XVI. QUÉ
LES OCURRÍA A AQUELLOS QUE CAÍAN EN DESGRACIA ANTE TEODORA.
Cómo trataba
Teodora a aquellos que la ofendían será ahora expuesto,
aunque de nuevo sólo puedo dar unos pocos ejemplos, u obviamente
la exposición no tendría final.
Cuando Amalasunta decidió salvar su vida abandonando su reinado
sobre los Godos y retirándose a Constantinopla (como he relatado
en otro lugar), Teodora, considerando que la señora era de noble
nacimiento y reina, más que hermosa y una maravilla planeando
intrigas, sospechó de sus encantos y audacia, y temiendo la inconstancia
de su marido, se hizo no poco celosa, y determinó llevar a la
señora a su perdición.
Así persuadió inmediatamente a Justiciano para que enviara
a Pedro, solo, a Italia como embajador ante Teodato. Cuando partió,
el emperador le dio las instrucciones que he descrito en el capítulo
sobre este suceso, donde, empero, no pude decir toda la verdad del asunto,
por temor a la emperatriz. Pero ella le dio una única orden secreta:
sacar a aquella señora de este mundo cuanto antes, sobornando
al hombre con la esperanza de mucho dinero, si cumplía su orden.
Y cuando llegó a Italia (pues el hombre no es por naturaleza
demasiado vacilante a la hora de cometer un asesinato, si ha sido sobornado
por la promesa de un alto cargo o una considerable suma dineraria),
por argumentos que desconozco, persuadió a Teodato de que apartara
a Amalasunta. Por consiguiente, ascendió al rango de Maestro
de Oficios, logró un inmenso poder y se ganó un odio universal.
Había entonces un secretario de Justiniano llamado Prisco: un
completo villano y Paflagonio, de un carácter presto a complacer
a su señor, al que era más que devoto, y que esperaba
del emperador similar consideración. Y muy pronto se hizo consecuentemente
dueño de una gran riqueza, ilícitamente adquirida. Encontrándolo
insolente y siempre intentando oponerse a ella, Teodora lo denunció
al Emperador. Al principio no tuvo éxito; pero luego tomó
el asunto en sus propias manos: embarcó al hombre en un barco,
navegó a un determinado puerto, hizo que lo tonsuraran y le obligó
contra su deseo a hacerse monje. Y Justiniano, pretendiendo no saber
nada del asunto, nunca preguntó dónde estaba Prisco, ni
lo volvió a mencionar después, permaneciendo silencioso,
como si se hubiera olvidado completamente de él. Sin embargo,
no se olvidó de apropiarse de cuantas propiedades había
tenido que abandonar este Prisco.
Nuevamente, Teodora sospechó de uno de sus criados llamado Areobindo,
bárbaro de nacimiento, pero un joven hermoso, al que había
hecho su administrador. En vez de acusarlo directamente, decidió
maltratarlo cruelmente en su presencia (aunque dicen que estaba muy
enamorada de él) sin dar una justa razón para castigarlo.
Lo que pasó después con este hombre es desconocido, ni
hay nadie que siquiera lo haya visto después. Pues si la emperatriz
quería mantener oculta alguna de sus acciones, ésta permanecía
secreta y sin mencionar; y si había alguien que conociera del
asunto no le era permitido hablar de ello ni a su mejor amigo, ni podía
nadie que intentara saber qué había ocurrido descubrirlo,
aunque fuera una persona muy curiosa y entrometida.
Ningún otro tirano desde el comienzo de la humanidad inspiró
alguna vez tanto miedo, puesto que ni una palabra se podía pronunciar
contra ella sin que ella se enterara: su multitud de espías le
traían noticias de todo cuanto se decía y hacía
en público y en privado. Y cuando decidía que el momento
de tomar venganza había llegado contra algún ofensor,
hacía como sigue. Convocando al hombre, si éste era un
notable, lo entregaba discretamente a uno de sus asistentes confidenciales,
y le ordenaba que lo escoltara al límite más lejano del
dominio Romano. Y su agente, al amanecer, cubriendo la cara de la víctima
con una capucha y atándolo, lo embarcaba en una nave y lo acompañaba
al lugar elegido por Teodora. Allí dejaría secretamente
al infeliz a cargo de otro cualificado para este trabajo, a quien mandaba
que mantuviera al prisionero bajo guardia y no hablara con nadie del
asunto hasta que la emperatriz tuviera piedad del desgraciado o, si
el tiempo transcurría, que languideciera bajo el peso de sus
cadenas y sucumbiera.
