VII.
CÓMO OCULTAR LA AUSENCIA DE LAS COSAS QUE NOS FALTAN, O DE
SUMINISTRAR SUBSTITUTOS PARA ELLAS. |
1) Lucio Cecilio Metelo, careciendo de barcos para transportar
a sus elefantes, unió grandes tarros de tierra, los cubrió
con tablones, y luego, cargando a los elefantes sobre éstos, los
transportó a través de los estrechos sicilianos.
Nota:
Año 250 a.de C. Zonaras, 8:14 :
«Los cartagineses, enterándose de lo que los romanos
habían determinado en cuanto a la flota, enviaron una expedición
a Sicilia, esperando ahora traerla completamente bajo su control.
En tanto mientras los cónsules, tanto Cecilio Metelo como
Cayo Furio, estaban en tierra, ellos permanecieron tranquilos; pero
cuando Furio partió para Roma, ellos concibieron un desprecio
hacia Metelo y avanzaron a Panormo. Metelo se enteró que
habían venido espías del enemigo, y reuniendo a toda
la gente de la ciudad, se dirigió a ellos, y luego les pidió
que se asieran el uno al otro; así pudo investigar quién
era el uno y el otro y cual era su ocupación, y así
detectó a los enemigos. Los cartagineses se dispusieron en
formación de batalla, y Metelo fingió tener miedo.
Mientras él siguió este fingimiento durante varios
días, los cartagineses se llenaron de presunción,
y se tornaron completamente osados al hacer ataques. Entonces Metelo
levantó la señal para los romanos.
Inmediatamente hicieron una salida inesperada por todas las puertas,
vencieron fácilmente la resistencia, y encerraron a sus enemigos
en un lugar estrecho a través del cual ya no podrían
retirarse; en razón de su propio número y el gran
número de elefantes con ellos, fueron juntos atestados y
lanzados a la confusión. Mientras tanto la flota cartaginesa
se acercó a la costa y se convirtió en la causa principal
de su destrucción. Los fugitivos, viendo los barcos, corrieron
hacia ellos y trataron de forzar su camino a bordo; unos se cayeron
al mar y fallecieron, otros fueron muertos por los elefantes, que
se apiñaron el uno contra el otro y contra los hombres, y
algunos otros fueron muertos por los romanos; muchos también
fueron capturados vivos, hombres y elefantes también. Ya
que cuando las bestias, privadas de los hombres con quienes estaban
acostumbradas, se enfurecieron, Metelo hizo una proclamación
a los prisioneros, ofreciendo seguridad y perdón a quiénes
las mantuviera bajo control; en consecuencia, algunos encargados
se acercaron a los animales más suaves, a los que sometieron
por la influencia de su acostumbrada presencia, y luego persuadieron
al resto. Éstos, ciento veinte en número, fueron conducidos
a Roma, transportados a través del estrecho del siguiente
modo. Varios tarros enormes, separados por tablones de madera, fueron
sujetados juntos de tal modo que no podían romperse, ni golpearse
juntos; luego este marco fue atravesado por vigas, y encima de todo
fueron colocados tierra y matorrales, y la superficie fue cercada,
de modo que presentara el aspecto de un corral. Las bestias fueron
puestas entonces a bordo de esta balsa y fueron transportadas a
través sin saber que se movían sobre el agua. Tal
fue la victoria de Metelo; pero Asdrúbal, el líder
cartaginés, aunque se puso fuera de peligro en esta ocasión,
fue convocado más tarde por los cartagineses a Cartago y
empalado».
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2) Cuando Aníbal en una ocasión no podía
forzar a sus elefantes a vadear una corriente especialmente profunda,
no teniendo, ni barcos, ni material para construirlos, ordenó que
uno de sus hombres hiriera al elefante más salvaje debajo del oído,
y luego inmediatamente nadar a través de la corriente y escapar.
El enfurecido elefante, impaciente por perseguir al autor de su sufrimiento,
cruzó la corriente, y así puso un ejemplo para que el resto
concretara la misma empresa.
Nota:
Año 218 a.de C. Livio, 21:28 : «Aníbal
hizo pasar tranquilamente el resto de sus tropas, despreciando ya
los tumultos galos, y estableció en seguida su campamento.
En cuanto al modo de hacer pasar los elefantes, creo que hubo diferentes
opiniones; al menos los relatos varían mucho acerca de este
hecho. Según algunos, habiendo reunido los elefantes en la
orilla, irritado el más furioso de ellos por su conductor,
le persiguió en el agua, por la que huía a nado, y
de esta manera los arrastró a todos: ahora bien; en cuanto
cada animal de éstos, que tanto temen el agua profunda, perdió
pie, la misma corriente le llevó a la orilla opuesta».
