1)
Rómulo, cuando se hubo acercado a Fidenas, distribuyó una
parte de sus tropas en emboscada, y fingió huir. Cuando el enemigo
imprudentemente le siguió, él los condujo al punto donde
mantenía a sus hombres escondidos, con lo cual, atacando por todos
lados, y tomando al enemigo desprevenido, lo despedazó en su prisa
por avanzar.
Nota:
Livio, 1:14 : «Algunos
años después, habiendo maltratado a los legados de
los laurentinos los parientes del rey Tacio, reclamó el pueblo
romano en nombre del derecho de gentes. Pero el favor y ruegos de
los agresores tuvieron más influencia cerca de Tacio, por
lo cual cayó el castigo sobre él, recibiendo la muerte
en medio de un tumulto en Lavinia, adonde había acudido con
motivo de la celebración de un sacrificio solemne.
Dícese que no mostró Rómulo en esta ocasión
el dolor conveniente, bien porque compartiese el trono a disgusto,
bien porque estimase justa la muerte de Tacio. No empuñó
las armas, y como debía expiarse el ultraje a los legados,
Roma y Lavinia renovaron la amistad, amistad que producía
paz inesperada. Pero otra guerra más peligrosa estalló
casi en las mismas puertas de Roma. La proximidad de esta ciudad,
cuyo poderío aumentaba diariamente, inquietaba a los fidenatos,
y sin esperar a que realizase todo lo que parecía ofrecerle
el porvenir, comenzaron a hacerle guerra. Arman la juventud, sácanla
a la campaña y talan el territorio que media entre Roma y
Fidenas. Desde allí vuelven a la izquierda, porque a la derecha
les opone obstáculo el Tíber, y propagan delante de
ellos el terror y la desolación. Los habitantes de los campos
huyen en tropel, y en su precipitada fuga a Roma llevan la primera
noticia de la invasión. Alármase Rómulo (porque
la inminencia del peligro no admite vacilación), ordena su
ejército y marcha a acampar a una milla de Fidenas. Deja
allí corta guarnición y se pone de nuevo en marcha
con todas sus fuerzas: embosca parte de ellas en paraje lleno de
malezas, y continúa la marcha con los demás peones
y todos los caballos. Estos movimientos, operados con aparente desorden,
y las correrías de la caballería hasta las puertas
de la ciudad atraen a los enemigos, conforme se proponía
Rómulo. Las acometidas de la caballería hacían
más verosímil la fuga que la infantería simulaba;
y en efecto, mientras los jinetes ejecutaban sus movimientos y mostraban
vacilación entre el deseo de huir y el honor del combate,
retiróse la infantería. Los fidenatos abren entonces
las puertas de la ciudad, corren a la llanura, se lanzan en masa
sobre el ejército romano, le ponen en retirada, y en el ardimiento
de tenaz persecución, caen en la emboscada; preséntanse
de repente los soldados romanos escondidos, cógenles de través,
espántanse los fidenatos, y poniéndose en movimiento
entonces la guarnición, aumenta su terror, siendo tan grande,
que apenas deja tiempo a Rómulo y a la caballería
para volver sobre ellos; comienza la fuga, y como ésta es
verdadera, penetran en la ciudad con más desorden y precipitación
que mostraron en la persecución del ejército romano,
que solamente huía por artificio. Los romanos les empujaban
con las espadas, y antes de que pudiesen cerrar las puertas entraron
revueltos vencedores y vencidos, como si todos formasen un solo
ejército».
|
2) El
cónsul Quinto Fabio Máximo, habiendo sido enviado para ayudar
a los sutrianos contra los etruscos, hizo que el embate pleno del ataque
del enemigo cayera sobre él. Entonces, fingiendo temor, se retiró
a terrenos más altos, como en retirada, y cuando el enemigo se
precipitó sobre él desordenadamente, atacó, y no
simplemente los derrotó en la batalla, sino que capturó
su campamento ..
|
Nota:
Año 310 a.de C.; el cónsul Quinto Fabio
Máximo Ruliano. Livio, 9:35 : «Mientras ocurrían
estas cosas en Roma, los etruscos habían puesto ya sitio
a Sutrium. El cónsul Fabio se había puesto en marcha
tomando por la parte baja de las montañas para socorrer a
los aliados y hasta para atacar, si encontraba oportunidad, las
líneas de los sitiadores, cuando se le presentó el
enemigo en orden de batalla. La inmensa llanura en que se desplegaba,
permitiale emplear su extraordinaria multitud, y el cónsul,
para suplir el corto número de los suyos con la ventaja de
la posición, se separó un poco, hizo ganar a sus tropas
las primeras alturas, cuyo suelo escabroso estaba lleno de piedras,
y desde allí hizo frente al enemigo. No considerando los
etruscos más que su multitud, que formaba toda su seguridad,
y olvidando lo demás, corren al combate con tanta precipitación
y tal ardor, que arrojando los dardos para llegar más pronto
a las manos, desenvainan las espadas al mismo tiempo que van al
enemigo. Los romanos, por el contrario, lanzan en tanto dardos,
en tanto piedras, armas que el suelo las suministra con abundancia.
Esta lluvia, cayendo sobre escudos y cascos, aturdía a los
que no quedaban heridos. No era fácil al enemigo llegar al
pie de la altura para combatir más de cerca, ni tampoco combatir
de lejos, porque carecían de dardos; quedando, pues, en el
mismo punto ex-puestos a golpes de los que nada podía preservarlos.
Algunos comenzaban ya a retroceder, y todo el ejército estaba
indeciso y vacilante, cuando los hastatos y los príncipes,
repitiendo el grito de ataque, corren a ellos con las espadas en
las manos. Los etruscos no pudieron resistir aquella impetuosidad;
vuelven la espalda, y se dirigen a su campamento en el mayor desorden.
Pero los jinetes romanos, que habían atravesado oblicuamente
la llanura, se presentan a su encuentro; entonces abandonan el camino
del campamento y procuran ganar las montañas. Desde allí,
aquel ejército sin armas y acribillado de heridas penetra
en la selva Ciminia. El romano, después de haber dado muerte
a muchos millares de etruscos, se apoderó de treinta y cinco
enseñas, del campamento y de considerable botín. En
seguida se pensó en perseguir al enemigo». |
3)
Sempronio Graco, llevando a cabo la guerra contra los celtíberos,
fingió temor y mantuvo su ejército en el campamento. Entonces,
enviando tropas armadas ligeramente para acosar al enemigo y retroceder
inmediatamente, hizo que el enemigo saliera; hecho lo cual, los atacó
antes de que pudieran formarse, y los aplastó tan completamente,
que también capturó su campamento.
| Nota:
Año 179 a.de C. Livio, 40:48 :
«Desde allí marchó sobre la ciudad
de Alcea, cerca de la cual estaban acampados los celtíberos,
que recientemente le habían enviado la legación. Después
de haber hecho atacar durante algunos días sus parapetos
por sus tropas ligeras y haberles hostigado con escaramuzas, aumentó
poco a poco la fuerza del destacamento, con objeto de atraer todo
el ejército enemigo fuera de sus empalizadas. Cuando vió
que su plan había tenido éxito, mandó a los
prefectos de los auxiliares que volviesen bruscamente la espalda
en medio del combate. corno si les abrumase el número, y
que huyesen en desorden hacia el campamento.
Entre tanto se ocupaba él detrás de las empalizadas
en disponer sus tropas en todas las puertas. Pronto vió que
sus auxiliares se batían en retirada, según sus órdenes,
y que detrás venían los bárbaros, impulsados
por el ardor de la persecución. Allí los esperaba
con su ejército formado en batalla; así fué
que en cuanto dió a los suyos tiempo suficiente para que
entrasen en el campamento, lanzando los romanos un grito terrible,
salieron por todas las puertas a la vez. Los enemigos no pudieron
sostener aquel terrible ataque; habían venido para apoderarse
del campamento romano, y ni siquiera pudieron defender el suyo.
Al primer choque quedaron arrollados, puestos en derrota, rechazados
hasta sus parapetos y en seguida obligados a abandonarlos. En aquel
combate perdieron nueve mil hombres muertos, les hicieron trescientos
veinte prisioneros y se apoderaron de ciento doce caballos y de
treinta y siete enseñas. Los romanos solamente perdieron
ciento nueve soldados».
|
4) Cuando el cónsul Lucio Metelo llevaba adelante
la guerra en Sicilia contra Asdrúbal, y con la mayor vigilancia,
debido al inmenso ejército de Asdrúbal y sus ciento treinta
elefantes, retrocedió sus tropas, fingiendo temor, dentro de Panormus
(1), y construyó en el frente una zanja de proporciones enormes.
Entonces, observando el ejército de Asdrúbal, con los elefantes
en la fila delantera, ordenó que los hastati lanzaran sus jabalinas
en las bestias e inmediatamente se retiraran dentro de sus defensas. Los
conductores de los elefantes, enfurecidos ante tal irrisorio tratamiento,
condujeron a los elefantes directamente hacia la zanja. Tan pronto como
trajeron a las bestias hasta ésta, parte fueron eliminadas por
una lluvia de dardos, parte fueron hechos retroceder atrás a su
propio lado, y provocaron en la hueste entera una gran confusión.
Entonces Metelo, que esperaba su momento, irrumpió adelante con
toda su fuerza, atacó a los cartagineses por el flanco, y los despedazó.
Además de esto, capturó a los mismos elefantes (2).
Nota
1: Panormus : La actual Palermo.
Nota
2: Año 251 a.de C. Polibio,
1:40 : «Asdrúbal, comandante de los
cartagineses, testigo del espanto de los romanos en los campamentos
anteriores, informado de que uno de los Cónsules había
marchado a Italia con la mitad del ejército (252 años
antes de J. C.), y que Cecilio quedaba en Palermo con la parte
restante para defender los frutos de los aliados, cuya cosecha
estaba ya en sazón; Asdrúbal, digo, parte de Lilibea
con su ejército y sienta sus reales sobre los límites
del territorio de Palermo. Cecilio, que advirtió su confianza,
retuvo sus tropas dentro de la ciudad, con vistas a provocar su
audacia. Fiero el cartaginés de que en su concepto Cecilio
no osaba hacerle frente, avanza temerario con todo el ejército,
y desciende por unos desfiladeros al país de Palermo.
El procónsul, no obstante la tala de frutos que el cartaginés
hacía hasta la ciudad, permanecía firme en su resolución
hasta ver si le incitaba a pasar el río que corre por delante.
Pero cuando ya tuvo de esta parte los elefantes y el ejército,
destaca al instante sus tropas ligeras para que los provoquen
y se vean obligados a poner todo su campo en batalla. Al fin,
cumplido su deseo, sitúa algunas tropas ligeras delante
del muro y del foso, con orden de, si los elefantes se acercaban,
dar sobre ellos una carga cerrada de saetas; y en caso de verse
precisados, retirarse al foso, y desde allí volver a la
carga contra los que se acercasen.
Ordena después a los artesanos llevar dardos de la plaza
y estar dispuestos en el exterior al pie del muro. Él con
sus cohortes se aposta en la puerta opuesta al ala izquierda de
los enemigos, para enviar continuamente socorros a sus ballesteros.
Empeñada algo más la acción, los conductores
de los elefantes, émulos de la gloria de Asdrúbal
y deseosos de que a ellos se les atribu yese la victoria, avanzaron
todos contra los primeros que peleaban, los pusieron fácilmente
en huida y los persiguieron hasta el foso. Aproximáronse
después los elefantes, pero heridos por los que disparaban
desde el muro, y traspasados a golpe seguro con los continuos
chuzos y lanzas de los que coronaban el foso, se enfurecen al
fin acribillados de flechas y heridas, se vuelven y atacan a los
suyos, atropellan y matan a los soldados, confunden y desordenan
sus líneas. A la vista de esto, Cecilio saca rápidamente
el ejército, da en flanco con sus tropas de refresco y
coordinadas sobre el ala de los enemigos desorganizados, causa
un grande daño en los contrarios, mata a muchos, y hace
huir a los demás precipitadamente. Toma diez elefantes
con sus indios, y se apodera de todos los demás que habían
desmontado a sus conductores, rodeándolos la caballería
después de la batalla. Acabada la acción, en general
se confesaba que Roma era deudora a Cecilio de que sus tropas
de tierra hubiesen recuperado el valor y hubiesen vindicado la
campiña».
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5) Cuando Tamiris, reina de los escitas, y Ciro, el rey
de los persas, se enfrentaron en un combate indeciso, la reina, fingiendo
temor, atrajo a Ciro a un desfiladero bien conocido por sus propias tropas,
y allí, volviéndose de repente y enfrentando, ayudada por
la naturaleza del lugar, obtuvo una victoria completa .
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Nota:
Año 529 a.de C. Heródoto, 1:204 a 214 : «
CCIV. En las riberas del mar Caspio que miran al
Oriente hay una inmensa llanura cuyos límites no puede alcanzar
la vista. Una parte, y no la menor de ella, la ocupan aquellos Masagetas
contra quienes formó Ciro el designio de hacer la guerra,
excitado por varios motivos que le llenaban de orgullo. El primero
de todos era lo extraño de su nacimiento, por el que se figuraba
ser algo más que hombre; y el segundo la fortuna que lo acompañaba
en todas sus expediciones, pues donde quiera que entraban sus armas,
parecía imposible que ningún pueblo dejase de ser
conquistado.
CCV. En aquella sazón era reina de los Masagetas
una mujer llamada Tamiris, cuyo marido había muerto ya. A
esta, pues, envió Ciro una embajada, con el pretexto de pedirla
por esposa. Pero Tamiris, que conocía muy bien no ser ella,
sino su reino, lo que Ciro pretendía, le negó la entrada
en su territorio. Viendo Ciro el mal éxito de su artificiosa
tentativa, hizo marchar su ejército hacia el Araxes, y no
se recató ya en publicar su expedición contra los
Masagetas, construyendo puentes en el río, y levantando torres
encima de las naves en que debía verificarse el paso de las
tropas.
CCVI. Mientras Ciro se ocupaba en estas obras,
le envió Tamiris un mensajero con orden de decirle: «Bien
puedes, rey de los Medos, excusar esa fatiga que tomas con tanto
calor: ¿quién sabe si tu empresa será tan feliz
corno deseas? Más vale que gobiernes tu reino pacíficamente,
y nos dejes a nosotros en la tranquila posesión de los términos
que habitamos. ¿Despreciarás por ventura mis consejos,
y querrás más exponerlo todo que vivir quieto y sosegado?
Pero si tanto deseas hacer una prueba del valor de los Masagetas,
pronto podrás conseguirlo. No te tomes tanto trabajo para
juntar las dos orillas del río. Nuestras tropas se retirarán
tres jornadas, y allí te esperaremos; o si prefieres que
nosotros pasemos a tu país, retírate a igual distancia,
y no tarda remos en buscarte.» Oído el mensaje, convocó
Ciro a los Persas principales, y exponiéndoles el asunto,
les pidió su parecer sobre cuál de los dos partidos
sería mejor admitir. Todos unánimemente convinieron
en que se debía esperar a Tamiris y a su ejército
en el territorio persiano.
CCVII. Creso, que se hallaba presente a la deliberación,
desaprobó el dictamen de los Persas, y manifestó su
opinión contraria en estos términos: -«Ya te
he dicho, señor, otras veces, que puesto que el cielo me
ha hecho siervo tuyo, procuraré con todas mis fuerzas estorbar
cualquier desacierto que trate de cometerse en tu casa. Mis desgracias
me proporcionan, en medio de su amargura, algunos documentos provechosos.
Si te consideras inmortal, y que también lo es tu ejército,
ninguna necesidad tengo de manifestarte mi opinión; pero
si tienes presente que eres hombre y que mandas a otros hombres,
debes advertir, antes de todo, que la fortuna es una rueda, cuyo
continuo movimiento a nadie deja gozar largo tiempo de la felicidad.
En el caso propuesto, soy de parecer contrario al que han manifestado
mis consejeros, y encuentro peligroso que esperes al enemigo en
tu propio país; pues en caso de ser vencido, te expones a
perder todo el imperio, siendo claro que, vencedores los Masagetas,
no volverán atrás huyendo, sino que avanzarán
a lo interior de tus dominios. Por el contrario, si los vences,
nunca cogerás tanto fruto de la victoria como si, ganando
la batalla en su mismo país, persigues a los Masagetas fugitivos
y derrotados. Debe pensarse por lo mismo en vencer al enemigo, y
caminar después en derechura a sojuzgar el reino de Tamiris;
además de que sería ignominioso para el hijo de Cambises
ceder el campo a una mujer, y volver atrás un solo paso.
Soy, por consiguiente, de dictamen que pasemos el río, y
avanzando lo que ellos se retiren, procuremos conseguir la victoria.
Esos Masagetas, según he oído, no tienen experiencia
de las comodidades que en Persia se disfrutan, ni han gustado jamás
nuestras delicias. A tales hombres convendría prevenirles,
en nuestro mismo campo un copioso banquete, matando un gran número
de carneros, y dejándolos bien preparados, con abundancia
de vino puro y todo género de manjares. Hecho esto, confiando
la custodia de los reales a los soldados más débiles,
nos retiraríamos hacia el río. Cuando ellos viesen
a su alcance tantas cosas buenas, no dado que se abalanzarían
a gozar las y nos suministrarían la mejor ocasión
de sorprenderlos ocupados, y de hacer en ellos una matanza horrible.»
CCVIII. Estos fueron los pareceres que se dieron
a Ciro; el cual, desechando el primero y conformándose con
el de Creso, envió a decir a Tamiris que se retirase, porque
él mismo determinaba pasar el río y marchar contra
ella. Retiróse en efecto la Reina, como antes lo tenía
ofrecido. Entonces fue cuando Ciro puso a Creso en manos de su hijo
Cambises, a quien declaraba por sucesor suyo, encargándolo
con las mayores veras que cuidase mucho de honrarlo y hacerle bien
en todo, si a él por casualidad no le saliese felizmente
la empresa que acometía. Después de esto, envíalos
a Persia juntos; y él poniéndose al frente de sus
tropas, pasa con ellas el río.
CCIX. Estando ya de la otra parte del Araxes, venida
la noche y durmiendo en la tierra de los Masagetas, tuvo Ciro una
visión entre sueños que le representaba al hijo mayor
de Histaspes con alas en los hombros, una de las cuales cubría
con su sombra e1 Asia y la otra la Europa. Este Histaspes era hijo
de Arsaces, de la familia de los Aqueménidas, y su hijo mayor,
Darío, joven de veinte años, se había quedado
en Persia, por no tener la edad necesaria para la milicia. Luego
que despertó Ciro, se puso a reflexionar acerca del sueño,
y como le pareciese grande y misterioso, hizo llamar a Histaspes,
y quedándose con él a solas, le dijo: -«He descubierto,
Histaspes, que tu hijo maquina contra mi persona y contra mi soberanía.
