XXI. EL
TRIBUTO DEL AIRE, Y CÓMO A LOS EJÉRCITOS FRONTERIZOS SE
LES PROHIBIÓ CASTIGAR A LOS INVASORES BÁRBAROS.
El Prefecto del
Pretorio entregaba cada año al Emperador más de 300 centenarios
además de los impuestos públicos. Este tributo fue llamado
el tributo del aire, para mostrar, supongo, que no era un deber o gravamen
regular, sino que caía en sus manos por casualidad desde el cielo.
Debería ser llamado el tributo de villanía, pues utilizándolo
como pretexto los magistrados robaban a sus súbditos más
que nunca, con la excusa de que tenían que entregarlo al emperador,
mientras ellos mismos no tenían dificultad en apropiarse de los
caudales públicos. Por esto Justiniano les dejaba sin castigo,
esperando el momento en que hubieran ganado una inmensa fortuna; tan
pronto como esto sucedía, levantaba alguna acusación contra
ellos para el que no había defensa, y confiscaba toda su hacienda
a la vez, como había ya hecho a Juan de Capadocia.
Todos los que fueron nombrados para un cargo durante este periodo se
hicieron por supuesto inmensamente ricos de una vez, con dos excepciones:
Focas, al que he mencionado en otro lugar como un hombre completamente
honesto, que permaneció incorrupto durante su cargo; y Baso,
que fue nombrado después. Ninguno de estos señores ocupó
su cargo durante un año, sino que fueron depuestos después
de unos pocos meses como inútiles y desajustados a los tiempos.
Pero si entrara en todos los detalles, este libro nunca tendría
fin. Suficiente es con decir que todos los restantes magistrados de
Constantinopla eran igual de culpables. También hizo Justiniano
lo mismo en todas las partes del imperio Romano. Eligiendo a los peores
sinvergüenzas que pudo encontrar, les vendía por grandes
sumas de dinero las magistraturas, que iban a corrompidas por tales
gentes. De hecho, un hombre honesto o uno con algo de inteligencia nunca
pensaría en gastar su propio dinero para comprar el privilegio
de robar a personas inocentes. Cuando Justiniano había reunido
este dinero de tales sujetos con los que había llegado a un acuerdo,
les daba completo poder sobre sus súbditos, por el que, saqueando
el país y a sus habitantes, llegaban a hacerse ricos. Y puesto
que habían pedido prestado a alto interés dinero para
pagar al emperador sus magistraturas, tan pronto como llegaban a las
ciudades de su jurisdicción, trataban a sus súbditos con
toda clase de maldad, preocupándose únicamente de cómo
podían cumplir sus acuerdos con sus acreedores y luego cómo
podían entrar en la lista de los muy ricos. No veían peligro
y no sentían vergüenza por esta conducta; más bien,
preveían que contra más ilegalmente mataran o saquearan,
mayor sería su reputación, pues el nombre de asesino y
ladrón probarían la energía de su servicio. Sin
embargo, tan pronto como oía que estos oficiales se habían
hecho ricos en la medida adecuada, Justiniano los entrampaba con el
pretexto adecuado e inmediatamente se apoderaba de sus fortunas en un
momento.
Aprobó una ley según la que los candidatos a los cargos
debían jurar que se mantendrían limpios de todo asunto
turbio y que nunca darían o recibirían soborno alguno
como funcionarios; todas las maldiciones que fueron citadas por los
antiguos él las invocó contra todos aquellos que violaran
esta disposición. Pero la ley no estuvo vigente un año
antes de que él mismo, despreciando sus palabras y maldiciones,
desvergonzadamente sacara estos cargos en venta, y no secretamente,
sino en el Foro. Y los compradores de cargos, rompiendo también
sus juramentos, saquearon más que nunca.
Después ideó otro proyecto inaudito. Las magistraturas
que creyó eran las más poderosas en Constantinopla y en
las otras grandes ciudades, decidió no venderlas más tal
como lo había estado haciendo, sino que las puso en manos de
hombres escogidos con un sueldo fijo, a quienes ordenó que le
entregaran todos los ingresos de sus botines. Y estos hombres, después
de recibir su paga, actuaban sin temor y arrasaban todo en el país,
y una autoridad comprada iba pasando de unos a otros, a modo de magistratura,
y robando a los ciudadanos. El emperador era siempre muy cuidadoso en
elegir para sus agentes a hombres que eran los verdaderamente peores
sinvergüenzas de todo el orbe y no tenía problema en encontrar
a aquellos que eran lo suficientemente malos. Cuando, de hecho, designó
a los primeros bribones para los cargos, y el ejercicio de su poder
arrojó luz sobre su corrupción, nos quedamos atónitos
de que la naturaleza humana hubiera producido tanta depravación.
