LA BATALLA DE CARRHAE, II parte

Por: Carlos Javier Pacheco López



IV. RUMBO AL ESTE


Tras estos acontecimientos, ya en la primavera del año 53 a.C., partió el ejército romano desde Siria hacia Oriente con la moral maltrecha. Contaba Craso con siete legiones (incompletas dado que había dejado parte de estas en las ciudades conquistadas el año anterior), cuatro mil auxiliares de caballería y otros tantos de infantería ligera (principalmente arqueros sirios).


Al llegar a Zeugma, ciudad situada al nordeste de Antioquía en la orilla occidental del Eúfrates, se desataron una serie de tormentas bastante fuertes que dañaron en parte el puente que estaban construyendo para cruzar el río. Por temor a que el Eúfrates creciera y se desbordara ordenó Craso cruzarlo a toda prisa en ese momento. Entonces sucedieron varios hechos que fueron tomados por los soldados como presagios negativos de lo que se avecinaba. Sonaron grandes truenos y cayeron varios rayos frente al ejército. Dos de ellos cayeron justo en el lugar donde iban a levantar los soldados el campamento. El caballo de uno de los oficiales, asustado por los truenos, derribó a su jinete y se lanzó al embravecido río en el que desapareció. Temiendo Craso que las tormentas duraran demasiado y el curso del Eúfrates creciera, dio la orden de cruzarlo con la mayor celeridad posible.


Cuando iban a cruzar, el águila de la legión que iba en la vanguardia que estaba clavada en la tierra no pudo ser movida de allí por el aquilifer y tuvieron que ir entre varios a ayudarle. Tal vez fuera casualidad o tal vez como consecuencia del fuerte viento que se desató, dicha águila se volvió del revés a la vista de todos los soldados como si estuviera mirando hacia atrás cuando empezaban a avanzar por el puente. En ese momento había una densa niebla que impedía la visión a los soldados. La organización de las tropas era un auténtico caos. Los soldados tropezaban unos con otros al tiempo que intentaban tranquilizar a los animales asustados por la tormenta. Antes de llegar a la otra orilla uno de los rayos cayó sobre un tramo del puente por el que no había pasado la mayoría del ejército dañándolo seriamente.
Los animales no eran los únicos que estaban aterrorizados. Los romanos podían ser muy valientes ante el enemigo, pero ante las supersticiones....


Tras cruzar el puente, quiso el azar, la falta de sutileza o el descuido de los encargados que la comida que sirvieron a los soldados fueran lentejas y sal. Estos eran considerados por los romanos alimentos de luto que se ofrendaban a los muertos. Evidentemente la moral de la tropa no se benefició todos estos hechos.
Para colmo, el viejo Craso se ganaba a pulso el desprecio del ejército y tras arengarlo para levantarle la moral, dijo que derribaría el puente para que nadie se volviese atrás porque tenía pensado regresar por Armenia tras la victoria. Esta decisión no fue bien recibida por las tropas y más que levantarles la moral se produjo el efecto contrario. Por otro lado, cuando el agorero hizo el ritual pertinente para la expiación del ejército y pasó al general las entrañas del animal sacrificado, estas se le cayeron de las manos delante de toda la tropa. Al margen de que la expedición estaba condenada al fracaso por su incompetencia, peor suerte no pudo tener el general romano. Ni siquiera corría el riesgo de un amotinamiento porque el ejército no tenía la moral suficiente.

Tras cruzar el Eúfrates marchó Craso con su ejército hacia el sur. Envió exploradores para que reconocieran el terreno y estos volvieron para informar de que el territorio por el que se adentraban estaba totalmente despoblado. También habían encontrado huellas que indicaban que un numeroso ejército a caballo había pasado por allí y se había vuelto atrás. Tanto el triunviro como los soldados malinterpretaron el hecho y empezaron a pensar que los Partos eran unos cobardes y no se atreverían a enfrentarse a ellos. Pero no todos subestimaban a un enemigo del que sabían tan poco. Sugirieron entonces los oficiales al general que acuartelara al ejército fortificando el campamento para que las tropas pudieran descansar y aprovechar para tratar de levantarles la moralmientras averiguaban algo más sobre el

edessa

Edessa, y la llamada ciudad elevada (su ciudadela).

ejército enemigo. También le aconsejaron que, de proseguir la marcha hacia Niceforio, sería lo más prudente no alejarse el curso del río por varios motivos. En primer lugar al ser una zona fértil la que circundaba al río, no tendrían que preocuparse por el alimento de los animales ni por el agua. En segundo lugar sería un terreno más recomendable para marchar que cruzar el desierto, sobre todo teniendo en cuenta las altas temperaturas a las que ni romanos ni los galos estaban acostumbrados. En tercer lugar, el río les permitiría no ser rodeados ni atacados por la retaguardia en caso de que el enemigo presentase batalla.


