XI.
CÓMO DESPERTAR EL ENTUSIASMO DE UN EJÉRCITO POR
LA BATALLA.
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1)
Cuando los cónsules Marco Fabio y Cneo Manlio estaban en guerra
con los Etruscos, y los soldados se amotinaron para no luchar, los cónsules
por su parte fingieron una política de tardanza, hasta que los
soldados, sobreexcitados por los insultos del enemigo, exigieron batalla
y juraron volver de ella victoriosos.
Nota:
Año 480 a.de C. Livio, 2:45 : «Los cónsules
romanos nada temían tanto como sus fuerzas, su ejército.
El recuerdo del pésimo ejemplo dado durante la última
guerra les contenía para no aventurarse tanto, para tener
que temer dos ejércitos a la vez. Por esta razón,
encerrados en el campamento, evitaban el combate, temiendo doble
peligro : tal vez el tiempo o alguna circunstancia fortuita calmaría
los enojos y sanaría los ánimos enfermos. Pero esta
conducta aumentó la presunción de los veyos y los
etruscos, que desafiaban a los romanos al combate, y en primer lugar
para provocarles paseaban a caballo alrededor del campamento; y
después, viendo que no conseguían nada, increpaban
al ejército y a los mismos cónsules, diciéndoles
que para disimular su terror fingían estar dominados por
discordias intestinas, desconfiando los cónsules mucho más
del valor de sus tropas que de su obediencia. Nuevo género
de sedición, el silencio y la quietud entre hombres armados.
Después vinieron las chanzas, fundadas o no, acerca del origen
reciente de los romanos y de la oscuridad de su raza. Estos insultos,
que resonaban al pie mismo de las empalizadas y hasta en las puertas
del campamento, los soportaban los cónsules con secreta satisfacción.
Pero la multitud, que no podía comprender la impasibilidad
de los jefes, se sentía dominada por la indignación
y la vergüenza, y poco a poco olvidó las discordias
intestinas. No quieren dejar impune la insolencia de los etruscos;
tampoco quieren asegurar el triunfo de los patricios y de los cónsules;
en sus ánimos luchan el odio a los extranjeros y el odio
a los enemigos domésticos; al fin triunfa el odio a los extranjeros:
tanto orgullo e insolencia en sus sarcasmos mostraba el enemigo.
En tropel rodean los romanos el pretorio; piden el combate y quieren
que se dé la señal. Con el pretexto de deliberar,
se retiran los cónsules y prolongan la conferencia. Deseaban
combatir, pero les convenía renrimir y ocultar el deseo,
para que su resistencia y dilaciones diese nuevo impulso al valor,
tan excitado ya, de los soldados. Al fin contestaron que la petición
era prematura; que aún no era tiempo de combatir; que era
preciso permanecer encerrados en el campamento. En seguida se prohibe
el combate por medio de un edicto: "El que combata sin esperar
la orden, será tratado como enemigo". Despedidos de
esta manera, los soldados, que estaban convencidos de la repugnancia
de los cónsules por el combate, sienten mayor entusiasmo
guerrero. Por otra parte, los enemigos se acercan con mayor arrogancia
en cuanto se enteran de la prohibición de los cónsules.
En adelante quedarían impunes los insultos; ya no se atrevían
a poner las armas en manos del soldado: muy pronto terminarían
las sediciones con violenta explosión: el poderío
romano tocaba a su término.
Fortalecidos con esta esperanza, acuden a las puertas, abruman con
injurias al ejército, y apenas pueden resistir el deseo de
atacar el campamento. Los romanos no podían ya resistir aquellas
injurias, y de todos los puntos del campamento acudieron ante los
cónsules. No es ahora, como la primera vez, con respeto y
por la mediación de los centuriones principales como presentan
su petición, sino que todos piden a gritos.
Había llegado el momento; sin embargo, los cónsules
tergiversan aún. Viendo al fin Fabio que aumentaba el tumulto,
y a su colega próximo a ceder, por temor de una sedición,
manda a las trompetas tocar a silencio y dice a su colega: "Yo
sé, Cn. Manlio, que estos soldados pueden vencer; pero ignoro
si quieren, y ellos mismos han dado lugar a la duda. Por esta razón
he resuelto firmemente no dar la señal del combate hasta
que juren no volver sino vencedores. Los soldados han podido engañar
una vez a su general en el campo de batalla, pero no engañarán
a los dioses". Entonces un centurión, M. Flavoleyo„
uno de los más ardientes en pedir el combate, exclamó:
"M. Fabio, volveré vencedor de la batalla". Si
falta a la palabra, invoca sobre su cabeza la cólera de Júpiter
y de Marte, padre de los combates y de todos los otros dioses. Todo
el ejército repitió después de él el
juramento y las imprecaciones, y entonces se dió la señal:
empuñan todos los armas y corren al combate henchidos de
valor y de esperanza. Injúrienles ahora los etruscos, que
aquel enemigo, tan atrevido de lengua, venga a afrontarlos ahora
que se encuentran armados. Aquel día rivalizaron en valor
patricios y plebeyos; pero los Fabios se distinguieron entre todos;
las luchas intestinas les habían enajenado el afecto del
pueblo y quisieron reconquistarlo en el combate. Formóse
el ejército en batalla ; los veyos y los etruscos no rehusan
el combate».
