XXVI.
CÓMO EXPOLIÓ LA RIQUEZA DE LAS CIUDADES Y SAQUEÓ
A LOS POBRES.
Hablaremos ahora de cómo tuvo éxito en destruir la riqueza
y todas las cosas que confieren honor y valor en Bizancio y en todas
las ciudades. Primero decidió abolir el rango de rétor,
porque inmediatamente privó a los rétores (66)
de todos sus honorarios con los que antes se habían habituado
a disfrutar y enorgullecerse cuando habían abandonado su profesión
de abogacía, y les ordenó que litigaran unos con otros
directamente bajo juramento; y siendo así desdeñados,
los rétores se sumieron en enorme desesperación. Y después
que hubo confiscado los bienes de los senadores y de otras gentes prósperas,
como ha sido relatado, en Constantinopla y en todo el imperio Romano,
quedó poco trabajo para los abogados. Los hombres nada tenían
digno de mención para ir a tratar en los tribunales. Así,
de todos los famosos abogados, pocos quedaron y se vieron despreciados
y reducidos a la penuria, obteniendo de su trabajo nada salvo insultos.
Además, también hizo que los médicos y maestros
de los niños libres padecieran penuria de todo lo necesario para
la vida, pues los honorarios que los anteriores emperadores habían
decretado que les fueran entregados a cargo del Erario público
fueron cancelados por completo. Además, todos los ingresos que
los habitantes de todas las ciudades habían estado recaudando
localmente para sus propias necesidades cívicas y para sus espectáculos
públicos los transfirió y osó mezclarlos con los
ingresos públicos. E igualmente los médicos y profesores
no gozaron de ninguna estima, ni nadie pudo más cuidar de los
edificios públicos, ni las lámparas públicas fueron
conservadas en las ciudades para su iluminación, ni hubo consuelo
alguno para sus habitantes. Porque los teatros, hipódromos y
circos fueron todos clausurados en su mayor parte (lugares en que su
esposa había nacido, crecido y educado). Y luego ordenó
que aquellos espectáculos fueran cerrados, incluso en Constantinopla,
de modo que el Erario no tuvo que pagar las usuales sumas a las numerosas
y casi incontables personas que vivían de ello. Y hubo tristeza
y dolor privado y público, como si aún otra aflicción
del Cielo les hubiera golpeado, y no hubo más alegría
en la vida de nadie. Y ningún otro tema de conversación
existía ya entre el pueblo, ya estuvieran en casa, en el mercado
o en los templos, que los nuevos desastres, calamidades e infortunios
que ocurrían en un grado incomparable.
Tal era la situación en las ciudades. Y aquello que queda por
decir es digno de ser contado. Dos cónsules de los Romanos eran
elegidos cada año, uno en Roma y el otro en Constantinopla. Y
cualquiera que era llamado a este honor estaba seguro de verse obligado
a gastar más de veinte centenarios de oro, siendo una pequeña
porción de esta cantidad pagada de su bolsillo y la mayor parte
por el emperador. Este dinero era distribuido entre aquellos que he
mencionado y aquellos que en general carecían de otros medios
de subsistencia, y particularmente actores y así permitía
dar auxilio constante a todo lo que era para bien de la ciudad. Pero
desde el momento que Justiniano llegó al poder, estas distribuciones
no fueron hechas según costumbre, pues a veces un cónsul
permanecía en el cargo un año tras otro, hasta que finalmente
el pueblo perdió la esperanza de ver a otro nuevo, incluso en
sus sueños (67) . Como resultado,
se produjo una universal pobreza, ya que el emperador no entregó
más a sus súbditos lo que habían tenido por costumbre
recibir, sino que, al contrario, procuró quitarles de todas las
maneras y en todas partes lo poco que aún tenían.
Cómo este ladrón ha estado tragándose todos los
dineros públicos y cómo ha estado privando a los miembros
del Senado de sus propiedades, a cada uno individualmente y a todos
en conjunto, ha sido, pienso, suficientemente descrito. Y cómo
lanzando falsos cargos confiscó las haciendas de todos a quienes
reputaba ricos, imagino haberlo ya adecuadamente contado, como en el
caso de los soldados, oficiales y guardias de palacio, los agricultores
y terratenientes, aquellos cuya profesión es la oratoria, además
de tenderos, navieros, marineros, mercaderes, jornaleros y vendedores,
así como aquellos que se ganaban la vida con representaciones
en el teatro y además todas las demás clases, puedo decir,
que fueron alcanzados por el daño que infería este hombre.
