LA
BATALLA DE CARRHAE
Por:
Carlos Javier Pacheco López
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Dicen
los saberes populares que la avaricia rompe el saco. Cuanto más
grande será el daño resultante si esa avaricia no
tiene límites y llega a poseer totalmente a su presa privándola
de toda lógica y sentido común para terminar precipitándola
al abismo.
Los sucesos históricos que voy a describir son un claro ejemplo
de uno de los mayores males que amenazaban la existencia de la República
Romana en sus últimos años. La ambición desproporcionada
de hombres que por anteponer su interés al de su patria se
embarcaron en empresas que les venían demasiado grandes.
Hombres que disponían de los mejores ejércitos del
mundo entonces conocido al servicio de sus intereses privados y
que cegados por su ambición, costaron a Roma la vida de miles
de sus hijos.
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I. ANTES DE LLEGAR A SIRIA:
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Durante
su segundo consulado, en el año 54 a.C., Craso y Pompeyo
hicieron que se prorrogara el mandato de César como
procónsul en la Galia por cinco años. Así mismo,
hicieron que se les otorgase a ellos también un proconsulado
por el mismo periodo de tiempo. Las provincias más apetecibles
eran Siria y las Hispanias. Lo echaron a suertes y al final le tocaron
éstas a Pompeyo y aquella a Marco Craso.
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Nunca
ocultó éste último su ilusión por lo que tramaba.
Pretendía emular a sus compañeros de triunvirato en fama
militar y satisfacer al mismo tiempo la mayor de sus debilidades: su enorme
avaricia. Hasta tal punto estaba dominado por ella que lejos de considerarla
un defecto la tenía por virtud y despreciaba a aquellos que carecían
de la misma. Ni
aún en presencia de extraños disimulaba Craso el
entusiasmo que le producía su inmediato futuro.
Dejándose llevar por sus fantasías se veía a si mismo
como un nuevo Alejandro Magno llegando hasta la India y aún
más allá. Estas cosas sorprendían a aquellos que
lo conocían porque aunque Craso siempre había sido
un hombre ambicioso podía presumir de tener una cabeza muy bien
amueblada y nunca había sido jactancioso ni se había dejado
llevar por la avaricia hasta el punto de perder la lógica. Era
realmente chocante que a su edad, que ya pasaba de los sesenta, profiiera
expresiones pueriles y carentes de sentido ilusionado como un niño
cuando hablaba de tales cosas. En mi opinión esa actitud, extraña
en él para sus contemporáneos, refleja hasta cierto punto
que la edad le estaba jugando una mala pasada y ello lo corrobora las
necedades que cometería después en la expedición.
No se dijo nada sobre una guerra con los Partos cuando se aprobó
legalmente el reparto de las provincias entre él y Pompeyo.
Aquellos no eran ninguna amenaza para Roma en ese momento y solían
estar más ocupados en sus luchas internas por el poder que en la
posibilidad de extender sus dominios. Por otro lado, nunca habían
vulnerado los acuerdos suscritos en su día por Sila, ratificados
posteriormente por Lúculo y Pompeyo, que señalaban
el río Eúfrates como frontera natural entre Roma y Partia.
Sin embargo, quienes conocían bien a Craso sabían
que no se conformaría con explotar Siria pues para ello no era
necesario un ejército tan numeroso como el que pretendía
desplazar hasta allí. Su excusa era que al no ser Siria una provincia
estable le haría falta un buen ejército para defender los
intereses de Roma. No obstante, siete legiones más los auxiliares
que tenía reclutados y los que pensaba reclutar era una cantidad
de efectivos militares demasiado grande como para engañar a nadie.
El mismo César, su amigo y deudor, le escribió desde
las Galia felicitándole por el resultado del sorteo y diciéndole
que se diera prisa en ir a la guerra pues sin duda no tardaría
alguien en tratar de ponerle impedimentos legales. No se equivocaba César.
En Roma se olía desde lejos lo que pretendía Craso
y un grupo de hombres encabezados por el tribuno de la plebe Ateyo
Capitón quiso oponerse a la expedición.
