SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO II

Capítulos I y II - III y IV- V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.

Habiendo dado clases de ejemplos en el Libro I que, como creo, bastarán para instruir a un general en aquellos asuntos que deben ser atendidos antes del principio de la batalla, presentaré a continuación en orden, ejemplos que tienen que ver con aquellas cosas que son, por lo general, hechas en la batalla misma, y luego aquellas que aparecen subsecuentes al enfrentamiento.
De aquellas que conciernen a la batalla misma, existen las siguientes clases :

I Sobre la elección del momento para la batalla.
II Sobre la elección del lugar para la batalla.
III Sobre la disposición de las tropas para la batalla.
IV Sobre cómo inspirar pánico en las filas enemigas.
V Sobre las emboscadas.
VI Sobre dejar escapar al enemigo, a menos que, acorralados, renueven la batalla desesperadamente. VII. Sobre cómo disimular reveses.
VIII. Sobre cómo restaurar la moral con firmeza.

Sobre las cuestiones que merecen atención después de la batalla, considero que existen las siguientes clases :

IX. Sobre cómo terminar la guerra después de un enfrentamiento victorioso.
X. Sobre cómo recomponer las pérdidas propias después de un revés.
XI. Sobre cómo asegurar la lealtad de aquellos de los que uno desconfía.
XII. Qué hacer para la defensa del campamento, en caso de que un comandante no confíe en sus actuales fuerzas.
XIII. Sobre las retiradas.

Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

 

 

III. SOBRE LA DISPOSICIÓN DE LAS TROPAS PARA LA BATALLA

1) Cneo Escipión, en campaña en España contra Hanón, cerca de la ciudad de Indíbil, notó que la línea cartaginesa de batalla estaba dispuesta con los españoles ubicados en el ala derecha — soldados robustos, desde luego pero luchando para otros — mientras a la izquierda estaban los africanos, menos poderosos pero más resueltos. En consecuencia retiró su propia ala izquierda, y manteniendo su línea de batalla en un ángulo con el enemigo, enfrentó al enemigo con su ala derecha, formada por sus soldados más robustos. Luego, derrotando a los africanos y haciéndolos huir, forzó fácilmente la rendición de los españoles, que se mantuvieron a un lado a manera de espectadores .

Nota: Año 219 a.de C. Cneo Cornelio Escipión Calvo; Polibio, 3:76 : ««En el transcurso de este tiempo, Cn. Cornelio, a quien su hermano Publio había dejado el mando de las fuerzas navales, como hemos indicado anteriormente, haciéndose a la vela con toda la escuadra desde las bocas del Ródano, aportó a aquella parte de España llamada Emporio. Allí, desembarcando a sus tropas, puso sitio a todos los pueblos marítimos hasta el Ebro que rehusaron obedecerle, y recibió con agasajo a los que de voluntad se entregaron, procurando en lo posible no se les hiciese extorsión alguna. Después que hubo asegurado estas conquistas, penetró tierra adentro con su ejército, ya notablemente engrosado con los aliados españoles. Al paso que se iba internando, recibía unos pueblos en su amistad, otros los reducía por fuerza. Los cartagineses que mandaba Hanón en aquellos países vinieron a acampar frente a él, alrededor de una ciudad llamada Cisa; pero Escipión, formadas sus huestes, les dio la batalla, la ganó y se apoderó de un rico botín; ya que en poder de éstos había quedado el equipaje todo de los que habían pasado a Italia. Aparte de esto, contrajo alianza y amistad con todos los pueblos de esta parte del Ebro, y tomó prisioneros al general Hannón y al español Indibilis. Éste era un potentado en el interior del país, que había sido siempre sumamente afecto a los intereses de Cartago.
Luego que supo Asdrúbal lo que había sucedido, pasó el Ebro, y vino prontamente al socorro. Informado de que las tropas navales de los romanos vivían desmandadas y llenas de confianza por la ventaja que habían logrado las legiones de tierra, toma de su ejército ocho mil infantes y mil caballos, sorprende estas tropas dispersas por aquellos campos, mata a muchos y precisa a los restantes a refugiarse a sus navíos. Tras de lo cual se retira, vuelve a pasar el Ebro y sentado su cuartel de invierno en Cartagena, entrega todo su cuidado a los preparativos y defensa del país de parte acá del Ebro. Escipión vuelto a la escuadra, castigó a los autores de este descuido según la disciplina romana, y formado después un cuerpo de las tropas terrestres y navales, marchó a invernar a Tarragona. Allí distribuyó por partes iguales el despojo entre los soldados, con lo que se granjeó su afecto y benevolencia para el futuro. Tal era el estado de los negocios de España».


2) Cuando Filipo, rey de los macedonios, emprendía la guerra contra los hilianos (ilirios), notó que el frente del enemigo consistía completamente en hombres elegidos de todo el ejército, mientras que sus flancos eran más débiles. En consecuencia, colocó a sus hombres más corpulentos en el ala derecha, atacó al enemigo en su ala izquierda, y provovando confusión en toda su línea, obtuvo una victoria completa .

Nota: Año 359 a.de C. Diodoro Sículo, 16:4 : «En consecuencia, habiendo conducido una expedición a Peonia y derrotado a los bárbaros en una batalla, obligó a la tribu a reconocer lealtad a los macedonios. Y dado que los ilirios todavía estaban considerados como enemigos, su deseo era derrotarlos en guerra también. De modo que, habiendo llamado rápidamente a una asamblea y exhortado a sus soldados a la guerra con un apropiado discurso, condujo una expedición al territorio ilirio, no teniendo menos de diez mil soldados de infantería y seiscientos jinetes. Bardilis, el rey de los ilirios, habiéndose enterado de la presencia del enemigo, envió primero mensajeros para hacer los arreglos tendientes a un cese de hostilidades, a condición de que ambos lados permanecerían en posesión de las ciudades que entonces controlaban.
Pero como Filipo dijo que él, en efecto deseaba la paz, pero no concurriría, sin embargo, a aquella oferta a menos que los ilirios se retiraran de todas las ciudades macedonias, los enviados volvieron sin haber llevado a cabo su propósito, y Bardilis, confiado en sus anteriores victorias y la intrépida conducta de los ilirios, salió al encuentro del enemigo con su ejército; tenía diez mil soldados de infantería elegidos y aproximadamente quinientos jinetes. Cuando los ejércitos se acercaron el uno al otro y con gran clamor chocaron en la batalla, Filipo, mandando el ala derecha, que consistía en la flor de los macedonios que servían bajo su comando, ordenó a su caballería que cabalgara por delante de las filas de los bárbaros y los atacara por el flanco, mientras él mismo, cayendo sobre el enemigo en un asalto frontal, comenzó un encarnizado combate. Pero los ilirios, formándose en cuadrado, entraron valientemente en la lucha. Y al principio, por mucho tiempo, la batalla fue casi equilibrada debido a la excesiva valentía mostrada por ambos lados, y tantos fueron muertos y más todavía heridos, que la fortuna de la batalla vaciló primero entre un camino y luego el otro, siendo constantemente influida por los valerosos hechos de los combatientes; pero más tarde cuando los jinetes presionaron desde el flanco y retaguardia y Filipo, con la flor de sus tropas, luchó con verdadero heroísmo, los ilirios en masa fueron obligados a huir. Como la persecución se mantuvo por una considerable distancia y muchos fueron muertos en su huída, Filipo retiró a los macedonios con la trompeta y erigiendo un trofeo a la victoria, sepultó a sus muertos, mientras los ilirios, habiendo enviado embajadores y habiéndose retirado de todas las ciudades macedonias, obtuvieron la paz. Pero más de siete mil ilirios fueron muertos en esta batalla».


3) Pamenes, el tebano, habiendo observado la línea de batalla de los persas, donde las tropas más poderosas estaban ubicadas en el ala derecha, preparó a sus propios hombres también con el mismo plan, poniendo toda su caballería y lo más valiente de su infantería en el ala derecha, pero colocando frente a los más valientes del enemigo, a sus tropas más débiles, a las que él ordenó huir al primer ataque del enemigo y retirarse a lugares ásperos, desiguales y arbolados. Cuando de esta manera convirtió a la fuerza del enemigo en ineficiente, él mismo con la mejor parte de sus propias fuerzas, envolvió a toda la formación del enemigo con su ala derecha y los derrotó .

Nota: Año 353 a.de C. Polieno, 5:16 § 2 : «Pamenes era fuerte en caballería, pero en infantería muy inferior al enemigo, que lo superaba en número, particularmente en peltastas. Ubicó a los pocos peltastas que tenía, y algo de su infantería ligera, contra la parte más fuerte del ejército enemigo; y les ordenó que después de una corta escaramuza, huyeran, y así apartar a los peltastas del enemigo del cuerpo principal de su ejército. Cuando est resultó como él esperaba, avanzó a la cabeza de un cuerpo de caballería de la otra ala, y cargó furiosamente en su retaguardia, mientras las tropas, que antes habían escapado, giraron para enfrentarlos. De esta manera rodeó al enemigo, y o los tomó prisioneros, o los destrozó».


4) Publio Cornelio Escipión, que posteriormente recibió el nombre de Africano, en una ocasión, emprendiendo la guerra en España contra Asdrúbal, líder de los cartagineses, condujo sus tropas día a día en una formación tal que el centro de su línea de batalla estaba formado por sus mejores combatientes.
Pero cuando el enemigo salió también ordenado con el mismo plan, Escipión, en el día cuando en que se determinó a luchar, cambió el esquema de su orden de batalla y colocó sus tropas más fuertes en las alas, teniendo sus tropas con armamento liviano en el centro, pero ligeramente detrás de la línea. Así, atacando el punto más débil del enemigo en formación de medialuna desde el flanco, donde él mismo era más fuerte, fácilmente los derrotó .

Nota: Año 206 a.de C. Livio 28:14-15 : «14. Cuando se hubieron probado bastante en estos ligeros combates, se presentó Asdrúbal con sus tropas formadas en batalla; Ios romanos salieron a su vez. Pero los dos ejércitos permanecieron inmóviles delante de sus parapetos; ninguno trabó combate, y ya declinaba el día cuando los cartagineses primero y después Ios romanos volvieron a los campamentos. Esta maniobra se repitió en los días siguientes. Asdrúbal se presentaba siempre el primero en batalla, y el primero también daba la señal de retirada a sus soldados, fatigados de estar sobre las armas ; ni de una ni otra parte se movían, ninguno arrojaba un venablo ni lanzaba un grito. Velase en el centro, por un lado los romanos, por otro los cartagineses mezclados con los africanos; los aliados formaban las alas, y en los dos ejércitos había españoles. Delante del frente de los cartagineses veíanse desde lejos los glefantes como otras tantas torres. En los dos carnpamentos se repetía ya que aquel orden sería el de la batalla; en los centros los romanos contra los cartagineses, y como la guerra era entre ellos, desplegarían igual valor e iguales esfuerzos en el combate. Viendo Escipión arraigada aquella creencia, cambió de intento sus planes para el día en que pensaba llegar a las manos. La víspera, por la noche, díó orden de que, antes de amanecer, tanto los hombres como los caballos estuviesen dispuestos y alimentados; los jinetes, sobre las armas, debían tener los caballos ensillados y embridados. Al amanecer lanzó toda su caballería y tropas ligeras contra las avanzadas enemigas, y en seguida avanzó él mismo a la cabeza de las legiones, después de haber colocado los aliados en el centro, contra la opinión general de los suyos y del enemigo. Despertado Asdrúbal por el ruido de su caballería, se precipitó fuera de su tienda, vió la alarma producida delante de su campamento, la confusión de Ios suyos, las enseñas de las legiones que brillaban a lo lejos, y toda la llanura cubierta de enemigos, por la que lanzó en el acto toda su caballería contra la caballería romana. En seguida salió del campamento con la infantería sin cambiar en nada su acostumbrado orden de batalla. La caballería estaba peleando ya largo tiempo sin resultado, y aquel combate no podía decidirse por sí mismo, porque rechazados alternativamente, cada bando se replegaba con toda seguridad sobre su infantería. Pero cuando los dos ejércitos no distaron más que, quinientos pasos, Escipión mandó tocar retirada, abrió las filas y recibió en ellas a la caballería y las tropas ligeras, que dividió en dos cuerpos, y colocó como reservas detrás de las alas. Después, cuando llegó el momento de comenzar el ataque, mandó a los españoles, que estaban en el centro, que marchasen muy despacio, y, desde el ala derecha que mandaba él, envió a Silano y a Marcio orden de extender el ala izquierda, repitiendo la maniobra que le verían hacer en la derecha, y que lanzasen sus tropas ligeras, infantería y caballería, contra el enemigo, antes de que chocasen los centros. Desenvueltas de esta manera las alas, marcharon cada una con tres cohortes de infantería, tres turmas de caballería y los vélites, corriendo al enemigo, siguiendo los otros que marchaban oblicuamente. La línea era reentrante en el centro, por efecto de la lenta marcha de los españoles. Ya estaban combatiendo en las alas, y lo más escogido del ejército enemigo, los veteranos cartagineses y africanos, ni siquiera estaban a tiro de venablo, ni se atrevían, para socorrer a los suyos, a dirigirse a las alas, por temor de abrir el centro ante los romanos, que avanzaban de frente. Sus alas tenían que sostener doble lucha; la caballería, las tropas ligeras y los vélites las habían rodeado para atacarlas por el flanco, y las cohortes las atacaban de frente, procurando separarlas del resto del ejército.
15. Dos razones contribuían a que el combate no fuese igual en todos Ios puntos: por una parte, los honderos baleares y los bisoños españoles tenían que habérselas con los romanos y los latinos; y por otra, avanzando el día, agotaba las fuerzas de los soldados de Asdrúbal, que, sorprendidos por el repentino ataque de la mañana, habíanse visto obligados a salir precipitadamente, sin haber tomado alimento. Calculando esto, prolongó Escipión el combate para llagar a la tarde. A la hora séptima, solamente la infantería había trabado batalla en las alas. El centro no entró en acción hasta mucho después; de manera que el ardor del sol de mediodía, la fatiga que experimentaban permaneciendo de pie sobre las armas, el hambre y la sed habían extenuado a los cartagineses antes de llegar a las manos; así era que se mantenian apoyados en los escudos. Además, los elefantes, asustados por el tumultuoso ataque de la caballería, de los vélites y de las tropas ligeras, se habían trasladado de las alas al centro. Abrumados entonces de fatiga y desalentados, los enemigos comenzaron a moverse, sin abandonar las filas, y como si por orden de su general ejecutasen, sin ser atacados, un movimiento retrógrado. Pero al verles replegarse, redobló el ardor de los vencedores, que se precipitaron por todas partes sobre ellos, siendo el choque irresistible, En vano detenía Asdrúbal a los fugitivos; en vano se atravesaba en su camino, gritándoles "que tenían a la espalda colinas, en las que encontrarían segura retirada si retrocedían en buen orden". El miedo se sobrepuso a la honra; las primeras filas se rompieron delante del enemigo, huyendo todos en seguida y haciéndose cornpleta la derrota. Las enseñas se detuvieron primera-mente al pie de las colinas, y los soldados comenzaron a rehacer las filas, al observar que Ios romanos vacilaban en subir la colina que tenían enfrente. Pero cuando les vieron avanzar con intrepidez, emprendieron de nuevo la fuga, y fueron rechazados en derrota hasta su campamento. El soldado romano tocaba a las empalizadas, y, en su impetuosidad, se hubiese apoderado de ellas, si a los rayos de un sol abrasador, corno los que penetran entre oscuras nubes, no hubiese seguido lluvia tan copiosa, que apenas pudieron los vencedores entrar en su campamento : algunos hasta tuvieron escrúpulo religioso de intentar aquel día nuevos esfuerzos. Los cartagineses estaban extenuados de fatiga; debilitados por las heridas, la noche y la tempestad les invitaban a descanso muy necesario; pero sus temores y peligros no les dejaban espacio para ello. Persuadidos de que al amanecer el enemigo atacaría su campamento. trajeron de todos los valles inmediatos piedras con que levantaron sus parapetos, buscando en las fortificaciones Ia seguridad que no encontraban en sus armas; pero la deserción de sus aliados les demostró que era más prudente huir que esperar. La deserción comenzó por Atano rey de los turditanos, que pasó a los romanos con muchos compatriotas suyos; dos plazas fuertes, con su guarnición, fueron entregadas en seguida a Escipión por sus jefes. Viendo Asdrúbal que, una vez inclinados los ánimos a la deserción, el contagio se propagaría a todos, decampó a la noche siguiente».



