III.
SOBRE
LA DISPOSICIÓN DE LAS TROPAS PARA LA BATALLA |
1)
Cneo Escipión, en campaña en España contra Hanón,
cerca de la ciudad de Indíbil, notó que la línea
cartaginesa de batalla estaba dispuesta con los españoles ubicados
en el ala derecha — soldados robustos, desde luego pero luchando
para otros — mientras a la izquierda estaban los africanos, menos
poderosos pero más resueltos. En consecuencia retiró su
propia ala izquierda, y manteniendo su línea de batalla en un ángulo
con el enemigo, enfrentó al enemigo con su ala derecha, formada
por sus soldados más robustos. Luego, derrotando a los africanos
y haciéndolos huir, forzó fácilmente la rendición
de los españoles, que se mantuvieron a un lado a manera de espectadores
.
Nota:
Año 219 a.de C. Cneo Cornelio Escipión Calvo; Polibio,
3:76 : ««En el transcurso de este tiempo, Cn.
Cornelio, a quien su hermano Publio había dejado el mando
de las fuerzas navales, como hemos indicado anteriormente, haciéndose
a la vela con toda la escuadra desde las bocas del Ródano,
aportó a aquella parte de España llamada Emporio.
Allí, desembarcando a sus tropas, puso sitio a todos los
pueblos marítimos hasta el Ebro que rehusaron obedecerle,
y recibió con agasajo a los que de voluntad se entregaron,
procurando en lo posible no se les hiciese extorsión alguna.
Después que hubo asegurado estas conquistas, penetró
tierra adentro con su ejército, ya notablemente engrosado
con los aliados españoles. Al paso que se iba internando,
recibía unos pueblos en su amistad, otros los reducía
por fuerza. Los cartagineses que mandaba Hanón en aquellos
países vinieron a acampar frente a él, alrededor de
una ciudad llamada Cisa; pero Escipión, formadas sus huestes,
les dio la batalla, la ganó y se apoderó de un rico
botín; ya que en poder de éstos había quedado
el equipaje todo de los que habían pasado a Italia. Aparte
de esto, contrajo alianza y amistad con todos los pueblos de esta
parte del Ebro, y tomó prisioneros al general Hannón
y al español Indibilis. Éste era un potentado en el
interior del país, que había sido siempre sumamente
afecto a los intereses de Cartago.
Luego que supo Asdrúbal lo que había sucedido, pasó
el Ebro, y vino prontamente al socorro. Informado de que las tropas
navales de los romanos vivían desmandadas y llenas de confianza
por la ventaja que habían logrado las legiones de tierra,
toma de su ejército ocho mil infantes y mil caballos, sorprende
estas tropas dispersas por aquellos campos, mata a muchos y precisa
a los restantes a refugiarse a sus navíos. Tras de lo cual
se retira, vuelve a pasar el Ebro y sentado su cuartel de invierno
en Cartagena, entrega todo su cuidado a los preparativos y defensa
del país de parte acá del Ebro. Escipión vuelto
a la escuadra, castigó a los autores de este descuido según
la disciplina romana, y formado después un cuerpo de las
tropas terrestres y navales, marchó a invernar a Tarragona.
Allí distribuyó por partes iguales el despojo entre
los soldados, con lo que se granjeó su afecto y benevolencia
para el futuro. Tal era el estado de los negocios de España».
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2)
Cuando Filipo, rey de los macedonios, emprendía la guerra
contra los hilianos (ilirios), notó que el frente del enemigo consistía
completamente en hombres elegidos de todo el ejército, mientras
que sus flancos eran más débiles. En consecuencia, colocó
a sus hombres más corpulentos en el ala derecha, atacó al
enemigo en su ala izquierda, y provovando confusión en toda su
línea, obtuvo una victoria completa .
Nota:
Año 359 a.de C. Diodoro Sículo, 16:4 : «En
consecuencia, habiendo conducido una expedición a Peonia
y derrotado a los bárbaros en una batalla, obligó
a la tribu a reconocer lealtad a los macedonios. Y dado que los
ilirios todavía estaban considerados como enemigos, su deseo
era derrotarlos en guerra también. De modo que, habiendo
llamado rápidamente a una asamblea y exhortado a sus soldados
a la guerra con un apropiado discurso, condujo una expedición
al territorio ilirio, no teniendo menos de diez mil soldados de
infantería y seiscientos jinetes. Bardilis, el rey de los
ilirios, habiéndose enterado de la presencia del enemigo,
envió primero mensajeros para hacer los arreglos tendientes
a un cese de hostilidades, a condición de que ambos lados
permanecerían en posesión de las ciudades que entonces
controlaban.
Pero como Filipo dijo que él, en efecto deseaba la paz, pero
no concurriría, sin embargo, a aquella oferta a menos que
los ilirios se retiraran de todas las ciudades macedonias, los enviados
volvieron sin haber llevado a cabo su propósito, y Bardilis,
confiado en sus anteriores victorias y la intrépida conducta
de los ilirios, salió al encuentro del enemigo con su ejército;
tenía diez mil soldados de infantería elegidos y aproximadamente
quinientos jinetes. Cuando los ejércitos se acercaron el
uno al otro y con gran clamor chocaron en la batalla, Filipo, mandando
el ala derecha, que consistía en la flor de los macedonios
que servían bajo su comando, ordenó a su caballería
que cabalgara por delante de las filas de los bárbaros y
los atacara por el flanco, mientras él mismo, cayendo sobre
el enemigo en un asalto frontal, comenzó un encarnizado combate.
Pero los ilirios, formándose en cuadrado, entraron valientemente
en la lucha. Y al principio, por mucho tiempo, la batalla fue casi
equilibrada debido a la excesiva valentía mostrada por ambos
lados, y tantos fueron muertos y más todavía heridos,
que la fortuna de la batalla vaciló primero entre un camino
y luego el otro, siendo constantemente influida por los valerosos
hechos de los combatientes; pero más tarde cuando los jinetes
presionaron desde el flanco y retaguardia y Filipo, con la flor
de sus tropas, luchó con verdadero heroísmo, los ilirios
en masa fueron obligados a huir. Como la persecución se mantuvo
por una considerable distancia y muchos fueron muertos en su huída,
Filipo retiró a los macedonios con la trompeta y erigiendo
un trofeo a la victoria, sepultó a sus muertos, mientras
los ilirios, habiendo enviado embajadores y habiéndose retirado
de todas las ciudades macedonias, obtuvieron la paz. Pero más
de siete mil ilirios fueron muertos en esta batalla».
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3)
Pamenes, el tebano, habiendo observado la línea de batalla de los
persas, donde las tropas más poderosas estaban ubicadas en el ala
derecha, preparó a sus propios hombres también con el mismo
plan, poniendo toda su caballería y lo más valiente de su
infantería en el ala derecha, pero colocando frente a los más
valientes del enemigo, a sus tropas más débiles, a las que
él ordenó huir al primer ataque del enemigo y retirarse
a lugares ásperos, desiguales y arbolados. Cuando de esta manera
convirtió a la fuerza del enemigo en ineficiente, él mismo
con la mejor parte de sus propias fuerzas, envolvió a toda la formación
del enemigo con su ala derecha y los derrotó .
Nota:
Año 353 a.de C. Polieno, 5:16 § 2 : «Pamenes
era fuerte en caballería, pero en infantería muy inferior
al enemigo, que lo superaba en número, particularmente en
peltastas. Ubicó a los pocos peltastas que tenía,
y algo de su infantería ligera, contra la parte más
fuerte del ejército enemigo; y les ordenó que después
de una corta escaramuza, huyeran, y así apartar a los peltastas
del enemigo del cuerpo principal de su ejército. Cuando est
resultó como él esperaba, avanzó a la cabeza
de un cuerpo de caballería de la otra ala, y cargó
furiosamente en su retaguardia, mientras las tropas, que antes habían
escapado, giraron para enfrentarlos. De esta manera rodeó
al enemigo, y o los tomó prisioneros, o los destrozó».
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4) Publio Cornelio Escipión, que posteriormente
recibió el nombre de Africano, en una ocasión, emprendiendo
la guerra en España contra Asdrúbal, líder de los
cartagineses, condujo sus tropas día a día en una formación
tal que el centro de su línea de batalla estaba formado por sus
mejores combatientes.
Pero cuando el enemigo salió también ordenado con el mismo
plan, Escipión, en el día cuando en que se determinó
a luchar, cambió el esquema de su orden de batalla y colocó
sus tropas más fuertes en las alas, teniendo sus tropas con armamento
liviano en el centro, pero ligeramente detrás de la línea.
Así, atacando el punto más débil del enemigo en formación
de medialuna desde el flanco, donde él mismo era más fuerte,
fácilmente los derrotó .
Nota:
Año 206 a.de C. Livio 28:14-15 : «14.
Cuando se hubieron probado bastante en estos ligeros combates, se
presentó Asdrúbal con sus tropas formadas en batalla;
Ios romanos salieron a su vez. Pero los dos ejércitos permanecieron
inmóviles delante de sus parapetos; ninguno trabó
combate, y ya declinaba el día cuando los cartagineses primero
y después Ios romanos volvieron a los campamentos. Esta maniobra
se repitió en los días siguientes. Asdrúbal
se presentaba siempre el primero en batalla, y el primero también
daba la señal de retirada a sus soldados, fatigados de estar
sobre las armas ; ni de una ni otra parte se movían, ninguno
arrojaba un venablo ni lanzaba un grito. Velase en el centro, por
un lado los romanos, por otro los cartagineses mezclados con los
africanos; los aliados formaban las alas, y en los dos ejércitos
había españoles. Delante del frente de los cartagineses
veíanse desde lejos los glefantes como otras tantas torres.
En los dos carnpamentos se repetía ya que aquel orden sería
el de la batalla; en los centros los romanos contra los cartagineses,
y como la guerra era entre ellos, desplegarían igual valor
e iguales esfuerzos en el combate. Viendo Escipión arraigada
aquella creencia, cambió de intento sus planes para el día
en que pensaba llegar a las manos. La víspera, por la noche,
díó orden de que, antes de amanecer, tanto los hombres
como los caballos estuviesen dispuestos y alimentados; los jinetes,
sobre las armas, debían tener los caballos ensillados y embridados.
Al amanecer lanzó toda su caballería y tropas ligeras
contra las avanzadas enemigas, y en seguida avanzó él
mismo a la cabeza de las legiones, después de haber colocado
los aliados en el centro, contra la opinión general de los
suyos y del enemigo. Despertado Asdrúbal por el ruido de
su caballería, se precipitó fuera de su tienda, vió
la alarma producida delante de su campamento, la confusión
de Ios suyos, las enseñas de las legiones que brillaban a
lo lejos, y toda la llanura cubierta de enemigos, por la que lanzó
en el acto toda su caballería contra la caballería
romana. En seguida salió del campamento con la infantería
sin cambiar en nada su acostumbrado orden de batalla. La caballería
estaba peleando ya largo tiempo sin resultado, y aquel combate no
podía decidirse por sí mismo, porque rechazados alternativamente,
cada bando se replegaba con toda seguridad sobre su infantería.
Pero cuando los dos ejércitos no distaron más que,
quinientos pasos, Escipión mandó tocar retirada, abrió
las filas y recibió en ellas a la caballería y las
tropas ligeras, que dividió en dos cuerpos, y colocó
como reservas detrás de las alas. Después, cuando
llegó el momento de comenzar el ataque, mandó a los
españoles, que estaban en el centro, que marchasen muy despacio,
y, desde el ala derecha que mandaba él, envió a Silano
y a Marcio orden de extender el ala izquierda, repitiendo la maniobra
que le verían hacer en la derecha, y que lanzasen sus tropas
ligeras, infantería y caballería, contra el enemigo,
antes de que chocasen los centros. Desenvueltas de esta manera las
alas, marcharon cada una con tres cohortes de infantería,
tres turmas de caballería y los vélites, corriendo
al enemigo, siguiendo los otros que marchaban oblicuamente. La línea
era reentrante en el centro, por efecto de la lenta marcha de los
españoles. Ya estaban combatiendo en las alas, y lo más
escogido del ejército enemigo, los veteranos cartagineses
y africanos, ni siquiera estaban a tiro de venablo, ni se atrevían,
para socorrer a los suyos, a dirigirse a las alas, por temor de
abrir el centro ante los romanos, que avanzaban de frente. Sus alas
tenían que sostener doble lucha; la caballería, las
tropas ligeras y los vélites las habían rodeado para
atacarlas por el flanco, y las cohortes las atacaban de frente,
procurando separarlas del resto del ejército.
15. Dos razones contribuían a que el combate
no fuese igual en todos Ios puntos: por una parte, los honderos
baleares y los bisoños españoles tenían que
habérselas con los romanos y los latinos; y por otra, avanzando
el día, agotaba las fuerzas de los soldados de Asdrúbal,
que, sorprendidos por el repentino ataque de la mañana, habíanse
visto obligados a salir precipitadamente, sin haber tomado alimento.
Calculando esto, prolongó Escipión el combate para
llagar a la tarde. A la hora séptima, solamente la infantería
había trabado batalla en las alas. El centro no entró
en acción hasta mucho después; de manera que el ardor
del sol de mediodía, la fatiga que experimentaban permaneciendo
de pie sobre las armas, el hambre y la sed habían extenuado
a los cartagineses antes de llegar a las manos; así era que
se mantenian apoyados en los escudos. Además, los elefantes,
asustados por el tumultuoso ataque de la caballería, de los
vélites y de las tropas ligeras, se habían trasladado
de las alas al centro. Abrumados entonces de fatiga y desalentados,
los enemigos comenzaron a moverse, sin abandonar las filas, y como
si por orden de su general ejecutasen, sin ser atacados, un movimiento
retrógrado. Pero al verles replegarse, redobló el
ardor de los vencedores, que se precipitaron por todas partes sobre
ellos, siendo el choque irresistible, En vano detenía Asdrúbal
a los fugitivos; en vano se atravesaba en su camino, gritándoles
"que tenían a la espalda colinas, en las que encontrarían
segura retirada si retrocedían en buen orden". El miedo
se sobrepuso a la honra; las primeras filas se rompieron delante
del enemigo, huyendo todos en seguida y haciéndose cornpleta
la derrota. Las enseñas se detuvieron primera-mente al pie
de las colinas, y los soldados comenzaron a rehacer las filas, al
observar que Ios romanos vacilaban en subir la colina que tenían
enfrente. Pero cuando les vieron avanzar con intrepidez, emprendieron
de nuevo la fuga, y fueron rechazados en derrota hasta su campamento.
El soldado romano tocaba a las empalizadas, y, en su impetuosidad,
se hubiese apoderado de ellas, si a los rayos de un sol abrasador,
corno los que penetran entre oscuras nubes, no hubiese seguido lluvia
tan copiosa, que apenas pudieron los vencedores entrar en su campamento
: algunos hasta tuvieron escrúpulo religioso de intentar
aquel día nuevos esfuerzos. Los cartagineses estaban extenuados
de fatiga; debilitados por las heridas, la noche y la tempestad
les invitaban a descanso muy necesario; pero sus temores y peligros
no les dejaban espacio para ello. Persuadidos de que al amanecer
el enemigo atacaría su campamento. trajeron de todos los
valles inmediatos piedras con que levantaron sus parapetos, buscando
en las fortificaciones Ia seguridad que no encontraban en sus armas;
pero la deserción de sus aliados les demostró que
era más prudente huir que esperar. La deserción comenzó
por Atano rey de los turditanos, que pasó a los romanos con
muchos compatriotas suyos; dos plazas fuertes, con su guarnición,
fueron entregadas en seguida a Escipión por sus jefes. Viendo
Asdrúbal que, una vez inclinados los ánimos a la deserción,
el contagio se propagaría a todos, decampó a la noche
siguiente».
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5) Metelo, en la batalla en la cual él venció
a Hirtuleyo en España, descubrió que los batallones de Hirtuleyo
se consideraban los más fuertes cuando se ubicaban en el centro.
En consecuencia retiró el centro de sus tropas, para evitar encontrar
al enemigo en aquella parte de la línea, hasta que, por un movimiento
envolvente de sus alas, pudo rodear su centro por todos los lados.
