SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO I

Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.

Dado que sólo yo, de aquéllos interesados en la ciencia militar, he emprendido la tarea de reducir sus reglas a un sistema (1), y dado que parece que he cumplido con ese propósito, tanto como las molestias de mi parte me permitieron lograrlo, me siento todavía bajo la obligación, en orden a completar la tarea que he empezado, a resumir en convenientes bocetos las hábiles operaciones de los generales, que los griegos unifican bajo el único nombre de strategemata.
Porque de este modo los comandantes serán dotados con ejemplos de sabiduría y previsión que servirán para nutrir su propio poder de concebir y ejecutar hechos semejantes. Así resultará que esta ventaja agregada hará que un general no temerá librar su propia estratagema, si la compara con experimentos ya realizados exitosamente.
Yo ni ignoro ni niego el hecho de que los historiadores han incluído también este rasgo en el alcance de sus trabajos, ni que los autores ya han registrado de algún modo todos los ejemplos famosos. Pero yo pienso que debo, fuera de la consideración a los detallistas, tener respeto a la brevedad.
Ya que es una tediosa ocupación buscar ejemplos diferentes esparcidos por sobre el inmenso cuerpo de la historia; y aquéllos que han hecho selecciones de hechos notables, han agobiado al lector con el inmenso volumen del material. Mi esfuerzo se consagrará a la tarea de establecer, como en respuesta a las preguntas, y como la ocasión lo exigirá, el ejemplo aplicable al caso puntual.
Habiendo examinado las categorías, yo tengo de antemano planeada mi campaña, por así decirlo, para la presentación de ejemplos ilustrativos. Es más, para que éstos puedan ser tamizados y clasificados propiamente según la variedad del asunto o materia, yo los he dividido en tres libros. En el primero los ejemplos de estratagemas son para el uso antes que la batalla comience; en el segundo, aquéllos que se relacionan con la batalla propiamente y tienden a causar el sometimiento completo del enemigo; el tercero contiene estratagemas conectadas con los sitios y el levantar sitios. Bajo estas clases sucesivas he agrupado los ejemplos apropiados a cada uno.
No es sino con justicia que yo exigiré indulgencia por este trabajo, y yo ruego que nadie me acuse con negligencia, si encuentra que yo he pasado por encima algún ejemplo. ¡Porque quién podría mostrarse igual ante la tarea de examinar todos los registros que nos han llegado en ambos idiomas! Y así es que yo me he permitido intencionalmente saltar muchas cosas. Que no lo he hecho sin razón, lo comprenderán aquéllos que leyeron los libros de otros que tratan de los mismos asuntos; pero será fácil para el lector proporcionar esos ejemplos bajo cada categoría.
Dado que este trabajo, como mis precedentes, han sido emprendidos para el beneficio de otros, más que por el bien de mi propio renombre, sentiré que estoy siendo ayudado, en lugar de criticado, por aquéllos que harán agregados a él. Si se demuestra que hay personas que muestran interés por estos libros, permítaseles que recuerden la diferencia entre «estrategia» y «estratagemas», qué por naturaleza son sumamente similares.
Pues todo lo logrado por un comandante, sea caracterizado por la previsión, ventaja, empresa, o resolución, pertenecerá al encabezado de «estrategia», mientras que esas cosas que caen bajo algún tipo especial de éstas serán «estratagemas».
La característica esencial de esta última, descansando, como lo hace, en la habilidad y la destreza, es bastante eficaz tanto cuando el enemigo será evadido como cuando será aplastado. Dado que en este campo ciertos resultados llamativos han sido obtenidos por discursos, he consignado ejemplos también de ellos, mbién, así como de hechos.
Los tipos de estratagemas para la guía de un comandante en cuestiones a ser atendidas antes de la batalla:

I. Sobre cómo ocultar los planes de uno.
II. Sobre cómo averiguar los planes del enemigo.
III. Sobre cómo determinar el carácter de la guerra.
IV. Sobre cómo conducir un ejército a través de lugares infestados por el enemigo.
V. Sobre cómo escapar de las situaciones difíciles.
VI. Sobre cómo tender y encontrar emboscadas mientras se está en marcha.