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2) Fulvio Nobilior, juzgando necesario luchar con una
pequeña fuerza contra un ejército grande de los samnitas
que estaban emocionados con el éxito, fingió que una legión
del enemigo había sido sobornada por él para convertirse
en traidora; y para reforzar la credibilidad de esta historia, ordenó
a los tribunos, los «primera fila » (1), y los centuriones,
contribuir con todo el dinero contante que tenían, o cualquier
oro y plata, a fin de que el precio pudiera ser pagado a los traidores
inmediatamente. Prometió que, cuando la victoria fuera conseguida,
él daría además generosos regalos a aquellos que
contribuyeron para este fin. Esta garantía trajo tal ardor y confianza
a los romanos que inmediatamente empezaron la batalla y ganaron una victoria
gloriosa.
Nota:
1)
Clase especial de centuriones «primis ordinibus».
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3) Cayo César, cuando estaba por luchar contra
los germanos y su rey, Ariovisto, en una oportunidad que sus propios hombres
habían entrado en pánico, juntó a sus soldados y
declaró a la asamblea que durante aquel día se propuso emplear
los servicios sólo de la décima legión. De esta manera
hizo que los soldados de esta legión fueran motivados por su tributo
a un heroísmo único, mientras el resto quedó abrumado
con la mortificación por pensar que la reputación por el
coraje descansaría en otros.
Nota:
Año 58 a.de C. Julio César, Guerras Civiles, 1:39
: «Eran tres, como arriba queda declarado, las
legiones de Afranio; dos las de Petreyo, sin contar unas ochenta
cohortes de soldados españoles: las de la España
Citerior con escudos, y los de la Ulterior con adargas, y al pie
de cinco mil caballos de una y otra provincia. César había
enviado delante de sí sus legiones a España, y de
tropas auxiliares seis mil infantes y tres mil caballos, que le
habían servido en todas las guerras pasadas, fuera de otros
tantos escogidos por su mano en la Galia, llamando de cada ciudad
con expresión de nombre los más nobles y valientes
de todos. Entre éstos venía la flor de Aquitania
y de las montañas confinantes con la Provincia Romana.
Como corrió el rumor que Pompeyo pensaba en pasar por la
Mauritania con las legiones a España y que muy en breve
vendría, tomó dinero prestado de los tribunos y
centuriones y distribuyólo a los soldados. Con lo cual
logró dos cosas: el empeñar en su partida a los
oficiales con el empréstito, y el ganar las voluntades
de los soldados con el donativo».
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4) Quinto Fabio Máximo, sabía muy bien
que los romanos poseían un espíritu de independencia que
se había despertado por el insulto, y dado que no esperaba nada
justo o razonable de los cartagineses, envió mensajeros a Cartago,
para inquirir acerca de los términos de la paz. Cuando los enviados
trajeron ofertas plenas de injusticia y arrogancia, el ejército
de los romanos fue motivado a combatir.
Nota:
Años 217 a 203 a.de C.
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5) Cuando Agesilao, general de los espartanos, tenía
su campamento cerca de la ciudad aliada de Orcómenos y se enteró
que muchos de sus soldados depositaban sus objetos de valor dentro de
las forificaciones, ordenó que los ciudadanos no recibieran nada
perteneciente a sus tropas, a fin de que sus soldados pudieran luchar
con más espíritu, cuando se dieran cuenta que debían
luchar por todas sus posesiones.
Nota:
Polieno, 2:1 § 18 : «Mientras Agesilao acampaba
en la Beocia, los aliados, sobrecogidos por el temor, quisieron
sustraerse para evitar el combate, y tomaron secretamente el camino
de Orcómenos, ciudad amiga. Agesilao envió a decirles
públicamente a los habitantes, que les prohibía
recibir a algún aliado sin él. De esta suerte los
aliados que no tenían lugar alguno donde retirarse y no
pensaron más en la huida; soñaron sólo con
la victoria».
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6) Epaminondas, general de los tebanos, en una ocasión,
cuando estaba por entrar en batalla con los espartanos, actuó como
sigue. A fin de que sus soldados pudieran no sólo ejercer su fuerza,
sino también fueran movidos por sus sentimientos, anunció
en una asamblea de sus hombres que los espartanos habían resuelto,
en caso de victoria, masacrar a todos los machos, conducir a las mujeres
y niños de aquellos ejecutados a la esclavitud y arrasar Tebas
hasta los cimientos. Por este anuncio los tebanos fueron tan motivados
que abrumaron a los espartanos al primer ataque.
7) Cuando Leotíquides, el almirante espartano,
estaba a punto de librar una batalla naval en el mismo día que
los aliados habían salido victoriosos, aunque él ignoraba
el hecho, anunció sin embargo, que había recibido noticias
de la victoria de su bando, a fin de que, de esta manera, pudiera encontrar
a sus hombres más resueltos para el encuentro.