5) Metelo, en la batalla en la cual él venció a Hirtuleyo en España, descubrió que los batallones de Hirtuleyo se consideraban los más fuertes cuando se ubicaban en el centro. En consecuencia retiró el centro de sus tropas, para evitar encontrar al enemigo en aquella parte de la línea, hasta que, por un movimiento envolvente de sus alas, pudo rodear su centro por todos los lados.

Nota: Año 76 a.de C. Quinto Cecilio Metelo Pío.


6) Artajerjes, teniendo un número superior en su campaña contra los griegos, que habían invadido Persia, preparó su línea de batalla con un frente más amplio que el del enemigo, colocando infantería, caballería, y tropas con armamento ligero en las alas. Entonces haciendo deliberadamente avanzar el centro más despacio, envolvió a las tropas enemigas y las despedazó.

Notas.. Año 401 a.de C. Batalla de Cunaxa. Jenofonte, Anábasis, 1:8 : «Ya iba muy avanzada la mañana, y estaba cerca el sitio en que se debía descansar, cuando Pategias, persa de los más íntimos de Ciro, aparece corriendo a rienda suelta con el caballo cubierto de sudor, gritando a todos los que se encontraban, ya en griego, ya en bárbaro que el rey se acercaba con un numeroso ejército como dispuesto a presentar batalla. Esto produjo un gran tumulto, pues los griegos y todos los demás creían que iban a caer sobre ellos antes de haberse formado. Ciro saltó del carro, se puso la coraza, montando a caballo, tomó en la mano los dardos y dio orden a todos los demás que se armasen y acudiesen cada uno a su puesto.
Las tropas se fueron formando a toda prisa. Clearco ocupaba el ala derecha, tocando con el río Éufrates; a su lado estaba Próxeno, y después los demás generales. Menón, con su cuerpo, era de los griegos el que tenía el ala izquierda. De los bárbaros se colocaron a la derecha, al lado de Clearco y de la infantería ligera griega, unos mil caballos paflagones, y en la izquierda se puso Arieo, lugarteniente de Ciro, con el resto del ejército bárbaro. Ciro y la caballería que le acompañaba, unos seiscientos jinetes, iban armados con corazas, quijotes y cascos; pero Ciro se dispuso al combate dejándose descubierta la cabeza. (Dícese, en efecto, que es costumbre de los persas entrar en batalla con la cabeza descubierta.) También los caballos que iban con Ciro estaban todos protegidos con armaduras en la cabeza y en el pecho, y los jinetes tenían espadas griegas.
Ya mediaba el día y aún no se habían presentado los enemigos; pero al comenzar la tarde se vio una polvareda como una nube blanca, y poco después una especie de mancha negra que cubría la llanura en una gran extensión. Según se acercaban fuése apercibiendo el resplandor del bronce, y pronto aparecieron claramente las lanzas y las filas de soldados. A la izquierda de los enemigos venían escuadrones de caballería armados con corazas blancas, de los cuales se decía ser jefe Tisafernes; junto a éstos los guerróforos e inmediatamente la infantería pesada con escudos de madera que les llegaban hasta los pies; decíase que eran egipcios. Después seguían otros cuerpos de caballería y arqueros. Todas estas tropas iban agrupadas por naciones, y cada nación formaba una columna profunda. Delante marchaban los carros armados de hoces, a gran distancia uno de otro; las hoces iban sujetas a los ejes oblicuamente, y otras debajo de los asientos dirigidas hacia la tierra, de suerte que cortaran todo lo que encontrasen al paso. Había el plan de dirigir estos carros contra los batallones griegos y romperlos. Cuanto a lo que dijo Ciro al reunir a los griegos recomendándoles oyesen sin miedo la gritería de los bárbaros, el anuncio quedó fallido, porque no avanzaron dando gritos, sino con todo el silencio posible y con el mayor sosiego, a un paso igual y reposado. Mientras tanto, Ciro, recorriendo la línea acompañado por el intérprete Pigres y otros tres o cuatro, gritaba a Clearco que condujese sus tropas contra el centro de los enemigos, porque allí se encontraba el rey. «Y si venciéramos en este lado —decía— lo tendríamos ganado todo.» Clearco, viendo el cuerpo colocado en el centro y oyendo decir a Ciro que el rey se encontraba fuera de la izquierda de los griegos (el ejército del rey era tan superior en número que su centro rebasaba la izquierda de Ciro); viendo esto, Clearco no quería separarse del río, temeroso de que lo envolviesen por los dos lados, y respondió a Ciro que él vería lo que conviniese más.
Entretanto, el ejército bárbaro iba avanzando, mientras el de los griegos, quieto en el mismo sitio, acababa de formarse según acudían los soldados. Ciro, al pasar por delante y a muy corta distancia de las tropas, miraba a uno y otro lado contemplando ya a los enemigos, ya a los suyos. Entonces Jenofonte, de Atenas, viéndole desde las filas griegas en que se hallaba formado, dio espuelas a su caballo y, saliéndole al encuentro, le preguntó si tenía alguna orden que dar. Ciro se detuvo y le dijo, encargándole que lo comunicase a los demás, que los sacrificios se mostraban favorables. Mientras decía esto oyó un rumor que corría por las filas, y preguntó de qué se trataba. Y Jenofonte le contestó que era el santo y seña que pasaba por segunda vez. Se maravilló de quién podía haberlo dado, y preguntó cuál era el santo y seña. Jenofonte le respondió que «Zeus salvador y victoria.» Oyendo esto Ciro: «Pues bien: lo acepto —dijo—, y así sea.» Dicho esto se encaminó al sitio que había escogido.
Y apenas distaban ya los frentes de ambos ejércitos tres o cuatro estadios, cuando los griegos principiaron a cantar el peán y se pusieron en movimiento para ir al encuentro de los enemigos.
Según avanzaban, una parte de la falange se adelantó algo en un movimiento impetuoso, y el resto se vio obligado a seguirla corriendo para alcanzarla, y al mismo tiempo que corría todos daban gritos a la manera como se festeja a Enialo. También dicen algunos que golpeaban con las lanzas los escudos para infundir miedo a los caballos. Pero antes de que llegasen a tiro de arco los bárbaros volvieron la espalda y huyeron. Entonces los griegos los fueron persiguiendo con todas sus fuerzas, gritándose los unos a los otros que no corriesen atropelladamente, sino que les siguiesen bien formados. Mientras tanto, los carros eran arrastrados, unos a través de los enemigos mismos y otros a través de los griegos; iban sin conductores. Y los griegos, al verlos venir, se separaban, aunque hubo también alguno que, desconcertado como si estuviese en un hipódromo, se dejó coger. Pero, según dijeron, ni este mismo sufrió ningún daño, como tampoco ningún otro griego en esta batalla; sólo se dijo que en el ala izquierda uno había sido alcanzado por una flecha.
Ciro, viendo a los griegos vencedores por su lado y persiguiendo al enemigo, lleno de satisfacción y saludado como rey por los que le rodeaban, no por eso se dejó arrastrar a la persecución, sino que, manteniendo recogida la fuerza de seiscientos caballos que le acompañaban, se mantuvo en observación de lo que haría el rey. Sabía que éste se hallaba en el centro del ejército persa; todos los jefes bárbaros se colocan en el centro de los ejércitos que mandan, pues piensan que así están más seguros, teniendo fuerzas a uno y otro lado, y que si necesitan mandar algo tardará el ejército en saberlo la mitad de tiempo. Siguiendo esta costumbre, el rey se mantenía en el centro de su ejército, pero aun así quedaba fuera del ala izquierda de Ciro. Y cuando vio que nadie le presentaba combate ni a las tropas formadas delante de él, les mandó dar vuelta con intención de envolver a su contrario. Ciro, entonces, temeroso de que, atacando por detrás, desbaratase el ejército griego, se lanzó a su encuentro y cargando con los seiscientos de su guardia derrotó a las fuerzas puestas delante del rey, puso en fuga a los seis mil y hasta se dice que mató con su propia mano al jefe Artajerjes que los mandaba. Al ver que los enemigos huían, los seiscientos de Ciro se dispersaron también, lanzándose en su persecución, excepto unos pocos que permanecieron al lado de su jefe, casi todos de los llamados compañeros de mesa. Estando, pues, con éstos descubrió el rey al escuadrón que le rodeaba, y sin poderse contener exclamó «Veo al hombre», y se lanzó contra él y le dio en el pecho, hiriéndole a través de la coraza, según se supo más tarde por Ctesias, el médico que dijo haberle curado la herida. Mientras hería al rey, uno le lanzó con gran fuerza un dardo que le penetró por debajo del ojo. Pueden verse en Ctesias, que se hallaba entonces al servicio de Artajerjes, los que cayeron por el lado del rey en este combate entre el rey y Ciro y entre los soldados de ambos en favor de cada uno. En el lado contrario murió el mismo Ciro, y los ocho más distinguidos de su guardia cayeron sobre su cadáver. Dícese que Arpates, servidor en quien él tenía puesta la mayor confianza entre los portacetros, al ver a Ciro por tierra saltó del caballo y se dejó caer sobre su amo. Según algunos, el rey mandó que alguien le degollase sobre el cuerpo de Ciro, y, según otros, él mismo se mató desenvainando su sable; tenía uno de oro, y llevaba collar, brazaletes y las demás cosas que suelen llevar los nobles persas, pues Ciro le distinguía mucho por el amor y fidelidad que le mostraba».


7) Por otra parte, Aníbal en Cannas, habiendo retirado sus flancos y avanzado su centro, hizo retroceder a nuestras tropas en el primer asalto. Entonces, cuando los enfrentamientos comenzaron, y los flancos gradualmente se dirigieron uno contra otro, avanzando según instrucciones, Aníbal envolvió dentro de sus propias líneas al enemigo que atacaba impetuosamente, los forzó hacia el centro por ambos lados, y los destrozó, usando tropas veteranas con mucho entrenamiento; ya que solo un ejército entrenado, sensible a cada dirección, puede realizar esta clase de la táctica.

Nota: Año 216 a.de C. Polibio, 3:115 : «La acción empezó por la infantería ligera, que estaba al frente, y de una y otra parte fueron iguales las ventajas. Pero desde que la caballería española y gala de la izquierda se hubo aproximado, los romanos se batieron con furor y como bárbaros. No peleaban según las leyes de su milicia, retrocediendo y volviendo a la carga, sino que una vez venidos a las manos, saltaban del caballo, y hombre a hombre medían sus fuerzas. Pero al fin vencieron los cartagineses. La mayor parte de romanos pereció en la refriega, no obstante haberse defendido con valor y esfuerzo; el resto, perseguido a lo largo del río, fue muerto y pasado
a cuchillo sin piedad alguna. Entonces la infantería pesada ocupó el lugar de la ligera, y vino a las manos.
Durante algún tiempo guardaron la formación los españoles y galos, y resistieron con valor a los romanos, pero arrollados con el peso de las legiones, cedieron y volvieron pies atrás, abandonando la media luna. Las cohortes romanas, con el anhelo de seguir el alcance, se abrieron paso por las líneas de los contrarios, tanto a menos costa, cuanto la formación de los galos tenía muy poco fondo, y ellos recibían de las alas frecuentes refuerzos en el centro, donde era lo vivo del combate. Pues sólo en el cuerpo de batalla, a causa de que los galos, formados a manera de media luna, sobresalían mucho más que las alas, y representaban el convexo al enemigo. Efectivamente, los romanos siguen y persiguen a éstos hasta el centro y cuerpo de batalla, donde se introducen tan adentro, que por ambos flancos se vieron cercados de la infantería africana pesadamente armada.
En ese instante los cartagineses, unos por un cuarto de conversión de derecha a izquierda, otros por el movimiento contrario, arremeten con sus escudos y picas, y atacan por los costados a los contrarios, advirtiéndoles lo que habían de hacer el mismo lance. Esto era cabalmente lo que Aníbal se había imaginado; que los romanos, persiguiendo a los galos, serían cogidos en medio por los africanos. De allí adelante los romanos ya no pelearon en forma de falange, sino de hombre a hombre y por bandas, teniendo que hacer frente a los que les atacaban por los flancos».


8) En la Segunda Guerra Púnica, cuando Asdrúbal procuraba evitar la necesidad de un enfrentamiento, y había dispuesto su línea en una áspera ladera detrás de obras defensivos, Livio Salinator y Claudio Nerón desviaron sus propias fuerzas a los flancos, dejando su centro vacante. Habiendo envuelto de esta manera a Asdrúbal, le atacaron y derrotaron.

Nota: Año 207 a.de C. Batalla de Metauro. Livio, 27:48 : «Nerón llenó el primero con toda la caballería; en seguida, Porcio con las tropas ligeras, cayendo a la vez sobre el fatigado enemigo y hostigándolo. Deteniéndose ya en su retirada, o mejor aún, en su fuga, se preparaba Asdrúbal a establecer su campamento en una altura inmediata al río, cuando llegó Livio a la cabeza de toda la infantería, no a manera de marcha, sino dispuesta a comenzar en el acto el ataque.
Cuando se reunió el ejército y quedaron formadas las Iíneas, Claudio se colocó en el ala derecha, Livio en la izquierda y el pretor en el centro. Asdrúbal renunció entonces a atrincherarse; viendo inevitable el combate, colocó los elefantes delante del frente de su ejército; cerca de ellos, en el ala izquierda, enfrente de Claudio, dispuso los galos, no porque confiara en su valor, sino porque creía que les temían los romanos. El mismo mandaba el ala derecha contra M. Livio, habiéndola formado con veteranos españoles, en quienes descansaba especialmente su confianza. Los ligurios ocupaban el centro, detrás de Ios elefantes; pero su cuerpo de batalla tenía más extensión que profundidad; una colina que avanzaba en la llanura protegía a los galos. Los españoles trabaron la acción con el ala izquierda de los romanos, cuya derecha estaba fuera de la batalla y permanecía inmóvil, impidiéndole la colina que tenía enfrente atacar a Ios galos de frente y de flanco. La lucha, por tanto, estaba reconcentrada en derredor de Livio y de Asdrúbal, y por una y otra parte so hacía. horrible matanza. Allí se encontraban los dos generales y la mayor parte de la infantería y de la caballería romanas; allí, los veteranos españoles que conocían la táctica romana, y los ligurios, pueblo endurecido en las fatigas de los combates. Allí estaban colocados también los elefantes, cuyo impetuoso choque rompió al pronto las primeras filas, haciéndolas retroceder, pero a los que no fué posible guiar en cuanto el combate fué más vivo y más penetrantes los gritos. Arrojáronse entonces en medio de los dos ejércitos, desconociendo a sus amos y como naves que flotan al azar sin timón.
Claudio gritó entonces a sus soldados: "¿Por qué hemos hecho un camino tan largo y tan rápida marcha?" Y en seguida, después de vanos esfuerzos para plantar sus enseñas sobre la colina que tenía enfrente, convencido de la imposibilidad de llegar por allí hasta el enemigo, destacó algunas cohortes del ala derecha, a la que veía destinada más bien a la inacción que a combatir; rodeó la línea y cayó sobre la izquierda de los cartagineses; ni éstos ni les romanos habían sospechado aquel ataque; y tal fué la rapidez, que apenas se presentó en el flanco, cuando les atacó por la espalda; envueltos así por todas partes, de frente, de flanco y retaguardia, los españoles y los ligurios quedaron destrozados, llegando ya la matanza hasta los galos, cuya resistencia fué muy débil. La mayor parte de ellos estaban lejos de sus enseñas; habíanse dispersado durante la noche y se habían dormido desparramados por los campos. Los que combatían, extenuados por el camino y la vigilia, e incapaces además de soportar la fatiga, apenas tenían fuerza para sostener las armas. Encontrábanse en medio del día, y aquellos desgraciados, abrumados por la sed y el calor, con la boca abierta, se dejaban degollar en masa o hacer prisioneros».


