SINOPSIS

Proemio

I Parte

I. Cómo el gran general Belisario fue cegado por su esposa.
II. Cómo el juicio militar de Belisario fue quebrado por los celos.
III. Que muestra el peligro de encontrarse con las intrigas de las mujeres.
IV. Cómo Teodora humilló al conquistador de África e Italia.
V. Cómo Teodora engañó a la hija del general.

II Parte

VI. Ignorancia del emperador Justino, y cómo su nieto Justiniano era el gobernante real.
VII. Ultrajes de los Azules.
VIII. Carácter y apariencia de Justiniano.
IX. Cómo Teodora, la más depravada de todas las cortesanas, se ganó su amor.
X. Cómo Justiniano promulgó una nueva ley que le permitía casarse con una cortesana.

III Parte

XI. Cómo el defensor de la Fe arruinó a sus súbditos.
XII. Que muestra que Justiniano y Teodora eran realmente demonios con forma humana.
XIII. Perceptibles afabilidad y piedad de un tirano.
XIV. La justicia en venta.
XV. Cómo todos los ciudadanos Romanos se convirtieron en esclavos.

IV Parte

XVI. Qué ocurrió a aquellos que perdieron el favor de Teodora.
XVII. Cómo Teodora salvó a quinientas prostitutas de una vida de pecado.
XVIII. Cómo Justiniano asesinó a un trillón de personas.
XIX. Cómo se apoderó de toda la riqueza de los Romanos y la derrochó.
XX. Degradación de la Cuestura.


V Parte

XXI. El tributo del aire, y cómo a los ejércitos fronterizos se les prohibió castigar a los bárbaros invasores.
XXII. Otras corruptelas en los altos niveles.
XXIII. Cómo los terratenientes fueron arruinados.
XXIV. Injusto trato a los soldados.
XXV. Cómo robó a sus propios oficiales.


VI Parte

XXVI. Cómo expolió la riqueza de las ciudades y saqueó a los pobres.
XXVII. Cómo el defensor de la Fe protegió los intereses de los Cristianos.
XXVIII. Su violación de las leyes de los Romanos y cómo los Judíos fueron multados por comer cordero.
XXIX. Otros incidentes que lo muestran como un mentiroso y un hipócrita.
XXX. Otras innovaciones de Justiniano y Teodora, y una conclusión.

 

