SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO II

Capítulos - I y II - III y IV - V y VI- VII y VIII - IX y X - XI y XII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.

Habiendo dado clases de ejemplos en el Libro I que, como creo, bastarán para instruir a un general en aquellos asuntos que deben ser atendidos antes del principio de la batalla, presentaré a continuación en orden, ejemplos que tienen que ver con aquellas cosas que son, por lo general, hechas en la batalla misma, y luego aquellas que aparecen subsecuentes al enfrentamiento.
De aquellas que conciernen a la batalla misma, existen las siguientes clases :

I Sobre la elección del momento para la batalla.
II Sobre la elección del lugar para la batalla.
III Sobre la disposición de las tropas para la batalla.
IV Sobre cómo inspirar pánico en las filas enemigas.
V Sobre las emboscadas.
VI Sobre dejar escapar al enemigo, a menos que, acorralados, renueven la batalla desesperadamente. VII. Sobre cómo disimular reveses.
VIII. Sobre cómo restaurar la moral con firmeza.

Sobre las cuestiones que merecen atención después de la batalla, considero que existen las siguientes clases :

IX. Sobre cómo terminar la guerra después de un enfrentamiento victorioso.
X. Sobre cómo recomponer las pérdidas propias después de un revés.
XI. Sobre cómo asegurar la lealtad de aquellos de los que uno desconfía.
XII. Qué hacer para la defensa del campamento, en caso de que un comandante no confíe en sus actuales fuerzas.
XIII. Sobre las retiradas.

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V. SOBRE LAS EMBOSCADAS

1) Rómulo, cuando se hubo acercado a Fidenas, distribuyó una parte de sus tropas en emboscada, y fingió huir. Cuando el enemigo imprudentemente le siguió, él los condujo al punto donde mantenía a sus hombres escondidos, con lo cual, atacando por todos lados, y tomando al enemigo desprevenido, lo despedazó en su prisa por avanzar.

Nota: Livio, 1:14 : «Algunos años después, habiendo maltratado a los legados de los laurentinos los parientes del rey Tacio, reclamó el pueblo romano en nombre del derecho de gentes. Pero el favor y ruegos de los agresores tuvieron más influencia cerca de Tacio, por lo cual cayó el castigo sobre él, recibiendo la muerte en medio de un tumulto en Lavinia, adonde había acudido con motivo de la celebración de un sacrificio solemne.
Dícese que no mostró Rómulo en esta ocasión el dolor conveniente, bien porque compartiese el trono a disgusto, bien porque estimase justa la muerte de Tacio. No empuñó las armas, y como debía expiarse el ultraje a los legados, Roma y Lavinia renovaron la amistad, amistad que producía paz inesperada. Pero otra guerra más peligrosa estalló casi en las mismas puertas de Roma. La proximidad de esta ciudad, cuyo poderío aumentaba diariamente, inquietaba a los fidenatos, y sin esperar a que realizase todo lo que parecía ofrecerle el porvenir, comenzaron a hacerle guerra. Arman la juventud, sácanla a la campaña y talan el territorio que media entre Roma y Fidenas. Desde allí vuelven a la izquierda, porque a la derecha les opone obstáculo el Tíber, y propagan delante de ellos el terror y la desolación. Los habitantes de los campos huyen en tropel, y en su precipitada fuga a Roma llevan la primera noticia de la invasión. Alármase Rómulo (porque la inminencia del peligro no admite vacilación), ordena su ejército y marcha a acampar a una milla de Fidenas. Deja allí corta guarnición y se pone de nuevo en marcha con todas sus fuerzas: embosca parte de ellas en paraje lleno de malezas, y continúa la marcha con los demás peones y todos los caballos. Estos movimientos, operados con aparente desorden, y las correrías de la caballería hasta las puertas de la ciudad atraen a los enemigos, conforme se proponía Rómulo. Las acometidas de la caballería hacían más verosímil la fuga que la infantería simulaba; y en efecto, mientras los jinetes ejecutaban sus movimientos y mostraban vacilación entre el deseo de huir y el honor del combate, retiróse la infantería. Los fidenatos abren entonces las puertas de la ciudad, corren a la llanura, se lanzan en masa sobre el ejército romano, le ponen en retirada, y en el ardimiento de tenaz persecución, caen en la emboscada; preséntanse de repente los soldados romanos escondidos, cógenles de través, espántanse los fidenatos, y poniéndose en movimiento entonces la guarnición, aumenta su terror, siendo tan grande, que apenas deja tiempo a Rómulo y a la caballería para volver sobre ellos; comienza la fuga, y como ésta es verdadera, penetran en la ciudad con más desorden y precipitación que mostraron en la persecución del ejército romano, que solamente huía por artificio. Los romanos les empujaban con las espadas, y antes de que pudiesen cerrar las puertas entraron revueltos vencedores y vencidos, como si todos formasen un solo ejército».


2) El cónsul Quinto Fabio Máximo, habiendo sido enviado para ayudar a los sutrianos contra los etruscos, hizo que el embate pleno del ataque del enemigo cayera sobre él. Entonces, fingiendo temor, se retiró a terrenos más altos, como en retirada, y cuando el enemigo se precipitó sobre él desordenadamente, atacó, y no simplemente los derrotó en la batalla, sino que capturó su campamento ..

Nota: Año 310 a.de C.; el cónsul Quinto Fabio Máximo Ruliano. Livio, 9:35 : «Mientras ocurrían estas cosas en Roma, los etruscos habían puesto ya sitio a Sutrium. El cónsul Fabio se había puesto en marcha tomando por la parte baja de las montañas para socorrer a los aliados y hasta para atacar, si encontraba oportunidad, las líneas de los sitiadores, cuando se le presentó el enemigo en orden de batalla. La inmensa llanura en que se desplegaba, permitiale emplear su extraordinaria multitud, y el cónsul, para suplir el corto número de los suyos con la ventaja de la posición, se separó un poco, hizo ganar a sus tropas las primeras alturas, cuyo suelo escabroso estaba lleno de piedras, y desde allí hizo frente al enemigo. No considerando los etruscos más que su multitud, que formaba toda su seguridad, y olvidando lo demás, corren al combate con tanta precipitación y tal ardor, que arrojando los dardos para llegar más pronto a las manos, desenvainan las espadas al mismo tiempo que van al enemigo. Los romanos, por el contrario, lanzan en tanto dardos, en tanto piedras, armas que el suelo las suministra con abundancia. Esta lluvia, cayendo sobre escudos y cascos, aturdía a los que no quedaban heridos. No era fácil al enemigo llegar al pie de la altura para combatir más de cerca, ni tampoco combatir de lejos, porque carecían de dardos; quedando, pues, en el mismo punto ex-puestos a golpes de los que nada podía preservarlos. Algunos comenzaban ya a retroceder, y todo el ejército estaba indeciso y vacilante, cuando los hastatos y los príncipes, repitiendo el grito de ataque, corren a ellos con las espadas en las manos. Los etruscos no pudieron resistir aquella impetuosidad; vuelven la espalda, y se dirigen a su campamento en el mayor desorden. Pero los jinetes romanos, que habían atravesado oblicuamente la llanura, se presentan a su encuentro; entonces abandonan el camino del campamento y procuran ganar las montañas. Desde allí, aquel ejército sin armas y acribillado de heridas penetra en la selva Ciminia. El romano, después de haber dado muerte a muchos millares de etruscos, se apoderó de treinta y cinco enseñas, del campamento y de considerable botín. En seguida se pensó en perseguir al enemigo».


3) Sempronio Graco, llevando a cabo la guerra contra los celtíberos, fingió temor y mantuvo su ejército en el campamento. Entonces, enviando tropas armadas ligeramente para acosar al enemigo y retroceder inmediatamente, hizo que el enemigo saliera; hecho lo cual, los atacó antes de que pudieran formarse, y los aplastó tan completamente, que también capturó su campamento.

Nota: Año 179 a.de C. Livio, 40:48 : «Desde allí marchó sobre la ciudad de Alcea, cerca de la cual estaban acampados los celtíberos, que recientemente le habían enviado la legación. Después de haber hecho atacar durante algunos días sus parapetos por sus tropas ligeras y haberles hostigado con escaramuzas, aumentó poco a poco la fuerza del destacamento, con objeto de atraer todo el ejército enemigo fuera de sus empalizadas. Cuando vió que su plan había tenido éxito, mandó a los prefectos de los auxiliares que volviesen bruscamente la espalda en medio del combate. corno si les abrumase el número, y que huyesen en desorden hacia el campamento.
Entre tanto se ocupaba él detrás de las empalizadas en disponer sus tropas en todas las puertas. Pronto vió que sus auxiliares se batían en retirada, según sus órdenes, y que detrás venían los bárbaros, impulsados por el ardor de la persecución. Allí los esperaba con su ejército formado en batalla; así fué que en cuanto dió a los suyos tiempo suficiente para que entrasen en el campamento, lanzando los romanos un grito terrible, salieron por todas las puertas a la vez. Los enemigos no pudieron sostener aquel terrible ataque; habían venido para apoderarse del campamento romano, y ni siquiera pudieron defender el suyo. Al primer choque quedaron arrollados, puestos en derrota, rechazados hasta sus parapetos y en seguida obligados a abandonarlos. En aquel combate perdieron nueve mil hombres muertos, les hicieron trescientos veinte prisioneros y se apoderaron de ciento doce caballos y de treinta y siete enseñas. Los romanos solamente perdieron ciento nueve soldados».


4) Cuando el cónsul Lucio Metelo llevaba adelante la guerra en Sicilia contra Asdrúbal, y con la mayor vigilancia, debido al inmenso ejército de Asdrúbal y sus ciento treinta elefantes, retrocedió sus tropas, fingiendo temor, dentro de Panormus (1), y construyó en el frente una zanja de proporciones enormes.
Entonces, observando el ejército de Asdrúbal, con los elefantes en la fila delantera, ordenó que los hastati lanzaran sus jabalinas en las bestias e inmediatamente se retiraran dentro de sus defensas. Los conductores de los elefantes, enfurecidos ante tal irrisorio tratamiento, condujeron a los elefantes directamente hacia la zanja. Tan pronto como trajeron a las bestias hasta ésta, parte fueron eliminadas por una lluvia de dardos, parte fueron hechos retroceder atrás a su propio lado, y provocaron en la hueste entera una gran confusión. Entonces Metelo, que esperaba su momento, irrumpió adelante con toda su fuerza, atacó a los cartagineses por el flanco, y los despedazó. Además de esto, capturó a los mismos elefantes (2).

Nota 1: Panormus : La actual Palermo.

Nota 2: Año 251 a.de C. Polibio, 1:40 : «Asdrúbal, comandante de los cartagineses, testigo del espanto de los romanos en los campamentos anteriores, informado de que uno de los Cónsules había marchado a Italia con la mitad del ejército (252 años antes de J. C.), y que Cecilio quedaba en Palermo con la parte restante para defender los frutos de los aliados, cuya cosecha estaba ya en sazón; Asdrúbal, digo, parte de Lilibea con su ejército y sienta sus reales sobre los límites del territorio de Palermo. Cecilio, que advirtió su confianza, retuvo sus tropas dentro de la ciudad, con vistas a provocar su audacia. Fiero el cartaginés de que en su concepto Cecilio no osaba hacerle frente, avanza temerario con todo el ejército, y desciende por unos desfiladeros al país de Palermo.
El procónsul, no obstante la tala de frutos que el cartaginés hacía hasta la ciudad, permanecía firme en su resolución hasta ver si le incitaba a pasar el río que corre por delante. Pero cuando ya tuvo de esta parte los elefantes y el ejército, destaca al instante sus tropas ligeras para que los provoquen y se vean obligados a poner todo su campo en batalla. Al fin, cumplido su deseo, sitúa algunas tropas ligeras delante del muro y del foso, con orden de, si los elefantes se acercaban, dar sobre ellos una carga cerrada de saetas; y en caso de verse precisados, retirarse al foso, y desde allí volver a la carga contra los que se acercasen.
Ordena después a los artesanos llevar dardos de la plaza y estar dispuestos en el exterior al pie del muro. Él con sus cohortes se aposta en la puerta opuesta al ala izquierda de los enemigos, para enviar continuamente socorros a sus ballesteros. Empeñada algo más la acción, los conductores de los elefantes, émulos de la gloria de Asdrúbal y deseosos de que a ellos se les atribu yese la victoria, avanzaron todos contra los primeros que peleaban, los pusieron fácilmente en huida y los persiguieron hasta el foso. Aproximáronse después los elefantes, pero heridos por los que disparaban desde el muro, y traspasados a golpe seguro con los continuos chuzos y lanzas de los que coronaban el foso, se enfurecen al fin acribillados de flechas y heridas, se vuelven y atacan a los suyos, atropellan y matan a los soldados, confunden y desordenan sus líneas. A la vista de esto, Cecilio saca rápidamente el ejército, da en flanco con sus tropas de refresco y coordinadas sobre el ala de los enemigos desorganizados, causa un grande daño en los contrarios, mata a muchos, y hace huir a los demás precipitadamente. Toma diez elefantes con sus indios, y se apodera de todos los demás que habían desmontado a sus conductores, rodeándolos la caballería después de la batalla. Acabada la acción, en general se confesaba que Roma era deudora a Cecilio de que sus tropas de tierra hubiesen recuperado el valor y hubiesen vindicado la campiña».


5) Cuando Tamiris, reina de los escitas, y Ciro, el rey de los persas, se enfrentaron en un combate indeciso, la reina, fingiendo temor, atrajo a Ciro a un desfiladero bien conocido por sus propias tropas, y allí, volviéndose de repente y enfrentando, ayudada por la naturaleza del lugar, obtuvo una victoria completa .

