinero durante esta aventura,
intentó animar a Teodora recordándole que la Fortuna probablemente
hiciera luego que otra vez fuera dueña de una gran riqueza. Entonces,
dicen, Teodora solía relatar cómo una noche, a altas horas
de la madrugada, tuvo un sueño, ordenándole no pensar
en dinero, ya que cuando llegara a Constantinopla, compartiría
el lecho del Rey de los Demonios, y que debía pensar en hacerse
su esposa legítima y después de eso ser la señora
de todo el dinero del mundo. Y que esto es lo que ocurrió es
la opinión de la mayoría de la gente.
XIII. AFABILIDAD
Y PIEDAD ENGAÑOSAS DE UN TIRANO.
Justiniano, mientras
que era tal y como he descrito sobre su carácter en general,
se mostraba por otra parte accesible y afable para con sus visitantes;
nadie de todos aquellos que solicitaban audiencia con él fue
nunca rechazado, incluso los que lo trataron incorrecta o ruidosamente
nunca lo hicieron enojarse. Por otra parte, nunca se avergonzó
de los asesinatos que cometió. Así, nunca mostró
signo de cólera o irritación ante ningún ofensor,
pero con una cara apacible y la frente serena dio órdenes de
destruir a miríadas de hombres inocentes, saquear ciudades y
confiscar cualquier propiedad para el Erario Público.
Uno pensaría de esto que el hombre tenía la mentalidad
de un cordero. Si, empero, alguien intentaba acercarse a él y
pedirle suplicante que perdonara a sus víctimas, hacía
muecas como una bestia salvaje y la aflicción se apoderaba de
aquellos que veían sus dientes de esta manera enseñados.
Y mientras parecía que albergaba firme creencia en Cristo, esto,
empero, fue también para ruina de sus súbditos, pues permitió
que los sacerdotes audazmente se apoderaran de los bienes de sus vecinos,
e incluso tomó una simpatía comprensiva a sus robos, imaginando
que compartía así su piedad divina cuando juzgaba tales
casos. Al actuar así, pensaba que hacía una cosa santa
cuando daba la razón al sacerdote y lo dejaba ir libre con su
botín adquirido ilícitamente. La justicia, en su mente,
significaba que los sacerdotes conseguían la victoria sobre sus
oponentes. Cuando él mismo de esta manera ilegal lograba la propiedad
de bienes de gente viva o muerta, inmediatamente los dedicaba a una
de las iglesias, simulando su violencia con el color de la piedad, de
modo que sus víctimas no podían tener la posibilidad de
recuperar su hacienda. Además, cometió un incontable número
de asesinatos por la misma causa, ya que en su celo de ingresar a todo
hombre en la doctrina Cristiana, temerariamente mataba a cuantos disentían,
y esto también lo hizo en nombre de la piedad, pues no consideraba
homicidios esas muertes, cuando los que perecían eran creyentes
de una fe distinta a la suya.
Tan implacable era su sed de sangre humana. Y con su esposa, proclive
también a lograr este objetivo de destruir a la humanidad, no
olvidó ninguna posible excusa para la matanza. Pues aquellos
dos eran casi gemelos en sus deseos, aunque simularan diferir: ambos
eran sinvergüenzas, sin embargo afectaban oponerse uno al otro,
y así destruían a sus súbditos. El hombre era más
ligero de carácter que una nube de polvo y podía ser convencido
para hacer cualquier cosa que cualquier hombre deseara hacer, siempre
y cuando la materia no requiriera de filantropía o generosidad.
Escuchaba sin fin discursos laudatorios, y sus aduladores no tenían
ninguna dificultad en persuadirlo de que estaba destinado a elevarse
tan alto como el sol y caminar sobre las nubes.
Una vez, de hecho, Triboniano, que estaba sentado cerca de él,
dijo que su mayor temor era que Justiniano algún día por
motivo de su piedad fuera llevado al cielo y desapareciera en un carro
de fuego. Tal alabanza, si no ironía, como esta la interpretaba
conforme a la firme convicción que albergaba en su mente (20).
Con todo si reparaba alguna vez en la virtud de algún hombre,
pronto lo ultrajaba como a un villano; y cuando abusaba de alguno de
sus súbditos, luego cambiaba de parecer y lo elogiaba, sin ninguna
razón para el cambio. Pues lo que pensaba era siempre lo contrario
de lo que decía y deseaba aparentar.
