SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO I

Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.

Dado que sólo yo, de aquéllos interesados en la ciencia militar, he emprendido la tarea de reducir sus reglas a un sistema (1), y dado que parece que he cumplido con ese propósito, tanto como las molestias de mi parte me permitieron lograrlo, me siento todavía bajo la obligación, en orden a completar la tarea que he empezado, a resumir en convenientes bocetos las hábiles operaciones de los generales, que los griegos unifican bajo el único nombre de strategemata.
Porque de este modo los comandantes serán dotados con ejemplos de sabiduría y previsión que servirán para nutrir su propio poder de concebir y ejecutar hechos semejantes. Así resultará que esta ventaja agregada hará que un general no temerá librar su propia estratagema, si la compara con experimentos ya realizados exitosamente.
Yo ni ignoro ni niego el hecho de que los historiadores han incluído también este rasgo en el alcance de sus trabajos, ni que los autores ya han registrado de algún modo todos los ejemplos famosos. Pero yo pienso que debo, fuera de la consideración a los detallistas, tener respeto a la brevedad.
Ya que es una tediosa ocupación buscar ejemplos diferentes esparcidos por sobre el inmenso cuerpo de la historia; y aquéllos que han hecho selecciones de hechos notables, han agobiado al lector con el inmenso volumen del material. Mi esfuerzo se consagrará a la tarea de establecer, como en respuesta a las preguntas, y como la ocasión lo exigirá, el ejemplo aplicable al caso puntual.
Habiendo examinado las categorías, yo tengo de antemano planeada mi campaña, por así decirlo, para la presentación de ejemplos ilustrativos. Es más, para que éstos puedan ser tamizados y clasificados propiamente según la variedad del asunto o materia, yo los he dividido en tres libros. En el primero los ejemplos de estratagemas son para el uso antes que la batalla comience; en el segundo, aquéllos que se relacionan con la batalla propiamente y tienden a causar el sometimiento completo del enemigo; el tercero contiene estratagemas conectadas con los sitios y el levantar sitios. Bajo estas clases sucesivas he agrupado los ejemplos apropiados a cada uno.
No es sino con justicia que yo exigiré indulgencia por este trabajo, y yo ruego que nadie me acuse con negligencia, si encuentra que yo he pasado por encima algún ejemplo. ¡Porque quién podría mostrarse igual ante la tarea de examinar todos los registros que nos han llegado en ambos idiomas! Y así es que yo me he permitido intencionalmente saltar muchas cosas. Que no lo he hecho sin razón, lo comprenderán aquéllos que leyeron los libros de otros que tratan de los mismos asuntos; pero será fácil para el lector proporcionar esos ejemplos bajo cada categoría.
Dado que este trabajo, como mis precedentes, han sido emprendidos para el beneficio de otros, más que por el bien de mi propio renombre, sentiré que estoy siendo ayudado, en lugar de criticado, por aquéllos que harán agregados a él. Si se demuestra que hay personas que muestran interés por estos libros, permítaseles que recuerden la diferencia entre «estrategia» y «estratagemas», qué por naturaleza son sumamente similares.
Pues todo lo logrado por un comandante, sea caracterizado por la previsión, ventaja, empresa, o resolución, pertenecerá al encabezado de «estrategia», mientras que esas cosas que caen bajo algún tipo especial de éstas serán «estratagemas».
La característica esencial de esta última, descansando, como lo hace, en la habilidad y la destreza, es bastante eficaz tanto cuando el enemigo será evadido como cuando será aplastado. Dado que en este campo ciertos resultados llamativos han sido obtenidos por discursos, he consignado ejemplos también de ellos, mbién, así como de hechos.
Los tipos de estratagemas para la guía de un comandante en cuestiones a ser atendidas antes de la batalla:

I. Sobre cómo ocultar los planes de uno.
II. Sobre cómo averiguar los planes del enemigo.
III. Sobre cómo determinar el carácter de la guerra.
IV. Sobre cómo conducir un ejército a través de lugares infestados por el enemigo.
V. Sobre cómo escapar de las situaciones difíciles.
VI. Sobre cómo tender y encontrar emboscadas mientras se está en marcha.

VII. Cómo cómo ocultar la ausencia de las cosas que nos faltan, o de suministrar substitutos para ellas.

VIII. Sobre cómo distraer la atención del enemigo.
IX. Sobre cómo sofocar un motín de soldados.
X. Cómo verificar una intempestiva demanda por batallar.
XI. Cómo despertar el entusiasmo de un ejército por la batalla.
XII. Sobre cómo dispersar los miedos inspirados en los soldados por augurios adversos.

Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

 

VII. CÓMO OCULTAR LA AUSENCIA DE LAS COSAS QUE NOS FALTAN, O DE SUMINISTRAR SUBSTITUTOS PARA ELLAS.


1) Lucio Cecilio Metelo, careciendo de barcos para transportar a sus elefantes, unió grandes tarros de tierra, los cubrió con tablones, y luego, cargando a los elefantes sobre éstos, los transportó a través de los estrechos sicilianos.