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3) Cuando los almirantes cartagineses estuvieron a punto
de equipar su flota, pero carecían de retama (1) para escobas ,
cortaron el pelo de sus mujeres y lo emplearon para hacer el cordaje (2).
Nota:
1)
Retama de escobas Mata de la familia de las Papilionáceas,
de doce a catorce decímetros de altura, con ramas espesas,
asurcadas, verdes y lampiñas, hojas pequeñas, partidas
en tres gajos, flores grandes, amarillas, solitarias o apareadas,
y fruto de vaina ancha, muy aplastada y con varias semillas. Es
abundante en España y se emplea en hacer escobas y como
combustible ligero. Se usaba para fabricar cuerdas y sogas.
2) Año 146 a.de C. Floro, 2:14
: «Hasta qué punto llegó la desesperación
de los Cartagineses puede juzgarse por los siguientes hechos.
Para construir una escuadra emplearon el maderamen de las casas
y sus techumbres; á falta de bronce y hierro con que forjar
las armas, fundieron la plata y el oro en las fraguas de los armeros,
y las matronas cortaron sus cabellos para tejer con ellos las
cuerdas de las máquinas de guerra».
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4) Los masaliotas y rodios hicieron lo mismo.
5) Marco Antonio, cuando se refugiaba luego de Mutina,
dio a sus soldados cortezas para ser usadas como escudos.
6) Espartaco y sus tropas tenían escudos hechos
de mimbre y cubiertos con cuero.
Nota:
Año 73 a.de C. Floro, 3:20 : «Aumentando
sus fuerzas de día en día, regularizaron un ejército,
formaron groseros escudos de mimbres cubiertos con pieles, y fundiendo
las cadenas de los esclavos, se armaron de espadas y dardos; y
para que en la apariencia nada faltara de lo necesario á
un ejército regular, montaron parte de sus fuerzas en los
caballos de que se apoderaron, y á su jefe le entregaron
las insignias y haces cogidas á nuestros pretores».
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7) Este lugar, pienso, es bastante apropiado para contar
aquel hecho famoso de Alejandro de Macedonia Marchando a lo largo de los
desérticos caminos de África, y sufriendo en común
con sus hombres de la sed más dolorosa, cuando le fue traída
un poco de agua en un casco por un soldado, él la volcó
sobre la tierra a la vista de todos, sirviendo de esta manera de mejor
ejemplo a sus soldados su contención, que si él hubiera
compartido el agua con el resto.
Nota:
Año 332-331 a.de C. Plutarco, Alejandro,
42, no dice que Alejandro haya derramado el agua : «Con
la marcha y persecución, que fue penosa y larga, habiendo
andado a caballo en once días tres mil trescientos estadios,
llegaron a flaquear y desalentarse la mayor parte, principalmente
por la falta de agua. Allí se encontró con algunos
Macedonios que en acémilas llevaban odres llenos de ella,
y viéndole éstos mortificado de la sed, porque venía
a ser entonces la hora del mediodía, llenaron sin dilación
el casco y se lo presentaron; mas habiendo preguntado para quiénes
conducían aquella agua, y ellos respondiesen: “Para
nuestros propios hijos; pero viviendo tu, otros tendremos si perdiéremos
éstos”, tomó al oírlo el casco en las
manos; pero volviendo la vista y observando que los soldados de
a caballo que le acompañaban todos tenían inclinada
la cabeza y fijos los ojos en la bebida, lo devolvió sin
haber bebido, y dándoles las- gracias les dijo: “Si
yo solo bebiere, éstos desfallecerán todavía
más”; y ellos, viendo su templanza y su grandeza
de ánimo, gritaron que los condujese con toda confianza,
y aguijaron los caballos, porque ni se cansarían, ni tendrían
sed, ni se acordarían que eran mortales mientras tuviesen
un rey como él».
|
VIII.
SOBRE CÓMO DISTRAER LA ATENCIÓN DEL ENEMIGO.
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1)
Cuando Coriolano procuraba vengar por la guerra la vergüenza de su
propia condena, evitó la devastación de las tierras de los
patricios, quemando y acosando aquellas de los plebeyos, a fin de despertar
la discordia con la cual destruir la armonía de los romanos.
Nota:
Año 489 a.de C. Plutarco, Coriolano,
27 : «Era con todo la menor mira de aquella expedición
el procurarse provisiones y el talar y devastar la comarca; el
objeto principal era acrecentar la discordia entre los patricios
y la plebe, para lo que, arrasando y destruyendo todo lo demás,
en los campos de los patricios no permitió que se hiciera
el más leve daño, ni que nadie tomara de ellos cosa
alguna. Con efecto, por esta causa fue mayor la disensión
y contienda entre ellos, acusando a la plebe los patricios de
haber desterrado injustamente a un varón de tan grande
importancia y culpando a éstos la plebe de haber llamado
por encono a Marcio; a lo que añadía que después
le dejarían a ella la guerra, quedándose tranquilos
espectadores, por cuanto tenían a la parte de afuera por
guarda de su hacienda y de sus bienes a la misma guerra. Hecho
esto, con lo que Marcio inspiró a los Volscos mucho aliento
y confianza, se retiró con la mayor seguridad».
