SINOPSIS

Proemio

I Parte

I. Cómo el gran general Belisario fue cegado por su esposa.
II. Cómo el juicio militar de Belisario fue quebrado por los celos.
III. Que muestra el peligro de encontrarse con las intrigas de las mujeres.
IV. Cómo Teodora humilló al conquistador de África e Italia.
V. Cómo Teodora engañó a la hija del general.

II Parte

VI. Ignorancia del emperador Justino, y cómo su nieto Justiniano era el gobernante real.
VII. Ultrajes de los Azules.
VIII. Carácter y apariencia de Justiniano.
IX. Cómo Teodora, la más depravada de todas las cortesanas, se ganó su amor.
X. Cómo Justiniano promulgó una nueva ley que le permitía casarse con una cortesana.

III Parte

XI. Cómo el defensor de la Fe arruinó a sus súbditos.
XII. Que muestra que Justiniano y Teodora eran realmente demonios con forma humana.
XIII. Perceptibles afabilidad y piedad de un tirano.
XIV. La justicia en venta.
XV. Cómo todos los ciudadanos Romanos se convirtieron en esclavos.

IV Parte

XVI. Qué ocurrió a aquellos que perdieron el favor de Teodora.
XVII. Cómo Teodora salvó a quinientas prostitutas de una vida de pecado.
XVIII. Cómo Justiniano asesinó a un trillón de personas.
XIX. Cómo se apoderó de toda la riqueza de los Romanos y la derrochó.
XX. Degradación de la Cuestura.


V Parte

XXI. El tributo del aire, y cómo a los ejércitos fronterizos se les prohibió castigar a los bárbaros invasores.
XXII. Otras corruptelas en los altos niveles.
XXIII. Cómo los terratenientes fueron arruinados.
XXIV. Injusto trato a los soldados.
XXV. Cómo robó a sus propios oficiales.


VI Parte

XXVI. Cómo expolió la riqueza de las ciudades y saqueó a los pobres.
XXVII. Cómo el defensor de la Fe protegió los intereses de los Cristianos.
XXVIII. Su violación de las leyes de los Romanos y cómo los Judíos fueron multados por comer cordero.
XXIX. Otros incidentes que lo muestran como un mentiroso y un hipócrita.
XXX. Otras innovaciones de Justiniano y Teodora, y una conclusión.

 