XXI. EL TRIBUTO DEL AIRE, Y CÓMO A LOS EJÉRCITOS FRONTERIZOS SE LES PROHIBIÓ CASTIGAR A LOS INVASORES BÁRBAROS.

El Prefecto del Pretorio entregaba cada año al Emperador más de 300 centenarios además de los impuestos públicos. Este tributo fue llamado el tributo del aire, para mostrar, supongo, que no era un deber o gravamen regular, sino que caía en sus manos por casualidad desde el cielo. Debería ser llamado el tributo de villanía, pues utilizándolo como pretexto los magistrados robaban a sus súbditos más que nunca, con la excusa de que tenían que entregarlo al emperador, mientras ellos mismos no tenían dificultad en apropiarse de los caudales públicos. Por esto Justiniano les dejaba sin castigo, esperando el momento en que hubieran ganado una inmensa fortuna; tan pronto como esto sucedía, levantaba alguna acusación contra ellos para el que no había defensa, y confiscaba toda su hacienda a la vez, como había ya hecho a Juan de Capadocia.
Todos los que fueron nombrados para un cargo durante este periodo se hicieron por supuesto inmensamente ricos de una vez, con dos excepciones: Focas, al que he mencionado en otro lugar como un hombre completamente honesto, que permaneció incorrupto durante su cargo; y Baso, que fue nombrado después. Ninguno de estos señores ocupó su cargo durante un año, sino que fueron depuestos después de unos pocos meses como inútiles y desajustados a los tiempos. Pero si entrara en todos los detalles, este libro nunca tendría fin. Suficiente es con decir que todos los restantes magistrados de Constantinopla eran igual de culpables. También hizo Justiniano lo mismo en todas las partes del imperio Romano. Eligiendo a los peores sinvergüenzas que pudo encontrar, les vendía por grandes sumas de dinero las magistraturas, que iban a corrompidas por tales gentes. De hecho, un hombre honesto o uno con algo de inteligencia nunca pensaría en gastar su propio dinero para comprar el privilegio de robar a personas inocentes. Cuando Justiniano había reunido este dinero de tales sujetos con los que había llegado a un acuerdo, les daba completo poder sobre sus súbditos, por el que, saqueando el país y a sus habitantes, llegaban a hacerse ricos. Y puesto que habían pedido prestado a alto interés dinero para pagar al emperador sus magistraturas, tan pronto como llegaban a las ciudades de su jurisdicción, trataban a sus súbditos con toda clase de maldad, preocupándose únicamente de cómo podían cumplir sus acuerdos con sus acreedores y luego cómo podían entrar en la lista de los muy ricos. No veían peligro y no sentían vergüenza por esta conducta; más bien, preveían que contra más ilegalmente mataran o saquearan, mayor sería su reputación, pues el nombre de asesino y ladrón probarían la energía de su servicio. Sin embargo, tan pronto como oía que estos oficiales se habían hecho ricos en la medida adecuada, Justiniano los entrampaba con el pretexto adecuado e inmediatamente se apoderaba de sus fortunas en un momento.
Aprobó una ley según la que los candidatos a los cargos debían jurar que se mantendrían limpios de todo asunto turbio y que nunca darían o recibirían soborno alguno como funcionarios; todas las maldiciones que fueron citadas por los antiguos él las invocó contra todos aquellos que violaran esta disposición. Pero la ley no estuvo vigente un año antes de que él mismo, despreciando sus palabras y maldiciones, desvergonzadamente sacara estos cargos en venta, y no secretamente, sino en el Foro. Y los compradores de cargos, rompiendo también sus juramentos, saquearon más que nunca.
Después ideó otro proyecto inaudito. Las magistraturas que creyó eran las más poderosas en Constantinopla y en las otras grandes ciudades, decidió no venderlas más tal como lo había estado haciendo, sino que las puso en manos de hombres escogidos con un sueldo fijo, a quienes ordenó que le entregaran todos los ingresos de sus botines. Y estos hombres, después de recibir su paga, actuaban sin temor y arrasaban todo en el país, y una autoridad comprada iba pasando de unos a otros, a modo de magistratura, y robando a los ciudadanos. El emperador era siempre muy cuidadoso en elegir para sus agentes a hombres que eran los verdaderamente peores sinvergüenzas de todo el orbe y no tenía problema en encontrar a aquellos que eran lo suficientemente malos. Cuando, de hecho, designó a los primeros bribones para los cargos, y el ejercicio de su poder arrojó luz sobre su corrupción, nos quedamos atónitos de que la naturaleza humana hubiera producido tanta depravación. Pero cuando los sucesores de aquellos cargos fueron después más allá de los primeros ejercientes en cuanto a villanía, los hombres estaban preguntándose entre sí cómo sus predecesores podían haber sido considerados malvados, viendo que los nuevos magistrados eran mucho peores que los antiguos, a tal punto que estos parecían hombres de altas cualidades en comparación con aquellos. Y los que fueron nombrados en tercer lugar superaron a los del segundo en toda forma de depravación, y aquellos que a su vez les siguieron, superaron a los anteriores incluso, merced a su ingenio en inventar nuevos métodos de cometer crímenes, con lo que terminaron por dar a todos sus predecesores el nombre de virtuosos y honestos. Y como el mal progresaba, finalmente quedó demostrado que la maldad del hombre no tiene un límite natural, sino que cuando se tiene como base la experiencia de los que han estado antes y cuando se da una licencia que inspira una total inmunidad, se está dando ánimos para perpetrar los más despreciables abusos sobre todos los que se topan en su camino, hasta tal punto que ni siquiera quienes sufren la opresión pueden medirla. Y así eran los Romanos tratados por sus magistrados.
Después que los ejércitos de los hostiles Hunos hubieran varias veces esclavizado y saqueado a los habitantes del imperio Romano, los generales Tracios e Ilirios planearon atacarles en su retaguardia, pero se abandonó la idea cuando les fueron mostradas cartas del emperador Justiniano prohibiéndoles atacar a los bárbaros en base a que la alianza con ellos era necesaria a los Romanos contra los Godos, quizás, o contra algunos otros enemigos.
Después de esto, aquellos bárbaros arrasaron el país y esclavizaron a los Romanos como enemigos, y cargados con el botín y los prisioneros, como amigos y aliados de los Romanos regresaban a sus hogares. A menudo algunos de los agricultores de aquellas regiones, movidos por su afecto para con sus hijos y esposas, que habían sido reducidos a la esclavitud, formaron bandas y atacaron a los Hunos al retirarse, consiguiendo matar a muchos de ellos y capturar sus caballos junto con todo el botín. Pero las consecuencias de su éxito fueron desafortunadas para ellos. Pues agentes fueron enviados desde Constantinopla para golpearlos, torturarlos e imponerles fuertes multas sin ninguna clase de remordimiento, hasta que devolvieron todos los caballos que habían tomado de los bárbaros.