Pero cuando los sucesores de aquellos cargos fueron después más
allá de los primeros ejercientes en cuanto a villanía,
los hombres estaban preguntándose entre sí cómo
sus predecesores podían haber sido considerados malvados, viendo
que los nuevos magistrados eran mucho peores que los antiguos, a tal
punto que estos parecían hombres de altas cualidades en comparación
con aquellos. Y los que fueron nombrados en tercer lugar superaron a
los del segundo en toda forma de depravación, y aquellos que
a su vez les siguieron, superaron a los anteriores incluso, merced a
su ingenio en inventar nuevos métodos de cometer crímenes,
con lo que terminaron por dar a todos sus predecesores el nombre de
virtuosos y honestos. Y como el mal progresaba, finalmente quedó
demostrado que la maldad del hombre no tiene un límite natural,
sino que cuando se tiene como base la experiencia de los que han estado
antes y cuando se da una licencia que inspira una total inmunidad, se
está dando ánimos para perpetrar los más despreciables
abusos sobre todos los que se topan en su camino, hasta tal punto que
ni siquiera quienes sufren la opresión pueden medirla. Y así
eran los Romanos tratados por sus magistrados.
Después que los ejércitos de los hostiles Hunos hubieran
varias veces esclavizado y saqueado a los habitantes del imperio Romano,
los generales Tracios e Ilirios planearon atacarles en su retaguardia,
pero se abandonó la idea cuando les fueron mostradas cartas del
emperador Justiniano prohibiéndoles atacar a los bárbaros
en base a que la alianza con ellos era necesaria a los Romanos contra
los Godos, quizás, o contra algunos otros enemigos.
Después de esto, aquellos bárbaros arrasaron el país
y esclavizaron a los Romanos como enemigos, y cargados con el botín
y los prisioneros, como amigos y aliados de los Romanos regresaban a
sus hogares. A menudo algunos de los agricultores de aquellas regiones,
movidos por su afecto para con sus hijos y esposas, que habían
sido reducidos a la esclavitud, formaron bandas y atacaron a los Hunos
al retirarse, consiguiendo matar a muchos de ellos y capturar sus caballos
junto con todo el botín. Pero las consecuencias de su éxito
fueron desafortunadas para ellos. Pues agentes fueron enviados desde
Constantinopla para golpearlos, torturarlos e imponerles fuertes multas
sin ninguna clase de remordimiento, hasta que devolvieron todos los
caballos que habían tomado de los bárbaros.
XXII. OTRAS
CORRUPTELAS EN LOS ALTOS CARGOS.
Cuando el emperador
y Teodora hubieron removido a Juan de Capadocia, desearon nombrar a
un sucesor en el cargo, y convinieron en elegir a un granuja peor aún;
por ello buscaron por todas partes tal instrumento de tiranía,
examinando todas las clases de hombres que podían arruinar a
sus súbditos lo más rápido. Entonces, como medida
temporal, nombraron para el cargo a Teodoto: un hombre que no era bueno
en ningún aspecto, pero que no era lo suficientemente malo para
satisfacerles; y entretanto continuaron su búsqueda general hasta
que, finalmente, casi para su sorpresa, descubrieron a un cierto cambista
llamado Pedro, un Sirio de origen, apellidado Barsymes (44)
. Éste, después de años de estar sentado a una
mesa donde las monedas de bronce eran cambiadas y estaba obteniendo
los más vergonzosos beneficios por sus negocios, ideando sus
hurtos de dinero con gran habilidad y deslumbrando siempre a sus clientes
con la rapidez de sus dedos. Porque era bastante listo en robar libremente
las posesiones de aquellos que se encontraban con él, en jurar
y encubrir el pecado de sus manos por la impudencia de su lengua. Y
cuando había sido reclutado como un miembro de la guardia Pretoriana,
se hizo tan indigno que era sobremanera agradable para Teodora y le
dio la más válida ayuda en arreglar los detalles de sus
malvadas empresas. Así, inmediatamente depusieron a Teodoto de
su cargo al que había sido elevado después del Capadocio,
y nombraron entonces a Pedro, quien hacía cualquier cosa para
agradar a ambos. Pues, aunque privó a los soldados en servicio
de todo su estipendio, nunca fue visto ser tocado por el miedo o la
vergüenza, es más, incluso puso las magistraturas en venta
a un nivel aun más grande que como se había hecho antes,
y, haciéndolas menos honorables, solía venderlas a hombres
que no vacilaron en continuar este impío negocio, dando expreso
permiso a aquellos que compraron sus cargos para tratar las vidas y
propiedades de sus súbditos como quisieran. Un negocio fue inmediatamente
concluido entre él y el hombre que había pagado el precio
del cargo que le daba licencia completa para el saqueo y el pillaje.
Así, desde la capital del imperio se permitió el tráfico
de vidas humanas y Pedro negoció el pacto de destrucción
de las ciudades, mientras que en los más altos tribunales y en
el los lugares públicos de los mercados ambulaban criminales
legalizados, que describían sus negocios como la recuperación
de los dineros entregados como precio de su cargo, sin haber esperanza
de que sus crímenes fueran alguna vez punidos. Y entre todos
aquellos que servían a estos magistrados como subordinados, una
numerosa y notable compañía, elegía siempre a los
peores. Pero en esto no sólo él era culpable, sino más
bien todos los que asumieron este cargo antes y después. Y un
abuso similar fue practicado también en el cargo de Maestro,
como es llamado, y entre los oficios palatinos que suelen atender el
servicio de manejar los tesoros y fondos conocidos como privata y de
administrar el patrimonium (45)
, y, hablando en general, entre todos los cargos establecidos no sólo
en Bizancio sino también en las demás ciudades. Porque
desde el tiempo en que este tirano se hizo cargo de los asuntos públicos,
en cada magistratura los ingresos que pertenecían a los oficiales
inferiores eran reclamados regularmente, sin justa razón, a veces
por el propio Justiniano, y a veces por el hombre que ejercía
el cargo, y los hombres que servían bajo sus órdenes,
siendo extremadamente pobres, a lo largo de todo este periodo eran obligados
a trabajar en las condiciones más serviles.