Reflexionaba el triunviro sobre estas cuestiones cuando recibió la visita del príncipe árabe Acbaro, señor de los Mardanos (posiblemente de Edessa). Este personaje había contado con el favor de Pompeyo Magno durante sus campañas en Oriente y muchos lo tenían por fiel a Roma. No tardó el astuto árabe en ganarse la confianza del triunviro y le animó a que atacara a los Partos con la mayor celeridad posible. Debía Craso, según el árabe, evitar todas las demoras que pudiera pues sólo los generales Surena y Silaces estaban preparados para contenerle mientras que no se conocía el paradero del rey Orodes. Por tanto era lo más práctico acabar con aquellos dos antes de que el rey se organizara y se uniera a ellos haciendo la contienda más complicada.


Como buen árabe que comercia con incauto, Acbaro le vendió a Craso lo que pretendía. En realidad Orodes se había dirigido hacia Armenia con un potente ejército para evitar que Artabaces pudiera atacar por allí. El rey parto, que no era tonto ni mucho menos, sabía que el plan de Artabaces sería el más lógico y por ello se preocupó también de un posible ataque desde el norte. Tampoco era Surena ninguna perita en dulce pues, pese a no tener ni treinta años, era ya un general de prestigio. Evidentemente los Partos habían tenido tiempo más que suficiente para organizarse durante el invierno dado que Craso decidió interrumpir la contienda bélica durante esa estación.

La imagen no pertenece a la de Surena, si no a otro noble parto, pero valga para ilustrar el comentario.


Eran Spahbodh Rustaham Suren-Pahlav, mas conocido por todos como Surena.

De Plutarco, Vida de Craso (y hablando de Surena): ...en riqueza, linaje y opinión era el segundo después del rey; en valor y en pericia el primero entre los Partos de su edad y, además, en la talla y belleza de cuerpo no había nadie que le igualara. Marchaba siempre solo, llevando su equipaje en mil camellos, y en doscientos carros conducía sus concubinas, acompañandole dos mil jinetes armados, y de los no armados mucho mayor numero, como que entre dependientes y esclavos suyos podría reunir hasta unos diez mil. Tocabale por derecho de familia ser el que pusiese la diadema al rey de los partos, y él mismo había vuelto a colocar en el trono a Orodes II, arrojado de él, y le había reconquistado Seleucia...

La muerte de Surena enemisto para siempre a la poderosa familia de los Suren-Pahlav con la de los Arsácidas. El ultimo capitulo de este largo enfrentamiento vendrá dado por el apoyo que los Suren-Pahlav dieron al primer sasanida, que pasaría a la historia como Ardashir I, rey que derroco y suplanto a los arsacidas.


También consiguió el árabe meter en la boca del lobo al orgulloso e inconsciente triunviro. Al contrario de lo que le habían aconsejado sus hombres, Acbaro le recomendó atravesar el desierto en dirección sudeste hasta un afluente del Eúfrates llamado Balisso (Balichos) y de allí, seguir su curso hacia el sur hasta su desembocadura en el Eúfrates donde estaba ubicada la ciudad de Niceforio (Nicephorium, una de las que había puesto de su lado durante su primera expedición). De esa manera se ahorrarían varios días de camino y no correrían peligro porque no había partos tan al norte.


Naturalmente que los había y bien que lo sabía Acbaro.


Durante la penosa travesía por el desierto que desmoralizó aún más a la tropa los alcanzaron mensajeros de Artabaces. Éste mandaba noticias a Craso de que Orodes, al frente de un poderoso ejército, estaba atacando Armenia. Por esa razón no estaba en disposición de mandarle refuerzos y le aconsejaba retroceder y dirigirse hacia Armenia donde el terreno era más favorable para derrotar a su enemigo común que en el lugar donde se encontraba. Entre los dos ejércitos, el armenio y el romano podrían aplastar al rey de Partia y a sus tropas dando un paso decisivo para ganar la guerra. Para el caso de que decidiera no ir a Armenia le recomendaba a Craso que se alejara de todo terreno llano por ser más favorable a la caballería del enemigo y que buscara siempre los terrenos montañosos.


Craso no le escribió ninguna respuesta pero le hizo saber a los emisarios que en ese momento no estaba para pensar en Armenia y que ya volvería a ajustarle las cuentas a Artabaces por haberle abandonado en Siria. Una vez más el orgulloso e inconsciente triunviro hacía oídos sordos a sabios consejos.
Acbaro, tras guiar a los romanos durante la mayor parte del trayecto se ausentó con sus tropas cuando ya casi llegaban al rio Balisso y aún fue Craso tan necio de creerse que se adelantaba al ejército romano por razones estratégicas.


V. LA PRIMERA BATALLA

 

La marcha era dura. No sólo por el calor (había llegado ya el verano en una zona alejada del mar y de su efecto regulador de las temperaturas) al que no estaban acostumbrados y el desolador paisaje desértico sino porque Craso ordenaba a la infantería seguir el paso de la caballería siendo el terreno muy arenoso. El ejército romano estaba cansado y desmoralizado. En esto, llegaron varios exploradores que habían sido enviados para reconocer el terreno y dieron noticia al triunviro de que un gran ejército de partos estaba cerca de allí y que a duras penas habían podido escapar de ellos porque el resto de sus compañeros habían caído. Causó gran impacto la noticia, no sólo en las tropas, sino en el propio Craso que engañado por Acbaro no esperaba que hubiera partos tan al norte salvo pequeñas unidades de exploradores que no les habían molestado.