XXII. OTRAS CORRUPTELAS EN LOS ALTOS CARGOS.

Cuando el emperador y Teodora hubieron removido a Juan de Capadocia, desearon nombrar a un sucesor en el cargo, y convinieron en elegir a un granuja peor aún; por ello buscaron por todas partes tal instrumento de tiranía, examinando todas las clases de hombres que podían arruinar a sus súbditos lo más rápido. Entonces, como medida temporal, nombraron para el cargo a Teodoto: un hombre que no era bueno en ningún aspecto, pero que no era lo suficientemente malo para satisfacerles; y entretanto continuaron su búsqueda general hasta que, finalmente, casi para su sorpresa, descubrieron a un cierto cambista llamado Pedro, un Sirio de origen, apellidado Barsymes (44) . Éste, después de años de estar sentado a una mesa donde las monedas de bronce eran cambiadas y estaba obteniendo los más vergonzosos beneficios por sus negocios, ideando sus hurtos de dinero con gran habilidad y deslumbrando siempre a sus clientes con la rapidez de sus dedos. Porque era bastante listo en robar libremente las posesiones de aquellos que se encontraban con él, en jurar y encubrir el pecado de sus manos por la impudencia de su lengua. Y cuando había sido reclutado como un miembro de la guardia Pretoriana, se hizo tan indigno que era sobremanera agradable para Teodora y le dio la más válida ayuda en arreglar los detalles de sus malvadas empresas. Así, inmediatamente depusieron a Teodoto de su cargo al que había sido elevado después del Capadocio, y nombraron entonces a Pedro, quien hacía cualquier cosa para agradar a ambos. Pues, aunque privó a los soldados en servicio de todo su estipendio, nunca fue visto ser tocado por el miedo o la vergüenza, es más, incluso puso las magistraturas en venta a un nivel aun más grande que como se había hecho antes, y, haciéndolas menos honorables, solía venderlas a hombres que no vacilaron en continuar este impío negocio, dando expreso permiso a aquellos que compraron sus cargos para tratar las vidas y propiedades de sus súbditos como quisieran. Un negocio fue inmediatamente concluido entre él y el hombre que había pagado el precio del cargo que le daba licencia completa para el saqueo y el pillaje. Así, desde la capital del imperio se permitió el tráfico de vidas humanas y Pedro negoció el pacto de destrucción de las ciudades, mientras que en los más altos tribunales y en el los lugares públicos de los mercados ambulaban criminales legalizados, que describían sus negocios como la recuperación de los dineros entregados como precio de su cargo, sin haber esperanza de que sus crímenes fueran alguna vez punidos. Y entre todos aquellos que servían a estos magistrados como subordinados, una numerosa y notable compañía, elegía siempre a los peores. Pero en esto no sólo él era culpable, sino más bien todos los que asumieron este cargo antes y después. Y un abuso similar fue practicado también en el cargo de Maestro, como es llamado, y entre los oficios palatinos que suelen atender el servicio de manejar los tesoros y fondos conocidos como privata y de administrar el patrimonium (45) , y, hablando en general, entre todos los cargos establecidos no sólo en Bizancio sino también en las demás ciudades. Porque desde el tiempo en que este tirano se hizo cargo de los asuntos públicos, en cada magistratura los ingresos que pertenecían a los oficiales inferiores eran reclamados regularmente, sin justa razón, a veces por el propio Justiniano, y a veces por el hombre que ejercía el cargo, y los hombres que servían bajo sus órdenes, siendo extremadamente pobres, a lo largo de todo este periodo eran obligados a trabajar en las condiciones más serviles.
Entonces, una vez una gran cantidad de grano había sido transportada a Bizancio, pero después que la mayor parte de este se hubiera corrompido, asignó (46) cantidades proporcionadas a cada una de las diversas ciudades de Oriente, aunque no era conveniente que fuera ingerido por el hombre. E hizo la asignación no al precio en que el mejor grano solía ser vendido, sino a uno mucho más alto, y fue necesario para los compradores, después de gastar grandes sumas de dinero para afrontar unos precios tan opresivos, arrojar el grano al mar o a la cloaca. Y puesto que una gran cantidad de grano en buen estado que aún no se había descompuesto quedaba en los almacenes, decidió venderlo también a un gran número de ciudades que tenían cierta necesidad de grano. Porque de este modo dobló el dinero que el Erario había previamente pagado a los estados tributarios por ese mismo grano. Pero el siguiente año, cuando la cosecha de grano no fue tan generosa, la flota porteadora de grano llegó a Bizancio con menos de lo que era necesitado (47) , y Pedro, estando en la incertidumbre por esta situación, decidió comprar de las granjas de Bitinia, Frigia y Tracia una gran cantidad de grano. Y los habitantes de aquellas regiones fueron obligados a transportar con gran trabajo los cargamentos al mar y llevarlos a Bizancio con gran peligro, y recibir por todo ello precios miserables; y la pérdida para ellos alcanzó a tal cifra que habrían estado contentos de tener podido presentar al instante el grano en un almacén gubernamental y pagar por este privilegio. Esta es la carga que han solido llamar “requisa” (48). Pero cuando, incluso entonces, el abastecimiento de grano en Bizancio no llegó a ser suficiente para cubrir las necesidades, muchos elevaron amargas quejas por la situación contra el emperador. Y al mismo tiempo casi todos los soldados, viendo que no habían recibido su paga usual, se entregaron a tumultos y disturbios a lo largo de la ciudad. Así, el Emperador parecía al final estar disgustado con el hombre y deseaba relevarlo de su cargo en base a aquellos hechos que han sido mencionados y porque había oído que tenía oculta una prodigiosa cantidad de dinero, que había defraudado al gobierno, lo cual efectivamente fue así. Pero Teodora no permitió a su marido actuar, porque tenía una especial inclinación por Barsymes a causa de su depravación, según me parece, y porque era muy eficiente en provocar la ruina de los ciudadanos. Porque ella misma era una persona muy despiadada y completamente gobernada por una crueldad inhumana y exigía que sus agentes se parecieran en carácter a ella tanto como fuera posible. Pero dicen que fue puesta bajo un encantamiento por Pedro y le mostraba su favor contra su deseo. Porque este Barsymes había manifestado un excepcional interés en magos y espíritus maléficos, y albergaba una gran admiración por los Maniqueos, como son llamados, y nunca vaciló en mostrarse abiertamente como su valedor. Y sin embargo, incluso cuando la emperatriz supo de esto, no declinó su buena disposición para con él, sino que vio conveniente protegerlo y apoyarlo aún más por esta causa. Pues ella también desde su infancia había tratado con magos y hacedores de sortilegios, pareciendo sus hábitos de vida conducirla hacia esta dirección, y a lo largo de su vida conservó su fe en tales cosas y siempre depositó su confianza en ellos. Y también se dijo que la manera en que hizo a Justiniano manejable no radicaba tanto en la disuasión como en el uso de espíritus malvados para tenerlo obligado. Porque este hombre no era una persona tan recta o justa o tan firme en la virtud como para rechazar siempre los intentos de toda clase sobre él ya mencionados, sino que, por el contrario, siendo claramente susceptible a la petición de sangre y al dinero, encontraba bastante fácil ser permisivo con aquellos que trataban de engañarlo o adularlo. Pero incluso en aquellos asuntos en los que tomaba particular interés solía cambiar de opinión sin ninguna razón y había llegado a convertirse absolutamente en una inestable nube de polvo. Por esta razón ninguno de sus allegados, ni ninguno de sus conocidos en general, no depositaban ninguna esperanza en él, sino que, por el contrario, habían acabado sometiéndose a los constantes cambios de opinión en cuanto a lo que iba a hacer. Así, siendo fácilmente accesible a los magos, como ha sido dicho, llegó a ser muy manejable en manos de Teodora también; y principalmente por esta razón la emperatriz amaba sobremanera a Pedro por ser un experto en tales materias. Así, el Emperador lo depuso sólo con dificultad del cargo que previamente ostentaba, pero a instancia de Teodora poco después los nombró Maestro del Tesoro (49) , apartando de este cargo a Juan, que lo había asumido sólo unos pocos meses atrás. Este era un hombre natural de Palestina, y una persona muy apacible y buena, que ni era experto en inventar modos de lograr ganancias ilícitas ni había nunca maltratado a ningún hombre en el mundo. De hecho, todo el populacho lo amaba con extraordinaria devoción. Y justo por esta razón no agradaba a Justiniano y a su esposa en absoluto, porque tan pronto como inesperadamente descubrían entre sus subordinados a uno de buen carácter, perdían la cabeza y se disgustaban al máximo, buscando con impaciencia por todos los medios quitarlo de en medio a la primera oportunidad.
En cualquier caso, fue de esta manera que Pedro sucedió a este Juan y asumió el oficio de la tesorería imperial, y una vez más se convirtió en la principal causa de grandes calamidades para todos. Porque interrumpió la mayor parte del pago que había sido ordenado desde antiguo que se debía entregar por el Emperador a muchos cada año en una suerte de consolación, y él mismo, entretanto, por medios impropios, se enriqueció con dinero público y se cuidó de entregar una parte de él al Emperador. Y los que habían sido privados de su dinero se vieron inmersos en un gran dolor, puesto que también vio adecuado acuñar monedas de oro no a su valor normal sino reduciendo su valor materialmente (50) , una cosa que nunca había sido hecha antes (51) . Tal era la forma de conducta del Emperador en el asunto de las magistraturas.