Entonces había un tal Basanio, de la facción Verde, un
joven prominente, que incurrió en su ira por hacer alguna observación
descortés. Basanio, alarmado del enojo de ella, huyó a
la iglesia del Arcángel San Miguel. Inmediatamente mandó
al Prefecto tras él, acusando a Basanio no de injurias sino de
pederastia. Y el Prefecto, sacando al hombre de la iglesia, lo hizo
azotar intolerablemente mientras todo el populacho, cuando vio a un
ciudadano Romano de buena clase tan vergonzosamente maltratado, rápidamente
simpatizó con él, y gritaron tan ruidosamente que le dejaran
libre que el Cielo debió de haber oído sus reproches.
Con lo cual la emperatriz lo castigó más, y lo hizo castrar
de tal modo que se desangró hasta morir, y su hacienda fue confiscada,
aunque su caso no había sido enjuiciado. Así, cuando esta
mujer estaba enfurecida, ninguna iglesia ofrecía santuario, ninguna
ley daba protección, ninguna intercesión del pueblo conseguía
misericordia para su víctima. Ni nada en el mundo podía
pararla.
Así tomó animadversión de un cierto Diógenes,
porque pertenecía a los Verdes: un hombre educado y querido por
todos, incluyendo el propio emperador. Sin embargo, llena de cólera
lo denunció por homosexual. Sobornando a dos de sus criados,
los presentó como acusadores y testigos contra su señor.
Pero, como fue juzgado en público y no secretamente, como era
su usual práctica en tales casos, los jueces elegidos eran muchos
y de distinguido carácter, a causa del alto rango de Diógenes;
y después de evaluar las pruebas de los criados, decidieron que
eran insuficientes para probar la acusación, especialmente porque
aquellos eran unos niños.
Entonces la emperatriz metió a Teodoro, uno de los amigos de
Diógenes, en uno de sus calabozos privados; y allí primero
con adulaciones, después con azotes, intentó abatirlo.
Como aún resistía, ordenó que una cuerda de piel
de buey se le atara en torno a la cabeza, sobre las orejas, y luego
que fuera retorciéndose para que le apretara. Pero aunque apretaron
la cuerda hasta que sus ojos comenzaron a salirse de sus órbitas
y Teodora pensó que los perdería completamente, aún
así se negó a confesar lo que no había hecho. En
consecuencia los jueces, por falta de pruebas, lo absolvieron, mientras
que toda la ciudad hizo una fiesta para celebrar su liberación.
Y esto fue así.
XVII. CÓMO
SALVÓ A QUINIENTAS PROSTITUTAS DE UNA VIDA DE PECADO.
He narrado antes,
en este relato, qué hizo a Belisario, Focio y Buzes.
Había dos miembros de la facción Azul, Cilicios de nacimiento,
que con muchos otros hicieron violencia a Calínico, gobernador
de la Cilicia Segunda; y cuando su criado, que estaba cerca de su amo,
intentó protegerlo, lo mataron ante los ojos del gobernador y
de todo el pueblo. El gobernador, abriendo un proceso legal y encontrándolos
culpables de ese y de otros homicidios, dictó condena de muerte
contra los dos. Teodora oyó esto, y para mostrar su preferencia
por los Azules, crucificó a Calínico, sin preocuparse
de deponerlo de su cargo, sobre el terreno donde los asesinos habían
sido enterrados.
El Emperador simuló lamentar la muerte de su gobernador y ponerse
de luto, y yendo de un sitio a otro quejándose y lanzando amenazas
contra los responsables del hecho. Pero no hizo nada, salvo apoderarse
de la hacienda del finado.
Teodora también prestó considerable atención a
castigar a las mujeres cogidas en pecado carnal. Reunió a más
de quinientas rameras en el Foro, que se ganaban la vida miserablemente
vendiéndose allí por tres óbolos, y las envió
al otro continente, donde fueron reunidas en un monasterio llamado “Arrepentimiento”
para forzarlas a reformar su modo de vida. Algunas de ellas, empero,
se lanzaron de noche desde los parapetos y se libraron así de
una indeseada salvación.
Había en Constantinopla dos muchachas, hermanas, de una muy ilustre
familia (no sólo habían sido su padre y abuelo cónsules,
sino incluso antes sus antepasados habían sido senadores). Aquellas
muchachas se habían casado pronto, pero enviudaron cuando sus
maridos fallecieron. E inmediatamente Teodora, acusándolas de
vivir demasiado felizmente, eligió nuevos maridos para ellas,
dos mozos simples y desagradables, y ordenó que se celebraran
los esponsales. Temiendo su repulsivo destino, las hermanas huyeron
a la iglesia de Santa Sofía, y corriendo a la cámara bautismal,
se aferraron fuertemente a la pila que allí había. Pero
tales privaciones y maltratos les infligió allí la emperatriz,
que para escapar de sus padecimientos finalmente convinieron en aceptar
las nupcias propuestas. Pues no había lugar sagrado o inviolable
para Teodora. Así, contra su voluntad aquellas señoras
fueron unidas a hombres pobres e insignificantes, muy por debajo de
su rango, aunque tenían muchos pretendientes de buen nacimiento.