Nota:
Año 479 a.de C. Heródoto, 9:100, 101, reproduce
el hecho pero con otra versión : «Una vez formados
los Griegos en sus filas, parten sin dilación hacia el
enemigo, al tiempo mismo de ir al choque, y vuela por todo el
campo ligera la fama con una fausta nueva, y deja verse de repente
en la orilla del mar una vara levantada a manera de caduceo. La
buena noticia volaba diciendo que los Griegos en Beocia habían
vencido al ejército de Mardonio. Ello es así, que
los dioses con varios indicios suelen hacer patentes los prodigios
de que son autores, como se vio entonces, pues queriendo ellos
que el destrozo de los bárbaros en Micale coincidiese en
un mismo día con el ya padecido en Platea, hicieron que
la fama de éste llegase en tal coyuntura, que animase mucho
más y llenara de valor a los Griegos para el nuevo peligro,
como en efecto sucedió.
Otra particularidad observo en este caso, y es que las dos batallas
de que hablo, se dieron en las vecindades de los templos de Céres
Eleusina, pues según llevo ya notado, la batalla en Platea
se trabó junto a aquel templo, y la que en Micale iba a
emprenderse había de darse cerca de otro que allí
había. Y en efecto, concordaba con la verdad del hecho
la fama que allí corrió acerca de la victoria de
Pausanias y de sus Griegos, habiendo sucedido bien de mañana
la batalla de Platea, y la de Micale por la tarde de aquel mismo
día. Ni tardó de cierto a saberse la nueva, pues
dentro de pocos días se vio clara y evidentemente que las
dos acciones sucedieron en un mismo mes y día. Lo cierto
es que los Griegos de Micale, antes de que volando les viniese
la fama como para ganar las albricias, estaban muy temerosos y
solícitos, no tanto por su propia causa como por la común
de los demás Griegos, siempre con el temor de que cayese
al cabo la Grecia toda en las manos de Mardonio; pero llegada
la fausta nueva, iban al combate con nuevos ánimos y mayor
brío. Ni es de extrañar que así los Griegos
como los bárbaros mostraran prisa e interés en una
contienda cuyo galardón había de ser en breve el
dominio de las islas y del Helesponto».
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8)
Cuando dos jóvenes, montados a caballo, aparecieron en la batalla
en la cual Aulo Postumio luchaba con los latinos, Postumio levantó
los abatidos espíritus de sus hombres declarando que los forasteros
eran Castor y Pollux. De esta manera los inspiró a renovado combate.
Nota:
Año 496 a.de C. Valerio Máximo, 1:8 § 1 :
«En medio de una multitud de ejemplos he aquí el
que se presenta primero al espíritu. El dictador A. Postumio
y Mamilio Octavio, general de los tusculanos, combatían
uno contra otro con encarnizamiento cerca del lago Regilo y ninguno
de los dos ejércitos se dejaba conmover durante un cierto
tiempo. Pero la aparición súbita de Castor y Pollux,
que combatían por la causa de Roma, produjo a las tropas
enemigas una completa derrota».
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9) Arquidamo, el espartano, emprendiendo la guerra contra
los arcadios, dispuso armas en el campamento, y ordenó que caballos
fueran conducidos alrededor de ellas secretamente por la noche. Por la
mañana, señalando sus huellas y afirmando que Castor y Pollux
habían montado a caballo por el campamento, convenció a
sus hombres que los mismos dioses también les prestarían
ayuda en la batalla.
Nota:
Año 467 a.de C. Polieno, 1:41 § 1 : «Arquidamo
acampó en Arcardia, y en vísperas de un día
en que debía librar una batalla, se le ocurrió,
durante la noche, para dar coraje a los lacedemonios, levantar
un altar, adornarlo con bellas armas, y de hacer marchar alrededor
a dos caballos, todo esto secretamente. Al despuntar el día,
los jefes y otros oficiales que veían este altar maravilloso
y los rastros de ambos caballos, divulgaron que eran marcas visibles
que ambos hijos de Júpiter venían en su socorro.
Los soldados así lo creyeron, y penetrados de confianza
en la protección divina, combatieron valientemente, y se
llevaron la victoria sobre los arcadios».
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10) En una ocasión cuando Pericles, general de
los atenienses, estaba a punto de entrar en batalla, notando una arboleda
desde la cual ambos ejércitos eran visibles, muy densa y oscura,
pero vacía y consagrada al Padre Plutón, tomó a un
hombre de estatura enorme, lo hizo imponente por medio de altos coturnos,
trajes purpúreos, y pelo suelto, y lo colocó en la arboleda,
montado en lo alto de un carro tirado por brillantes caballos blancos.
Este hombre fue instruído de conducir adelante, cuando la señal
para la batalla fuera dada, llamar a Pericles por el nombre, y animarlo,
declarando que los dioses prestaban su ayuda a los atenienses. Como resultado,
el enemigo dió media vuelta y huyó casi antes que hubiera
sido lanzado un dardo.
11) Lucio Sila, a fin de hacer que sus soldados estuvieran
más preparados para el combate, fingió que el futuro le
era pronosticado por los dioses. Su último acto, antes de entrar
en batalla, fue rezar, a la vista de su ejército, a una pequeña
imagen que él había tomado de Delfos, suplicándole
que apresurase la victoria prometida.