XXIII. CÓMO LOS TERRATENIENTES FUERON ARRUINADOS.

Y procederé a contar a continuación cómo, en todas partes del imperio, arruinó a los poseedores de tierras, aunque era suficiente prueba de sus sufrimientos referir los hechos de los ya antedichos magistrados que fueron enviados a todas las ciudades. Porque los terratenientes fueron los primeros a los que aquellos magistrados oprimieron y saquearon, pero también el resto de la historia será relatado.
Antaño había una costumbre establecida largo tiempo atrás según la cual cada gobernante Romano debía, no sólo una vez durante su reinado sino también a menudo condonar a sus súbditos los atrasos que tuvieren de los impuestos, de modo que aquellos que se encontraban en dificultades financieras y que no tuvieren modo de pagar sus atrasos no fueran demasiado presionados, de manera que los recaudadores no tendrían excusa para perseguir a aquellos que, aunque eran contribuyentes, realmente nada debían. Pero Justiniano durante treinta y dos años (52) no hizo tal concesión a sus súbditos, y en consecuencia aquellos que no pudieron pagar se vieron en la necesidad de huir abandonando su país para nunca más regresar. Otros, más prósperos, se cansaron de intentar contestar a las acusaciones continuas de los denunciantes de que el impuesto que habían siempre pagado era menos del que era exigido según el actual tipo impositivo sobre sus propiedades. Porque estos infortunados temían no tanto la imposición de nuevos impuestos como que fueran gravados por el injusto peso de tener que pagar retroactivamente una cantidad adicional por tributos de tantos años. Muchos, de hecho, prefirieron abandonar sus haciendas a los denunciantes o la confiscación del Estado.
Además, los Medos y los Sarracenos habían saqueado gran parte de Asia, y los Hunos y Eslavos toda Europa. Ciudades conquistadas habían sido o destruidas hasta sus cimientos u obligadas a pagar un terrible tributo. Hombres habían sido reducidos a la esclavitud junto con toda su propiedad, y cada territorio había sido abandonado por sus habitantes a causa de las continuas incursiones. Sin embargo los impuestos no fueron perdonados, salvo en el caso de ciudades conquistadas por el enemigo, y sólo por un año. Sin embargo si, como el emperador Anastasio había hecho, hubiera decidido excusar a las ciudades expugnadas de la tributación durante siete años, incluso así creo, que no habría hecho tanto como debiere.
Porque Cabades se retiraba después de hacer apenas daños a los edificios, pero Cosroes quemaba hasta los cimientos todo cuanto tomaba, y dejaba enormes ruinas por allá donde pasaba, infligiendo grandes padecimientos a sus víctimas. Y para estos hombres a los que condonó esta porción ridículamente pequeña de impuestos, así como para todos los demás hombres que habían a menudo soportado los ataques del ejército Medo, y habían sido saqueados por los Hunos y los Sarracenos en las tierras de oriente, y para los Romanos que aguantaban una no menos terrible e incesante destrucción a manos de los bárbaros en Europa cada día, para estos hombres, digo, este emperador inmediatamente se convirtió en un enemigo peor que todos los bárbaros juntos. Porque tan pronto como el enemigo se había retirado, los poseedores de tierras eran inmediatamente aplastados por nuevas requisas, impuestos y tasas a prorrata (53) .
Explicaré ahora qué eran estas cosas. Aquellos que poseían tierras fueron obligados a alimentar al ejército Romano, con arreglo a la tasa impuesta sobre cada propietario, siendo las entregas hechas, no donde permitía la estación del año en la que la requisa tiene que ser cumplida, sino donde los oficiales lo entienden posible y han determinado, y al hacer estas requisas no se hace ninguna investigación para ver si los granjeros tienen en sus tierras las provisiones requeridas. Y si no acopian en sus tierras suficientes provisiones para los soldados y los caballos, los infortunados deben salir y comprarlas a un precio excesivo, allá donde puedan, incluso si estaban en un lugar distante y luego tenían que transportarlas desde ese lugar al sitio donde el ejército estaba acuartelado, y después entregarlas a los oficiales del ejército no al precio legal, sino según la voluntad de los comandantes. Y esto es lo que es llamado compra por requisa y el resultado ha sido que todos los propietarios de granjas han sido sangrados hasta la muerte (54) . Pues por este proceso son obligados a pagar su impuesto anual no menos de diez veces, viendo que no sólo tienen que alimentar al ejército, sino a menudo también transportar el grano a Constantinopla. Barsymes no fue el único que osó este ultraje, pues el capadocio antes que él había hecho lo mismo, y los sucesores de Barsymes después de él. Tal en general era la compra por requisa.
Pero el término “impuesto” es usado para describir una especie de nunca antes vista ruina que cae súbitamente sobre los propietarios de tierras y destruye completamente su esperanza de subsistencia. Porque este es un tributo sobre la tierra que ha sido abandonada o está improductiva, cuyos propietarios y granjeros han tenido la desgracia o de morir o de, abandonando sus tierras ancestrales, estar ahora viviendo en la miseria debido a las aflicciones acaecidas a ellos por causa de estos impuestos. Y no vacilan en imponerlo sobre cualquiera que no haya sido todavía por completo arruinado.
Tal es el significado del término impuesto, frecuentemente exigido durante este tiempo. Pero en cuanto a la tasa a prorrata, para exponer el tema con las menos palabras posible, el asunto es como sigue: las ciudades estuvieron sufriendo muchas exacciones dañinas en todo momento y particularmente durante este periodo, cuyas causas y forma de aplicación no describiré ahora, o el relato no tendría fin. Estas cargas eran pagadas por los tenedores de tierras, entregando cada uno una suma en proporción al impuesto regularmente señalado a él. Pero estas tribulaciones no paraban siquiera aquí. La peste, que había atacado a los habitantes del mundo, no perdonó al imperio Romano. La mayoría de los granjeros perecieron, y cuando por esta razón las tierras, como era de esperar, quedaron desiertas, el emperador no tuvo piedad con los propietarios de esas tierras. Porque nunca aflojó su recaudación del impuesto anual, y no sólo tenían que pagar sus tributos, sino también la parte de sus vecinos difuntos (55) . Y además de todo esto, tenían que hospedar a los soldados en sus mejores habitaciones, mientras que ellos mismos durante este tiempo vivían en la parte peor y más pobre de sus viviendas.
Tales eran los constantes males que afligían a la humanidad bajo el gobierno de Justiniano y Teodora, porque ocurrió que ni la guerra ni ninguna otra de las mayores calamidades cejaron durante este tiempo. Y puesto que hemos hecho mención de las habitaciones de acogida de los militares, no debemos pasar por alto el hecho de que los propietarios de casas en Bizancio, teniendo que convertir sus viviendas en alojamientos para un número de bárbaros de hasta setenta mil, no sólo no podían conseguir ningún beneficio de sus propiedades, sino que estaban sobremanera afligidos por esas desagradables condiciones.