Foto. El territorio en el que Craso se vio sorprendido por el ataque parto, cerca de la actual Harran.


No tardó en reaccionar el general romano y siguiendo los consejos de sus oficiales hizo formar a la infantería extendiéndola lo más posible por el llano y colocando a la caballería en los dos flancos. Sin embargo, al momento cambió de opinión y ordenó a su ejército que formara el cuadro (5).
Con esta formación, dio la orden de seguir avanzando hasta que llegaron al Balisso (6). Al verlo, se produjo gran alivio y regocijo en los soldados tras varios días de penosa marcha por territorio desértico. Se le sugirió a Craso que sería buena idea acampar allí y fortificar para dar descanso a las tropas después de tan dura travesía. Además, en el caso de que tuvieran que retroceder por algún motivo podrían disponer de dicho campamento y mientras el ejército estaba descansando se podría aprovechar la noche para informarse mejor sobre el enemigo. Craso, para variar, no prestó oídos a la lógica y ordenó que sin romper la formación los que quisieran comer o beber lo hicieran. Antes de que los soldados hubieran terminado y sin haber descansado lo suficiente tras la dura travesía, dio la orden de marchar de forma apresurada hasta que finalmente pudieron divisar de lejos al ejército enemigo.


Los partos no parecían numerosos a la vista, pero se trataba de una estratagema de Surena que había ocultado a la mayor parte del ejército tras una reducida vanguardia facilitándole la labor el terreno llano en el que se encontraban. Cuando los dos ejércitos estuvieron más cerca, el general parto dio la señal a sus tropas para que hicieran sonar determinados instrumentos que producían un sonido ronco y terrible. Estos instrumentos eran unos bastones huecos de pieles terminados en unas piezas de bronce y los solían hacer sonar antes de la batalla produciendo un ruido ensordecedor que Plutarco describió como la mezcla entre el rugido de las fieras y los truenos. De esa manera amedrentaban a sus enemigos porque eran conscientes de que el oído era el sentido más sensible a la hora de fomentar el miedo. Evidentemente debió surgir efecto en los romanos, dado que no se habían enfrentado nunca a un ejército parto ni conocían sus estratagemas. Al mismo tiempo, ordenó Surena que el ejército se desplegara para parecer más numeroso que al principio. Éste estaba compuesto únicamente por unidades de caballería: jinetes arqueros y lanceros. La infantería estaba en Armenia bajo las órdenes de Orodes.

Mientras los romanos experimentaban los efectos de ese atronador sonido y la sorpresa del posterior despliegue de la caballería enemiga, ordenó Surena a sus tropas que descubrieran sus armas de las sobrerropas y zamarras que tenían puestas para deslumbrar a los romanos con sus yelmos y corazas aprovechando la luz del sol (7). Acto seguido hizo que un grupo de caballería pesada se lanzara contra las primeras filas romanas. Cuando parecía que se iba a producir el choque, hicieron un amago y dieron la vuelta regresando a grupas. Se trataba de una maniobra de distracción para que los romanos no se dieran cuenta de que las otras tropas estaban rodeando el cuadro. Con estos amagos de la caballería pesada no sólo atraían la atención sobre sí sino que además levantaban una polvareda impresionante en medio del desierto que dificultaba la visibilidad de los romanos.
Al percatarse Craso de cual era la intención de esa maniobra táctica, ordenó a las tropas ligeras que corrieran tras ellos, pero éstas se vieron obligadas a retroceder porque los arqueros a caballo comenzaron a dispararles con una mortal precisión. Al caer heridos los primeros romanos pudieron comprobar no sólo la puntería de los arqueros partos a caballo sino lo mortíferos que eran sus disparos, capaces de atravesar el armamento defensivo que llevaban. Esto era así, porque los arcos que usaban eran más grandes y fuertes que los de los sirios y la curvatura de los mismos hacía que la flecha saliera disparada a gran velocidad. Ésta ventaja les permitía además disparar desde una distancia a la que los arqueros sirios no eran tan efectivos como ellos. Cuando los arqueros a caballo consiguieron rodear el cuadro, se separaron a una distancia prudente para no ser alcanzados y comenzaron a disparar sobre las tropas romanas por todas partes causándoles numerosas bajas. De nada servía que parte de las tropas romanas intentaran ir a por ellos porque se alejaban a gran velocidad disparando hacia atrás con devastadora precisión (8). Evidentemente Surena era consciente de que la victoria pasaba por evitar el choque entre las tropas siempre que fuera posible aprovechando la velocidad de sus jinetes y optar por un ataque a distancia ante el que las legiones eran impotentes.

Los partos desplegaron en la batalla alrededor de los 9.000 arqueros a caballo.