Y procederé ahora a hablar de cómo trató a los
mendigos y al pueblo llano y a los pobres y a aquellos afligidos con
toda clase de discapacidad física; su trato a los sacerdotes
será descrito en mis siguientes libros. Primero de todo, habiendo
tomado el control, como ha sido dicho, de todas las tiendas y habiendo
establecido los llamados monopolios de los bienes más indispensables,
procedió a sacarle a toda la población más del
triple de los precios normales. En cuanto a sus otras hazañas,
puesto que son simplemente incontables, no intentaré siquiera
hacer su catálogo en un libro sin fin. Pero diré que a
los compradores de pan robó de la forma más cruel todo
el tiempo, hombres que, siendo trabajadores manuales, empobrecidos y
afligidos con todo tipo de minusvalías físicas, no podían
evitar comprar el pan. De estos exigía tres centenarios al año,
con el resultado de que los panaderos alzaban los precios y rellenaban
el pan con cáscaras y cenizas (68) ,
porque el emperador no tenía escrúpulos de obtener beneficios
ni siquiera de esta impía adulteración. Aquellos que estaban
a cargo de este oficio, aplicando este truco para su lucro particular,
con facilidad llegaron a ser muy ricos y redujeron a los pobres a una
intolerable miseria en plenos tiempos de abundancia, porque fue completamente
prohibido que todo hombre comprara grano en cualquier parte, sino que
era obligado que todos compraran y comieran de ese pan.
Y aunque vieron que el acueducto de la ciudad se había roto y
estaba transportando sólo una pequeña parte de agua a
la ciudad, no hicieron caso del asunto y no consintieron en gastar ni
un sólido en ello, a pesar del hecho de que una gran multitud
del pueblo, ardiendo de indignación, estaba siendo reunida en
las fuentes y que todos los baños habían sido cerrados.
Y sin embargo malgastaba una gran cantidad de dinero sin ningún
motivo en edificios sobre el mar y otras edificaciones sin sentido,
erigiendo nuevas construcciones en todas partes de los suburbios, como
si los palacios en que todos los emperadores anteriores habían
estado contentos de vivir a lo largo de sus días no pudieran
albergar su hogar. Y esto no se hacía por motivos económicos,
sino para lograr la destrucción del género humano, ya
que se negaba a reconstruir el acueducto. Porque nadie en toda la historia
ha nacido alguna vez en el mundo que estuviera más deseoso que
Justiniano de conseguir dinero, para luego empezar nuevamente a malgastarlo
de inmediato. De estos dos recursos, esto es, pan y agua, que como único
remedio quedaba a los que estaban hundidos en la miseria, ambos fueron
usados por este emperador para perjudicarlos, como he escrito, ya que
hizo que un recurso, es decir, el agua, fuera imposible de conseguir,
y el otro, el pan, fuera muy caro de comprar.
Y amenazó de esta manera no sólo a la clase humilde de
Bizancio, sino también, a los que vivían en otros lugares,
como será relatado por mí inmediatamente. En efecto, cuando
Teodorico conquistó Italia, dejó donde estaban a los que
estaban sirviendo como soldados en el Palacio de Roma, para que al menos
un recuerdo de los antiguos tiempos se conservara allí, pagando
a cada hombre un pequeño estipendio diario; y estos soldados
eran muy numerosos. Porque los Silenciarios, como son llamados, los
Domésticos y los Escolares estaban entre ellos, aunque en su
caso nada militar quedaba salvo el nombre de ejército, y este
sueldo era apenas suficiente para vivir. Y Teodorico ordenó que
este pago se transmitiera a su muerte a sus hijos y parientes. Y a los
pobres que tenían su asiento junto a la Iglesia del apóstol
Pedro (69) , ordenó que el
Erario les entregara siempre cada año tres mil medidas de grano.
Estas pensiones fueron recibidas por todos los pobres hasta que Alejandro,
llamado “Tijeras”, llegó a Italia (70)
. Pues este hombre decidió inmediatamente, sin vacilación,
abolir todos. En sabiendo esto, Justiniano, emperador de los Romanos,
aprobó esta decisión y tuvo a Alejandro en aún
más alto honor que antes. Durante su viaje allá causó
también el siguiente perjuicio a los Griegos. La fortaleza de
las Termópilas había sido largo tiempo guardada por los
campesinos cercanos, quienes se turnaban en la vigilancia de la muralla
cuandoquiera se anunciaba una incursión de bárbaros contra
el Peloponeso. Pero cuando Alejandro visitó el lugar durante
la travesía a Italia, él, pretendiendo que estaba actuando
en interés de los Peloponesios, rechazó confiar la fortaleza
a los campesinos. Así, situó tropas allí en número
de dos mil y ordenó que su estipendio no fuera pagado por el
Erario imperial, sino por los fondos civiles y los dineros reservados
a los espectáculos de todas las ciudades de Grecia, so pretexto
de que aquellos soldados tenían que ser mantenidos a costa de
ese lugar y por ende de toda Grecia. En consecuencia, todos los lugares
de Grecia, incluyendo la mismísima Atenas, no pudieron restaurar
los edificios públicos ni pudieron pagar ninguna otra cosa útil.
Justiniano, empero, sin vacilar, confirmó estas medidas del “Tijeras”.
Así, de la manera descrita, estos asuntos fueron transcurriendo.
Pero debemos ahora proceder a tratar el caso de los pobres en Alejandría.
Aquí vivía un cierto Hefesto, abogado, que asumió
el gobierno de Alejandría y en su condición de tal puso
fin a una sedición ciudadana amenazando a los revoltosos, pero
redujo a todos los habitantes a la completa miseria. Pues inmediatamente
puso todas las mercancías bajo monopolio, prohibiendo a los demás
mercaderes vender nada, y él mismo se convirtió en el
único traficante y vendedor de todas las mercaderías,
fijando los precios según su voluntad merced a su suprema autoridad.
