IX.
SOBRE CÓMO SOFOCAR UN MOTÍN DE SOLDADOS. |
1) Cuando el cónsul Aulo Manlio se enteró
que los soldados habían formado un complot en sus cuarteles de
invierno en Campania para asesinar a sus anfitriones y apropiarse de su
propiedad, diseminó el informe que ellos invernarían la
siguiente temporada en el mismo lugar. Habiendo pospuesto así los
proyectos de los conspiradores, rescató a Campania del peligro,
y, tan pronto como la ocasión se presentó, infligió
castigo a los culpables.
Nota:
Año 342 a.de C. Según Livio, 7:38, 39,
quién atribuye la estratagema a C. Marcio Rutilio, cónsul
en este año : «El resultado de esta campaña
llevó a los faliscos, que solamente disfrutaban de una
tregua, a pedir un tratado al Senado, y a los latinos, que acababan
de levantar tropas contra Roma, á volverlas contra Peligno.
La fama de estas hazañas traspasó los límites
de Italia, y los cartagineses enviaron legados a Roma para felicitarla
y regalarle una corona de oro, con objeto de que fuese colocada
en el Capitolio, en el santuario de Júpiter; aquella corona
pesaba veinticinco libras. Los dos cónsules triunfaron
de los samnitas, siguiéndoles Decio con todo el brillo
de su gloria y de sus recompensas, y en los rudos cánticos
de los soldados no era menos alabado el nombre del tribuno que
los de los cónsules.
Recibiéronse en seguida legados de Capua y de Suesula;
y a ruego suyo, se Ies enviaron tropas para invernar y rechazar
las invasiones de los sanmitas. Aquella estancia era funesta ya
para la disciplina militar; Capua con sus placeres blandeó
el corazón de los soldados y les separó del recuerdo
de la patria; así, pues, en los cuarteles de invierno formaron
el proyecto de arrebatar por un crimen Capua a los campanios,
que de la misma manera la arrebataron a sus antiguos poseedores.
"Con razón, decían, se volverá contra
ellos su propio ejemplo. ¿Por qué este territorio,
el más hermoso de Italia, y esa ciudad, tan digna de su
territorio, ha de pertenecer a los campanios, que no saben defender
ni sus personas ni sus bienes, y no a este ejército victorioso,
que ha dado su sudor y su sangre para expulsar a los samnitas?
¿Es justo que los súbditos disfruten de un territorio
tan fértil y delicioso, mientras que ellos, fatigados con
la guerra, continuarán luchando en los alrededores de Roma
contra un suelo árido y pestilente, o en la misma Roma
contra un mal persistente y que aumenta de día en día,
como es la usura?"
Estos proyectos agitados en reuniones secretas y que todavía
no habían traspirado al exterior, fueron descubiertos por
el nuevo cónsul C. Marcio Rutilo, a quien había
tocado en suerte la provincia de Campania y que había dejado
en Roma a su colega Q. Servilio. Habiendo sabido por los tribunos
cómo se habían formado aquellas tramas, y aleccionado
por la edad y la experiencia (porque era cónsul por cuarta
vez y había sido dictador y censor), creyó que el
mejor partido para impedir la ejecución de aquel proyecto
sería dejar a los soldados la esperanza de realizarlo cuando
quisieran y enfriar así su ardor. Con este objeto difundió
el rumor de que al año siguiente pasarían también
el invierno en los mismos puntos; porque se encontraban repartidos
en los diferentes pueblos de la Campania, y desde Capua se había
extendido la conjuración por todo el ejército. Con
más espacio para sus proyectos, la conjuración se
contuvo por entonces.
El cónsul
sacó sus tropas a campaña, y no teniendo nada que
temer de los samnitas, decidió purgar el ejército
despidiendo a los más turbulentos; expulsando a unos so
pretexto de que habían cumplido su tiempo de servicio,
a otros como demasiado ancianos y poco fuertes, y a otros con
licencia, primero uno a uno, después por cohortes enteras,
pretextando que no debían pasar el invierno alejados de
sus familias y de sus negocios.