Nota:
«Dícese que, teniendo Sila un idolito de
Apolo, tomado de Delfos, lo traía siempre consigo en el
seno de las batallas, y que en aquel trance lo besó, diciendo:
“¡Oh Apolo Pitio! Tú que de tantos combates
sacaste triunfante y glorioso a Cornelio Sila, el feliz, ¿lo
habrás traído ahora aquí a las puertas de
la patria para arrojarle a que perezca vergonzosamente con sus
conciudadanos?” Hecha esta plegaria, se dice que exhortó
a unos, amenazó a otros y a otros los cogió del
brazo; mas que, finalmente, mezclado con los que huían,
se refugió al campamento, habiendo perdido a muchos de
sus amigos y deudos. No pocos, también, de los que habían
salido de la ciudad a ver la acción perecieron y fueron
pisoteados, de modo que daban por perdida la patria, y estuvo
en muy poco que no hiciesen alzar el cerco de Mario; porque los
que de la revuelta fueron allá a parar excitaban a Lucrecio
Ofela, encargado de estrechar el sitio, a que levantara sin dilación
el campo, teniendo por muerto a Sila y a Roma por presa de los
enemigos».
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12) Cayo Mario tenía una cierta adivina siria,
de la que él fingía enterarse por anticipado el resultado
de las batallas.
Nota:
«Cuando Mario oyó estas cosas, sirviéronle
de placer y trató de sosegar a los soldados diciéndoles
que de ningún modo desconfiaba de ellos, sino que, guiado
de ciertos oráculos, aguardaba el tiempo y lugar oportunos
para la victoria. Porque llevaba en su compañía
en litera con cierto respeto a una mujer de Siria llamada Marta,
que se decía era profetisa, y de su orden hacía
ciertos sacrificios. Habíala antes amenazado el Senado
porque se mezclaba en estas cosas y en querer predecir lo futuro;
pero después, como acogiéndose a las mujeres hubiese
dado algunas pruebas, y más particularmente a la de Mario,
porque puesta a sus pies había casualmente adivinado entre
los gladiadores quién sería el que venciese, la
mandó ésta adonde estaba Mario, que la miró
con admiración, y por lo común la hacía llevar
en litera.
Adornábase para los sacrificios con doble púrpura,
y usaba una lanza toda en derredor ceñida por cintas y
coronas. Tenía esta farsa en incertidumbre a la mayor parte
de las gentes, no sabiendo si el dar así en espectáculo
a aquella mujer nacía de que Mario lo creyese de veras,
o de que lo fingía y aparentaba».
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13) Quinto Sertorio, empleando tropas bárbaras
que no eran dóciles para razonar, solía llevar consigo por
Lusitania un hermosa cierva blanca, afirmando que por ella él sabía
de antemano lo que debía ser hecho, y qué evitado. De esta
manera él pretendía inducir a los bárbaros a obedecer
todas sus órdenes como si fueran divinamente inspiradas.
[Esta clase de la estratagema debe ser usada no simplemente en casos cuando
juzgamos simples a aquellos a quienes la aplicamos, sino mucho más
cuando la astucia inventada es tal que podría pensarse que ha sido
sugerida por los dioses.]
Nota:
Plutarco, Sertorio, 11 : «Como le llamasen, pues,
los Lusitanos, abandonó el África, y poniéndose
al frente de ellos, constituído su general con absoluto
imperio, sujetó a su obediencia aquella parte de la España,
uniéndosele los más voluntariamente, a causa, en
la mayor parte, de su dulzura y actividad, aunque también
usó de artificios para engañarlos y embaucarlos;
el más señalado entre todos fue el de la cierva,
que dispuso de esta manera. Uno de aquellos naturales, llamado
Espano, que vivía en el campo, se encontró con una
cierva recién parida que huía de los cazadores;
y a ésta la dejó ir; pero a la cervatilla, maravillado
de su color, porque era toda blanca, la persiguió y la
alcanzó. Hallábase casualmente Sertorio acampado
en las inmediaciones, y como recibiese con afabilidad a los que
le llevaban algún presente, bien fuese de caza, o de los
frutos del campo, recompensando con largueza a los que así
le hacían obsequio, se le presentó también
éste para regalarle la cervatilla. Admitióla, y
al principio no fue grande el placer que manifestó; pero
con el tiempo, habiéndose hecho tan mansa y dócil,
que acudía cuando la llamaba, y le seguía a doquiera
que iba, sin espantarse del tropel y ruido militar, poco a poco
la fue divinizando, digámoslo así, haciendo creer
que aquella cierva había sido un presente de Diana, y esparciendo
la voz de que le revelaba las cosas ocultas, por saber que los
bárbaros son naturalmente muy inclinados a la superstición.
Para acreditarlo más, se valía de este medio: cuando
reservada y secretamente llegaba a entender que los enemigos iban
a invadir su territorio, o trataban de separar de su obediencla
a una ciudad, fingía que la cierva le había hablado
en las horas del sueño, previniéndole que tuviera
las tropas a punto. Por otra parte, si se le daba aviso de que
alguno de sus generales había alcanzado una victoria, ocultaba
al que lo había traído, y presentaba a la cierva
coronada como anunciadora de buenas nuevas, excítándolos
a mostrarse alegres y a sacrificar a los dioses, porque en breve
había de llegar una fausta noticia».
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14) Alejandro de Macedonia en una ocasión, cuando
estaba por hacer un sacrificio, usó una preparación para
escribir ciertas cartas en la mano que el sacerdote estaba a punto de
ubicar bajo los órganos vitales.
