SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO I

Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.

Dado que sólo yo, de aquéllos interesados en la ciencia militar, he emprendido la tarea de reducir sus reglas a un sistema (1), y dado que parece que he cumplido con ese propósito, tanto como las molestias de mi parte me permitieron lograrlo, me siento todavía bajo la obligación, en orden a completar la tarea que he empezado, a resumir en convenientes bocetos las hábiles operaciones de los generales, que los griegos unifican bajo el único nombre de strategemata.
Porque de este modo los comandantes serán dotados con ejemplos de sabiduría y previsión que servirán para nutrir su propio poder de concebir y ejecutar hechos semejantes. Así resultará que esta ventaja agregada hará que un general no temerá librar su propia estratagema, si la compara con experimentos ya realizados exitosamente.
Yo ni ignoro ni niego el hecho de que los historiadores han incluído también este rasgo en el alcance de sus trabajos, ni que los autores ya han registrado de algún modo todos los ejemplos famosos. Pero yo pienso que debo, fuera de la consideración a los detallistas, tener respeto a la brevedad.
Ya que es una tediosa ocupación buscar ejemplos diferentes esparcidos por sobre el inmenso cuerpo de la historia; y aquéllos que han hecho selecciones de hechos notables, han agobiado al lector con el inmenso volumen del material. Mi esfuerzo se consagrará a la tarea de establecer, como en respuesta a las preguntas, y como la ocasión lo exigirá, el ejemplo aplicable al caso puntual.
Habiendo examinado las categorías, yo tengo de antemano planeada mi campaña, por así decirlo, para la presentación de ejemplos ilustrativos. Es más, para que éstos puedan ser tamizados y clasificados propiamente según la variedad del asunto o materia, yo los he dividido en tres libros. En el primero los ejemplos de estratagemas son para el uso antes que la batalla comience; en el segundo, aquéllos que se relacionan con la batalla propiamente y tienden a causar el sometimiento completo del enemigo; el tercero contiene estratagemas conectadas con los sitios y el levantar sitios. Bajo estas clases sucesivas he agrupado los ejemplos apropiados a cada uno.
No es sino con justicia que yo exigiré indulgencia por este trabajo, y yo ruego que nadie me acuse con negligencia, si encuentra que yo he pasado por encima algún ejemplo. ¡Porque quién podría mostrarse igual ante la tarea de examinar todos los registros que nos han llegado en ambos idiomas! Y así es que yo me he permitido intencionalmente saltar muchas cosas. Que no lo he hecho sin razón, lo comprenderán aquéllos que leyeron los libros de otros que tratan de los mismos asuntos; pero será fácil para el lector proporcionar esos ejemplos bajo cada categoría.
Dado que este trabajo, como mis precedentes, han sido emprendidos para el beneficio de otros, más que por el bien de mi propio renombre, sentiré que estoy siendo ayudado, en lugar de criticado, por aquéllos que harán agregados a él. Si se demuestra que hay personas que muestran interés por estos libros, permítaseles que recuerden la diferencia entre «estrategia» y «estratagemas», qué por naturaleza son sumamente similares.
Pues todo lo logrado por un comandante, sea caracterizado por la previsión, ventaja, empresa, o resolución, pertenecerá al encabezado de «estrategia», mientras que esas cosas que caen bajo algún tipo especial de éstas serán «estratagemas».
La característica esencial de esta última, descansando, como lo hace, en la habilidad y la destreza, es bastante eficaz tanto cuando el enemigo será evadido como cuando será aplastado. Dado que en este campo ciertos resultados llamativos han sido obtenidos por discursos, he consignado ejemplos también de ellos, mbién, así como de hechos.
Los tipos de estratagemas para la guía de un comandante en cuestiones a ser atendidas antes de la batalla:

I. Sobre cómo ocultar los planes de uno.
II. Sobre cómo averiguar los planes del enemigo.
III. Sobre cómo determinar el carácter de la guerra.
IV. Sobre cómo conducir un ejército a través de lugares infestados por el enemigo.
V. Sobre cómo escapar de las situaciones difíciles.
VI. Sobre cómo tender y encontrar emboscadas mientras se está en marcha.

VII. Cómo cómo ocultar la ausencia de las cosas que nos faltan, o de suministrar substitutos para ellas.

VIII. Sobre cómo distraer la atención del enemigo.
IX. Sobre cómo sofocar un motín de soldados.
X. Cómo verificar una intempestiva demanda por batallar.
XI. Cómo despertar el entusiasmo de un ejército por la batalla.
XII. Sobre cómo dispersar los miedos inspirados en los soldados por augurios adversos.

Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

 

 

XI. CÓMO DESPERTAR EL ENTUSIASMO DE UN EJÉRCITO POR LA BATALLA.

1) Cuando los cónsules Marco Fabio y Cneo Manlio estaban en guerra con los Etruscos, y los soldados se amotinaron para no luchar, los cónsules por su parte fingieron una política de tardanza, hasta que los soldados, sobreexcitados por los insultos del enemigo, exigieron batalla y juraron volver de ella victoriosos.