Nota: Año 250 a.de C. Zonaras, 8:14 : «Los cartagineses, enterándose de lo que los romanos habían determinado en cuanto a la flota, enviaron una expedición a Sicilia, esperando ahora traerla completamente bajo su control. En tanto mientras los cónsules, tanto Cecilio Metelo como Cayo Furio, estaban en tierra, ellos permanecieron tranquilos; pero cuando Furio partió para Roma, ellos concibieron un desprecio hacia Metelo y avanzaron a Panormo. Metelo se enteró que habían venido espías del enemigo, y reuniendo a toda la gente de la ciudad, se dirigió a ellos, y luego les pidió que se asieran el uno al otro; así pudo investigar quién era el uno y el otro y cual era su ocupación, y así detectó a los enemigos. Los cartagineses se dispusieron en formación de batalla, y Metelo fingió tener miedo.
Mientras él siguió este fingimiento durante varios días, los cartagineses se llenaron de presunción, y se tornaron completamente osados al hacer ataques. Entonces Metelo levantó la señal para los romanos.
Inmediatamente hicieron una salida inesperada por todas las puertas, vencieron fácilmente la resistencia, y encerraron a sus enemigos en un lugar estrecho a través del cual ya no podrían retirarse; en razón de su propio número y el gran número de elefantes con ellos, fueron juntos atestados y lanzados a la confusión. Mientras tanto la flota cartaginesa se acercó a la costa y se convirtió en la causa principal de su destrucción. Los fugitivos, viendo los barcos, corrieron hacia ellos y trataron de forzar su camino a bordo; unos se cayeron al mar y fallecieron, otros fueron muertos por los elefantes, que se apiñaron el uno contra el otro y contra los hombres, y algunos otros fueron muertos por los romanos; muchos también fueron capturados vivos, hombres y elefantes también. Ya que cuando las bestias, privadas de los hombres con quienes estaban acostumbradas, se enfurecieron, Metelo hizo una proclamación a los prisioneros, ofreciendo seguridad y perdón a quiénes las mantuviera bajo control; en consecuencia, algunos encargados se acercaron a los animales más suaves, a los que sometieron por la influencia de su acostumbrada presencia, y luego persuadieron al resto. Éstos, ciento veinte en número, fueron conducidos a Roma, transportados a través del estrecho del siguiente modo. Varios tarros enormes, separados por tablones de madera, fueron sujetados juntos de tal modo que no podían romperse, ni golpearse juntos; luego este marco fue atravesado por vigas, y encima de todo fueron colocados tierra y matorrales, y la superficie fue cercada, de modo que presentara el aspecto de un corral. Las bestias fueron puestas entonces a bordo de esta balsa y fueron transportadas a través sin saber que se movían sobre el agua. Tal fue la victoria de Metelo; pero Asdrúbal, el líder cartaginés, aunque se puso fuera de peligro en esta ocasión, fue convocado más tarde por los cartagineses a Cartago y empalado».


2) Cuando Aníbal en una ocasión no podía forzar a sus elefantes a vadear una corriente especialmente profunda, no teniendo, ni barcos, ni material para construirlos, ordenó que uno de sus hombres hiriera al elefante más salvaje debajo del oído, y luego inmediatamente nadar a través de la corriente y escapar. El enfurecido elefante, impaciente por perseguir al autor de su sufrimiento, cruzó la corriente, y así puso un ejemplo para que el resto concretara la misma empresa.

Nota: Año 218 a.de C. Livio, 21:28 : «Aníbal hizo pasar tranquilamente el resto de sus tropas, despreciando ya los tumultos galos, y estableció en seguida su campamento. En cuanto al modo de hacer pasar los elefantes, creo que hubo diferentes opiniones; al menos los relatos varían mucho acerca de este hecho. Según algunos, habiendo reunido los elefantes en la orilla, irritado el más furioso de ellos por su conductor, le persiguió en el agua, por la que huía a nado, y de esta manera los arrastró a todos: ahora bien; en cuanto cada animal de éstos, que tanto temen el agua profunda, perdió pie, la misma corriente le llevó a la orilla opuesta».


3) Cuando los almirantes cartagineses estuvieron a punto de equipar su flota, pero carecían de retama (1) para escobas , cortaron el pelo de sus mujeres y lo emplearon para hacer el cordaje (2).

Nota:

1) Retama de escobas Mata de la familia de las Papilionáceas, de doce a catorce decímetros de altura, con ramas espesas, asurcadas, verdes y lampiñas, hojas pequeñas, partidas en tres gajos, flores grandes, amarillas, solitarias o apareadas, y fruto de vaina ancha, muy aplastada y con varias semillas. Es abundante en España y se emplea en hacer escobas y como combustible ligero. Se usaba para fabricar cuerdas y sogas.
2) Año 146 a.de C. Floro, 2:14 : «Hasta qué punto llegó la desesperación de los Cartagineses puede juzgarse por los siguientes hechos. Para construir una escuadra emplearon el maderamen de las casas y sus techumbres; á falta de bronce y hierro con que forjar las armas, fundieron la plata y el oro en las fraguas de los armeros, y las matronas cortaron sus cabellos para tejer con ellos las cuerdas de las máquinas de guerra».


4) Los masaliotas y rodios hicieron lo mismo.