Nota: Año 529 a.de C. Heródoto, 1:204 a 214 : « CCIV. En las riberas del mar Caspio que miran al Oriente hay una inmensa llanura cuyos límites no puede alcanzar la vista. Una parte, y no la menor de ella, la ocupan aquellos Masagetas contra quienes formó Ciro el designio de hacer la guerra, excitado por varios motivos que le llenaban de orgullo. El primero de todos era lo extraño de su nacimiento, por el que se figuraba ser algo más que hombre; y el segundo la fortuna que lo acompañaba en todas sus expediciones, pues donde quiera que entraban sus armas, parecía imposible que ningún pueblo dejase de ser conquistado.
CCV. En aquella sazón era reina de los Masagetas una mujer llamada Tamiris, cuyo marido había muerto ya. A esta, pues, envió Ciro una embajada, con el pretexto de pedirla por esposa. Pero Tamiris, que conocía muy bien no ser ella, sino su reino, lo que Ciro pretendía, le negó la entrada en su territorio. Viendo Ciro el mal éxito de su artificiosa tentativa, hizo marchar su ejército hacia el Araxes, y no se recató ya en publicar su expedición contra los Masagetas, construyendo puentes en el río, y levantando torres encima de las naves en que debía verificarse el paso de las tropas.
CCVI. Mientras Ciro se ocupaba en estas obras, le envió Tamiris un mensajero con orden de decirle: «Bien puedes, rey de los Medos, excusar esa fatiga que tomas con tanto calor: ¿quién sabe si tu empresa será tan feliz corno deseas? Más vale que gobiernes tu reino pacíficamente, y nos dejes a nosotros en la tranquila posesión de los términos que habitamos. ¿Despreciarás por ventura mis consejos, y querrás más exponerlo todo que vivir quieto y sosegado? Pero si tanto deseas hacer una prueba del valor de los Masagetas, pronto podrás conseguirlo. No te tomes tanto trabajo para juntar las dos orillas del río. Nuestras tropas se retirarán tres jornadas, y allí te esperaremos; o si prefieres que nosotros pasemos a tu país, retírate a igual distancia, y no tarda remos en buscarte.» Oído el mensaje, convocó Ciro a los Persas principales, y exponiéndoles el asunto, les pidió su parecer sobre cuál de los dos partidos sería mejor admitir. Todos unánimemente convinieron en que se debía esperar a Tamiris y a su ejército en el territorio persiano.
CCVII. Creso, que se hallaba presente a la deliberación, desaprobó el dictamen de los Persas, y manifestó su opinión contraria en estos términos: -«Ya te he dicho, señor, otras veces, que puesto que el cielo me ha hecho siervo tuyo, procuraré con todas mis fuerzas estorbar cualquier desacierto que trate de cometerse en tu casa. Mis desgracias me proporcionan, en medio de su amargura, algunos documentos provechosos. Si te consideras inmortal, y que también lo es tu ejército, ninguna necesidad tengo de manifestarte mi opinión; pero si tienes presente que eres hombre y que mandas a otros hombres, debes advertir, antes de todo, que la fortuna es una rueda, cuyo continuo movimiento a nadie deja gozar largo tiempo de la felicidad. En el caso propuesto, soy de parecer contrario al que han manifestado mis consejeros, y encuentro peligroso que esperes al enemigo en tu propio país; pues en caso de ser vencido, te expones a perder todo el imperio, siendo claro que, vencedores los Masagetas, no volverán atrás huyendo, sino que avanzarán a lo interior de tus dominios. Por el contrario, si los vences, nunca cogerás tanto fruto de la victoria como si, ganando la batalla en su mismo país, persigues a los Masagetas fugitivos y derrotados. Debe pensarse por lo mismo en vencer al enemigo, y caminar después en derechura a sojuzgar el reino de Tamiris; además de que sería ignominioso para el hijo de Cambises ceder el campo a una mujer, y volver atrás un solo paso. Soy, por consiguiente, de dictamen que pasemos el río, y avanzando lo que ellos se retiren, procuremos conseguir la victoria. Esos Masagetas, según he oído, no tienen experiencia de las comodidades que en Persia se disfrutan, ni han gustado jamás nuestras delicias. A tales hombres convendría prevenirles, en nuestro mismo campo un copioso banquete, matando un gran número de carneros, y dejándolos bien preparados, con abundancia de vino puro y todo género de manjares. Hecho esto, confiando la custodia de los reales a los soldados más débiles, nos retiraríamos hacia el río. Cuando ellos viesen a su alcance tantas cosas buenas, no dado que se abalanzarían a gozar las y nos suministrarían la mejor ocasión de sorprenderlos ocupados, y de hacer en ellos una matanza horrible.»
CCVIII. Estos fueron los pareceres que se dieron a Ciro; el cual, desechando el primero y conformándose con el de Creso, envió a decir a Tamiris que se retirase, porque él mismo determinaba pasar el río y marchar contra ella. Retiróse en efecto la Reina, como antes lo tenía ofrecido. Entonces fue cuando Ciro puso a Creso en manos de su hijo Cambises, a quien declaraba por sucesor suyo, encargándolo con las mayores veras que cuidase mucho de honrarlo y hacerle bien en todo, si a él por casualidad no le saliese felizmente la empresa que acometía. Después de esto, envíalos a Persia juntos; y él poniéndose al frente de sus tropas, pasa con ellas el río.
CCIX. Estando ya de la otra parte del Araxes, venida la noche y durmiendo en la tierra de los Masagetas, tuvo Ciro una visión entre sueños que le representaba al hijo mayor de Histaspes con alas en los hombros, una de las cuales cubría con su sombra e1 Asia y la otra la Europa. Este Histaspes era hijo de Arsaces, de la familia de los Aqueménidas, y su hijo mayor, Darío, joven de veinte años, se había quedado en Persia, por no tener la edad necesaria para la milicia. Luego que despertó Ciro, se puso a reflexionar acerca del sueño, y como le pareciese grande y misterioso, hizo llamar a Histaspes, y quedándose con él a solas, le dijo: -«He descubierto, Histaspes, que tu hijo maquina contra mi persona y contra mi soberanía. Voy a decirte el modo seguro como lo he sabido. Los dioses, teniendo de mí un especial cuidado, me revelan cuanto me debe suceder; y ahora mismo he visto la noche pasada entre sueños que el mayor de tus hijos tenía en sus hombros dos alas, y que con la una llenaba de sombra el Asia, y con la otra la Europa. Esta visión no puede menos de ser indicio de las asechanzas que trama contra mí. Véte, pues, desde luego a Persia y dispón las cosas de modo que cuando yo esté de vuelta, conquistado ya este país, me presentes a tu hijo para hacerle los cargos correspondientes.»
CCX. Esto dijo Ciro, imaginando que Darío le ponía asechanzas; pero lo que el cielo le pronosticaba era la muerte que debía sobrevenirle, y la traslación de su corona a las sienes de Darío. Entonces le respondió Histaspes: -«No permita Dios que ningún Persa de nacimiento maquine jamás contra vuestra persona, y perezca mil veces el traidor que lo intentase. Vos fuisteis, oh Rey, quien de esclavos hizo libres a los Persas, y de súbditos de otros, señores de todos. Contad enteramente conmigo, porque prontísimo a entregaros a mi hijo, para que de él hagáis lo que quisiereis, si alguna visión os le mostró amigo de novedades en perjuicio de vuestra soberanía.» Así respondió Histaspes; en seguida repasó el río y se puso en camino para Persia, con objeto de asegurar a Darío y presentarle a Ciro cuando volviese.
CCXI. Partiendo del Araxes, se adelantó Ciro una jornada, y puso por obra el consejo que le había sugerido Creso; conforme al cual se volvió después hacia el río con la parte más escogida y brillante de sus tropas, dejando allí la más débil y flaca. Sobre estos últimos cargó en seguida la tercera parte del ejército de Tamiris, y por más que se defendieron, los pasó a todos al filo de la espada. Pero viendo los Misagetas, después de la muerte de sus contrarios, las mesas que estaban preparadas, sentáronse a ellas, y de tal modo se hartaron de comida y de vino, que por último se quedaron dormidos. Entonces los Persas volvieron al campo, y acometiéndoles de firme, mataron a muchos y cogieron vivos a muchos más, siendo de este número su general, el hijo de la reina Tamiris, cuyo nombre era Espargapises.
CCXII. Informada Tamiris de lo sucedido en su ejército y en la persona de su hijo, envió un mensajero a Ciro, diciéndole: -«No te ensoberbezcas, Ciro, hombre insaciable de sangre, por la grande hazaña que acabas de ejecutar. Bien sabes que no has vencido a mi hijo con el valor de tu brazo, sino engañándolo con esa pérfida bebida, con el fruto de la vid, del cual sabéis vosotros henchir vuestros cuerpos, y perdido después el juicio, deciros todo género de insolencias. Toma el saludable consejo que voy a darte. Vuelve a mi hijo y sal luego de mi territorio, contento con no haber pagado la pena que debías por la injuria que hiciste a la tercera parte de mis tropas. Y si no lo practicas así, te juro por el sol, supremo señor de los Masagetas, que por sediento que te halles de sangre, yo te saciaré de ella.»
CCXIII. Ciro no hizo caso de este mensaje. Entretanto, Espargapises, así que el vino le dejó libre la razón y con ella vio su desgracia, suplicó a Ciro le quitase las prisiones; y habiéndolo conseguido, dueño de sus manos, las volvió contra sí mismo y acabó con su vida. Este fue el trágico fin del joven prisionero.
CCXIV. Viendo Tamiris que Ciro no daba oídos a sus palabras, reunió todas sus fuerzas y trabó con él la batalla más reñida que en mi concepto se ha dado jamás entre las naciones bárbaras. Según mis noticias, los dos ejércitos empezaron a pelear con sus arcos a cierta distancia; pero consumidas las flechas, vinieron luego a las manos y se acometieron vigorosamente con sus lanzas y espadas. La carnicería duró largo tiempo, sin querer ceder el puesto ni los unos ni los otros, hasta que al cabo quedaron vencedores los Masegetas. Las tropas persianas sufrieron una pérdida espantosa, y el mismo Ciro perdió la vida, después de haber reinado veintinueve años. Entonces fue cuando Tamiris, habiendo hecho llenar un odre de sangre humana, mandó buscar entre los muertos el cadáver de Ciro; y luego que fue hallado, le cortó la cabeza y la metió dentro del odre, insultándolo con estas palabras: -«Perdiste a mi hijo cogiéndole con engaño a pesar de que yo vivía y de que yo soy tu vencedora. Pero yo te saciaré de sangre cumpliendo mi palabra.» Este fue el término que tuvo Ciro, sobre cuya muerte sé muy bien las varias historias que se cuentan; pero yo la he referido del modo que me parece más creíble».


6) Los egipcios, estando por enfrentarse en una llanura cercana a un pantano, cubrieron el pantano con algas, y luego, cuando la batalla comenzó, fingiendo huir, hicieron caer al enemigo en una trampa; ya que éste, avanzando demasiado rápidamente sobre tierra desconocida, fue sorprendido en el fango y rodeado.


7) Viriato, quién de ser un bandido se convirtió en líder de los celtíberos, en una ocasión, fingiendo ceder el paso ante la caballería romana, la condujo a un lugar lleno de profundos agujeros. Allí, mientras él mismo hizo su salida por caminos familiares que le permitieron un puen paso, los romanos, ignorantes del lugar, se hundieron en el fango y fueron muertos.

Nota: Años 147 a 139 a.de C.


8) Fulvio, comandante en la guerra contra los cimbrios, habiendo instalado su campamento cerca del enemigo, ordenó que su caballería se acercara a las fortificaciones de los bárbaros y se retirara en una huída fingida, después de hacer un ataque. Cuando hubo hecho esto durante varios días, con los cimbrios en tenaz persecución, notó que su campamento era dejado expuesto con regularidad. En consecuencia, manteniendo su práctica habitual con parte de su fuerza, él mismo, con tropas armadas ligeramente, tomó en secreto una posición detrás del campo enemigo, y cuando ellos salían según su costumbre, atacó de repente, demolió el indefenso terraplén y capturó su campamento.

Nota: Livio 40:30-32, dice que Quinto Fulvio Flaco usó esta estratagema con los celtíberos en el 181 a.de . No existe registro de ningún comandante Fulvio luchando contra los Cimbrios; 30. En aquel odio estalló una guerra muy grave en la España citerior. Los celtíberos habían levantado cerca de treinta y cinco mil hombres, número a que no habían llegado hasta entonces. Q. Fulvio Flaco, que mandaba aquel año la provincia, habiendo sabido que los celtíberos armaban a sus jóvenes, había levantado por su parte entre sus aliados cuantas tropas auxiliares pudo procurarse, pero su ejército estaba lejos de igualar en número al de sus enemigos. Al comenzar la primavera entró en la Carpetania y acampó bajo las murallas de Ebura, después de dejar escasa guarnición en la ciudad. Pocos días después marcharon los celtiberos a apostarse al pie de una colina, a unas dos millas de los romanos. En cuanto se enteró de su llegada el pretor, envió a su hermano M. Fulvio al frente de dos turmas de caballería para que reconociese las posiciones enemigas y se enterase del número de combatientes, acercándose todo lo posible a las empalizadas. Recomendóle al mismo tiempo que evitase todo combate y que se retirara si veía salir la caballería española. Las órdenes quedaron puntualmente ejecutadas. Durante muchos días los romanos se limitaron, por todo movimiento, a hacer avanzar sus dos turmas, que se retiraban en cuanto comenzaba a moverse
la caballería enemiga. Al fin los celtíberos salieron de sus parapetos con todas sus fuerzas de caballería e infantería y se formaron en batalla a igual distancia de los dos campamentos. El espacio que los separaba era una llanura despejada, a propósito para batallas. Los españoles se detuvieron esperando a sus enemigos, pero los romanos se mantuvieron durante cuatro días seguidos encerrados en su campamento, y a pesar de la constancia de los españoles, que permanecieron formados en batalla en el mismo sitio, no hicieron ningún movimiento. Al fin volvieron a sus parapetos los celtíberos, porque no habían podido hacer aceptar la batalla a los romanos; y maniobraba solamente su caballería delante de las empalizadas, para estar pronta ante cualquier movimiento del enemigo. Los soldados de ambos ejércitos salían por detrás de los campamentos para recoger leña y forraje, sin cuidarse unos de otros.
31. Creyendo el pretor romano que su larga inacción habría convencido a los celtíberos de que no sería el primero en atacarles, mandó a L. Acilio que, al frente del ala izquierda y de seis mil auxiliares que había suministrado la provincia, rodease la colina en que se apoyaba el enemigo y que cayese sobre su campamento en cuanto oyese el grito de ,guerra. Estas fuerzas partieron de noche con objeto de ocultar su marcha. Al amanecer mandó Flaco al prefecto de los aliados Escribonio que avanzase hacia los parapetos enemigos con la caballería extraordinaria del ala izquierda. Al ver los celtíberos aquellas fuerzas, más numerosas y atrevidas de lo que ordinariamente se mostraban los romanos, enviaron a su encuentro toda su caballería, mandando al mismo tiempo que se pusiese en movimiento su infantería. Fiel a sus instrucciones, Scribonio, en cuanto oyó el ruido de los caballos, volvió grupas y se replegó al campamento, persiguiéndole los españoles con mucho ahinco. Habíase adelantado su caballería y la infantería avanzaba detrás, no dudando que aquel mismo día se apoderaban del campamento del pretor. Apenas distaban quinientos pasos de las empalizadas romanas, cuando, considerando Flaco que estaban bastante lejos de los suyos para poder socorrerlos, formó sus huestes en batalla detrás de los parapetos, y salió por tres puntos a la vez, haciendo gritar enérgicamente a los soldados, no tanto para excitar su ardor, como para dar la señal a los romanos emboscados en la montaña. No se hicieron esperar éstos, sino que cayeron, según se les había mandado, sobre el campamento enemigo, en el que solamente habían quedado para defenderle cinco mil hombres a lo sumo. Asustados los españoles por su corto número, ante la multitud de los que atacaban y de la repentina acometida, entregaron el campamento casi sin combate; Acilio mandó que incendiaran aquella parte que era más visible desde el campo de batalla.
32. Los celtíberos que se encontraban detrás en la batalla fueron los primeros que vieron la llama. En seguida corrió por todo el ejército la noticia de que habían perdido el campamento y que ardía en aquel instante. Esta noticia aumentó el espanto del enemigo y el ardor de los romanos, que oían ya los gritos de sus compañeros victoriosos y veían los resplandores del incendio. Los celtíberos tuvieron un momento de vacilación e incertidumbre; pero cuando vieron que no tenían retirada si retrocedían, y que su único recurso era combatir, vovieron al ataque con mayor encarnizamiento. Estrechábales fuertemente en el centro la quinta legión, por lo que atacaron con más confianza el ala izquierda de los romanos, donde había colocado Flaco los auxiliares de la provincia, compatriotas de los celtíberos. Ya iba a retroceder esta ala, cuando ocupó su puesto la legión séptima, y al mismo tiempo salieron las fuerzas que formaban la guarnición de Ebura, lanzándose a lo más recio de la pelea. Por su parte Acilio había atacado a los españoles por la espalda. Los celtíberos resistieron mucho tiempo y se dejaron exterminar sobre el terreno, huyendo en todas direcciones los que escaparon. La caballería, dividida en dos cuerpos, se puso en su persecución e hizo considerable matanza, resultando en aquella batalla cerca de veintitrés mil hombres muertos y cuatro mil setecientos prisioneros, cayendo en poder de los romanos más de quinientos caballos y ochenta y ocho enseñas militares. Cara se pagó aquella importante victoria: el pretor perdió más de doscientos soldados de las dos legiones, ochocientos treinta aliados del nombre latino y cerca de dos mil cuatrocientos auxiliares extranjeros. Ganada la batalla, regresó al campamento con sus tropas victoriosas. Acilio recibió orden para permanecer en el que había conquistado, y al día siguiente recogieron los despojos de las víctimas, distribuyendo el general delante de todo el ejército las recompensas que habían merecido los que se distinguieron por su valor».


9) Cneo Fulvio, cuando una fuerza de los faliscos muy superior a la nuestra, acampó en nuestro territorio, hizo que sus soldados prendieran fuego a ciertos edificios a una distancia del campo, a fin de que los faliscos, pensando que sus propios hombres habían hecho esto, se dispersaran con la esperanza del pillaje.


10) Alejandro el epirota, emprendiendo la guerra contra los ilirios, colocó primero una fuerza en emboscada, y luego disfrazó a algunos de sus propios hombres con el traje tradicional ilirio, ordenándoles que devastaran su propio territorio epirota. Cuando los ilirios vieron que esto se estaba haciendo, ellos mismos comenzaron a pillar a troche y mochecon la mayor confianza, ya que pensaban que aquellos que mostraban el camino eran exploradores. Pero cuando fueron intencionalmente llevados por éstos a una posición desventajosa, fueron derrotados y muertos.


11) Leptines, el siracusano, también, emprendiendo la guerra contra los cartagineses, ordenó que sus propias tierras fueran devastadas y algunas granjas y fortalezas fueran quemadas. Los cartagineses, pensando que esto había sido hecho por sus propios hombres, salieron ellos mismos también para ayudar; con lo cual fueron emboscados por hombres que estaban esperándolos, y fueron derrotados.

Nota: Año 397-396 a.de C. La versión de Polieno, 5:8 § 1, difiere de la dada por Frontino : «Los cartaginese, quiénes navegaban cerca de Paquino, desembarcaron allí, y devastaron el país circundante. Leptines colocó alguna caballería emboscada por la noche, y ordenó que algunos otros encontraran algún medio para prender fuego al campamento cartaginés. Tan pronto como los cartagineses vieron sus tiendas de campaña y equipajes en llamas, se apresuraron para llegar allí tan rápidamente como fuera posible, para salvar lo que pudieran. Pero mientras ellos intentaban esto, fueron atacados por la caballería, que los persiguió hasta sus barcos con gran matanza».


12) Maharbal (1), enviado por los cartagineses contra africanos rebeldes, sabiendo que la tribu era apasionadamente aficionada al vino, mezcló una cantidad grande de vino con mandrágora, que en potencia es algo entre un veneno y un soporífero. Entonces, después de una insignificante escaramuza, deliberadamente se retiró. A altas horas de la noche, dejando en el campamento un poco de su equipaje y todo el vino drogado, fingió huir. Cuando los bárbaros capturaron el campamento y en un frenesí de placer, bebieron avariciosamente el vino drogado, Maharbal volvió, y los apresó o los mató mientras ellos estaban estirados como muertos (2).

Nota 1: Maharbal fue un comandante de la caballería númida al servicio de Aníbal.

Nota 1: Polieno 5:10 § 1, atribuye esta estratagema a Himilcón en el 396 a.de C. «Himilcón el cartaginés, quién era consciente que los africanos eran aficionados a licor, mezcló láudano en un gran número de jarras de vino. Después de colocar las jarras en los suburbios, hizo algunas escaramuzas con el enemigo, y luego se retiró dentro la ciudad, como si hubiera sido dominado. Los africanos se regocijaron por su aparente éxito de bloquear a los cartagineses en su ciudad. Bebieron grandes cantidades del vino abandonado, que los lanzó a un profundo sueño, y los dejó a merced del enemigo».


13) Aníbal, en una ocasión, consciente que tanto su propio campamento como el de los romanos, estaban en sitios escasos de madera, abandonó deliberadamente el distrito, dejando muchas manadas de ganado dentro de su campamento. Los romanos, asegurando la posesión de éstas como botín, se atiborraron con la carne, que, debido a la escasez de leña, estaba cruda e indigesta. Aníibal, volviendo por la noche con su ejército y encontrándolos desguarnecidos y atiborrados con carne cruda, les infligió gran pérdida .

14) Tiberio Graco, estando en España, sabiendo que el enemigo sufría de falta de provisiones, proveyó su campamento de un elaborado suministro de comestibles de todas las clases y luego lo abandonó. Cuando el enemigo tuvo la posesión del campamento y se hubo atiborrado hasta quedar ahíto con el alimento que encontraron, Graco trajo de vuelta su ejército e inmediatamente los aplastó . .

Nota: Año 179 a 178 a.de C.

15) Los habitantes de Quíos, emprendiendo la guerra contra los eritreos, capturaron a un espía eritreo en una cima elevada y lo mataron. Dieron, entonces, su ropa a uno de sus propios soldados, quién, dando una señal desde la misma eminencia, atrajo a los eritreos a una emboscada.

16) Los árabes, dado que su costumbre de dar aviso de la llegada del enemigo por medio del humo durante el día, y por el fuego durante la noche, era bien conocida, dieron órdenes en una ocasión que estas prácticas siguieran sin interrupción hasta que el enemigo realmente se hubiere acercado, momento en el que debían ser discontinuadas. El enemigo, imaginando por la ausencia de los fuegos, que su acercamiento era ignorado, avanzó con demasiada impaciencia y fue derrotado.