Nota: Año 480 a.de C. Livio, 2:45 : «Los cónsules romanos nada temían tanto como sus fuerzas, su ejército. El recuerdo del pésimo ejemplo dado durante la última guerra les contenía para no aventurarse tanto, para tener que temer dos ejércitos a la vez. Por esta razón, encerrados en el campamento, evitaban el combate, temiendo doble peligro : tal vez el tiempo o alguna circunstancia fortuita calmaría los enojos y sanaría los ánimos enfermos. Pero esta conducta aumentó la presunción de los veyos y los etruscos, que desafiaban a los romanos al combate, y en primer lugar para provocarles paseaban a caballo alrededor del campamento; y después, viendo que no conseguían nada, increpaban al ejército y a los mismos cónsules, diciéndoles que para disimular su terror fingían estar dominados por discordias intestinas, desconfiando los cónsules mucho más del valor de sus tropas que de su obediencia. Nuevo género de sedición, el silencio y la quietud entre hombres armados. Después vinieron las chanzas, fundadas o no, acerca del origen reciente de los romanos y de la oscuridad de su raza. Estos insultos, que resonaban al pie mismo de las empalizadas y hasta en las puertas del campamento, los soportaban los cónsules con secreta satisfacción. Pero la multitud, que no podía comprender la impasibilidad de los jefes, se sentía dominada por la indignación y la vergüenza, y poco a poco olvidó las discordias intestinas. No quieren dejar impune la insolencia de los etruscos; tampoco quieren asegurar el triunfo de los patricios y de los cónsules; en sus ánimos luchan el odio a los extranjeros y el odio a los enemigos domésticos; al fin triunfa el odio a los extranjeros: tanto orgullo e insolencia en sus sarcasmos mostraba el enemigo. En tropel rodean los romanos el pretorio; piden el combate y quieren que se dé la señal. Con el pretexto de deliberar, se retiran los cónsules y prolongan la conferencia. Deseaban combatir, pero les convenía renrimir y ocultar el deseo, para que su resistencia y dilaciones diese nuevo impulso al valor, tan excitado ya, de los soldados. Al fin contestaron que la petición era prematura; que aún no era tiempo de combatir; que era preciso permanecer encerrados en el campamento. En seguida se prohibe el combate por medio de un edicto: "El que combata sin esperar la orden, será tratado como enemigo". Despedidos de esta manera, los soldados, que estaban convencidos de la repugnancia de los cónsules por el combate, sienten mayor entusiasmo guerrero. Por otra parte, los enemigos se acercan con mayor arrogancia en cuanto se enteran de la prohibición de los cónsules. En adelante quedarían impunes los insultos; ya no se atrevían a poner las armas en manos del soldado: muy pronto terminarían las sediciones con violenta explosión: el poderío romano tocaba a su término.
Fortalecidos con esta esperanza, acuden a las puertas, abruman con injurias al ejército, y apenas pueden resistir el deseo de atacar el campamento. Los romanos no podían ya resistir aquellas injurias, y de todos los puntos del campamento acudieron ante los cónsules. No es ahora, como la primera vez, con respeto y por la mediación de los centuriones principales como presentan su petición, sino que todos piden a gritos.
Había llegado el momento; sin embargo, los cónsules tergiversan aún. Viendo al fin Fabio que aumentaba el tumulto, y a su colega próximo a ceder, por temor de una sedición, manda a las trompetas tocar a silencio y dice a su colega: "Yo sé, Cn. Manlio, que estos soldados pueden vencer; pero ignoro si quieren, y ellos mismos han dado lugar a la duda. Por esta razón he resuelto firmemente no dar la señal del combate hasta que juren no volver sino vencedores. Los soldados han podido engañar una vez a su general en el campo de batalla, pero no engañarán a los dioses". Entonces un centurión, M. Flavoleyo„ uno de los más ardientes en pedir el combate, exclamó: "M. Fabio, volveré vencedor de la batalla". Si falta a la palabra, invoca sobre su cabeza la cólera de Júpiter y de Marte, padre de los combates y de todos los otros dioses. Todo el ejército repitió después de él el juramento y las imprecaciones, y entonces se dió la señal: empuñan todos los armas y corren al combate henchidos de valor y de esperanza. Injúrienles ahora los etruscos, que aquel enemigo, tan atrevido de lengua, venga a afrontarlos ahora que se encuentran armados. Aquel día rivalizaron en valor patricios y plebeyos; pero los Fabios se distinguieron entre todos; las luchas intestinas les habían enajenado el afecto del pueblo y quisieron reconquistarlo en el combate. Formóse el ejército en batalla ; los veyos y los etruscos no rehusan el combate».
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2) Fulvio Nobilior, juzgando necesario luchar con una pequeña fuerza contra un ejército grande de los samnitas que estaban emocionados con el éxito, fingió que una legión del enemigo había sido sobornada por él para convertirse en traidora; y para reforzar la credibilidad de esta historia, ordenó a los tribunos, los «primera fila » (1), y los centuriones, contribuir con todo el dinero contante que tenían, o cualquier oro y plata, a fin de que el precio pudiera ser pagado a los traidores inmediatamente. Prometió que, cuando la victoria fuera conseguida, él daría además generosos regalos a aquellos que contribuyeron para este fin. Esta garantía trajo tal ardor y confianza a los romanos que inmediatamente empezaron la batalla y ganaron una victoria gloriosa.

Nota:

1) Clase especial de centuriones «primis ordinibus».
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3) Cayo César, cuando estaba por luchar contra los germanos y su rey, Ariovisto, en una oportunidad que sus propios hombres habían entrado en pánico, juntó a sus soldados y declaró a la asamblea que durante aquel día se propuso emplear los servicios sólo de la décima legión. De esta manera hizo que los soldados de esta legión fueran motivados por su tributo a un heroísmo único, mientras el resto quedó abrumado con la mortificación por pensar que la reputación por el coraje descansaría en otros.