XXIV. INJUSTO TRATO A LOS SOLDADOS.

No debo pasar por alto su tratamiento de los soldados, para cuyo mando nombró a los más villanos de todos los hombres, con instrucciones de que tomaran de los soldados tanto de su dinero como les fuere posible, bajo la premisa de que la doceava parte de lo que recibieran era suyo. Su método cada año era el que sigue. Según una ley el estipendio militar no es entregado a todos por igual año tras año, sino que cuando los hombres son aún jóvenes y sólo recientemente se han incorporado al ejército, para éstos el sueldo es más bajo, mientras que para aquellos que han estado en servicio y se encuentran hacia la mitad de la lista de soldados (56) , su salario se incrementa. Pero cuando se han hecho viejos y están a punto de ser licenciados del ejército, la paga es mucho más grande, con el fin de que no sólo puedan, cuando en el futuro vivan como ciudadanos particulares, tener suficiente para su supervivencia, sino también puedan, cuando hayan alcanzado el término de su vida, dejar algunos bienes a los miembros de su familia. Así el tiempo, promoviendo continuamente a los soldados desde los niveles más bajos de la escala militar hasta el rango de aquellos que han muerto o sido licenciados del ejército, regula en base a la antigüedad el estipendio que ha de ser pagado por el Erario a cada hombre. Pero los Logotetes (57) , como son llamados, no permitían que los nombres de los fallecidos fueran borrados de las listas, incluso cuando muriera gran número de soldados a la vez por otras causas, y especialmente, como era el caso de la mayoría, en el curso de las numerosas guerras. Además, no reponían durante mucho tiempo las listas militares. Y el resultado de esta práctica se mostró desafortunada de todo punto: primero para el estado, porque el número de soldados en activo era siempre insuficiente; segundo para los soldados sobrevivientes, porque eran pospuestos ante aquellos que habían muerto mucho antes y así se encontraban situados en una posición inferior a la que les correspondía y recibían un estipendio que era más bajo que el que tendrían si ostentaran el rango al que tenían derecho; y finalmente para los Logotetes, quienes durante todo este tiempo tenían que entregar a Justiniano una parte del dinero que era de los soldados.
Además, abrumaban a los soldados con muchas otras e injustas formas de castigo, como recompensa por los peligros que arrostraban en el campo de batalla, so pretexto de que eran Griegos (58) , como si nadie de esta nación pudiera ser valiente, o de que no estaban autorizados por el emperador para servir en la milicia, incluso cuando mostraban el sello a tal efecto, el cual los Logotetes no dudaban en cuestionar; o de que se habían ausentado de su puesto durante unos pocos días. Después también algunos de la guardia de Palacio fueron enviados a lo largo de todo el Imperio Romano y aparentemente fueron a buscar entre los ejércitos a todos aquellos que fueran inapropiados para el servicio activo y algunos fueron privados de su uniforme (59) por ser viejo e inútil, de modo que para el resto de sus vidas tuvieron que ganarse el pan merced a la caridad en el Foro, exhibiendo sus lágrimas y lamentos como reclamo; y los demás, para no sufrir similar destino, les entregaron grandes sumas de dinero, de modo que los soldados perdieron todo afecto por su profesión, se vieron reducidos a la pobreza y no albergaron ya ningún entusiasmo por las armas. Fue justo por esta razón que el poder Romano vino a ser destruido en Italia. De hecho, cuando Alejandro el Logotete fue enviado allí, tuvo la insolencia de lanzar estas acusaciones (60) a los soldados e intentó obtener dinero de los Italianos, alegando que les estaba castigando por su comportamiento durante el reinado de Teodorico y los Godos. Y no sólo fueron oprimidos los soldados por la indigencia y la pobreza a causa de la conducta de los Logotetes, sino que también los subordinados, que servían a todos los generales, un grupo antaño numeroso y muy estimado, fueron machacados por el peso del hambre y la extrema pobreza. Esta situación suya era así porque a raíz de ello no tenían modo de subvenir a sus ordinarias necesidades.
Y añadiré algo más a aquello que he dicho, puesto que el asunto de los soldados me lleva a ello. Los emperadores Romanos en los pasados tiempos situaban gran cantidad de soldados en todos los puntos de la frontera del Imperio para guardar el limes de Roma, sobre todo en la parte oriental, impidiendo así las incursiones de Persas y Sarracenos. Esas tropas solían llamarse limitanei (61) . A estos el emperador Justiniano al principio los trató con tanta indiferencia y mala manera (62) , que sus pagadores se retrasaban cuatro o cinco años en pagarles, y si la paz era firmada entre Romanos y Persas, estos infelices eran obligados, en la suposición de que se beneficiarían mucho de las bondades de la paz, a hacer un presente al Erario sacado de la paga que les pertenecía. Y luego, sin ninguna buena razón, eran expulsados del ejército. Por ende las fronteras del imperio Romano quedaron desnudas de vigilancia y los soldados súbitamente se encontraron dependiendo de la caridad.