Su madre, que también era viuda, estuvo presente en la ceremonia
sin osar protesta o lamento alguno por su infortunio.
Después Teodora vio su error e intentó consolarlas, en
detrimento de la causa pública, pues hizo a sus maridos duques.
Ni esto trajo alivio para las jóvenes, pues aflicciones sin fin
e intolerables fueron infligidas por estos hombres sobre prácticamente
todos sus súbditos, como he relatado en otra parte. Teodora,
empero, de nada se preocupaba en lo concerniente a la administración
o al gobierno, siempre que lograra ella su deseo.
Accidentalmente quedó encinta de uno de sus amantes, cuando aún
estaba en el escenario, y apercibiéndose de su estado tarde,
empleó todas las medidas usuales para causar el aborto, pero
a pesar de todos los métodos fue incapaz de prevalecer sobre
la naturaleza en ese estado avanzado de gestación. Encontrando
que nada podía hacerse, abandonó el intento y se vio obligada
a dar a luz al niño. El padre del recién nacido, viendo
que Teodora estaba afligida y disgustada, porque la maternidad interfería
negativamente en la forma en que normalmente había usado su cuerpo
y sospechando con buena razón que abandonaría al niño,
se lo quitó. Lo llamó Juan, y navegó con él
a Arabia. Después, cuando estaba ya por morir y Juan era un chaval
de catorce años, el padre le contó toda la historia de
su madre.
Así el chico, después de que celebrara los últimos
ritos por su padre difunto, al poco vino a Constantinopla y anunció
su presencia a los chambelanes de la emperatriz. Y éstos, no
concibiendo en su mente la posibilidad de que se comportara inhumanamente,
contaron a la madre que su hijo Juan había llegado. Temiendo
que la historia llegara a oídos de su marido, Teodora pidió
que su hijo fuera llevado a su presencia. Tan pronto entró, lo
entregó a uno de sus criados, que tenía ordinariamente
confiada la ejecución de tales misiones. Y de qué manera
el pobre chaval abandonó este mundo no puedo decirlo, pues nadie
lo volvió a ver desde entonces, ni siquiera después de
que la emperatriz muriera. Las mujeres de la corte eran en este tiempo
casi todas de abandonada moral. No corrían ningún riesgo
por ser infieles a sus maridos, puesto que el pecado no tenía
castigo; incluso si eran cogidas en el acto, no sufrían punición,
pues todo lo que tenían que hacer era acudir a la emperatriz,
proclamar que la acusación no estaba probada y comenzar un contraataque
contra sus maridos. Éstos, vencidos sin combatir, tenían
que pagar una multa de dos veces la dote, y eran normalmente azotados
y enviados a prisión; y a la próxima que veían
a sus esposas adúlteras de nuevo, las señoras estaban
acicalándose y delicadamente entreteniendo a sus amantes más
abiertamente que nunca. De hecho, muchos de estos adúlteros obtenían
una promoción y honores por sus amorosos servicios. Después
de tal experiencia, la mayoría de los maridos que sufrían
aquellos ultrajes de sus esposas preferían desde entonces ser
condescendientes en vez de ser azotados, y les dieron total libertad
y no se pusieron a espiar sus asuntos.
La idea de Teodora era controlar todo en el Estado para su servicio.
Los cargos civiles y eclesiásticos estaban todos en sus manos,
y sólo hubo una cosa que siempre procuró lograr y guardar
como estandarte de sus nombramientos: que ningún caballero honesto
alcanzara un alto rango, por temor de que tuviera escrúpulos
de obedecer sus órdenes.
Arreglaba todas las bodas, como si tales celebraciones le correspondieran
por derecho, y los novios no se conocían antes de la ceremonia.
Un esposo podía encontrarse súbitamente con una mujer
elegida no porque le gustara, lo que es costumbre incluso entre los
bárbaros, sino porque Teodora lo quería así. Y
lo mismo era para las novias, que fueron obligadas a tomar como esposos
a hombres a los que no amaban. Incluso hizo con frecuencia que la novia
saltara de la cama matrimonial, y por ninguna razón en absoluto
enviaba al novio lejos, antes de que hubiera oído el estribillo
de la canción nupcial; y sus únicas palabras, airadas,
serían que la muchacha le había desagradado. Entre los
muchos a los que hizo esto estaban Leoncio, el referendario, y Saturnino,
el hijo de Hermógenes, Maestro de Oficios.