Nota: Año 58 a.de C. Julio César, Guerras Civiles, 1:39 : «Eran tres, como arriba queda declarado, las legiones de Afranio; dos las de Petreyo, sin contar unas ochenta cohortes de soldados españoles: las de la España Citerior con escudos, y los de la Ulterior con adargas, y al pie de cinco mil caballos de una y otra provincia. César había enviado delante de sí sus legiones a España, y de tropas auxiliares seis mil infantes y tres mil caballos, que le habían servido en todas las guerras pasadas, fuera de otros tantos escogidos por su mano en la Galia, llamando de cada ciudad con expresión de nombre los más nobles y valientes de todos. Entre éstos venía la flor de Aquitania y de las montañas confinantes con la Provincia Romana. Como corrió el rumor que Pompeyo pensaba en pasar por la Mauritania con las legiones a España y que muy en breve vendría, tomó dinero prestado de los tribunos y centuriones y distribuyólo a los soldados. Con lo cual logró dos cosas: el empeñar en su partida a los oficiales con el empréstito, y el ganar las voluntades de los soldados con el donativo».


4) Quinto Fabio Máximo, sabía muy bien que los romanos poseían un espíritu de independencia que se había despertado por el insulto, y dado que no esperaba nada justo o razonable de los cartagineses, envió mensajeros a Cartago, para inquirir acerca de los términos de la paz. Cuando los enviados trajeron ofertas plenas de injusticia y arrogancia, el ejército de los romanos fue motivado a combatir.

Nota: Años 217 a 203 a.de C.


5) Cuando Agesilao, general de los espartanos, tenía su campamento cerca de la ciudad aliada de Orcómenos y se enteró que muchos de sus soldados depositaban sus objetos de valor dentro de las forificaciones, ordenó que los ciudadanos no recibieran nada perteneciente a sus tropas, a fin de que sus soldados pudieran luchar con más espíritu, cuando se dieran cuenta que debían luchar por todas sus posesiones.

Nota: Polieno, 2:1 § 18 : «Mientras Agesilao acampaba en la Beocia, los aliados, sobrecogidos por el temor, quisieron sustraerse para evitar el combate, y tomaron secretamente el camino de Orcómenos, ciudad amiga. Agesilao envió a decirles públicamente a los habitantes, que les prohibía recibir a algún aliado sin él. De esta suerte los aliados que no tenían lugar alguno donde retirarse y no pensaron más en la huida; soñaron sólo con la victoria».


6) Epaminondas, general de los tebanos, en una ocasión, cuando estaba por entrar en batalla con los espartanos, actuó como sigue. A fin de que sus soldados pudieran no sólo ejercer su fuerza, sino también fueran movidos por sus sentimientos, anunció en una asamblea de sus hombres que los espartanos habían resuelto, en caso de victoria, masacrar a todos los machos, conducir a las mujeres y niños de aquellos ejecutados a la esclavitud y arrasar Tebas hasta los cimientos. Por este anuncio los tebanos fueron tan motivados que abrumaron a los espartanos al primer ataque.

Nota: Año 371 a.de C.


7) Cuando Leotíquides, el almirante espartano, estaba a punto de librar una batalla naval en el mismo día que los aliados habían salido victoriosos, aunque él ignoraba el hecho, anunció sin embargo, que había recibido noticias de la victoria de su bando, a fin de que, de esta manera, pudiera encontrar a sus hombres más resueltos para el encuentro.

Nota: Año 479 a.de C. Heródoto, 9:100, 101, reproduce el hecho pero con otra versión : «Una vez formados los Griegos en sus filas, parten sin dilación hacia el enemigo, al tiempo mismo de ir al choque, y vuela por todo el campo ligera la fama con una fausta nueva, y deja verse de repente en la orilla del mar una vara levantada a manera de caduceo. La buena noticia volaba diciendo que los Griegos en Beocia habían vencido al ejército de Mardonio. Ello es así, que los dioses con varios indicios suelen hacer patentes los prodigios de que son autores, como se vio entonces, pues queriendo ellos que el destrozo de los bárbaros en Micale coincidiese en un mismo día con el ya padecido en Platea, hicieron que la fama de éste llegase en tal coyuntura, que animase mucho más y llenara de valor a los Griegos para el nuevo peligro, como en efecto sucedió.
Otra particularidad observo en este caso, y es que las dos batallas de que hablo, se dieron en las vecindades de los templos de Céres Eleusina, pues según llevo ya notado, la batalla en Platea se trabó junto a aquel templo, y la que en Micale iba a emprenderse había de darse cerca de otro que allí había. Y en efecto, concordaba con la verdad del hecho la fama que allí corrió acerca de la victoria de Pausanias y de sus Griegos, habiendo sucedido bien de mañana la batalla de Platea, y la de Micale por la tarde de aquel mismo día. Ni tardó de cierto a saberse la nueva, pues dentro de pocos días se vio clara y evidentemente que las dos acciones sucedieron en un mismo mes y día. Lo cierto es que los Griegos de Micale, antes de que volando les viniese la fama como para ganar las albricias, estaban muy temerosos y solícitos, no tanto por su propia causa como por la común de los demás Griegos, siempre con el temor de que cayese al cabo la Grecia toda en las manos de Mardonio; pero llegada la fausta nueva, iban al combate con nuevos ánimos y mayor brío. Ni es de extrañar que así los Griegos como los bárbaros mostraran prisa e interés en una contienda cuyo galardón había de ser en breve el dominio de las islas y del Helesponto».

8) Cuando dos jóvenes, montados a caballo, aparecieron en la batalla en la cual Aulo Postumio luchaba con los latinos, Postumio levantó los abatidos espíritus de sus hombres declarando que los forasteros eran Castor y Pollux. De esta manera los inspiró a renovado combate.