Voy a decirte el modo seguro como lo he sabido. Los dioses, teniendo
de mí un especial cuidado, me revelan cuanto me debe suceder;
y ahora mismo he visto la noche pasada entre sueños que el
mayor de tus hijos tenía en sus hombros dos alas, y que con
la una llenaba de sombra el Asia, y con la otra la Europa. Esta
visión no puede menos de ser indicio de las asechanzas que
trama contra mí. Véte, pues, desde luego a Persia
y dispón las cosas de modo que cuando yo esté de vuelta,
conquistado ya este país, me presentes a tu hijo para hacerle
los cargos correspondientes.»
CCX. Esto dijo Ciro, imaginando que Darío
le ponía asechanzas; pero lo que el cielo le pronosticaba
era la muerte que debía sobrevenirle, y la traslación
de su corona a las sienes de Darío. Entonces le respondió
Histaspes: -«No permita Dios que ningún Persa de nacimiento
maquine jamás contra vuestra persona, y perezca mil veces
el traidor que lo intentase. Vos fuisteis, oh Rey, quien de esclavos
hizo libres a los Persas, y de súbditos de otros, señores
de todos. Contad enteramente conmigo, porque prontísimo a
entregaros a mi hijo, para que de él hagáis lo que
quisiereis, si alguna visión os le mostró amigo de
novedades en perjuicio de vuestra soberanía.» Así
respondió Histaspes; en seguida repasó el río
y se puso en camino para Persia, con objeto de asegurar a Darío
y presentarle a Ciro cuando volviese.
CCXI. Partiendo del Araxes, se adelantó
Ciro una jornada, y puso por obra el consejo que le había
sugerido Creso; conforme al cual se volvió después
hacia el río con la parte más escogida y brillante
de sus tropas, dejando allí la más débil y
flaca. Sobre estos últimos cargó en seguida la tercera
parte del ejército de Tamiris, y por más que se defendieron,
los pasó a todos al filo de la espada. Pero viendo los Misagetas,
después de la muerte de sus contrarios, las mesas que estaban
preparadas, sentáronse a ellas, y de tal modo se hartaron
de comida y de vino, que por último se quedaron dormidos.
Entonces los Persas volvieron al campo, y acometiéndoles
de firme, mataron a muchos y cogieron vivos a muchos más,
siendo de este número su general, el hijo de la reina Tamiris,
cuyo nombre era Espargapises.
CCXII. Informada Tamiris de lo sucedido en su ejército
y en la persona de su hijo, envió un mensajero a Ciro, diciéndole:
-«No te ensoberbezcas, Ciro, hombre insaciable de sangre,
por la grande hazaña que acabas de ejecutar. Bien sabes que
no has vencido a mi hijo con el valor de tu brazo, sino engañándolo
con esa pérfida bebida, con el fruto de la vid, del cual
sabéis vosotros henchir vuestros cuerpos, y perdido después
el juicio, deciros todo género de insolencias. Toma el saludable
consejo que voy a darte. Vuelve a mi hijo y sal luego de mi territorio,
contento con no haber pagado la pena que debías por la injuria
que hiciste a la tercera parte de mis tropas. Y si no lo practicas
así, te juro por el sol, supremo señor de los Masagetas,
que por sediento que te halles de sangre, yo te saciaré de
ella.»
CCXIII. Ciro no hizo caso de este mensaje. Entretanto,
Espargapises, así que el vino le dejó libre la razón
y con ella vio su desgracia, suplicó a Ciro le quitase las
prisiones; y habiéndolo conseguido, dueño de sus manos,
las volvió contra sí mismo y acabó con su vida.
Este fue el trágico fin del joven prisionero.
CCXIV. Viendo Tamiris que Ciro no daba oídos
a sus palabras, reunió todas sus fuerzas y trabó con
él la batalla más reñida que en mi concepto
se ha dado jamás entre las naciones bárbaras. Según
mis noticias, los dos ejércitos empezaron a pelear con sus
arcos a cierta distancia; pero consumidas las flechas, vinieron
luego a las manos y se acometieron vigorosamente con sus lanzas
y espadas. La carnicería duró largo tiempo, sin querer
ceder el puesto ni los unos ni los otros, hasta que al cabo quedaron
vencedores los Masegetas. Las tropas persianas sufrieron una pérdida
espantosa, y el mismo Ciro perdió la vida, después
de haber reinado veintinueve años. Entonces fue cuando Tamiris,
habiendo hecho llenar un odre de sangre humana, mandó buscar
entre los muertos el cadáver de Ciro; y luego que fue hallado,
le cortó la cabeza y la metió dentro del odre, insultándolo
con estas palabras: -«Perdiste a mi hijo cogiéndole
con engaño a pesar de que yo vivía y de que yo soy
tu vencedora. Pero yo te saciaré de sangre cumpliendo mi
palabra.» Este fue el término que tuvo Ciro, sobre
cuya muerte sé muy bien las varias historias que se cuentan;
pero yo la he referido del modo que me parece más creíble».
|
6) Los egipcios, estando por enfrentarse en una llanura
cercana a un pantano, cubrieron el pantano con algas, y luego, cuando
la batalla comenzó, fingiendo huir, hicieron caer al enemigo en
una trampa; ya que éste, avanzando demasiado rápidamente
sobre tierra desconocida, fue sorprendido en el fango y rodeado.
7) Viriato, quién de ser un bandido se convirtió
en líder de los celtíberos, en una ocasión, fingiendo
ceder el paso ante la caballería romana, la condujo a un lugar
lleno de profundos agujeros. Allí, mientras él mismo hizo
su salida por caminos familiares que le permitieron un puen paso, los
romanos, ignorantes del lugar, se hundieron en el fango y fueron muertos.
| Nota:
Años 147 a 139 a.de C. |
8) Fulvio, comandante en la guerra contra los cimbrios,
habiendo instalado su campamento cerca del enemigo, ordenó que
su caballería se acercara a las fortificaciones de los bárbaros
y se retirara en una huída fingida, después de hacer un
ataque. Cuando hubo hecho esto durante varios días, con los cimbrios
en tenaz persecución, notó que su campamento era dejado
expuesto con regularidad. En consecuencia, manteniendo su práctica
habitual con parte de su fuerza, él mismo, con tropas armadas ligeramente,
tomó en secreto una posición detrás del campo enemigo,
y cuando ellos salían según su costumbre, atacó de
repente, demolió el indefenso terraplén y capturó
su campamento.
| Nota:
Livio 40:30-32,
dice que Quinto Fulvio Flaco usó esta estratagema con los
celtíberos en el 181 a.de . No existe registro de ningún
comandante Fulvio luchando contra los Cimbrios; 30. En aquel odio
estalló una guerra muy grave en la España citerior.
Los celtíberos habían levantado cerca de treinta y
cinco mil hombres, número a que no habían llegado
hasta entonces. Q. Fulvio Flaco, que mandaba aquel año la
provincia, habiendo sabido que los celtíberos armaban a sus
jóvenes, había levantado por su parte entre sus aliados
cuantas tropas auxiliares pudo procurarse, pero su ejército
estaba lejos de igualar en número al de sus enemigos. Al
comenzar la primavera entró en la Carpetania y acampó
bajo las murallas de Ebura, después de dejar escasa guarnición
en la ciudad. Pocos días después marcharon los celtiberos
a apostarse al pie de una colina, a unas dos millas de los romanos.
En cuanto se enteró de su llegada el pretor, envió
a su hermano M. Fulvio al frente de dos turmas de caballería
para que reconociese las posiciones enemigas y se enterase del número
de combatientes, acercándose todo lo posible a las empalizadas.
Recomendóle al mismo tiempo que evitase todo combate y que
se retirara si veía salir la caballería española.
Las órdenes quedaron puntualmente ejecutadas. Durante muchos
días los romanos se limitaron, por todo movimiento, a hacer
avanzar sus dos turmas, que se retiraban en cuanto comenzaba a moverse
la caballería enemiga. Al fin los celtíberos salieron
de sus parapetos con todas sus fuerzas de caballería e infantería
y se formaron en batalla a igual distancia de los dos campamentos.
El espacio que los separaba era una llanura despejada, a propósito
para batallas. Los españoles se detuvieron esperando a sus
enemigos, pero los romanos se mantuvieron durante cuatro días
seguidos encerrados en su campamento, y a pesar de la constancia
de los españoles, que permanecieron formados en batalla en
el mismo sitio, no hicieron ningún movimiento. Al fin volvieron
a sus parapetos los celtíberos, porque no habían podido
hacer aceptar la batalla a los romanos; y maniobraba solamente su
caballería delante de las empalizadas, para estar pronta
ante cualquier movimiento del enemigo. Los soldados de ambos ejércitos
salían por detrás de los campamentos para recoger
leña y forraje, sin cuidarse unos de otros.
31. Creyendo el pretor romano que su larga inacción habría
convencido a los celtíberos de que no sería el primero
en atacarles, mandó a L. Acilio que, al frente del ala izquierda
y de seis mil auxiliares que había suministrado la provincia,
rodease la colina en que se apoyaba el enemigo y que cayese sobre
su campamento en cuanto oyese el grito de ,guerra. Estas fuerzas
partieron de noche con objeto de ocultar su marcha. Al amanecer
mandó Flaco al prefecto de los aliados Escribonio que avanzase
hacia los parapetos enemigos con la caballería extraordinaria
del ala izquierda. Al ver los celtíberos aquellas fuerzas,
más numerosas y atrevidas de lo que ordinariamente se mostraban
los romanos, enviaron a su encuentro toda su caballería,
mandando al mismo tiempo que se pusiese en movimiento su infantería.
Fiel a sus instrucciones, Scribonio, en cuanto oyó el ruido
de los caballos, volvió grupas y se replegó al campamento,
persiguiéndole los españoles con mucho ahinco. Habíase
adelantado su caballería y la infantería avanzaba
detrás, no dudando que aquel mismo día se apoderaban
del campamento del pretor. Apenas distaban quinientos pasos de las
empalizadas romanas, cuando, considerando Flaco que estaban bastante
lejos de los suyos para poder socorrerlos, formó sus huestes
en batalla detrás de los parapetos, y salió por tres
puntos a la vez, haciendo gritar enérgicamente a los soldados,
no tanto para excitar su ardor, como para dar la señal a
los romanos emboscados en la montaña. No se hicieron esperar
éstos, sino que cayeron, según se les había
mandado, sobre el campamento enemigo, en el que solamente habían
quedado para defenderle cinco mil hombres a lo sumo. Asustados los
españoles por su corto número, ante la multitud de
los que atacaban y de la repentina acometida, entregaron el campamento
casi sin combate; Acilio mandó que incendiaran aquella parte
que era más visible desde el campo de batalla.
32. Los celtíberos que se encontraban detrás en la
batalla fueron los primeros que vieron la llama. En seguida corrió
por todo el ejército la noticia de que habían perdido
el campamento y que ardía en aquel instante. Esta noticia
aumentó el espanto del enemigo y el ardor de los romanos,
que oían ya los gritos de sus compañeros victoriosos
y veían los resplandores del incendio. Los celtíberos
tuvieron un momento de vacilación e incertidumbre; pero cuando
vieron que no tenían retirada si retrocedían, y que
su único recurso era combatir, vovieron al ataque con mayor
encarnizamiento. Estrechábales fuertemente en el centro la
quinta legión, por lo que atacaron con más confianza
el ala izquierda de los romanos, donde había colocado Flaco
los auxiliares de la provincia, compatriotas de los celtíberos.
Ya iba a retroceder esta ala, cuando ocupó su puesto la legión
séptima, y al mismo tiempo salieron las fuerzas que formaban
la guarnición de Ebura, lanzándose a lo más
recio de la pelea. Por su parte Acilio había atacado a los
españoles por la espalda. Los celtíberos resistieron
mucho tiempo y se dejaron exterminar sobre el terreno, huyendo en
todas direcciones los que escaparon. La caballería, dividida
en dos cuerpos, se puso en su persecución e hizo considerable
matanza, resultando en aquella batalla cerca de veintitrés
mil hombres muertos y cuatro mil setecientos prisioneros, cayendo
en poder de los romanos más de quinientos caballos y ochenta
y ocho enseñas militares. Cara se pagó aquella importante
victoria: el pretor perdió más de doscientos soldados
de las dos legiones, ochocientos treinta aliados del nombre latino
y cerca de dos mil cuatrocientos auxiliares extranjeros. Ganada
la batalla, regresó al campamento con sus tropas victoriosas.
Acilio recibió orden para permanecer en el que había
conquistado, y al día siguiente recogieron los despojos de
las víctimas, distribuyendo el general delante de todo el
ejército las recompensas que habían merecido los que
se distinguieron por su valor».
|
9) Cneo Fulvio, cuando una fuerza de los faliscos muy
superior a la nuestra, acampó en nuestro territorio, hizo que sus
soldados prendieran fuego a ciertos edificios a una distancia del campo,
a fin de que los faliscos, pensando que sus propios hombres habían
hecho esto, se dispersaran con la esperanza del pillaje.
10) Alejandro el epirota, emprendiendo la guerra contra
los ilirios, colocó primero una fuerza en emboscada, y luego disfrazó
a algunos de sus propios hombres con el traje tradicional ilirio, ordenándoles
que devastaran su propio territorio epirota. Cuando los ilirios vieron
que esto se estaba haciendo, ellos mismos comenzaron a pillar a troche
y mochecon la mayor confianza, ya que pensaban que aquellos que mostraban
el camino eran exploradores. Pero cuando fueron intencionalmente llevados
por éstos a una posición desventajosa, fueron derrotados
y muertos.
11) Leptines, el siracusano, también, emprendiendo
la guerra contra los cartagineses, ordenó que sus propias tierras
fueran devastadas y algunas granjas y fortalezas fueran quemadas. Los
cartagineses, pensando que esto había sido hecho por sus propios
hombres, salieron ellos mismos también para ayudar; con lo cual
fueron emboscados por hombres que estaban esperándolos, y fueron
derrotados.
| Nota:
Año 397-396 a.de C. La versión de
Polieno, 5:8 § 1, difiere de la dada por Frontino : «Los
cartaginese, quiénes navegaban cerca de Paquino, desembarcaron
allí, y devastaron el país circundante. Leptines colocó
alguna caballería emboscada por la noche, y ordenó
que algunos otros encontraran algún medio para prender fuego
al campamento cartaginés. Tan pronto como los cartagineses
vieron sus tiendas de campaña y equipajes en llamas, se apresuraron
para llegar allí tan rápidamente como fuera posible,
para salvar lo que pudieran. Pero mientras ellos intentaban esto,
fueron atacados por la caballería, que los persiguió
hasta sus barcos con gran matanza».
|
12) Maharbal (1), enviado por los cartagineses contra
africanos rebeldes, sabiendo que la tribu era apasionadamente aficionada
al vino, mezcló una cantidad grande de vino con mandrágora,
que en potencia es algo entre un veneno y un soporífero. Entonces,
después de una insignificante escaramuza, deliberadamente se retiró.
A altas horas de la noche, dejando en el campamento un poco de su equipaje
y todo el vino drogado, fingió huir. Cuando los bárbaros
capturaron el campamento y en un frenesí de placer, bebieron avariciosamente
el vino drogado, Maharbal volvió, y los apresó o los mató
mientras ellos estaban estirados como muertos (2).
Nota
1: Maharbal fue un comandante de la caballería
númida al servicio de Aníbal.
Nota
1: Polieno 5:10 § 1, atribuye esta estratagema a
Himilcón en el 396 a.de C. «Himilcón el cartaginés,
quién era consciente que los africanos eran aficionados
a licor, mezcló láudano en un gran número
de jarras de vino. Después de colocar las jarras en los
suburbios, hizo algunas escaramuzas con el enemigo, y luego se
retiró dentro la ciudad, como si hubiera sido dominado.
Los africanos se regocijaron por su aparente éxito de bloquear
a los cartagineses en su ciudad. Bebieron grandes cantidades del
vino abandonado, que los lanzó a un profundo sueño,
y los dejó a merced del enemigo».
|
13) Aníbal, en una ocasión, consciente
que tanto su propio campamento como el de los romanos, estaban en sitios
escasos de madera, abandonó deliberadamente el distrito, dejando
muchas manadas de ganado dentro de su campamento. Los romanos, asegurando
la posesión de éstas como botín, se atiborraron con
la carne, que, debido a la escasez de leña, estaba cruda e indigesta.
Aníibal, volviendo por la noche con su ejército y encontrándolos
desguarnecidos y atiborrados con carne cruda, les infligió gran
pérdida .
14)
Tiberio Graco, estando en España, sabiendo que el enemigo sufría
de falta de provisiones, proveyó su campamento de un elaborado
suministro de comestibles de todas las clases y luego lo abandonó.
Cuando el enemigo tuvo la posesión del campamento y se hubo atiborrado
hasta quedar ahíto con el alimento que encontraron, Graco trajo
de vuelta su ejército e inmediatamente los aplastó . .
| Nota:
Año 179 a 178 a.de C. |
15)
Los habitantes de Quíos, emprendiendo la guerra contra los eritreos,
capturaron a un espía eritreo en una cima elevada y lo mataron.
Dieron, entonces, su ropa a uno de sus propios soldados, quién,
dando una señal desde la misma eminencia, atrajo a los eritreos
a una emboscada.
16)
Los árabes, dado que su costumbre de dar aviso de la llegada del
enemigo por medio del humo durante el día, y por el fuego durante
la noche, era bien conocida, dieron órdenes en una ocasión
que estas prácticas siguieran sin interrupción hasta que
el enemigo realmente se hubiere acercado, momento en el que debían
ser discontinuadas. El enemigo, imaginando por la ausencia de los fuegos,
que su acercamiento era ignorado, avanzó con demasiada impaciencia
y fue derrotado.
17)
Alejandro de Macedonia, cuando el enemigo hubo fortificado su
campamento en una cima arbolada alta, retiró una porción
de sus fuerzas, y ordenó a aquellos que dejaba, que encendieran
fuegos como de costumbre, y así dar la impresión del ejército
entero. Él mismo, conduciendo sus fuerzas alrededor por regiones
no exploradas, atacó al enemigo y lo desalojó de su posición
dominante .
| Nota:
Año 327 a.de C. Quinto Curcio Rufo, 7:11 : «El
rey había pacificado el resto del país. Sólo
un peñascal quedaba ocupado por el sogdiano Arimazes, con
treinta mil soldados, con víveres acumulados anteriormente,
suficientes para tal multitud incluso para dos años. Este
peñascal tiene treinta estadios de altura y ciento cincuenta
de circuito. Cortado a plomada y abrupto por todos lados, sólo
es accesible por un estrecho senderillo. A media altura hay una
cueva con una entrada estrecha y oscura; pero gradualmente se va
ensanchando y al fondo ofrece seguros escondrijos. Por casi toda
la cueva brotan fuentes y las aguas reunidas dejan deslizarse un
río por los flancos de la montaña.