9) Después que Aníbal fue derrotado en frecuentes batallas por Claudio Marcelo, finalmente dispuso su campamento con este plan: Protegido por montañas, pantanos, o ventajas similares del terreno, fijó de tal modo sus tropas como para poder retirar su ejército prácticamente sin pérdidas, en caso de que los romanos ganaran, dentro de sus fortificaciones, pero también como para tener la opción de perseguirlos, en caso de que ellos cedieran el paso.


10) Jantipo, el espartano, en la campaña que condujo en África contra Marco Atilio Régulo, colocó sus tropas ligeras en la primera línea, sosteniendo la flor de su ejército en la reserva. Entonces ordenó a las tropas auxiliares que después de lanzar sus jabalinas, cedieran el paso ante el enemigo y, retirándose dentro de las filas de sus soldados, corrieran a los flancos, y desde allí otra vez precipitarse al ataque. Así cuando el enemigo se hubo encontrado con las tropas más fuertes, se vieron envueltos también por estas fuerzas provistas de armamento ligero ..

Nota: Año 255 a.de C.


11) Sertorio empleó las mismas tácticas en España en su campaña contra Pompeyo.

Nota: Ver en esta misma obra II:5 § 31


12) Cleándridas, el espartano, luchando contra los lucanos, dispuso sus tropas en formación cerrada, para dar el aspecto de un ejército mucho más pequeño. Entonces, en el momento en que comenzó el enfrentamiento y cuando el enemigo descuidó su guardia, abrió sus filas, envolvió al enemigo por el flanco, y lo derrotó.

Nota: Año 443 a.de C. Polieno, 2:10 § 4 : «Al hacer Cléandridas la guerra a los lucanios, tenía la mitad más de tropas que ellos. Tuvo miedo que si ellos lo percibían, se dieran a la fuga para evitar el peligro. Se le ocurrió, pues, dar mucha profundidad a su falange. Los lucanos, viendo un frente de poca extensión, lo despreciaron, y extendieron sus filas, con el propósito de romperlo. Entonces Cléandridas mismo, desdoblando las filas de su falange, desarrolló su frente y procedió a romper el lucano. Fueron envueltos, perforados por las flechas y todos muertos, menos un pequeño número que se dió a la fuga vergonzosamente».


13) Gastrón, el espartano, habiendo venido para asistir a los egipcios contra los persas, y viendo que los soldados griegos eran más poderosos y más temidos por los persas, intercambió las armas de los dos contingentes, colocando a los griegos en la primera línea. Cuando éstos apenas se mantenían por sí mismos en el encuentro, mandó a los egipcios como refuerzos. Aunque los persas se mostraron iguales a los griegos (juzgándolos egipcios), cedieron el paso tan pronto como fueron emboscados por una multitud, de la cual (supuestamente consistente en griegos) ellos estaban aterrados.

Nota: Polieno, 2:16 : «El lacedemonio Gastrón, que tenía que combatir a los persas en Egipto, hizo cambiar armas a los griegos y a los egipcios, y dió a unos las armas de los otros, puso a los egipcios en la cola, y avanzó a la cabeza con los griegos armados a la egipcia. Atacaron vigorosamente, y empujaron su punta sin aflojar. Gastron hizo luego adelantar a los egipcios armados a la griega. Los persas, que los tomaron verdaderamente por los que parecían, se desordenaron y huyeron».

14) Cuando Cneo Pompeyo luchaba en Albania y el enemigo era superior en número y en caballería, ordenó a su infantería cubrir sus cascos, a fin de evitar ser visibles a consecuencia de la reflexión, y tomar su lugar en un desfiladero de una colina. Entonces mandó que su caballería avanzara por la llanura y actuara como una pantalla a la infantería, pero que se retirara al primer ataque del enemigo, y, tan pronto como hubieran alcanzado a la infantería, dispersarse a los flancos. Cuando esta maniobra fue ejecutada, la fuerza de infantería apareció de repente, revelando su posición y fluyendo con un inesperado ataque sobre el enemigo, el que sin hacer caso, siguió en la persecución, siendo así destrozado.

Nota: Año 65 a.de C. Dión Casio, 37:4 : «Después de que atravesaron el río, se anunció que Oroeses venía. Pompeyo estaba ansioso por conducirlo al enfrentamiento antes que averiguara el número de los romanos, por miedo a que cuando lo supiera, pudiera retirarse. En consecuencia ordenó su caballería en el frente, dándoles aviso de antemano acerca de lo que debían hacer; y conservó el resto detrás de ellos en posición de arrodillados y cubiertos con sus escudos, permaneciedo inmóviles, de modo que Oroeses no verificara su presencia hasta que llegara bien cerca. Con eso el bárbaro, despreciando la caballería, la que él suponía que estaba sola, se trenzó en batalla con ellos, y cuando poco después, deliberadamente se dieron vuelta y huyeron, él los persiguió a toda velocidad. Entonces los soldados de infantería aparecieron de repente y ampliando su frente, no sólo procuraron a sus propios hombres un seguro medio de escape por entre las filas, sino también recibieron dentro de sus líneas al enemigo, quiénes sin hacer caso proseguían la persecución, y rodearon a varios de ellos. Entonces estas tropas eliminaron aquellos encerrados dentro del círculo; y la caballería, con algunos que fueron a la derecha y otros al otro lado de ellos, atacaron la retaguardia de aquellos que quedaron por fuera. Cada fuerza mató a muchos allí, y quemó hasta la muerte a otros que habían huido a los bosques, lanzando un grito cada tanto,«¡Ahá, los Saturnales!» en referencia al ataque que había sido hecho en aquella ocasión por los albaneses»..

15) Cuando Marco Antonio se enfrentó en batalla con los partos y hacían llover sobre su ejército innumerables flechas, ordenó que sus hombres se detuvieran y formaran un testudo (1). Las flechas pasaron sobre este sin daño para los soldados, y las existencias del enemigo pronto se agotaron (2).

Nota 1: Testudo : Cubierta que formaban antiguamente los soldados alzando y uniendo los escudos sobre sus cabezas, para guarecerse de las armas arrojadizas del enemigo.

Nota 2: Año 36 a.de C. Plutarco, Antonio, 45 : «Al día siguiente continuaron su marcha mejor defendidos; y los Partos, cuando se presentaron a quererlos acometer, se encontraron con una extraña novedad; porque cuando creían que eran venidos a saquear y robar, y no a una batalla, cayó sobre ellos una nube de dardos, y viendo a los Romanos valerosos y esforzados, volvieron otra vez a desalentarse. Al bajar éstos de unos collados bastante pendientes, repitieron su ataque, acometiéndolos en la lenta marcha que llevaban; entonces, volviéndose la infantería, encerró dentro de su formación a las tropas ligeras, y poniendo los primeros la rodilla en tierra, presentaron sus escudos. Los que formaban después pusieron sus escudos sobre éstos, y lo mismo respecto de éstos los otros; y esta disposición, que es muy semejante a la forma de un tejado, sobre ofrecer una vista teatral, es la más fuerte de las formaciones para hacer que se resbalen los dardos. Los Partos, cuando vieron a los Romanos poner la rodilla en tierra, creyeron que aquello era darse por perdidos y efecto del cansancio, por lo que no quisieron valerse ya de los arcos, sino que echando mano a las lanzas, se fueron a combatir de cerca; mas entonces los Romanos, levantándose de repente y alzando grande gritería, los rechazaron con sus chuzos, y habiendo dado muerte a los primeros que se presentaron, pusieron en desordenada fuga a todos los demás; otro tanto sucedió los días siguientes, siendo muy poco lo que adelantaban en su marcha. Fatigó en esto el hambre al ejército, que sólo combatiendo se proporcionaba algún poco de trigo, y que estaba además falto de utensilios para la moltura, porque había sido preciso dejar los más a causa de ser muchas las acémilas que habían muerto y ser conducidos en las restantes los enfermos y heridos. Dícese que un quenix de trigo llegó a costar cincuenta dracmas, y que el pan de cebada se vendía a peso de plata. Recurrieron en este apuro a las hierbas y a las raíces, y como encontrasen pocas a las que estuviesen acostumbrados, siéndoles preciso hacer pruebas con las que no habían gustado antes, dieron con una hierba que los volvía locos, y después de la locura les causaba la muerte; porque el que la comía no se acordaba ni tenía ya conocimiento de nada, y todo su afán era mover y remover cuantas piedras veía, como si se ocupara en una cosa de importancia. Estaba, pues, llena toda la llanura de hombres inclinados al suelo para arrancar y mudar las piedras, y, por último, morían con vómitos de bilis, por cuanto les faltaba el vino, que era el único remedio. Como muriesen, pues en gran número y los Partos no los dejasen respirar, se dice que Antonio exclamó muchas veces: “¡Oh diez mil!”, maravillándose de los que se retiraron con Jenofonte, pues que con haber hecho un camino más largo desde Babilonia, y teniendo que pelear con muchos más enemigos, al fin se salvaron».

16) Cuando Aníbal luchaba contra Escipión en África, teniendo un ejército de cartagineses y auxiliares, parte del cual no era sólo de diferentes nacionalidades, sino que realmente consistía de italianos, colocó ochenta elefantes en la vanguardia, para lanzar al enemigo a la confusión. Detrás de éstos colocó a auxiliares galos, ligures, baleares y moros, de modo que éstos no pudieran escapar, ya que los cartaginese estaban de pie detrás de ellos, y a fin de que, estando colocados en el frente, pudieran al menos acosar al enemigo, tal vez haciéndole algún daño. En la segunda línea colocó a sus propios coterráneos y a los macedonios, para estar frescos para encontrarse con los agotados romanos; y en la retaguardia a los italianos, de cuya lealtad él desconfiaba y cuya indiferencia temía, en vista de que él había arrastrado a la mayor parte de ellos desde Italia contra su voluntad.
Contra esta formación, Escipión dispuso a la flor de sus legiones en tres líneas frontales sucesivas, ordenadas según hastati , triarii , y principes (1), haciendo que las cohortes no se tocaran, pero dejando un espacio entre las compañías separadas a través de las cuales los elefantes conducidos por el enemigo podrían fácilmente pasar sin lanzar las filas a la confusión. Estos intervalos los llenó de infantes ligeramente armados y entrenados en escaramuzas, de modo que la línea no mostrara huecos, dándoles instrucciones de retirarse a la retaguardia o a los flancos al primer ataque de los elefantes. A la caballería la distribuyó en los flancos, colocando a Lelio a cargo de los jinetes romanos sobre la derecha, y a Masinisa a cargo de los númidas por la izquierda. Este perspicaz esquema de orden de batalla fue indudablemente la causa de su victoria (2).

Nota 1:
Hastati : Recibían este nombre las tropas de la segunda línea de la legión. Equipados con armadura ligera y el fácilmente reconocible escudo romano (scutum) de la época. A una orden, golpeaban los escudos con las jabalinas, comenzaban a desplazarse al frente, hasta encontrarse a unas 75 yardas del enemigo. En ese momento comenzaban un trote rápido, lanzaban sus pila (jabalinas, singular pilum) y desenfundaban las espadas mientras seguían avanzando para el combate cuerpo a cuerpo.
Triarii : En la organización de la legión romana, eran los veteranos, mucho menores en número al resto de la infantería de línea. En la formación clásica de la legión republicana, se mantenían en última línea, como reserva para casos de crisis. Su arma característica era la lanza, aunque también portaban un gladius. Sus protecciones corporales eran de gran calidad, añadiendo a la cota de malla unas grebas.
Principes : En la organización del ejército romano, concretamente de la legión, los principes eran soldados de cierta veteranía, idénticos en el equipamiento a los asteros, excepto en lo que respecta a su protección, ya que llevaban cota de malla. Se supone que tras el desgaste del adversario a manos de los asteros, los principes debían llevar el peso principal del combate. Los principes eran veteranos que rondaban los 30 años de edad, y que procedían de estratos sociales superiores a los de los asteros (dado que antes de las reformas de Mario todo legionario se alistaba pagando su propio equipo). En la disposición de damero de la legión republicana, se situaban detrás de los hastati y entraban en combate inmediatamente después de ellos.