Así, este Saturnino fue prometido a una prima virgen, nacida
libre y buena muchacha, a la que su padre Cirilo había prometido
en matrimonio justo después de la muerte de Hermógenes.
Cuando su cámara nupcial estaba preparándose, Teodora
arrestó a la servidumbre, que fue conducida a otro lecho nupcial,
donde a él, llorando y gimiendo terriblemente, le obligaron a
casarse con la hija de Crisomalo. Ésta había sido antes
bailarina y hetera; en ese tiempo vivía en palacio, con otras
dos mujeres, una de su mismo nombre y otra llamada Indaro, las cuales
habían abandonado los falos y los escenarios para estar al servicio
de la emperatriz.
Saturnino, aviniéndose finalmente a estar con su nueva esposa,
descubrió que no era virgen; y más tarde le dijo a uno
de sus amigos que su recién llegada esposa no había venido
a él intacta. Cuando este comentario llegó a Teodora,
ordenó a sus criados, acusándole de indiferencia impía
hacia la solemnidad de su juramento matrimonial, que lo alzaran como
a un colegial que había sido insolente con su profesor, y después
de azotarlo en sus partes traseras, le dijo que después de esto
no fuera tan tonto.
Lo que le hizo a Juan de Capadocia ya lo he relatado en otra parte;
y me es preciso añadir que el trato que le hizo fue debido a
su cólera, no a las trasgresiones de aquel contra el Estado (y
prueba de ello es que aquellos que luego cometieron cosas incluso peores
contra sus súbditos no recibieron de ella un trato semejante),
sino porque no sólo había osado oponerse a ella en otras
cosas, sino que la había denunciado ante el emperador, con el
resultado de que ella se encontró casi enfrentada con su esposo.
Estoy explicando esto ahora, porque es en este libro, como dije en el
prólogo, en el que cuento las verdades reales y los motivos de
los hechos.
Cuando lo confinó en Egipto, después de que hubo sufrido
tales humillaciones como he descrito antes, ni siquiera entonces estaba
contenta con el castigo de este hombre, sino que nunca cesó de
buscar falsos testigos contra él. Cuatro años después,
fue capaz de encontrar a dos miembros de la facción Verde que
habían tomado parte en la rebelión de Cícico, y
que se decía habían estado implicados en el ataque contra
un obispo. Los quebró mediante azotes y amenazas, y uno de ellos,
inspirado por sus promesas, acusó a Juan de asesinato, en tanto
que el otro rechazó completamente ser cómplice de esta
farsa, incluso cuando estaba tan quebrantado por la tortura que parecía
estar a punto de morir. Por tanto, a pesar de todos sus esfuerzos, no
pudo lograr la muerte de Juan bajo este pretexto. Pero a los dos jóvenes
les fueron sus manos derechas amputadas: a uno, porque no había
querido sostener un falso testimonio; al otro, porque su conspiración
no fuera completamente puesta en evidencia. Y aunque hacía estas
cosas a la vista de todos, Justiniano no se daba por enterado de lo
que exactamente hubiera estado haciendo Teodora.
XVIII.
CÓMO JUSTINIANO MATÓ A UN TRILLÓN DE PERSONAS.
Que Justiniano
no era un hombre, sino un demonio, como he dicho, con forma humana,
uno puede probarlo considerando la enormidad de las maldades que hizo
caer sobre la humanidad. Pues en la monstruosidad de sus acciones el
poder de un diablo se manifiesta. Un cómputo exacto de todos
a los que destruyó sería ciertamente imposible, pienso
yo, de hacer para cualquier persona salvo para Dios. Podría uno,
supongo, contar todos los granos de arena antes que a los hombres que
este emperador asesinó. Examinando los países que dejó
deshabitados, diría que mató a un trillón de personas.
Libia, grande como es, la devastó tanto, que tendrías
que recorrer un largo camino para encontrar a un solo hombre, y sería
remarcable. Con todo, ochenta mil Vándalos capaces de llevar
armas habían habitado allí, y en cuanto a sus esposas,
hijos y esclavos, ¿quién podría conjeturar su número?.
Con todo, aún más numerosos que aquellos eran los Mauritanos,
quienes con sus esposas e hijos fueron todos exterminados. E, igualmente,
muchos de los soldados Romanos y de aquellos que les siguieron allá
desde Constantinopla ahora están cubiertos por la tierra, de
modo que si uno se aventurara a decir que cinco millones de hombres
perecieron sólo en Libia, no estaría, imagino, contando
ni la mitad.