Estas cartas indicaban que la victoria era concedida a Alejandro. Cuando
el hígado humeante recibió la impresión de esos carácteres
y fue mostrado por el rey a los soldados, las circunstancias levantaron
sus espíritus, ya que ellos pensaban que Dios les daba la seguridad
de la victoria.
Nota:
Polieno 4:3 § 14 y 4:20, referencia esta última
en la cual el protagonista es Atalo : 4:3 § 14 : «Después
de haberse enterado Alejandro por los augures, que los augurios
eran propicios, ordenó que las víctimas fueran llevadas
alrededor del ejército; que los soldados, no dependiendo
de lo que se les hubiese dicho, pudieran estar convencidos con
sus propios ojos de los fundamentos de sus esperanzas en la consiguiente
acción». 4:20 : «Atalo, antes de un enfrentamiento
con los galos, de los que él era muy inferior en fuerzas,
para animar a sus hombres contra la superioridad del enemigo,
ofreció un sacrificio; Sudino, un sacerdote caldeo, realiza
la ceremonia. Sobre su mano, con el jugo negro de la «manzana
del roble», el rey escribió, “la victoria del
rey,” en letras invertidas, no de izquierda a derecha, sino
de derecha a izquierda. Y cuando quitó las entrañas
a la víctima, colocó su mano bajo una parte caliente
y esponjosa que tomó de ella la impresión. El sacerdote
entonces volcó el resto de las partes, la hiel, los pulmones,
y el estómago, y observando los presagios dibujados en
el, dió vuelta la parte que contenía la inscripción
de la victoria del rey, que exultante de alegría mostró
a todos los soldados. Esto ellos lo leyeron con impaciencia; y
ganando confianza, como si el Cielo les hubiera asegurado la victoria,
unánimemente solicitaron ser conducidos inmediatamente
contra los bárbaros: a quienes ellos cargaron con tal vigor
extraordinario que obtienen la victoria que habían aprendido
a esperar».
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15) El adivino Sudino hizo lo mismo cuando Atalo estaba
por trabarse en combate con los galos. (Ver la referencia anterior).
16) Epaminondas el tebano, en su lucha contra los espartanos,
pensando que la confianza de sus tropas necesitaba un refuerzo a través
de una apelación al sentimiento religioso, quitó por la
noche las armas que estaban atadas a las ornamentaciones de los templos,
y convenció a sus soldados que los dioses asistían a su
marcha, a fin de prestar su ayuda en la batalla.
Nota:
Año 371 a.de C. Polieno, 2:3 § 8 : «Epaminondas
comandaba a los tebanos, y Cleombroto estaba a la cabeza de los
lacedemonios y sus aliados, cuarenta mil hombres en total. Este
gran número inspiraba temor en los tebanos. Epaminondas
los calmó por dos artificios. Así como ellos salían
de la ciudad, un hombre desconocido, preparado secretamente por
Epaminondas, vino a su encuentro, la cabeza adornada con una corona
y banderolas, y les dijo: «Estoy encargado por parte de
Trofonio, de decir a los tebanos, que la victoria será
para los que comiencen primero el combate. » Los tebanos,
animados por esta predicción, adoraron al dios que se la
hacía. «No es todavía suficiente, dijo Epaminondas;
debemos hacerle nuestras oraciones a Hércules».
Ya le había dado sus órdenes al sacerdote de Hércules,
que había abierto el templo por la noche, y vuelto a poner
las armas en su sitio, después de haberlas separado y bruñido
con el socorro de sus ministros; y todo esto se había hecho
secretamente, sin que le hubieran dicho de esto nada a nadie.
Los guerreros que llegaban al templo, y lo encontraban abierto
sin intervención humana, y que veían todas esas
viejas armas tan brillantes, dieron grandes gritos, y se encontraron
animados por un coraje que consideraron inspirado por los dioses,
porque se persuadieron que Hércules quería hacer
las veces de general. Esta confianza fue la causa por la que ellos
vencieron a los cuarenta mil enemigos a quienes tenían
que combatir».
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17) Agesilao, el espartano, en una ocasión capturó
a ciertos persas. El aspecto de esta gente, vestidos con su uniforme,
inspiraba gran terror. Pero Agesilao desnudó a sus prisioneros
y los expuso a sus soldados, a fin de que sus delicados cuerpos blancos
inspiraran desprecio.
Nota:
Año 395 a.de C. Plutarco, Agesilao, 9 : «Ocurrió
asimismo que los encargados del despacho del botín pusieron
de su orden en venta los cautivos, despojándolos del vestido;
y como de las ropas hubiese muchos compradores, pero de las personas,
viendo sus cuerpos blancos y débiles del todo, a causa
de haberse criado siempre a la sombra, hiciesen irrisión,
teniéndolos por inútiles y de ningún valor,
Agesilao, que se hallaba presente: “Estos son, dijo, contra
quienes peleáis y éstas las cosas por que peleáis”».
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18) Gelón, tirano de Siracusa, habiendo emprendido
la guerra contra los cartagineses, después de tomar muchos prisioneros,
desnudó a los más débiles, sobre todo entre los auxiliares,
que eran muy morenos, y los expuso desnudos ante los ojos de sus tropas,
a fin de convencer a sus hombres que sus enemigos eran desdeñables.