Para poner freno a Craso intentó Ateyo atraerse a
Pompeyo, pero éste era fiel a lo pactado con sus compañeros
de triunvirato y tan grande en auctoritas en ese momento que sólo
gracias a que lo vieron junto a Craso con aspecto risueño
cuando se disponía a partir, no se atrevió nadie a armar
alborotos. Aún así no se acobardó el tribuno e intentó
impedir la partida de Craso ordenando que lo detuvieran. Los otros
tribunos lo impidieron y de nada sirvió. Ateyo no dominaba
a las masas como un Graco o un Saturnino y evidentemente
Craso y Pompeyo eran peces demasiado grandes para él.
No obstante no se dio por vencido y poniéndose en medio del camino
por el que tenía que pasar Craso para salir de Roma, esperó
que llegara hasta donde estaba él y lo maldijo públicamente
invocando a dioses terribles cuya sola mención pública hacía
estremecerse a cualquier romano. A más de uno se le pondrían
los pelos de punta al oir al tribuno de la plebe soltar esas maldiciones.
A efectos prácticos no le sirvió de nada porque lo quitaron
del camino y Craso salió de Roma hacia Brindisi, pero indudablemente,
esas maldiciones no cayeron en saco roto dado que aquellos que las oyeron
o conocían las tuvieron presentes cada vez que algo no iba bien
a lo largo de la expedición.
Al llegar a Brindisi se encontró Craso con que el mar estaba
revuelto y había tormentas, pero ni aún así se detuvo
a esperar a que los temporales amainaran como hubiera hecho cualquier
persona cabal. Al contrario, embarcó de inmediato. En la travesía
se perdieron varios barcos como era de esperar pero no pareció
preocuparle demasiado al triunviro. Al llegar a la península Anatolia
decidió continuar el viaje por tierra y atravesó Cilicia.
Llegó hasta el río Eúfrates y lo cruzó con
su ejército violando así el tratado de paz con los Partos.
Su primera incursión en terreno enemigo fue encaminada a reconocer
el territorio de Mesopotamia. Además, tomó varias ciudades
sin grandes dificultades pues muchas de éstas se rindieron sin
luchar porque no esperaban el ataque ni estaban preparadas para defenderse.
Otras, de origen griego o semigriego, esperaban la llegada de los romanos
para librarse de la dominación de los Partos (1).
En una de ellas llamada Zenodocia le mataron a cien de sus soldados, por
lo que tras sitiarla con éxito y saquearla vendió a todos
sus habitantes como esclavos. Sólo por esa nimiedad permitió
que su ejército le saludara como imperator, un hecho vergonzoso
para cualquier romano pues esa pequeña gesta no era merecedora
de tal tratamiento. Tras tomar varias ciudades y dejar siete mil soldados
de infantería y mil de caballería repartidos como guarnición
entre ellas, se dirigió Craso con su ejército hacia
Siria para pasar el invierno allí.
Silaces, el sátrapa parto de la zona, no pudo oponer seria
resistencia por haberle cogido desprevenido el ataque y no contar con
un ejército lo suficientemente numeroso para defenderse. Tras ser
derrotado fácilmente en una pequeña batalla cerca de Ichnae
en la que fue herido, logró escapar y se dirigió a darle
la noticia personalmente a su rey.
II. LA SITUACIÓN EN PARTIA Y SIRIA:
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Gobernaba
en Partia en el año 56 AC el rey Phraates III que tenía
dos hijos: Mitrídates y Orodes. Entre ambos intrigaron
contra su padre y lo asesinaron. Tras esto, subió entonces
al trono el mayor de los dos hermanos que gobernaría como Mitrídates
III. Una vez rey, declaró Mitrídates la guerra
a Artabaces de Armenia (2)
que había sucedido a su padre Tigranes ese mismo
año. Armenia era aliada de Roma y eso significaba la excusa
perfecta para inetervenir allí. No obstante, como fue siempre
habitual
en la historia de Partia, continuaron
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las
luchas internas por el poder y la guerra con Armenia pasó
a un segundo plano al enfrentarse Mitrídates con su
hermano Orodes. Encabezados por el enérgico Surena,
la facción de poder que apoyaba a Orodes destronó
a Mitrídates, lo que empujó a éste a
buscar la alianza con Roma. Una Partia dividida por una guerra civil
era un manjar demasiado apetecible como para ser ignorado por un
gobernador romano en Siria y seguramente Aulo Gabinio, que
por aquel entonces desempeñaba ese cargo, se frotó
las manos pensando que a río revuelto ganancia de pescadores.