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2) Cuando Aníbal demostró no tener comparación
alguna con Fabio en el carácter o en su desempeño como general,
a fin de mancharlo con la deshonra, respetó sus tierras, habiendo
devastado todas las otras. Para enfrentar este ataque, Fabio transfirió
el título de su propiedad al Estado, y así, por la arrogancia
de su carácter, evitó que su honor cayera bajo la sospecha
de su conciudadanos.
Nota:
Año 217 a.de C. Plutarco, Fabio Máximo,
7 : «Fabio bien se percibió del engaño
en la misma noche, porque algunas de las vacas que huyeron espantadas
habían venido a dar en su poder; temiendo, sin embargo,
alguna celada preparada a favor de las tinieblas, tuvo inmóvil
el ejército sobre las armas. Luego que amaneció
se puso en persecución de los enemigos y alcanzando la
retaguardia, se trabó combate en terreno quebrado, por
lo que en éstos era grande la confusión, hasta que
Aníbal, haciendo salir de aquellas gargantas a los Españoles,
más ejercitados en trepar por los montes, gente muy lista
y de gran ligereza, los envió contra la infantería
pesada de los Romanos, en la que hicieron bastante mortandad,
y obligaron a Fabio a retirarse. Con esto crecieron las habladurías
y el menosprecio contra él; porque no poniendo en las armas
su confianza, sino aspirando a triunfar de Aníbal con la
sagacidad y previsión, aparecía vencido y burlado
con estos mismos medios, y queriendo Aníbal encender todavía
más el encono de los Romanos contra Fabio, llegado que
hubo adonde estaban sus posesiones, mandó que se talara
e incendiara todo lo demás, y sólo a aquellas se
perdonara, dejando una guardia que no permitiera destruir o tomar
nada de lo que allí había. Todo esto fue anunciado
en Roma, dándosele gran valor, levantando mucho el grito
los tribunos de la plebe, a instigación principalmente
de Metilio, que atizaba aquel fuego, no tanto por enemistad a
Fabio, como porque teniendo deudo con Minucio, el maestre de la
caballería, juzgaba que cedían en honor y aprecio
de éste aquellos rumores. Había además caído
en la indignación del Senado, por llevar éste a
mal el tratado que acerca de los cautivos había hecho con
Aníbal; porque le había otorgado que se canjearía
hombre por hombre, y que si de la una de las partes era mayor
el número, por cada uno de los que se entregasen se darían
doscientas y cincuenta dracmas. Por tanto, cuando hecho el canje
se halló que todavía le quedaban a Aníbal
doscientos y cuarenta, el Senado resolvió no enviar su
rescate, y se culpó a Fabio de que, contra toda razón
y conveniencia, tratara de volver a Roma a unos hombres que por
cobardía habían sido presa de los enemigos. Enterado
de esta resolución Fabio, sufrió muy resignadamente
el encono de los ciudadanos; mas no teniendo caudal propio, y
no queriendo faltar a lo tratado, ni dejar abandonados a aquellos
infelices, envió a Roma a su hijo con orden de que vendiera
sus tierras y le llevara al punto el importe al ejército.
Vendiólas éste, efectivamente, y vuelto allá
con suma presteza, envió Fabio el rescate a Aníbal,
y recobró los cautivos. Muchos de éstos quisieron
remitírselo después, pero no quiso recibirlo de
nadie, sino que lo perdonó a todos».
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3) En el quinto consulado de Fabio Máximo, los
galos, umbrios, etruscos, y samnitas habían formado una alianza
contra el pueblo romano. Contra estas tribus, Fabio construyó primero
un campamento fortificado más allá de los Apenninos en la
región de Sentinum. Entonces escribió a Fulvio y Postumio,
quiénes guardaban la ciudad, ordenándoles que se trasladaran
a Clusium con sus fuerzas. Cuando estos comandantes obedecieron, los etruscos
y umbrios se retiraron para defender sus propias posesiones, mientras
Fabio y su colega Decio atacaron y derrotaron a las fuerzas restantes
de samnitas y galos.