La razón de esto fue que después de que los Vándalos
fueren derrotados, Justiniano planeó no cómo podía
consolidar mejor su dominio del país, ni cómo salvaguardando
los intereses de aquellos que le eran leales podía ganarse la
voluntad de sus súbditos, sino que en vez de ello llamó
absurdamente de vuelta a Belisario inmediatamente, con la acusación
de que intentaba ser Rey (una idea de la que Belisario era completamente
incapaz), y de esa manera pudo manejar él mismo los asuntos allí
y poder saquear toda Libia. Enviando comisionados a evaluar la provincia,
impuso gravosos tributos donde antes no había habido ninguno.
Se apoderaba de cuantas tierras fueran de mayor valor y prohibió
a los arrianos observar sus ceremonias religiosas. Se olvidó
de enviar a tiempo los bastimentos y estipendios necesarios para los
soldados, siendo con ellos muy estricto también en todo lo demás;
motines en todas partes se produjeron con el resultado de la muerte
de muchos. Pues nunca pudo seguir las costumbres establecidas, sino
que con toda tranquilidad lanzó todo a la confusión y
perturbación.
Italia, que es no menos de tres veces más grande que Libia, quedó
deshabitada en todas partes, incluso peor que en el otro país;
y de esto la cuenta de aquellos que perecieron allí se puede
imaginar. La razón para lo que ocurrió en Italia ya lo
he dejado claro. Todos los crímenes en Libia fueron reproducidos
aquí; enviando a sus auditores (28) a
Italia, pronto trastornó y arruinó todo.
El gobierno de los Godos, antes de esta guerra, se había extendido
desde la tierra de los Galos hasta las fronteras de la Dacia, donde
está la ciudad de Sirmio. Los Germanos ocuparon la Galia Cisalpina
y buena parte de las tierras de los Venecianos, cuando el ejército
Romano arribó a Italia. Sirmio (29) y
sus alrededores estaban en manos de los Gépidos. Todo esto lo
despobló completamente. Pues aquellos que no murieron en la batalla
perecieron de enfermedad y hambre, las cuales, como es usual, vinieron
después de la guerra. Iliria y toda Tracia, esto es, desde el
golfo de Jonia (30) hasta los suburbios
de Constantinopla, incluyendo Grecia y el Quersoneso tracio (31)
, fueron arrasados por los Hunos, Eslavos y Antes, casi cada año,
desde la época en que Justiniano comenzó a gobernar el
imperio Romano, e hicieron cosas intolerables a los habitantes. Pues
en cada una de estas incursiones, diría, más de dos mil
Romanos fueron muertos o esclavizados, de modo que todo este país
se convirtió en un desierto como el de Escitia (32)
.
Tales fueron los resultados de las guerras en Libia y en Europa. Mientras,
los Sarracenos estaban continuamente haciendo razzias contra los Romanos
en Oriente, desde Egipto a las fronteras de Persia, y tan bien hicieron
su trabajo, que en todo este país pocos fueron los que quedaron,
y nunca será posible saber, me temo, cómo muchos de ellos
perecieron. También los Persas bajo Cosroes tres veces invadieron
el resto de este territorio Romano, saquearon las ciudades, y ya matando
ya llevándose a los hombres que capturaban en las ciudades y
en el país, dejaron deshabitada la tierra cada vez que la invadieron.
Desde el momento en que invadió la Cólquide, la ruina
cayó sobre ellos, Lazios y Romanos, hasta el día de hoy.
Además, ni Persas ni Sarracenos, ni Hunos ni Eslavos, ni tampoco
el resto de bárbaros pudieron retirarse de territorio Romano
sin daño. En sus correrías, y aún más en
sus asedios a ciudades y en las batallas, donde vencieron a las fuerzas
adversarias, participaron con mucho en las desastrosas pérdidas.
No sólo los Romanos, sino casi todos los bárbaros sintieron
entonces la inhumanidad de Justiniano. Pues mientras que el propio Cosroes
era muy malo, como he mostrado debidamente en otra parte, Justiniano
fue el único que siempre le dio ocasión para hacer la
guerra. Pues no prestaba atención en ajustar sus políticas
a un momento apropiado, sino que hizo todo en el momento inadecuado:
en tiempo de paz o tregua buscaba astutamente un pretexto para la guerra
con sus vecinos; mientras que en tiempos de guerra, perdía sin
motivo el interés, vacilaba demasiado tiempo en preparar la campaña,
escatimando los fondos necesarios, y en vez de poner su mente en la
guerra, dirigía su atención a la astronomía y a
la investigación de la naturaleza de Dios. Con todo, no abandonaba
las hostilidades, puesto que era demasiado sanguinario y tirano, incluso
cuando era incapaz de vencer al enemigo por causa de su negligencia
en enfrentarse a la situación.