Nota 2:
Año 202 a.de C. Batalla de Zama. Livio, 30:32-33-34-35 : «32.Todo esto lo decía Escipión con la cabeza erguida y alegría en los ojos, tanto, que parecía ya vencedor. En seguida formó sus tropas en batalla: al frente los hastatos, detrás de ellos los príncipes y en última fila los triarios.
33. No formó su línea con cohortes cerradas y dispuestas cada una delante de sus enseñas, sino que dejó entre los manípulos ligeros espacios, de manera que los elefantes del enemigo pudiesen entrar en las filas sin desordenarlas. Lelio, que había sido legado suyo, y que este año le estaba unido como cuestor extraordinario en virtud de un senatus-consulto, formó el ala izquierda con la caballería italiana; Masinisa y sus númidas la derecha. Para llenar los huecos que dejaba entre los manípulos de los antesiñanos, empleó los vélites, que formaban entonces las tropas ligeras; éstas tenían orden, en cuanto se lanzasen Ios elefantes, de retirarse detrás de las líneas. regulares, o de desparramarse a derecha e izquierda y alinearse contra los antesiñanos, con objeto de abrir a los animales un paso, en el que caerían bajo los golpes de mil venablos cruzados. Aníbal colocó como medio de terror sus elefantes en primera fila: disponía de ochenta, número que no había reunido jamás en ninguna batalla; después sus auxiliares ligurios y galos, mezclados con los baleares y los moros; en segunda línea los cartagineses, Ios africanos y la legión macedónica; detrás, con corto intervalo, su reserva formada de italianos, cuya mayor parte eran brucios que, antes por temor y por fuerza que de buen grado, le habían seguido al salir de Italia. Su caballería guarnecía también sus alas; los cartagineses a la derecha y los númidas a la izquierda. Aníbal empleó toda clase de exhortaciones para animar aquella confusa mezcla de hombres que nada tenían común, ni la lengua, ni las costumbres, ni las leyes, ni las armas, ni los trajes, ni el aspecto, ni los intereses. A los auxiliares les habló de alta paga por el momento y ricos despojos en el repartimiento del botín. Hablando a los galos, avivó en su ánimo el fuego de aquel odio nacional y natural que alimentaban contra Roma. A los ojos de los ligurios hizo brillar la esperanza de cambiar sus abruptas montañas por las fértiles llanuras de Italia. Asustó a los moros y númidas con el cuadro del cruel despotismo con que los abrumaría Masinisa; y dirigiéndose a los demás les señalaba otros temores y otras esperanzas. A los cartagineses habló de las murallas de la patria, de los dioses penates, de los sepulcros de sus padres, de sus hijos, de sus parientes, de sus esposas desoladas; les mostró de un lado la ruina y la desolación; del otro, el imperio del mundo, alternativa terrible que no dejaba término medio entre el temor y la esperanza. Mientras el general hablaba así a sus cartagineses, y los jefes de los diferentes pueblos de su ejército arengaban a sus compatriotas, y por medio de intérpretes a los extranjeros mezclados a sus bandas, los romanos tocaron de pronto trompetas y bocinas, y lanzaron un grito tan formidable, que los elefantes se arrojaron sobre su propio ejército, especialmente a la izquierda, sobre los moros y númidas. Masinisa, que vió su espanto, aumento sin trabajo su confusión y les privó en aquel punto del socorro de su caballería. Sin embargo, algunos elefantes, más intrépidos que los otros, cayeron sobre los romanos, produciendo considerable estrago entre los vélites, aunque les acribillaron de heridas, porque replegándose los vélites sobre los manípulos, abrieron paso a los elefantes para que no les aplastasen, y cuando los vieron en medio de las filas presentando los costados, les abrumaron con lluvia de venablos, al mismo tiempo que los antesiñanos les arrojaban sus lanzas.
Rechazados al fin de las líneas romanas por los dardos que por todas partes caían sobre ellos, aquellos elefantes se arrojaron como los otros sobre la caballería cartaginesa en el ala derecha y la pusieron en derrota. En cuanto vió Lelio al enemigo en desorden, aprovechó su temor y aumentó su confusión.
34. El ejército cartaginés había perdido su caballería en las dos alas, cuando se pusieron en movimiento las dos infanterías; pero ya no eran iguales sus fuerzas y sus esperanzas, Añádase a esto una circunstancia, pequeña en sí misma, pero que influyó mucho en la batalla: el grito de los romanos era más uniforme, y por lo tanto, más nutrido y terrible, mientras que de la otra parte brotaban voces discordantes, siendo mezcla confusa de distintos idiomas. El ejército romano se mantenía firme y compacto por su propia masa, tanto como por el peso de sus armas, abrumando al enemigo. Los cartagineses no hacían más que moverse, y desplegaban más agilidad que fuerza. Así, pues, desde el primer choque los romanos quebrantaron al enemigo, rechazándole entonces con los brazos y los escudos, y avanzando a medida que retrocedía, ganaron terreno cas sin experimentar resistencia. Las últimas filas empujaron a las primeras en cuanto observaron el movimiento, y esta maniobra les dió inmensa fuerza impulsiva. Por parte del enemigo, la segunda línea, compuesta de africanos y cartagineses, en vez de sostener los auxiliares que cedían, temiendo que los romanos, después de haber destrozado las primeras filas, que resistían con encarnizamiento, llegasen hasta ellos, cedió el terreno. Entonces los auxiliares volvieron bruscamente la espalda y se lanzaron hacia los suyos: unos pudieron refugiarse en las filas de la segunda línea; otros, viéndose rechazados, degollaron, para vengarse, a los que antes habían rehusado defenderles y ahora no querían recibirles. Era, pues, doble el combate, por decirlo así, que tenían que sostener los cartagineses, peleando a la vez con sus enemigos y sus auxiliares. Sin embargo, en el estado de exasperación y terror en que veían a estos últimos, no les abrieron las filas; estrecháronse unos contra otros y los rechazaron a las alas y a la llanura de alrededor, fuera del combate, con objeto de evitar que aquellos extranjeros, en desorden y cubiertos de heridas, introdujesen la perturbación en un cuerpo de soldados cartagineses que, estaba intacto aún. Por lo demás, tal era la aglomeración de cadáveres y de armas que quedaba en el terreno que antes ocuparon los auxiliares, que costaba más trabajo quizás a los romanos abrirse paso, que les hubiese costado penetrar en las apretadas filas enemigas. Por esta razón, los hastatos, que estaban en primera fila, persiguiendo a los fugitivos, cada cual según podía, a través de aquellos montones de cadáveres y de armas y de aquellos charcos de sangre, confundieron sus enseñas y sus filas. Igual fluctuación se observó en seguida en las líneas de los príncipes, que veían la primera en desorden. En cuanto lo vió Escipión, mandó en seguida a los hastatos retirarse, envió los heridos a la retaguardia e hizo avanzar sobre las alas a los príncipes y triarios, para dar más firmeza y solidez al cuerpo de los hastatos, que de esa manera formaba el centro. Trabóse nuevo combate; los romanos se encontraban enfrente de sus verdaderos enemigos; iguales armas por una y otra parte, igual experiencia, la misma gloria militar, iguales esperanzas ambiciosas, iguales peligros. Pero los romanos tenían la ventaja del número y el valor; habían puesto ya en derrota la caballería y Ios elefantes; vencedores de la primera línea, iban a combatir la segunda.
35. Lelio y Masinisa, que habían perseguido hasta muy lejos a la caballería fugitiva, regresaron a tiempo para atacar por retaguardia la línea enemiga; este ataque de la caballería puso al fin en derrota a los cartagineses. Unos fueron envueltos y exterminados antes de abandonar las filas; otros, que huían dispersos por la llanura que tenían delante, encontraron a la caballería romana que recorría el terreno, y los destrozó. Los cartagineses y sus aliados dejaron sobre el campo más de veinte mil muertos, perdieron casi otros tantos prisioneros, ciento treinta enseñas y once elefantes. Los vencedores perdieron unos dos mil hombres. Aníbal escapó en medio del desorden con corto número de jinetes, y se refugió en Adrumeto.
Durante el combate, como antes de empezar, y hasta el momento en que abandonó el campo de batalla, desplegó todos los recursos de la ciencia militar; y por confesión del mismo Escipión y por todos los expertos en cosas de guerra, se le debe el elogio de que dispuso sus huestes aquel día con extraordinaria habilidad. Los elefantes formaban la primera fila, para que su repentino choque, su ataque irresistible, impidiese a los romanos seguir sus enseñas y conservar sus filas, táctica de la que lo esperaba todo. En seguida estaban los auxiliares delante de la línea de los cartagineses, de suerte que aquel conjunto de gentes extrañas, sujetos únicamente por el interés, no podía emprender la fuga, Aníbal había calculado también que, al recibir el primer choque de los romanos, aminorarían su ardor y servirían al menos para que se embotase en sus cuerpos el hierro enemigo. Colocó en la reserva el cuerpo en que descansaba toda su confianza, los cartagineses y los africanos, contando con que, en igualdad de circunstancias, entrando en combate descansados, con hombres fatigados y heridos, debían tener necesariamente la ventaja. En cuanto a los italianos, ignorando si había de considerarlos como aliados o enemigos, les habia alejado del recio de la batalla y relegado a la retaguardia. Después de dar esta última prueba de su ingenio, Anibal, que se había refugiado en Adrumeto, volvió a Cartago, de donde le llamaron; hacía treinta y seis años que salió de allí niño. Delante del Senado declaró que se confesaba vencido, no solamente en aquella batalla, sino también en la guerra, y que no había otra esperanza de salvación que consiguiendo la paz».

17) En la batalla contra Lucio Sila, Arquelao colocó sus carros falcados en el frente, con el objeto de lanzar al enemigo en la confusión; en la segunda línea ubicó a la falange macedónica, y en la tercera línea, auxiliares armados según el uso romano, con una cantidad de esclavos italianos fugitivos, en cuya obstinación él tenía la mayor confianza. En la última línea colocó las tropas con armamento ligero, mientras en los dos flancos, con el propósito de envolver al enemigo, colocó la caballería, de la que tenía gran número.
Para resolver estas disposiciones, Sila construyó trincheras de gran anchura en cada flanco, y en sus extremos construyó fuertes reductos. Por esta disposición evitó el peligro de ser envuelto por el enemigo, que lo superaba en número en infantería y especialmente en caballería. A continuación dispuso una línea triple de infantería, dejando intervalos a través de los cuales podía enviar, acorde a la necesidad, a las tropas ligeras y a la caballería, que él puso en la retaguardia. Ordenó entonces a los postsignani (1), que estaban en la segunda línea, que clavaran firmemente en la tierra grandes estacas ubicadas cerca unas de otras, y como los carros pasaban cerca, retiró la línea de antesignani (2) dentro de estas estacas. Entonces ordenó finalmente a los escaramuzadores y a las tropas ligeras que elevaran un grito de batalla generalizado y descargaran sus lanzas. Por estas tácticas, o los carros del enemigo eran cogidos entre las estacas, o sus conductores entraban en pánico ante el estruendo y eran forzados por las jabalinas a correr detrás de sus propios hombres, lanzando la formación de los macedonios en la confusión. A medida que éstos cedían el paso, Sila presionó adelante, y Arquelao lo enfrentó con la caballería, con lo cual los jinetes romanos repentinamente se lanzaron adelante, hicieron retroceder al enemigo, y alcanzaron la victoria (3).

Nota 1:

Postsignani : Soldados que formaban, en un orden de batalla, la segunda y tercera líneas, detrás de la primera línea donde estaban los estandartes.

Nota 2:
Antesignani : Cuerpo donde se ubicaban a los más valientes y mejores soldados de la legión, colocados inmediatamente delante de los estandartes, para impedir que fueran tomados por el enemigo.

Nota 3:
Año 86 a.de C.

 

18) De la misma manera Cayo César enfrentó a los carros falcados de los galos con estacas clavadas en la tierra, y los mantuvo a raya.

 

19) En Arbela, Alejandro, temiendo la cantidad de enemigos, pero confiado en el valor de sus tropas, elaboró una línea batalla que enfrentaba todas las direcciones, para que sus hombres, si eran rodeados, pudieran luchar desde todos lados.

Nota: Año 331 a.de C. Quinto Curcio Rufo, 4:13 § 30-32 : «Raras veces solía ponerse la coraza y siempre más a ruego y por consejo de sus amigos que por temor al combate. Entonces se la revistió para defensa de su cuerpo y fué hacia sus soldados. Nunca habían visto al rey tan alegre y en la impavidez que resplandecía de su rostro auguraban una firme esperanza de victoria.
Habiendo hecho derribar la estacada, hizo salir a la tropa y dispuso las huestes en orden de batalla. En el ala derecha colocó a la caballería llamada agema que mandaba Clito; a ella agregó los escuadrones de Filotas y para la defensa de su flanco a los otros generales de caballería. El último cuerpo era el de Meleagro a quien seguía la falange. Detrás de la falange seguían los argiraspidos que iban a las órdenes de Nicanor, hijo de Parmenión. En la reserva estaba Cenos con su tropa y detrás Orestes y Lincestes, a los que seguía Poliperconto e inmediatamtente los soldados extranjeros. De este ejército faltaba el jefe supremo Amintas: les mandaba Filipo, hijo de Balacre, que había sido aceptado como aliado. Tal era la disposición del ala derecha. En el ala izquierda, Cráter mandaba la caballería peloponesa con la cual iban los escuadrones de los aqueos, de los locresos y de los maliesos; cerraban la marcha los caballeros de la Tesalia a las órdenes de Filipo. La infantería estaba cubierta por la caballería. Este era el frente del ala izquierda. Para evitar que fuese rodeada por la multitud de enemigos, Alejandro había cubierto la retaguardia con un fuerte contingente de tropas. Afirmó las alas con refuerzos puestos, no en el frente, sino en el flanco, para que si el enemigo trataba de rodear las huestes, estuviesen dispuestos a rechazarlo.
Entre éstos se encontraban los agrianos, bajo el mando de Atalo y con ellos los arqueros cretenses. Las últimas filas estaban vueltas de espalda al frente de combate con el fin de disponer toda la hueste en forma circular. También estaban entre éstos los ilirios con las tropas mercenarias y los tracios con sus ligeras armaduras. Alejandro dió al ejército facilidad de movimiento, para que los soldados de las últimas filas pudiesen girar en redondo y presentar cara, para no ser envueltos.
Así, pues, el frente no estaba más protegido que los flancos ni los flancos más que la retaguardia.
Dispuestas así las tropas, ordenó que si los bárbaros, con gran griterío lanzaban al galope los carros armados de hoces, abriesen sus filas y recibiesen en silencio su impetuosa carrera, no dudando de que pasarían sin hacer daño si nadie les hacía frente. Si por el contrario, se precipitaban sin griterio, a ellos correspondería entonces aterrorizarlos con sus gritos y enviar una lluvia de flechas sobre los caballos asustados. Los que mandaban las alas recibieron orden de extenderlas para evitar la envoltura si estaban demasiado apiñadas; pero sin desguarnecer el centro. Las impedimentas y los prisioneros, entre los que se encontraban la madre y los hijos de Darío, los dejó en la cima de un promontorio, cerca del campo de batalla, confiados a una reducida guardia. Como de costumbre, el ala izquierda estaba bajo las órdenes de Parmenión; él estaba en la derecha» .

 

 

20) Cuando Perseo, rey de los macedonios, formó una doble falange de sus tropas y la colocó en el centro de sus fuerzas, con tropas ligeras a cada lado y la caballería en ambos flancos, Paulo, en la batalla contra él, hizo una triple formación en forma de cuña, enviando escaramuzadores cada tanto entre las cuñas. Viendo que no lograba nada por esta táctica, se determinó a retirarse, de modo que por esta estratagema pudiera atraer al enemigo tras él a terreno ápero, que él ya había seleccionado con este propósito. Cuando entonces el enemigo, sospechando su estratagema de retirarse, le siguió ordenadamente, ordenó a la caballería en el ala izquierda que galopara a toda velocidad más allá del frente de la falange, cubriéndose con sus escudos, para que las puntas de las lanzas del enemigo se rompieran por el choque de su encuentro con los escudos. Cuando privaron a los macedonios de sus lanzas, éstos se dispersaron y huyeron.

Nota: Año 168 a.de C. Batalla de Pidna. Livio 44:41 : «Todo contribuía a inflamar el ardor del soldado, la majestad del mando, la gloria del general, su edad especialmente, quo no le impedía, pasando de los sesenta años, ser el primero en compartir con la juventud las fatigas y los peligros. La legión llenó el intervalo que mediaba entre la falange y el cuerpo de los escudos pequeños y rompió la línea enemiga, tomando por la espalda a los soldados armados con la cetra y de frente a las falanges llamadas Agláspidas. L. Albino, varón consular, recibió orden de llevar la segunda legión contra la falange Leucáspida, que formaba el centro, y se mandó avanzar al ala derecha, que había trabado la acción en la orilla del río, los elefantes y la caballería de los aliados. Por este lado comenzó la derrota de los macedonios; pero los elefantes solamente sirvieron para asustar, como la mayor parte de las invenciones humanas que seducen por las palabras, pero cuya inutilidad se revela cuando se trata de obrar y no de perorar acerca de los medios de llegar a la práctica. Los aliados del nombre latino apoyaron el ataque de los elefantes y penetraron en el ala izquierda. En el centro, la maniobra de la segunda legión rompió la falange, y nada contribuyó tanto a decidir la victoria como los combates parciales y múltiples, que comenzaron por desordenar la quebrantada falange y concluyeron por ponerla en derrota. En efecto; este cuerpo tiene irresistible fuerza mientras presenta un frente compacto y erizado de amenazadoras picas; pero si muchos ataques sobre diferentes puntos obligan a alguna conversión de soldados armados con picas cuya longitud y peso hace difíciles de manejar, ocurren entorpecimiento y confusión en sus movimientos, y a la menor alarma en los costados o en la retaguardia se desordenan las filas, sobreviniendo inevitable derrota. Así ocurrió en aquella ocasión, en que la necesidad de avanzar contra el enemigo que atacaba por columnas obligó a los falangistas a abrirse por muchos puntos y dejar a los romanos que penetrasen por todos los intervalos. Si, por el contrario, los romanos hubiesen atacado a la falange de frente, en toda la línea, como hicieron los pelignos, que, al comenzar el combate, atacaron sin precaución a los cetratos, se habrían clavado en las picas sin poder resistir a la compacta masa de la falange».

 

21) Pirro, al luchar en defensa de los tarentinos cerca de Asculum, siguiendo los versos homéricos (1), según los cuales las tropas más pobres se colocan en el centro, colocó a los samnitas y epirotas en el flanco derecho, brucios, lucanios, y salentinos en el izquierdo, con los tarentinos en el centro, ordenando que la caballería y los elefantes se mantuvieran como reservas. Los cónsules, por otra parte, distribuyeron muy juiciosamente a su caballería en las alas, apostando soldados legionarios en la primera línea y en reserva, con las tropas auxiliares dispersadas entre ellos. Estamos informados que había cuarenta mil hombres por cada lado. La mitad del ejército de Pirro se perdió; en el lado romano solamente cinco mil (2).