Nota:
Año 295 a.de C. Livio, 10:27 :
«Habiendo atravesado el Apenino los cónsules, entraron
en el territorio sentino, acampando a cerca de cuatro millas del
enemigo. Éste celebró en seguida consejo y decidió
que no ocupasen todos el mismo campamento ni que marchasen todos
juntos en línea de batalla. Los galos se unieron a los
samnitas y los umbrios a los etruscos. Designóse día
para el combate, debiendo librarle los samnitas y los galos, y
durante la batalla los etruscos y los umbrios atacarían
el campamento romano. Estos proyectos quedaron desconcertados
merced a tres desertores de Clusio, que durante la noche pasaron
furtivamente al campamento de Fabio. Después que revelaron
el plan de los enemigos, despidiéronles con regalos para
animarles a que se informaran exactamente de todo lo que se decidiese
de nuevo, y a venir para revelarlo. Los cónsules escriben
a Fulvio y a Postumio que abandonen las posiciones que ocupan,
el uno cerca del territorio falisco y el otro cerca del Vaticano,
y que avancen hacia Clusio, haciendo los mayores estragos en el
país enemigo. La noticia de esta devastación hizo
salir a los etruscos del territorio sentino para defender el suyo.
Entonces lo intentaron todo los cónsules para llegar a
una batalla, provocando al enemigo durante dos días, en
los que nada memorable ocurrió. Por ambas partes perdieron
algunos hombres; y estas escaramuzas no tuvieron otro efecto que
aumentar el deseo de un combate general sin poder conseguirlo.
En el día tercero hicieron salir todas las tropas al campo
de batalla. Cuando estuvieron frente a frente, una cierva, arrojada
de la montaña por un lobo que la perseguía, atravesó
la llanura que ocupaban los dos ejércitos; en seguida los
dos animales se dirigieron en opuesto sentido, la cierva hacia
los galos y el lobo hacia los romanos, que abrieron las filas
dejándole pasar mientras que los galas mataron la cierva.
Entonces un soldado romano de la primera fila, alzando la voz,
exclamó: "La fuga y la muerte pasan a aquel lado donde
veis muerto el animal consagrado a Diana. Por este lado el lobo
de Marte, vencedor, escapado ileso del peligro, nos recuerda nuestro
fundador y nuestro origen que remonta a Marte." Los galos
se colocaron en el ala derecha y los samnitas en la izquierda.
Fabio, en el ala derecha, opuso a los samnitas las legiones primera
y tercera; Decio, en la izquierda, hizo frente a los galos con
la quinta y la sexta; la segunda y la cuarta hacían la
guerra en el Samnio con el procónsul L. Volumnio. El combate
se sostuvo al principio con tanta igualdad, que si los etruscos
y los umbrios hubiesen asistido, en cualquier parte que combatiesen,
sea contra el ejército o contra el campamento, la derrota
habría sido inevitable».
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4) Cuando los sabinos formaron un gran ejército,
dejaron su propio territorio, e invadieron el nuestro, Manio Curio envió
contra ellos, por rutas secretas, una fuerza que devastó sus tierras
y pueblos y les prendió fuego en diferentes sitios. A fin de abortar
esta destrucción de su país, los sabinos se retiraron. Pero
Curio tuvo éxito al devastar su país mientras estaba indefenso,
en rechazar a su ejército sin un enfrentamiento, y luego en matarlo
poco a poco.
5) Tito Didio careció de confianza un tiempo debido
al pequeño número de sus tropas, pero siguió la guerra
en la esperanza de la llegada de ciertas legiones que él esperaba.
Oyendo que el enemigo planeaba atacar estas legiones, llamó a una
asamblea de los soldados y ordenó que se prepararan para la batalla,
y ejercer deliberadamente una supervisión descuidada sobre sus
prisioneros. Como consecuencia, algunos de éstos escaparon e informaron
a su gente que la batalla era inminente. El enemigo, para evitar dividir
su fuerza esperando la batalla, abandonó su plan de atacar a aquellos
por los que estaban a la espera, de modo que las legiones llegaron sin
obstáculo y en perfecta seguridad al campo de Didio.
Nota:
Años 98-93 a.de C., en España.
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6) Durante la Guerra Punica, ciertas ciudades resolvieron
rebelarse de los romanos a los cartagineses, pero deseando, antes de rebelarse,
recuperar a los rehenes que habían dado, fingieron que había
estallado un levantamiento entre sus vecinos, al que comisionados romanos
debían acudir y suprimir. Cuando los romanos mandaron a estos enviados,
las ciudades los detuvieron como contrapromesas, y rehusaron devolverlos
hasta que no recuperaran a sus propios rehenes.
7) Después de la derrota de los cartagineses,
el rey Antíoco dió refugio a Aníbal y utilizó
su consejo contra los romanos. Cuando fueron enviados emisarios romanos
a Antíoco, sostuvieron frecuentes conferencias con Aníbal,
e hicieron así que se convirtiera en objeto de sospecha para el
rey, a quien él fue por otra parte de lo más útil
y agradable, como consecuencia de su inteligencia y experiencia en la
guerra.
