SINOPSIS

Proemio

I Parte

I. Cómo el gran general Belisario fue cegado por su esposa.
II. Cómo el juicio militar de Belisario fue quebrado por los celos.
III. Que muestra el peligro de encontrarse con las intrigas de las mujeres.
IV. Cómo Teodora humilló al conquistador de África e Italia.
V. Cómo Teodora engañó a la hija del general.

II Parte

VI. Ignorancia del emperador Justino, y cómo su nieto Justiniano era el gobernante real.
VII. Ultrajes de los Azules.
VIII. Carácter y apariencia de Justiniano.
IX. Cómo Teodora, la más depravada de todas las cortesanas, se ganó su amor.
X. Cómo Justiniano promulgó una nueva ley que le permitía casarse con una cortesana.

III Parte

XI. Cómo el defensor de la Fe arruinó a sus súbditos.
XII. Que muestra que Justiniano y Teodora eran realmente demonios con forma humana.
XIII. Perceptibles afabilidad y piedad de un tirano.
XIV. La justicia en venta.
XV. Cómo todos los ciudadanos Romanos se convirtieron en esclavos.

IV Parte

XVI. Qué ocurrió a aquellos que perdieron el favor de Teodora.
XVII. Cómo Teodora salvó a quinientas prostitutas de una vida de pecado.
XVIII. Cómo Justiniano asesinó a un trillón de personas.
XIX. Cómo se apoderó de toda la riqueza de los Romanos y la derrochó.
XX. Degradación de la Cuestura.


V Parte

XXI. El tributo del aire, y cómo a los ejércitos fronterizos se les prohibió castigar a los bárbaros invasores.
XXII. Otras corruptelas en los altos niveles.
XXIII. Cómo los terratenientes fueron arruinados.
XXIV. Injusto trato a los soldados.
XXV. Cómo robó a sus propios oficiales.


VI Parte

XXVI. Cómo expolió la riqueza de las ciudades y saqueó a los pobres.
XXVII. Cómo el defensor de la Fe protegió los intereses de los Cristianos.
XXVIII. Su violación de las leyes de los Romanos y cómo los Judíos fueron multados por comer cordero.
XXIX. Otros incidentes que lo muestran como un mentiroso y un hipócrita.
XXX. Otras innovaciones de Justiniano y Teodora, y una conclusión.

 