Nota 1:

Año 279 a.de C. Ammiano Marcelino, 24:6 § 9 : «El emperador, por su lado, adoptó la orden homérica de intercalar lo que tenía por menos seguro en su infantería, entre el primer cuerpo de batalla y la reserva. Esta tropa en efecto, si la hubiera puesto en frente, bastaba, soltándole el pie, para que además, arrastrara a la derrota; y, colocada en la cola, no hubiera tenido nada detrás de ella para contenerla. En cuanto a él, sólo volteó de la delantera hacia atrás con un cuerpo de auxiliares, ligeramente armados».

Nota 2:
Homero, Ilíada 4:299 : «Ponía delante con los respectivos carros y corceles, a los que desde aquéllos combatían; detrás, a gran copia de valientes peones, que en la batalla formaban como un muro, y en medio, a los cobardes para que mal de su grado tuviesen que combatir. Y dando instrucciones a los primeros, les encargaba que sujetaran los caballos y no promoviesen confusión entre la muchedumbre».

22) En la batalla contra César en la Antigua Farsalia (1), Cneo Pompeyo preparó tres líneas de batalla, cada una de diez hombres de profundidad, colocando en las alas y en el centro las legiones sobre cuyo valor él podía confiar sin peligro, y llenando los espacios entre éstas, con reclutas. En el flanco derecho colocó seiscientos jinetes, a lo largo del río Enipeo que, con su canal y depósitos, habían hecho el lugar infranqueable; el resto de la caballería lo colocó a la izquierda, junto con las tropas auxiliares, que de este modo podrían envolver a las tropas de César.
Contra estas disposiciones, Cayo César también preparó una triple línea, colocando sus legiones en el frente y descansando su flanco izquierdo en pantanos, a fin de evitar la posibilidad de ser rodeado. A la derecha colocó su caballería, entre quienes distribuyó sus más rápidos soldados de infantería, hombres entrenados en la lucha a caballo (2). También mantuvo seis cohortes de la reserva para emergencias, colocándolas oblicuamente a la derecha, lugar desde donde esperaba un ataque de la caballería enemiga. Ninguna circunstancia contribuyó más que ésta a la victoria de César durante aquel día; ya que tan pronto como la caballería de Pompeyo salió, estas cohortes le derrotaron por un ataque inesperado, y lo entregaron al resto de las tropas para la matanza (3).

Nota 1: Antigua Farsalia : Ciudad de Tesalia, cerca de Farsalia

Nota 2: Infantes entrenados en la lucha a caballo.


Nota 3: Año 48 a.de C. Julio César, Las Guerras Civiles, 3:89-93-94 : «LXXXIX César, siguiendo su antiguo plan, colocó en el costado derecho a la legión décima y en el izquierdo a la nona, bien que muy disminuida por las rotas de Durazo, y de propósito unió a ella la octava, casi haciendo de las dos una, para que recíprocamente se sostuviesen; las cohortes que tenía en el campo de batalla eran ochenta, y treinta y dos mil soldados. En los reales dejó dos cohortes de guardia. Antonio mandaba la izquierda, Publio Sila la derecha, Cneo Domicio el centro; él se puso frente por frente de Pompeyo. Mas echando entonces de ver el flanco indicado, temiendo no fuese atropellada el ala derecha de la multitud de caballos, entresacó prontamente de cada legión de la tercera línea una cohorte, y con ellas formó el cuarto escuadrón, oponiéndolo a la caballería enemiga, declarándole el fin que en esto llevaba y que en su valor estaba librada la victoria de aquel día. Mandó al mismo tiempo al tercer escuadrón y a todo el ejército que ninguno acometiese sin su orden; que a su tiempo él daría la señal tremolando un estandarte.
XCIII. Los nuestros, dada la señal, avanzando con las lanzas en ristre y advirtiendo que no se movían los pompeyanos, como prácticos y enseñados de otras batallas, por sí mismos pararon en medio de la carrera, porque al fin no les faltasen las fuerzas, y tomando aliento por un breve rato, echaron otra vez a correr, arrojaron sus lanzas, y luego conforme a la orden de César pusieron mano a las espadas. No dejaron de corresponderles los pompeyanos, sino que recibieron intrépidamente la carga, sostuvieron el ímpetu de las legiones sin deshacer las filas, y disparados sus dardos, vinieron a las dagas.
A este tiempo, del ala izquierda de Pompeyo, como estaba prevenida, desfiló a carrera abierta toda la caballería y se derramó toda la cuadrilla de ballesteros, a cuya furia no pudo resistir nuestra caballería, sino que comenzó a perder tierra y los caballos pompeyanos a picarla más bravamente, abriéndose en columnas y cogiendo en medio a los nuestros por el flanco. Lo cual visto, César hizo seña al cuarto escuadrón, formado de intento para este caso de seis cohortes. Ellos avanzaron al punto, y a banderas desplegadas cargaron con ímpetu tan violento a los caballos pompeyanos, que ni uno hizo frente, antes todos espantados, no sólo abandonaron el campo, sino que huyeron a todo correr a los montes más altos. Con su fuga toda la gente de honda y arco, quedando descubierta e inutilizadas sus armas, fue pasada a cuchillo. Las cohortes sin parar, dando un giro, embistieron por la espalda al ala izquierda de los pompeyanos, que todavía peleaban y se defendía con buen orden, y los acorralaron.
XCIV. Al punto César mandó avanzar el tercer escuadrón, que hasta entonces había estado en inacción y sin moverse del sitio. Con que viniendo éstos de refresco por el frente, y cargándoles los otros por la espalda, ya no pudieron resistir los pompeyanos, y así todos echaron a huir. No en vano César había predicho en su exhortación a los soldados que las dichas cohortes, que formaban el cuarto escuadrón contrapuesto a la caballería de Pompeyo, habían de comenzar la victoria. Ellas fueron las que la desbarataron; ellas hicieron aquella carnicería de los flecheros y honderos; ellas por la banda siniestra rodearon el ejército de Pompeyo y lo pusieron en huida.
Mas Pompeyo, vista la derrota de la caballería, y de aquel cuerpo en quien más confiaba, desesperado de la victoria, se retiró del campo huyendo a uña de caballo a los reales, y a los centuriones que estaban de guardia en la puerta principal, en voz clara, que los soldados la oyeron: «Defended, dice, los reales, y defendedlos bien, si sucediere algún trance; yo voy a dar orden de asegurar las otras puertas, y otras providencias para la defensa de los reales. » Dicho esto, se metió dentro de su pabellón con temor de perderlo todo, pero aguardando no obstante el paradero».

 

23) El Emperador César Augusto Germánico (Domiciano), cuando los Catos, huyendo a los bosques, una y otra vez interferían con el curso de un enfrentamiento de caballería, mandó a sus hombres, tan pronto como alcanzaran el equipaje del enemigo, desmontar y luchar a pie. Por este medio se aseguró que su éxito no sería bloqueado por ninguna dificultad del terreno.

Nota: Año 83. Suetonio, Domiciano, 6 : «En cuanto a sus expediciones militares, unas las emprendió espontáneamente, como la que decidió contra los catos; otras por necesidad, como la de los sármatas, que habían degollado a toda una legión con su jefe».

24) Cuando Cayo Duilio vió que sus pesados barcos eran eludidos por la movediza flota de los cartagineses y que el valor de sus soldados era así desperdiciado, ideó una especie de garfio. Cuando éste agarró un barco enemigo, los romanos, poniendo pasarelas sobre los baluartes, treparon a bordo y mataron al enemigo en combate mano a mano en sus propios buques.

Nota: Año 260 a.de C. Floro, 2:1 §§ 8-9 : «Roma se atrevió a pelear por mar, bajo el consulado de Duilio y Cornelio. Presagio favorable fué la rapidez con que se aparejó la escuadra. A los sesenta días de haberse cortado la madera, se encontraba anclada una armada de ciento sesenta velas; no pareciendo sino que los árboles se convirtieron en naves, más que por arte, por la eficacia de íos Dioses.
Admirable fué la manera (7) de librarse la batalla. Nuestros tardos y pesados navíos apresaron los veloces y ligeros del enemigo. De nada sirvió al Cartaginés su pericia náutica para romper los remos y eludir con la fuga el choque de nuestros espolones, pues aprisionadas sus naves con los puentes movibles de las romanas y otras máquinas, de que el enemigo hizo chacota antes de comenzar la pelea, se vieron obligados á luchar como si estuvieran á pie firme.
Vencedores los Romanos junto á las islas Líparas, después de echar a pique una parte de la armada enemiga y de haber dispersado la otra, celebraron el primer triunfo marítimo. Qué extraordinario sería el gozo producido por la victoria, cuando Duilio, jefe de la escuadra, no satisfecho con haber recibido una vez los honores del triunfo, mandó que durante su vida y al regresar de la cena le precedieran alumbrándole con antorchas y tocando flautas, como si diariamente hubiera triunfado. Ante ventaja de tal consideración, se tuvo como de poca monta la desgracia del cónsul Cornelio Asina, que llamado bajo pretexto de celebrar un parlamento, fué muerto por los enemigos. ¡Triste ejemplo de la perfidia cartaginesa!»

 

IV. SOBRE CÓMO INSPIRAR PÁNICO EN LAS FILAS ENEMIGAS

1) Cuando Papirio Cursor hijo (1), fracasó durante su consulado en ganar alguna ventaja en su lucha contra la terca resistencia samnita, no dio intimación alguna sobre su objetivo a sus hombres, pero mandó que Espurio Naucio arreglara para tener unos jinetes auxiliares y mozos de cuadra montados en mulas y arrastrando ramas sobre la tierra, carrera abajo con gran escándalo de una colina, corriera en ángulo con el campo. Tan pronto como pudieron ser vistos, proclamó que su colega (2) estaba cerca, coronado por la victoria, e impulsó a sus hombres a asegurar para ellos la gloria de la batalla presente antes que él llegara. Ante esto los romanos avanzaron presurosos, iluminados por la confianza, mientras el enemigo, desalentado a la vista del polvo, dio la vuelta y escapó (3).

Nota 1: El hijo del dictador Papirio Cursor.


Nota 2: El colega de Papirio Cursor en el consulado era Espurio Carvilio.


Nota 3: Año 293 a.de C. Livio 10:40-41 : 40. Cuando hubo revelado estos detalles, que había adquirido por los desertores, delante de los soldados que por sí mismos estaban ya muy irritados contra el enemigo, confiando completamente en los dioses y en sus propias fuerzas, piden con grito unánime el combate; deploran que lo hayan demorado hasta el día siguiente y no pueden soportar el retraso de un día y una noche. A la tercera vigilia de la noche, habiendo recibido ya la respuesta de su colega, levántase silenciosamente Papirio y manda al pulario tomar los auspicios.
Ninguno había en el campamento, cualquiera que fuese su clase, que no participase de igual ardor por el combate: los jefes superiores y los últimos soldados experimentaban igual impaciencia. El general confiaba en sus soldados, y éstos en su general. Esta excitación de todos los ánimos se había comunicado hasta a los ministros de los auspicios. Así fué que, a pesar de que las gallinas se negaron a comer, el pulario se atrevió a mentir, anunciando al cónsul que los auspicios eran favorables (tripudium solistimum). Regocijado el cónsul con tan feliz noticia, dice a los soldados que les favorecen los dioses, y dió la señal de combate. Ya salía para marchar al enemigo, cuando le anuncia un desertor que veinte cohortes de samnitas (constaban de cerca de cuatrocientos hombres) habían partido para Cominio. Temiendo que fuese sorprendido su colega, le envía en el acto un mensajero, y en seguida manda a los suyos acelerar el paso. A los cuerpos de reserva les había designado sus puestos y sus jefes. Encargó el ala derecha a L. Volumnio, la izquierda a L. Escipión y dió el mando de la caballería a otros dos legados, Cayo Codicio y Cayo Trebonio. Mandó a Sp. Naucio que hiciese quitar los bastes a los mulos y que marchase apresuradamente con las cohortes auxiliares a rodear una eminencia, y que una vez trabado el combate, se mostrase en aquella altura levantando cuanta polvareda pudiese.
Mientras se ocupaba el general en estas disposiciones, promovióse entre los pularios, acerca de los auspicios del día, un altercado que escucharon los jinetes romanos. Comprendiendo éstos que no era cosa de despreciar, previnieron a Sp. Papirio, hijo del hermano del cónsul, que había dudas acerca de los auspicios. Este joven, nacida antes de la doctrina que enseña a despreciar a los dioses, comprueba el hecho para no decir nada sin pruebas y da cuenta al cónsul, quien le contestó: "Conserva siempre la misma exactitud y el mismo celo; pero el que toma el auspicia, si declara en falso, se atrae la maldición. En cuanto a mí, no han anunciado el tripudium, que es excelente presagio para el pueblo romano y para el ejército." En seguida mandó a los centuriones que colocasen a los pularios en primera fila. Los samnitas por su parte hacen avanzar sus enseñas, seguidas de un ejército que por sus ricos trajes y sus armas era, hasta para sus enemigos, magnífico espectáculo. Antes de lanzar el grito de ataque y de que viniesen a las manos, el pulario, herido de un dardo lanzado al acaso, cayó delante de las enseñas. Cuando se lo dijeron al cónsul, contaestó :«Los dioses asisten al combate, el culpable ha recibido su castigo». Cuando pronunciaba estas palabras, un cuervo, pasando delante de él, lanzó penetrante grito: contento por este augurio, y asegurando que nunca habían mostrado tan visiblemente los dioses su intervención en las cosas humanas, manda tocar las trompetas y lanzar el grito de ataque.
41. Terrible fué el combate que se trabó, aunque con muy diferentes disposiciones de ánimo por una y otra parte. La cólera, la esperanza y el ardor guerrero arrastraban a los romanos ávidos de la sangre de sus enemigos; a la mayor parte de los samnitas, la necesidad y el imperio de la religión les obliga menos a avanzar sobre el enemigo que a rechazarle; y no habrían podido resistir el primer grito ni el primer choque de los romanos, acostumbrados como estaban desde muchos años a ser vencidos, si no les hubiese impedido huir otro temor más fuerte del que estaban penetrados sus corazones. Ante los ojos tenían todo el aparato de sus espantosos misteríos, sus sacerdotes armados, la tierra cubierta de hombres y animales degollados, la sangre humana corriendo sobre los altares con la de las víctimas; aquellas imprecaciones, aquellas fórmulas terribles que les sacrificaban a las furias, a ellos, a sus familias y a su raza. Sujetos por estos lazos, no se atrevían a huir, temiendo más a sus conciudadanos que a sus enemigos. Los romanos les estrechaban en las alas y el centro, y les destrozaban aprovechando el estupor en que les tenía el miedo a los dioses y a los hombres. Los samnitas oponían débil resistencia, como hombres cuya fuga solamente retrasa el miedo. La matanza había llegado ya hasta las enseñas, cuando se descubre una nube de polvo que parecía producido por la marcha de numeroso ejército. Era Sp. Naucio, o según otros Octavio Mecio, que llegaba al frente de las cohortes de las alas, y la nube de polvo que levantaba engañaba acerca del número de sus fuerzas, porque los siervos del ejército, montados en los mulos, arrastraban por el suelo ramas con sus hojas. Distinguense primeramente armas y enseñas en medio de la polvareda que apenas puede penetrar la luz; pero a retaguardia, el polvo, más espeso cada vez, hacía creer que cerraba la marcha un cuerpo de caballería.
Engáñanse los samnitas y los mismos romanos, y el cónsul confirma el error, gritando en las primeras filas para que le pudiese oír el enemigo, "que Cominio había caído; que llegaba su colega victorioso; que era necesario vencer para no dejar a otro ejército la gloria de aquel combate," Hablaba de esta manera montado en su caballo, y en seguida manda a los tribunos y a los centuriones que abran paso a la caballería. Había encargado a Trebonio y a Cedicio que, cuando le viesen empinarse y agitar la lanza, lanzasen la caballería contra el enemigo con la mayor impetuosidad. Todo se ejecuta puntualmente: tan bien tomadas estaban las disposiciones. Abrense las filas, la caballería se lanza en medio de los grupos enemigos, y por todas partes donde ataca rompe las líneas. Volumnio y Escipión la siguen y derriban al enemigo quebrantado. Sobreponiéndose entonces al miedo de los dioses el de los hombres, las cóhortes de la legión linteata se desbandan, todos huyen a la vez, los juramentados y los que no lo están, experimentando igual temor al enemigo. Lo que quedó de la infantería fué empujado a su campamento de Aquilonia; la nobleza y la caballería huyeron a Boviano. La caballería romana persiguió a la samnita; la infantería a la infantería, y las alas, tomando opuesto camino, se dirigen, la derecha al campamento samnita, la izquierda a la ciudad. Volumnio se apoderó en seguida del campamento: la ciudad opuso más resistencia a Escipión, no porque los vencidos mostrasen mayor energía, sino porque las murallas son mejores defensas que las empalizadas. Desde lo alto de los parapetos rechazan a pedradas a los que asaltan; y calculando Escipión que si no se termina el lance en el primer momento de consternación y antes de que el enemigo tuviese tiempo para reponerse, el ataque de una ciudad fortificada seria largo, pregunta a sus soldados "si habiéndose apoderado del campamento la otra ala, consentirían, siendo victoriosos, que les rechazasen de las puertas de la ciudad." Todos gritan; él da ejemplo, levanta su escudo sobre la cabeza y marcha hacia la puerta: los demás le siguen formando la tortuga y fuerzan la plaza. Después de derribar a cuantos samnitas estaban cerca de la puerta, ocupan las murallas; pero siendo poco numerosos, no se atreven a penetrar en el interior de la ciudad».


