SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO II

Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.

Habiendo dado clases de ejemplos en el Libro I que, como creo, bastarán para instruir a un general en aquellos asuntos que deben ser atendidos antes del principio de la batalla, presentaré a continuación en orden, ejemplos que tienen que ver con aquellas cosas que son, por lo general, hechas en la batalla misma, y luego aquellas que aparecen subsecuentes al enfrentamiento.
De aquellas que conciernen a la batalla misma, existen las siguientes clases :

I Sobre la elección del momento para la batalla.
II Sobre la elección del lugar para la batalla.
III Sobre la disposición de las tropas para la batalla.
IV Sobre cómo inspirar pánico en las filas enemigas.
V Sobre las emboscadas.
VI Sobre dejar escapar al enemigo, a menos que, acorralados, renueven la batalla desesperadamente. VII. Sobre cómo disimular reveses.
VIII. Sobre cómo restaurar la moral con firmeza.

Sobre las cuestiones que merecen atención después de la batalla, considero que existen las siguientes clases :

IX. Sobre cómo terminar la guerra después de un enfrentamiento victorioso.
X. Sobre cómo recomponer las pérdidas propias después de un revés.
XI. Sobre cómo asegurar la lealtad de aquellos de los que uno desconfía.
XII. Qué hacer para la defensa del campamento, en caso de que un comandante no confíe en sus actuales fuerzas.
XIII. Sobre las retiradas.

Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

 

 

VII. SOBRE CÓMO DISIMULAR REVESES

1)Tulio Hostilio, rey de los romanos, estaba trabado en una ocasión en batalla con los veyentinos, cuando los albanos, abandonando el ejército de los romanos, treparon a las colinas vecinas. Puesto que esta acción desconcertó a nuestras tropas, Tulio gritó en voz alta que los albanos habían hecho eso por sus instrucciones, con el objeto de envolver al enemigo. Esta declaración infundió terror en los corazones de los veyentinos y prestó confianza a los romanos. Por este medio dió un giro al resultado de la batalla.

Nota: Livio, 1:27 : «No fué muy duradera la paz con los albanos, careciendo el dictador de la firmeza necesaria para resistir el odio popular, que le censuraba haber abandonado la suerte pública a tres guerreros; y porque el resultado defraudó sus buenos propósitos, recurrió a la perfidia para recobrar el favor del pueblo, y así como buscó la paz en la guerra, buscó la guerra en la paz. Pero viendo en los suyos más valor que fuerza, apeló a otros pueblos, excitándoles a declarar la guerra a Roma y a hacérsela abiertamente, reservando a los suyos el papel de traidores. Los fidenatos, colonia romana, trajeron a los veyos a la trama, y alentados por las seguridades que les daba Metto, que prometía unírseles, empuñaron las armas y se prepararon a la guerra. Cuando estalló ésta, Tulo llamó a Metto con su ejército, marchó contra los enemigos, cruzó el Anio y acampó en la confluencia de este río con el Tíber. Los veyos habían atravesado el Tíber entre este punto y la ciudad de Fidenas, formando sus gentes el ala derecha, que se extendía por las orillas del río; a la izquierda estaban los fidenatos, más cerca de las montañas. No era Metto más valiente que fiel, por lo que no atreviéndose a guardar el punto que le habían confiado ni a pasarse abiertamente al enemigo, acercóse poco a poco a las montañas. Cuando se consideró bastante alejado de los romanos mandó detenerse a los suyos; y no sabiendo ya qué hacer, desplegó sus columnas, proponiéndose llevar su auxilio allí donde se mostrase la fortuna. Los romanos, que conservan su posición, extrañan aquel movimiento, que les dejaba descubierto un flanco, y muy pronto llega a la carrera un jinete a decir a Tulo que los albanos se retiran. Aterrado Tulo, hace votos de consagrar a Marte doce sacerdotes salios y de construir un templo a la Palidez y al Pavor. En seguida mandó al jinete con voz amenazadora y bastante fuerte para que le oyese el enemigo, que volviera al combate y no temiese, que los albanos ejecutaban aquel movimiento por orden suya para cortar a los fidenatos. En seguida le manda que los jinetes tengan levantadas las lanzas. Esta hábil evolución evitaba que la mayor parte de los peones romanos viesen la retirada de los albanos; y los que la habían observado, engañados por las palabras del rey, que creían verdaderas, combaten con mayor denuedo. Apodérase el terror de los fidenatos, habiendo oído y comprendido de la misma manera la respuesta del rey, porque muchos de ellos, habiendo partido de Roma para fundar la colonia, conocían la lengua latina. Temiendo que bajando bruscamente de la altura los albanos les cortasen el camino de su ciudad, volvieron la espalda, declarándose en fuga. Persígueles Tulo, derrota al cuerpo de los fidenatos y vuelve con mayor brío contra los veyos, aturdidos ya por la derrota de sus aliados. Los veyos, no pudiendo sostener el empuje, se desbandan y huyen, pero el río que corre a su espalda les detiene. Al llegar a la orilla unos arrojaban cobardemente las armas y se lanzaban ciegos al agua; otros, vacilando entre la fuga y el combate, son muertos en medio de sus vacilaciones. En ninguna batalla habían derramado los romanos tanta sangre enemiga».

 


2) Cuando un lugarteniente de Lucio Sila se había pasado al enemigo al principio de un enfrentamiento, acompañado por una considerable fuerza de caballería, Sila anunció que esto había sido hecho por sus propias instrucciones. De tal modo no simplemente salvó a sus hombres del pánico, sino que los alentó por una cierta expectativa de ventaja a resultar de este plan


3) El mismo Sila, cuando al enemigo había rodeado y destrozado a ciertas tropas auxiliares enviadas por él, temiendo que su ejército entero entrara en pánico a causa de este desastre, anunció que él había colocado adrede a los auxiliares en un lugar de peligro, puesto que habían planeado desertar. De esta manera veló un muy palpable revés bajo el disfraz de la disciplina, y animó a sus soldados convenciéndolos de que él había hecho esto.


4) Cuando los enviados del rey Sifax dijeron a Escipión en nombre de su rey que no cruzase a África desde Sicilia en expectativa a una alianza, Escipión, temiendo que los espíritus de sus hombres recibieran un choque, si la esperanza de una alianza extranjera era suprimida, despidió sumariamente a los enviados, e hizo correr el rumor en el extranjero que él fue expresamente enviado por Sifax.