XVI. QUÉ LES OCURRÍA A AQUELLOS QUE CAÍAN EN DESGRACIA ANTE TEODORA.

Cómo trataba Teodora a aquellos que la ofendían será ahora expuesto, aunque de nuevo sólo puedo dar unos pocos ejemplos, u obviamente la exposición no tendría final.
Cuando Amalasunta decidió salvar su vida abandonando su reinado sobre los Godos y retirándose a Constantinopla (como he relatado en otro lugar), Teodora, considerando que la señora era de noble nacimiento y reina, más que hermosa y una maravilla planeando intrigas, sospechó de sus encantos y audacia, y temiendo la inconstancia de su marido, se hizo no poco celosa, y determinó llevar a la señora a su perdición.
Así persuadió inmediatamente a Justiciano para que enviara a Pedro, solo, a Italia como embajador ante Teodato. Cuando partió, el emperador le dio las instrucciones que he descrito en el capítulo sobre este suceso, donde, empero, no pude decir toda la verdad del asunto, por temor a la emperatriz. Pero ella le dio una única orden secreta: sacar a aquella señora de este mundo cuanto antes, sobornando al hombre con la esperanza de mucho dinero, si cumplía su orden. Y cuando llegó a Italia (pues el hombre no es por naturaleza demasiado vacilante a la hora de cometer un asesinato, si ha sido sobornado por la promesa de un alto cargo o una considerable suma dineraria), por argumentos que desconozco, persuadió a Teodato de que apartara a Amalasunta. Por consiguiente, ascendió al rango de Maestro de Oficios, logró un inmenso poder y se ganó un odio universal.
Había entonces un secretario de Justiniano llamado Prisco: un completo villano y Paflagonio, de un carácter presto a complacer a su señor, al que era más que devoto, y que esperaba del emperador similar consideración. Y muy pronto se hizo consecuentemente dueño de una gran riqueza, ilícitamente adquirida. Encontrándolo insolente y siempre intentando oponerse a ella, Teodora lo denunció al Emperador. Al principio no tuvo éxito; pero luego tomó el asunto en sus propias manos: embarcó al hombre en un barco, navegó a un determinado puerto, hizo que lo tonsuraran y le obligó contra su deseo a hacerse monje. Y Justiniano, pretendiendo no saber nada del asunto, nunca preguntó dónde estaba Prisco, ni lo volvió a mencionar después, permaneciendo silencioso, como si se hubiera olvidado completamente de él. Sin embargo, no se olvidó de apropiarse de cuantas propiedades había tenido que abandonar este Prisco.
Nuevamente, Teodora sospechó de uno de sus criados llamado Areobindo, bárbaro de nacimiento, pero un joven hermoso, al que había hecho su administrador. En vez de acusarlo directamente, decidió maltratarlo cruelmente en su presencia (aunque dicen que estaba muy enamorada de él) sin dar una justa razón para castigarlo. Lo que pasó después con este hombre es desconocido, ni hay nadie que siquiera lo haya visto después. Pues si la emperatriz quería mantener oculta alguna de sus acciones, ésta permanecía secreta y sin mencionar; y si había alguien que conociera del asunto no le era permitido hablar de ello ni a su mejor amigo, ni podía nadie que intentara saber qué había ocurrido descubrirlo, aunque fuera una persona muy curiosa y entrometida.
Ningún otro tirano desde el comienzo de la humanidad inspiró alguna vez tanto miedo, puesto que ni una palabra se podía pronunciar contra ella sin que ella se enterara: su multitud de espías le traían noticias de todo cuanto se decía y hacía en público y en privado. Y cuando decidía que el momento de tomar venganza había llegado contra algún ofensor, hacía como sigue. Convocando al hombre, si éste era un notable, lo entregaba discretamente a uno de sus asistentes confidenciales, y le ordenaba que lo escoltara al límite más lejano del dominio Romano. Y su agente, al amanecer, cubriendo la cara de la víctima con una capucha y atándolo, lo embarcaba en una nave y lo acompañaba al lugar elegido por Teodora. Allí dejaría secretamente al infeliz a cargo de otro cualificado para este trabajo, a quien mandaba que mantuviera al prisionero bajo guardia y no hablara con nadie del asunto hasta que la emperatriz tuviera piedad del desgraciado o, si el tiempo transcurría, que languideciera bajo el peso de sus cadenas y sucumbiera.
Entonces había un tal Basanio, de la facción Verde, un joven prominente, que incurrió en su ira por hacer alguna observación descortés. Basanio, alarmado del enojo de ella, huyó a la iglesia del Arcángel San Miguel. Inmediatamente mandó al Prefecto tras él, acusando a Basanio no de injurias sino de pederastia. Y el Prefecto, sacando al hombre de la iglesia, lo hizo azotar intolerablemente mientras todo el populacho, cuando vio a un ciudadano Romano de buena clase tan vergonzosamente maltratado, rápidamente simpatizó con él, y gritaron tan ruidosamente que le dejaran libre que el Cielo debió de haber oído sus reproches. Con lo cual la emperatriz lo castigó más, y lo hizo castrar de tal modo que se desangró hasta morir, y su hacienda fue confiscada, aunque su caso no había sido enjuiciado. Así, cuando esta mujer estaba enfurecida, ninguna iglesia ofrecía santuario, ninguna ley daba protección, ninguna intercesión del pueblo conseguía misericordia para su víctima. Ni nada en el mundo podía pararla.
Así tomó animadversión de un cierto Diógenes, porque pertenecía a los Verdes: un hombre educado y querido por todos, incluyendo el propio emperador. Sin embargo, llena de cólera lo denunció por homosexual. Sobornando a dos de sus criados, los presentó como acusadores y testigos contra su señor. Pero, como fue juzgado en público y no secretamente, como era su usual práctica en tales casos, los jueces elegidos eran muchos y de distinguido carácter, a causa del alto rango de Diógenes; y después de evaluar las pruebas de los criados, decidieron que eran insuficientes para probar la acusación, especialmente porque aquellos eran unos niños.
Entonces la emperatriz metió a Teodoro, uno de los amigos de Diógenes, en uno de sus calabozos privados; y allí primero con adulaciones, después con azotes, intentó abatirlo. Como aún resistía, ordenó que una cuerda de piel de buey se le atara en torno a la cabeza, sobre las orejas, y luego que fuera retorciéndose para que le apretara. Pero aunque apretaron la cuerda hasta que sus ojos comenzaron a salirse de sus órbitas y Teodora pensó que los perdería completamente, aún así se negó a confesar lo que no había hecho. En consecuencia los jueces, por falta de pruebas, lo absolvieron, mientras que toda la ciudad hizo una fiesta para celebrar su liberación. Y esto fue así.