Pero la consiguiente carestía de las provisiones necesarias sumió
en la mayor de las aflicciones a Alejandría, donde antes incluso
los más pobres habían podido vivir adecuadamente. Y el
alto precio del pan aplastó a la mayoría, porque compraba
todo el trigo de Egipto él mismo, no permitiendo que nadie comprara
ni tan siquiera un celemín, y así controlaba el abastecimiento
y el precio del pan a su voluntad. De este modo en poco tiempo ganó
una fabulosa fortuna y cumplió el deseo del emperador en este
asunto. Y mientras el populacho de Alejandría, por temor a Hefesto,
sobrellevaba su angustiosa situación en silencio, el emperador,
gracias al dinero que llegaba a su bolsillo constantemente, amaba a
este hombre intensamente.
Y este Hefesto, para poder ganarse más aún la voluntad
del emperador, ideó el siguiente plan. Diocleciano, un anterior
emperador de los Romanos, había decretado que un gran monto de
grano fuera dado por el Erario cada año para cubrir las necesidades
de los Alejandrinos. Y el populacho, habiendo distribuido este grano
entre ellos mismos en primer lugar, ha transmitido esta costumbre a
sus descendientes hasta hoy. Pero Hefesto, desde este tiempo, quitó
a los pobres hasta dos millones de medidas anuales de grano y los transportó
a los almacenes del Estado, escribiendo al emperador que el pueblo había
hasta entonces estado recibiendo el grano por error, y no en beneficio
del público interés. Y en consecuencia el emperador confirmó
esta decisión y lo tuvo en mayor favor aún. Los Alejandrinos,
cuya esperanza de vida radicaba en esta distribución sufrieron
muy cruelmente como resultado de esta inhumana acción.
XXVII.
CÓMO EL DEFENSOR DE LA FE PROTEGÍA LOS INTERESES DE LOS
CRISTIANOS.
Los hechos de
Justiniano eran tantos y tales que toda la eternidad no sería
suficientemente larga como para describirlos adecuadamente. Así
unos pocos ejemplos habrán de bastar para iluminar todo su carácter
ante las futuras generaciones: qué hipócrita era, cómo
despreciaba a Dios, las leyes y al pueblo que se mostraba leal a él,
el cual en apariencia era favorecido por él, si bien ninguna
vergüenza sentía por nada, ya cuando producía la
ruina del Estado, ya al ejecutar cualquier otra fechoría. Ni
siquiera se molestaba en intentar excusar sus acciones y su único
cuidado era cómo podía hacerse con la posesión
de todas las riquezas del mundo.
Comenzaré con esto. El emperador nombró al patriarca de
Alejandría, Paulo de nombre. Pero resultaba que al mismo tiempo
un cierto Rodón, Fenicio de origen, dominaba en Alejandría.
Este hombre fue conminado a que apoyara en todo a Paulo con todo celo,
de modo que ninguna de sus órdenes quedara sin cumplir. Porque
de este modo pensaba que podría ganarse la adhesión de
los herejes que había en Alejandría al Concilio de Calcedonia
(71) . Había un cierto Arsenio, natural de
Palestina, que había servido útilmente a la emperatriz
Teodora en un muy importante asunto, y por esta circunstancia había
adquirido gran poder y una gran cantidad de dinero y había alcanzado
la dignidad de senador, aunque era un perfecto bellaco. Este hombre
era, en efecto, Samaritano, pero para no perder el poder de que gozaba
había visto oportuno adoptar el nombre de Cristiano. Su padre
y hermano, empero, fiados en el poder de este hombre, habían
continuado en Escitópolis, conservando su fe ancestral, y, cumpliendo
las instrucciones de aquel, andaban ejecutando intolerables males contra
todos los Cristianos. En consecuencia, los ciudadanos se levantaron
contra ellos y los mataron de forma muy cruel y muchos daños
vinieron a suceder al pueblo de Palestina por esta causa. Y en este
tiempo ni Justiniano ni Teodora hicieron mal alguno a Arsenio, aunque
este había sido la principal causa de todas las dificultades,
sino que le prohibieron acudir a Palacio nunca más, porque estaban
siendo presionados muy insistentemente por los Cristianos por motivo
de estos sucesos. Este Arsenio, pensando agradar al emperador, no mucho
después partió en compañía de Paulo hacia
Alejandría, para ayudarle en otros negocios y en particular auxiliarle
en lo posible a atraerse la obediencia de parte de los Alejandrinos.