Alegando también las necesidades del ejército, les
dirigía hacia diferentes puntos, desembarazándose
así de considerable número. Éstos llegaron
juntos a Roma, donde el otro cónsul y el pretor pretextaban
diferentes motivos para retenerles. Al principio, ignorando que
les engañaban, alegrábanse mucho de volver a ver
sus hogares; pero cuando vieron que los que partieron primero
no regresaban a las enseñas y que solamente despedían
a los que habían invernado en la Campania, y especialmente
a los jefes de la expedición, comenzaron por extrañarlo,
y después temieron que sus proyectos estuviesen descubiertos.
"Ahora tendrían que sufrir los interrogatorios, las
delaciones, las ejecuciones secretas y aisladas y al fin la tiranía
insolente y cruel de los cónsules y de los patricios."
Éstos eran los rumores que difundían en sus reuniones
secretas los que habían permanecido en el campamento y
que veían aquel haz de la conspiración disperso
por el artificio del cónsul.
Una cohorte que se encontraba cerca de Anxur marchó a apostarse
cerca de Lantulas, en estrecho desfiladero, entre el mar y las
montañas, con objeto de recoger al paso a los que licenciaba
el cónsul, como ya se ha dicho, bajo diferentes pretextos.
Aquella tropa era ya bastante considerable por el número,
y para ser verdadero ejército no le faltaba más
que un jefe, Sin orden y saqueando llegaron a territorio albano
y se encerraron en un campamento fortificado al pie del declive
de Alba Longa. Terminado este trabajo, ocuparon el resto del día
en debatir la elección de general, pero no se atrevieron
a confiar en ninguno de ellos. ".A quién podrían
llamar de Roma? ¿Quién, patricio o plebeyo, consentiría
de buen grado en exponerse a tan extraordinario peligro, o a tomar
a su cargo, sin hacerle traición, la causa de un ejército
que se había comportado con tanta demencia?" A la
mañana siguiente, cuando continuaban deliberando sobre
el mismo asunto, algunos merodeadores se enteraron en sus excursiones
y trajeron la noticia de que T. Quincio se encontraba cultivando
sus campos cerca de Túsculum, y allí olvidaba la
ciudad y los honores.
Este varón, de familia patricia, había guerreado
gloriosamente por mucho tiempo; pero herido en un pie y quedando
cojo, hablase retirado del servicio y se había decidido
por vivir en el campo, alejado de las intrigas y del Foro. En
cuanto se oyó su nombre, se reconoció al hombre
que se necesitaba, y se decidió, no pudiéndose hacer
cosa mejor, ir a buscarle; mas como no podía esperarse
obtener su consentimiento, se convino conseguirle por fuerza o
por temor. Así, pues, en el silencio de la noche, los soldados
encargados de aquella misión penetraron en la casa donde
dormía profundamente Quincio; apoderáronse de él,
diciéndole que no hay medio, o acepta el mando y el honor
que le ofrecen, o muere si resiste o rehusa seguirles, y le arrastran
al campamento. A su llegada le proclaman general, le revisten
con las insignias de esta dignidad, y asustado aún por
aquel acontecimiento tan inesperado, le mandan llevarles a Roma.
En seguida, cediendo a su propio ardor y sin consultar a su jefe,
levantan las enseñas y llegan desordenadamente a la octava
piedra de la via que hoy se llama Apia, y hubiesen continuado
sin detenerse hasta la ciudad, a no enterarse que mandaban contra
ellos un ejército con M. Valerio Corvo, nombrado expresamente
dictador, y L. Emilio Mamertino, jefe de los caballeros».
|
2) Cuando en una ocasión, legiones de soldados
romanos estallaron en un peligroso motín, Lucio Sila restauró
astutamente la cordura en las tropas frenéticas; ya que ordenó
que fuera hecho un repentino anuncio que el enemigo estaba a la mano,
pidiendo que fuera elevado un grito por aquellos que convocaban a los
hombres a las armas, y que las trompetas sonaran. Así fue disuelto
el motín por la unión de todas las fuerzas contra el enemigo.