Entonces, una vez una gran cantidad de grano había sido transportada
a Bizancio, pero después que la mayor parte de este se hubiera
corrompido, asignó (46) cantidades
proporcionadas a cada una de las diversas ciudades de Oriente, aunque
no era conveniente que fuera ingerido por el hombre. E hizo la asignación
no al precio en que el mejor grano solía ser vendido, sino a
uno mucho más alto, y fue necesario para los compradores, después
de gastar grandes sumas de dinero para afrontar unos precios tan opresivos,
arrojar el grano al mar o a la cloaca. Y puesto que una gran cantidad
de grano en buen estado que aún no se había descompuesto
quedaba en los almacenes, decidió venderlo también a un
gran número de ciudades que tenían cierta necesidad de
grano. Porque de este modo dobló el dinero que el Erario había
previamente pagado a los estados tributarios por ese mismo grano. Pero
el siguiente año, cuando la cosecha de grano no fue tan generosa,
la flota porteadora de grano llegó a Bizancio con menos de lo
que era necesitado (47) , y Pedro,
estando en la incertidumbre por esta situación, decidió
comprar de las granjas de Bitinia, Frigia y Tracia una gran cantidad
de grano. Y los habitantes de aquellas regiones fueron obligados a transportar
con gran trabajo los cargamentos al mar y llevarlos a Bizancio con gran
peligro, y recibir por todo ello precios miserables; y la pérdida
para ellos alcanzó a tal cifra que habrían estado contentos
de tener podido presentar al instante el grano en un almacén
gubernamental y pagar por este privilegio. Esta es la carga que han
solido llamar “requisa” (48).
Pero cuando, incluso entonces, el abastecimiento de grano en Bizancio
no llegó a ser suficiente para cubrir las necesidades, muchos
elevaron amargas quejas por la situación contra el emperador.
Y al mismo tiempo casi todos los soldados, viendo que no habían
recibido su paga usual, se entregaron a tumultos y disturbios a lo largo
de la ciudad. Así, el Emperador parecía al final estar
disgustado con el hombre y deseaba relevarlo de su cargo en base a aquellos
hechos que han sido mencionados y porque había oído que
tenía oculta una prodigiosa cantidad de dinero, que había
defraudado al gobierno, lo cual efectivamente fue así. Pero Teodora
no permitió a su marido actuar, porque tenía una especial
inclinación por Barsymes a causa de su depravación, según
me parece, y porque era muy eficiente en provocar la ruina de los ciudadanos.
Porque ella misma era una persona muy despiadada y completamente gobernada
por una crueldad inhumana y exigía que sus agentes se parecieran
en carácter a ella tanto como fuera posible. Pero dicen que fue
puesta bajo un encantamiento por Pedro y le mostraba su favor contra
su deseo. Porque este Barsymes había manifestado un excepcional
interés en magos y espíritus maléficos, y albergaba
una gran admiración por los Maniqueos, como son llamados, y nunca
vaciló en mostrarse abiertamente como su valedor. Y sin embargo,
incluso cuando la emperatriz supo de esto, no declinó su buena
disposición para con él, sino que vio conveniente protegerlo
y apoyarlo aún más por esta causa. Pues ella también
desde su infancia había tratado con magos y hacedores de sortilegios,
pareciendo sus hábitos de vida conducirla hacia esta dirección,
y a lo largo de su vida conservó su fe en tales cosas y siempre
depositó su confianza en ellos. Y también se dijo que
la manera en que hizo a Justiniano manejable no radicaba tanto en la
disuasión como en el uso de espíritus malvados para tenerlo
obligado. Porque este hombre no era una persona tan recta o justa o
tan firme en la virtud como para rechazar siempre los intentos de toda
clase sobre él ya mencionados, sino que, por el contrario, siendo
claramente susceptible a la petición de sangre y al dinero, encontraba
bastante fácil ser permisivo con aquellos que trataban de engañarlo
o adularlo. Pero incluso en aquellos asuntos en los que tomaba particular
interés solía cambiar de opinión sin ninguna razón
y había llegado a convertirse absolutamente en una inestable
nube de polvo. Por esta razón ninguno de sus allegados, ni ninguno
de sus conocidos en general, no depositaban ninguna esperanza en él,
sino que, por el contrario, habían acabado sometiéndose
a los constantes cambios de opinión en cuanto a lo que iba a
hacer. Así, siendo fácilmente accesible a los magos, como
ha sido dicho, llegó a ser muy manejable en manos de Teodora
también; y principalmente por esta razón la emperatriz
amaba sobremanera a Pedro por ser un experto en tales materias. Así,
el Emperador lo depuso sólo con dificultad del cargo que previamente
ostentaba, pero a instancia de Teodora poco después los nombró
Maestro del Tesoro (49) , apartando
de este cargo a Juan, que lo había asumido sólo unos pocos
meses atrás. Este era un hombre natural de Palestina, y una persona
muy apacible y buena, que ni era experto en inventar modos de lograr
ganancias ilícitas ni había nunca maltratado a ningún
hombre en el mundo. De hecho, todo el populacho lo amaba con extraordinaria
devoción. Y justo por esta razón no agradaba a Justiniano
y a su esposa en absoluto, porque tan pronto como inesperadamente descubrían
entre sus subordinados a uno de buen carácter, perdían
la cabeza y se disgustaban al máximo, buscando con impaciencia
por todos los medios quitarlo de en medio a la primera oportunidad.