17) Alejandro de Macedonia, cuando el enemigo hubo fortificado su campamento en una cima arbolada alta, retiró una porción de sus fuerzas, y ordenó a aquellos que dejaba, que encendieran fuegos como de costumbre, y así dar la impresión del ejército entero. Él mismo, conduciendo sus fuerzas alrededor por regiones no exploradas, atacó al enemigo y lo desalojó de su posición dominante .

Nota: Año 327 a.de C. Quinto Curcio Rufo, 7:11 : «El rey había pacificado el resto del país. Sólo un peñascal quedaba ocupado por el sogdiano Arimazes, con treinta mil soldados, con víveres acumulados anteriormente, suficientes para tal multitud incluso para dos años. Este peñascal tiene treinta estadios de altura y ciento cincuenta de circuito. Cortado a plomada y abrupto por todos lados, sólo es accesible por un estrecho senderillo. A media altura hay una cueva con una entrada estrecha y oscura; pero gradualmente se va ensanchando y al fondo ofrece seguros escondrijos. Por casi toda la cueva brotan fuentes y las aguas reunidas dejan deslizarse un río por los flancos de la montaña.
El rey, vista la dificultad del lugar, había decidido pasar de largo; pero pronto le aguijoneó el deseo de abatir a la propia naturaleza. Con todo, antes de exponerse a los azares de un sitio, delegó ante los bárbaros a Cofes, que era hijo de Artabazus, para que les persuadiese de rendir el peñascal.
Arimazes, confiado en la posición, contestó orgullosamente muchas cosas y al final preguntó si Alejandro también podía volar. Transmitidas estas palabras al rey, de tal manera encendieron su ánimo que, convocando a aquellos con los cuales solía consultar, les puso al corriente de la insolencia del bárbaro que se mofaba de ellos porque no tenían alas; pero la próxima noche —añadió— haría creer a Arimazes que los macedonios también volaban. «Dadme —dijo--- trescientos jóvenes de los más ágiles de las tropas dé cada uno, que estén acostumbrados en su tierra a conducir ganado por senderos y peñascos casi impracticables.»
Se los llevan inmediatamente, notables tanto por su agilidad corporal como pan el ardoroso valor. El rey, mirándoles: «Con vosotros --dijo—, jóvenes y compañeros míos, he saltado las murallas de ciudades invictas antes de mí; he escalado las montañas cubiertas de nieves perennes, he penetrado en las gargantas de la Cilicia y he soportado sin desmayo en la India todo el rigor del frío. Os he dado pruebas de mí y yo las tengo de vosotros. El peñasco que veis tiene un solo acceso que lo ocupan los bárbaros; los demás puntos los tienen descuidados y no hay vigías, aparte de los que miran nuestro campamento. Encontraréis un camino si sabéis explorar diestramente los pasos que llevan a la cumbre. La naturaleza no ha colocado nada tan arriba, que no pueda ser alcanzado por el valor. Tratando de conseguir lo que a Giros había hecho desesperar, nos hemos hecho señores de Asia. Llegad hasta la cumbre y cuando la hayáis alcanzado, hacedme señales con trapos blancos. Yo, acercándome con las tropas, atraeré al enemigo hacia nosotros y lo apartaré de vosotros. Un premio de diez talentos será para el primero que ponga el pie en la cima; un talento menos recibirá el que llegue segundo y la misma proporción será mantenido hasta diez hombres.
Pero estoy persuadido de que a vosotros os importa menos mi liberalidad que mi deseo.»
Con tal ánimo escucharon las palabras del rey, que ya les parecía haber alcanzado la cima de la montaña.
Habiéndoles despedido, prepararon cuñas de hierro y fuertes maromas. El rey, después de haber dado la vuelta al peñasco, a la segunda vela dio la orden de marcha por donde el camino parecía menos áspero y abrupto, deseándoles buena suerte. Provistos de víveres para dos días y armados solamente con espada y dardos, empezaron a subir. Al principio no se ayudaron más que con los pies; luego, cuando llegaron al despeñadero, los unos trepaban agarrándose con las manos a las rocas más salientes, los otros se izaron con ayuda de cuerdas atadas y otros, fijando las cuñas entre las piedras a manera de peldaños en donde apoyarse. Así pasaron el día entre el miedo y la fatiga. Después de tanta aspereza, les quedaba la parte más dura y la altura del peñasco parecía crecer.
Era un espectáculo lastimoso cuando a los que les fallaba el pie en los peldaños inseguros, rodaban montaña abajo, mostrando los unos con su caída lo que les esperaba a los otros. A pesar de todo, a través de estas dificultades, llegan a la cumbre de la montaña agotados por la fatiga de tan enorme esfuerzo, algunos con algún miembro estropeado; la noche y el sueño vinieron a sorprenderles al mismo tiempo.
Tendidos aquí y allá en la selva aspereza del roquedal, olvidados del inminente peligro, reposaron hasta el amenecer. Al fin, como saliendo de un profundo entumecimiento, espiando por los valles que se extendían y ocultaban bajo sus pies, sin saber en qué lugar del peñasco podía esconderse tal número de enemigos, notaron un humo que salía de una cueva que estaba debajo de ellos. De donde dedujeron que allí estaba el escondite de aquéllos. Así, pues, pusieron en la punta de las jabalinas la señal convenida. Entonces vieron que de los que habían intentado la escalada habían muerto treinta y dos.
El rey, nervioso por apoderarse del lugar, tanto como por el afán de saber de los que había enviado a tan manifiesto peligro, permaneció todo el día mirando la cima de la montaña; sólo por la noche, cuando la oscuridad lo borró todo de su vista, se retiró para concederse algún reposo. Al día siguiente, cuando la luz del alba todavía no era bastante clara, vio antes que nadie los velos flotantes, señal de haber tomado la cima. Pero le forzaba a dudas el miedo de que la vista le engañase, dado el cambiante aspecto del cielo, ora surcado de nubes, ora cruzado de resplandores. Ahora, cuando la luz se hizo más transparente en el cielo, no le cupo duda.
Habiendo llamado a Cofes, por medio del cual ya había sondeado el espíritu de los bárbaros, le volvió a mandar para aconsejarles de tomar una más sabia decisión; que de otra forma, si perseveraban en la confianza que les inspiraba el sitio, le ordenó que les mostrase a su espalda a los que habían conseguido la cumbre. Cofes, una vez introducido, empezó a incitar a Arimazes para que rindiese el peñasco, prometiéndole la merced del rey si no le obligaba, en el curso de tan grandes empresas, a detenerse en el asedio de una roca. El le responde mas fiero y más soberbiamente que antes, y ordena a Cofes que se vaya. Pero éste, cogiéndole de una mano, le ruega de salir con él de la cueva. Esto obtenido, le muestra los jóvenes de la cima y mofándose, no sin razón, de su soberbia, le dice que los soldados de Alejandro tienen alas. Ya en el campamento de los macedonios se oía el son de las trompetas y el griterío de todo el ejército.
Esta circunstancia, como tantas otras de la guerra, vana e insignificante, llevó a los bárbaros a la capitulación; porque dominados por el miedo, no podían hacerse cargo del escaso número de los que tenían a su espalda. Así, al instante, vuelven a llamar a Cofes, que les había dejado temblando, y hacen que vayan con él treinta de sus jefes para entregar el peñasco y estipular que les dejen marchar con vida. El, aunque temía que los bárbaros, vistos el escaso número de aquellos jóvenes no los arrojansen desde lo alto, pero confiando en su buena fortuna e irritado por el orgullo de Arimazes, respondió que no aceptaría ninguna condición de capitulación. Arimazes, más desesperado que perdido, bajó al campamento con los parientes y los más nobles de su nación; a todos los cuales mandó flagelar y clavar en cruz al pie mismo del peñasco. La multitud de los que se habían rendido, junto con el dinero tomado, fue regalada a los habitantes de las ciudades nuevas. Artabazus fue dejado como gobernador del peñasco y de la región circundante».

 

18) Memnón, el rodio, siendo superior en caballería, y deseoso de conducir abajo a las llanuras a un enemigo que se aferraba a las colinas, envió a varios de sus soldados so pretexto de ser desertores, al campamento del enemigo, diciendo que el ejército de Memnón estaba insuflado de un espíritu tan serio de motín, que alguna parte de él desertaba constantemente. Para prestar crédito a esta aseveración, Memnón ordenó que fueran fortificados pequeños reductos aquí y allá a la vista del enemigo, como si los desafectados estuvieran a punto de retirarse a éstos. Inducidos por estas representaciones, quiénes habían estado manteniéndose en las colinas, bajaron a nivel, y, cuando atacaron los reductos, fueron rodeados por la caballería.

Nota: Polieno 5:44 § 2 : «Memnón, acampado en una llanura ante el enemigo, para atraerlos con señuelo de un puesto ventajoso que habían tomado, se retiró a una mayor distancia de ellos; y preparó sólo una parte de su ejército, para hacer creer al enemigo que había ocurrido algún desastre en su campamento. Y para apoyar tal sospecha, les envió al mismo tiempo a un desertor, para informarles que había ocurrido un motín en su ejército; y que, dado que no podía confiar en sus tropas, se había retirado a una mayor distancia por miedo de un ataque del enemigo. Su retroceso, y el aspecto disminuido de su ejército, se combinaron para persuadir al enemigo de la verdad de la historia del desertor. Ellos, por lo tanto, decidieron dejar su posición, y le ofrecieron batalla. Entonces el ejército de Memnón, en vez de estar dividido por motines, marchó en un cuerpo firme; atacaron al enemigo, y obtuvieron una victoria completa».

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19) Cuando Arribas, rey de los molosos, fue atacado en la guerra con Bardilis, el ilirio, quién comandaba un ejército bastante más grande, envió la porción no combatiente de sus súbditos al distrito vecino de Etolia, y extendió el rumor que cedía sus ciudades y posesiones a los etolios. Él mismo, con aquellos que podían portar armas, colocó emboscadas aquí y allá en las montañas y en otros sitios inaccesibles. Los ilirios, temerosos, no fuera que las posesiones de los molosos fueron capturadas por los etolios, comenzaron a correr en desorden, en su impaciencia por el pillaje. Tan pronto como estuvieron dispersados, Arribas, emergiendo de su escondite y tomándolos desprevenidos, los derrotó y los puso en fuga.

 

20) Tito Labieno, lugarteniente de Cayo César, impaciente por entrar en batalla con los galos antes de la llegada de los germanos, que, él sabía, venían en su ayuda, fingió desalentarse, y, armando su campamento del otro lado del río, anunció su partida para el día siguiente. Los galos, imaginando que él estaba huyendo, comenzaron a cruzar el río intermedio. Labieno, volviéndose con sus tropas, destrozó a los galos en la misma mitad de sus dificultades para cruzar.

Nota: Año 53 a.de C. Julio César, Comentarios a las Guerras de las Galias, 6:7-8 : «VII. En esto los trevirenses, con un grueso ejército de infantes y caballos se disponían a atacar por sorpresa a Labieno, que con una legión sola invernaba en su comarca. Y ya estaban a dos jornadas no más de él, cuando tienen noticia de las dos legiones enviadas por César. Con eso, acampándose a quince millas de distancia, determinan aguardar los socorros de Germania. Labieno, calado el intento de los enemigos, esperando que el arrojo de ellos le presentaría ocasión de pelear con ventaja, dejadas cinco cohortes en guardia de los bagajes, él con veinticinco y buen golpe de caballería marcha contra el enemigo, y a una milla de distancia fortifica su campo. Mediaba entre Labieno y el enemigo un río de difícil paso y de riberas escarpadas. Ni él pensaba en atravesarlo, ni creía tampoco que los enemigos lo pasasen. Creciendo en éstos cada día la esperanza de pronto socorro, dice Labieno en público, «que supuesto corren voces de que los germanos están cerca, no quiere aventurar su persona ni el ejército, y que al amanecer del día siguiente alzará el campo». Al punto dan parte de esto al enemigo; que como había tantos galos en la caballería, algunos, llevados del afecto nacional, favorecían su partido. Labieno, por la noche, llamando a los tribunos y centuriones principales, les descubre lo que pensaba hacer, y a fin de confirmar a los enemigos en la sospecha de su miedo, manda mover las tropas con mayor estruendo y batahola de lo que ordinariamente se usa entre los romanos. Así hace que la marcha tenga apariencias de huida. También de esto avisan sus espías a los enemigos antes del alba, estando como estaban cercanos a nuestras tiendas.
VIII. No bien nuestra retaguardia había desfilado de las trincheras, cuando los galos unos a otros se convidan a no soltar la presa de las manos: ser por demás, estando intimidados los romanos, esperar el socorro de los germanos, y contra su decoro, no atreverse con tanta gente a batir un puñado de hombres, y esos fugitivos y embarazados. En resolución, atraviesan el río, y traban batalla en lugar harto incómodo. Labieno, que lo había adivinado, llevando adelante su estratagema, caminaba lentamente hasta tenerlos a todos de esta parte del río. Entonces, enviando algún trecho adelante los bagajes, y colocándolos en un ribazo: «He aquí, dice, oh soldados, la ocasión que tanto habéis deseado: tenéis al enemigo empeñado en paraje donde no puede revolverse; mostrad ahora bajo mis órdenes el esfuerzo de que habéis dado ya tantas pruebas a nuestro jefe; haced cuenta que se halla él aquí presente y os está mirando». Dicho esto, manda volver las armas contra el enemigo, y destacando algunos caballos para resguardo del bagaje, con los demás cubre los flancos. Los nuestros súbitamente, alzando un grande alarido, disparan sus dardos contra los enemigos; los cuales, cuando impensadamente vieron venir contra sí a banderas desplegadas a los que suponían fugitivos, ni aun sufrir pudieron su carga, y vueltas al primer choque las espaldas, huyeron a los bosques cercanos; mas alcanzándolos Labieno con su caballería, mató a muchos, prendió a varios, y en pocos días recobró todo el país. Porque los germanos que venían de socorro, sabida la desgracia, se volvieron a sus casas, yendo tras ellos los parientes de Induciomaro, que como autores de la rebelión abandonaron su patria, y cuyo señorío y gobierno recayó en Cingetórix que, según va declarado, siempre se mantuvo leal a los romanos».

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21) Aníbal, en una ocasión, se enteró que el campamento de Fulvio, el comandante romano, estaba fortificado descuidadamente y que Fulvio mismo tomaba además muchas resoluciones imprudentes. En consecuencia, al amanecer, cuando la densa niebla le dió cobertura, permitió que algunos de sus jinetes se mostrasen a los centinelas de nuestros fortificaciones, por lo cual Fulvio avanzó de repente. Mientras tanto, Aníbal, en un punto diferente, entró en el campamento de Fulvio, y aplastando la retaguardia romana, mató ocho mil de los soldados más valientes junto con su propio comandante.

Nota: Año 210 a.de C., en Herdonia. Livio, 27:1 : «Este era el estado de las cosas en España. En Italia, el cónsul Marcelo recobró a Salapia por traición y tomó por fuerza a los samnitas Maronea y Males, apoderándose de los tres mil hombres que dejó en ellas de guarnición Aníbal. El botín fué bastante considerable y quedó abandonado al soldado. Encontráronse también más de doscientos cuarenta mil modios de trigo y ciento diez mil de cebada. Pero el regocijo por este triunfo no fué tan grande como la tristeza por el desastre experimentado pocos días después cerca de Herdonea. Había decidido el procónsul Cn. Flavio recuperar aquella ciudad, que se separó de la amistad de los romanos poco después de la batalla de Cannas: el procónsul acampaba cerca de la ciudad, pero en posición insegura y mal guardada. Su natural negligencia aumentaba con las disposiciones que mostraban los habitantes relativamente a los cartagineses, porque sabían que, después de la pérdida de Salapia, Aníbal había pasado de aquealas comarcas al Brucio. Partiendo secretamente de Herdonea algunos emisarios, previnieron a Aníbal, quien resolvió conservar aquella ciudad aliada y se lisonjeó de sorprender a un enemigo imprudente. Con objeto de que no se divulgase su marcha, partió sin bagajes y avanzó a marchas forzadas hacia Herdonea, presentándose en orden de batalla para infundir más temor al enemigo.
El general romano no carecía de valor, pero no era tan hábil y tenía menos fuerzas, y saliendo apresuradamente a la cabeza de sus tropas, aceptó el combate; la quinta legión y la caballería de la izquierda, comenzaron vigorosamente el ataque. Aníbal dió orden a su caballería para que aprovechase el momento en que la infantería estuviese comprometida en la pelea, para rodear el ejército romano y caer, unos sobre el campamento y otros sobre la retaguardia de los combatientes. Recordando en seguida la victoria conseguida dos años antes sobre el pretor Cn. Fulvio, de la identidad de nombres deducía la igualdad de éxitos, esperanza que no quedó defraudada. Los romanos, a pesar de la considerable pérdida que habían experimentado en el combate de infantería, no habían abandonado aún las filas ni sus enseñas; pero el ruido de la caballería que llegaba por la espalda y los gritos que lanzaba el enemigo por el lado del campamento introdujeron la perturbación entra ellos. La sexta legión, que formaba la segunda línea, fué la primera que quedó desordenada por los númidas, arrastrando en seguida en su derrota a la quinta y toda la primera línea. Algunos pudieron huir, otros quedaron muertos en su puesto, contándose entre éstos el procónsul y once tribunos militares. Difícil seria apreciar con exactitud la pérdida de los romanos y de los aliados: unos la hacen subir a trece mil hombres; otros la limitan a siete mil. El campamento y el botín cayeron en poder de los vencedores. No dudando Aníbal que Herdonea se habría entregado a los romanos, trasladó a los habitantes a Metaponto y Thurio y quemó la ciudad, dando muerte a los principales ciudadanos cuyas inteligencias secretas con Fulvio quedaron probadas. Los romanos que escaparon de aquel desastre huyeron casi desarmados por diferentes caminos, yendo a reunirse con el cónsul Marcelo en el Samnio».