Nota:
Año 480 a.de C. Bill Thayer, propietario del sitio
Lacus Curtius, comenta que este es uno de los aislados casos en
las fuentes antiguas que sugieren que los griegos y romanos no
estaban tan exentos de prejuicios raciales como el revisionismo
actual trata de mostrarlos.
Sin embargo,
encontramos un ejemplo similar en la actitud del espartano Agesilao,
que hace desnudar a un grupo de jinetes persas para mostrarlos
a sus soldados. Me inclino a pensar, como en el caso de Agesilao,
que no se trata de fomentar a través del desprecio racial
la propia valentía, sino por demostrar a la tropa que unos
enemigos tenidos por soldados excepcionales (antes los beréberes
y ahora los persas) no son de ningún modo físicamente
superiores a los propios, sino muchas veces todo lo contrario,
por lo que no tenía que estar justificado el temor que
por entonces se les debía tener. Satrapa1.
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19) Ciro, rey de los persas, deseando despertar la ambición
de sus hombres, los empleó un día entero en el fatigoso
trabajo de talar un bosque. Al día siguiente les dió el
banquete más generoso, y les preguntó que les gustaba más.
Cuando ellos expresaron su preferencia por el banquete, él dijo:
"Es sólo por el primero que podemos llegar al segundo; porque
a menos que triunfemos sobre los medos, no podrán ser libres y
felices." De esta manera les despertó el deseo al combate.
Nota:
Año 558 a.de C. Heródoto, 1:126 : «Luego
que todos los Persas se presentaron con sus hoces, mandóles
Ciro que desmontasen en un día toda una selva llena de
espinas y malezas, la cual en la Persia tendría el espacio
de dieciocho a veinte estadios. Acabada esta operación,
les mandó segunda vez que al día siguiente compareciesen
limpios y aseados. Entretanto, hizo juntar en un mismo paraje
todos los rebaños de cabras, ovejas y bueyes que tenía
su padre, y entregándolos al cuchillo, preparó una
espléndida comida, cual convenía para dar va convite
al ejército de los Persas, proporcionando además
el vino necesario y los manjares más escogidos.
Concurrieron al día siguiente los Persas, a quienes Cyro
mandó que reclinados en un prado comiesen a su satisfacción.
Después del banquete les preguntó en cuál
de los dos días les había ido mejor, y si preferían
la fatiga del primero a las delicias del actual. Ellos le respondieron
que había mucha diferencia entre los dos días, pues
en el anterior había sido todo afán y trabajo, y
por el contrario, en el presente todo descanso y recreo. Entonces
Cyro, tomando ocasión de sus palabras, les descubrió
todo el proyecto, diciéndoles. -«Tenéis razón,
valerosos Persas; y si queréis obedecerme, no tardaréis
en lograr estos bienes y otros infinitos, sin ninguna fatiga de
las que proporciona la servidumbre. Pero si rehusáis mis
consejos, no esperéis otra cosa sino miseria y afanes innumerables,
como los de ayer. Animo, pues, amigos míos, y siguiendo
mis órdenes, recobrad vuestra libertad. Yo pienso que he
nacido con el feliz destino de poner en vuestras manos todos estos
bienes, porque en nada os considero inferiores a los Medos, y
mucho menos en los negocios de la guerra. Siendo esto así,
levantaos contra Astiages in perder momento».
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20) Lucio Sila, en la campaña contra Arquelao,
general de Mitrídates, encontró sus tropas algo reticentes
para luchar en el Pireo. Pero imponiendo tareas pesadas sobre sus hombres,
los llevó al punto donde exigieron la señal para la batalla
por su propio acuerdo.
21) Fabio Máximo, temiendo que sus tropas lucharan
con menos resolución a consecuencia de su confianza en sus barcos,
a los cuales era posible retirarse, ordenó que los barcos fueran
prendidos fuego antes que la batalla comenzara.
Nota:
Año 315 a.de C. Livio, 9:23, menciona el incendio
del campamento y no de los barcos : «Nombróse en
su lugar a C. Fabio, que llegó de Roma con nuevo ejército.
Enterado por los mensajeros que envió de antemano al dictador
acerca del sitio en que había de detenerse, del momento
y el punto en que atacaría al enemigo, colocóse
en emboscada después de tomar todas las medidas. El dictador,
que durante muchos días después del último
combate había tenido a sus soldados encerrados en las empalizadas,
pareciendo sitiados más bien que sitiadores, hizo dar de
pronto la señal del combate; y persuadido de que nada era
tan propio para inflamar el valor de hombres enérgicos
como no dejar a ninguno otra esperanza que la de sí mismo,
no habló a sus soldados del jefe de los caballeros ni de
otro ejército, sino que como si no hubiese otro recurso
que una salida, les dijo: "Soldados, sorprendidos como lo
estamos en estrecho espacio, no tenemos otra salida que la que
vamos a abrirnos con la victoria. Nuestro campamento está
bastante defendido, pero podemos temer la escasez; porque en derredor
nuestro, el país de que podíamos esperar víveres
nos ha hecho traición, y aunque los habitantes quisieran
ayudarnos, tenemos el terreno en contra nuestra. No os engañaré
dejando aquí un campamento donde podáis, como anteriormente,
retiraros sin haber terminado la victoria. Las armas deben proteger
a las fortificaciones, y no las fortificaciones a las armas; que
tengan campamento y se retiren a él los que puedan llevar
despacio la guerra. Por nuestra parte, soldados, no ten-gamos
otro recurso que la victoria. Marchad al enemigo, y en cuanto
el ejército haya salido del campamento, los que han quedado
encargados de ello que le prendan fuego; vuestras pérdidas,
soldados, las recompensará .ampliamente el botín
que vais a recoger en todos esos pueblos sublevados." Esta
arenga del dictador, indicando que estaban reducidos al último
extremo, inflamó a los soldados, que cayeron sobre el enemigo.