5) Marco Antonio, cuando se refugiaba luego de Mutina, dio a sus soldados cortezas para ser usadas como escudos.

Nota: Año 43 a.de C.


6) Espartaco y sus tropas tenían escudos hechos de mimbre y cubiertos con cuero.

Nota: Año 73 a.de C. Floro, 3:20 : «Aumentando sus fuerzas de día en día, regularizaron un ejército, formaron groseros escudos de mimbres cubiertos con pieles, y fundiendo las cadenas de los esclavos, se armaron de espadas y dardos; y para que en la apariencia nada faltara de lo necesario á un ejército regular, montaron parte de sus fuerzas en los caballos de que se apoderaron, y á su jefe le entregaron las insignias y haces cogidas á nuestros pretores».


7) Este lugar, pienso, es bastante apropiado para contar aquel hecho famoso de Alejandro de Macedonia Marchando a lo largo de los desérticos caminos de África, y sufriendo en común con sus hombres de la sed más dolorosa, cuando le fue traída un poco de agua en un casco por un soldado, él la volcó sobre la tierra a la vista de todos, sirviendo de esta manera de mejor ejemplo a sus soldados su contención, que si él hubiera compartido el agua con el resto.

Nota: Año 332-331 a.de C. Plutarco, Alejandro, 42, no dice que Alejandro haya derramado el agua : «Con la marcha y persecución, que fue penosa y larga, habiendo andado a caballo en once días tres mil trescientos estadios, llegaron a flaquear y desalentarse la mayor parte, principalmente por la falta de agua. Allí se encontró con algunos Macedonios que en acémilas llevaban odres llenos de ella, y viéndole éstos mortificado de la sed, porque venía a ser entonces la hora del mediodía, llenaron sin dilación el casco y se lo presentaron; mas habiendo preguntado para quiénes conducían aquella agua, y ellos respondiesen: “Para nuestros propios hijos; pero viviendo tu, otros tendremos si perdiéremos éstos”, tomó al oírlo el casco en las manos; pero volviendo la vista y observando que los soldados de a caballo que le acompañaban todos tenían inclinada la cabeza y fijos los ojos en la bebida, lo devolvió sin haber bebido, y dándoles las- gracias les dijo: “Si yo solo bebiere, éstos desfallecerán todavía más”; y ellos, viendo su templanza y su grandeza de ánimo, gritaron que los condujese con toda confianza, y aguijaron los caballos, porque ni se cansarían, ni tendrían sed, ni se acordarían que eran mortales mientras tuviesen un rey como él».


VIII. SOBRE CÓMO DISTRAER LA ATENCIÓN DEL ENEMIGO.

1) Cuando Coriolano procuraba vengar por la guerra la vergüenza de su propia condena, evitó la devastación de las tierras de los patricios, quemando y acosando aquellas de los plebeyos, a fin de despertar la discordia con la cual destruir la armonía de los romanos.

Nota: Año 489 a.de C. Plutarco, Coriolano, 27 : «Era con todo la menor mira de aquella expedición el procurarse provisiones y el talar y devastar la comarca; el objeto principal era acrecentar la discordia entre los patricios y la plebe, para lo que, arrasando y destruyendo todo lo demás, en los campos de los patricios no permitió que se hiciera el más leve daño, ni que nadie tomara de ellos cosa alguna. Con efecto, por esta causa fue mayor la disensión y contienda entre ellos, acusando a la plebe los patricios de haber desterrado injustamente a un varón de tan grande importancia y culpando a éstos la plebe de haber llamado por encono a Marcio; a lo que añadía que después le dejarían a ella la guerra, quedándose tranquilos espectadores, por cuanto tenían a la parte de afuera por guarda de su hacienda y de sus bienes a la misma guerra. Hecho esto, con lo que Marcio inspiró a los Volscos mucho aliento y confianza, se retiró con la mayor seguridad».


2) Cuando Aníbal demostró no tener comparación alguna con Fabio en el carácter o en su desempeño como general, a fin de mancharlo con la deshonra, respetó sus tierras, habiendo devastado todas las otras. Para enfrentar este ataque, Fabio transfirió el título de su propiedad al Estado, y así, por la arrogancia de su carácter, evitó que su honor cayera bajo la sospecha de su conciudadanos.