Nota: Año 496 a.de C. Valerio Máximo, 1:8 § 1 : «En medio de una multitud de ejemplos he aquí el que se presenta primero al espíritu. El dictador A. Postumio y Mamilio Octavio, general de los tusculanos, combatían uno contra otro con encarnizamiento cerca del lago Regilo y ninguno de los dos ejércitos se dejaba conmover durante un cierto tiempo. Pero la aparición súbita de Castor y Pollux, que combatían por la causa de Roma, produjo a las tropas enemigas una completa derrota».


9) Arquidamo, el espartano, emprendiendo la guerra contra los arcadios, dispuso armas en el campamento, y ordenó que caballos fueran conducidos alrededor de ellas secretamente por la noche. Por la mañana, señalando sus huellas y afirmando que Castor y Pollux habían montado a caballo por el campamento, convenció a sus hombres que los mismos dioses también les prestarían ayuda en la batalla.

Nota: Año 467 a.de C. Polieno, 1:41 § 1 : «Arquidamo acampó en Arcardia, y en vísperas de un día en que debía librar una batalla, se le ocurrió, durante la noche, para dar coraje a los lacedemonios, levantar un altar, adornarlo con bellas armas, y de hacer marchar alrededor a dos caballos, todo esto secretamente. Al despuntar el día, los jefes y otros oficiales que veían este altar maravilloso y los rastros de ambos caballos, divulgaron que eran marcas visibles que ambos hijos de Júpiter venían en su socorro. Los soldados así lo creyeron, y penetrados de confianza en la protección divina, combatieron valientemente, y se llevaron la victoria sobre los arcadios».


10) En una ocasión cuando Pericles, general de los atenienses, estaba a punto de entrar en batalla, notando una arboleda desde la cual ambos ejércitos eran visibles, muy densa y oscura, pero vacía y consagrada al Padre Plutón, tomó a un hombre de estatura enorme, lo hizo imponente por medio de altos coturnos, trajes purpúreos, y pelo suelto, y lo colocó en la arboleda, montado en lo alto de un carro tirado por brillantes caballos blancos. Este hombre fue instruído de conducir adelante, cuando la señal para la batalla fuera dada, llamar a Pericles por el nombre, y animarlo, declarando que los dioses prestaban su ayuda a los atenienses. Como resultado, el enemigo dió media vuelta y huyó casi antes que hubiera sido lanzado un dardo.


11) Lucio Sila, a fin de hacer que sus soldados estuvieran más preparados para el combate, fingió que el futuro le era pronosticado por los dioses. Su último acto, antes de entrar en batalla, fue rezar, a la vista de su ejército, a una pequeña imagen que él había tomado de Delfos, suplicándole que apresurase la victoria prometida.

Nota: «Dícese que, teniendo Sila un idolito de Apolo, tomado de Delfos, lo traía siempre consigo en el seno de las batallas, y que en aquel trance lo besó, diciendo: “¡Oh Apolo Pitio! Tú que de tantos combates sacaste triunfante y glorioso a Cornelio Sila, el feliz, ¿lo habrás traído ahora aquí a las puertas de la patria para arrojarle a que perezca vergonzosamente con sus conciudadanos?” Hecha esta plegaria, se dice que exhortó a unos, amenazó a otros y a otros los cogió del brazo; mas que, finalmente, mezclado con los que huían, se refugió al campamento, habiendo perdido a muchos de sus amigos y deudos. No pocos, también, de los que habían salido de la ciudad a ver la acción perecieron y fueron pisoteados, de modo que daban por perdida la patria, y estuvo en muy poco que no hiciesen alzar el cerco de Mario; porque los que de la revuelta fueron allá a parar excitaban a Lucrecio Ofela, encargado de estrechar el sitio, a que levantara sin dilación el campo, teniendo por muerto a Sila y a Roma por presa de los enemigos».


12) Cayo Mario tenía una cierta adivina siria, de la que él fingía enterarse por anticipado el resultado de las batallas.

Nota: «Cuando Mario oyó estas cosas, sirviéronle de placer y trató de sosegar a los soldados diciéndoles que de ningún modo desconfiaba de ellos, sino que, guiado de ciertos oráculos, aguardaba el tiempo y lugar oportunos para la victoria. Porque llevaba en su compañía en litera con cierto respeto a una mujer de Siria llamada Marta, que se decía era profetisa, y de su orden hacía ciertos sacrificios. Habíala antes amenazado el Senado porque se mezclaba en estas cosas y en querer predecir lo futuro; pero después, como acogiéndose a las mujeres hubiese dado algunas pruebas, y más particularmente a la de Mario, porque puesta a sus pies había casualmente adivinado entre los gladiadores quién sería el que venciese, la mandó ésta adonde estaba Mario, que la miró con admiración, y por lo común la hacía llevar en litera.
Adornábase para los sacrificios con doble púrpura, y usaba una lanza toda en derredor ceñida por cintas y coronas. Tenía esta farsa en incertidumbre a la mayor parte de las gentes, no sabiendo si el dar así en espectáculo a aquella mujer nacía de que Mario lo creyese de veras, o de que lo fingía y aparentaba».


13) Quinto Sertorio, empleando tropas bárbaras que no eran dóciles para razonar, solía llevar consigo por Lusitania un hermosa cierva blanca, afirmando que por ella él sabía de antemano lo que debía ser hecho, y qué evitado. De esta manera él pretendía inducir a los bárbaros a obedecer todas sus órdenes como si fueran divinamente inspiradas.
[Esta clase de la estratagema debe ser usada no simplemente en casos cuando juzgamos simples a aquellos a quienes la aplicamos, sino mucho más cuando la astucia inventada es tal que podría pensarse que ha sido sugerida por los dioses.]