XVII. CÓMO SALVÓ A QUINIENTAS PROSTITUTAS DE UNA VIDA DE PECADO.

He narrado antes, en este relato, qué hizo a Belisario, Focio y Buzes.
Había dos miembros de la facción Azul, Cilicios de nacimiento, que con muchos otros hicieron violencia a Calínico, gobernador de la Cilicia Segunda; y cuando su criado, que estaba cerca de su amo, intentó protegerlo, lo mataron ante los ojos del gobernador y de todo el pueblo. El gobernador, abriendo un proceso legal y encontrándolos culpables de ese y de otros homicidios, dictó condena de muerte contra los dos. Teodora oyó esto, y para mostrar su preferencia por los Azules, crucificó a Calínico, sin preocuparse de deponerlo de su cargo, sobre el terreno donde los asesinos habían sido enterrados.
El Emperador simuló lamentar la muerte de su gobernador y ponerse de luto, y yendo de un sitio a otro quejándose y lanzando amenazas contra los responsables del hecho. Pero no hizo nada, salvo apoderarse de la hacienda del finado.
Teodora también prestó considerable atención a castigar a las mujeres cogidas en pecado carnal. Reunió a más de quinientas rameras en el Foro, que se ganaban la vida miserablemente vendiéndose allí por tres óbolos, y las envió al otro continente, donde fueron reunidas en un monasterio llamado “Arrepentimiento” para forzarlas a reformar su modo de vida. Algunas de ellas, empero, se lanzaron de noche desde los parapetos y se libraron así de una indeseada salvación.
Había en Constantinopla dos muchachas, hermanas, de una muy ilustre familia (no sólo habían sido su padre y abuelo cónsules, sino incluso antes sus antepasados habían sido senadores). Aquellas muchachas se habían casado pronto, pero enviudaron cuando sus maridos fallecieron. E inmediatamente Teodora, acusándolas de vivir demasiado felizmente, eligió nuevos maridos para ellas, dos mozos simples y desagradables, y ordenó que se celebraran los esponsales. Temiendo su repulsivo destino, las hermanas huyeron a la iglesia de Santa Sofía, y corriendo a la cámara bautismal, se aferraron fuertemente a la pila que allí había. Pero tales privaciones y maltratos les infligió allí la emperatriz, que para escapar de sus padecimientos finalmente convinieron en aceptar las nupcias propuestas. Pues no había lugar sagrado o inviolable para Teodora. Así, contra su voluntad aquellas señoras fueron unidas a hombres pobres e insignificantes, muy por debajo de su rango, aunque tenían muchos pretendientes de buen nacimiento. Su madre, que también era viuda, estuvo presente en la ceremonia sin osar protesta o lamento alguno por su infortunio.
Después Teodora vio su error e intentó consolarlas, en detrimento de la causa pública, pues hizo a sus maridos duques. Ni esto trajo alivio para las jóvenes, pues aflicciones sin fin e intolerables fueron infligidas por estos hombres sobre prácticamente todos sus súbditos, como he relatado en otra parte. Teodora, empero, de nada se preocupaba en lo concerniente a la administración o al gobierno, siempre que lograra ella su deseo.
Accidentalmente quedó encinta de uno de sus amantes, cuando aún estaba en el escenario, y apercibiéndose de su estado tarde, empleó todas las medidas usuales para causar el aborto, pero a pesar de todos los métodos fue incapaz de prevalecer sobre la naturaleza en ese estado avanzado de gestación. Encontrando que nada podía hacerse, abandonó el intento y se vio obligada a dar a luz al niño. El padre del recién nacido, viendo que Teodora estaba afligida y disgustada, porque la maternidad interfería negativamente en la forma en que normalmente había usado su cuerpo y sospechando con buena razón que abandonaría al niño, se lo quitó. Lo llamó Juan, y navegó con él a Arabia. Después, cuando estaba ya por morir y Juan era un chaval de catorce años, el padre le contó toda la historia de su madre.
Así el chico, después de que celebrara los últimos ritos por su padre difunto, al poco vino a Constantinopla y anunció su presencia a los chambelanes de la emperatriz. Y éstos, no concibiendo en su mente la posibilidad de que se comportara inhumanamente, contaron a la madre que su hijo Juan había llegado. Temiendo que la historia llegara a oídos de su marido, Teodora pidió que su hijo fuera llevado a su presencia. Tan pronto entró, lo entregó a uno de sus criados, que tenía ordinariamente confiada la ejecución de tales misiones. Y de qué manera el pobre chaval abandonó este mundo no puedo decirlo, pues nadie lo volvió a ver desde entonces, ni siquiera después de que la emperatriz muriera. Las mujeres de la corte eran en este tiempo casi todas de abandonada moral. No corrían ningún riesgo por ser infieles a sus maridos, puesto que el pecado no tenía castigo; incluso si eran cogidas en el acto, no sufrían punición, pues todo lo que tenían que hacer era acudir a la emperatriz, proclamar que la acusación no estaba probada y comenzar un contraataque contra sus maridos. Éstos, vencidos sin combatir, tenían que pagar una multa de dos veces la dote, y eran normalmente azotados y enviados a prisión; y a la próxima que veían a sus esposas adúlteras de nuevo, las señoras estaban acicalándose y delicadamente entreteniendo a sus amantes más abiertamente que nunca. De hecho, muchos de estos adúlteros obtenían una promoción y honores por sus amorosos servicios. Después de tal experiencia, la mayoría de los maridos que sufrían aquellos ultrajes de sus esposas preferían desde entonces ser condescendientes en vez de ser azotados, y les dieron total libertad y no se pusieron a espiar sus asuntos.