La provincia romana de Siria era un auténtico nido de avispas.
Los judíos nunca habían aceptado su forzosa incorporación
al mundo romano y continuamente se sublevaban. De hecho, fueron
el único pueblo de Siria al que Pompeyo se vio obligado
a someter por la fuerza lo que tuvo como consecuencia que les hicieran
pagar unos impuestos superiores a los de otros pueblos de la zona.
A todo esto había que sumarle los constantes ataques de los
pueblos árabes vecinos. Debido a que los tres primeros gobernadores
romanos de Siria: Escauro, Marcio Filipo y Léntulo
Marcelino se pasaron sus respectivos dos años de mandato
defendiéndose de los ataques árabes y controlando
a los judíos, decidió el senado de Roma que los futuros
gobernadores de esa provincia tendrían el rango de procónsules
para que de esa manera tuvieran la potestad de levar tropas y declarar
la guerra en nombre de Roma si lo consideraban necesario.
Gabinio fue el primero de los gobernadores romanos de Siria
con ese rango. Su gobierno en la provincia no fue precisamente un
camino de rosas. Para empezar se vio obligado a aplastar las rebeliones
encabezadas por Alejandro, hijo del rey judío Aristóbulo
y de éste último una vez consiguió escapar
de Roma donde había sido llevado prisionero en su día
por Pompeyo. Tras estos sucesos, se dedicó a preparar
un ejército para atacar a los pueblos árabes vecinos
cuando le llegó la petición de Mitrídates
III de Partia para que le ayudara a recuperar su trono. Gabinio
no se lo pensó dos veces y olvidándose de los árabes
comenzó a preparar el ataque a Partia. Sin embargo, cuando
la guerra con el país oriental era ya inminente le llegó
la petición de otro rey destronado. Esta vez se trataba de
Ptolomeo Auletes (3)
que le pedía ayuda para restaurarlo en el trono de Egipto,
del que había sido derrocado, a cambio de una gran suma de
dinero.
Posiblemente
por parecerle una empresa más sencilla y a la vez lucrativa
decidió Gabinio dar prioridad a la petición
del Ptolomeo y al frente de sus tropas se dirigió
hacia Alejandría para reponerlo en el trono. Evidentemente
si llegabas a ser gobernador de Siria en esa época y no te
hacías rico era porque no querías.
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Entre tanto, Mitrídates III de Partia, con todo en su contra,
no tuvo más remedio que refugiarse en Babilonia que junto con Seleucia
del Tigris se declaró a favor del mayor de los dos hermanos que
luchaban por el trono. Los romanos no llegaron en su ayuda porque Gabinio
estaba en Egipto. El que si llegó fue el temible Surena
al frente de un poderoso ejército. Éste, tras tomar la ciudad
de Seleucia, rindió por hambre a Babilonia. Como era de esperar,
Mitrídates III fue capturado y ejecutado por orden de su
hermano, el nuevo rey Orodes II de Partia.
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El fin de la guerra civil en Partia fue un duro revés para Gabinio.
Además tuvo que someter una nueva rebelión de los judíos
que había estallado durante su estancia en Egipto. Sin embargo
no se echó atrás el romano en su intención de atacar
a Partia tras aplastar la citada rebelión. Sería una empresa
más complicada pero igualmente sacaría tajada del asunto.
Ya lo tenía todo dispuesto cuando los caprichos de la diosa Fortuna
tomaron otra dirección y mudaron su suerte. A finales del 54 a.C.
llegó a la provincia de Siria el cónsul Marco Licinio
Craso y le relevó del mando. Para colmo, Gabinio fue
llamado a Roma por el Senado, se le acusó de concusión y
se le condenó al destierro.