Nota: Año 217 a.de C. Plutarco, Fabio Máximo, 7 : «Fabio bien se percibió del engaño en la misma noche, porque algunas de las vacas que huyeron espantadas habían venido a dar en su poder; temiendo, sin embargo, alguna celada preparada a favor de las tinieblas, tuvo inmóvil el ejército sobre las armas. Luego que amaneció se puso en persecución de los enemigos y alcanzando la retaguardia, se trabó combate en terreno quebrado, por lo que en éstos era grande la confusión, hasta que Aníbal, haciendo salir de aquellas gargantas a los Españoles, más ejercitados en trepar por los montes, gente muy lista y de gran ligereza, los envió contra la infantería pesada de los Romanos, en la que hicieron bastante mortandad, y obligaron a Fabio a retirarse. Con esto crecieron las habladurías y el menosprecio contra él; porque no poniendo en las armas su confianza, sino aspirando a triunfar de Aníbal con la sagacidad y previsión, aparecía vencido y burlado con estos mismos medios, y queriendo Aníbal encender todavía más el encono de los Romanos contra Fabio, llegado que hubo adonde estaban sus posesiones, mandó que se talara e incendiara todo lo demás, y sólo a aquellas se perdonara, dejando una guardia que no permitiera destruir o tomar nada de lo que allí había. Todo esto fue anunciado en Roma, dándosele gran valor, levantando mucho el grito los tribunos de la plebe, a instigación principalmente de Metilio, que atizaba aquel fuego, no tanto por enemistad a Fabio, como porque teniendo deudo con Minucio, el maestre de la caballería, juzgaba que cedían en honor y aprecio de éste aquellos rumores. Había además caído en la indignación del Senado, por llevar éste a mal el tratado que acerca de los cautivos había hecho con Aníbal; porque le había otorgado que se canjearía hombre por hombre, y que si de la una de las partes era mayor el número, por cada uno de los que se entregasen se darían doscientas y cincuenta dracmas. Por tanto, cuando hecho el canje se halló que todavía le quedaban a Aníbal doscientos y cuarenta, el Senado resolvió no enviar su rescate, y se culpó a Fabio de que, contra toda razón y conveniencia, tratara de volver a Roma a unos hombres que por cobardía habían sido presa de los enemigos. Enterado de esta resolución Fabio, sufrió muy resignadamente el encono de los ciudadanos; mas no teniendo caudal propio, y no queriendo faltar a lo tratado, ni dejar abandonados a aquellos infelices, envió a Roma a su hijo con orden de que vendiera sus tierras y le llevara al punto el importe al ejército. Vendiólas éste, efectivamente, y vuelto allá con suma presteza, envió Fabio el rescate a Aníbal, y recobró los cautivos. Muchos de éstos quisieron remitírselo después, pero no quiso recibirlo de nadie, sino que lo perdonó a todos».


3) En el quinto consulado de Fabio Máximo, los galos, umbrios, etruscos, y samnitas habían formado una alianza contra el pueblo romano. Contra estas tribus, Fabio construyó primero un campamento fortificado más allá de los Apenninos en la región de Sentinum. Entonces escribió a Fulvio y Postumio, quiénes guardaban la ciudad, ordenándoles que se trasladaran a Clusium con sus fuerzas. Cuando estos comandantes obedecieron, los etruscos y umbrios se retiraron para defender sus propias posesiones, mientras Fabio y su colega Decio atacaron y derrotaron a las fuerzas restantes de samnitas y galos.

Nota: Año 295 a.de C. Livio, 10:27 : «Habiendo atravesado el Apenino los cónsules, entraron en el territorio sentino, acampando a cerca de cuatro millas del enemigo. Éste celebró en seguida consejo y decidió que no ocupasen todos el mismo campamento ni que marchasen todos juntos en línea de batalla. Los galos se unieron a los samnitas y los umbrios a los etruscos. Designóse día para el combate, debiendo librarle los samnitas y los galos, y durante la batalla los etruscos y los umbrios atacarían el campamento romano. Estos proyectos quedaron desconcertados merced a tres desertores de Clusio, que durante la noche pasaron furtivamente al campamento de Fabio. Después que revelaron el plan de los enemigos, despidiéronles con regalos para animarles a que se informaran exactamente de todo lo que se decidiese de nuevo, y a venir para revelarlo. Los cónsules escriben a Fulvio y a Postumio que abandonen las posiciones que ocupan, el uno cerca del territorio falisco y el otro cerca del Vaticano, y que avancen hacia Clusio, haciendo los mayores estragos en el país enemigo. La noticia de esta devastación hizo salir a los etruscos del territorio sentino para defender el suyo. Entonces lo intentaron todo los cónsules para llegar a una batalla, provocando al enemigo durante dos días, en los que nada memorable ocurrió. Por ambas partes perdieron algunos hombres; y estas escaramuzas no tuvieron otro efecto que aumentar el deseo de un combate general sin poder conseguirlo. En el día tercero hicieron salir todas las tropas al campo de batalla. Cuando estuvieron frente a frente, una cierva, arrojada de la montaña por un lobo que la perseguía, atravesó la llanura que ocupaban los dos ejércitos; en seguida los dos animales se dirigieron en opuesto sentido, la cierva hacia los galos y el lobo hacia los romanos, que abrieron las filas dejándole pasar mientras que los galas mataron la cierva.
Entonces un soldado romano de la primera fila, alzando la voz, exclamó: "La fuga y la muerte pasan a aquel lado donde veis muerto el animal consagrado a Diana. Por este lado el lobo de Marte, vencedor, escapado ileso del peligro, nos recuerda nuestro fundador y nuestro origen que remonta a Marte." Los galos se colocaron en el ala derecha y los samnitas en la izquierda. Fabio, en el ala derecha, opuso a los samnitas las legiones primera y tercera; Decio, en la izquierda, hizo frente a los galos con la quinta y la sexta; la segunda y la cuarta hacían la guerra en el Samnio con el procónsul L. Volumnio. El combate se sostuvo al principio con tanta igualdad, que si los etruscos y los umbrios hubiesen asistido, en cualquier parte que combatiesen, sea contra el ejército o contra el campamento, la derrota habría sido inevitable».