Cómo era afectado por la amistad o la enemistad lo he indicado
por la prueba de sus acciones. Pues como enemigo era implacable e inalterable,
y para sus amigos inconstante. Así, arruinó temerariamente
a la mayoría de los que fueron leales, pero nunca se hizo amigo
de alguno a los que odiaba. Incluso a aquellos, que parecían
ser sus asociados más próximos y queridos, los traicionó,
después de no mucho tiempo, para agradar a su esposa o a otro
cualquiera, aunque estaba bien enterado de que sólo por su devoción
a él habían muerto. Pues era abiertamente desleal en todo,
excepto, de hecho, a la inhumanidad y a la avaricia. De estos ideales
ningún hombre podía apartarlo. Lo que su esposa no podía
de otra manera inducirle a que hiciera, lograba que estuviera dispuesto
a hacerlo sugiriéndole los grandes beneficios que se esperarían
del asunto en que ella estaba pensando. Pues si había algo infame,
no tenía ningún escrúpulo en contra de promulgar
una ley y luego negarla. Ni sus decisiones eran tomadas según
las leyes que él mismo había escrito, sino según
estuviera influido por la visión de una mayor o más magnífica
expectativa de beneficio. Robando, poco a poco, las propiedades de sus
súbditos, no vio ninguna razón para sentirse avergonzado,
aunque esto lo hacía cuando, de hecho, no lo podía arrebatar
todo de una vez, ya aduciendo alguna acusación inesperada ya
presentando una declaración de voluntad falseada.
No hubo, mientras gobernó a los Romanos, ninguna fe segura en
Dios, ninguna esperanza en la religión, ninguna defensa en la
ley, ninguna seguridad en el negocio, ninguna confianza en un contrato.
Cuando daba a sus funcionarios cualquier asunto para que lo manejaran
para él, si mataban a muchas de sus víctimas y robaban
al resto, eran vistos por el emperador con alto favor y hacía
de ellos una mención honorable por ejecutar tan perfectamente
sus instrucciones. Pero si demostraban alguna misericordia y después
volvían a él, fruncía el ceño y era a partir
de entonces su enemigo.
Desdeñando la capacidad de esos hombres como algo pasado de moda,
no los llamaba más a su servicio. Por lo tanto, muchos estaban
impacientes por demostrarle qué malos eran, aun cuando ellos
no eran realmente de esa manera en absoluto. Hacía promesas frecuentes,
garantizadas con un juramento o por una confirmación escrita,
y luego se olvidaba directamente de ellas adrede, pensando que esta
gran negligencia aumentaba su importancia. Y Justiniano actuaba así
no sólo con sus súbditos, sino con muchos enemigos, como
he dicho ya.
Era incansable; y dormía apenas, por lo general; no tenía
ningún apetito por el alimento o la bebida, sino que tomaba un
bocado con las extremidades de sus dedos, lo probaba y lo dejaba en
la mesa, como si comer fuera un deber impuesto a él por la naturaleza
y de ningún interés. De hecho, permanecía a menudo
sin alimento durante dos días y noches, especialmente en los
días precedentes a la festividad llamada Pascua, que impone tal
ayuno. Entonces, como he dicho, estaba a menudo sin comer durante dos
días, viviendo solamente con una poca agua y algunas hierbas
salvajes (21) , durmiendo quizás
una sola hora, y pasando después el resto del tiempo caminando
hacia arriba y hacia abajo.
Pero si, téngase presente, hubiera empleado estos días
de fiesta en buenos trabajos, los problemas podrían haber sido
aliviados considerablemente. En lugar de ello, dedicó la fuerza
completa de su naturaleza a la ruina de los Romanos, y tuvo éxito
en arrasar el Estado desde sus cimientos. Pues su vigilia constante,
sus privaciones y sus trabajos fueron arrostrados por ninguna otra razón
que la de idear cada día nuevas y mayores calamidades para su
pueblo. Porque estaba, como he dicho, inusualmente dotado de talento
para inventar y rápido en lograr actos impíos, de modo
que incluso al final las buenas cualidades que en él existían
se dirigieron a propiciar la caída y ruina de sus súbditos.
XIV. JUSTICIA
EN VENTA.