VII. Cómo cómo ocultar la ausencia de las cosas que nos faltan, o de suministrar substitutos para ellas.

VIII. Sobre cómo distraer la atención del enemigo.
IX. Sobre cómo sofocar un motín de soldados.
X. Cómo verificar una intempestiva demanda por batallar.
XI. Cómo despertar el entusiasmo de un ejército por la batalla.
XII. Sobre cómo dispersar los miedos inspirados en los soldados por augurios adversos.

Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

 

IX. SOBRE CÓMO SOFOCAR UN MOTÍN DE SOLDADOS.


1) Cuando el cónsul Aulo Manlio se enteró que los soldados habían formado un complot en sus cuarteles de invierno en Campania para asesinar a sus anfitriones y apropiarse de su propiedad, diseminó el informe que ellos invernarían la siguiente temporada en el mismo lugar. Habiendo pospuesto así los proyectos de los conspiradores, rescató a Campania del peligro, y, tan pronto como la ocasión se presentó, infligió castigo a los culpables.

Nota: Año 342 a.de C. Según Livio, 7:38, 39, quién atribuye la estratagema a C. Marcio Rutilio, cónsul en este año : «El resultado de esta campaña llevó a los faliscos, que solamente disfrutaban de una tregua, a pedir un tratado al Senado, y a los latinos, que acababan de levantar tropas contra Roma, á volverlas contra Peligno. La fama de estas hazañas traspasó los límites de Italia, y los cartagineses enviaron legados a Roma para felicitarla y regalarle una corona de oro, con objeto de que fuese colocada en el Capitolio, en el santuario de Júpiter; aquella corona pesaba veinticinco libras. Los dos cónsules triunfaron de los samnitas, siguiéndoles Decio con todo el brillo de su gloria y de sus recompensas, y en los rudos cánticos de los soldados no era menos alabado el nombre del tribuno que los de los cónsules.
Recibiéronse en seguida legados de Capua y de Suesula; y a ruego suyo, se Ies enviaron tropas para invernar y rechazar las invasiones de los sanmitas. Aquella estancia era funesta ya para la disciplina militar; Capua con sus placeres blandeó el corazón de los soldados y les separó del recuerdo de la patria; así, pues, en los cuarteles de invierno formaron el proyecto de arrebatar por un crimen Capua a los campanios, que de la misma manera la arrebataron a sus antiguos poseedores. "Con razón, decían, se volverá contra ellos su propio ejemplo. ¿Por qué este territorio, el más hermoso de Italia, y esa ciudad, tan digna de su territorio, ha de pertenecer a los campanios, que no saben defender ni sus personas ni sus bienes, y no a este ejército victorioso, que ha dado su sudor y su sangre para expulsar a los samnitas? ¿Es justo que los súbditos disfruten de un territorio tan fértil y delicioso, mientras que ellos, fatigados con la guerra, continuarán luchando en los alrededores de Roma contra un suelo árido y pestilente, o en la misma Roma contra un mal persistente y que aumenta de día en día, como es la usura?"
Estos proyectos agitados en reuniones secretas y que todavía no habían traspirado al exterior, fueron descubiertos por el nuevo cónsul C. Marcio Rutilo, a quien había tocado en suerte la provincia de Campania y que había dejado en Roma a su colega Q. Servilio. Habiendo sabido por los tribunos cómo se habían formado aquellas tramas, y aleccionado por la edad y la experiencia (porque era cónsul por cuarta vez y había sido dictador y censor), creyó que el mejor partido para impedir la ejecución de aquel proyecto sería dejar a los soldados la esperanza de realizarlo cuando quisieran y enfriar así su ardor. Con este objeto difundió el rumor de que al año siguiente pasarían también el invierno en los mismos puntos; porque se encontraban repartidos en los diferentes pueblos de la Campania, y desde Capua se había extendido la conjuración por todo el ejército. Con más espacio para sus proyectos, la conjuración se contuvo por entonces.