Pues declaró que en el momento en que tuvo el infortunio de ser
excluido de Palacio, no había abandonado el estudio de todas
las doctrinas de los Cristianos. Pero esto molestó a Teodora,
ya que ella pretendía ir en contra del emperador en esto, como
he escrito anteriormente. Así, cuando Paulo y Arsenio hubieron
llegado a Alejandría, Paulo entregó a Rodón a cierto
diácono llamado Psoes para que lo ejecutara, diciendo que constituía
un obstáculo que le impedía cumplir las órdenes
del emperador. Y Rodón, actuando según las instrucciones
del emperador, enviadas a él por cartas frecuentes y urgentes,
decidió torturar al hombre. Y murió al poco, roto por
la tortura. Entonces, cuando la nueva de esto vino al emperador, este,
de inmediato, merced a la vehemente instancia de la emperatriz, expresó
su horror ante lo que habían hecho Paulo, Rodón y Arsenio,
como si hubiere olvidado sus instrucciones a aquellos hombres. Entonces
nombró a Liberio, un patricio de Roma, gobernador de Alejandría,
y mandó a algunos sacerdotes de buena reputación a Alejandría,
para investigar el asunto. Entre estos estaba el archidiácono
de Roma, Pelagio, que estaba comisionado por el Papa Vigilio para actuar
como su legado.
Probado el crimen, Paulo, condenado por asesinato, fue depuesto de su
obispado; Rodón, quien huyó a Constantinopla, fue decapitado
por el emperador y su hacienda confiscada, aunque el hombre mostró
trece cartas que el emperador le había escrito urgiéndole,
apremiándole y ordenándole que apoyara a Paulo en todas
las cosas y no se opusiera a él en nada en absoluto, con el fin
de que pudiera cumplir las órdenes del emperador concernientes
a la fe. Y Liberio, por deseo de Teodora, crucificó a Arsenio
y el emperador vio adecuado confiscar sus bienes, aunque no tenía
más cargos con que acusarle que el de haberse unido a Paulo.
Si sus actos en este asunto fueron justos o no, no puedo decir, pero
pronto mostraré por qué he descrito este suceso.
Algún tiempo después, Paulo arribó a Constantinopla
y ofreció al emperador siete centenarios de oro a cambio de restaurarlo
en el sagrado oficio del que, según él, había sido
depuesto ilegalmente. Justiniano tomó el dinero cortésmente
y trató al hombre honorablemente, y convino en nombrarle patriarca
de Alejandría inmediatamente, aunque otro ostentaba tal honor,
como si no supiera que él mismo había asesinado y robado
la propiedad a aquellos que habían sido amigos y auxiliadores
de Paulo.
Así el emperador estaba llevando el asunto con gran vehemencia
y entusiasmo y Paulo esperaba que definitivamente recobraría
el sacerdocio en todo caso. Pero Vigilio, que estaba presente en ese
momento en Bizancio, se negó totalmente a ceder ante el emperador,
si daba tal orden. Y añadió que no podría anular
una decisión que Pelagio ya había dado como legado suyo.
Y el emperador, cuya única idea era conseguir dinero, se olvidó
del asunto.
Ahora trataré de otro caso similar. Había un cierto Faustino,
natural de Palestina, descendiente de Samaritanos, pero que en cumplimiento
de la ley había adoptado el nombre de Cristiano. Este Faustino
llegó a ser senador y gobernador de su provincia, y cuando el
término de su cargo expiró poco después, volvió
a Constantinopla, donde fue denunciado por algunos sacerdotes de haber
favorecido a los Samaritanos y perseguido impíamente a los Cristianos
de Palestina. Justiniano pareció estar furioso y profundamente
resentido por este motivo, esto es, que mientras gobernaba el imperio
de los Romanos el nombre de Cristo fuera insultado por alguien. Así,
cuando el Senado hizo una investigación del asunto, castigó
a Faustino con el destierro a instancias del emperador. Pero el emperador
recibió de Faustino todo el dinero que quiso e inmediatamente
revocó la decisión que había hecho adoptar. De
este modo Faustino, una vez más en posesión de su antigua
dignidad, y recuperada la amistad del emperador, fue nombrado Conde
de los dominios imperiales en Palestina y Fenicia, donde sin temor hizo
tanto daño como quiso. El modo en que Justiniano protegió
los verdaderos intereses de los Cristianos puede verse con estos ejemplos,
unos pocos, según lo que el tiempo me ha permitido describir.
XXVIII.
SU VIOLACIÓN DE LAS LEYES DE LOS ROMANOS, Y CÓMO LOS JUDÍOS
FUERON MULTADOS POR COMER CORDERO.
Ahora mostraré
en pocas palabras cómo sin vacilar abolió leyes cuando
había dinero de por medio. Había un cierto Prisco en la
ciudad de Emesa, que tenía una gran habilidad natural para imitar
la escritura de otros, y era muy bueno en esta clase de ilegal negocio.
Entonces ocurrió que la iglesia de Emesa había heredado
largo tiempo atrás la propiedad de un distinguido patricio llamado
Mamiano, de familia ilustre y de gran riqueza. Durante el imperio de
Justiniano, Prisco investigó a todas las familias de la antedicha
ciudad y si encontraba a alguna persona que gozara de abundantes recursos
y de la que pudiera sustraer grandes sumas de dinero, cuidadosamente
trazaba su línea genealógica y cuando encontraba antiguas
cartas de los antepasados de esas personas, elaboraba muchos documentos
aparentando haber sido escritos por ellos, en las que prometían
pagar a Mamiano crecidas sumas de dinero en base a que las habían
recibido en depósito de él. Y la suma total reconocida
en estos documentos falsificados alcanzaba a no menos de cien centenarios.