Fue este un tiempo
en que la administración de los asuntos cayó en una gran
confusión, y de las antiguas costumbres ninguna permaneció
vigente; unos pocos ejemplos referiremos para ilustrar este aserto,
y el resto deberá quedar en silencio, para que este libro pueda
tener un final. En primer lugar, Justiniano, no teniendo aptitud natural
alguna para la dignidad imperial, ni adoptó los modales reales
ni pensaba fuera ello necesario para su prestigio. En su expresión,
en su vestido y en sus ideas era un bárbaro. Cuando deseaba promulgar
un decreto, no lo hacía a través de la oficina del Cuestor,
como era usual, sino prefería más frecuentemente anunciarlo
él mismo, a pesar de su acento bárbaro; o a veces hacía
que un grupo de amigos íntimos suyos lo publicaran juntos, de
modo que aquellos que se veían concernidos por el edicto no sabían
a cuál de ellos dirigirse.
A los secretarios privados, como son llamados, que habían cumplido
con su deber durante años, no se les confiaba la redacción
de los despachos secretos del Emperador, sino, al contrario, los escribía
él mismo y prácticamente todo su texto; de modo que en
los pocos casos en que se olvidaba de dar instrucciones a los magistrados
urbanos, no sabían a dónde ir para enterarse sobre sus
deberes. Pues no dejaba a nadie en el Imperio Romano decidir nada independientemente,
sino que, asumiendo todo para sí con arrogancia insensata, dictaba
la sentencia en los litigios antes de que vinieran a juicio, aceptando
la versión de uno de los litigantes sin escuchar al otro, y después
proclamaba que la discusión estaba concluida, no influido por
la ley o la justicia, sino abiertamente rendido a la baja avaricia.
En aceptar sobornos el Emperador no sentía ninguna vergüenza,
puesto que el hambre por la riqueza devoraba su decencia.
A menudo los decretos del Senado y aquellos del Emperador estuvieron
en conflicto. El Senado, empero, estaba sólo para dar un efecto
pintoresco, sin ningún poder para votar o hacer cosa alguna.
Era convocado como algo puramente formal, para cumplir con las antiguas
leyes, y ninguno de sus miembros tenía permitido añadir
una sola palabra. El emperador y su consorte asumieron la decisión
de todos los asuntos en disputa, y su deseo sin duda prevalecía.
Y si alguno pensaba que su victoria en un caso era incierta porque era
ilegal, sólo tenía que dar al emperador más dinero
y una nueva ley era inmediatamente promulgada revocando la anterior.
Y si alguno incluso prefería la ley que había sido derogada,
el gobernante no sentía ninguna reluctancia en reestablecer su
vigencia de la misma manera.
Bajo este reinado de violencia nada era estable, sino que la balanza
de la justicia se movía en círculo, inclinándose
a la parte que podía cargar el platillo de dicha balanza con
la cantidad más pesada de oro. Públicamente en el Foro,
y bajo el manejo de los funcionarios de palacio, la venta de las decisiones
de la Corte y de las leyes continuó.
Los funcionarios llamados Referendarios (22)
no estaban muy satisfechos con cumplir meramente su obligación
de presentar al Emperador las solicitudes de los peticionarios y de
referir a los magistrados qué había decidido en la causa
del solicitante, sino que, reuniendo testimonios sin valor de todas
partes, con noticias falsas y asertos mendaces, engañaban a Justiniano,
quien estaba naturalmente inclinado a prestar oídos a cualquier
clase de cosa; y luego volvían ante los litigantes, sin decirles
qué se había dicho durante su entrevista con el emperador,
pidiéndoles tanto dinero como querían. Y nadie osaba oponérseles.
Así los derechos de los litigantes quedaban sin proteger.
Los soldados de la guardia Pretoriana, que estaban presentes en los
juicios de la corte imperial en palacio, también usaban de su
poder para influir en las decisiones judiciales. Todos, podría
uno decir, salían de sus puestos y se encontraban con que estaban
en libertad de poder recorrer por lugares que tenían prohibidos
y que nunca antes les habían consentido pisar; todas las barreras
se habían venido abajo, incluso se perdieron los nombres de las
antiguas restricciones. El gobierno estaba como una reina rodeada por
niños retozantes. Pero debo prescindir de nuevos ejemplos, como
he dicho al comienzo de este capítulo.
Estoy, empero, obligado a mencionar al hombre que primero enseñó
al emperador a vender sus decisiones. Éste era León, un
natural de Cilicia, un malvado ansioso de enriquecerse. Este León
era el príncipe de los aduladores, y tenía la virtud de
ganarse la buena voluntad de los ignorantes. Ganándose la confianza
del emperador, dirigió la locura del tirano hacia la ruina del
pueblo. Este hombre fue el primero en mostrar a Justiniano cómo
cambiar la justicia por dinero.