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22) En una ocasión, cuando el ejército romano había sido dividido entre los dictadores Fabio y Minucio, jefe de los caballeros, y Fabio buscaba una oportunidad favorable, mientras Minucio ardía de impaciencia por la batalla, el mismo Aníbal armó su campamento en la llanura entre los ejércitos hostiles, y habiendo ocultado una parte de sus tropas entre ásperas rocas, envió a otros para tomar un montículo vecino, como un desafío al enemigo. Cuando Minucio condujo sus fuerzas a aplastar a éstos, los hombres ubicados aquí y allá emboscados por Aníbal aparecieron de repente, y habrían aniquilado el ejército de Minucio, si Fabio no hubiera venido para ayudarles en su desesperación.

Nota: Año 217 a.de C. Livio, 22:28-29 : «28. Doble regocijo produjo esto a Aníbal, porque no ignoraba nada de lo que pasaba entre sus enemigos, gracias a las noticias de los desertores y de sus espías. Lisonjeábase, en efecto, de coger en sus redes la temeridad, libre ahora, de Minucio; y en cuanto a la habilidad de Fabio, la veía privada de la mitad de sus fuerzas. Entre el campamento de Minucio y el de los cartagineses alzábase una eminencia que evidentemente debía asegurar al bando que la ocupase gran ventaja de posición. Menos deseoso estaba Aníbal de ocuparla sin combate, aunque la ventaja lo merecía, que de aprovechar la ocasión de venir a las manos con Minucio, de quien estaba seguro acudiría a su encuentro. Al primer aspecto, el terreno intermediario no ofrecía facilidad alguna para una emboscada, porque por ninguna parte había bosques ni matorrales; pero era tanto más a propósito para ocultar una emboscada, cuanto que en un valle completamente descubierto, había desigualdades y cuevas capaces algunas de ocultar doscientos hombres armados. En estas cavernas se escondieron cinco mil hombres de infantería y caballería, distribuidos según los que cada una podía contener. Por temor de que algún movimiento imprudente o el ruido de las armas revelasen la astucia en aquel valle descubierto, al amanecer envió un destacamento para que se apoderase de la mencionada altura, distrayendo así la atención del enemigo. En el primer momento despreciaron aquel grupo de soldados, y cada cual pedía el favor de arrojarles y ocupar su puesto. El mismo general, en medio de los más atrevidos y más presuntuosos, gritó ¡a las armas!, lanzando contra el enemigo ridículas bravatas y vanas amenazas. Al principio destacó sus tropas ligeras y en seguida su caballería en columna cerrada; viendo al fin que el enemigo recibía también refuerzos, avanzó él mismo con sus legiones formadas en batalla. Aníbal, por su parte, enviando sin cesar en socorro de los suyos, a medida que el combate se empeñaba, nuevos cuerpos de infantería y caballería, había completado su ejército; de manera que por una y otra parte se combatía con todas las fuerzas. La infantería ligera de los romanos, que escalaba una altura cuya parte superior ocupaba el enemigo, fué rechazada y derribada sobre la caballería, que subía detrás y se refugió bajo las enseñas de las legiones. Éstas solamente permanecían inquebrantables en medio del desorden; y parecía que si el combate era regular y leal, no cederían la victoria: tanto excitaba su valor el triunfo conseguido pocos días antes. Pero saliendo de pronto el enemigo de su emboscada, y atacando a la vez los flancos y la retaguardia de los romanos, produjeron en sus filas tanta confusión y espanto, que ninguno conservó ni valor para defenderse ni esperanza de huir.
29. Entonces Fabio, a los primeros gritos de espanto que oyó y al contemplar el ejército en derrota, dijo: «He ahí lo que había previsto; la fortuna ha sorprendido la temeridad, pero no tan de prisa como temía. El hombre que han igualado con Fabio, ha encontrado en Aníbal un maestro afortunado y valiente. Pero no es éste momento de quejas y reconvenciones: soldados, salid de las fortificaciones, arranquemos la victoria al enemigo y a nuestros conciudadanos la confesión de su falta». Mientras las gentes de Minucio sucumbían en gran número, o no pensaban más que en huir, apareció de pronto Fabio, como llegando del cielo para socorrerlos. Antes de que se encontrase a tiro de venablo y pudiese trabar combate, detuvo la precipitada fuga de los romanos y el encarnizamiento del enemigo. Los que huían a la desbandada se reunieron al ejército que marchaba en buen orden: los que se retiraban en grupos, volvieron caras, y formándose en círculos, comenzaron en tanto a retroceder lentamente, en tanto a detenerse, haciendo frente por todos lados. Las tropas vencidas y las de refresco no formaban ya más que un solo cuerpo y se dirigían juntas hacia el enemigo, cuando Aníbal mandó tocar retirada, proclamando en voz alta que había vencido a Minucio y que Fabio le había vencido».
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23) Cuando el mismo Aníbal acampaba en pleno invierno a orillas del Trebia, con el campamento del cónsul, Sempronio Longo, a la vista y con solo el río fluyendo entre ambos, colocó a Magón y a hombres escogidos en una emboscada. Luego ordenó que la caballería númida avanzara hasta los forttificaciones de Sempronio, a fin de que atrajera hacia adelante al romano de pocas luces. Al mismo tiempo, ordenó que estas tropas se retiraran por vados familiares al momento de nuestro primer ataque. Sin hacer caso, atacando y persiguiendo a los númidas, el cónsul provocó en sus tropas un enfriamiento, a consecuencia de vadear la corriente en el frío glacial y sin haber desayunado. Entonces, cuando nuestros hombres sufrían de entumecimiento y hambre, Aníbal condujo contra ellos a sus propias tropas, a las que él tenía en condición con aquel objetivo por cálidos fuegos, alimentos, y frotados con aceite. Magón también hizo su parte, y destrozó la retaguardia de su enemigo en el punto donde él había sido ubicado para este objetivo.

Nota: Año 218 a.de C. Livio, 21:54-55-56 : «54. Corría entre los dos ejércitos un arroyo cuyas altas orillas estaban cubiertas de hierbas pantanosas, de malezas y matorrales, como de ordinario lo están los terrenos incultos. Habiendo reconocido personalmente Aníbal aquel paraje y encontrándole bastante cubierto para ocultar hasta caballería: "He aquí tu puesto, dijo a su hermano Magón. Elige cien hombres de infantería y otros ciento de caballería y vas a buscarme con ellos en la primera vigilia. Ahora es necesario comer y descansar." En seguida disolvió el consejo. Pronto se le presentó Magón con su tropa escogida: "Todos sois guerreros valientes, dijo Aníbal; mas para que seáis tan fuertes por el número como por el valor, que cada uno elija entre los jinetes y los infantes nueve compañeros tan valientes como él. Magón os enseñará el punto que habéis de ocupar. Combatiréis con un enemigo que no conoce estas astucias de guerra." Después de despedir a Magón con mil infantes y mil caballos, al amanecer mandó Aníbal a la caballería númida que pasase el Trebia, que se presentase en las puertas del campamento, que hostigasen las guardias avanzadas para atraer al enemigo al combate, y cuando estuviese trabada la acción, que se retirasen poco a poco para atraerles al lado acá del río. Tales fueron las instrucciones que dió a los númidas; los demás jefes de infantería y caballería recibieron orden de hacer comer a sus tropas, que en seguida con las armas en la mano y ensillados los caballos, debían esperar la señal. A la primera alarma de los númidas, impaciente Sempronio por pelear, manda avanzar primeramente a la caballería, de la que tan orgulloso estaba, después seis mil infantes y en seguida todas sus fuerzas, según al. proyecto meditado de antemano. El tiempo era brumoso y estaba nevando, cosa bastante común en el país situado entre los Alpes y el Apenino, enfriado además por la proximidad de los ríos y de los pantanos. Además, los hombres y los caballos habían salido precipitadamente, sin haber comido y sin haber tornado precaución alguna contra el frío, por lo que se encontraban completamente desprovistos de calor, y cuanto más se acercaban al río, el frío era más intenso. Cuando penetraron en el agua, en persecución de los númidas, aumentado el caudal por la lluvia de la noche anterior, les llegaba hasta el pecho, quedando de tal manera entumecidos sus miembros al salir del río, que apenas podían sostener las armas; y más aún porque estando en ayunas a hora bastante avanzada del día, se encontraban extenuados por el hambre.
55. Entre tanto los soldados de Aníbal, habiendo encen-i dido hogueras delante de sus tiendas, dando elasticidad a sus miembros frotándolos con aceite, distribuidos por manípulos y habiendo comido tranquilamente, a la noticia del paso del río por el enemigo, empuñan las armas, con ánimo y cuerpo bien dispuestos y se forman en batalla. Aníbal coloca al frente los baleares y sus tropas ligeras, formando en todo unos ocho mil hombres; en seguida su infantería, pesadamente armada, es decir, sus mejores soldados; en las alas coloca sus diez mil caballos, y delante de cada una de éstas forma los elefantes. Viendo el cónsul a sus jinetes que corren en persecución de los númidas, rechazados de pronto por éstos que han vuelto caras, manda tocar retirada, los reúne y coloca en derredor de la infantería. Constaba su ejército de dieciocho romanos; veinte mil, tanto aliados como del nombre latino, y un cuerpo auxiliar de cenomanos, único pueblo galo que había permanecido fiel. Con estas fuerzas libró la batalla. Comenzaron el combate los baleares; pero como las legiones les oponían resistencia demasiado fuerte, aquellas tropas ligeras marcharon en seguida a las alas, lo que hizo que la caballería romana se viese agobiada en el acto; porque cuatro mil hombres, fatigados ya, que apenas resistían a diez mil jinetes, en gran parte de tropas frescas, se encontraron además envueltos por la granizada de venablos que los baleares lanzaban sobre ellos. Además, rebasando los elefantes los extremos de las alas, asustaron especialmente a los caballos, a la vez por su aspecto y extraño olor, extendiendo a lo lejos la derrota. La lucha de las dos infanterías fué igual por el valor más bien que por la fuerza: los cartagineses habían ido al combate perfectamente alimentados, mientras que los romanos estaban debilitados por el hambre y el cansancio y paralizados por el frío. Sin embargo, hubiesen resistido solamente con su valor si no hubieran tenido que habérselas más que con infantería. Pero los baleares, después de dispersar a la caballería, acribillaban sus flancos con venablos y los elefantes se habían lanzado ya sobre el centro. En fin, Magón y sus númidas, en cuanto el ejército, que nada sospechaba, hubo rebasado su emboscada, le atacó por retaguardia, difundiendo en sus filas el espanto y el terror.
56. En medio de tantos peligros, que por todas partes les estrechaban, los romanos resistieron durante algún tiempo, hasta contra los elefantes, lo cual no era de esperar. Vélites, colocados con este fin, lanzan sus venablos contra aquellos animales, les hacen volver grupas, y lanzándose en su persecución, les pinchan en la cola, en el sitio donde siendo más blanda la piel, es por lo mismo más vulnerable. Dominados por el espanto iban a lanzarse ya sobre los mismos cartagineses, cuando Aníbal mandó llevarles del centro a los extremos y colocarles en el ala izquierda, enfrente de los galos auxiliares, cuya derrota fué rápida y evidente. El terror de los romanos aumentó al ver huir a sus auxiliares. Obligados a hacer frente por todos lados unos diez mil hombres, los únicos que no habían sido desbaratados, se abrieron sangriento paso a través del centro de los africanos reforzados por los galos, y como el río les cerraba el camino del campamento, y la lluvia les impedía ver adónde habían de acudir en socorro, marcharon derechamente a Placencia. La multitud buscó su salvación por uno y otro lado. Los que llegaron al río quedaron sepultados en sus aguas o fueron sorprendidos por el enemigo en su vacilación. Los que se dispersaron por los campos, llegaron a Placencia siguiendo las huellas del ejército que se retiraba; otros, por temor de los enemigos, tuvieron valor para arrojarse al río y llegaron felizmente al campamento. Lluvia mezclada de nieve y el extraordinario rigor del frío hicieron perecer a muchos hombres y bestias de carga y a casi todos los elefantes. El Trebia detuvo la persecución de los cartagineses, que regresaron a su campamento de tal manera dominados por el frío, que apenas experimentaban la alegría de la victoria. Así, pues, a la siguiente noche, cuando las guardias del campamento y los restos del ejército romano pasaron el Trebia sobre almadías, los cartagineses no lo observaron, a causa del ruido de la lluvia; o bien imposibilitados de moverse por el cansancio y las heridas, fingieron no ver nada. No haciendo ningún movimiento el enemigo, Escipión llevó sus fuerzas en silenciosa marcha hasta Placencia, y desde allí, cruzando el Po, pasó a Cremona para que la invernada de dos ejércitos no pesase sobre una sola colonia».

24) En Trasimeno, donde un camino estrecho que corre entre el lago y la base de las colinas, conducía a la llanura abierta, el mismo Aníbal, fingiendo huir, hizo su camino por el camino estrecho a los distritos abiertos y estableció su campamento allí. Luego, apostando soldados por la noche, en varios puntos sobre la colina a medida que se elevaba y al final del desfiladero, al amanecer, bajo la cobertura de una niebla, ordenó su línea de la batalla. Flaminio, persiguiendo al enemigo, que parecía retirarse, entró en el desfiladero y no vió la emboscada hasta que fue rodeado por el frente, flanco, y retaguardia, y fue aniquilado con su ejército.

Nota: Año 217 a.de C. Livio, 22:4 : «Aníbal devastó horrorosamente todo el territorio que se extiende entre Cortona y el lago Trasimeno, con objeto de inflamar la cólera del cónsul, y de excitarle a vengar las injurias de sus aliados. Los cartagineses habían llegado ya a un punto naturalmente dispuesto para una emboscada, allí donde el lago Trasimeno se prolonga hasta el pie de las montañas de Cortona, separándole estrecho sendero como preparado para pérfida asechanza. Al otro lado se extiende el terreno en pequeña llanura, levantándose después en colinas. Aníbal acampó en la parte descubierta con los africanos y españoles solamente; ocultó a los baleares y tropas ligeras detrás de las montañas y apostó la caballería en la abertura del desfiladero, oculto afortunadamente por eminencias; de suerte que, cuando entrasen los romanos, presentándose la caballería por la espalda, quedasen completamente encerrados por el lago y las rontafias. Flaminio, habiendo llegado la víspera al ponerse el sol a las orillas del lago, franqueó el desfiladero al amanecer, con muy poca luz y sin reconocerle; solamente al comenzar a desenvolver su ejército en la llanura, vió al enemigo que tenía enfrente, pero sin sospechar la emboscada que tenía preparada a la espalda y en las alturas. Viendo Aníbal, según sus deseos, al enemigo encerrado entre las montañas y el lago y envuelto por sus tropas, dió la señal de ataáue general. Cuando los cartagineses bajaron de las alturas, cada uno por el camino más corto, la sorpresa fué tanto más repentina e imprevista para los romanos, cuanto que la niebla, que se había levantado del lago, era más densa en la llanura que en las montañas, y los enemigos, pudiendo verse en muchas colinas, acudían más en conjunto. Los romanos reconocieron que estaban cercados, por el grito que resonó en todas partes, antes de que pudiesen distinguir nada; y ya combatían en el frente y las alas, cuando aún no habían podido formarse en batalla, preparar las armas y desenvainar las espadas».

25) El mismo Aníbal, luchando contra el dictador Junio (1), ordenó que seiscientos soldados de caballería se dividieran en varios escuadrones, y al caer la noche aparecieran en destacamentos sucesivos sin interrupción, alrededor del campamento del enemigo. Así toda la noche los romanos fueron acosados y agotados por la obligación de las guardias en el terraplén, y por la lluvia, que cayó continuamente, de modo que por la mañana, cuando Junio dió la señal para el llamado, Aníbal condujo sus propias tropas, que estaban bien descansadas, y tomaron el campamento de Junio por asalto (2).

Nota 1: Marco Junio Pera.


Nota 2: Año 216 a.de C., en Capua. Polieno, 6:38 § 6 : «Cuando Aníbal estaba cerca de Casilinum durante una noche tempestuosa, dividió su ejército en varias divisiones, y los condujo a luchar. Dió instrucciones que cuando diera por primera vez la señal de ataque, la primera división debería atacar al enemigo; pero cuando los trompetas dieran la señal de retirada, la primera división debía retirarse y la segunda división debía moverse al ataque; y así con las divisiones tercera y cuarta. Y por esta estratagema derrotó al enemigo».
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26) Del mismo modo, cuando los espartanos pusieron trincheras a través del Istmo y defendían el Peloponeso, Epaminondas, el tebano, con la ayuda de unas tropas armadas ligeramente, acosó al enemigo toda la noche. Luego, al amanecer, después que hizo volver a sus hombres y que los espartanos también se hubieron retirado, avanzó de repente la fuerza entera que había mantenido en reposo, e irrumpió directamente por los terraplenes, que habían sido dejados sin defensores.

Nota: Año 369 a.de C. Polieno, 2:3 § 9 : «Epaminondas, que quería entrar en la Laconia, hizo saber que pasaría (el istmo) por la noche. La fortaleza del monte Aonie (que se encontraba en la entrada) estaba defendida por una guarnición de lacedemonios.
Epaminondas hizo descansar a sus tropas al pie de esta montaña, y los de la guarnición estuvieron toda la noche en armas y con mucho cansancio. Al despuntar el día, Epaminondas cayó sobre la guarnición colmada de sueño; la venció fácilmente y pasó libremente».

27) En la batalla de Cannas, Aníbal, habiendo preparado su línea de batalla, ordenó que 600 jinetes númidas se acercaran al enemigo. Para demostrar su sinceridad, éstos rindieron sus espadas y escudos a nuestros hombres, y fueron enviados a la retaguardia. Luego, tan pronto como comenzó el enfrentamiento, sacando pequeñas espadas, que ellos habían escondido, y recogiendo el escudo de los caídos, provocaron una matanza entre las tropas de los romanos.