4) Cuando los sabinos formaron un gran ejército, dejaron su propio territorio, e invadieron el nuestro, Manio Curio envió contra ellos, por rutas secretas, una fuerza que devastó sus tierras y pueblos y les prendió fuego en diferentes sitios. A fin de abortar esta destrucción de su país, los sabinos se retiraron. Pero Curio tuvo éxito al devastar su país mientras estaba indefenso, en rechazar a su ejército sin un enfrentamiento, y luego en matarlo poco a poco.

Nota: Año 290 a.de C.


5) Tito Didio careció de confianza un tiempo debido al pequeño número de sus tropas, pero siguió la guerra en la esperanza de la llegada de ciertas legiones que él esperaba. Oyendo que el enemigo planeaba atacar estas legiones, llamó a una asamblea de los soldados y ordenó que se prepararan para la batalla, y ejercer deliberadamente una supervisión descuidada sobre sus prisioneros. Como consecuencia, algunos de éstos escaparon e informaron a su gente que la batalla era inminente. El enemigo, para evitar dividir su fuerza esperando la batalla, abandonó su plan de atacar a aquellos por los que estaban a la espera, de modo que las legiones llegaron sin obstáculo y en perfecta seguridad al campo de Didio.

Nota: Años 98-93 a.de C., en España.


6) Durante la Guerra Punica, ciertas ciudades resolvieron rebelarse de los romanos a los cartagineses, pero deseando, antes de rebelarse, recuperar a los rehenes que habían dado, fingieron que había estallado un levantamiento entre sus vecinos, al que comisionados romanos debían acudir y suprimir. Cuando los romanos mandaron a estos enviados, las ciudades los detuvieron como contrapromesas, y rehusaron devolverlos hasta que no recuperaran a sus propios rehenes.


7) Después de la derrota de los cartagineses, el rey Antíoco dió refugio a Aníbal y utilizó su consejo contra los romanos. Cuando fueron enviados emisarios romanos a Antíoco, sostuvieron frecuentes conferencias con Aníbal, e hicieron así que se convirtiera en objeto de sospecha para el rey, a quien él fue por otra parte de lo más útil y agradable, como consecuencia de su inteligencia y experiencia en la guerra.

Nota: Año 192 a.de C. Livio, 35:14 : «Sulpicio, que se encontraba enfermo, quedó en Pérgamo; y Vilio, enterado de que Antioco se ocupaba de la expedición a Pisidia, marchó a Efeso, dedicando los pocos días que pasó en esta ciudad a frecuentes entrevistas con Aníbal, que se encontraba entonces en ella. Quería sondear sus intenciones si era posible, y persuadirle de que nada tenía que temer de los romanos; pero las conferencias no tuvieron resultado, aunque produjeron el natural efecto, que pudo creerse preparado por el talento de Vilio, de disminuir la influencia de Aníbal con el rey y hacerle sospechoso en todo. Dice el historiador Claudio, fundándose en las memorias griegas de Acilio, que el Africano formaba parte de aquella legación y que conferenció con Aníbal en Efeso; llegando a referir en estos términos una entrevista: "Habiéndole preguntado Escipión a quién consideraba como el general más grande, contestó el cartaginés que al rey de Macedonia, Alejandro, que, con un puñado de valientes, derrotó numerosos ejércitos y recorrió comarcas donde jamás había esperado penetrar el hombre." Preguntándole en seguida a quién colocaba en segundo lugar, contestó: "A Pirro, que fué el primero en enseñar el arte de los campamentos. Nadie supo elegir sus posiciones ni colocar sus tropas con más habilidad. Poseía además en tan alto grado el arte de ganarse las voluntades, que los pueblos italianos hubiesen preferido el dominio de aquel príncipe extranjero al de los romanos, que desde tanto tiempo mandaban como señores en Italia." "¿Y el tercero?" siguió preguntando. "Yo", contestó sin vacilar Aníbal. Entonces lanzó la carcajada Escipión, y añadió: "¿Qué dirías si me hubieses vencido?" "En ese caso me consideraría superior a Alejandro a Pirro y a todos los demás generales." Escipión agradeció la lisonja que encerraba aquella contestación inesperada, tan conforme con el carácter cartaginés, porque le señalaba puesto especial entre los generales, como si no tuviese igual».


8) Cuando Quinto Metelo emprendía la guerra contra Yugurta, sobornó a los emisarios que le enviaron para que traicionaran al rey y lo entregaran en sus manos. Cuando otros enviados vinieron, hizo lo mismo; y con una tercera embajada adoptó la misma política. Pero sus esfuerzos por tomar prisionero a Yugurta tuvieron poco éxito, ya que Metelo deseaba que el rey le fuera entregado en sus manos, vivo. Y aún así hizo mucho, ya que cuando las cartas dirigidas a los amigos del rey fueron interceptadas, el rey castigó a todos estos hombres, y, quedando así privado de consejeros, no podía asegurar a ningún amigo para el futuro.