Nota: Plutarco, Sertorio, 11 : «Como le llamasen, pues, los Lusitanos, abandonó el África, y poniéndose al frente de ellos, constituído su general con absoluto imperio, sujetó a su obediencia aquella parte de la España, uniéndosele los más voluntariamente, a causa, en la mayor parte, de su dulzura y actividad, aunque también usó de artificios para engañarlos y embaucarlos; el más señalado entre todos fue el de la cierva, que dispuso de esta manera. Uno de aquellos naturales, llamado Espano, que vivía en el campo, se encontró con una cierva recién parida que huía de los cazadores; y a ésta la dejó ir; pero a la cervatilla, maravillado de su color, porque era toda blanca, la persiguió y la alcanzó. Hallábase casualmente Sertorio acampado en las inmediaciones, y como recibiese con afabilidad a los que le llevaban algún presente, bien fuese de caza, o de los frutos del campo, recompensando con largueza a los que así le hacían obsequio, se le presentó también éste para regalarle la cervatilla. Admitióla, y al principio no fue grande el placer que manifestó; pero con el tiempo, habiéndose hecho tan mansa y dócil, que acudía cuando la llamaba, y le seguía a doquiera que iba, sin espantarse del tropel y ruido militar, poco a poco la fue divinizando, digámoslo así, haciendo creer que aquella cierva había sido un presente de Diana, y esparciendo la voz de que le revelaba las cosas ocultas, por saber que los bárbaros son naturalmente muy inclinados a la superstición. Para acreditarlo más, se valía de este medio: cuando reservada y secretamente llegaba a entender que los enemigos iban a invadir su territorio, o trataban de separar de su obediencla a una ciudad, fingía que la cierva le había hablado en las horas del sueño, previniéndole que tuviera las tropas a punto. Por otra parte, si se le daba aviso de que alguno de sus generales había alcanzado una victoria, ocultaba al que lo había traído, y presentaba a la cierva coronada como anunciadora de buenas nuevas, excítándolos a mostrarse alegres y a sacrificar a los dioses, porque en breve había de llegar una fausta noticia».


14) Alejandro de Macedonia en una ocasión, cuando estaba por hacer un sacrificio, usó una preparación para escribir ciertas cartas en la mano que el sacerdote estaba a punto de ubicar bajo los órganos vitales.
Estas cartas indicaban que la victoria era concedida a Alejandro. Cuando el hígado humeante recibió la impresión de esos carácteres y fue mostrado por el rey a los soldados, las circunstancias levantaron sus espíritus, ya que ellos pensaban que Dios les daba la seguridad de la victoria.

Nota: Polieno 4:3 § 14 y 4:20, referencia esta última en la cual el protagonista es Atalo : 4:3 § 14 : «Después de haberse enterado Alejandro por los augures, que los augurios eran propicios, ordenó que las víctimas fueran llevadas alrededor del ejército; que los soldados, no dependiendo de lo que se les hubiese dicho, pudieran estar convencidos con sus propios ojos de los fundamentos de sus esperanzas en la consiguiente acción». 4:20 : «Atalo, antes de un enfrentamiento con los galos, de los que él era muy inferior en fuerzas, para animar a sus hombres contra la superioridad del enemigo, ofreció un sacrificio; Sudino, un sacerdote caldeo, realiza la ceremonia. Sobre su mano, con el jugo negro de la «manzana del roble», el rey escribió, “la victoria del rey,” en letras invertidas, no de izquierda a derecha, sino de derecha a izquierda. Y cuando quitó las entrañas a la víctima, colocó su mano bajo una parte caliente y esponjosa que tomó de ella la impresión. El sacerdote entonces volcó el resto de las partes, la hiel, los pulmones, y el estómago, y observando los presagios dibujados en el, dió vuelta la parte que contenía la inscripción de la victoria del rey, que exultante de alegría mostró a todos los soldados. Esto ellos lo leyeron con impaciencia; y ganando confianza, como si el Cielo les hubiera asegurado la victoria, unánimemente solicitaron ser conducidos inmediatamente contra los bárbaros: a quienes ellos cargaron con tal vigor extraordinario que obtienen la victoria que habían aprendido a esperar».


15) El adivino Sudino hizo lo mismo cuando Atalo estaba por trabarse en combate con los galos. (Ver la referencia anterior).


16) Epaminondas el tebano, en su lucha contra los espartanos, pensando que la confianza de sus tropas necesitaba un refuerzo a través de una apelación al sentimiento religioso, quitó por la noche las armas que estaban atadas a las ornamentaciones de los templos, y convenció a sus soldados que los dioses asistían a su marcha, a fin de prestar su ayuda en la batalla.

Nota: Año 371 a.de C. Polieno, 2:3 § 8 : «Epaminondas comandaba a los tebanos, y Cleombroto estaba a la cabeza de los lacedemonios y sus aliados, cuarenta mil hombres en total. Este gran número inspiraba temor en los tebanos. Epaminondas los calmó por dos artificios. Así como ellos salían de la ciudad, un hombre desconocido, preparado secretamente por Epaminondas, vino a su encuentro, la cabeza adornada con una corona y banderolas, y les dijo: «Estoy encargado por parte de Trofonio, de decir a los tebanos, que la victoria será para los que comiencen primero el combate. » Los tebanos, animados por esta predicción, adoraron al dios que se la hacía. «No es todavía suficiente, dijo Epaminondas; debemos hacerle nuestras oraciones a Hércules».
Ya le había dado sus órdenes al sacerdote de Hércules, que había abierto el templo por la noche, y vuelto a poner las armas en su sitio, después de haberlas separado y bruñido con el socorro de sus ministros; y todo esto se había hecho secretamente, sin que le hubieran dicho de esto nada a nadie. Los guerreros que llegaban al templo, y lo encontraban abierto sin intervención humana, y que veían todas esas viejas armas tan brillantes, dieron grandes gritos, y se encontraron animados por un coraje que consideraron inspirado por los dioses, porque se persuadieron que Hércules quería hacer las veces de general. Esta confianza fue la causa por la que ellos vencieron a los cuarenta mil enemigos a quienes tenían que combatir».