Confiaba Craso en que pronto se les acabarían las saetas a los arqueros a caballo y tendrían que volver atrás permitiendo a su ejército continuar el avance hacia una posición más ventajosa. Pero Surena también había previsto este inconveniente y, no lejos de allí, había colocado una caravana de camellos cargados de flechas. De esa manera cuando a un jinete se le terminaban podía ir hasta allí a buscar más y seguir disparando. Viendo el triunviro que el ataque parto no terminaba nunca ordenó a su hijo Publio que tomara el mando de la caballería y saliera de la formación para forzar al enemigo a renunciar al combate a distancia y a entablar el choque entre ambos ejércitos.


Así pues, tomó Publio Licinio Craso bajo sus órdenes a mil trescientos jinetes (entre los que se encontraban los mil eduos por cortesía de César), trescientos arqueros sirios y ocho cohortes de infantería. Al frente de este contingente se separó del grueso del ejército romano y se dirigió contra los partos. Éstos escaparon al acercarse las tropas romanas haciendo creer que se retiraban para que Publio fuera en su persecución. Sin embargo se trataba de otra de sus estudiadas tácticas y tras la falsa retirada que alejó a las tropas de Publio del resto del ejército romano se reunieron contra él superándole ampliamente en número.


Esperaba Publio que los partos atacaran aprovechando su superioridad numérica, pero en vez de eso, la caballería pesada del enemigo comenzó a cabalgar alrededor de ellos levantando una densa polvareda que impedía la visión a los romanos al tiempo que les dificultaba la labor de organizar a la infantería y cubría los posibles blancos de los arqueros sirios. Entonces los jinetes arqueros, aprovechando la confusión en las tropas romanas, comenzaron a dispararles causándoles numerosas bajas.


Al ver Publio que no podían continuar así y que la infantería no podía hacer otra cosa que cubrirse de la lluvia de saetas, llamó consigo a la caballería y al frente de ésta se lanzó contra el enemigo. Los jinetes galos poco tenían que hacer contra la caballería pesada del enemigo que pese a no llevar escudos estaba ataviada con catafractas (tanto jinetes como caballos) y lanzas largas que empuñaban manteniendo sus cuerpos lejos de las armas cortas de sus enemigos.


Pero aunque llevaban las de perder, combatieron los galos ferozmente y vendieron cara su derrota. Algunos optaron por agarrar las lanzas de sus enemigos y haciéndoles perder el equilibrio los tiraban de su montura. Otros se tiraban de sus caballos y herían a los de los partos en los ijares. Tras una larga y sangrienta lucha vencieron los partos como era de esperar. No sólo se enfrentaban a un ejército superior en número y mejor preparado para ese combate sino además a un clima seco sin la menor humedad y en la estación de verano. Los partos, habituados al mismo, tenían mayor resistencia a esas altas temperaturas y a la sed. Esas circunstancias además de la de tener la moral mucho más alta que la de los galos fueron otros factores decisivos para ganar la batalla. Muchos de los galos agotados por el cansancio y al ver que morían sus caballos se arrojaban ellos mismos contra las lanzas del enemigo buscando una muerte rápida. De las tropas romanas sólo sobrevivieron unos quinientos que fueron hechos prisioneros y algunos pocos que pudieron huir. Publio Craso murió en el enfrentamiento y aunque tuvo la oportunidad de huir abandonando a su ejército prefirió morir en el combate. Los partos le cortaron la cabeza a su cadáver y llevándola consigo se dirigieron de nuevo a donde estaba el grueso de las tropas romanas.
Mientras tanto, Marco Licinio Craso, viendo que la mayor parte del ejército enemigo había ido a enfrentarse a las tropas de Publio aprovechó para desplazar al ejército y situarlo en lugares más ventajosos. Publio había enviado mensajeros a su padre pidiendo refuerzos pero los partos se ocuparon de que éstos no cumplieran su misión. Al final, uno de los mensajeros consiguió llegar a su destino y le dijo a Marco Licinio que si no le enviaba refuerzos de inmediato su hijo estaba perdido. El general reaccionó dando la orden de desplazar a su ejército en auxilio de las tropas dirigidas por Publio, pero ya era demasiado tarde. En ese momento regresaban las tropas enemigas que habían combatido contra las de Publio. Volvieron a hacer sonar el infernal sonido de sus instrumentos y un reducido grupo se paseó delante del ejército romano la cabeza del hijo del general ensartada en la lanza de uno de los jinetes que mostraba en alto para que todos la vieran. Tan maltrecha estaba la moral del ejército romano que lo que debió despertar su ira y deseo de venganza suscitó en su lugar terror y espanto. Craso intentó restablecer el coraje de su ejército pero de nada sirvió porque la desmoralización en éste era profunda.
Entonces, decidió Surena proseguir la batalla y ordenó a la caballería pesada cargar contra las legiones, pero no con la intención de romper su formación, sino para reducirlos lo más posible a un espacio estrecho mientras que los arqueros a caballo hacían llover flechas sobre ellos causándoles numerosas bajas (9). Muchos soldados romanos, al ver las numerosas y lentas muertes de sus compañeros y pensando que aquello era el fin prefirieron tener una muerte rápida y se lanzaron sobre la caballería pesada causándoles escaso daño. La mayoría fueron atravesados por las lanzas del enemigo cuando no caían bajo la eterna lluvia de flechas.