La idea de Teodora era controlar todo en el Estado para su servicio. Los cargos civiles y eclesiásticos estaban todos en sus manos, y sólo hubo una cosa que siempre procuró lograr y guardar como estandarte de sus nombramientos: que ningún caballero honesto alcanzara un alto rango, por temor de que tuviera escrúpulos de obedecer sus órdenes.
Arreglaba todas las bodas, como si tales celebraciones le correspondieran por derecho, y los novios no se conocían antes de la ceremonia. Un esposo podía encontrarse súbitamente con una mujer elegida no porque le gustara, lo que es costumbre incluso entre los bárbaros, sino porque Teodora lo quería así. Y lo mismo era para las novias, que fueron obligadas a tomar como esposos a hombres a los que no amaban. Incluso hizo con frecuencia que la novia saltara de la cama matrimonial, y por ninguna razón en absoluto enviaba al novio lejos, antes de que hubiera oído el estribillo de la canción nupcial; y sus únicas palabras, airadas, serían que la muchacha le había desagradado. Entre los muchos a los que hizo esto estaban Leoncio, el referendario, y Saturnino, el hijo de Hermógenes, Maestro de Oficios.
Así, este Saturnino fue prometido a una prima virgen, nacida libre y buena muchacha, a la que su padre Cirilo había prometido en matrimonio justo después de la muerte de Hermógenes. Cuando su cámara nupcial estaba preparándose, Teodora arrestó a la servidumbre, que fue conducida a otro lecho nupcial, donde a él, llorando y gimiendo terriblemente, le obligaron a casarse con la hija de Crisomalo. Ésta había sido antes bailarina y hetera; en ese tiempo vivía en palacio, con otras dos mujeres, una de su mismo nombre y otra llamada Indaro, las cuales habían abandonado los falos y los escenarios para estar al servicio de la emperatriz.
Saturnino, aviniéndose finalmente a estar con su nueva esposa, descubrió que no era virgen; y más tarde le dijo a uno de sus amigos que su recién llegada esposa no había venido a él intacta. Cuando este comentario llegó a Teodora, ordenó a sus criados, acusándole de indiferencia impía hacia la solemnidad de su juramento matrimonial, que lo alzaran como a un colegial que había sido insolente con su profesor, y después de azotarlo en sus partes traseras, le dijo que después de esto no fuera tan tonto.
Lo que le hizo a Juan de Capadocia ya lo he relatado en otra parte; y me es preciso añadir que el trato que le hizo fue debido a su cólera, no a las trasgresiones de aquel contra el Estado (y prueba de ello es que aquellos que luego cometieron cosas incluso peores contra sus súbditos no recibieron de ella un trato semejante), sino porque no sólo había osado oponerse a ella en otras cosas, sino que la había denunciado ante el emperador, con el resultado de que ella se encontró casi enfrentada con su esposo. Estoy explicando esto ahora, porque es en este libro, como dije en el prólogo, en el que cuento las verdades reales y los motivos de los hechos.
Cuando lo confinó en Egipto, después de que hubo sufrido tales humillaciones como he descrito antes, ni siquiera entonces estaba contenta con el castigo de este hombre, sino que nunca cesó de buscar falsos testigos contra él. Cuatro años después, fue capaz de encontrar a dos miembros de la facción Verde que habían tomado parte en la rebelión de Cícico, y que se decía habían estado implicados en el ataque contra un obispo. Los quebró mediante azotes y amenazas, y uno de ellos, inspirado por sus promesas, acusó a Juan de asesinato, en tanto que el otro rechazó completamente ser cómplice de esta farsa, incluso cuando estaba tan quebrantado por la tortura que parecía estar a punto de morir. Por tanto, a pesar de todos sus esfuerzos, no pudo lograr la muerte de Juan bajo este pretexto. Pero a los dos jóvenes les fueron sus manos derechas amputadas: a uno, porque no había querido sostener un falso testimonio; al otro, porque su conspiración no fuera completamente puesta en evidencia. Y aunque hacía estas cosas a la vista de todos, Justiniano no se daba por enterado de lo que exactamente hubiera estado haciendo Teodora.