Nota: Año 204 a.de C. Livio, 29:23,24 : «23. Mientras sucedían estas cosas en Roma, los cartagineses, que habían colocado puestos de observación en todos los promontorios. que interrogaban a todos los viajeros, que se aterraban a cada noticia, después de pasar el invierno en alarma, consiguieron una alianza muy importante para la defensa de Africa, atrayendo a su causa al rey Sifax, persuadidos como estaban de que Escipión contaba especialmente con la cooneración de este príncipe Para el éxito de su invasión. Entre Asdrúbal, hijo de Gisgón,y Sifax existían relaciones de hospitalidad. como antes dijimos, cuando Escipión y Asdrúbal, partiendo de España, la casualidad les reunió a la vez en su corte; pero se había tratado además de un enlace de familia, debiendo el rey casarse con la hija del general cartaginés. Queriendo Asdrúbal acelerar la terminación de este asunto y fijar la época del matrimonio, porque su hija era núbil, marchó a ver al rey, y, encontrándolo profundamente apasionado, como lo son los númidas. los más ardientes y exaltados de los pueblos bárbaros, hizo venir a su hija de Cartago y apresuró el matrimonio. En medio de las fiestas y de la alearía, al enlace particular de las dos familias siguió la alianza entre los dos pueblos, uniéndose los cartagineses y Sifax por mutuos compromisos, prometiéndose balo la fe del juramento tener los mismos amigos y los mismos enemigos. Pero Asdrúbal no había olvidado que existía un tratado entre Escipión y el rey. Conociendo la in-constancia y volubilidad de los bárbaros, temió que, si los romanos pasaban al Africa, aquel matrimonio fuese débil lazo para el númida: aprovechó, pues, la embriaguez de aquel nuevo amor de Sifax y le decidió, con auxilio de las caricias de su hija, a que enviase legados a Escipión en Sicilia para disuadirle de pasar al Africa bajo la fe de sus anteriores promesas. Sifax mandó decir al general romano "que acababa de casarse con la hija de Asdrúbal, ciudadano de Cartago a quien Escipión vió en su corte; que se había unido por un tratado de alianza con el pueblo cartaginés; que su deseo más ardiente era ver el teatro de la guerra entre romanos y cartagineses fijo, como lo había estado hasta entonces, fuera del Africa, con objeto de no encontrarse en la necesidad de tomar parte en sus querellas y adoptar un partido en contra del otro; que si P. Escipión no renunciaba a sus proyectos sobre el Africa, si dirigía sus tropas a Cartago, se vería obligado a combatir por la tierra en que había nacido, por la patria de su esposa, por su padre y sus penates."
24. Con estas instrucciones marcharon los legados a ver a Escipión, a quien encontraron en Siracusa. Veía Escipión que perdía un apoyo poderoso para su guerra de Africa y una grande esperanza para el triunfo; sin embargo, apresuróse a despedir a los legados, antes de que se conociese el objeto de su misión, y les entregó cartas para Sifax, exhortándole encarecidamente a "no violar las leyes de la hospitalidad, ni la alianza que había contraído con el pueblo romano; a respetar la justicia, la buena fe, los juramentos y a los dioses testigos y árbitros de los tratados." Pero no podía ocultarse la llegada de los númidas, que habían recorrido la ciudad y se habían presentado en el pretorio: si se guardaba silencio acerca del objeto de su misión, podía temerse que la verdad se divulgase por sí misma con tanta más rapidez como cuidado se ponía en reservarla, y que el ejército se desalentase ante la idea de combatir al mismo tiempo a Sifax y a los cartagineses. Escipión separó de lo cierto a los soldados, diciéndoles una falsedad. Reunidas las legiones, les dijo que: "ya no era tiempo de vacilar; los reyes, aliados suyos, le instaban para que pasase cuanto antes al Africa. Masinisa se había presentado a Lelio quejándose de que perdía el tiempo en vanas dilaciones. Sifax le enviaba legados para mostrarle también su asombro, para conocer el motivo de tan largo retraso y exhortarle a que dispusiera al fin el paso de su ejército al Africa, o que le dijera si había cambiado de propósito, para que pudiese él proveer a su seguridad y la de sus Estados. Así, pues, encontrándose terminados todos los preparativos, tomadas todas las disposiciones y siendo muy importante no diferir la empresa, había decidido reunir la flota en Lilibea, llevar allí todas las fuerzas de infantería y caballería y, con el auxilio de los dioses, con el primer viento favorable hacer vela hacia el Africa." En seguida escribió a M. Pomponio para que marchase a Lilibea, si lo creía conveniente, para ponerse de acuerdo acerca de la elección de las legiones y del número de tropas que había de llevar consigo. Al mismo tiempo envió a toda la costa orden de embargar las naves de transporte y llevarlas a Lilibea. Cuanto encerraba la Sicilia en naves y tropas se reunió en aquel punto: en la ciudad no cabía tan considerable número de hombres, y el puerto era estrecho para tantas naves. Todos ardían en deseos de pasar al Africa, y hubiérase dicho que iban, no a hacer la guerra, sino a recoger el premio de segura victoria. Los restos del ejército de Cannas especialmente, estaban convencidos de que con Escipión y no con ningún otro jefe podrían, combatiendo valerosamente por la República, merecer que se les libertase de su ignominioso servicio. Escipión, por su parte, estaba muy lejos de desdeñar aquellas tropas: sabía perfectamente que no debía imputarse a su cobardía el desastre de Cannas, y que en el ejército romano no había soldados tan veteranos, tan hábiles en todo género de combates, y especialmente en los sitios. Aquellas legiones eran la quinta y la sexta. Díjoles que iba a llevarlas al Africa, las revistó, dejó los hombres que no le parecieron aptos para aquella campaña, y los reemplazó con soldados que había llevado de Italia, completándolas de manera que cada una constase de seis mil doscientos infantes y trescientos jinetes. En seguida tomó lo más escogido de la infantería y la caballería de los aliados latinos que formaban parte del ejército de Cannas».


5) En una oportunidad en que Quinto Sertorio estaba trabado en batalla, hundió una daga en el bárbaro que le había relatado que Hirtuleyo había caído, por temor a que el mensajero llevara estas noticias al conocimiento de otros y de esta manera el espíritu de sus propias tropas se quebrara.

Nota: Año 75 a.de C.


6) Cuando Alcibíades, el ateniense, fue fuertemente presionado en la batalla por los abidenos y de repente vió a un mensajero que se acercaba a gran velocidad y con el semblante abatido, impidió al mensajero decir abiertamente que noticias traía. Habiendose entrerado en privado que su flota estaba sitiada por Farnabazo, el comandante del rey, ocultó el hecho tanto al enemigo como a sus propios soldados, y terminó la batalla. Entonces, marchando inmediatamente para rescatar su flota, llevó ayuda a sus amigos.

Notas.. Año 409 a.de C.


7) Cuando Aníbal entró en Italia, tres mil carpetanos lo abandonaron. Temiendo que el resto de sus tropas pudiera ser afectado por su ejemplo, proclamó que ellos habían sido despedidos por él, y como prueba adicional de esto, envió a casa a algunos otros cuyos servicios eran de muy poca importancia.

Nota: Año 218 a.de C. Livio, 21:23 : «Regocijado con esta visión, pasa el Ebro por tres puntos, cuidando de enviar delante gentes encargadas de ganar por medio de presentes a los galos, cuyo territorio tenía que atravesar, y de reconocer en seguida los pasos de los Alpes. Noventa mil infantes y mil docientos caballos pasaron el Ebro bajo sus órdenes. En seguida sometió los ilergetas, los bargusios, los ausetanos y la Lacetania, situada al pie de los Pirineos, entregando todo este país a la custodia de Hannón con objeto de hacerse dueño de las gargantas que unen las Españas con las Galias. Hannón recibió mil infantes y mil caballos para conservar esta conquista. Cuando entraron en los desfiladeros do los Pirineos y entre los bárbaros tomó más consistencia el rumor de una guerra con los romanos, retrocedieron tres mil infantes carpetanos, menos asustados de la guerra que de la extensión del camino y de la infranqueable barrera de los Alpes. No atreviéndose Aníbal a llamarles ni a retenerles por la fuerza, por miedo de irritar aquellos caracteres agrestes, envió a sus hogares más de siete mil hombres, en los que había observado repugnancia a aquella guerra, fingiendo de esta manera haber despedido a los carpetanos».


8) Cuando Lucio Lúculo notó que la caballería macedonia, a la que él tenía como auxiliares, desertaba entera repentinamente al enemigo, ordenó que las trompetas sonaran y que fueran enviados escuadrones a perseguir a los desertores. El enemigo, pensando que comenzaba un enfrentamiento, recibió a los desertores con jabalinas, con lo cual los macedonios, viendo que no eran bienvenidos por el enemigo y atacados por aquellos que abandonaban, se vieron obligados a recurrir a una batalla genuina y asaltaron al enemigo.

Nota: Año 74-66 a.de C..



9) Datames, comandante de los persas contra Autofradates en Capadocia, enterándose que parte de su caballería desertaba, ordenó que el resto de sus tropas siguiera con él. Llegándose hasta los desertores, los elogió por tratar de superarlo en su impaciencia, y también los impulsó a atacar al enemigo valientemente. Prisioneros entre la vergüenza y la penitencia, los desertores cambiaron su objetivo, imaginando que no habían sido descubiertos .