Al llegar la noche, el ejército parto dejó de combatir y se retiró. Tenían los Partos por costumbre no combatir de noche y sólo eso libró al ejército romano de su aniquilación total. La derrota había sido contundente pero ahora había que salvar a los supervivientes de ese infierno escapando de allí antes de que amaneciera. Al final la muerte de Publio había servido para algo, para ganar tiempo hasta que llegara la noche y el resto de sus compatriotas no murieran aniquilados en lo que quedaba del día.



VI. RETIRADA Y LLEGADA A CARRHAE:

La moral del ejército romano debía estar en ese momento un par de kilómetros por debajo del suelo. No sólo se trataba de que habían sido derrotados con contundencia sino que dada la mentalidad del romano de la época, muchos (si no todos) estarían ya plenamente convencidos de que la expedición estaba maldita y condenada al fracaso de antemano por todos los presagios anteriores y por lo vaticinado por los agoreros. ¿Se vengaban así de ellos los dioses de Siria por los sacrilegios cometidos en sus templos y santuarios?. ¿Era todo consecuencia de la ira del misterioso e invisible Jehová de los judíos por haberse profanado su Templo en Jerusalén?. ¿Habían escuchado aquellos terribles y misteriosos dioses las invocaciones de Ateyo Capitón en Roma?.

Foto. Restos de las antiguas murallas de Carrhae.


Los romanos tenían que salir de allí cuanto antes si querían salvar el pellejo y no les quedaba más remedio que abandonar a sus muertos sin darles sepultura ni incineración. Aún se planteaban si socorrer o no a los heridos de gravedad o abandonarlos a su suerte dado que entorpecerían y ralentizarían la marcha. Cuando más necesaria era la resolución de su general para atenerse sus hombres a lo que debían hacer, éste no estaba mucho mejor que ellos tras la muerte de su hijo y de gran parte de su ejército como consecuencia de sus necedades. Si hubiera hecho caso a sus legados ahora podrían regresar al campamento que tenía que haber hecho junto al río Balisso y trasladar allí a los heridos. Ahora no quedaba más remedio que marchar hacia Carrhae (10) lo más rápido posible antes de que amaneciera.


Al ver los legados que el general no estaba en condiciones de tomar una decisión, se pusieron de acuerdo entre ellos y organizaron a los que podían desplazarse para marcharse de allí. Al principio esto se hizo en orden, pero al darse cuenta los heridos de que los abandonaban comenzaron a lamentarse escandalosamente. El panorama debió ser desolador sin duda alguna.


Los que pudieron marchar pasaron una noche tremenda. Salvo 300 jinetes que llegaron a Carrhae sobre la medianoche para avisar a la guarnición romana de lo sucedido, la marcha de los romanos hacia la mencionada ciudad fue muy lenta y poco organizada. Muchas veces, presas del terror, pensaban que los partos venían a por ellos durante la noche y poniéndose en formación, retrocedían un tramo sobre sus propios pasos. Por otro lado, al ver que parte de los heridos se decidieron a seguirles no pudieron menos que ayudarles con lo que la marcha se retrasó aún más.


Los partos, aunque se enteraron de la huida no atacaron por la noche. Nunca lo hacían por no poder combatir bien con tan poca luz y por ir en contra de sus costumbres. A la mañana siguiente acudieron al lugar donde habían estado los romanos. Allí encontraron a los que no habían podido huir que no serían menos de cuatro mil y los asesinaron a todos. A otros muchos que se había perdido durante la noche les dieron alcance y les hicieron correr la misma suerte. Sólo veinte de ellos pudieron llegar a Carrhae.


Había recibido Surena de estos prisioneros la falsa información de que Craso había escapado en dirección a Siria y no hacia Carrhae. Pero el general parto no era ningún ingenuo y decidió ir con parte de su ejército hacia esta ciudad, que no quedaba muy lejos a caballo, para comprobar por si esa información era cierta. Al llegar allí hizo llamar a Craso (11) si se encontraba allí haciéndole saber que tenía que tratar con él. El triunviro aceptó delatando su presencia. Al poco llegaron unos emisarios árabes y le hicieron saber que Surena estaba dispuesto a permitirles marchar de allí a cambio de que se avinieran a firmar la paz entre Roma y Partia. Naturalmente se trataba de una estratagema del general parto que tenía su merced a los romanos y quería adornar su triunfo con la cabeza del triunviro. Aceptó Craso y contestó que estableciera Surena el momento y el lugar donde se entrevistarían.


Al comprobar Surena que efectivamente el Marco Licinio Craso estaba allí como atestiguaron los emisarios árabes, ordenó desplazarse a Carrhae al resto de sus tropas que estaban preparadas para salir en persecución del ejército romano antes de que llegara a Siria. Cuando éstas llegaron comenzaron a injuriar a los romanos y a exigir que si querían una capitulación debían entregar a Craso atado de pies y manos. En mi opinión era eso lo que quería Surena desde el principio, pero primero tenía que hacer que Craso delatase su presencia con la primera proposición de paz y en segundo lugar hacer que los romanos albergaran esperanzas de salvar la vida para que traicionaran a su general. Sin embargo, el efecto producido en los romanos fue el contrario. En primer lugar se sintieron traicionados por el engaño y en segundo lugar se negaron a entregar a su general a los bárbaros. Todo ello al margen de que no les ofrecía garantías la palabra de Surena.