XVIII. CÓMO JUSTINIANO MATÓ A UN TRILLÓN DE PERSONAS.

Que Justiniano no era un hombre, sino un demonio, como he dicho, con forma humana, uno puede probarlo considerando la enormidad de las maldades que hizo caer sobre la humanidad. Pues en la monstruosidad de sus acciones el poder de un diablo se manifiesta. Un cómputo exacto de todos a los que destruyó sería ciertamente imposible, pienso yo, de hacer para cualquier persona salvo para Dios. Podría uno, supongo, contar todos los granos de arena antes que a los hombres que este emperador asesinó. Examinando los países que dejó deshabitados, diría que mató a un trillón de personas. Libia, grande como es, la devastó tanto, que tendrías que recorrer un largo camino para encontrar a un solo hombre, y sería remarcable. Con todo, ochenta mil Vándalos capaces de llevar armas habían habitado allí, y en cuanto a sus esposas, hijos y esclavos, ¿quién podría conjeturar su número?. Con todo, aún más numerosos que aquellos eran los Mauritanos, quienes con sus esposas e hijos fueron todos exterminados. E, igualmente, muchos de los soldados Romanos y de aquellos que les siguieron allá desde Constantinopla ahora están cubiertos por la tierra, de modo que si uno se aventurara a decir que cinco millones de hombres perecieron sólo en Libia, no estaría, imagino, contando ni la mitad.
La razón de esto fue que después de que los Vándalos fueren derrotados, Justiniano planeó no cómo podía consolidar mejor su dominio del país, ni cómo salvaguardando los intereses de aquellos que le eran leales podía ganarse la voluntad de sus súbditos, sino que en vez de ello llamó absurdamente de vuelta a Belisario inmediatamente, con la acusación de que intentaba ser Rey (una idea de la que Belisario era completamente incapaz), y de esa manera pudo manejar él mismo los asuntos allí y poder saquear toda Libia. Enviando comisionados a evaluar la provincia, impuso gravosos tributos donde antes no había habido ninguno. Se apoderaba de cuantas tierras fueran de mayor valor y prohibió a los arrianos observar sus ceremonias religiosas. Se olvidó de enviar a tiempo los bastimentos y estipendios necesarios para los soldados, siendo con ellos muy estricto también en todo lo demás; motines en todas partes se produjeron con el resultado de la muerte de muchos. Pues nunca pudo seguir las costumbres establecidas, sino que con toda tranquilidad lanzó todo a la confusión y perturbación.
Italia, que es no menos de tres veces más grande que Libia, quedó deshabitada en todas partes, incluso peor que en el otro país; y de esto la cuenta de aquellos que perecieron allí se puede imaginar. La razón para lo que ocurrió en Italia ya lo he dejado claro. Todos los crímenes en Libia fueron reproducidos aquí; enviando a sus auditores (28) a Italia, pronto trastornó y arruinó todo.
El gobierno de los Godos, antes de esta guerra, se había extendido desde la tierra de los Galos hasta las fronteras de la Dacia, donde está la ciudad de Sirmio. Los Germanos ocuparon la Galia Cisalpina y buena parte de las tierras de los Venecianos, cuando el ejército Romano arribó a Italia. Sirmio (29) y sus alrededores estaban en manos de los Gépidos. Todo esto lo despobló completamente. Pues aquellos que no murieron en la batalla perecieron de enfermedad y hambre, las cuales, como es usual, vinieron después de la guerra. Iliria y toda Tracia, esto es, desde el golfo de Jonia (30) hasta los suburbios de Constantinopla, incluyendo Grecia y el Quersoneso tracio (31) , fueron arrasados por los Hunos, Eslavos y Antes, casi cada año, desde la época en que Justiniano comenzó a gobernar el imperio Romano, e hicieron cosas intolerables a los habitantes. Pues en cada una de estas incursiones, diría, más de dos mil Romanos fueron muertos o esclavizados, de modo que todo este país se convirtió en un desierto como el de Escitia (32) .
Tales fueron los resultados de las guerras en Libia y en Europa. Mientras, los Sarracenos estaban continuamente haciendo razzias contra los Romanos en Oriente, desde Egipto a las fronteras de Persia, y tan bien hicieron su trabajo, que en todo este país pocos fueron los que quedaron, y nunca será posible saber, me temo, cómo muchos de ellos perecieron. También los Persas bajo Cosroes tres veces invadieron el resto de este territorio Romano, saquearon las ciudades, y ya matando ya llevándose a los hombres que capturaban en las ciudades y en el país, dejaron deshabitada la tierra cada vez que la invadieron. Desde el momento en que invadió la Cólquide, la ruina cayó sobre ellos, Lazios y Romanos, hasta el día de hoy.
Además, ni Persas ni Sarracenos, ni Hunos ni Eslavos, ni tampoco el resto de bárbaros pudieron retirarse de territorio Romano sin daño. En sus correrías, y aún más en sus asedios a ciudades y en las batallas, donde vencieron a las fuerzas adversarias, participaron con mucho en las desastrosas pérdidas. No sólo los Romanos, sino casi todos los bárbaros sintieron entonces la inhumanidad de Justiniano. Pues mientras que el propio Cosroes era muy malo, como he mostrado debidamente en otra parte, Justiniano fue el único que siempre le dio ocasión para hacer la guerra. Pues no prestaba atención en ajustar sus políticas a un momento apropiado, sino que hizo todo en el momento inadecuado: en tiempo de paz o tregua buscaba astutamente un pretexto para la guerra con sus vecinos; mientras que en tiempos de guerra, perdía sin motivo el interés, vacilaba demasiado tiempo en preparar la campaña, escatimando los fondos necesarios, y en vez de poner su mente en la guerra, dirigía su atención a la astronomía y a la investigación de la naturaleza de Dios. Con todo, no abandonaba las hostilidades, puesto que era demasiado sanguinario y tirano, incluso cuando era incapaz de vencer al enemigo por causa de su negligencia en enfrentarse a la situación.
Así, mientras fue emperador, toda la tierra estuvo roja con la sangre de casi todos los Romanos y bárbaros. Tales fueron los resultados de las guerras a lo largo del imperio durante este tiempo. Pero la controversia civil en Constantinopla y en las demás ciudades, si se contara a los muertos, no sumaría un número más pequeño de fallecidos que los que perecieron en las guerras, creo yo. Puesto que la justicia y el castigo imparcial se dirigieron raramente contra los delincuentes y cada una de las dos facciones intentaban ganarse el favor del emperador contra la otra, ningún partido mantuvo la paz. Cada cual, según su sonrisa o su ceño, estaba ya aterrorizada ya airada. A veces unos atacaban a los otros con todas sus fuerzas, a veces luchaban en pequeños grupos, o incluso se apostaban emboscados contra el primer hombre del partido contrario que aparecía. Durante treinta y dos años, sin descanso, cometieron ultrajes unos contra otros, siendo muchos de ellos castigados con la muerte por el magistrado municipal (33) .
Sin embargo, el castigo de esos delitos se dirigía principalmente contra los Verdes.
Además la persecución de los Samaritanos y de los llamados herejes llenó la tierra Romana de sangre. Permítase que esta actual recapitulación sea suficiente para recordar lo que he descrito más por extenso un poco antes. Tales fueron las calamidades que azotaron a toda la humanidad durante el imperio de ese demonio encarnado en Justiniano, de las cuales este, como emperador, fue el responsable. Pero qué males tramó contra los hombres por cierto poder oculto y fuerza diabólica yo ahora lo relataré.
Durante su gobierno sobre los Romanos, ocurrieron muchos desastres de diferente especie: los cuales unos dijeron que eran debidos a la presencia y manejos del Maligno, y otros consideraron que eran ejecutados por la Divinidad, que, disgustada con el imperio Romano, se había alejado de él y se lo había entregado al Diablo. El río Escirto inundó Edesa, generando padecimientos sin cuento entre los habitantes de esa región, como he escrito en otra parte. El Nilo, creciendo como es usual, pero no bajando su nivel de la manera acostumbrada, trajo terribles calamidades al pueblo allí, como he también contado antes. El río Cidno inundó Tarso, cubriendo casi toda la ciudad durante muchos días, y no retirándose hasta que había hecho daños irreparables.
Terremotos destruyeron Antioquía, la ciudad principal de Oriente, Seleucia, que esta situada cerca y Anazarbo, la ciudad más importante de Cilicia. ¿Quiénes podrían contar el número de aquellos que murieron en esas ciudades?. Con todo, uno tiene que añadir también a aquellos que vivían en Ibora, en Amasea, la mayor ciudad del Ponto, en Poliboto en Frigia, llamada Polimede por los Pisidios, en Licnido en el Épiro y en Corinto, todas ellas ciudades muy populosas desde antiguo. Todas fueron destruidas por terremotos en este tiempo, con la pérdida de casi todos sus moradores. Y luego vino la peste, que he mencionado antes, matando al menos a la mitad de aquellos que habían sobrevivido a los terremotos. A tantos hombres les llegó su perdición, cuando Justiniano vino a dirigir el estado Romano primero como regente y luego cuando detentó la magistratura imperial.