Nota: Año 362 a.de C. Diodoro Sículo, 15:91 : «Los pueblos que se habían sublevado contra el Rey eligieron como su general a Orontes a cargo de todas las ramas de la administración. Este, habiendo asumido el mando y los fondos necesarios para reclutar mercenarios, reuniendo la paga de un año para doce mil soldados, procedió a traicionar su confianza. Pues sospechando que obtendría del Rey no sólo grandes premios sino también la satrapía de toda la región costera si entregaba a los rebeldes en manos de los Persas, primero arrestó a aquellos que traían el dinero y los envió a Artajerjes; luego entregó muchas de las ciudades y a muchos de los soldados que habían sido reclutados a los oficiales en jefe que habían sido enviados por el Rey. [2] De similar manera, se produjo también la traición en Capadocia, donde una cosa extraña e inesperada tuvo lugar. Artabazo, el general del Rey, había invadido Capadocia con un gran ejército, y Datames, el sátrapa del país, había hecho campaña contra él, porque había reclutado muchos caballos y tenía veinte mil mercenarios sirviendo con él. [3] Pero el suegro de Datames, quien mandaba la caballería, deseando ganar favor y al mismo tiempo teniendo un ojo puesto en su propia salvación, desertó de noche y se pasó con la caballería al enemigo, habiendo un día antes tenido tratos con Artabazo sobre la traición. [4] Datames entonces convocó a sus mercenarios, les prometió grandes premios y lanzó un ataque contra los desertores. Encontrándolos en el punto de reunión de los desertores con el enemigo y a él mismo atacando al mismo tiempo a la guardia de Artabazo y a los jinetes desertores, mató a todos los que trabaron combate cuerpo a cuerpo. [5] Artabazo, al principio inconsciente de la verdad y sospechando que el hombre que había desertado de Datames estaba haciendo una contratraición, ordenó a sus hombres matar a todos los équites que se habían aproximado. Y Mitrobarzanes, cogido entre los dos grupos, uno buscando venganza contra él como traidor, el otro tratando de castigarlo por la contratraición estaba en un problema, pero como la situación no permitía tiempo para deliberar, recurrió a la fuerza, y peleando contra ambos bandos les causó graves pérdidas. Cuando, finalmente, más de diez mil habían caído, Datames, habiendo puesto al resto de los hombres de Mitrobarzanes en huida y matado a muchos de ellos, llamó con las trompetas a sus soldados que se habían ido en su persecución. [6] Entre los supervivientes en la caballería algunos volvieron junto a Datames y le rogaron perdón, el resto nada hizo, no teniendo un lugar al que volver, y finalmente, siendo unos quinientos, fueron rodeados y abatidos por Datames. [7] En cuanto a Datames, aunque incluso antes de esto era admirado por su liderazgo, en este momento ganó una aclamación mucho mayor por su valor y su sagacidad en el arte de la guerra, pero el Rey Artajerjes, cuando supo de la hazaña de Datames como general, porque se impacientaba por librarse de él, instigó su asesinato».


10) El cónsul Tito Quincio Capitolino, habiendo los romanos cedido terreno en una batalla, afirmó falsamente que el enemigo había sido derrotado en el otro flanco. Así, dando coraje a sus hombres, obtuvo una victoria.

Nota: Año 468 a.de C. Livio, 2:64 : «A fines de este ano se obtuvo un poco de paz, pero turbada, como de ordinario, por la lucha de los patricios y del pueblo. Irritado éste, no quiso tomar parte en los comicios consulares; nombrando cónsules los patricios y sus clientes a T. Quincio y Q. Servilio. El año de su magistratura se pareció al anterior, comenzando con sediciones que calmaron después ante la guerra extranjera. Los sabinos atravesaron precipitadamente el territorio de Crustumerio, llevando la matanza y los incendios a las orillas del Anio y casi habían llegado a la puerta Colina, bajo los muros de Roma, cuando les rechazaron. Retiréronse, sin embargo, con inmenso botín, tanto en hombres como en ganados. El cónsul Servilio les persiguió al frente de un ejército que no respiraba más que venganza, y, no pudiendo alcanzarles en campo raso, llevó tan lejos las devastaciones, que por todas partes no dejó más que ruinas, y regresó a Roma cargado de despojos de todo género. Brillantes triunfos se consiguieron contra los volscos, debidos tanto al general como a los soldados. Libróse primeramente un combate en campo raso, y por ambas partes resultaron muchos muertos y muchos más heridos: los romanos, cuyo reducido número hacía las pérdidas más sensibles, estaban a punto de retroceder, cuando el cónsul, con ingeniosa mentira, les reanimó gritando que los volscos huían en en la otra ala. Precipítanse sobre el enemigo, y, creyéndose vencedores, llegan a serlo en efecto. Temiendo el cónsul que una tenaz persecución reprodujese el combate, hizo dar la señal de retirada. Muchos días pasaron durante los cuales los dos ejércitos descansaron, como en virtud de tregua tácita; entre tanto llegaron fuertes refuerzos al campamento enemigo de todos los pueblos de los equos y de los volscos. Teniendo por cierto que si los romanos llegaban a enterarse, se retirarían a favor de la oscuridad, el enemigo avanzó para atacar su campamento cerca de la tercera vigilia. Después de calmar Quincio el tumulto ocasionado por aquella repentina alarma, mandó a los soldados que permaneciesen tranquilos en las tiendas, y colocó en observación la cohorte de los hérnicos; al mismo tiempo bocinas, con cabalgar orden a los que tocaban los cuernos y las mantener al enemigo tocar delante del campamento y en alarma hasta el amanecer. De tal manera tranquila fué el resto de la noche en el campamento, que los romanos hasta su parte, a la pudieron de aquellos peones que suponían más numerosos y que creyeron romanos, ante la inquietud y relinchos de aquellos caballos que extrañaban el peso de jinete desconocido y el ruido que resonaba en sus orejas, permanecieron alerta cual si esperasen un ataque».


11) Cuando Manlio luchaba contra los etruscos, su colega Marco Fabio, comandante del flanco izquierdo, fue herido, y por lo tanto aquella sección del ejército cedió el paso, imaginando que el cónsul había sido muerto. Entonces Manlio encaró la línea rota con escuadrones de caballería, gritando que su colega estaba vivo y que él él mismo había resultado victorioso en el flanco derecho. Por este espíritu intrépido, restauró el coraje de sus hombres y obtuvo la victoria.

Nota: Año 480 a.de C. Livio, 2:46-47 : 46. Esperaban casi con certeza que los romanos no combatirían con ellos más que con los equos, y hasta creían poder contar con alguna resolución más ruidosa todavía en el estado de exaltación en que se encontraban los ánimos en aquella ocasión mucho más ventajosa. El resultado fué muy distinto. En ninguna guerra empeñaron los romanos con más encarnizamiento la batalla; tan exasperados les tenían los insultos del enemigo y las dilaciones de los cónsules. Apenas tuvieron los etruscos tiempo para desplegarse; en cuanto en el primer choque lanzaron los dardos, más al azar que con acierto, vinieron a las manos, acometiendo con las espadas, género de combate en el que Marte es más terrible. En la primera fila daban los Fabios hermoso espectáculo, elocuente ejemplo a sus conciudadanos. Uno de ellos, Fabio (cónsul tres años antes) avanzaba el primero contra las apretadas filas de los veyos, cuando un soldado etrusco, orgulloso con su fuerza y su destreza, le sorprende en medio de un grupo de enemigos y le atraviesa el pecho con su espada; Fabio se arranca. el acero de la herida y cae. La caída de un solo hombre se hace sentir en los dos ejércitos; los romanos comenzaban ya a ceder, cuando el cónsul M. Fabio se lanza más adelante del caído, y presentando su escudo al enemigo exclama: "Soldados, ¿habéis jurado volver fugitivos al campamento? ¿Teméis más a cobardes enemigos que a Júpiter y Marte, por quienes habéis jurado? En cuanto a mí, que nada he ,jurado, volveré vencedor o caeré a tu lado, Q. Fabio". Entonces K. Fabio, cónsul el año anterior, dirigiéndose a Marco: "¿Crees, hermano mío, que conseguirás con palabras que combatan? Solamente lo conseguirán los dioses, testigos de su juramento. En cuanto a nosotros, corno compete a los próceres, como es digno del nombre de los Fabios, procuremos con nuestro ejemplo, más bien que con exhortaciones, inflamar los ánimos de los soldados". En seguida corren a la primera fila los dos Fabios, empuñando las lanzas, arrastrando en pos a todo el ejército.
47. Restablecido por este lado el combate, en el otro extremo luchaba con igual vigor el cónsul Cn. Manlio, mostrándose la fortuna casi lo mismo. Mientras Manlio, mismo que Q. Fabio en la otra ala, estrechaba al enemigo, casi derrotado ya, los soldados le habían seguido con ardor; pero cuando una herida grave le obligó a retirarse del campo, persuadidos de que había muerto, comenzaron a ceder, y hasta habrían emprendido la fuga si el otro cónsul no hubiese acudido a toda brida con algunas turmas de caballería, y gritando en su presencia la derrota. Manlio se presentó también para restablecer el combate. La presencia de los dos cónsules, a quienes conocían bien, inflamó el valor de los soldados; por otra parte, la línea del enemigo había perdido ya parte de su fuerza; porque confiando en la superioridad del número, había separado su reserva, enviándola a sitiar el campamento. Ésta lo tomó al asalto sin mucha resistencia; pero mientras olvida el combate para no ocuparse más que del botín, los triarios romanos, que no habían podido resistir el primer choque, hacen avisar a los cónsules lo que ocurre; y en seguida, replegándose en derredor del Pretorio, vuelven ellos mismos al ataque. Entre tanto regresa al campamento el cónsul Manlio, coloca soldados en todas las puertas y cierra toda salida al enemigo. La desesperación inflama a los toscanos, inspirándoles más rabia que audacia; y después de intentar inútilmente muchas veces escapar por los puntos por donde esperaban encontrar salida, un grupo de guerreros jóvenes se arroja sobre el mismo cónsul, a quien reconocen por la armadura. Los primeros dardos los pararon los que le rodeaban; pero muy pronto no pudieron resistir tan vigoroso empuje; el cónsul, herido mortalmente, cayó y todo se desvaneció. Entonces redobló la audacia de los toscanos; los romanos corren aterrados de un extremo a otro del campamento, y el mal iba a quedar sin remedio, si los legados, después de retirar el cadáver del cónsul, no hubiesen abierto una puerta para dar paso al enemigo, que se precipitó por aquella salida; pero esta gente en desorden encontró en su fuga al otro cónsul victorioso, que la destroza y pone en dispersión. Gloriosa era la victoria, pero entristecida por dos grandes pérdidas. Por esta razón contestó el cónsul, cuando el Senado le concedió el triunfo: "Que si el ejército podía triunfar sin el general, accedía de buen grado, en atención a su brillante comportamiento en aquella guerra; pero que en cuanto a él, cuando su familia estaba contristada por la muerte de Q. Fabio, cuando la república estaba huérfana de uno de sus cónsules, no aceptaría un laurel marchitado por el duelo público y por el de su familia". Este triunfo rehusado fué más glorioso para él que todo el aparato de la pompa triunfal; tan cierto es ue la gloria oportunamente rehusada, viene a ser más brillante y más hermosa. Fabio celebró en seguida los funerales de su colega y de su hermano. Encargado de pronunciar el elogio fúnebre de uno y otro, les concedió las alabanzas que habían merecido, cuya mayor parte recaía sobre él. Prosiguiendo constantemente el proyecto que había formado a su entrada en el consulado de reconquistar el cariño del pueblo, repartió la asistencia de los soldados heridos entre las familias patricias, dando el mayor número a los Fabios, y en ninguna parte se les cuidó mejor. Desde entonces fueron populares los Fabios, debiendo la popularidad a medios saludables para la república».