Nota: Año 108 a.de C. Salustio, La Guerra de Yugurta, 61, 62, 70-72 : «Viendo Metelo frustradas sus ideas y que ni la ciudad se tomaba, ni Jugurta quería pelear sino por sorpresa o en lugares ventajosos, y que ya se había pasado el estío, levanta el sitio de Zama, pone guarnición en las ciudades que se le habían entregado y eran bastante fuertes por su situación o por sus murallas, y acuartela el resto de su ejército en la parte de la provincia romana más cercana a la Numidia, para que invernase allí. Pero ni en ese tiempo estuvo ocioso, ni entregado, como otros suelen, al regalo, sino antes bien, visto que la guerra se adelantaba poco con la fuerza, resuelve valerse de los amigos del rey para tenderle lazos y usar de perfidia en vez de armas. Tienta, pues, con grandes promesas a aquel Bomílear que dijimos había estado con Jugurta en Roma, y que, sin embargo, de hallarse afianzado por la muerte de Masiva, se había ocultamente substraído al juicio con la fuga, el cual por la gran confianza que de él hacía el rey tenía gran proporción para engañarle, y logra desde luego de él que vaya en secreto a verle. Asegúrale después con su palabra que, si le entrega vivo o muerto a Jugurta, el Senado le perdonará y dejará toda su hacienda, y le persuade a ello fácilmente, ya por su natural infiel, ya porque temía que, si llegaba a hacerse la paz, una de las condiciones sería que le llevasen al suplicio.
Llégase, pues, en la primera ocasión que tuvo a Jugurta, que andaba acongojado y lastimándose de sus trabajos, y le exhorta y ruega con lágrimas, «que mire al fin por sí y por sus hijos y también por sus númidas, que tan acreedores a ello eran. Dícele que no ha habido batalla en que no hayan sido vencidos; que la campaña está asolada, la gente cautiva y muerta, las fuerzas del reino arruinadas; que hartas pruebas tiene ya hechas del valor de sus soldados y de la fortuna; y, finalmente, que no dé lugar con su tardanza a que los númidas se le anticipen. Con estas y otras razones induce al rey a que se entregue. Envíanse mensajeros a Metelo para hacerle saber que Jugurta hará cuanto se le mande, y que desde luego se pone a sí y a su reino en sus manos a discreción y sin pacto alguno. Metelo manda que vengan al instante de los cuarteles cuantos había en ellos del orden senatorio, con quienes, y con otros que creía a propósito, tiene su consejo; y tomada resolución en él, según la costumbre de los mayores, manda a Jugurta que apronte doscientas mil libras de plata, todos los elefantes y algunos caballos y armas. Hecho esto sin la menor tardanza, ordena que se le traigan atados todos los desertores. Tráesele gran parte, según lo acordado: algunos de ellos, desde que empezó a tratarse de entrega, se habían pasado al rey Boco a la Mauritania. Jugurta, viendo que sobre haberle despojado de sus armas, gente y dinero, le mandaban presentar en Tisidio para oír lo que debería hacer, comenzó a vacilar de nuevo y a temer por su mala conciencia el merecido castigo. Finalmente, habiendo entre estas dudas pasado muchos días, pareciéndole unas veces cualquiera suerte más llevadera que la guerra, por el tedio con que miraba su fortuna, y otras, considerando entre si cuán dura cosa era pasar de re a siervo, después de haber perdido infructuosamente y lo más y mejor de sus fuerzas, emprende de nuevo la guerra. En Roma, entretanto, el Senado, siendo consultado acerca de la distribución de las provincias, prorrogó a Metelo la Numidia.
Cuando llegó esta carta, se hallaba casualmente Nabdalsa reposando en su lecho, por hallarse fatigado del ejercicio, y viendo lo que Bomilcar le decía, le sobrecogió el cuidado y luego el sueño, como sucede a un ánimo apesadumbrado. Tenía consigo Nabdalsa un númida que le ayudaba en sus negocios, hombre fiel, a quien amaba mucho, y era sabedor de todos sus secretos, excepto éste. El númida apenas entendió que había llegado una carta, creyendo, como en otras ocasiones, que para el despacho de ella sería necesaria su asistencia y consejo, entra en la tienda de Nabdalsa y hallándole dormido, toma la carta que sin reflexión había puesto en la cabecera de la cama sobre la almohada; léela y vista la traición que se tramaba contra su rey, vase inmediatamente a darle cuenta. Despierta poco después Nabdalsa; y cuando se halla sin la carta y entiende cuanto había pasado, primero intenta alcanzar y detener al que iba con la noticia, y no habiendo podido lograrlo, vase a Jugurta para aplacarle y decirle «que la perfidia de aquel confidente suyo se le había anticipado a hacer lo mismo que él pensaba, pídele con muchas lágrimas, por su amistad y buenos servicios hasta entonces, que no entre en sospecha de él sobre aquel hecho.
El rey le responde plácidamente, pero muy contra lo que pensaba en su interior, y con haber hecho morir a Bomílcar y a otros muchos que supo ser cómplices de la conjuración, desahogó algún tanto su enojo, sin atreverse a más, por miedo de que no se levantase con ocasión de eso algún tumulto. Desde este lance no tuvo ya Jugurta día o noche alguna con sosiego; de nadie se fiaba, ni se tenía por seguro en tiempo ni en paraje alguno; temía no menos a los suyos que a los enemigos; volvía frecuentemente el rostro a todas partes, sobresaltándose a cualquier ruido; dormía ya en un lugar, ya en otro, muchas veces contra lo que pedía el real decoro, y despertando a menudo, tomaba las armas y lo alborotaba todo. De esta suerte su miedo le traía como loca».