XIX. CÓMO SE APODERÓ DE LA RIQUEZA DE LOS ROMANOS Y LA MALGASTÓ.

Cómo se apropió de toda la riqueza narraré a continuación, trayendo primero a colación una visión que, al comienzo del reinado de Justiniano, fue revelada a un hombre de ilustre rango en un sueño.
En este sueño, dijo, le parecía estar de pie en alguna parte de Constantinopla, en la orilla del mar, que está frente a Calcedonia, y vio a Justiniano en medio del estrecho (34) . Y primero Justiniano se bebía toda el agua del mar, de modo que parecía después estar en tierra, sin haber más olas que rompieran contra ella; entonces otra agua, cargada de inmundicia y desperdicios, salió de las alcantarillas y cubrió la tierra. Y ésta también se la bebió, secando por segunda vez el lecho del canal. Esta es la visión que tuvo en el sueño.
Entonces Justiniano, cuando su tío Justino llegó al trono, encontró el imperio bien provisto de fondos públicos. Pues Anastasio, que había sido el más previsor y económico de todos los emperadores, temiendo (lo que de hecho ocurrió) que el heredero del imperio se encontrara en la necesidad de dinero y saqueara quizás por ello a sus súbditos, llenó el Erario hasta el borde con oro, antes de que terminara su vida. Todo esto gastó inmediatamente Justiniano, entre su programa sin sentido de construcciones en la costa y sus pródigos regalos a los bárbaros, aunque uno pudiera haber pensado que el más extravagante de los emperadores necesitaría cien años para agotar tal riqueza. Pues los tesoreros y aquellos que estaban a cargo de las otras propiedades imperiales habían sido capaces, durante el imperio de Anastasio de más de 27 años sobre los Romanos, de acumular fácilmente 3.200.000 sólidos; y de todo esto nada de nada quedó, ya que había sido malgastado por este hombre mientras aún vivía Justino, como he relatado ya.
Lo que confiscó ilegalmente y gastó durante su vida, ningún relato, ningún cómputo, ninguna narración podría nunca ponerlo de manifiesto. Pues, como un río siempre fluyente que traga cada vez más, saqueó a sus súbditos, para arrojárselo inmediatamente a los bárbaros.
Habiendo, así pues, malgastado la riqueza pública, dirigió su mirada a sus súbditos. A la mayoría inmediatamente privó de sus haciendas, arrebatándoselas arbitrariamente por la fuerza, levantando falsos cargos contra todos los que en Constantinopla y en cada ciudad fueran reputados ricos.
A algunos los acusó de politeísmo, a otros de herejía contra la fe Cristiana ortodoxa, a algunos de pederastia, a otros de amoríos con monjas o de otra unión ilegal; a algunos de sedición, o de favorecer a los Verdes, o de traición contra él, o de cualquier otra cosa; o se intituló arbitrariamente heredero de un difunto e incluso de una persona viva, cuando podía. Tales fueron las sutilezas de sus acciones. Y cómo se benefició de la insurrección contra él que fue llamada Nika, haciéndose heredero de los Senadores, ya lo he relatado; y también cómo, algún tiempo antes de que estallara la rebelión, privó secretamente a cada hombre de sus posesiones.
A todos los bárbaros, en toda ocasión, dio grandes sumas: a los de Oriente y a los de Occidente, a los del Norte y a los del Sur, y hasta a los de Britania, en suma a todos los pueblos de toda la tierra habitada, de modo que a naciones, de cuyos nombres nunca antes habíamos oído hablar, entonces las conocimos, viendo a sus embajadores por primera vez. Pues cuando se enteraron de la locura de este hombre, vinieron a él y a Constantinopla en avalancha desde todo el mundo. Y no con vacilación, sino encantado por esto, y pensando que era buena suerte destruir la prosperidad de los Romanos y arrojarla a los bárbaros o a las olas del mar, diariamente enviaba a cada uno a casa con sus brazos llenos de regalos.
Así, todos los bárbaros se convirtieron en dueños de toda la riqueza de los Romanos, ya siendo enriquecidos con ella por el Emperador, ya saqueando el imperio Romano, ya exigiendo un rescate por los prisioneros de guerra, ya traficando con las treguas. Y la profecía del sueño, que mencioné arriba, vino a concretarse en la realidad.