Y eligiendo la escritura de un cierto hombre que había solido
tener asiento en el Foro en la época en que Mammiano estaba vivo,
un hombre que gozaba de gran reputación por su sinceridad y virtud
y que solía preparar todos los documentos de los ciudadanos,
sellando cada uno personalmente con su propia firma (tal persona es
llamada por los Romanos tabellio), Prisco, después de confeccionar
una maravillosa imitación de la escritura de este hombre, entregó
los documentos a los que administraban los negocios de la iglesia de
Emesa, después que estos le hubieren prometido entregarle una
parte del dinero. Pero como estaba vigente una ley, por la que se estatuía
que en caso normal la acción de reclamación se sujetaría
a un límite de treinta años, salvo ciertos casos, como
las hipotecas, cuyo límite se extendería hasta los cuarenta
años, idearon el siguiente plan. Viniendo a Bizancio y desembolsando
fuertes sumas de dinero a este emperador, le suplicaron que cooperara
con ellos en lograr la destrucción de los ciudadanos que no habían
sido hallados culpables de nada. Y él, después que recibió
el dinero, sin vacilar mínimamente promulgó una ley por
la que las iglesias serían excluidas de esos límites,
y que por el contrario las reclamaciones hechas a esta institución
podrían ser ejercidas en cualquier momento dentro de un periodo
de cien años. Y esta ley (72)
fue aplicable no sólo para Emesa, sino también para todo
el imperio Romano (73) . Y para
aplicar este decreto envió a Emesa a cierto Longino, hombre enérgico
y fuerte físicamente, quien después también ocupó
el oficio de prefecto de Constantinopla. Y aquellos que llevaban los
negocios de la iglesia reclamaron de aquellas personas dos centenarios
en base a esas falsificaciones. E inmediatamente se aseguraron el convencimiento
de Longino, pues los demandados no pudieron defenderse debido al gran
lapso de tiempo que había pasado y a la ignorancia de los hechos.
Y todos los demás ciudadanos estaban muy apenados por esto y
enojados con los acusadores, sobre todo los notables de la ciudad, que
quedaban expuestos a cualquier demanda. Y puesto que el mal se estaba
por entonces extendiendo contra la mayoría de los ciudadanos,
ocurrió que la providencia de Dios, podría uno decir,
intervino como sigue. Longino ordenó a Prisco, el autor de este
fraude, que le llevara todos los documentos y cuando este se negó,
le golpeó con gran violencia. Y Prisco, no pudiendo soportar
el golpe de un hombre tan fuerte, cayó de espaldas y, temblando
de miedo por la sospecha de que Longino había averiguado toda
la verdad de lo que realmente había hecho, confesó su
crimen. Así todo el mal fue sacado a la luz y las denuncias cesaron.
Sin embargo, estas constantes y ordinarias falsificaciones de las leyes
Romanas no fueron el único mal que hizo, sino que el emperador
también concibió la idea de abolir las leyes que concernían
a los Hebreos con el objeto de destruir sus tradiciones. En efecto,
si ocurría, por ejemplo, que algún año el calendario
hacía que la Pascua Judía caía antes que la Cristiana,
prohibía a los Judíos celebrar su festividad, hacer sacrificio
alguno a Dios o cumplir cualquiera de sus costumbres. Muchos de ellos
fueron fuertemente multados por los magistrados por comer cordero en
tal ocasión, como si esto fuera contra las leyes del Estado.
Y aunque conozco bien infinidad de otras acciones de Justiniano, no
añadiré nada más, pues debo poner fin a mi narración
y, además, el carácter del hombre ha quedado revelado
con suficiente claridad merced a lo que ha sido dicho.
XXIX. OTROS
INCIDENTES QUE LO MUESTRAN COMO UN MENTIROSO Y UN HIPÓCRITA.
Ahora mostraré
qué mentiroso e hipócrita era. Liberio, al que recientemente
he mencionado, fue depuesto por él de su cargo y en su lugar
nombró a Juan, un Egipcio, apellidado Laxarión. Cuando
Pelagio, un amigo íntimo de Liberio, supo de esto, preguntó
al emperador si la nueva del nombramiento de Laxarión era verdad.
Y él inmediatamente lo negó, asegurándole que no
había hecho tal cosa y le entregó una carta para Liberio,
ordenándole que se mantuviera en su puesto más firmemente
y que no lo dejara de ningún modo. Pues no era su deseo, dijo,
removerle de esa magistratura en ese momento. Y Juan tenía un
tío en Bizancio llamado Eudamonte, quien, habiendo sido elevado
al rango senatorio y habiendo adquirido una gran riqueza, fue durante
un tiempo Conde de las propiedades personales del emperador. Este Eudamonte,
en oyendo esta decisión, también acudió ante el
emperador para preguntarle si el cargo era asignado realmente a su sobrino.
Y Justiniano, en contradicción con lo que había escrito
a Liberio, ahora escribió un documento a Juan, diciéndole
que asumiera el cargo con toda tranquilidad, pues, dijo, estaba de su
parte y no había cambiado de opinión. Y Juan, convencido
por estas afirmaciones, ordenó a Liberio retirarse del cargo,
pues había sido depuesto oficialmente. Pero Liberio, con igual
confianza basada en la carta recibida del emperador, se negó.