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Nota:
Año 76 a.de C. Quinto Cecilio Metelo Pío. |
6) Artajerjes, teniendo un número superior en
su campaña contra los griegos, que habían invadido Persia,
preparó su línea de batalla con un frente más amplio
que el del enemigo, colocando infantería, caballería, y
tropas con armamento ligero en las alas. Entonces haciendo deliberadamente
avanzar el centro más despacio, envolvió a las tropas enemigas
y las despedazó.
Notas..
Año 401 a.de C. Batalla de Cunaxa. Jenofonte,
Anábasis, 1:8 : «Ya iba muy avanzada la mañana,
y estaba cerca el sitio en que se debía descansar, cuando
Pategias, persa de los más íntimos de Ciro, aparece
corriendo a rienda suelta con el caballo cubierto de sudor, gritando
a todos los que se encontraban, ya en griego, ya en bárbaro
que el rey se acercaba con un numeroso ejército como dispuesto
a presentar batalla. Esto produjo un gran tumulto, pues los griegos
y todos los demás creían que iban a caer sobre ellos
antes de haberse formado. Ciro saltó del carro, se puso
la coraza, montando a caballo, tomó en la mano los dardos
y dio orden a todos los demás que se armasen y acudiesen
cada uno a su puesto.
Las tropas se fueron formando a toda prisa. Clearco ocupaba el
ala derecha, tocando con el río Éufrates; a su lado
estaba Próxeno, y después los demás generales.
Menón, con su cuerpo, era de los griegos el que tenía
el ala izquierda. De los bárbaros se colocaron a la derecha,
al lado de Clearco y de la infantería ligera griega, unos
mil caballos paflagones, y en la izquierda se puso Arieo, lugarteniente
de Ciro, con el resto del ejército bárbaro. Ciro
y la caballería que le acompañaba, unos seiscientos
jinetes, iban armados con corazas, quijotes y cascos; pero Ciro
se dispuso al combate dejándose descubierta la cabeza.
(Dícese, en efecto, que es costumbre de los persas entrar
en batalla con la cabeza descubierta.) También los caballos
que iban con Ciro estaban todos protegidos con armaduras en la
cabeza y en el pecho, y los jinetes tenían espadas griegas.
Ya mediaba el día y aún no se habían presentado
los enemigos; pero al comenzar la tarde se vio una polvareda como
una nube blanca, y poco después una especie de mancha negra
que cubría la llanura en una gran extensión. Según
se acercaban fuése apercibiendo el resplandor del bronce,
y pronto aparecieron claramente las lanzas y las filas de soldados.
A la izquierda de los enemigos venían escuadrones de caballería
armados con corazas blancas, de los cuales se decía ser
jefe Tisafernes; junto a éstos los guerróforos e
inmediatamente la infantería pesada con escudos de madera
que les llegaban hasta los pies; decíase que eran egipcios.
Después seguían otros cuerpos de caballería
y arqueros. Todas estas tropas iban agrupadas por naciones, y
cada nación formaba una columna profunda. Delante marchaban
los carros armados de hoces, a gran distancia uno de otro; las
hoces iban sujetas a los ejes oblicuamente, y otras debajo de
los asientos dirigidas hacia la tierra, de suerte que cortaran
todo lo que encontrasen al paso. Había el plan de dirigir
estos carros contra los batallones griegos y romperlos. Cuanto
a lo que dijo Ciro al reunir a los griegos recomendándoles
oyesen sin miedo la gritería de los bárbaros, el
anuncio quedó fallido, porque no avanzaron dando gritos,
sino con todo el silencio posible y con el mayor sosiego, a un
paso igual y reposado. Mientras tanto, Ciro, recorriendo la línea
acompañado por el intérprete Pigres y otros tres
o cuatro, gritaba a Clearco que condujese sus tropas contra el
centro de los enemigos, porque allí se encontraba el rey.
«Y si venciéramos en este lado —decía—
lo tendríamos ganado todo.» Clearco, viendo el cuerpo
colocado en el centro y oyendo decir a Ciro que el rey se encontraba
fuera de la izquierda de los griegos (el ejército del rey
era tan superior en número que su centro rebasaba la izquierda
de Ciro); viendo esto, Clearco no quería separarse del
río, temeroso de que lo envolviesen por los dos lados,
y respondió a Ciro que él vería lo que conviniese
más.
Entretanto, el ejército bárbaro iba avanzando, mientras
el de los griegos, quieto en el mismo sitio, acababa de formarse
según acudían los soldados. Ciro, al pasar por delante
y a muy corta distancia de las tropas, miraba a uno y otro lado
contemplando ya a los enemigos, ya a los suyos. Entonces Jenofonte,
de Atenas, viéndole desde las filas griegas en que se hallaba
formado, dio espuelas a su caballo y, saliéndole al encuentro,
le preguntó si tenía alguna orden que dar. Ciro
se detuvo y le dijo, encargándole que lo comunicase a los
demás, que los sacrificios se mostraban favorables. Mientras
decía esto oyó un rumor que corría por las
filas, y preguntó de qué se trataba. Y Jenofonte
le contestó que era el santo y seña que pasaba por
segunda vez. Se maravilló de quién podía
haberlo dado, y preguntó cuál era el santo y seña.
Jenofonte le respondió que «Zeus salvador y victoria.»
Oyendo esto Ciro: «Pues bien: lo acepto —dijo—,
y así sea.» Dicho esto se encaminó al sitio
que había escogido.
Y apenas distaban ya los frentes de ambos ejércitos tres
o cuatro estadios, cuando los griegos principiaron a cantar el
peán y se pusieron en movimiento para ir al encuentro de
los enemigos.
Según avanzaban, una parte de la falange se adelantó
algo en un movimiento impetuoso, y el resto se vio obligado a
seguirla corriendo para alcanzarla, y al mismo tiempo que corría
todos daban gritos a la manera como se festeja a Enialo. También
dicen algunos que golpeaban con las lanzas los escudos para infundir
miedo a los caballos. Pero antes de que llegasen a tiro de arco
los bárbaros volvieron la espalda y huyeron. Entonces los
griegos los fueron persiguiendo con todas sus fuerzas, gritándose
los unos a los otros que no corriesen atropelladamente, sino que
les siguiesen bien formados. Mientras tanto, los carros eran arrastrados,
unos a través de los enemigos mismos y otros a través
de los griegos; iban sin conductores. Y los griegos, al verlos
venir, se separaban, aunque hubo también alguno que, desconcertado
como si estuviese en un hipódromo, se dejó coger.
Pero, según dijeron, ni este mismo sufrió ningún
daño, como tampoco ningún otro griego en esta batalla;
sólo se dijo que en el ala izquierda uno había sido
alcanzado por una flecha.
Ciro, viendo a los griegos vencedores por su lado y persiguiendo
al enemigo, lleno de satisfacción y saludado como rey por
los que le rodeaban, no por eso se dejó arrastrar a la
persecución, sino que, manteniendo recogida la fuerza de
seiscientos caballos que le acompañaban, se mantuvo en
observación de lo que haría el rey. Sabía
que éste se hallaba en el centro del ejército persa;
todos los jefes bárbaros se colocan en el centro de los
ejércitos que mandan, pues piensan que así están
más seguros, teniendo fuerzas a uno y otro lado, y que
si necesitan mandar algo tardará el ejército en
saberlo la mitad de tiempo. Siguiendo esta costumbre, el rey se
mantenía en el centro de su ejército, pero aun así
quedaba fuera del ala izquierda de Ciro. Y cuando vio que nadie
le presentaba combate ni a las tropas formadas delante de él,
les mandó dar vuelta con intención de envolver a
su contrario. Ciro, entonces, temeroso de que, atacando por detrás,
desbaratase el ejército griego, se lanzó a su encuentro
y cargando con los seiscientos de su guardia derrotó a
las fuerzas puestas delante del rey, puso en fuga a los seis mil
y hasta se dice que mató con su propia mano al jefe Artajerjes
que los mandaba. Al ver que los enemigos huían, los seiscientos
de Ciro se dispersaron también, lanzándose en su
persecución, excepto unos pocos que permanecieron al lado
de su jefe, casi todos de los llamados compañeros de mesa.
Estando, pues, con éstos descubrió el rey al escuadrón
que le rodeaba, y sin poderse contener exclamó «Veo
al hombre», y se lanzó contra él y le dio
en el pecho, hiriéndole a través de la coraza, según
se supo más tarde por Ctesias, el médico que dijo
haberle curado la herida. Mientras hería al rey, uno le
lanzó con gran fuerza un dardo que le penetró por
debajo del ojo. Pueden verse en Ctesias, que se hallaba entonces
al servicio de Artajerjes, los que cayeron por el lado del rey
en este combate entre el rey y Ciro y entre los soldados de ambos
en favor de cada uno. En el lado contrario murió el mismo
Ciro, y los ocho más distinguidos de su guardia cayeron
sobre su cadáver. Dícese que Arpates, servidor en
quien él tenía puesta la mayor confianza entre los
portacetros, al ver a Ciro por tierra saltó del caballo
y se dejó caer sobre su amo. Según algunos, el rey
mandó que alguien le degollase sobre el cuerpo de Ciro,
y, según otros, él mismo se mató desenvainando
su sable; tenía uno de oro, y llevaba collar, brazaletes
y las demás cosas que suelen llevar los nobles persas,
pues Ciro le distinguía mucho por el amor y fidelidad que
le mostraba».
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7) Por otra parte, Aníbal en Cannas, habiendo
retirado sus flancos y avanzado su centro, hizo retroceder a nuestras
tropas en el primer asalto. Entonces, cuando los enfrentamientos comenzaron,
y los flancos gradualmente se dirigieron uno contra otro, avanzando según
instrucciones, Aníbal envolvió dentro de sus propias líneas
al enemigo que atacaba impetuosamente, los forzó hacia el centro
por ambos lados, y los destrozó, usando tropas veteranas con mucho
entrenamiento; ya que solo un ejército entrenado, sensible a cada
dirección, puede realizar esta clase de la táctica.
| Nota:
Año 216 a.de C. Polibio, 3:115 : «La acción
empezó por la infantería ligera, que estaba al frente,
y de una y otra parte fueron iguales las ventajas. Pero desde que
la caballería española y gala de la izquierda se hubo
aproximado, los romanos se batieron con furor y como bárbaros.
No peleaban según las leyes de su milicia, retrocediendo
y volviendo a la carga, sino que una vez venidos a las manos, saltaban
del caballo, y hombre a hombre medían sus fuerzas. Pero al
fin vencieron los cartagineses. La mayor parte de romanos pereció
en la refriega, no obstante haberse defendido con valor y esfuerzo;
el resto, perseguido a lo largo del río, fue muerto y pasado
a cuchillo sin piedad alguna. Entonces la infantería pesada
ocupó el lugar de la ligera, y vino a las manos.
Durante algún tiempo guardaron la formación los españoles
y galos, y resistieron con valor a los romanos, pero arrollados
con el peso de las legiones, cedieron y volvieron pies atrás,
abandonando la media luna. Las cohortes romanas, con el anhelo de
seguir el alcance, se abrieron paso por las líneas de los
contrarios, tanto a menos costa, cuanto la formación de los
galos tenía muy poco fondo, y ellos recibían de las
alas frecuentes refuerzos en el centro, donde era lo vivo del combate.
Pues sólo en el cuerpo de batalla, a causa de que los galos,
formados a manera de media luna, sobresalían mucho más
que las alas, y representaban el convexo al enemigo. Efectivamente,
los romanos siguen y persiguen a éstos hasta el centro y
cuerpo de batalla, donde se introducen tan adentro, que por ambos
flancos se vieron cercados de la infantería africana pesadamente
armada.
En ese instante los cartagineses, unos por un cuarto de conversión
de derecha a izquierda, otros por el movimiento contrario, arremeten
con sus escudos y picas, y atacan por los costados a los contrarios,
advirtiéndoles lo que habían de hacer el mismo lance.
Esto era cabalmente lo que Aníbal se había imaginado;
que los romanos, persiguiendo a los galos, serían cogidos
en medio por los africanos. De allí adelante los romanos
ya no pelearon en forma de falange, sino de hombre a hombre y por
bandas, teniendo que hacer frente a los que les atacaban por los
flancos». |
8) En la Segunda Guerra Púnica, cuando Asdrúbal
procuraba evitar la necesidad de un enfrentamiento, y había dispuesto
su línea en una áspera ladera detrás de obras defensivos,
Livio Salinator y Claudio Nerón desviaron sus propias fuerzas a
los flancos, dejando su centro vacante. Habiendo envuelto de esta manera
a Asdrúbal, le atacaron y derrotaron.
| Nota:
Año 207 a.de C. Batalla de Metauro. Livio,
27:48 : «Nerón llenó el primero con
toda la caballería; en seguida, Porcio con las tropas ligeras,
cayendo a la vez sobre el fatigado enemigo y hostigándolo.
Deteniéndose ya en su retirada, o mejor aún, en su
fuga, se preparaba Asdrúbal a establecer su campamento en
una altura inmediata al río, cuando llegó Livio a
la cabeza de toda la infantería, no a manera de marcha, sino
dispuesta a comenzar en el acto el ataque.
Cuando se reunió el ejército y quedaron formadas las
Iíneas, Claudio se colocó en el ala derecha, Livio
en la izquierda y el pretor en el centro. Asdrúbal renunció
entonces a atrincherarse; viendo inevitable el combate, colocó
los elefantes delante del frente de su ejército; cerca de
ellos, en el ala izquierda, enfrente de Claudio, dispuso los galos,
no porque confiara en su valor, sino porque creía que les
temían los romanos. El mismo mandaba el ala derecha contra
M. Livio, habiéndola formado con veteranos españoles,
en quienes descansaba especialmente su confianza. Los ligurios ocupaban
el centro, detrás de Ios elefantes; pero su cuerpo de batalla
tenía más extensión que profundidad; una colina
que avanzaba en la llanura protegía a los galos. Los españoles
trabaron la acción con el ala izquierda de los romanos, cuya
derecha estaba fuera de la batalla y permanecía inmóvil,
impidiéndole la colina que tenía enfrente atacar a
Ios galos de frente y de flanco. La lucha, por tanto, estaba reconcentrada
en derredor de Livio y de Asdrúbal, y por una y otra parte
so hacía. horrible matanza. Allí se encontraban los
dos generales y la mayor parte de la infantería y de la caballería
romanas; allí, los veteranos españoles que conocían
la táctica romana, y los ligurios, pueblo endurecido en las
fatigas de los combates. Allí estaban colocados también
los elefantes, cuyo impetuoso choque rompió al pronto las
primeras filas, haciéndolas retroceder, pero a los que no
fué posible guiar en cuanto el combate fué más
vivo y más penetrantes los gritos. Arrojáronse entonces
en medio de los dos ejércitos, desconociendo a sus amos y
como naves que flotan al azar sin timón.
Claudio gritó entonces a sus soldados: "¿Por
qué hemos hecho un camino tan largo y tan rápida marcha?"
Y en seguida, después de vanos esfuerzos para plantar sus
enseñas sobre la colina que tenía enfrente, convencido
de la imposibilidad de llegar por allí hasta el enemigo,
destacó algunas cohortes del ala derecha, a la que veía
destinada más bien a la inacción que a combatir; rodeó
la línea y cayó sobre la izquierda de los cartagineses;
ni éstos ni les romanos habían sospechado aquel ataque;
y tal fué la rapidez, que apenas se presentó en el
flanco, cuando les atacó por la espalda; envueltos así
por todas partes, de frente, de flanco y retaguardia, los españoles
y los ligurios quedaron destrozados, llegando ya la matanza hasta
los galos, cuya resistencia fué muy débil. La mayor
parte de ellos estaban lejos de sus enseñas; habíanse
dispersado durante la noche y se habían dormido desparramados
por los campos. Los que combatían, extenuados por el camino
y la vigilia, e incapaces además de soportar la fatiga, apenas
tenían fuerza para sostener las armas. Encontrábanse
en medio del día, y aquellos desgraciados, abrumados por
la sed y el calor, con la boca abierta, se dejaban degollar en masa
o hacer prisioneros».
|
9) Después que Aníbal fue derrotado en
frecuentes batallas por Claudio Marcelo, finalmente dispuso su campamento
con este plan: Protegido por montañas, pantanos, o ventajas similares
del terreno, fijó de tal modo sus tropas como para poder retirar
su ejército prácticamente sin pérdidas, en caso de
que los romanos ganaran, dentro de sus fortificaciones, pero también
como para tener la opción de perseguirlos, en caso de que ellos
cedieran el paso.