El rey, vista la dificultad del lugar, había decidido pasar
de largo; pero pronto le aguijoneó el deseo de abatir a la
propia naturaleza. Con todo, antes de exponerse a los azares de
un sitio, delegó ante los bárbaros a Cofes, que era
hijo de Artabazus, para que les persuadiese de rendir el peñascal.
Arimazes, confiado en la posición, contestó orgullosamente
muchas cosas y al final preguntó si Alejandro también
podía volar. Transmitidas estas palabras al rey, de tal manera
encendieron su ánimo que, convocando a aquellos con los cuales
solía consultar, les puso al corriente de la insolencia del
bárbaro que se mofaba de ellos porque no tenían alas;
pero la próxima noche —añadió—
haría creer a Arimazes que los macedonios también
volaban. «Dadme —dijo--- trescientos jóvenes
de los más ágiles de las tropas dé cada uno,
que estén acostumbrados en su tierra a conducir ganado por
senderos y peñascos casi impracticables.»
Se los llevan inmediatamente, notables tanto por su agilidad corporal
como pan el ardoroso valor. El rey, mirándoles: «Con
vosotros --dijo—, jóvenes y compañeros míos,
he saltado las murallas de ciudades invictas antes de mí;
he escalado las montañas cubiertas de nieves perennes, he
penetrado en las gargantas de la Cilicia y he soportado sin desmayo
en la India todo el rigor del frío. Os he dado pruebas de
mí y yo las tengo de vosotros. El peñasco que veis
tiene un solo acceso que lo ocupan los bárbaros; los demás
puntos los tienen descuidados y no hay vigías, aparte de
los que miran nuestro campamento. Encontraréis un camino
si sabéis explorar diestramente los pasos que llevan a la
cumbre. La naturaleza no ha colocado nada tan arriba, que no pueda
ser alcanzado por el valor. Tratando de conseguir lo que a Giros
había hecho desesperar, nos hemos hecho señores de
Asia. Llegad hasta la cumbre y cuando la hayáis alcanzado,
hacedme señales con trapos blancos. Yo, acercándome
con las tropas, atraeré al enemigo hacia nosotros y lo apartaré
de vosotros. Un premio de diez talentos será para el primero
que ponga el pie en la cima; un talento menos recibirá el
que llegue segundo y la misma proporción será mantenido
hasta diez hombres.
Pero estoy persuadido de que a vosotros os importa menos mi liberalidad
que mi deseo.»
Con tal ánimo escucharon las palabras del rey, que ya les
parecía haber alcanzado la cima de la montaña.
Habiéndoles despedido, prepararon cuñas de hierro
y fuertes maromas. El rey, después de haber dado la vuelta
al peñasco, a la segunda vela dio la orden de marcha por
donde el camino parecía menos áspero y abrupto, deseándoles
buena suerte. Provistos de víveres para dos días y
armados solamente con espada y dardos, empezaron a subir. Al principio
no se ayudaron más que con los pies; luego, cuando llegaron
al despeñadero, los unos trepaban agarrándose con
las manos a las rocas más salientes, los otros se izaron
con ayuda de cuerdas atadas y otros, fijando las cuñas entre
las piedras a manera de peldaños en donde apoyarse. Así
pasaron el día entre el miedo y la fatiga. Después
de tanta aspereza, les quedaba la parte más dura y la altura
del peñasco parecía crecer.
Era un espectáculo lastimoso cuando a los que les fallaba
el pie en los peldaños inseguros, rodaban montaña
abajo, mostrando los unos con su caída lo que les esperaba
a los otros. A pesar de todo, a través de estas dificultades,
llegan a la cumbre de la montaña agotados por la fatiga de
tan enorme esfuerzo, algunos con algún miembro estropeado;
la noche y el sueño vinieron a sorprenderles al mismo tiempo.
Tendidos aquí y allá en la selva aspereza del roquedal,
olvidados del inminente peligro, reposaron hasta el amenecer. Al
fin, como saliendo de un profundo entumecimiento, espiando por los
valles que se extendían y ocultaban bajo sus pies, sin saber
en qué lugar del peñasco podía esconderse tal
número de enemigos, notaron un humo que salía de una
cueva que estaba debajo de ellos. De donde dedujeron que allí
estaba el escondite de aquéllos. Así, pues, pusieron
en la punta de las jabalinas la señal convenida. Entonces
vieron que de los que habían intentado la escalada habían
muerto treinta y dos.
El rey, nervioso por apoderarse del lugar, tanto como por el afán
de saber de los que había enviado a tan manifiesto peligro,
permaneció todo el día mirando la cima de la montaña;
sólo por la noche, cuando la oscuridad lo borró todo
de su vista, se retiró para concederse algún reposo.
Al día siguiente, cuando la luz del alba todavía no
era bastante clara, vio antes que nadie los velos flotantes, señal
de haber tomado la cima. Pero le forzaba a dudas el miedo de que
la vista le engañase, dado el cambiante aspecto del cielo,
ora surcado de nubes, ora cruzado de resplandores. Ahora, cuando
la luz se hizo más transparente en el cielo, no le cupo duda.
Habiendo llamado a Cofes, por medio del cual ya había sondeado
el espíritu de los bárbaros, le volvió a mandar
para aconsejarles de tomar una más sabia decisión;
que de otra forma, si perseveraban en la confianza que les inspiraba
el sitio, le ordenó que les mostrase a su espalda a los que
habían conseguido la cumbre. Cofes, una vez introducido,
empezó a incitar a Arimazes para que rindiese el peñasco,
prometiéndole la merced del rey si no le obligaba, en el
curso de tan grandes empresas, a detenerse en el asedio de una roca.
El le responde mas fiero y más soberbiamente que antes, y
ordena a Cofes que se vaya. Pero éste, cogiéndole
de una mano, le ruega de salir con él de la cueva. Esto obtenido,
le muestra los jóvenes de la cima y mofándose, no
sin razón, de su soberbia, le dice que los soldados de Alejandro
tienen alas. Ya en el campamento de los macedonios se oía
el son de las trompetas y el griterío de todo el ejército.
Esta circunstancia, como tantas otras de la guerra, vana e insignificante,
llevó a los bárbaros a la capitulación; porque
dominados por el miedo, no podían hacerse cargo del escaso
número de los que tenían a su espalda. Así,
al instante, vuelven a llamar a Cofes, que les había dejado
temblando, y hacen que vayan con él treinta de sus jefes
para entregar el peñasco y estipular que les dejen marchar
con vida. El, aunque temía que los bárbaros, vistos
el escaso número de aquellos jóvenes no los arrojansen
desde lo alto, pero confiando en su buena fortuna e irritado por
el orgullo de Arimazes, respondió que no aceptaría
ninguna condición de capitulación. Arimazes, más
desesperado que perdido, bajó al campamento con los parientes
y los más nobles de su nación; a todos los cuales
mandó flagelar y clavar en cruz al pie mismo del peñasco.
La multitud de los que se habían rendido, junto con el dinero
tomado, fue regalada a los habitantes de las ciudades nuevas. Artabazus
fue dejado como gobernador del peñasco y de la región
circundante».
|
18)
Memnón, el rodio, siendo superior en caballería, y deseoso
de conducir abajo a las llanuras a un enemigo que se aferraba a las colinas,
envió a varios de sus soldados so pretexto de ser desertores, al
campamento del enemigo, diciendo que el ejército de Memnón
estaba insuflado de un espíritu tan serio de motín, que
alguna parte de él desertaba constantemente. Para prestar crédito
a esta aseveración, Memnón ordenó que fueran fortificados
pequeños reductos aquí y allá a la vista del enemigo,
como si los desafectados estuvieran a punto de retirarse a éstos.
Inducidos por estas representaciones, quiénes habían estado
manteniéndose en las colinas, bajaron a nivel, y, cuando atacaron
los reductos, fueron rodeados por la caballería.
Nota:
Polieno 5:44 § 2 : «Memnón, acampado
en una llanura ante el enemigo, para atraerlos con señuelo
de un puesto ventajoso que habían tomado, se retiró
a una mayor distancia de ellos; y preparó sólo una
parte de su ejército, para hacer creer al enemigo que había
ocurrido algún desastre en su campamento. Y para apoyar tal
sospecha, les envió al mismo tiempo a un desertor, para informarles
que había ocurrido un motín en su ejército;
y que, dado que no podía confiar en sus tropas, se había
retirado a una mayor distancia por miedo de un ataque del enemigo.
Su retroceso, y el aspecto disminuido de su ejército, se
combinaron para persuadir al enemigo de la verdad de la historia
del desertor. Ellos, por lo tanto, decidieron dejar su posición,
y le ofrecieron batalla. Entonces el ejército de Memnón,
en vez de estar dividido por motines, marchó en un cuerpo
firme; atacaron al enemigo, y obtuvieron una victoria completa».
.
|
19)
Cuando Arribas, rey de los molosos, fue atacado en la guerra con Bardilis,
el ilirio, quién comandaba un ejército bastante más
grande, envió la porción no combatiente de sus súbditos
al distrito vecino de Etolia, y extendió el rumor que cedía
sus ciudades y posesiones a los etolios. Él mismo, con aquellos
que podían portar armas, colocó emboscadas aquí y
allá en las montañas y en otros sitios inaccesibles. Los
ilirios, temerosos, no fuera que las posesiones de los molosos fueron
capturadas por los etolios, comenzaron a correr en desorden, en su impaciencia
por el pillaje. Tan pronto como estuvieron dispersados, Arribas, emergiendo
de su escondite y tomándolos desprevenidos, los derrotó
y los puso en fuga.
20)
Tito Labieno, lugarteniente de Cayo César, impaciente por entrar
en batalla con los galos antes de la llegada de los germanos, que, él
sabía, venían en su ayuda, fingió desalentarse, y,
armando su campamento del otro lado del río, anunció su
partida para el día siguiente. Los galos, imaginando que él
estaba huyendo, comenzaron a cruzar el río intermedio. Labieno,
volviéndose con sus tropas, destrozó a los galos en la misma
mitad de sus dificultades para cruzar.
Nota:
Año 53 a.de C. Julio César, Comentarios a las Guerras
de las Galias, 6:7-8 : «VII. En esto los trevirenses,
con un grueso ejército de infantes y caballos se disponían
a atacar por sorpresa a Labieno, que con una legión sola
invernaba en su comarca. Y ya estaban a dos jornadas no más
de él, cuando tienen noticia de las dos legiones enviadas
por César. Con eso, acampándose a quince millas de
distancia, determinan aguardar los socorros de Germania. Labieno,
calado el intento de los enemigos, esperando que el arrojo de ellos
le presentaría ocasión de pelear con ventaja, dejadas
cinco cohortes en guardia de los bagajes, él con veinticinco
y buen golpe de caballería marcha contra el enemigo, y a
una milla de distancia fortifica su campo. Mediaba entre Labieno
y el enemigo un río de difícil paso y de riberas escarpadas.
Ni él pensaba en atravesarlo, ni creía tampoco que
los enemigos lo pasasen. Creciendo en éstos cada día
la esperanza de pronto socorro, dice Labieno en público,
«que supuesto corren voces de que los germanos están
cerca, no quiere aventurar su persona ni el ejército, y que
al amanecer del día siguiente alzará el campo».
Al punto dan parte de esto al enemigo; que como había tantos
galos en la caballería, algunos, llevados del afecto nacional,
favorecían su partido. Labieno, por la noche, llamando a
los tribunos y centuriones principales, les descubre lo que pensaba
hacer, y a fin de confirmar a los enemigos en la sospecha de su
miedo, manda mover las tropas con mayor estruendo y batahola de
lo que ordinariamente se usa entre los romanos. Así hace
que la marcha tenga apariencias de huida. También de esto
avisan sus espías a los enemigos antes del alba, estando
como estaban cercanos a nuestras tiendas.
VIII. No bien nuestra retaguardia había desfilado de las
trincheras, cuando los galos unos a otros se convidan a no soltar
la presa de las manos: ser por demás, estando intimidados
los romanos, esperar el socorro de los germanos, y contra su decoro,
no atreverse con tanta gente a batir un puñado de hombres,
y esos fugitivos y embarazados. En resolución, atraviesan
el río, y traban batalla en lugar harto incómodo.
Labieno, que lo había adivinado, llevando adelante su estratagema,
caminaba lentamente hasta tenerlos a todos de esta parte del río.
Entonces, enviando algún trecho adelante los bagajes, y colocándolos
en un ribazo: «He aquí, dice, oh soldados, la ocasión
que tanto habéis deseado: tenéis al enemigo empeñado
en paraje donde no puede revolverse; mostrad ahora bajo mis órdenes
el esfuerzo de que habéis dado ya tantas pruebas a nuestro
jefe; haced cuenta que se halla él aquí presente y
os está mirando». Dicho esto, manda volver las armas
contra el enemigo, y destacando algunos caballos para resguardo
del bagaje, con los demás cubre los flancos. Los nuestros
súbitamente, alzando un grande alarido, disparan sus dardos
contra los enemigos; los cuales, cuando impensadamente vieron venir
contra sí a banderas desplegadas a los que suponían
fugitivos, ni aun sufrir pudieron su carga, y vueltas al primer
choque las espaldas, huyeron a los bosques cercanos; mas alcanzándolos
Labieno con su caballería, mató a muchos, prendió
a varios, y en pocos días recobró todo el país.
Porque los germanos que venían de socorro, sabida la desgracia,
se volvieron a sus casas, yendo tras ellos los parientes de Induciomaro,
que como autores de la rebelión abandonaron su patria, y
cuyo señorío y gobierno recayó en Cingetórix
que, según va declarado, siempre se mantuvo leal a los romanos».
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21)
Aníbal, en una ocasión, se enteró que el campamento
de Fulvio, el comandante romano, estaba fortificado descuidadamente y
que Fulvio mismo tomaba además muchas resoluciones imprudentes.
En consecuencia, al amanecer, cuando la densa niebla le dió cobertura,
permitió que algunos de sus jinetes se mostrasen a los centinelas
de nuestros fortificaciones, por lo cual Fulvio avanzó de repente.
Mientras tanto, Aníbal, en un punto diferente, entró en
el campamento de Fulvio, y aplastando la retaguardia romana, mató
ocho mil de los soldados más valientes junto con su propio comandante.
Nota:
Año 210 a.de C., en Herdonia. Livio, 27:1 : «Este
era el estado de las cosas en España. En Italia, el cónsul
Marcelo recobró a Salapia por traición y tomó
por fuerza a los samnitas Maronea y Males, apoderándose de
los tres mil hombres que dejó en ellas de guarnición
Aníbal. El botín fué bastante considerable
y quedó abandonado al soldado. Encontráronse también
más de doscientos cuarenta mil modios de trigo y ciento diez
mil de cebada. Pero el regocijo por este triunfo no fué tan
grande como la tristeza por el desastre experimentado pocos días
después cerca de Herdonea. Había decidido el procónsul
Cn. Flavio recuperar aquella ciudad, que se separó de la
amistad de los romanos poco después de la batalla de Cannas:
el procónsul acampaba cerca de la ciudad, pero en posición
insegura y mal guardada. Su natural negligencia aumentaba con las
disposiciones que mostraban los habitantes relativamente a los cartagineses,
porque sabían que, después de la pérdida de
Salapia, Aníbal había pasado de aquealas comarcas
al Brucio. Partiendo secretamente de Herdonea algunos emisarios,
previnieron a Aníbal, quien resolvió conservar aquella
ciudad aliada y se lisonjeó de sorprender a un enemigo imprudente.
Con objeto de que no se divulgase su marcha, partió sin bagajes
y avanzó a marchas forzadas hacia Herdonea, presentándose
en orden de batalla para infundir más temor al enemigo.
El general romano no carecía de valor, pero no era tan hábil
y tenía menos fuerzas, y saliendo apresuradamente a la cabeza
de sus tropas, aceptó el combate; la quinta legión
y la caballería de la izquierda, comenzaron vigorosamente
el ataque. Aníbal dió orden a su caballería
para que aprovechase el momento en que la infantería estuviese
comprometida en la pelea, para rodear el ejército romano
y caer, unos sobre el campamento y otros sobre la retaguardia de
los combatientes. Recordando en seguida la victoria conseguida dos
años antes sobre el pretor Cn. Fulvio, de la identidad de
nombres deducía la igualdad de éxitos, esperanza que
no quedó defraudada. Los romanos, a pesar de la considerable
pérdida que habían experimentado en el combate de
infantería, no habían abandonado aún las filas
ni sus enseñas; pero el ruido de la caballería que
llegaba por la espalda y los gritos que lanzaba el enemigo por el
lado del campamento introdujeron la perturbación entra ellos.
La sexta legión, que formaba la segunda línea, fué
la primera que quedó desordenada por los númidas,
arrastrando en seguida en su derrota a la quinta y toda la primera
línea. Algunos pudieron huir, otros quedaron muertos en su
puesto, contándose entre éstos el procónsul
y once tribunos militares. Difícil seria apreciar con exactitud
la pérdida de los romanos y de los aliados: unos la hacen
subir a trece mil hombres; otros la limitan a siete mil. El campamento
y el botín cayeron en poder de los vencedores. No dudando
Aníbal que Herdonea se habría entregado a los romanos,
trasladó a los habitantes a Metaponto y Thurio y quemó
la ciudad, dando muerte a los principales ciudadanos cuyas inteligencias
secretas con Fulvio quedaron probadas. Los romanos que escaparon
de aquel desastre huyeron casi desarmados por diferentes caminos,
yendo a reunirse con el cónsul Marcelo en el Samnio».
.
|
22)
En una ocasión, cuando el ejército romano había sido
dividido entre los dictadores Fabio y Minucio, jefe de los caballeros,
y Fabio buscaba una oportunidad favorable, mientras Minucio ardía
de impaciencia por la batalla, el mismo Aníbal armó su campamento
en la llanura entre los ejércitos hostiles, y habiendo ocultado
una parte de sus tropas entre ásperas rocas, envió a otros
para tomar un montículo vecino, como un desafío al enemigo.
Cuando Minucio condujo sus fuerzas a aplastar a éstos, los hombres
ubicados aquí y allá emboscados por Aníbal aparecieron
de repente, y habrían aniquilado el ejército de Minucio,
si Fabio no hubiera venido para ayudarles en su desesperación.