En cualquier caso, fue de esta manera que Pedro sucedió a este
Juan y asumió el oficio de la tesorería imperial, y una
vez más se convirtió en la principal causa de grandes
calamidades para todos. Porque interrumpió la mayor parte del
pago que había sido ordenado desde antiguo que se debía
entregar por el Emperador a muchos cada año en una suerte de
consolación, y él mismo, entretanto, por medios impropios,
se enriqueció con dinero público y se cuidó de
entregar una parte de él al Emperador. Y los que habían
sido privados de su dinero se vieron inmersos en un gran dolor, puesto
que también vio adecuado acuñar monedas de oro no a su
valor normal sino reduciendo su valor materialmente (50)
, una cosa que nunca había sido hecha antes (51)
. Tal era la forma de conducta del Emperador en el asunto de las magistraturas.
XXIII. CÓMO LOS TERRATENIENTES FUERON
ARRUINADOS.
Y procederé
a contar a continuación cómo, en todas partes del imperio,
arruinó a los poseedores de tierras, aunque era suficiente prueba
de sus sufrimientos referir los hechos de los ya antedichos magistrados
que fueron enviados a todas las ciudades. Porque los terratenientes
fueron los primeros a los que aquellos magistrados oprimieron y saquearon,
pero también el resto de la historia será relatado.
Antaño había una costumbre establecida largo tiempo atrás
según la cual cada gobernante Romano debía, no sólo
una vez durante su reinado sino también a menudo condonar a sus
súbditos los atrasos que tuvieren de los impuestos, de modo que
aquellos que se encontraban en dificultades financieras y que no tuvieren
modo de pagar sus atrasos no fueran demasiado presionados, de manera
que los recaudadores no tendrían excusa para perseguir a aquellos
que, aunque eran contribuyentes, realmente nada debían. Pero
Justiniano durante treinta y dos años (52)
no hizo tal concesión a sus súbditos,
y en consecuencia aquellos que no pudieron pagar se vieron en la necesidad
de huir abandonando su país para nunca más regresar. Otros,
más prósperos, se cansaron de intentar contestar a las
acusaciones continuas de los denunciantes de que el impuesto que habían
siempre pagado era menos del que era exigido según el actual
tipo impositivo sobre sus propiedades. Porque estos infortunados temían
no tanto la imposición de nuevos impuestos como que fueran gravados
por el injusto peso de tener que pagar retroactivamente una cantidad
adicional por tributos de tantos años. Muchos, de hecho, prefirieron
abandonar sus haciendas a los denunciantes o la confiscación
del Estado.
Además, los Medos y los Sarracenos habían saqueado gran
parte de Asia, y los Hunos y Eslavos toda Europa. Ciudades conquistadas
habían sido o destruidas hasta sus cimientos u obligadas a pagar
un terrible tributo. Hombres habían sido reducidos a la esclavitud
junto con toda su propiedad, y cada territorio había sido abandonado
por sus habitantes a causa de las continuas incursiones. Sin embargo
los impuestos no fueron perdonados, salvo en el caso de ciudades conquistadas
por el enemigo, y sólo por un año. Sin embargo si, como
el emperador Anastasio había hecho, hubiera decidido excusar
a las ciudades expugnadas de la tributación durante siete años,
incluso así creo, que no habría hecho tanto como debiere.
Porque Cabades se retiraba después de hacer apenas daños
a los edificios, pero Cosroes quemaba hasta los cimientos todo cuanto
tomaba, y dejaba enormes ruinas por allá donde pasaba, infligiendo
grandes padecimientos a sus víctimas. Y para estos hombres a
los que condonó esta porción ridículamente pequeña
de impuestos, así como para todos los demás hombres que
habían a menudo soportado los ataques del ejército Medo,
y habían sido saqueados por los Hunos y los Sarracenos en las
tierras de oriente, y para los Romanos que aguantaban una no menos terrible
e incesante destrucción a manos de los bárbaros en Europa
cada día, para estos hombres, digo, este emperador inmediatamente
se convirtió en un enemigo peor que todos los bárbaros
juntos. Porque tan pronto como el enemigo se había retirado,
los poseedores de tierras eran inmediatamente aplastados por nuevas
requisas, impuestos y tasas a prorrata (53) .