Nota:
Año 192 a.de C. Livio, 35:14 :
«Sulpicio, que se encontraba enfermo, quedó en Pérgamo;
y Vilio, enterado de que Antioco se ocupaba de la expedición
a Pisidia, marchó a Efeso, dedicando los pocos días
que pasó en esta ciudad a frecuentes entrevistas con Aníbal,
que se encontraba entonces en ella. Quería sondear sus
intenciones si era posible, y persuadirle de que nada tenía
que temer de los romanos; pero las conferencias no tuvieron resultado,
aunque produjeron el natural efecto, que pudo creerse preparado
por el talento de Vilio, de disminuir la influencia de Aníbal
con el rey y hacerle sospechoso en todo. Dice el historiador Claudio,
fundándose en las memorias griegas de Acilio, que el Africano
formaba parte de aquella legación y que conferenció
con Aníbal en Efeso; llegando a referir en estos términos
una entrevista: "Habiéndole preguntado Escipión
a quién consideraba como el general más grande,
contestó el cartaginés que al rey de Macedonia,
Alejandro, que, con un puñado de valientes, derrotó
numerosos ejércitos y recorrió comarcas donde jamás
había esperado penetrar el hombre." Preguntándole
en seguida a quién colocaba en segundo lugar, contestó:
"A Pirro, que fué el primero en enseñar el
arte de los campamentos. Nadie supo elegir sus posiciones ni colocar
sus tropas con más habilidad. Poseía además
en tan alto grado el arte de ganarse las voluntades, que los pueblos
italianos hubiesen preferido el dominio de aquel príncipe
extranjero al de los romanos, que desde tanto tiempo mandaban
como señores en Italia." "¿Y el tercero?"
siguió preguntando. "Yo", contestó sin
vacilar Aníbal. Entonces lanzó la carcajada Escipión,
y añadió: "¿Qué dirías
si me hubieses vencido?" "En ese caso me consideraría
superior a Alejandro a Pirro y a todos los demás generales."
Escipión agradeció la lisonja que encerraba aquella
contestación inesperada, tan conforme con el carácter
cartaginés, porque le señalaba puesto especial entre
los generales, como si no tuviese igual».
|
8) Cuando Quinto Metelo emprendía la guerra contra
Yugurta, sobornó a los emisarios que le enviaron para que traicionaran
al rey y lo entregaran en sus manos. Cuando otros enviados vinieron, hizo
lo mismo; y con una tercera embajada adoptó la misma política.
Pero sus esfuerzos por tomar prisionero a Yugurta tuvieron poco éxito,
ya que Metelo deseaba que el rey le fuera entregado en sus manos, vivo.
Y aún así hizo mucho, ya que cuando las cartas dirigidas
a los amigos del rey fueron interceptadas, el rey castigó a todos
estos hombres, y, quedando así privado de consejeros, no podía
asegurar a ningún amigo para el futuro.
Nota:
Año 108 a.de C. Salustio, La Guerra
de Yugurta, 61, 62, 70-72 : «Viendo Metelo frustradas
sus ideas y que ni la ciudad se tomaba, ni Jugurta quería
pelear sino por sorpresa o en lugares ventajosos, y que ya se
había pasado el estío, levanta el sitio de Zama,
pone guarnición en las ciudades que se le habían
entregado y eran bastante fuertes por su situación o por
sus murallas, y acuartela el resto de su ejército en la
parte de la provincia romana más cercana a la Numidia,
para que invernase allí. Pero ni en ese tiempo estuvo ocioso,
ni entregado, como otros suelen, al regalo, sino antes bien, visto
que la guerra se adelantaba poco con la fuerza, resuelve valerse
de los amigos del rey para tenderle lazos y usar de perfidia en
vez de armas. Tienta, pues, con grandes promesas a aquel Bomílear
que dijimos había estado con Jugurta en Roma, y que, sin
embargo, de hallarse afianzado por la muerte de Masiva, se había
ocultamente substraído al juicio con la fuga, el cual por
la gran confianza que de él hacía el rey tenía
gran proporción para engañarle, y logra desde luego
de él que vaya en secreto a verle. Asegúrale después
con su palabra que, si le entrega vivo o muerto a Jugurta, el
Senado le perdonará y dejará toda su hacienda, y
le persuade a ello fácilmente, ya por su natural infiel,
ya porque temía que, si llegaba a hacerse la paz, una de
las condiciones sería que le llevasen al suplicio.