Entonces Juan se fue a por Liberio con una guardia armada y Liberio
con sus propios soldados se defendió. Durante la lucha muchos
murieron, incluyendo el mismo Juan, el nuevo gobernador. A instigación
de Eudemonte, Liberio fue convocado a Constantinopla. El Senado investigó
el asunto y absolvió a Liberio, ya que lo que hizo había
sido en defensa propia y no como agresor. El emperador, empero, no lo
dejó en paz hasta que le pagó una multa, que secretamente
le había impuesto. Esto muestra el amor de Justiniano a la verdad
y cómo mantenía su palabra.
No estará fuera de lugar que cuente la secuela del incidente.
Este Eudemonte murió al poco, dejando muchos parientes pero no
redactando últimas voluntades. Y hacia el mismo tiempo cierto
hombre, llamado Eufratas, que había sido el principal eunuco
de Palacio, murió, dejando un sobrino, pero sin hacer testamento
que regulara el destino de su considerable hacienda. El emperador se
apoderó de ambas propiedades, nombrándose heredero y no
dio ni medio óbolo a los herederos legales. ¡Tal respeto
por la ley y por la familia mostraba el emperador!. De la misma forma
se había apoderado de la hacienda de Ireneo, quien había
muerto mucho antes, aunque no tenía ningún derecho para
reclamarla.
Y no podría pasar por alto otro incidente directamente relacionado
con los antedichos, que ocurrió hacia la misma época.
Había un cierto Anatolio, que era el primero de la Curia de Ascalón
(74) . La hija de este hombre había sido debidamente
casada con un ciudadano de Cesárea (75)
, Mamiliano de nombre, varón de linaje muy notable. Y la muchacha
era la heredera, ya que era la única descendiente de Anatolio.
Estaba prescrito por una antigua ley que cuando un senador en una ciudad
muriera sin dejar hijos varones, la cuarta parte de su hacienda fuera
entregada a la Curia de su ciudad, mientras que los herederos naturales
del difunto disfrutarían del resto, pero el emperador dio en
este caso demasiada prueba de su verdadero carácter, pues sucedió
que promulgó una ley en ese momento, por la que regulaba los
casos de esa clase de una forma diametralmente opuesta, disponiendo
por ende que cuando un senador muriera sin descendencia masculina, sus
herederos naturales recibirían la cuarta parte de su propiedad
y el resto sería transferido al Erario imperial e ingresaba en
la lista de la Curia urbana (76)
. Y sin embargo nunca desde la creación del mundo había
el Erario o el emperador recibido los bienes de un senador. Mientras
esta ley estaba vigente, Anatolio murió. Su hija se vio en la
obligación de compartir su herencia con el Erario y con el Senado
de la ciudad con arreglo a la ley, y recibió cartas del emperador
y de la Curia de Ascalón, asegurándole que no habría
más reclamaciones de su parte, pues ya habían recibido
su parte correcta y justamente (77)
. Luego también Mamiliano murió, el hombre que había
sido yerno de Anatolio y dejó una única hija, que heredó
todos los bienes de su padre, como era de esperar. Pero después
ella también falleció, mientras que su madre aún
estaba viva, habiéndose casado con un noble pero sin haber tenido
ya hijos ni varones ni hembras. Sin embargo, Justiniano se apoderó
de toda la hacienda, alegando como justificación que no sería
piadoso que la hija de Anatolio, ya anciana, se convirtiera en una mujer
rica merced a las propiedades de su padre y de su marido. Pero para
que la mujer no quedara en la indigencia, ordenó que le fuera
entregada una moneda de oro al día mientras viviera, escribiendo
en el decreto, por el cual le robaba sus bienes, que le daba ese dinero
por piedad: “porque es mi costumbre, dijo, hacer lo que es pío
y recto”.
Pero en cuanto a estos asuntos es suficiente con referir tales hechos,
para que mi relato no sea excesivo, ya que no es posible para ninguna
persona contarlo todo. Pero que Justiniano no veló por los Azules
siquiera, que tanto le apoyaban, cuando había dinero en juego,
lo referiré ahora. Vivía un Cilicio llamado Maltanes,
yerno de aquel León que, como he dicho, era Referendario (78)
. Justiniano envió a este Maltanes a restaurar el orden entre
los Cilicios. Bajo este pretexto Maltanes infligió intolerables
sufrimientos a la mayoría de sus paisanos y les robó todo
su dinero, algo del cual envió al tirano, enriqueciéndose
injustamente con el resto. Entonces algunos soportaron su desgracia
en silencio, pero aquellos que en Tarso eran Azules, confiando en el
favor de la emperatriz, se reunieron en el Foro para insultar a Maltanes,
quien no estaba presente. Cuando Maltanes supo de esto, rápidamente
acudió a Tarso con muchos soldados. En llegando con las primeras
luces del amanecer, ordenó a sus soldados que entraran en las
casas y las saquearan. Pensando que aquello era una invasión
de enemigos, los Azules se defendieron. Y entre otros males que se produjeron
en medio de la oscuridad nocturna, sucedió que Damián,
un senador, fue asesinado por herida de flecha. Este Damián era
el patrón de los Azules en la ciudad. Y cuando nuevas llegaron
a Bizancio de estos sucesos, los Azules se indignaron, movieron gran
tumulto por toda la ciudad, se quejaron violentamente al emperador y
profirieron contra León y a Maltanes las más terribles
amenazas. El emperador simuló estar no menos enojado por el asunto
e inmediatamente escribió ordenando una investigación
y el castigo de Maltanes. Pero León le entregó una gran
suma de dinero, de modo que ahí finalizó su investigación
y su interés por los Azules. Dejado el suceso sin investigar,
Maltanes luego llegó a Constantinopla ante el emperador y fue
recibido muy amistosamente y lo tuvo en gran honor. Pero cuando se marchaba,
los Azules, que no se olvidaban del asunto y lo estaban vigilando, se
arrojaron sobre él en el mismo Palacio y lo habrían matado
si uno de los Azules, sobornado por León, no lo hubiere impedido.