10) Jantipo, el espartano, en la campaña que condujo
en África contra Marco Atilio Régulo, colocó sus
tropas ligeras en la primera línea, sosteniendo la flor de su ejército
en la reserva. Entonces ordenó a las tropas auxiliares que después
de lanzar sus jabalinas, cedieran el paso ante el enemigo y, retirándose
dentro de las filas de sus soldados, corrieran a los flancos, y desde
allí otra vez precipitarse al ataque. Así cuando el enemigo
se hubo encontrado con las tropas más fuertes, se vieron envueltos
también por estas fuerzas provistas de armamento ligero ..
11) Sertorio empleó las mismas tácticas
en España en su campaña contra Pompeyo.
| Nota:
Ver en esta misma obra II:5 § 31
|
12) Cleándridas, el espartano, luchando contra
los lucanos, dispuso sus tropas en formación cerrada, para dar
el aspecto de un ejército mucho más pequeño. Entonces,
en el momento en que comenzó el enfrentamiento y cuando el enemigo
descuidó su guardia, abrió sus filas, envolvió al
enemigo por el flanco, y lo derrotó.
| Nota:
Año 443 a.de C. Polieno, 2:10 § 4 : «Al
hacer Cléandridas la guerra a los lucanios, tenía
la mitad más de tropas que ellos. Tuvo miedo que si ellos
lo percibían, se dieran a la fuga para evitar el peligro.
Se le ocurrió, pues, dar mucha profundidad a su falange.
Los lucanos, viendo un frente de poca extensión, lo despreciaron,
y extendieron sus filas, con el propósito de romperlo. Entonces
Cléandridas mismo, desdoblando las filas de su falange, desarrolló
su frente y procedió a romper el lucano. Fueron envueltos,
perforados por las flechas y todos muertos, menos un pequeño
número que se dió a la fuga vergonzosamente». |
13) Gastrón, el espartano, habiendo venido para
asistir a los egipcios contra los persas, y viendo que los soldados griegos
eran más poderosos y más temidos por los persas, intercambió
las armas de los dos contingentes, colocando a los griegos en la primera
línea. Cuando éstos apenas se mantenían por sí
mismos en el encuentro, mandó a los egipcios como refuerzos. Aunque
los persas se mostraron iguales a los griegos (juzgándolos egipcios),
cedieron el paso tan pronto como fueron emboscados por una multitud, de
la cual (supuestamente consistente en griegos) ellos estaban aterrados.
| Nota:
Polieno, 2:16 : «El lacedemonio Gastrón, que
tenía que combatir a los persas en Egipto, hizo cambiar armas
a los griegos y a los egipcios, y dió a unos las armas de
los otros, puso a los egipcios en la cola, y avanzó a la
cabeza con los griegos armados a la egipcia. Atacaron vigorosamente,
y empujaron su punta sin aflojar. Gastron hizo luego adelantar a
los egipcios armados a la griega. Los persas, que los tomaron verdaderamente
por los que parecían, se desordenaron y huyeron». |
14)
Cuando Cneo Pompeyo luchaba en Albania y el enemigo era superior en número
y en caballería, ordenó a su infantería cubrir sus
cascos, a fin de evitar ser visibles a consecuencia de la reflexión,
y tomar su lugar en un desfiladero de una colina. Entonces mandó
que su caballería avanzara por la llanura y actuara como una pantalla
a la infantería, pero que se retirara al primer ataque del enemigo,
y, tan pronto como hubieran alcanzado a la infantería, dispersarse
a los flancos. Cuando esta maniobra fue ejecutada, la fuerza de infantería
apareció de repente, revelando su posición y fluyendo con
un inesperado ataque sobre el enemigo, el que sin hacer caso, siguió
en la persecución, siendo así destrozado.
| Nota:
Año 65 a.de C. Dión Casio, 37:4 : «Después
de que atravesaron el río, se anunció que Oroeses
venía. Pompeyo estaba ansioso por conducirlo al enfrentamiento
antes que averiguara el número de los romanos, por miedo
a que cuando lo supiera, pudiera retirarse. En consecuencia ordenó
su caballería en el frente, dándoles aviso de antemano
acerca de lo que debían hacer; y conservó el resto
detrás de ellos en posición de arrodillados y cubiertos
con sus escudos, permaneciedo inmóviles, de modo que Oroeses
no verificara su presencia hasta que llegara bien cerca. Con eso
el bárbaro, despreciando la caballería, la que él
suponía que estaba sola, se trenzó en batalla con
ellos, y cuando poco después, deliberadamente se dieron vuelta
y huyeron, él los persiguió a toda velocidad. Entonces
los soldados de infantería aparecieron de repente y ampliando
su frente, no sólo procuraron a sus propios hombres un seguro
medio de escape por entre las filas, sino también recibieron
dentro de sus líneas al enemigo, quiénes sin hacer
caso proseguían la persecución, y rodearon a varios
de ellos. Entonces estas tropas eliminaron aquellos encerrados dentro
del círculo; y la caballería, con algunos que fueron
a la derecha y otros al otro lado de ellos, atacaron la retaguardia
de aquellos que quedaron por fuera. Cada fuerza mató a muchos
allí, y quemó hasta la muerte a otros que habían
huido a los bosques, lanzando un grito cada tanto,«¡Ahá,
los Saturnales!» en referencia al ataque que había
sido hecho en aquella ocasión por los albaneses»..
|
15)
Cuando Marco Antonio se enfrentó en batalla con los partos y hacían
llover sobre su ejército innumerables flechas, ordenó que
sus hombres se detuvieran y formaran un testudo (1). Las flechas pasaron
sobre este sin daño para los soldados, y las existencias del enemigo
pronto se agotaron (2).
Nota
1: Testudo : Cubierta que formaban antiguamente los soldados
alzando y uniendo los escudos sobre sus cabezas, para guarecerse
de las armas arrojadizas del enemigo.
Nota
2: Año 36 a.de C. Plutarco, Antonio,
45 : «Al día siguiente continuaron su marcha
mejor defendidos; y los Partos, cuando se presentaron a quererlos
acometer, se encontraron con una extraña novedad; porque
cuando creían que eran venidos a saquear y robar, y no
a una batalla, cayó sobre ellos una nube de dardos, y viendo
a los Romanos valerosos y esforzados, volvieron otra vez a desalentarse.
Al bajar éstos de unos collados bastante pendientes, repitieron
su ataque, acometiéndolos en la lenta marcha que llevaban;
entonces, volviéndose la infantería, encerró
dentro de su formación a las tropas ligeras, y poniendo
los primeros la rodilla en tierra, presentaron sus escudos. Los
que formaban después pusieron sus escudos sobre éstos,
y lo mismo respecto de éstos los otros; y esta disposición,
que es muy semejante a la forma de un tejado, sobre ofrecer una
vista teatral, es la más fuerte de las formaciones para
hacer que se resbalen los dardos. Los Partos, cuando vieron a
los Romanos poner la rodilla en tierra, creyeron que aquello era
darse por perdidos y efecto del cansancio, por lo que no quisieron
valerse ya de los arcos, sino que echando mano a las lanzas, se
fueron a combatir de cerca; mas entonces los Romanos, levantándose
de repente y alzando grande gritería, los rechazaron con
sus chuzos, y habiendo dado muerte a los primeros que se presentaron,
pusieron en desordenada fuga a todos los demás; otro tanto
sucedió los días siguientes, siendo muy poco lo
que adelantaban en su marcha. Fatigó en esto el hambre
al ejército, que sólo combatiendo se proporcionaba
algún poco de trigo, y que estaba además falto de
utensilios para la moltura, porque había sido preciso dejar
los más a causa de ser muchas las acémilas que habían
muerto y ser conducidos en las restantes los enfermos y heridos.
Dícese que un quenix de trigo llegó a costar cincuenta
dracmas, y que el pan de cebada se vendía a peso de plata.
Recurrieron en este apuro a las hierbas y a las raíces,
y como encontrasen pocas a las que estuviesen acostumbrados, siéndoles
preciso hacer pruebas con las que no habían gustado antes,
dieron con una hierba que los volvía locos, y después
de la locura les causaba la muerte; porque el que la comía
no se acordaba ni tenía ya conocimiento de nada, y todo
su afán era mover y remover cuantas piedras veía,
como si se ocupara en una cosa de importancia. Estaba, pues, llena
toda la llanura de hombres inclinados al suelo para arrancar y
mudar las piedras, y, por último, morían con vómitos
de bilis, por cuanto les faltaba el vino, que era el único
remedio. Como muriesen, pues en gran número y los Partos
no los dejasen respirar, se dice que Antonio exclamó muchas
veces: “¡Oh diez mil!”, maravillándose
de los que se retiraron con Jenofonte, pues que con haber hecho
un camino más largo desde Babilonia, y teniendo que pelear
con muchos más enemigos, al fin se salvaron».
|
16)
Cuando Aníbal luchaba contra Escipión en África,
teniendo un ejército de cartagineses y auxiliares, parte del cual
no era sólo de diferentes nacionalidades, sino que realmente consistía
de italianos, colocó ochenta elefantes en la vanguardia, para lanzar
al enemigo a la confusión. Detrás de éstos colocó
a auxiliares galos, ligures, baleares y moros, de modo que éstos
no pudieran escapar, ya que los cartaginese estaban de pie detrás
de ellos, y a fin de que, estando colocados en el frente, pudieran al
menos acosar al enemigo, tal vez haciéndole algún daño.
En la segunda línea colocó a sus propios coterráneos
y a los macedonios, para estar frescos para encontrarse con los agotados
romanos; y en la retaguardia a los italianos, de cuya lealtad él
desconfiaba y cuya indiferencia temía, en vista de que él
había arrastrado a la mayor parte de ellos desde Italia contra
su voluntad.
Contra esta formación, Escipión dispuso a la flor de sus
legiones en tres líneas frontales sucesivas, ordenadas según
hastati , triarii , y principes (1), haciendo que las cohortes no se tocaran,
pero dejando un espacio entre las compañías separadas a
través de las cuales los elefantes conducidos por el enemigo podrían
fácilmente pasar sin lanzar las filas a la confusión. Estos
intervalos los llenó de infantes ligeramente armados y entrenados
en escaramuzas, de modo que la línea no mostrara huecos, dándoles
instrucciones de retirarse a la retaguardia o a los flancos al primer
ataque de los elefantes. A la caballería la distribuyó en
los flancos, colocando a Lelio a cargo de los jinetes romanos sobre la
derecha, y a Masinisa a cargo de los númidas por la izquierda.
Este perspicaz esquema de orden de batalla fue indudablemente la causa
de su victoria (2).
Nota
1:
Hastati : Recibían este nombre las tropas
de la segunda línea de la legión. Equipados con
armadura ligera y el fácilmente reconocible escudo romano
(scutum) de la época. A una orden, golpeaban los escudos
con las jabalinas, comenzaban a desplazarse al frente, hasta encontrarse
a unas 75 yardas del enemigo. En ese momento comenzaban un trote
rápido, lanzaban sus pila (jabalinas, singular pilum) y
desenfundaban las espadas mientras seguían avanzando para
el combate cuerpo a cuerpo.
Triarii : En la organización de la legión
romana, eran los veteranos, mucho menores en número al
resto de la infantería de línea. En la formación
clásica de la legión republicana, se mantenían
en última línea, como reserva para casos de crisis.
Su arma característica era la lanza, aunque también
portaban un gladius. Sus protecciones corporales eran de gran
calidad, añadiendo a la cota de malla unas grebas.
Principes : En la organización del ejército
romano, concretamente de la legión, los principes eran
soldados de cierta veteranía, idénticos en el equipamiento
a los asteros, excepto en lo que respecta a su protección,
ya que llevaban cota de malla. Se supone que tras el desgaste
del adversario a manos de los asteros, los principes debían
llevar el peso principal del combate. Los principes eran veteranos
que rondaban los 30 años de edad, y que procedían
de estratos sociales superiores a los de los asteros (dado que
antes de las reformas de Mario todo legionario se alistaba pagando
su propio equipo). En la disposición de damero de la legión
republicana, se situaban detrás de los hastati y entraban
en combate inmediatamente después de ellos.
Nota
2:
Año 202 a.de C. Batalla de Zama. Livio, 30:32-33-34-35
: «32.Todo esto lo decía
Escipión con la cabeza erguida y alegría en los
ojos, tanto, que parecía ya vencedor. En seguida formó
sus tropas en batalla: al frente los hastatos, detrás de
ellos los príncipes y en última fila los triarios.
33. No formó su línea con cohortes
cerradas y dispuestas cada una delante de sus enseñas,
sino que dejó entre los manípulos ligeros espacios,
de manera que los elefantes del enemigo pudiesen entrar en las
filas sin desordenarlas. Lelio, que había sido legado suyo,
y que este año le estaba unido como cuestor extraordinario
en virtud de un senatus-consulto, formó el ala izquierda
con la caballería italiana; Masinisa y sus númidas
la derecha. Para llenar los huecos que dejaba entre los manípulos
de los antesiñanos, empleó los vélites, que
formaban entonces las tropas ligeras; éstas tenían
orden, en cuanto se lanzasen Ios elefantes, de retirarse detrás
de las líneas. regulares, o de desparramarse a derecha
e izquierda y alinearse contra los antesiñanos, con objeto
de abrir a los animales un paso, en el que caerían bajo
los golpes de mil venablos cruzados. Aníbal colocó
como medio de terror sus elefantes en primera fila: disponía
de ochenta, número que no había reunido jamás
en ninguna batalla; después sus auxiliares ligurios y galos,
mezclados con los baleares y los moros; en segunda línea
los cartagineses, Ios africanos y la legión macedónica;
detrás, con corto intervalo, su reserva formada de italianos,
cuya mayor parte eran brucios que, antes por temor y por fuerza
que de buen grado, le habían seguido al salir de Italia.
Su caballería guarnecía también sus alas;
los cartagineses a la derecha y los númidas a la izquierda.
Aníbal empleó toda clase de exhortaciones para animar
aquella confusa mezcla de hombres que nada tenían común,
ni la lengua, ni las costumbres, ni las leyes, ni las armas, ni
los trajes, ni el aspecto, ni los intereses. A los auxiliares
les habló de alta paga por el momento y ricos despojos
en el repartimiento del botín. Hablando a los galos, avivó
en su ánimo el fuego de aquel odio nacional y natural que
alimentaban contra Roma. A los ojos de los ligurios hizo brillar
la esperanza de cambiar sus abruptas montañas por las fértiles
llanuras de Italia. Asustó a los moros y númidas
con el cuadro del cruel despotismo con que los abrumaría
Masinisa; y dirigiéndose a los demás les señalaba
otros temores y otras esperanzas. A los cartagineses habló
de las murallas de la patria, de los dioses penates, de los sepulcros
de sus padres, de sus hijos, de sus parientes, de sus esposas
desoladas; les mostró de un lado la ruina y la desolación;
del otro, el imperio del mundo, alternativa terrible que no dejaba
término medio entre el temor y la esperanza. Mientras el
general hablaba así a sus cartagineses, y los jefes de
los diferentes pueblos de su ejército arengaban a sus compatriotas,
y por medio de intérpretes a los extranjeros mezclados
a sus bandas, los romanos tocaron de pronto trompetas y bocinas,
y lanzaron un grito tan formidable, que los elefantes se arrojaron
sobre su propio ejército, especialmente a la izquierda,
sobre los moros y númidas. Masinisa, que vió su
espanto, aumento sin trabajo su confusión y les privó
en aquel punto del socorro de su caballería. Sin embargo,
algunos elefantes, más intrépidos que los otros,
cayeron sobre los romanos, produciendo considerable estrago entre
los vélites, aunque les acribillaron de heridas, porque
replegándose los vélites sobre los manípulos,
abrieron paso a los elefantes para que no les aplastasen, y cuando
los vieron en medio de las filas presentando los costados, les
abrumaron con lluvia de venablos, al mismo tiempo que los antesiñanos
les arrojaban sus lanzas.
Rechazados al fin de las líneas romanas por los dardos
que por todas partes caían sobre ellos, aquellos elefantes
se arrojaron como los otros sobre la caballería cartaginesa
en el ala derecha y la pusieron en derrota. En cuanto vió
Lelio al enemigo en desorden, aprovechó su temor y aumentó
su confusión.