Otro grupo de soldados, no menos de tres mil quinientos, habían sido asignados originariamente a la vigilancia de Palacio. Eran los llamados Escolares (63) . Y el Erario estaba habituado desde tiempos anteriores a pagar siempre a estos soldados estipendios más altos que a los restantes miembros de la milicia. Estos hombres eran elegidos por los anteriores emperadores por su excelencia, siendo reclutados para este honor entre los Armenios. Pero desde el tiempo en que Zenón asumió la potestad imperial el acceso había quedado abierto para que todos pudieran vestir este honorable uniforme, incluyendo cobardes y personas desconocedoras del arte militar. Y según avanzó el tiempo, incluso esclavos, pagando un soborno, podían ser admitidos en este cuerpo. De esta manera, cuando Justino asumió el imperio, Justiniano nombró a muchos para este honorable servicio, asegurándose por este expediente grandes cantidades de dinero. Pero cuando finalmente observó que no había ya más vacantes en ese cuerpo armado, añadió a sus filas dos mil reclutas y a estos solía llamarlos supernumerarios. Pero cuando él mismo asumió el imperio, apartó a estos supernumerarios con gran celeridad, sin darles nada a cambio (64) .
Sin embargo, para aquellos que estaban incluidos en el cuerpo regular de los Escolares ideó lo siguiente. Cuando se esperaba que un ejército fuera mandado contra Libia, Italia o Persia, les dio órdenes de empacar como si fueran a tomar parte en la expedición, aunque sabía bien que en absoluto eran aptos para el servicio activo y ellos, atemorizados, le enviaron sus estipendios de un determinado periodo para que no se les enviara. Y ocurrió entonces que esto se lo hizo a los Escolares muchas veces. Y Pedro, igualmente, durante todo el tiempo que ocupó la magistratura de Magíster, como es llamada, los estuvo constantemente acosando con tales insólitas exigencias. Pues, si bien era de hecho un hombre moderado y no del todo versado en ofensas insultantes, al mismo tiempo, empero, era el mayor ladrón del mundo y absolutamente colmado de vergonzante avaricia. Este Pedro ha sido mencionado también en los libros precedentes por haber ejecutado el asesinato de Amalasunta, la hija de Teodorico.
Y hubo también otros en Palacio que gozaban de mucha mayor estima, porque el Erario estaba acostumbrado a concederles un más alto estipendio en base a que por su parte habían pagado crecidas sumas de dinero para poder pertenecer a un cierto servicio. Estos son los llamados Domésticos y Protectores, y desde antiguo han sido imperitos en las cosas de la guerra. Porque sólo por el interés del rango y la apariencia de la posición se habían enrolado en las unidades Palaciegas. Y desde antaño algunos de estos habían tenido su residencia en Bizancio, otros en Galacia y otros en diversos lugares. Pero a estos también Justiniano constantemente andaba intimidando en la manera antedicha, obligándoles así a entregarle el estipendio que les pertenecía. Y esto será explicado sumariamente. Había una ley por la que cada cuatro años el emperador presentaría a cada soldado un cierta suma de oro. Así, cada cuatro años solía enviar mensajeros a través de todos los lugares del imperio Romano y dar cinco piezas de oro a cada soldado. Y no podía haber ningún fallo en este asunto, en ningún momento ni de ninguna manera. Pero desde el momento en que este hombre asumió la administración del Estado, ni hizo tal cosa ni tuvo intención de hacerla, aunque había ya pasado un periodo de treinta y dos años, de modo que los hombres incluso llegaron a olvidarse de esta costumbre.
Y pasaré ahora a explicar otro de los métodos de saquear a sus súbditos. Aquellos que hacían guardia y llevaban informes para el emperador y los oficiales en Bizancio, o quienes prestaban cualquier otro servicio eran asignados a lo primero a los rangos más bajos y con el tiempo ascendían a paso firme a cargos superiores ocupados por los que se habían muerto o retirado y cada uno de ellos procuraba ascender del rango que ocupaba hasta el momento en que por fin ocupaba el cargo más alto y conseguía el punto más encumbrado posible de su carrera. Para aquellos que han logrado este alto rango un salario ha sido asignado desde antiguo, tan alto que cada año ganan más de cien centenarios de oro, con lo que sucedía que no sólo ellos mismos tenían suficiente para las necesidades de su avanzada edad, sino que podían compartirlo con otros muchos, como una cosa general, lo que, en cuanto a los asuntos del estado, suponía alcanzar un alto punto de prosperidad. Pero este emperador, quitándoles prácticamente todos los ingresos, les trajo lamentos a ellos y al resto de la humanidad. En efecto, la pobreza cayó sobre ellos primero y luego se extendió al resto que anteriormente habían compartido con ellos aquellos beneficios. Y si alguno calculara las pérdidas que cayeron sobre ellos por este motivo durante un periodo de treinta y dos años, llegaría a conocer qué enorme monto total les quitó.