XXVI. CÓMO EXPOLIÓ LA RIQUEZA DE LAS CIUDADES Y SAQUEÓ A LOS POBRES.


Hablaremos ahora de cómo tuvo éxito en destruir la riqueza y todas las cosas que confieren honor y valor en Bizancio y en todas las ciudades. Primero decidió abolir el rango de rétor, porque inmediatamente privó a los rétores (66) de todos sus honorarios con los que antes se habían habituado a disfrutar y enorgullecerse cuando habían abandonado su profesión de abogacía, y les ordenó que litigaran unos con otros directamente bajo juramento; y siendo así desdeñados, los rétores se sumieron en enorme desesperación. Y después que hubo confiscado los bienes de los senadores y de otras gentes prósperas, como ha sido relatado, en Constantinopla y en todo el imperio Romano, quedó poco trabajo para los abogados. Los hombres nada tenían digno de mención para ir a tratar en los tribunales. Así, de todos los famosos abogados, pocos quedaron y se vieron despreciados y reducidos a la penuria, obteniendo de su trabajo nada salvo insultos.
Además, también hizo que los médicos y maestros de los niños libres padecieran penuria de todo lo necesario para la vida, pues los honorarios que los anteriores emperadores habían decretado que les fueran entregados a cargo del Erario público fueron cancelados por completo. Además, todos los ingresos que los habitantes de todas las ciudades habían estado recaudando localmente para sus propias necesidades cívicas y para sus espectáculos públicos los transfirió y osó mezclarlos con los ingresos públicos. E igualmente los médicos y profesores no gozaron de ninguna estima, ni nadie pudo más cuidar de los edificios públicos, ni las lámparas públicas fueron conservadas en las ciudades para su iluminación, ni hubo consuelo alguno para sus habitantes. Porque los teatros, hipódromos y circos fueron todos clausurados en su mayor parte (lugares en que su esposa había nacido, crecido y educado). Y luego ordenó que aquellos espectáculos fueran cerrados, incluso en Constantinopla, de modo que el Erario no tuvo que pagar las usuales sumas a las numerosas y casi incontables personas que vivían de ello. Y hubo tristeza y dolor privado y público, como si aún otra aflicción del Cielo les hubiera golpeado, y no hubo más alegría en la vida de nadie. Y ningún otro tema de conversación existía ya entre el pueblo, ya estuvieran en casa, en el mercado o en los templos, que los nuevos desastres, calamidades e infortunios que ocurrían en un grado incomparable.
Tal era la situación en las ciudades. Y aquello que queda por decir es digno de ser contado. Dos cónsules de los Romanos eran elegidos cada año, uno en Roma y el otro en Constantinopla. Y cualquiera que era llamado a este honor estaba seguro de verse obligado a gastar más de veinte centenarios de oro, siendo una pequeña porción de esta cantidad pagada de su bolsillo y la mayor parte por el emperador. Este dinero era distribuido entre aquellos que he mencionado y aquellos que en general carecían de otros medios de subsistencia, y particularmente actores y así permitía dar auxilio constante a todo lo que era para bien de la ciudad. Pero desde el momento que Justiniano llegó al poder, estas distribuciones no fueron hechas según costumbre, pues a veces un cónsul permanecía en el cargo un año tras otro, hasta que finalmente el pueblo perdió la esperanza de ver a otro nuevo, incluso en sus sueños (67) . Como resultado, se produjo una universal pobreza, ya que el emperador no entregó más a sus súbditos lo que habían tenido por costumbre recibir, sino que, al contrario, procuró quitarles de todas las maneras y en todas partes lo poco que aún tenían.
Cómo este ladrón ha estado tragándose todos los dineros públicos y cómo ha estado privando a los miembros del Senado de sus propiedades, a cada uno individualmente y a todos en conjunto, ha sido, pienso, suficientemente descrito. Y cómo lanzando falsos cargos confiscó las haciendas de todos a quienes reputaba ricos, imagino haberlo ya adecuadamente contado, como en el caso de los soldados, oficiales y guardias de palacio, los agricultores y terratenientes, aquellos cuya profesión es la oratoria, además de tenderos, navieros, marineros, mercaderes, jornaleros y vendedores, así como aquellos que se ganaban la vida con representaciones en el teatro y además todas las demás clases, puedo decir, que fueron alcanzados por el daño que infería este hombre.
Y procederé ahora a hablar de cómo trató a los mendigos y al pueblo llano y a los pobres y a aquellos afligidos con toda clase de discapacidad física; su trato a los sacerdotes será descrito en mis siguientes libros. Primero de todo, habiendo tomado el control, como ha sido dicho, de todas las tiendas y habiendo establecido los llamados monopolios de los bienes más indispensables, procedió a sacarle a toda la población más del triple de los precios normales. En cuanto a sus otras hazañas, puesto que son simplemente incontables, no intentaré siquiera hacer su catálogo en un libro sin fin. Pero diré que a los compradores de pan robó de la forma más cruel todo el tiempo, hombres que, siendo trabajadores manuales, empobrecidos y afligidos con todo tipo de minusvalías físicas, no podían evitar comprar el pan. De estos exigía tres centenarios al año, con el resultado de que los panaderos alzaban los precios y rellenaban el pan con cáscaras y cenizas (68) , porque el emperador no tenía escrúpulos de obtener beneficios ni siquiera de esta impía adulteración. Aquellos que estaban a cargo de este oficio, aplicando este truco para su lucro particular, con facilidad llegaron a ser muy ricos y redujeron a los pobres a una intolerable miseria en plenos tiempos de abundancia, porque fue completamente prohibido que todo hombre comprara grano en cualquier parte, sino que era obligado que todos compraran y comieran de ese pan.