El cónsul sacó sus tropas a campaña, y no teniendo nada que temer de los samnitas, decidió purgar el ejército despidiendo a los más turbulentos; expulsando a unos so pretexto de que habían cumplido su tiempo de servicio, a otros como demasiado ancianos y poco fuertes, y a otros con licencia, primero uno a uno, después por cohortes enteras, pretextando que no debían pasar el invierno alejados de sus familias y de sus negocios.
Alegando también las necesidades del ejército, les dirigía hacia diferentes puntos, desembarazándose así de considerable número. Éstos llegaron juntos a Roma, donde el otro cónsul y el pretor pretextaban diferentes motivos para retenerles. Al principio, ignorando que les engañaban, alegrábanse mucho de volver a ver sus hogares; pero cuando vieron que los que partieron primero no regresaban a las enseñas y que solamente despedían a los que habían invernado en la Campania, y especialmente a los jefes de la expedición, comenzaron por extrañarlo, y después temieron que sus proyectos estuviesen descubiertos.
"Ahora tendrían que sufrir los interrogatorios, las delaciones, las ejecuciones secretas y aisladas y al fin la tiranía insolente y cruel de los cónsules y de los patricios." Éstos eran los rumores que difundían en sus reuniones secretas los que habían permanecido en el campamento y que veían aquel haz de la conspiración disperso por el artificio del cónsul.
Una cohorte que se encontraba cerca de Anxur marchó a apostarse cerca de Lantulas, en estrecho desfiladero, entre el mar y las montañas, con objeto de recoger al paso a los que licenciaba el cónsul, como ya se ha dicho, bajo diferentes pretextos. Aquella tropa era ya bastante considerable por el número, y para ser verdadero ejército no le faltaba más que un jefe, Sin orden y saqueando llegaron a territorio albano y se encerraron en un campamento fortificado al pie del declive de Alba Longa. Terminado este trabajo, ocuparon el resto del día en debatir la elección de general, pero no se atrevieron a confiar en ninguno de ellos. ".A quién podrían llamar de Roma? ¿Quién, patricio o plebeyo, consentiría de buen grado en exponerse a tan extraordinario peligro, o a tomar a su cargo, sin hacerle traición, la causa de un ejército que se había comportado con tanta demencia?" A la mañana siguiente, cuando continuaban deliberando sobre el mismo asunto, algunos merodeadores se enteraron en sus excursiones y trajeron la noticia de que T. Quincio se encontraba cultivando sus campos cerca de Túsculum, y allí olvidaba la ciudad y los honores.
Este varón, de familia patricia, había guerreado gloriosamente por mucho tiempo; pero herido en un pie y quedando cojo, hablase retirado del servicio y se había decidido por vivir en el campo, alejado de las intrigas y del Foro. En cuanto se oyó su nombre, se reconoció al hombre que se necesitaba, y se decidió, no pudiéndose hacer cosa mejor, ir a buscarle; mas como no podía esperarse obtener su consentimiento, se convino conseguirle por fuerza o por temor. Así, pues, en el silencio de la noche, los soldados encargados de aquella misión penetraron en la casa donde dormía profundamente Quincio; apoderáronse de él, diciéndole que no hay medio, o acepta el mando y el honor que le ofrecen, o muere si resiste o rehusa seguirles, y le arrastran al campamento. A su llegada le proclaman general, le revisten con las insignias de esta dignidad, y asustado aún por aquel acontecimiento tan inesperado, le mandan llevarles a Roma. En seguida, cediendo a su propio ardor y sin consultar a su jefe, levantan las enseñas y llegan desordenadamente a la octava piedra de la via que hoy se llama Apia, y hubiesen continuado sin detenerse hasta la ciudad, a no enterarse que mandaban contra ellos un ejército con M. Valerio Corvo, nombrado expresamente dictador, y L. Emilio Mamertino, jefe de los caballeros».


2) Cuando en una ocasión, legiones de soldados romanos estallaron en un peligroso motín, Lucio Sila restauró astutamente la cordura en las tropas frenéticas; ya que ordenó que fuera hecho un repentino anuncio que el enemigo estaba a la mano, pidiendo que fuera elevado un grito por aquellos que convocaban a los hombres a las armas, y que las trompetas sonaran. Así fue disuelto el motín por la unión de todas las fuerzas contra el enemigo.