Y, sin embargo, ¿quién no llamaría misérrimo
al Estado, en el que el emperador acepta sobornos para paralizar cualquier
investigación y en el que los facciosos, por su parte, mientras
el emperador está en Palacio osan atacar a uno de sus magistrados
y ejercer violencia sobre él?. Sin embargo, ningún castigo
fue impuesto ni a Maltanes ni a sus agresores. Y por este solo hecho
se puede colegir bien el carácter de Justiniano.
XXX. OTRAS
INNOVACIONES DE JUSTINIANO Y TEODORA, Y UNA CONCLUSIÓN.
Y en cuanto a
la cuestión de si Justiniano tuvo en alguna consideración
el bienestar del imperio, las cosas que hizo a los magistrados y espías
arrojarán luz. Los emperadores Romanos precedentes disponían
de un sistema de correo público que les permitía saber
fácil y rápidamente de invasiones del enemigo en cualquier
provincia, de sediciones en las ciudades o de cualquier otro inesperado
problema, de las acciones de los gobernadores y de cualesquiera otros
que estuvieran en cualquier parte del imperio Romano. Este sistema era
como sigue. En la distancia que abarcaba una jornada de camino para
un viajero (79) , se establecieron
postas, a veces ocho, a veces menos, pero en general no menos de cinco.
Y en cada posta había preparados no menos de cuarenta caballos
y un número de mozos de cuadra en proporción al número
de caballos. Y merced al relevo frecuente de caballerías, que
eran de las mejores razas, los viajeros podían avanzar en un
día el trayecto de diez jornadas y cumplir por ello la misión
que se les había encomendado. Además, los campesinos en
todas partes y sobre todo si sus tierras se extendían en el interior,
eran muy prósperos gracias a este sistema, porque cada año
vendían los excedentes de sus cosechas de grano al gobierno para
el mantenimiento de caballos y mozos, y así ganaban mucho dinero.
Y el resultado de todo esto fue que mientras el Erario regularmente
recibía los impuestos fijados a cada hombre, los que pagaban
los impuestos recibían su dinero de nuevo inmediatamente (80)
y así el imperio lograba un efecto beneficioso.
Esta era la situación antaño. Pero este emperador primero
abolió las postas desde Calcedonia a Daciviza
(81) y obligó a los correos, muchos contra
su voluntad, a viajar desde Constantinopla directamente a Helenópolis
por mar. Cuando embarcaban entonces en pequeños botes de la clase
que la gente solía usar para cruzar el estrecho, en caso de que
una tormenta les sobreviniera, se encontraban en un enorme peligro (82)
. Puesto que se les exigía rapidez, no podían esperar
a que la tormenta acampara sino que precipitadamente debían proseguir
viaje. Y en segundo lugar, mientras que en la ruta que conducía
a Persia permitió que el antiguo sistema se mantuviera, sin embargo
en las restantes vías que transcurrían por Oriente hasta
Egipto sólo consintió que hubiera una posta para cada
jornada de viaje, empleando para ello mulas, no caballos, y sólo
unas pocas. No hay que admirarse, consecuentemente, de que los acontecimientos
que se producían en cada provincia fueran comunicados con dificultad
y demasiado tarde como para dar oportunidad para actuar, de modo que
no se podía seguir a tiempo el curso de los sucesos, y además
los campesinos, pudriéndose su grano por no venderlo, perdían
continuamente sus antiguos beneficios.
Y el asunto de los espías es como sigue. Muchos hombres de los
antiguos tiempos eran mantenidos por el Estado, hombres que irían
a un país enemigo, especialmente al imperio de los Persas, ya
so pretexto de vender algo, ya utilizando cualquier otro ardid, llevaban
a cabo sus averiguaciones y luego regresaban a territorio Romano, donde
podían contar todos los secretos de los enemigos a los magistrados.
Y estos, provistos con esta ventajosa información, estarían
en guardia y nada imprevisto les acaecería. Y esta práctica
había existido entre los Medos también en tiempos lejanos.
De hecho, Cosroes, según dicen, incrementó los salarios
de sus espías y se benefició de esta precaución,
porque nada que ocurriera entre los Romanos escapaba a su conocimiento.