2) Fabio Rulo Máximo, estando en Samnio en su cuarto consulado, habiendo ensayado en vano todos los modos posibles de atravesar la línea del enemigo, retiró finalmente a los hastati (1) de las filas y los mandó alrededor con su teniente Escipión, con instrucciones de tomar una colina desde la cual ellos podían precipitarse abajo sobre la retaguardia del enemigo. Cuando esto fue hecho, el coraje de los romanos se elevó, y los samnitas, huyendo aterrorizados, fueron despedazados (2).

Nota 1: Hastati : Recibían este nombre las tropas de la segunda línea de la legión. Equipados con armadura ligera y el fácilmente reconocible escudo romano (scutum) de la época. A una orden, golpeaban los escudos con las jabalinas, comenzaban a desplazarse al frente, hasta encontrarse a unas 75 yardas del enemigo. En ese momento comenzaban un trote rápido, lanzaban sus pila (jabalinas, singular pilum) y desenfundaban las espadas mientras seguían avanzando para el combate cuerpo a cuerpo.


Nota 2: Año 297 a.de C. Livio, 10:14 : «Mientras los nuevos cónsules Q. Fabio Máximo y P. Decio Mus, que lo eran el primero por cuarta vez y el segundo por tercera, discutían cuál de ellos se encargaría de los etruscos o de los samnitas, qué número de tropas exigía cada guerra y para cuál de ellas era más a propósito el uno o el otro general, llegaron legados de Sutrio, Nepente y Falerias, anunciando que se celebraban asambleas en Etruria para decidir condiciones de paz; esta noticia hizo descargar sobre el Samnio todo el peso de la guerra. Partieron los cónsules, y con objeto de procurarse más fácilmente víveres y mantener al enemigo en mayor incertidumbre acerca del pun-to por donde comenzaría la guerra, llevaron las legiones al Samnio, Fabio por el territorio de Sora y Decio por el de Sedicino. Cuando llegaron a las fronteras enemigas, uno y otro cónsul diseminaron sus tropas y avanzaron talando el país; pero con la precaución, sin embargo, de adelantar los reconocimientos más que el pillaje. Por esta precaución no les sorprendió el enemigo, que se había apostado cerca de Tiferno, en un valle cubierto de bosques, donde lo preparó todo para caer desde lo alto de una eminencia sobre el ejército romano, comprometido en la parte estrecha del valle. Fabio, después de colocar en sitio seguro sus bagajes bajo la custodia de algunas fuerzas y prevenido a sus soldados que se iba a combatir, hizo avanzar al ejército formando cuadro hacia la emboscada del enemigo que acabamos de mencionar. Habiendo perdido los samnitas la esperanza de sorprender a los romanos, y viendo que ya no podían combatir más que al descubierto, prefirieron correr los riesgos de una batalla campal. Bajan, pues, a la llanura y se entregan a la fortuna con más decisión que confianza; por lo demás, bien porque hubiesen reunido lo más animoso de cada pueblo del Samnio, sea que aquel trance decisivo inflamase su valor, no dejaron de inspirar algún miedo aun en aquel combate a campo raso. Viendo Fabio que el enemigo no perdía terreno en ningún lado, mandó a M. Fulvio y a M. Valeria, tribunos de los soldados, con quienes había acudido a la primera línea, "que marchasen a exhortar a los jinetes en nombre de los señalados servicios que tantee veces habían prestado los caballeros a la república, rara que hiciesen aquel día todos los esfuerzos posibles para conservar la inalterable gloria de su orden. En la lucha con la infantería, el enemigo era inquebrantable; nada podía esperarse si no era de un ataque impetuoso de la caballería." Después, dirigiéndose a aquellos dos jóvenes, llamándoles por sus nombres con el acento más afectuoso, les prodiga alabanzas y promesas. Por lo demás, persuadido de que si aquella medida no daba resultado, siendo ineficaz la fuerza, tendría que recurrir a la astucia, mandó a su legado Escipión retirar del campo de batalla a los hastatos de la primera legión, y llevarles por senderos extraviados, lo más secretamente posible, a las montañas inmediatas: en seguida, cuidando constantemente de ocultar su marcha, ganar con ellos la cumbre de aquellas montañas, desde las que se presentarían de pronto al enemigo por su retaguardia. Los jinetes, guiados por los tribunos, habiéndose colocado bruscamente delante de las enseñas, no perturbaron más al enemigo que a los romanos. El ejército samnita se mantuvo firme ante su ímpetu, y por ningún lado se le pudo desordenar ni hacerle retroceder. Viendo la inutilidad de su tentativa, los jinetes abandonaron el combate y se retiraron detrás de los peones: esto aumentó la audacia del enemigo. Extenuada la primera línea por aquel obstinado combate, no hubiese podido resistir aquel aumento de energía que daba al enemigo el convencimiento de su propia fuerza, si el cónsul no la hubiese hecho reemplazar por la segunda. Estas tropas frescas detuvieron a los samnitas, que se precipitaban ya adelante, y la vista inesperada de las enseñas que aparecieron oportunamente en las alturas, los gritos que lanzó aquel destacamento, difundió terror en los samnitas, aumentándolo Fabio gritando que se acercaba su colega Decio. Al escuchar estas palabras, llenos de regocijo los soldados, se dicen recíprocamente que es el otro cónsul, que llegan sus legiones, y aquel error, al mismo tiempo que es útil a los romanos, produjo espanto a los samnitas, que emprenden la fuga, asustados especialmente por el peligro de verse abrumados, en el cansancio que les dominaba, por tropas de refresco que iban a atacar por primera vez.
Pero como se dispersaron por todos lados, su pérdida no estuvo en proporción con la derrota. Matáronles tres mil cuatrocientos hombres, se les cogieron cerca de ochocientos treinta y se apoderaron de veintitrés enseñas».


3) El general Minucio Rufo, presionado fuertemente por los escordicanos y dacios, para quienes él no era partido alguno en cuanto a número de tropas, envió a su hermano y un pequeño escuadrón de caballería adelante, junto con un destacamento de trompeteros encargándole que, tan pronto como viera comenzar la batalla, se mostrase repentinamente desde el emplazamiento de enfrente y ordenara que los trompeteros soplaran sus cuernos. Entonces, cuando las cimas devolvieron el eco del sonido, cayó sobre el enemigo la impresión de una enorme multitud, huyendo aterrorizado.

Nota: Año 109 a.de C.


4) El cónsul Acilio Glabrio, enfrentado con el ejército del rey Antíoco, que éste había preparado delante del Paso de las Termópilas en Grecia, no fue sólo obstaculizado por las dificultades del terreno, pero habría sido rechazado con pérdidas, además, si Porcio Catón no le hubiera prevenido de esto. Catón, aunque ex-cónsul, estaba en el ejército como tribuno de los soldados, elegido en su cargo por la gente. [Habiendo sido enviado por Glabrio para hacer un desvío], desalojó a los etolios, quiénes guardaban la cumbre del Monte Calídromo, y luego apareció de repente desde la retaguardia en la cumbre de una colina, comandando el campamento del rey. Las fuerzas de Antíoco fueron así lanzadas al pánico, con lo cual los romanos las atacaron de frente y por la retaguardia, rechazaron y dispersaron al enemigo, y capturaron su campamento.

Nota: Año 191 a.de C. Apiano, Sobre Siria, 17-18-19-20 : «17 Aquéllos, cruzando a toda prisa desde Brindisi a Apolonia con los dos mil jinetes de que entonces disponían, veinte mil soldados de infantería y algunos elefantes, bajo el mando de Acilio Manio Glabrio, se pusieron en camino hacia Tesalia. Libraron a las ciudades del asedio y, en todas las que ya había guarniciones atamanas, las expulsaron e hicieron prisionero a Filipo de Megalópolis, que todavía esperaba el reino de Macedonia.
También apresaron a unos tres mil soldados de Antíoco. Al tiempo que Manio hacía estas cosas, Filipo, a su vez, invadió Atamania y la sometió en su totalidad, huyendo Aminandro a Ambracia. Y Antíoco, dándose cuenta de todos estos sucesos y anonadado por la celeridad de los acontecimientos, se asustó por el súbito e inesperado cambio de suerte y comprendió, entonces, el sabio consejo de Aníbal. Envió un mensajero tras otro a Asia para apremiar a Polixénidas a que cruzara y él, entretanto, convocó a cuantas fuerzas tenía desde todas partes. Tras reunir diez mil soldados de infantería y quinientos de caballería de entre sus propias fuerzas, además de algunos aliados, ocupó con estas tropas las Termópilas, con idea de interponer este paso difícil entre él y los enemigos, mientras aguardaba al ejército de Asia. Las Termópilas son un paso estrecho y alargado flanqueado, de un lado, por un mar bronco y sin puertos, y de otro, por un cenagal intransitable y profundo. Hay en ellas dos picachos escarpados llamados uno Tiquiunte y el otro Calídromo. El lugar tiene fuentes de aguas calientes, de donde le viene el nombre de Termópilas.
18 Allí construyó Antíoco una muralla doble, colocó en ella las máquinas y envió a los etolios a las cumbres de los picachos para que nadie diera un rodeo, sin ser visto, por el famoso sendero por el que, precisamente, Jerjes atacó a los espartanos bajo las órdenes de Leónidas, por estar los montes en aquella ocasión desguarnecidos. Los etolios apostaron en cada una de las cumbres a mil hombres y acamparon por su cuenta, con el resto, en los alrededores de la ciudad de Heraclea. Manio, después de haber visto los preparativos de los enemigos, dió la señal de combate al amanecer y ordenó a dos de los tribunos militares, Marco Catón y Lucio Valerio, que, escogiendo las tropas que cada uno quisiera, rodearan durante la noche las montañas y trataran de expulsar a los etolios de las cumbres, de la forma que les fuera posible. Lucio fue rechazado del monte Tiquiunte, pues allí los etolios eran buenos combatientes, pero Catón, acampando junto al Calídromo, cayó sobre los enemigos cuando todavía dormían, alrededor de la última guardia, y el combate fue encarnizado en su entorno, al tener que abrirse paso hacia zonas elevadas y rocosas con la oposición de los enemigos. Por entonces, Manio conducía ya al ejército de frente contra Antíoco, dividido en columnas, pues solo así es posible marchar en los pasos estrechos. El rey ordenó que las tropas ligeras y los peltastas combatieran delante de la falange y, a ésta, la colocó delante del campamento con los honderos y arqueros a su derecha, al pie mismo del monte, y los elefantes, con la tropa que siempre les acompañaba, a su izquierda, junto al mar.
19 Cuando se entabló combate, las tropas ligeras hostigaban, en un principio, a Manio desde todos los sitios, corriendo a su alrededor. Sin embargo, éste las contuvo con valentía y, cediendo primero y atacando luego, logró hacerlas huir y, entonces, la falange de los macedonios, escindiéndose, recibió en su interior a aquéllas y, volviendo a unirse, las ocultó. Acto seguido, presentaron las sarisas de forma masiva y ordenada en una formación con la que, sobre todo, los macedonios de Alejandro y Filipo aterraban a sus enemigos, que no se atrevían a acercarse a las lanzas de gran tamaño opuestas en número considerable. Pero, de repente, se vió la huida y el griterio de los etolios que, desde el monte Calídromo, se precipitaban sobre el campamento de Antíoco. En un primer momento, unos y otros ignoraban lo ocurrido y existía el desconcierto propio de una situación tal. Sin embargo, tan pronto como apareció Catón persiguiéndolos en medio de un gran clamor y estuvo ya sobre el campamento de Antíoco, los soldados del rey, que habían recibido de tiempo atrás noticias terribles sobre la forma de luchar de los romanos y que eran conscientes de que se habían degradado hasta ser incapaces de realizar cualquier cosa a causa de su inactividad y vida placentera durante todo el invierno, se aterraron. Y, como no veían con claridad cuántos eran los que estaban con Catón y pensaban que eran más a causa del miedo que sentían y, además, temían por el campamento, huyeron en desorden hacia éste con idea de defenderse desde allí de los enemigos. Pero los romanos pisándoles los talones entraron a la vez que ellos en el campamento y otra vez huyeron desde aquel desordenadamente los soldados de Antíoco. Manio los persiguió hasta Escarfia matándolos o haciéndolos prisioneros y, tras regresar desde allí, saqueó el campamento del rey y, con su sola presencia, expulsó a los etolios que habían irrumpido en el campamento de los romanos en ausencia de éstos.
20 Las pérdidas romanas, durante la batalla y la persecución, fueron de unos doscientos hombres y las de Antíoco, incluidos los capturados, de unos diez mil. El rey, en persona, tras la primera señal de derrota, huyó sin mirar atrás hasta Elatea con quinientos jinetes y, desde allí, a Calcis y a Efeso con su nueva esposa Eubea, como él la llamaba, a bordo de sus naves; pero no todas, pues a algunas de ellas que transportaban provisiones, el almirante romano las abordó y las hundió. Cuando el pueblo romano se enteró de la victoria, que había resultado tan rápida y fácil para ellos, celebraron un sacrificio, contentos por esta su primera confrontación con la temible reputación de Antíoco. Para corresponder a la alianza de Filipo, le enviaron a su hijo Demetrio, que todavía permanecía como rehén entre ellos».


5) El cónsul Cayo Sulpicio Pético, cuando estaba por luchar contra los galos, ordenó a ciertos arrieros que se retiraran en secreto con sus mulas a las colinas cercanas, y luego, después que el enfrentamiento hubiera comenzado, se exhibieran repetidamente a los combatientes, como si montaran sobre caballos. Los galos, por lo tanto, imaginando que venían los refuerzos, retrocedieron ante los romanos, aún estando ya casi victoriosos.