17) Agesilao, el espartano, en una ocasión capturó a ciertos persas. El aspecto de esta gente, vestidos con su uniforme, inspiraba gran terror. Pero Agesilao desnudó a sus prisioneros y los expuso a sus soldados, a fin de que sus delicados cuerpos blancos inspiraran desprecio.

Nota: Año 395 a.de C. Plutarco, Agesilao, 9 : «Ocurrió asimismo que los encargados del despacho del botín pusieron de su orden en venta los cautivos, despojándolos del vestido; y como de las ropas hubiese muchos compradores, pero de las personas, viendo sus cuerpos blancos y débiles del todo, a causa de haberse criado siempre a la sombra, hiciesen irrisión, teniéndolos por inútiles y de ningún valor, Agesilao, que se hallaba presente: “Estos son, dijo, contra quienes peleáis y éstas las cosas por que peleáis”».


18) Gelón, tirano de Siracusa, habiendo emprendido la guerra contra los cartagineses, después de tomar muchos prisioneros, desnudó a los más débiles, sobre todo entre los auxiliares, que eran muy morenos, y los expuso desnudos ante los ojos de sus tropas, a fin de convencer a sus hombres que sus enemigos eran desdeñables.

Nota: Año 480 a.de C. Bill Thayer, propietario del sitio Lacus Curtius, comenta que este es uno de los aislados casos en las fuentes antiguas que sugieren que los griegos y romanos no estaban tan exentos de prejuicios raciales como el revisionismo actual trata de mostrarlos.

Sin embargo, encontramos un ejemplo similar en la actitud del espartano Agesilao, que hace desnudar a un grupo de jinetes persas para mostrarlos a sus soldados. Me inclino a pensar, como en el caso de Agesilao, que no se trata de fomentar a través del desprecio racial la propia valentía, sino por demostrar a la tropa que unos enemigos tenidos por soldados excepcionales (antes los beréberes y ahora los persas) no son de ningún modo físicamente superiores a los propios, sino muchas veces todo lo contrario, por lo que no tenía que estar justificado el temor que por entonces se les debía tener. Satrapa1.


19) Ciro, rey de los persas, deseando despertar la ambición de sus hombres, los empleó un día entero en el fatigoso trabajo de talar un bosque. Al día siguiente les dió el banquete más generoso, y les preguntó que les gustaba más. Cuando ellos expresaron su preferencia por el banquete, él dijo: "Es sólo por el primero que podemos llegar al segundo; porque a menos que triunfemos sobre los medos, no podrán ser libres y felices." De esta manera les despertó el deseo al combate.

Nota: Año 558 a.de C. Heródoto, 1:126 : «Luego que todos los Persas se presentaron con sus hoces, mandóles Ciro que desmontasen en un día toda una selva llena de espinas y malezas, la cual en la Persia tendría el espacio de dieciocho a veinte estadios. Acabada esta operación, les mandó segunda vez que al día siguiente compareciesen limpios y aseados. Entretanto, hizo juntar en un mismo paraje todos los rebaños de cabras, ovejas y bueyes que tenía su padre, y entregándolos al cuchillo, preparó una espléndida comida, cual convenía para dar va convite al ejército de los Persas, proporcionando además el vino necesario y los manjares más escogidos.
Concurrieron al día siguiente los Persas, a quienes Cyro mandó que reclinados en un prado comiesen a su satisfacción. Después del banquete les preguntó en cuál de los dos días les había ido mejor, y si preferían la fatiga del primero a las delicias del actual. Ellos le respondieron que había mucha diferencia entre los dos días, pues en el anterior había sido todo afán y trabajo, y por el contrario, en el presente todo descanso y recreo. Entonces Cyro, tomando ocasión de sus palabras, les descubrió todo el proyecto, diciéndoles. -«Tenéis razón, valerosos Persas; y si queréis obedecerme, no tardaréis en lograr estos bienes y otros infinitos, sin ninguna fatiga de las que proporciona la servidumbre. Pero si rehusáis mis consejos, no esperéis otra cosa sino miseria y afanes innumerables, como los de ayer. Animo, pues, amigos míos, y siguiendo mis órdenes, recobrad vuestra libertad. Yo pienso que he nacido con el feliz destino de poner en vuestras manos todos estos bienes, porque en nada os considero inferiores a los Medos, y mucho menos en los negocios de la guerra. Siendo esto así, levantaos contra Astiages in perder momento».


20) Lucio Sila, en la campaña contra Arquelao, general de Mitrídates, encontró sus tropas algo reticentes para luchar en el Pireo. Pero imponiendo tareas pesadas sobre sus hombres, los llevó al punto donde exigieron la señal para la batalla por su propio acuerdo.

Nota: Año 86 a.de C.


21) Fabio Máximo, temiendo que sus tropas lucharan con menos resolución a consecuencia de su confianza en sus barcos, a los cuales era posible retirarse, ordenó que los barcos fueran prendidos fuego antes que la batalla comenzara.