Nota: Año 216 a.de C. Livio, 22:48 : «Ya había comenzado el combate, aunque con poca energía, en el ala izquierda de los romanos, donde la caballería de los aliados se oponía a los númidas. Pero muy pronto se hizo notable por una perfidia verdaderamente púnica. Cerca de quinientos númidas, llevando además de sus armas ordinarias espadas ocultas debajo de la coraza, avanzan hacia los romanos, como desertores, con el escudo a la espalda, saltan de los caballos y arrojan los escudos y venablos a los pies de sus enemigos, que les reciben en sus filas y les llevan a retaguardia con orden de permanecer inmóviles. Mientras el combate se generaliza en todos los puntos, permanecieron tranquilos; pero en cuanto vieron todos los ánimos y todos los ojos ocupados en aquella gran pelea, cogiendo escudos arrojados aquí y allá entre los cadáveres, caen sobre los romanos, que les volvían la espalda, e hiriéndoles o cortándoles los jarretes, hacen gran carnicería y difunden entre ellos terror más grande aún. Como por un lado aparecían el terror y la derrota y por otro se sostenía el combate con obstinación y sin esperanza, Asdrúbal, que se encontraba en este último punto, manda retirar los númidas, que combatían blandamente, y les envía en persecución de los fugitivos, para sostener con la infantería española y gala a los africanos, cansados ya de matar, más bien que de combatir».

28) Fingiendo rendición, los yápidas pasado entregaron a algunos de sus mejores hombres a Publio Licinio, el procónsul romano. Éstos fueron recibidos y colocados en la última línea, desde donde despedazaron a los romanos que avanzaban en la retaguardia.

29) Escipión el Africano, enfrentado a los dos campamentos hostiles de Sifax y de los cartagineses, decidió hacer un ataque por la noche contra el de Sifax, donde había un gran suministro de material inflamable, y prenderle fuego, a fin de reducir así a los númidas, mientras el ejército corría a toda prisa aterrorizado de su campamento, y también, por medio de emboscadas, agarrar a los cartagineses, quiénes, él sabía, se precipitarían para asistir a sus aliados. Ambos proyectos tuvieron éxito. Ya que cuando el enemigo se precipitó desarmado, pensando que la conflagración había sido casual, Escipión cayó sobre ellos y los despedazó.

Nota: Año 203 a.de C. Livio, 30:5-6 : «5. Tomadas estas disposiciones, Escipión reunió su consejo, recogió los datos de los exploradores y de Masinisa, que conocía la parte robusta y la débil del enemigo, y en seguida anunció su propósito para la noche siguiente. Los tribunos, a la primera señal que se diese terminado el consejo, debían hacer salir del campamento las legiones. En conformidad con esta orden, al ponerse el sol comenzaron a levantar las enseñas; a la primera vigilia estaban formadas ya las columnas, llegando a media noche al campamento enemigo sin haber forzado la marcha, porque solamente tenían que recorrer siete millas. Escipión puso a las órdenes de Lelio una parte de las tropas y Masinisa con sus númidas, y Ies mandó que asaltasen el campamento de Sifax y le prendieran fuego. En seguida, llevando aparte a Lelio y después a Masinisa, les exhortó a que supliesen con su celo y actividad las medidas de prudencia que la noche hacía imposibles. El mismo se encargaba de atacar a Asdrúbal y el campamento de los cartagineses. Pero no comenzaría hasta que viese ardiendo el del rey. No esperó mucho tiempo: en cuanto prendió la llama en las primeras chozas, se propagó rápidamente a las inmediatas, y pasando de unas a otras, extendió sus estragos por todo el campamento. La alarma fué, como no podía menos en un incendio nocturno, extendiéndose por tan vasto espacio: los bárbaros creyeron que era efecto de la casualidad y no de un ataque del enemigo; salieron sin armas para extinguirlo, y se encontraron delante de enemigos armados, especialmente de los númidas que Masinisa, gracias al conocimiento que tenía de los lugares, había apostado hábilmente en la salida de los caminos. Sorprendidos unos en el lecho profundamente dormidos, fueron devorados por las llamas; otros, en la precipitación, cayeron amontonados en el paso demasiado estrecho de la puerta, y quedaron aplastados.
6. Al ver el brillo de las llamas, los centinelas cartagineses primero, y después sus compañeros despertados por aquella alarma nocturna, cayeron en el error de los númidas y creyeron que el fuego era casual.
Ignorábase si Ios gritos que lanzaban los heridos y moribundos se debían a un ataque nocturno, y esta ignorancia impedía asegurarse de la verdad. Los cartagineses se precipitaron, pues, sin armas, no esperando encontrar al enemigo, y salieron cada cual por su lado por la puerta más inmediata, no llevando más que los objetos propios para extinguir el incendio, viniendo a chocar contra las tropas romanas, que les mataron a todos por odio nacional, y más aún por temor de dejar escapar alguno que diera la alarma. Escipión se apoderé en seguida de las puertas, que no estaban guardadas, tan grande había sido el desaliento, y mandó incendiar las chozas más inmediatas. Dispersa al principio la llama, brilló aquí y allí en muchos puntos a la vez; después se extendió de una choza a otra, y a poco todo el campamento era un vasto incendio. Los hombres y animales, medio quemados, huían revueltos, y sus cadáveres amontonados obstruían las puertas. Aquellos a quienes no había devorado el fuego, caían bajo el hierro, y el mismo desastre destruyó los dos campamentos. Sin embargo, los dos jefes consiguieron escapar, no llevando con ellos, de tantos millares de combatientes, sino dos mil hombres de infantería y quinientos de caballería, casi desarmados y la mayor parte heridos y mutilados por el fuego. Cuarenta mil hombres perecieron por el hierro o en el incendio ; más de cinco mil quedaron prisioneros, entre los que había muchos nobles cartagineses y once senadores; cogiéronse ciento setenta y cuatro enseñas, más de dos mil setecientos caballos númidas y seis elefantes; ocho quedaron muertos o quemados, cayendo en poder del vencedor considerable cantidad de armas, que el general ofreció a Vulcano, quemándolas todas».
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30) Mitrídates, después de repetidos fracasos en batalla a manos de Lúculo, hizo una atentado contra su vida por traición, alquilando a cierto Adatas, un hombre de fuerza extraordinaria, para que desertara y perpetrara el hecho, tan pronto como ganara la confianza del enemigo. El desertor hizo todo lo posible para ejecutar este plan, pero sus esfuerzos fallaron. Puesto que, aunque admitido por Lúculo en la tropa de caballería, fue silenciosamente mantenido bajo vigilancia, ya que no estaba bien depositar la confianza inmediatamente en un desertor, ni impedir a otros desertores que vinieran. Después de que este hombre hubo expuesto un seria lealtad en repetidas incursiones, y hubo ganado la confianza, eligió un momento cuando la dispensa de los oficiales del estado mayor trajo aparejada reposo en todos los sectores del campamento, e hizo que el cuartel del general fuera menos frecuentado. La suerte favoreció a Lúculo; porque mientras que el desertor esperaba encontrar a Lúculo despierto, en cuyo caso hubiera sido inmediatamente admitido ante su presencia, realmente lo encontró en ese momento profundamente dormido, agotado por proyectos que habían estado girando en su mente la noche anterior. Entonces cuando Adatas suplicó ser admitido, con el motivo de que tenía un mensaje inesperado e imperativo para entregar, le fue impedida la entrada por los decididos esfuerzos de los esclavos, que estaban preocupados por la salud de su amo. Temiendo por consiguiente ser objeto de sospecha, montó al caballo que tenía listo a la entrada, y huyó donde Mitrídates sin llevar a cabo su objetivo.

Nota: Año 72 a.de C. Apiano llama al desertor Olcabas mientras que Plutarco lo llama Oltaco. Apiano, Sobre Mitrídates, 79 : «Cuando llegó la primavera, Lúculo avanzó a través de las montañas contra Mitrídates. Este había establecido puestos de vigilancia en avanzada para impedir el paso a Lúculo y para que le mantuvieran al corriente, en todo momento, de lo que ocurriese, mediante señales de fuego. Al frente de esta guardia avanzada, estaba Fénix, un hombre que pertenecía al linaje real de Mitrídates, el cual, una vez que Lúculo estuvo cerca, avisó a Mitrídates con señales de fuego y desertó a Lúculo con sus fuerzas. Y Lúculo, atravesando ya sin temor las montañas, descendió a Cabira, pero tuvo lugar un combate entre su caballería y la de Mitrídates y, al ser derrotado, retrocedió de nuevo a las montañas. Pomponio, su prefecto de caballería, fue conducido, herido, a presencia de Mitrídates, y cuando el rey le preguntó qué favor podría devolverle, si le salvaba la vida, le contestó: «Uno de mucho valor, si tú te hicieras amigo de Lúculo, pero si continuas siendo su enemigo, no tendré en cuenta siquiera tu pregunta». Ésta fue la respuesta de Pomponio y, en consecuencia, los bárbaros deseaban matarlo, pero el rey dijo que él no cometería violencia contra el valor vencido por el infortunio. Después, durante varios días sucesivos, Mitrídates desplegó su ejército en orden de batalla, pero Lúculo no descendió a pelear, así que buscó un camino que subiera hacia él dando un rodeo. Entretanto, un escita llamado Olcabas, que había desertado a Lúculo desde hacía mucho tiempo y había salvado a muchos hombres durante el combate ecuestre y, por esta razón, se había hecho acreedor a participar en la mesa de Lúculo, de sus confidencias y secretos, llegó a su tienda alrededor del mediodía, mientras aquél estaba descansando, e intentó forzar la entrada. Llevaba, como era su costumbre, un puñal corto en el cinto. Cuando le impidieron el paso, se irritó y dijo que un asunto urgente le apremiaba a levantar al general, pero los servidores replicaron que no había nada más necesario para Lúculo que su seguridad. Entonces, subió de inmediato al caballo y cabalgó hasta Mitrídates, bien fuera porque había urdido un atentado contra Lúculo y creía que se había hecho sospechoso, bien lleno de ira por pensar que había sido ultrajado. Olcabas reveló a Mitrídates que otro escita llamado Sobadaco planeaba desertar a Lúculo, así que Sobadaco fue apresado».

31) Cuando Sertorio estaba acampado al lado de Pompeyo cerca de la ciudad de Lauron, en España, había sólo dos lugares de los cuales podía ser reunido forraje, uno cercano, el otro más lejano. Sertorio dió órdenes que el cercano fuera continuamente incursionado por tropas ligeras, pero que el más lejano no fuera visitado por tropa alguna. Así, convenció finalmente a sus adversarios que el sitio más distante era más seguro. Cuando, en una ocasión, las tropas de Pompeyo fueron a esa región, Sertorio ordenó que Octavio Grecino, con diez cohortes armadas a la manera romana, y diez cohortes de españoles armados ligeramente, junto con Tarquinio Prisco y dos mil jinetes, partieran a poner una emboscada contra los buscadores de forraje. Estos hombres ejecutaron sus instrucciones con energía; ya que después de examinar el terreno, escondieron las fuerzas arriba mencionadas antes de la noche en un bosque vecino, apostando a los españoles armados ligeramente en el frente, como más apropiados para la guerra furtiva; los soldados que portaban escudo, un poco más atrás, y la caballería en la retaguardia, a fin de que el plan no pudiera ser traicionado por el relincho de los caballos. Entonces ordenaron que todos reposaran en silencio hasta la hora tercera (1) del día siguiente Cuando los hombres de Pompeyo, no albergando sospecha alguna y cargados con forraje, pensaban volver, y aquellos que habían estado de guardia, atraídos por la situación, se escabullían para buscar más forraje, los españoles, repentinamente, saliendo como flechas con la rapidez característica de su raza, vertiéndose sobre los rezagados, infligieron muchas heridas sobre ellos, y los derrotaron, para su gran asombro. Entonces, antes de que la resistencia a este primer asalto pudiera ser organizada, las tropas que portaban escudo, desparramándose desde el bosque, se abatieron sobre los romanos y derrotaron a los que volvían a las filas, mientras la caballería, enviada tras de aquellos que huían, los siguió por todo el camino hasta el campamento, destrozándolos. Se aseguró también que nadie escapara. Doscientos cincuenta jinetes de la reserva, enviados adelante con este objetivo, encontraron simple correr por atajos, y luego volver atrás y encontrar a aquellos que habían huido primero, antes de que alcanzaran el campamento de Pompeyo. Enterado de esto, Pompeyo envió una legión bajo Décimo Lelio para reforzar a sus hombres, con lo cual la caballería del enemigo, retirándose al flanco derecho, fingió ceder el paso, y luego, pasando alrededor de la legión, la asaltó por la retaguardia, mientras aquellos que habían perseguido a los forrajeros, lo atacaron por el frente también. Así la legión con su comandante fue aplastada entre las dos líneas del enemigo. Cuando Pompeyo condujo a su ejército entero a ayudar a la legión, Sertorio exhibió sus fuerzas preparadas en la ladera, y así impidió el objetivo de Pompeyo. Así, además de infligir un doble desastre, a consecuencia de la misma estrategia, Sertorio obligó a Pompeyo a ser testigo indefenso de la destrucción de sus propias tropas. Este era la primera batalla entre Sertorio y Pompeyo. Según Livio, se perdieron diez mil hombres en el ejército de Pompeyo, junto con el transporte entero (2).

Nota 1: Aproximadamente las 9 de la mañana.

Nota 2: Año 76 a.de C. Plutarco, Sertorio, 18 : «Mientras que hizo la guerra a Metelo, parecía que su buena suerte era en gran parte debida a la vejez y torpeza de éste, que no podía contrarrestar a un hombre osado, y caudillo más bien de una tropa de bandoleros que de un ejército ordenado; pero cuando, después de haber pasado Pompeyo los Pirineos, contrapuso al de éste su campo, y dieron uno y otro diferentes pruebas de toda la habilidad y pericia militar, y se vio que sobresalía Sertorio así en acometer como en saber guardarse, entonces enteramente fue declarado, aun en Roma mismo, como el más diestro para dirigir la guerra entre los generales de su edad. y eso que no era vulgar la fama de Pompeyo, sino que estaba entonces en lo más florido de su gloria, de resulta de sus hazañas en el partido de Sila por las que éste le apellidó Magno, que quiere decir grande, y mereció los honores del triunfo antes de salirle la barba. Por esta causa muchas de las ciudades sujetas a Sertorio, abandonaron después este propósito por el suceso de Laurón que salió muy al revés de lo que se esperaba. Teníalos sitiados Sertorio, y fue Pompeyo en su socorro con todas sus fuerzas. Había un collado en la mejor situación, frente a la ciudad, y el uno por tomarle, y por impedirlo el otro, movieron ambos de sus campos. Adelantóse Sertorio, y Pompeyo entonces, acudiendo con su ejército, lo tuvo a gran ventura, porque creyó que iba a coger a Sertorio en medio de la ciudad y de sus tropas; y avisando a los Lauronitas, les dijo que tuvieran buen ánimo y salieran a las murallas a ver sitiado a Sertorio. Mas éste, cuando lo supo, se echó a reír, y “Ya volviendo a aquel la vista, pensaban en mudanzas; pero le enseñaré yo- dijo al discípulo de Sila, porque así llamaba por burla a Pompeyo- que el general debe mirar mucho en derredor, y no precisamente delante de sí”; y en seguida hizo advertir a los sitiados que había dejado seis mil infantes en el primer campamento de donde había salido para tomar el collado, a fin de que, cuando Pompeyo le acometiese, lo tomasen éstos por la espalda. Echólo tarde de ver Pompeyo; así, no se atrevió a combatir, temiendo ser cortado, ni tampoco se resolvió de vergüenza a retirarse y abandonar a los Lauronitas en aquel peligro; mas fuele preciso estar presente y ser testigo de su perdición, pues aquellos bárbaros desmayaron y se entregaron a Sertorio. No tocó éste a las personas: antes, los dejó ir libres; a la ciudad, en cambio, la abrasó, no por cólera o por crueldad, porque entre todos los generales parece que fue éste el que menos se dejó llevar de la ira, sino para afrenta y mengua de los que tanto admiraban a Pompeyo: pues correría la voz entre los bárbaros de que, con estar presente y casi calentarse al fuego de una ciudad aliada, no le dio socorro».

32) Pompeyo, guerreando en España, habiendo apostado primero tropas aquí y allá para atacar por emboscada, fingiendo temor, condujo al enemigo en su persecución, hasta que alcanzaron el lugar de la emboscada. Entonces, cuando llegó el momento oportuno, girando, mató al enemigo en el frente y en ambos flancos, y asimismo capturó a su general, Perpenna.

Nota: Año 72 a.de C. Apiano, Guerras Civiles, 1:115 : «Como Metelo se había marchado hacia otros lugares de España, pues le parecía que no era ya una tarea difícil para Pompeyo vencer él solo a Perpenna, durante algunos días Pompeyo y Perpenna sostuvieron escaramuzas y combates de tanteo sin poner en movimiento a todo el ejército, pero al décimo día libraron ambos una gran batalla. Pues los dos habían resuelto que la contienda se decidiera en una acción, Pompeyo porque despreciaba el generalato de Perpenna, y éste porque pensaba que no podría conservar por mucho tiempo la fidelidad de su ejército y, así, trabó combate ahora con casi la totalidad de sus fuerzas. Pompeyo se impuso con rapidez ante un general inferior en categoría y un ejército que estaba desanimado.Cuando se produjo la desbandada general de todos los suyos, Perpenna se ocultó bajo un matorral, temeroso de sus propios soldados más que de los enemigos; sin embargo, algunos jinetes lo apresaron y lo llevaron a rastras hacia Pompeyo, en medio de los insultos de sus hombres que le acusaban como asesino de Sertorio y al tiempo que gritaba que revelaría muchos datos a Pompeyo sobre la revuelta civil en Roma. Y decía esto ya sea porque fuera verdad o para ser conducido a salvo ante él. Pero Pompeyo, temiendo que revelara alguna información inesperada y que fuera el origen de otros males en Roma, envió por delante a algunos y le dió muerte antes de que llegara a su presencia. Y dio la impresión de que Pompeyo había actuado de forma muy sensata con este proceder, lo cual incrementó aún más su buena reputación. Este fue el final de la guerra de España, que coincidió con la vida de Sertorio. Y me parece que no se hubiera acabado tan rápida ni fácilmente, si Sertorio hubiera seguido vivo todavía».