34. El ejército cartaginés había
perdido su caballería en las dos alas, cuando se pusieron
en movimiento las dos infanterías; pero ya no eran iguales
sus fuerzas y sus esperanzas, Añádase a esto una
circunstancia, pequeña en sí misma, pero que influyó
mucho en la batalla: el grito de los romanos era más uniforme,
y por lo tanto, más nutrido y terrible, mientras que de
la otra parte brotaban voces discordantes, siendo mezcla confusa
de distintos idiomas. El ejército romano se mantenía
firme y compacto por su propia masa, tanto como por el peso de
sus armas, abrumando al enemigo. Los cartagineses no hacían
más que moverse, y desplegaban más agilidad que
fuerza. Así, pues, desde el primer choque los romanos quebrantaron
al enemigo, rechazándole entonces con los brazos y los
escudos, y avanzando a medida que retrocedía, ganaron terreno
cas sin experimentar resistencia. Las últimas filas empujaron
a las primeras en cuanto observaron el movimiento, y esta maniobra
les dió inmensa fuerza impulsiva. Por parte del enemigo,
la segunda línea, compuesta de africanos y cartagineses,
en vez de sostener los auxiliares que cedían, temiendo
que los romanos, después de haber destrozado las primeras
filas, que resistían con encarnizamiento, llegasen hasta
ellos, cedió el terreno. Entonces los auxiliares volvieron
bruscamente la espalda y se lanzaron hacia los suyos: unos pudieron
refugiarse en las filas de la segunda línea; otros, viéndose
rechazados, degollaron, para vengarse, a los que antes habían
rehusado defenderles y ahora no querían recibirles. Era,
pues, doble el combate, por decirlo así, que tenían
que sostener los cartagineses, peleando a la vez con sus enemigos
y sus auxiliares. Sin embargo, en el estado de exasperación
y terror en que veían a estos últimos, no les abrieron
las filas; estrecháronse unos contra otros y los rechazaron
a las alas y a la llanura de alrededor, fuera del combate, con
objeto de evitar que aquellos extranjeros, en desorden y cubiertos
de heridas, introdujesen la perturbación en un cuerpo de
soldados cartagineses que, estaba intacto aún. Por lo demás,
tal era la aglomeración de cadáveres y de armas
que quedaba en el terreno que antes ocuparon los auxiliares, que
costaba más trabajo quizás a los romanos abrirse
paso, que les hubiese costado penetrar en las apretadas filas
enemigas. Por esta razón, los hastatos, que estaban en
primera fila, persiguiendo a los fugitivos, cada cual según
podía, a través de aquellos montones de cadáveres
y de armas y de aquellos charcos de sangre, confundieron sus enseñas
y sus filas. Igual fluctuación se observó en seguida
en las líneas de los príncipes, que veían
la primera en desorden. En cuanto lo vió Escipión,
mandó en seguida a los hastatos retirarse, envió
los heridos a la retaguardia e hizo avanzar sobre las alas a los
príncipes y triarios, para dar más firmeza y solidez
al cuerpo de los hastatos, que de esa manera formaba el centro.
Trabóse nuevo combate; los romanos se encontraban enfrente
de sus verdaderos enemigos; iguales armas por una y otra parte,
igual experiencia, la misma gloria militar, iguales esperanzas
ambiciosas, iguales peligros. Pero los romanos tenían la
ventaja del número y el valor; habían puesto ya
en derrota la caballería y Ios elefantes; vencedores de
la primera línea, iban a combatir la segunda.
35. Lelio y Masinisa, que habían perseguido
hasta muy lejos a la caballería fugitiva, regresaron a
tiempo para atacar por retaguardia la línea enemiga; este
ataque de la caballería puso al fin en derrota a los cartagineses.
Unos fueron envueltos y exterminados antes de abandonar las filas;
otros, que huían dispersos por la llanura que tenían
delante, encontraron a la caballería romana que recorría
el terreno, y los destrozó. Los cartagineses y sus aliados
dejaron sobre el campo más de veinte mil muertos, perdieron
casi otros tantos prisioneros, ciento treinta enseñas y
once elefantes. Los vencedores perdieron unos dos mil hombres.
Aníbal escapó en medio del desorden con corto número
de jinetes, y se refugió en Adrumeto.
Durante el combate, como antes de empezar, y hasta el momento
en que abandonó el campo de batalla, desplegó todos
los recursos de la ciencia militar; y por confesión del
mismo Escipión y por todos los expertos en cosas de guerra,
se le debe el elogio de que dispuso sus huestes aquel día
con extraordinaria habilidad. Los elefantes formaban la primera
fila, para que su repentino choque, su ataque irresistible, impidiese
a los romanos seguir sus enseñas y conservar sus filas,
táctica de la que lo esperaba todo. En seguida estaban
los auxiliares delante de la línea de los cartagineses,
de suerte que aquel conjunto de gentes extrañas, sujetos
únicamente por el interés, no podía emprender
la fuga, Aníbal había calculado también que,
al recibir el primer choque de los romanos, aminorarían
su ardor y servirían al menos para que se embotase en sus
cuerpos el hierro enemigo. Colocó en la reserva el cuerpo
en que descansaba toda su confianza, los cartagineses y los africanos,
contando con que, en igualdad de circunstancias, entrando en combate
descansados, con hombres fatigados y heridos, debían tener
necesariamente la ventaja. En cuanto a los italianos, ignorando
si había de considerarlos como aliados o enemigos, les
habia alejado del recio de la batalla y relegado a la retaguardia.
Después de dar esta última prueba de su ingenio,
Anibal, que se había refugiado en Adrumeto, volvió
a Cartago, de donde le llamaron; hacía treinta y seis años
que salió de allí niño. Delante del Senado
declaró que se confesaba vencido, no solamente en aquella
batalla, sino también en la guerra, y que no había
otra esperanza de salvación que consiguiendo la paz».
|
17)
En la batalla contra Lucio Sila, Arquelao colocó sus carros
falcados en el frente, con el objeto de lanzar al enemigo en la confusión;
en la segunda línea ubicó a la falange macedónica,
y en la tercera línea, auxiliares armados según el uso romano,
con una cantidad de esclavos italianos fugitivos, en cuya obstinación
él tenía la mayor confianza. En la última línea
colocó las tropas con armamento ligero, mientras en los dos flancos,
con el propósito de envolver al enemigo, colocó la caballería,
de la que tenía gran número.
Para resolver estas disposiciones, Sila construyó trincheras de
gran anchura en cada flanco, y en sus extremos construyó fuertes
reductos. Por esta disposición evitó el peligro de ser envuelto
por el enemigo, que lo superaba en número en infantería
y especialmente en caballería. A continuación dispuso una
línea triple de infantería, dejando intervalos a través
de los cuales podía enviar, acorde a la necesidad, a las tropas
ligeras y a la caballería, que él puso en la retaguardia.
Ordenó entonces a los postsignani (1), que estaban en la segunda
línea, que clavaran firmemente en la tierra grandes estacas ubicadas
cerca unas de otras, y como los carros pasaban cerca, retiró la
línea de antesignani (2) dentro de estas estacas. Entonces ordenó
finalmente a los escaramuzadores y a las tropas ligeras que elevaran un
grito de batalla generalizado y descargaran sus lanzas. Por estas tácticas,
o los carros del enemigo eran cogidos entre las estacas, o sus conductores
entraban en pánico ante el estruendo y eran forzados por las jabalinas
a correr detrás de sus propios hombres, lanzando la formación
de los macedonios en la confusión. A medida que éstos cedían
el paso, Sila presionó adelante, y Arquelao lo enfrentó
con la caballería, con lo cual los jinetes romanos repentinamente
se lanzaron adelante, hicieron retroceder al enemigo, y alcanzaron la
victoria (3).
Nota
1:
Postsignani
: Soldados que formaban, en un orden de batalla, la segunda
y tercera líneas, detrás de la primera línea
donde estaban los estandartes.
Nota
2:
Antesignani : Cuerpo donde se ubicaban a los
más valientes y mejores soldados de la legión, colocados
inmediatamente delante de los estandartes, para impedir que fueran
tomados por el enemigo.
Nota
3:
Año 86 a.de C.
|
18)
De la misma manera Cayo César enfrentó a los carros falcados
de los galos con estacas clavadas en la tierra, y los mantuvo a raya.
19)
En Arbela, Alejandro, temiendo la cantidad de enemigos, pero confiado
en el valor de sus tropas, elaboró una línea batalla que
enfrentaba todas las direcciones, para que sus hombres, si eran rodeados,
pudieran luchar desde todos lados.
| Nota:
Año 331 a.de C. Quinto Curcio Rufo, 4:13 § 30-32 :
«Raras veces solía ponerse la coraza y siempre más
a ruego y por consejo de sus amigos que por temor al combate. Entonces
se la revistió para defensa de su cuerpo y fué hacia
sus soldados. Nunca habían visto al rey tan alegre y en la
impavidez que resplandecía de su rostro auguraban una firme
esperanza de victoria.
Habiendo hecho derribar la estacada, hizo salir a la tropa y dispuso
las huestes en orden de batalla. En el ala derecha colocó
a la caballería llamada agema que mandaba Clito; a ella agregó
los escuadrones de Filotas y para la defensa de su flanco a los
otros generales de caballería. El último cuerpo era
el de Meleagro a quien seguía la falange. Detrás de
la falange seguían los argiraspidos que iban a las órdenes
de Nicanor, hijo de Parmenión. En la reserva estaba Cenos
con su tropa y detrás Orestes y Lincestes, a los que seguía
Poliperconto e inmediatamtente los soldados extranjeros. De este
ejército faltaba el jefe supremo Amintas: les mandaba Filipo,
hijo de Balacre, que había sido aceptado como aliado. Tal
era la disposición del ala derecha. En el ala izquierda,
Cráter mandaba la caballería peloponesa con la cual
iban los escuadrones de los aqueos, de los locresos y de los maliesos;
cerraban la marcha los caballeros de la Tesalia a las órdenes
de Filipo. La infantería estaba cubierta por la caballería.
Este era el frente del ala izquierda. Para evitar que fuese rodeada
por la multitud de enemigos, Alejandro había cubierto la
retaguardia con un fuerte contingente de tropas. Afirmó las
alas con refuerzos puestos, no en el frente, sino en el flanco,
para que si el enemigo trataba de rodear las huestes, estuviesen
dispuestos a rechazarlo.
Entre éstos se encontraban los agrianos, bajo el mando de
Atalo y con ellos los arqueros cretenses. Las últimas filas
estaban vueltas de espalda al frente de combate con el fin de disponer
toda la hueste en forma circular. También estaban entre éstos
los ilirios con las tropas mercenarias y los tracios con sus ligeras
armaduras. Alejandro dió al ejército facilidad de
movimiento, para que los soldados de las últimas filas pudiesen
girar en redondo y presentar cara, para no ser envueltos.
Así, pues, el frente no estaba más protegido que los
flancos ni los flancos más que la retaguardia.
Dispuestas así las tropas, ordenó que si los bárbaros,
con gran griterío lanzaban al galope los carros armados de
hoces, abriesen sus filas y recibiesen en silencio su impetuosa
carrera, no dudando de que pasarían sin hacer daño
si nadie les hacía frente. Si por el contrario, se precipitaban
sin griterio, a ellos correspondería entonces aterrorizarlos
con sus gritos y enviar una lluvia de flechas sobre los caballos
asustados. Los que mandaban las alas recibieron orden de extenderlas
para evitar la envoltura si estaban demasiado apiñadas; pero
sin desguarnecer el centro. Las impedimentas y los prisioneros,
entre los que se encontraban la madre y los hijos de Darío,
los dejó en la cima de un promontorio, cerca del campo de
batalla, confiados a una reducida guardia. Como de costumbre, el
ala izquierda estaba bajo las órdenes de Parmenión;
él estaba en la derecha» .
|
20)
Cuando Perseo, rey de los macedonios, formó una doble falange de
sus tropas y la colocó en el centro de sus fuerzas, con tropas
ligeras a cada lado y la caballería en ambos flancos, Paulo, en
la batalla contra él, hizo una triple formación en forma
de cuña, enviando escaramuzadores cada tanto entre las cuñas.
Viendo que no lograba nada por esta táctica, se determinó
a retirarse, de modo que por esta estratagema pudiera atraer al enemigo
tras él a terreno ápero, que él ya había seleccionado
con este propósito. Cuando entonces el enemigo, sospechando su
estratagema de retirarse, le siguió ordenadamente, ordenó
a la caballería en el ala izquierda que galopara a toda velocidad
más allá del frente de la falange, cubriéndose con
sus escudos, para que las puntas de las lanzas del enemigo se rompieran
por el choque de su encuentro con los escudos. Cuando privaron a los macedonios
de sus lanzas, éstos se dispersaron y huyeron.
| Nota:
Año 168 a.de C. Batalla de Pidna. Livio 44:41 : «Todo
contribuía a inflamar el ardor del soldado, la majestad del
mando, la gloria del general, su edad especialmente, quo no le impedía,
pasando de los sesenta años, ser el primero en compartir
con la juventud las fatigas y los peligros. La legión llenó
el intervalo que mediaba entre la falange y el cuerpo de los escudos
pequeños y rompió la línea enemiga, tomando
por la espalda a los soldados armados con la cetra y de frente a
las falanges llamadas Agláspidas. L. Albino, varón
consular, recibió orden de llevar la segunda legión
contra la falange Leucáspida, que formaba el centro, y se
mandó avanzar al ala derecha, que había trabado la
acción en la orilla del río, los elefantes y la caballería
de los aliados. Por este lado comenzó la derrota de los macedonios;
pero los elefantes solamente sirvieron para asustar, como la mayor
parte de las invenciones humanas que seducen por las palabras, pero
cuya inutilidad se revela cuando se trata de obrar y no de perorar
acerca de los medios de llegar a la práctica. Los aliados
del nombre latino apoyaron el ataque de los elefantes y penetraron
en el ala izquierda. En el centro, la maniobra de la segunda legión
rompió la falange, y nada contribuyó tanto a decidir
la victoria como los combates parciales y múltiples, que
comenzaron por desordenar la quebrantada falange y concluyeron por
ponerla en derrota. En efecto; este cuerpo tiene irresistible fuerza
mientras presenta un frente compacto y erizado de amenazadoras picas;
pero si muchos ataques sobre diferentes puntos obligan a alguna
conversión de soldados armados con picas cuya longitud y
peso hace difíciles de manejar, ocurren entorpecimiento y
confusión en sus movimientos, y a la menor alarma en los
costados o en la retaguardia se desordenan las filas, sobreviniendo
inevitable derrota. Así ocurrió en aquella ocasión,
en que la necesidad de avanzar contra el enemigo que atacaba por
columnas obligó a los falangistas a abrirse por muchos puntos
y dejar a los romanos que penetrasen por todos los intervalos. Si,
por el contrario, los romanos hubiesen atacado a la falange de frente,
en toda la línea, como hicieron los pelignos, que, al comenzar
el combate, atacaron sin precaución a los cetratos, se habrían
clavado en las picas sin poder resistir a la compacta masa de la
falange».
|
21)
Pirro, al luchar en defensa de los tarentinos cerca de Asculum, siguiendo
los versos homéricos (1), según los cuales las tropas más
pobres se colocan en el centro, colocó a los samnitas y epirotas
en el flanco derecho, brucios, lucanios, y salentinos en el izquierdo,
con los tarentinos en el centro, ordenando que la caballería y
los elefantes se mantuvieran como reservas. Los cónsules, por otra
parte, distribuyeron muy juiciosamente a su caballería en las alas,
apostando soldados legionarios en la primera línea y en reserva,
con las tropas auxiliares dispersadas entre ellos. Estamos informados
que había cuarenta mil hombres por cada lado. La mitad del ejército
de Pirro se perdió; en el lado romano solamente cinco mil (2).
Nota
1:
Año
279 a.de C. Ammiano Marcelino, 24:6 § 9 : «El
emperador, por su lado, adoptó la orden homérica
de intercalar lo que tenía por menos seguro en su infantería,
entre el primer cuerpo de batalla y la reserva. Esta tropa en
efecto, si la hubiera puesto en frente, bastaba, soltándole
el pie, para que además, arrastrara a la derrota; y, colocada
en la cola, no hubiera tenido nada detrás de ella para
contenerla. En cuanto a él, sólo volteó de
la delantera hacia atrás con un cuerpo de auxiliares, ligeramente
armados».