Nota: Año 315 a.de C. Livio, 9:23, menciona el incendio del campamento y no de los barcos : «Nombróse en su lugar a C. Fabio, que llegó de Roma con nuevo ejército. Enterado por los mensajeros que envió de antemano al dictador acerca del sitio en que había de detenerse, del momento y el punto en que atacaría al enemigo, colocóse en emboscada después de tomar todas las medidas. El dictador, que durante muchos días después del último combate había tenido a sus soldados encerrados en las empalizadas, pareciendo sitiados más bien que sitiadores, hizo dar de pronto la señal del combate; y persuadido de que nada era tan propio para inflamar el valor de hombres enérgicos como no dejar a ninguno otra esperanza que la de sí mismo, no habló a sus soldados del jefe de los caballeros ni de otro ejército, sino que como si no hubiese otro recurso que una salida, les dijo: "Soldados, sorprendidos como lo estamos en estrecho espacio, no tenemos otra salida que la que vamos a abrirnos con la victoria. Nuestro campamento está bastante defendido, pero podemos temer la escasez; porque en derredor nuestro, el país de que podíamos esperar víveres nos ha hecho traición, y aunque los habitantes quisieran ayudarnos, tenemos el terreno en contra nuestra. No os engañaré dejando aquí un campamento donde podáis, como anteriormente, retiraros sin haber terminado la victoria. Las armas deben proteger a las fortificaciones, y no las fortificaciones a las armas; que tengan campamento y se retiren a él los que puedan llevar despacio la guerra. Por nuestra parte, soldados, no ten-gamos otro recurso que la victoria. Marchad al enemigo, y en cuanto el ejército haya salido del campamento, los que han quedado encargados de ello que le prendan fuego; vuestras pérdidas, soldados, las recompensará .ampliamente el botín que vais a recoger en todos esos pueblos sublevados." Esta arenga del dictador, indicando que estaban reducidos al último extremo, inflamó a los soldados, que cayeron sobre el enemigo. El campamento ardiendo, aunque según la orden del dictador solamente habían encendido la parte más próxima, aumentó mucho el enardecimiento; así fué que, como arrebatados por el furor, al primer choque rompieron las filas enemigas. El jefe de los caballeros, al ver el incendio del campamento, que era la señal convenida, ataca con oportunidad al enemigo por retaguardia; y los samnitas, rodeados de esta manera, huyen en dispersión. Inmensa multitud, aglomerada en un punto y entorpeciéndose ella misma con su desorden, fué destrozada en medio de los dos ejércitos romanos. Tomóles el campamento enemigo. El dictador volvió a llevar al campamento al soldado cargado de despojos, alegre, no tanto de haber vencido como de encontrar intacto, contra lo que esperaba, lo que había dejado, exceptuando la pequeña par-te que había deteriorado el incendio».


XII. SOBRE CÓMO DISPERSAR LOS MIEDOS INSPIRADOS EN LOS SOLDADOS POR AUGURIOS ADVERSOS.

1) Escipión, habiendo transportado su ejército de Italia a África, tropezó mientras desembarcaba. Cuando vió que los soldados quedaron horrorizados por esto, por su firmeza y arrogancia de espíritu, convirtió su causa de preocupación en una de estímulo, diciendo: ¡"Felicítenme, mis hombres! He golpeado a África con fuerza".

Nota: Año 204 a.de C.


2) Cayo César, habiendo resbalado cuando estaba a punto de embarcar, exclamó: "Te sostengo firme, Madre Tierra". Por esta interpretación del incidente, hizo parecer que él estaba destinado a volver a las tierras de las cuales partía.

Nota: «Los escrúpulos religiosos jamás le hicieron abandonar ni diferir sus empresas. Aunque la victima del sacrificio escapase al cuchillo del sacrificador, no por eso dejó de marchar contra Escipión y Juba. En otra ocasión, habiendo caído al saltar del barco, tornó en favor suyo el presagio, exclamando: Ya eres mía, Africa. Para eludir los vaticinios que en aquella tierra unían fatalmente las victorias al nombre de los Scipiones, tuvo constantemente en sus campamentos a un obscuro descendiente de la familia Cornelia, hombre abyecto y a quien por sus desarregladas costumbres se había dado el apodo de Salucio».


3) Cuando el cónsul Tiberio Sempronio Graco estaba librando una batalla con los picentinos, un terremoto repentino lanzó a ambas partes al pánico. Entonces Graco puso nueva fuerza y coraje en sus hombres, impulsándolos a atacar al enemigo mientras éste era abrumado por el temor supersticioso. Así cayó sobre ellos y les derrotó.

Nota: En realidad fue el cónsul Publio Sempronio Sofo el que derrotó a los picentinos en el 268 a.de C. Floro, 1:19 : «Quedó al punto pacificada toda la Italia. ¿Quién hubiera osado turbarla después de la guerra de Tarento? Tan solo Roma, por el deseo de perseguir a los aliados de sus enemigos. Sujetó á los Picenos y se apoderó de Asculo, capital de estas gentes, siendo Sempronio el jefe de esta guerra. Habiéndose producido un terremoto durante la batalla, aplacó la ira de la diosa Tierra prometiendo que la erigiría un templo».


4) Sertorio, cuando por un prodigio repentino los exteriores de los escudos de sus soldados de caballería y los pechos de sus caballos mostraron señales de sangre, interpretó esto como una señal de victoria, ya que aquellas eran las partes que solían ser salpicadas con la sangre del enemigo.


5) Epaminondas, el tebano, cuando sus soldados estaban deprimidos porque la condecoración que colgaba de su lanza como un filete, había sido arrancada por el viento y llevada a la tumba de cierto espartano, dijo: ¡"No estéis preocupados, compañeros! La destrucción está pronosticada para los Espartanos. Las tumbas no se condecoran excepto en los entierros".