El campamento ardiendo, aunque según la orden del dictador
solamente habían encendido la parte más próxima,
aumentó mucho el enardecimiento; así fué
que, como arrebatados por el furor, al primer choque rompieron
las filas enemigas. El jefe de los caballeros, al ver el incendio
del campamento, que era la señal convenida, ataca con oportunidad
al enemigo por retaguardia; y los samnitas, rodeados de esta manera,
huyen en dispersión. Inmensa multitud, aglomerada en un
punto y entorpeciéndose ella misma con su desorden, fué
destrozada en medio de los dos ejércitos romanos. Tomóles
el campamento enemigo. El dictador volvió a llevar al campamento
al soldado cargado de despojos, alegre, no tanto de haber vencido
como de encontrar intacto, contra lo que esperaba, lo que había
dejado, exceptuando la pequeña par-te que había
deteriorado el incendio».
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XII.
SOBRE CÓMO DISPERSAR LOS MIEDOS INSPIRADOS EN LOS SOLDADOS
POR AUGURIOS ADVERSOS.
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1)
Escipión, habiendo transportado su ejército de Italia a
África, tropezó mientras desembarcaba. Cuando vió
que los soldados quedaron horrorizados por esto, por su firmeza y arrogancia
de espíritu, convirtió su causa de preocupación en
una de estímulo, diciendo: ¡"Felicítenme, mis
hombres! He golpeado a África con fuerza".
2) Cayo César, habiendo resbalado cuando estaba
a punto de embarcar, exclamó: "Te sostengo firme, Madre Tierra".
Por esta interpretación del incidente, hizo parecer que él
estaba destinado a volver a las tierras de las cuales partía.
Nota:
«Los escrúpulos religiosos jamás
le hicieron abandonar ni diferir sus empresas. Aunque la victima
del sacrificio escapase al cuchillo del sacrificador, no por eso
dejó de marchar contra Escipión y Juba. En otra
ocasión, habiendo caído al saltar del barco, tornó
en favor suyo el presagio, exclamando: Ya eres mía, Africa.
Para eludir los vaticinios que en aquella tierra unían
fatalmente las victorias al nombre de los Scipiones, tuvo constantemente
en sus campamentos a un obscuro descendiente de la familia Cornelia,
hombre abyecto y a quien por sus desarregladas costumbres se había
dado el apodo de Salucio».
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3) Cuando el cónsul Tiberio Sempronio Graco estaba
librando una batalla con los picentinos, un terremoto repentino lanzó
a ambas partes al pánico. Entonces Graco puso nueva fuerza y coraje
en sus hombres, impulsándolos a atacar al enemigo mientras éste
era abrumado por el temor supersticioso. Así cayó sobre
ellos y les derrotó.
Nota:
En realidad fue el cónsul Publio Sempronio Sofo el que
derrotó a los picentinos en el 268 a.de C. Floro,
1:19 : «Quedó al punto pacificada toda la
Italia. ¿Quién hubiera osado turbarla después
de la guerra de Tarento? Tan solo Roma, por el deseo de perseguir
a los aliados de sus enemigos. Sujetó á los Picenos
y se apoderó de Asculo, capital de estas gentes, siendo
Sempronio el jefe de esta guerra. Habiéndose producido
un terremoto durante la batalla, aplacó la ira de la diosa
Tierra prometiendo que la erigiría un templo».
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4) Sertorio, cuando por un prodigio repentino los exteriores
de los escudos de sus soldados de caballería y los pechos de sus
caballos mostraron señales de sangre, interpretó esto como
una señal de victoria, ya que aquellas eran las partes que solían
ser salpicadas con la sangre del enemigo.
5) Epaminondas, el tebano, cuando sus soldados estaban
deprimidos porque la condecoración que colgaba de su lanza como
un filete, había sido arrancada por el viento y llevada a la tumba
de cierto espartano, dijo: ¡"No estéis preocupados,
compañeros! La destrucción está pronosticada para
los Espartanos. Las tumbas no se condecoran excepto en los entierros".
Nota:
Año 371 a.de C. Diodoro Sículo, 15:52 § 5 :
«Aunque Epaminondas asombrara a los cautelosos por su respuesta
directa, un segundo presagio pareció más desfavorable
aún que el anterior. Ya que cuando el lugarteniente avanzaba
con una lanza y una cinta atada a ella y daba a conocer las órdenes
del cuartel general, apareció una brisa y, cuando pasó,
la cinta fue rasgada de la lanza y se enredó alrededor
de una losa que había sobre una tumba, y estaban allí
sepultados algunos lacedemonios y peloponesios que habían
muerto en la expedición bajo Agesilao».