Explicaré ahora qué eran estas cosas. Aquellos que poseían
tierras fueron obligados a alimentar al ejército Romano, con
arreglo a la tasa impuesta sobre cada propietario, siendo las entregas
hechas, no donde permitía la estación del año en
la que la requisa tiene que ser cumplida, sino donde los oficiales lo
entienden posible y han determinado, y al hacer estas requisas no se
hace ninguna investigación para ver si los granjeros tienen en
sus tierras las provisiones requeridas. Y si no acopian en sus tierras
suficientes provisiones para los soldados y los caballos, los infortunados
deben salir y comprarlas a un precio excesivo, allá donde puedan,
incluso si estaban en un lugar distante y luego tenían que transportarlas
desde ese lugar al sitio donde el ejército estaba acuartelado,
y después entregarlas a los oficiales del ejército no
al precio legal, sino según la voluntad de los comandantes. Y
esto es lo que es llamado compra por requisa y el resultado ha sido
que todos los propietarios de granjas han sido sangrados hasta la muerte
(54) . Pues por este proceso son
obligados a pagar su impuesto anual no menos de diez veces, viendo que
no sólo tienen que alimentar al ejército, sino a menudo
también transportar el grano a Constantinopla. Barsymes no fue
el único que osó este ultraje, pues el capadocio antes
que él había hecho lo mismo, y los sucesores de Barsymes
después de él. Tal en general era la compra por requisa.
Pero el término “impuesto” es usado para describir
una especie de nunca antes vista ruina que cae súbitamente sobre
los propietarios de tierras y destruye completamente su esperanza de
subsistencia. Porque este es un tributo sobre la tierra que ha sido
abandonada o está improductiva, cuyos propietarios y granjeros
han tenido la desgracia o de morir o de, abandonando sus tierras ancestrales,
estar ahora viviendo en la miseria debido a las aflicciones acaecidas
a ellos por causa de estos impuestos. Y no vacilan en imponerlo sobre
cualquiera que no haya sido todavía por completo arruinado.
Tal es el significado del término impuesto, frecuentemente exigido
durante este tiempo. Pero en cuanto a la tasa a prorrata, para exponer
el tema con las menos palabras posible, el asunto es como sigue: las
ciudades estuvieron sufriendo muchas exacciones dañinas en todo
momento y particularmente durante este periodo, cuyas causas y forma
de aplicación no describiré ahora, o el relato no tendría
fin. Estas cargas eran pagadas por los tenedores de tierras, entregando
cada uno una suma en proporción al impuesto regularmente señalado
a él. Pero estas tribulaciones no paraban siquiera aquí.
La peste, que había atacado a los habitantes del mundo, no perdonó
al imperio Romano. La mayoría de los granjeros perecieron, y
cuando por esta razón las tierras, como era de esperar, quedaron
desiertas, el emperador no tuvo piedad con los propietarios de esas
tierras. Porque nunca aflojó su recaudación del impuesto
anual, y no sólo tenían que pagar sus tributos, sino también
la parte de sus vecinos difuntos (55)
. Y además de todo esto, tenían que hospedar a los soldados
en sus mejores habitaciones, mientras que ellos mismos durante este
tiempo vivían en la parte peor y más pobre de sus viviendas.
Tales eran los constantes males que afligían a la humanidad bajo
el gobierno de Justiniano y Teodora, porque ocurrió que ni la
guerra ni ninguna otra de las mayores calamidades cejaron durante este
tiempo. Y puesto que hemos hecho mención de las habitaciones
de acogida de los militares, no debemos pasar por alto el hecho de que
los propietarios de casas en Bizancio, teniendo que convertir sus viviendas
en alojamientos para un número de bárbaros de hasta setenta
mil, no sólo no podían conseguir ningún beneficio
de sus propiedades, sino que estaban sobremanera afligidos por esas
desagradables condiciones.
XXIV. INJUSTO
TRATO A LOS SOLDADOS.
No debo pasar
por alto su tratamiento de los soldados, para cuyo mando nombró
a los más villanos de todos los hombres, con instrucciones de
que tomaran de los soldados tanto de su dinero como les fuere posible,
bajo la premisa de que la doceava parte de lo que recibieran era suyo.
Su método cada año era el que sigue. Según una
ley el estipendio militar no es entregado a todos por igual año
tras año, sino que cuando los hombres son aún jóvenes
y sólo recientemente se han incorporado al ejército, para
éstos el sueldo es más bajo, mientras que para aquellos
que han estado en servicio y se encuentran hacia la mitad de la lista
de soldados (56) , su salario se
incrementa. Pero cuando se han hecho viejos y están a punto de
ser licenciados del ejército, la paga es mucho más grande,
con el fin de que no sólo puedan, cuando en el futuro vivan como
ciudadanos particulares, tener suficiente para su supervivencia, sino
también puedan, cuando hayan alcanzado el término de su
vida, dejar algunos bienes a los miembros de su familia. Así
el tiempo, promoviendo continuamente a los soldados desde los niveles
más bajos de la escala militar hasta el rango de aquellos que
han muerto o sido licenciados del ejército, regula en base a
la antigüedad el estipendio que ha de ser pagado por el Erario
a cada hombre. Pero los Logotetes (57) ,
como son llamados, no permitían que los nombres de los fallecidos
fueran borrados de las listas, incluso cuando muriera gran número
de soldados a la vez por otras causas, y especialmente, como era el
caso de la mayoría, en el curso de las numerosas guerras. Además,
no reponían durante mucho tiempo las listas militares. Y el resultado
de esta práctica se mostró desafortunada de todo punto:
primero para el estado, porque el número de soldados en activo
era siempre insuficiente; segundo para los soldados sobrevivientes,
porque eran pospuestos ante aquellos que habían muerto mucho
antes y así se encontraban situados en una posición inferior
a la que les correspondía y recibían un estipendio que
era más bajo que el que tendrían si ostentaran el rango
al que tenían derecho; y finalmente para los Logotetes, quienes
durante todo este tiempo tenían que entregar a Justiniano una
parte del dinero que era de los soldados.