9) Cayo César en una ocasión capturó a un soldado que había ido a conseguir agua, y se enteró por él que Afranio y Petreyo planeaban levantar el campamento esa noche. A fin de obstaculizar los proyectos del enemigo, y no causar la alarma en sus propias tropas, César por la tarde temprano dió órdenes para que sonara la señal de levantar campamento, y encomendó que fueran mandadas mulas delante del campo del enemigo con ruidos y gritos. Pensando que César levantaba el campamento, sus adversarios se quedaron donde estaban, exactamente como César deseaba.

Nota: Año 49 a.de C. Julio César, Las Guerras Civiles, 1:66 : «A eso de la medianoche cogió nuestra caballería algunos que se habían alejado del campo en busca de agua; averigua de ellos César que los generales enemigos iban a marchar de callada. Sabido esto, manda dar la señal de marcha y levantar los ranchos. Ellos que oyen la gritería, temiendo verse precisados a pelear de noche y con las cargas a cuestas, o que la caballería de César los detuviese en los desfiladeros, suspenden la marcha y se mantienen dentro de los reales. Al otro día sale Petreyo con algunos caballos a descubrir el terreno. Mácese lo mismo de parte de César, quien destaca a Decidió Saja con un piquete a reconocer el campo. Entrambos vuelven a los suyos con una misma relación: que las cinco primeras millas eran de camino llano; entraban luego las sierras y los montes; que quien cogiese primero estos desfiladeros, sin dificultad cerraría el paso al enemigo».


10) Cuando, en una ocasión, los refuerzos y las provisiones estaban en camino a Aníbal, Escipión, deseando interceptarlos, envió delante a Minucio Termo, y quedó en ir él mismo para prestar su apoyo.

Nota: Año 202 a.de C. Apiano, Sobre Africa, 36 : «Este, a la vista de la magnitud de la contienda, les pidió que llamaran a Asdrúbal y al ejército de que disponía. Asdrúbal, una vez que su proceso fue sobreseído, entregó su ejército a Aníbal, pero ni aún entonces se atrevió a mostrarse a los cartagineses, sino que se mantuvo oculto en la ciudad. Escipión bloqueó con sus naves el puerto de Cartago y les cortó los suministros por mar, en una situación en que estaban mal abastecidos por tierra por la improductividad de ésta a causa de la guerra. Por estas mismas fechas, tuvo lugar un combate ecuestre entre las fuerzas de Aníbal y Escipión cerca de Zama en el que este último se Llevó la mejor parte. En los días sucesivos, hubo escaramuzas entre unos y otros, hasta que Escipión se dio cuenta de que Aníbal estaba por completo falto de recursos y aguardaba la llegada de provisiones; así pues, envió durante la noche a Termo, un tribuno militar, para atacar los suministros. Termo ocupó una posición, en una colina, en un paso angosto y dio muerte a cuatro mil africanos, hizo otros tantos prisioneros y llevó a Escipión las provisiones».


11) Cuando los africanos planeaban cruzar a Sicilia en gran número a fin de atacar a Dionisio, tirano de Siracusa, éste construyó fortalezas en muchos sitios y ordenó a sus defensores que se rindieran a la llegada del enemigo, y luego, cuando ellos se retiraran, volver en secreto a Siracusa. Los africanos fueron obligados a ocupar las fortalezas capturadas con guarniciones, con lo cual Dionisio, habiendo reducido el ejército de sus opositores al número escaso que él deseaba, y estando ahora aproximadamente en una igualdad, los atacó y los derrotó, ya que él había concentrado sus propias fuerzas, y había separado las de sus adversarios.

Nota: Año 396 a.de C. Polieno, 5:2 § 9 : «Cuando los cartaginses invadieron el territorio de Siracusa con un ejército de trescientos mil hombres, Dionisio, que se había encargado de erigir varias fortalezas y fuertes en diferentes partes, envió embajadores para concluir una paz con ellos, a condición de entregarles todas las fortalezas y fuertes. Los términos fueron fácilmente aceptados por los cartagineses, quiénes estuvieron muy satisfechos con recibir la posesión de las fortalezas, sin el riesgo de una batalla; y dejaron considerables guarniciones en cada uno de ellos. Pero Dionisio atacó después con éxito, y derrotó completamente a su ejército principal, que estaba bastante reducido por los destacamentos, que habían quedado dispersados en varios sitios».


12) Cuando Agesilao, el espartano, emprendía la guerra contra Tisafernes, fingió marchar para Caria, como si probablemente fuera más ventajoso luchar en distritos montañosos contra un enemigo fuerte en caballería. Cuando dió a conocer este objetivo y desalojó así a Tisafernes lejos de Caria, él mismo invadió Lidia, donde estaba situada la capital del reino del enemigo, y habiendo aplastado a aquellos que comandaban en aquel lugar, obtuvo la posesión del tesoro del rey.