Y aunque vieron que el acueducto de la ciudad se había roto y estaba transportando sólo una pequeña parte de agua a la ciudad, no hicieron caso del asunto y no consintieron en gastar ni un sólido en ello, a pesar del hecho de que una gran multitud del pueblo, ardiendo de indignación, estaba siendo reunida en las fuentes y que todos los baños habían sido cerrados. Y sin embargo malgastaba una gran cantidad de dinero sin ningún motivo en edificios sobre el mar y otras edificaciones sin sentido, erigiendo nuevas construcciones en todas partes de los suburbios, como si los palacios en que todos los emperadores anteriores habían estado contentos de vivir a lo largo de sus días no pudieran albergar su hogar. Y esto no se hacía por motivos económicos, sino para lograr la destrucción del género humano, ya que se negaba a reconstruir el acueducto. Porque nadie en toda la historia ha nacido alguna vez en el mundo que estuviera más deseoso que Justiniano de conseguir dinero, para luego empezar nuevamente a malgastarlo de inmediato. De estos dos recursos, esto es, pan y agua, que como único remedio quedaba a los que estaban hundidos en la miseria, ambos fueron usados por este emperador para perjudicarlos, como he escrito, ya que hizo que un recurso, es decir, el agua, fuera imposible de conseguir, y el otro, el pan, fuera muy caro de comprar.
Y amenazó de esta manera no sólo a la clase humilde de Bizancio, sino también, a los que vivían en otros lugares, como será relatado por mí inmediatamente. En efecto, cuando Teodorico conquistó Italia, dejó donde estaban a los que estaban sirviendo como soldados en el Palacio de Roma, para que al menos un recuerdo de los antiguos tiempos se conservara allí, pagando a cada hombre un pequeño estipendio diario; y estos soldados eran muy numerosos. Porque los Silenciarios, como son llamados, los Domésticos y los Escolares estaban entre ellos, aunque en su caso nada militar quedaba salvo el nombre de ejército, y este sueldo era apenas suficiente para vivir. Y Teodorico ordenó que este pago se transmitiera a su muerte a sus hijos y parientes. Y a los pobres que tenían su asiento junto a la Iglesia del apóstol Pedro (69) , ordenó que el Erario les entregara siempre cada año tres mil medidas de grano. Estas pensiones fueron recibidas por todos los pobres hasta que Alejandro, llamado “Tijeras”, llegó a Italia (70) . Pues este hombre decidió inmediatamente, sin vacilación, abolir todos. En sabiendo esto, Justiniano, emperador de los Romanos, aprobó esta decisión y tuvo a Alejandro en aún más alto honor que antes. Durante su viaje allá causó también el siguiente perjuicio a los Griegos. La fortaleza de las Termópilas había sido largo tiempo guardada por los campesinos cercanos, quienes se turnaban en la vigilancia de la muralla cuandoquiera se anunciaba una incursión de bárbaros contra el Peloponeso. Pero cuando Alejandro visitó el lugar durante la travesía a Italia, él, pretendiendo que estaba actuando en interés de los Peloponesios, rechazó confiar la fortaleza a los campesinos. Así, situó tropas allí en número de dos mil y ordenó que su estipendio no fuera pagado por el Erario imperial, sino por los fondos civiles y los dineros reservados a los espectáculos de todas las ciudades de Grecia, so pretexto de que aquellos soldados tenían que ser mantenidos a costa de ese lugar y por ende de toda Grecia. En consecuencia, todos los lugares de Grecia, incluyendo la mismísima Atenas, no pudieron restaurar los edificios públicos ni pudieron pagar ninguna otra cosa útil. Justiniano, empero, sin vacilar, confirmó estas medidas del “Tijeras”.
Así, de la manera descrita, estos asuntos fueron transcurriendo. Pero debemos ahora proceder a tratar el caso de los pobres en Alejandría. Aquí vivía un cierto Hefesto, abogado, que asumió el gobierno de Alejandría y en su condición de tal puso fin a una sedición ciudadana amenazando a los revoltosos, pero redujo a todos los habitantes a la completa miseria. Pues inmediatamente puso todas las mercancías bajo monopolio, prohibiendo a los demás mercaderes vender nada, y él mismo se convirtió en el único traficante y vendedor de todas las mercaderías, fijando los precios según su voluntad merced a su suprema autoridad. Pero la consiguiente carestía de las provisiones necesarias sumió en la mayor de las aflicciones a Alejandría, donde antes incluso los más pobres habían podido vivir adecuadamente. Y el alto precio del pan aplastó a la mayoría, porque compraba todo el trigo de Egipto él mismo, no permitiendo que nadie comprara ni tan siquiera un celemín, y así controlaba el abastecimiento y el precio del pan a su voluntad. De este modo en poco tiempo ganó una fabulosa fortuna y cumplió el deseo del emperador en este asunto. Y mientras el populacho de Alejandría, por temor a Hefesto, sobrellevaba su angustiosa situación en silencio, el emperador, gracias al dinero que llegaba a su bolsillo constantemente, amaba a este hombre intensamente.
Y este Hefesto, para poder ganarse más aún la voluntad del emperador, ideó el siguiente plan. Diocleciano, un anterior emperador de los Romanos, había decretado que un gran monto de grano fuera dado por el Erario cada año para cubrir las necesidades de los Alejandrinos. Y el populacho, habiendo distribuido este grano entre ellos mismos en primer lugar, ha transmitido esta costumbre a sus descendientes hasta hoy. Pero Hefesto, desde este tiempo, quitó a los pobres hasta dos millones de medidas anuales de grano y los transportó a los almacenes del Estado, escribiendo al emperador que el pueblo había hasta entonces estado recibiendo el grano por error, y no en beneficio del público interés. Y en consecuencia el emperador confirmó esta decisión y lo tuvo en mayor favor aún. Los Alejandrinos, cuya esperanza de vida radicaba en esta distribución sufrieron muy cruelmente como resultado de esta inhumana acción.