Nota:
Año 217 a.de C. Livio, 22:28-29 : «28. Doble
regocijo produjo esto a Aníbal, porque no ignoraba nada de
lo que pasaba entre sus enemigos, gracias a las noticias de los
desertores y de sus espías. Lisonjeábase, en efecto,
de coger en sus redes la temeridad, libre ahora, de Minucio; y en
cuanto a la habilidad de Fabio, la veía privada de la mitad
de sus fuerzas. Entre el campamento de Minucio y el de los cartagineses
alzábase una eminencia que evidentemente debía asegurar
al bando que la ocupase gran ventaja de posición. Menos deseoso
estaba Aníbal de ocuparla sin combate, aunque la ventaja
lo merecía, que de aprovechar la ocasión de venir
a las manos con Minucio, de quien estaba seguro acudiría
a su encuentro. Al primer aspecto, el terreno intermediario no ofrecía
facilidad alguna para una emboscada, porque por ninguna parte había
bosques ni matorrales; pero era tanto más a propósito
para ocultar una emboscada, cuanto que en un valle completamente
descubierto, había desigualdades y cuevas capaces algunas
de ocultar doscientos hombres armados. En estas cavernas se escondieron
cinco mil hombres de infantería y caballería, distribuidos
según los que cada una podía contener. Por temor de
que algún movimiento imprudente o el ruido de las armas revelasen
la astucia en aquel valle descubierto, al amanecer envió
un destacamento para que se apoderase de la mencionada altura, distrayendo
así la atención del enemigo. En el primer momento
despreciaron aquel grupo de soldados, y cada cual pedía el
favor de arrojarles y ocupar su puesto. El mismo general, en medio
de los más atrevidos y más presuntuosos, gritó
¡a las armas!, lanzando contra el enemigo ridículas
bravatas y vanas amenazas. Al principio destacó sus tropas
ligeras y en seguida su caballería en columna cerrada; viendo
al fin que el enemigo recibía también refuerzos, avanzó
él mismo con sus legiones formadas en batalla. Aníbal,
por su parte, enviando sin cesar en socorro de los suyos, a medida
que el combate se empeñaba, nuevos cuerpos de infantería
y caballería, había completado su ejército;
de manera que por una y otra parte se combatía con todas
las fuerzas. La infantería ligera de los romanos, que escalaba
una altura cuya parte superior ocupaba el enemigo, fué rechazada
y derribada sobre la caballería, que subía detrás
y se refugió bajo las enseñas de las legiones. Éstas
solamente permanecían inquebrantables en medio del desorden;
y parecía que si el combate era regular y leal, no cederían
la victoria: tanto excitaba su valor el triunfo conseguido pocos
días antes. Pero saliendo de pronto el enemigo de su emboscada,
y atacando a la vez los flancos y la retaguardia de los romanos,
produjeron en sus filas tanta confusión y espanto, que ninguno
conservó ni valor para defenderse ni esperanza de huir.
29. Entonces Fabio, a los primeros gritos de espanto que oyó
y al contemplar el ejército en derrota, dijo: «He ahí
lo que había previsto; la fortuna ha sorprendido la temeridad,
pero no tan de prisa como temía. El hombre que han igualado
con Fabio, ha encontrado en Aníbal un maestro afortunado
y valiente. Pero no es éste momento de quejas y reconvenciones:
soldados, salid de las fortificaciones, arranquemos la victoria
al enemigo y a nuestros conciudadanos la confesión de su
falta». Mientras las gentes de Minucio sucumbían en
gran número, o no pensaban más que en huir, apareció
de pronto Fabio, como llegando del cielo para socorrerlos. Antes
de que se encontrase a tiro de venablo y pudiese trabar combate,
detuvo la precipitada fuga de los romanos y el encarnizamiento del
enemigo. Los que huían a la desbandada se reunieron al ejército
que marchaba en buen orden: los que se retiraban en grupos, volvieron
caras, y formándose en círculos, comenzaron en tanto
a retroceder lentamente, en tanto a detenerse, haciendo frente por
todos lados. Las tropas vencidas y las de refresco no formaban ya
más que un solo cuerpo y se dirigían juntas hacia
el enemigo, cuando Aníbal mandó tocar retirada, proclamando
en voz alta que había vencido a Minucio y que Fabio le había
vencido».
.
.
|
23)
Cuando el mismo Aníbal acampaba en pleno invierno a orillas del
Trebia, con el campamento del cónsul, Sempronio Longo, a la vista
y con solo el río fluyendo entre ambos, colocó a Magón
y a hombres escogidos en una emboscada. Luego ordenó que la caballería
númida avanzara hasta los forttificaciones de Sempronio, a fin
de que atrajera hacia adelante al romano de pocas luces. Al mismo tiempo,
ordenó que estas tropas se retiraran por vados familiares al momento
de nuestro primer ataque. Sin hacer caso, atacando y persiguiendo a los
númidas, el cónsul provocó en sus tropas un enfriamiento,
a consecuencia de vadear la corriente en el frío glacial y sin
haber desayunado. Entonces, cuando nuestros hombres sufrían de
entumecimiento y hambre, Aníbal condujo contra ellos a sus propias
tropas, a las que él tenía en condición con aquel
objetivo por cálidos fuegos, alimentos, y frotados con aceite.
Magón también hizo su parte, y destrozó la retaguardia
de su enemigo en el punto donde él había sido ubicado para
este objetivo.
| Nota:
Año 218 a.de C. Livio, 21:54-55-56 : «54.
Corría entre los dos ejércitos un arroyo cuyas altas
orillas estaban cubiertas de hierbas pantanosas, de malezas y matorrales,
como de ordinario lo están los terrenos incultos. Habiendo
reconocido personalmente Aníbal aquel paraje y encontrándole
bastante cubierto para ocultar hasta caballería: "He
aquí tu puesto, dijo a su hermano Magón. Elige cien
hombres de infantería y otros ciento de caballería
y vas a buscarme con ellos en la primera vigilia. Ahora es necesario
comer y descansar." En seguida disolvió el consejo.
Pronto se le presentó Magón con su tropa escogida:
"Todos sois guerreros valientes, dijo Aníbal; mas para
que seáis tan fuertes por el número como por el valor,
que cada uno elija entre los jinetes y los infantes nueve compañeros
tan valientes como él. Magón os enseñará
el punto que habéis de ocupar. Combatiréis con un
enemigo que no conoce estas astucias de guerra." Después
de despedir a Magón con mil infantes y mil caballos, al amanecer
mandó Aníbal a la caballería númida
que pasase el Trebia, que se presentase en las puertas del campamento,
que hostigasen las guardias avanzadas para atraer al enemigo al
combate, y cuando estuviese trabada la acción, que se retirasen
poco a poco para atraerles al lado acá del río. Tales
fueron las instrucciones que dió a los númidas; los
demás jefes de infantería y caballería recibieron
orden de hacer comer a sus tropas, que en seguida con las armas
en la mano y ensillados los caballos, debían esperar la señal.
A la primera alarma de los númidas, impaciente Sempronio
por pelear, manda avanzar primeramente a la caballería, de
la que tan orgulloso estaba, después seis mil infantes y
en seguida todas sus fuerzas, según al. proyecto meditado
de antemano. El tiempo era brumoso y estaba nevando, cosa bastante
común en el país situado entre los Alpes y el Apenino,
enfriado además por la proximidad de los ríos y de
los pantanos. Además, los hombres y los caballos habían
salido precipitadamente, sin haber comido y sin haber tornado precaución
alguna contra el frío, por lo que se encontraban completamente
desprovistos de calor, y cuanto más se acercaban al río,
el frío era más intenso. Cuando penetraron en el agua,
en persecución de los númidas, aumentado el caudal
por la lluvia de la noche anterior, les llegaba hasta el pecho,
quedando de tal manera entumecidos sus miembros al salir del río,
que apenas podían sostener las armas; y más aún
porque estando en ayunas a hora bastante avanzada del día,
se encontraban extenuados por el hambre.
55. Entre tanto los soldados de Aníbal,
habiendo encen-i dido hogueras delante de sus tiendas, dando elasticidad
a sus miembros frotándolos con aceite, distribuidos por manípulos
y habiendo comido tranquilamente, a la noticia del paso del río
por el enemigo, empuñan las armas, con ánimo y cuerpo
bien dispuestos y se forman en batalla. Aníbal coloca al
frente los baleares y sus tropas ligeras, formando en todo unos
ocho mil hombres; en seguida su infantería, pesadamente armada,
es decir, sus mejores soldados; en las alas coloca sus diez mil
caballos, y delante de cada una de éstas forma los elefantes.
Viendo el cónsul a sus jinetes que corren en persecución
de los númidas, rechazados de pronto por éstos que
han vuelto caras, manda tocar retirada, los reúne y coloca
en derredor de la infantería. Constaba su ejército
de dieciocho romanos; veinte mil, tanto aliados como del nombre
latino, y un cuerpo auxiliar de cenomanos, único pueblo galo
que había permanecido fiel. Con estas fuerzas libró
la batalla. Comenzaron el combate los baleares; pero como las legiones
les oponían resistencia demasiado fuerte, aquellas tropas
ligeras marcharon en seguida a las alas, lo que hizo que la caballería
romana se viese agobiada en el acto; porque cuatro mil hombres,
fatigados ya, que apenas resistían a diez mil jinetes, en
gran parte de tropas frescas, se encontraron además envueltos
por la granizada de venablos que los baleares lanzaban sobre ellos.
Además, rebasando los elefantes los extremos de las alas,
asustaron especialmente a los caballos, a la vez por su aspecto
y extraño olor, extendiendo a lo lejos la derrota. La lucha
de las dos infanterías fué igual por el valor más
bien que por la fuerza: los cartagineses habían ido al combate
perfectamente alimentados, mientras que los romanos estaban debilitados
por el hambre y el cansancio y paralizados por el frío. Sin
embargo, hubiesen resistido solamente con su valor si no hubieran
tenido que habérselas más que con infantería.
Pero los baleares, después de dispersar a la caballería,
acribillaban sus flancos con venablos y los elefantes se habían
lanzado ya sobre el centro. En fin, Magón y sus númidas,
en cuanto el ejército, que nada sospechaba, hubo rebasado
su emboscada, le atacó por retaguardia, difundiendo en sus
filas el espanto y el terror.
56. En medio de tantos peligros, que por todas
partes les estrechaban, los romanos resistieron durante algún
tiempo, hasta contra los elefantes, lo cual no era de esperar. Vélites,
colocados con este fin, lanzan sus venablos contra aquellos animales,
les hacen volver grupas, y lanzándose en su persecución,
les pinchan en la cola, en el sitio donde siendo más blanda
la piel, es por lo mismo más vulnerable. Dominados por el
espanto iban a lanzarse ya sobre los mismos cartagineses, cuando
Aníbal mandó llevarles del centro a los extremos y
colocarles en el ala izquierda, enfrente de los galos auxiliares,
cuya derrota fué rápida y evidente. El terror de los
romanos aumentó al ver huir a sus auxiliares. Obligados a
hacer frente por todos lados unos diez mil hombres, los únicos
que no habían sido desbaratados, se abrieron sangriento paso
a través del centro de los africanos reforzados por los galos,
y como el río les cerraba el camino del campamento, y la
lluvia les impedía ver adónde habían de acudir
en socorro, marcharon derechamente a Placencia. La multitud buscó
su salvación por uno y otro lado. Los que llegaron al río
quedaron sepultados en sus aguas o fueron sorprendidos por el enemigo
en su vacilación. Los que se dispersaron por los campos,
llegaron a Placencia siguiendo las huellas del ejército que
se retiraba; otros, por temor de los enemigos, tuvieron valor para
arrojarse al río y llegaron felizmente al campamento. Lluvia
mezclada de nieve y el extraordinario rigor del frío hicieron
perecer a muchos hombres y bestias de carga y a casi todos los elefantes.
El Trebia detuvo la persecución de los cartagineses, que
regresaron a su campamento de tal manera dominados por el frío,
que apenas experimentaban la alegría de la victoria. Así,
pues, a la siguiente noche, cuando las guardias del campamento y
los restos del ejército romano pasaron el Trebia sobre almadías,
los cartagineses no lo observaron, a causa del ruido de la lluvia;
o bien imposibilitados de moverse por el cansancio y las heridas,
fingieron no ver nada. No haciendo ningún movimiento el enemigo,
Escipión llevó sus fuerzas en silenciosa marcha hasta
Placencia, y desde allí, cruzando el Po, pasó a Cremona
para que la invernada de dos ejércitos no pesase sobre una
sola colonia».
|
24)
En Trasimeno, donde un camino estrecho que corre entre el lago y la base
de las colinas, conducía a la llanura abierta, el mismo Aníbal,
fingiendo huir, hizo su camino por el camino estrecho a los distritos
abiertos y estableció su campamento allí. Luego, apostando
soldados por la noche, en varios puntos sobre la colina a medida que se
elevaba y al final del desfiladero, al amanecer, bajo la cobertura de
una niebla, ordenó su línea de la batalla. Flaminio, persiguiendo
al enemigo, que parecía retirarse, entró en el desfiladero
y no vió la emboscada hasta que fue rodeado por el frente, flanco,
y retaguardia, y fue aniquilado con su ejército.
| Nota:
Año 217 a.de C. Livio, 22:4 : «Aníbal
devastó horrorosamente todo el territorio que se extiende
entre Cortona y el lago Trasimeno, con objeto de inflamar la cólera
del cónsul, y de excitarle a vengar las injurias de sus aliados.
Los cartagineses habían llegado ya a un punto naturalmente
dispuesto para una emboscada, allí donde el lago Trasimeno
se prolonga hasta el pie de las montañas de Cortona, separándole
estrecho sendero como preparado para pérfida asechanza. Al
otro lado se extiende el terreno en pequeña llanura, levantándose
después en colinas. Aníbal acampó en la parte
descubierta con los africanos y españoles solamente; ocultó
a los baleares y tropas ligeras detrás de las montañas
y apostó la caballería en la abertura del desfiladero,
oculto afortunadamente por eminencias; de suerte que, cuando entrasen
los romanos, presentándose la caballería por la espalda,
quedasen completamente encerrados por el lago y las rontafias. Flaminio,
habiendo llegado la víspera al ponerse el sol a las orillas
del lago, franqueó el desfiladero al amanecer, con muy poca
luz y sin reconocerle; solamente al comenzar a desenvolver su ejército
en la llanura, vió al enemigo que tenía enfrente,
pero sin sospechar la emboscada que tenía preparada a la
espalda y en las alturas. Viendo Aníbal, según sus
deseos, al enemigo encerrado entre las montañas y el lago
y envuelto por sus tropas, dió la señal de ataáue
general. Cuando los cartagineses bajaron de las alturas, cada uno
por el camino más corto, la sorpresa fué tanto más
repentina e imprevista para los romanos, cuanto que la niebla, que
se había levantado del lago, era más densa en la llanura
que en las montañas, y los enemigos, pudiendo verse en muchas
colinas, acudían más en conjunto. Los romanos reconocieron
que estaban cercados, por el grito que resonó en todas partes,
antes de que pudiesen distinguir nada; y ya combatían en
el frente y las alas, cuando aún no habían podido
formarse en batalla, preparar las armas y desenvainar las espadas».
|
25)
El mismo Aníbal, luchando contra el dictador Junio (1), ordenó
que seiscientos soldados de caballería se dividieran en varios
escuadrones, y al caer la noche aparecieran en destacamentos sucesivos
sin interrupción, alrededor del campamento del enemigo. Así
toda la noche los romanos fueron acosados y agotados por la obligación
de las guardias en el terraplén, y por la lluvia, que cayó
continuamente, de modo que por la mañana, cuando Junio dió
la señal para el llamado, Aníbal condujo sus propias tropas,
que estaban bien descansadas, y tomaron el campamento de Junio por asalto
(2).
Nota
1: Marco Junio Pera.
Nota 2: Año 216 a.de C., en Capua. Polieno, 6:38
§ 6 : «Cuando Aníbal estaba cerca de
Casilinum durante una noche tempestuosa, dividió su ejército
en varias divisiones, y los condujo a luchar. Dió instrucciones
que cuando diera por primera vez la señal de ataque, la
primera división debería atacar al enemigo; pero
cuando los trompetas dieran la señal de retirada, la primera
división debía retirarse y la segunda división
debía moverse al ataque; y así con las divisiones
tercera y cuarta. Y por esta estratagema derrotó al enemigo».
.
|
26)
Del mismo modo, cuando los espartanos pusieron trincheras a través
del Istmo y defendían el Peloponeso, Epaminondas, el tebano, con
la ayuda de unas tropas armadas ligeramente, acosó al enemigo toda
la noche. Luego, al amanecer, después que hizo volver a sus hombres
y que los espartanos también se hubieron retirado, avanzó
de repente la fuerza entera que había mantenido en reposo, e irrumpió
directamente por los terraplenes, que habían sido dejados sin defensores.
| Nota:
Año 369 a.de C. Polieno, 2:3 § 9 : «Epaminondas,
que quería entrar en la Laconia, hizo saber que pasaría
(el istmo) por la noche. La fortaleza del monte Aonie (que se encontraba
en la entrada) estaba defendida por una guarnición de lacedemonios.
Epaminondas hizo descansar a sus tropas al pie de esta montaña,
y los de la guarnición estuvieron toda la noche en armas
y con mucho cansancio. Al despuntar el día, Epaminondas cayó
sobre la guarnición colmada de sueño; la venció
fácilmente y pasó libremente».
|
27)
En la batalla de Cannas, Aníbal, habiendo preparado su línea
de batalla, ordenó que 600 jinetes númidas se acercaran
al enemigo. Para demostrar su sinceridad, éstos rindieron sus espadas
y escudos a nuestros hombres, y fueron enviados a la retaguardia. Luego,
tan pronto como comenzó el enfrentamiento, sacando pequeñas
espadas, que ellos habían escondido, y recogiendo el escudo de
los caídos, provocaron una matanza entre las tropas de los romanos.
| Nota:
Año 216 a.de C. Livio, 22:48 : «Ya había
comenzado el combate, aunque con poca energía, en el ala
izquierda de los romanos, donde la caballería de los aliados
se oponía a los númidas. Pero muy pronto se hizo notable
por una perfidia verdaderamente púnica. Cerca de quinientos
númidas, llevando además de sus armas ordinarias espadas
ocultas debajo de la coraza, avanzan hacia los romanos, como desertores,
con el escudo a la espalda, saltan de los caballos y arrojan los
escudos y venablos a los pies de sus enemigos, que les reciben en
sus filas y les llevan a retaguardia con orden de permanecer inmóviles.
Mientras el combate se generaliza en todos los puntos, permanecieron
tranquilos; pero en cuanto vieron todos los ánimos y todos
los ojos ocupados en aquella gran pelea, cogiendo escudos arrojados
aquí y allá entre los cadáveres, caen sobre
los romanos, que les volvían la espalda, e hiriéndoles
o cortándoles los jarretes, hacen gran carnicería
y difunden entre ellos terror más grande aún. Como
por un lado aparecían el terror y la derrota y por otro se
sostenía el combate con obstinación y sin esperanza,
Asdrúbal, que se encontraba en este último punto,
manda retirar los númidas, que combatían blandamente,
y les envía en persecución de los fugitivos, para
sostener con la infantería española y gala a los africanos,
cansados ya de matar, más bien que de combatir».
|
28)
Fingiendo rendición, los yápidas pasado entregaron a algunos
de sus mejores hombres a Publio Licinio, el procónsul romano. Éstos
fueron recibidos y colocados en la última línea, desde donde
despedazaron a los romanos que avanzaban en la retaguardia.