3) Cuando el senado de Milán fue masacrado por las tropas de Pompeyo, Pompeyo, temiendo que pudiera causar un motín si llamara solo a los culpables, ordenó a algunos que eran inocentes que vinieran esparcidos entre los demás. De esta manera los culpables vinieron con menos miedo, porque no habían sido seleccionados, y así no parecieron ser llamados a consecuencia de cualquier maldad; mientras que aquellos cuya conciencia estaba limpia, mantuvieron un ojo sobre los culpables, no fuera que por la fuga de éstos, los inocentes sufrieran la ignominia.


4) Cuando algunas legiones de Cayo César se amotinaron, y de tal modo como para amenazar hasta la vida de su comandante, él ocultó su miedo, y, avanzando directamente a los soldados, con el rostro severo, rápidamente concedió dispensa a aquellos que la pedían. Apenas estos hombres fueron dispensados, la penitencia les obligó a pedir perdón a su comandante y prometerse con la mayor lealtad en futuras empresas.

Nota: Año 47 a.de C. Suetonio, César, 70 : «Como los soldados de la legión décima pidieran un día en Roma su licencia y sus recompensas, profiriendo terribles amenazas que exponían la ciudad a graves peligros, a pesar de que entonces estaba encendida la guerra en Africa y aunque sus amigos trataron en vano de retenerle, César no vaciló en presentarse a los amotinados y licenciarlos. Pero en una sola palabra llamándoles ciudadanos en vez de soldados, cambió por completo sus disposiciones. ¡Somos soldados!, exclamaron en seguida; y le siguieron a Africa, a pesar suyo, lo cual no impidió que castigase a los instigadores con la pérdida de la tercera parte del botín y de los terrenos que les estaban destinados».


 

 

X. CÓMO VERIFICAR UNA INTEMPESTIVA DEMANDA POR BATALLAR.


1) Después que Quinto Sertorio se dió cuenta por la experiencia, que él no era de modo alguno rival para el ejército romano en un cuerpo, a fin de demostrar esto a los bárbaros también, que exigían precipitadamente la batalla, trajo a su presencia dos caballos, un muy fuerte y el otro muy débil. Entonces trajo dos jóvenes de físico correspondiente, uno robusto y el otro ligero. Al joven más fuerte se le ordenó que arrancara toda la cola del caballo débil, mientras se ordenó al joven ligero que arrancara los pelos del caballo fuerte uno tras otro. Entonces, cuando el joven débil concluyó su tarea, mientras el fuerte todavía luchaba en vano con la cola del caballo débil, Sertorio observó: «Por este ejemplo les he exhibido, hombres míos, la naturaleza de las cohortes romanas. Ellas son invencibles al que las ataca en un cuerpo; aquél que las ataca por grupos las rasgará y hará pedazos».

Nota: Años 80 a 72 a.de C. Plutarco, Sertorio, 16 : «Abrazaban el partido de Sertorio todos los de la parte acá del Ebro, con lo cual el número era poderoso, porque de todas partes acudían y se le presentaban gentes; pero, mortificado con el desorden y la temeridad de aquella turba, que clamaba por venir a las manos con los enemigos, sin poder sufrir la dilación, trató de calmarla y sosegarla por medio de la reflexión y del discurso. Mas cuando vio que no cedían, sino que insistían tenazmente, no hizo por entonces caso de ellos, y los dejó que fueran a estrellarse con los enemigos, con la esperanza de que, no siendo del todo deshechos, sino hasta cierto punto escarmentados, con esto los tendría en adelante más sujetos y obedientes. Sucedió lo que pensaba, y marchando entonces en su socorro los sostuvo en la fuga, y los restituyó con seguridad al campamento.
Queriendo luego curarlos del desaliento, los convocó a todos al cabo de pocos días a junta general, en la que hizo presentar dos caballos, el uno sumamente flaco y viejo, y el otro fuerte y lozano, con una cola muy hermosa y muy poblada de cerdas. Al lado del flaco se puso un hombre robusto y de mucha fuerza, y al lado del lozano otro hombre pequeño y de figura despreciable. A cierta señal, el hombre robusto tiró con entrambas manos de la cola del caballo como para arrancarla, y el otro pequeño, una a una, fue arrancando las cerdas del caballo brioso. Como al cabo de tiempo el uno se hubiese afanado mucho en vano, y hubiese sido ocasión de risa a los espectadores, teniendo que darse por vencido mientras que el otro mostró limpia la cola de cerdas en breve tiempo y sin trabajo, levantándose Sertorio: “Ved ahí- les dijo-, oh camaradas, cómo la paciencia puede más que la fuerza; cómo cosas que no pueden acabarse juntas ceden y se acaban poco a poco; nada resiste a la asiduidad, con la que el tiempo, en su curso, destruye y consume todo poder, siendo un excelente auxiliador de los que saben aprovechar la ocasión que les presenta e irreconciliable enemigo de los que fuera de sazón se precipitan”. Inculcando continuamente Sertorio a los bárbaros estas exhortaciones, los alentaba y disponía para esperar la oportunidad».