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6) El mismo Epaminondas, cuando un meteorito cayó
del cielo por la noche y aterrorizó los corazones de aquellos que
lo notaron, exclamó: "Es una luz enviada por los poderes de
arriba".
7) Cuando el mismo Epaminondas estaba a punto de empezar
la batalla contra los espartanos, la silla en la cual se había
sentado, cedió, y todos los soldados, enormemente preocupados,
interpretaron este como un presagio desafortunado. Pero Epaminondas exclamó:
"Para nada; simplemente nos está prohibido sentarnos".
8) Cayo Sulpicio Galo no sólo anunció un
próximo eclipse de la luna, a fin de impedir que los soldados lo
tomaran como un prodigio, sino que también dió los motivos
y causas del eclipse.
Nota:
Año 168 a.de C. Livio, 44:37 : «Cuando los
romanos terminaron sus parapetos, C. Sulpicio Galo, tribuno militar
de la segunda legión, que había sido pretor el año
precedente, convocó a los soldados con autorización
del cónsul, y les previno "que no considerasen como
presagio el eclipse de luna que se verificaría la noche
siguiente, desde la segunda hora hasta la cuarta. Este fenómeno,
dijo, es periódico y se debe a causas completamente naturales,
pudiéndose predecir con tanta seguridad como la salida
y ocaso de la luna y el sol. Puesto que las diferentes fases de
la luna, en tanto llena, en tanto menguante y reducida a su arco,
no les produce sorpresa alguna, no debían considerar como
prodigio que se oscureciese por completo cuando la tierra la cubre
con su sombra". El eclipse ocurrió a la hora indicada,
en la noche que precedió al primer día de las nonas
de septiembre, haciendo que los soldados romanos considerasen
a Galo como sabio inspirado por los dioses. Los macedonios, por
el contrario, vieron en él funesto presagio que anunciaba
la ruina y el aniquilamiento de su nación. Este prodigio
concordaba además con los vaticinios de sus adivinos. Así
fué que los gritos y alaridos no cesaron en su campamento
hasta que reapareció el disco de la luna».
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9)
Cuando Agatocles, el siracusano, luchaba contra los cartagineses,
y sus soldados en vísperas de la batalla entraron en pánico
por un eclipse similar de luna, que ellos interpretaron como un prodigio,
él les explicó la razón por la que esto ocurrió,
y les mostró que, fuera lo que fuera, tenía que ver con
la naturaleza, y no con sus propios objetivos.
Nota:
Año 310 a.de C. Justino, Epítome de la Historia
de Togo Pompeyo, 22:6 : «Por estas exhortaciones,
el coraje de los soldados se exaltó; pero la influencia
supersticiosa de un augurio, había desparramado cierto
temor entre ellos; el sol se había eclipsado durante su
viaje. En relación a este fenómeno, Agatocles no
tuvo menos problemas para conformarlos que los que había
tenido con la guerra, alegando que «si hubiera ocurrido
antes de que ellos partieran, el hubiera pensado como un presagio
desfavorable a su partida, pero dado que ocurrió posteriormente
a su partida, su significado estaba dirigido contra aquellos conta
los que ellos se dirigían. Aparte, dijo, los eclipses de
los cuerpos celestes siempre presagiaron un cambio en el estado
presente de las cosas, y era por consiguiente cierto que era profetizada
una alteración en la floreciente condición de los
cartagineses y sus propias circunstancias adversas».
Habiendo así pacificado a sus soldados, ordenó que
todos los barcos, con consentimiento del ejército, fueran
incendiados para que, siendo suprimidos los medios de escape,
entendieran que debían vencer o morir».
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10) Pericles, cuando un rayo cayó en su campamento
y aterrorizó a sus soldados, llamando a una asamblea, produjo fuego
golpeando dos piedras juntas a la vista de todos sus hombres. Así
alivió su pánico explicando que el rayo era similarmente
producido por el contacto de las nubes.
11) Cuando Timoteo, el ateniense, estaba a punto de contender
contra los corcirios en una batalla naval, su piloto, escuchando estornudar
a uno de los remeros, comenzó a dar la señal de retirada,
justo cuando la flota salía; con lo cual Timoteo exclamó:
¿«piensa usted que es extraño que uno de tantos miles
haya tenido un enfriamiento? ».
Nota:
Año 375 a.de C. Polieno, 3:10 § 2 : «Timoteo
partía con toda la flota. Alguien estornudó. La
cosa pareció de mal augurio al piloto general (un estornudo
en un momento clave era efectivamente considerado, en general,
como de mal augurio) que dió orden de retroceder, y los
marineros no se atrevían a subir a los buques. Timoteo
no pudo evitar reírse, y decir « ¡He aquí
a un augur gracioso! ¿Es pues una maravilla tan grande,
que entre tantos hombres como hay aquí alrededor, se haya
encontrado uno que haya estornudado? » Los marineros llevaron
también la cosa a la risa y levaron el ancla».
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12) Cuando Cabrias, el ateniense, estaba a punto de librar
una batalla naval, un rayo cayó directamente a través de
la trayectoria de su barco. Cuando los soldados quedaron llenos de consternación
por tal augurio, él dijo: "Ahora es el tiempo justo para comenzar
la batalla, cuando Júpiter, el más fuerte de dioses, revela
que su poder está presente en nuestra flota”.
Nota:
Año 391 a 357 a.de C.
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