XXVII. CÓMO EL DEFENSOR DE LA FE PROTEGÍA LOS INTERESES DE LOS CRISTIANOS.

Los hechos de Justiniano eran tantos y tales que toda la eternidad no sería suficientemente larga como para describirlos adecuadamente. Así unos pocos ejemplos habrán de bastar para iluminar todo su carácter ante las futuras generaciones: qué hipócrita era, cómo despreciaba a Dios, las leyes y al pueblo que se mostraba leal a él, el cual en apariencia era favorecido por él, si bien ninguna vergüenza sentía por nada, ya cuando producía la ruina del Estado, ya al ejecutar cualquier otra fechoría. Ni siquiera se molestaba en intentar excusar sus acciones y su único cuidado era cómo podía hacerse con la posesión de todas las riquezas del mundo.
Comenzaré con esto. El emperador nombró al patriarca de Alejandría, Paulo de nombre. Pero resultaba que al mismo tiempo un cierto Rodón, Fenicio de origen, dominaba en Alejandría. Este hombre fue conminado a que apoyara en todo a Paulo con todo celo, de modo que ninguna de sus órdenes quedara sin cumplir. Porque de este modo pensaba que podría ganarse la adhesión de los herejes que había en Alejandría al Concilio de Calcedonia (71) . Había un cierto Arsenio, natural de Palestina, que había servido útilmente a la emperatriz Teodora en un muy importante asunto, y por esta circunstancia había adquirido gran poder y una gran cantidad de dinero y había alcanzado la dignidad de senador, aunque era un perfecto bellaco. Este hombre era, en efecto, Samaritano, pero para no perder el poder de que gozaba había visto oportuno adoptar el nombre de Cristiano. Su padre y hermano, empero, fiados en el poder de este hombre, habían continuado en Escitópolis, conservando su fe ancestral, y, cumpliendo las instrucciones de aquel, andaban ejecutando intolerables males contra todos los Cristianos. En consecuencia, los ciudadanos se levantaron contra ellos y los mataron de forma muy cruel y muchos daños vinieron a suceder al pueblo de Palestina por esta causa. Y en este tiempo ni Justiniano ni Teodora hicieron mal alguno a Arsenio, aunque este había sido la principal causa de todas las dificultades, sino que le prohibieron acudir a Palacio nunca más, porque estaban siendo presionados muy insistentemente por los Cristianos por motivo de estos sucesos. Este Arsenio, pensando agradar al emperador, no mucho después partió en compañía de Paulo hacia Alejandría, para ayudarle en otros negocios y en particular auxiliarle en lo posible a atraerse la obediencia de parte de los Alejandrinos. Pues declaró que en el momento en que tuvo el infortunio de ser excluido de Palacio, no había abandonado el estudio de todas las doctrinas de los Cristianos. Pero esto molestó a Teodora, ya que ella pretendía ir en contra del emperador en esto, como he escrito anteriormente. Así, cuando Paulo y Arsenio hubieron llegado a Alejandría, Paulo entregó a Rodón a cierto diácono llamado Psoes para que lo ejecutara, diciendo que constituía un obstáculo que le impedía cumplir las órdenes del emperador. Y Rodón, actuando según las instrucciones del emperador, enviadas a él por cartas frecuentes y urgentes, decidió torturar al hombre. Y murió al poco, roto por la tortura. Entonces, cuando la nueva de esto vino al emperador, este, de inmediato, merced a la vehemente instancia de la emperatriz, expresó su horror ante lo que habían hecho Paulo, Rodón y Arsenio, como si hubiere olvidado sus instrucciones a aquellos hombres. Entonces nombró a Liberio, un patricio de Roma, gobernador de Alejandría, y mandó a algunos sacerdotes de buena reputación a Alejandría, para investigar el asunto. Entre estos estaba el archidiácono de Roma, Pelagio, que estaba comisionado por el Papa Vigilio para actuar como su legado.
Probado el crimen, Paulo, condenado por asesinato, fue depuesto de su obispado; Rodón, quien huyó a Constantinopla, fue decapitado por el emperador y su hacienda confiscada, aunque el hombre mostró trece cartas que el emperador le había escrito urgiéndole, apremiándole y ordenándole que apoyara a Paulo en todas las cosas y no se opusiera a él en nada en absoluto, con el fin de que pudiera cumplir las órdenes del emperador concernientes a la fe. Y Liberio, por deseo de Teodora, crucificó a Arsenio y el emperador vio adecuado confiscar sus bienes, aunque no tenía más cargos con que acusarle que el de haberse unido a Paulo. Si sus actos en este asunto fueron justos o no, no puedo decir, pero pronto mostraré por qué he descrito este suceso.
Algún tiempo después, Paulo arribó a Constantinopla y ofreció al emperador siete centenarios de oro a cambio de restaurarlo en el sagrado oficio del que, según él, había sido depuesto ilegalmente. Justiniano tomó el dinero cortésmente y trató al hombre honorablemente, y convino en nombrarle patriarca de Alejandría inmediatamente, aunque otro ostentaba tal honor, como si no supiera que él mismo había asesinado y robado la propiedad a aquellos que habían sido amigos y auxiliadores de Paulo.
Así el emperador estaba llevando el asunto con gran vehemencia y entusiasmo y Paulo esperaba que definitivamente recobraría el sacerdocio en todo caso. Pero Vigilio, que estaba presente en ese momento en Bizancio, se negó totalmente a ceder ante el emperador, si daba tal orden. Y añadió que no podría anular una decisión que Pelagio ya había dado como legado suyo. Y el emperador, cuya única idea era conseguir dinero, se olvidó del asunto.
Ahora trataré de otro caso similar. Había un cierto Faustino, natural de Palestina, descendiente de Samaritanos, pero que en cumplimiento de la ley había adoptado el nombre de Cristiano. Este Faustino llegó a ser senador y gobernador de su provincia, y cuando el término de su cargo expiró poco después, volvió a Constantinopla, donde fue denunciado por algunos sacerdotes de haber favorecido a los Samaritanos y perseguido impíamente a los Cristianos de Palestina. Justiniano pareció estar furioso y profundamente resentido por este motivo, esto es, que mientras gobernaba el imperio de los Romanos el nombre de Cristo fuera insultado por alguien. Así, cuando el Senado hizo una investigación del asunto, castigó a Faustino con el destierro a instancias del emperador. Pero el emperador recibió de Faustino todo el dinero que quiso e inmediatamente revocó la decisión que había hecho adoptar. De este modo Faustino, una vez más en posesión de su antigua dignidad, y recuperada la amistad del emperador, fue nombrado Conde de los dominios imperiales en Palestina y Fenicia, donde sin temor hizo tanto daño como quiso. El modo en que Justiniano protegió los verdaderos intereses de los Cristianos puede verse con estos ejemplos, unos pocos, según lo que el tiempo me ha permitido describir.