Nota
2:
Homero, Ilíada 4:299 : «Ponía
delante con los respectivos carros y corceles, a los que desde
aquéllos combatían; detrás, a gran copia
de valientes peones, que en la batalla formaban como un muro,
y en medio, a los cobardes para que mal de su grado tuviesen que
combatir. Y dando instrucciones a los primeros, les encargaba
que sujetaran los caballos y no promoviesen confusión entre
la muchedumbre».
|
22)
En la batalla contra César en la Antigua Farsalia
(1), Cneo Pompeyo preparó tres líneas de batalla, cada una
de diez hombres de profundidad, colocando en las alas y en el centro las
legiones sobre cuyo valor él podía confiar sin peligro,
y llenando los espacios entre éstas, con reclutas. En el flanco
derecho colocó seiscientos jinetes, a lo largo del río Enipeo
que, con su canal y depósitos, habían hecho el lugar infranqueable;
el resto de la caballería lo colocó a la izquierda, junto
con las tropas auxiliares, que de este modo podrían envolver a
las tropas de César.
Contra estas disposiciones, Cayo César también preparó
una triple línea, colocando sus legiones en el frente y descansando
su flanco izquierdo en pantanos, a fin de evitar la posibilidad de ser
rodeado. A la derecha colocó su caballería, entre quienes
distribuyó sus más rápidos soldados de infantería,
hombres entrenados en la lucha a caballo (2). También mantuvo seis
cohortes de la reserva para emergencias, colocándolas oblicuamente
a la derecha, lugar desde donde esperaba un ataque de la caballería
enemiga. Ninguna circunstancia contribuyó más que ésta
a la victoria de César durante aquel día; ya que tan pronto
como la caballería de Pompeyo salió, estas cohortes le derrotaron
por un ataque inesperado, y lo entregaron al resto de las tropas para
la matanza (3).
Nota
1: Antigua Farsalia : Ciudad de Tesalia, cerca de Farsalia
Nota
2: Infantes entrenados en la lucha a caballo.
Nota 3: Año 48 a.de C. Julio César, Las
Guerras Civiles, 3:89-93-94 : «LXXXIX César,
siguiendo su antiguo plan, colocó en el costado derecho
a la legión décima y en el izquierdo a la nona,
bien que muy disminuida por las rotas de Durazo, y de propósito
unió a ella la octava, casi haciendo de las dos una, para
que recíprocamente se sostuviesen; las cohortes que tenía
en el campo de batalla eran ochenta, y treinta y dos mil soldados.
En los reales dejó dos cohortes de guardia. Antonio mandaba
la izquierda, Publio Sila la derecha, Cneo Domicio el centro;
él se puso frente por frente de Pompeyo. Mas echando entonces
de ver el flanco indicado, temiendo no fuese atropellada el ala
derecha de la multitud de caballos, entresacó prontamente
de cada legión de la tercera línea una cohorte,
y con ellas formó el cuarto escuadrón, oponiéndolo
a la caballería enemiga, declarándole el fin que
en esto llevaba y que en su valor estaba librada la victoria de
aquel día. Mandó al mismo tiempo al tercer escuadrón
y a todo el ejército que ninguno acometiese sin su orden;
que a su tiempo él daría la señal tremolando
un estandarte.
XCIII. Los nuestros, dada la señal, avanzando
con las lanzas en ristre y advirtiendo que no se movían
los pompeyanos, como prácticos y enseñados de otras
batallas, por sí mismos pararon en medio de la carrera,
porque al fin no les faltasen las fuerzas, y tomando aliento por
un breve rato, echaron otra vez a correr, arrojaron sus lanzas,
y luego conforme a la orden de César pusieron mano a las
espadas. No dejaron de corresponderles los pompeyanos, sino que
recibieron intrépidamente la carga, sostuvieron el ímpetu
de las legiones sin deshacer las filas, y disparados sus dardos,
vinieron a las dagas.
A este tiempo, del ala izquierda de Pompeyo, como estaba prevenida,
desfiló a carrera abierta toda la caballería y se
derramó toda la cuadrilla de ballesteros, a cuya furia
no pudo resistir nuestra caballería, sino que comenzó
a perder tierra y los caballos pompeyanos a picarla más
bravamente, abriéndose en columnas y cogiendo en medio
a los nuestros por el flanco. Lo cual visto, César hizo
seña al cuarto escuadrón, formado de intento para
este caso de seis cohortes. Ellos avanzaron al punto, y a banderas
desplegadas cargaron con ímpetu tan violento a los caballos
pompeyanos, que ni uno hizo frente, antes todos espantados, no
sólo abandonaron el campo, sino que huyeron a todo correr
a los montes más altos. Con su fuga toda la gente de honda
y arco, quedando descubierta e inutilizadas sus armas, fue pasada
a cuchillo. Las cohortes sin parar, dando un giro, embistieron
por la espalda al ala izquierda de los pompeyanos, que todavía
peleaban y se defendía con buen orden, y los acorralaron.
XCIV. Al punto César mandó avanzar
el tercer escuadrón, que hasta entonces había estado
en inacción y sin moverse del sitio. Con que viniendo éstos
de refresco por el frente, y cargándoles los otros por
la espalda, ya no pudieron resistir los pompeyanos, y así
todos echaron a huir. No en vano César había predicho
en su exhortación a los soldados que las dichas cohortes,
que formaban el cuarto escuadrón contrapuesto a la caballería
de Pompeyo, habían de comenzar la victoria. Ellas fueron
las que la desbarataron; ellas hicieron aquella carnicería
de los flecheros y honderos; ellas por la banda siniestra rodearon
el ejército de Pompeyo y lo pusieron en huida.
Mas Pompeyo, vista la derrota de la caballería, y de aquel
cuerpo en quien más confiaba, desesperado de la victoria,
se retiró del campo huyendo a uña de caballo a los
reales, y a los centuriones que estaban de guardia en la puerta
principal, en voz clara, que los soldados la oyeron: «Defended,
dice, los reales, y defendedlos bien, si sucediere algún
trance; yo voy a dar orden de asegurar las otras puertas, y otras
providencias para la defensa de los reales. » Dicho esto,
se metió dentro de su pabellón con temor de perderlo
todo, pero aguardando no obstante el paradero».
|
23)
El Emperador César Augusto Germánico (Domiciano), cuando
los Catos, huyendo a los bosques, una y otra vez interferían con
el curso de un enfrentamiento de caballería, mandó a sus
hombres, tan pronto como alcanzaran el equipaje del enemigo, desmontar
y luchar a pie. Por este medio se aseguró que su éxito no
sería bloqueado por ninguna dificultad del terreno.
| Nota:
Año 83. Suetonio, Domiciano, 6 : «En cuanto
a sus expediciones militares, unas las emprendió espontáneamente,
como la que decidió contra los catos; otras por necesidad,
como la de los sármatas, que habían degollado a toda
una legión con su jefe».
|
24)
Cuando Cayo Duilio vió que sus pesados barcos eran eludidos por
la movediza flota de los cartagineses y que el valor de sus soldados era
así desperdiciado, ideó una especie de garfio. Cuando éste
agarró un barco enemigo, los romanos, poniendo pasarelas sobre
los baluartes, treparon a bordo y mataron al enemigo en combate mano a
mano en sus propios buques.
| Nota:
Año 260 a.de C. Floro, 2:1 §§ 8-9 : «Roma
se atrevió a pelear por mar, bajo el consulado de Duilio
y Cornelio. Presagio favorable fué la rapidez con que se
aparejó la escuadra. A los sesenta días de haberse
cortado la madera, se encontraba anclada una armada de ciento sesenta
velas; no pareciendo sino que los árboles se convirtieron
en naves, más que por arte, por la eficacia de íos
Dioses.
Admirable fué la manera (7) de librarse la batalla. Nuestros
tardos y pesados navíos apresaron los veloces y ligeros del
enemigo. De nada sirvió al Cartaginés su pericia náutica
para romper los remos y eludir con la fuga el choque de nuestros
espolones, pues aprisionadas sus naves con los puentes movibles
de las romanas y otras máquinas, de que el enemigo hizo chacota
antes de comenzar la pelea, se vieron obligados á luchar
como si estuvieran á pie firme.
Vencedores los Romanos junto á las islas Líparas,
después de echar a pique una parte de la armada enemiga y
de haber dispersado la otra, celebraron el primer triunfo marítimo.
Qué extraordinario sería el gozo producido por la
victoria, cuando Duilio, jefe de la escuadra, no satisfecho con
haber recibido una vez los honores del triunfo, mandó que
durante su vida y al regresar de la cena le precedieran alumbrándole
con antorchas y tocando flautas, como si diariamente hubiera triunfado.
Ante ventaja de tal consideración, se tuvo como de poca monta
la desgracia del cónsul Cornelio Asina, que llamado bajo
pretexto de celebrar un parlamento, fué muerto por los enemigos.
¡Triste ejemplo de la perfidia cartaginesa!»
|
IV.
SOBRE CÓMO INSPIRAR PÁNICO EN LAS FILAS ENEMIGAS |
1)
Cuando Papirio Cursor hijo (1), fracasó durante su consulado en
ganar alguna ventaja en su lucha contra la terca resistencia samnita,
no dio intimación alguna sobre su objetivo a sus hombres, pero
mandó que Espurio Naucio arreglara para tener unos jinetes auxiliares
y mozos de cuadra montados en mulas y arrastrando ramas sobre la tierra,
carrera abajo con gran escándalo de una colina, corriera en ángulo
con el campo. Tan pronto como pudieron ser vistos, proclamó que
su colega (2) estaba cerca, coronado por la victoria, e impulsó
a sus hombres a asegurar para ellos la gloria de la batalla presente antes
que él llegara. Ante esto los romanos avanzaron presurosos, iluminados
por la confianza, mientras el enemigo, desalentado a la vista del polvo,
dio la vuelta y escapó (3).
Nota
1: El hijo del dictador Papirio Cursor.
Nota 2: El colega de Papirio Cursor en el consulado
era Espurio Carvilio.
Nota 3: Año 293 a.de C. Livio
10:40-41 : 40. Cuando hubo revelado
estos detalles, que había adquirido por los desertores,
delante de los soldados que por sí mismos estaban ya muy
irritados contra el enemigo, confiando completamente en los dioses
y en sus propias fuerzas, piden con grito unánime el combate;
deploran que lo hayan demorado hasta el día siguiente y
no pueden soportar el retraso de un día y una noche. A
la tercera vigilia de la noche, habiendo recibido ya la respuesta
de su colega, levántase silenciosamente Papirio y manda
al pulario tomar los auspicios.
Ninguno había en el campamento, cualquiera que fuese su
clase, que no participase de igual ardor por el combate: los jefes
superiores y los últimos soldados experimentaban igual
impaciencia. El general confiaba en sus soldados, y éstos
en su general. Esta excitación de todos los ánimos
se había comunicado hasta a los ministros de los auspicios.
Así fué que, a pesar de que las gallinas se negaron
a comer, el pulario se atrevió a mentir, anunciando al
cónsul que los auspicios eran favorables (tripudium solistimum).
Regocijado el cónsul con tan feliz noticia, dice a los
soldados que les favorecen los dioses, y dió la señal
de combate. Ya salía para marchar al enemigo, cuando le
anuncia un desertor que veinte cohortes de samnitas (constaban
de cerca de cuatrocientos hombres) habían partido para
Cominio. Temiendo que fuese sorprendido su colega, le envía
en el acto un mensajero, y en seguida manda a los suyos acelerar
el paso. A los cuerpos de reserva les había designado sus
puestos y sus jefes. Encargó el ala derecha a L. Volumnio,
la izquierda a L. Escipión y dió el mando de la
caballería a otros dos legados, Cayo Codicio y Cayo Trebonio.
Mandó a Sp. Naucio que hiciese quitar los bastes a los
mulos y que marchase apresuradamente con las cohortes auxiliares
a rodear una eminencia, y que una vez trabado el combate, se mostrase
en aquella altura levantando cuanta polvareda pudiese.
Mientras se ocupaba el general en estas disposiciones, promovióse
entre los pularios, acerca de los auspicios del día, un
altercado que escucharon los jinetes romanos. Comprendiendo éstos
que no era cosa de despreciar, previnieron a Sp. Papirio, hijo
del hermano del cónsul, que había dudas acerca de
los auspicios. Este joven, nacida antes de la doctrina que enseña
a despreciar a los dioses, comprueba el hecho para no decir nada
sin pruebas y da cuenta al cónsul, quien le contestó:
"Conserva siempre la misma exactitud y el mismo celo; pero
el que toma el auspicia, si declara en falso, se atrae la maldición.
En cuanto a mí, no han anunciado el tripudium, que es excelente
presagio para el pueblo romano y para el ejército."
En seguida mandó a los centuriones que colocasen a los
pularios en primera fila. Los samnitas por su parte hacen avanzar
sus enseñas, seguidas de un ejército que por sus
ricos trajes y sus armas era, hasta para sus enemigos, magnífico
espectáculo. Antes de lanzar el grito de ataque y de que
viniesen a las manos, el pulario, herido de un dardo lanzado al
acaso, cayó delante de las enseñas. Cuando se lo
dijeron al cónsul, contaestó :«Los dioses
asisten al combate, el culpable ha recibido su castigo».
Cuando pronunciaba estas palabras, un cuervo, pasando delante
de él, lanzó penetrante grito: contento por este
augurio, y asegurando que nunca habían mostrado tan visiblemente
los dioses su intervención en las cosas humanas, manda
tocar las trompetas y lanzar el grito de ataque.
41. Terrible fué el combate que se trabó,
aunque con muy diferentes disposiciones de ánimo por una
y otra parte. La cólera, la esperanza y el ardor guerrero
arrastraban a los romanos ávidos de la sangre de sus enemigos;
a la mayor parte de los samnitas, la necesidad y el imperio de
la religión les obliga menos a avanzar sobre el enemigo
que a rechazarle; y no habrían podido resistir el primer
grito ni el primer choque de los romanos, acostumbrados como estaban
desde muchos años a ser vencidos, si no les hubiese impedido
huir otro temor más fuerte del que estaban penetrados sus
corazones. Ante los ojos tenían todo el aparato de sus
espantosos misteríos, sus sacerdotes armados, la tierra
cubierta de hombres y animales degollados, la sangre humana corriendo
sobre los altares con la de las víctimas; aquellas imprecaciones,
aquellas fórmulas terribles que les sacrificaban a las
furias, a ellos, a sus familias y a su raza. Sujetos por estos
lazos, no se atrevían a huir, temiendo más a sus
conciudadanos que a sus enemigos. Los romanos les estrechaban
en las alas y el centro, y les destrozaban aprovechando el estupor
en que les tenía el miedo a los dioses y a los hombres.
Los samnitas oponían débil resistencia, como hombres
cuya fuga solamente retrasa el miedo. La matanza había
llegado ya hasta las enseñas, cuando se descubre una nube
de polvo que parecía producido por la marcha de numeroso
ejército. Era Sp. Naucio, o según otros Octavio
Mecio, que llegaba al frente de las cohortes de las alas, y la
nube de polvo que levantaba engañaba acerca del número
de sus fuerzas, porque los siervos del ejército, montados
en los mulos, arrastraban por el suelo ramas con sus hojas. Distinguense
primeramente armas y enseñas en medio de la polvareda que
apenas puede penetrar la luz; pero a retaguardia, el polvo, más
espeso cada vez, hacía creer que cerraba la marcha un cuerpo
de caballería.
Engáñanse los samnitas y los mismos romanos, y el
cónsul confirma el error, gritando en las primeras filas
para que le pudiese oír el enemigo, "que Cominio había
caído; que llegaba su colega victorioso; que era necesario
vencer para no dejar a otro ejército la gloria de aquel
combate," Hablaba de esta manera montado en su caballo, y
en seguida manda a los tribunos y a los centuriones que abran
paso a la caballería. Había encargado a Trebonio
y a Cedicio que, cuando le viesen empinarse y agitar la lanza,
lanzasen la caballería contra el enemigo con la mayor impetuosidad.
Todo se ejecuta puntualmente: tan bien tomadas estaban las disposiciones.
Abrense las filas, la caballería se lanza en medio de los
grupos enemigos, y por todas partes donde ataca rompe las líneas.