29)
Escipión el Africano, enfrentado a los dos campamentos hostiles
de Sifax y de los cartagineses, decidió hacer un ataque por la
noche contra el de Sifax, donde había un gran suministro de material
inflamable, y prenderle fuego, a fin de reducir así a los númidas,
mientras el ejército corría a toda prisa aterrorizado de
su campamento, y también, por medio de emboscadas, agarrar a los
cartagineses, quiénes, él sabía, se precipitarían
para asistir a sus aliados. Ambos proyectos tuvieron éxito. Ya
que cuando el enemigo se precipitó desarmado, pensando que la conflagración
había sido casual, Escipión cayó sobre ellos y los
despedazó.
| Nota:
Año 203 a.de C. Livio, 30:5-6 : «5.
Tomadas estas disposiciones, Escipión reunió su consejo,
recogió los datos de los exploradores y de Masinisa, que
conocía la parte robusta y la débil del enemigo, y
en seguida anunció su propósito para la noche siguiente.
Los tribunos, a la primera señal que se diese terminado el
consejo, debían hacer salir del campamento las legiones.
En conformidad con esta orden, al ponerse el sol comenzaron a levantar
las enseñas; a la primera vigilia estaban formadas ya las
columnas, llegando a media noche al campamento enemigo sin haber
forzado la marcha, porque solamente tenían que recorrer siete
millas. Escipión puso a las órdenes de Lelio una parte
de las tropas y Masinisa con sus númidas, y Ies mandó
que asaltasen el campamento de Sifax y le prendieran fuego. En seguida,
llevando aparte a Lelio y después a Masinisa, les exhortó
a que supliesen con su celo y actividad las medidas de prudencia
que la noche hacía imposibles. El mismo se encargaba de atacar
a Asdrúbal y el campamento de los cartagineses. Pero no comenzaría
hasta que viese ardiendo el del rey. No esperó mucho tiempo:
en cuanto prendió la llama en las primeras chozas, se propagó
rápidamente a las inmediatas, y pasando de unas a otras,
extendió sus estragos por todo el campamento. La alarma fué,
como no podía menos en un incendio nocturno, extendiéndose
por tan vasto espacio: los bárbaros creyeron que era efecto
de la casualidad y no de un ataque del enemigo; salieron sin armas
para extinguirlo, y se encontraron delante de enemigos armados,
especialmente de los númidas que Masinisa, gracias al conocimiento
que tenía de los lugares, había apostado hábilmente
en la salida de los caminos. Sorprendidos unos en el lecho profundamente
dormidos, fueron devorados por las llamas; otros, en la precipitación,
cayeron amontonados en el paso demasiado estrecho de la puerta,
y quedaron aplastados.
6. Al ver el brillo de las llamas, los centinelas
cartagineses primero, y después sus compañeros despertados
por aquella alarma nocturna, cayeron en el error de los númidas
y creyeron que el fuego era casual.
Ignorábase si Ios gritos que lanzaban los heridos y moribundos
se debían a un ataque nocturno, y esta ignorancia impedía
asegurarse de la verdad. Los cartagineses se precipitaron, pues,
sin armas, no esperando encontrar al enemigo, y salieron cada cual
por su lado por la puerta más inmediata, no llevando más
que los objetos propios para extinguir el incendio, viniendo a chocar
contra las tropas romanas, que les mataron a todos por odio nacional,
y más aún por temor de dejar escapar alguno que diera
la alarma. Escipión se apoderé en seguida de las puertas,
que no estaban guardadas, tan grande había sido el desaliento,
y mandó incendiar las chozas más inmediatas. Dispersa
al principio la llama, brilló aquí y allí en
muchos puntos a la vez; después se extendió de una
choza a otra, y a poco todo el campamento era un vasto incendio.
Los hombres y animales, medio quemados, huían revueltos,
y sus cadáveres amontonados obstruían las puertas.
Aquellos a quienes no había devorado el fuego, caían
bajo el hierro, y el mismo desastre destruyó los dos campamentos.
Sin embargo, los dos jefes consiguieron escapar, no llevando con
ellos, de tantos millares de combatientes, sino dos mil hombres
de infantería y quinientos de caballería, casi desarmados
y la mayor parte heridos y mutilados por el fuego. Cuarenta mil
hombres perecieron por el hierro o en el incendio ; más de
cinco mil quedaron prisioneros, entre los que había muchos
nobles cartagineses y once senadores; cogiéronse ciento setenta
y cuatro enseñas, más de dos mil setecientos caballos
númidas y seis elefantes; ocho quedaron muertos o quemados,
cayendo en poder del vencedor considerable cantidad de armas, que
el general ofreció a Vulcano, quemándolas todas».
.
|
30)
Mitrídates, después de repetidos fracasos en batalla a manos
de Lúculo, hizo una atentado contra su vida por traición,
alquilando a cierto Adatas, un hombre de fuerza extraordinaria, para que
desertara y perpetrara el hecho, tan pronto como ganara la confianza del
enemigo. El desertor hizo todo lo posible para ejecutar este plan, pero
sus esfuerzos fallaron. Puesto que, aunque admitido por Lúculo
en la tropa de caballería, fue silenciosamente mantenido bajo vigilancia,
ya que no estaba bien depositar la confianza inmediatamente en un desertor,
ni impedir a otros desertores que vinieran. Después de que este
hombre hubo expuesto un seria lealtad en repetidas incursiones, y hubo
ganado la confianza, eligió un momento cuando la dispensa de los
oficiales del estado mayor trajo aparejada reposo en todos los sectores
del campamento, e hizo que el cuartel del general fuera menos frecuentado.
La suerte favoreció a Lúculo; porque mientras que el desertor
esperaba encontrar a Lúculo despierto, en cuyo caso hubiera sido
inmediatamente admitido ante su presencia, realmente lo encontró
en ese momento profundamente dormido, agotado por proyectos que habían
estado girando en su mente la noche anterior. Entonces cuando Adatas suplicó
ser admitido, con el motivo de que tenía un mensaje inesperado
e imperativo para entregar, le fue impedida la entrada por los decididos
esfuerzos de los esclavos, que estaban preocupados por la salud de su
amo. Temiendo por consiguiente ser objeto de sospecha, montó al
caballo que tenía listo a la entrada, y huyó donde Mitrídates
sin llevar a cabo su objetivo.
| Nota:
Año 72 a.de C. Apiano llama al desertor Olcabas
mientras que Plutarco lo llama Oltaco. Apiano, Sobre Mitrídates,
79 : «Cuando llegó la primavera, Lúculo
avanzó a través de las montañas contra Mitrídates.
Este había establecido puestos de vigilancia en avanzada
para impedir el paso a Lúculo y para que le mantuvieran al
corriente, en todo momento, de lo que ocurriese, mediante señales
de fuego. Al frente de esta guardia avanzada, estaba Fénix,
un hombre que pertenecía al linaje real de Mitrídates,
el cual, una vez que Lúculo estuvo cerca, avisó a
Mitrídates con señales de fuego y desertó a
Lúculo con sus fuerzas. Y Lúculo, atravesando ya sin
temor las montañas, descendió a Cabira, pero tuvo
lugar un combate entre su caballería y la de Mitrídates
y, al ser derrotado, retrocedió de nuevo a las montañas.
Pomponio, su prefecto de caballería, fue conducido, herido,
a presencia de Mitrídates, y cuando el rey le preguntó
qué favor podría devolverle, si le salvaba la vida,
le contestó: «Uno de mucho valor, si tú te hicieras
amigo de Lúculo, pero si continuas siendo su enemigo, no
tendré en cuenta siquiera tu pregunta». Ésta
fue la respuesta de Pomponio y, en consecuencia, los bárbaros
deseaban matarlo, pero el rey dijo que él no cometería
violencia contra el valor vencido por el infortunio. Después,
durante varios días sucesivos, Mitrídates desplegó
su ejército en orden de batalla, pero Lúculo no descendió
a pelear, así que buscó un camino que subiera hacia
él dando un rodeo. Entretanto, un escita llamado Olcabas,
que había desertado a Lúculo desde hacía mucho
tiempo y había salvado a muchos hombres durante el combate
ecuestre y, por esta razón, se había hecho acreedor
a participar en la mesa de Lúculo, de sus confidencias y
secretos, llegó a su tienda alrededor del mediodía,
mientras aquél estaba descansando, e intentó forzar
la entrada. Llevaba, como era su costumbre, un puñal corto
en el cinto. Cuando le impidieron el paso, se irritó y dijo
que un asunto urgente le apremiaba a levantar al general, pero los
servidores replicaron que no había nada más necesario
para Lúculo que su seguridad. Entonces, subió de inmediato
al caballo y cabalgó hasta Mitrídates, bien fuera
porque había urdido un atentado contra Lúculo y creía
que se había hecho sospechoso, bien lleno de ira por pensar
que había sido ultrajado. Olcabas reveló a Mitrídates
que otro escita llamado Sobadaco planeaba desertar a Lúculo,
así que Sobadaco fue apresado».
|
31)
Cuando Sertorio estaba acampado al lado de Pompeyo cerca de la ciudad
de Lauron, en España, había sólo dos lugares de los
cuales podía ser reunido forraje, uno cercano, el otro más
lejano. Sertorio dió órdenes que el cercano fuera continuamente
incursionado por tropas ligeras, pero que el más lejano no fuera
visitado por tropa alguna. Así, convenció finalmente a sus
adversarios que el sitio más distante era más seguro. Cuando,
en una ocasión, las tropas de Pompeyo fueron a esa región,
Sertorio ordenó que Octavio Grecino, con diez cohortes armadas
a la manera romana, y diez cohortes de españoles armados ligeramente,
junto con Tarquinio Prisco y dos mil jinetes, partieran a poner una emboscada
contra los buscadores de forraje. Estos hombres ejecutaron sus instrucciones
con energía; ya que después de examinar el terreno, escondieron
las fuerzas arriba mencionadas antes de la noche en un bosque vecino,
apostando a los españoles armados ligeramente en el frente, como
más apropiados para la guerra furtiva; los soldados que portaban
escudo, un poco más atrás, y la caballería en la
retaguardia, a fin de que el plan no pudiera ser traicionado por el relincho
de los caballos. Entonces ordenaron que todos reposaran en silencio hasta
la hora tercera (1) del día siguiente Cuando los hombres de Pompeyo,
no albergando sospecha alguna y cargados con forraje, pensaban volver,
y aquellos que habían estado de guardia, atraídos por la
situación, se escabullían para buscar más forraje,
los españoles, repentinamente, saliendo como flechas con la rapidez
característica de su raza, vertiéndose sobre los rezagados,
infligieron muchas heridas sobre ellos, y los derrotaron, para su gran
asombro. Entonces, antes de que la resistencia a este primer asalto pudiera
ser organizada, las tropas que portaban escudo, desparramándose
desde el bosque, se abatieron sobre los romanos y derrotaron a los que
volvían a las filas, mientras la caballería, enviada tras
de aquellos que huían, los siguió por todo el camino hasta
el campamento, destrozándolos. Se aseguró también
que nadie escapara. Doscientos cincuenta jinetes de la reserva, enviados
adelante con este objetivo, encontraron simple correr por atajos, y luego
volver atrás y encontrar a aquellos que habían huido primero,
antes de que alcanzaran el campamento de Pompeyo. Enterado de esto, Pompeyo
envió una legión bajo Décimo Lelio para reforzar
a sus hombres, con lo cual la caballería del enemigo, retirándose
al flanco derecho, fingió ceder el paso, y luego, pasando alrededor
de la legión, la asaltó por la retaguardia, mientras aquellos
que habían perseguido a los forrajeros, lo atacaron por el frente
también. Así la legión con su comandante fue aplastada
entre las dos líneas del enemigo. Cuando Pompeyo condujo a su ejército
entero a ayudar a la legión, Sertorio exhibió sus fuerzas
preparadas en la ladera, y así impidió el objetivo de Pompeyo.
Así, además de infligir un doble desastre, a consecuencia
de la misma estrategia, Sertorio obligó a Pompeyo a ser testigo
indefenso de la destrucción de sus propias tropas. Este era la
primera batalla entre Sertorio y Pompeyo. Según Livio, se perdieron
diez mil hombres en el ejército de Pompeyo, junto con el transporte
entero (2).
Nota
1: Aproximadamente las 9 de la mañana.
Nota
2: Año 76 a.de C. Plutarco, Sertorio, 18 :
«Mientras que hizo la guerra a Metelo, parecía que
su buena suerte era en gran parte debida a la vejez y torpeza
de éste, que no podía contrarrestar a un hombre
osado, y caudillo más bien de una tropa de bandoleros que
de un ejército ordenado; pero cuando, después de
haber pasado Pompeyo los Pirineos, contrapuso al de éste
su campo, y dieron uno y otro diferentes pruebas de toda la habilidad
y pericia militar, y se vio que sobresalía Sertorio así
en acometer como en saber guardarse, entonces enteramente fue
declarado, aun en Roma mismo, como el más diestro para
dirigir la guerra entre los generales de su edad. y eso que no
era vulgar la fama de Pompeyo, sino que estaba entonces en lo
más florido de su gloria, de resulta de sus hazañas
en el partido de Sila por las que éste le apellidó
Magno, que quiere decir grande, y mereció los honores del
triunfo antes de salirle la barba. Por esta causa muchas de las
ciudades sujetas a Sertorio, abandonaron después este propósito
por el suceso de Laurón que salió muy al revés
de lo que se esperaba. Teníalos sitiados Sertorio, y fue
Pompeyo en su socorro con todas sus fuerzas. Había un collado
en la mejor situación, frente a la ciudad, y el uno por
tomarle, y por impedirlo el otro, movieron ambos de sus campos.
Adelantóse Sertorio, y Pompeyo entonces, acudiendo con
su ejército, lo tuvo a gran ventura, porque creyó
que iba a coger a Sertorio en medio de la ciudad y de sus tropas;
y avisando a los Lauronitas, les dijo que tuvieran buen ánimo
y salieran a las murallas a ver sitiado a Sertorio. Mas éste,
cuando lo supo, se echó a reír, y “Ya volviendo
a aquel la vista, pensaban en mudanzas; pero le enseñaré
yo- dijo al discípulo de Sila, porque así llamaba
por burla a Pompeyo- que el general debe mirar mucho en derredor,
y no precisamente delante de sí”; y en seguida hizo
advertir a los sitiados que había dejado seis mil infantes
en el primer campamento de donde había salido para tomar
el collado, a fin de que, cuando Pompeyo le acometiese, lo tomasen
éstos por la espalda. Echólo tarde de ver Pompeyo;
así, no se atrevió a combatir, temiendo ser cortado,
ni tampoco se resolvió de vergüenza a retirarse y
abandonar a los Lauronitas en aquel peligro; mas fuele preciso
estar presente y ser testigo de su perdición, pues aquellos
bárbaros desmayaron y se entregaron a Sertorio. No tocó
éste a las personas: antes, los dejó ir libres;
a la ciudad, en cambio, la abrasó, no por cólera
o por crueldad, porque entre todos los generales parece que fue
éste el que menos se dejó llevar de la ira, sino
para afrenta y mengua de los que tanto admiraban a Pompeyo: pues
correría la voz entre los bárbaros de que, con estar
presente y casi calentarse al fuego de una ciudad aliada, no le
dio socorro».
|
32)
Pompeyo, guerreando en España, habiendo apostado primero tropas
aquí y allá para atacar por emboscada, fingiendo temor,
condujo al enemigo en su persecución, hasta que alcanzaron el lugar
de la emboscada. Entonces, cuando llegó el momento oportuno, girando,
mató al enemigo en el frente y en ambos flancos, y asimismo capturó
a su general, Perpenna.
| Nota:
Año 72 a.de C. Apiano, Guerras Civiles, 1:115 : «Como
Metelo se había marchado hacia otros lugares de España,
pues le parecía que no era ya una tarea difícil para
Pompeyo vencer él solo a Perpenna, durante algunos días
Pompeyo y Perpenna sostuvieron escaramuzas y combates de tanteo
sin poner en movimiento a todo el ejército, pero al décimo
día libraron ambos una gran batalla. Pues los dos habían
resuelto que la contienda se decidiera en una acción, Pompeyo
porque despreciaba el generalato de Perpenna, y éste porque
pensaba que no podría conservar por mucho tiempo la fidelidad
de su ejército y, así, trabó combate ahora
con casi la totalidad de sus fuerzas. Pompeyo se impuso con rapidez
ante un general inferior en categoría y un ejército
que estaba desanimado.Cuando se produjo la desbandada general de
todos los suyos, Perpenna se ocultó bajo un matorral, temeroso
de sus propios soldados más que de los enemigos; sin embargo,
algunos jinetes lo apresaron y lo llevaron a rastras hacia Pompeyo,
en medio de los insultos de sus hombres que le acusaban como asesino
de Sertorio y al tiempo que gritaba que revelaría muchos
datos a Pompeyo sobre la revuelta civil en Roma. Y decía
esto ya sea porque fuera verdad o para ser conducido a salvo ante
él. Pero Pompeyo, temiendo que revelara alguna información
inesperada y que fuera el origen de otros males en Roma, envió
por delante a algunos y le dió muerte antes de que llegara
a su presencia. Y dio la impresión de que Pompeyo había
actuado de forma muy sensata con este proceder, lo cual incrementó
aún más su buena reputación. Este fue el final
de la guerra de España, que coincidió con la vida
de Sertorio. Y me parece que no se hubiera acabado tan rápida
ni fácilmente, si Sertorio hubiera seguido vivo todavía».
|
33)
El mismo Pompeyo, en Armenia, cuando Mitrídates era superior a
él en número y calidad de su caballería, colocó
por la noche tres mil hombres armados ligeramente y quinientos jinetes
en un valle bajo la protección de arbustos que había entre
los dos campamentos. Entonces, al amanecer, envió adelante su caballería
contra la posición del enemigo, planeando que, tan pronto como
la fuerza entera del enemigo, caballería e infantería, se
viera envuelta en la batalla, los romanos deberían retroceder gradualmente,
aún conservando las filas, hasta que dieran lugar a aquellos que
habían sido estacionados para el ataque desde la rataguardia, para
aparecer y hacerlo. Cuando este plan resultó exitoso, aquellos
que había parecido que huían, dieron una vuelta completa,
permitiendo a Pompeyo despedazar al enemigo así tomado por el pánico
entre sus dos líneas. Nuestra infantería también,
enfrentándose en un encuentro mano a mano, apuñaló
a los caballos del enemigo. Aquella batalla destruyó la fe que
el rey había tenido en su caballería.
| Nota:
Año 66 a.de C. Apiano, Sobre Mitrídates, 98 :
«A pesar de todo, la falta de provisiones causaba estragos
y, por consiguiente, enviando embajadores a Pompeyo, solicitó
saber de qué forma podría poner fin a la guerra. Éste
le respondió: «En el caso de que nos entregues a los
desertores y te rindas sin condiciones.» Cuando Mitrídates
conoció la respuesta, comunicó a los desertores lo
relativo a ellos y, al ver que tenían miedo, juró
que nunca haría la paz con los romanos a causa de su avaricia,
y que no les entregaría a nadie ni haría jamás
otra cosa que no fuera para provecho común de todos. Éstas
fueron sus palabras, y Pompeyo, ocultando en emboscada a una fuerza
de caballería, envió a otros para que hostigaran abiertamente
a los puestos de avanzada del rey; a éstos les ordenó
que provocaran (al enemigo) y que retrocedieran como si estuvieran
derrotados. (Así lo hicieron), hasta qua los que estaban
emboscados los rodearon y los pusieron en fuga, y tal vez se hubieran
precipitado a una con los fugitivos en el ulterior del campamento,
si el rey, por temor a que esto ocurriera, no hubiera hecho avanzar
la infantería, ante la cual los romanos retrocedieron. Éste
fue el desenlace de la primera confrontación, en forma de
combate ecuestre, entre Pompeyo y Mitrídates».