VII. LA SEGUNDA BATALLA


Así pues, decidieron permanecer allí lo que quedaba de día y fugarse cuando cayera la noche (12). Sabían los romanos que los habitantes de Carrhae no debían enterarse de la huida porque dudaban de su lealtad, pero todo fue en vano porque un tal Andrómaco lo hizo tras ganarse la confianza de Craso que lo necesitaba como guía. Andrómaco estaba en realidad al servicio de los partos y les hizo saber a éstos los planes del triunviro. Ya de noche, el ejército romano se marchó de Carrhae en dirección nordeste sin ser perseguido por el de Surena. Probablemente hizo creer Andrómaco a los romanos que no podían partir hacia Siria por el camino más corto por estar los partos esperándolos más al oeste y al norte cortándoles el paso entre Carrhae y las ciudades de Edessa, Samosata y cualquier punto por el que pudieran llegar al Eúfrates. Por ello decidieron ir hacia Sinaca al nordeste junto a las montañas que llevan ese mismo nombre. En esa ciudad podrían pasar el día siguiente y de allí partir la noche siguiente hacia Amida que era una ciudad más grande ubicada cerca del nacimiento del Tigris donde podrían permanecer sin problemas durante un tiempo para posteriormente volver hacia occidente.


Guiados por el traidor, estuvieron los romanos dando una y mil vueltas hasta que finalmente los condujo a un terreno pantanoso y cortado con frecuentes acequias que hacían la marcha más dura y lenta de modo que no pudieron alejarse mucho de los partos. Finalmente, quienes sospechaban de Andrómaco y presentían el engaño decidieron separarse del resto y buscar soluciones por su cuenta. Un grupo de quinientos caballeros, encabezados por el cuestor Cayo Casio Longino, escaparon hacia Siria viajando directamente en dirección oeste hacia el Eúfrates salvando así la vida. Evidentemente Surena no tenía un ejército tan grande como para impedirles el paso por tantos sitios a la vez ni la intención de combatir de noche. La mayor parte del ejército romano restante decidió escapar hacia las montañas Sinacas de las que nacen varios afluentes del Balisso. Allí, la caballería enemiga no tendría nada que hacer contra ellos. Eran unos cinco mil y estaban dirigidos por Octavio, uno de los legados de Craso.


Craso permaneció engañado hasta el final por Andrómaco y amaneció con el resto de su ejército que no había desertado sin haber salido de las zonas pantanosas. Ya sólo le quedaban cuatro cohortes y escasa caballería tras las deserciones. Cuando consiguió salir de ese terreno, los partos ya estaban cerca porque habían avanzado por otro sitio y sabían la ubicación aproximada del grupo guiado por Andrómaco. Habiendo aprendido de sus errores, ordenó Craso a su ejército refugiarse en un monte cercano para restar efectividad a la caballería de Surena, pero este lugar no era tan seguro como el lugar encontrado por su legado Octavio en las Sinacas durante la noche. Éste desde su posición, que no estaba demasiado lejos podía observar la de Craso y al ver que estaba en peligro al comenzar el ataque del enemigo se dirigió al frente de sus tropas para auxiliarle.


Entre Craso y Octavio consiguieron rechazar a los partos que ya no eran tan superiores en ese terreno. Tras un día de duros combates se dio cuenta Surena que la victoria era imposible antes de que llegara la noche y por ser tan buen general como astuto y traicionero decidió recurrir otra vez al engaño. Ordenó a sus hombres que soltaran a algunos romanos que traía cautivos y les indicó a éstos que hiciera llegar a Craso que no quería que la guerra fuera perpetua y que estaba dispuesto a tratarle con benevolencia si se avenía a acordar la paz. Acto seguido ordenó a sus tropas que dejaran de combatir y se dirigió al monte con sus principales hombres (fuera del alcance de los romanos lógicamente). Allí quitó la cuerda de su arco para mostrar que iba desarmado con intención de acabar el enfrentamiento y llamó al general romano para conferenciar y firmar un tratado.


Craso, cuyo orgullo le había llevado a ser engañado en varias ocasiones durante la campaña (por no decir en todas), sospechó de las intenciones de Surena y prefirió no ir a parlamentar. Pero sus hombres, ya hartos de la situación en la que les había metido, le comenzaron a gritar e insultar diciéndole que fuera a dialogar con los partos. Intentó Craso convencerles de que sólo había que aguantar hasta la noche y llegar hasta las montañas Sinacas donde estarían a salvo. Sin embargo la tropa estaba harta de su general y tal vez más por expresar este coraje que por no entender razonable lo que éste proponía se opusieron a él con dureza y hasta le amenazaron blandiendo las armas. A la vista de que sus tropas podían amotinarse, dado que habían recuperado algo de moral tras su pequeña victoria al rechazar a los partos del monte, se dio cuenta el triunviro de que tanto se arriesgaba yendo a parlamentar con Surena como permaneciendo allí. Entendiendo que era menos deshonroso morir a manos de sus enemigos que por un amotinamiento de sus tropas prefirió ir a parlamentar con Surena.