12) Cuando Mario luchaba contra los cimbrios y los teutones, sus ingenieros en una ocasión eligieron un sitio para el campamento sin dar importancia a que los bárbaros controlaban el abastecimiento de agua. En respuesta a la demanda de los soldados por agua, Mario señaló con su dedo hacia el enemigo y dijo: "Ahí es donde ustedes deben conseguirla." Inspirados así, los romanos expulsaron inmediatamente a los bárbaros del lugar.

Nota: Año 102 a.de C. Floro, 3:3 : «Los Cimbrios, los Teutones y Ios Tigurinos, ahuyentados de los últimos confines de la Germania a causa de que el Océano inundó sus territorios, buscaban por do quiera nuevas comarcas donde asentarse. Rechazados de Galia y España; penetraron en Italia; despacharon emisarios al campamento de Silano y desde aquí al Senado, pidiendo que, á título de sueldo, el pueblo de Marte les concediera algunas tierra, á trueque de las cuales aquél podría hacer uso, cuando á bien lo tuviera, de sus servicios militares. Mas ,qué podría ceder el pueblo romano, próximo á entablar una lucha intestina con motivo de la ley agraria?. Denegada la petición, resuelven, una vez que no han sido atendidos, apelar a las armas.
A Silano no le fue posible contener el primer ímpetu de estos bárbaros, ni a Manilo ni Escipión resistir su segundo y tercer empuje. Todos fueron dispersados y arrojados de sus campamentos. Roma hubiera sucumbido, á no aparecer Mario en aquel siglo. No atreviéndose á empeñar en seguida combate alguno, tuvo al soldado encerrado en el campamento hasta que languidecieran el furor é ímpetu irresistibles que, á manera de valor, poseían los bárbaros. Pasaron éstos á la vista de los Romanos provocándoles, y les preguntaban (tal era la confianza que tenían de apoderarse de Roma) «si mandaban algo para sus mujeres.» Prontos á ejecutar sus amenazas, avanzan, divididos en tres cuerpos de. ejército, por los Alpes, barrera de la Italia. Mario, marchando con pasmosa rapidez por Ios atajos, salió al encuentro del enemigo. En las mismas faldas de los Alpes alcanzó á los Teutones y en el lugar denominado Aquæ Sextiæ, ¡Oh Dioses, y qué batalla les presentó! Ocupaban aquéllos el valle y río que le atraviesa: nuestros soldados carecían de agua. Mario, ya lo hiciera de intento, ora sacase partido de su misma imprecaución, lo cierto fué que agijoneado el valor por la necesidad fué causa de una completa victoria. Como el ejército pidiera agua, el Cónsul les contestó: «¿No sois hombres? pues delante de vosotros la tenéis.» Fué tanto el ardor con que se peleó y tal la carnicería producida en el enemigo, que el Romano victorioso bebió en el ensangrentado río menos agua que sangre derramada por los bárbaros. El mismo rey Teutoboco, acostumbrado á montar sucesivamente sobre cuatro ó seis caballos, apenas si encontró uno sobre el que huir. Apresado en un bosque inmediato, fué el más curioso espectáculo en el día del triunfo: este hombre de talla gigantesca sobresalía por cima de sus mismos trofeos».

 


13) Tito Labieno, después de la Batalla de Farsalia, cuando su porción fue derrotada y él mismo huyó a Dirraquio, combinó la falsedad con la verdad, y sin ocultar el resultado de la batalla, fingió que las fortunas de ambos lados habían sido igualadas a consecuencia de una severa herida recibida por César. Por este fingimiento, creó confianza en los otros seguidores del partido de Pompeyo.

Nota: Año 48 a.de C.

 

14) Marco Catón, habiendo desembarcado inadvertidamente con una simple galera en Ambracia en un momento en que la flota aliada estaba bloqueada por los etolios, aunque no tenía tropa alguna con él, comenzó sin embargo a hacer señales por voz y gestuales, a fin de dar la impresión que convocaba a los barcos próximos de sus propias fuerzas. Por la seriedad con que hizo esto, alarmó al enemigo, justo como si las tropas, a las que él pretendía convocar a la mano, se acercaran visiblemente. Los etolios, en consecuencia, temiendo que serían aplastados por la llegada de la flota romana, abandonaron el bloqueo.

Nota: Año 191 a.de C.

 

VIII. SOBRE CÓMO RESTAURAR LA MORAL CON FIRMEZA

 

1) En la batalla en la cual el rey Tarquinio enfrentó a los sabinos, Servio Tulio, entonces un joven, notando que los portaestandartes luchaban sin entusiasmo, capturó un estandarte y lo lanzó en las filas del enemigo. Para recuperarlo, los romanos lucharon tan furiosamente que no sólo recobraron el estandarte, sino que también obtuvieron la victoria.

Nota: Floro, 1:11 : «Aguijoneados los Latinos por la emulación y la envidia, favorecían á los Tarquinos con el propósito de que el pueblo romano, ya que dominaba en el exterior, fuera, por lo menos, siervo dentro de sus muros. Todo el Lacio, capitaneado por Mumilio Tusculano, se alzó para vengar al Rey.
Peleóse por largo tiempo y con desigual fortuna cerca del lago Regilo, hasta que el mismo dictador Postumio, apelando á un nuevo ardid, arrojó en medio del campo enemigo una de las insignias romanas para obligar á sus tropas á rescatarla, y Coso, jefe de la caballería, dió orden de soltar el freno á los caballos (cosa nueva también), para caer con más rapidez sobre el enemigo. Llegó á tal punto la fiereza del combate, que, según es fama, intervinieron en él los Dioses: á nadie se le ocurrió dudar de que dos que montaban en blancos caballos eran Castor y Pólux. El general pidió que acudieran en su socorro, prometiendo, una vez conseguido el triunfo, erigir dos templos, lo cual cumplió, pagando de este modo tan sagrada deuda á sus divinos compañeros de armas. Pelearon hasta aquí los Romanos por la libertad, después con constancia y sin tregua con los mismos Latinos, con el fin de ensanchar los límites del territorio».


2) El cónsul Furio Agripa, cuando en una ocasión su flanco cedió el paso, arrebató un estandarte militar de un portaestandarte y lo lanzó en las hostiles filas de los hérnicos y los equos. Por este acto se obtuvo la victoria, por la gran impaciencia de los romanos presionando por recobrar el estandarte.