Pero Justiniano, por su parte, negándose a gastar nada en absoluto,
dejó de utilizar espías y por consecuencia de ello se
cometieron muchos errores. Lazica, verbigracia, fue capturada por el
enemigo, porque los Romanos habían fallado completamente en descubrir
dónde estaba el rey Persa y su ejército. Igualmente el
Estado había siempre mantenido gran número de camellos,
que transportaban todo el bagaje cuando el ejército Romano marchaba
contra el enemigo. Así, los campesinos no tenían que procurar
transporte al ejército y los soldados no padecían necesidades.
Pero Justiniano se deshizo de casi todos estos animales. Por ello, cuando
hoy el ejército Romano marcha contra el enemigo, es imposible
que disponga de todo lo que necesita. Tal era el celo que Justiniano
desplegaba en interés del imperio.
De esta manera los asuntos más importantes del imperio marchaban
tan mal. Y no hay inconveniente en mencionar también una de las
tonterías de Justiniano. Había entre los oradores de Cesárea
un cierto Evángelo, hombre de no poca distinción, quien,
favorecido por la fortuna, había adquirido mucho dinero y muchas
tierras. Y después compró incluso una aldea en la costa
marítima a un hombre llamado Porfirión, pagándole
tres centenarios de oro. Sabiendo esto, el emperador Justiniano inmediatamente
se subrogó en su lugar en la compra, devolviéndole sólo
una pequeña parte del precio que había pagado, haciendo
el comentario de que nunca casaría bien la titularidad de tal
propiedad con la dignidad de Evángelo, un mero orador. Pero nada
más diré más sobre estos asuntos, una vez que en
cierto modo he hecho mención de ellos.
Y entre las innovaciones de Justiniano y Teodora en la administración
del gobierno hay algo digno de ser contado. Antaño, cuando el
Senado se aproximaba al emperador, le prestaba homenaje de la siguiente
manera. Cada patricio le besaba en el pecho derecho. Y el emperador
le besaba en la cabeza y luego lo despedía. Todos los demás
se arrodillaban con la rodilla izquierda ante el emperador y después
se retiraban. La emperatriz, empero, nunca había sido saludada.
Pero en el caso de Justiniano y Teodora, todos los miembros del Senado
y aquellos que también ostentaban el rango de patricio, cuando
entraran en su presencia, se postraban con sus caras al suelo, extendían
sus manos y pies, y besaban primero un pie y luego el otro del Augusto
antes de levantarse. Ni Teodora renunció a recibir este testimonio
de respeto a su dignidad; igualmente se comportaba como si el imperio
Romano estuviera a sus pies, pues incluso recibió a los embajadores
de los Persas y de otros bárbaros y les entregó presentes,
una cosa que no había ocurrido desde el principio de los tiempos.
Y mientras otrora aquellos que trataban con el emperador simplemente
solían llamarlo “emperador” y a su consorte “emperatriz”
y tenían acostumbrado dirigirse a cada magistrado según
su rango correspondiente, sin embargo si alguno se ponía a conversar
con alguno de los dos y usaba las palabras “emperador” o
“emperatriz” y no las de “señor” o “señora”
o se olvidaba de referirse a sí mismo como “su esclavo”,
era considerado un ignorante o un insolente, y caía en desgracia
como si hubiere ejecutado algún horrendo crimen o cometido algún
pecado imperdonable.
Y mientras que pocas eran las personas que en antiguos tiempos entraban
en Palacio, y estas aún con dificultad, sin embargo desde los
tiempos en que asumió el imperio, magistrados y demás
personas permanecían constantemente en Palacio. Y la razón
era que en días pasados se permitía a los magistrados
hacer lo que era justo y legal conforme a su propio juicio. Por ello
los magistrados, ocupados en sus tareas administrativas, solían
permanecer en sus propias oficinas, y los súbditos del emperador,
puesto que nadie veía ni oía acto alguno de violencia,
iban a importunarle poco, como era de esperar. Pero estos dos emperadores,
siempre manejando en sus manos todos los negocios para ruina de sus
súbditos, obligaban a todos a acudir atentos a ellos y a suplicar
como siervos. Y era posible ver, prácticamente cada día,
los tribunales casi vacíos, mientras que el Palacio del emperador
estaba lleno de una multitud que empujaba y daba pisotones y que nada
hacía todo el rato sino servilismo. Y aquellos que se suponía
eran íntimos de la pareja imperial, estando constantemente allí
todo el día y buena parte de la noche, sin dormir ni comer, terminaban
por quedar mortalmente exhaustos. Y esto era lo único que lograban
merced a su presunta buena fortuna. Y todos aquellos que se veían
libres de esta clase de cosas, se preguntaban unos a otros qué
sería de la prosperidad de los Romanos. Pues, mientras algunos
decían que todos los bienes y dineros estaban en poder de los
bárbaros, otros mantenían que el emperador los había
ocultado en un gran número de habitaciones especiales. Así,
cuando Justiniano, sea hombre o rey de los demonios, abandone las cosas
de este mundo, todos aquellos que tengan la fortuna de haberle sobrevivido
sabrán la verdad.