33) El mismo Pompeyo, en Armenia, cuando Mitrídates era superior a él en número y calidad de su caballería, colocó por la noche tres mil hombres armados ligeramente y quinientos jinetes en un valle bajo la protección de arbustos que había entre los dos campamentos. Entonces, al amanecer, envió adelante su caballería contra la posición del enemigo, planeando que, tan pronto como la fuerza entera del enemigo, caballería e infantería, se viera envuelta en la batalla, los romanos deberían retroceder gradualmente, aún conservando las filas, hasta que dieran lugar a aquellos que habían sido estacionados para el ataque desde la rataguardia, para aparecer y hacerlo. Cuando este plan resultó exitoso, aquellos que había parecido que huían, dieron una vuelta completa, permitiendo a Pompeyo despedazar al enemigo así tomado por el pánico entre sus dos líneas. Nuestra infantería también, enfrentándose en un encuentro mano a mano, apuñaló a los caballos del enemigo. Aquella batalla destruyó la fe que el rey había tenido en su caballería.

Nota: Año 66 a.de C. Apiano, Sobre Mitrídates, 98 : «A pesar de todo, la falta de provisiones causaba estragos y, por consiguiente, enviando embajadores a Pompeyo, solicitó saber de qué forma podría poner fin a la guerra. Éste le respondió: «En el caso de que nos entregues a los desertores y te rindas sin condiciones.» Cuando Mitrídates conoció la respuesta, comunicó a los desertores lo relativo a ellos y, al ver que tenían miedo, juró que nunca haría la paz con los romanos a causa de su avaricia, y que no les entregaría a nadie ni haría jamás otra cosa que no fuera para provecho común de todos. Éstas fueron sus palabras, y Pompeyo, ocultando en emboscada a una fuerza de caballería, envió a otros para que hostigaran abiertamente a los puestos de avanzada del rey; a éstos les ordenó que provocaran (al enemigo) y que retrocedieran como si estuvieran derrotados. (Así lo hicieron), hasta qua los que estaban emboscados los rodearon y los pusieron en fuga, y tal vez se hubieran precipitado a una con los fugitivos en el ulterior del campamento, si el rey, por temor a que esto ocurriera, no hubiera hecho avanzar la infantería, ante la cual los romanos retrocedieron. Éste fue el desenlace de la primera confrontación, en forma de combate ecuestre, entre Pompeyo y Mitrídates».

34) En la Guerra de los Esclavos, Craso fortificó dos campamentos cercanos al lado del campamento del enemigo, cerca del Monte Cantenna. Entonces, una noche, movió sus fuerzas, conduciéndolas y ubicándolas en la base de la montaña arriba mencionada, dejando su tienda de cuartel general en el campamento más grande, a fin de engañar al enemigo. Dividiendo la caballería en dos destacamentos, ordenó a Lucio Quincio oponerse a Espartaco con una división y engañarlo con un encuentro fingido; con la otra atraerlo para combatir a los germanos y galos, de la facción de Casto y Cánico, y, fingiendo la huída, conducirlos al punto donde Craso mismo había preparado sus tropas en orden de batalla. Cuando los bárbaros lo siguieron, la caballería retrocedió a los flancos, y la fuerza romana se reveló de repente y se precipitó avanzando con un grito. En aquella batalla Livio nos dice que fueron muertos treinta y cinco mil hombres armados, con sus comandantes; fueron recobrados cinco águilas romanas y veintiséis estandartes, junto con gran botín, incluyendo cinco juegos de varas y hachas.

Nota: Año 71 a.de C. Plutarco, Craso, 11 : «Temió Craso no fuera que Espártaco concibiera el designio de marchar sobre Roma; mas luego se tranquilizó habiendo sabido que muchos le habían abandonado por discordias que con él tuvieron, y formando ejército aparte se habían acampado junto al lago Lucano, cuéntase de éste que por tiempos se muda, teniendo unas veces al agua dulce y otras salada, en términos de no poderse beber. Marchando Craso contra éstos, los retiró de la laguna, pero le impidio que los destrozase y persiguiese el haberse aparecido de pronto Espártaco con disposiciones de retirarse precipitadamente. Tenía escrito al Senado que era preciso hacer venir a Luculo de la Tracia, y a Pompeyo de la España; mas arrepentido entonces, se apresuró a concluir la guerra antes que aquellos llegasen, comprendiendo que la victoria se atribuiría al recién venido que había dado socorros. Resolvió, por tanto, acometer primero a los que se habían separado de Espártaco y que hacían campo aparte, siendo sus caudillos Gayo Canicio y Casto, y para ello envió a unos seis mil hombres con orden de que hicieran lo posible por tomar con el mayor recato cierta altura; pero, aunque ellos procuraron evitar que los sintiesen, enramando los morriones, al cabo fueron vistos de dos mujeres que estaban haciendo sacrificios por la prosperidad de los enemigos, y hubieran corrido gran peligro de no haber sobrevenido con la mayor celeridad Craso, y empeñado una de las más recias batallas, en la que, habiendo sido muertos doce mil y trescientos hombres, se halló que dos solos estaban heridos por la espalda, habiendo perecido los demás en sus mismos puestos, guardándolos y peleando con los Romanos. Retirábase Espártaco, después de la derrota de éstos, hacia los montes Petilinos; Quinto y Escrofa, legado el uno y cuestor el otro de Craso, le perseguían muy de cerca; mas volviendo contra ellos, fue grande la fuga de los Romanos, que con dificultad pudieron salvar, malherido, al cuestor. Este pequeño triunfo fue justamente el que perdió a Espártaco, porque inspiró osadía a sus fugitivos, los cuales ya se desdeñaban de batirse en retirada y no querían obedecer a los jefes, sino que, poniéndoles las armas al pecho cuando ya estaban en camino, los obligaron a volver atrás y a conducirlos por la Lucania contra los Romanos, obrando en esto muy a medida de los deseos de Craso, porque ya había noticias de que se acercaba Pompeyo, y no pocos hacían correr en los comicios la voz de que aquella victoria le estaba reservada, pues lo mismo sería llegar que dar una batalla y poner fin a aquella guerra. Dándose, por tanto, priesa a combatir y a situarse para ello al lado de los enemigos hizo abrir un foso, el que vinieron a asaltar los esclavos para pelear con los trabajadores; y como de una y otra parte acudiesen muchos a la defensa, viéndose Espártaco en tan preciso trance, puso en orden todo su ejército. Habiéndole traído el caballo, lo primero que hizo fue desenvainar la espada, y diciendo: “Si venciere, tendré muchos y hermosos caballos de los enemigos; mas si fuere vencido, no lo habré menester”, lo pasó con ella. Dirigióse en seguida contra el mismo Craso por entre muchas armas y heridas; y aunque no penetró hasta él, quitó la vida a dos centuriones que se opusieron a su paso. Finalmente, dando a huir los que consigo tenía, él permaneció inmóvil, y, cercado de muchos, se defendio, hasta que lo hicieron pedazos. Tuvo Craso de su parte a la fortuna: llenó todos los deberes de un buen general y no dejó de poner a riesgo su persona, y, sin embargo, aún sirvió esta victoria para aumentar las glorias de Pompeyo, porque los que de aquel huían dieron en las manos de éste y los deshizo. Así es que, escribiendo al Senado, le dijo que Craso, en batalla campal, había vencido a los fugitivos, pero él había arrancado la raíz de la guerra. A Pompeyo se le decretó un magnífico triunfo por la guerra de Sertorio y de la España; pero Craso, lo que es el triunfo solemne, ni siquiera se atrevió a pedirlo; mas ni aun el menos solemne, a que llaman ovación, parecía propio y digno por una guerra de esclavos. En qué se diferencia éste del otro, y de dónde le venga el nombre, lo tenemos ya declarado en la vida de Marcelo».

35) Cayo Casio, luchando en Siria contra los partos y su líder Osaces, exhibió sólo la caballería al frente, pero apostó la infantería escondida en terreno escarpado en la retaguardia. Entonces, cuando su caballería retrocedió y se retiró sobre caminos conocidos, hizo entrar al ejército de los partos en la emboscada preparada para ellos y los despedazó.

Nota: Año 51 a.de C. Dión Casio, 40:29 : «Pero cuando fracasaron en tomar Antioquía, ya que Casio los rechazó con eficacia y ellos no podían continuar un sitio, retornaron a Antigonea. Y dado que las vecindades de esta ciudad estaban demasiado pobladas con árboles, y ellos no se atrevieron, ni fueron capaces de penetrar esta zona con la caballería, idearon un plan para cortar los árboles y dejar llano el lugar entero, de modo que pudieran acercarse a la ciudad con confianza y seguridad. Pero no pudiendo hacer esto, porque la tarea era grande y su tiempo era empleado en vano, mientras Casio acosaba a aquellos que se dispersaban del otro lado, ellos se retiraron con la intención de proceder contra algún otro lugar. Mientras tanto Casio puso una emboscada en el camino a lo largo del cual ellos debían marcharse, y enfrentándolos allí con unos pocos hombres, los indujo a que lo persiguieran, y luego, rodeándolos, mató a un gran número, incluyendo a Osaces. A la muerte de éste, Pacoro abandonó toda la Siria y nunca la invadió de nuevo».

36) Ventidio, manteniendo a sus propios hombres en el campamento fingiendo temor, provocó que los partos y Labieno, quiénes eran regocijados por victoriosos éxitos, se declararan en favor de la batalla. Habiéndolos atraído a una situación desfavorable, los atacó de improviso y tanto los abrumó que los partos rechazaron seguir a Labieno y evacuaron la provincia.

Nota: Año 39 a.de C. Justino, Epítome, 42:4 § 7-8 : «Es por eso que, después de la derrota del partido de Pompeyo, ellos le enviaron socorros a Casio y a Bruto contra Augusto y Antonio, y, después del fin de la guerra, de nuevo bajo la conducta de Pacoro, que había hecho alianza con Labieno, asolaron Siria y Asia; atacan en masa el campo de Ventidio que había derrotado al ejército parto, en ausencia de Pacoro. Pero Ventidio, fingiendo terror, permaneció mucho tiempo encerrado en su campamento y se dejó insultar bastante por los partos. Al fin, soltó una parte de sus legiones sobre los enemigos, seguros de mismos y alegres, y, bajo su asalto, los partos se dispersaron en derrota».

37) El mismo Ventidio, teniendo consigo disponible sólo una pequeña fuerza para su uso contra los partos bajo Farnastanes, pero observando que la confianza del enemigo crecía a consecuencia de su número, apostó dieciocho cohortes a un lado del campamento en un valle escondido, con la caballería estacionada detrás de la infantería. Entonces envió un muy pequeño destacamento contra el enemigo. Cuando éstos, fingiendo la huída, indujeron al enemigo a una feroz persecución más allá del lugar de la emboscada, la fuerza en el costado apareció, con la cual Ventidio condujo a los partos a una fuga precipitada y los eliminó, Farnastanes entre ellos.

Nota: Año 39 a.de C. Plutarco, Antonio, 33 : «Antonio, después del convenio, envió a Ventidio al Asia para que detuviera a los Partos, no dejándoles pasar más adelante, y habiendo sido nombrado, por hacer obsequio a Octavio César, sacerdote de César el Dictador, continuaron tratando en buena compañía y amistad de los más graves negocios; mas cuando se juntaban a divertirse y jugar, Antonio se sentía mortificado de que siempre era el que libraba peor; y es que tenía a su lado un Egipcio dado a la adivinación, de aquellos que examinan el signo, el cual, o instruido de Cleopatra, o teniéndolo por cierto, estaba diciendo continuamente a Antonio con sobrada libertad que, siendo su fortuna la más grande y brillante, se marchitaba al lado de la de César, y le aconsejaba que se alejara cuanto más pudiera de aquel joven. “Porque tu genio- le decía- teme al suyo; y siendo festivo y altanero cuando está solo, se queda tamañito y abatido luego que aquel parece”; y los hechos parece que venían en apoyo del Egipcio. Porque si se echaban suertes sobre cualquiera cosa a ver a quién le tocaba, o si jugaban a los dados, siempre era Antonio el que perdía. Echaban muchas veces a reñir gallos o codornices adiestradas, y siempre vencían los de César: con lo que recibía manifiesto disgusto Antonio; y bien por esta causa, o más bien por haber dado oídos al adivino, marchó de la Italia, dejando al cuidado de César sus cosas domésticas: aunque a Octavia la llevó en su compañía hasta la Grecia, habiendo ya tenido en ella una niña. Hallábase de invernada en Atenas cuando le llegaron las nuevas de las victorias de Ventidio, a saber: que había derrotado a los Partos en una batalla, en la que habían muerto Labieno y Farnapates, que era el mejor general de los del rey Hirodes. Por estos sucesos dio un banquete público a los Griegos, y combates a los Atenienses; para lo que, dejando en casa las insignias del mando, salió en ropa y calzado de confianza, con las batas de que usan los presidentes de los juegos, y por sí mismo separó, tomándolos del cuello, según costumbre, a los jóvenes combatientes».

38) En una ocasión, cuando los campamentos de Cayo César y Afranio estaban emplazados en llanuras enfrentadas, la ambición especial de cada lado era asegurar la posesión de las colinas vecinas, una tarea de dificultad extrema debido a los afilados riscos. En esas circunstancias, César ordenó su ejército como para marchar atrás otra vez hacia Ilerda, movimiento necesario por su deficiencia de provisiones. Entonces, al poco rato, haciendo un pequeño desvío, comenzó de repente a tomar las colinas. Los seguidores de Afranio, alarmados a la vista de esto, justo como si su campamento hubiera sido capturado, comenzaron a correr para ganar las mismas colinas. César, habiendo previsto este giro de la cuestión, cayó sobre los hombres de Afranio, antes que pudieran formarse, en parte con la infantería, que había enviado delante y en parte con la caballería, enviada por la retaguardia.

Nota: Año 49 a.de C. Julio César, Las Guerras Civiles, 1:65-72 : «LXV. Cuando Afranio y Petreyo vistos a lo lejos los hubieron reconocido, espantados de la novedad, toman las alturas y ponen la gente en batalla. César en las llanuras hace reposar la suya por no llevarla fatigada al combate. Mas intentando los enemigos proseguir el viaje, sigue el alcance y les hace suspender la marcha. Ellos por necesidad se acampan antes de lo que tenían determinado, porque seguían unos montes, y a cinco millas iban a dar en senderos escabrosos y estrechos. Dentro de estos montes pensaban refugiarse para librarse de la caballería de César, y cerradas con guardias las gargantas, estorbarnos el paso, y con eso pasar ellos sin riesgo ni temor el Ebro. Esto era lo que habían de haber procurado y ejecutado a toda costa, pero rendidos del combate de todo el día y de la fatiga del camino, lo dilataron al día siguiente. César entre tanto asienta sus reales en un collado cercano.
LXVI. A eso de la medianoche cogió nuestra caballería algunos que se habían alejado del campo en busca de agua; averigua de ellos César que los generales enemigos iban a marchar de callada. Sabido esto, manda dar la señal de marcha y levantar los ranchos. Ellos que oyen la gritería, temiendo verse precisados a pelear de noche y con las cargas a cuestas, o que la caballería de César los detuviese en los desfiladeros, suspenden la marcha y se mantienen dentro de los reales. Al otro día sale Petreyo con algunos caballos a descubrir el terreno. Mácese lo mismo de parte de César, quien destaca a Decidió Saja con un piquete a reconocer el campo. Entrambos vuelven a los suyos con una misma relación: que las cinco primeras millas eran de camino llano; entraban luego las sierras y los montes; que quien cogiese primero estos desfiladeros, sin dificultad cerraría el paso al enemigo.
LXVII. Petreyo y Afranio tuvieron consejo sobre el caso, y se deliberó acerca del tiempo de la partida. Los más eran de parecer que se hiciese de noche; que se podría llegar a las gargantas antes que fuesen sentidos. Otros, de la generala tocada la noche antecedente en el campo de César, inferían ser imposible encubrir su salida; que por la noche recorría la caballería de César el contorno y tenía cogidos todos los puestos y caminos; que las batallas nocturnas se debían evitar, porque cuando la guerra es civil, el soldado, una vez sobrecogido del miedo, suele moverse más por él que no por el juramento que prestó. Al contrario la luz del día causa de suyo mucho rubor a los ojos de todos, y no menos la vista de los tribunos y centuriones, lo cual sirve de freno y también de estímulo a los soldados; que por eso, bien mirado todo, era menester romper de día claro, que puesto caso que se recibiese algún daño, se podría a lo menos, salvando el cuerpo del ejército, coger el sitio que pretendían. Este dictamen prevaleció en el consejo, y así se determinó marchar al amanecer del día siguiente.
LXVIII. César, bien informado de las veredas, al despuntar el alba, saca todas las tropas de los reales, y dando un gran rodeo, las va guiando sin seguir senda fija.
Porque los caminos que iban al Ebro y a Octogesa estaban cerrados por el campo enemigo. Él tenía que atravesar valles muy hondos y quebrados; en muchos parajes los ciscos escarpados embarazaban la marcha, siendo forzoso pasar de mano en mano las armas, y que los soldados en cuerpo sin ellas, dándose unos a otros las manos, hiciesen gran parte de camino. Mas ninguno rehusaba este trabajo con la esperanza de poner fin a todos, si una vez lograban cerrar el paso del Ebro al enemigo y cortarle los víveres.
LXIX. Al principio los soldados de Afranio salían alegres corriendo de los reales a verlos, y les daban vaya gritando, «que por no tener que comer iban huyendo y se volvían a Lérida». En realidad el camino no llevaba al término propuesto, antes parecía enderezarse a la parte contraria. Con eso sus comandantes no se hartaban de aplaudir su resolución de haberse quedado en los reales; y se confirmaban mucho más en su opinión viéndolos puestos en viaje sin, bestias ni cargas, por donde presumían que no podrían por largo tiempo resistir al hambre. Mas cuando los vieron torcer poco a poco la marcha sobre la derecha, y repararon que ya los primeros se iban sobreponiendo al sitio de los reales, ninguno hubo tan lerdo ni tan enemigo del trabajo que no juzgase ser preciso salir al punto de las trincheras y atajarlos. Tocan alarma, y todas las tropas, menos algunas cohortes que dejaron de guardia, mueven y van en derechura al Ebro.
LXX. Todo el empeño era sobrecoger la delantera y ocupar primero las gargantas y montes. A César retardaba lo embarazoso de los caminos; a las tropas de Afranio la caballería de César que les iba a los alcances. Verdad es que los afranianos se hallaban reducidos a tal estado que si arribaban los primeros a los montes, como pretendían, libraban en sí sus personas, mas no podían salvar los bagajes de todo el ejército ni las cohortes dejadas en los reales, a que de ningún modo era posible socorrer, quedando cortadas por el ejército de César.
César llegó el primero, y bajando de las sierras a campo raso, ordena en él sus tropas en batalla. Afranio, viendo su retaguardia molestada por la caballería, y delante de sí al enemigo, hallando por fortuna un collado, hizo alto en él. Desde allí destaca cuatro cohortes de adargueros al monte que a vista de todos se descubría el más encumbrado, ordenándoles que a todo correr vayan a ocuparlo, con ánimo de pasar, él allá con todas las tropas, y mudando de ruta, encaminarse por las cordilleras a Octogesa. Al tomar los adargueros la travesía para el monte, la caballería de César que los vio, se disparó contra ellos impetuosamente; a cuya furia no pudieron resistir ni siquiera un momento, sino que cogidos en medio, todos a la vista de ambos ejércitos fueron destrozados.
LXXI. Era ésta buena ocasión de concluir gloriosamente la empresa. Ni César dejaba de conocer que, a vista de la pérdida tan grande que acababa de recibir, atemorizado el ejército contrario, no podría contrastar, y más estando de todas partes cercado por la caballería, siendo el campo de batalla llano y despejado. Pedíanselo eso todos con instancias; legados, centuriones, tribunos corrían juntos a rogarle «no se detuviese en dar la batalla; que todos sus soldados estaban a cual más pronto; que al contrario, los de Afranio en muchas cosas habían dado muestras de su temor: en no haber socorrido a los suyos; en no bajar del collado; en no saberse defender de la caballería; en no guardar las filas, hacinados todos con sus banderas en un lugar. Que si reparaba en la desigualdad del sitio, se ofrecería sin duda ocasión de pelear en alguno proporcionado, pues Afranio seguramente había de mudarse de aquél, donde sin agua mal podía subsistir».
LXXII. César había concebido esperanza de poder acabar con la empresa sin combate y sangre de los suyos, por haber cortado los víveres a los contrarios. « ¿A qué propósito, pues, aun en caso de la victoria, perder alguno de los suyos? ¿A qué fin exponer a las heridas soldados tan leales? Sobre todo, ¿para qué tentar a la fortuna, mayormente siendo no menos propio de un general el vencer con la industria que con la espada?» Causábale también lástima la muerte que preveía de tantos ciudadanos, y quería más lograr su intento sin sacrificar sus vidas. Este consejo de César desaprobaban los más. Y aun los soldados decían sin recato en sus conversaciones, que «ya que se dejaba pasar tan buena ocasión de la victoria, después por más que César lo quisiese, ellos no querrían pelear». Él persevera en su determinación, y se desvía un poco de aquel sitio para ocasionar menos recelo a los contrarios.
Petreyo y Afranio, valiéndose de la coyuntura, se recogen a los reales. César, apostadas guardias en las montañas y cerrados todos los pasos para el Ebro, se atrinchera lo más cerca que puede del campo enemigo».
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39) Antonio, cerca de Foro Gallorum, habiendo oído que el cónsul Pansa se acercaba, se enfrentó a su ejército por medio de emboscadas, puestas aquí y allá en las extensiones boscosas a lo largo de la Via Emilia, derrotando así a sus tropas, e infligiendo a Pansa mismo una herida de la cual él murió en pocos días.