XXV. CÓMO ROBÓ A SUS PROPIOS OFICIALES.

Así eran maltratados por el tirano los hombres de servicio. Y ahora procederé a hablar del trato dado a mercaderes, navegantes y artesanos en el Foro y, a través de ellos, a todos los demás. Hay dos estrechos en cada orilla de Bizancio: una en el Helesponto entre Sestos y Abidos; la otra en la desembocadura del Ponto Euxino, donde se erige la iglesia de la Santa Madre. Ahora en el estrecho del Helesponto no hay ninguna aduana, pero un determinado magistrado está situado por el emperador en Abidos, vigilando si algún navío transporta armas a Bizancio sin licencia del emperador, y también si alguien está yéndose de Bizancio sin el permiso firmado por los funcionarios que tienen esta función, pues nadie puede abandonar Constantinopla sin el previo consentimiento de aquellos que prestan servicio a las órdenes del Maestro de los Oficios, y recaudando de los dueños de los barcos un peaje que no era conocido por nadie, pero el cual era una suerte de pago reclamado por el hombre que ejercía este cargo como compensación por su labor. Pero el hombre enviado al otro estrecho había siempre recibido su salario del emperador y vigilaba con gran diligencia las cosas que he mencionado más arriba y además si alguna cosa estaba siendo enviada a los bárbaros que están asentados a lo largo del Ponto Euxino, cosas de la clase que no está permitido exportar de la tierra de los Romanos a sus enemigos. Este hombre, empero, no tenía permitido aceptar nada de aquellos que navegaban por aquella ruta. Pero desde el tiempo en que el emperador Justiniano asumió el imperio, ha establecido una aduana en cada estrecho y enviando regularmente a dos oficiales asalariados (aunque no les pagó el salario convenido), sin embargo les ordenó que usaran de todos los medios a su alcance para entregarle de este nuevo peaje tanto dinero como les fuera posible. Y ellos, preocupados sólo de demostrarle su lealtad, terminaron por robar a los navegantes todo el valor de sus mercaderías.
Tales fueron las medidas que tomó en cada uno de los estrechos. Y en Constantinopla ideó el siguiente plan. Comisionó a uno de sus íntimos, un Sirio de nacimiento llamado Addeo, ordenándole que asegurara para él algún beneficio de los barcos que arribaban al puerto. Y este desde ese momento no permitía a ninguna nave que llegara al puerto de Bizancio partir de allí sin ser molestada, sino que penalizaba a los propietarios de los barcos con el valor de su navío o bien les obligaba a volverse a Libia y a Italia. Y algunos de ellos, sin embargo, se negaron a someterse a tal chantaje prefiriendo quemar sus barcos a seguir navegando a tal precio. Y se consideraban afortunados si escapaban con este solo sacrificio. Aquellos que no tenían más remedio que continuar navegando para poder vivir, cargaban mercancías por un valor tres veces superior para poder llegar a destino, de modo que los mercaderes tenían que recuperar estas pérdidas vendiendo sus productos a los compradores a un precio muy alto, con el resultado de que los Romanos casi murieron de inanición.
Tal era el camino por el que estaba discurriendo todo lo concerniente a la administración del Estado. Pero pienso que no debería omitir una mención a lo que hizo el Erario imperial con relación a la pequeña moneda. Pues mientras que antiguamente los cambistas estaban acostumbrados a dar a aquellos que negociaban con ellos doscientos diez óbolos, que se llaman follis, por un estáter de oro, esas personas, obteniendo para sí ganancias particulares, hicieron fijar que por un estáter de oro se dieran ciento ochenta óbolos. De este modo, quitaban una séptima parte del valor de cada moneda de oro… a todos los ciudadanos.
Pero cuando aquellos soberanos habían sujetado la mayoría de las mercancías al control de los monopolios, como son llamados, y cada día estaban estrangulando a aquellos que deseaban comprar algo y habían respetado tan sólo las tiendas donde se vendía ropa, también idearon un plan para hacerse con este negocio. Los vestidos de seda habían sido confeccionados desde antiguo en las ciudades de Beirut y Tiro en Fenicia. Y los mercaderes y artesanos de estos productos habían vivido allí desde tiempos antiguos y este comercio desde allí se había extendido al resto del mundo. Y cuando, en el imperio de Justiniano, los mercaderes que se dedicaban a este tráfico en Bizancio y en otras ciudades estaban vendiendo estas mercaderías a un precio excesivo, excusándose con el pretexto de que en ese momento estaban pagando a los Persas un precio mayor que antes, y que las fábricas textiles eran ahora más numerosas en la tierra de los Romanos, el emperador dio a todos la impresión de que estaba enojado por esto, y promulgó una ley por la que una libra de este producto no costaría más de ocho piezas de oro. Y la pena designada para los transgresores consistiría en ser incautado todo el dinero que tuvieran. Esto pareció al pueblo imposible y fútil. Porque no era posible para los importadores, habiendo traído estas mercancías a un alto precio, venderlas por otro menor a los consumidores. Por tanto, no se dedicaron más a la importación de esta mercadería y gradualmente vendieron el resto de sus productos mediante métodos ilegales, dándoselos a algunos notables que encontraban satisfacción en gastar su dinero en tales finuras a pesar del enorme desembolso de dinero (o que, en cierto sentido, estuvieran obligados a hacerlo). Y cuando la emperatriz supo de estas transacciones por los chivatazos de ciertas personas, aunque no investigó el rumor que se oía, sin embargo, inmediatamente incautó toda la mercancía de esos hombres y además les impuso una multa de un centenario de oro. Pero este negocio en particular estaba bajo el control, entre los Romanos al menos, del oficial a cargo del Erario imperial. En consecuencia, habiendo nombrado a Pedro apellidado Barsymes para este oficio poco después, le permitieron hacer cosas execrables. Pues mientras exigía a todos los demás hombres la observancia estricta de la ley, los artesanos de este gremio fueron requeridos a trabajar para él solo, y vendía luego las sedas tintadas, en absoluto furtivamente sino en el Foro, a un precio de no menos de seis piezas de oro la onza si era de calidad normal, y más de veinticuatro piezas de oro si se trataba del tinte imperial, llamado holovero (65) . Y mientras el emperador recaudaba fuertes sumas de dinero de esta manera, él mismo ganaba aún más sin ser observado y esta práctica, que comenzó con él, ha continuado siempre. Porque, hasta el momento presente, el encargado del Erario se ha constituido, sin tratar de ocultarse, como único importador y vendedor de esta mercancía. En consecuencia los importadores que antaño se habían ocupado de este tráfico en Constantinopla y en otras ciudades, por tierra y mar, ahora tienen que aguantar, como era de esperar, los daños que se originan por este comportamiento. Y en las demás ciudades prácticamente toda la población se encontró de súbito reducida a la mendicidad. Porque los mercaderes y los artesanos se vieron por tanto obligados a pasar hambre y muchos en consecuencia cambiaron de ciudadanía y se marcharon como fugitivos a la tierra de Persia. Pero siempre el Maestro del Erario permaneció como único titular de este negocio y mientras consintió en entregar al emperador parte de sus beneficios, como se ha dicho, se llevó la mayor parte para sí y se estaba enriqueciendo a costa de las calamidades públicas. Baste con esto sobre tal asunto.