Además, abrumaban a los soldados con muchas otras e injustas
formas de castigo, como recompensa por los peligros que arrostraban
en el campo de batalla, so pretexto de que eran Griegos (58)
, como si nadie de esta nación pudiera ser valiente,
o de que no estaban autorizados por el emperador para servir en la milicia,
incluso cuando mostraban el sello a tal efecto, el cual los Logotetes
no dudaban en cuestionar; o de que se habían ausentado de su
puesto durante unos pocos días. Después también
algunos de la guardia de Palacio fueron enviados a lo largo de todo
el Imperio Romano y aparentemente fueron a buscar entre los ejércitos
a todos aquellos que fueran inapropiados para el servicio activo y algunos
fueron privados de su uniforme (59)
por ser viejo e inútil, de modo que para el resto de sus vidas
tuvieron que ganarse el pan merced a la caridad en el Foro, exhibiendo
sus lágrimas y lamentos como reclamo; y los demás, para
no sufrir similar destino, les entregaron grandes sumas de dinero, de
modo que los soldados perdieron todo afecto por su profesión,
se vieron reducidos a la pobreza y no albergaron ya ningún entusiasmo
por las armas. Fue justo por esta razón que el poder Romano vino
a ser destruido en Italia. De hecho, cuando Alejandro el Logotete fue
enviado allí, tuvo la insolencia de lanzar estas acusaciones
(60) a los soldados e intentó
obtener dinero de los Italianos, alegando que les estaba castigando
por su comportamiento durante el reinado de Teodorico y los Godos. Y
no sólo fueron oprimidos los soldados por la indigencia y la
pobreza a causa de la conducta de los Logotetes, sino que también
los subordinados, que servían a todos los generales, un grupo
antaño numeroso y muy estimado, fueron machacados por el peso
del hambre y la extrema pobreza. Esta situación suya era así
porque a raíz de ello no tenían modo de subvenir a sus
ordinarias necesidades.
Y añadiré algo más a aquello que he dicho, puesto
que el asunto de los soldados me lleva a ello. Los emperadores Romanos
en los pasados tiempos situaban gran cantidad de soldados en todos los
puntos de la frontera del Imperio para guardar el limes de Roma, sobre
todo en la parte oriental, impidiendo así las incursiones de
Persas y Sarracenos. Esas tropas solían llamarse limitanei (61)
. A estos el emperador Justiniano al principio los trató con
tanta indiferencia y mala manera (62)
, que sus pagadores se retrasaban cuatro o cinco años en pagarles,
y si la paz era firmada entre Romanos y Persas, estos infelices eran
obligados, en la suposición de que se beneficiarían mucho
de las bondades de la paz, a hacer un presente al Erario sacado de la
paga que les pertenecía. Y luego, sin ninguna buena razón,
eran expulsados del ejército. Por ende las fronteras del imperio
Romano quedaron desnudas de vigilancia y los soldados súbitamente
se encontraron dependiendo de la caridad.
Otro grupo de soldados, no menos de tres mil quinientos, habían
sido asignados originariamente a la vigilancia de Palacio. Eran los
llamados Escolares (63) . Y el Erario
estaba habituado desde tiempos anteriores a pagar siempre a estos soldados
estipendios más altos que a los restantes miembros de la milicia.
Estos hombres eran elegidos por los anteriores emperadores por su excelencia,
siendo reclutados para este honor entre los Armenios. Pero desde el
tiempo en que Zenón asumió la potestad imperial el acceso
había quedado abierto para que todos pudieran vestir este honorable
uniforme, incluyendo cobardes y personas desconocedoras del arte militar.
Y según avanzó el tiempo, incluso esclavos, pagando un
soborno, podían ser admitidos en este cuerpo. De esta manera,
cuando Justino asumió el imperio, Justiniano nombró a
muchos para este honorable servicio, asegurándose por este expediente
grandes cantidades de dinero. Pero cuando finalmente observó
que no había ya más vacantes en ese cuerpo armado, añadió
a sus filas dos mil reclutas y a estos solía llamarlos supernumerarios.
Pero cuando él mismo asumió el imperio, apartó
a estos supernumerarios con gran celeridad, sin darles nada a cambio
(64) .
Sin embargo, para aquellos que estaban incluidos en el cuerpo regular
de los Escolares ideó lo siguiente. Cuando se esperaba que un
ejército fuera mandado contra Libia, Italia o Persia, les dio
órdenes de empacar como si fueran a tomar parte en la expedición,
aunque sabía bien que en absoluto eran aptos para el servicio
activo y ellos, atemorizados, le enviaron sus estipendios de un determinado
periodo para que no se les enviara. Y ocurrió entonces que esto
se lo hizo a los Escolares muchas veces. Y Pedro, igualmente, durante
todo el tiempo que ocupó la magistratura de Magíster,
como es llamada, los estuvo constantemente acosando con tales insólitas
exigencias. Pues, si bien era de hecho un hombre moderado y no del todo
versado en ofensas insultantes, al mismo tiempo, empero, era el mayor
ladrón del mundo y absolutamente colmado de vergonzante avaricia.