Tan pronto como aprendió a ser un ladrón, nunca ya paró,
sino que avanzando por este camino, el mal creció tanto que si
alguien deseaba ganar un caso injusto contra un hombre honesto, iba
primero a León, y conviniendo que una parte de la propiedad en
disputa sería dividida entre este hombre y el monarca, dejaba
el palacio con su caso ilícito ya ganado. Y León pronto
amasó una gran fortuna de este modo, llegó a ser señor
de muchas tierras y fue el mayor responsable de poner el estado Romano
de rodillas.
No había seguridad en los contratos, ni derecho, ni palabra,
ni compromiso escrito, ni castigo, ni nada, a menos que primero se hubiera
entregado el dinero a León y al emperador. E incluso comprar
el apoyo de León no daba seguridad, ya que Justiniano era muy
inclinado a tomar el dinero de ambas partes: no sentía culpabilidad
por robar a cualquier persona, y luego, cuando ambos habían confiado
en él, traicionaba a uno y mantenía su promesa con el
otro, al azar. No veía nada malo en tal doble juego, siempre
que le hiciera ganar. Esta es la clase de persona que era Justiniano.
XV. CÓMO
LOS ROMANOS SE CONVIRTIERON EN ESCLAVOS.
Teodora también
endureció incesantemente su corazón en la práctica
de la inhumanidad. Lo que hacía, nunca fue para agradar u obedecer
a alguien; lo que deseaba, lo lograba por sí misma aplicando
todo su poder, y nadie osaba interceder por quien se había cruzado
en su camino. Pues ni el paso del tiempo ni el pleno rigor del castigo
ni la destreza del rogante ni la amenaza de muerte, cuya venganza enviada
por el Cielo es temida por toda la humanidad, podían persuadirla
de disminuir su cólera. En vez de ello, el hijo del difunto heredaría
la enemistad de la Emperatriz, junto con el resto del patrimonio de
su padre y aquel a su vez lo legaba a la tercera generación.
Pues el espíritu de ella estaba más que preparado a manifestarse
para la destrucción de los hombres, mientras no hubo cura alguna
para su fiebre.
Cuidaba de su cuerpo más de lo necesario, si bien menos de lo
que ella consideraba deseable. Pues entraba temprano en el baño
y salía de él tarde, y habiéndose bañado,
se iba a desayunar. Después del desayuno descansaba. En la comida
y en la cena participaba de cada clase de comida y de bebida; y dedicaba
muchas horas a dormir, por el día hasta el anochecer, por la
noche hasta el amanecer. Aunque perdía sus horas así de
inmoderadamente, cuanto tiempo del día le quedaba lo juzgaba
suficiente para dirigir el imperio Romano.
Y si el Emperador le confiaba cualquier asunto a alguien sin consultárselo,
el resultado de ello sería para el funcionario su pronta y violenta
pérdida de favor y una muerte muy vergonzosa.
Era fácil para Justiniano enterarse y manejar todo, no sólo
a causa de su tranquilidad de temperamento, sino porque difícilmente
dormía alguna vez, como he dicho, y porque no era cuidadoso con
sus audiencias. En efecto, se le dio a la gente del pueblo, aun de origen
oscuro y desconocido, la gran oportunidad no sólo de ser admitido
en presencia del tirano, sino de conversar con él, y tratarle
en privado.
Pero a presencia de la emperatriz ni los más altos funcionarios
podían acceder sino con gran esfuerzo y cuitas; como esclavos
tenían que esperar todo el día en una pequeña y
atestada antecámara, pues ausentarse era un riesgo que ningún
funcionario osaba asumir. Así permanecían allí
de pie, esforzándose cada uno en mantener su rostro por encima
del de su vecino, de modo que los eunucos, cuando venían de la
sala de audiencias, pudieran verlos. Algunos eran llamados después,
quizá, de varios días; y cuando entraban a presencia de
ella con gran temor, eran rápidamente despedidos tan pronto habían
hecho la reverencia y besado sus pies. Pues hablar o hacer cualquier
petición, salvo lo que ella ordenaba, no estaba permitido.