Llégase, pues, en la primera ocasión que tuvo a
Jugurta, que andaba acongojado y lastimándose de sus trabajos,
y le exhorta y ruega con lágrimas, «que mire al fin
por sí y por sus hijos y también por sus númidas,
que tan acreedores a ello eran. Dícele que no ha habido
batalla en que no hayan sido vencidos; que la campaña está
asolada, la gente cautiva y muerta, las fuerzas del reino arruinadas;
que hartas pruebas tiene ya hechas del valor de sus soldados y
de la fortuna; y, finalmente, que no dé lugar con su tardanza
a que los númidas se le anticipen. Con estas y otras razones
induce al rey a que se entregue. Envíanse mensajeros a
Metelo para hacerle saber que Jugurta hará cuanto se le
mande, y que desde luego se pone a sí y a su reino en sus
manos a discreción y sin pacto alguno. Metelo manda que
vengan al instante de los cuarteles cuantos había en ellos
del orden senatorio, con quienes, y con otros que creía
a propósito, tiene su consejo; y tomada resolución
en él, según la costumbre de los mayores, manda
a Jugurta que apronte doscientas mil libras de plata, todos los
elefantes y algunos caballos y armas. Hecho esto sin la menor
tardanza, ordena que se le traigan atados todos los desertores.
Tráesele gran parte, según lo acordado: algunos
de ellos, desde que empezó a tratarse de entrega, se habían
pasado al rey Boco a la Mauritania. Jugurta, viendo que sobre
haberle despojado de sus armas, gente y dinero, le mandaban presentar
en Tisidio para oír lo que debería hacer, comenzó
a vacilar de nuevo y a temer por su mala conciencia el merecido
castigo. Finalmente, habiendo entre estas dudas pasado muchos
días, pareciéndole unas veces cualquiera suerte
más llevadera que la guerra, por el tedio con que miraba
su fortuna, y otras, considerando entre si cuán dura cosa
era pasar de re a siervo, después de haber perdido infructuosamente
y lo más y mejor de sus fuerzas, emprende de nuevo la guerra.
En Roma, entretanto, el Senado, siendo consultado acerca de la
distribución de las provincias, prorrogó a Metelo
la Numidia.
Cuando llegó esta carta, se hallaba casualmente Nabdalsa
reposando en su lecho, por hallarse fatigado del ejercicio, y
viendo lo que Bomilcar le decía, le sobrecogió el
cuidado y luego el sueño, como sucede a un ánimo
apesadumbrado. Tenía consigo Nabdalsa un númida
que le ayudaba en sus negocios, hombre fiel, a quien amaba mucho,
y era sabedor de todos sus secretos, excepto éste. El númida
apenas entendió que había llegado una carta, creyendo,
como en otras ocasiones, que para el despacho de ella sería
necesaria su asistencia y consejo, entra en la tienda de Nabdalsa
y hallándole dormido, toma la carta que sin reflexión
había puesto en la cabecera de la cama sobre la almohada;
léela y vista la traición que se tramaba contra
su rey, vase inmediatamente a darle cuenta. Despierta poco después
Nabdalsa; y cuando se halla sin la carta y entiende cuanto había
pasado, primero intenta alcanzar y detener al que iba con la noticia,
y no habiendo podido lograrlo, vase a Jugurta para aplacarle y
decirle «que la perfidia de aquel confidente suyo se le
había anticipado a hacer lo mismo que él pensaba,
pídele con muchas lágrimas, por su amistad y buenos
servicios hasta entonces, que no entre en sospecha de él
sobre aquel hecho.
El rey le responde plácidamente, pero muy contra lo que
pensaba en su interior, y con haber hecho morir a Bomílcar
y a otros muchos que supo ser cómplices de la conjuración,
desahogó algún tanto su enojo, sin atreverse a más,
por miedo de que no se levantase con ocasión de eso algún
tumulto. Desde este lance no tuvo ya Jugurta día o noche
alguna con sosiego; de nadie se fiaba, ni se tenía por
seguro en tiempo ni en paraje alguno; temía no menos a
los suyos que a los enemigos; volvía frecuentemente el
rostro a todas partes, sobresaltándose a cualquier ruido;
dormía ya en un lugar, ya en otro, muchas veces contra
lo que pedía el real decoro, y despertando a menudo, tomaba
las armas y lo alborotaba todo. De esta suerte su miedo le traía
como loca».
|
9) Cayo César en una ocasión capturó
a un soldado que había ido a conseguir agua, y se enteró
por él que Afranio y Petreyo planeaban levantar el campamento esa
noche. A fin de obstaculizar los proyectos del enemigo, y no causar la
alarma en sus propias tropas, César por la tarde temprano dió
órdenes para que sonara la señal de levantar campamento,
y encomendó que fueran mandadas mulas delante del campo del enemigo
con ruidos y gritos. Pensando que César levantaba el campamento,
sus adversarios se quedaron donde estaban, exactamente como César
deseaba.