La intervención armada en Egipto estaba prohibida por los libros
de la Sibila porque traería mala suerte. Al final la profecía
se cumplió, pero en el propio Gabinio.
III. EN SIRIA:
Al llegar a Siria para pasar el invierno se unió a la expedición
de Craso su hijo Publio que traía consigo mil jinetes
eduos, regalo de César, para reforzar su caballería.
Ya a esas alturas había cometido Craso un error imperdonable.
Al cruzar el Eúfrates por primera vez y apoderarse de varias ciudades
había puesto en guardia a los Partos y les había dado tiempo
de organizarse mientras los romanos pasaban el invierno en Siria. Perdió
por tanto el factor sorpresa que tantas veces es decisivo en una guerra
y le concedió al enemigo un tiempo precioso para organizarse. Posiblemente
Craso se daba cuenta de ello pero desconocía el verdadero
potencial de su enemigo. Sin duda subestimaba a los Partos y pensaba que
vencería sin grandes complicaciones. Si hubiera proseguido su avance
durante la primera incursión en territorio enemigo aprovechando
el factor sorpresa y hubiera pasado el invierno allí en vez de
regresar a Siria, posiblemente habría ganado todo el territorio
al este del Tigris sin demasiadas complicaciones. Por otro lado sólo
se hizo con el control de aquellas ciudades que podía tomar por
un asalto repentino desechando la posibilidad de hacerse con otras. Gran
parte de los siete mil soldados de infantería y mil de caballería
que dejó en las distintas guarniciones de las ciudades tomadas
fueron presa fácil del contraataque parto que ocurrió estando
Craso en Siria y se perdieron inútilmente. Según
Plutarco, en muchas ciudades estas guarniciones eran en la práctica
prisioneros de las mismas.
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Legionario
romano de la epoca
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Arqueros
a caballo partos.
Osprey
Publishing
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Catafractos
partos
Osprey
Publishing
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Durante
el invierno en Siria siguió cometiendo errores.
En primer lugar no ejercitó a las tropas, con lo que ello
supone de relajamiento de la disciplina y de estado de forma de
los soldados.
En
segundo lugar se dedicó a escribir a todos los pueblos y
autoridades de la zona haciéndoles saber el número
de hombres que debían poner a su servicio o la cantidad que
debían pagar para no tener que ceder a esos hombres. Con
eso se ganó gran descrédito y desprecio al tiempo
que enlodaba con su avaricia el nombre de Roma y ponía en
juego la estabilidad de una zona que ya de por si era inestable.
Más aún cuando ordenó "recaudar fondos
para la guerra" a costa de despojar de sus riquezas a los templos
y santuarios de la provincia. Tal vez fuera éste el motivo
real de que decidiera invernar allí. Entre los templos más
importantes que despojó de sus riquezas se encontraba el
de los Judíos en Jerusalén. Ya en su día dolió
y mucho al Pueblo Judío que extranjeros pusieran al descubierto
el recinto sagrado de su Templo que hasta entonces había
permanecido sin ser visto (4).
Más aún, cuando Pompeyo entró con los
suyos en la cámara del santuario, hecho que sólo era
permitido al Sumo Sacerdote. Allí se encontró Pompeyo
con
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muchísimos
objetos sagrados de oro y un tesoro de casi dos mil talentos. Sin
embargo no se apropió de nada sino que dejó todo tal
como estaba y respetó las costumbres hebreas, con lo que
se ganó al pueblo por su benevolencia.
Craso en cambio se apropió de todo lo que había
allí haciendo brotar la semilla de un rencor hacia los romanos
que duraría generaciones.
En tercer lugar, una serie de presagios
negativos empezaron a desmoralizar a la tropa no sólo estando
en Siria sino durante el viaje posterior a lo que había que
sumar las maldiciones de Ateyo. Sabiendo
Craso lo supersticiosos
e impresionables que eran los soldados romanos con este tipo de
cosas, no se molestó en pagar a un adivino para que prometiera
buenos augurios ni en tomar ninguna medida para que la moral de
las tropas se mantuviera alta. Tampoco hizo caso a las sugerencias
de sus oficiales cuando le pedían tiempo para intentar levantar
la moral del ejército. Tenía demasiada prisa por adquirir
nuevas riquezas y eso era lo único que ocupaba y preocupaba
a su mente.