Nota: Año 358 a.de C. Livio, 7:14-15 : «14. Comprendía el dictador que aquella conducta no daba buen ejemplo, aunque era laudable en sí misma; sin embargo, prometió hacer lo que pedían los soldados. En seguida preguntó secretamente a Tulio qué significaba aquella manera de obrar; suplicándole encarecidamente Tulio "creyese que no había olvidado la disciplina militar, ni lo que es, ni lo que debe a la majestad del mando; añade que ordinariamente una multitud sublevada se conduce como los que la dirigen, y que ha consentido capitanearla por temor de que lo hiciese algún hombre de esos que acostumbran tomar por jefes las tropas sublevadas; porque en cuanto a él, jamás hubiese hecho nada sin el beneplácito del general. Sin embargo, importa mucho al dictador cuidar de tener sometido .al ejército. No se pueden imponer nuevas dilaciones a unos ánimos tan exaltados, y si el general no les da hora y lugar para el combate, lo exigirán ellos mismos." Durante esta conversación, habiendo arrebatado un galo caballos que pacían por casualidad fuera de las empalizadas, dos soldados romanos los recobraron. Arrojáronles piedras los galos, y en el acto alzóse un grito en el campo romano : acuden de una y otra parte, e iba a empeñarse verdadero combate si los centuriones no hubiesen llamado rápidamente a sus soldados. Este incidente confirmó lo que Tulio había dicho al dictador, y no admitiendo demora el asunto, anuncióse que a la mañana siguiente se daría la batalla. Sin embargo, el dictador, que se aprestaba al combate con más confianza en el valor que en la fuerza de sus tropas, buscaba en derredor suyo algo que le sirviese para causar terror al enemigo, y su imaginación sagaz encontró una cosa completamente nueva, que, desde entonces emplearon muchos generales romanos y extranjeros y que todavía emplean algunos en nuestros días. Manda quitar los bastes a los mulos, sin dejarles más que las gualdrapas, y hace que los monten los muleteros revestidos con las armaduras cogidas al enemigo y las de los enfermos. Después de equipar de esta manera cerca de mil, les agregó cien jinetes y les mandó retirarse durante la noche a las alturas que dominan el campamento, ocultarse en los bosques y no moverse hasta que reciban la señal. Por su parte, al amanecer finge extender su línea al pie de las montañas, para que el enemigo tomase posición enfrente de aquellas alturas. Ante aquel vano aparato de terror, que en cierto modo sirvió al dictador más que sus verdaderas fuerzas, los jefes galos creyeron al pronto que los romanos no bajarían a la llanura; pero cuando de repente les vieron moverse, se lanzaron ardorosamente al combate, y la lucha se trabó antes de dar los jefes la señal.
15. Los galos atacaron especialmente el ala derecha, y no hubiesen podido resistirles, a no estar allí el dictador, que llamó a Sextio Tulio por su nombre y le preguntó en tono de reconvención: "Si era así como había prometido que combatirían los soldados, ¿por qué gritaban pidiendo armas? ¿Por qué amenazaban con trabar batalla sin orden del general? Allí está el general llamándoles a voces al combate y que avanza armado al frente de las enseñas. ¿Se atreverán a seguirle, ellos que querían llevarlo; ellos tan temibles en el campamento y tan tímidos en la batalla?" Comprendiendo que merecían aquellas reconvenciones, sintieron lastimado su honor y se precipitaron delante de los dardos enemigos, como locos y sin atender al peligro. El primer arrebato de furor quebrantó a los galos; la caballería acudió en seguida y les puso en derrota. Viendo el dictador derrotado al enemigo por aquel lado, marcha con las enseñas al ala izquierda, donde se reúnen en gran número, y da a los romanos colocados en las alturas la señal convenida. Alzase de aquel punto nuevo grito, y se ve una tropa que avanza por los costados de la montaña, dirigiéndose al campamento de los galos, que temiendo verse cortados, abandonan el combate y regresan a la carrera al campamento; pero encontrando allí a M. Valerio, jefe de la caballería, que después de la derrota del ala derecha maniobraba delante de los parapetos enemigos, dirigen su fuga hacia las montañas y los bosques, donde recibió a muchos de ellos aquella caballería de muleteros, haciéndose espantosa matanza, hasta mucho después del combate, en los que el terror arrastró a los bosques. Después de M. Furio ningún otro fué más digno que C. Sulpicio de triunfar de los galos; y también pudo formar con los despojos de los galos considerable montón de oro, que encerró bajo piedra cuadrada y consagró al Capitolio. En este mismo año los dos cónsules dirigieron también la guerra, pero con diferentes alternativas: C. Plaucio venció y subyugó a los hérnicos; pero su colega Fabio peleó sin precaución ni prudencia con los tarquinios, siendo derrotado, y si la derrota no fué grave en sí misma, trescientos soldados romanos quedaron prisioneros y fueron sacrificados, haciendo resaltar la vergüenza del pueblo romano el oprobio de aquel suplicio. A este descalabro se unió la devastación del territorio romano por una incursión repentina de los privernatos y después de los veliternos.
Aquel mismo año se crearon dos tribus nuevas, la Pontina y la Publilia, y se celebraron también los juegos que había votada el dictador M. Furio. En fin, el tribuno C. Petelio presentó por primera vez al pueblo, con la aprobación del Senado, una ley contra la intriga, creyéndose que por esta ley podría reprimirse especialmente la ambición de los hombres nuevos, que acostumbraban recorrer las ferias y los mercados solicitando votos».


6) En Aquae Sextiae, Mario, proponiéndose luchar una batalla decisiva contra los Teutones al día siguiente, envió a Marcelo por la noche con un pequeño destacamento de jinetes e infantería a la retaguardia del enemigo, y, para completar la imagen de una gran fuerza, ordenó a mozos de cuadra armados y seguidores del campamento que fueran junto con ellos, y también una gran parte de los animales de carga, llevando puestas monturas, a fin de que por estos medios presentaran el aspecto de caballería. Ordenó que estos hombres cayeran sobre la retaguardia, tan pronto como notaran que el enfrentamiento había comenzado. Este plan infundió tal terror en el enemigo, que a pesar de su gran ferocidad, dieron la vuelta y escaparon.

Nota: Año 102 a.de C. Plutarco, Mario, 20 : «Después que los Romanos hubieron dado muerte de esta manera a un número crecido de los Ambrones, sobreviniendo la noche se retiraron; pero a esta retirada no se siguieron los cantos de victoria que a tan señalados triunfos acompañan, ni convites en las tiendas, ni regocijos en los banquetes, ni tampoco lo que es más dulce a los soldados después de haber peleado con suerte próspera, un sueño sosegado y plácido, sino que aquella noche la pasaron en la mayor inquietud y sobresalto, porque tenían el campamento sin valladar y sin fortificación alguna, quedando de los bárbaros muchos millares de hombres todavía intactos, y de los Ambrones cuantos se habían salvado se habían reunido con éstos; así, por la noche se sentía un bullicio en nada parecido a los lamentos o a los sollozos, sino que más bien un aullido feroz y un crujir de dientes, mezclado con amenazas y lloros, enviado por tan inmensas gentes, resonaba por todos los montes de alrededor y por las concavidades del río. Apoderóse, pues, de todo el contorno un eco espantoso; de los
Romanos el miedo, y aun del mismo Mario cierta inquietud y asombro, por temer todo el desorden y la confusión de una batalla nocturna. Con todo, ni acometieron en aquella noche ni en el día siguiente, sino que pasaron el tiempo en ordenarse y prevenirse. En tanto, Mario, como hubiese sobre el campo de los bárbaros algunos valles angostos y algunos barrancos poblados de encinas, mandó allá a Claudio Marcelo con tres mil infantes, dándole orden de que se pusiese en celada y sobrecogiese a los enemigos por la espalda.
A los demás, después de haber tomado el alimento y sueño conveniente, los formó al mismo amanecer, colocándolos delante del campamento y enviando la caballería a recorrer el terreno. Luego que los Teutones los vieron, no tuvieron paciencia para aguardar a que, bajando los Romanos, pudieran pelear en terreno igual, sino que, armados apriesa en el furor de la ira, se arrojaron al collado. Mario, enviando sus ayudas de campo por una y otra ala, les prevenía que se mantuvieran firmes e inmóviles, y que cuando ya estuvieran al alcance les arrojaran dardos y después usaran de las espadas, impeliendo con los escudos a los que viniesen de frente, porque siendo para ellos el terreno poco seguro, ni sus golpes tendrían fuerza, ni podrían protegerse con sus broqueles, puesto que la desigualdad del suelo les quitaría todafirmeza y consistencia. Cuando así exhortaba, él era el primero en obrar, porque ninguno tenía un cuerpo más ejercitado, y a todos hacía gran ventaja en el valor».


7) Licinio Craso en la Guerra de los Esclavos, cuando estaba por conducir sus tropas adelante en Camalatrum contra Casto y Cánico, los líderes de los galos, envió doce cohortes por detrás, alrededor de la montaña, con Cayo Pomptinio y Quinto Marcio Rufo, sus lugartenientes. Cuando el enfrentamiento comenzó, estas tropas, levantando un grito, se desparramaron cuesta debajo de la montaña a la retaguardia, y así derrotaron al enemigo que huyó en todas direcciones sin intentar la batalla.

Nota: Año 71 a.de C.


8) Marco Marcelo, en una ocasión, temiendo que un grito de guerra débil revelara el pequeño número de sus fuerzas, mandó que los vivanderos, criados, y seguidores del campamento de toda clase participaran en el grito. Así causó pánico al enemigo, dando al aspecto de tener un ejército más grande.

Nota: Año 216 a.de C. Livio, 23:16 : «Aníbal estaba en las puertas (porque una vez apoderado de Nuceria, había regresado a Nola) y el pueblo pensaba nuevamente en la defección; entonces Marcelo, a la llegada del enemigo, se encerró en la ciudad, no porque temiese por su campamento, sino para no dar a los numerosos rebeldes que le acechaban ocasión de entregar a Nola. Muy pronto se formaron en batalla por ambas partes; los romanos al pie de las murallas de la ciudad; los cartagineses delante de su campamento: de manera que entre la ciudad y el campamento se libraron algunos combates cuyo resultado fué muy diferente. Los dos generales permitían gustosos estas escaramuzas, pero no daban la señal de batalla general. Mucho tiempo hacía que los dos ejércitos permanecían frente a frente, cuando los principales ciudadanos de Nola advirtieron a Marcelo que "durante la noche, gentes del pueblo tenían secretas relaciones con los cartagineses: que era cosa decidida que cuando el ejército romano saliese de la ciudad, saquearían sus bagajes, cerrarían las puertas y se apoderarían de las murallas, para que una vez dueño absoluto de la ciudad, pudiese el pueblo recibir a los cartagineses en vez de los romanos". Al recibir esta noticia, colmó de elogios Marcelo a los senadores, y antes de que estallase la sedición, decidió intentar el éxito del combate. Divide su ejército en tres cuerpos, y les coloca en las tres puertas que miran al enemigo: manda que le sigan los bagajes y ordena que los siervos, los vivanderos y enfermos lleven las empalizadas. En la puerta del centro coloca lo más escogido de las legiones y los caballeros romanos; en las otras dos los nuevos reclutados, los soldados armados a la ligera y la caballería de los aliados. Prohibe a los habitantes que se acerquen a las murallas y a las puertas; y por temor de que, una vez peleando las legiones, cayesen éstos sobre los bagajes, les hizo custodiar por tropas reservadas para este objeto. Dispuestos de esta manera, los romanos esperaron preparados detrás de las puertas. Aníbal, que había permanecido sobre las armas la mayor parte del día (como lo hacía algún tiempo ya), extrañó al principio que no saliese el ejército romano y que no se presentase sobre las murallas ningún soldado. Persuadido al fin de que habían sido descubiertas sus inteligencias con el pueblo y que el temor detenía a los romanos, envía al campamento una parte de las tropas, con orden de traer en seguida al frente del ejército todo lo necesario para un asalto, convencido de que si les estrechaba en aquel momento de vacilación, estallaría en la ciudad algún movimiento entre el pueblo. Cuando en la primera linea cada cual se apresura a ejecutar los movimientos ordenados por Aníbal, y el ejército avanza bajo las murallas, de pronto se abre una puerta: Marcelo manda tocar las trompas, a las tropas lanzar el grito y a los infantes y en seguida a la caballería que ataquen con todo el brío posible. Ya había producido confusión y miedo en el centro del ejército enemigo, cuando desde las puertas inmediatas se lanzan sobre las alas cartaginesas los dos legados P. Valerio Flaco y C. Aurelio. A este segundo ataque siguen los gritos de los siervos y vivanderos, y también los de las tropas encargadas de guardar los bagajes, de manera que los cartagineses, que despreciaban especialmente el corto número de los romanos, creyeron que tenían que habérselas con un ejército numeroso. No me atreveré a afirmar lo que dicen algunos autores, que el enemigo tuvo dos mil ochocientos hombres muertos y que los romanos solamente perdieron quinientos. Que esta victoria fuese más o menos grande, no por ello deja de ser cierto que la jornada consiguió grandísimo éxito, me atreveré a decir casi el más grande de toda la guerra; porque fué más difícil aquel día a los vencedores de Aníbal no quedar vencidos, que después vencerle».


9) Valerio Levino, en la batalla contra Pirro, mató a un soldado común, y, sosteniendo su espada goteando, hizo creer a ambos ejércitos que Pirro había sido asesinado. El enemigo, por lo tanto, presa del pánico por la falsedad, y pensando que habían quedado indefensos por la muerte de su comandante, se encaminaron aterrados de vuelta a su campamento.

Nota: Año 280 a.de C. Plutarco, Pirro, 17 : «Con esto aprendió Pirro a guardarse con más cuidado, y viendo que cedía la caballería, mandó venir la hueste y la puso en orden, y dando entonces su manto y sus armas a Megacles, uno de sus amigos, disfrazándose en cierta manera con las de éste, acometió a los Romanos. Recibieron éstos el choque y acometieron también, habiéndose mantenido la batalla indecisa por mucho tiempo, pues se dice que alternativamente se retiraron y se persiguieron hasta siete veces; y el cambio de las armas, que sirvió oportunamente para salvarse el rey, estuvo en muy poco que no echase a perder sus ventajas y le arrebatase la victoria. Porque cargando muchos sobre Megacles, el principal que le derribó y acabó con él, llamado Dexio, quitándole el casco y el manto, corrió hacia Levino mostrando aquellas prendas y gritando que había, muerto a Pirro. Causóse, pues, en ambos ejércitos, con este motivo, en el de los Romanos regocijo, con grande algazara, y en el de los Griegos desaliento, y asombro, hasta que enterado Pirro de lo que pasaba, corrió las filas con la cara descubierta, alargando la mano a los que peleaban y dándose a conocer con la voz. Finalmente, acosando, sobre todo, a los Romanos los elefantes, porque los caballos, antes de acercarse a ellos, no podían tolerar su aspecto y derribaban a los jinetes, hizo Pirro avanzar a la caballería tésala, y acabó de derrotarlos con gran mortandad.
Dionisio refiere que de los Romanos murieron muy pocos, menos de quince mil hombres, y Jerónimo que sólo siete mil; y del ejército de Pirro, Dionisio que trece mil, y Jerónimo que no llegaron a cuatro mil. Eran éstos que allí perdió los más aventajados entre sus amigos y caudillos y de quienes Pirro hacía más cuenta y se fiaba más. Tomó también el campamento de los Romanos, habiéndolo éstos abandonado, atrajo a muchas de las ciudades que le eran aliadas, taló gran parte del territorio y se adelantó hasta no distar de Roma más que trescientos estadios. Reuniéronsele después de la batalla muchos de los Lucanos y Samnitas, y aunque los reprendió por su tardanza se echó bien de ver que estaba contento y ufano de que con solo el auxilio de los Tarentinos venció un poderoso ejército de los Romanos».

10) En su lucha contra Cayo Mario en Numidia, Yugurta, habiendo adquirido facilidad en el uso de la lengua latina a consecuencia de su antigua relación con los campamentos romanos, corrió adelante a la primera línea y gritó que él había matado a Cayo Mario, causando así que muchos de nuestros hombres escaparan .