Nota:
Año 49 a.de C. Julio César,
Las Guerras Civiles, 1:66 : «A eso de la medianoche
cogió nuestra caballería algunos que se habían
alejado del campo en busca de agua; averigua de ellos César
que los generales enemigos iban a marchar de callada. Sabido esto,
manda dar la señal de marcha y levantar los ranchos. Ellos
que oyen la gritería, temiendo verse precisados a pelear
de noche y con las cargas a cuestas, o que la caballería
de César los detuviese en los desfiladeros, suspenden la
marcha y se mantienen dentro de los reales. Al otro día
sale Petreyo con algunos caballos a descubrir el terreno. Mácese
lo mismo de parte de César, quien destaca a Decidió
Saja con un piquete a reconocer el campo. Entrambos vuelven a
los suyos con una misma relación: que las cinco primeras
millas eran de camino llano; entraban luego las sierras y los
montes; que quien cogiese primero estos desfiladeros, sin dificultad
cerraría el paso al enemigo».
|
10) Cuando, en una ocasión, los refuerzos y las
provisiones estaban en camino a Aníbal, Escipión, deseando
interceptarlos, envió delante a Minucio Termo, y quedó en
ir él mismo para prestar su apoyo.
Nota:
Año 202 a.de C. Apiano, Sobre Africa,
36 : «Este, a la vista de la magnitud de la contienda,
les pidió que llamaran a Asdrúbal y al ejército
de que disponía. Asdrúbal, una vez que su proceso
fue sobreseído, entregó su ejército a Aníbal,
pero ni aún entonces se atrevió a mostrarse a los
cartagineses, sino que se mantuvo oculto en la ciudad. Escipión
bloqueó con sus naves el puerto de Cartago y les cortó
los suministros por mar, en una situación en que estaban
mal abastecidos por tierra por la improductividad de ésta
a causa de la guerra. Por estas mismas fechas, tuvo lugar un combate
ecuestre entre las fuerzas de Aníbal y Escipión
cerca de Zama en el que este último se Llevó la
mejor parte. En los días sucesivos, hubo escaramuzas entre
unos y otros, hasta que Escipión se dio cuenta de que Aníbal
estaba por completo falto de recursos y aguardaba la llegada de
provisiones; así pues, envió durante la noche a
Termo, un tribuno militar, para atacar los suministros. Termo
ocupó una posición, en una colina, en un paso angosto
y dio muerte a cuatro mil africanos, hizo otros tantos prisioneros
y llevó a Escipión las provisiones».
|
11) Cuando los africanos planeaban cruzar a Sicilia en
gran número a fin de atacar a Dionisio, tirano de Siracusa, éste
construyó fortalezas en muchos sitios y ordenó a sus defensores
que se rindieran a la llegada del enemigo, y luego, cuando ellos se retiraran,
volver en secreto a Siracusa. Los africanos fueron obligados a ocupar
las fortalezas capturadas con guarniciones, con lo cual Dionisio, habiendo
reducido el ejército de sus opositores al número escaso
que él deseaba, y estando ahora aproximadamente en una igualdad,
los atacó y los derrotó, ya que él había concentrado
sus propias fuerzas, y había separado las de sus adversarios.
Nota:
Año 396 a.de C. Polieno, 5:2 §
9 : «Cuando los cartaginses invadieron el territorio
de Siracusa con un ejército de trescientos mil hombres,
Dionisio, que se había encargado de erigir varias fortalezas
y fuertes en diferentes partes, envió embajadores para
concluir una paz con ellos, a condición de entregarles
todas las fortalezas y fuertes. Los términos fueron fácilmente
aceptados por los cartagineses, quiénes estuvieron muy
satisfechos con recibir la posesión de las fortalezas,
sin el riesgo de una batalla; y dejaron considerables guarniciones
en cada uno de ellos. Pero Dionisio atacó después
con éxito, y derrotó completamente a su ejército
principal, que estaba bastante reducido por los destacamentos,
que habían quedado dispersados en varios sitios».
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12) Cuando Agesilao, el espartano, emprendía la
guerra contra Tisafernes, fingió marchar para Caria, como si probablemente
fuera más ventajoso luchar en distritos montañosos contra
un enemigo fuerte en caballería. Cuando dió a conocer este
objetivo y desalojó así a Tisafernes lejos de Caria, él
mismo invadió Lidia, donde estaba situada la capital del reino
del enemigo, y habiendo aplastado a aquellos que comandaban en aquel lugar,
obtuvo la posesión del tesoro del rey.