Así, mientras fue emperador, toda la tierra estuvo roja con la
sangre de casi todos los Romanos y bárbaros. Tales fueron los
resultados de las guerras a lo largo del imperio durante este tiempo.
Pero la controversia civil en Constantinopla y en las demás ciudades,
si se contara a los muertos, no sumaría un número más
pequeño de fallecidos que los que perecieron en las guerras,
creo yo. Puesto que la justicia y el castigo imparcial se dirigieron
raramente contra los delincuentes y cada una de las dos facciones intentaban
ganarse el favor del emperador contra la otra, ningún partido
mantuvo la paz. Cada cual, según su sonrisa o su ceño,
estaba ya aterrorizada ya airada. A veces unos atacaban a los otros
con todas sus fuerzas, a veces luchaban en pequeños grupos, o
incluso se apostaban emboscados contra el primer hombre del partido
contrario que aparecía. Durante treinta y dos años, sin
descanso, cometieron ultrajes unos contra otros, siendo muchos de ellos
castigados con la muerte por el magistrado municipal (33)
.
Sin embargo, el castigo de esos delitos se dirigía principalmente
contra los Verdes.
Además la persecución de los Samaritanos y de los llamados
herejes llenó la tierra Romana de sangre. Permítase que
esta actual recapitulación sea suficiente para recordar lo que
he descrito más por extenso un poco antes. Tales fueron las calamidades
que azotaron a toda la humanidad durante el imperio de ese demonio encarnado
en Justiniano, de las cuales este, como emperador, fue el responsable.
Pero qué males tramó contra los hombres por cierto poder
oculto y fuerza diabólica yo ahora lo relataré.
Durante su gobierno sobre los Romanos, ocurrieron muchos desastres de
diferente especie: los cuales unos dijeron que eran debidos a la presencia
y manejos del Maligno, y otros consideraron que eran ejecutados por
la Divinidad, que, disgustada con el imperio Romano, se había
alejado de él y se lo había entregado al Diablo. El río
Escirto inundó Edesa, generando padecimientos sin cuento entre
los habitantes de esa región, como he escrito en otra parte.
El Nilo, creciendo como es usual, pero no bajando su nivel de la manera
acostumbrada, trajo terribles calamidades al pueblo allí, como
he también contado antes. El río Cidno inundó Tarso,
cubriendo casi toda la ciudad durante muchos días, y no retirándose
hasta que había hecho daños irreparables.
Terremotos destruyeron Antioquía, la ciudad principal de Oriente,
Seleucia, que esta situada cerca y Anazarbo, la ciudad más importante
de Cilicia. ¿Quiénes podrían contar el número
de aquellos que murieron en esas ciudades?. Con todo, uno tiene que
añadir también a aquellos que vivían en Ibora,
en Amasea, la mayor ciudad del Ponto, en Poliboto en Frigia, llamada
Polimede por los Pisidios, en Licnido en el Épiro y en Corinto,
todas ellas ciudades muy populosas desde antiguo. Todas fueron destruidas
por terremotos en este tiempo, con la pérdida de casi todos sus
moradores. Y luego vino la peste, que he mencionado antes, matando al
menos a la mitad de aquellos que habían sobrevivido a los terremotos.
A tantos hombres les llegó su perdición, cuando Justiniano
vino a dirigir el estado Romano primero como regente y luego cuando
detentó la magistratura imperial.
XIX. CÓMO
SE APODERÓ DE LA RIQUEZA DE LOS ROMANOS Y LA MALGASTÓ.
Cómo se
apropió de toda la riqueza narraré a continuación,
trayendo primero a colación una visión que, al comienzo
del reinado de Justiniano, fue revelada a un hombre de ilustre rango
en un sueño.
En este sueño, dijo, le parecía estar de pie en alguna
parte de Constantinopla, en la orilla del mar, que está frente
a Calcedonia, y vio a Justiniano en medio del estrecho (34)
. Y primero Justiniano se bebía toda el agua del mar, de modo
que parecía después estar en tierra, sin haber más
olas que rompieran contra ella; entonces otra agua, cargada de inmundicia
y desperdicios, salió de las alcantarillas y cubrió la
tierra. Y ésta también se la bebió, secando por
segunda vez el lecho del canal. Esta es la visión que tuvo en
el sueño.
Entonces Justiniano, cuando su tío Justino llegó al trono,
encontró el imperio bien provisto de fondos públicos.
Pues Anastasio, que había sido el más previsor y económico
de todos los emperadores, temiendo (lo que de hecho ocurrió)
que el heredero del imperio se encontrara en la necesidad de dinero
y saqueara quizás por ello a sus súbditos, llenó
el Erario hasta el borde con oro, antes de que terminara su vida. Todo
esto gastó inmediatamente Justiniano, entre su programa sin sentido
de construcciones en la costa y sus pródigos regalos a los bárbaros,
aunque uno pudiera haber pensado que el más extravagante de los
emperadores necesitaría cien años para agotar tal riqueza.