XX. DEGRADACIÓN DE LA CUESTURA.

Había también ideado otras formas de robar a sus súbditos, que describiré ahora tan bien como pueda, por las que los privó, no de todo a la primera, sino poco a poco, de todas sus fortunas. Primero creó un nuevo magistrado municipal (35) , con la facultad de dar licencia a los comerciantes para vender sus mercaderías a los precios que desearan, por el cual privilegio pagaban un impuesto anual. Por consiguiente, la gente, que compraba sus provisiones en estas tiendas, tenía que pagar tres veces lo que el producto valía y estas personas no tenían a quien acudir para pedir alguna compensación, aunque con esto gran daño era causado, pues como parte del impuesto iba al Erario los magistrados veían una oportunidad de enriquecerse, de lo cual se servían para eso. Así, los funcionarios del gobierno estaban involucrados en este vergonzoso negocio, mientras que los comerciantes, autorizados para actuar ilegalmente, engañaban de forma intolerable a los que tenían que comprarles, no sólo subiendo sus precios muchas veces, como he dicho, sino también defraudando a los clientes de otras formas nunca antes vistas.
De nuevo dio licencias a muchos monopolios, como son llamados, vendiendo el bienestar de sus súbditos a aquellos que estaban dispuestos a dedicarse a este reprensible tráfico, después que hubiera exigido su precio por el privilegio. A aquellos que hicieron este arreglo con él, les dio el poder de dirigir los negocios según les placiera; y vendió este privilegio abiertamente, incluso a todos los demás magistrados. Y puesto que el emperador siempre conseguía su pequeña parte del botín, aquellos funcionarios y sus subordinados, que estaban a cargo del trabajo, hacían su trabajo con menos ansiedad de la que tenían aquellos que caían bajo sus garras.
Como si los magistrados antes designados no fueran bastantes para este propósito, creó otros dos nuevos, aunque el Prefecto municipal había podido antes ocuparse de todas las causas criminales. La verdadera razón del cambio era, en efecto, que pudiera tener informantes adicionales, y así abusar de los inocentes con más celeridad. De los nuevos dos cargos, uno, en teoría designado para castigar a los ladrones, fue llamado Pretor del Pueblo; el otro fue encargado del castigo de los casos de pederastia, ayuntamiento ilegal con mujeres, blasfemia, y herejía; y su nombre oficial era Cuestor.
Entonces el Pretor, siempre que encontraba cualquier cosa muy valiosa entre las mercancías robadas que llegaban a su conocimiento, se suponía que tenía que dársela al Emperador (36) y decir que carecía de dueño que la reclamara. De esta manera el emperador consiguió continuamente la posesión de mercaderías gratis. Y el Cuestor, cuando condenaba a personas que se presentaban ante él, confiscaba cuanto quería de sus propiedades haciéndose rico contra derecho, y al emperador entregaba cada vez todo lo que deseaba de entre las riquezas de esas personas. Pues los subordinados de aquellos magistrados ni buscaban acusadores ni traían testigos cuando esos casos iban a juicio, sino que durante todo ese tiempo los acusados fueron condenados a muerte y sus propiedades expropiadas sin el debido juicio y examen.
Después, este monstruo asesino ordenaba a los funcionarios y al Prefecto municipal tratar todos los asuntos criminales de igual manera (37) , haciéndoles que compitieran entre ellos para ver cuál podía destruir a más gente en el menor tiempo. Y uno de ellos le preguntó una vez, dicen, “si alguien es alguna vez denunciado ante los tres, ¿quién de nosotros tendrá jurisdicción sobre el caso?”. A lo cual replicó: “el que actúe más rápido”.
Así rebajó desvergonzadamente el oficio de Cuestor, que los antiguos emperadores casi sin excepción habían tenido en gran respeto, teniendo cuidado de que los hombres a los que nombraban para el cargo eran experimentados y sabios, observantes de la ley, e insobornables, ya que sería una calamidad para el imperio, si los hombres que ejercían esta alta magistratura fueran ignorantes o avariciosos.
Pero el primer hombre al que el Emperador nombró para el cargo fue Triboniano, cuyas acciones he relatado con detalle en otra parte (38) . Y cuando Triboniano partió de este mundo, Justiniano se apoderó de su hacienda, aunque dejó en este mundo a un hijo y a muchos nietos cuando abandonó esta vida. Junilo (39) , un Libio, fue después nombrado para el cargo: un hombre que nunca antes había oído hablar de leyes, pues no era un orador (40) ; sabía Latín, pero en cuanto al Griego, nunca había ido a la escuela primaria y era incapaz de hablar este idioma. Con frecuencia, cuando intentaba decir una palabra Griega, sus criados se burlaban de él. Era además muy proclive a obtener ganancias vergonzosas, como se probaba por el hecho de que no experimentaba vergüenza alguna cuando puso en venta los documentos pertenecientes al emperador. Y por una moneda nunca vaciló extender su mano para cogerla. Y durante unos siete años el Estado hizo el ridículo de esta manera (41) . Y después que Junilo abandonara este mundo, nombró para este cargo a Constantino, un hombre no familiarizado con el derecho, sino excesivamente joven, sin experiencia real en la corte y el mayor rufián y el más ladrón de todos los hombres. De esta persona Justiniano se encariñó mucho, y llegó a ser su amigo íntimo, puesto que a través de él el emperador vio que podría robar y ejercer ese cargo (42) como él deseaba. En consecuencia, Constantino (43) acumuló una gran riqueza en poco tiempo y tomó aires de pompa prodigiosa, con su nariz en las nubes despreciando a todos los hombres; e incluso aquellos que deseaban ofrecerle grandes sobornos tenían que entregarlos a aquellos que estaban en su especial confianza, para tener así éxito en lograr sus peticiones, pues no fue nunca posible reunirse ni hablar con él, salvo cuando estaba acudiendo ante emperador o acababa de dejarlo, e incluso entonces caminaba con gran prisa, para que no perdiera el tiempo con alguien que no tenía dinero que darle. Esto es lo que hizo el emperador con la cuestura.