3) Cuando el senado de Milán fue masacrado por
las tropas de Pompeyo, Pompeyo, temiendo que pudiera causar un motín
si llamara solo a los culpables, ordenó a algunos que eran inocentes
que vinieran esparcidos entre los demás. De esta manera los culpables
vinieron con menos miedo, porque no habían sido seleccionados,
y así no parecieron ser llamados a consecuencia de cualquier maldad;
mientras que aquellos cuya conciencia estaba limpia, mantuvieron un ojo
sobre los culpables, no fuera que por la fuga de éstos, los inocentes
sufrieran la ignominia.
4) Cuando algunas legiones de Cayo César se amotinaron,
y de tal modo como para amenazar hasta la vida de su comandante, él
ocultó su miedo, y, avanzando directamente a los soldados, con
el rostro severo, rápidamente concedió dispensa a aquellos
que la pedían. Apenas estos hombres fueron dispensados, la penitencia
les obligó a pedir perdón a su comandante y prometerse con
la mayor lealtad en futuras empresas.
Nota:
Año 47 a.de C. Suetonio, César, 70 : «Como
los soldados de la legión décima pidieran un día
en Roma su licencia y sus recompensas, profiriendo terribles amenazas
que exponían la ciudad a graves peligros, a pesar de que
entonces estaba encendida la guerra en Africa y aunque sus amigos
trataron en vano de retenerle, César no vaciló en
presentarse a los amotinados y licenciarlos. Pero en una sola palabra
llamándoles ciudadanos en vez de soldados, cambió
por completo sus disposiciones. ¡Somos soldados!, exclamaron
en seguida; y le siguieron a Africa, a pesar suyo, lo cual no impidió
que castigase a los instigadores con la pérdida de la tercera
parte del botín y de los terrenos que les estaban destinados».
|
X.
CÓMO VERIFICAR UNA INTEMPESTIVA DEMANDA POR BATALLAR.
|
1) Después que Quinto Sertorio se dió cuenta
por la experiencia, que él no era de modo alguno rival para el
ejército romano en un cuerpo, a fin de demostrar esto a los bárbaros
también, que exigían precipitadamente la batalla, trajo
a su presencia dos caballos, un muy fuerte y el otro muy débil.
Entonces trajo dos jóvenes de físico correspondiente, uno
robusto y el otro ligero. Al joven más fuerte se le ordenó
que arrancara toda la cola del caballo débil, mientras se ordenó
al joven ligero que arrancara los pelos del caballo fuerte uno tras otro.
Entonces, cuando el joven débil concluyó su tarea, mientras
el fuerte todavía luchaba en vano con la cola del caballo débil,
Sertorio observó: «Por este ejemplo les he exhibido, hombres
míos, la naturaleza de las cohortes romanas. Ellas son invencibles
al que las ataca en un cuerpo; aquél que las ataca por grupos las
rasgará y hará pedazos».
| Nota:
Años 80 a 72 a.de C. Plutarco, Sertorio, 16 :
«Abrazaban el partido de Sertorio todos los de la parte acá
del Ebro, con lo cual el número era poderoso, porque de todas
partes acudían y se le presentaban gentes; pero, mortificado
con el desorden y la temeridad de aquella turba, que clamaba por
venir a las manos con los enemigos, sin poder sufrir la dilación,
trató de calmarla y sosegarla por medio de la reflexión
y del discurso. Mas cuando vio que no cedían, sino que insistían
tenazmente, no hizo por entonces caso de ellos, y los dejó
que fueran a estrellarse con los enemigos, con la esperanza de que,
no siendo del todo deshechos, sino hasta cierto punto escarmentados,
con esto los tendría en adelante más sujetos y obedientes.
Sucedió lo que pensaba, y marchando entonces en su socorro
los sostuvo en la fuga, y los restituyó con seguridad al
campamento.
Queriendo luego curarlos del desaliento, los convocó a todos
al cabo de pocos días a junta general, en la que hizo presentar
dos caballos, el uno sumamente flaco y viejo, y el otro fuerte y
lozano, con una cola muy hermosa y muy poblada de cerdas. Al lado
del flaco se puso un hombre robusto y de mucha fuerza, y al lado
del lozano otro hombre pequeño y de figura despreciable.