El gobierno entonces no era de personas libres, sino de siervos, y Teodora
era la guía de los esclavos. Tanto se había la sociedad
Romana corrompido, entre la falsa bondad del tirano y la áspera
implacabilidad de su consorte. Pues no se podía confiar en su
sonrisa, y nada podía hacerse contra su ceño. En la afabilidad
de uno había inestabilidad, en la severidad de la otra un obstáculo
a la acción, pero en avaricia, crueldad y disimulo iban de la
mano. Ambos fueron mentirosos de primera categoría.
Y si alguien que había caído en desgracia ante Teodora
era acusado de algún error pequeño e insignificante, inmediatamente
fabricaba nuevos cargos injustificados contra el hombre, y hacía
que el asunto llegara a ser una acusación realmente seria. Se
hacían todo tipo de acusaciones, los tribunales estaban constituidos
para saquear a las víctimas, con jueces seleccionados por ella,
que competían entre sí para ver quién de ellos
podría satisfacerla más al ajustar su decisión
a la inhumanidad de la emperatriz. Y así la hacienda de la víctima
era inmediatamente confiscada, y, después de que fuera cruelmente
azotado, incluso aunque perteneciera quizás a una familia noble
y antigua, ella lo hacía duramente condenar a muerte o al exilio.
Pero si alguno de sus favoritos ocurría que era sorprendido en
un asesinato u otro crimen grave, ridiculizaba y menospreciaba los esfuerzos
de sus acusadores, y les obligaba, aun contra su voluntad, a retirar
los cargos. De hecho, tan pronto sentía inclinación por
un asunto, lo convertía, aunque fuera muy serio, en una broma,
como si de nuevo estuviera en el escenario de un teatro.
Una vez un anciano patricio, quien había sido durante largo tiempo
un alto funcionario (cuyo nombre bien conozco, pero me cuidaré
mucho de mencionarlo, para no traer el ridículo eterno sobre
él), que era incapaz de cobrar de uno de los asistentes de la
emperatriz una considerable suma de dinero que le era debida, fue ante
ella con la intención de reclamar su crédito e implorarle
su ayuda. Pero Teodora estaba avisada y les dijo a sus eunucos que tan
pronto el patricio fuera admitido en su presencia, lo rodearan entre
todos y estuvieran atentos a sus palabras, instruyéndoles sobre
el modo en que tenían que responder (23)
después de que las pronunciara. Y cuando el patricio fue admitido
a sus habitaciones privadas, besó a la emperatriz sus pies según
la costumbre (24) y, llorando, le
dijo:
“Señora, es duro para un patricio pedir dinero. Pues lo
que en otros hombres suscita simpatía y piedad, en uno de mi
rango es considerado una desgracia. Cualquier otro hombre que sufriera
la pobreza puede alegar esto en su defensa ante sus acreedores, y recibir
inmediatamente una ayuda frente a esta dificultad, pero un patricio,
no sabiendo de dónde puede sacar los fondos para pagar a sus
acreedores, estaría avergonzado primeramente en admitirlo”.
“En efecto, Señora, tal es mi ruego. Tengo acreedores a
los que debo dinero, mientras otros me lo deben a mí. Y a aquellos
a los que debo dinero, quienes me están presionando para que
les pague, no puedo, por causa de mi reputación, intentar no
pagarles; mientras que mis deudores, porque no son patricios, se niegan
a pagarme con cualquier excusa. Te ruego, por tanto, te suplico y te
pido que me ayudes en lo que es justo, y libérame de mi actual
apuro”.
Así habló, y la emperatriz le respondió musicalmente:
“Señor patricio Fulano”, a lo cual el coro de eunucos
cantó:
“!Tu hernia parece que te molesta mucho!.
Y cuando el hombre le pedía de nuevo, haciendo un segundo discurso
similar al primero, le respondía como antes, y el coro cantaba
la misma letra: hasta que, levantándose, el pobre infeliz se
inclinó según la usual forma de reverencia y se fue a
casa.
Buena parte del año la emperatriz residía en los suburbios
próximos a la costa, especialmente en el lugar llamado Heraeum
(25) , y la numerosa muchedumbre
de sus asistentes estaba sujeta a una gran inconveniencia, pues era
difícil conseguir las vituallas necesarias, y estaban expuestos
a los peligros del mar, especialmente a las frecuentes tormentas inesperadas
y al ataque de la ballena (26) .
Sin embargo, ellos (27) tenían
en nada las desgracias más amargas de la humanidad, siempre y
cuando pudieran disfrutar de los placeres de su corte.