XXVIII. SU VIOLACIÓN DE LAS LEYES DE LOS ROMANOS, Y CÓMO LOS JUDÍOS FUERON MULTADOS POR COMER CORDERO.

Ahora mostraré en pocas palabras cómo sin vacilar abolió leyes cuando había dinero de por medio. Había un cierto Prisco en la ciudad de Emesa, que tenía una gran habilidad natural para imitar la escritura de otros, y era muy bueno en esta clase de ilegal negocio. Entonces ocurrió que la iglesia de Emesa había heredado largo tiempo atrás la propiedad de un distinguido patricio llamado Mamiano, de familia ilustre y de gran riqueza. Durante el imperio de Justiniano, Prisco investigó a todas las familias de la antedicha ciudad y si encontraba a alguna persona que gozara de abundantes recursos y de la que pudiera sustraer grandes sumas de dinero, cuidadosamente trazaba su línea genealógica y cuando encontraba antiguas cartas de los antepasados de esas personas, elaboraba muchos documentos aparentando haber sido escritos por ellos, en las que prometían pagar a Mamiano crecidas sumas de dinero en base a que las habían recibido en depósito de él. Y la suma total reconocida en estos documentos falsificados alcanzaba a no menos de cien centenarios. Y eligiendo la escritura de un cierto hombre que había solido tener asiento en el Foro en la época en que Mammiano estaba vivo, un hombre que gozaba de gran reputación por su sinceridad y virtud y que solía preparar todos los documentos de los ciudadanos, sellando cada uno personalmente con su propia firma (tal persona es llamada por los Romanos tabellio), Prisco, después de confeccionar una maravillosa imitación de la escritura de este hombre, entregó los documentos a los que administraban los negocios de la iglesia de Emesa, después que estos le hubieren prometido entregarle una parte del dinero. Pero como estaba vigente una ley, por la que se estatuía que en caso normal la acción de reclamación se sujetaría a un límite de treinta años, salvo ciertos casos, como las hipotecas, cuyo límite se extendería hasta los cuarenta años, idearon el siguiente plan. Viniendo a Bizancio y desembolsando fuertes sumas de dinero a este emperador, le suplicaron que cooperara con ellos en lograr la destrucción de los ciudadanos que no habían sido hallados culpables de nada. Y él, después que recibió el dinero, sin vacilar mínimamente promulgó una ley por la que las iglesias serían excluidas de esos límites, y que por el contrario las reclamaciones hechas a esta institución podrían ser ejercidas en cualquier momento dentro de un periodo de cien años. Y esta ley (72) fue aplicable no sólo para Emesa, sino también para todo el imperio Romano (73) . Y para aplicar este decreto envió a Emesa a cierto Longino, hombre enérgico y fuerte físicamente, quien después también ocupó el oficio de prefecto de Constantinopla. Y aquellos que llevaban los negocios de la iglesia reclamaron de aquellas personas dos centenarios en base a esas falsificaciones. E inmediatamente se aseguraron el convencimiento de Longino, pues los demandados no pudieron defenderse debido al gran lapso de tiempo que había pasado y a la ignorancia de los hechos. Y todos los demás ciudadanos estaban muy apenados por esto y enojados con los acusadores, sobre todo los notables de la ciudad, que quedaban expuestos a cualquier demanda. Y puesto que el mal se estaba por entonces extendiendo contra la mayoría de los ciudadanos, ocurrió que la providencia de Dios, podría uno decir, intervino como sigue. Longino ordenó a Prisco, el autor de este fraude, que le llevara todos los documentos y cuando este se negó, le golpeó con gran violencia. Y Prisco, no pudiendo soportar el golpe de un hombre tan fuerte, cayó de espaldas y, temblando de miedo por la sospecha de que Longino había averiguado toda la verdad de lo que realmente había hecho, confesó su crimen. Así todo el mal fue sacado a la luz y las denuncias cesaron.
Sin embargo, estas constantes y ordinarias falsificaciones de las leyes Romanas no fueron el único mal que hizo, sino que el emperador también concibió la idea de abolir las leyes que concernían a los Hebreos con el objeto de destruir sus tradiciones. En efecto, si ocurría, por ejemplo, que algún año el calendario hacía que la Pascua Judía caía antes que la Cristiana, prohibía a los Judíos celebrar su festividad, hacer sacrificio alguno a Dios o cumplir cualquiera de sus costumbres. Muchos de ellos fueron fuertemente multados por los magistrados por comer cordero en tal ocasión, como si esto fuera contra las leyes del Estado. Y aunque conozco bien infinidad de otras acciones de Justiniano, no añadiré nada más, pues debo poner fin a mi narración y, además, el carácter del hombre ha quedado revelado con suficiente claridad merced a lo que ha sido dicho.