Volumnio y Escipión la siguen y derriban al enemigo quebrantado.
Sobreponiéndose entonces al miedo de los dioses el de los
hombres, las cóhortes de la legión linteata se desbandan,
todos huyen a la vez, los juramentados y los que no lo están,
experimentando igual temor al enemigo. Lo que quedó de
la infantería fué empujado a su campamento de Aquilonia;
la nobleza y la caballería huyeron a Boviano. La caballería
romana persiguió a la samnita; la infantería a la
infantería, y las alas, tomando opuesto camino, se dirigen,
la derecha al campamento samnita, la izquierda a la ciudad. Volumnio
se apoderó en seguida del campamento: la ciudad opuso más
resistencia a Escipión, no porque los vencidos mostrasen
mayor energía, sino porque las murallas son mejores defensas
que las empalizadas. Desde lo alto de los parapetos rechazan a
pedradas a los que asaltan; y calculando Escipión que si
no se termina el lance en el primer momento de consternación
y antes de que el enemigo tuviese tiempo para reponerse, el ataque
de una ciudad fortificada seria largo, pregunta a sus soldados
"si habiéndose apoderado del campamento la otra ala,
consentirían, siendo victoriosos, que les rechazasen de
las puertas de la ciudad." Todos gritan; él da ejemplo,
levanta su escudo sobre la cabeza y marcha hacia la puerta: los
demás le siguen formando la tortuga y fuerzan la plaza.
Después de derribar a cuantos samnitas estaban cerca de
la puerta, ocupan las murallas; pero siendo poco numerosos, no
se atreven a penetrar en el interior de la ciudad».
|
2) Fabio Rulo Máximo, estando en Samnio en su
cuarto consulado, habiendo ensayado en vano todos los modos posibles de
atravesar la línea del enemigo, retiró finalmente a los
hastati (1) de las filas y los mandó alrededor con su teniente
Escipión, con instrucciones de tomar una colina desde la cual ellos
podían precipitarse abajo sobre la retaguardia del enemigo. Cuando
esto fue hecho, el coraje de los romanos se elevó, y los samnitas,
huyendo aterrorizados, fueron despedazados (2).
Nota
1: Hastati : Recibían este nombre
las tropas de la segunda línea de la legión. Equipados
con armadura ligera y el fácilmente reconocible escudo
romano (scutum) de la época. A una orden, golpeaban los
escudos con las jabalinas, comenzaban a desplazarse al frente,
hasta encontrarse a unas 75 yardas del enemigo. En ese momento
comenzaban un trote rápido, lanzaban sus pila (jabalinas,
singular pilum) y desenfundaban las espadas mientras seguían
avanzando para el combate cuerpo a cuerpo.
Nota 2: Año 297 a.de C. Livio,
10:14 : «Mientras los nuevos cónsules Q.
Fabio Máximo y P. Decio Mus, que lo eran el primero por
cuarta vez y el segundo por tercera, discutían cuál
de ellos se encargaría de los etruscos o de los samnitas,
qué número de tropas exigía cada guerra y
para cuál de ellas era más a propósito el
uno o el otro general, llegaron legados de Sutrio, Nepente y Falerias,
anunciando que se celebraban asambleas en Etruria para decidir
condiciones de paz; esta noticia hizo descargar sobre el Samnio
todo el peso de la guerra. Partieron los cónsules, y con
objeto de procurarse más fácilmente víveres
y mantener al enemigo en mayor incertidumbre acerca del pun-to
por donde comenzaría la guerra, llevaron las legiones al
Samnio, Fabio por el territorio de Sora y Decio por el de Sedicino.
Cuando llegaron a las fronteras enemigas, uno y otro cónsul
diseminaron sus tropas y avanzaron talando el país; pero
con la precaución, sin embargo, de adelantar los reconocimientos
más que el pillaje. Por esta precaución no les sorprendió
el enemigo, que se había apostado cerca de Tiferno, en
un valle cubierto de bosques, donde lo preparó todo para
caer desde lo alto de una eminencia sobre el ejército romano,
comprometido en la parte estrecha del valle. Fabio, después
de colocar en sitio seguro sus bagajes bajo la custodia de algunas
fuerzas y prevenido a sus soldados que se iba a combatir, hizo
avanzar al ejército formando cuadro hacia la emboscada
del enemigo que acabamos de mencionar. Habiendo perdido los samnitas
la esperanza de sorprender a los romanos, y viendo que ya no podían
combatir más que al descubierto, prefirieron correr los
riesgos de una batalla campal. Bajan, pues, a la llanura y se
entregan a la fortuna con más decisión que confianza;
por lo demás, bien porque hubiesen reunido lo más
animoso de cada pueblo del Samnio, sea que aquel trance decisivo
inflamase su valor, no dejaron de inspirar algún miedo
aun en aquel combate a campo raso. Viendo Fabio que el enemigo
no perdía terreno en ningún lado, mandó a
M. Fulvio y a M. Valeria, tribunos de los soldados, con quienes
había acudido a la primera línea, "que marchasen
a exhortar a los jinetes en nombre de los señalados servicios
que tantee veces habían prestado los caballeros a la república,
rara que hiciesen aquel día todos los esfuerzos posibles
para conservar la inalterable gloria de su orden. En la lucha
con la infantería, el enemigo era inquebrantable; nada
podía esperarse si no era de un ataque impetuoso de la
caballería." Después, dirigiéndose a
aquellos dos jóvenes, llamándoles por sus nombres
con el acento más afectuoso, les prodiga alabanzas y promesas.
Por lo demás, persuadido de que si aquella medida no daba
resultado, siendo ineficaz la fuerza, tendría que recurrir
a la astucia, mandó a su legado Escipión retirar
del campo de batalla a los hastatos de la primera legión,
y llevarles por senderos extraviados, lo más secretamente
posible, a las montañas inmediatas: en seguida, cuidando
constantemente de ocultar su marcha, ganar con ellos la cumbre
de aquellas montañas, desde las que se presentarían
de pronto al enemigo por su retaguardia. Los jinetes, guiados
por los tribunos, habiéndose colocado bruscamente delante
de las enseñas, no perturbaron más al enemigo que
a los romanos. El ejército samnita se mantuvo firme ante
su ímpetu, y por ningún lado se le pudo desordenar
ni hacerle retroceder. Viendo la inutilidad de su tentativa, los
jinetes abandonaron el combate y se retiraron detrás de
los peones: esto aumentó la audacia del enemigo. Extenuada
la primera línea por aquel obstinado combate, no hubiese
podido resistir aquel aumento de energía que daba al enemigo
el convencimiento de su propia fuerza, si el cónsul no
la hubiese hecho reemplazar por la segunda. Estas tropas frescas
detuvieron a los samnitas, que se precipitaban ya adelante, y
la vista inesperada de las enseñas que aparecieron oportunamente
en las alturas, los gritos que lanzó aquel destacamento,
difundió terror en los samnitas, aumentándolo Fabio
gritando que se acercaba su colega Decio. Al escuchar estas palabras,
llenos de regocijo los soldados, se dicen recíprocamente
que es el otro cónsul, que llegan sus legiones, y aquel
error, al mismo tiempo que es útil a los romanos, produjo
espanto a los samnitas, que emprenden la fuga, asustados especialmente
por el peligro de verse abrumados, en el cansancio que les dominaba,
por tropas de refresco que iban a atacar por primera vez.
Pero como se dispersaron por todos lados, su pérdida no
estuvo en proporción con la derrota. Matáronles
tres mil cuatrocientos hombres, se les cogieron cerca de ochocientos
treinta y se apoderaron de veintitrés enseñas».
|
3) El general Minucio Rufo, presionado fuertemente por
los escordicanos y dacios, para quienes él no era partido alguno
en cuanto a número de tropas, envió a su hermano y un pequeño
escuadrón de caballería adelante, junto con un destacamento
de trompeteros encargándole que, tan pronto como viera comenzar
la batalla, se mostrase repentinamente desde el emplazamiento de enfrente
y ordenara que los trompeteros soplaran sus cuernos. Entonces, cuando
las cimas devolvieron el eco del sonido, cayó sobre el enemigo
la impresión de una enorme multitud, huyendo aterrorizado.
4) El cónsul Acilio Glabrio, enfrentado con el
ejército del rey Antíoco, que éste había preparado
delante del Paso de las Termópilas en Grecia, no fue sólo
obstaculizado por las dificultades del terreno, pero habría sido
rechazado con pérdidas, además, si Porcio Catón no
le hubiera prevenido de esto. Catón, aunque ex-cónsul, estaba
en el ejército como tribuno de los soldados, elegido en su cargo
por la gente. [Habiendo sido enviado por Glabrio para hacer un desvío],
desalojó a los etolios, quiénes guardaban la cumbre del
Monte Calídromo, y luego apareció de repente desde la retaguardia
en la cumbre de una colina, comandando el campamento del rey. Las fuerzas
de Antíoco fueron así lanzadas al pánico, con lo
cual los romanos las atacaron de frente y por la retaguardia, rechazaron
y dispersaron al enemigo, y capturaron su campamento.
| Nota:
Año 191 a.de C. Apiano, Sobre Siria, 17-18-19-20 :
«17 Aquéllos, cruzando a toda prisa
desde Brindisi a Apolonia con los dos mil jinetes de que entonces
disponían, veinte mil soldados de infantería y algunos
elefantes, bajo el mando de Acilio Manio Glabrio, se pusieron en
camino hacia Tesalia. Libraron a las ciudades del asedio y, en todas
las que ya había guarniciones atamanas, las expulsaron e
hicieron prisionero a Filipo de Megalópolis, que todavía
esperaba el reino de Macedonia.
También apresaron a unos tres mil soldados de Antíoco.
Al tiempo que Manio hacía estas cosas, Filipo, a su vez,
invadió Atamania y la sometió en su totalidad, huyendo
Aminandro a Ambracia. Y Antíoco, dándose cuenta de
todos estos sucesos y anonadado por la celeridad de los acontecimientos,
se asustó por el súbito e inesperado cambio de suerte
y comprendió, entonces, el sabio consejo de Aníbal.
Envió un mensajero tras otro a Asia para apremiar a Polixénidas
a que cruzara y él, entretanto, convocó a cuantas
fuerzas tenía desde todas partes. Tras reunir diez mil soldados
de infantería y quinientos de caballería de entre
sus propias fuerzas, además de algunos aliados, ocupó
con estas tropas las Termópilas, con idea de interponer este
paso difícil entre él y los enemigos, mientras aguardaba
al ejército de Asia. Las Termópilas son un paso estrecho
y alargado flanqueado, de un lado, por un mar bronco y sin puertos,
y de otro, por un cenagal intransitable y profundo. Hay en ellas
dos picachos escarpados llamados uno Tiquiunte y el otro Calídromo.
El lugar tiene fuentes de aguas calientes, de donde le viene el
nombre de Termópilas.
18 Allí construyó Antíoco
una muralla doble, colocó en ella las máquinas y envió
a los etolios a las cumbres de los picachos para que nadie diera
un rodeo, sin ser visto, por el famoso sendero por el que, precisamente,
Jerjes atacó a los espartanos bajo las órdenes de
Leónidas, por estar los montes en aquella ocasión
desguarnecidos. Los etolios apostaron en cada una de las cumbres
a mil hombres y acamparon por su cuenta, con el resto, en los alrededores
de la ciudad de Heraclea. Manio, después de haber visto los
preparativos de los enemigos, dió la señal de combate
al amanecer y ordenó a dos de los tribunos militares, Marco
Catón y Lucio Valerio, que, escogiendo las tropas que cada
uno quisiera, rodearan durante la noche las montañas y trataran
de expulsar a los etolios de las cumbres, de la forma que les fuera
posible. Lucio fue rechazado del monte Tiquiunte, pues allí
los etolios eran buenos combatientes, pero Catón, acampando
junto al Calídromo, cayó sobre los enemigos cuando
todavía dormían, alrededor de la última guardia,
y el combate fue encarnizado en su entorno, al tener que abrirse
paso hacia zonas elevadas y rocosas con la oposición de los
enemigos. Por entonces, Manio conducía ya al ejército
de frente contra Antíoco, dividido en columnas, pues solo
así es posible marchar en los pasos estrechos. El rey ordenó
que las tropas ligeras y los peltastas combatieran delante de la
falange y, a ésta, la colocó delante del campamento
con los honderos y arqueros a su derecha, al pie mismo del monte,
y los elefantes, con la tropa que siempre les acompañaba,
a su izquierda, junto al mar.
19 Cuando se entabló combate, las tropas
ligeras hostigaban, en un principio, a Manio desde todos los sitios,
corriendo a su alrededor. Sin embargo, éste las contuvo con
valentía y, cediendo primero y atacando luego, logró
hacerlas huir y, entonces, la falange de los macedonios, escindiéndose,
recibió en su interior a aquéllas y, volviendo a unirse,
las ocultó. Acto seguido, presentaron las sarisas de forma
masiva y ordenada en una formación con la que, sobre todo,
los macedonios de Alejandro y Filipo aterraban a sus enemigos, que
no se atrevían a acercarse a las lanzas de gran tamaño
opuestas en número considerable. Pero, de repente, se vió
la huida y el griterio de los etolios que, desde el monte Calídromo,
se precipitaban sobre el campamento de Antíoco. En un primer
momento, unos y otros ignoraban lo ocurrido y existía el
desconcierto propio de una situación tal. Sin embargo, tan
pronto como apareció Catón persiguiéndolos
en medio de un gran clamor y estuvo ya sobre el campamento de Antíoco,
los soldados del rey, que habían recibido de tiempo atrás
noticias terribles sobre la forma de luchar de los romanos y que
eran conscientes de que se habían degradado hasta ser incapaces
de realizar cualquier cosa a causa de su inactividad y vida placentera
durante todo el invierno, se aterraron. Y, como no veían
con claridad cuántos eran los que estaban con Catón
y pensaban que eran más a causa del miedo que sentían
y, además, temían por el campamento, huyeron en desorden
hacia éste con idea de defenderse desde allí de los
enemigos. Pero los romanos pisándoles los talones entraron
a la vez que ellos en el campamento y otra vez huyeron desde aquel
desordenadamente los soldados de Antíoco. Manio los persiguió
hasta Escarfia matándolos o haciéndolos prisioneros
y, tras regresar desde allí, saqueó el campamento
del rey y, con su sola presencia, expulsó a los etolios que
habían irrumpido en el campamento de los romanos en ausencia
de éstos.
20 Las pérdidas romanas, durante la batalla
y la persecución, fueron de unos doscientos hombres y las
de Antíoco, incluidos los capturados, de unos diez mil. El
rey, en persona, tras la primera señal de derrota, huyó
sin mirar atrás hasta Elatea con quinientos jinetes y, desde
allí, a Calcis y a Efeso con su nueva esposa Eubea, como
él la llamaba, a bordo de sus naves; pero no todas, pues
a algunas de ellas que transportaban provisiones, el almirante romano
las abordó y las hundió. Cuando el pueblo romano se
enteró de la victoria, que había resultado tan rápida
y fácil para ellos, celebraron un sacrificio, contentos por
esta su primera confrontación con la temible reputación
de Antíoco. Para corresponder a la alianza de Filipo, le
enviaron a su hijo Demetrio, que todavía permanecía
como rehén entre ellos».
|
5) El cónsul Cayo Sulpicio Pético, cuando
estaba por luchar contra los galos, ordenó a ciertos arrieros que
se retiraran en secreto con sus mulas a las colinas cercanas, y luego,
después que el enfrentamiento hubiera comenzado, se exhibieran
repetidamente a los combatientes, como si montaran sobre caballos. Los
galos, por lo tanto, imaginando que venían los refuerzos, retrocedieron
ante los romanos, aún estando ya casi victoriosos.
| Nota:
Año 358 a.de C. Livio, 7:14-15 : «14.
Comprendía el dictador que aquella conducta no daba buen
ejemplo, aunque era laudable en sí misma; sin embargo, prometió
hacer lo que pedían los soldados. En seguida preguntó
secretamente a Tulio qué significaba aquella manera de obrar;
suplicándole encarecidamente Tulio "creyese que no había
olvidado la disciplina militar, ni lo que es, ni lo que debe a la
majestad del mando; añade que ordinariamente una multitud
sublevada se conduce como los que la dirigen, y que ha consentido
capitanearla por temor de que lo hiciese algún hombre de
esos que acostumbran tomar por jefes las tropas sublevadas; porque
en cuanto a él, jamás hubiese hecho nada sin el beneplácito
del general. Sin embargo, importa mucho al dictador cuidar de tener
sometido .al ejército. No se pueden imponer nuevas dilaciones
a unos ánimos tan exaltados, y si el general no les da hora
y lugar para el combate, lo exigirán ellos mismos."