Nota:
Año 395 a.de C. Plutarco, Agesilao,
9, 10 : Sucedió que Tisafernes, temiendo al principio
a Agesilao, capituló con él, concediéndole
que las ciudades griegas se gobernasen por sus leyes con independencia
del rey; pero pareciéndole después que tenía
bastantes fuerzas se decidió por la guerra. Agesilao admitió
gustoso la provocación, porque confiaba mucho en el ejército,
y tenía a menos que los diez mil mandados por Jenofonte
hubiesen llegado hasta el mar, venciendo al rey cuantas veces
quisieron, y que él, al frente de los Lacedemonios, que
daban la ley por mar y por tierra, no presentara a los Griegos
ningún hecho digno de conservarse en la memoria. Pagando,
pues, a Tisafernes su perjuicio con un justo engaño, dio
a entender que se dirigía a la Caria, y, cuando el bárbaro
tuvo reunidas allí sus fuerzas, levó anclas e invadió
la Frigia. Tomó muchas ciudades y se apoderó de
inmensas riquezas, manifestando a sus amigos que quebrantar injustamente
la fe de los tratados es insultar a los dioses, pero que en usar
de estratagemas que induzcan en error a los enemigos no sólo
no hay justicia, sino acrecentamiento de gloria, acompañada
de placer y provecho. Era inferior en soldados de a caballo, y
al hígado de una víctima se halló faltarle
uno de los lóbulos; retiróse, pues, a Éfeso,
y juntó prontamente caballería por el medio de proponer
a los hombres acomodados que si no querían servir en la
milicia dieran cada uno un caballo y un hombre; y como éstos
fuesen muchos, en breve tiempo tuvo Agesilao muchos y valientes
soldados de a caballo en lugar de inútiles infantes.
Porque los que no querían servir pagaban jornal a los que
a ello se prestaban, y los que no querían cabalgar, a los
que no tenían gusto en ello. También de Agamenón
se dice haber obrado muy cuerdamente en recibir una excelente
yegua por librar de la milicia a un cobarde y rico. Ocurrió
asimismo que los encargados del despacho del botín pusieron
de su orden en venta los cautivos, despojándolos del vestido;
y como de las ropas hubiese muchos compradores, pero de las personas,
viendo sus cuerpos blancos y débiles del todo, a causa
de haberse criado siempre a la sombra, hiciesen irrisión,
teniéndolos por inútiles y de ningún valor,
Agesilao, que se hallaba presente: “Estos son- dijo- contra
quienes peleáis y éstas las cosas por que peleáis”.
Cuando fue tiempo de volver otra vez a la guerra anunció
que se dirigía a la Lidia, no ya con ánimo de engañar
a Tisafernes, sino que él mismo se engañó,
no queriendo dar crédito a Agesilao, a causa del pasado
error; pensó, por tanto, que su marcha sería a la
Caria, por ser terreno poco a propósito para la caballería,
de la que estaba escaso. Mas cuando Agesilao se encaminó,
como lo había dicho al principio, a los campos de Sardes,
le fue preciso a Tisafernes correr a aquella parte, y moviendo
con la caballería acabó al paso con muchos de los
Griegos, que andaban desordenados asolando el país. Reflexionando,
pues, Agesilao que no podía llegar tan presto la infantería
de los enemigos, cuando a él nada le faltaba de sus fuerzas,
se dio priesa a venir a combate, e interpolando con la caballería
algunas tropas ligeras les dio orden de que acometieran rápidamente
a los contrarios, y él cargó también al punto
con la infantería. Pusiéronse en fuga los bárbaros;
y yendo en su persecución los Griegos, les tomaron el campamento
e hicieron en ellos gran matanza. De resultas de esta batalla
no sólo se hallaron en disposición de correr y talar
a su arbitrio toda aquella provincia del imperio del rey, sino
también de presenciar el castigo de Tisafernes, hombre
malo y enemigo implacable de la nación griega; porque el
rey envió sin dilación contra él a Titraustes,
quien le cortó la cabeza; y con deseo de que Agesilao,
haciendo la paz, se retirara a su país, envió quien
se lo propusiera, ofreciéndole grandes intereses; pero
éste dijo que la paz dependía sólo de la
república, que por su parte más se alegraba de que
sus soldados se enriquecieran, que enriquecerse él mismo,
y que, además, los Griegos tenían por más
glorioso que el recibir presentes tomar despojos de los enemigos.
Con todo, queriendo manifestar algún reconocimiento a Titraustes
por haber castigado a Tisafernes enemigo común de los Griegos,
condujo el ejército a la Frigia, recibiendo de aquel en
calidad de viático treinta talentos. Estando en marcha
le fue entregado un decreto de los que ejercían la autoridad
suprema en Esparta, por el que se le daba también el mando
de la armada naval: distinción de que sólo gozó
Agesilao el cual era, sin disputa, el mayor y más ilustre
de cuantos vinieron en su tiempo, como lo dijo también
Teopompo, pues que más quería ser apreciado por
su valor que por sus dignidades y mandos.
Sin embargo, entonces, habiendo hecho jefe de la armada a Pisandro,
pareció apartarse de estos principios; porque no obstante
haber otros más antiguos y de más capacidad, sin
atender al bien común, y dejándose llevar del parentesco
y del influjo de su mujer, de la que era hermano Pisandro, puso
a éste al frente de la armada».
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