Nota: Año 446 a.de C. Livio, 3:52 : «En la batalla mandaba Quincio el ala derecha, Agripa la izquierda, Sp. Postumio Albo recibió, en calidad de legado, el mando del centro; y Ser. Sulpicio, con el mismo titulo, el de la caballería. La infantería del ala derecha luchó con ardor, resistiendo bien los volscos. Ser. Sulpicio penetró con la caballería por el centro enemigo, y aunque hubiese podido reunirse con los suyos por el mismo camino antes de que se rehiciesen las desordenadas filas, prefirió atacarles por la espalda. Un momento le bastó, por medio de un ataque a le retaguardia, para disipar a un enemigo alarmado por aquel doble ataque; pero la caballería de los volscos y de los equos le detuvo algún tiempo, oponiéndole la misma maniobra. Entonces gritó Ser. Sulpicio: "No puede vacilarse. Los romanos serán cortados y envueltos si no se esfuerzan en vencer en aquel combate de caballería. No basta ahuyentar los jinetes, si conservan sus medios de ataque; es necesario exterminar al caballo y al caballero para que ninguno vuelva a la carga y pueda empezar de nuevo el combate. No se resistirá a hombres ante quienes han cedido las apretadas filas de la infantería". No fueron sordos los soldados a estas palabras. En un solo ataque ponen en derrota a toda la caballería, desmontan a la mayor parte y clavan con sus lanzas hombres y caballos. Desde aquel momento no tuvieron ya que sostener combate de caballería y atacan en seguida las filas de la infantería, enterando de su triunfo a los cónsules, cuando las líneas enemigas comienzan a ceder. Esta noticia redobla el ardor de los romanos victoriosos y abate el de los equos, que retroceden. La victoria comienza por el centro, cuyas filas había roto el paso de la caballería. Quincio derrotó en seguida el ala izquierda, costando más trabajo la de la derecha. Allí Agripa, animado por la juventud y la fuerza, viendo que en los otros puntos la victoria era más rápida que en el suyo, arranca las enseñas de manos de los signíferos, se adelanta y hasta arroja algunas entre las filas más apretadas del enemigo. Temen los soldados la vergüenza de perderlas y se precipitan para reconquistarlas. La victoria es al fin igual en todas partes. Un mensajero llega entonces a anunciarle de parte de Quincio que es vencedor y amenaza al campamento enemigo, pero que no quiere atacar hasta saber si ha terminado el combate en el ala izquierda. Si el enemigo está derrotado, que su colega acuda a reunirse con él para que todo el ejército tenga parte igual en el botín. Los dos cónsules victoriosos se saludan con reciprocas felicitaciones delante del campamento enemigo».


3) El cónsul Tito Quincio Capitolino lanzó un estandarte en el medio de las filas hostiles de los faliscos y mandó que sus tropas lo recobraran.

Nota: No existe otro registro más que éste de Tito Quincio Capitolino guerreando con los faliscos. Livio, 4:29 atribuye esta estratagema a Tito Quincio Cincinato en la guerra contra los volscos en el 431 a.de C. : «El impetuoso ataque de Mesio le llevó con sus valerosas tropas por entre montones de cadáveres hasta el campamento de los volscos, que aún no había sido tomado. Todo el ejército le siguió. El cónsul, que había perseguido a los fugitivos hasta el pie de los parapetos, comenzó en seguida el ataque; el dictador hace avanzar sus tropas sobre otro punto, y el asalto no es menos enérgico que la batalla. Dícese que el cónsul, para excitar a los soldados, arrojó una enseña entre los parapetos, y que sus esfuerzos por recuperarla comenzaron la derrota. El dictador, por su parte, después de derribar las empalizadas, había trabado el combate dentro del mismo campamento. Entonces arrojan los enemigos las armas y se entregan, siendo todos cogidos con el campamento y vendidos, exceptuando los senadores. Una parte del botín, que los latinos y los hérnicos reconocieron como suya, se les entregó; el dictador vendió el resto en subasta, y después de dejar el mando al cónsul entró en triunfo en Roma, donde abdicó».


4) Marco Furio Camilo, tribuno militar con poder consular, en una ocasión cuando sus tropas vacilaban, tomó a un signífero de la mano y lo arrastró a las hostiles filas de los volscos y latinos, ante lo cual el resto se sintió tan avergonzado como para seguirlo.

Nota: Año 386 a.de C. Livio, 6:7-8 : «Proclamada la vacación de negocios (justitium) y terminada la leva, marchan hacia Sutrium Furio y Valerio. Además del ejército de los volscos, formado de juventud escogida, los anziatos habían llamado a considerable número de latinos y de hérnicos, pueblos que se habían conservado íntegros durante larga paz. Así, pues, la unión de estos nuevos enemigos a los antiguos, quebrantó el valor del soldado romano. Mientras se ocupaba Camilo en disponer su orden de batalla, los centuriones le anunciaron "que conturbados los soldados, tomaban a disgusto las armas; que vacilaban y rehusaban salir del campamento; que hasta se habían oído algunas voces diciendo que iban a combatir uno contra ciento. Si aquella multitud estuviese desarmada, apenas se podría hacerle frente; armada, ¿cómo resistirla?" Camilo montó a caballo, llegó delante de las enseñas al frente de las legiones, y comenzó a recorrer las filas: "¿Qué significa esa tristeza, soldados? ¿Por qué esa extraña vacilación? ¿No conocéis al enemigo, ni a mí, ni os conocéis vosotros mismos? ¿Qué otra cosa es el enemigo para vosotros que objeto perpetuo de valor y gloria? Vosotros, por el contrario, mandados por mí (sin mencionar la toma de Faleria y de Veyas, y en nuestra patria reconquistada, la matanza de las legiones de los galos), ¿no conseguisteis en otro tiempo por triple victoria tres veces el triunfo sobre esos mismos volscos, sobre esos equos, sobre toda la Etruria? ¿Acaso porque os he dado la señal, no como dictador, sino como tribuno, no me reconocéis ya como vuestro jefe? No deploro carecer de mayor autoridad sobre vosotros, y vosotros no debéis contemplar en mí más que a mí mismo, porque la dictadura nunca aumentó mi valor, como no lo disminuyó el destierro. Somos lo que éramos, y puesto que traemos a esta guerra lo que hemos llevado a las otras, debemos esperar igual éxito. Una vez en el combate, cada cual hará lo que ha aprendido, lo que está acostumbrado a hacer. Vosotros venceréis y ellos huirán."
Dada en seguida la señal, baja del caballo, empuña la enseña más inmediata y la lleva hacia el enemigo: "¡Soldado, grita, avanza con tu enseña!" Cuando vieron a Camilo, debilitado ya por la vejez, avanzar hacia el enemigo, todos se precipitan detrás, lanzando el grito de guerra y diciéndose unos a otros: "¡Sigamos al general!" Dícese que Camilo mandó arrojar la enseña en las filas enemigas, y que los soldados de la vanguardia se lanzaron para recobrarla. Los anziatos fueron desde luego rechazados, y el terror se extendió desde las primeras filas hasta el centro de la reserva. Aterraba a los volscos, no tanto la impetuosidad y el ardor del soldado, como la presencia y la vista de Camilo. Así era que por donde quiera que se presentaba, llevaba infaliblemente con él la victoria. Prueba brillante se vió de esto cuando en el momento en que iba a ceder el ala derecha, lanzándose sobre un caballo, sin dejar su escudo de peón, acudió y restableció el combate, mostrando por todas partes el ejército victorioso. Ya no era dudoso el éxito, pero su mismo número estorbaba al enemigo para huir, y se necesitaba mucha carnicería para exterminar aquella multitud; el soldado estaba extenuado de fatiga, y de pronto violenta tempestad y torrentes de lluvia vinieron a interrumpir la victoria más que el combate. Entonces se dió la señal de retirada, y la noche que sobrevino terminó la guerra sin trabajo para los romanos. En efecto, los latinos y los hérnicos, abandonando a los volscos, regresaron a su territorio con el resultado que merecía su nerfidia. Viéndose abandonados los volscos por aquellos mismos sobre cuya fe se habían levantado, abandonaron el campamento y se en-cerraron en Sutrium. Camilo quiso al pronto rodearlos con una trinchera, elevar calzadas y sitiarlos en regla; pero viendo que ninguna salida de la plaza estorbaba los trabajos, y que los volscos tenían muy poco valor rara que retrasasen la victoria que esperaba, arengó a las tropas, diciendo "que no se extenuasen como en el sitio de Veyas en trabajos sin término; que tenían la victoria en las manos." Y el soldado, lleno de ardor, atacó la ciudad, la escaló y la tomó. Los volscos arrojaron las armas y se rindieron».