2) Cuando el mismo Sertorio vió a sus hombres que precipitadamente exigían la señal de la batalla y pensó en el peligro de desobedecer órdenes a menos que se enfrentaran al enemigo, autorizó a un escuadrón de caballería que avanzara para acosar al enemigo. Cuando estas tropas se vieron en dificultades, envió a otros en su relevo, y así rescató a todos, mostrándose más a salvo, y sin heridas, que como habría sido el resultado de la batalla que ellos exigían. Después de esto encontró a sus hombres mejor dispuestos.(Ver la referencia del artículo anterior).


3) Cuando Agesilao, el Espartano, luchaba contra los tebanos y había acampado en la ribera de una corriente, siendo consciente que las fuerzas del enemigo superaban en número por lejos el suyo, y deseando por lo tanto preservar a sus hombres del deseo de luchar, anunció que le había sido ordenado por una respuesta de los dioses luchar en tierras altas. En consecuencia, apostando una pequeña guardia en la ribera, se retiró a las colinas. Los tebanos, interpretando esto como una señal de temor, cruzaron la corriente, desalojaron fácilmente a las tropas defensoras, y, siguiendo al resto con demasiada impaciencia, fueron derrotados por una fuerza más pequeña, debido a las dificultades del terreno.

Nota: Año 369 a.de C. Polieno 2:1 § 27 : «Los lacedemonios estaban apostados frente a frente con los tebanos, y el río Eurotas separaba a ambos campamentos. Los lacedemonios tenían ganas de pasar el río, pero Agesilao no era de esta opinión, porque él veía que los tebanos, con sus aliados, tenían un mayor número. Hizo circular gente que sembró el rumor que había un oráculo que amenazaba con una derrota cierta a los primeros que pasaran el río. Él paró por este medio la impetuosidad de los lacedemonios, y dejó sobre el borde del Eurotas unos pocos aliados bajo el mando de Tasiano, llamado Símaco, ordenando darse a la fuga tan pronto como vieran a los tebanos pasar el río. Al mismo tiempo puso algunas tropas emboscadas en las gargantas, y con el resto de su ejército se retiró a un puesto seguro y a cubierto. Los tebanos, que veían sólo un puñado de gente con Símaco, atravesaron atrevidamente el Eurotas, y persiguieron con ardor a los aliados de los lacedemonios, que huían. Esto los hizo dar en la emboscada, donde los lacedemonios les mataron seiscientos hombres»..



4) Escorilo, un caudillo de los dacios, aún sabiendo que los romanos estaban desgarrados por las disensiones de las guerras civiles, pensó que no debía arriesgarse en cualquier empresa contra ellos, considerando que una guerra extranjera podía ser el medio para unir a los ciudadanos en armonía. En consecuencia enfrentó a dos perros en combate ante el pueblo, y cuando se trabaron en encuentro desesperado, les exhibió un lobo. Los perros inmediatamente abandonaron su furia de uno contra otro y atacaron al lobo. Por este ejemplo, Escorilo preservó a los bárbaros de un movimiento que sólo podría haber beneficiado a los romanos.


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