Durante esta conversación, habiendo arrebatado un galo caballos
que pacían por casualidad fuera de las empalizadas, dos soldados
romanos los recobraron. Arrojáronles piedras los galos, y
en el acto alzóse un grito en el campo romano : acuden de
una y otra parte, e iba a empeñarse verdadero combate si
los centuriones no hubiesen llamado rápidamente a sus soldados.
Este incidente confirmó lo que Tulio había dicho al
dictador, y no admitiendo demora el asunto, anuncióse que
a la mañana siguiente se daría la batalla. Sin embargo,
el dictador, que se aprestaba al combate con más confianza
en el valor que en la fuerza de sus tropas, buscaba en derredor
suyo algo que le sirviese para causar terror al enemigo, y su imaginación
sagaz encontró una cosa completamente nueva, que, desde entonces
emplearon muchos generales romanos y extranjeros y que todavía
emplean algunos en nuestros días. Manda quitar los bastes
a los mulos, sin dejarles más que las gualdrapas, y hace
que los monten los muleteros revestidos con las armaduras cogidas
al enemigo y las de los enfermos. Después de equipar de esta
manera cerca de mil, les agregó cien jinetes y les mandó
retirarse durante la noche a las alturas que dominan el campamento,
ocultarse en los bosques y no moverse hasta que reciban la señal.
Por su parte, al amanecer finge extender su línea al pie
de las montañas, para que el enemigo tomase posición
enfrente de aquellas alturas. Ante aquel vano aparato de terror,
que en cierto modo sirvió al dictador más que sus
verdaderas fuerzas, los jefes galos creyeron al pronto que los romanos
no bajarían a la llanura; pero cuando de repente les vieron
moverse, se lanzaron ardorosamente al combate, y la lucha se trabó
antes de dar los jefes la señal.
15. Los galos atacaron especialmente el ala derecha,
y no hubiesen podido resistirles, a no estar allí el dictador,
que llamó a Sextio Tulio por su nombre y le preguntó
en tono de reconvención: "Si era así como había
prometido que combatirían los soldados, ¿por qué
gritaban pidiendo armas? ¿Por qué amenazaban con trabar
batalla sin orden del general? Allí está el general
llamándoles a voces al combate y que avanza armado al frente
de las enseñas. ¿Se atreverán a seguirle, ellos
que querían llevarlo; ellos tan temibles en el campamento
y tan tímidos en la batalla?" Comprendiendo que merecían
aquellas reconvenciones, sintieron lastimado su honor y se precipitaron
delante de los dardos enemigos, como locos y sin atender al peligro.
El primer arrebato de furor quebrantó a los galos; la caballería
acudió en seguida y les puso en derrota. Viendo el dictador
derrotado al enemigo por aquel lado, marcha con las enseñas
al ala izquierda, donde se reúnen en gran número,
y da a los romanos colocados en las alturas la señal convenida.
Alzase de aquel punto nuevo grito, y se ve una tropa que avanza
por los costados de la montaña, dirigiéndose al campamento
de los galos, que temiendo verse cortados, abandonan el combate
y regresan a la carrera al campamento; pero encontrando allí
a M. Valerio, jefe de la caballería, que después de
la derrota del ala derecha maniobraba delante de los parapetos enemigos,
dirigen su fuga hacia las montañas y los bosques, donde recibió
a muchos de ellos aquella caballería de muleteros, haciéndose
espantosa matanza, hasta mucho después del combate, en los
que el terror arrastró a los bosques. Después de M.
Furio ningún otro fué más digno que C. Sulpicio
de triunfar de los galos; y también pudo formar con los despojos
de los galos considerable montón de oro, que encerró
bajo piedra cuadrada y consagró al Capitolio. En este mismo
año los dos cónsules dirigieron también la
guerra, pero con diferentes alternativas: C. Plaucio venció
y subyugó a los hérnicos; pero su colega Fabio peleó
sin precaución ni prudencia con los tarquinios, siendo derrotado,
y si la derrota no fué grave en sí misma, trescientos
soldados romanos quedaron prisioneros y fueron sacrificados, haciendo
resaltar la vergüenza del pueblo romano el oprobio de aquel
suplicio. A este descalabro se unió la devastación
del territorio romano por una incursión repentina de los
privernatos y después de los veliternos.
Aquel mismo año se crearon dos tribus nuevas, la Pontina
y la Publilia, y se celebraron también los juegos que había
votada el dictador M. Furio. En fin, el tribuno C. Petelio presentó
por primera vez al pueblo, con la aprobación del Senado,
una ley contra la intriga, creyéndose que por esta ley podría
reprimirse especialmente la ambición de los hombres nuevos,
que acostumbraban recorrer las ferias y los mercados solicitando
votos».
|
6) En Aquae Sextiae, Mario, proponiéndose luchar
una batalla decisiva contra los Teutones al día siguiente, envió
a Marcelo por la noche con un pequeño destacamento de jinetes e
infantería a la retaguardia del enemigo, y, para completar la imagen
de una gran fuerza, ordenó a mozos de cuadra armados y seguidores
del campamento que fueran junto con ellos, y también una gran parte
de los animales de carga, llevando puestas monturas, a fin de que por
estos medios presentaran el aspecto de caballería. Ordenó
que estos hombres cayeran sobre la retaguardia, tan pronto como notaran
que el enfrentamiento había comenzado. Este plan infundió
tal terror en el enemigo, que a pesar de su gran ferocidad, dieron la
vuelta y escaparon.
| Nota:
Año 102 a.de C. Plutarco, Mario, 20 : «Después
que los Romanos hubieron dado muerte de esta manera a un número
crecido de los Ambrones, sobreviniendo la noche se retiraron; pero
a esta retirada no se siguieron los cantos de victoria que a tan
señalados triunfos acompañan, ni convites en las tiendas,
ni regocijos en los banquetes, ni tampoco lo que es más dulce
a los soldados después de haber peleado con suerte próspera,
un sueño sosegado y plácido, sino que aquella noche
la pasaron en la mayor inquietud y sobresalto, porque tenían
el campamento sin valladar y sin fortificación alguna, quedando
de los bárbaros muchos millares de hombres todavía
intactos, y de los Ambrones cuantos se habían salvado se
habían reunido con éstos; así, por la noche
se sentía un bullicio en nada parecido a los lamentos o a
los sollozos, sino que más bien un aullido feroz y un crujir
de dientes, mezclado con amenazas y lloros, enviado por tan inmensas
gentes, resonaba por todos los montes de alrededor y por las concavidades
del río. Apoderóse, pues, de todo el contorno un eco
espantoso; de los
Romanos el miedo, y aun del mismo Mario cierta inquietud y asombro,
por temer todo el desorden y la confusión de una batalla
nocturna. Con todo, ni acometieron en aquella noche ni en el día
siguiente, sino que pasaron el tiempo en ordenarse y prevenirse.
En tanto, Mario, como hubiese sobre el campo de los bárbaros
algunos valles angostos y algunos barrancos poblados de encinas,
mandó allá a Claudio Marcelo con tres mil infantes,
dándole orden de que se pusiese en celada y sobrecogiese
a los enemigos por la espalda.
A los demás, después de haber tomado el alimento y
sueño conveniente, los formó al mismo amanecer, colocándolos
delante del campamento y enviando la caballería a recorrer
el terreno. Luego que los Teutones los vieron, no tuvieron paciencia
para aguardar a que, bajando los Romanos, pudieran pelear en terreno
igual, sino que, armados apriesa en el furor de la ira, se arrojaron
al collado. Mario, enviando sus ayudas de campo por una y otra ala,
les prevenía que se mantuvieran firmes e inmóviles,
y que cuando ya estuvieran al alcance les arrojaran dardos y después
usaran de las espadas, impeliendo con los escudos a los que viniesen
de frente, porque siendo para ellos el terreno poco seguro, ni sus
golpes tendrían fuerza, ni podrían protegerse con
sus broqueles, puesto que la desigualdad del suelo les quitaría
todafirmeza y consistencia. Cuando así exhortaba, él
era el primero en obrar, porque ninguno tenía un cuerpo más
ejercitado, y a todos hacía gran ventaja en el valor».
|
7) Licinio Craso en la Guerra de los Esclavos, cuando
estaba por conducir sus tropas adelante en Camalatrum contra Casto y Cánico,
los líderes de los galos, envió doce cohortes por detrás,
alrededor de la montaña, con Cayo Pomptinio y Quinto Marcio Rufo,
sus lugartenientes. Cuando el enfrentamiento comenzó, estas tropas,
levantando un grito, se desparramaron cuesta debajo de la montaña
a la retaguardia, y así derrotaron al enemigo que huyó en
todas direcciones sin intentar la batalla.
8) Marco Marcelo, en una ocasión, temiendo que
un grito de guerra débil revelara el pequeño número
de sus fuerzas, mandó que los vivanderos, criados, y seguidores
del campamento de toda clase participaran en el grito. Así causó
pánico al enemigo, dando al aspecto de tener un ejército
más grande.
Nota:
Año 216 a.de C. Livio, 23:16 : «Aníbal
estaba en las puertas (porque una vez apoderado de Nuceria, había
regresado a Nola) y el pueblo pensaba nuevamente en la defección;
entonces Marcelo, a la llegada del enemigo, se encerró en
la ciudad, no porque temiese por su campamento, sino para no dar
a los numerosos rebeldes que le acechaban ocasión de entregar
a Nola. Muy pronto se formaron en batalla por ambas partes; los
romanos al pie de las murallas de la ciudad; los cartagineses delante
de su campamento: de manera que entre la ciudad y el campamento
se libraron algunos combates cuyo resultado fué muy diferente.
Los dos generales permitían gustosos estas escaramuzas, pero
no daban la señal de batalla general. Mucho tiempo hacía
que los dos ejércitos permanecían frente a frente,
cuando los principales ciudadanos de Nola advirtieron a Marcelo
que "durante la noche, gentes del pueblo tenían secretas
relaciones con los cartagineses: que era cosa decidida que cuando
el ejército romano saliese de la ciudad, saquearían
sus bagajes, cerrarían las puertas y se apoderarían
de las murallas, para que una vez dueño absoluto de la ciudad,
pudiese el pueblo recibir a los cartagineses en vez de los romanos".
Al recibir esta noticia, colmó de elogios Marcelo a los senadores,
y antes de que estallase la sedición, decidió intentar
el éxito del combate. Divide su ejército en tres cuerpos,
y les coloca en las tres puertas que miran al enemigo: manda que
le sigan los bagajes y ordena que los siervos, los vivanderos y
enfermos lleven las empalizadas. En la puerta del centro coloca
lo más escogido de las legiones y los caballeros romanos;
en las otras dos los nuevos reclutados, los soldados armados a la
ligera y la caballería de los aliados. Prohibe a los habitantes
que se acerquen a las murallas y a las puertas; y por temor de que,
una vez peleando las legiones, cayesen éstos sobre los bagajes,
les hizo custodiar por tropas reservadas para este objeto. Dispuestos
de esta manera, los romanos esperaron preparados detrás de
las puertas. Aníbal, que había permanecido sobre las
armas la mayor parte del día (como lo hacía algún
tiempo ya), extrañó al principio que no saliese el
ejército romano y que no se presentase sobre las murallas
ningún soldado. Persuadido al fin de que habían sido
descubiertas sus inteligencias con el pueblo y que el temor detenía
a los romanos, envía al campamento una parte de las tropas,
con orden de traer en seguida al frente del ejército todo
lo necesario para un asalto, convencido de que si les estrechaba
en aquel momento de vacilación, estallaría en la ciudad
algún movimiento entre el pueblo. Cuando en la primera linea
cada cual se apresura a ejecutar los movimientos ordenados por Aníbal,
y el ejército avanza bajo las murallas, de pronto se abre
una puerta: Marcelo manda tocar las trompas, a las tropas lanzar
el grito y a los infantes y en seguida a la caballería que
ataquen con todo el brío posible. Ya había producido
confusión y miedo en el centro del ejército enemigo,
cuando desde las puertas inmediatas se lanzan sobre las alas cartaginesas
los dos legados P. Valerio Flaco y C. Aurelio. A este segundo ataque
siguen los gritos de los siervos y vivanderos, y también
los de las tropas encargadas de guardar los bagajes, de manera que
los cartagineses, que despreciaban especialmente el corto número
de los romanos, creyeron que tenían que habérselas
con un ejército numeroso. No me atreveré a afirmar
lo que dicen algunos autores, que el enemigo tuvo dos mil ochocientos
hombres muertos y que los romanos solamente perdieron quinientos.
Que esta victoria fuese más o menos grande, no por ello deja
de ser cierto que la jornada consiguió grandísimo
éxito, me atreveré a decir casi el más grande
de toda la guerra; porque fué más difícil aquel
día a los vencedores de Aníbal no quedar vencidos,
que después vencerle». |
9) Valerio Levino, en la batalla contra Pirro, mató
a un soldado común, y, sosteniendo su espada goteando, hizo creer
a ambos ejércitos que Pirro había sido asesinado. El enemigo,
por lo tanto, presa del pánico por la falsedad, y pensando que
habían quedado indefensos por la muerte de su comandante, se encaminaron
aterrados de vuelta a su campamento.
Nota:
Año 280 a.de C. Plutarco, Pirro, 17 : «Con
esto aprendió Pirro a guardarse con más cuidado, y
viendo que cedía la caballería, mandó venir
la hueste y la puso en orden, y dando entonces su manto y sus armas
a Megacles, uno de sus amigos, disfrazándose en cierta manera
con las de éste, acometió a los Romanos. Recibieron
éstos el choque y acometieron también, habiéndose
mantenido la batalla indecisa por mucho tiempo, pues se dice que
alternativamente se retiraron y se persiguieron hasta siete veces;
y el cambio de las armas, que sirvió oportunamente para salvarse
el rey, estuvo en muy poco que no echase a perder sus ventajas y
le arrebatase la victoria. Porque cargando muchos sobre Megacles,
el principal que le derribó y acabó con él,
llamado Dexio, quitándole el casco y el manto, corrió
hacia Levino mostrando aquellas prendas y gritando que había,
muerto a Pirro. Causóse, pues, en ambos ejércitos,
con este motivo, en el de los Romanos regocijo, con grande algazara,
y en el de los Griegos desaliento, y asombro, hasta que enterado
Pirro de lo que pasaba, corrió las filas con la cara descubierta,
alargando la mano a los que peleaban y dándose a conocer
con la voz. Finalmente, acosando, sobre todo, a los Romanos los
elefantes, porque los caballos, antes de acercarse a ellos, no podían
tolerar su aspecto y derribaban a los jinetes, hizo Pirro avanzar
a la caballería tésala, y acabó de derrotarlos
con gran mortandad.
Dionisio refiere que de los Romanos murieron muy pocos, menos de
quince mil hombres, y Jerónimo que sólo siete mil;
y del ejército de Pirro, Dionisio que trece mil, y Jerónimo
que no llegaron a cuatro mil. Eran éstos que allí
perdió los más aventajados entre sus amigos y caudillos
y de quienes Pirro hacía más cuenta y se fiaba más.
Tomó también el campamento de los Romanos, habiéndolo
éstos abandonado, atrajo a muchas de las ciudades que le
eran aliadas, taló gran parte del territorio y se adelantó
hasta no distar de Roma más que trescientos estadios. Reuniéronsele
después de la batalla muchos de los Lucanos y Samnitas, y
aunque los reprendió por su tardanza se echó bien
de ver que estaba contento y ufano de que con solo el auxilio de
los Tarentinos venció un poderoso ejército de los
Romanos». |
10)
En su lucha contra Cayo Mario en Numidia, Yugurta, habiendo adquirido
facilidad en el uso de la lengua latina a consecuencia de su antigua relación
con los campamentos romanos, corrió adelante a la primera línea
y gritó que él había matado a Cayo Mario, causando
así que muchos de nuestros hombres escaparan .