Nota: Año 395 a.de C. Plutarco, Agesilao, 9, 10 : Sucedió que Tisafernes, temiendo al principio a Agesilao, capituló con él, concediéndole que las ciudades griegas se gobernasen por sus leyes con independencia del rey; pero pareciéndole después que tenía bastantes fuerzas se decidió por la guerra. Agesilao admitió gustoso la provocación, porque confiaba mucho en el ejército, y tenía a menos que los diez mil mandados por Jenofonte hubiesen llegado hasta el mar, venciendo al rey cuantas veces quisieron, y que él, al frente de los Lacedemonios, que daban la ley por mar y por tierra, no presentara a los Griegos ningún hecho digno de conservarse en la memoria. Pagando, pues, a Tisafernes su perjuicio con un justo engaño, dio a entender que se dirigía a la Caria, y, cuando el bárbaro tuvo reunidas allí sus fuerzas, levó anclas e invadió la Frigia. Tomó muchas ciudades y se apoderó de inmensas riquezas, manifestando a sus amigos que quebrantar injustamente la fe de los tratados es insultar a los dioses, pero que en usar de estratagemas que induzcan en error a los enemigos no sólo no hay justicia, sino acrecentamiento de gloria, acompañada de placer y provecho. Era inferior en soldados de a caballo, y al hígado de una víctima se halló faltarle uno de los lóbulos; retiróse, pues, a Éfeso, y juntó prontamente caballería por el medio de proponer a los hombres acomodados que si no querían servir en la milicia dieran cada uno un caballo y un hombre; y como éstos fuesen muchos, en breve tiempo tuvo Agesilao muchos y valientes soldados de a caballo en lugar de inútiles infantes.
Porque los que no querían servir pagaban jornal a los que a ello se prestaban, y los que no querían cabalgar, a los que no tenían gusto en ello. También de Agamenón se dice haber obrado muy cuerdamente en recibir una excelente yegua por librar de la milicia a un cobarde y rico. Ocurrió asimismo que los encargados del despacho del botín pusieron de su orden en venta los cautivos, despojándolos del vestido; y como de las ropas hubiese muchos compradores, pero de las personas, viendo sus cuerpos blancos y débiles del todo, a causa de haberse criado siempre a la sombra, hiciesen irrisión, teniéndolos por inútiles y de ningún valor, Agesilao, que se hallaba presente: “Estos son- dijo- contra quienes peleáis y éstas las cosas por que peleáis”.
Cuando fue tiempo de volver otra vez a la guerra anunció que se dirigía a la Lidia, no ya con ánimo de engañar a Tisafernes, sino que él mismo se engañó, no queriendo dar crédito a Agesilao, a causa del pasado error; pensó, por tanto, que su marcha sería a la Caria, por ser terreno poco a propósito para la caballería, de la que estaba escaso. Mas cuando Agesilao se encaminó, como lo había dicho al principio, a los campos de Sardes, le fue preciso a Tisafernes correr a aquella parte, y moviendo con la caballería acabó al paso con muchos de los Griegos, que andaban desordenados asolando el país. Reflexionando, pues, Agesilao que no podía llegar tan presto la infantería de los enemigos, cuando a él nada le faltaba de sus fuerzas, se dio priesa a venir a combate, e interpolando con la caballería algunas tropas ligeras les dio orden de que acometieran rápidamente a los contrarios, y él cargó también al punto con la infantería. Pusiéronse en fuga los bárbaros; y yendo en su persecución los Griegos, les tomaron el campamento e hicieron en ellos gran matanza. De resultas de esta batalla no sólo se hallaron en disposición de correr y talar a su arbitrio toda aquella provincia del imperio del rey, sino también de presenciar el castigo de Tisafernes, hombre malo y enemigo implacable de la nación griega; porque el rey envió sin dilación contra él a Titraustes, quien le cortó la cabeza; y con deseo de que Agesilao, haciendo la paz, se retirara a su país, envió quien se lo propusiera, ofreciéndole grandes intereses; pero éste dijo que la paz dependía sólo de la república, que por su parte más se alegraba de que sus soldados se enriquecieran, que enriquecerse él mismo, y que, además, los Griegos tenían por más glorioso que el recibir presentes tomar despojos de los enemigos. Con todo, queriendo manifestar algún reconocimiento a Titraustes por haber castigado a Tisafernes enemigo común de los Griegos, condujo el ejército a la Frigia, recibiendo de aquel en calidad de viático treinta talentos. Estando en marcha le fue entregado un decreto de los que ejercían la autoridad suprema en Esparta, por el que se le daba también el mando de la armada naval: distinción de que sólo gozó Agesilao el cual era, sin disputa, el mayor y más ilustre de cuantos vinieron en su tiempo, como lo dijo también Teopompo, pues que más quería ser apreciado por su valor que por sus dignidades y mandos.
Sin embargo, entonces, habiendo hecho jefe de la armada a Pisandro, pareció apartarse de estos principios; porque no obstante haber otros más antiguos y de más capacidad, sin atender al bien común, y dejándose llevar del parentesco y del influjo de su mujer, de la que era hermano Pisandro, puso a éste al frente de la armada».

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