Nota: Año 371 a.de C. Diodoro Sículo, 15:52 § 5 : «Aunque Epaminondas asombrara a los cautelosos por su respuesta directa, un segundo presagio pareció más desfavorable aún que el anterior. Ya que cuando el lugarteniente avanzaba con una lanza y una cinta atada a ella y daba a conocer las órdenes del cuartel general, apareció una brisa y, cuando pasó, la cinta fue rasgada de la lanza y se enredó alrededor de una losa que había sobre una tumba, y estaban allí sepultados algunos lacedemonios y peloponesios que habían muerto en la expedición bajo Agesilao».


6) El mismo Epaminondas, cuando un meteorito cayó del cielo por la noche y aterrorizó los corazones de aquellos que lo notaron, exclamó: "Es una luz enviada por los poderes de arriba".


7) Cuando el mismo Epaminondas estaba a punto de empezar la batalla contra los espartanos, la silla en la cual se había sentado, cedió, y todos los soldados, enormemente preocupados, interpretaron este como un presagio desafortunado. Pero Epaminondas exclamó: "Para nada; simplemente nos está prohibido sentarnos".


8) Cayo Sulpicio Galo no sólo anunció un próximo eclipse de la luna, a fin de impedir que los soldados lo tomaran como un prodigio, sino que también dió los motivos y causas del eclipse.

Nota: Año 168 a.de C. Livio, 44:37 : «Cuando los romanos terminaron sus parapetos, C. Sulpicio Galo, tribuno militar de la segunda legión, que había sido pretor el año precedente, convocó a los soldados con autorización del cónsul, y les previno "que no considerasen como presagio el eclipse de luna que se verificaría la noche siguiente, desde la segunda hora hasta la cuarta. Este fenómeno, dijo, es periódico y se debe a causas completamente naturales, pudiéndose predecir con tanta seguridad como la salida y ocaso de la luna y el sol. Puesto que las diferentes fases de la luna, en tanto llena, en tanto menguante y reducida a su arco, no les produce sorpresa alguna, no debían considerar como prodigio que se oscureciese por completo cuando la tierra la cubre con su sombra". El eclipse ocurrió a la hora indicada, en la noche que precedió al primer día de las nonas de septiembre, haciendo que los soldados romanos considerasen a Galo como sabio inspirado por los dioses. Los macedonios, por el contrario, vieron en él funesto presagio que anunciaba la ruina y el aniquilamiento de su nación. Este prodigio concordaba además con los vaticinios de sus adivinos. Así fué que los gritos y alaridos no cesaron en su campamento hasta que reapareció el disco de la luna».

9) Cuando Agatocles, el siracusano, luchaba contra los cartagineses, y sus soldados en vísperas de la batalla entraron en pánico por un eclipse similar de luna, que ellos interpretaron como un prodigio, él les explicó la razón por la que esto ocurrió, y les mostró que, fuera lo que fuera, tenía que ver con la naturaleza, y no con sus propios objetivos.

Nota: Año 310 a.de C. Justino, Epítome de la Historia de Togo Pompeyo, 22:6 : «Por estas exhortaciones, el coraje de los soldados se exaltó; pero la influencia supersticiosa de un augurio, había desparramado cierto temor entre ellos; el sol se había eclipsado durante su viaje. En relación a este fenómeno, Agatocles no tuvo menos problemas para conformarlos que los que había tenido con la guerra, alegando que «si hubiera ocurrido antes de que ellos partieran, el hubiera pensado como un presagio desfavorable a su partida, pero dado que ocurrió posteriormente a su partida, su significado estaba dirigido contra aquellos conta los que ellos se dirigían. Aparte, dijo, los eclipses de los cuerpos celestes siempre presagiaron un cambio en el estado presente de las cosas, y era por consiguiente cierto que era profetizada una alteración en la floreciente condición de los cartagineses y sus propias circunstancias adversas».
Habiendo así pacificado a sus soldados, ordenó que todos los barcos, con consentimiento del ejército, fueran incendiados para que, siendo suprimidos los medios de escape, entendieran que debían vencer o morir».


10) Pericles, cuando un rayo cayó en su campamento y aterrorizó a sus soldados, llamando a una asamblea, produjo fuego golpeando dos piedras juntas a la vista de todos sus hombres. Así alivió su pánico explicando que el rayo era similarmente producido por el contacto de las nubes.


11) Cuando Timoteo, el ateniense, estaba a punto de contender contra los corcirios en una batalla naval, su piloto, escuchando estornudar a uno de los remeros, comenzó a dar la señal de retirada, justo cuando la flota salía; con lo cual Timoteo exclamó: ¿«piensa usted que es extraño que uno de tantos miles haya tenido un enfriamiento? ».

Nota: Año 375 a.de C. Polieno, 3:10 § 2 : «Timoteo partía con toda la flota. Alguien estornudó. La cosa pareció de mal augurio al piloto general (un estornudo en un momento clave era efectivamente considerado, en general, como de mal augurio) que dió orden de retroceder, y los marineros no se atrevían a subir a los buques. Timoteo no pudo evitar reírse, y decir « ¡He aquí a un augur gracioso! ¿Es pues una maravilla tan grande, que entre tantos hombres como hay aquí alrededor, se haya encontrado uno que haya estornudado? » Los marineros llevaron también la cosa a la risa y levaron el ancla».


12) Cuando Cabrias, el ateniense, estaba a punto de librar una batalla naval, un rayo cayó directamente a través de la trayectoria de su barco. Cuando los soldados quedaron llenos de consternación por tal augurio, él dijo: "Ahora es el tiempo justo para comenzar la batalla, cuando Júpiter, el más fuerte de dioses, revela que su poder está presente en nuestra flota”.

Nota: Año 391 a 357 a.de C.

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