Nota:
Año 107 a.de C. Salustio, La Guerra de Yugurta, 6-8 :
«Hallábase entonces Mario en la vanguardia, porque
Jugurta cargaba mucho por aquella parte; el cual, sabida la llegada
de Boco, vase ocultamente con pocos adonde peleaba nuestra infantería
y dícele en latín (cuyo idioma había aprendido
en Numancia), «que en vano se esforzaba; que Mario poco antes
había muerto a sus manos», y mostraba, diciendo esto,
su espada teñida de sangre de uno de nuestros infantes, a
quien valerosamente acababa de matar. Esto no dejó de asustar
a los soldados, más por lo grande de la novedad, que porque
diesen crédito al que lo decía; y al mismo tiempo
los bárbaros, tomando aliento, estrechaban más a los
nuestros ya consternados, de suerte que faltaba poco para ponerse
en fuga, cuando Sila, habiendo derrotado a los que tenía
por su frente, vuelve sobre los moros y los acomete por un costado,
con lo que rechaza al instante a Boco. Jugurta, que por sostener
a los suyos y no querer soltar de las manos la victoria, que casi
tenía en ellas, se detuvo; viéndose rodeado de nuestros
caballos y que habían muerto cuantos con él estaban,
se escabulle solo por medio de los enemigos, resguardándose
de sus tiros. Mario entonces, ahuyentaba la caballería enemiga,
vuelve en socorro de los suyos, que había oído estaban
para ser rechazados.
Finalmente, los enemigos fueron deshechos por todas partes. Entonces
sí que aquellas dilatadas campiñas presentaban un
aspecto horrible; seguían unos el alcance, otros huían;
todo era matar y hacer prisioneros; caballos y jinetes por el suelo;
muchos ni huir podían por sus heridas, ni dejar de intentarlo,
hacer por levantarse y volver a caer luego; últimamente,
cuanto alcanzaba la vista se hallaba cubierto de dardos, armas y
cadáveres, y los claros que había estaban teñidos
de sangre». |
11) Mirónides, el ateniense, en una batalla indecisa
que libraba contra los tebanos, se lanzó repentinamente adelante
al flanco derecho de sus propias tropas y gritó que ya había
ganado la victoria a la izquierda. Así, inspirando el coraje en
sus propios hombres y miedo en los enemigos, obtuvo la victoria.
| Nota:
Año 457 a.de C. Polieno, 1:35 § 1
: «Los atenienses y tebanos estaban a punto de combatir
unos contra otros. Mirónides les ordenó a los atenienses
esforzarse por la izquierda al momento que él hubiera dado
la señal. La dió, y su ala izquierda marchó
contra los tebanos. Al mismo tiempo, adelantándose al ala
derecha, exclamó: «Coraje, el ala izquierda fuerza
a los enemigos». Los atenienses, animados por esta afirmación
de victoria, empujaron a los enemigos, y los tebanos, desanimados
por su presunta pérdida, se desbandaron y se dieron a la
fuga»..
|
12)
Contra aplastantes fuerzas de caballería del enemigo, Creso opuso
una vez una tropa de camellos. Ante el extraño aspecto y olor de
estas bestias, los caballos se espantaron, y no simplemente lanzaron a
sus jinetes, sino también pisotearon las filas de su propia infantería,
entregándolos así en las manos del enemigo, para ser derrotados.
| Nota:
Año 546 a.de C. Heródoto, 1:80 :
«Hay delante de Sardes una llanura espaciosa y elevada donde
concurrieron los dos ejércitos. Por ella corren muchos ríos,
entre ellos el Hilo, y todos van a dar en otro mayor llamado Hermo,
el cual, bajando de un monte dedicado a la madre de los dioses Dindimene,
va a desaguar en el mar cerca de la ciudad de Focea. En esta llanura,
viendo Ciro a los Lidios formados en orden de batalla, y temiendo
mucho a la caballería enemiga, se valió de cierto
ardid que el Medo Harpago le sugirió. Mandó reunir
cuantos camellos seguían al ejército cargados de víveres
y bagajes, y quitándoles las cargas, hizo montar en ellos
unos hombres vestidos con el mismo traje que suelen llevar los soldados
de a caballo. Dió orden para que estos camellos así
prevenidos se pusiesen en las primeras filas delante de la caballería
de Creso; que su infantería siguiese después, y que
detrás de esta se formase toda su caballería. Mandó
circular por sus tropas la orden de que no diesen cuartel a ninguno
de los Lidios, y que matasen a todos los que se les pusiesen a tiro;
pero que no quitasen la vida a Creso, aun cuando se defendiese con
las armas en la mano.
La razón que tuvo para poner los caballos enfrente de la
caballería enemiga, fue saber que el caballo teme tanto al
camello, que no puede contenerse cuando ve su figura o percibe su
olor. Por eso se valió de aquel ardid con la mira de inutilizar
la caballería de Creso, que fundaba en ella su mayor confianza.
En efecto, lo mismo fue comenzar la pelea y oler los caballos el
tufo, y ver la figura de los camellos, que retroceder al momento
y dar en tierra con todas las esperanzas de Creso. Maa no por esto
se acobardaron los Lidios, ni dejaron de continuar la acción,
porque conociendo lo que era, saltaron de sus caballos y se batieron
a pie con los Persas. Duró por algún tiempo el choque,
en que muchos de una y otra parte cayeron, hasta que los Lidios,
vueltas las espaldas, se vieron precisados a encerrarse dentro de
los muros y sufrir el sitio que luego los Persas pusieron a la plaza». |
13) Pirro, rey de los epirotas, luchando de parte de
los tarentinos contra los romanos, empleó elefantes del mismo modo,
a fin de lanzar al ejército romano a la confusión .
| Nota:
Año 280 a.de C. Plutarco, Pirro, 17 : «Con
esto aprendió Pirro a guardarse con más cuidado, y
viendo que cedía la caballería, mandó venir
la hueste y la puso en orden, y dando entonces su manto y sus armas
a Megacles, uno de sus amigos, disfrazándose en cierta manera
con las de éste, acometió a los Romanos. Recibieron
éstos el choque y acometieron también, habiéndose
mantenido la batalla indecisa por mucho tiempo, pues se dice que
alternativamente se retiraron y se persiguieron hasta siete veces;
y el cambio de las armas, que sirvió oportunamente para salvarse
el rey, estuvo en muy poco que no echase a perder sus ventajas y
le arrebatase la victoria. Porque cargando muchos sobre Megacles,
el principal que le derribó y acabó con él,
llamado Dexio, quitándole el casco y el manto, corrió
hacia Levino mostrando aquellas prendas y gritando que había,
muerto a Pirro. Causóse, pues, en ambos ejércitos,
con este motivo, en el de los Romanos regocijo, con grande algazara,
y en el de los Griegos desaliento, y asombro, hasta que enterado
Pirro de lo que pasaba, corrió las filas con la cara descubierta,
alargando la mano a los que peleaban y dándose a conocer
con la voz. Finalmente, acosando, sobre todo, a los Romanos los
elefantes, porque los caballos, antes de acercarse a ellos, no podían
tolerar su aspecto y derribaban a los jinetes, hizo Pirro avanzar
a la caballería tésala, y acabó de derrotarlos
con gran mortandad.
Dionisio refiere que de los Romanos murieron muy pocos, menos de
quince mil hombres, y Jerónimo que sólo siete mil;
y del ejército de Pirro, Dionisio que trece mil, y Jerónimo
que no llegaron a cuatro mil. Eran éstos que allí
perdió los más aventajados entre sus amigos y caudillos
y de quienes Pirro hacía más cuenta y se fiaba más.
Tomó también el campamento de los Romanos, habiéndolo
éstos abandonado, atrajo a muchas de las ciudades que le
eran aliadas, taló gran parte del territorio y se adelantó
hasta no distar de Roma más que trescientos estadios. Reuniéronsele
después de la batalla muchos de los Lucanos y Samnitas, y
aunque los reprendió por su tardanza se echó bien
de ver que estaba contento y ufano de que con solo el auxilio de
los Tarentinos venció un poderoso ejército de los
Romanos».
|
14) Los cartagineses hacían esto mismo a menudo
en sus batallas contra los romanos .
| Nota:
Confrontar con la referencia en Libro II, 5:4.
|
15) Habiendo en una ocasión los volscos levantado
su campamento cerca de algunas brozas y bosques, Camilo puso fuego a todo
aquello que llevaría la conflagración hasta sus atrincheramientos,
y así privó a sus adversarios de su campamento.
16) Del mismo modo, Publio Craso en la Guerra Civil,
escapó por muy poco de ser eliminado con todas sus fuerzas.
17) Los españoles, luchando contra Amílcar,
engancharon bueyes a carros y los colocaron en la primera línea.
Estos carros fueron llenados con brea, sebo y azufre, y cuando fue dada
la señal para la batalla, los pusieron en llamas. Entonces, conduciendo
a los bueyes contra el enemigo, sembraron el pánico en la línea
y la atravesaron .
| Nota:
Año 229 a.de C. Apiano, Sobre Iberia, 5 : «Una
vez que acabó la guerra y se hizo regresar a Annón
a Cartago para responder de ciertos cargos, Aníbal, que se
hallaba solo al frente del ejército y tenía a su cuñado
Asdrúbal como asociado suyo, se dirigió hacia Gades
y, tras cruzar el estrecho hasta Iberia, se dedicó a devastar
el territorio de los iberos, que no le habían causado daño
alguno. Hacía de ello una ocasión para estar fuera
de su patria, para realizar empresas y adquirir popularidad; en
efecto, todo lo que apresaba, lo dividía, y daba una parte
al ejército con el fin de tenerlo más presto a cometer
desafueros en su compañía, otra parte la enviaba a
Cartago y una tercera la repartía entre los políticos
de su propio partido. Finalmente, los reyes iberos y todos los otros
hombres poderosos, que fueron coaligándose gradualmente,
lo mataron de la siguiente forma: llevaron carros cargados de troncos
a los que uncieron bueyes y los siguieron provistos de armas. Los
africanos al verlos se echaron a reír, al no comprender la
estratagema, pero cuando estaban muy próximos, los iberos
prendieron fuego a los carros tirados aún por los bueyes
y los arrearon contra el enemigo. El fuego, expandido por todas
partes al diseminarse los bueyes, provocó el desconcierto
de Ios africanos. Y al romperse la formación, los iberos,
cargando a la carrera contra ellos, dieron muerte a Amílcar
en persona y a un gran número de los que estaban defendiéndolo».
|
18)
Los faliscos y tarquinios disfrazaron a varios hombres como sacerdotes,
y les hicieron sostener antorchas y serpientes delante de ellos, como
Furias. Así hicieron cundir el pánico en el ejército
de los romanos.
| Nota:
Año 356 a.de C. Livio, 7:17 § 3 : «Los
nuevos cónsules, nombrados los dos por segunda vez, M. Sabio
Ambusto y M. Popilio Lenas, tuvieron que sostener dos guerras: una
contra los tiburtinos, que hizo sin trabajo Lenas, rechazando al
enemigo hasta su ciudad y talando en seguida sus campos; al otro
cónsul, en el primer encuentro le derrotaron los faliscos
y los tarquinios, habiéndose aterrado los soldados romanos
a la vista de sus sacerdotes, que corrían como furias, agitando
antorchas y serpientes. Sorprendidos y turbados por este espectáculo,
refugiáronse desordenados en sus parapetos; pero el cónsul,
lo mismo que los legados y los tribunos, habiendo comenzado a reír
y a burlarse de ellos porque, lo mismo que los niños, tenían
miedo de vanos aparatos, el despecho les infundió valor y
cayeron ciegamente sobre aquellos que les habían ahuyentado.
Disipado este fantasma, se lanzaron sobre el verdadero enemigo,
rompieron toda su línea, tomaron el campamento en el mismo
día, recogieron inmenso botín, y regresaron vencedores,
burlándose con militares chistes del artificio del enemigo
y de su propio terror». |
19)
En una ocasión, los hombres de Veyes y Fidenas empuñaron
antorchas e hicieron lo mismo.
| Nota:
Año 426 a.de C. Livio, 4:33 : «El primer choque
había quebrantado a los enemigos, cuando abriéndose
de pronto las puertas de Fidenas, se lanza un ejército, tal
como no se había visto ni oído semejante hasta entonces:
innumerable multitud armada con fuego, brillando con antorchas encendidas,
y como arrebatada por furor divino, se precipita sobre los romanos,
a quienes lo extraño del combate inspira cierto terror. Entonces
el dictador da la señal a Cornelio y a su caballería,
llama a Quincio de la altura, restablece el combate, y corre él
mismo al ala izquierda, que presentaba el aspecto de incendio más
bien que de batalla, y que, aterrada, retrocedía delante
de las llamas. "¿Qué es esto?, grita con voz
vibrante. ¡Arrojados por el humo como enjambre de abejas,
huís delante de un enemigo sin armas! ¡No apagáis
esas llamas con el hierro, o si es necesario combatir con fuego
y no con las armas, no arrancáis esas antorchas al enemigo
para anonadarle! ¡Sus! ¡Recordad el nombre romano, pensad
en el valor de vuestros mayores y en el vuestro, volved el incendio
contra Fidenas y destruid con el fuego esa ciudad que no habéis
podido desarmar con vuestros beneficios. La sangre de vuestros legados
y de vuestros colonos, la devastación de vuestro territorio
os lo mandan." A estas palabras del dictador, toda la línea
se pone en movimiento; recogen las antorchas lanzadas, arrancan
las otras, y las dos falanges se arman con fuego. El jefe de la
caballería imagina por su parte una maniobra nueva; manda
quitar el freno a los caballos y clavando los acicates al suyo,
al que no detiene la brida, se lanza el primero entre las llamas;
los demás caballos llevan en impetuosa carrera a sus jinetes
en medio del enemigo. Levántase densa polvareda, y mezclándose
al humo, roba la luz a hombres y caballos. No se espantan éstos
del espectáculo que asustaba a los soldados, y por donde
penetra la caballería todo lo derriba a su paso, causando
inmensa ruina. Pronto resuenan nuevos gritos que impresionan a los
dos ejércitos sorprendidos, y el dictador grita: "El
Iegado Quincio con los suyos ataca al enemigo por la espalda".
Y lanzando él mismo un grito más terrible, comienza
de nuevo el ataque con más vigor. Estrechados entre dos ejércitos,
entre dos batallas, los etruscos, rodeados, atacados por delante
y por detrás, no podían ni volver a su campamento,
ni huir a las montañas, donde se presentaba nuevo enemigo,
y donde los jinetes, arrebatados por caballos sin freno, estaban
desparramados por todas partes. La mayor parte de los veyos gana
desordenadamente las orillas del Tíber; los fidenatos, que
han escapado, corren hacía su ciudad. Pero al huir espantados,
por todas partes encuentran la muerte: unos son destrozados en las
orillas del río, otros son precipitados a sus profundidades;
hasta los que saben nadar se ahogan, por consecuencia de la fatiga,
de las heridas o del miedo; de aquella multitud muy pocos consiguen
llegar a la opuesta orilla. El otro ejército huye a través
de los campos hacia Fidenas, persiguiéndole los romanos con
ardor, sobre todo Quincio, seguido de sus tropas, que acababan de
bajar de la montaña por sus órdenes y que se encontraban
descansadas porque habían llegado al final de la batalla».. |
20) Cuando Ateas, rey de los escitas, contendía
contra la tribu más numerosa de los tribalios, mandó que
manadas de asnos y ganado fueran conducidas a la retaguardia de las fuerzas
del enemigo por mujeres, niños, y toda la población no combatiente,
y que fueran llevadas lanzas, sostenidas en lo alto, delante de éstas.
Entonces hizo correr el rumor en el extranjero que le venían refuerzos
de las tribus escitas más distantes. Por esta declaración
obligó al enemigo a retirarse .
| Nota:
Polieno, 7:44 § 1 : «Los escitas, que estaban
listos para dar batalla a los tribalos, ordenaron a los labradores
y a los que se ocupaban de los caballos, cuando vinieran a las manos
con los enemigos, que se hicieran ver desde muy lejos con una numerosa
cantidad de caballos, a los que empujarían delante de ellos.
Esta gente apareció, y los tribalos, que veían de
lejos tantos caballos, y un polvo extraordinario que se elevaba,
creyeron que los escitas de arriba venían en socorro de los
otros. El pavor los sobrecogió, y huyeron». |
Capítulos
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