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Familia arabe, mosaico de la epoca imperial, Edessa.
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Durante el invierno, empezaron a llegar a Siria algunos soldados de las
guarniciones romanas que había dejado Craso en las ciudades
conquistadas y que habían conseguido escapar tras el contraataque
parto. Éstos trajeron noticias de lo numerosos que eran los enemigos
y de sus características, describiéndolos con todo detalle
y advirtiendo de su peligrosidad. Los soldados romanos se llevaron una
gran impresión al llegarles estas nuevas y empezaron a ser conscientes
de que desconocían al enemigo al que se iban a enfrentar. Seguramente
pensaban que sus ejércitos serían como los del Ponto y Armenia
a los que Lúculo había derrotado contundentemente.
Se les había vendido una campaña fácil con la que
acumularían botín y gloria, pero parecía que eso
no iba a ser así. Parte de sus oficiales llegaron a la conclusión
de que el triunviro se estaba precipitando y que debía recapacitar
sobre muchas cosas que había pasado por alto. Más aún
cuando los agoreros no hacían más que dar presagios terribles
de lo que se les venía encima a los romanos con la mella que hacía
eso en los soldados. Marco Licinio Craso se negaba a prestar oídos
a nadie que no fuera a sí mismo y a su avaricia.
La estrategia militar de Craso consistía en marchar directamente
sobre Mesopotamia y tomar Seleucia del Tigris y Babilonia. Sabía
que los Partos nunca contaron con las simpatías de las ciudades
griegas y semigriegas de la zona y que muchas de ella les apoyarían
para librarse de aquellos como ocurrió en la primera incursión
en territorio enemigo. Para llegar hasta allí pensaba tomar el
camino más rápido atravesando las llanuras de Mesopotamia.
Esa estrategia era demasiado arriesgada porque para derrotar a los ejércitos
partos en terreno llano había que contar con una caballería
en condiciones de hacer frente a la suya. La caballería ligera
con la que contaban los romanos no era la más adecuada para esa
misión. Se exponía Craso a un enfrentamiento en espacios
muy abiertos y llanos en los que las maniobras de los jinetes arqueros
del enemigo, protegidos por su caballería pesada frente a la ligera
del ejército romano, serían letales para las legiones.
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| El
rio Eúfrates a la altura de la ciudad de Zeugma, uno de los
lugares de paso habituales entre los dos lados del rio. |
El rey armenio Artabaces se lo intentó explicar pero el
triunviro no le hizo caso. Aquél, al tener noticias de la expedición,
venía junto a seis mil soldados de caballería que eran su
guardia personal y decía traer otros diez mil jinetes con catafractas
más treinta mil soldados de infantería para que se unieran
a la expedición del triunviro. Como buen ave de rapiña,
acudió a Siria para sacar tajada de las conquistas romanas. Aconsejó
el rey armenio a Craso que atacara Partia desde Armenia pues su
ejército estaría mejor provisto en su reino y tendrían
un camino más seguro frente a la caballería enemiga ya que
atravesarían montes continuos y collados además de otros
sitios inaccesibles para aquellos. Los caballos medos que al igual que
sus jinetes también llevaban cota de malla tendrían serias
dificultades en ese terreno donde no serían efectivos frente a
romanos y armenios. Si ambos ejércitos aliados caían sobre
las tierras centrales de Partia al sur del mar Caspio en un ataque rápido
y tomaban las ciudades principales como Ecbatana, el golpe podría
ser decisivo para la guerra. Si además conseguían atrapar
al rey Orodes y a su familia con vida la guerra estaría
prácticamente ganada y en el caso de que este muriera posiblemente
estallaría una nueva guerra civil entre los aspirantes a la sucesión,
lo cual beneficiaría también a romanos y armenios.