5) Salvio, el peligno, hizo lo mismo en la guerra contra Perseo.

Nota: Año 168 a.de C. Plutarco, Emilio, 20 : «Grande era la contienda contra éstos; y en ella Marco, el hijo de Catón, yerno de Emilio, que había dado pruebas del mayor valor, perdió la espada. Como era propio de un joven instruido en muchas ciencias, y que a su gran padre era deudor de hechos correspondientes a una gran virtud, teniendo por la mayor afrenta que vivo él quedara una prenda suya en poder de los enemigos, corre la línea y donde ve algún amigo o deudo le refiere lo que le ha sucedido y le pide auxilio. Reúnensele muchos de los más esforzados,
y rompiendo con ímpetu por entre los demás, bajo la guía del mismo Marco, se arrojan sobre los contrarios. Retirándolos con muchas heridas, y dejando el sitio desierto y despejado, se dedican a buscar la espada. Aunque con gran dificultad, halláronla por fin escondida bajo montones de armas y de cadáveres, con lo que alegres y triunfantes cargan con mayor denuedo sobre aquellos enemigos que aún resistían. Finalmente, los tres mil escogidos, manteniendo su puesto y peleando siempre, todos fueron deshechos; hízose en los demás que huían terrible carnicería, tanto, que el valle y la falda de los montes quedaron llenos de cadáveres, y los Romanos, al pasar al día siguiente de la batalla el río Leuco, vieron sus aguas teñidas todavía en sangre. Dícese que murieron más de veinticinco mil; de los Romanos perecieron, según dice Posidonio, ciento, y según Nasica, ochenta».


6) Marco Furio, encontrando a su ejército en retirada, declaró que él no recibiría en el campamento a nadie que no fuera victorioso. Con eso él los condujo de vuelta a luchar y obtuvo la victoria.

Nota: Año 381 a.de C. Marco Furio Camilo. Livio, 6:24 : «Apenas había resonado el primer choque de las armas, el enemigo retrocede, no por temor, sino por astucia. A su espalda, entre su línea, el campamento tenía una colina de suave pendiente, y gracias al número de sus tropas, había podido dejar en el campamento algunas valientes cohortes, armadas y dispuestas, que una vez trabada la lucha, al acercarse el enemigo al campamento debían caer sobre él. Persiguiendo el romano en desorden al enemigo, que retrocede, se deja arrastrar a una posición desventajosa, y favorece de esta manera la salida de la reserva. Entonces surge el miedo entre los vencedores; la presencia del segundo enemigo y la pendiente del terreno hacen ceder al ejército romano. Estréchanle las tropas de refresco de los volscos, y las que fingían huir comienzan de nuevo el combate. Ya no se retiraba el soldado romano, sino que olvidando su ardor reciente y su antigua gloria, había vuelto la espalda, huía a la carrera y volvía derrotado al campamento. Entonces Camilo, colocado sobre un caballo por los que le rodeaban, se lanza hacia ellos y les opone su cuerpo de reserva: "¿Ése es el combate que pedíais, soldados? dice: ¿a qué dios o a qué hombre podéis acusar? ¡Culpa vuestra es! ¡Imprudentes antes y ahora cobardes! Después de haber seguido a otro jefe, seguid ahora a Camilo; y, como siempre, bajo mi dirección sabed vencer. ¿Por qué miráis las empalizadas del campamento? Ni uno de vosotros entrará si no es vencedor." La vergüenza les detuvo primero en la fuga; después, viendo avanzar las enseñas, volver el ejército contra el enemigo, y su jefe, tan famoso por tantas victorias y tan venerable por su edad, lanzarse a las primeras filas, donde eran más recios el trabajo y el peligro, dirígense mutuas reconvenciones, y se animan unos a otros con elegres gritos que recorren todas las líneas. Tampoco falta a su deber el tribuno: enviándole a la caballería su colega, que rehacía los peones, no la reconviene (habiendo participado de su fuga, no tenía autoridad para censurarla) ; pero cambiando el tono de mando por el de súplica, ruega a cada jinete y a todos juntos "que le salven del oprobio de aquel día, cuyas responsabilidades caerán sobre él. A pesar de la negativa, de la prohibición de mi colega, he preferido asociarme a la temeridad de todos antes que a la prudencia de uno solo. Sea el que quiera el resultado, para Camilo sera glorioso; yo, si el combate no se restablece (lo que sería terrible desgracia), además de mi participación en el infortunio general, sufriré toda la vergüenza." Parecióles conveniente, en medio de aquellas lineas movibles, dejar los caballos y atacar a pie al enemigo, y tan notables por su valor como por su armadura, acuden adonde ven en mayor apuro a los peones. Ni el ánimo de los jefes ni el de los soldados desmaya un momento en aquella lucha decisiva, y el éxito corresponde a tan valeroso esfuerzo; en completa derrota recorren los volscos el mismo camino que recorrieron en fingida fuga, pereciendo gran número en el combate y en la huida, y muchos también en el campamento, que fué tomado en el mismo ataque, habiendo, sin embargo, más prisioneros que muertos».


7) Escipión, en Numancia, viendo a sus fuerzas retroceder, proclamó que él trataría como enemigo a cualquiera que volviera al campamento.

Nota: Año 133 a.de C.


8) El dictador Servilio Prisco, habiendo dado a la orden de llevar los estandartes de las legiones contra los hostiles faliscos, ordenó que el signífero fuera ejecutado por vacilar en obedecer. El resto, intimidado por este ejemplo, avanzó contra el enemigo.

Nota: Año 418 a.de C. Según Livio, 4:46-47, la batalla era con los equos, no con los faliscos : «46. Creyóse conveniente no hacer una leva sobre todo el pueblo, y se sortearon diez tribus, de las que se alistó la juventud, llevándola a la guerra los dos tribunos. Pero la desavenencia que empezó entre ellos en la ciudad creció más aún en el ejército, impulsada por la sed de mando. Siempre opinaban al contrario, y siempre estaban en lucha por sus opiniones; cada uno quería imponer la ejecución de sus planes y de sus órdenes, cada uno desdeñaba al otro y era desdeñado; al fin, por las observaciones de los legados, convinieron mandar alternativamente cada cual un día. Cuando llegó a Roma esta noticia, dícese que Q. Servilio, prudente por la edad y la experiencia, rogó a los dioses inmortales que la desavenencia de los tribunos no fuese más funesta a la república que lo fué en Veyas; y como si no hubiese dudado de próxima derrota, exhortó a su hijo para que alistase soldados y preparase armas. Y no se engañó en sus previsiones; en efecto, L. Sergio, que mandaba aquel día, habiéndose comprometido en una posición peligrosa, bajo el mismo campamento del enemigo, que fingiendo tener miedo se había refugiado en sus parapetos, y habiéndose precipitado los romanos por aquel lado, con la loca esperanza de tomar el campamento por asalto, el enemigo, con repentina irrupción por las escarpadas laderas del valle, les disparó, les derribó, más bien que les puso en fuga, destrozando y matando considerable número. No sin gran trabajo se consiguió aquel día conservar el campamento, y al siguiente, como el enemigo lo había envuelto ya en gran parte, huyeron vergonzosamente los romanos por una puerta opuesta y lo abandonaron. Los jefes, los legados y lo que quedaba de soldados útiles al lado de las enseñas se refugiaron en Túsculum; los otros, dispersos aquí y allá en los campos, llegaron por todos los caminos a Roma, donde anunciaron la derrota, mayor aún de como era. Disminuía el terror público el haber previsto desde mucho antes este triste acontecimiento, y que los refuerzos que cada cual buscaba en aquel apremiante peligro los había preparado el tribuno de los soldados. Además, mensajeros que éste había mandado apresuradamente en cuanto los magistrados inferiores hubieron calmado la agitación de la ciudad, trajeron la noticia de que los generales y el ejército estaban en Túsculum, y que el enemigo no había levantado su campamento. Pero lo que sobre todo enardeció los ánimos fué un senatusconsulto que nombraba dictador a Q. Servilio Prisco, aquel varón cuya previsora solicitud por la república había experimentado la ciudad en mil circunstancias y por el resultado mismo de esta guerra; porque aquél fué el único que, viendo la rivalidad de los tribunos, adivinó el mal resultado de la campaña. Creó jefe de los caballeros al tribuno militar que le había nombrado dictador; y según algunos historiadores, este tribuno era su propio hijo: según otros, Ahala Servilio fué aquel año jefe de los caballeros. Partiendo para la guerra con el nuevo ejército, recogió los que se hallaban en Túsculum y acampó a dos mil pasos del enemigo.
47. La presunción y negligencia de los generales romanos habían pasado a los equos después de su triunfo. Así fué que en el primer combate, cuando el dictador, lanzando su caballería contra las primeras filas enemigas introdujo en ellas el desorden, mandó avanzar en seguida las enseñas de las legiones, y vacilando uno de los signíferos, le mató. Este ataque se realizó con tanto brío, que los equos no pudieron resistir el choque; y cuando, vencidos en batalla, huyeron y se refugiaron en su campamento, les atacaron, empleando en el asalto menos tiempo y menos esfuerzos que en el mismo combate. Una vez tomado y saqueado el campamento, porque el dictador había permitido el saqueo a los soldados, los jinetes enviados en persecución del enemigo fugitivo volvieron diciendo que los lavicanos vencidos y gran parte de los equos se habían refugiado en Lavica: al día siguiente marchó el ejército contra aquella ciudad; la cerca, la escala, la toma y la saquea. El dictador Llevó a Roma el ejército victorioso, y al octavo día de su nombramiento abdicó su magistratura. En seguida el Senado, para que los tribunos del pueblo no tuvieran tiempo para presentar alguna proposición sediciosa, relativa al repartimiento de tierras, con ocasión del campo lavicano, decretó en numerosa asamblea que se enviaría una colonia a Lavica: mil quinientos colonos mandados de la ciudad recibieron cada uno dos yugadas. Después de la toma de Lavica, creáronse tribunos militares, con autoridad consular, siéndolo Agripa Menenio Lanato, L. Servilio Structo y P. Lucrecio Tricipitino, los tres por segunda vez, y Sp. Rutilio Crasso; al año siguiente A. Sempronio Alvatino por tercera vez, M. Pepino Mugilano y Sp. Naucio Rutilo, los dos por segunda. Durante estos dos años reinó tranquilidad en el exterior, pero en el interior hubo disturbios con ocasión de las leyes agrarias».