Nota: Año 43 a.de C. Apiano, Guerras Civiles, 3:66-67-68-69 : «66. Así estaban las cosas en Módena. Mientras tanto, en Roma, en ausencia de los cónsules, Cicerón se había hecho dueño de la situación por medio de sus alocuciones públicas. Se celebraban frecuentes asambleas y se procuraba armas forzando a los artesanos armeros a fabricarlas sin recibir ninguna paga; recolectaba dinero e imponía cargas muy gravosas a los amigos de Antonio. Estos últimos las soportaban sin quejas para evitar la calumnia, hasta que Publio Ventidio, que había servido con Gayo César y era amigo de Antonio, no toleró la presión de Cicerón y marchó a las colonias de César, donde, como era bien conocido, reclutó dos legiones para entrar al servicio de Antonio y se apresuró hacia Roma para apoderarse de Cicerón. Entonces se produjo una commoción inmensa, y la mayoría sacó fuera de la ciudad a sus mujeres e hijos, presa del pánico, y el mismo Cicerón huyó de la ciudad. Cuando lo supo Ventidio desvió su ruta hacia Antonio, pero, al ser interceptado por Octavio e Hircio, avanzó hasta el Piceno donde reclutó otra legión y aguardó el desarrollo de los acontecimientos.
Al acercarse Pansa con el ejército, Octavio e Hircio enviaron a su encuentro a Carsuleyo con la cohorte pretoriana de Octavio y la legión de Marte, con objeto de ayudarle en su paso a través del desfiladero. Antonio no prestó atención al desfiladero por entender que ello no conducía a otra cosa que a poner un obstáculo al enemigo, pero movido por su afán de lucha y como no podía destacar con la caballería debido a que el terreno era pantanoso y estaba atravesado por fosos, emboscó a sus dos mejores legiones en el pantano, ocultándolas con los cañaverales a uno y otro lado del camino, que había sido construido artificialmente y era estrecho.
67. Carsuleyo y Pansa atravesaron el desfiladero durante la noche, y al amanecer tan sólo con la legión Martia y otras cinco cohortes penetraron en el camino construido artificialmente, que todavía se hallaba limpio de enemigos. Mientras inspeccionaban el pantano a uno y otro lado de la carretera, el leve movimiento de las cañas despertó sus sospechas, después brotó aquí y allá el brillo de algún que otro casco y yelmo, y de repente surgió ante ellos, por el frente, la cohorte pretoriana de Antonio. Los soldados de la Martia, rodeados por todas partes y sin posibilidad ninguna de escape, ordenaron a los novatos que, si se les acercaba el enemigo se abstuvieran de unirse a ellos en el combate para que no les perturbaran a causa de su falta de experiencia. Y la cohorte pretoriana de Octavio se enfrentó a la de Antonio. El resto de las tropas se escindieron en dos y penetraron a uno y otro lado del pantano, bajo el mando de Pansa y Carsuleyo respectivamente. Así que se entablaron dos batallas en dos pantanos, impidiendo la carretera que cada uno supiera de la suerte del otro; y a lo largo de la carretera las cohortes pretorianas sostenían su otra batalla particular. Los soldados de Antonio tenían la intención de vengarse de los legionarios de la Martia por su deserción, por considerarlos traidores para con ellos mismos, y, a su vez, los de la Martia querían vengarse de aquéllos por su tolerancia con la matanza de sus compañeros en Brindisi. Sabedores unos y otros de que constituían la flor y nata de ambos ejércitos, esperaban decidir la suerte de toda la guerra en este único combate. A unos los animaba la vergüenza de que dos legiones fueran derrotadas por una sola y a los otros, en cambio, la ambición de derrotar ellos solos a dos legiones.
68. Con tal grado de enojo y ambición se atacaron mutuamente, considerando este asunto más como algo propio que de sus generales. A causa de su veteranía no dieron ningún grito de guerra, pues no esperaban aterrorizarse unos a otros, ni en el transcurso de la lucha nadie dejó oír su voz, tanto si vencía como si era derrotado. Como no había lugar a evoluciones y cargas, por combatir en zona pantanosa y con fosos, luchaban codo a codo, y al no poder rechazar al adversario se enzarza ban entre sí con las espadas corno en una lucha entre atletas. Ningún golpe resultaba fallido sino que se producían heridas, muertes y en vez de gritos, gemidos tan sólo. El que caía era retirado al punto, y otro ocupaba su lugar. No hacían falta advertencias y gritos de aliento, pues a causa de la experiencia cada uno era su propio general. Y cuando estaban agotados de fatiga, como en los certámenes gimnásticos, se separaban un poco para tomar respiro y de nuevo se reintegraban a la lucha. El estupor se apoderó de los bisoños cuando llegaron, al contemplar tales luchas realizadas en profundo silencio y orden.
69. Esforzándose así todos de manera sobrehumana, la cohorte pretoriana de Octavio perdió hasta el último hombre. Aquellos soldados de la Martia a las órdenes de Carsuleyo se impusieron a sus adversarios, que se retiraron no de forma vergonzante, sino poco a poco. En cambio, los que estaban bajo Pansa sufrían, de igual modo, la peor parte, pero, con todo, resistieron por igual por ambas partes hasta que Pansa fue herido en el costado por una jabalina y fue retirado del campo de batalla a Bononia. Entonces sus soldados se replegaron, primero paso a paso, después con mayor rapidez volviendo la espalda como en una huida. Los soldados novatos, al verlos, huyeron en desorden dando gritos hacia el campamento que precisamente había preparado el cuestor Torcuato mientras se desarrollaba la batalla ante la sospecha de que fuera necesario. Los bisoños se congregaron en su interior en medio de la confusión, a pesar de que eran italianos igual que los de la Martia. Pues hasta tal punto aventaja el ejercicio a la raza en cuestiones de valor. Los de la Martia, en cambio, no penetraron en el campamento por miedo al deshonor y permanecieron en su proximidad, y aunque agotados por la fatiga, contaban aún con el suficiente coraje para, si alguien los atacaba, seguir combatiendo hasta el final inexorable. No obstante, Antonio se abstuvo de atacar a los legionarios de la Martia, por ser ello una em-presa harto penosa, y cayendo sobre los nuevos reclutas causó una gran mortandad entre ellos».
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40) Juba, rey en África al momento de la Guerra Civil, fingiendo una retirada, despertó una vez una injustificada euforia en el corazón de Curión. Bajo la influencia de esta esperanza equivocada, Curión persiguiendo a Saboras, general del rey, que, él pensó, estaba huyendo, desembocó en la llanura abierta, donde, rodeado por la caballería númida, perdió su ejército y él mismo pereció.

Nota:Año 49 a.de C. César, Las Guerras Civiles, 2:40-41-42 : «XL. Juba, luego que supo de Saboras el encuentro nocturno, envíale al pronto dos mil caballos españoles y galos, que solían ser reales guardias, y el trozo que más estimaba de la infantería. Él mismo a paso más lento va detrás con el resto de las tropas y cuarenta elefantes, sospechando que no faltaría Curión en persona, habiendo enviado por delante su caballería. Saboras escuadrona sus gentes de a caballo y de a pie, dándoles orden que, mostrando miedo, vayan retrocediendo poco a poco; que a su tiempo él daría la señal de acometer y ordenaría lo conveniente.

41) Melanto, el general ateniense, en una ocasión se presentó al combate, en respuesta al desafío del rey del enemigo, Xanto, el beocio. Tan pronto como estuvieron de pie cara a cara, Melanto exclamó: "Tu conducta es injusta, Xanto, y contraria a un acuerdo. Yo estoy solo, pero tú has salido con una compañía contra mí." Cuando Xanto se preguntó quién lo seguía y miró hacia atrás, Melanto lo mató con un golpe solo, y su cabeza fue apartada del cuerpo.

Nota: Polieno 1:19 : «Los atenienses y beocios hacían la guerra respecto a Melanios. Mélanto mandaba a los atenienses, y Xanto estaba a la cabeza de los beocios; y Melanios era un cantón limítrofe de Atica y Beocia. Un oráculo había predicho a Xanto que sería vencido por astucia; y he aquí como el oráculo fue cumplido. Ambos jefes quisieron acabar el desacuerdo por medio de un combate singular entre ellos. Apuntando con las manos, Melanto exclamó «No te comportas bien, traes a un segundo, es una engaño». Xanto apartó la vista para ver quién era este segundo; y en el momento Mélanto lo perforó con un venablo. Los atenienses que se llevaron la victoria por este engaño, establecieron una fiesta anual en memoria de este encuentro; todavía la llamamos hoy la fiesta del Apaturia, como quien dice, del engaño».

 

42) Ifícrates, el ateniense, en una ocasión en el Quersoneso, consciente que Anaxibio, comandante de los espartanos, avanzaba con sus tropas por tierra, desembarcó una gran fuerza de hombres de sus buques y los colocó emboscados, pero dispuso que sus barcos zarparan a la vista del enemigo, como si estuvieran cargados con todas sus fuerzas. Cuando los espartanos abandonaron su guardia y no recelaron peligro alguno, Ifícrates, atacándolos por tierra por la retaguardia mientras marchaban, los aplastó y derrotó.

Nota: Año 389-388 a.de C. Jenofonte, Helénica, 4:8 § 32 a 39 : «[32] Ellos, en efecto, no encontraron falta alguna con Dercílidas; pero Anaxibio, en vista de que los éforos se había hecho sus amigos, tuvo éxito en hacers enviar a Abidos como gobernador. Y prometió que si recibía dinero y barcos, haría también la guerra contra los atenienses, de modo tal que los asuntos estarían tan bien con ellos en el Helesponto.
[33] En consecuencia los éforos dieron a Anaxibio tres triremes y dinero suficiente para mil mercenarios, y lo enviaron. Cuando hubo alcanzado Abidos, sus operaciones por tierra fueron las siguientes: después de reunir una fuerza mercenaria, procedió a separar algunas de las ciudades eolias de Farnabazo, tomar el campo en expediciones punitivas contra las ciudades que habían hecho expediciones contra Abidos, marchó sobre ellas, y devastó su territorio. Por el lado naval, además de los barcos que tenía, dotó totalmente a otros tres de Abidos, y trajo a puerto cualquier buque mercante que encontró en cualquier parte, perteneciente a los atenienses o sus aliados.
[34] Los atenienses, sin embargo, enterándose de estas cosas, y temiendo que los resultados de todo el trabajo de Trasíbulo en el Helesponto pudieran ser arruinados por ellos, enviaron contra Anaxibio a Ifícrates, con ocho barcos y cerca de mil doscientos peltasts. La mayor parte de éstos eran los hombres que él había comandado en Corinto. Cuando los argivos incorporaron Corinto a Argos, dijeron que no tenían necesidad alguna de ellos; ya que Ifícrates había matado a algunos partidarios de Argos; en consecuencia él había vuelto a Atenas y optado por estar en casa en este tiempo.
[35] Cuando alcanzó el Quersoneso, Anaxibio al principio y él hicieron la guerra el uno al otro enviando partidas de asalto; pero a medida que el tiempo pasó, Ifícrates averiguó que Anaxibio había ido a Antandro con sus mercenarios, los lacedemonios que estaban con él, y doscientos hoplitas de Abidos, y oyó que había entablado con Antandro relaciones de amistad. De donde, sospechando que después de que él hubiera también establecido su guarnición allí, volvería otra vez y llevaría a los abidenos a casa, Ifícrates atravesó derante la noche la parte más desierta del territorio de Abidos, y trepando a las montañas, puso una emboscada. Además, ordenó a los trirremes que había traído a través del estrecho, que zarparan al amanecer a lo largo de la costa del Quersoneso, hastael estrecho, a fin de que pudiera parecer que había navegado por el Helesponto para reunir dinero, como él solía hacer.
[36] Habiendo hecho todas estas cosas no se decepcionó, ya que Anaxibio realmente retrocedió, aunque - al menos, como la historia cuenta - sus sacrificios durante aquel día no se demostraron favorables; pero a pesar de aquel hecho, pleno de confianza desdeñosa porque él avanzaba por un país amistoso y hacia una ciudad amistosa, y porque tuvo noticias por aquellos que lo encontraron, que Ifícrates había zarpado en dirección del Proconeso, hacía su marcha de una manera bastante descuidada.
[37] Sin embargo, Ifícrates no apareció de la emboscada hasta que el ejército de Anaxibio estuvo en tierra firme; cuando los abidenos, que estaban en la vanguardia, estaban ahora en la llanura de Cremaste, donde están sus minas de oro, y el resto del ejército que seguía a lo largo estaba en la cuesta hacia abajo, y Anaxibio con sus lacedaemonios justo comenzaba el descenso, en ese momento Ifícrates sacó a sus hombres de su emboscada y se precipitó sobre él a la carrera.
[38] Entonces Anaxibio, juzgando que no había ninguna esperanza de salvación, en vista de que vio que su ejército se extendía sobre un camino largo y estrecho, y pensó que aquellos que habían continuado delante serían claramente incapaces de acudir a su ayuda arriba de la colina, y habiendo percibido que todos estaban en un estado de terror cuando vieron la emboscada, dijo a aquellos que estaban con él: “señores, es honorable para mí morir aquí, pero apresúrense a salvarse antes de llegar a un enfrentamiento cerrado con el enemigo.”
[39] Así habló, y tomando su escudo de su escudero, cayó luchando en aquel punto. Su juventud favorita, sin embargo, permaneció a su lado, e igualmente de entre los lacedemonios aproximadamente doce de los gobernadores, que habían venido de sus ciudades y se habían unido a él, habían luchado y cayeron con él. Pero el resto de los lacedemonios huyó y cayó uno tras otro, persiguiéndolos el enemigo hasta la ciudad. Además, aproximadamente doscientos de las otras tropas de Anaxibio fueron muertos, y aproximadamente cincuenta de los hoplitas abidenos. Y después de llevar a cabo estas cosas, Ifícrates volvió otra vez al Quersoneso».

 

43) Los liburnios en una ocasión, cuando habían tomado una posición entre algunos bajíos, permitiendo sólo que sus cabezas aparecieran por encima de la superficie del agua, hicieron creer al enemigo que el agua era profunda. De esta manera una galera que los siguió varó en el bajío, y fue capturada.

44) Alcibíades, comandante de los atenienses en el Helesponto contra Mindaro, líder de los espartanos, teniendo unos gran ejército y numerosos buques, desembarcó a algunos de sus soldados por la noche, y escondió parte de sus barcos detrás de ciertos cabos. Él mismo, avanzando con unas pocas tropas, como para atraer al enemigo por el desprecio a su pequeña fuerza, huyó cuando fue perseguido, hasta que finalmente hizo caer al enemigo en la trampa que había sido puesta. Luego, atacando al enemigo en la retaguardia, cuando desembarcó, lo despedazó con la ayuda de las tropas que él había desembarcado con este mismo objetivo.