Pues los tesoreros y aquellos que estaban a cargo de las otras propiedades
imperiales habían sido capaces, durante el imperio de Anastasio
de más de 27 años sobre los Romanos, de acumular fácilmente
3.200.000 sólidos; y de todo esto nada de nada quedó,
ya que había sido malgastado por este hombre mientras aún
vivía Justino, como he relatado ya.
Lo que confiscó ilegalmente y gastó durante su vida, ningún
relato, ningún cómputo, ninguna narración podría
nunca ponerlo de manifiesto. Pues, como un río siempre fluyente
que traga cada vez más, saqueó a sus súbditos,
para arrojárselo inmediatamente a los bárbaros.
Habiendo, así pues, malgastado la riqueza pública, dirigió
su mirada a sus súbditos. A la mayoría inmediatamente
privó de sus haciendas, arrebatándoselas arbitrariamente
por la fuerza, levantando falsos cargos contra todos los que en Constantinopla
y en cada ciudad fueran reputados ricos.
A algunos los acusó de politeísmo, a otros de herejía
contra la fe Cristiana ortodoxa, a algunos de pederastia, a otros de
amoríos con monjas o de otra unión ilegal; a algunos de
sedición, o de favorecer a los Verdes, o de traición contra
él, o de cualquier otra cosa; o se intituló arbitrariamente
heredero de un difunto e incluso de una persona viva, cuando podía.
Tales fueron las sutilezas de sus acciones. Y cómo se benefició
de la insurrección contra él que fue llamada Nika, haciéndose
heredero de los Senadores, ya lo he relatado; y también cómo,
algún tiempo antes de que estallara la rebelión, privó
secretamente a cada hombre de sus posesiones.
A todos los bárbaros, en toda ocasión, dio grandes sumas:
a los de Oriente y a los de Occidente, a los del Norte y a los del Sur,
y hasta a los de Britania, en suma a todos los pueblos de toda la tierra
habitada, de modo que a naciones, de cuyos nombres nunca antes habíamos
oído hablar, entonces las conocimos, viendo a sus embajadores
por primera vez. Pues cuando se enteraron de la locura de este hombre,
vinieron a él y a Constantinopla en avalancha desde todo el mundo.
Y no con vacilación, sino encantado por esto, y pensando que
era buena suerte destruir la prosperidad de los Romanos y arrojarla
a los bárbaros o a las olas del mar, diariamente enviaba a cada
uno a casa con sus brazos llenos de regalos.
Así, todos los bárbaros se convirtieron en dueños
de toda la riqueza de los Romanos, ya siendo enriquecidos con ella por
el Emperador, ya saqueando el imperio Romano, ya exigiendo un rescate
por los prisioneros de guerra, ya traficando con las treguas. Y la profecía
del sueño, que mencioné arriba, vino a concretarse en
la realidad.
XX.
DEGRADACIÓN DE LA CUESTURA.
Había también ideado otras formas de robar a sus súbditos,
que describiré ahora tan bien como pueda, por las que los privó,
no de todo a la primera, sino poco a poco, de todas sus fortunas. Primero
creó un nuevo magistrado municipal (35)
, con la facultad de dar licencia a los comerciantes para vender sus
mercaderías a los precios que desearan, por el cual privilegio
pagaban un impuesto anual. Por consiguiente, la gente, que compraba
sus provisiones en estas tiendas, tenía que pagar tres veces
lo que el producto valía y estas personas no tenían a
quien acudir para pedir alguna compensación, aunque con esto
gran daño era causado, pues como parte del impuesto iba al Erario
los magistrados veían una oportunidad de enriquecerse, de lo
cual se servían para eso. Así, los funcionarios del gobierno
estaban involucrados en este vergonzoso negocio, mientras que los comerciantes,
autorizados para actuar ilegalmente, engañaban de forma intolerable
a los que tenían que comprarles, no sólo subiendo sus
precios muchas veces, como he dicho, sino también defraudando
a los clientes de otras formas nunca antes vistas.
De nuevo dio licencias a muchos monopolios, como son llamados, vendiendo
el bienestar de sus súbditos a aquellos que estaban dispuestos
a dedicarse a este reprensible tráfico, después que hubiera
exigido su precio por el privilegio. A aquellos que hicieron este arreglo
con él, les dio el poder de dirigir los negocios según
les placiera; y vendió este privilegio abiertamente, incluso
a todos los demás magistrados. Y puesto que el emperador siempre
conseguía su pequeña parte del botín, aquellos
funcionarios y sus subordinados, que estaban a cargo del trabajo, hacían
su trabajo con menos ansiedad de la que tenían aquellos que caían
bajo sus garras.