 

 

Notas.

(44) En realidad un patronímico “hijo de Simón”. Volver

(45) Ambos fondos fueron administrados por el Emperador personalmente, siendo el patrimonium asumido de su predecesor, en cierto sentido, heredado. Volver

(46) La asignación era una venta forzosa, como parece resultar de lo que sigue. Volver

(47) Justiniano hizo un serio intento de prevenir esta contingencia. Volver

(48) Coemptio era la compra por el gobierno a un precio que rozaba prácticamente la confiscación. La práctica era familiar en Egipto. Volver

(49) Praefectus Aerarii. Volver

(50) La moneda de oro estándar, el sólido, que Procopio llama estáter, fue devaluado. Dice que pasó de 210 óbolos a 180, una reducción, como le parecía, de un catorce por ciento aproximadamente. Sin embarco el valor intrínseco del sólido no fue cambiado materialmente, y esta moneda continuó acuñándose durante muchos siglos como unidad estándar de valor, conocida como besante, para su empleo en el mundo del comercio desde el lejano oriente hasta las costas occidentales de Europa. Volver

(51) Aquí Procopio está totalmente equivocado. El áureo que fue por primera vez acuñado por Julio César como 1/40 de una libra en peso, bajó constantemente hasta llegar a 1/72 de una libra bajo Constantino. Volver

(52) Desde la accesión de Justino, 518 d. C., para quien Justiniano actuó como regente.
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(53) La contribución a prorrata era exigida para conseguir las sumas debidas por los propietarios muertos, como se explica a continuación. Volver

(54) Lit. hasta que habían cortado sus tendones, es decir, hasta que habían quedado incapacitados. Volver


(55)Es decir, los tributos impagados por la muerte o desaparición de los propietarios eran prorrateados entre los contribuyentes restantes. Volver


(56)La posición del nombre del soldado en la lista militar dependía de la duración de su servicio. Volver


(57)Agentes opresivos del Erario imperial . Volver


(58)El displicente uso de la palabra “Graeci” fue a menudo puesto de manifiesto por Procopio. Véase Juvenal, Sátira III, “Graeculus esuriens”. Volver


(59)Lo que suponía haber caído en desgracia. Volver

(60)Esto es, de viejos o no aptos. Volver

(61)Soldados del limes, es decir, de la frontera. Volver

(62)Mezquinamente, con tacañería. Volver

(63)La Guardia Imperial formada por Constantino I para reemplazar a las antiguas cohortes pretorianas, llamada así por las Escuelas o compañías de cadetes asignadas a Palacio. Volver

(64) Los licencio sin paga. Volver

(65) “Todo genuino”; una palabra híbrida. Volver

 

 

 

 

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