XXIX. OTROS INCIDENTES QUE LO MUESTRAN COMO UN MENTIROSO Y UN HIPÓCRITA.

Ahora mostraré qué mentiroso e hipócrita era. Liberio, al que recientemente he mencionado, fue depuesto por él de su cargo y en su lugar nombró a Juan, un Egipcio, apellidado Laxarión. Cuando Pelagio, un amigo íntimo de Liberio, supo de esto, preguntó al emperador si la nueva del nombramiento de Laxarión era verdad. Y él inmediatamente lo negó, asegurándole que no había hecho tal cosa y le entregó una carta para Liberio, ordenándole que se mantuviera en su puesto más firmemente y que no lo dejara de ningún modo. Pues no era su deseo, dijo, removerle de esa magistratura en ese momento. Y Juan tenía un tío en Bizancio llamado Eudamonte, quien, habiendo sido elevado al rango senatorio y habiendo adquirido una gran riqueza, fue durante un tiempo Conde de las propiedades personales del emperador. Este Eudamonte, en oyendo esta decisión, también acudió ante el emperador para preguntarle si el cargo era asignado realmente a su sobrino. Y Justiniano, en contradicción con lo que había escrito a Liberio, ahora escribió un documento a Juan, diciéndole que asumiera el cargo con toda tranquilidad, pues, dijo, estaba de su parte y no había cambiado de opinión. Y Juan, convencido por estas afirmaciones, ordenó a Liberio retirarse del cargo, pues había sido depuesto oficialmente. Pero Liberio, con igual confianza basada en la carta recibida del emperador, se negó. Entonces Juan se fue a por Liberio con una guardia armada y Liberio con sus propios soldados se defendió. Durante la lucha muchos murieron, incluyendo el mismo Juan, el nuevo gobernador. A instigación de Eudemonte, Liberio fue convocado a Constantinopla. El Senado investigó el asunto y absolvió a Liberio, ya que lo que hizo había sido en defensa propia y no como agresor. El emperador, empero, no lo dejó en paz hasta que le pagó una multa, que secretamente le había impuesto. Esto muestra el amor de Justiniano a la verdad y cómo mantenía su palabra.
No estará fuera de lugar que cuente la secuela del incidente. Este Eudemonte murió al poco, dejando muchos parientes pero no redactando últimas voluntades. Y hacia el mismo tiempo cierto hombre, llamado Eufratas, que había sido el principal eunuco de Palacio, murió, dejando un sobrino, pero sin hacer testamento que regulara el destino de su considerable hacienda. El emperador se apoderó de ambas propiedades, nombrándose heredero y no dio ni medio óbolo a los herederos legales. ¡Tal respeto por la ley y por la familia mostraba el emperador!. De la misma forma se había apoderado de la hacienda de Ireneo, quien había muerto mucho antes, aunque no tenía ningún derecho para reclamarla.
Y no podría pasar por alto otro incidente directamente relacionado con los antedichos, que ocurrió hacia la misma época. Había un cierto Anatolio, que era el primero de la Curia de Ascalón (74) . La hija de este hombre había sido debidamente casada con un ciudadano de Cesárea (75) , Mamiliano de nombre, varón de linaje muy notable. Y la muchacha era la heredera, ya que era la única descendiente de Anatolio. Estaba prescrito por una antigua ley que cuando un senador en una ciudad muriera sin dejar hijos varones, la cuarta parte de su hacienda fuera entregada a la Curia de su ciudad, mientras que los herederos naturales del difunto disfrutarían del resto, pero el emperador dio en este caso demasiada prueba de su verdadero carácter, pues sucedió que promulgó una ley en ese momento, por la que regulaba los casos de esa clase de una forma diametralmente opuesta, disponiendo por ende que cuando un senador muriera sin descendencia masculina, sus herederos naturales recibirían la cuarta parte de su propiedad y el resto sería transferido al Erario imperial e ingresaba en la lista de la Curia urbana (76) . Y sin embargo nunca desde la creación del mundo había el Erario o el emperador recibido los bienes de un senador. Mientras esta ley estaba vigente, Anatolio murió. Su hija se vio en la obligación de compartir su herencia con el Erario y con el Senado de la ciudad con arreglo a la ley, y recibió cartas del emperador y de la Curia de Ascalón, asegurándole que no habría más reclamaciones de su parte, pues ya habían recibido su parte correcta y justamente (77) . Luego también Mamiliano murió, el hombre que había sido yerno de Anatolio y dejó una única hija, que heredó todos los bienes de su padre, como era de esperar. Pero después ella también falleció, mientras que su madre aún estaba viva, habiéndose casado con un noble pero sin haber tenido ya hijos ni varones ni hembras. Sin embargo, Justiniano se apoderó de toda la hacienda, alegando como justificación que no sería piadoso que la hija de Anatolio, ya anciana, se convirtiera en una mujer rica merced a las propiedades de su padre y de su marido. Pero para que la mujer no quedara en la indigencia, ordenó que le fuera entregada una moneda de oro al día mientras viviera, escribiendo en el decreto, por el cual le robaba sus bienes, que le daba ese dinero por piedad: “porque es mi costumbre, dijo, hacer lo que es pío y recto”.
Pero en cuanto a estos asuntos es suficiente con referir tales hechos, para que mi relato no sea excesivo, ya que no es posible para ninguna persona contarlo todo. Pero que Justiniano no veló por los Azules siquiera, que tanto le apoyaban, cuando había dinero en juego, lo referiré ahora. Vivía un Cilicio llamado Maltanes, yerno de aquel León que, como he dicho, era Referendario (78) . Justiniano envió a este Maltanes a restaurar el orden entre los Cilicios. Bajo este pretexto Maltanes infligió intolerables sufrimientos a la mayoría de sus paisanos y les robó todo su dinero, algo del cual envió al tirano, enriqueciéndose injustamente con el resto. Entonces algunos soportaron su desgracia en silencio, pero aquellos que en Tarso eran Azules, confiando en el favor de la emperatriz, se reunieron en el Foro para insultar a Maltanes, quien no estaba presente. Cuando Maltanes supo de esto, rápidamente acudió a Tarso con muchos soldados. En llegando con las primeras luces del amanecer, ordenó a sus soldados que entraran en las casas y las saquearan. Pensando que aquello era una invasión de enemigos, los Azules se defendieron. Y entre otros males que se produjeron en medio de la oscuridad nocturna, sucedió que Damián, un senador, fue asesinado por herida de flecha. Este Damián era el patrón de los Azules en la ciudad. Y cuando nuevas llegaron a Bizancio de estos sucesos, los Azules se indignaron, movieron gran tumulto por toda la ciudad, se quejaron violentamente al emperador y profirieron contra León y a Maltanes las más terribles amenazas. El emperador simuló estar no menos enojado por el asunto e inmediatamente escribió ordenando una investigación y el castigo de Maltanes. Pero León le entregó una gran suma de dinero, de modo que ahí finalizó su investigación y su interés por los Azules. Dejado el suceso sin investigar, Maltanes luego llegó a Constantinopla ante el emperador y fue recibido muy amistosamente y lo tuvo en gran honor. Pero cuando se marchaba, los Azules, que no se olvidaban del asunto y lo estaban vigilando, se arrojaron sobre él en el mismo Palacio y lo habrían matado si uno de los Azules, sobornado por León, no lo hubiere impedido. Y, sin embargo, ¿quién no llamaría misérrimo al Estado, en el que el emperador acepta sobornos para paralizar cualquier investigación y en el que los facciosos, por su parte, mientras el emperador está en Palacio osan atacar a uno de sus magistrados y ejercer violencia sobre él?. Sin embargo, ningún castigo fue impuesto ni a Maltanes ni a sus agresores. Y por este solo hecho se puede colegir bien el carácter de Justiniano.