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34)
En la Guerra de los Esclavos, Craso fortificó dos campamentos
cercanos al lado del campamento del enemigo, cerca del Monte Cantenna.
Entonces, una noche, movió sus fuerzas, conduciéndolas y
ubicándolas en la base de la montaña arriba mencionada,
dejando su tienda de cuartel general en el campamento más grande,
a fin de engañar al enemigo. Dividiendo la caballería en
dos destacamentos, ordenó a Lucio Quincio oponerse a Espartaco
con una división y engañarlo con un encuentro fingido; con
la otra atraerlo para combatir a los germanos y galos, de la facción
de Casto y Cánico, y, fingiendo la huída, conducirlos al
punto donde Craso mismo había preparado sus tropas en orden de
batalla. Cuando los bárbaros lo siguieron, la caballería
retrocedió a los flancos, y la fuerza romana se reveló de
repente y se precipitó avanzando con un grito. En aquella batalla
Livio nos dice que fueron muertos treinta y cinco mil hombres armados,
con sus comandantes; fueron recobrados cinco águilas romanas y
veintiséis estandartes, junto con gran botín, incluyendo
cinco juegos de varas y hachas.
| Nota:
Año 71 a.de C. Plutarco, Craso, 11 : «Temió
Craso no fuera que Espártaco concibiera el designio de marchar
sobre Roma; mas luego se tranquilizó habiendo sabido que
muchos le habían abandonado por discordias que con él
tuvieron, y formando ejército aparte se habían acampado
junto al lago Lucano, cuéntase de éste que por tiempos
se muda, teniendo unas veces al agua dulce y otras salada, en términos
de no poderse beber. Marchando Craso contra éstos, los retiró
de la laguna, pero le impidio que los destrozase y persiguiese el
haberse aparecido de pronto Espártaco con disposiciones de
retirarse precipitadamente. Tenía escrito al Senado que era
preciso hacer venir a Luculo de la Tracia, y a Pompeyo de la España;
mas arrepentido entonces, se apresuró a concluir la guerra
antes que aquellos llegasen, comprendiendo que la victoria se atribuiría
al recién venido que había dado socorros. Resolvió,
por tanto, acometer primero a los que se habían separado
de Espártaco y que hacían campo aparte, siendo sus
caudillos Gayo Canicio y Casto, y para ello envió a unos
seis mil hombres con orden de que hicieran lo posible por tomar
con el mayor recato cierta altura; pero, aunque ellos procuraron
evitar que los sintiesen, enramando los morriones, al cabo fueron
vistos de dos mujeres que estaban haciendo sacrificios por la prosperidad
de los enemigos, y hubieran corrido gran peligro de no haber sobrevenido
con la mayor celeridad Craso, y empeñado una de las más
recias batallas, en la que, habiendo sido muertos doce mil y trescientos
hombres, se halló que dos solos estaban heridos por la espalda,
habiendo perecido los demás en sus mismos puestos, guardándolos
y peleando con los Romanos. Retirábase Espártaco,
después de la derrota de éstos, hacia los montes Petilinos;
Quinto y Escrofa, legado el uno y cuestor el otro de Craso, le perseguían
muy de cerca; mas volviendo contra ellos, fue grande la fuga de
los Romanos, que con dificultad pudieron salvar, malherido, al cuestor.
Este pequeño triunfo fue justamente el que perdió
a Espártaco, porque inspiró osadía a sus fugitivos,
los cuales ya se desdeñaban de batirse en retirada y no querían
obedecer a los jefes, sino que, poniéndoles las armas al
pecho cuando ya estaban en camino, los obligaron a volver atrás
y a conducirlos por la Lucania contra los Romanos, obrando en esto
muy a medida de los deseos de Craso, porque ya había noticias
de que se acercaba Pompeyo, y no pocos hacían correr en los
comicios la voz de que aquella victoria le estaba reservada, pues
lo mismo sería llegar que dar una batalla y poner fin a aquella
guerra. Dándose, por tanto, priesa a combatir y a situarse
para ello al lado de los enemigos hizo abrir un foso, el que vinieron
a asaltar los esclavos para pelear con los trabajadores; y como
de una y otra parte acudiesen muchos a la defensa, viéndose
Espártaco en tan preciso trance, puso en orden todo su ejército.
Habiéndole traído el caballo, lo primero que hizo
fue desenvainar la espada, y diciendo: “Si venciere, tendré
muchos y hermosos caballos de los enemigos; mas si fuere vencido,
no lo habré menester”, lo pasó con ella. Dirigióse
en seguida contra el mismo Craso por entre muchas armas y heridas;
y aunque no penetró hasta él, quitó la vida
a dos centuriones que se opusieron a su paso. Finalmente, dando
a huir los que consigo tenía, él permaneció
inmóvil, y, cercado de muchos, se defendio, hasta que lo
hicieron pedazos. Tuvo Craso de su parte a la fortuna: llenó
todos los deberes de un buen general y no dejó de poner a
riesgo su persona, y, sin embargo, aún sirvió esta
victoria para aumentar las glorias de Pompeyo, porque los que de
aquel huían dieron en las manos de éste y los deshizo.
Así es que, escribiendo al Senado, le dijo que Craso, en
batalla campal, había vencido a los fugitivos, pero él
había arrancado la raíz de la guerra. A Pompeyo se
le decretó un magnífico triunfo por la guerra de Sertorio
y de la España; pero Craso, lo que es el triunfo solemne,
ni siquiera se atrevió a pedirlo; mas ni aun el menos solemne,
a que llaman ovación, parecía propio y digno por una
guerra de esclavos. En qué se diferencia éste del
otro, y de dónde le venga el nombre, lo tenemos ya declarado
en la vida de Marcelo».
|
35)
Cayo Casio, luchando en Siria contra los partos y su líder Osaces,
exhibió sólo la caballería al frente, pero apostó
la infantería escondida en terreno escarpado en la retaguardia.
Entonces, cuando su caballería retrocedió y se retiró
sobre caminos conocidos, hizo entrar al ejército de los partos
en la emboscada preparada para ellos y los despedazó.
| Nota:
Año 51 a.de C. Dión Casio, 40:29 : «Pero
cuando fracasaron en tomar Antioquía, ya que Casio los rechazó
con eficacia y ellos no podían continuar un sitio, retornaron
a Antigonea. Y dado que las vecindades de esta ciudad estaban demasiado
pobladas con árboles, y ellos no se atrevieron, ni fueron
capaces de penetrar esta zona con la caballería, idearon
un plan para cortar los árboles y dejar llano el lugar entero,
de modo que pudieran acercarse a la ciudad con confianza y seguridad.
Pero no pudiendo hacer esto, porque la tarea era grande y su tiempo
era empleado en vano, mientras Casio acosaba a aquellos que se dispersaban
del otro lado, ellos se retiraron con la intención de proceder
contra algún otro lugar. Mientras tanto Casio puso una emboscada
en el camino a lo largo del cual ellos debían marcharse,
y enfrentándolos allí con unos pocos hombres, los
indujo a que lo persiguieran, y luego, rodeándolos, mató
a un gran número, incluyendo a Osaces. A la muerte de éste,
Pacoro abandonó toda la Siria y nunca la invadió de
nuevo».
|
36)
Ventidio, manteniendo a sus propios hombres en el campamento fingiendo
temor, provocó que los partos y Labieno, quiénes eran regocijados
por victoriosos éxitos, se declararan en favor de la batalla. Habiéndolos
atraído a una situación desfavorable, los atacó de
improviso y tanto los abrumó que los partos rechazaron seguir a
Labieno y evacuaron la provincia.
| Nota:
Año 39 a.de C. Justino, Epítome, 42:4 § 7-8 :
«Es por eso que, después de la derrota del partido
de Pompeyo, ellos le enviaron socorros a Casio y a Bruto contra
Augusto y Antonio, y, después del fin de la guerra, de nuevo
bajo la conducta de Pacoro, que había hecho alianza con Labieno,
asolaron Siria y Asia; atacan en masa el campo de Ventidio que había
derrotado al ejército parto, en ausencia de Pacoro. Pero
Ventidio, fingiendo terror, permaneció mucho tiempo encerrado
en su campamento y se dejó insultar bastante por los partos.
Al fin, soltó una parte de sus legiones sobre los enemigos,
seguros de mismos y alegres, y, bajo su asalto, los partos se dispersaron
en derrota».
|
37)
El mismo Ventidio, teniendo consigo disponible sólo una pequeña
fuerza para su uso contra los partos bajo Farnastanes, pero observando
que la confianza del enemigo crecía a consecuencia de su número,
apostó dieciocho cohortes a un lado del campamento en un valle
escondido, con la caballería estacionada detrás de la infantería.
Entonces envió un muy pequeño destacamento contra el enemigo.
Cuando éstos, fingiendo la huída, indujeron al enemigo a
una feroz persecución más allá del lugar de la emboscada,
la fuerza en el costado apareció, con la cual Ventidio condujo
a los partos a una fuga precipitada y los eliminó, Farnastanes
entre ellos.
| Nota:
Año 39 a.de C. Plutarco, Antonio, 33 : «Antonio,
después del convenio, envió a Ventidio al Asia para
que detuviera a los Partos, no dejándoles pasar más
adelante, y habiendo sido nombrado, por hacer obsequio a Octavio
César, sacerdote de César el Dictador, continuaron
tratando en buena compañía y amistad de los más
graves negocios; mas cuando se juntaban a divertirse y jugar, Antonio
se sentía mortificado de que siempre era el que libraba peor;
y es que tenía a su lado un Egipcio dado a la adivinación,
de aquellos que examinan el signo, el cual, o instruido de Cleopatra,
o teniéndolo por cierto, estaba diciendo continuamente a
Antonio con sobrada libertad que, siendo su fortuna la más
grande y brillante, se marchitaba al lado de la de César,
y le aconsejaba que se alejara cuanto más pudiera de aquel
joven. “Porque tu genio- le decía- teme al suyo; y
siendo festivo y altanero cuando está solo, se queda tamañito
y abatido luego que aquel parece”; y los hechos parece que
venían en apoyo del Egipcio. Porque si se echaban suertes
sobre cualquiera cosa a ver a quién le tocaba, o si jugaban
a los dados, siempre era Antonio el que perdía. Echaban muchas
veces a reñir gallos o codornices adiestradas, y siempre
vencían los de César: con lo que recibía manifiesto
disgusto Antonio; y bien por esta causa, o más bien por haber
dado oídos al adivino, marchó de la Italia, dejando
al cuidado de César sus cosas domésticas: aunque a
Octavia la llevó en su compañía hasta la Grecia,
habiendo ya tenido en ella una niña. Hallábase de
invernada en Atenas cuando le llegaron las nuevas de las victorias
de Ventidio, a saber: que había derrotado a los Partos en
una batalla, en la que habían muerto Labieno y Farnapates,
que era el mejor general de los del rey Hirodes. Por estos sucesos
dio un banquete público a los Griegos, y combates a los Atenienses;
para lo que, dejando en casa las insignias del mando, salió
en ropa y calzado de confianza, con las batas de que usan los presidentes
de los juegos, y por sí mismo separó, tomándolos
del cuello, según costumbre, a los jóvenes combatientes».
|
38)
En una ocasión, cuando los campamentos de Cayo César y Afranio
estaban emplazados en llanuras enfrentadas, la ambición especial
de cada lado era asegurar la posesión de las colinas vecinas, una
tarea de dificultad extrema debido a los afilados riscos. En esas circunstancias,
César ordenó su ejército como para marchar atrás
otra vez hacia Ilerda, movimiento necesario por su deficiencia de provisiones.
Entonces, al poco rato, haciendo un pequeño desvío, comenzó
de repente a tomar las colinas. Los seguidores de Afranio, alarmados a
la vista de esto, justo como si su campamento hubiera sido capturado,
comenzaron a correr para ganar las mismas colinas. César, habiendo
previsto este giro de la cuestión, cayó sobre los hombres
de Afranio, antes que pudieran formarse, en parte con la infantería,
que había enviado delante y en parte con la caballería,
enviada por la retaguardia.
| Nota:
Año 49 a.de C. Julio César, Las Guerras Civiles, 1:65-72
: «LXV. Cuando Afranio y Petreyo
vistos a lo lejos los hubieron reconocido, espantados de la novedad,
toman las alturas y ponen la gente en batalla. César en las
llanuras hace reposar la suya por no llevarla fatigada al combate.
Mas intentando los enemigos proseguir el viaje, sigue el alcance
y les hace suspender la marcha. Ellos por necesidad se acampan antes
de lo que tenían determinado, porque seguían unos
montes, y a cinco millas iban a dar en senderos escabrosos y estrechos.
Dentro de estos montes pensaban refugiarse para librarse de la caballería
de César, y cerradas con guardias las gargantas, estorbarnos
el paso, y con eso pasar ellos sin riesgo ni temor el Ebro. Esto
era lo que habían de haber procurado y ejecutado a toda costa,
pero rendidos del combate de todo el día y de la fatiga del
camino, lo dilataron al día siguiente. César entre
tanto asienta sus reales en un collado cercano.
LXVI. A eso de la medianoche cogió nuestra
caballería algunos que se habían alejado del campo
en busca de agua; averigua de ellos César que los generales
enemigos iban a marchar de callada. Sabido esto, manda dar la señal
de marcha y levantar los ranchos. Ellos que oyen la gritería,
temiendo verse precisados a pelear de noche y con las cargas a cuestas,
o que la caballería de César los detuviese en los
desfiladeros, suspenden la marcha y se mantienen dentro de los reales.
Al otro día sale Petreyo con algunos caballos a descubrir
el terreno. Mácese lo mismo de parte de César, quien
destaca a Decidió Saja con un piquete a reconocer el campo.
Entrambos vuelven a los suyos con una misma relación: que
las cinco primeras millas eran de camino llano; entraban luego las
sierras y los montes; que quien cogiese primero estos desfiladeros,
sin dificultad cerraría el paso al enemigo.
LXVII. Petreyo y Afranio tuvieron consejo sobre
el caso, y se deliberó acerca del tiempo de la partida. Los
más eran de parecer que se hiciese de noche; que se podría
llegar a las gargantas antes que fuesen sentidos. Otros, de la generala
tocada la noche antecedente en el campo de César, inferían
ser imposible encubrir su salida; que por la noche recorría
la caballería de César el contorno y tenía
cogidos todos los puestos y caminos; que las batallas nocturnas
se debían evitar, porque cuando la guerra es civil, el soldado,
una vez sobrecogido del miedo, suele moverse más por él
que no por el juramento que prestó. Al contrario la luz del
día causa de suyo mucho rubor a los ojos de todos, y no menos
la vista de los tribunos y centuriones, lo cual sirve de freno y
también de estímulo a los soldados; que por eso, bien
mirado todo, era menester romper de día claro, que puesto
caso que se recibiese algún daño, se podría
a lo menos, salvando el cuerpo del ejército, coger el sitio
que pretendían. Este dictamen prevaleció en el consejo,
y así se determinó marchar al amanecer del día
siguiente.
LXVIII. César, bien informado de las veredas,
al despuntar el alba, saca todas las tropas de los reales, y dando
un gran rodeo, las va guiando sin seguir senda fija.
Porque los caminos que iban al Ebro y a Octogesa estaban cerrados
por el campo enemigo. Él tenía que atravesar valles
muy hondos y quebrados; en muchos parajes los ciscos escarpados
embarazaban la marcha, siendo forzoso pasar de mano en mano las
armas, y que los soldados en cuerpo sin ellas, dándose unos
a otros las manos, hiciesen gran parte de camino. Mas ninguno rehusaba
este trabajo con la esperanza de poner fin a todos, si una vez lograban
cerrar el paso del Ebro al enemigo y cortarle los víveres.
LXIX. Al principio los soldados de Afranio salían
alegres corriendo de los reales a verlos, y les daban vaya gritando,
«que por no tener que comer iban huyendo y se volvían
a Lérida». En realidad el camino no llevaba al término
propuesto, antes parecía enderezarse a la parte contraria.
Con eso sus comandantes no se hartaban de aplaudir su resolución
de haberse quedado en los reales; y se confirmaban mucho más
en su opinión viéndolos puestos en viaje sin, bestias
ni cargas, por donde presumían que no podrían por
largo tiempo resistir al hambre. Mas cuando los vieron torcer poco
a poco la marcha sobre la derecha, y repararon que ya los primeros
se iban sobreponiendo al sitio de los reales, ninguno hubo tan lerdo
ni tan enemigo del trabajo que no juzgase ser preciso salir al punto
de las trincheras y atajarlos. Tocan alarma, y todas las tropas,
menos algunas cohortes que dejaron de guardia, mueven y van en derechura
al Ebro.
LXX. Todo el empeño era sobrecoger la delantera
y ocupar primero las gargantas y montes. A César retardaba
lo embarazoso de los caminos; a las tropas de Afranio la caballería
de César que les iba a los alcances. Verdad es que los afranianos
se hallaban reducidos a tal estado que si arribaban los primeros
a los montes, como pretendían, libraban en sí sus
personas, mas no podían salvar los bagajes de todo el ejército
ni las cohortes dejadas en los reales, a que de ningún modo
era posible socorrer, quedando cortadas por el ejército de
César.