Como si los magistrados antes designados no fueran bastantes para este
propósito, creó otros dos nuevos, aunque el Prefecto municipal
había podido antes ocuparse de todas las causas criminales. La
verdadera razón del cambio era, en efecto, que pudiera tener
informantes adicionales, y así abusar de los inocentes con más
celeridad. De los nuevos dos cargos, uno, en teoría designado
para castigar a los ladrones, fue llamado Pretor del Pueblo; el otro
fue encargado del castigo de los casos de pederastia, ayuntamiento ilegal
con mujeres, blasfemia, y herejía; y su nombre oficial era Cuestor.
Entonces el Pretor, siempre que encontraba cualquier cosa muy valiosa
entre las mercancías robadas que llegaban a su conocimiento,
se suponía que tenía que dársela al Emperador (36)
y decir que carecía de dueño que la reclamara.
De esta manera el emperador consiguió continuamente la posesión
de mercaderías gratis. Y el Cuestor, cuando condenaba a personas
que se presentaban ante él, confiscaba cuanto quería de
sus propiedades haciéndose rico contra derecho, y al emperador
entregaba cada vez todo lo que deseaba de entre las riquezas de esas
personas. Pues los subordinados de aquellos magistrados ni buscaban
acusadores ni traían testigos cuando esos casos iban a juicio,
sino que durante todo ese tiempo los acusados fueron condenados a muerte
y sus propiedades expropiadas sin el debido juicio y examen.
Después, este monstruo asesino ordenaba a los funcionarios y
al Prefecto municipal tratar todos los asuntos criminales de igual manera
(37) , haciéndoles que compitieran
entre ellos para ver cuál podía destruir a más
gente en el menor tiempo. Y uno de ellos le preguntó una vez,
dicen, “si alguien es alguna vez denunciado ante los tres, ¿quién
de nosotros tendrá jurisdicción sobre el caso?”.
A lo cual replicó: “el que actúe más rápido”.
Así rebajó desvergonzadamente el oficio de Cuestor, que
los antiguos emperadores casi sin excepción habían tenido
en gran respeto, teniendo cuidado de que los hombres a los que nombraban
para el cargo eran experimentados y sabios, observantes de la ley, e
insobornables, ya que sería una calamidad para el imperio, si
los hombres que ejercían esta alta magistratura fueran ignorantes
o avariciosos.
Pero el primer hombre al que el Emperador nombró para el cargo
fue Triboniano, cuyas acciones he relatado con detalle en otra parte
(38) . Y cuando Triboniano partió
de este mundo, Justiniano se apoderó de su hacienda, aunque dejó
en este mundo a un hijo y a muchos nietos cuando abandonó esta
vida. Junilo (39) , un Libio, fue
después nombrado para el cargo: un hombre que nunca antes había
oído hablar de leyes, pues no era un orador (40)
; sabía Latín, pero en cuanto al Griego,
nunca había ido a la escuela primaria y era incapaz de hablar
este idioma. Con frecuencia, cuando intentaba decir una palabra Griega,
sus criados se burlaban de él. Era además muy proclive
a obtener ganancias vergonzosas, como se probaba por el hecho de que
no experimentaba vergüenza alguna cuando puso en venta los documentos
pertenecientes al emperador. Y por una moneda nunca vaciló extender
su mano para cogerla. Y durante unos siete años el Estado hizo
el ridículo de esta manera (41)
. Y después que Junilo abandonara este mundo, nombró para
este cargo a Constantino, un hombre no familiarizado con el derecho,
sino excesivamente joven, sin experiencia real en la corte y el mayor
rufián y el más ladrón de todos los hombres. De
esta persona Justiniano se encariñó mucho, y llegó
a ser su amigo íntimo, puesto que a través de él
el emperador vio que podría robar y ejercer ese cargo (42)
como él deseaba. En consecuencia, Constantino (43)
acumuló una gran riqueza en poco tiempo y tomó
aires de pompa prodigiosa, con su nariz en las nubes despreciando a
todos los hombres; e incluso aquellos que deseaban ofrecerle grandes
sobornos tenían que entregarlos a aquellos que estaban en su
especial confianza, para tener así éxito en lograr sus
peticiones, pues no fue nunca posible reunirse ni hablar con él,
salvo cuando estaba acudiendo ante emperador o acababa de dejarlo, e
incluso entonces caminaba con gran prisa, para que no perdiera el tiempo
con alguien que no tenía dinero que darle. Esto es lo que hizo
el emperador con la cuestura.