 

 

Notas.

(28) Los Logotetes, opresivos agentes fiscales que trabajaban para el Erario. Volver

(29) Moderna Mitrovitza. Volver

(30) Actual mar Adriático. Volver

(31) Aproximadamente la península Balcánica. Volver

(32) Los páramos deshabitados de la parte oriental de Rusia, descrita por Heródoto (IV, 17). La expresión pasó a ser proverbial, connotando la más absoluta desolación y un estado de completo salvajismo. Volver

(33) El praetor plebis. Volver

(34) Esto es, el extremo meridional del Bósforo, que es de gran profundidad y barrida constantemente por las corrientes, que normalmente se dirigen al mar de Mármara. Volver

(35) El prefecto de la ciudad. Volver

(36) Lit. “proclamaba que tenía que dársela” o bien “insistía en entregársela”. Un despliegue de tal celo redundaría en su propio interés.
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(37) Esto es, destruyó los límites entre jurisdicciones. Volver

(38) Libro I, 24, 16 de las guerras godas, donde hace un juicio más mesurado sobre este extraordinario hombre, como lo llamó Gibbon; era un hombre que superó a sus contemporáneos en conocimientos, aunque pecaba de avaricia, una acusación que Procopio magnifica en exceso. Como presidente de la comisión nombrada por Justiniano en el 527 d. C. para la codificación del derecho romano, cumplió esta difícil y complicada misión con notable pericia. Volver
(39)Personaje desconocido, fuera de esta información implacable y obviamente injusta. Es bueno recordar que el tío de Justiniano, Justino, era analfabeto cuando asumió la púrpura, y que el propio Justiniano hizo el ridículo cuando se empeñó en leer en griego en voz alta. Volver
(40)Esto es, abogado, por tanto, un entendido en leyes. Volver
(41)Puesto que la Historia Secreta fue escrita hacia el 550 d. C., Junilo llegó a ser cuestor no después del 543 d. C. Volver
(42)Resolver pleitos, como cuestor que era. Volver
(43)Elogiado en los más encomiables términos por Justiniano en la constitución con la que promulgó el Digesto: “qui semper nobis ex bona opinione et gloria sese commendavit”. Constantino ya había ostentado cargos de honor e importancia antes. Volver

 

 

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