Nota: Año 410 a.de C. Polieno, 1:40 § 9 : «Alcibíades envió del lado de Cízico a Terámenes y Trasíbulo, con un gran número de buques, para obstaculizar a los enemigos el camino a esta ciudad; y luego dominó el mar con un pequeño número de buques. Míndaro que despreciaba esta poco considerable flota, avanzó contra Alcibíades que fingió darse a la fuga. Míndaro, creyendo asegurada la derrota de los atenienses, los persiguió con mucha satisfacción. Pero Alcibíades, habiéndolo atraído al costado donde estaban Terámenes y Trasíbulo, dio la señal, y girando la borda, presentó la proa a los enemigos. Míndaro quiso entonces tomar el camino de Cízico, pero los buques de Terámenes le cortaron el paso. Míndaro decidió entonces desembarcar en Cleres en el país de Cízico, pero Farnabazo se opuso a su desembarco. Alcibíades por su lado golpeó con el espolón de sus buques a los de los enemigos que estaban en alta mar, y se afirmó con ganchos de hierro a los que estaban sobre la orilla, mientras que Farnabazo destrozaba las tropas de Míndaro que habían desembarcado. Finalmente Míndaro fue muerto, y Alcibíades se llevó una victoria brillante».

45) El mismo Alcibiades, en una ocasión, estando por trabarse en un combate naval, erigió varios mástiles en un cabo, y ordenó a los hombres que abandonó allí, que extendieran velas en éstos tan pronto como notaran que el enfrentamiento había comenzado. Por este medio hizo que el enemigo se retirara, ya que imaginaron que otra flota venía a su ayuda..

46) Memnón, el rodio, en un encuentro naval, poseyendo una flota de doscientos barcos, y deseando atraer a los buques del enemigo para luchar, hizo preparativos para levantar los mástiles en sólo algunos de sus barcos, ordenando a éstos que avanzaran primero. Cuando el enemigo desde una distancia vió el número de mástiles, y de esto dedujo el número de buques, presentó batalla, pero le cayó encima un número más grande de barcos y fueron derrotados..

47) Timoteo, el líder de los atenienses, cuando estaba por trabarse en un encuentro naval con los espartanos, tan pronto como la flota espartana salió ordenada en línea de batalla, envió adelante veinte de sus buques más veloces, para obstaculizar al enemigo de cualquier modo y por varias tácticas. Entonces tan pronto como observó que el enemigo se hacía menos activo en sus maniobras, avanzó y los derrotó fácilmente, ya que ellos ya estaban completamente exhaustos.

Nota: Año 375 a.de C. Polieno, 3:10 § 6 : «Al hacer Timoteo la guerra por mar a los Lacedemonios, guarneció con soldados la popa de sus galeras, y los tuvo allí en descanso, enviando adelante veinte fragatas ligeras, con orden de hostigar a los buques enemigos con muchos movimientos. Los Lacedemonios se cansaron extremadamente de remar, y no tenían un momento de descanso. Timoteo, fresco, hizo adelantar sus galeras, y habiendo dado combate, se llevó una señalada victoria».

 

 

VI. SOBRE DEJAR ESCAPAR AL ENEMIGO, A MENOS QUE, ACORRALADOS, RENUEVEN LA BATALLA DESESPERADAMENTE

 

1) Cuando los galos, después de la batalla librada bajo el generalato de Camilo, desearon barcos para cruzar el Tíber, el Senado votó enviarlos a través del río y suministrarles provisiones también.
En una ocasión subsecuente también fue facilitado un paso libre para la gente de la misma raza cuando se retiraban del distrito Pomptino. Este camino lleva por nombre “el camino galo”.

Nota: Año 349 a.de C. Se refiere a Lucio Furio Camilo, hijo del gran Camilo.


2) ) Tito Marcio, un caballero romano, a quién el ejército confirió el mando supremo después que los dos Escipiones fueron muertos, tuvo éxito en envolver a los cartagineses. Cuando éstos, a fin de no morir sin vengarse, luchaban con furia creciente, Marcio abrió los manípulos, proporcionó espacio para la fuga, y cuando los enemigos estuvieron separados, los mató sin riesgo para sus propios hombres.

Nota: Año 212 a.de C. Livio, 25:37 : «Cuando parecía destruido el ejército y perdida España para los romanos, un hombre solo restableció los desesperados asuntos. En el ejército romano había un caballero llamado L. Marcio, hijo de Septimio, joven muy activo y cuyo valor e ingenio eran muy superiores a su condición. Tan excelentes disposiciones se habían perfeccionado en la escuela de Cn. Escipión, bajo cuyas órdenes había aprendido en tantos años todos los secretos del arte de la guerra. Este joven, después de recoger los restos del ejército derrotado y haberlos reforzado con todo lo que pudo extraer de las guarniciones, formó un cuerpo bastante considerable, a cuyo frente se reunió con T. Fonteyo, teniente de Escipión. Un simple caballero romano tuvo entonces bastante influencia entre los soldados, para que, cuando se hubieron fortificado allende el Ebro, y hubo que nombrar un general en los comicios militares, los soldados que iban a votar, al relevarse en las guardias de las fortificaciones y de los puestos, por unánime consentimiento le otorgasen el mando en jefe.
Todo el tiempo (y fué muy corto) que precedió a la llegada del enemigo, se empleó en fortificar el campamento y en aprovisionarlo, ejecutándose las órdenes con tanto celo como intrepidez. Pero a la noticia de que Asdrúbal Gisgón se acercaba después de haber pasado el Ebro para destruir el resto del ejército y que avanzaba a marchas forzadas; a la vista de la serial de batalla dada por el nuevo jefe, recordando los solda-dos qué generales tenían en otro tiempo, con qué jefes y con qué compañeros estaban acostumbrados a marchar al combate, comenzaron a llorar y a golpearse la frente; unos alzaban las manos al cielo como para acusar a los dioses; otros, tendidos en el suelo, invocaban a su antiguo general. La desolación no la calmaban ni las exhortaciones de los centuriones ni las palabras suaves o severas de Marcio: "¿Por qué se deshacían en llanto como tímidas mujeres, en vez de aguijonear su valor para defenderse ellos y defender la república y pensar en vengar la muerte de sus generales?" De pronto oyen el sonido caban a los parapetos; la ira sucede en el acto a la desesperación; los romanos, en un acceso de rabia, se precipitan a las puertas y caen sobre los cartagineses que avanzaban negligentemente y en desorden. Aquella brusca salida difunde en el acto el terror en sus filas; sorpréndeles ver tantos enemigos levantarse inopinadamente contra ellos, después de la pérdida de su ejército casi entero. ¿De dónde proceden tanta audacia y confianza en enemigos vencidos y fugitivos? ¿Qué general había reemplazado a los dos Escipiones muertos? ¿quién mandaba en aquel campamento? ¿quién había dado la señal del combate? Después de estas múltiples preguntas sobre tantas cosas imprevistas, quedan al pronto inciertos y estupefactos y retroceden; atacados en seguida con sumo vigor, vuelven la espalda. Espantosa matanza hubieran hecho los romanos, o se habrían dejado llevar a una persecución temeraria y peligrosa, si Marcio no se hubiese apresurado a mandar retirada, y si colocado delante de las enseñas de las primeras filas y reteniendo él mismo algunos soldados, no hubiera puesto término a la pelea y recogido al campamento sus tropas ávidas aún de sangre y de matanza. Los cartagineses, rechazados primeramente lejos de las fortificaciones, viendo que nadie les perseguía, atribuyeron a temor la retirada de los romanos y volvieron a su campamento con la lentitud que inspira el desprecio. Igual negligencia tuvieron en guardarlo; porque si bien estaba cerca el enemigo, al fin lo constituían los restos de dos ejércitos destrozados pocos días antes. Informado Marcio de que la negligencia de los cartagineses se extendía a todo, después de reflexionar bien en ello, formó un proyecto que, al pronto, parecía más temerario que atrevido: el de atacarles en sus mismos parapetos; creyendo que le sería más fácil apoderarse del campamento de Asdrúbal solo, que defender el suyo contra los tres ejércitos y los tres generales reunidos de nuevo: además, el éxito de esta empresa restablecería las cosas; y si quedaba rechazado, el ataque que iba a dar demostraría al menos que no era enemigo despreciable».


3) Cuando ciertos germanos que Cayo César había descripto como que luchaban más ferozmente por la desesperación, ordenó que les fuera permitido escapar, y luego los atacó mientras huían.


4) En Trasimeno, cuando los romanos fueron rodeados y luchaban con la mayor furia, Aníbal abrió sus filas y les dió una oportunidad de fuga, con lo cual, cuando huyeron, los derrotó sin pérdida alguna de sus propias tropas.

Nota: Año 217 a.de C.


5) Cuando los etolios, bloqueados por Antígono, rey de los macedonios, sufrían de hambre y habían resuelto hacer una salida de cara a una muerte cierta, Antígono les proporcionó un corredor para huir. Así, habiendo enfriado su ardor, los atacó por la retaguardia y los destrozó.

Nota: Año 223 a 221 a.de C. Se refiere a Antígono III Dosón (263-221 a.de C.)


6) Agesilao, el espartano, trabado en batalla con los tebanos, notó que el enemigo, cercado por las características del terreno, luchaba con la mayor furia debido a su desesperación. En consecuencia, abrió sus filas y proporcionó a los tebanos una vía de escape. Pero cuando trataron de retirarse, los envolvió nuevamente, y los abatió desde atrás sin pérdida para sus tropas.

Nota: Año 394 a.de C. Plutarco, Agesilao, 18 : «Adelantóse a Queronea, y habiendo descubierto a los enemigos, y sido también de ellos visto, ordenó su batalla, dando a los Orcomenios el ala izquierda, y conduciendo él mismo el ala derecha. Los Tebanos tuvieron asimismo, por su parte, la derecha, y los Argivos la izquierda. Dice Jenofonte que aquella batalla fue más terrible que ninguna otra de aquel tiempo, habiéndose hallado presente en auxilio de Agesilao después de su vuelta del Asia. El primer encuentro no halló resistencia ni costó gran fatiga, porque los Tebanos al punto pusieron en fuga a los Orcomenios, y a los Argivos Agesilao; pero habiendo oído unos y otros que sus izquierdas estaban en derrota y huían, volvieron atrás. Allá la victoria era sin riesgo si Agesilao, prosiguiendo en acuchillar a los que se retiraban, hubiera querido contenerse de ir a dar de frente con los Tebanos; pero arrebatado de cólera y de indignación corrió contra ellos, con deseo de rechazarlos también de poder a poder. Como ellos no los recibieron con menos valor, se trabó una recia batalla de todo el ejército, más empeñada todavía contra el mismo Agesilao, que se hallaba colocado entre sus cincuenta, cuyo, ardor le fue muy oportuno, debiéndoles su salvación. Porque aun peleando y defendiéndole con el mayor denuedo, no pudieron conservarlo ileso, habiendo recibido en el cuerpo, por entre las armas, diferentes heridas de lanza y espada, sino que con gran dificultad le retiraron vivo; entonces, protegiéndole con sus cuerpos, dieron muerte a muchos, y también de ellos perecieron no pocos. Hiciéronse cargo de lo difícil que era rechazar a los Tebanos, y conocieron la necesidad de ejecutar lo que no habían querido en el principio, porque les abrieron claro, partiéndose en dos mitades; y cuando hubieron pasado, lo que ya se verificó en desorden, corrieron en su persecución, hiriéndolos por los flancos; mas no por eso consiguieron ponerlos en fuga, sino que se retiraron al monte Helicón, orgullosos con aquella batalla, a causa de que por su parte salieron invictos».


7) Cneo Manlio, el cónsul, volviendo de una batalla encontró el campamento de los romanos en posesión de los etruscos. Por lo tanto apostó guardias en todas las puertas y provocó al enemigo, así cerrado adentro, a tal punto de furia que él mismo fue muerto en los enfrentamientos. Cuando sus lugartenientes se dieron cuenta de la situación, retiraron los guardias de una puerta y proporcionaron a los etruscos una oportunidad para fugar. Más cuando éstos salieron, los romanos los persiguieron y los destrozaron, con ayuda del otro cónsul, Fabio, que apareció de pronto.

Nota: Año 480 a.de C. Livio, 2:47 : «Restablecido por este lado el combate, en el otro extremo luchaba con igual vigor el cónsul Cn. Manlio, mostrándose la fortuna casi lo mismo. Mientras Manlio, lo mismo que Q. Fabio en la otra ala, estrechaba al enemigo, casi derrotado ya, los soldados le habían seguido con ardor pero cuando una herida grave le obligó a retirarse del campo, persuadidos de que había muerto, comenzaron a ceder, y hasta habrían emprendido la fuga si el otro cónsul no hubiese acudido a toda brida con algunas turmas de caballería, y gritando en su presencia la derrota. Manlio se presentó también para restablecer el combate. La presencia de los dos cónsules, a quienes conocían bien, inflamó el valor de los soldados; por otra parte, la línea del enemigo había perdido ya parte de su fuerza; porque confiando en la superioridad del número, había separado su reserva, enviándola a sitiar el campamento. Esta lo tomó al asalto sin mucha resistencia; pero mientras olvida el combate para no ocuparse más que del botín, los triarios romanos, que no habían podido resistir el primer choque, hacen avisar a los cónsules lo quo ocurre; y en seguida, replegándose en derredor del Pretorio, vuelven ellos mismos al ataque. Entre tanto regresa al campamento el cónsul Manlio, coloca soldados en todas las puertas y cierra toda salida al enemigo. La desesperación inflama a los toscanos, inspirándoles más rabia que audacia; y después de intentar inútilmente muchas veces escapar por los puntos por donde esperaban encontrar salida, un grupo de guerreros jóvenes se arroja sobre el mismo cónsul, a quien reconocen por la armadura. Los primeros dardos los pararon los que le rodeaban; pero muy pronto no pudieron resistir tan vigoroso empuje; el cónsul, herido mortalmente, cayó y todo se desvaneció. Entonces redobló la audacia de los toscanos; los romanos corren aterrados de un extremo a otro del campamento, y el mal iba a quedar sin remedio, si los legados, después de retirar el cadáver del cónsul, no hubiesen abierto una puerta para dar paso al enemigo, que se precipitó por aquella salida; pero esta gente en desorden encontró en su fuga al otro cónsul victorioso, que la destroza y pone en dispersión. Gloriosa era la victoria, pero entristecida por dos grandes pérdidas. Por esta razón contestó el cónsul, cuando el Senado le concedió el triunfo: "Que si el ejército podía triunfar sin el general, accedía de buen grado, en atención a su brillante comportamiento en aquella guerra; pero que en cuanto a él, cuando su familia estaba contristada por la muerte de Q. Fabio, cuando la república estaba huérfana de uno de sus cónsules, no aceptaría un laurel marchitado por el duelo público y por el de su familia". Este triunfo rehusado fué más glorioso para él que todo el aparato de la pompa triunfal; tan cierto es que la gloria oportunamente rehusada, viene a ser más brillante y más hermosa. Fabio celebró en seguida los funerales de su colega y de su hermano. Encargado de pronunciar el elogio fúnebre de uno y otro, les concedió las alabanzas que habían merecido, cuya mayor parte recaía sobre él. Prosiguiendo constantemente el proyecto que había formado a su entrada en el consulado de reconquistar el cariño del pueblo, repartió la asistencia de los soldados heridos entre las familias patricias, dando el mayor número a los Fabios, y en ninguna parte se les cuidó mejor. Desde entonces fueron populares los Fabios, debiendo la popularidad a medios saludables para la república».


8) Cuando Jerjes fue derrotado y los atenienses deseaban destruir su puente , Temístocles previno esto, mostrando que era mejor para ellos que Jerjes fuera expulsado de Europa que ser obligado a luchar con desesperación. También envió al rey un mensajero para decirle en qué peligro estaría, en caso de que hiciera una retirada precipitada.

Nota: Año 480 a.de C. Heródoto, 8:108, adjudica el consejo de no destruir el puente a Euribíades : «Al llegar el día, viendo los Griegos en el mismo campo el ejército de tierra, daban por supuesto que la armada debía hallarse en el puerto de Falero. Con esto, pues, persuadidos a que el enemigo volvería a combatir por mar, se preparaban, por su parte, a rechazarle. Pero informados después de que se habían hecho las naves a la vela, parecióles ir en seguimiento de ellas sin más dilación. Siguieron, en efecto, su rumbo hasta llegar a Andros; pero sin poder descubrir la armada de Jerges. En Andros, consultando sobre el asunto, fue de parecer Temístocles, que echando por en medio de aquellas islas y persiguiendo a las naves, se encaminasen en derechura al Helesponto con ánimo de cortarles el puente. Dió Euribiades un parecer totalmente contrario, diciendo que no podían los Griegos irrogar a la Grecia mayor daño que cortar el puente al enemigo; porque si el Persa, sorprendido, se veía precisado a quedarse en la Europa, no querría, sin duda, estarse tranquilo y ocioso, viendo que con la acción le sería imposible llevar adelante sus intereses, pues, así no se le abriría camino alguno para la retirada y perecería de hambre su ejército; que por el contrario, el se animaba y ponía manos a la obra, todo le podría salir muy bien en las ciudades y naciones de la Europa, o bien tomándolas a viva fuerza, o capitulando con ellas antes de apelar a las armas; que tampoco les faltarían víveres echando mano de la cosecha anual de los Griegos; que él discurría que vencido el Persa en la batalla naval, no pensaría en quedarse en Europa; que lo mejor era dejarle huir cuanto quisiese hasta parar en sus dominios; pero que una vez vuelto a ellos, entonces sí les exhortaba a que allí le hiciesen guerra».


9) Cuando Pirro, rey de los epirotas, capturó cierta ciudad y notó que los habitantes, encerrados adentro, habían cerrado las puertas y luchaban valerosamente por extrema necesidad, les dió una oportunidad para escapar.

10) El mismo Pirro, entre muchos otros preceptos del arte de la guerra, nunca recomendó presionar implacablemente en los talones de un enemigo en fuga, no simplemente para evitar que el enemigo resista muy furiosamente a consecuencia de la necesidad, sino también para inclinarlo a que se retire nuevamente, sabiendo que el vencedor no se esforzaría en destruirlo estando en fuga..

 

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