César llegó el primero, y bajando de las sierras a
campo raso, ordena en él sus tropas en batalla. Afranio,
viendo su retaguardia molestada por la caballería, y delante
de sí al enemigo, hallando por fortuna un collado, hizo alto
en él. Desde allí destaca cuatro cohortes de adargueros
al monte que a vista de todos se descubría el más
encumbrado, ordenándoles que a todo correr vayan a ocuparlo,
con ánimo de pasar, él allá con todas las tropas,
y mudando de ruta, encaminarse por las cordilleras a Octogesa. Al
tomar los adargueros la travesía para el monte, la caballería
de César que los vio, se disparó contra ellos impetuosamente;
a cuya furia no pudieron resistir ni siquiera un momento, sino que
cogidos en medio, todos a la vista de ambos ejércitos fueron
destrozados.
LXXI. Era ésta buena ocasión de concluir
gloriosamente la empresa. Ni César dejaba de conocer que,
a vista de la pérdida tan grande que acababa de recibir,
atemorizado el ejército contrario, no podría contrastar,
y más estando de todas partes cercado por la caballería,
siendo el campo de batalla llano y despejado. Pedíanselo
eso todos con instancias; legados, centuriones, tribunos corrían
juntos a rogarle «no se detuviese en dar la batalla; que todos
sus soldados estaban a cual más pronto; que al contrario,
los de Afranio en muchas cosas habían dado muestras de su
temor: en no haber socorrido a los suyos; en no bajar del collado;
en no saberse defender de la caballería; en no guardar las
filas, hacinados todos con sus banderas en un lugar. Que si reparaba
en la desigualdad del sitio, se ofrecería sin duda ocasión
de pelear en alguno proporcionado, pues Afranio seguramente había
de mudarse de aquél, donde sin agua mal podía subsistir».
LXXII. César había concebido esperanza
de poder acabar con la empresa sin combate y sangre de los suyos,
por haber cortado los víveres a los contrarios. « ¿A
qué propósito, pues, aun en caso de la victoria, perder
alguno de los suyos? ¿A qué fin exponer a las heridas
soldados tan leales? Sobre todo, ¿para qué tentar
a la fortuna, mayormente siendo no menos propio de un general el
vencer con la industria que con la espada?» Causábale
también lástima la muerte que preveía de tantos
ciudadanos, y quería más lograr su intento sin sacrificar
sus vidas. Este consejo de César desaprobaban los más.
Y aun los soldados decían sin recato en sus conversaciones,
que «ya que se dejaba pasar tan buena ocasión de la
victoria, después por más que César lo quisiese,
ellos no querrían pelear». Él persevera en su
determinación, y se desvía un poco de aquel sitio
para ocasionar menos recelo a los contrarios.
Petreyo y Afranio, valiéndose de la coyuntura, se recogen
a los reales. César, apostadas guardias en las montañas
y cerrados todos los pasos para el Ebro, se atrinchera lo más
cerca que puede del campo enemigo».
.
|
39)
Antonio, cerca de Foro Gallorum, habiendo oído que el cónsul
Pansa se acercaba, se enfrentó a su ejército por medio de
emboscadas, puestas aquí y allá en las extensiones boscosas
a lo largo de la Via Emilia, derrotando así a sus tropas, e infligiendo
a Pansa mismo una herida de la cual él murió en pocos días.
| Nota:
Año 43 a.de C. Apiano, Guerras Civiles, 3:66-67-68-69 :
«66. Así estaban las cosas en Módena.
Mientras tanto, en Roma, en ausencia de los cónsules, Cicerón
se había hecho dueño de la situación por medio
de sus alocuciones públicas. Se celebraban frecuentes asambleas
y se procuraba armas forzando a los artesanos armeros a fabricarlas
sin recibir ninguna paga; recolectaba dinero e imponía cargas
muy gravosas a los amigos de Antonio. Estos últimos las soportaban
sin quejas para evitar la calumnia, hasta que Publio Ventidio, que
había servido con Gayo César y era amigo de Antonio,
no toleró la presión de Cicerón y marchó
a las colonias de César, donde, como era bien conocido, reclutó
dos legiones para entrar al servicio de Antonio y se apresuró
hacia Roma para apoderarse de Cicerón. Entonces se produjo
una commoción inmensa, y la mayoría sacó fuera
de la ciudad a sus mujeres e hijos, presa del pánico, y el
mismo Cicerón huyó de la ciudad. Cuando lo supo Ventidio
desvió su ruta hacia Antonio, pero, al ser interceptado por
Octavio e Hircio, avanzó hasta el Piceno donde reclutó
otra legión y aguardó el desarrollo de los acontecimientos.
Al acercarse Pansa con el ejército, Octavio e Hircio enviaron
a su encuentro a Carsuleyo con la cohorte pretoriana de Octavio
y la legión de Marte, con objeto de ayudarle en su paso a
través del desfiladero. Antonio no prestó atención
al desfiladero por entender que ello no conducía a otra cosa
que a poner un obstáculo al enemigo, pero movido por su afán
de lucha y como no podía destacar con la caballería
debido a que el terreno era pantanoso y estaba atravesado por fosos,
emboscó a sus dos mejores legiones en el pantano, ocultándolas
con los cañaverales a uno y otro lado del camino, que había
sido construido artificialmente y era estrecho.
67. Carsuleyo y Pansa atravesaron el desfiladero
durante la noche, y al amanecer tan sólo con la legión
Martia y otras cinco cohortes penetraron en el camino construido
artificialmente, que todavía se hallaba limpio de enemigos.
Mientras inspeccionaban el pantano a uno y otro lado de la carretera,
el leve movimiento de las cañas despertó sus sospechas,
después brotó aquí y allá el brillo
de algún que otro casco y yelmo, y de repente surgió
ante ellos, por el frente, la cohorte pretoriana de Antonio. Los
soldados de la Martia, rodeados por todas partes y sin posibilidad
ninguna de escape, ordenaron a los novatos que, si se les acercaba
el enemigo se abstuvieran de unirse a ellos en el combate para que
no les perturbaran a causa de su falta de experiencia. Y la cohorte
pretoriana de Octavio se enfrentó a la de Antonio. El resto
de las tropas se escindieron en dos y penetraron a uno y otro lado
del pantano, bajo el mando de Pansa y Carsuleyo respectivamente.
Así que se entablaron dos batallas en dos pantanos, impidiendo
la carretera que cada uno supiera de la suerte del otro; y a lo
largo de la carretera las cohortes pretorianas sostenían
su otra batalla particular. Los soldados de Antonio tenían
la intención de vengarse de los legionarios de la Martia
por su deserción, por considerarlos traidores para con ellos
mismos, y, a su vez, los de la Martia querían vengarse de
aquéllos por su tolerancia con la matanza de sus compañeros
en Brindisi. Sabedores unos y otros de que constituían la
flor y nata de ambos ejércitos, esperaban decidir la suerte
de toda la guerra en este único combate. A unos los animaba
la vergüenza de que dos legiones fueran derrotadas por una
sola y a los otros, en cambio, la ambición de derrotar ellos
solos a dos legiones.
68. Con tal grado de enojo y ambición se
atacaron mutuamente, considerando este asunto más como algo
propio que de sus generales. A causa de su veteranía no dieron
ningún grito de guerra, pues no esperaban aterrorizarse unos
a otros, ni en el transcurso de la lucha nadie dejó oír
su voz, tanto si vencía como si era derrotado. Como no había
lugar a evoluciones y cargas, por combatir en zona pantanosa y con
fosos, luchaban codo a codo, y al no poder rechazar al adversario
se enzarza ban entre sí con las espadas corno en una lucha
entre atletas. Ningún golpe resultaba fallido sino que se
producían heridas, muertes y en vez de gritos, gemidos tan
sólo. El que caía era retirado al punto, y otro ocupaba
su lugar. No hacían falta advertencias y gritos de aliento,
pues a causa de la experiencia cada uno era su propio general. Y
cuando estaban agotados de fatiga, como en los certámenes
gimnásticos, se separaban un poco para tomar respiro y de
nuevo se reintegraban a la lucha. El estupor se apoderó de
los bisoños cuando llegaron, al contemplar tales luchas realizadas
en profundo silencio y orden.
69. Esforzándose así todos de manera
sobrehumana, la cohorte pretoriana de Octavio perdió hasta
el último hombre. Aquellos soldados de la Martia a las órdenes
de Carsuleyo se impusieron a sus adversarios, que se retiraron no
de forma vergonzante, sino poco a poco. En cambio, los que estaban
bajo Pansa sufrían, de igual modo, la peor parte, pero, con
todo, resistieron por igual por ambas partes hasta que Pansa fue
herido en el costado por una jabalina y fue retirado del campo de
batalla a Bononia. Entonces sus soldados se replegaron, primero
paso a paso, después con mayor rapidez volviendo la espalda
como en una huida. Los soldados novatos, al verlos, huyeron en desorden
dando gritos hacia el campamento que precisamente había preparado
el cuestor Torcuato mientras se desarrollaba la batalla ante la
sospecha de que fuera necesario. Los bisoños se congregaron
en su interior en medio de la confusión, a pesar de que eran
italianos igual que los de la Martia. Pues hasta tal punto aventaja
el ejercicio a la raza en cuestiones de valor. Los de la Martia,
en cambio, no penetraron en el campamento por miedo al deshonor
y permanecieron en su proximidad, y aunque agotados por la fatiga,
contaban aún con el suficiente coraje para, si alguien los
atacaba, seguir combatiendo hasta el final inexorable. No obstante,
Antonio se abstuvo de atacar a los legionarios de la Martia, por
ser ello una em-presa harto penosa, y cayendo sobre los nuevos reclutas
causó una gran mortandad entre ellos».
.
|
40)
Juba, rey en África al momento de la Guerra Civil, fingiendo una
retirada, despertó una vez una injustificada euforia en el corazón
de Curión. Bajo la influencia de esta esperanza equivocada, Curión
persiguiendo a Saboras, general del rey, que, él pensó,
estaba huyendo, desembocó en la llanura abierta, donde, rodeado
por la caballería númida, perdió su ejército
y él mismo pereció.
| Nota:Año
49 a.de C. César, Las Guerras Civiles, 2:40-41-42 : «XL.
Juba, luego que supo de Saboras el encuentro nocturno, envíale
al pronto dos mil caballos españoles y galos, que solían
ser reales guardias, y el trozo que más estimaba de la infantería.
Él mismo a paso más lento va detrás con el
resto de las tropas y cuarenta elefantes, sospechando que no faltaría
Curión en persona, habiendo enviado por delante su caballería.
Saboras escuadrona sus gentes de a caballo y de a pie, dándoles
orden que, mostrando miedo, vayan retrocediendo poco a poco; que
a su tiempo él daría la señal de acometer y
ordenaría lo conveniente.
|
41)
Melanto, el general ateniense, en una ocasión se presentó
al combate, en respuesta al desafío del rey del enemigo, Xanto,
el beocio. Tan pronto como estuvieron de pie cara a cara, Melanto exclamó:
"Tu conducta es injusta, Xanto, y contraria a un acuerdo. Yo estoy
solo, pero tú has salido con una compañía contra
mí." Cuando Xanto se preguntó quién lo seguía
y miró hacia atrás, Melanto lo mató con un golpe
solo, y su cabeza fue apartada del cuerpo.
| Nota:
Polieno 1:19 : «Los atenienses y beocios
hacían la guerra respecto a Melanios. Mélanto mandaba
a los atenienses, y Xanto estaba a la cabeza de los beocios; y Melanios
era un cantón limítrofe de Atica y Beocia. Un oráculo
había predicho a Xanto que sería vencido por astucia;
y he aquí como el oráculo fue cumplido. Ambos jefes
quisieron acabar el desacuerdo por medio de un combate singular
entre ellos. Apuntando con las manos, Melanto exclamó «No
te comportas bien, traes a un segundo, es una engaño».
Xanto apartó la vista para ver quién era este segundo;
y en el momento Mélanto lo perforó con un venablo.
Los atenienses que se llevaron la victoria por este engaño,
establecieron una fiesta anual en memoria de este encuentro; todavía
la llamamos hoy la fiesta del Apaturia, como quien dice, del engaño».
|
42)
Ifícrates, el ateniense, en una ocasión en el Quersoneso,
consciente que Anaxibio, comandante de los espartanos, avanzaba con sus
tropas por tierra, desembarcó una gran fuerza de hombres de sus
buques y los colocó emboscados, pero dispuso que sus barcos zarparan
a la vista del enemigo, como si estuvieran cargados con todas sus fuerzas.
Cuando los espartanos abandonaron su guardia y no recelaron peligro alguno,
Ifícrates, atacándolos por tierra por la retaguardia mientras
marchaban, los aplastó y derrotó.
| Nota:
Año 389-388 a.de C. Jenofonte, Helénica, 4:8
§ 32 a 39 : «[32] Ellos, en
efecto, no encontraron falta alguna con Dercílidas; pero
Anaxibio, en vista de que los éforos se había hecho
sus amigos, tuvo éxito en hacers enviar a Abidos como gobernador.
Y prometió que si recibía dinero y barcos, haría
también la guerra contra los atenienses, de modo tal que
los asuntos estarían tan bien con ellos en el Helesponto.
[33] En consecuencia los éforos dieron a
Anaxibio tres triremes y dinero suficiente para mil mercenarios,
y lo enviaron. Cuando hubo alcanzado Abidos, sus operaciones por
tierra fueron las siguientes: después de reunir una fuerza
mercenaria, procedió a separar algunas de las ciudades eolias
de Farnabazo, tomar el campo en expediciones punitivas contra las
ciudades que habían hecho expediciones contra Abidos, marchó
sobre ellas, y devastó su territorio. Por el lado naval,
además de los barcos que tenía, dotó totalmente
a otros tres de Abidos, y trajo a puerto cualquier buque mercante
que encontró en cualquier parte, perteneciente a los atenienses
o sus aliados.
[34] Los atenienses, sin embargo, enterándose
de estas cosas, y temiendo que los resultados de todo el trabajo
de Trasíbulo en el Helesponto pudieran ser arruinados por
ellos, enviaron contra Anaxibio a Ifícrates, con ocho barcos
y cerca de mil doscientos peltasts. La mayor parte de éstos
eran los hombres que él había comandado en Corinto.
Cuando los argivos incorporaron Corinto a Argos, dijeron que no
tenían necesidad alguna de ellos; ya que Ifícrates
había matado a algunos partidarios de Argos; en consecuencia
él había vuelto a Atenas y optado por estar en casa
en este tiempo.
[35] Cuando alcanzó el Quersoneso, Anaxibio
al principio y él hicieron la guerra el uno al otro enviando
partidas de asalto; pero a medida que el tiempo pasó, Ifícrates
averiguó que Anaxibio había ido a Antandro con sus
mercenarios, los lacedemonios que estaban con él, y doscientos
hoplitas de Abidos, y oyó que había entablado con
Antandro relaciones de amistad. De donde, sospechando que después
de que él hubiera también establecido su guarnición
allí, volvería otra vez y llevaría a los abidenos
a casa, Ifícrates atravesó derante la noche la parte
más desierta del territorio de Abidos, y trepando a las montañas,
puso una emboscada. Además, ordenó a los trirremes
que había traído a través del estrecho, que
zarparan al amanecer a lo largo de la costa del Quersoneso, hastael
estrecho, a fin de que pudiera parecer que había navegado
por el Helesponto para reunir dinero, como él solía
hacer.
[36] Habiendo hecho todas estas cosas no se decepcionó,
ya que Anaxibio realmente retrocedió, aunque - al menos,
como la historia cuenta - sus sacrificios durante aquel día
no se demostraron favorables; pero a pesar de aquel hecho, pleno
de confianza desdeñosa porque él avanzaba por un país
amistoso y hacia una ciudad amistosa, y porque tuvo noticias por
aquellos que lo encontraron, que Ifícrates había zarpado
en dirección del Proconeso, hacía su marcha de una
manera bastante descuidada.
[37] Sin embargo, Ifícrates no apareció
de la emboscada hasta que el ejército de Anaxibio estuvo
en tierra firme; cuando los abidenos, que estaban en la vanguardia,
estaban ahora en la llanura de Cremaste, donde están sus
minas de oro, y el resto del ejército que seguía a
lo largo estaba en la cuesta hacia abajo, y Anaxibio con sus lacedaemonios
justo comenzaba el descenso, en ese momento Ifícrates sacó
a sus hombres de su emboscada y se precipitó sobre él
a la carrera.
[38] Entonces Anaxibio, juzgando que no había
ninguna esperanza de salvación, en vista de que vio que su
ejército se extendía sobre un camino largo y estrecho,
y pensó que aquellos que habían continuado delante
serían claramente incapaces de acudir a su ayuda arriba de
la colina, y habiendo percibido que todos estaban en un estado de
terror cuando vieron la emboscada, dijo a aquellos que estaban con
él: “señores, es honorable para mí morir
aquí, pero apresúrense a salvarse antes de llegar
a un enfrentamiento cerrado con el enemigo.”
[39] Así habló, y tomando su escudo
de su escudero, cayó luchando en aquel punto. Su juventud
favorita, sin embargo, permaneció a su lado, e igualmente
de entre los lacedemonios aproximadamente doce de los gobernadores,
que habían venido de sus ciudades y se habían unido
a él, habían luchado y cayeron con él. Pero
el resto de los lacedemonios huyó y cayó uno tras
otro, persiguiéndolos el enemigo hasta la ciudad. Además,
aproximadamente doscientos de las otras tropas de Anaxibio fueron
muertos, y aproximadamente cincuenta de los hoplitas abidenos. Y
después de llevar a cabo estas cosas, Ifícrates volvió
otra vez al Quersoneso».
|
43)
Los liburnios en una ocasión, cuando habían tomado una posición
entre algunos bajíos, permitiendo sólo que sus cabezas aparecieran
por encima de la superficie del agua, hicieron creer al enemigo que el
agua era profunda. De esta manera una galera que los siguió varó
en el bajío, y fue capturada.
44)
Alcibíades, comandante de los atenienses en el Helesponto contra
Mindaro, líder de los espartanos, teniendo unos gran ejército
y numerosos buques, desembarcó a algunos de sus soldados por la
noche, y escondió parte de sus barcos detrás de ciertos
cabos. Él mismo, avanzando con unas pocas tropas, como para atraer
al enemigo por el desprecio a su pequeña fuerza, huyó cuando
fue perseguido, hasta que finalmente hizo caer al enemigo en la trampa
que había sido puesta. Luego, atacando al enemigo en la retaguardia,
cuando desembarcó, lo despedazó con la ayuda de las tropas
que él había desembarcado con este mismo objetivo.
| Nota:
Año 410 a.de C. Polieno, 1:40 § 9 :
«Alcibíades envió del lado de Cízico
a Terámenes y Trasíbulo, con un gran número
de buques, para obstaculizar a los enemigos el camino a esta ciudad;
y luego dominó el mar con un pequeño número
de buques. Míndaro que despreciaba esta poco considerable
flota, avanzó contra Alcibíades que fingió
darse a la fuga. Míndaro, creyendo asegurada la derrota de
los atenienses, los persiguió con mucha satisfacción.