Acudió pues como oveja al matadero a la entrevista con los partos acompañado de sus legados Octavio y Petronio y algunos hombres más que se negaron a abandonar a su general. Se empeñó Surena en que Craso fuera montado a caballo para parlamentar con él que también iba montado para que una de las partes no estuviera formalmente en condiciones de inferioridad. Le ofrecieron un caballo pero Craso dijo que no era necesario por no obligarlo la costumbre romana. Sin embargo los partos trajeron el caballo y cogiendo a Craso entre varios lo hicieron montar golpeando a continuación al animal para que saliera corriendo. Los romanos de la delegación no pudieron consentir la burla y sujetaron al caballo frente a la oposición de los partos. Al final llegaron a las manos y de ahí a las armas. En la pelea murieron Craso, Octavio, Petronio y algunos más, mientras que el resto pudieron escapar. Por parte de los partos también murieron algunos pero el objetivo de Surena estaba conseguido. Craso había muerto. Los partos le cortaron la cabeza y la mano derecha al cadáver y abandonaron el resto del cuerpo sin darle sepultura.
Así murió Marco Licinio Craso, víctima de su propia avaricia. De los más brillantes entre los hombres de negocios pero de los más mediocres entre los generales.


El resto del ejército romano se dividió. Unos prefirieron entregarse porque Surena les hizo saber que ya tenía lo que quería y que les perdonaría la vida. En total fueron 10.000 los prisioneros romanos. Otros en cambio, bien por estar hartos de los continuos engaños cuyas consecuencias habían sufrido durante la expedición, bien por considerar deshonrosa la rendición, o bien por pensar que la libertad estaba cerca, escaparon a las montañas durante la noche. De éstos últimos una parte consiguió llegar hasta Siria mientras que el resto murió en el intento siendo capturados y asesinados por los árabes (13).


Éste fue el primero de los enfrentamientos entre Romanos y Partos pero no sería el último, pues aunque vivieron periodos de paz, a lo largo de la Historia volvieron a luchar en muchas ocasiones.
Surena envió a Orodes la cabeza y la mano de Craso como prueba de que los romanos habían sido derrotados. Al recibirla el rey parto, pactó la paz con Armenia y para asegurarse la lealtad de Artabaces hizo que le entregara a su hermana para casarla con su hijo Pacoro. Sabía el rey parto que poco tenía que hacer a la hora de sitiar las ciudades armenias más importantes y en el caso de poder rendirlas por hambre, que ya era complicado de por si, los armenios siempre se podrían retirar a las montañas y preparar un contraataque como había hecho Tigranes en su día contra su padre Phraates III. No, no merecía la pena una guerra larga y costosa que difícilmente ganaría. Ya habían caído los romanos ante Surena por lo que Artabaces renunciaría a su alianza con ellos y se aliaría con Partia. Tener a los armenios a su lado sería de vital importancia para lo que planeaba hacer tras celebrar su victoria, echar a los romanos de Siria.
Muerto el general romano y desecho su ejército, la amenaza exterior ya no existía para Partia. Pero no quiso el destino que un hombre como Surena terminara mucho mejor que Craso. Al poco de celebrar su victoria frente a los romanos, el rey Orodes temeroso de su enorme prestigio, de sus dotes como militar y de su falta de escrúpulos, empezó a tomar las medidas políticas que creía necesarias para consolidar su poder y lo hizo ajusticiar por el verdugo por temor a futuras intrigas.
Su cabeza rodó por los suelos.

 