A cierta señal, el hombre robusto tiró con entrambas
manos de la cola del caballo como para arrancarla, y el otro pequeño,
una a una, fue arrancando las cerdas del caballo brioso. Como al
cabo de tiempo el uno se hubiese afanado mucho en vano, y hubiese
sido ocasión de risa a los espectadores, teniendo que darse
por vencido mientras que el otro mostró limpia la cola de
cerdas en breve tiempo y sin trabajo, levantándose Sertorio:
“Ved ahí- les dijo-, oh camaradas, cómo la paciencia
puede más que la fuerza; cómo cosas que no pueden
acabarse juntas ceden y se acaban poco a poco; nada resiste a la
asiduidad, con la que el tiempo, en su curso, destruye y consume
todo poder, siendo un excelente auxiliador de los que saben aprovechar
la ocasión que les presenta e irreconciliable enemigo de
los que fuera de sazón se precipitan”. Inculcando continuamente
Sertorio a los bárbaros estas exhortaciones, los alentaba
y disponía para esperar la oportunidad».
|
2) Cuando el mismo Sertorio vió a sus hombres
que precipitadamente exigían la señal de la batalla y pensó
en el peligro de desobedecer órdenes a menos que se enfrentaran
al enemigo, autorizó a un escuadrón de caballería
que avanzara para acosar al enemigo. Cuando estas tropas se vieron en
dificultades, envió a otros en su relevo, y así rescató
a todos, mostrándose más a salvo, y sin heridas, que como
habría sido el resultado de la batalla que ellos exigían.
Después de esto encontró a sus hombres mejor dispuestos.(Ver
la referencia del artículo anterior).
3) Cuando Agesilao, el Espartano, luchaba contra los
tebanos y había acampado en la ribera de una corriente, siendo
consciente que las fuerzas del enemigo superaban en número por
lejos el suyo, y deseando por lo tanto preservar a sus hombres del deseo
de luchar, anunció que le había sido ordenado por una respuesta
de los dioses luchar en tierras altas. En consecuencia, apostando una
pequeña guardia en la ribera, se retiró a las colinas. Los
tebanos, interpretando esto como una señal de temor, cruzaron la
corriente, desalojaron fácilmente a las tropas defensoras, y, siguiendo
al resto con demasiada impaciencia, fueron derrotados por una fuerza más
pequeña, debido a las dificultades del terreno.
Nota:
Año 369 a.de C. Polieno 2:1 § 27 : «Los
lacedemonios estaban apostados frente a frente con los tebanos,
y el río Eurotas separaba a ambos campamentos. Los lacedemonios
tenían ganas de pasar el río, pero Agesilao no era
de esta opinión, porque él veía que los tebanos,
con sus aliados, tenían un mayor número. Hizo circular
gente que sembró el rumor que había un oráculo
que amenazaba con una derrota cierta a los primeros que pasaran
el río. Él paró por este medio la impetuosidad
de los lacedemonios, y dejó sobre el borde del Eurotas unos
pocos aliados bajo el mando de Tasiano, llamado Símaco, ordenando
darse a la fuga tan pronto como vieran a los tebanos pasar el río.
Al mismo tiempo puso algunas tropas emboscadas en las gargantas,
y con el resto de su ejército se retiró a un puesto
seguro y a cubierto. Los tebanos, que veían sólo un
puñado de gente con Símaco, atravesaron atrevidamente
el Eurotas, y persiguieron con ardor a los aliados de los lacedemonios,
que huían. Esto los hizo dar en la emboscada, donde los lacedemonios
les mataron seiscientos hombres»..
|
4) Escorilo, un caudillo de los dacios, aún sabiendo
que los romanos estaban desgarrados por las disensiones de las guerras
civiles, pensó que no debía arriesgarse en cualquier empresa
contra ellos, considerando que una guerra extranjera podía ser
el medio para unir a los ciudadanos en armonía. En consecuencia
enfrentó a dos perros en combate ante el pueblo, y cuando se trabaron
en encuentro desesperado, les exhibió un lobo. Los perros inmediatamente
abandonaron su furia de uno contra otro y atacaron al lobo. Por este ejemplo,
Escorilo preservó a los bárbaros de un movimiento que sólo
podría haber beneficiado a los romanos.
|