9) Cornelio Coso, jefe de los caballeros, hizo lo mismo en un enfrentamiento con el pueblo de Fidenas.

Nota: Año 426 a.de C. Livio, 4:33 : «El primer choque había quebrantado a los enemigos, cuando abriéndose de pronto las puertas de Fidenas, se lanza un ejército, tal como no se había visto ni oído semejante hasta entonces: innumerable multitud armada con fuego, brillando con antorchas encendidas, y como arrebatada por furor divino, se precipita sobre los romanos, a quienes lo extraño del combate inspira cierto terror. Entonces el dictador da la señal a Cornelio y a su caballería, llama a Quincio de la altura, restablece el combate, y corre él mismo al ala izquierda, que presentaba el aspecto de incendio más bien que de batalla, y que, aterrada, retrocedía delante de las llamas. "i,Qué es esto?, grita con voz vibrante. ¡Arrojados por el humo como enjambre de abejas, huís delante de un enemigo sin armas! ¡No apagáis esas llamas con el hierro, o si es necesario combatir con fuego y no con las armas, no arrancáis esas antorchas al enemigo para anonadarle! ¡Sus! ¡Recordad el nombre romano, pensad en el valor de vuestros mayores y en el vuestro, volved el incendio contra Fidenas y destruid con el fuego esa ciudad que no habéis podido desarmar con vuestros beneficios. La sangre de vuestros legados y de vuestros colonos, la devastación de vuestro territorio os lo mandan." A estas palabras del dictador, toda la línea se pone en movimiento; recogen las antorchas lanzadas, arrancan las otras, y las dos falanges se arman con fuego. El jefe de la caballería imagina por su parte una maniobra nueva; manda quitar el freno a los caballos y clavando los acicates al suyo, al que no detiene la brida, se lanza el primero entre las llamas; los demás caballos llevan en impetuosa carrera a sus jinetes en medio del enemigo. Levántase densa polvareda, y mezclándose al humo, roba la Iuz a hombres y caballos. No se espantan éstos del espectáculo que asustaba a los soldados, y por donde penetra la caballería todo lo derriba a su paso, causando inmensa ruina. Pronto resuenan nuevos gritos que impresionan a los dos ejércitos sorprendidos, y el dictador grita: "El legado Quincio con los suyos ataca al enemigo por la espalda". Y lanzando él mismo un grito más terrible, comienza de nuevo el ataque con más vigor. Estrechados entre dos ejércitos, entre dos batallas, los etruscos, rodeados, atacados por delante y por detrás, no podían ni volver a su campamento, ni huir a las montañas, donde se presentaba nuevo enemigo, y donde los jinetes, arrebatados por caballos sin freno, estaban desparramados por todas partes. La mayor parte de los veyos gana desordenadamente las orillas del Tiber; los fidenatos, que han escapado, corren hacia su ciudad. Pero al huir espantados, por todas partes encuentran la muerte: unos son destrozados en las orillas del río, otros son precipitados a sus profundidades; hasta los que saben nadar se ahogan, por consecuencia de la fatiga, de las heridas o del miedo; de aquella multitud muy pocos consiguen llegar a la opuesta orilla. El otro ejército huye a través de los campos hacia Fidenas, persiguiéndole los romanos con ardor, sobre todo Quincio, seguido de sus tropas, que acababan de bajar de la montaña por sus órdenes y que se encontraban descansadas porque habían llegado al final de la batalla».

10) Tarquinio, cuando su caballería mostró vacilación en la batalla contra los sabinos, ordenó que arrojaran sus bridas, espolearan a sus caballos, y se abrieran camino entre la línea del enemigo.


11) En la guerra Samnita, el cónsul Marco Atilio, viendo a sus tropas abandonar la batalla y buscar refugio en el campamento, fue a su encuentro con su propio comando y declaró que tendrían que luchar contra él y todos los ciudadanos leales, a menos que prefirieran luchar contra el enemigo. De esta manera los condujo de vuelta en un cuerpo a la batalla.

Nota: Año 294 a.de C. Livio 10:36 : «Colocan los bagajes en el centro del ejército; y empuñando las armas, fórmanse en orden de batalla. Corto espacio separaba ya a los dos ejércitos, y cada bando esperaba que el otro avanzase primero, lanzando el grito de ataque. Pero ni uno ni otro deseaba pelear, y se hubiesen retirado sin lanzar siquiera un dardo, si recíprocamente no hubiesen temido que les persiguieran en la retirada. En fin, después de largas vacilaciones, trabóse el combate con visible repugnancia de las tropas, que apenas lanzaron el grito de guerra con voz insegura y sin unanimidad: nadie daba un paso adelante. El cónsul romano, para dar energía al combate, manda algunas turmas sobre la línea enemiga; caen del caballo muchos jinetes, y esto produce confusión entre los otros. La infantería samnita se mueve para matar a los caídos y la romana para defender a los suyos. Hízose, pues, el combate algo más vivo; pero los samnitas habían avanzado con alguna más resolución y en mayor número, mientras que la caballería romana, en el desorden en que estaba, pisoteó a los que venían a socorrerla: la fuga, que comenzó entonces, arrastró a todo el ejército romano. Ya perseguían los samnitas a los fugitivos, cuando, adelantándose el cónsul, corre a caballo a la puerta del campamento y coloca en ella una guardia de caballería con orden de tratar como a enemigos a cuantos se acerquen a las empalizadas, sean samnitas o romanos: en seguida volvió, repitiendo las mismas amenazas, a contener a los infantes que se precipitaban hacia el campamento. "¿Adónde vas, soldado? dijo; allí encontrarás también armas y guerreros; y mientras viva tu cónsul, no entrarás en el campamento sino después de conseguir la victoria. Elige, pues; considera si es mejor combatir contra tu enemigo que contra tu conciudadano." Mientras hablaba así el cónsul, la caballería, lanza en mano, les rodea y conmina para que vuelvan al combate. Al cónsul le ayudaron mucho, no solamente su valor sino también la casualidad; porque cl ataque de los samnitas careció de vigor y tuvo tiempo para rehacer el orden de batalla y volver la cara. Entonces se exhortan recíprocamente los soldados a restablecer el combate; los centuriones arrancan las enseñas a los signíferos para llevarlas adelante; hacen observar a los suyos que los enemigos que les perseguían son poco numerosos y que entre ellos reina el desorden y la confusión.
Entre tanto, el cónsul, levantando las manos al cielo y alzando la voz para que le oigan, ofrece un templo a Júpiter Stator, si el ejército romano, deteniéndose en la fuga y volviendo al combate, conseguía vencer y destruir a los samnitas. Hízose entonces un esfuerzo general para restablecer el combate; jefes, soldados, jinetes y peones, todos rivalizaron en valor. Hasta los mismos dioses parece que se interesaron por la gloria del nombre romano; tan fácil fué conseguir la ventaja y rechazar lejos del campamento al enemigo, llevándole muy pronto al terreno donde comenzó el combate. Allí se encontró detenido por el bagaje que había amontonado en medio de la llanura; y para no exponerlo al pillaje, lo encierra en un círculo de soldados. Pero en aquel momento la infantería le estrechaba con viveza de frente y la caballería corre a envolverle por la espalda; encerrados de esta manera por todos lados, fueron muertos o prisioneros. El número de éstos se elevó a siete mil doscientos, que pasaron desnudos bajo el yugo: haciéndose ascender a cuatro mil ochocientos el número de muertos. No dejó de ser costosa la victoria a los romanos. Habiendo hecho el cónsul el censo de los que había perdido en aquellas dos jornadas, reconoció que le faltaban siete mil doscientos hombres. Mientras ocurrían estas cosas en la Apulia, los samnitas, con otro ejército, intentaron apoderarse de Iteramna, colonia romana, en la vía latina, pero no lo consiguieron. Después de devastar el territorio, cuando se retiraban con rico botín en hombres y ganados y muchos colonos prisioneros, encontraron al cónsul victorioso que regresaba de Luceria. No perdieron únicamente el botín, sino que ellos mismos, embarazados con el bagaje y marchando en larga fila, quedaron destrozados. El cónsul, después de invitar por un edicto a los interesados a que fuesen a Iteramna para reconocer y recuperar lo que les pertenecía, y de dejar allí el ejército, regresó a Roma para celebrar los comicios. Pidió el honor del triunfo, pero se le negó a causa de la pérdida de tantos millares de soldados y porque se contentó, sin poner condición alguna a los vencidos, con hacer pasar bajo el yugo a los prisioneros».