Contestó Craso a Artabaces que prefería avanzar
por Mesopotamia con el pretexto de socorrer a los soldados que había
dejado en las guarniciones de las ciudades que había tomado. Probablemente
la verdadera razón de que el triunviro desestimara ese buen plan
que se le ofrecía fuera que, de dar resultado, hubiera tenido que
compartir casi la mitad de lo ganado con el rey armenio y eso mucho más
de lo que estaba dispuesto a ceder a cambio de ayuda. Por otro lado tampoco
pensaba que la caballería de los Partos pudiera hacer nada contra
su ejército porque, como ya dijimos antes, no sabía o no
quería saber con quienes se iba a enfrentar. Al ver Artabaces
que no podría sacar tajada porque la expedición iba a ser
prácticamente suicida estando guiada un ciego, optó por
retirarse con su ejército. Más le convenía tenerlo
en Armenia para defenderse de los Partos en caso de que reanudaran la
guerra o tal vez para atacar él mientras el enemigo luchaba contra
los romanos. De esta forma, no sólo perdió Craso
a un aliado que le podía haber servido de ayuda por el ejército
que traía consigo y porque conocía mejor que él al
enemigo común, sino que desechó una estrategia que era más
recomendable que la que él tenía en mente. De especial utilidad
hubiera sido todo el contingente de caballería que traía
consigo el rey armenio.
Cuando estaba a punto de movilizar a las tropas para comenzar la expedición
llegaron a Siria los embajadores del rey Orodes, ya alertado de
las intenciones del triunviro tras su primera expedición. Aquellos
le hicieron saber a Craso que si Roma se atrevía a violar los tratados
y a emprender esa guerra contra Partia, ésta sería irreconciliable
y eterna. No obstante, si la primera acción bélica había
sido obra del propio Marco Licinio Craso al margen de su patria
y movido sólo por su ambición personal, el rey estaría
dispuesto a devolver sanos y salvos a los soldados que se habían
quedado en las guarniciones de las ciudades de Mesopotamia y desistiría
de hacer la guerra siempre y cuando el general romano hiciera lo mismo.
Craso, haciendo gala de su soberbia, arrogancia y falta de diplomacia
contestó a los embajadores que ya discutiría ese asunto
cuando llegara con sus tropas a Seleucia del Tigris. Tras oír esto
los embajadores, el más anciano de ellos llamado Vagises le
mostró la palma de su mano y le dijo: "Aquí nacerá
pelo antes que tú veas Seleucia".
| Notas.. |
| (1).
Cuando
el Reino Parto se hizo con el control de parte de los territorios
que pertenecieron al reino Seleúcida, pasó a tener un
amplio sector de población griega. Una serie de ciudades como
Seleucia del Tigris entre otras muchas se mantuvieron como ciudades-estado
autónomas dentro de las satrapías de Partia, conservando
sus propias instituciones y cultura. Volver. |
| (2).
Cuando
Pompeyo terminó su campaña en oriente procedió
a reformar las fronteras de los distintos reinos de la zona. Phraates
III de Partia había sido su aliado contra Mitrídates
Eupator del Ponto y Tigranes de Armenia. Tras derrotar
Pompeyo a Mitrídates Eupator, Phraates III
atacó a Armenia, lo que obligó a Tigranes a pedir
paz a los romanos porque no podía defenderse de los dos enemigos
a la vez tras ser derrotado su aliado póntico. Ambos reyes,
el armenio y el parto, tenían pretensiones sobre la región
de Gordiana situada al este del Eúfrates y al sur del lago
Van. Pompeyo, violando descaradamente el tratado fronterizo
con los partos que poco antes había ratificado él mismo,
ordenó a sus tropas ocupar la citada región y expulsar
a los partos de allí para anexionarla a Armenia. La declaración
de guerra de Mitrídates III de Partia a Artabaces
de Armenia tiene su origen en esa disputa fronteriza.
Volver. |
| (3).
Padre
de la Cleopatra que después sería reina de Egipto
y amante de César y de Marco Antonio.
Volver. |
| (4).
Durante
las campañas de Pompeyo en oriente.
Volver. |
©
2004 Carlos
Javier Pacheco López
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