Este Pedro ha sido mencionado también en los libros precedentes
por haber ejecutado el asesinato de Amalasunta, la hija de Teodorico.
Y hubo también otros en Palacio que gozaban de mucha mayor estima,
porque el Erario estaba acostumbrado a concederles un más alto
estipendio en base a que por su parte habían pagado crecidas
sumas de dinero para poder pertenecer a un cierto servicio. Estos son
los llamados Domésticos y Protectores, y desde antiguo han sido
imperitos en las cosas de la guerra. Porque sólo por el interés
del rango y la apariencia de la posición se habían enrolado
en las unidades Palaciegas. Y desde antaño algunos de estos habían
tenido su residencia en Bizancio, otros en Galacia y otros en diversos
lugares. Pero a estos también Justiniano constantemente andaba
intimidando en la manera antedicha, obligándoles así a
entregarle el estipendio que les pertenecía. Y esto será
explicado sumariamente. Había una ley por la que cada cuatro
años el emperador presentaría a cada soldado un cierta
suma de oro. Así, cada cuatro años solía enviar
mensajeros a través de todos los lugares del imperio Romano y
dar cinco piezas de oro a cada soldado. Y no podía haber ningún
fallo en este asunto, en ningún momento ni de ninguna manera.
Pero desde el momento en que este hombre asumió la administración
del Estado, ni hizo tal cosa ni tuvo intención de hacerla, aunque
había ya pasado un periodo de treinta y dos años, de modo
que los hombres incluso llegaron a olvidarse de esta costumbre.
Y pasaré ahora a explicar otro de los métodos de saquear
a sus súbditos. Aquellos que hacían guardia y llevaban
informes para el emperador y los oficiales en Bizancio, o quienes prestaban
cualquier otro servicio eran asignados a lo primero a los rangos más
bajos y con el tiempo ascendían a paso firme a cargos superiores
ocupados por los que se habían muerto o retirado y cada uno de
ellos procuraba ascender del rango que ocupaba hasta el momento en que
por fin ocupaba el cargo más alto y conseguía el punto
más encumbrado posible de su carrera. Para aquellos que han logrado
este alto rango un salario ha sido asignado desde antiguo, tan alto
que cada año ganan más de cien centenarios de oro, con
lo que sucedía que no sólo ellos mismos tenían
suficiente para las necesidades de su avanzada edad, sino que podían
compartirlo con otros muchos, como una cosa general, lo que, en cuanto
a los asuntos del estado, suponía alcanzar un alto punto de prosperidad.
Pero este emperador, quitándoles prácticamente todos los
ingresos, les trajo lamentos a ellos y al resto de la humanidad. En
efecto, la pobreza cayó sobre ellos primero y luego se extendió
al resto que anteriormente habían compartido con ellos aquellos
beneficios. Y si alguno calculara las pérdidas que cayeron sobre
ellos por este motivo durante un periodo de treinta y dos años,
llegaría a conocer qué enorme monto total les quitó.
XXV. CÓMO
ROBÓ A SUS PROPIOS OFICIALES.
Así eran
maltratados por el tirano los hombres de servicio. Y ahora procederé
a hablar del trato dado a mercaderes, navegantes y artesanos en el Foro
y, a través de ellos, a todos los demás. Hay dos estrechos
en cada orilla de Bizancio: una en el Helesponto entre Sestos y Abidos;
la otra en la desembocadura del Ponto Euxino, donde se erige la iglesia
de la Santa Madre. Ahora en el estrecho del Helesponto no hay ninguna
aduana, pero un determinado magistrado está situado por el emperador
en Abidos, vigilando si algún navío transporta armas a
Bizancio sin licencia del emperador, y también si alguien está
yéndose de Bizancio sin el permiso firmado por los funcionarios
que tienen esta función, pues nadie puede abandonar Constantinopla
sin el previo consentimiento de aquellos que prestan servicio a las
órdenes del Maestro de los Oficios, y recaudando de los dueños
de los barcos un peaje que no era conocido por nadie, pero el cual era
una suerte de pago reclamado por el hombre que ejercía este cargo
como compensación por su labor. Pero el hombre enviado al otro
estrecho había siempre recibido su salario del emperador y vigilaba
con gran diligencia las cosas que he mencionado más arriba y
además si alguna cosa estaba siendo enviada a los bárbaros
que están asentados a lo largo del Ponto Euxino, cosas de la
clase que no está permitido exportar de la tierra de los Romanos
a sus enemigos. Este hombre, empero, no tenía permitido aceptar
nada de aquellos que navegaban por aquella ruta. Pero desde el tiempo
en que el emperador Justiniano asumió el imperio, ha establecido
una aduana en cada estrecho y enviando regularmente a dos oficiales
asalariados (aunque no les pagó el salario convenido), sin embargo
les ordenó que usaran de todos los medios a su alcance para entregarle
de este nuevo peaje tanto dinero como les fuera posible. Y ellos, preocupados
sólo de demostrarle su lealtad, terminaron por robar a los navegantes
todo el valor de sus mercaderías.
Tales fueron las medidas que tomó en cada uno de los estrechos.