Nota: Año 107 a.de C. Salustio, La Guerra de Yugurta, 6-8 : «Hallábase entonces Mario en la vanguardia, porque Jugurta cargaba mucho por aquella parte; el cual, sabida la llegada de Boco, vase ocultamente con pocos adonde peleaba nuestra infantería y dícele en latín (cuyo idioma había aprendido en Numancia), «que en vano se esforzaba; que Mario poco antes había muerto a sus manos», y mostraba, diciendo esto, su espada teñida de sangre de uno de nuestros infantes, a quien valerosamente acababa de matar. Esto no dejó de asustar a los soldados, más por lo grande de la novedad, que porque diesen crédito al que lo decía; y al mismo tiempo los bárbaros, tomando aliento, estrechaban más a los nuestros ya consternados, de suerte que faltaba poco para ponerse en fuga, cuando Sila, habiendo derrotado a los que tenía por su frente, vuelve sobre los moros y los acomete por un costado, con lo que rechaza al instante a Boco. Jugurta, que por sostener a los suyos y no querer soltar de las manos la victoria, que casi tenía en ellas, se detuvo; viéndose rodeado de nuestros caballos y que habían muerto cuantos con él estaban, se escabulle solo por medio de los enemigos, resguardándose de sus tiros. Mario entonces, ahuyentaba la caballería enemiga, vuelve en socorro de los suyos, que había oído estaban para ser rechazados.
Finalmente, los enemigos fueron deshechos por todas partes. Entonces sí que aquellas dilatadas campiñas presentaban un aspecto horrible; seguían unos el alcance, otros huían; todo era matar y hacer prisioneros; caballos y jinetes por el suelo; muchos ni huir podían por sus heridas, ni dejar de intentarlo, hacer por levantarse y volver a caer luego; últimamente, cuanto alcanzaba la vista se hallaba cubierto de dardos, armas y cadáveres, y los claros que había estaban teñidos de sangre».


11) Mirónides, el ateniense, en una batalla indecisa que libraba contra los tebanos, se lanzó repentinamente adelante al flanco derecho de sus propias tropas y gritó que ya había ganado la victoria a la izquierda. Así, inspirando el coraje en sus propios hombres y miedo en los enemigos, obtuvo la victoria.

Nota: Año 457 a.de C. Polieno, 1:35 § 1 : «Los atenienses y tebanos estaban a punto de combatir unos contra otros. Mirónides les ordenó a los atenienses esforzarse por la izquierda al momento que él hubiera dado la señal. La dió, y su ala izquierda marchó contra los tebanos. Al mismo tiempo, adelantándose al ala derecha, exclamó: «Coraje, el ala izquierda fuerza a los enemigos». Los atenienses, animados por esta afirmación de victoria, empujaron a los enemigos, y los tebanos, desanimados por su presunta pérdida, se desbandaron y se dieron a la fuga»..


12) Contra aplastantes fuerzas de caballería del enemigo, Creso opuso una vez una tropa de camellos. Ante el extraño aspecto y olor de estas bestias, los caballos se espantaron, y no simplemente lanzaron a sus jinetes, sino también pisotearon las filas de su propia infantería, entregándolos así en las manos del enemigo, para ser derrotados.

Nota: Año 546 a.de C. Heródoto, 1:80 : «Hay delante de Sardes una llanura espaciosa y elevada donde concurrieron los dos ejércitos. Por ella corren muchos ríos, entre ellos el Hilo, y todos van a dar en otro mayor llamado Hermo, el cual, bajando de un monte dedicado a la madre de los dioses Dindimene, va a desaguar en el mar cerca de la ciudad de Focea. En esta llanura, viendo Ciro a los Lidios formados en orden de batalla, y temiendo mucho a la caballería enemiga, se valió de cierto ardid que el Medo Harpago le sugirió. Mandó reunir cuantos camellos seguían al ejército cargados de víveres y bagajes, y quitándoles las cargas, hizo montar en ellos unos hombres vestidos con el mismo traje que suelen llevar los soldados de a caballo. Dió orden para que estos camellos así prevenidos se pusiesen en las primeras filas delante de la caballería de Creso; que su infantería siguiese después, y que detrás de esta se formase toda su caballería. Mandó circular por sus tropas la orden de que no diesen cuartel a ninguno de los Lidios, y que matasen a todos los que se les pusiesen a tiro; pero que no quitasen la vida a Creso, aun cuando se defendiese con las armas en la mano.
La razón que tuvo para poner los caballos enfrente de la caballería enemiga, fue saber que el caballo teme tanto al camello, que no puede contenerse cuando ve su figura o percibe su olor. Por eso se valió de aquel ardid con la mira de inutilizar la caballería de Creso, que fundaba en ella su mayor confianza.
En efecto, lo mismo fue comenzar la pelea y oler los caballos el tufo, y ver la figura de los camellos, que retroceder al momento y dar en tierra con todas las esperanzas de Creso. Maa no por esto se acobardaron los Lidios, ni dejaron de continuar la acción, porque conociendo lo que era, saltaron de sus caballos y se batieron a pie con los Persas. Duró por algún tiempo el choque, en que muchos de una y otra parte cayeron, hasta que los Lidios, vueltas las espaldas, se vieron precisados a encerrarse dentro de los muros y sufrir el sitio que luego los Persas pusieron a la plaza».


13) Pirro, rey de los epirotas, luchando de parte de los tarentinos contra los romanos, empleó elefantes del mismo modo, a fin de lanzar al ejército romano a la confusión .

Nota: Año 280 a.de C. Plutarco, Pirro, 17 : «Con esto aprendió Pirro a guardarse con más cuidado, y viendo que cedía la caballería, mandó venir la hueste y la puso en orden, y dando entonces su manto y sus armas a Megacles, uno de sus amigos, disfrazándose en cierta manera con las de éste, acometió a los Romanos. Recibieron éstos el choque y acometieron también, habiéndose mantenido la batalla indecisa por mucho tiempo, pues se dice que alternativamente se retiraron y se persiguieron hasta siete veces; y el cambio de las armas, que sirvió oportunamente para salvarse el rey, estuvo en muy poco que no echase a perder sus ventajas y le arrebatase la victoria. Porque cargando muchos sobre Megacles, el principal que le derribó y acabó con él, llamado Dexio, quitándole el casco y el manto, corrió hacia Levino mostrando aquellas prendas y gritando que había, muerto a Pirro. Causóse, pues, en ambos ejércitos, con este motivo, en el de los Romanos regocijo, con grande algazara, y en el de los Griegos desaliento, y asombro, hasta que enterado Pirro de lo que pasaba, corrió las filas con la cara descubierta, alargando la mano a los que peleaban y dándose a conocer con la voz. Finalmente, acosando, sobre todo, a los Romanos los elefantes, porque los caballos, antes de acercarse a ellos, no podían tolerar su aspecto y derribaban a los jinetes, hizo Pirro avanzar a la caballería tésala, y acabó de derrotarlos con gran mortandad.
Dionisio refiere que de los Romanos murieron muy pocos, menos de quince mil hombres, y Jerónimo que sólo siete mil; y del ejército de Pirro, Dionisio que trece mil, y Jerónimo que no llegaron a cuatro mil. Eran éstos que allí perdió los más aventajados entre sus amigos y caudillos y de quienes Pirro hacía más cuenta y se fiaba más. Tomó también el campamento de los Romanos, habiéndolo éstos abandonado, atrajo a muchas de las ciudades que le eran aliadas, taló gran parte del territorio y se adelantó hasta no distar de Roma más que trescientos estadios. Reuniéronsele después de la batalla muchos de los Lucanos y Samnitas, y aunque los reprendió por su tardanza se echó bien de ver que estaba contento y ufano de que con solo el auxilio de los Tarentinos venció un poderoso ejército de los Romanos».


14) Los cartagineses hacían esto mismo a menudo en sus batallas contra los romanos .

Nota: Confrontar con la referencia en Libro II, 5:4.


15) Habiendo en una ocasión los volscos levantado su campamento cerca de algunas brozas y bosques, Camilo puso fuego a todo aquello que llevaría la conflagración hasta sus atrincheramientos, y así privó a sus adversarios de su campamento.


16) Del mismo modo, Publio Craso en la Guerra Civil, escapó por muy poco de ser eliminado con todas sus fuerzas.


17) Los españoles, luchando contra Amílcar, engancharon bueyes a carros y los colocaron en la primera línea. Estos carros fueron llenados con brea, sebo y azufre, y cuando fue dada la señal para la batalla, los pusieron en llamas. Entonces, conduciendo a los bueyes contra el enemigo, sembraron el pánico en la línea y la atravesaron .

Nota: Año 229 a.de C. Apiano, Sobre Iberia, 5 : «Una vez que acabó la guerra y se hizo regresar a Annón a Cartago para responder de ciertos cargos, Aníbal, que se hallaba solo al frente del ejército y tenía a su cuñado Asdrúbal como asociado suyo, se dirigió hacia Gades y, tras cruzar el estrecho hasta Iberia, se dedicó a devastar el territorio de los iberos, que no le habían causado daño alguno. Hacía de ello una ocasión para estar fuera de su patria, para realizar empresas y adquirir popularidad; en efecto, todo lo que apresaba, lo dividía, y daba una parte al ejército con el fin de tenerlo más presto a cometer desafueros en su compañía, otra parte la enviaba a Cartago y una tercera la repartía entre los políticos de su propio partido. Finalmente, los reyes iberos y todos los otros hombres poderosos, que fueron coaligándose gradualmente, lo mataron de la siguiente forma: llevaron carros cargados de troncos a los que uncieron bueyes y los siguieron provistos de armas. Los africanos al verlos se echaron a reír, al no comprender la estratagema, pero cuando estaban muy próximos, los iberos prendieron fuego a los carros tirados aún por los bueyes y los arrearon contra el enemigo. El fuego, expandido por todas partes al diseminarse los bueyes, provocó el desconcierto de Ios africanos. Y al romperse la formación, los iberos, cargando a la carrera contra ellos, dieron muerte a Amílcar en persona y a un gran número de los que estaban defendiéndolo».

18) Los faliscos y tarquinios disfrazaron a varios hombres como sacerdotes, y les hicieron sostener antorchas y serpientes delante de ellos, como Furias. Así hicieron cundir el pánico en el ejército de los romanos.

Nota: Año 356 a.de C. Livio, 7:17 § 3 : «Los nuevos cónsules, nombrados los dos por segunda vez, M. Sabio Ambusto y M. Popilio Lenas, tuvieron que sostener dos guerras: una contra los tiburtinos, que hizo sin trabajo Lenas, rechazando al enemigo hasta su ciudad y talando en seguida sus campos; al otro cónsul, en el primer encuentro le derrotaron los faliscos y los tarquinios, habiéndose aterrado los soldados romanos a la vista de sus sacerdotes, que corrían como furias, agitando antorchas y serpientes. Sorprendidos y turbados por este espectáculo, refugiáronse desordenados en sus parapetos; pero el cónsul, lo mismo que los legados y los tribunos, habiendo comenzado a reír y a burlarse de ellos porque, lo mismo que los niños, tenían miedo de vanos aparatos, el despecho les infundió valor y cayeron ciegamente sobre aquellos que les habían ahuyentado. Disipado este fantasma, se lanzaron sobre el verdadero enemigo, rompieron toda su línea, tomaron el campamento en el mismo día, recogieron inmenso botín, y regresaron vencedores, burlándose con militares chistes del artificio del enemigo y de su propio terror».

19) En una ocasión, los hombres de Veyes y Fidenas empuñaron antorchas e hicieron lo mismo.

Nota: Año 426 a.de C. Livio, 4:33 : «El primer choque había quebrantado a los enemigos, cuando abriéndose de pronto las puertas de Fidenas, se lanza un ejército, tal como no se había visto ni oído semejante hasta entonces: innumerable multitud armada con fuego, brillando con antorchas encendidas, y como arrebatada por furor divino, se precipita sobre los romanos, a quienes lo extraño del combate inspira cierto terror. Entonces el dictador da la señal a Cornelio y a su caballería, llama a Quincio de la altura, restablece el combate, y corre él mismo al ala izquierda, que presentaba el aspecto de incendio más bien que de batalla, y que, aterrada, retrocedía delante de las llamas. "¿Qué es esto?, grita con voz vibrante. ¡Arrojados por el humo como enjambre de abejas, huís delante de un enemigo sin armas! ¡No apagáis esas llamas con el hierro, o si es necesario combatir con fuego y no con las armas, no arrancáis esas antorchas al enemigo para anonadarle! ¡Sus! ¡Recordad el nombre romano, pensad en el valor de vuestros mayores y en el vuestro, volved el incendio contra Fidenas y destruid con el fuego esa ciudad que no habéis podido desarmar con vuestros beneficios. La sangre de vuestros legados y de vuestros colonos, la devastación de vuestro territorio os lo mandan." A estas palabras del dictador, toda la línea se pone en movimiento; recogen las antorchas lanzadas, arrancan las otras, y las dos falanges se arman con fuego. El jefe de la caballería imagina por su parte una maniobra nueva; manda quitar el freno a los caballos y clavando los acicates al suyo, al que no detiene la brida, se lanza el primero entre las llamas; los demás caballos llevan en impetuosa carrera a sus jinetes en medio del enemigo. Levántase densa polvareda, y mezclándose al humo, roba la luz a hombres y caballos. No se espantan éstos del espectáculo que asustaba a los soldados, y por donde penetra la caballería todo lo derriba a su paso, causando inmensa ruina. Pronto resuenan nuevos gritos que impresionan a los dos ejércitos sorprendidos, y el dictador grita: "El Iegado Quincio con los suyos ataca al enemigo por la espalda". Y lanzando él mismo un grito más terrible, comienza de nuevo el ataque con más vigor. Estrechados entre dos ejércitos, entre dos batallas, los etruscos, rodeados, atacados por delante y por detrás, no podían ni volver a su campamento, ni huir a las montañas, donde se presentaba nuevo enemigo, y donde los jinetes, arrebatados por caballos sin freno, estaban desparramados por todas partes. La mayor parte de los veyos gana desordenadamente las orillas del Tíber; los fidenatos, que han escapado, corren hacía su ciudad. Pero al huir espantados, por todas partes encuentran la muerte: unos son destrozados en las orillas del río, otros son precipitados a sus profundidades; hasta los que saben nadar se ahogan, por consecuencia de la fatiga, de las heridas o del miedo; de aquella multitud muy pocos consiguen llegar a la opuesta orilla. El otro ejército huye a través de los campos hacia Fidenas, persiguiéndole los romanos con ardor, sobre todo Quincio, seguido de sus tropas, que acababan de bajar de la montaña por sus órdenes y que se encontraban descansadas porque habían llegado al final de la batalla»..


20) Cuando Ateas, rey de los escitas, contendía contra la tribu más numerosa de los tribalios, mandó que manadas de asnos y ganado fueran conducidas a la retaguardia de las fuerzas del enemigo por mujeres, niños, y toda la población no combatiente, y que fueran llevadas lanzas, sostenidas en lo alto, delante de éstas. Entonces hizo correr el rumor en el extranjero que le venían refuerzos de las tribus escitas más distantes. Por esta declaración obligó al enemigo a retirarse .

Nota: Polieno, 7:44 § 1 : «Los escitas, que estaban listos para dar batalla a los tribalos, ordenaron a los labradores y a los que se ocupaban de los caballos, cuando vinieran a las manos con los enemigos, que se hicieran ver desde muy lejos con una numerosa cantidad de caballos, a los que empujarían delante de ellos. Esta gente apareció, y los tribalos, que veían de lejos tantos caballos, y un polvo extraordinario que se elevaba, creyeron que los escitas de arriba venían en socorro de los otros. El pavor los sobrecogió, y huyeron».

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