Notas..
(5). Consistía en hacer que el ejército formara un enorme cuadrado para de esa manera no presentar ningún punto débil ante el ataque de la caballería enemiga. Cada lado del cuadro (me refiero en este caso en concreto, no es que siempre se hiciera así) estaba compuesto por doce cohortes, auxiliada cada una de ellas por un grupo proporcional de caballería. La formación del cuadro la solían usar los romanos cuando se enfrentaban a la caballería de un ejército enemigo en espacios abiertos. Apiano da testimonio de su uso en las guerras contra los celtíberos y Salustio nos cuenta como Cayo Mario ordenó a su ejército avanzar por Numidia con esta formación para no dejarse sorprender por los inesperados ataques de Yugurta. Volver.
(6). También conocido como Bilechas o actualmente Belikh. Es un afluente del Eúfrates que nace al sur de Turquía y atraviesa territorio de la actual Siria en dirección norte-sur hasta desembocar en aquél. Se comprende que en esa época del año llevaba poco caudal. Por eso Plutarco habla de un pequeño arroyo. Volver.
(7).Los yelmos y las corazas de los partos estaban hechas de hierro margiano, procedente de una región situada al este del mar Caspio llamada Margiana. Este hierro se caracteriza por el extraordinario resplandor que produce con la luz del sol. Volver.
(8).Los jinetes arqueros partos eran auténticos maestros a la hora de proteger su retirada disparando hacia atrás. A título de curiosidad, existe una expresión llamada disparo de parto que define la actitud de una persona que deja de discutir con otra de un tema para que ésta baje la guardia y cuando menos se lo espera la otra, vuelve otra vez sobre lo mismo con mayor intensidad. Esta expresión también se usa en otros idiomas como el inglés. Volver.
(9).El cuadro hubiera sido de gran efectividad si Surena hubiera usado a su caballería como fuerza de choque. Pero éste era un buen general y sabía lo que tenía que hacer para vencer a los romanos. De haber sabido cualquier general romano medianamente competente que el ejército parto tenía un número muy superior de jinetes arqueros que de caballería pesada se hubiera dado cuenta de que serían los primeros los que llevarían el peso de la batalla. Más aún estando en un terreno adecuado para ello. Con la formación en cuadro se facilitaba a los jinetes arqueros que lo rodearan e hicieran del mismo un blanco muy fácil no siendo necesaria mucha puntería para causar numerosas bajas. Dentro de lo complicada que era la situación de los romanos en ese momento hubiera sido más inteligente desplegar el ejército lo máximo posible antes de entrar en la batalla. De esa manera los jinetes arqueros no hubieran tenido blancos tan fáciles ni a todo el ejército romano a su merced e impedido de maniobrar. Cuenta Plutarco que en principio hizo Craso formar así al ejército aconsejado por sus oficiales pero luego cambió de idea y ordenó formar el cuadro. Evidentemente Craso no era ningún Sun Tzu porque ni se conocía a si mismo ni conocía a su enemigo. Volver.
(10).La ciudad de Carrhae que dio nombre a esta famosa batalla estaba situada a poco más de sesenta kilómetros al norte de la posición en que se encontraba el ejército romano. Para llegar hasta ella los romanos sólo tenían que remontar el curso del Balisso sin necesidad de adentrarse en el desierto pues la ciudad se encontraba en la orilla de dicho río. Se trata de la actual Harrán, al sur de Turquía (no confundir con otra Harrán que hay en Siria). Era una de las ciudades griegas que se pasaron a los romanos tras la primera incursión de Craso más allá del Eúfrates y donde el triunviro había dejado una guarnición a las órdenes del prefecto Coponio para asegurar su lealtad. La ciudad era muy pequeña (actualmente no tendrá más de 1000 habitantes) y servía de punto de paso a las caravanas de comerciantes que se movían por la zona. Su existencia es antiquísima. Tal es así que es nombrada en la Biblia como Jarán (Gén 11, 31). En esta ciudad residió el patriarca hebreo Abraham con su familia en el curso de su migración desde Ur hasta Canaán y tuvo su primera aparición divina (Gén 12, 1-3). Volver.
(11).En la versión de Plutarco se dice que Surena quería hablar con Craso o con Casio. En mi opinión, la versión oficial de los hechos se supo gracias al propio Casio que fue el romano de mayor rango que consiguió sobrevivir a la expedición y llegar a Siria. Es por ello normal que se le de en esa narración tanta importancia a Casio cuando sólo era un cuestor, la importancia que se quiso conceder a si mismo. También me llama la atención que siempre es Casio el que aconseja al general lo que debe hacer, asumiendo un protagonismo en el ejército romano que por su rango no le correspondía mientras que los legados principales de Craso quedan en un segundo plano. Por ello interpreto que el papel desempeñado por Casio antes de su huida a Siria está claramente exagerado en las versiones de los historiadores antiguos. No me imagino a Surena exigiendo hablar con Craso o en su defecto con un cuestor (al que difícilmente podía conocer) en vez de con uno de los legados mayores del general.Volver.
(12).Mommsen dudó sobre si salieron de Carrhae por una nueva precipitación de Craso o bien por hambre. En mi opinión la ciudad era demasiado pequeña para albergar a tanta gente durante mucho tiempo. A la guarnición romana que había allí habría que sumar el resto de los supervivientes por lo que calculo que serían poco menos de ocho mil hombres además de la población local.. Los partos, que no eran expertos en sitiar ciudades, sólo hubieran tenido que esperar para rendirla por hambre como hicieron con Babilonia. En cualquier caso la duda de Mommsen es razonable porque la intención de Surena iba encaminada precisamente a que los romanos le entregaran a su general. Tal vez Craso no quiso esperar a ver si eso podía ocurrir. Según Dion Cassio, las tropas quisieron quitarle el mando a Craso y dárselo a Casio, cosa que me parece improbable por razones que ya expliqué. Volver.
(13).Según Plutarco sólo unos pocos consiguieron llegar a Siria. Sin embargo Cayo Casio Longino consiguió completar dos legiones con los supervivientes que lograron escapar para defender Siria del contraataque enemigo por lo que debieron ser bastantes más de los que pensaba el historiador griego. Dion Cassio contradice expresamente la versión de Plutarco y afirma que la mayor parte de los supervivientes lograron escapar a Siria tras la muerte de Craso. Volver.

© 2004 Carlos Javier Pacheco López
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