Pero Alcibíades, habiéndolo atraído al costado
donde estaban Terámenes y Trasíbulo, dio la señal,
y girando la borda, presentó la proa a los enemigos. Míndaro
quiso entonces tomar el camino de Cízico, pero los buques
de Terámenes le cortaron el paso. Míndaro decidió
entonces desembarcar en Cleres en el país de Cízico,
pero Farnabazo se opuso a su desembarco. Alcibíades por su
lado golpeó con el espolón de sus buques a los de
los enemigos que estaban en alta mar, y se afirmó con ganchos
de hierro a los que estaban sobre la orilla, mientras que Farnabazo
destrozaba las tropas de Míndaro que habían desembarcado.
Finalmente Míndaro fue muerto, y Alcibíades se llevó
una victoria brillante». |
45)
El mismo Alcibiades, en una ocasión, estando por trabarse en un
combate naval, erigió varios mástiles en un cabo, y ordenó
a los hombres que abandonó allí, que extendieran velas en
éstos tan pronto como notaran que el enfrentamiento había
comenzado. Por este medio hizo que el enemigo se retirara, ya que imaginaron
que otra flota venía a su ayuda..
46)
Memnón, el rodio, en un encuentro naval, poseyendo una flota de
doscientos barcos, y deseando atraer a los buques del enemigo para luchar,
hizo preparativos para levantar los mástiles en sólo algunos
de sus barcos, ordenando a éstos que avanzaran primero. Cuando
el enemigo desde una distancia vió el número de mástiles,
y de esto dedujo el número de buques, presentó batalla,
pero le cayó encima un número más grande de barcos
y fueron derrotados..
47)
Timoteo, el líder de los atenienses, cuando estaba por trabarse
en un encuentro naval con los espartanos, tan pronto como la flota espartana
salió ordenada en línea de batalla, envió adelante
veinte de sus buques más veloces, para obstaculizar al enemigo
de cualquier modo y por varias tácticas. Entonces tan pronto como
observó que el enemigo se hacía menos activo en sus maniobras,
avanzó y los derrotó fácilmente, ya que ellos ya
estaban completamente exhaustos.
| Nota:
Año 375 a.de C. Polieno, 3:10 § 6 :
«Al hacer Timoteo la guerra por mar a los Lacedemonios, guarneció
con soldados la popa de sus galeras, y los tuvo allí en descanso,
enviando adelante veinte fragatas ligeras, con orden de hostigar
a los buques enemigos con muchos movimientos. Los Lacedemonios se
cansaron extremadamente de remar, y no tenían un momento
de descanso. Timoteo, fresco, hizo adelantar sus galeras, y habiendo
dado combate, se llevó una señalada victoria». |
VI.
SOBRE DEJAR ESCAPAR AL ENEMIGO, A MENOS QUE, ACORRALADOS, RENUEVEN
LA BATALLA DESESPERADAMENTE |
1)
Cuando los galos, después de la batalla librada bajo el generalato
de Camilo, desearon barcos para cruzar el Tíber, el Senado votó
enviarlos a través del río y suministrarles provisiones
también.
En una ocasión subsecuente también fue facilitado un paso
libre para la gente de la misma raza cuando se retiraban del distrito
Pomptino. Este camino lleva por nombre “el camino galo”.
| Nota:
Año 349 a.de C. Se refiere a Lucio Furio Camilo,
hijo del gran Camilo.
|
2) ) Tito Marcio, un caballero romano, a quién
el ejército confirió el mando supremo después que
los dos Escipiones fueron muertos, tuvo éxito en envolver a los
cartagineses. Cuando éstos, a fin de no morir sin vengarse, luchaban
con furia creciente, Marcio abrió los manípulos, proporcionó
espacio para la fuga, y cuando los enemigos estuvieron separados, los
mató sin riesgo para sus propios hombres.
| Nota:
Año 212 a.de C. Livio, 25:37 : «Cuando parecía
destruido el ejército y perdida España para los romanos,
un hombre solo restableció los desesperados asuntos. En el
ejército romano había un caballero llamado L. Marcio,
hijo de Septimio, joven muy activo y cuyo valor e ingenio eran muy
superiores a su condición. Tan excelentes disposiciones se
habían perfeccionado en la escuela de Cn. Escipión,
bajo cuyas órdenes había aprendido en tantos años
todos los secretos del arte de la guerra. Este joven, después
de recoger los restos del ejército derrotado y haberlos reforzado
con todo lo que pudo extraer de las guarniciones, formó un
cuerpo bastante considerable, a cuyo frente se reunió con
T. Fonteyo, teniente de Escipión. Un simple caballero romano
tuvo entonces bastante influencia entre los soldados, para que,
cuando se hubieron fortificado allende el Ebro, y hubo que nombrar
un general en los comicios militares, los soldados que iban a votar,
al relevarse en las guardias de las fortificaciones y de los puestos,
por unánime consentimiento le otorgasen el mando en jefe.
Todo el tiempo (y fué muy corto) que precedió a la
llegada del enemigo, se empleó en fortificar el campamento
y en aprovisionarlo, ejecutándose las órdenes con
tanto celo como intrepidez. Pero a la noticia de que Asdrúbal
Gisgón se acercaba después de haber pasado el Ebro
para destruir el resto del ejército y que avanzaba a marchas
forzadas; a la vista de la serial de batalla dada por el nuevo jefe,
recordando los solda-dos qué generales tenían en otro
tiempo, con qué jefes y con qué compañeros
estaban acostumbrados a marchar al combate, comenzaron a llorar
y a golpearse la frente; unos alzaban las manos al cielo como para
acusar a los dioses; otros, tendidos en el suelo, invocaban a su
antiguo general. La desolación no la calmaban ni las exhortaciones
de los centuriones ni las palabras suaves o severas de Marcio: "¿Por
qué se deshacían en llanto como tímidas mujeres,
en vez de aguijonear su valor para defenderse ellos y defender la
república y pensar en vengar la muerte de sus generales?"
De pronto oyen el sonido caban a los parapetos; la ira sucede en
el acto a la desesperación; los romanos, en un acceso de
rabia, se precipitan a las puertas y caen sobre los cartagineses
que avanzaban negligentemente y en desorden. Aquella brusca salida
difunde en el acto el terror en sus filas; sorpréndeles ver
tantos enemigos levantarse inopinadamente contra ellos, después
de la pérdida de su ejército casi entero. ¿De
dónde proceden tanta audacia y confianza en enemigos vencidos
y fugitivos? ¿Qué general había reemplazado
a los dos Escipiones muertos? ¿quién mandaba en aquel
campamento? ¿quién había dado la señal
del combate? Después de estas múltiples preguntas
sobre tantas cosas imprevistas, quedan al pronto inciertos y estupefactos
y retroceden; atacados en seguida con sumo vigor, vuelven la espalda.
Espantosa matanza hubieran hecho los romanos, o se habrían
dejado llevar a una persecución temeraria y peligrosa, si
Marcio no se hubiese apresurado a mandar retirada, y si colocado
delante de las enseñas de las primeras filas y reteniendo
él mismo algunos soldados, no hubiera puesto término
a la pelea y recogido al campamento sus tropas ávidas aún
de sangre y de matanza. Los cartagineses, rechazados primeramente
lejos de las fortificaciones, viendo que nadie les perseguía,
atribuyeron a temor la retirada de los romanos y volvieron a su
campamento con la lentitud que inspira el desprecio. Igual negligencia
tuvieron en guardarlo; porque si bien estaba cerca el enemigo, al
fin lo constituían los restos de dos ejércitos destrozados
pocos días antes. Informado Marcio de que la negligencia
de los cartagineses se extendía a todo, después de
reflexionar bien en ello, formó un proyecto que, al pronto,
parecía más temerario que atrevido: el de atacarles
en sus mismos parapetos; creyendo que le sería más
fácil apoderarse del campamento de Asdrúbal solo,
que defender el suyo contra los tres ejércitos y los tres
generales reunidos de nuevo: además, el éxito de esta
empresa restablecería las cosas; y si quedaba rechazado,
el ataque que iba a dar demostraría al menos que no era enemigo
despreciable».
|
3) Cuando ciertos germanos que Cayo César había
descripto como que luchaban más ferozmente por la desesperación,
ordenó que les fuera permitido escapar, y luego los atacó
mientras huían.
4) En Trasimeno, cuando los romanos fueron rodeados y
luchaban con la mayor furia, Aníbal abrió sus filas y les
dió una oportunidad de fuga, con lo cual, cuando huyeron, los derrotó
sin pérdida alguna de sus propias tropas.
5) Cuando los etolios, bloqueados por Antígono,
rey de los macedonios, sufrían de hambre y habían resuelto
hacer una salida de cara a una muerte cierta, Antígono les proporcionó
un corredor para huir. Así, habiendo enfriado su ardor, los atacó
por la retaguardia y los destrozó.
| Nota:
Año 223 a 221 a.de C. Se refiere a Antígono
III Dosón (263-221 a.de C.)
|
6) Agesilao, el espartano, trabado en batalla con los
tebanos, notó que el enemigo, cercado por las características
del terreno, luchaba con la mayor furia debido a su desesperación.
En consecuencia, abrió sus filas y proporcionó a los tebanos
una vía de escape. Pero cuando trataron de retirarse, los envolvió
nuevamente, y los abatió desde atrás sin pérdida
para sus tropas.
| Nota:
Año 394 a.de C. Plutarco, Agesilao, 18 :
«Adelantóse a Queronea, y habiendo descubierto a los
enemigos, y sido también de ellos visto, ordenó su
batalla, dando a los Orcomenios el ala izquierda, y conduciendo
él mismo el ala derecha. Los Tebanos tuvieron asimismo, por
su parte, la derecha, y los Argivos la izquierda. Dice Jenofonte
que aquella batalla fue más terrible que ninguna otra de
aquel tiempo, habiéndose hallado presente en auxilio de Agesilao
después de su vuelta del Asia. El primer encuentro no halló
resistencia ni costó gran fatiga, porque los Tebanos al punto
pusieron en fuga a los Orcomenios, y a los Argivos Agesilao; pero
habiendo oído unos y otros que sus izquierdas estaban en
derrota y huían, volvieron atrás. Allá la victoria
era sin riesgo si Agesilao, prosiguiendo en acuchillar a los que
se retiraban, hubiera querido contenerse de ir a dar de frente con
los Tebanos; pero arrebatado de cólera y de indignación
corrió contra ellos, con deseo de rechazarlos también
de poder a poder. Como ellos no los recibieron con menos valor,
se trabó una recia batalla de todo el ejército, más
empeñada todavía contra el mismo Agesilao, que se
hallaba colocado entre sus cincuenta, cuyo, ardor le fue muy oportuno,
debiéndoles su salvación. Porque aun peleando y defendiéndole
con el mayor denuedo, no pudieron conservarlo ileso, habiendo recibido
en el cuerpo, por entre las armas, diferentes heridas de lanza y
espada, sino que con gran dificultad le retiraron vivo; entonces,
protegiéndole con sus cuerpos, dieron muerte a muchos, y
también de ellos perecieron no pocos. Hiciéronse cargo
de lo difícil que era rechazar a los Tebanos, y conocieron
la necesidad de ejecutar lo que no habían querido en el principio,
porque les abrieron claro, partiéndose en dos mitades; y
cuando hubieron pasado, lo que ya se verificó en desorden,
corrieron en su persecución, hiriéndolos por los flancos;
mas no por eso consiguieron ponerlos en fuga, sino que se retiraron
al monte Helicón, orgullosos con aquella batalla, a causa
de que por su parte salieron invictos». |
7) Cneo Manlio, el cónsul, volviendo de una batalla
encontró el campamento de los romanos en posesión de los
etruscos. Por lo tanto apostó guardias en todas las puertas y provocó
al enemigo, así cerrado adentro, a tal punto de furia que él
mismo fue muerto en los enfrentamientos. Cuando sus lugartenientes se
dieron cuenta de la situación, retiraron los guardias de una puerta
y proporcionaron a los etruscos una oportunidad para fugar. Más
cuando éstos salieron, los romanos los persiguieron y los destrozaron,
con ayuda del otro cónsul, Fabio, que apareció de pronto.
|
Nota:
Año 480 a.de C. Livio, 2:47 : «Restablecido
por este lado el combate, en el otro extremo luchaba con igual vigor
el cónsul Cn. Manlio, mostrándose la fortuna casi
lo mismo. Mientras Manlio, lo mismo que Q. Fabio en la otra ala,
estrechaba al enemigo, casi derrotado ya, los soldados le habían
seguido con ardor pero cuando una herida grave le obligó
a retirarse del campo, persuadidos de que había muerto, comenzaron
a ceder, y hasta habrían emprendido la fuga si el otro cónsul
no hubiese acudido a toda brida con algunas turmas de caballería,
y gritando en su presencia la derrota. Manlio se presentó
también para restablecer el combate. La presencia de los
dos cónsules, a quienes conocían bien, inflamó
el valor de los soldados; por otra parte, la línea del enemigo
había perdido ya parte de su fuerza; porque confiando en
la superioridad del número, había separado su reserva,
enviándola a sitiar el campamento. Esta lo tomó al
asalto sin mucha resistencia; pero mientras olvida el combate para
no ocuparse más que del botín, los triarios romanos,
que no habían podido resistir el primer choque, hacen avisar
a los cónsules lo quo ocurre; y en seguida, replegándose
en derredor del Pretorio, vuelven ellos mismos al ataque. Entre
tanto regresa al campamento el cónsul Manlio, coloca soldados
en todas las puertas y cierra toda salida al enemigo. La desesperación
inflama a los toscanos, inspirándoles más rabia que
audacia; y después de intentar inútilmente muchas
veces escapar por los puntos por donde esperaban encontrar salida,
un grupo de guerreros jóvenes se arroja sobre el mismo cónsul,
a quien reconocen por la armadura. Los primeros dardos los pararon
los que le rodeaban; pero muy pronto no pudieron resistir tan vigoroso
empuje; el cónsul, herido mortalmente, cayó y todo
se desvaneció. Entonces redobló la audacia de los
toscanos; los romanos corren aterrados de un extremo a otro del
campamento, y el mal iba a quedar sin remedio, si los legados, después
de retirar el cadáver del cónsul, no hubiesen abierto
una puerta para dar paso al enemigo, que se precipitó por
aquella salida; pero esta gente en desorden encontró en su
fuga al otro cónsul victorioso, que la destroza y pone en
dispersión. Gloriosa era la victoria, pero entristecida por
dos grandes pérdidas. Por esta razón contestó
el cónsul, cuando el Senado le concedió el triunfo:
"Que si el ejército podía triunfar sin el general,
accedía de buen grado, en atención a su brillante
comportamiento en aquella guerra; pero que en cuanto a él,
cuando su familia estaba contristada por la muerte de Q. Fabio,
cuando la república estaba huérfana de uno de sus
cónsules, no aceptaría un laurel marchitado por el
duelo público y por el de su familia". Este triunfo
rehusado fué más glorioso para él que todo
el aparato de la pompa triunfal; tan cierto es que la gloria oportunamente
rehusada, viene a ser más brillante y más hermosa.
Fabio celebró en seguida los funerales de su colega y de
su hermano. Encargado de pronunciar el elogio fúnebre de
uno y otro, les concedió las alabanzas que habían
merecido, cuya mayor parte recaía sobre él. Prosiguiendo
constantemente el proyecto que había formado a su entrada
en el consulado de reconquistar el cariño del pueblo, repartió
la asistencia de los soldados heridos entre las familias patricias,
dando el mayor número a los Fabios, y en ninguna parte se
les cuidó mejor. Desde entonces fueron populares los Fabios,
debiendo la popularidad a medios saludables para la república».
|
8) Cuando Jerjes fue derrotado y los atenienses deseaban
destruir su puente , Temístocles previno esto, mostrando que era
mejor para ellos que Jerjes fuera expulsado de Europa que ser obligado
a luchar con desesperación. También envió al rey
un mensajero para decirle en qué peligro estaría, en caso
de que hiciera una retirada precipitada.
Nota:
Año 480 a.de C. Heródoto, 8:108, adjudica
el consejo de no destruir el puente a Euribíades : «Al
llegar el día, viendo los Griegos en el mismo campo el ejército
de tierra, daban por supuesto que la armada debía hallarse
en el puerto de Falero. Con esto, pues, persuadidos a que el enemigo
volvería a combatir por mar, se preparaban, por su parte,
a rechazarle. Pero informados después de que se habían
hecho las naves a la vela, parecióles ir en seguimiento de
ellas sin más dilación. Siguieron, en efecto, su rumbo
hasta llegar a Andros; pero sin poder descubrir la armada de Jerges.
En Andros, consultando sobre el asunto, fue de parecer Temístocles,
que echando por en medio de aquellas islas y persiguiendo a las
naves, se encaminasen en derechura al Helesponto con ánimo
de cortarles el puente. Dió Euribiades un parecer totalmente
contrario, diciendo que no podían los Griegos irrogar a la
Grecia mayor daño que cortar el puente al enemigo; porque
si el Persa, sorprendido, se veía precisado a quedarse en
la Europa, no querría, sin duda, estarse tranquilo y ocioso,
viendo que con la acción le sería imposible llevar
adelante sus intereses, pues, así no se le abriría
camino alguno para la retirada y perecería de hambre su ejército;
que por el contrario, el se animaba y ponía manos a la obra,
todo le podría salir muy bien en las ciudades y naciones
de la Europa, o bien tomándolas a viva fuerza, o capitulando
con ellas antes de apelar a las armas; que tampoco les faltarían
víveres echando mano de la cosecha anual de los Griegos;
que él discurría que vencido el Persa en la batalla
naval, no pensaría en quedarse en Europa; que lo mejor era
dejarle huir cuanto quisiese hasta parar en sus dominios; pero que
una vez vuelto a ellos, entonces sí les exhortaba a que allí
le hiciesen guerra». |
9) Cuando Pirro, rey de los epirotas, capturó
cierta ciudad y notó que los habitantes, encerrados adentro, habían
cerrado las puertas y luchaban valerosamente por extrema necesidad, les
dió una oportunidad para escapar.
10)
El mismo Pirro, entre muchos otros preceptos del arte de la guerra, nunca
recomendó presionar implacablemente en los talones de un enemigo
en fuga, no simplemente para evitar que el enemigo resista muy furiosamente
a consecuencia de la necesidad, sino también para inclinarlo a
que se retire nuevamente, sabiendo que el vencedor no se esforzaría
en destruirlo estando en fuga..
Capítulos
- I y II - III
y IV - V y VI- VII
y VIII - IX y X - XI
y XII
|