XXX. OTRAS INNOVACIONES DE JUSTINIANO Y TEODORA, Y UNA CONCLUSIÓN.

Y en cuanto a la cuestión de si Justiniano tuvo en alguna consideración el bienestar del imperio, las cosas que hizo a los magistrados y espías arrojarán luz. Los emperadores Romanos precedentes disponían de un sistema de correo público que les permitía saber fácil y rápidamente de invasiones del enemigo en cualquier provincia, de sediciones en las ciudades o de cualquier otro inesperado problema, de las acciones de los gobernadores y de cualesquiera otros que estuvieran en cualquier parte del imperio Romano. Este sistema era como sigue. En la distancia que abarcaba una jornada de camino para un viajero (79) , se establecieron postas, a veces ocho, a veces menos, pero en general no menos de cinco. Y en cada posta había preparados no menos de cuarenta caballos y un número de mozos de cuadra en proporción al número de caballos. Y merced al relevo frecuente de caballerías, que eran de las mejores razas, los viajeros podían avanzar en un día el trayecto de diez jornadas y cumplir por ello la misión que se les había encomendado. Además, los campesinos en todas partes y sobre todo si sus tierras se extendían en el interior, eran muy prósperos gracias a este sistema, porque cada año vendían los excedentes de sus cosechas de grano al gobierno para el mantenimiento de caballos y mozos, y así ganaban mucho dinero. Y el resultado de todo esto fue que mientras el Erario regularmente recibía los impuestos fijados a cada hombre, los que pagaban los impuestos recibían su dinero de nuevo inmediatamente (80) y así el imperio lograba un efecto beneficioso.
Esta era la situación antaño. Pero este emperador primero abolió las postas desde Calcedonia a Daciviza (81) y obligó a los correos, muchos contra su voluntad, a viajar desde Constantinopla directamente a Helenópolis por mar. Cuando embarcaban entonces en pequeños botes de la clase que la gente solía usar para cruzar el estrecho, en caso de que una tormenta les sobreviniera, se encontraban en un enorme peligro (82) . Puesto que se les exigía rapidez, no podían esperar a que la tormenta acampara sino que precipitadamente debían proseguir viaje. Y en segundo lugar, mientras que en la ruta que conducía a Persia permitió que el antiguo sistema se mantuviera, sin embargo en las restantes vías que transcurrían por Oriente hasta Egipto sólo consintió que hubiera una posta para cada jornada de viaje, empleando para ello mulas, no caballos, y sólo unas pocas. No hay que admirarse, consecuentemente, de que los acontecimientos que se producían en cada provincia fueran comunicados con dificultad y demasiado tarde como para dar oportunidad para actuar, de modo que no se podía seguir a tiempo el curso de los sucesos, y además los campesinos, pudriéndose su grano por no venderlo, perdían continuamente sus antiguos beneficios.
Y el asunto de los espías es como sigue. Muchos hombres de los antiguos tiempos eran mantenidos por el Estado, hombres que irían a un país enemigo, especialmente al imperio de los Persas, ya so pretexto de vender algo, ya utilizando cualquier otro ardid, llevaban a cabo sus averiguaciones y luego regresaban a territorio Romano, donde podían contar todos los secretos de los enemigos a los magistrados. Y estos, provistos con esta ventajosa información, estarían en guardia y nada imprevisto les acaecería. Y esta práctica había existido entre los Medos también en tiempos lejanos. De hecho, Cosroes, según dicen, incrementó los salarios de sus espías y se benefició de esta precaución, porque nada que ocurriera entre los Romanos escapaba a su conocimiento. Pero Justiniano, por su parte, negándose a gastar nada en absoluto, dejó de utilizar espías y por consecuencia de ello se cometieron muchos errores. Lazica, verbigracia, fue capturada por el enemigo, porque los Romanos habían fallado completamente en descubrir dónde estaba el rey Persa y su ejército. Igualmente el Estado había siempre mantenido gran número de camellos, que transportaban todo el bagaje cuando el ejército Romano marchaba contra el enemigo. Así, los campesinos no tenían que procurar transporte al ejército y los soldados no padecían necesidades. Pero Justiniano se deshizo de casi todos estos animales. Por ello, cuando hoy el ejército Romano marcha contra el enemigo, es imposible que disponga de todo lo que necesita. Tal era el celo que Justiniano desplegaba en interés del imperio.
De esta manera los asuntos más importantes del imperio marchaban tan mal. Y no hay inconveniente en mencionar también una de las tonterías de Justiniano. Había entre los oradores de Cesárea un cierto Evángelo, hombre de no poca distinción, quien, favorecido por la fortuna, había adquirido mucho dinero y muchas tierras. Y después compró incluso una aldea en la costa marítima a un hombre llamado Porfirión, pagándole tres centenarios de oro. Sabiendo esto, el emperador Justiniano inmediatamente se subrogó en su lugar en la compra, devolviéndole sólo una pequeña parte del precio que había pagado, haciendo el comentario de que nunca casaría bien la titularidad de tal propiedad con la dignidad de Evángelo, un mero orador. Pero nada más diré más sobre estos asuntos, una vez que en cierto modo he hecho mención de ellos.
Y entre las innovaciones de Justiniano y Teodora en la administración del gobierno hay algo digno de ser contado. Antaño, cuando el Senado se aproximaba al emperador, le prestaba homenaje de la siguiente manera. Cada patricio le besaba en el pecho derecho. Y el emperador le besaba en la cabeza y luego lo despedía. Todos los demás se arrodillaban con la rodilla izquierda ante el emperador y después se retiraban. La emperatriz, empero, nunca había sido saludada. Pero en el caso de Justiniano y Teodora, todos los miembros del Senado y aquellos que también ostentaban el rango de patricio, cuando entraran en su presencia, se postraban con sus caras al suelo, extendían sus manos y pies, y besaban primero un pie y luego el otro del Augusto antes de levantarse. Ni Teodora renunció a recibir este testimonio de respeto a su dignidad; igualmente se comportaba como si el imperio Romano estuviera a sus pies, pues incluso recibió a los embajadores de los Persas y de otros bárbaros y les entregó presentes, una cosa que no había ocurrido desde el principio de los tiempos. Y mientras otrora aquellos que trataban con el emperador simplemente solían llamarlo “emperador” y a su consorte “emperatriz” y tenían acostumbrado dirigirse a cada magistrado según su rango correspondiente, sin embargo si alguno se ponía a conversar con alguno de los dos y usaba las palabras “emperador” o “emperatriz” y no las de “señor” o “señora” o se olvidaba de referirse a sí mismo como “su esclavo”, era considerado un ignorante o un insolente, y caía en desgracia como si hubiere ejecutado algún horrendo crimen o cometido algún pecado imperdonable.
Y mientras que pocas eran las personas que en antiguos tiempos entraban en Palacio, y estas aún con dificultad, sin embargo desde los tiempos en que asumió el imperio, magistrados y demás personas permanecían constantemente en Palacio. Y la razón era que en días pasados se permitía a los magistrados hacer lo que era justo y legal conforme a su propio juicio. Por ello los magistrados, ocupados en sus tareas administrativas, solían permanecer en sus propias oficinas, y los súbditos del emperador, puesto que nadie veía ni oía acto alguno de violencia, iban a importunarle poco, como era de esperar. Pero estos dos emperadores, siempre manejando en sus manos todos los negocios para ruina de sus súbditos, obligaban a todos a acudir atentos a ellos y a suplicar como siervos. Y era posible ver, prácticamente cada día, los tribunales casi vacíos, mientras que el Palacio del emperador estaba lleno de una multitud que empujaba y daba pisotones y que nada hacía todo el rato sino servilismo. Y aquellos que se suponía eran íntimos de la pareja imperial, estando constantemente allí todo el día y buena parte de la noche, sin dormir ni comer, terminaban por quedar mortalmente exhaustos. Y esto era lo único que lograban merced a su presunta buena fortuna. Y todos aquellos que se veían libres de esta clase de cosas, se preguntaban unos a otros qué sería de la prosperidad de los Romanos. Pues, mientras algunos decían que todos los bienes y dineros estaban en poder de los bárbaros, otros mantenían que el emperador los había ocultado en un gran número de habitaciones especiales. Así, cuando Justiniano, sea hombre o rey de los demonios, abandone las cosas de este mundo, todos aquellos que tengan la fortuna de haberle sobrevivido sabrán la verdad.