 

12) Cuando las legiones del Sila se quebraron ante las huestes de Mitrídates conducidas por Arquelao, Sila avanzó con la espada desenvainada en la primera línea y, dirigiéndose a sus tropas, les dijo que, en caso de que cualquiera preguntara adónde habían dejado a su general, contestaran: “Luchando en Beocia.” Avergonzados por estas palabras, lo siguieron todos sin excepción.

Nota: Año 85 a.de C. Plutarco, Sila, 21 : «Estando acampados muy cerca unos de otros, Arquelao se mantenía en quietud; pero Sila se dedicó a abrir fosos de uno y otro lado, con el objeto de cortar a los enemigos, si le era posible, los lugares seguros y a propósito para la caballería y estrecharlos hacia las lagunas. No lo sufrieron éstos, sino que, saliendo con ardor y en tropel, luego que los generales se lo permitieron, no sólo se dispersaron los que con Sila se hallaban en los trabajos, sino que también se conmovieron y dieron a huir parte de los que estaban sobre las armas. Entonces Sila, apeándose del caballo y tomando una insignia, corrió por entre los que huían contra los enemigos, diciendo a voces: “A mí me es glorioso ¡oh Romanos! morir en este sitio; vosotros, a los que os pregunten dónde abandonasteis a vuestro general, acordaos de responderles que en Orcómeno.” Esta voz los contuvo, y como dos cohortes de las del ala derecha se adelantasen a apoyarle, con ellas rechazó a los enemigos. Retrocedió luego con ellas un poco, y dándoles de comer se puso otra vez al trabajo de abrir foso delante del real de los enemigos. Volvieron éstos también a acometer en más orden que antes, y Diógenes, hijo de la mujer de Arquelao, peleando en el ala derecha, pereció con gloria. Los arqueros, como, oprimidos de los Romanos, no tuviesen retirada, tomando muchos dardos en la mano e hiriendo con ellos como con unas espadas, procuraban defenderse; al fin, encerrados en su campo, a causa de las muertes y heridas, pasaron congojosamente la noche. Al día siguiente otra vez sacó Sila los soldados
a la obra del foso, y como los enemigos saliesen en gran número como para batalla, arrojándose sobre ellos los rechazó, y no quedando ninguno que hiciese frente, tomó a viva fuerza el campamento. Los muertos llenaron de sangre las lagunas, de cadáveres todo el terreno pantanoso, tanto, que aun ahora se encuentran arcos del uso de los bárbaros, morriones, fragmentos de corazas de hierro y espadas sumergidas entre el cieno, sin embargo de haberse pasado doscientos años, poco más o menos, desde aquella batalla. Así es como se refiere lo ocurrido en las jornadas de Queronea y Orcómeno».


13) El Divino Julio, cuando sus tropas cedieron el paso en Munda, ordenó que su caballo fuera quitado de la vista, y anduvo a trancos adelante como un infante en la línea delantera. Sus hombres, avergonzados por abandonar a su comandante, renovaron con eso la lucha.

Nota: Año 45 a.de C. Plutarco, César, 56 : «Terminadas que fueron estas cosas, designado cuarta vez cónsul, marchó a España contra los hijos de Pompeyo, jóvenes todavía, pero que habían reunido un numeroso ejército y mostraban en su valor ser dignos de mandarlo; tanto, que pusieron a César en el último peligro. La batalla, que fue terrible, se dio junto a la ciudad de Munda, y en ella, viendo César batidos a sus soldados y que resistían débilmente, corrió por entre las filas de los de todas armas, gritándoles que si habían perdido toda vergüenza lo cogiesen y lo entregasen a aquellos mozuelos. Por este medio consiguió, no sin grande dificultad, que rechazaran con el mayor denuedo a los enemigos, a los que les mató más de treinta mil hombres, habiendo perdido por su parte mil de los más esforzados. Al retirarse ya de la batalla dijo a sus amigos que muchas veces había peleado por la victoria, y entonces, por primera vez, por la vida. Ganó César esta batalla el día de la fiesta de las Bacanales, diciéndose que en igual día había salido Pompeyo Magno para la guerra, y el tiempo que había mediado era el de cuatro años. De los hijos de Pompeyo, el más joven huyó, y del mayor le trajo Didio la cabeza de allí a pocos días. Esta fue la última guerra que hizo César, y el triunfo que por ella celebró afligió de todo punto a los Ro manos, pues que no por haber domado a caudillos extranjeros o reyes bárbaros, sino por haber acabado enteramente con los hijos y la familia del mejor de los Romanos, oprimido de la fortuna, ostentaba aquella pompa; y no parecía bien que así insultase a las calamidades de la patria, complaciéndose en hechos cuya única defensa ante los dioses y los hombres podía ser el haberse ejecutado por necesidad; así es que antes ni había enviado mensajeros ni escrito de oficio por victoria alcanzada en las guerras civiles, como si de vergüenza rehusase la gloria de tales vencimientos».

14) Filipo, en una ocasión, temiendo que sus tropas no soportaran el ataque de los escitas, ubicó a lo más confiable de su caballería en la retaguardia, y les ordenó que no permitieran a ninguno de sus camaradas dejar la batalla, y matarlos si persistían en retirarse. Esta proclama indujo incluso a los más tímidos a preferir ser muerto por el enemigo que por sus propios camaradas, y le permitió a Filipo ganar la batalla.

Nota:Justino, 1:6 § 10-13, atribuye una estratagema similar a Astiages :
«Astiages, olvidándose su tratamiento de Harpago, le confió la conducción de la guerra. Harpago envió inmediatamente las fuerzas que había recibido de Astiages a Ciro, y tomó venganza de la crueldad del rey por una deserción traidora de él. Astiages, oyendo hablar de este hecho, y recogiendo tropas de todos los sitios, marchó contra los persas en persona. Habiendo renovado vigorosamente la contienda, apostó parte de su ejército, mientras sus hombres luchaban, en la retaguardia, y ordenó que los que retrocedieran fueran conducidos donde el enemigo a punta de espada; diciéndoles que, “a menos que conquistaran, encontrarían hombres en su retaguardia no menos firmes que aquellos en el frente; y debían por lo tanto considerar si penetrarían un cuerpo huyendo, o el otro cuerpo luchando.” En consecuencia de esta obligación a luchar, fueron infundidos gran espíritu y vigor en su ejército».

 

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