Y en Constantinopla ideó el siguiente plan. Comisionó
a uno de sus íntimos, un Sirio de nacimiento llamado Addeo, ordenándole
que asegurara para él algún beneficio de los barcos que
arribaban al puerto. Y este desde ese momento no permitía a ninguna
nave que llegara al puerto de Bizancio partir de allí sin ser
molestada, sino que penalizaba a los propietarios de los barcos con
el valor de su navío o bien les obligaba a volverse a Libia y
a Italia. Y algunos de ellos, sin embargo, se negaron a someterse a
tal chantaje prefiriendo quemar sus barcos a seguir navegando a tal
precio. Y se consideraban afortunados si escapaban con este solo sacrificio.
Aquellos que no tenían más remedio que continuar navegando
para poder vivir, cargaban mercancías por un valor tres veces
superior para poder llegar a destino, de modo que los mercaderes tenían
que recuperar estas pérdidas vendiendo sus productos a los compradores
a un precio muy alto, con el resultado de que los Romanos casi murieron
de inanición.
Tal era el camino por el que estaba discurriendo todo lo concerniente
a la administración del Estado. Pero pienso que no debería
omitir una mención a lo que hizo el Erario imperial con relación
a la pequeña moneda. Pues mientras que antiguamente los cambistas
estaban acostumbrados a dar a aquellos que negociaban con ellos doscientos
diez óbolos, que se llaman follis, por un estáter de oro,
esas personas, obteniendo para sí ganancias particulares, hicieron
fijar que por un estáter de oro se dieran ciento ochenta óbolos.
De este modo, quitaban una séptima parte del valor de cada moneda
de oro… a todos los ciudadanos.
Pero cuando aquellos soberanos habían sujetado la mayoría
de las mercancías al control de los monopolios, como son llamados,
y cada día estaban estrangulando a aquellos que deseaban comprar
algo y habían respetado tan sólo las tiendas donde se
vendía ropa, también idearon un plan para hacerse con
este negocio. Los vestidos de seda habían sido confeccionados
desde antiguo en las ciudades de Beirut y Tiro en Fenicia. Y los mercaderes
y artesanos de estos productos habían vivido allí desde
tiempos antiguos y este comercio desde allí se había extendido
al resto del mundo. Y cuando, en el imperio de Justiniano, los mercaderes
que se dedicaban a este tráfico en Bizancio y en otras ciudades
estaban vendiendo estas mercaderías a un precio excesivo, excusándose
con el pretexto de que en ese momento estaban pagando a los Persas un
precio mayor que antes, y que las fábricas textiles eran ahora
más numerosas en la tierra de los Romanos, el emperador dio a
todos la impresión de que estaba enojado por esto, y promulgó
una ley por la que una libra de este producto no costaría más
de ocho piezas de oro. Y la pena designada para los transgresores consistiría
en ser incautado todo el dinero que tuvieran. Esto pareció al
pueblo imposible y fútil. Porque no era posible para los importadores,
habiendo traído estas mercancías a un alto precio, venderlas
por otro menor a los consumidores. Por tanto, no se dedicaron más
a la importación de esta mercadería y gradualmente vendieron
el resto de sus productos mediante métodos ilegales, dándoselos
a algunos notables que encontraban satisfacción en gastar su
dinero en tales finuras a pesar del enorme desembolso de dinero (o que,
en cierto sentido, estuvieran obligados a hacerlo). Y cuando la emperatriz
supo de estas transacciones por los chivatazos de ciertas personas,
aunque no investigó el rumor que se oía, sin embargo,
inmediatamente incautó toda la mercancía de esos hombres
y además les impuso una multa de un centenario de oro. Pero este
negocio en particular estaba bajo el control, entre los Romanos al menos,
del oficial a cargo del Erario imperial. En consecuencia, habiendo nombrado
a Pedro apellidado Barsymes para este oficio poco después, le
permitieron hacer cosas execrables. Pues mientras exigía a todos
los demás hombres la observancia estricta de la ley, los artesanos
de este gremio fueron requeridos a trabajar para él solo, y vendía
luego las sedas tintadas, en absoluto furtivamente sino en el Foro,
a un precio de no menos de seis piezas de oro la onza si era de calidad
normal, y más de veinticuatro piezas de oro si se trataba del
tinte imperial, llamado holovero (65)
. Y mientras el emperador recaudaba fuertes sumas de dinero de esta
manera, él mismo ganaba aún más sin ser observado
y esta práctica, que comenzó con él, ha continuado
siempre. Porque, hasta el momento presente, el encargado del Erario
se ha constituido, sin tratar de ocultarse, como único importador
y vendedor de esta mercancía. En consecuencia los importadores
que antaño se habían ocupado de este tráfico en
Constantinopla y en otras ciudades, por tierra y mar, ahora tienen que
aguantar, como era de esperar, los daños que se originan por
este comportamiento. Y en las demás ciudades prácticamente
toda la población se encontró de súbito reducida
a la mendicidad. Porque los mercaderes y los artesanos se vieron por
tanto obligados a pasar hambre y muchos en consecuencia cambiaron de
ciudadanía y se marcharon como fugitivos a la tierra de Persia.
Pero siempre el Maestro del Erario permaneció como único
titular de este negocio y mientras consintió en entregar al emperador
parte de sus beneficios, como se ha dicho, se llevó la mayor
parte para sí y se estaba enriqueciendo a costa de las calamidades
públicas. Baste con esto sobre tal asunto.