 

 

Notas.

(66) Como los rétores eran solicitadores profesionales, se dedicaban también a la abogacía. Por eso se puede hablar de rétores-abogados. Volver

(67) El consulado fue abolido en 541 d. C. Volver

(68) Es decir, los panaderos se vieron obligados por causa de las medidas del emperador a adulterar el pan y además cobrarlo más caro. La gente pagaba más por un pan peor. Volver

(69) Iglesia mandada construir por Constantino I, cuyo emplazamiento es ocupado por la actual Basílica de San Pedro del Vaticano. Volver

(70) Como Logotete, oprimió a los soldados cruelmente, siendo considerado capaz de mondar las monedas de oro sin alterar su forma. Volver

(71) El segundo Concilio de Calcedonia, que definió la naturaleza divina de Cristo (451 d. C.). Volver

(72) Esta fue promulgada por Justiniano en el 535 d. C., en la Novela 9: “cum enim antiqua iura triginta annorum metis temporales exceptiones circumcludebant et, si hypotheca fuerat, paulo longiora eis spatia condonabant, nos . . . centum tantummodo annorum lapsu temporalem exceptionem eis opponi sancimus . . .”, esto es, “en tanto que las antiguas leyes decretaban que las reclamaciones en base al tiempo se limitarían a un periodo de treinta años, y, si se trataba de una hipoteca, se aumentaba el plazo, Nos establecemos que una reclamación contra las iglesias en base al tiempo puede ser paralizada tras un lapso de cien años”. De nuevo, en 541 d. C., en la Novela 111, decreta: “constitutionem, quae praescriptionem centum annorum locis venerabilibus dederat”, esto es, “una constitución (publicada por el emperador) que había garantizado una limitación de cien años a las fundaciones religiosas”. Volver

(73) Prisco se propuso enriquecer a la iglesia incrementando una herencia a la que había sido llamada como heredera, y realmente (si hemos de creer a Procopio) logró una decisión formal del emperador, que aseguraba a la iglesia no cuarenta, como antes, sino cien años para reclamar. Entretanto falsificó pruebas a favor del estado, hechas por su mano experta, aumentando la cantidad esperada por la iglesia y asegurándose un porcentaje para sí. Su descubrimiento impidió la consumación del plan. Volver

(74) Ciudad de Palestina.
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(75) Cesárea en Palestina, ciudad natal de Procopio. Volver

(76) La lista oficial senatoria, como el album senatorium en Roma. Volver


(77)Es decir, que el Erario ya no reclamaría la cuarta parte de la propiedad que la nueva ley asignaba a ella como heredera. Volver


(78)Secretario privado. Volver


(79)Unas veinticuatro millas. Volver


(80)En forma de pago por las provisiones suministradas por ellos. A los campesinos se les pagaba con sus impuestos. Volver


(81)Moderna Gebize. Volver


(82)La nueva ruta suprimió el trayecto por tierra de unas veinticuatro millas (desde Calcedonia a Daciviza), poniendo en su lugar otra, igualmente directa, aunque más lenta, por mar, que conectaría con la calzada que habría en este sitio (Daciviza) ligeramente más allá de la desembocadura del moderno Golfo de Ismid. Esta medida devino en una cierta pérdida de tiempo, que podía llegar a ser seria en caso de tormenta, porque la travesía a lo largo de la costa estaba expuesta a los vientos del Sur, que a menudo dan problemas. Por otra parte, a cuatro postas de caballos les correspondían unos ciento sesenta caballos. Volver

 

 

 

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